Su Majestad es una chica muy maja

Vivian Darkbloom



DISCLAIMERETTI:
Primo: la characteristas de la Xena, Princessa Homocidia, et la Gabriella, Bardo Magnifico, esta un copyrighto de la corporate personas avaricioziones. No la me infrigimento intendo, por favore!
Secondo: la romanza duo femma! Tuo offenda, por favore, no peruso, la presto “Back Button” & communicado de la therapista.
Trifecta: Gratzi a la governal por la beta!
EMAILIA, GRATZI!:
viviandarkbloom@hotmail.com
[Nota de Atalía: he dejado los descargos en su versión original porque me hace mucha gracia cómo los ha escrito la autora y creo que se entienden suficientemente bien. También recuerdo a todo el mundo que el día 1 de abril es el equivalente del Día de los Inocentes en EE.UU.]

Título original: Her Majesty's a Pretty Nice Girl. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


1 de abril de 2002.
Centro de Manhattan.
Hacia la hora del té.

Las esposas apretaban. No apretaban de una forma placentera, como un pellizco ligero, o incluso un achuchón enérgico, del tipo que enciende la sangre, el deseo y la promesa del orgasmo. No, esta forma de apretar sólo tenía que ver con la crueldad mental, el castigo y la humillación.

¿Qué ha sido del amor? pensó Claire.

¿Y qué me esperaba, si dejo que un patán de uniforme me saque de la calle? Bueno, de la iglesia, si nos vamos a poner precisos. Y me has sacado literalmente, ¿verdad, robusto cabrón? Evidentemente, quieres que te suplique: ah, ¿a que sabes que yo no me someto a cualquiera, eh? ¿Pero qué remedio me queda, guapo hijo de puta?

Levantó las muñecas esposadas.

—Me duele —comunicó a unos oídos impasibles, y luego sacudió las manos todo lo posible, con la esperanza de que esta mini performance —rápidamente la tituló “Cisne flagelante y moribundo implorando misericordia”, aunque no sabía muy bien qué quería decir “flagelante”— conmoviera a su estoico captor.

—Cállese la boca —dijo el policía.

—A mí no me hable así, agente Krupke.

El policía respondió cruzando los musculosos brazos sobre el pecho. Ya había corregido el destrozo de su nombre tres veces, y, como cualquier buen macho americano, era un firme defensor de la política “van tres, así que fuera” en cuanto a las gilipolleces de las personas molestas, en especial de las mujeres. Podía darle un puñetazo o pasar de ella. Como estaban en público, en una esquina muy concurrida delante nada menos que de una iglesia episcopaliana, lo primero quedaba descartado, por lo que muy a su pesar tenía que aplicar la táctica de lo segundo. Sí, estaba convencido de que podía pasar de ella todo el tiempo que fuese necesario: había recibido una rigurosa formación para hacer frente a las personas descontentas. Le daba caña todo tipo de gente: yonquis, prostitutas, delincuentes violentos. ¿Una mujer blanca, bajita e histérica? Pan comido.

No obstante, se estremeció cuando ella abrió la boca.

—¿De verdad saben que sigo aquí fuera? —preguntó Claire con tono quejumbroso.

Lo había preguntado ya cinco veces. Él asintió cansinamente.

—¿Y que ha hablado usted con...?

El agente Castañuelas la interrumpió.

—Señora, por favor.

Claire, conservando su habitual y tranquila cara de póker, vio su interrupción y le subió un insulto.

—Agente Crápula, es usted un hombre muy guapo, de eso no cabe duda, pero tiene una forma horrible de tratar a una chica. Me duelen las muñecas y llevo ya media hora sentada en su apestoso coche patrulla. ¿Es que el cuerpo no les obliga a limpiar estos trastos, por el amor de Dios? ¿Me tiene que atormentar con el olor del bocata de albóndigas de ayer?

—Señora...

—¿Y tiene que llamarme señora? Sólo tengo 31 años. Si para usted la edad para decir “señora” son los 30, supongo que eso me incluye, pero ¿parece que tengo 31 años? No tengo hijos. Ni siquiera tengo animales domésticos. Nada envejece tanto como la responsabilidad... usted debería saberlo.

El rostro del policía adoptó una expresión defensiva.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Nada, agente. Es que... bueno...

—¿Qué?

Claire levantó las muñequitas esposadas y le dio unas palmaditas en el brazo azul oscuro con las dos manos, como si necesitara una dosis doble de compasión por su sosa vida.

—Usted tiene en realidad menos de 45 años, ¿verdad?

Tenía 35 y tres hijos. El otro día alguien le había dejado un folleto sobre la “menopausia masculina” en la taquilla de comisaría. En la portada aparecía un hombre —con entradas y camisa a cuadros— delante de un coche tamaño familiar con un niño pequeño y un balón de fútbol a los pies. Insertando a la esposa enfadada y los medicamentos, el reflejo sería penosamente completo.

—Es por los críos por lo que está usted así, agente Kaltaka. Pero dígame, ¿qué edad le parece que tengo yo? Menos de 31, ¿a que sí? —Sus pestañas claras, propulsadas por el mito de la juventud fraudulenta, se agitaron, sus labios generosos se encogieron para hacer un mohín de niña mona y —para rematar este remedo de performance (que se apresuró a titular “Más joven que Sodoma y Gomorra”)— dio un golpe de melena con su corto pelo rubio enmarañado para conseguir el efecto final.

Él no tuvo el valor de decirle que parecía una mujer de 31 años tratando de aparentar 21.

—Vamos, dígame que de verdad parezco una “señora”. Venga, a ver si se atreve.

Él apretó los dientes con tal fuerza que le dolieron.

—Señora...

—Van tres, así que fuera —soltó Claire.

Cállese —chilló él—. ¡Es usted la tía más molesta que me he encontrado nunca! Así que es bollera, ¿eh?

—¿Quién le ha dicho eso? —El agente Cártelcolombiano sólo había llegado al final del incidente, de hecho, había llegado justo a tiempo de ver a Claire sujeta por tres policías y esposada con rabia por dos. Los agotados policías le entregaron entonces a su hiperactiva detenida y se marcharon del lugar.

—No se pase de lista, Gertrude. No me extraña que sea lesbiana, ¿qué hombre podría aguantarla? Qué digo, ¡si no sé ni cómo podría aguantarla otra mujer!

Claire suspiró.

—No ha sido fácil, lo reconozco. He pasado por tantas, en tan poco tiempo, en busca de la adecuada. ¿Pesares? He tenido algunos. Permítame que repase la lista. —Empezó a contar amantes con los dedos de la mano izquierda—. Tracy, Allison, Paula, Christine, Dana...

—Mi mujer se llama así —soltó él.

Claire sonrió ampliamente.

—¿En serio? —ronroneó—. ¿Y enseñaba matemáticas en Stuyvesant?

Pues sí. El agente Kitcarson estalló.

—¿Pero qué coño le pasa? ¿Por qué no se calla de una vez? Se está poniendo las cosas más difíciles usted solita. Yo no me meto con usted. Sólo intento hacer mi puto trabajo. —Al levantar y abrir los brazos llevado de la irritación, el dorso de su mano rozó algo suave y carnosamente firme. Era una nariz pegada a una mujer alta y guapa de pelo negro, ataviada con un vestido de novia, que sujetaba una copa de champán.

—Ay —dijo la mujer secamente. En realidad no le dolía nada, pero así y todo le parecía que la situación exigía algún tipo de comentario.

—Oh. Lo siento, señorita... o sea, señora...

—Tranquilo, me puede llamar Ruth. —Brindó con él golpeando ligeramente la visera de su gorra con la copa.

—Señorita... o sea, Ruth, no se pueden consumir bebidas alcohólicas en público.

—Ésa es una ley muy poco clara, agente —contestó Ruth—. ¿Se aplica cuando se cena al aire libre, en la terraza de un café? Ahí se está ocupando un espacio público, se está a la vista de los desconocidos que pasan por ahí. ¿Cómo de público es público? ¿Dónde termina el espacio de la terraza del café y empieza el espacio público?

Ahora todo cobró sentido para él. Todo encajó en su sitio estrafalario, la pieza cuadrada entró a presión, tan contenta y ceñidita, en el hueco redondo. Si alguna vez hubo alguien hecho a la medida para la desconsolada lunática sentada en su coche patrulla —y que, en este preciso momento, estaba contemplando a la aburrida novia con lujuria idólatra— ese alguien era esta mujer, Ruth. Se frotó las sienes. No sabía por qué se había molestado en casarse con otra persona, y tampoco estaba seguro de querer saberlo.

—¿Y bien? —quiso saber Ruth.

Él intento soslayar la demencia.

—¿Van a presentar cargos usted o sus padres?

—No lo sé. —Se encogió de hombros con despreocupación.

—Espere un momento. ¡No tengo todo el puñetero día para quedarme aquí plantado! Tienen que decidirse: o presentan cargos o la suelto. Alguien tiene que tomar la decisión, señorita.

Claire, momentáneamente obnubilada por la maravillosa visión de Ruth con escote blanco, parpadeó ahora por el sobresalto que le produjo el guante de la realidad al abofetearla de nuevo en la cara.

—¡Agente Calzone, aquí huele a doble rasero! ¿Por qué a ella la llama “señorita” y a mí me llama “señora”? ¡Pero por Dios, si es mayor que yo!

La novia por fin se fijó en la alborotadora.

—¡Ssshhh! —exclamó Ruth, escandalizada.

Claire agachó la cabeza, alicaída porque la primera palabra que le había dirigido Ruth durante todo este desastre no era una palabra de verdad. Sin embargo, Ruth estaba dispuesta a remediar la situación: se volvió hacia el policía.

—Agente Camorrista, ¿me permite unos minutos a solas con mi amiga? Así al menos tendré unos minutos para beberme el champán en un espacio no público. ¿Eso me lo puede permitir? —Le apretó el brazo. Él cerró los ojos y se imaginó que le apretaba otro apéndice íntimo, se regodeó en cinco segundos de fantasía, suspiró, se fumó un cigarrillo imaginario y asintió.

Ruth se agachó para meterse por la puerta abierta del coche.

—Aparta, canija.

Con torpeza, Claire se arrastró por el asiento trasero. Se acurrucó contra la puerta mientras Ruth se metía en el coche y, con simbolismo despreocupado pero deliberado, cerraba de golpe la puerta pillando la cola de su vestido. El agente Krispykreme, que estaba presentando mentalmente los papeles del divorcio y planeando una cita romántica con esa radiooperadora pelirroja tan mona de Massapequa, estaba totalmente ajeno a todo esto.

Ahora herméticamente encerrada dentro del coche no sólo con Ruth sino además con los efluvios del bocata de albóndigas, Claire, como el policía fantaseador, se despreocupó del mundo exterior. Ruth siempre tenía ese efecto en ella, sobre todo ahora que las dos estaban atrapadas en el claustrofóbico asiento trasero (efecto aumentado por el ominoso enrejado metálico que las rodeaba como un capullo). El estrecho confinamiento sólo servía para destilar la fuerza que era Ruth: belleza, sensualidad, cerebro y pura demencia desenfrenada.

Ruth se arrimó más a ella. Un pecho, bajo la capa de blanco virginal, rozó el brazo de Claire con libidinosas intenciones; una pierna, con agilidad serpentina, rodeó la fuerte pantorrilla de Claire.

—Bonito día para casarse de blanco. —Claire optó por no hacer una mueca de desprecio, pues sabía que no era capaz de imitar ni de cerca el labio desdeñoso de Billy Idol.

Ruth bebió un sorbito de champán, que relucía con la misma picardía que sus ojos azules.

—¿Cómo demonios has conseguido meter champán en la iglesia?

—Gracias a un liguero muy flexible. Y... —Ruth agitó las faldas de su voluminoso vestido—. Pero ha perdido un poco de gas. Maldito sea mi calor corporal. —Sonrió, plena y perfectamente, por primera vez en todo el día—. Atacar a papá con el crucifijo ha estado muy inspirado.

Claire no hizo caso del cumplido.

—Eso lo he sacado de El graduado.

Por supuesto, además de eso, había gritado el nombre de Ruth, aporreado una fachada de vidrio cilindrado, pegado un puñetazo al novio y atacado a los invitados, pero atribuía todo aquello a la ira de sus celos, no a motivaciones cinematográficas. Sin embargo, al contrario que en la película, Ruth y ella no se habían escapado juntas: en cambio, llegó la policía para detenerla mientras Ruth intentaba, se suponía, negociar su puesta en libertad.

Se hundió en el asiento, haciendo un esfuerzo por no prestar atención a la mano de Ruth que le acariciaba la tripita.

—Yo no tengo la culpa de que fuese una especie de... cruz enana. Supongo que los episcopalianos no piensan a lo grande.

—Mmmm. —Ruth inclinó la copa de champán para beber un trago largo y poco delicado y luego pegó ferozmente su boca a la de Claire para hacer lo que comúnmente se conocía como besar a la francesa, pero que —por lo que a Claire respecta— era algo muchísimo más intenso que lo que una mera definición (incorrectamente atribuida a una nación que adoraba a Jerry Lewis) podía transmitir. Como una montaña rusa llena de estrellas, el líquido asedió su boca con su frescor, al que siguió el calor pleno de la lengua de Ruth, y ambos sabores compitieron, se complementaron, se fundieron y pasaron de la pura sensación a la euforia cruel, para cristalizar luego en la conciencia de que, con independencia de cualquier otra cosa, ella siempre sería la perra de Ruth. ¿Y todo el mundo piensa que la loca soy yo, sólo porque soy artista y ella es una puñetera agente de Bolsa?

Claire no podía respirar. Se apartó a regañadientes, saboreando los restos del beso, la protesta suave y susurrante de sus bocas al separarse y la sensación de la cálida mano de Ruth sujetándole la nuca.

—¿Quién se iba a imaginar que estarías tan guapa de blanco? —murmuró Claire.

—Gracias, querida. Tú estás muy atractiva con las esposas. Se me están ocurriendo muchas ideas.

La mención a las esposas le recordó lo apretadas que estaban y la sensación de tener unas pinzas de langosta alrededor de las muñecas (“Sonatina silenciosa para un crustáceo furioso”, tituló a la visión que tenía en la cabeza), por no hablar de la enormidad del tema que las agobiaba aún más: que ella estaba detenida por la policía y que Ruth era la señora de Mark Spottiswood. Empleó las dos manos para apartar con rabia a Ruth de un empujón.

—¿Y quién se iba a imaginar que ibas a llevar el Día de los Inocentes hasta este puto extremo?

A Ruth se le pusieron los ojos muy redondos con una expresión de inocencia extraña.

—Ay, Claire, no grites. No te enfades. —Intentó alisar el pelo alborotado de su amante. Una parte, en el lado izquierdo de la cabeza de Claire, parecía especialmente aplastada y revuelta, seguramente porque la madre del novio había tenido la suerte propia de una luchadora profesional de lograr agarrar a Claire por las raíces Revlon durante el altercado matrimonial.

—¿Que no me enfade? ¿Que no me enfade? ¡Te acabas de casar!

—No será por mucho tiempo, cariño. Como un año más o menos, para quedar bien. Mamá y papá estaban empeñadísimos, y creo que él sólo lo hace por el dinero, además es gay, no me ha puesto un dedo encima, ¡y hasta ha diseñado el vestido de novia! ¿Tú sabías que Oscar Wilde diseñó el vestido de novia de su mujer, por no hablar de sus anillos? ¿Y que ella jamás se imaginó que él pudiera ser maricón? Por favor, pero si eso lo delataba tanto como sus chaperos. —Ruth detuvo de golpe su diatriba contra Oscar, pues los hombros caídos de Claire empezaban ahora a temblar y agitarse. Sabía que el lloriqueo comenzaría en cualquier momento. Odiaba que Claire llorara, y lo detestaba especialmente cuando ella misma era la causa.

—Ay, por favor, no. —Cubrió la cara de Claire —la frente, las cejas, las mejillas y sobre todo esos párpados adormilados y sexys, medio cerrados y con sabor a sal— de besos con aroma a champán y sólo lo lamentó porque le recordó a la expresión “besos de champán” y eso la hizo pensar en Robin Leach. Pero a pesar de las medidas preventivas de Ruth, Claire estalló en lágrimas. Ruth frunció los labios con angustia. Sentía picores por todas partes y sabía que era por la culpa, que la atormentaba como de costumbre. Su conciencia siempre se manifestaba de esta forma: años antes, cuando malversó los fondos de la Fundación para la Salvación de las Ballenas, se estuvo rascando más que un orangután con eczema.

—R-Ruth —sollozó Claire. Se parecía tanto a una niña cuando lloraba, con la carita toda hinchada y roja, que el agente Carbonatado —si hubiera estado prestando atención— ahora sí que habría pensado que tenía menos de 31 años—. No lo soporto. Me desquicias.

—Lo siento. Era una inocentada. Pensé que tendría gracia.

—Pero R-Ruth —hipó Claire.

Un pulgar bloqueó el paso a una lágrima errante que caía por la mejilla de Claire.

—¿Qué, mi amor?

—Llevas... llevas tirabuzones. —Claire se puso a berrear de nuevo.

La contrita novia suspiró.

—Lo sé. Lo siento. No debería haber permitido que el señor Jimmy me tocara el pelo. —Se sacó un pañuelo del escote y le secó la cara a Claire—. Dios, me encanta este vestido —murmuró—. ¿A que es fabuloso? En cuanto lo vi, supe que era para mí. Sabía que te volvería loca y que lo pasaríamos en grande al desvestirme. Es que... ya sabes cómo soy. No me pude contener. Tenía que utilizarlo de verdad. Tenía que llegar hasta el final.

—Esto es peor que el paracaidismo —dijo Claire sorbiendo. El Día de los Inocentes del año anterior se había anunciado como un viaje a París en un vuelo chárter, pero acabaron lanzándose en paracaídas sobre el Atlántico. Todavía no sabía si la novedosa experiencia de hacer el amor en una balsa salvavidas había compensado que se le quemara el culo con el sol. Suspirando, apoyó ahora la cabeza en el escote de 3.000 dólares—. Podrías haberme elegido a mí, ¿sabes? Me habría casado contigo si me lo hubieras pedido. —Era muy consciente del tono defensivo con que hablaba, y sabía que Ruth lo iba a aprovechar.

Ruth resopló con desdén.

—Habló la que huye del compromiso.

—La que huye de nada —logró contestar Claire mientras olisqueaba con la nariz sepultada en el escote como si fuese un cerdo de primera en busca de trufas.

—¡No cambies de tema! —espetó la novia.

Claire se incorporó furiosa.

—¿Y cuál es el tema? Ah, sí, espera, que ya me viene. —Cerró los ojos y se tocó la frente imitando a una mala vidente—. Que estás loca... ése es el tema.

—¡No atribuyas tus problemas a mis trastornos mentales! —gritó Ruth, y luego se quedó muy mohína al darse cuenta de lo que acababa de reconocer. Moduló el tono para imitar a Diane Sawyer en un mano a mano con Henry Kissinger—. Durante mi entrevista en exclusiva con Allison a principios de año, declaró que tú te echaste atrás cuando quedaban dos días para vuestra ceremonia de compromiso. ¿Acaso lo niegas?

Claire se agitó incómoda, comportándose por fin como si efectivamente fuese capaz de cometer un crimen que requería esposas.

—Hombre, pues...

—Y Tracy. No nos olvidemos de Tracy. Se suponía que te ibas a vivir con ella. ¿Qué pasó, o te lo tengo que recordar?

Claire no necesitaba que le recordaran cómo había emprendido el traslado al ático de Tracy en el Soho para acabar cruzando el país con el camión de la mudanza hasta Santa Mónica, donde estuvo varias semanas viviendo en la playa hasta que por fin se armó de valor para volver a Nueva York. Al regresar, estuvo un par de meses viviendo bajo pseudónimo (Claire de Luna) e intentó, sin éxito, fingir su propia muerte. Incluso después de tantos años, no era de extrañar que cada vez que se topaban la una con la otra, Tracy siempre le escupiera.

—¡Está bien, está bien! —gritó Claire—. Tú ganas.

Las dos se quedaron parpadeando, mirándose confusas.

—¿Y qué gano? —preguntó Ruth.

Claire intentó escabullirse con altivez.

—Pues... no lo sé.

—O me lo dices ya o no te llevo a la luna de miel.

—¡Vale! —Claire levantó la mirada, con la esperanza de ver los cielos en su infinita sabiduría, pero en cambio vio el techo del coche, con una mancha oscura en forma de Cuba —seguramente sangre, pensó— justo encima de su cabeza—. Te quiero, me iré a vivir contigo, me casaré contigo, tendré un hijo tuyo, me pondré tu apellido, aunque no me hace mucha gracia llamarme Claire Zygmuntowicz, seré tu ama de casa. Lo que sea, Ruth. Lo que tú quieras.

Ruth se animó.

—¿De verdad?

—Sí.

—¡Oh, tesoro! —Ruth intentó desesperadamente subirse al regazo de Claire, pero al final se conformó con un nuevo morreo arrebatador al tiempo que rodeaba el cuello de Claire con los brazos apretando hasta el punto de producirle dolor de cabeza—. Te quiero.

—Yo también te quiero. ¿Ahora vas a retirar los cargos?

—Te va a encantar la lista de bodas, Claire. Nos han regalado un montón de cosas chulas, aunque creo que vamos a tener que pelearnos con Mark por la máquina de hacer capuchinos.

—Hay un Starbuck’s en cada esquina.

—Entonces, ¿me quieres de verdad?

—Sí. Absolutamente. Totalmente.

—Entonces, ¿no te importa que te lleve a comisaría? —Ruth indicó con el pulgar al obtuso agente Catamarán.

¿Cómo? —vociferó Claire.

Ruth le acarició la mejilla.

—No sabes qué contento se pondría papá. Creo que esto lo ayudaría a superar la hostilidad que siente hacia ti.

—Pero... —Maldita sea, vas y me besas de nuevo. Claire boqueó tragando aire—. Pero —empezó otra vez—, ¿por qué me odia? —Bueno, has interrumpido, y echado a perder por completo, la boda millonaria de su hija, so gilipollas—. Siempre pensé que le caía bien.

—Ah. Pues sí. Pero luego le dije que tú me desfloraste.

—Ruth, pero si te has tirado a medio Manhattan. ¿Por qué le dijiste eso?

—Por el impacto. Tenía que hacerle ver lo importante que eres para mí.

—La lógica no es algo con lo que te hayas topado nunca, ¿verdad?

—Luego te pago la fianza, después del banquete.

Esta respuesta, demostración del cerebro descontrolado de Ruth en pleno funcionamiento, no hizo sino confirmar lo que Claire ya sabía.

—Tendrás el tiempo justo de hacer el equipaje para volar a Córcega. No te preocupes, ya tengo tu pasaporte y tus pastillas para el mareo. Será maravilloso... bueno, salvo por el vuelo. Pero Mark te va a encantar, mi vida, es tronchante. ¡Nunca he visto a nadie imitar mejor a Carol Channing!

Con un revuelo de encaje y seda, Ruth salió del coche y cerró la puerta. Esta vez, al parecer, pillarse la cola del vestido con la puerta no fue a propósito, y Claire vio horrorizada cómo Ruth caía al suelo como una piedra. El desconcertado policía la ayudó a levantarse y se apresuró a liberar el vestido abriendo y cerrando de nuevo la puerta.

Ruth le indicó que estaba bien levantando el pulgar y le dedicó otra preciosa sonrisa de lunática.

Claire intentó no escuchar la charla en sordina entre su amante y el agente Cocochasalvapor. Pero fue una conversación afortunadamente breve y antes de que se pudiera dar cuenta Ruth volvía a entrar corriendo (y con tacones, encima) en la iglesia mientras el agente Crepesuzette se metía en el asiento delantero del coche patrulla y arrancaba el motor.

El coche se metió bruscamente en la creciente refriega del tráfico de la hora punta.

—Oiga.

Ella levantó la mirada al oír su voz áspera y vio sus ojos castaños, que la miraban con tímida compasión, reflejados en el espejo retrovisor.

—¿Le apetece el resto de mi bocata?

Claire sonrió. Se puso a silbar.

Él reconoció la melodía.

—Ah, sí: “Su Majestad es una chica muy maja...”.

El coche dobló una esquina y aceleró.

—No se hace usted idea —contestó ella.


FIN


Volver a Uberficción: Relatos cortos
Ir a Novedades