Más allá del deber

Annemaart



Descargo general: No son mías.
Violencia: Una pequeña escena de lucha, c’est tout... Estoy muy orgullosa de mí misma en este sentido, por atenerme al apacible espíritu de la Navidad y esas cosas... Bueno, más o menos...
Subtexto: Oh, sí :-) Texto explícito, en realidad.
Nota de la autora: Bueno, esto ha sido una, mm... una experiencia nueva... je je je... Es la primera vez que escribo en primera persona y me ha resultado raro, difícil en ocasiones, pero muy interesante. Pero no es algo que vaya a volver a hacer pronto, así que disfrutadlo mientras dure, ¿vale?
Este relato es un poco raro, creo... No sé de dónde ha salido, se me ocurrió de repente por lo que sea y no ha dejado de darme golpes en el cráneo para salir y esto es en lo que se ha convertido. Espero que os guste.
Podéis enviar cualquier comentario no destructivo a annemarrt@yahoo.com

Título original: Above and Beyond. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Hola.

Llevo lo que me parecen horas aquí sentada, contemplando esta hoja de papel en blanco, y eso es lo mejor que se me ha ocurrido para empezar. Hola. Patético, ¿eh? Sobre todo para alguien que se las da de escritora.

Es que... Dios, qué miedo tengo. Mientras escribo estas primeras palabras en el papel, me tiemblan las manos. Tengo miedo de que, cuando termines de leer esto, si es que lo haces, pienses que me he vuelto loca. Por favor, créeme, no es así. Sólo quiero que sepas la verdad. Sobre mí. Sobre nosotras. Quiero que comprendas por qué, esta mañana, cuando te despiertes, me habré ido.

Sé que lo más probable es que me castiguen por lo que estoy a punto de hacer, pero no puedo desaparecer sin dejar rastro y que pienses... que pienses que he dejado de quererte, o que aquí no he sido feliz. Lo he sido. Lo soy. Y si tuviera elección... Si tuviera elección, me quedaría aquí contigo para siempre.

Dios, no sé por dónde empezar. Tal vez... ¿Te acuerdas de lo que me gustaba hojear tus álbumes de fotos, ver todas esas fotos de cuando eras más joven? ¿Cómo te decía siempre que eras un bebé precioso y tú te reías y decías que cuando naciste no eras más que otro monstruito horrible, arrugado y chillón?

No lo eras. Lo sé bien. Estuve presente.

Estuve presente en esa sala de partos. Estuve presente cuando dijiste tu primera palabra. Estuve presente en tu primer día de colegio, cuando te pasaste toda la mañana llorando. Y cuando la maestra se acercó por fin e intentó sacarte de tu escondrijo y le diste un puñetazo en la cara, yo estaba allí, observándote. Porque ése era mi trabajo, observarte, quiero decir.

Dios santo, eso suena de lo más perverso, ¿verdad? Me doy cuenta de que todo esto no debe de tener el menor sentido para ti y... creo que debería empezar por el principio.


Era el año 1812 y yo era un hombre llamado Jonathan Smith.

Me imagino la cara que se te ha puesto, tratando de hacer casar la imagen de la mujer que conoces con la de un tipo de hace doscientos años. Pero, por favor, sigue leyendo, ¿vale? Todo se irá aclarando. Bueno, más o menos.

Vivía en la ciudad de Londres y era empleado de un importante despacho de abogados. Mi familia no era muy rica, pero yo estaba decidido a llegar donde quería. Había dedicado todo mi tiempo y esfuerzo a trabajar para ascender dentro del despacho y, a los cuarenta y cinco años, ocupaba el puesto más alto al que podía aspirar un hombre como yo. Tenía un buen sueldo, una casa decente en el centro de la ciudad y contaba con el respeto de mis colegas y mis amigos. Tampoco es que tuviera muchos, ojo... amigos, quiero decir. Mi trabajo era mi mundo, por lo que “perdía” poco tiempo en salir y socializar.

Estaba solo. Muy solo. Pero a esas alturas de mi vida, me parecía que ya no podía hacer gran cosa al respecto. En aquel entonces... Bueno, lo normal era pensar que uno debía dar gracias a Dios por seguir vivo a mi edad y no pedirle más favores si se quería seguir así.

Cosa que era lo que hacía yo cada domingo, como buen cristiano que era. Como lo era todo el mundo en aquel entonces. Y cada domingo, cuando acababa el sermón y todo el mundo salía, los mendigos se agolpaban en las calles, para ver si tanto predicar sobre el amor al prójimo y el compartir la riqueza iba más allá de las paredes de la iglesia. Para la mayoría no era así, pero yo solía repartir unas cuantas monedas. La mayoría de mis colegas me miraban con desdén por hacer una cosa así, por ser amable con la “basura” que se interponía en su camino. Pero a mí me daba igual lo que pensaran. Como he dicho, no tenía muchos amigos, por lo que tampoco tenía que fingir para encajar.

Cada semana me encontraba a las mismas personas y no tardé en familiarizarme con sus rostros e incluso con algunos de sus nombres. Así continuaron las cosas año tras año hasta que un día salí y vi una cara nueva. Una joven, acurrucada en una esquina, con la mano alargada. Estaba cubierta de barro y llevaba un vestido viejo y desgarrado, pero la verdad es que no me fijé en eso al principio, porque me miraba con unos deslumbrantes ojos azules. Del color del cielo en un frío día de invierno. Sentí un impulso irresistible de acercarme.

Le di una libra, que en esa época era una pequeña fortuna. Se miró la mano, luego volvió a levantar la mirada totalmente pasmada y por fin se acercó a rastras y me besó los pies. Huelga decir que me sentí muy incómodo, allí plantado delante de una iglesia con todo el mundo mirando mientras una mujer me besaba los zapatos. De modo que me apresuré a ayudarla a levantarse y la fui alejando de allí, proponiéndole acompañarla hasta su casa. Al principio no parecía muy dispuesta, pero insistí amablemente hasta que por fin aceptó.

Su casa... Era más pequeña que nuestro dormitorio y vivía allí con tres hijos. Estaba embarazada de un cuarto y no tenía marido. Elizabeth, que así se llamaba, me dijo que había muerto hacía poco, pero yo tenía dudas de que eso fuese cierto. La zona en la que vivía era conocida por la prostitución.

El caso es que, para abreviar, me sentía intrigado por ella, y aunque era algo muy poco apropiado para un hombre de mi clase, decidí, tras, lamentablemente, haberla dejado con sus hijos en ese antro de mala muerte, que no tardaría en regresar para llevarles comida, o algo más de dinero, o cualquier otra cosa que se me ocurriera como excusa para verla de nuevo.

Y así, dos días después, me encaminé hacia su casa con una buena cantidad de dinero y algo de pan y queso que había comprado por el camino. Pero no tardé en darme cuenta de que algo iba mal. A lo lejos se veía el humo que se levantaba desde los tejados. Eché a correr, cada vez más deprisa, al percatarme de que el fuego parecía estar centrado en el barrio donde vivía ella y, al doblar la última esquina, mis temores se vieron confirmados. Las llamas salían despedidas del edificio, crepitando furiosas y alimentándose hambrientas de la madera. Las campanas de los bomberos sonaban a lo lejos, indicando que la ayuda todavía tardaría en llegar. Había gente alrededor, contemplando la escena, pero nadie parecía dispuesto a hacer nada por los habitantes de la casa.

No sé qué me entró entonces. Nunca me había tenido por una persona muy heroica. Ni me paré a pensar en las consecuencias y abrí la puerta de una patada y entré corriendo. Me costaba ver nada a través del espeso humo, pero sí que oí un llanto a mi derecha, por lo que fui hacia allí a ciegas y alargué las manos, hasta que noté una manitas que se aferraban a las mías.

Levanté en brazos a los dos niños y los saqué de allí lo más deprisa que pude. Cada vez me costaba más respirar, pero no hice caso de la opresión que tenía en el pecho y dejé a los niños en el suelo de la calle y les pregunté dónde estaba su madre. El más pequeño se echó a llorar con más fuerza y el otro consiguió apuntar hacia la casa con un dedo tembloroso.

Cuando por fin la encontré, me di cuenta de por qué no había respondido a mis llamadas. Le había caído una viga en la cabeza cuando intentaba proteger al bebé que tenía en brazos y había perdido el conocimiento. Pero seguía viva y los saqué a ella y a su hijo al exterior con mi último aliento.

Tenía graves quemaduras en varias partes del cuerpo y había inhalado demasiado humo. Agarré del brazo a uno de los niños mayores y le puse mi cartera en las manos, cerrándole los dedos sobre ella.

Lo último que vi fue la cara de ella.

Y entonces morí.

Ocurrió... Bueno, mucho más deprisa de lo que me imaginaba. Había oído todas esas historias de la gente que ve pasar su vida vertiginosamente ante sus ojos. Para mí sigue siendo un misterio cómo puede tener tiempo la gente para ver todo eso, porque yo estaba demasiado ocupado repartiendo mi atención entre las voces que gritaban en mi cabeza, “Por favor, que a ella no le pase nada” y “Jo, cómo duele”.

Pero ese dolor no era nada comparado con lo que ocurrió a continuación. Es como... ¿Cómo puedo describirlo de manera que puedas entenderlo? Es como... ¿Sabes ese ruido que hace una hoja de papel grueso cuando la rompes en dos, con cuidado y despacio? ¿Ese ruido de desgarro, que parece que oyes las fibras soltándose las unas de las otras? Pues multiplica eso por mil y conviértelo en una sensación. Eso fue lo que sentí entonces. Más o menos.

Me explicaron más tarde que eso lo hace tu esencia al separarse de tu cuerpo, al abandonar su forma física. Puedo decir con franqueza que es la cosa más pavorosa que me ha ocurrido nunca, en todas mis vidas. Duele de una forma indescriptible, no física, y luego, de repente, todo se pone oscuro. Oscurísimo. Terroríficamente oscuro. Empecé a pensar que todo lo que había creído hasta entonces era falso, a fin de cuentas. No había cielo, ni vida después de la muerte.

Perdí el conocimiento, o lo que sea que se pierde cuando estás muerto. Más tarde me desperté y había una luz brumosa. Poco a poco empezó a aclarar y distinguí los contornos de una habitación y la superficie rugosa de un techo blanco. Por un momento pensé que había sobrevivido después de todo, que seguía viva, pero esa idea desapareció rápidamente cuando miré a la derecha y vi a una mujer con alas de pie al lado de mi cama.

Se llamaba Chris, dijo. Y era, y sigue siendo, supongo, el mayor estereotipo de ángel que puede haber. Con el pelito rizado y rubio y la sonrisa dulce y plácida y todo eso.

La odio. La odio con todo mi ser. Es una de esas personas que me atacan los nervios. Es la... Bueno, es la Celine Dion del cielo. Si estuviera en el mundo de los vivos actualmente, sería la estrella de una de esas horribles y acartonadas series religiosas de televisión, ¿sabes a lo que me refiero?

Y allí estaba, junto a mi cama, toda angelical. A estas alturas yo estaba demasiado atónito para sentirme molesto, por lo que me quedé ahí sentado mirándola boquiabierto.

—Soy un arcángel —anunció. En cuanto lo hizo tendría que haberme dado cuenta de que la iba a odiar, porque tiene una de esas voces rasposas e insoportables que detesto y...

Bueno, a lo que iba. Que era un arcángel. Me dio la bienvenida al cielo y me dijo que mi viaje por el ciclo kármico había terminado, pero que todavía no estaba preparada para entrar en el paraíso, por lo que me habían seleccionado para ser Protectora.

Por supuesto, no entendí ni una palabra de lo que estaba diciendo. Mi mente se había quedado como paralizada al oír “bienvenida al cielo” y todavía me costaba hacerme a la idea de que estaba hablando con una mujer con alas. Capté más o menos la palabra “kármico”, pero en aquella época nadie de mi zona del mundo había oído hablar siquiera de la reencarnación, así que decidí preguntarle qué quería decir esa palabra. Pero, dado mi estado de estupefacción, lo único que conseguí soltar fue un “¿Eh?” bastante carente de inteligencia.

Ella suspiró como diciendo “por-dios-santo-es-que-te-doy-mil-vueltas” y se puso a repetir todo lo que había dicho antes, muy despacio, palabra a palabra, como si yo fuese una especie de inútil medio lela...

¿He dicho ya que la odio?

Bueno, podría explicarte a fondo cómo funciona el cielo, que el paraíso en es realidad un tema subjetivo y distinto para cada persona que llega a estas puertas. Pero entonces esta carta sería demasiado larga y no podría terminarla antes de que vuelvas de hacer la compra. Además, si supieras de antemano cómo funciona todo, morirse no tendría ninguna gracia.

Lo que sí te voy a decir, sin embargo, es que a dios, o a los dioses, o lo que tú quieras, les gusta controlar la vida de la gente. Los mandamases quieren que ocurran ciertos hechos. Ciertos hechos que pongan en marcha una reacción en cadena que acabe cambiando a ciertas personas y su karma de un modo que sea útil para ellos. Por supuesto, para garantizar que estos hechos ocurran, las personas implicadas tienen que estar a salvo, para que puedan hacer lo que tienen que hacer en el futuro. Y ahí es donde intervienen los Protectores.

Los Protectores son... Bueno, en esencia son muertos que todavía tienen algunos poderes en la tierra. No muchos poderes, la verdad. No pueden tocar nada, no pueden ser vistos ni asustar a la gente. Pero sí que pueden hacer pequeñas cosas, como jugar un poco con el tiempo y dar algo de fuerza cuando alguien está enfermo o herido, hacer que alguien se sienta a salvo cuando tiene miedo.

A primera vista, esto de ser Protector parece un trabajo muy chulo. Ayudar a la gente, guiarla hacia su destino, como les gusta describirlo a los Poderes. Y puede estar muy bien, como con los trabajos en los que puedes dirigir a tu elegido hacia un matrimonio feliz que dé vida a alguien que los mandamases necesitan, o permitir que tengan una buena vida profesional con la que puedan influir a otros.

Pero la mayoría de las veces es un auténtico asco. La mayoría de las veces, mi trabajo consistía en llevar a mi elegido a la muerte o a un acontecimiento espantoso que lo marcaría para siempre. Creo que he derramado más lágrimas durante los años que llevo como Protectora que las que he derramado en todas mis vidas juntas. Y cuesta creerlo, cuando se sabe todo aquello por lo que he pasado.

Por supuesto, al principio no me di cuenta de esto, de que los Poderes sólo querían ejercer una influencia sobre la gente para su propio beneficio. Es que todavía creía en todo lo que había aprendido. Que Dios era misericordioso y bondadoso. Y... Y a lo mejor lo es. Quién soy yo para juzgar a Dios, ¿no? Pero tienes que entender que las cosas que he visto, las cosas que ahora sé, son tan...

Otra vez me voy por la tangente, perdona. ¿Por dónde iba? Ah, sí... Pues que Chris me dijo que aceptara una primera misión para ver qué me parecía el trabajo y que luego decidiera si quería quedarme o reencarnarme. Pensé que no perdía nada con eso y acepté.

Chris me llevó ante Miguel, que es el director del Protectorado, y él me entregó un pergamino con mi primera misión. Desenrollé el pergamino y leí el contenido, recorriendo con los ojos las palabras escritas con letras doradas.

Se llamaba Zhuo Ainai, una mujer que no tardaría en nacer en una región situada un poco más al norte de lo que ahora es la ciudad de Hong Kong. Y los trazos dorados sólo describían cosas buenas para ella. Mi trabajo consistía en asegurarme de que su futuro marido y ella se conocieran, para que ella pudiera tener un hijo que iba a ser el recipiente de otro importante espíritu.

Como probablemente habrás comprendido, se me encomendó esta tarea para que picara y me metiera en el perverso mundo de la Protección. Y funcionó perfectamente, claro está. Aquellos primeros años para el Protectorado fueron increíbles. Ainai era una mujer maravillosa. Tan simpática, tan llena de vida... Un poco demasiado traviesa para su propio bien, en ocasiones, pero la verdad es que eso era algo que me encantaba de ella. Recuerdo...

No, da igual lo que recuerde, tengo que acelerar. Lo único importante que ocurrió durante esta época fue que conocí a Cameal, a quien la mayoría conoce como el Arcángel del Amor. Hasta entonces, el único arcángel con quien me trataba, aparte de la desagradable Chris, era Miguel, que era un tipo estricto, eficiente y que no se andaba con tonterías. Huelga decir que Cameal fue un alivio. Me hizo volver a creer que los arcángeles eran en realidad personas amables que se implicaban emocionalmente. Y, lo más importante, me recordó algo que yo había sabido antes, siglos atrás...

Estábamos en lo alto de una colina, contemplando a Ainai y a su futuro marido, a quien acabábamos de salvar de una muerte horrible a manos de unos bandidos. Tienes que entender que el maridito de Ainai era un total y absoluto pringado. Para mí era un misterio total por qué quería a ese tipo. Tenía buenas intenciones, sí, pero era una de esas personas capaces de pincharse el pie con el único cardo oculto en un campo de flores primaverales. Pero cuando un grupo de asaltantes los atacó y les exigió que entregaran todo su dinero, el tipo se puso como un valiente delante de Ainai y les dijo que prefería morir.

Y así habría sido, si Cameal y yo no hubiéramos intervenido. Bueno, en realidad la intervención fue sobre todo de Cameal, puesto que tiene mucho más poder en el mundo de los vivos del que tenía yo en aquel entonces.

Así que salvamos al payaso. Éste propuso matrimonio, ella aceptó, cayeron el uno en brazos del otro, bla bla bla. Meneé la cabeza al ver la escena. Al parecer, Cameal se dio cuenta y me preguntó qué pasaba.

—Se merece a alguien mucho mejor que él —le dije al ángel sin rodeos—. Se podría casar con un hombre rico y vivir con lujo toda su vida, pero va y se casa con este tarado.

Cameal se echó a reír, la primera vez que yo oía reír a un arcángel, y me pasó un brazo por los hombros con gesto afable.

—El amor es algo extraño, amiga mía —me dijo entonces, señalando con la mano la escena que teníamos delante—. Va más allá de la razón. Más allá de la lógica. Más allá incluso de la muerte. Y por mucho que se intente, no se puede controlar. —Se acercó más, bajando la voz hasta hablar en un susurro cómplice—. Ni siquiera los Poderes pueden.

Me pregunto si él lo sabía. Me gusta pensar que sí. Que sabía que esas pocas palabras serían la clave. Que pondrían fin a años y años de soledad.

Me estoy adelantando otra vez, ¿verdad? Mira, antes de llegar a la parte más importante de mi historia, tengo que contarte una cosa más.

Se trataba de mi tercer elegido, uno de los casos más breves y tristes a los que me había tenido que enfrentar jamás. Había pasado el tiempo, una guerra mundial había estallado y terminado, y la segunda estaba ahora en su cuarto año. Las letras doradas de mi nuevo pergamino eran pocas y describían la corta vida de un niño que ni siquiera viviría el tiempo suficiente para tener nombre. Nació en un campo de concentración, en las primeras horas del dos de enero de 1944. Recuerdo que llegué al lugar a tiempo de observar su nacimiento. El nacimiento de un elegido es una ocasión especial para los Protectores, porque nos permite atisbar el carácter de la persona de la que ahora somos responsables... Cuando un espíritu renace, se puede ver, por un instante, algo de su karma. Por un instante, podemos sentir lo que sintió antes, quién fue antes... Lo que hizo... Podemos comprenderlo mejor y hacernos una idea de cómo todo lo que ocurrió en sus vidas anteriores podría afectar las decisiones en el presente de nuestro elegido.

El viento aullaba, arrastrando ráfagas de lluvia gélida. Hasta yo sentí un escalofrío por la espalda, sólo de ver a las personas que me rodeaban sentadas muy pegadas unas a otras, con los harapos que usaban como ropa bien ceñidos alrededor del cuerpo, tratando de conservar el calor. Por primera vez desde mi muerte, puse en duda los planes de Dios. Me pregunté qué sentido tenía este sufrimiento, qué podía ser tan importante para que esto fuese necesario. Rodeé con cuidado otro fardo de desesperanza, tratando de no fijarme en su cara, pues no quería ver su dolor.

En un rincón estaba mi punto de destino. Una mujer, envuelta en una capa vieja y ajada, con la capucha sobre la cabeza tapándole la cara. Gemía de dolor, y se aferraba el vientre hinchado con las manos. Me acerqué a ella y me arrodillé a su lado.

Y cuando lo hice, ella levantó la cabeza de golpe, como si me hubiera oído. Y la miré a los ojos.

Que eran del color del cielo en un frío día de invierno.

Sofoqué un grito y me tambaleé atónita hacia atrás.

Elizabeth. El nombre corrió por mi mente, reverberando sin cesar. Elizabeth. No importaba en absoluto que hubieran pasado cien años desde el día en que la vi por última vez. Ni que tuviera el pelo rapado, el cuerpo esquelético y fino y veinte años de edad como mucho.

Apretó los dientes al ahogar otro grito de dolor, echando la cabeza hacia atrás, con el aliento entrecortado y jadeante.

Yo misma no respiraba mucho mejor, a decir verdad, pero logré sobreponerme y arrastrarme hasta ella, con los ojos firmemente clavados en su rostro. Con las manos temblorosas, quise tocarle la mejilla... pero atravesé su piel. Nunca hasta entonces eso me había resultado tan frustrante y estampé furiosa la mano contra la pared del cobertizo de madera donde estaba refugiada, deseando con todas mis fuerzas que me doliera.

No me dolió, claro. Volví a posar los ojos en ella, y ahora se me llenaron de lágrimas, al recordar por qué estaba aquí. Para mantener vivo a su hijo... el tiempo necesario para que llegaran los guardias alemanes y se lo quitaran. Para que pudieran asesinarlo delante de sus ojos.

Levanté la cabeza de golpe cuando ella gritó de nuevo, por última vez, antes de desplomarse contra la pared de madera totalmente exhausta. Otra mujer alargó los brazos y levantó al niño, sujetándolo justo delante de mí, como para atormentarme, para acusarme de antemano de lo que estaba a punto de hacer.

El niño estaba rodeado de un brillantísimo resplandor que flotaba a su alrededor. Y cuando lo miré y él abrió sus oscuros ojos marrones y me miró a su vez, lo único que sentí que emanaba de él era... Ternura. Bondad. Amor.

Lo envolvieron en un trozo de tela y se lo pasaron a su madre. Ella sonrió, incluso se rió, a pesar de todo, y alargó la mano, dejando que él rodeara sus dedos con los suyos.

El niño cerró los ojos con cansancio y su pecho se agitó débilmente al luchar por aspirar otra bocanada de aire. Alargué la mano hacia él por instinto, con la intención de darle la fuerza suficiente para que se aferrara a la vida un poco más. Pero mi mano se detuvo a medio camino, flotando a pocos centímetros de su cabeza.

No podía hacerlo. Simplemente no podía. No podía dejar que mataran al hijo de la mujer a quien había amado. La mujer a quien aún amaba, me di cuenta mientras los miraba a los dos. No podía dejar que ella sufriera el dolor de ver cómo lo mataban.

Aparté la mano.

Lo maté.

Perdóname, amor, lo maté.

Cuando llegaron los soldados, yacía inerte en brazos de su madre. Ésta gritó de angustia cuando le arrebataron la figurita sin vida. Ese sonido... Oh, Dios, todavía lo oigo. Resonando a través de tantas vidas.

Fue desgarrador. Sentí náuseas, ahí de pie viendo cómo ella se deshacía en sollozos de impotencia. Caí de rodillas a su lado, alargando la mano de nuevo por instinto, aunque sabía que no me iba a servir de nada. Aunque sabía que por mucho que deseara tocarla, me era imposible hacerlo.

Quise cogerle la mano. Y, cuando mis dedos se acercaron a su piel, la atravesaron limpiamente, como era de esperar. Me sorbí otra lágrima, por la desesperación de las circunstancias y...

Y entonces ella levantó la cabeza de golpe. Y me miró. No miró a través de mí. Me miró a mí.

Más tarde podría haber creído que me estaba imaginando cosas. Que como deseaba tanto que me viera, me había imaginado que lo hacía... Cuando de repente me vi arrancada del mundo mortal, devuelta al cielo por manos furiosas, oyendo ya la voz enfurecida de Chris que me gritaba a lo lejos, ya estaba yo sacudiendo la cabeza, diciéndome que todo aquello era ridículo. Y sin duda me habría convencido a mí misma de ello de no haber sido por aquel último sonido apagado, que subió flotando hasta mí a través del remolino de luz que me estaba tragando. Ese único nombre, pronunciado por miles de voces a la vez...

—¿Gabrielle?

Con una sacudida, regresé al cielo y caí sobre el suelo de mármol, donde me quedé mirando el techo con los ojos desorbitados. Segundos después la visión de blancura relajante fue sustituida por los rostros furiosos de Chris y Miguel, que me gritaban totalmente indignados.

No entendí ni una palabra de lo que decían. En mi cerebro giraban palabras, visiones de lugares que no reconocía y que, sin embargo, conocía al mismo tiempo inundaban mi memoria. Eran borrosas, caóticas. Llenas del choque de espadas, el olor a cuero y una voz que reconocería en cualquier parte. “Tienes que llevarme contigo”, oí que decía una voz muy parecida a la mía. “El alma de Gabrielle y la mía están destinadas a estar juntas”, la oí suplicar. Un destello, Miguel, mirando con una sonrisita amenazadora. “Los tiempos desesperados exigen medidas desesperadas”.

Chris me agarró del hombro y me sacudió con fuerza y sus palabras por fin penetraron la bruma de mi mente.

—¿¡Pero te das cuenta de lo que has hecho!? —gritó—. ¡Tenías que mantener vivo a ese niño! ¡V-i-v-o! ¡Vivo!

—¡¿Qué ha pasado?! —tronó la voz de Miguel por encima de la suya—. ¡¿Qué demonios ha pasado?!

Me quedé mirando a Miguel sin comprender, todavía incapaz de hablar. Mi cerebro estaba muy ocupado barajando mis opciones, y la opción de decirle lo que acababa de ocurrir, lo que acababa de ver, quedó inmediatamente tachada de la lista de posibilidades.

Por suerte, Cameal eligió este momento para aparecer, aleteando suavemente, y aterrizó limpiamente junto a los dos arcángeles enfurecidos.

—¿Problemas en el cielo?

—¡Esta idiota no ha cumplido con sus obligaciones! —chilló Chris inmediatamente con su voz aguda y chillona, que me hirió dolorosamente los oídos ya magullados.

—¡Mira! —añadió Miguel, y le puso a Cameal un pergamino en las mano.

Los ojos del arcángel recorrieron las letras del papel y su ceño se fue acentuando a medida que avanzaba.

—¡¿Cómo vamos a arreglar esto?! —siguió Chris totalmente frustrada—. Ahora el futuro ha quedado completamente alterado. ¡¿Tú sabes lo que nos va a costar solucionarlo?!

—Claro que lo sé, querida. Soy perro viejo —dijo Cameal despacio, lanzándome una mirada antes de volver a enrollar el pergamino y colocárselo bajo el ala—. Yo me ocupo de esto.

Pero a Miguel no pareció hacerle mucha gracia y vi cómo se cruzaba de brazos, mirando malhumorado a su colega.

—El Protectorado está bajo mi autoridad.

—Oye, si tú quieres arreglar este desastre, por mí, bien —le dijo Cameal tan tranquilo—. Pero sé que estás muy ocupado y que seguro que tienes muchas cosas programadas. Yo, por otro lado, no tengo mucho trabajo que hacer, dadas las actuales circunstancias allí abajo, así que...

Se quedaron un momento mirándose y por fin Miguel se rindió e hizo un gesto de asentimiento, tras lo cual Cameal me alargó la mano, me puso en pie de un tirón y me llevó a rastras en busca de algo de intimidad, lejos de los dos enfadados arcángeles.

Me hizo sentar de un empujón y se plantó ante mí, con los brazos cruzados y aire imponente.

—Menuda estupidez has hecho.

Tomé aliento para protestar.

—Sólo quería...

Pero me interrumpió agitando la mano.

—Sé por qué lo has hecho.

Me quedé mirándolo parpadeando, algo atónita.

—¿Lo sabes?

—Demasiado bien. —Sonrió afablemente, poniéndome una mano en el hombro—. Veo lo que hay en tu corazón, amiga mía. Es mi trabajo, ¿recuerdas?

Tragué saliva, sin saber a qué se refería exactamente. ¿Sabía lo de Elizabeth? ¿Sabía que la había reconocido? ¿Que ella me había reconocido a mí incluso?

—Fíate de mí. Arreglaré las cosas con Miguel. —Su voz interrumpió mis reflexiones y lo miré a los ojos oscuros. Dudó un momento y luego me tocó la mejilla—. Eres un alma buena. No te mereces esto.

Fruncí el ceño y lo miré ladeando la cabeza, todavía sin comprender.

—¿No me merezco el qué?

Sonrió con desgana.

—Sabrás lo que era cuando haya terminado —me dijo, tras lo cual me dio la espalda y se alejó—. Prepárate.

Comprendí qué era aquello para lo que tenía que prepararme sólo cuando ocurrió. Muchos años después, cuando presencié el nacimiento de mi séptimo elegido.

Tú.

Cuando estaba en aquella sala de partos y te vi por primera vez. Con unos ojos del color del cielo en un frío día de invierno.

Fue como si una mano saliera disparada y me agarrara el corazón y me lo arrancara del pecho. Vidas enteras de dolor se precipitaron sobre mí. Cuánto sufrimiento. Lo vi todo, años que pasaban como destellos en meros instantes. Las matanzas, la dura e interminable búsqueda de la redención, el fuego, la muerte de tus hijos. La soledad, que era un reflejo perfecto de la mía.

Han intentado mantenernos separadas y lo consiguieron durante siglos. No les caes muy bien, vida mía. Les pareces demasiado poderosa. Eres una amenaza para ellos. No te rías, es cierto. Tienes mucha más fuerza en tu interior de la que crees, amor. Eso ya te lo he dicho y ojalá te lo creyeras por fin.

Durante años han intentado empequeñecerte. Cada cosa espantosa que se les ocurría, te la infligían, y la soledad sólo es una de las muchas cosas a las que te condenaron.

Lo siento tanto. Siento tanto haber tardado tanto tiempo en encontrarte. Siento tanto todo lo que has tenido que pasar sola. Siento tanto no haber podido hacer nada salvo quedarme a un lado y observar cuando tus padres se mataron en ese accidente de coche, dejándote huérfana. Siento tanto que la tía que te acogió fuese tal bruja. Siento tanto no haber podido impedir las burlas de las que eras objeto en el colegio. Lo intenté. Por favor, créeme cuando te digo que lo intenté con todas mis fuerzas. Pero es que no tenía el poder necesario para impedir ninguna de estas cosas.

Qué inútil me sentía. Te di todo el consuelo que podía darte, toda la fuerza. Pero nunca me parecía suficiente. Estaba allí constantemente, todos los momentos de todos los días que podía pasar contigo entonces, allí estaba, ayudándote con las cosas pequeñas con las que podía.

¿Te acuerdas de aquella vez que estabas jugando en el cuarto de estar y estuviste a punto de estampar ese jarrón Ming de tu tía en el suelo?

Estaba persiguiendo a su perrito. No a un perrito de verdad, claro, la tía jamás permitiría que hubiera un perrito de verdad en la casa. Su perrito imaginario. Pero se había convencido a sí misma de que los perritos imaginarios eran mucho mejores que los perritos de verdad. No tenías que sacarlos de paseo cuando llovía, y no tenías que darles de comer, y siempre se portaban bien, y nunca te mordían... Booster le ladró, saltando a su alrededor alegremente, agitando las largas orejas juguetonamente. Ella se echó a reír y luego volvió a correr tras él, intentando agarrarlo. Booster salió disparado y se metió corriendo debajo de la mesilla, y ella lo siguió, pero se le enganchó el pie en la pata de la mesa y tropezó hacia delante, cayó a la alfombra y rodó dos o tres veces hasta que se detuvo. Levantó la mirada justo a tiempo de ver cómo la mesa se balanceaba peligrosamente y cómo ese jarrón grande y feo que tenía encima perdía el equilibrio y caía, caía y caía hasta que...

Se detuvo, flotando a pocos centímetros del suelo.

Fui yo. Y cuando esos niños del colegio te estaban tirando bolas de papel, pero sus proyectiles se detuvieron de repente y luego dieron la vuelta y alcanzaron a esos molestos mocosos en la cara. Eso también lo hice yo.

Se quedó mirando pasmada cuando las bolas de papel de repente se detuvieron en el aire y luego una salió disparada hacia atrás con una fuerza increíble y alcanzó al niño mayor en plena frente. Las bolas de papel corrieron de vuelta hacia ellos, una y otra vez. La miraron asustados y luego huyeron apresuradamente. A su espalda estaba segura de haber oído una risa baja, pero cuando se volvió, allí no había nadie.

Eso era todo lo que podía hacer por ti, en aquel entonces.

Pero todo lo que te ocurrió durante la infancia no era más que un intento de chincharte por parte de los Poderes. Te tenían reservadas cosas mucho peores, y ésas eran las cosas que a mí me daban miedo de verdad. Había estado repasándolo todo una y otra vez, tratando de pensar una manera de impedir que ocurriera lo siguiente.

La noche en que nos conocimos, estoy segura de que lo recuerdas...

Volvía a casa andando de casa de una amiga, una noche ya tarde. El apartamento donde vivía no estaba situado en un barrio agradable, y se sentía incómoda. Se arrebujó un poco más en el abrigo, soltando aliento y observando cómo subía flotando hacia el cielo nocturno como una nubecilla.

—¡Eh, bonita! —exclamó una voz ebria detrás de ella, y se giró en redondo para encontrarse con un grupo de siete chicos allí plantados—. ¿Qué haces aquí fuera tan sola, cariño? —preguntó el líder con dulzura—. ¿Es que no sabes que hay muchos pirados sueltos por aquí a estas horas de la noche? —El resto del grupo se echó a reír. El olor a alcohol flotaba pesadamente a su alrededor.

—Dejadme en paz —dijo débilmente, retrocediendo un paso.

—Qué poco cortés —intervino otro, con aire muy ofendido—. Será mejor que le enseñemos modales, ¿verdad, Bobby?

—Ya lo creo —respondió el otro riendo.

Avanzaron hacia ella con aire amenazador.

Tragó con dificultad, mirando a todas partes, buscando ayuda, pero allí no había nadie a esas horas de la noche. Su mente repasó todas sus opciones y entonces se dio la vuelta y echó a correr a la máxima velocidad que le permitían los pies.

—¡A por ella! —oyó que gritaba una voz. Hubo un trueno de pasos detrás de ella, cada vez más cerca, y supo que no tardarían en darle alcance. Cerró los ojos, rezando por un milagro.

—Socorro... —susurró con voz ahogada—. Por favor, socorro...

Te iban a violar. Yo tenía que quedarme mirando cómo sucedía, pero no pude.

No sé cómo hice lo que hice. Ni siquiera hoy. Pero, como siempre, tengo mis teorías.

Una mujer que conociste hace mucho tiempo dijo que el mundo estaba impulsado por una voluntad, y que para superar las limitaciones de este mundo, tenías que dejar de desear, dejar de odiar. Y supongo que lo contrario también es cierto. Que para obtener poder en el mundo mortal, tenía que desear que ocurriera. Y deseaba ayudarte con todas mis fuerzas. Y estaba furiosa, absolutamente enfurecida. Corrí hacia ellos, con los puños apretados, y golpeé con toda la fuerza que pude.

Y allí estaba, de repente. Como si hubiera salido de la nada. Una mujer, de pelo corto rubio, que se lanzó sobre sus atacantes sin temor.

El dolor nunca me había dado tanto gusto, deja que te diga. Cuando mis nudillos chocaron de verdad con su cráneo, al principio me quedé de piedra, y luego me sentí feliz. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a tener este poder de zurrar a la gente, por lo que decidí sacarle el mayor partido ahí mismo y machacar hasta el último centímetro de esos cretinos que pudiera alcanzar. Y digo en serio hasta el último centímetro...

Con un crujido, el primer tipo cayó al suelo. La rubia bufó de dolor, luego se miró la mano largamente y por fin se echó a reír y estampó la cabeza alegremente contra su siguiente adversario, dejándolo sin sentido. Los chicos miraron a sus compañeros caídos, absolutamente pasmados. Demasiado pasmados, al parecer, incluso para atacar a su salvadora, que lanzó una patada contra las piernas de un tercero tirándolo al suelo y luego agarró los brazos de un cuarto y lo lanzó por el aire como si fuese una simple mosca.

—¡Vámonos de aquí! —oyó gritar a uno de los chicos, y los tres que quedaban salieron corriendo, mientras dos víctimas de la ira de la rubia, aún conscientes, se las arreglaban para salir cojeando tras ellos.

Me sentí decepcionada cuando huyeron y hasta me planteé ir tras ellos por un instante, pero entonces me volví y te vi. Te vi mirándome.

Unos increíbles ojos verdes se volvieron y se encontraron con los suyos, y se quedó sin aliento.

—G... gracias... —logró balbucear, levantándose con dificultad.

Los ojos verdes se dilataron por un instante y luego la mujer avanzó un paso con cuidado y alargó la mano. Las yemas de sus dedos le tocaron suavemente la mejilla y ella tragó saliva por la intensidad de esa caricia ligera como una pluma.

La respiración de su salvadora era entrecortada y jadeante, pero como la mujer acababa de dar una paliza a siete hombres de aire bastante duro, eso no le resultaba muy sorprendente.

—¿Estás... estás bien? —preguntó la rubia por fin, sin apartar esos ojos de los suyos ni por un instante.

—Sí... —asintió, sintiéndose más que nada aturdida y temblorosa—. Estoy... estoy bien. Gracias —repitió, sin saber qué más decir.

—Te lo aseguro, ha sido un placer —murmuró su salvadora, dándole a su víctima más cercana una buena patada en un punto especialmente doloroso—. Cretino.

Ella se echó a reír sin querer al ver aquello y entonces también su acompañante se echó a reír. Se hizo un silencio incómodo por un momento y luego alargó la mano con cuidado y cogió la mano magullada de la rubia, que tenía el dorso arañado y la palma ensangrentada.

—Tiene mal aspecto.

—¿Mal? —murmuró la rubia maravillada—. Ah, ¿te refieres a la mano? —Se encogió de hombros algo cohibida—. No es nada, en serio.

—Claro que es algo —contestó ella con severidad, mirando a su salvadora—. Está morado y sangrando, así que ya ves.

La mujer frunció el ceño.

—Pues apenas lo noto, en serio.

—Ya —murmuró, asegurándose de que la incredulidad se hacía patente en su tono—. Mi apartamento está a la vuelta de la esquina. Te duela o no, te vienes conmigo, para que al menos pueda curarte eso.

La rubia la miró y le dirigió una sonrisa deslumbrante.

—Bueno... ya que insistes.

Me sentía como si hubiera muerto y subido al cielo. ¡Me veías! ¡Estaba hablando de verdad contigo! ¡Contigo! Estaba encantada.

Pero al mismo tiempo, tenía muchísimo miedo de que lo que nos estaba permitiendo estos pocos momentos pasara y yo volviera a hacerme invisible para ti. Notaba cómo tiraban de mí, casi oía sus voces furiosas en el fondo de mi mente.

Por eso me lancé de una forma tan directa. Sabes que al principio suelo ser bastante tímida. Te lo he dicho ya mil veces y tú te ríes siempre, dirigiéndome una de esas miradas sardónicas tuyas. Pero es la verdad. Es que no sabía si tenía tiempo para eso contigo.

Abrió el grifo, dejando correr el agua fría en un cuenco de plástico, al tiempo que sacaba unos cuantos paños de un armarito que había encima del fregadero. Al mirar de reojo, vio a su salvadora, que le había dicho tras una extraña pausa que se llamaba Gabrielle, apoyada en el umbral, mirándola con una sonrisita de incredulidad en la cara.

—¿Qué pasa? —preguntó, mirando de frente a la rubia con una ceja enarcada.

Gabrielle respondió riendo alegremente y bajó la cabeza tratando de disimular la gran sonrisa que le inundaba la cara.

—Nada...

—No, dime... ¿Qué pasa? —insistió, cruzándose de brazos y fulminando a la mujer con la mirada.

Gabrielle la miró de nuevo, con una sonrisa bailando en sus labios.

—¿Alguna vez te han dicho que estás guapa cuando dejas que se inunde el suelo de la cocina?

Parpadeó. ¿Guapa? Nadie le había dicho jamás que fuese guapa, y ahora esta mujer a la que acababa de conocer apenas unos minutos antes le... Pausa. Un momento... ¿Inundar?

—¡Oh, maldita sea! —soltó, cerrando el grifo a toda prisa. Pero el daño ya estaba hecho: el agua calaba el suelo y ella tenía los calcetines empapados por el charco—. Mierda, mierda, mierda.

Su salvadora se echó a reír. Volvió la cabeza para lanzar una mirada furibunda a la mujer, lo cual hizo que ésta se riera aun más. Apartó el cuenco del fregadero, quitándole un poco de agua para no derramar más, y luego fue a la silla de la mesa chapoteando.

—Siéntate —ordenó, un poco malhumorada al ser objeto de risas y enfadada consigo misma por ser tan tonta. Dejó el cuenco en la mesa, se volvió, regresó, cogió un paño, se arrodilló y se puso a recoger el agua al tiempo que mascullaba algo ininteligible.

Oyó pasos que se acercaban y se detenían justo a su lado y levantó la mirada algo molesta cuando la rubia se arrodilló a su lado.

—Creía haberte dicho que te s... —La frase se cortó de golpe cuando unos labios rozaron los suyos—. S... sentaras... —terminó estremecida, mirando los ojos de esmeralda que estaban tan cerca de los suyos, tan intensos... Todo lo de esta mujer era increíblemente intenso.

Su salvadora soltó un suspiro tembloroso.

—Llevo queriendo hacer eso desde la primera vez que te vi —confesó en un susurro.

Ella tragó saliva, sin saber qué responder.

—Has conseguido esperar diez minutos enteros. Todo un logro —logró bromear débilmente, antes de alargar la mano vacilante y acariciar con el dorso la mejilla de la mujer, incapaz de controlar las ganas de acercarse más a ella.

Gabrielle sonrió al sentir la caricia, cerrando los ojos y regodeándose en el momento.

—A veces diez minutos pueden parecer una vida entera...

Sé que esto te debe de parecer muy raro... Oír que has pasado este último año viviendo con un fantasma. Que amas a una persona que lleva muerta ya casi dos siglos. Sé lo ridículo que suena todo esto y... Me pregunté durante un tiempo, durante aquellas primeras semanas, si esto era justo para ti. Si no estaría haciendo esto por mi propio beneficio. Sólo porque no quería volver, porque no quería hacer caso de las manos que tironeaban de mí para que regresara al cielo. Sólo porque quería seguir viviendo mi sueño contigo durante todo el tiempo que me quedara.

Pero... entonces decidí que Cameal tenía razón. Ni tú ni yo nos merecíamos lo que había ocurrido. Después de todos esos años, todas esas décadas, siglos de verme controlada por fuerzas superiores, creo que decidí que ya era hora de pasar a controlar las cosas por mi cuenta.

Y llevo un año ya manteniendo ese control. Pero me ha estado agotando. Son poderosísimos, y cada día noto cómo el poder que tienen sobre mí se va haciendo más fuerte. Desde hace unas semanas sé que ya no falta mucho para que logren recuperarme.

He luchado contra ello, amor, de verdad que he luchado, pero estaba viviendo un tiempo prestado y se me ha agotado. Tengo que irme.

Además, ahí arriba tengo que partirle la cara a alguien. Durante el tiempo que hemos pasado juntas, he recordado más detalles de nuestras vidas anteriores, lo que hizo Miguel exactamente... Y no veas cómo lo va a lamentar. Con un poco de suerte, le daré tal paliza que me expulsará del cielo y me enviará de vuelta a ti, así que nuestra separación será muy corta. Pero me temo que no va a ser tan fácil.

Pero sea lo que sea lo que intenten hacerme, lo que sí te puedo asegurar es que nada me va a mantener lejos de ti. Nada. Porque Cameal tenía razón: el amor no puede ser controlado, ni siquiera por los Poderes.

Te lo prometo, tú y yo hemos dejado de sufrir. A partir de ahora, las cosas van a ir a mejor. Yo haré que vayan a mejor. No te puedo decir cómo, pero lo haré. Igual que no puedo decirte cuándo volveré, sólo que lo haré, en cuanto pueda.

Voy a hacer todo lo posible por volver en los próximos nueve meses. Me gustaría estar ahí cuando nazca nuestra hija.

Ése es mi regalo para ti. Feliz Navidad, vida mía. Sé que en realidad querías un perrito, pero espero que esto también te guste.

Tuya para siempre,

Gabrielle


FIN


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