Soledad

D



Descargos: Ninguna. Si lo leéis, comprenderéis por qué.
Notas de la autora: Esto ha sido un ejercicio creativo para intentar hacer algo un poco distinto. Se me ocurrió de repente y no había forma de olvidarlo, aunque estaba con otras tres cosas a la vez.
Para los lectores de la Serie Valiant: Estoy preparando otra historia que tengo que terminar en los próximos meses antes de empezar A Valiant Mind. El argumento ya está hecho, así que lo voy a escribir. Es sólo cuestión de ponerlo en la pantalla. Gracias por vuestra paciencia. D

Título original: Solitude. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Aquí no hay ruido y la soledad es distinta de cualquier otra cosa que haya oído en mi vida. Hasta ahora, el silencio siempre ha sido relativo: el zumbido del tráfico, la estática de la electricidad, el ronroneo de la tecnología. Aquí no. Aquí no hay nada salvo el sonido del viento, el movimiento lejano del agua. Esto está tan silencioso que mi respiración resulta ruidosa e, incluso sobre la tierna hierba verde del verano, mis pasos casi levantan ecos en la quietud.

La meseta donde estoy sentada ofrece una vista espectacular del estrecho que está allí abajo, y sentarme aquí a contemplar la puesta del sol se ha convertido en un ritual diario de mi estancia. Han pasado casi dos semanas desde que llegué y aún no me he saltado ninguna, aunque es una buena caminata montaña arriba desde el pequeño chalet que ahora considero mi hogar.

Nunca me había dado cuenta de la cantidad de vida real que me estaba perdiendo por culpa de la interferencia de la civilización. Mi soledad forzosa me ha hecho comprender la diferencia entre mis necesidades y mis deseos. A veces coinciden, y he descubierto que ella es el núcleo de mis necesidades y mis deseos.

Ha sido por ella, de hecho, por lo que he desaparecido de mi mundo y he acabado en lo que para muchos parecería el medio de la nada. Pero la nada era donde necesitaba estar, así que aquí me voy a quedar el tiempo que haga falta. Me ha ayudado a apreciar mi vida debidamente.

¿Por qué hace falta un desastre para que aceptemos la responsabilidad de plantearnos dónde hemos llegado a causa de lo que hemos hecho? Sí, barajamos opciones, repasamos posibilidades, incluso reflexionamos paciente y cuidadosamente antes de cada decisión. Pero al final, hace falta una catástrofe que haga añicos todo lo que hemos conocido y querido para que nos paremos a pensar en lo que de verdad importa y lo que no.

Lo siento... hoy no se me entiende muy bien, ¿verdad? A veces la puesta del sol me pone sensiblera. Sobre todo en días como hoy, en que vivo la soledad física como soledad del alma y recuerdo que en cada momento clave de mi vida ella ha desempeñado un papel crucial. ¿No me creéis? Permitidme que os cuente mi historia desde el principio.


Cuando tenía cuatro años, mi padre fue a la cárcel. Mamá no me dijo por qué y cuando tuve la edad suficiente para entenderlo, no quise saberlo. Sabía que aquello cambió todo nuestro estilo de vida y con eso me bastaba. Nos mudamos de nuestra cómoda casa en un barrio de clase media a un pisito de dos habitaciones a las afueras del pueblo. Mamá tuvo que ponerse a trabajar y yo me convertí en uno de esos niños que tienen las llaves de casa desde muy pequeños.

Tenía diez años cuando un torbellino de cinco irrumpió en mi vida. Para entonces, yo era una solitaria. Los niños son crueles y averigüé bien pronto que la mejor manera de evitar la crueldad era evitarlos a ellos e ir por mi cuenta.

Eso me iba muy bien porque me pasaba las tardes en la biblioteca leyendo toda clase de libros. No había libros que tuviera prohibidos y para cuando cumplí los seis años, la señorita Wiseman ya se esperaba verme allí todas las tardes a las tres. La señorita Wiseman era la bibliotecaria del pueblo y a mí me caía muy bien. Siempre me ayudaba con las palabras difíciles, explicándomelas con paciencia y asegurándose de que las entendía. Y dedicaba parte de su tiempo a hablar de los libros conmigo, desde los del doctor Seuss que leía en el jardín de infancia hasta los clásicos que leía cuando tenía ocho años o las novelas de ciencia ficción y misterio que eran mis preferidas a los diez.

Todos los días tomábamos leche con galletas antes de leer. Ella aprovechaba ese momento para preguntarme qué tal me había ido el día y repasar mis deberes. Luego me daba el libro que yo estuviera leyendo en ese momento y seguía trabajando hasta la hora de cerrar. Algunos días me llevaba a casa y otros me iba yo sola andando, y hasta el día en que conocí al torbellino de cinco años, la señorita Wiseman era la mejor amiga que tenía.


Siento haberme apartado del tema un poco, pero he pensado que era importante que supierais algo de la señorita Wiseman. Es una de las pocas personas de mi vida que nunca me han juzgado por los delitos de mi padre. El Pequeño Torbellino era otra, aunque dado que tenía cinco años, no podía saber nada de ellos. Y tampoco que fue culpa de su padre que el mío acabara en la cárcel.

Pero me estoy adelantando... me estoy adelantando muchísimo, porque yo misma no he sabido esto último hasta hace muy poco. Está oscureciendo y tengo que volver al chalet. Incluso en verano aquí hace frío de noche, y tengo un fuego preparado en la chimenea y una taza de chocolate caliente a la espera de hacerse.

El chalet es agradable: todas las comodidades de casa y encima con una vista preciosa. Lo único que falta es ella, y no sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar la soledad.

He mentido. No tengo todas las comodidades de casa. Por eso estoy aquí. Tengo electricidad y agua caliente corriente, un equipo estereofónico de máxima calidad y un equipo de televisión estupendo. Toneladas de DVDs y vídeos, pero sin cable, ni teléfono, ni Internet. Nadie puede dar conmigo, que es lo que ella quería, y por eso espero pacientemente a que venga a buscarme como prometió que haría.

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, por el Pequeño Torbellino.


Estábamos a finales de otoño. Lo recuerdo muy bien porque los pantalones largos y el abrigo grueso lograron que el impacto cuando se estampó con mis rodillas no resultara tan doloroso para ninguna de las dos. Bueno, por eso y porque fue el siguiente momento crucial de mi vida.

Yo estaba en quinto a los diez años, aunque la señorita Wiseman estaba totalmente convencida de que me tendrían que haber adelantado un par de cursos. Mamá se negó y yo estuve de acuerdo con ella. Ya me costaba bastante ser yo misma sin que me pusieran en una clase con niños dos o tres años mayores que yo. Tenéis que entender que nuestro pueblo era bastante pequeño, para ser un pueblo industrial. Todas las escuelas estaban en la misma manzana: de hecho, las tres escuelas juntas ocupaban una manzana entera. El transporte resultaba fácil, salvo en las raras ocasiones en que las actividades escolares se solapaban con un cambio de turno en la fábrica. Pero las altas instancias tenían mucho cuidado de que eso no ocurriera muy a menudo.

En cualquier caso, yo salía del edificio de la escuela elemental y justo cuando llegué a la acera, estuve a punto de caerme literalmente a la acera... de culo. Sólo gracias a que me había detenido un momento y por ello estaba equilibrada, conseguí no caerme. De todas formas, las rodillas me estuvieron doliendo varios días.

Cuando bajé la vista, unos ojos llenos de lágrimas se encontraron con los míos y descubrí que unos bracitos regordetes me rodeaban la pierna izquierda con tanta fuerza que no podía doblar la rodilla. No sabía qué hacer, de modo que le cogí las manos y me arrodillé para ponerme a su altura.

—¿Qué te pasa, peque?

Como respuesta, señaló por encima del hombro a dos niños que reconocí como a los matones de otra clase de quinto. Nunca se habían metido conmigo, pero yo tendía a evitar a todo el que no me evitaba a mí primero.

Sin dejar de vigilarlos, miré de nuevo a mi inesperada y joven protegida. En voz baja, le susurré un par de instrucciones y ella asintió enérgicamente con la cabeza y salió corriendo hacia la biblioteca. Los dos hicieron amago de querer seguirla, pero les corté el paso con gran elegancia y habilidad.

—¡Quita de en medio, carne de trullo!

—Sí, aparta, a menos que quieras acabar como tu padre.


Yo había aprendido tiempo atrás a no hacer caso de los comentarios sobre mi padre. Y había empezado a practicar artes marciales dos años antes. La señorita Wiseman también me ayudó con eso. Es una larga historia, pero baste decir que manifesté interés y logramos encontrar una manera de hacerlo posible.

Estos dos me dieron la primera oportunidad de poner en práctica mi entrenamiento, aunque no sería la última.


—¡Dejadla en paz! ¡No es más que una cría!

—Escucha, carne de trullo... no te metas. Nos debe algo y nos lo vamos a cobrar.

—Es una cría. ¿Qué os puede deber?

No contestaron y cuando trataron de rodearme por cada lado, los sorprendí, y también a mí misma, con una patada doble. No fue elegante ni bonito, pero logré hacer lo que necesitaba. Desvió su atención de ella y la centró en mí. Y cuando se levantaron, empezó la pelea.

No duró mucho. El pequeño torbellino había entrado en la biblioteca y le había contado todo a la señorita Wiseman. Resultó un poco incoherente, pero la señorita Wiseman era muy lista y captó lo importante a toda prisa. Hizo una llamada y luego salió para detener la pelea.

Los dos niños acabaron peor que yo y encima los expulsaron durante unos días. Nunca más volvieron a mirarme siquiera, eso seguro. Yo acabé con un ojo morado de feo aspecto y un labio partido que hacía que comer cualquier cosa, incluso helado, fuese una experiencia que deseaba finalizar lo más deprisa posible. Y conseguí que un torbellino de cinco años se convirtiera en mi mejor amiga.

Sé que mucha gente nos miraba con extrañeza, pero después de aquel día aparecía en la biblioteca todos los días a las tres en punto. No sé muy bien cómo lo consiguió, al menos no lo sabía entonces, pero la señorita Wiseman la acogió y dedicaba parte de su tiempo a ayudarla como lo había hecho conmigo. No hacíamos nada más que leer en silencio, pero eso contribuyó tanto a solidificar nuestra amistad como cualquiera de las cosas que sucedieron después.

Me invitaron a su casa, y aunque a mamá no le hizo gracia la invitación, la súplica de esos bonitos ojos verdes la obligó a darme permiso a regañadientes para que fuera a su casa. Al poco, todos los sábados después de entrenar iba a su casa a jugar a cosas de las que jamás había oído hablar.


Debería interrumpirme ahora para comentar que su padre no sabía nada de mí. Por lo menos entonces. No era algo que le ocultáramos. Era simplemente que nunca estaba en casa. Su madre, Janet, sí que lo sabía, por supuesto, y más adelante pensé que había cedido a sus súplicas para que me invitara tanto por mi comportamiento como por la sensación de culpa que tenía por lo que su marido le había hecho a mi padre. Siempre fue muy amable conmigo y yo nunca le di motivos para cambiar de opinión sobre mí... hasta nuestro último encuentro. Pero ya llegaré a eso a su debido tiempo.

El fuego me recuerda el siguiente momento crucial de mi vida, que en realidad también fue un momento crucial para ella. Ella tenía once años y yo dieciséis.


Yo trabajaba en la biblioteca después de clase y algunos sábados sueltos, haciendo lo que la señorita Wiseman había hecho por mí. Sólo que ahora teníamos catorce estudiantes fijos que venían a leer por las tardes. La señorita Wiseman vigilaba las cosas, pero los lectores eran responsabilidad mía. A veces me daba la sensación de que mi pequeño torbellino tenía celos de que mi atención tuviera que dividirse durante lo que siempre había sido nuestro momento. Con todo, venía todos los días, y todos los días era la última en marcharse. Yo me alegraba por ello, porque a pesar de nuestra diferencia de edad, seguía siendo mi mejor amiga.

Llegó un sábado de febrero y llovía a cántaros. Recuerdo que estábamos sentadas delante de la chimenea porque nos habíamos empapado al volver andando de comprarle unas flores a su madre por el Día de los Enamorados. Yo había intentado explicarle que lo de las flores tendría que haber sido algo que hiciera su padre, pero ella se encogió de hombros y se empeñó en comprarlas de todas formas. No eran rosas, sino ramilletes, lirios y orquídeas. Una mezcla extraña, pero eso era lo que quería y eso fue lo que compró.


Perdón, tengo que interrumpir de nuevo, pero es que me acabo de acordar de una cosa. No es hija única. Tiene dos hermanos mayores, gemelos, en realidad, que tenían quince años cuando ella nació. Fue un accidente mimado por dos hermanos que ya estaban en la universidad cuando ella tenía cinco años y que la adoran y la consideran una persona especial. Incluso ahora apoyan sus decisiones, aunque eso los enfrente a su padre.


Estábamos sentadas delante de la chimenea sin hacer nada salvo contemplar las llamas y charlar. No le hacía la menor gracia que me fuera a la universidad y me lo estaba dejando muy clarito.

—¿Qué voy a hacer si tú no estás?

—Harás lo que siempre has hecho, sólo que crecerás sin que yo esté aquí —dije con tristeza, sin esperarme que el torbellino se volviera contra mí. Pero lo hizo, a puñetazo limpio, y tuve suerte de que mis brazos fuesen lo bastante largos como para apartarla sin que me hiciera mucho daño antes de envolverla en ellos.

—¡Eso no tiene gracia! —dijo y luego se derrumbó entre mis brazos. Siempre había sido más bien reservada, por lo que su reacción y el llanto que la siguió me pillaron por sorpresa.

—Oye, tranquila. Sólo voy a estar a dos pueblos de distancia, en la universidad estatal. Vendré a casa siempre que pueda. Y podemos escribirnos cartas y correos electrónicos y a lo mejor hasta hablar por teléfono algunas veces. Eso estaría bien, ¿no? —No sabía qué hacer. Nunca se había mostrado así de emotiva.

Janet entró y la encontró acurrucada y dormida en mis brazos. Me hizo un gesto para que la acompañara, de modo que me levanté y salí del estudio detrás de ella hasta la cocina.

—Lo siento —susurró Janet—. Es que ayer empezó con su primera regla y la ha dejado un poco descolocada.

Me acordé de cuando me sucedió a mí y asentí con la cabeza.

—Escucha, ya sé que no te marchas hasta dentro de unos meses, pero quería hablarte de una cosa. Me gustaría darte una ayuda... —No le dio tiempo a decir más porque me puse a decir que no con la cabeza. Janet me agarró de los brazos y detuvo mi discurso antes de que pudiera abrir la boca—. Escúchame, por favor —dijo—. No es gran cosa, no es nada importante, y lo hago tanto por ella como por ti. Sólo un abono de transporte para los fines de semana y un estipendio mínimo para asegurarme de que tienes comida si vienes aquí un fin de semana en lugar de trabajar. Podemos incluso hacer que sea un préstamo, si así te sientes mejor al aceptarlo. No contestes ahora, por favor, sólo piénsatelo.

Asentí y me volví para regresar al estudio. La voz de Janet me detuvo.

—Seguro que piensas que la tengo muy consentida, pero su bienestar es lo más importante para mí, y tú pareces ser la clave para ello. Así que... piénsatelo.

No respondí, pero no hacía falta. Janet sabía tan bien como todo el mundo que ella era también el centro de mi mundo. Seguramente no se consideraba sano para ninguna de las dos, pero tampoco era algo que yo pudiera controlar. A pesar de la diferencia de edad, que ahora era penosamente evidente, seguía siendo mi mejor amiga. Y algo me decía que a pesar de todo, del pasado y del futuro, siempre lo sería.

Me senté junto al fuego y esperé a que se despertara. Cuando lo hizo, me miró con ojos tristes.

—¿Piensas que no soy más que una niña?

—¿Eh? —fue mi inteligente respuesta, con las cejas fruncidas e intentando dilucidar a qué venía esa pregunta.

—¡Has dicho que tenía que crecer! —El fuego de sus ojos habría tenido gracia si en ese momento no estuviera dirigido a mí.

—No, he dicho que crecerás mientras yo esté fuera. No querrás tener once años para siempre, ¿no?

—¡NO! —exclamó con toda la dignidad que era capaz de asumir una niña de once años sobre ese tema.

—Pues yo iré a la universidad y las dos seguiremos creciendo.

Se lo pensó y asintió y luego frunció el ceño.

—Pero es que no es justo. ¡Nunca te voy a alcanzar!

—Bueno, a mí no me importa ahora, y algún día tampoco le importará a nadie más.

Pareció aceptarlo, y con la inconstancia de la niña que aún era, pero que estaba dejando atrás rápidamente, pasó a cosas más importantes, como:

—¿Te apetece un helado?

Es la única persona que conozco aparte de mí misma a la que le gusta comer helado sea cual sea la estación del año o el tiempo que haga fuera.


Es tarde y el silencio y el aislamiento de este lugar me están dando sueño. Me voy a la cama y espero que la noche pase deprisa y que cuando me despierte mañana, a lo mejor ella haya llegado. No sé cuánta soledad más puedo aguantar.


Las mañanas son diferentes aquí, al menos comparadas con lo que he visto toda mi vida. Es que en un pueblo industrial no hay mucha fauna. No puede haberla, la vida siempre está en movimiento. Un poco como en la ciudad, pero distinto también. Pero siempre hay gente por todas partes, la vida está en movimiento continuo, y a los pájaros y los animales eso no parece gustarles mucho.

Aquí yo soy la intrusa, y la fauna es asombrosa. En las noches en que no duermo bien, y ha habido unas cuantas, oigo cómo empiezan a cantar los pájaros casi una hora antes de que amanezca. Hay una familia de chotacabras en el prado de detrás del chalet, pero también hay petirrojos, cuervos, arrendajos, cardenales, un pavo real y un pájaro carpintero que piensa que es su deber hacer un agujero en el marco de la ventana del dormitorio de detrás. Tengo que decir que habría podido vivir felizmente sin que ese pavo real me despertara de un sueño profundo el otro día. Menudo susto me dio. Pensé... bueno, en cualquier caso fue un subidón de adrenalina.

Hay ovejas, que según he descubierto huelen peor que las vacas del otro lado. Es que la lana mojada tiene un no sé qué... Bueno, también he visto avestruces, renos, un oso, algo que creo que era un emú y llamas. Las llamas son muy amistosas, si se les da la oportunidad. Yo no estoy tan necesitada de amigos.

Hasta la flora que me rodea es pasmosa. Puede que sea porque por fin me he parado a mirar, oler y disfrutar, pero los colores son brillantes y los árboles hacen que todo lo de alrededor parezca minúsculo, excepto las montañas. Es un baño de humildad, y muy apropiado para la instrospección y la reflexión.

El sol está empezando a asomar por encima de la montaña y me recuerda al día en que mi padre salió de la cárcel y vino a casa.


La verdad es que no me afectó directamente. Tenía diecinueve años cuando lo soltaron y estaba de vacaciones de la universidad. Ella y yo estábamos pescando en el lago cuando llegó a casa, y mamá se puso furiosa porque yo no estaba allí para recibirlo. Sorprendentemente, papá se puso de mi parte y le recordó a mamá que ya era adulta y tenía derecho a tomar mis propias decisiones.

Cuando mamá intentó explicarle con quién estaba en lugar de estar en casa para recibirlo, él la hizo callar y dijo que había cosas que formaban parte del destino de cada uno y que no se podía luchar contra ellas. Creo que no comprendimos lo que quiso decir aquel día, aunque ahora ya lo creo que lo comprendo. Probablemente fue sólo por esas palabras por lo que mi padre y yo llegamos a ser tan amigos como lo somos ahora.

Lo sé porque cuando llegué a casa, papá y yo nos sentamos a hablar largo y tendido. Me explicó una serie de cosas, me pidió perdón por otras. Yo le hablé de la universidad y de mis planes. Hablamos de todo menos de ella. Si me hubiera dado cuenta de que lo que había dicho sobre el destino se refería a nosotras y no a él, es posible que hubiéramos hablado de ella, pero nunca lo sabré a ciencia cierta.

Seguramente es el único que no se ha sorprendido por cómo han salido las cosas.

Me gradué con una doble licenciatura a los veinte años y me puse a trabajar en mi doctorado. No sólo asistieron mi padres a mi graduación, sino también ella, Janet y sus dos hermanos. La presencia de los hermanos me sorprendió, puesto que en realidad no los conocía. Imaginaos mi sorpresa cuando me ofrecieron trabajo como directora de escuela. Entonces no tenía ni idea de que era su último recurso.


Creo que debería interrumpir aquí de nuevo para deciros que su familia es la familia más poderosa del condado. Su padre es dueño de la fábrica, y sus hermanos participan activamente en la política local. Uno es el alcalde y el otro es representante estatal.

La verdad es que sus hermanos me caen bien. Como Janet, jamás me han juzgado por los actos de mi padre y siempre me han aceptado por mis propios méritos. Es una de las razones, aunque no la única, por la que los dos respaldaron la recomendación de que se me ofreciera el puesto de directora cuando destituyeron a mi predecesor. Estar graduada summa cum laude con dos licenciaturas en educación y administración de empresas no venía mal, pero creo que también influyó mucho haber nacido en el pueblo. Aunque lo decisivo fue que nadie más quería ese puesto.

Debo decir que empiezo a creer que ese puesto tiene gafe. Pero ya llegaremos a eso.


Los dieciséis años son una edad incómoda para todo el mundo y ella no era una excepción. Yo era directora de la escuela, lo cual empeoraba la situación, porque seguíamos siendo amigas. Aceptar ese trabajo a la edad de veintiún años seguramente no fue la decisión más inteligente que he tomado en mi vida, pero en ese momento me pareció una oportunidad de oro.

En realidad, era directora de la escuela elemental, por lo que no estaba directamente implicada en sus estudios, pero ella era ayudante de la señorita Wiseman en el programa de lectura de la biblioteca. Había crecido mucho desde sus inicios, cuando yo era el único miembro, dieciséis años antes, y ahora participaban una multitud de voluntarios adolescentes y casi cien alumnos de la escuela elemental y la escuela media. Me sentía muy orgullosa de eso.

Ella y yo nos habíamos mantenido en contacto durante todo el tiempo que estuve fuera, y habíamos mantenido nuestra íntima amistad a pesar de todo, por lo que no me tendría que haber sorprendido encontrármela en mi despacho durante su recreo. Tuvimos una larga charla y decidimos que a ninguna de las dos nos iría bien que ella pasara el rato conmigo en la escuela. Las dos teníamos otros amigos, y mis responsabilidades en concreto lo hacían imposible. Aún teníamos los sábados para estar juntas.

Y sí que pasábamos juntas los sábados. Sé que suena raro, sobre todo porque yo era una adulta y la sociedad todavía la consideraba a ella una niña. Fue algo que simplemente volvimos a recuperar cuando volví de la universidad. Que yo fuese adulta y ella no hubiera llegado aún a ese punto nunca supuso un impedimento para nuestra amistad.

Veréis, aunque yo no había ido mucho por casa durante la mayor parte de mi estancia en la universidad, sus amigos habían dado por supuesto que los sábados estaba ocupada y habían dejado de pedirle que saliera a hacer cosas con ellos. Yo no la había visitado mucho, con la esperanza de que hiciera más amigos entre la gente de su edad, pero me salió el tiro por la culata. Esos amigos los tenía en el colegio y con eso le bastaba. Me dijo más adelante que incluso los días en que no estábamos juntas, nunca echaba de menos salir con sus otros amigos. Es realmente una persona única.

Por eso me quedé de piedra un día al ver que entraba corriendo en mi despacho después de las clases. Estaba llorando y se me echó a los brazos sin pensar. La sostuve hasta que pudimos hablar y cuando habló, me enfurecí. Me tuve que recordar a la fuerza que yo ya no era aquella niña de diez años que defendió a una niña pequeña de unos matones. Era una adulta que debía seguir normas y reglamentos, incluso a la hora de defender a mi mejor amiga de quienes pretendían atacarla.


A ver si nos entendemos: ella es muy capaz de cuidar de sí misma y lo hace estupendamente la mayor parte de las veces. En cuanto tuvo la edad suficiente para comprender a qué dedicaba yo mis mañanas de los sábados, decidió que tenía que aprender. De modo que, muy a regañadientes, Janet le permitió acudir al dojo para entrenar conmigo. Era una alumna buena y esforzada y aprendió muy deprisa, y ya es cinturón negro de primer grado, lo cual es todo un logro en la disciplina que hemos elegido.


Cuando acudió a mí aquel día, no fue por lo que habían intentado hacerle, sino por lo que ella les había hecho a ellos por ese motivo. Estaba convencida de que su padre, a menudo ausente, iba a descargar su ira sobre ella, porque los que habían provocado su violencia ahora se estaban quejando.

Sorprendentemente, su padre dejó claro que lo que había hecho estaba justificado y dejó que la escuela se ocupara de aplicar el castigo correspondiente a todas las partes implicadas.

Ella estaba encantada. Eso quería decir que no la iban a mandar a un internado, cosa que, según averigüé más tarde, siempre había sido motivo de temor para ella, peor que el hecho de que yo me fuera a la universidad.

Cada sábado de los tres meses siguientes se dedicaron a limpiar y adecentar los patios de la escuela y alrededores. Ése fue el castigo que la escuela decidió que era justo y equitativo. Los directores nos turnábamos cada sábado para estar presentes, por lo que yo estaba en la escuela cada tres sábados, y la segunda vez que me tocó, me pareció que se estaba fraguando un problema mayor. Pero ninguno de los otros directores comentó nada, por lo que esperaba que fuesen imaginaciones mías. No lo eran, y aquello me llevó a llamar la atención de su padre por primera vez. No sería la última.


No sé vosotros, pero yo empiezo a tener hambre. Hay un café en el pueblecito, al lado de la pequeña tienda de alimentación. Sirven unos bocadillos de carne maravillosos: Mary dice que es porque la ensalada de col la prepara ella misma. En cualquier caso, tengo que ir al pueblo a comprar un par de cosas, así que voy a comprar uno para comer. A lo mejor ella ya está aquí cuando vuelva.


No os imaginaríais por mi evidente nerviosismo que soy un ser humano adulto y responsable capaz de valerme por mí misma, ¿verdad? Lo soy, en serio, y muy independiente, salvo cuando se trata de ella. Para cuando tenía dieciséis años, ya se había abierto un hueco en mi corazón, aunque no supe lo grande que era ese hueco hasta más adelante. Eso sí que fue una gran sorpresa para mí, cosa que le resultó graciosa y enternecedora al máximo. También es lo que nos metió en todo este lío, pero una vez más, me estoy adelantando.

Vamos... hace un día precioso, y aunque no esté a mi lado, soy capaz de apreciar la belleza y la soledad que me ofrece este sitio. Me muero por compartirlo con ella.

A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí... su padre.

Los chicos que habían intentado aprovecharse de ella seguían atormentándola, y un día, no mucho después de que completaran el castigo de los sábados, se pasaron con ella de una forma que me resultó inaceptable. En ese momento, dejé de ser directora y me convertí en su acérrima defensora. Hasta se enfadó conmigo por ello, diciendo que podía habérselas arreglado sola, y tenía razón. Podía. Me limité a reaccionar, y cuando la cosa acabó, mi trabajo pendía de un hilo y por fin me las había apañado para llamar la atención de su padre.

En realidad, dado que no fui yo la que empezó todo, que no ocurrió en las instalaciones escolares ni en horas de clase y que me provocaron físicamente, conservé mi puesto, aunque sometida a prueba a causa de mi conducta. Lo peor fue dar la cara ante ella cuando todo terminó.

—Lo siento —dije en voz baja. Estábamos sentadas al lado de la piscina de la casa de sus padres. Janet estaba preparando la comida y su padre estaba en el trabajo una vez más. Hacía buen día y lo estábamos aprovechando, aunque yo no sabía durante cuánto tiempo iba a ser bien recibida. Aún notaba la furia que irradiaba de ella, y sabía que en buena medida iba dirigida contra mí.

—Podría haberlo solucionado yo sola, ¿sabes?

—Lo sé... es que... no pude evitarlo.

—¿Sabes lo que me habría pasado si te hubieran despedido?

Tengo que reconocerlo: en ese momento no comprendí en qué podría haberle afectado a ella que me despidieran. Soy lista, pero a veces mi sentido común se larga de vacaciones. Ésta fue una de esas veces. Pero antes de que pudiera contestar, apareció su padre por las puertas correderas que daban a la piscina como si se esperara encontrarme allí.

Enarcó las cejas al ver la vestimenta a todas luces informal que me había puesto para ir a su casa, pero me saludó ofreciéndome la mano.

—Gracias por venir. No sabía si podría, puesto que mi hija me ha dicho que suele estar ocupada con cosas de la escuela incluso en fin de semana. Esa dedicación es seguramente lo que ha hecho que conserve su puesto, aunque reconozco que me gustó lo que hizo por ella. Esos chicos le han dado problemas en más de una ocasión.

La miré y la información dio vueltas por mi cabeza, dando origen a tantas preguntas como respuestas. Ella tenía la cabeza gacha, y me pregunté de qué otras cosas no me había enterado.

La comida fue agradable, aunque yo estaba bastante incómoda por la presencia de su padre. No tenía muchas ganas de hablar, porque no sabía qué normas había para conversar con él. Era evidente que no sabía que éramos amigas y que yo había estado en su casa muchas veces a lo largo de los años. Después de comer, volvió a la fábrica, tras asegurarme que me reservaría un puesto en su equipo de dirección si llegaba un día en que el campo de la educación me resultaba demasiado pesado. Luego me dio las gracias de nuevo por lo que había hecho y se fue.

Ella me miró entonces, por fin.

—Él te ha pedido que me invitaras. —Era una afirmación, no una pregunta, y asintió—. No me has pedido que venga por él.

—No —dijo en voz baja. Sabía cuál iba a ser mi siguiente pregunta y la contestó sin que yo tuviera que hacerla—. Sabía que vendrías y... y no quería que vinieras por él. Quería que vinieras por mí.


¿He comentado lo densa que puedo llegar a ser? Dios, si tuviera algo de sentido común, habría captado la indirecta tan poco sutil que me lanzó en ese momento. Pero el tren salió de la estación sin mí. ¡Maldición, es que estoy en la inopia!

Está refrescando y el viento huele a lluvia. ¿Oís esos truenos? Puede que esta noche nos perdamos la puesta de sol. A lo mejor enciendo un fuego. A ella le encanta un buen fuego cuando hace frío.

Se está levantando la brisa. Va a ser una gran tormenta. Me recuerda lo que ocurrió cuando llegó el momento de que se fuera a la universidad.


—¡No puede obligarme a hacer eso! ¡Tengo dieciocho años, maldita sea! —Había entrado como una exhalación en mi casa a primera hora de la mañana de ese sábado, echando chispas y maldiciendo al mundo en general y a su padre en concreto.

—Lo dices como si ir a la universidad fuese algo malo.

Se tiró en mi cama, lo cual me recordó todos aquellos sábados lluviosos que habíamos pasado de niñas tumbadas la una al lado de la otra en su cama, leyendo o haciendo los deberes. Ahora me miraba iracunda.

—No quiero decir eso y lo sabes.

Me senté a su lado y le pasé los dedos por el pelo. Ella se dejó acariciar y sonreí. Siempre había sido así, y hacía mucho tiempo que descubrí que era la forma más fácil de calmarla.

—Sólo quiere lo mejor para ti.

Se apartó y me volvió a mirar furibunda.

—No es cierto. Quiere lo que él piensa que es mejor para mí. Ni una sola vez me ha preguntado qué es lo que quiero yo.

Me quedé callada, pues sabía que era cierto. Por fin, le pregunté:

—¿Y qué vas a hacer?

Me sonrió con aire ladino.

—Lo que ya he hecho. Me he matriculado en la universidad estatal a la que fuiste tú. Todavía puedo venir a casa los fines de semana.

—¿Y si se entera?

Se encogió de hombros.

—¿Qué va a hacer? Tengo beca completa. Si me quita la paga, me pondré a trabajar a media jornada, aunque no creo que mamá se lo permita. —Sonrió con picardía—. Está bien eso de ser la pequeña y tener dos hermanos loquitos por mí.


Tengo que explicar una cosa ahora mismo. Para entonces, yo ya llevaba dos años trabajando como directora, y hacía ya tiempo que me había enterado de por qué exactamente me habían ofrecido ese puesto a mí, con lo novata e inexperta que era, cuando había tantos candidatos mejor cualificados para ello. Es que nadie lo quería, ni más ni menos que por culpa de su padre.

No lo sabía cuando lo acepté, pero poco después de nuestro primer encuentro en su casa, sus hermanos vinieron a verme. No me dijeron entonces que ella les había pedido que me lo ofrecieran. Sí que dijeron que sabían que era lo suficientemente joven y con la ambición suficiente como para garantizar que haría un gran trabajo a pesar de él. No lo entendí en ese momento porque su padre no había hecho nada que me demostrara que tenía el menor interés por mí o por el trabajo que desempeñaba como directora. Lo gracioso es que tenían razón. Nunca tuvo el menor problema conmigo hasta hace dos semanas, pero incluso eso no tiene nada que ver con mi forma de llevar a cabo mi trabajo.

Sin embargo, una vez le llamé la atención, supe que me tenía vigilada. Eso no cambió mi forma de hacer las cosas ni mi comportamiento... era sólo que estaba más pendiente. A lo mejor, si hubiera prestado más atención, se podría haber evitado todo esto. Pero a pesar de todo, hacía bien mi trabajo, y hasta los profesores más antiguos valoraban las horas y el esfuerzo que dedicaba a ello. Lo sé porque me lo dijeron con un inusitado gesto de solidaridad justo antes de que las cosas llegaran a su punto culminante, pero, Dios santo, ése sí que fue un hueso duro de roer. No os imagináis lo gratificante que fue oír aquello, sobre todo porque muchos de ellos habían sido mis profesores en alguna época, pero todos y cada uno de ellos se cercioraron de que supiera lo orgullosos que estaban de mí y del trabajo que había hecho.

Casi tiene gracia: el hecho de que me nombraran directora unió a los profesores como nada más podría haberlo conseguido. Primero se unieron para ver qué tal lo hacía; luego me respaldaron en piña mientras mi vida se venía abajo. Pero a pesar de todo... mereció la pena. Fue estupendo verlos por fin plantando cara por sí mismos, aunque fuese con el pretexto de hacerlo por mí.

¡Oh, maldición de maldiciones! Eso ha sido una gota, ¿no? Me voy a empapar antes de lograr volver al chalet. Casi espero que no haya llegado aún. Si no, me va a echar la bronca, y no quiero eso para la primera noche que pasamos juntas aquí. Lo bueno es que esa chimenea viene estupendamente para calentarse y secarse. Además, ha merecido la pena: la puesta de sol ha sido espectacular, sobre todo con ese arco iris que ha salido... ¡Guau!


Se fue a la universidad, por supuesto. Y se las arregló para hacer que su padre creyera que la idea de que fuera a la universidad estatal era totalmente suya.


¿Sabéis qué? Ahora que lo pienso, debía de estar tan ciego como yo. O a lo mejor es que la idea le resultaba tan ajena que ni podía concebirla. Creo que habría puesto fin a las cosas en ese mismo instante si hubiera sospechado lo que se avecinaba. Por supuesto, si yo hubiera sabido lo que se avecinaba, habríamos hecho muchas cosas de otra manera. Pero ya me estoy desviando otra vez del tema.


Llegó su graduación y pasó el verano en Europa. Yo estaba trabajando en unos cursos de formación permanente, con la esperanza de poder crear un negocio local cuando los terminara. Se enfadó bastante por eso, por cierto. Quería que la acompañara y, a decir verdad, yo también, pero sabía que su padre seguía vigilándome. De modo que seguí adelante con mis planes y ella se marchó en avión para participar en una excavación arqueológica en Grecia.

Un mes antes de que las clases se reanudaran en otoño, fui hasta allí de vacaciones durante dos semanas. Ah, fue maravilloso. Lo visitamos todo y vimos cosas que yo sólo había soñado con ver. Me alegré de haber ahorrado una bonita suma para esto. Fue estupendo poder hacerlo sin tener que preocuparme del dinero.

Volvimos a casa juntas y ella se fue directamente a recoger todo lo que se iba a llevar a la universidad para sus estudios de postgrado. Tampoco es que tuviera que llevarse mucho. Su padre le había alquilado un apartamento y se lo había amueblado: lo único que tenía que empaquetar era su ropa y algunos objetos personales que se quería llevar.

Se marchaba un domingo, y el sábado víspera de su partida sus padres dieron una gran fiesta. Me invitaron y estuve allí un rato, pero me sentía incómoda y me marché después de desearle suerte. Me miró con cara rara, pero me dejó marchar sin rechistar. No me sorprendió oír que llamaban a mi puerta horas más tarde.

—¿Por qué te has ido? —preguntó sin rodeos cuando le abrí la puerta. Entró y se dejó caer en el sofá, sin inmutarse por el hecho de que yo hubiera estado allí sentada leyendo cuando llegó. La miré meneando la cabeza y me senté en la butaca—. Quería presentarte a todo el mundo.

—Allí todo el mundo sabe ya quién soy. Además, tenía la esperanza de que te pasaras por aquí para poder darte esto.

Le pasé una caja envuelta, fina y pesada. Me miró, luego abrió la caja y sofocó una exclamación de sorpresa y placer cuando sacó el pesado marco de bronce. Era una foto que nos habíamos hecho juntas en Grecia con la Acrópolis detrás, abrazadas la una a la otra afectuosamente. Había pensado largo y tendido en qué regarlarle y esto es lo mejor que se me ocurrió. Había otra foto... una que la verdad es que no recuerdo que nadie sacara... pero ésa quería estudiarla más a fondo. Tenía algo que me producía un cosquilleo en los dedos, pero se me escapaba algo y primero quería tener tiempo para averiguar qué era.

La miró, luego me miró y se tiró a mis brazos.

—¡Es perfecto! Gracias —susurró con vehemencia.

Le di un beso en la cabeza.

—No iba a dejar que te fueras y te olvidaras de mí, ¿verdad?

—Eso no es posible —dijo suavemente. Luego se apartó lo suficiente para rozarme los labios con los suyos y se fue.


El agua es muy relajante. La profundidad del color, el rugido grave, el movimiento de las olas mismas reconfortan de una forma tan primitiva que noto cómo su paz se cuela por los resquicios de mi alma. Hoy han salido las ballenas y los delfines y sus juegos me levantan el ánimo. No me había dado cuenta de lo sola y deprimida que empezaba a sentirme aquí sin ella, sobre todo al no saber cuándo llegará. Al menos estoy en un lugar donde hay una belleza y una soledad que puedo apreciar.

Qué bien huele aquí. Anoche la lluvia lo lavó todo y el aroma a bálsamo, pino y cedro perfuma el aire con un frescor que no se encuentra en la civilización. Me hace desear poder quedarme aquí para siempre.

Lo lógico sería pensar que me habría enterado de algo durante los cinco años que estuvo en la universidad, aunque iba y venía casi todos los fines de semana. Mirando atrás, no puedo creer lo estúpida que fui... lo absolutamente ingenua. Supongo que mi excusa es que en realidad nunca me esperé algo así entre nosotras. Desde luego, yo no iba buscando una cosa así. Por supuesto, no ocurrió nada, salvo el reconocimiento de lo que ya existía.


Cuando volvió a casa definitivamente, por fin me fijé en lo mucho que había cambiado. Para empezar, ya no era el pequeño torbellino que yo recordaba, pero sobre todo, la notaba apagada cuando estaba conmigo. Había un muro entre las dos, y yo no sabía por qué. Así y todo, los sábados volvían a ser nuestros, y los pasábamos prácticamente igual que cuando éramos pequeñas. Por la mañana temprano íbamos al dojo para practicar los movimientos y técnicas. Después, hacíamos toda clase de cosas para llenar el día: montar a caballo, salir de excursión, ir de compras, al zoo y los parques de atracciones, cualquier cosa con tal de pasar el tiempo juntas.

Me sentía absolutamente feliz en esta época, y la mosca que llevaba años teniendo detrás de la oreja me dio por fin de lleno entre los ojos. No es que lo quisiera... la verdad es que no supe qué hacer con la información cuando me enteré. A ver si me entendéis. Una no llega a mi edad sin saber unas cuantas cosas, pero creo que es más que evidente que, a pesar de mi inteligencia, en cuestión de relaciones estaba en la inopia. No soy en absoluto una mojigata, y me conozco estupendamente a mí misma: es sólo que nunca he dejado que otros me conozcan así. Nunca había encontrado a nadie con quien me sintiera lo bastante cómoda como para tener tanta intimidad... salvo ella, claro. Y hasta ese momento, nunca me había planteado la posibilidad.

Fue mi padre quien me hizo cobrar conciencia, por así decir, y quien me dio el ánimo necesario para dar el primer paso, que fue el definitivo.


Papá se había pasado a verme esa tarde después del trabajo. Mamá falleció poco después de que yo volviera para trabajar como directora de la escuela elemental. Papá dijo que simplemente estaba agotada, y el médico no dijo que no. De modo que papá procuraba pasarse por mi casa un par de veces por semana para charlar y ver cómo me iban las cosas. Creo que se sentía solo. Pero eso nos dio la oportunidad de conocernos, y descubrí que me caía bien de verdad. Eso es muy importante, teniendo en cuenta cómo lo había odiado y lo que me había hecho cuando era niña. Por supuesto, fue entonces cuando me enteré de lo que había ocurrido de verdad. Eso cambió radicalmente mi forma de pensar.

El caso es que estábamos sentados en mi pequeño porche delantero, contemplando las luciérnagas mientras el sol se ponía por detrás de la casa. Siempre me han gustado las luciérnagas: recuerdo muchos atardeceres en que me dedicaba a perseguirlas, para ver si lograba descubrir cómo lo hacían. Mamá decía que Dios las había creado así para que propagaran su alegría de vivir. Ahora parece una cursilada, pero en aquel entonces yo me sentía muy feliz de compartir su alegría. Todavía me siento así.

Le di a papá un vaso de té helado y me senté en el columpio, empujando un poco con la punta del pie en el suelo para moverlo. Papá se sentó en una mecedora y estuvimos un rato absorbiendo el silencio. Por fin me miró y habló, con mucha calma, pensé, teniendo en cuenta cómo se me tambaleó el mundo al oírlo.

—Bueno, ¿y cuándo te vas a casar con esa chica?

Reconozco que me pilló totalmente desprevenida. Hacía poquísimo que me había hecho a la idea de que me había enamorado de mi mejor amiga, y ahora mi padre hablaba de ello como si fuese cosa sabida. Me sentí como el coyote, petrificada mientras el tren venía lanzado hacia mí. Noté que me quedaba boquiabierta y que se me salían los ojos de las órbitas. Sólo la Divina Providencia impidió que cayeran rodando por el suelo.

—¿Cómo dices? —Fue lo único que se le ocurrió a mi mente. Estaba segura de que lo había entendido mal.

Papá me miró directamente a los ojos y habló muy despacio, como si volviera a ser una niña pequeña.

—Cuándo. Te. Vas. A. Casar. Con. Esa. Chica.

Parpadeé. Era lo único que conseguía hacer. Yo era la hija del presidiario. Daba igual que no hubiera sido totalmente culpable ni el único implicado en el escándalo: era el que acabó en la cárcel por ello. Daba igual que yo tuviera un doctorado y suficientes diplomas y títulos para empapelar una pared entera. Daba igual que el negocio local que puse en marcha cuando ella se fue a la universidad funcionara ahora tan bien por su cuenta que me proporcionaba unos cómodos ingresos. Lo único que veía en ese momento era el estigma que me había seguido durante años. Papá se apresuró a detener esas ideas.

—No me achaques a mí tus titubeos. Sois amigas desde hace años y nadie ha comentado nada.

—¡No es lo mismo, papá!

—¿No? ¿Te crees que hay alguien en este pueblo que os haya visto juntas que no sepa lo que sentís la una por la otra? —Se levantó bruscamente de la mecedora y fue dentro antes de que yo pudiera responder, luego la luz del porche se encendió y la puerta pegó un golpe cuando volvió a salir y me puso algo delante de la cara. Era esa foto.

Cuando estuvimos en Grecia, encontramos un templo que se pensaba que había pertenecido a la diosa Afrodita. Una anciana griega bajaba por el estrecho camino de tierra cuando salimos de las ruinas y se ofreció a sacarnos una foto juntas. Le pasé mi cámara y nos hizo una foto sin aviso y luego sacó esa otra foto de las dos mirando a la cámara. Era la foto inesperada la que yo había enmarcado. En ella estábamos las dos mirándonos con una expresión que indicaba sin la menor duda que éramos dos personas profundamente enamoradas. De modo que, ¿qué era lo que me refrenaba?

Se me llenaron los ojos de lágrimas y papá me quitó la foto algo incómodo. Nunca le habían hecho gracia los llantos.

—Es difícil dar el primer paso —dijo en voz baja—, y siempre existe la posibilidad de que te veas rechazada a pesar de los sentimientos que haya. Pero nunca tendrás la oportunidad de vivir de verdad si no corres un riesgo que podría matarte. La pregunta es... ¿de verdad quieres vivir?

No dijo nada más: dejó la foto en la mesita para que yo pudiera verla mirándome a su vez y entró de nuevo en la casa, apagó la luz y me dejó a solas en la oscuridad. No podía verla de verdad en la oscuridad, pero no me hacía falta. Sabía lo que era y lo que expresaba sin palabras.

No lo oí marchar, y no sé cuánto tiempo me quedé sentada a oscuras, hasta que el destello de unos faros en la parte delantera de la casa y el ruido de la puerta de un coche al cerrarse de golpe me sacaron de mi trance.

Ella subió despacio los escalones del porche y se detuvo delante de mí. Cogió la fotografía y sonrió, como si por fin estuviera segura de que yo comprendía del todo la verdad oculta que había entre las dos.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando? —susurró.

No contesté. No hacía falta. Alargué las manos para acariciarle la cara y ella se pegó más a mí. Dejé que mis dedos dibujaran sus cejas, sus pómulos, sus labios, y que luego bajaran siguiendo el contorno de su cuello. Cuando mis manos se juntaron sobre su clavícula, ella me las cogió y me levantó del columpio. Sin decir palabra, me llevó dentro y cerró la puerta, echando la llave con firmeza.

Lo que ocurrió entre nosotras esa noche fue vacilante y un poco torpe y absolutamente maravilloso. Es demasiado personal para expresarlo con palabras: es algo que siempre formará parte de nosotras, pero baste decir que me alegré mucho de haber decidido correr el riesgo de vivir de verdad.


Todo esto sigue sin explicar por qué estoy aquí sola, ¿no? Podría decir que ha sido por la soledad, y no mentiría. Pero eso no es toda la verdad. Podría decir que es a causa de su padre, pero eso tampoco es toda la verdad. Más que nada, estoy aquí porque ella me pidió que le diera la oportunidad de ocuparse sola de las cosas. Eso me dolió... mucho. Pero aquí sigo esperándola.

Estaba empezando el verano la primera vez que hicimos el amor, y fue en el fin de semana del cuatro de julio cuando todo se vino abajo. Para decirlo a las claras, su padre se enteró de lo nuestro y cargó contra mí, decidido a separarnos. Empiezo a pensar que lo ha logrado... dos semanas que me parecen una vida.

Mi vida entera se ha ido al garete y, sin embargo, la espero rezando para que venga pronto. ¿En qué momento me perdí a mí misma y le permití a ella intervenir y hacerse con el control? ¿Y cuánto tiempo voy a esperar antes de rendirme y volver a casa para recoger los restos que quedan de mi vida?

Voy a preparar una merienda y voy a subir a la meseta. Necesito la soledad de la montaña al caer el sol.


Su padre se asegurará de que nunca más vuelva a trabajar en la educación pública, por lo menos cerca de casa. Tiene amplias y extensas influencias, y hará todo lo posible para mancillar mi nombre y que me resulte imposible conseguir empleo.

¿Mi único crimen? Amar a su hija. Pero destapará cada error que haya cometido durante mis años como directora y lo retorcerá para hacerme quedar como un monstruo. Lo peor es que me he marchado sin presentar batalla... sin defenderme. Todo porque ella me pidió que le dejara ocuparse de ello.

La soledad me está matando.


Esta noche hay luna llena y el sendero que deja sobre el agua me llama para que persiga sus misterios. Lleva ya un rato en lo alto del cielo y sigo sentada en la meseta. Hace fresco, pero no soporto ni un minuto más a solas en el chalet. Poco a poco se ha convertido en mi cárcel. Aquí, puedo quedarme sentada y fingir al menos que todo lo que para mí tenía valor no ha desaparecido.

Debo de haberme quedado dormida, porque me he incorporado de golpe con la respiración agitada. Me quedo quieta y aguanto la respiración para escuchar, con la esperanza de oír lo que me ha despertado.

No oigo nada fuera de lo normal, pero decido que es hora de retirarme, de modo que recojo los restos de la merienda y bajo con cuidado por la montaña. No me conviene tener un accidente estando aquí sola.

Cuando llego al chalet advierto... algo distinto. Aflojo el paso conscientemente y camino con sigilo para no ser detectada. No funciona y ella me ve a mí antes que yo a ella. Con un gritito de alegría, sale disparada del porche y se me tira a los brazos.

—Está todo solucionado, cariño. No va a hacer nada.

—Pero... —Estoy desconcertada.

—Por eso he tardado tanto. Quería que comprendiera que soy una adulta capaz de tomar decisiones y cuidar de mí misma y de mis responsabilidades, es decir, de ti. Y quería asegurarme de que no fuera a hacerte nada a ti, o a las dos. La única condición que ha puesto es que me cortejes como es debido... que dejemos de ocultarnos en las sombras, es lo que ha dicho.

—¿Cómo has...?

Sus dedos suaves me tapan los labios y los beso por reflejo. No logra controlar el escalofrío que le corre por la espalda ni la dilatación de la nariz al notar la caricia.

—Luego —dice, susurrando apenas sobre mis labios y entonces sólo soy consciente de sus caricias y de su sabor y su olor.

Sé que me lo contará todo más tarde. Y a lo mejor le hablo de mis miedos e inseguridades, así como de la belleza natural y la paz que ofrece este país de las maravillas. Pero por ahora, por esta noche, gozaremos de nuestra soledad juntas.


FIN


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