Capítulo 4


Emily deambuló por la casa con Abby buscando a Parker a la mañana siguiente, con la esperanza de desayunar con ella antes de tener que salir para el aeropuerto. Su avión no iba a despegar hasta dentro de tres horas, por lo que tenían tiempo de sobra para comer y charlar. La música que salía de la habitación que había al otro lado de la cocina la llevó hasta Parker. El perro se quedó en el umbral y agitó una pata para que Emily pasara.

Tumbada en un banco acolchado, la tenista estaba haciendo flexiones con peso. Emily admiró la fluidez ensayada de sus movimientos, sorprendida de que hiciera falta tanto esfuerzo para jugar bien. Parker estaba empeñada en mantenerse en la mejor forma posible para evitar lesiones.

—Buenos días. —Emily esperó a que el peso estuviera en su sitio antes de hablar. No eran ni las siete de la mañana y Parker ya estaba sudando.

Parker levantó la cara de la toalla donde la tenía apoyada y vio a Emily en pijama dentro del gimnasio.

—Hola, ¿has dormido bien?

—Sí, gracias. Esta casa es fantástica, Parker, se descansa muy bien en ella. ¿Has acabado ya?

—Ésa era la última serie que voy a hacer hoy. Deja que me duche y te saco a desayunar. —Parker echó la toalla en la cesta del rincón y luego se bebió el resto del zumo que había estado tomando durante el entrenamiento.

—Quiero cocinar para ti, si no te importa que use tu cocina. Considéralo mi forma de darte las gracias por todo lo que has hecho por mí en los dos últimos días. No es mucho, pero me gustaría hacerlo por ti.

—¿No te importa?

—No me habría ofrecido si no quisiera hacerlo. Ve a ducharte y luego ven a la cocina. —Emily sonrió y le dieron ganas de dar los buenos días a Parker con un abrazo, pero su alta anfitriona no se había acercado a ella al salir por la puerta. Sus pensamientos se detuvieron en seco al oír golpes en la puerta de atrás. Parker se detuvo en la puerta y sonrió, intentando tranquilizar a Emily. A Parker le sorprendía que la idiota de al lado hubiera tardado tanto en venir a montar la bronca por lo que había ocurrido.

—¿Qué tal si te sientas a disfrutar de las vistas mientras yo me ocupo de esto? —La pared de ventanas sólo cubría la parte del fondo del gimnasio y daba a la playa. Quien estuviera en la terraza no podía ver dentro.

—¿No te importa? —La expresión perdida de Emily tenía tan poco que ver con la mujer segura de sí misma que le había plantado cara en el avión que a Parker le costaba compararlas.

—No me habría ofrecido si no quisiera hacerlo. —Emily se echó a reír al oír la repetición de sus propias palabras—. Te olvidas de que soy una experta en materia de voleas. Pero en serio, estoy acostumbrada a tratar con mujeres difíciles, Emily, fíate de mí. Gail no es más que una mala perdedora que necesita tiempo para calmarse. —Parker estaba intentando hacer reír a Emily, pero el resultado fue el opuesto y los ojos verdes se llenaron de lágrimas.

—Lo siento, es que la última vez que hablamos no fue agradable y no estoy preparada para volver a ver a Gail tan pronto. —Emily se abrazó a sí misma para intentar consolarse y la manga corta de su camiseta se subió lo suficiente para que Parker le viera el bíceps.

—¿Qué pasó?

—No le gustó la respuesta que le di a un pregunta que me hizo —fue lo único que se le ocurrió decir a Emily. Las lágrimas resbalaron por su cara y se preguntó cómo había terminado en esta situación.

—No te hará daño, te lo prometo. —Parker se acercó y abrazó a la asustada mujer, haciendo todo lo posible por conseguir que perdiera el miedo a la que seguía llamando con insistencia. Cuando Emily se relajó apoyada en ella, Parker susurró—: Ahora mismo vuelvo.

Parker vio a Gail por el cristal de la puerta. La corredora de bolsa parecía haber dormido con la ropa puesta y le caía el sudor por la cara. Se cayó hacia delante cuando Parker abrió la puerta de golpe. Parker se la quedó mirando cuando Gail usó su cuerpo más alto para sostenerse.

—¿Sí, qué deseas?

—¿Dónde está Emily? —Sin el coche, Gail sabía que Emily no podía haber ido lejos sin la ayuda de su nueva amiga. La tenista se limitó a cruzarse de brazos y se quedó plantada justo dentro de la puerta mirándola—. Escucha, sólo quiero hablar con ella. Nos hemos peleado un poco y sólo quiero tener una oportunidad para arreglar las cosas.

—La próxima vez que la vea, le diré que quieres hablar con ella. Es decisión suya si quiere hacerlo, así que ¿por qué no la dejas en paz un tiempo para que se piense las cosas? O al menos hasta que se le quite la marca del brazo. —Parker esperó a ver si Gail iba a decir algo más o si se iba a marchar sin dar problemas. A Parker no le preocupaba la seguridad de Emily, sólo cómo se estaba tomando esta visita inesperada: por esa razón había dejado a Abby en el gimnasio, para que le hiciera compañía.

—No me voy a ir sin luchar, Parker, recuérdalo. Emily es mía y lo que ocurra entre nosotras no es asunto tuyo.

Parker le cerró la puerta en la cara de golpe. Alguien que sintiera eso hacia las mujeres no se merecía estar con una persona tan especial como Emily.

—Gilipollas —murmuró Parker por lo bajo. Se quedó en la cocina mirando por la ventana para cerciorarse de que Gail volvía a la casa de al lado. Parker deseaba pasar más tiempo con la piloto antes de que ésta se fuese, pero tener de vecina a la novia a quien acababa de dejar no era la mejor de las situaciones. Volvió a entrar en el gimnasio y se encontró a Emily sentada en el suelo con Abby.

—Gail quiere hablar contigo. —Emily tenía una cara tan triste que Parker frenó cualquier comentario jocoso que estuviera pensando hacer—. Se ha ido, así que no te preocupes, Emily. Dejaremos a Abby fuera un rato por si acaso, así que sonríeme.

—Tendría que haber puesto fin a esta relación hace mucho tiempo. En realidad es culpa mía, no quería a Gail como ella esperaba, pero acabó convirtiéndose en algo cómodo. No ha sido justo para ella que me haya quedado tanto tiempo, pero estoy harta de las peleas constantes que tenemos. —Abby rodó hasta ponerse del otro lado para que Emily pudiera acariciarlo un poco más. La menuda rubia se lo había encontrado esperándola fuera de su dormitorio esa mañana y estaba empezando a gustarle tanto como su dueña.

—No me debes ninguna explicación. Lo más importante es que hagas lo que es bueno para ti. ¿Tienes donde alojarte cuando vuelvas a la ciudad? —Si Gail era capaz de llegar a la violencia, Parker no quería que Emily estuviera cerca de ella en absoluto.

—Sí, voy a vivir con una amiga hasta que encuentre casa. Voy a preparar el desayuno y tú ve a darte esa ducha. No, Parker, eso me ayudará a distraerme de todo esto —dijo Emily para acallar la objeción que estaba a punto de hacer Parker—. No tengo muchas vacaciones, así que creo que debería hacer las cosas que me divierten y para mí, una de ellas es cocinar.

—Tú mandas, así que adelante. Abby, ve fuera, chico. —El perro se tapó los ojos con una pata, como si supiera que lo que le había pedido Parker iba a poner fin a su masaje. Emily y Parker se echaron a reír por las payasadas del comediante y lo obligaron a apartarse de Emily.

Parker se puso un albornoz cuando oyó a Emily llamarla para desayunar después de haberse duchado. Su invitada sabía desenvolverse muy bien en una cocina, según vio Parker al sentarse ante una maravillosa tortilla, tostadas y croquetas de patata y cebolla. Para hacer feliz a Parker, Emily había hecho chocolate caliente en lugar de café, y sonrió al ver que los ojos azules se ponían en blanco de lo bueno que estaba.

—¿Qué te pasa a ti con el chocolate caliente? —Emily sujetaba su propia taza de humeante brebaje, mirando a través de la nube que desenfocó el rostro de Parker por un instante. Parker parecía estar reviviendo una pesadilla, y Emily estuvo a punto de decirle que no tenía por qué contestar, pero Parker la sorprendió contándole algo muy personal.

—Es el mejor recuerdo de mi padre que tengo de cuando era pequeña. Éramos los primeros en levantarnos y se metía en la cocina y hacía una taza para cada uno. Y nada de cacao en polvo, mi padre cortaba escamas de chocolate de verdad y lo iba removiendo despacio con el azúcar hasta que quedaba perfecto. Con los años acabó siendo nuestro ritual de todas las mañanas, y nos sentábamos a la mesa y hablábamos de todo tipo de cosas. Entonces, cuando yo tenía unos dieciséis o diecisiete años, descubrió que era como Gray y Kimmie y dejó de dirigirme la palabra. Yo lo esperaba hasta que tenía que irme a entrenar, pero él no salía de su habitación hasta que me marchaba. Tal vez fuese lo mejor, porque cuando sí hablábamos, sólo nos gritábamos.

Emily alargó la mano hasta el otro lado de la mesa y la puso sobre la de Parker. Le parecía absurdo que las personas tan rígidas y llenas de prejuicios tuvieran hijos.

—Siento habértelo preguntado, Parker.

—No pasa nada. Todas esas tazas que tomaba de niña hicieron que me enamorara del chocolate. Puede que mis padres no me acepten ahora, pero al beber chocolate caliente me acuerdo de una época en que sí lo hacían. —La gran sonrisa que Emily había visto en televisión un millón de veces al ver jugar a Parker se dirigió a ella desde el otro lado de la mesa. Las cosas le podrían haber ido mejor en la vida, pero Emily agradecía que sus padres hubieran aceptado sus opciones sin problemas. Sólo querían que fuese feliz y encontrara a alguien con quien compartir su vida.

—Eres una persona maravillosa, Parker, y con el tiempo tus padres se darán cuenta. Yo sólo te conozco desde hace un par de días, pero al menos eso ya lo sé.

Parker volvió la mano y estrechó los dedos de Emily. Se alegraba de haberle ofrecido a la bonita rubia un sitio donde pasar la noche. Emily se marcharía dentro de poco más de una hora y lo más probable era que nunca volviera a verla, pero así y todo, se alegraba de haberlo hecho.

Parker metió todo el equipaje de Emily en el maletero del coche después de que Emily se hubiera vestido. Se cuadró ante la piloto al verla salir de la habitación vestida de uniforme y se llevó un manotazo en el brazo. Cuando se marcharon, ninguna de las dos vio a la mujer desaliñada que estaba sentada en una de las dunas que separaban las casas. Todavía no era mediodía, pero Gail tenía un vaso de whisky en una mano y en la otra el trozo de papel que se había encontrado en la playa el día antes. Sabía que Parker había mentido sobre Emily, y al ver a su novia en el coche, lo confirmó.

—No digas que no te he advertido, Parker King.


Emily estaba en la cola para despegar detrás de otros cinco aviones, de modo que se puso a pensar en los dos últimos día de su vida. Había dejado a Gail y había conocido a Parker; esto último la hizo sonreír. Parker la había llevado al aeropuerto y se había empeñado en aparcar y acompañarla dentro. Era increíble la cantidad de gente que había reconocido a la estrella del tenis que caminaba a su lado cuando se dirigían a su puerta de embarque.

Ya en la puerta, Parker le dio su equipaje de mano y una tarjeta con todos sus números. Antes de despedirse, una mujer se había acercado con su hija pequeña y le había preguntado a Parker si querría hacerse una foto con la niña. Parker le entregó la cámara a Emily y posó con la madre y la hija. Emily estuvo a punto de tomarles el pelo diciéndoles que iba a tener que alejarse para que sus sonrisas cupieran en el encuadre.

Como la noche anterior, Parker la besó suavemente en los labios y luego se dio la vuelta y se marchó. Emily volvería a su turno de vuelos y Parker a sus duros entrenamientos para prepararse para Nueva York y el Abierto. La voz de la torre de control le habló en el oído y recibieron autorización para despegar.

—Adiós, Parker.

Su copiloto la miró para ver si había dicho algo, pero Emily estaba concentrada en hacer despegar el avión del suelo. Emily estaba segura de que en los próximos dos meses Parker se olvidaría de ella y pasaría a otra persona. Desde tierra, Parker se quedó mirando el avión que despegaba mientras pensaba lo mismo sobre Emily.


—Estás preparada, Boris. Creo que las demás mujeres de este torneo lo van a pasar fatal —dijo Natasha un día después de entrenar. Parker había empleado el mes para trabajar todos sus golpes y mejorar su resistencia mediante ejercicios físicos. Gary había tenido en cuenta el calor más acusado de lo normal que hacía en Nueva York ese verano y le había programado horas extra para correr.

—Gracias, Natasha, me encuentro bien y me apetece jugar. ¿Me prometes que vendrás a entrenar conmigo? —Parker se secó la cara y recogió sus raquetas tras su último entrenamiento en casa. Se iban a tomar libres los dos próximos días para ocuparse de los últimos detalles antes de partir hacia Nueva York. Abby se iba a quedar con Nick durante un par de semanas hasta que su amigo volara a la ciudad para reunirse con Gary y con ella.

—No me lo perdería por nada del mundo, sobre todo si va a estar Gray. Si no puedo tenerte a ti, amiga mía, voy a intentar ligarme a esa hermana tuya. —Gracias a una cuidadosa planificación, las hermanas de Parker asistirían a la mayor parte del torneo—. Si tengo suerte, podré comparar su culo con ese anuncio que hiciste hace semanas.

—Por favor, no me lo recuerdes. Hablaré bien de ti y te veré dentro de dos semanas. Gary nos ha reservado horas para jugar cuando llegues.

Natasha besó a Parker en ambas mejillas antes de marcharse, prometiendo que la llamaría en cuanto llegara a Nueva York.

Cuatro días después la tenista y su entrenador llegaron a Nueva York y se alojaron en el Hotel Renaissance. Después de registrarse y deshacer el equipaje, los dos fueron a la Stage Deli a comprar bocadillos y un trozo de tarta de queso. Era su primer lujo tras instalarse.

Al día siguiente, Parker fue a Central Park para correr por la mañana temprano. Mientras se estiraba no pudo evitar fijarse en una mujer que la miraba fijamente al tiempo que hacía sus propios estiramientos. Las cartas de amenaza contra su vida habían empezado a llegar con más regularidad, y Parker miraba a su alrededor pendiente de posibles peligros siempre que salía sola. Había habido discusiones más que suficientes entre Gary y ella sobre este tema, pero se negaba a someterse a lo que Nick y él querían. En su opinión, si empezaba a vivir con miedo o cambiaba su forma de hacer las cosas, los idiotas que le enviaban las cartas empezarían a ganar.

—Perdón por mirar tanto, pero sólo quería desearle buena suerte. —La mujer rubia interrumpió su silenciosa observación y habló con Parker. Al erguirse, Parker advirtió que la mujer era de su misma estatura.

—Muchas gracias. —Antes de que pudieran establecer una conversación en profundidad, Parker se colocó los cascos de la radio y echó a correr por el sendero. Era a esta hora de la mañana cuando más echaba de menos la tranquilidad de la playa.

Las dos semanas siguientes fueron las más duras, como en cualquier torneo en el que hubiera participado Parker. La espera para jugar era lo único a lo que nunca se había acostumbrado, pero era a lo que atribuía el rápido comienzo que caracterizaba su estilo de juego. Pero esta vez había una cosa que interfería con ese aburrimiento y era si iba a intentar localizar a Emily o no. La piloto no la había llamado en todo el verano, y Parker intentaba imaginar por qué. ¿Acaso Emily había seguido adelante o había vuelto con Gail? Aunque así fuese, Parker pensaba que la mujer le debía al menos una llamada telefónica.

Parker terminó de correr y luego dedicó dos horas a entrenar en la pista. Gary la encontró en su habitación, sentada junto a la ventana y leyendo un libro pocas horas después de volver. Odiaba molestar a la jugadora, vestida con calzones cortos y camiseta, pero ya era hora de que Parker saliera de su murria.

—¿Quieres salir esta noche? —Se sentó en la silla frente a ella después de tirarle los pies al suelo.

—¿No se supone que me tienes que mantener encerrada comiendo comida sana y bebiendo agua destilada o algo así? —Gary se echó a reír ante la ceja enarcada en su dirección—. Seguro que no debes llevarme por el mal camino en la gran ciudad.

—Estaba pensando en una cena, Parker, no en salir de putas.

—No sé, una puta podría ser una nueva experiencia para estrechar nuestros lazos de amistad. Prometo no contarle nada a Nick.

—No, gracias, ¿pero qué te parece cenar en Gotham en cambio? He reservado para las ocho —dijo, riendo y dándole empujones con el pie por el comentario de la puta.

—¿Y cómo has conseguido tal cosa, entrenador Gary? —Cerró de golpe el libro que tenía en la mano para prestarle toda su atención.

—Es fácil, he hecho la reserva a tu nombre. Me viene bien conocer tan bien a la diosa del tenis. Venga, últimamente estás un poco mustia y esto puede ser divertido. Podemos ponernos guapos y salir de picos pardos. —Gary la miró con su mejor cara de súplica.

—Claro, ¿qué puede pasar?

El taxi los dejó delante del restaurante con quince minutos de antelación, por lo que tuvieron que esperar en el bar hasta que su mesa estuvo lista. Esparcidas por el local había suficientes celebridades para quitarle la presión a Parker, de modo que estaba muy ilusionada con probar este restaurante de tanto renombre.

—Bienvenida, señorita King, y gracias por venir esta noche. Si su acompañante y usted son tan amables de seguirme. —La encargada los llevó a una mesa situada casi en el centro del restaurante. Algunas personas saludaron a Parker con la cabeza, pero por lo demás la dejaron en paz para disfrutar de su velada.

Parker ocupó la silla que daba a la puerta y cogió la carta que le ofrecía el camarero. Al levantar la mirada vio a la misma mujer que había visto en el parque aquella primera mañana, sólo que ahora la mujer llevaba un traje ligero veraniego y tenía el pelo recogido en un moño por encima del cuello. La admiradora entró en el bar y se sentó en una de las banquetas como si esperara a alguien, a juzgar por cómo miraba el reloj.

—¿Cuántas probabilidades hay de ver a la misma persona dos veces en dos lugares distintos en una ciudad del tamaño de Nueva York? —preguntó Parker. Dejó la carta y alcanzó la carta de vinos mientras Gary se volvía para ver de quién estaba hablando—. El Opus Uno, por favor. —El camarero asintió y se fue para traer el vino que había elegido.

—¿De quién hablas? —Gary se volvió casi del todo en su silla para ver mejor a los clientes sentados a su alrededor. Cuando Parker estaba a punto de felicitarlo por sus soberbios modales en la mesa, un grupo de personas entró por la puerta. A dos de esas personas las reconoció de inmediato.

—Joder, ¿en qué demonios estaba pensando al preguntar qué podía pasar? Me tendría que haber quedado a terminar el capítulo que estaba leyendo.

—¿Qué? —Gary hizo otro rápido repaso visual y se fijó en una mujer rodeada por un séquito—. La leche —fue lo único que se le ocurrió comentar. Si tuviera esta suerte con la lotería, podría dejar la carrera de entrenador, pensó Gary, sin dejar de mirar hacia la entrada.

Emily estaba a un lado con su uniforme de piloto mirando mientras los empleados atendían a la estrella del pop Alicia y al grupo que había venido con ella. Vio a Bobbie en el bar y fue hasta ella. La alta rubia con la que estaba viviendo abrazó a Emily y la saludó con un beso.

—¿Qué tal el viaje desde el aeropuerto?

—No ha estado mal, esta noche no hay mucho tráfico. Parece que hay más gente aquí que en la calle. —Emily observó lo que ocurría en el restaurante entre los brazos de Bobbie. El cariñoso saludo no pasó desapercibido a los ojos azules de la mesa del centro y ésa fue la razón principal de que Parker no se diera cuenta de que Alicia la había visto sentada con Gary.

—Ah, pobrecita —dijo la rubia alta, dándole otro beso a Emily.

—Park, ojo, tía.

El camarero acababa de servir sus copas de vino después de que Parker le dijera que la botella estaba bien, por lo que Alicia tenía munición en abundancia. Parker apartó los ojos del segundo beso que se estaba produciendo en el bar y vio a la iracunda cantante de pie a su lado.

—Al menos podrías haber tenido el puto detalle de dejarme colgada tú misma, gilipollas, no hacerlo a través de tu lacayo.

Cuando se enjugó el Merlot de la cara, no pudo evitar pensar en lo bueno que estaba. Si la primera copa que le había tirado Alicia había hecho pensar eso a Parker, la copa de Gary no hizo sino confirmarlo. El director del restaurante fue lo único que impidió que la mujer desairada derramara el resto de la botella encima de Parker.

—¿Qué tal un poco de comida china para compañar a este buen vino? —Parker se secó la cara de nuevo e hizo la pregunta con toda la calma posible. Gary no pudo evitar echarse a reír al ver la camisa blanca de Parker pegada a su cuello.

—Me parece muy bien, Parker, vámonos. —Gary dejó dos billetes de cien dólares en la mesa y se levantaron para marcharse. El director quiso devolverle el dinero, pero insistieron en pagar. No era culpa del restaurante que Alicia se hubiera cobrado su libra de carne.

Emily casi tiró a Bobbie por las prisas de alcanzar a Parker antes de que se marcharan. La tenista no había mirado en su dirección, y Emily se quedó tan sorprendida al ver que Parker estaba con Gary y no con un ligue que por un momento se quedó inmóvil. Llevaba semanas convencida de que Parker había pasado a otra cosa y se había esforzado por aceptar que su pequeño tonteo veraniego sólo había sido eso. Una agradable velada que no iba a llegar a nada.

Una pareja se estaba apeando de un taxi cuando salieron, y Gary le sostuvo la puerta a Parker. Vio a la persona que salía corriendo de las sombras cuando se volvió para decirle a Parker que se diera prisa. La distancia que los separaba le impidió hacer nada salvo mirar impotente, pero Parker se volvió al ver su cara de pasmo.

Llevaba la cara cubierta por un pasamontañas azul de esquiar, pero el gran cuchillo de caza que llevaba en la mano era bien visible. Lo único que oyó antes de sentir el dolor fue:

—Muerte a los que pecan contra Dios.

Parker sujetó por la muñeca la mano del asaltante que sostenía el cuchillo y ésa fue la única razón que impidió que la espantosa hoja se clavara del todo, causando daños más graves. Desde donde estaba, Gary vio la mancha roja que se mezclaba con el morado del vino sobre la camisa y la chaqueta de Parker. Antes de que pudiera poner los pies en movimiento, el asaltante regresó corriendo al callejón y desapareció.

El corte la había alcanzado casi en medio del pecho, como si el tipo del cuchillo hubiera querido atravesarle el corazón, y era tan profundo que la sangre se colaba entre los dedos de la mano con la que Parker se apretaba el pecho. A Parker se le ocurrió pensar estúpidamente que no estaba anémica al ver lo oscura que era su sangre en contraste con el blanco de su camisa.

—Creo que tal vez lo que se impone es un poco de flan de tapioca del hospital, Gary. Y toma nota por mí para recordarme que nunca más vuelva a aceptar una invitación tuya a cenar. Eres como un imán ambulante para los desastres cuando se trata de mí y las mujeres —bromeó Parker.

Su voz sacó a Gary de su estupor y se puso en movimiento para ayudar a Parker a entrar en el taxi. Emily salió justo a tiempo de ver la mueca de dolor de Parker al entrar en el vehículo y la sangre que le cubría la mano, visible a la luz de la puerta del restaurante. La tenista y su entrenador no vieron a Emily, que se quedó paralizada en la entrada del restaurante.


—No es mortal, y ésa es la buena noticia. La mala noticia es que voy a tener que darle un mínimo de seis puntos para cerrar el corte. —El médico de urgencias había limpiado la herida y estaba anestesiando la zona antes de empezar a suturar mientras les ofrecía el diagnóstico. Todavía daba gracias a cualquier deidad que estuviera escuchando por haber estado de guardia cuando Gary entró con una pálida Parker.

—¿Afectará a mi juego? —preguntó Parker.

—Bueno, señorita King, yo no le recomendaría jugar, al menos hasta que le quitemos los puntos.

—Está de broma, ¿verdad? No llevo todo el verano pelándome el culo para quedarme viendo el Abierto de Estados Unidos en la habitación de mi hotel. —Parker estaba a punto de levantarse y salir en busca de otro hospital si las respuestas de este tipo no empezaban a cambiar.

—No, un tirón jugando al tenis y estas cositas que estoy a punto de ponerle se podrían saltar. Yo no le recomendaría jugar hasta que esté curada.

—Parker, ¿puedes hacer el favor de quedarte ahí echada hasta que este simpático doctor termine? Faltan dos semanas para el torneo, estaremos bien. —Gary estaba ocupado estudiando el tablón de anuncios de la sala, esforzándose por no mirar el pecho ensangrentado de Parker y la raja de mal aspecto que le marcaba el tórax en el lado izquierdo. Habían llamado a la policía, pero sin una descripción del atacante no sabían por dónde empezar.

—Estos puntos van a tardar más en poder ser eliminados —añadió el médico, tocando la zona con los dedos para ver si podía seguir adelante.

—Usted empiece a coser, a ver si acabamos de una vez. —Parker no se iba a poner a discutir sobre su capacidad para jugar con un tipo al que acababa de conocer y cuya titulación parecía recién adquirida.

—Me encantó cómo jugó en Wimbledon este año. —El médico de urgencias empezó a suturar cuando la anestesia local que había administrado hizo efecto. La última persona a la que se esperaba ver durante su turno era a Parker King.

—Doctor, no se lo tome a mal, ¿vale? Pero más coser y menos hablar. Le agradezco lo que ha dicho, pero me encantaría volver a mi habitación y echarme. Los fanáticos religiosos armados con grandes cuchillos tienen ese efecto en mí, así que haga el favor de disculparme si soy descortés. —Después de eso, Parker se quedó mirando mientras el joven médico le daba diez pulcros y pequeños puntos en el pecho. Cuando se abrochaba de nuevo la camisa manchada, ya había olvidado el ataque y estaba concentrada en cambio en la idea de que había vuelto a ver a Emily.

Qué pequeño es el mundo, verdaderamente, capitana. ¿Cuántas probabilidades había de compartir su carrera matutina con la mujer con la que ahora se acostaba Emily? Aquella mañana, Parker había aceptado los buenos deseos de la mujer con amabilidad y cortesía, pero sin dar pie a entablar una larga conversación. Ahora se preguntaba si lo que ahora sabía la habría llevado a actuar de otra forma, puesto que había notado la presencia de la alta rubia corriendo detrás de ella durante las casi dos horas que estuvo en el parque. ¿Le habrá dicho Emily que me conoce? Parker se imaginó que ahora se estarían partiendo de risa a su costa.

—¿Lista?

—¿Qué, perdona? —Parker terminó de vestirse y miró a Gary, que parecía preocupado.

—¿Estás lista?

—Sí, vámonos. Doctor, gracias por atenderme tan bien. Si necesita entradas dígaselo a Gary y él se ocupará de todo —dijo Parker, estrechándole la mano al hombre y firmando unos cuantos autógrafos para los enfermeros antes de marcharse.

A la mañana siguiente, Parker se despertó con un dolor lacerante en el pecho y alguien que daba golpes en la puerta de su habitación.

—Gary, tío, vamos a tener que hablar sobre este alojamiento —refunfuñó Parker por lo bajo al tiempo que se levantaba y abría las cortinas para poder localizar su albornoz. Con gesto impaciente, abrió la puerta, estirándose un poco los puntos—. ¿Qué?

—Zorra asquerosa. —Había más de un cliente en sus respectivas puertas para poder ver a Alicia chillándole a Parker, al haberse despertado con los golpes. La tenista sonrió y saludó agitando la mano a una joven que estaba plantada en su puerta vestida tan sólo con una camiseta y que sonreía a su vez.

—¿A qué debo el placer de tu visita esta mañana, corazón?

—Déjate de corazón, guarra, ¿cómo has podido? —Alicia estampó el periódico que había enrollado en el pecho de Parker y luego entró en la habitación—. Oh, Dios mío, lo siento, Park. —La pequeña cantante regresó para ayudar a Parker a entrar de nuevo en la habitación, puesto que estaba doblada por el dolor—. ¿Estás bien?

—Sí, pero si insistes en seguir pegándome esta mañana, me veré obligada a pedirte que te marches. —Parker se apoyó en su ex amante y se dirigió a las sillas que estaban junto a las ventanas. Podía comprender por qué la mujer estaba enfadada con ella, pero tras el incidente del vino de la noche anterior, Parker creía que la excitable artista se habría quitado el resquemor de encima.

—Vamos, Park, tú sabes que no lo decía en serio, pero esta mañana he visto esta basura y me ha sentado fatal. —El periodicucho que se había traído Alicia yacía olvidado junto a la puerta. Alicia fue a cogerlo y se lo entregó a Parker. Cuando lo desenrolló, Parker se sintió como si la hubieran golpeado por segunda vez en el día.

El titular rezaba: Una pelea de amantes acaba con una jugadora en el hospital y una cantante en la cárcel. La fotografia de debajo era de Parker y Gary al salir de urgencias la noche antes. El fotógrafo había conseguido un plano estupendo de su ropa manchada de vino y sangre cuando salían por la puerta de urgencias.

—Venga, corazón, la gente no se va a creer esta basura. —Parker sonrió y le ofreció la mano a Alicia. Soltó una leve risa cuando Alicia se cruzó de brazos y se puso a dar golpecitos en el suelo con el pie.

—Seré muchas cosas, Parker King, pero facilona no. —A pesar de lo que decía, Alicia se acercó a Parker, pero se mantuvo fuera de su alcance.

—No me pareces facilona, igual que no creo que seas una ex amante rabiosa que me ha apuñalado. —Parker volvió a ofrecerle la mano y esta vez Alicia aceptó la invitación. Se sentó encima de Parker, regodeándose de nuevo en la sensación maravillosa.

—Has herido mis sentimientos.

—Lo siento. Tienes razón, soy una zorra. Volvía a casa por el verano y pensé que no era así como querías pasar el tiempo, de modo que te planté. Soy una vagabunda del tenis a la que le quedan un par de años buenos si tengo suerte, mientras que a ti te esperan años y años en el candelero. Era mi forma de ayudarte.

Alicia soltó una carcajada por la pobre explicación y luego se levantó y abrió el albornoz de Parker. Se dejó caer de rodillas y depositó un beso tierno en la zona de piel hinchada sujeta con los puntos negros. Mientras sus manos acariciaban las largas piernas que tenía a ambos lados, Alicia preguntó:

—¿Sabes una cosa, Parker?

—¿Qué?

—Que sólo dices chorradas. —Alicia se echó hacia delante de nuevo y mordió un tentador pezón. Lo chupó y oyó gemir a Parker—. ¿Y sabes otra cosa?

Parker tardó un poco en hacer acopio de los trozos dispersos de su cerebro que daban forma al habla coherente antes de poder responder. Estaba segura de que todos los hombres y las lesbianas que habían visto a Alicia sobre el escenario darían el brazo derecho en estos momentos por poder estar en su lugar.

—¿Qué?

—Que eso es algo que me encanta de ti. —Alicia se levantó despacio y se quedó plantada ante Parker, que ahora estaba excitada—. ¿Te gusta lo que ves? —Parker asintió con la cabeza cuando Alicia levantó los brazos y se quedó esperando. Sospechaba que éste era el momento en el que la bella mujer despreciada solía decir "pues qué pena" y se marchaba. Alicia la sorprendió al quitarse el jersey ceñido que llevaba, seguido de los vaqueros. Con esos andares lentos y sexis que ponían frenéticos a sus fans cuando los lucía en un concierto, Alicia se trasladó a la cama y se tumbó—. Pues ven aquí y verás que tocarlo está mucho mejor.

Parker dudó. No había cosa que deseara más que hacer feliz a Alicia, pero sólo era sexo. ¿Quiero seguir persiguiendo relaciones que sé que no van a durar? Alicia le gustaba, pero el amor no entraba en ello. Alicia vio la incertidumbre que nublaba el rostro de Parker y la ayudó a decidirse.

—Sin ataduras, cariño, ni una sola. Llámalo sexo compasivo, puesto que estás herida.

—Es lo mínimo que puedes hacer, dado que me has apuñalado y esas cosas. —Parker lanzó el periódico a la cama, haciendo reír a Alicia. Cuando se levantó y dejó caer el albornoz, Alicia suspiró.

—Eres una zorra, pero vaya si no eres la más guapa que he visto en mi vida. —La humedad que tenía la cantante entre las piernas se duplicó al sentir la piel de Parker en contacto con la suya cuando la tenista se tumbó y la cubrió. Esta vez te va a costar más alejarte, Parker. Alicia no daba crédito a lo mucho que había echado en falta hacer esto con Parker.

Había pasado el verano recorriendo tristona toda Europa hasta que terminaron la gira. Esto era lo primero que había apuntado en su lista de cosas pendientes, y estaba saliendo a pedir de boca. Si conseguir que Parker volviera a su vida iba a ser tan fácil como conseguir que volviera a su cama, Alicia calculaba tener un anillo para Navidad. Fue lo último que se le pasó por la cabeza antes de que Parker hiciera buen uso de sus manos.


PARTE 5


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