La bala de plata

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Un poquito. Pero SÓLO un poquito :-).
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Muchísimas gracias a mi paciente correctora ForevaXena por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Sin ella, siempre me hago una empanada gramatical y ortográfica :-)
J Falconer

Título original: The Silver Bullet. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Tengo la respiración entrecortada mientras me apoyo en la áspera corteza del árbol. Aspirando una profunda bocanada del aire dulce y limpio en mis pulmones ardientes, miro a mi pálido acompañante. Tan jadeante como yo, se echa hacia delante plantando las manos gruesas y ancianas en sus rodillas, tratando de recuperar el aliento.

El terciopelo de la noche, una bendición, nos rodea por completo y el aroma de los densos árboles me tienta delicadamente. Tengo la vista aguda y la oscuridad no me molesta: veo tan bien como de día. Por fin se me empieza a calmar un poco la respiración y huelo la urgencia en el viento nocturno. Sintonizo mi agudo oído con todo lo que nos rodea, instando a la noche a que revele sus secretos.

Los cazadores están a lo lejos, detrás de nosotros: siguen nuestro rastro con facilidad. Envolverme en la naturaleza es un sencillo juego de niños para mí, pero a él le cuesta mucho más: es viejo.

¡Tengo que correr! La noche me llama y no hay nada que desee más que obedecer, sobre todo porque sé que ella me está esperando. Mi boca esboza una media sonrisa. El viento la trae hasta mí, una bendición, una promesa de futuro, y sé que me está esperando, para apartarme de los espacios abiertos que conozco y que siempre he amado tan profundamente. Es por ella por quien doy la espalda a todo esto, por ella por lo que permito que el dulce amor que siento por ella caliente mi corazón inquieto.

—¿Estás bien? —le murmuró a mi compañero.

Asiente, con el rostro ceniciento, incapaz de hablar.

—Bien. Pues vamos. —Le toco el hombro. Me mira atentamente, estudiándome con sus brillantes ojos castaños amarillentos.

—¿Por qué he aceptado hacer esto? —rezonga, malhumorado, sin esperar que lo oiga.

Lo oigo y me vuelvo hacia él con un gruñido. No siento nada más que desprecio por él.

Se me están afilando los dientes: se acerca mi momento y con él la liberación absoluta y salvaje con la que ya no disfruto. Cuando me sobreviene el cambio, corro millas interminables, aullando de éxtasis a la inmensidad de la naturaleza. Me alimento, a menudo con presas humanas, y es siempre el sabor de la carne caliente y salada sazonada de terror lo que juega con mis terminaciones nerviosas, saciándome a menudo hasta el centro mismo de mi naturaleza medio salvaje e indómita. Ya no es suficiente: he descubierto otra cosa que me llena más de lo que eso podría hacerlo jamás.

—Me lo debes, viejo. —Mi voz cae hasta su registro más bajo al tiempo que entorno los ojos y le gruño.

Su media sonrisa me da ganas de arrancarle la garganta, aunque no sirva de nada.

Los dos nos volvemos para escuchar el leve ladrido de los perros que se acercan a nosotros. Un lobo solitario se une a la llamada de los perros, luego otro: nos avisan y hay un instante de paz cuando los estúpidos animales de los cazadores se quedan en silencio.

—Yo te he convertido en todo lo que eres. —La voz es baja, el tono enfático, los extraños ojos amarillentos relucen y se clavan en mí con odio frío.

—Sí, ya lo sé. —Mi expresión, de puro desprecio, le comunica lo que opino de esto. Quiero matarlo, saborear su carne picante y avejentada, pero ella me ha hecho prometer que no lo haré. Las imágenes de ella flotan por mi mente. Su aroma inocente y femenino con su matiz suave de flores silvestres; su risa delicada; su pelo dorado. Suspiro y me vuelvo a apoyar en la áspera corteza del árbol. Mi alma clama por ella y tengo un instante de pánico que sofoco rápidamente. Sobreviviré a esta noche, de eso estoy segura, pero ella me espera y sólo cuenta con mi amor para proteger su alma inocente y buena de la crueldad y la fealdad que impregnan la oscuridad. La idea de que le ocurra algo malo me atraviesa y tomo aliento profunda y trémulamente e intento controlar mi repentino temblor—. Vamos a seguir. —Aunque las palabras son bruscas e implacables, pensar en ella me ha suavizado el tono y me permite dominar mi lado salvaje el tiempo suficiente para volver a cooperar con este ser.

Emprendemos de nuevo la marcha a través del bosque, corriendo por la maleza. Somos más que capaces de movernos con absoluto sigilo, pero ahora optamos por no hacerlo.

Me encontró y me enamoré de ella hace casi un año. Era tan bondadosa, tan dulce. Al principio intenté disuadirla de su deseo de estar conmigo, pero no nos sirvió de nada a ninguna de las dos. Yo sabía que se había apoderado de mi frío corazón y le había dado calor y que me amaba con todo su ser y no pude, no quise refrenarme, aunque sabía que nunca podría ser.

Soy una paria, una asesina, e indigna de su amor puro. Tomó mi corazón salvaje sin forzarlo: mi naturaleza primitiva se lo entregó de buen grado. Yo, la reina cazadora a la fantasmal luz de la luna, la que no conocía la derrota, fui vencida por la más delicada de las doncellas.

Al principio me daba miedo revelarle lo que soy, pero ella me extrajo dulcemente los secretos, los sacó a la luz... y no sintió miedo de mí, su amante casi inmortal. Exigió ver los cambios que había en mí cuando se producían, pero me resistí, hasta que por fin ella acabó con mi resolución y bajo las sombras plateadas y danzarinas de la luna llena cambié ante ella.

Con una pasión salvaje y estimulante me la llevé conmigo en mi tempestuoso recorrido del final del verano, siempre durante la parte más encantada de la hora de las brujas. Bailábamos con los lobos, corríamos a través de la noche, probábamos los placeres de la oscuridad carnal. Por la mañana, yacíamos entrelazadas, saciadas, repletas, y jurábamos que jamás nos separaríamos.

Las dos conocíamos las alegrías del mundo diurno y yo me encontraba en una encrucijada: seguir con ella o entregarme al lobo que había en mi interior. No había, ni hay, duda posible.

Es por nosotras por lo que hago esto.

Renuncio a ello sin pesar. Por ella: la mujer bondadosa y mágica que ha domesticado a la bestia de mi interior.

Y ahora, temiendo por ella y con su seguridad como absoluta prioridad, me dejo perseguir con él por los cazadores.

Él, el patriarca de mi sangre salvaje, va a dar su vida por nosotras.

Los cazadores se van aproximando y sé que ella está cerca. La siento, angustiada, preocupada por mi seguridad, su amor por mí prioritario en su corazón y su mente. Le devuelvo su dulce cariño multiplicado por mil, reprendiéndola delicadamente para que confíe en mí.

Ebria de la gloria de la oscuridad, quiero reír, tomarla entre mis brazos y demostrarle lo fácil que es en realidad escapar de estos tontos humanos plenos.

No puedo hacerlo: él debe terminar.

Así que con cuidado nos dejamos perseguir por los cazadores y por fin nos tienen rodeados.

—Es la hora —se limita a decir él, con expresión grave en sus ojos dorados, y una chispa del animal que es reluce en esos extraños ojos.

No necesito darme por enterada y tampoco quiero hacerlo: hemos superado estas simples cortesías.

Respiro hondo, notando el cosquilleo de mis articulaciones, el picor bajo la piel, que indican que el lobo que hay en mí está aullando, luchando contra sus ataduras, demasiado orgulloso para rogar su liberación, exigiéndola, forzándola.

Suelto un grito, incapaz de contenerme, al sentir que mi cuerpo cambia. Eso da a los cazadores el aviso que necesitan para alcanzarnos. No estamos lejos de donde ella nos observa y siento que mi alma entera le grita que me espere. La amo y la amaré para toda la eternidad: toda nuestra existencia se encuentra ante nosotras. ¡Seremos libres!

¡Libertad! La libertad de estar con ella como debería estar una mujer me desgarra y mi alma alza el vuelo, sin poder ni querer controlar la alegría salvaje con que ella inunda todo mi ser.

Lanzo un aullido al despejado cielo nocturno, cuyas estrellas relucen con aprobación por el camino que he elegido, y los cazadores por fin nos avistan: el lobo de medianoche, joven y fuerte, y el lobo plateado de la mañana, viejo y astuto.

El humano que dirige la partida nos observa con calma y alza la mano para tranquilizar a sus compañeros. Nos quedamos mirándolo, nuestros ojos de zafiro y dorados lo instan a combatir con nosotros.

Levanta despacio la escopeta y dispara, en el momento en que me doy la vuelta y salgo corriendo con agilidad casi despreciativa por el bosque. Mis agudos oídos oyen un golpe sordo y un gruñido de mi viejo padre de sangre, cuando la bala de plata lo alcanza en el corazón desprotegido.

El olor espeso y metálico de la sangre fresca impregna el aire y sonrío para mí misma, con los afilados colmillos relucientes en la noche oscura, mientras me dirijo hacia ella.

Mi transformación en un ser más dócil no tardará en comenzar y la sensación de liberación se mezcla con el sentimiento elevado y dulce de mi total amor por ella. ¡Estaremos juntas! ¡Viviremos como el ser único que somos!

A pesar de la euforia, tengo cuidado. Los perros han vuelto a obedecer al grito del cazador: se han lanzado a perseguirme. Los siento detrás de mí y vuelvo sin dificultad a mi forma humana. Como siempre, es casi indoloro: otro clavo arrancado a la puerta de mi prisión sin trabas.

Ahora me muevo en silencio por el bosque. Estoy tan concentrada en llegar a ella, en abrazarla, sentir sus brazos a mi alrededor en un cálido abrazo, en la caricia de sus suaves labios, que casi no oigo cómo el ruido de la persecución se va apagando poco a poco detrás de mí. Los cazadores se agrupan confusos, esperando que la noche me traicione... a mí, su mayor secreto.

Estoy ya tan cerca que la veo. Tiene la cara blanca. Me ve corriendo hacia ella y veo cómo se mueven sus labios, gritando una advertencia.

Detrás de mí resuena un solo disparo y tropiezo hacia delante, como si me hubieran empujado. El dolor no empieza de inmediato, pero cuando llega, sé que algo va mal, pues es mucho más intenso de lo que lo ha sido en otras ocasiones. Se me paralizan las articulaciones a medida que el veneno de la bala de plata se introduce en mi organismo. Mi grito de incredulidad y traición resuena a través de la noche al tiempo que me tambaleo y caigo de rodillas.

Ella viene tropezando hasta mí y me recoge, mientras sus ojos verdes como esmeraldas derraman despacio lágrimas por sus mejillas.

No puedo luchar contra la debilidad de mi organismo ni el fuego de mis venas: sé que va a ser el final. Tengo tantas cosas que decirle, mientras sus brazos dulces me rodean, sujetándome, deteniendo mi caída. El dolor de la traición me llena a mí misma los ojos de lágrimas y mi alma entera grita de agonía por ella, por estar con ella, por protegerla.

No hay palabras, pero me obligo.

—Te amo. Lo siento.

Mi voz suena débil y no creo que tenga la fuerza suficiente para que pueda oírme. La suave cascada de su hermoso pelo dorado cae sobre mi cara febril y sus lágrimas llueven sobre mí al tiempo que aspira una profunda y entrecortada bocanada de aire. La sangre se derrama despacio de mi cuerpo, imparable, empapándola, reuniéndose con la tierra antigua de mi patria.

Estoy triste, muy triste: soy casi un recuerdo y ya no puedo estar con ella. Qué dolor... la quiero tanto. El dolor de la separación es algo que sé que no va a poder soportar.

La amo.

Hay un movimiento y en la penumbra ardiente distingo apenas a dos figuras que se acercan a nosotras. Nuestros rostros están húmedos de la mezcla de nuestras lágrimas y mi cuerpo está entregando su fuerza vital. Su voz es suave cuando se inclina y acaricia mis labios fríos con los suyos y me susurra:

—Te amo y jamás te olvidaré. Adiós.

Caigo a la tierra implacable cuando el cazador la arranca de mi lado. Con su lamento de dolor resonando por mi alma destrozada, mi viejo padre de sangre se inclina sobre mí con desprecio y susurra:

—Yo gano. Llévate este conocimiento contigo a los abismos más negros del infierno... ella es mía para toda la eternidad.


FIN


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