Listos para despegar

DS Bauden



Descargo: No es necesario. Ésta es la historia más reciente que ha salido de mi cerebro.
Sexo: Oh, sí, cariño.
Chorradas adicionales: Éste es mi primer intento de hacer una historia tipo AQA [¿Argumento? ¿Qué argumento?]. Espero que os guste :-)
Y otra cosa: Me han dicho que recomiende que esto NO SE LEA EN EL TRABAJO.
DSBauden@attbi.com

Título original: Ready for Take Off. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


—Última llamada para los pasajeros del vuelo 1901 con destino Ottawa, Canadá. Por favor, embarquen por la puerta H8. Última llamada para los pasajeros del vuelo 1901 con destino Ottawa, Canadá. Por favor, embarquen por la puerta H8. Gracias por volar con Amscray Airlines.

Dios, sé que me está siguiendo. Llevo ya veinte minutos notando su mirada. Supongo que esto es lo que se siente cuando te acechan. Pues permitidme que os diga que no es una sensación agradable. Estoy que no me llega la camisa al cuerpo. No sé si de verdad me está mirando a mí o a otra persona. No es más que una impresión, pero bueno. ¿Puedo denunciar una impresión? Lo dudo.

He llegado demasiado pronto. Llevo más de una hora sentada en esta maldita sala de embarque. Debería aprender a leer de una vez estos malditos billetes. ¿Cuándo estamos en otra zona horaria, cuando el avión aterriza o cuando despega? ¡Mierda!

Éste es el primer viaje de negocios de mi vida. Estoy nerviosísima. La última vez que estuve en un avión tenía ocho años y me dirigía a Disney World con mi familia. Jo, eso fue hace más de veinte años. Sé que para cuando aterricemos en Houston, habré vomitado por lo menos dos veces.

Ahí está otra vez. Está sentada al otro lado de la sala de embarque. ¡Joder, mírala! Ese pelo oscuro que le cae por los anchos hombros. Las largas piernas enfundadas en vaqueros estiradas con los pies calzados con botas cruzados por los tobillos. Lleva una cazadora de cuero negra encima de una camiseta blanca. ¡Y esas gafas de sol que lleva puestas no engañan a nadie! ¿Qué se cree que está ocultando? No me puedo creer lo arrogante que es.

Tiene las manos recogidas entre los muslos. Juraría que se acaba de tocar. Y encima está sonriendo. Creo que esta vez me sonríe a mí sin duda.

¿Por qué no puedo respirar?

Dios, es guapísima.

Oigo cómo me late el corazón desbocado dentro del pecho. Calma. A lo mejor si no le hago ni caso, se marcha o se pone a incordiar a otra persona. Cogeré mi libro y me pondré a leer hasta que empiecen a embarcar mi vuelo. Espero que capte la indirecta y se largue.

Dios, que se largue. ¿Por favor?

Vale, todavía queda más de una hora para embarcar. Cuando consiga embarcar, ya no tendré que pensar en ella.

Mierda, llevo veinte minutos leyendo las mismas dos frases. Esto no va bien. Ya van tres veces que me tengo que secar el sudor de la frente. A lo mejor me levanto y paseo un poco, tal vez encuentre una tienda de regalos. Tengo que hacer algo. Se ha quitado las gafas de sol y siento el ardor de su mirada. No puedo seguir sentada aquí: me está desquiciando por completo.

¡Oh, Dios mío, se ha ido! Ya no está en su asiento. ¿Dónde ha ido? No me está poniendo las cosas nada fáciles. Ya estoy bastante nerviosa sin tener encima que preocuparme de que me esté siguiendo.

Hice un intento disimulado de examinar la sala de embarque y no la vi por ninguna parte.

—¿Me estás buscando? —me murmuró al oído una voz grave por detrás.

Solté un chillidito y volví la cabeza de golpe para encontrarme con los ojos más bonitos que había visto en mi vida.

—¿Q... mm... qué? —dije medio ahogada.

—Estabas buscándome, ¿verdad? —preguntó de nuevo con aire chulo.

—¡Por supuesto que no! —dije indignada—. ¡Ni siquiera te conozco! —Esperé que el rubor de mi cara no me traicionara.

—No, pero te gustaría, ¿verdad...? —Hizo una pausa, mirando la etiqueta de mi equipaje de mano—. ¿Terri?

Tragué audiblemente al oír cómo ronroneaba mi nombre. Ahora me sentía más nerviosa que antes, si es que eso era posible.

Abrí la boca, intentando decir algo. Por desgracia, no me salió nada.

—Eso me parecía. No suelo equivocarme —dijo, con una sonrisa burlona, increíblemente segura de sí misma.

—Creo que me confundes con otra persona —balbuceé.

—Oh, yo creo que no. Creo que te conozco mejor de lo que te conoces tú misma. ¿No es cierto, Terri? —volvió a susurrarme la desconocida al oído, provocando escalofríos por todo mi cuerpo traicionero.

—Mira. —Tragué saliva—. No sé de dónde has salido, ¡pero más vale que te largues antes de que llame a seguridad! —dije, apretando los dientes. No los apretaba de rabia, sino de frustración y excitación.

Maldita sea.

—Está bien, Terri, te voy a decir una cosa. Cuando pienses en mi oferta y te des cuenta de que ya es demasiado tarde cuando no me encuentres, no digas que no lo he intentado. Que tengas un buen vuelo —me dijo al oído y se metió el lóbulo en la boca antes de apartarse.

No sé si gemí en voz alta o me contuve, pero la expresión de su cara me dijo que ella también lo había oído. Me quedé mirándola mientras se adentraba contoneándose en la masa de gente del aeropuerto hasta que desapareció.

Solté un suspiro y me hundí en la silla. Noté muchos ojos clavados en mí mientras intentaba que se me normalizara el pulso. Nunca hasta ahora me había sentido expuesta. Oh, esa mujer... esa mujer... Dios, ¿acababa de cometer un inmenso error?

Era guapísima.

¡Y me deseaba!

Joder. Así se hace, Terri.

Creo que debería ir al cuarto de baño y tratar de lavarme la cara y su recuerdo.

Avancé por el ruidoso pasillo y encontré el servicio de señoras. Metí mi equipaje de mano con ruedas en el servicio conmigo y lo apoyé en la pared del fondo, justo fuera del cubículo que iba a usar. Cuando salí, fui al lavabo para lavarme las manos y de repente volví a notar que me miraban. Sentí que se me elevaba la temperatura, pues sabía muy bien quién me estaba observando.

—Vaya, vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? —La desconocida se rió por lo bajo—. Sabía que me estabas siguiendo.

—¡No es cierto! He entrado aquí como todo el mundo. ¡Acabo de usar el servicio! —Noté que el corazón se me aceleraba diez veces por encima de lo normal.

Tenía que largarse y deprisa. Yo empezaba a perder el control de mis sentidos. ¡Su olor me estaba volviendo loca! ¿Era su perfume o eran sus feromonas? ¡No lo quiero saber!

—¿Qué pasa, Terri? Pareces un poco sofocada. —Sonrió con sorna.

—¿Qué dices? ¡No estoy sofocada! Aquí hace calor —farfullé.

—Oh, ¿entonces tú también lo notas? A mí también me parece que hace bastante calor. Deberíamos decírselo a alguien, ¿no crees?

—¡Te estás burlando de mí! —exclamé.

—Al contrario, estoy de acuerdo contigo. Yo también pienso que aquí hace calor, pero no creo que tenga nada que ver con el edificio. ¿Y tú?

No pude hacer nada más que quedarme contemplando su arrogancia.

Se colocó silenciosamente detrás de mí y noté que mi cuerpo quería apoyarse en el suyo.

¡NO!

—Percibo tu lucha, Terri —ronroneó—. Déjate ir. Te prometo que no te haré daño. De hecho, te garantizo que me rogarás que no pare. —Me puso delicadamente las manos en los hombros y yo no podría habérselas apartado ni aunque hubiera querido.

No quería.

Sus manos iniciaron un lento masaje de los músculos de mis hombros y sentí que se me caía la cabeza a un lado.

Traidora.

—¿Lo ves? Sólo necesitas relajarte un poco. Estás tensa como una serpiente de cascabel —me susurró al oído.

Su voz era una canción de sirena para mi cuerpo. Estaba a su merced y lo sabía.

Y ella también lo sabía.

Noté que me apartaba la chaqueta de los hombros mientras continuaba su tranquilo examen de mi cuerpo.

—¿Te gusta volar? —preguntó mi misteriosa desconocida.

—Nn... no, la verdad. La mera idea me pone muy nerviosa —reconocí tontamente.

Dios, qué manos tiene.

—Volar es un subidón increíble —ronroneó al tiempo que yo me dejaba arrastrar a un cubículo grande.

¡Dios, mátame ahora! ¡No me puedo creer lo excitada que estoy! No me puedo creer que esté dejando que una total desconocida me vaya a hacer de todo. ¡Oh, a la mierda, me da igual!

—Primero te acomodas en tu asiento y te abrochas el cinturón de seguridad. —Me quitó el cinturón de los vaqueros y lo colgó por encima de la pared del cubículo.

Se colocó delante de mí y me miró intensamente. Casi me derretí con su mirada. Sólo había visto ese tono de azul en el centro de una llama. Sus dedos encontraron los botones de mis 501 y los fueron desabrochando despacio uno a uno al tiempo que ella no dejaba de mirarme directamente a los ojos.

Me quité los zapatos y sentí que primero una pierna y luego la otra se liberaban del estorbo llamado vaqueros. Sus ojos se clavaban en mí al inclinarse hacia mi cara. Sus dedos bajaron delicadamente por mi cuerpo y me quitaron las bragas mojadas. Se irguió despacio, arañándome ligeramente la piel de las piernas con las uñas al subir.

Se me cortó la respiración al sentir que su boca se pegaba a mi cuello. La oí gemir silenciosamente mientras mordisqueaba la piel ardiente que encontró allí.

¡Oh, Dios!

Sentí que se me contraían los dedos de los pies como respuesta a sus atenciones. No sabía qué hacer con las manos mientras su lengua saboreaba mi garganta y se acercaba peligrosamente a mi barbilla y mi boca.

Quería agarrarle la cara y besarla hasta hacerle perder el sentido, pero no quería que cesara ninguna de las sensaciones. Mantuve las manos apretadas con fuerza a los costados. Debió de notar mi dilema, porque sus manos me acariciaron los brazos, deslizándose hacia mis puños. Me cogió la mano derecha delicadamente, se la llevó a los labios y la besó tiernamente hasta que abrí el puño. Repitió lo mismo con mi otra mano.

La mujer alta llevó mis propias manos a los botones de mi camisa y me ayudó a desabrocharlos. Una vez abiertos todos, me di cuenta de que estaba de pie casi desnuda, en un cubículo, en un cuarto de baño del aeropuerto, siendo devorada por la mujer más sexy que había visto en mi vida.

¡Tenía que estar soñando!

El mordisco que sentí en el pezón me devolvió a mi increíble realidad. Solté un bufido de placer y ella tuvo la amabilidad de repetir la acción con mi otro pecho. Se apartó y me echó una sonrisa depredadora.

Se inclinó despacio y me besó dulcemente en los labios. Sentí que el fuego iba en aumento dentro de las dos. Su lengua salió para reunirse con la mía y no tardaron en hacerse amigas. Nos acariciamos oralmente durante varios minutos y luego se echó hacia atrás ligeramente para chuparme los lóbulos de las orejas.

—Luego te reclinas bien en tu asiento y aprietas con firmeza el brazo del asiento con los dedos hasta que ves que los nudillos casi se te han puesto blancos —dijo con voz ronca, descargando rayos de electricidad entre los empapados pliegues de mi piel sensible.

Volar... está hablando de volar.

El resto de mi ropa desapareció, dejándome expuesta y vulnerable ante ella. Sus manos cogieron las mías y las levantaron, poniéndome una en cada pared del cubículo.

—Tu mente te dice que te agarres con fuerza y tus manos obedecen ese ruego silencioso —dijo la desconocida, mirándome a los ojos, buscando una señal por mi parte que le dijera que comprendía lo que se esperaba de mí.

Lo comprendía. Esto de volar me estaba empezando a gustar mucho.

Me agarré con fuerza a las paredes del estrecho cubículo y me preparé para cualquier cosa que mi enigmática amante tuviera planeada.

Sus labios encontraron mis pezones desnudos y se pusieron a chuparlos con energía. Su lengua acariciaba mis pezones, excitándome como nunca me habían excitado. Mis caderas empezaron a girar y empujar hacia delante, deseosas de pegarse a ella. Se acercó más a mí para responder a mi ruego sin voz. Me mordisqueó y chupó los pechos mientras sus dedos bajaban por mi cuerpo hacia el lugar donde más quería sentirla.

Me penetró con un dedo al tiempo que me acariciaba el clítoris con el pulgar. ¡Mi cuerpo estalló en llamas! Nunca en mi vida había sentido un poder tal que emanara de nadie como el que sentía que emanaba de esta mujer asombrosa. Me tenía controlada desde el principio. Mi aliento salía despedido en cortos jadeos y me agarraba a las paredes con firmeza.

Dejó de atender a mis pechos y noté que su cuerpo iba bajando. Sentí su aliento sobre mi piel ardiente y mi cuerpo nunca había deseado nada tanto como ahora deseaba eso. Deseaba sentir su lengua sobre mí, saboreándome, penetrándome... tomándome.

Me cogió un muslo y se lo colocó encima del hombro. Me agarré a la pared con más fuerza para mantener el equilibrio.

—Sientes que el avión se mueve debajo de ti, ganando velocidad a medida que se va acercando al final de la pista —dijo al tiempo que se colocaba mi otra pierna encima del otro hombro. Crucé los tobillos a su espalda y tomé una inmensa bocanada de aire que necesitaba urgentemente.

Oh, sí, llévame ahí.

Su lengua empezó a acariciarme ligeramente al principio y gemí en voz alta como respuesta. Noté que sus manos me agarraban el culo y me sujetó con fuerza al tiempo que se levantaba, subiéndome con ella. Mis piernas se aferraron por instinto a sus hombros y sentí que su lengua me acariciaba el clítoris una y otra vez. Las sensaciones me estaban cegando. Me sentí caer hasta que volví a oír su voz.

—Cada vez más deprisa, vas ganando velocidad hasta que estás lista para despegar —murmuró y entonces me penetró con la lengua. Mi humedad alcanzó niveles históricos cuando me acercó muchísimo a ella para chuparme el clítoris. Me rozó con los dientes y agitó la lengua cada vez más rápido hasta que supe que había llegado al punto sin retorno.

—¡Oh, Dios! ¡No pares! —exclamé.

Ella sabía que estaba a punto y la oí gemir en mi piel mojada. Sentí el comienzo del cosquilleo y cerré los ojos con fuerza para evitar la luz fluorescente que me daba en la cara. Meneé las caderas deprisa y me agarré a ella como una lapa mientras los temblores me sacudían con violencia. Grité de placer, ante la consternación de otras viajeras desprevenidas que salían del cuarto de baño.

—Hemos despegado —gruñó y volvió a penetrarme con fuerza.

Era implacable.

No dejó de moverse hasta que mi segundo orgasmo me provocó un calambre en las piernas. Le rogué que me bajara y ella obedeció amablemente mi ruego.

—Uaau... —suspiré, dejando caer la cabeza sobre su hombro.

—Tranquila, cielo, tranquila. Respira hondo y despacio. Eso es, yo te sostengo —me arrulló al oído mientras mi cuerpo intentaba recordar cómo sostenerse en pie.

Su abrazo me llenaba de un calor y una ternura que llevaba toda la vida anhelando.

—Ha sido increíble —suspiré apoyada en ella.

—Sí, cierto. Ya te lo dije. —Se rió por lo bajo.

—¿Qué me dijiste? —pregunté, separándome de ella.

Los ojos le brillaban risueños.

—Pues dos cosas, en realidad. Primero, te dije que me rogarías que no parara.

Noté que me enrojecía al oír su comentario.

—Qué guapa te pones cuando te sonrojas así —dijo, acariciándome la mejilla.

—¿Qué era lo segundo? —dije, recuperando la voz.

—Te dije que volar era un subidón. —Sonrió con aire burlón.

—Ya, pues si esto es volar, ¡ahora mismo reservo billetes para toda la vida! —exclamé, haciendo que mi amante anónima se echara a reír.

Me ayudó a vestirme y con despreocupación, bueno, con toda la despreocupación posible, salimos del cubículo y, por fortuna, nos encontramos la estancia vacía. Se me debió de notar el alivio en la cara.

—¿Contenta de que estemos solas? —preguntó.

—Sí —suspiré—. Aunque creo que hemos tenido algunos testigos. Por suerte, no se han quedado para el bis. —Me eché a reír sin poder remediarlo. Luego la miré sin dar crédito—. ¿Haces esto a menudo?

—¿El qué? —sonrió.

—Llevarte a mujeres inocentes a los cuartos de baño de los aeropuertos y aprovecharte de ellas. Eso —la desafié con un matiz de humor en el tono.

—Bueno, para empezar, inocente tú no eres, señorita Terri. —Abrí la boca y me llevé la mano al pecho, fingiendo estar ofendida—. Pero en respuesta a tu pregunta, normalmente antes de volar suelo tomar medidas personalmente, ya sabes, para relajarme y estar a gusto. Suele ser un vuelo en solitario, pero tener copiloto es mucho más satisfactorio —dijo sonriendo.

—Ah, ya veo. Bueno, ahora estoy mucho más relajada, así que yo también debería darte las gracias. —Sonreí cortada.

Comprobamos nuestro aspecto y miré el reloj y supe que se acercaba la hora de embarcar.

—De nada, Terri.

Cogí mi equipaje de mano y ella cogió el suyo y salimos del cuarto de baño.

—Bueno, ¿y dónde vas? —preguntó.

—Voy a Houston por negocios. Es mi primer viaje de negocios de verdad. Estoy bastante emocionada —dije, sin querer que terminara el tiempo que tenía para estar con ella.

—Houston está estupendo en esta época del año, te encantará —me aseguró.

Pasajeros del vuelo 0704 con destino Houston, embarque dentro de quince minutos por la puerta G12. Pasajeros del vuelo directo 0704 con destino Houston, embarque dentro de quince minutos. Gracias por volar con Amscray Airlines.

—Bueno, tengo que prepararme y parece que vas a embarcar pronto —dijo con una sonrisa.

—Sí, eso parece —respondí—. Oye, mm, ya sé que ahora no importa, pero ¿puedo preguntarte cómo te llamas?

Dios, me sentía como una puta barata. Empecé a bajar la cabeza al instante, al empezar a asimilar lo que acababa de hacer. Noté que sus dedos me levantaban la barbilla hasta que me encontré cara a cara con esos preciosos ojos azules que no tardarían en perseguirme a todas horas.

—Me llamo Charlie. —Alcanzó algo al otro lado de su equipaje—. Pero puedes llamarme capitana —terminó, colocándose la gorra de piloto en la cabeza.

Se me pusieron los ojos como platos ante esta revelación.

—¿Tú vas a pilotar mi avión hasta Houston? —exclamé.

Asintió.

—Parece que voy a volver a ser tu piloto. Te puedo asegurar que este vuelo no va a ser ni mucho menos tan divertido, pero puedo compensarte cuando aterricemos en Texas. —Me echó esa sonrisa burlona y sexy y a mí me empezó a hervir la sangre al comprender lo que quería decir.

—Tienes una cita. —Me acerqué a ella y la besé ligeramente en los labios.

Ella miró los rostros asombrados que nos rodeaban.

—Oh, cómo me voy a divertir contigo —gruñó, dándome una palmadita en el trasero. Me devolvió el beso y corrió a ponerse el uniforme.

Me la quedé mirando cuando corría a la puerta para embarcar en el avión con los asistentes de vuelo. Captó mi mirada y me guiñó el ojo en el momento en que pasaba por la puerta.

Dios, ¿en qué me he metido?

Oh, Houston, ya lo creo que tenemos un problema.


FIN


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