Capítulo 2


—Aquí, chicos —dijo Nick. El alto griego estaba en la puerta con dos docenas de rosas en los brazos. Después de recibirlos a los dos con un beso y de coger sus bolsas, entregó una docena a Gary y otra a Parker—. Vamos, tengo el coche aparcado fuera y Terminator ha ido a recoger vuestras maletas.

—¿Ha venido Kimmie? —preguntó Parker. No veía a sus hermanas desde hacía seis meses, porque sus programas no habían coincidido. Mientras que Parker dominaba el mundo del tenis femenino, sus hermanas, Kimmie y Gray, hacían lo mismo en voleibol playa.

—Sí, Gray y ella van a estar hoy aquí. Mañana por la mañana se van a un torneo en Palm Beach, así que esta noche te van a hacer la cena y van a ocupar tus habitaciones de invitados. —Nick los guió hacia la salida, sabiendo que las hermanas King y él habían superado con creces el tiempo que podían estar aparcados fuera, aunque por otro lado, a Gray no la llamaban Víbora sin motivo. Una sola mirada suya había enviado al joven guardia de seguridad de vuelta a su garita durante la hora que llevaban esperando.

—Recuerda, ejercicio primero, reunión familiar después —dijo Gary, sabiendo que el recordatorio era innecesario, pero lo dijo de todas formas.

—Sí, amo, lo recuerdo.

En el Suburban aparcado fuera estaban dos mujeres que eran prácticamente iguales que la tenista salvo por el pelo. Kimmie y Gray llevaban el pelo corto por cuestiones de comodidad al jugar, pero todas ellas tenían la misma constitución fuerte. Todas se llevaban dos años de diferencia y Parker era la pequeña de la familia, mientras que Gray era la mayor. Para todas ellas, el deporte había sido una forma de escapar de unos padres excesivamente conservadores que querían unas damas recatadas como hijas que les permitieran lucir un montón de nietos. En cambio, habían tenido a tres de las lesbianas más famosas del mundo del deporte, lo cual había bastado para que sus padres las repudiaran. Gracias a la cuidadosa gestión de Nick, ninguna de las tres tenía ya problemas económicos, sólo el dolor causado por el rechazo de sus padres.

—¿Estamos viendo a la campeona de Wimbledon? —preguntó Gray, saliendo del asiento del conductor. La sorpresa para Parker les iba a costar dos días de entrenamiento, pero merecía la pena por ver la sonrisa de su hermana pequeña. A las dos mayores les había dado muchísima pena no estar presentes en ninguno de los partidos que había jugado Parker, pero tenían la esperanza de poder estar en las gradas en septiembre para todo el Abierto. La familia se puso al día de lo que estaba ocurriendo en su vida desde la última vez que se habían visto y encargaron a Gary que apuntara unas fechas en las que Parker podía ir a ver jugar a sus hermanas.

Dentro del aeropuerto, Emily llegó a la salida justo a tiempo de ver que Parker se metía en el coche y éste se alejaba. Como siempre, Gail llegaba tarde, y Emily esperó dentro con el aire acondicionado, porque no quería enfrentarse al calor hasta tener puesto un traje de baño.

Emily acabó esperando cuarenta minutos, apoyada en la pared de cristal de la entrada, hasta que por fin vio a Gail fuera, saliendo de un coche alquilado. Por su forma de caminar, Emily supo dónde había estado desde que había llegado. Cuando la corredora de bolsa entró y se inclinó para darle un beso, su aliento a whisky sólo fue la confirmación. La rubia se puso al volante mientras Gail cargaba el equipaje, y se preguntó si la abolladura del guardabarros delantero ya estaba allí cuando Gail recogió el coche. El fuerte portazo en el lado del pasajero hizo que Emily mirara a la mujer con la que había pasado tres años, que cerró los ojos y se quedó dormida en lugar de hablar. Si no hubiera sido tan triste, a Emily le habría hecho gracia que las dos llevaran casi un mes sin verse y no tuvieran nada de que hablar. Emily arrancó con el coche hacia la casa que habían alquilado.


Las tres hermanas hicieron el circuito completo de la sala de entrenamiento mientras las dos mayores se metían con Parker por lo de Alicia. Las dos torturadoras estuvieron citando cada titular de la prensa sensacionalista hasta que Parker se puso la ropa de correr y se lanzó por la playa. Esta extensión de paraíso era lo que más echaba de menos cuando la agotadora gira de torneos la obligaba a ausentarse durante meses enteros. La limpia arena blanca y las aguas verde azuladas eran como una capa de calma en su vertiginosa vida. Al volver aquí, Parker estaba convencida de que podría apartarse del tenis y no echar en falta ni al público ni la actividad.

La casa de Parker estaba construida en una gran parcela de tierra en primera línea de playa en Press Cove. Al otro lado de la casa de Nick y Gary sólo había un par de casas más en lo que eran kilómetros de playa. Después, no había nada más hasta llegar a la extensión más habitada donde empezaba Clearwater. A Parker no le importaba compartir el terreno cercano a ella, puesto que sus otros vecinos sólo venían durante los fines de semana en otoño para disfrutar de las temperaturas aún cálidas, pero más frescas.

Dejando a sus hermanas en la cocina, Parker se acercó a la orilla y se estiró. Con el recorrido que hacía habitualmente bajaba ocho kilómetros por la playa y luego daba la vuelta y regresaba. Su dedicación a la carretera, como lo llamaba Gary, le mantenía las piernas descansadas durante los partidos más duros. Las mujeres del otro lado de la red acababan maldiciendo en el segundo set al ver que Parker empleaba la misma velocidad para correr detrás de la pelota que en el primer set.

En verano los acompañantes habituales de Parker eran las gaviotas que pasaban volando y los andarríos que corrían por delante de ella para huir de las olas. Era una de las razones por las que corría sin los típicos cascos de música que usaba la mayoría de la gente. El ruido de las olas y de sus pies al golpear la arena eran el estilo de meditación de Parker. El disfrute con lo que la rodeaba y la alegría de estar en casa estuvieron a punto de hacerla tropezar con la pareja enzarzada en un apasionado beso sobre una manta roja en la arena.

Parker vio que la más alta tenía la mano bien metida en las bragas del bikini de su compañera y que la rubia que estaba encima de ella parecía gozar de sus atenciones. Posando la mirada de nuevo en el agua, Parker siguió corriendo sin decir nada, pues no quería incomodar a las dos amantes más de lo que ya lo había hecho. Es decir, si es que se han dado cuenta, pensó mientras la velocidad que llevaba la alejaba lo suficiente para no oír la pelea que había provocado sin querer.

—Maldita sea, Gail, cuando te digo que pares, te agradecería que lo hicieras sin más. Te he dicho que venía alguien y tenía razón. No me hace gracia dar el espectáculo —dijo Emily con tono acalorado. Se había apartado de Gail en cuanto oyó que los pasos se perdían en el ruido de las olas. Cualquier satisfacción que pudiera haber sentido por volver a ver a Gail después de tres semanas se desvaneció como la espuma que cubría la arena cerca del agua.

—Qué curioso, Em, hace tres años te habría dado igual dónde estuviéramos o quién estuviera mirando, pero ahora todo parece ser un problema. Siento que un cuarto oscuro con las cortinas echadas no me parezca el único lugar adecuado para demostrarte que te quiero. Dios, llevo casi un mes sin verte y ya estás con estas chorradas. Que disfrutes de la puesta de sol, yo me voy al pueblo a hacer la compra para nuestra estancia —dijo Gail. Estos pequeños estallidos y regañinas de Emily empezaban a hartarla y, para evitar otra pelea, Gail se levantó y echó a andar.

—No me echabas tanto de menos como para olvidarte de pasar por el bar del aeropuerto para tomarte unas copas antes de ir a recoger el coche. Espero que tengas seguro porque no creo que te hayan dado uno con el guardabarros abollado.

Gail dejó de caminar, pero no se volvió.

—La botella me está resultando una amante más apasionada y cariñosa que tú, Emily, y tus sermones no me van a hacer cambiar de opinión. Piénsalo mientras hago la compra, antes de que me vaya de verdad —amenazó Gail.

—¿Quieres decir que Sophia no te resultó suficientemente apasionada?

—He sido una idiota al creer que ese corazón que tienes podría perdonarme, Emily.

—Ya, bueno, ya sabes lo que dicen sobre los hábitos adquiridos.

Gail apretó el puño, pero siguió negándose a volverse. No era propio de Emily sacar a relucir errores del pasado, o al menos el único que conocía Emily.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada, vete.

Emily se quedó sentada en la manta con los ojos cerrados durante más de una hora y luego se levantó y se metió en el mar. La piloto estaba harta de trabajar y volver a casa sólo para pelearse constantemente con Gail, y la idea de hacer lo mismo durante sus vacaciones le daba ganas de recoger sus cosas y pedir una nueva tanda de vuelos. Para Emily empezaba a estar claro que debía plantearse cómo terminar la relación, en lugar de dedicar un minuto más a intentar arreglarla, pero aquí estaban, de modo que lo volvería a intentar.

Hacía ya mucho tiempo que tendría que haber aprendido la lección de que no podía impedir que Gail bebiera, pero Emily se sentía culpable de marcharse. Gail nunca la había maltratado, simplemente sabía cuánto alcohol podía ingerir sin perder facultades en la bolsa al día siguiente. Emily sacudió la cabeza e intentó no pensar en sus problemas. Seguirían esperándola cuando volvieran a casa, ahora era el momento de disfrutar de la casa y del sol, aunque tuviera que hacerlo sola.

Cuando ya había leído buena parte del segundo capítulo de su novela, Emily levantó la mirada para ver a quién pertenecían los pasos que oía. Estaba segura de que fuera quien fuese el corredor, se trataba de la misma persona que las había interrumpido antes. La mujer pasó corriendo ante ella ajena por completo a su presencia y Emily se quedó sin aliento por la pésima suerte que estaba teniendo ese día.

Ahí, en toda su gloria sudorosa, estaba Parker King. Vestida tan sólo con unos pantalones cortos de atletismo y un sujetador deportivo, Parker le dio la oportunidad a Emily de quedarse mirando sin sentirse culpable ni temerosa de que la pillara. Parker era como una de esas obras de arte que se encontraban en los museos. Se le veían los músculos marcados en todas las partes que llevaba al descubierto, fruto de su sesión de levantamiento de pesas y de la carrera, y luego Emily pasó a la cara de Parker. Aquí, en esta zona casi inviolada, Parker parecía feliz como si fuese libre.

La joven, que había ido perdiendo velocidad hasta ponerse al paso tras cruzar ante ella, no se parecía en nada a esa persona sarcástica que había intercambiado pullas con ella durante el vuelo. Después de terminar el segundo capítulo del libro que había comprado obligando a Gail a parar antes de seguir hacia Tampa, Emily pensó que tal vez había juzgado mal a Parker. Alguien que leyera Matar a un ruiseñor no podía estar tan mal, ¿verdad?

La idea de anunciar su presencia murió en labios de Emily cuando Parker se desnudó y se metió de un salto en las olas delante de la casa que estaba al lado de la que habían alquilado Gail y ella. Emily no se había fijado en la casa de la playa cuando llegaron. La pista de tenis construida sobre pilones encima del agua le habría dado una buena pista de quién era la dueña si se hubiera molestado en mirar.

Así que aquí es donde vive la Romeo del circuito, pensó Emily. Sus divagaciones mentales se vieron confirmadas al instante cuando otras dos mujeres desnudas salieron corriendo de la casa para unirse a Parker en el agua. Sí, es una cerda aficionada a los libros clásicos. Emily regresó a la casa, llevándose sólo el libro y su bolsa y dejando el resto para que se ocupara Gail. Emily tenía la sensación de que estar aquí durante una semana sólo iba a dejar más de manifiesto lo fastidiada que estaba su vida. ¿Cómo sería pasar por la vida sin preocuparse por las consecuencias?, se preguntó Emily, echando un último vistazo a las tres mujeres que jugaban con las olas.

A la mañana siguiente, Gail se fue a la playa con su propio libro mientras Emily salía por la puerta de entrada con las llaves del coche. La noche anterior, cuando Gail volvió seis horas después de haberse marchado, Emily se había duchado y ya estaba durmiendo, sin darles la oportunidad de seguir hablando de lo que les estaba ocurriendo. Esa mañana las cosas fueron más fáciles, pues la piloto informó a Gail de que se iba al pueblo sola. Emily había estado en esa zona en una ocasión anterior y le había gustado pasear por el centro de Press Cove. Con suerte, encontraría unos regalos para su madre y su hermana, cuyos cumpleaños caían a finales de verano.

Emily se relajó en el café antes de lanzarse a hacer compras, intentando olvidar la creciente tirantez que había entre Gail y ella. Estaba empezando a enfadarse por esas largas noches en las que no sabía dónde estaba Gail, pero no estaba preparada para dar el paso final. La idea de que Gail la estuviera engañando no era el problema, pero si encontraba solaz en el fondo de un vaso de alcohol, ¿cuánto tardaría eso en llevarla otra vez a los brazos de otra persona? Emily pensaba que si llegaban a romper, su madre se lo tomaría muy mal. Su madre siempre había pensado que Gail introducía un elemento de calma en la vida de su hija, pero Emily nunca había contado toda la verdad a su familia, pues no quería preocuparlos. Y en realidad quería más de lo que estaba obteniendo. ¿No debería haber pasión, y no sólo para las discusiones? Emily se quedó sentada con los ojos cerrados, repasando mentalmente una letanía de preguntas sobre cómo arreglar su vida, y en ese momento una voz conocida la interrumpió y le hizo torcer el gesto.

—Siento haber tardado tanto, señora, pero todavía me estoy recuperando de un aterrizaje algo brusco que tuve ayer en Miami.

Cuando Emily abrió los ojos, ahí estaba la tenista, con una bandeja donde estaba el capuchino que había pedido. El calor que le inundó las orejas era una mezcla de rubor y rabia por lo que había dicho Parker. El mal tiempo y el viento racheado habían hecho que el aterrizaje distara de ser perfecto y no estaba dispuesta a aguantarle chorradas a nadie.

—Lo siento, capitana, lo decía en broma. Parecía tan perdida aquí sentada que se me ha ocurrido venir a animarla.

—¿Por qué me molesta durante mis vacaciones, señorita King? —preguntó Emily. Ah, no, no me voy a colar por una bonita sonrisa y un bonito culo. Emily, se acuesta con dos mujeres al mismo tiempo, tuvo que recordarse Emily cuando los hoyuelos que lucía Parker le dieron ganas de sonreír a su vez. Emily siguió echándose un sermón mental como método para levantar sus defensas. Hoy son azules como el cielo, intervino la otra voz que tenía en la cabeza cuando Parker se inclinó para poner la taza en la mesa y Emily le vio bien los ojos.

—Volvía del aeropuerto, capitana, y me encanta el chocolate caliente que dan aquí. Discúlpeme por molestarla, no volverá a ocurrir. Espero que disfrute de su estancia. —La sonrisa desapareció de la cara de Parker al tiempo que pensaba, Dios, esta mujer es una arpía. Parker se volvió para regresar al mostrador y esperar a que la sirvieran y entonces oyó el tono más amable de Emily.

—¿Es que le gusta pasar el rato en los aeropuertos? ¿O es que es ahí donde practica los comentarios sarcásticos para los empleados de las líneas aéreas? —La pregunta era el intento por parte de Emily, en contra de su buen juicio, de evitar que Parker se fuera después de haberle respondido de malos modos.

—No, ése es su trabajo, creo yo, y no soy sarcástica. Es que he llevado a mis hermanas, que tenían que coger un vuelo esta mañana. Vinieron ayer a visitarme por sorpresa y hoy tenían que presentarse en su propio torneo —contestó Parker. Un adolescente con acné se acercó, le dio a Parker una gran taza humeante y volvió detrás del mostrador.

—¿Es que hay más de una como usted? —Puso cara de asco cuando el chico regresó con un gran bollo de canela para acompañar el chocolate caliente de Parker. Jo, eso es lo que come y mantiene ese aspecto. Emily miró a Parker, que estaba sujetando el bollo y la taza, y cayó en la cuenta de que la tenista estaba esperando a que la invitara a sentarse—. Perdone, ¿quiere sentarse conmigo? —Emily señaló la silla vacía que tenía delante, deseosa de repente de la compañía de Parker.

—Gracias, y sí, somos tres, pero Gray y Kimmie no se parecen nada a mí. Para empezar, las dos son más altas, y además les va la arena. —Parker dio un gran bocado al pegajoso bollo que había pedido y se lo ofreció a Emily para que lo probara. La rubia dijo que no con la cabeza, pues sabía que tenía el metabolismo de una babosa perezosa.

—¿La arena? —Ahora lamentaba no haber aceptado probar el bollo que le había ofrecido Parker, al ver que los ojos azules se ponían en blanco, expresando lo bueno que estaba.

—Juegan al voleibol, voleibol playa. Forman un equipo de dobles capaz de hacer que te comas el balón si no estás atenta —explicó Parker. Emily observó a Parker mientras ésta seguía comiéndose el bollo, deteniéndose de vez en cuando para lamerse el chocolote de los dedos. Dios, qué pinta tan buena. Al cerebro de Emily le costaba distinguir con ese comentario entre el bollo y los largos dedos que lo sujetaban.

—Igual que su hermana cuando sirve a más de ciento sesenta kilómetros por hora —dijo Emily sin pensar. En cuanto lo dijo, Emily quiso darse de tortas. Lo único que le faltaba a Parker era recibir comentarios elogiosos por su parte. La sonrisa adornada con un ligero bigote de chocolate advirtió a Emily de su error.

—Vaya, capitana, no sabía que le importara —bromeó Parker, y la agitación y el sonrojo de Emily le dieron ganas de reír, pero se contuvo.

—Vi parte de su partido en la sala del aeropuerto porque no ponían otra cosa. Su talento en la pista de tenis me impresionó, señorita King, pero luego la conocí en persona y me llamó bonita y ordenó que le hiciera un café y un sándwich —dijo Emily. En esta mesa hay igualdad de oportunidades para ponerse nerviosas, grandullona, pensó Emily al ver que Parker también se ponía un poco incómoda.

—Era chocolate, yo no bebo café.

—Un puro detalle semántico, señorita King. Yo no sirvo ninguna de las dos cosas.

—Ah, permítame que disienta. Sí que lo hace, capitana. —Emily estrechó los ojos, y Parker decidió que había llegado el momento de cambiar de tema y dejar el de las bebidas antes de que la conversación la depositara en otra mesa—. No le he llegado a preguntar dónde se aloja.

—En Villa Pelícano.

La pregunta era la campana que daba por terminado el asalto, y ahora se retiraron a sus correspondientes rincones. Sí, la casa que está justo al lado de la tuya, oh nadadora desnuda, aunque ahora ya sé quiénes eran las otras dos mujeres. ¿Es posible que te haya juzgado mal, Parker?

—Hombre, si somos vecinas —dijo Parker, irguiéndose y sonriendo. Todavía no había caído en la cuenta de que la rubia del bikini era Emily—. ¿Qué le parece si la invito a cenar para compensarla? O mejor aún, ¿qué tal si cocino para usted?

Vale, salimos de las bebidas para entrar en el flirteo. ¿Acaba de pedirme que salga con ella? Dios, esta chica se mueve tan deprisa que me pregunto si detiene el coche cuando viene a recogerte. Vamos a parar esto un poco.

—He venido con alguien, ¿ella también está invitada?

Si Emily era sincera consigo misma, el encuentro en la cafetería había pasado al flirteo en cuanto Parker se sentó, y ya era hora de frenar un poco. Emily había venido para arreglar su relación con Gail, no para hacer piececitos con Parker King.

La sonrisa fotogénica que tenía delante vaciló un poco, pero no desapareció del todo.

—Claro, vengan esta tarde en cualquier momento a partir de las seis. Tengo entrenamiento y gimnasio hasta las cinco y media más o menos. Nos vemos entonces. —Parker se levantó y se marchó sin esperar una respuesta, y Emily se quedó mirándola mientras se metía en un Land Cruiser algo anticuado y se alejaba.

—Bueno, va a ser interesante —murmuró Emily por lo bajo. Se comió el último trozo de bollo de canela que Parker había dejado en la mesa para ella antes de irse. Ahora Emily tenía dos cosas sobre las que sentirse culpable.

Ir de compras ya no la atraía tanto después de su extraña aventura en el café, por lo que Emily regresó a la casa de la playa después de que Parker se marchara, llevándose consigo toda la vida del centro del pueblo. En el fresco interior de la casa no se oía nada, por lo que Emily supuso que Gail estaba en la playa. Al mirar por las ventanas de atrás, vio que el sol creaba destellos en las ligeras olas y que la parte superior de las matas se mecía suavemente con la leve brisa. Desnudándose mientras cruzaba la casa hasta el dormitorio para ponerse el traje de baño, Emily se sintió aliviada de no tener que hacer frente a otra pelea con Gail.

Emily depositó su bolsa encima de la manta, que seguía en el mismo sitio donde había estado el día anterior, y corrió a meterse en el mar. El agua le resultó muy fría al principio, de modo que se lanzó de cabeza, hundiéndose en la emoción de la falta de responsabilidades. Cuando salió a la superficie oyó una especie de chasquidos.

En la pista de la casa de al lado que parecía flotar encima del agua, Parker y otra mujer parecían empeñadas en matarse mutuamente con una pelota de tenis. Parker llevaba una camiseta y pantalones cortos holgados, pero ni siquiera eso conseguía disimular la potencia descarnada que blandía la raqueta como si fuese una espada. Fuera quien fuese su adversaria, estaba manteniendo el tipo en el transcurso de una jugada de volea tan abrasadora como el inclemente sol. Emily oía de vez en cuando la voz de un hombre que gritaba correcciones. De repente se alegró mucho de que Parker todavía diera la impresión de divertirse con lo que en esencia no era más que un juego. Eso parecía acorde con el espíritu libre de la joven.

—Natasha, envíalas más hacia la derecha, por favor, Boris tiene que trabajarla más ahora porque la pelota bota de otra forma en el Abierto. Park, presta atención y alarga los golpes. Ya sabemos todos que eres una chicarrona capaz de golpear con fuerza, ahora vamos a trabajar los toques sutiles, cariño —dijo Gary. La posición de saque se giró un poco y el alto hombre tuvo que agacharse para esquivar el cañonazo que le había disparado Parker—. Qué graciosa, Parker, pero qué graciosa.

Emily se descubrió riendo al ver el lado travieso de Parker. La piloto sólo tenía veintiocho años, pero hacía tiempo que había perdido esa faceta infantil. Era estimulante ver que alguien hacía tonterías con tanto placer incluso cuando no había nadie mirando. Uno de los globos lanzados por Parker pasó por encima de la valla y cayó al agua, y Emily pensó que ésa era la desventaja de la situación de la pista y también que Parker se debía de estar cansando para cometer tal error. Aquello se vio desmentido cuando Parker ordenó:

—Abby, ve.

La bola de pelo que se lanzó al agua era la mayor mezcla perruna que había visto Emily en su vida. No era más que una gran mancha negra que cayó al agua y nadó hasta la pelota amarilla que estaba flotando. Se reunió con Parker en la playa, depositó la pelota a sus pies y se sacudió el agua del pelo.

—Mira que eres petardo.

Emily oyó la voz grave de Parker quejándose por la ducha repentina. Tan concentrada estaba en su vecina, que Emily no oyó a Gail, que se acercó nadando hasta ella, y pegó un ligero respingo cuando dos brazos le rodearon la cintura.

—Hola, cariño, te echaba de menos. —Echó a un lado el pelo de Emily y la besó en el cuello, y Emily se quedó rígida un momento por el gesto. Emily se obligó a relajarse y dio unas palmaditas en las manos de Gail que le cubrían el abdomen. Gail le dio la vuelta y cuando estaba a punto de besar a Emily, los ladridos desde la orilla les dieron un susto que las obligó a separarse. El chucho negro bailaba alternando las patas con la pelota mojada plantada delante de él. Emily se echó a reír al pensar que si Parker hubiera sido un perro, habría sido así. Sólo quería jugar y su dueña había vuelto a la casa.

—Vamos, Abby, es hora de irse, chico —oyeron la voz de Parker desde detrás de las dunas. Abercrombie se quedó sentado un segundo y las saludó agitando la pata, luego empujó la pelota al agua con el morro como regalo, se volvió y corrió hasta casa.

—¿Has comprado algo?

La expresión de Gail le comunicó a Emily lo que le apetecía, y pensó, Pues así sí que vamos a hablar mucho de lo que pasó ayer.

—No, decidí volver para darme un baño después de encontrarme con nuestra vecina. Nos ha invitado a cenar esta noche. Espero que no te importe, pero he aceptado. —Con un pequeño esfuerzo, se soltó de los brazos de Gail, se dirigió hacia la orilla y por capricho cogió la pelota que había dejado Abby.

—Claro, lo que tú quieras. ¿Qué tal una siesta? —propuso Gail. Ya eran las cuatro, les quedaban unas cuantas horas.

—Muy bien.

Una hora después, Gail estaba tumbada a su lado, saciada, pero frustrada al mismo tiempo. Emily la había tocado y le había hecho el amor, pero no había querido recibir nada a cambio por parte de ella. Eso ocurría cada vez con más frecuencia, y Gail no sabía cómo solucionarlo. ¿Acaso Emily sólo quería ser conquistada?

—Vamos a tener que hablar de esto tarde o temprano, sabes —le dijo Gail, sin apartar el brazo que se había echado por encima de los ojos. Emily se levantó de la cama y se fue a la ducha, acompañada por el suspiro que oyó detrás al cerrar la puerta.

—No puedo hablar de algo para lo que no tengo respuestas —le dijo a su reflejo en el espejo del cuarto de baño.

Gail y Emily echaron a andar en silencio por la orilla hacia las seis para ir a casa de Parker. Las dos contemplaban las ondas del agua, que en realidad no se podían considerar olas, como si tuvieran la respuesta de lo que no funcionaba entre ellas. Gail se fijó en la pelota que había dejado el perro y que Emily llevaba en la mano, la mano más próxima a ella, por lo que no podía cogérsela.

—Como vayas a la arena, te tiro a la parrilla. —En la voz no había el menor tono humorístico y Emily y Gail se pararon en seco—. En serio, Abby, tardo una hora en secarte todo ese pelo que tienes con el secador —terminó Parker. Emily lo vio plantado al borde de la terraza, mirándole la mano, y aceleró el paso para que el chucho no se metiera en un lío.

—Hola —llamó Emily. Al saludo de Emily le respondieron los fuertes ladridos de Abby, dando la alarma en un radio de quince kilómetros por la llegada de las mujeres.

—Hola, suban. No se preocupen, Abby es i-n-o-f-e-n-s-i-v-o —dijo Parker. Gail enarcó una ceja al oírla deletrear y pensó que la velada iba a ser muy larga.

—Vamos, Emily, es evidente que es inofensivo.

En cuanto Gail dijo eso, Abby sufrió una transformación. Como a un gato, se le erizó el pelo y enseñó los dientes gruñendo.

—Abercrombie Princeton King, abajo —gritó Parker. El grito hizo que el perro volviera la cabeza de golpe y que se sentara al instante. Miró a Parker, esperando al parecer para ver si se la iba a cargar de verdad—. No lo ha dicho en serio, chico, todo el mundo sabe que el auténtico King Kong eres tú —le dijo Parker al perro con tono mimoso. La cola empezó a agitarse de nuevo y una vez más intentó engatusar a las dos mujeres que estaban en la arena para que se reunieran con ellos.

—¿Qué demonios ha pasado? —quiso saber Gail. Si la mujer tenía un perro salvaje, no debería invitar a la gente sin encerrarlo primero.

—Lo siento, es que a Abby no le hace ninguna gracia que la gente diga que es como ha dicho usted. Supongo que hace que se sienta como un alfeñique. Pide perdón, chico —ordenó Parker. Abby se acercó primero a Emily e inclinó la cabeza ofreciéndole una pata, que ella aceptó, devolviéndole la pelota. El perro hizo lo mismo con Gail, pero le clavó una mirada a la mujer con unos ojos sorprendentemente parecidos a los de su ama.

—Hola, me alegro de que hayan venido y espero que tengan hambre. —Detrás de Parker había una parrilla inmensa en la que ardían troncos de nogal para convertirlos en carbón, y a su lado estaban preparados unos grandes filetes de salmón. Todo tenía un aspecto organizado y al alcance de la mano para una cocinera experimentada como Emily. Era una de sus aficiones, que no lograba practicar muy a menudo.

—¿Usted cocina, señorita King? —Fue entonces cuando la piloto se preguntó si Parker sabía cómo se llamaba. No habían llegado a tutearse en todos sus anteriores encuentros.

—Por favor, capitana, llámeme Parker. —Le ofreció a Gail una gran mano bronceada y se presentó a la acompañante de Emily—. Bienvenida a mi casa, soy Parker King, y ya conoce a Abercrombie.

—Gracias por la invitación. Yo soy Gail Ingles, y veo que ya conoce a Emily. Y me parece que con usted sobran presentaciones, Parker, enhorabuena por su reciente triunfo.

Parker asintió aceptando el saludo, señaló unos asientos, ahora que habían terminado con las formalidades, y se trasladó al bar que había al aire libre.

—¿Les puedo ofrecer algo de beber?

—Vino blanco y whisky, si tiene —contestó Gail por las dos. Parker vio la mirada que le echó Emily a su compañera por hacer eso y esperó a ver si la rubia contestaba por su cuenta.

—En realidad, me apetece un chocolate caliente.

—¿Con o sin esponjas? —preguntó Parker.

—Qué diablos, con.

—¿Chocolate caliente? ¿Estás loca? Estamos a cien grados. —Las advertencias de Gail cesaron cuando Parker destapó el termo del bar y sirvió dos tazas de chocolate caliente, luego echó un puñado de esponjas en las dos y por fin sirvió un whisky—. ¿Cómo ha sabido que no soy yo la que bebe vino? —Los ojos marrones se entrecerraron casi lascivos cuando Parker les sirvió las bebidas correctamente sin tener que preguntar.

—Pura intuición, señorita Ingles.

—Gail, por favor. —Aceptó la bebida y vio que Emily rodeaba con las manos la taza que le había dado Parker como si hiciera frío fuera. ¿Dónde demonios había conocido Emily a la tenista número uno del mundo y por qué parecían tan cómodas la una con la otra?

—Bueno, ¿qué tal si se entretienen solas mientras yo cocino el pescado? Si se lo piden amablemente, Abby estará encantado de mostrarles todos los trucos que sabe, empiecen por pedirle que se haga el muerto y continúen a partir de ahí. —Parker había pensado en acercarse a la otra casa para cancelar la cena cuando salió a correr, porque Gary había adelantado un día la sesión fotográfica, pero a pesar de la compañera, quería ver a Emily otra vez antes de que terminaran sus vacaciones y volvieran a casa.

—Abby, hazte el muerto —dijo Parker para que arrancaran. Parker se sacó una pistola imaginaria del bolsillo y le disparó. El cómico peludo le echaba más cuento que con el típico truco de caerse y quedarse inmóvil que hacía la mayoría de los perros. Se llevó una pata a la cabeza, aulló como si Parker hubiera apretado de verdad el gatillo, luego se tambaleó un poco y cayó a los pies de Emily, gimiendo unas cuantas veces más antes de morir. Mientras Emily se reía con las payasadas del perrazo, Gail se levantó y se sirvió otra copa, llenándose el vaso más de lo que lo había hecho Parker. Ésta era la Emily que había conocido Gail una noche al salir con sus amigas. Gail la había perdido, pero al parecer Parker la había encontrado y había animado a Emily a salir de la concha en la que se había metido.

—Abby, baila —le indicó Parker de nuevo. Gail no apartaba los ojos de Parker, mientras que Parker no apartaba los ojos de Emily, quien a su vez no apartaba los ojos de Abby. Dejando que el perro se marcara un baile sobre las patas traseras, Parker le pidió a Gail que vigilara los filetes un momento mientras ella corría dentro. Emily alabó a Abby por su esfuerzo y se quedó mirando a Parker cuando ésta entró en la cocina, donde estuvo un momento. La alta morena regresó con un cuenco de espárragos marinados para la parrilla y una sonrisa para Emily.

Eso sí que sería divertido, tener a alguien con quien cocinar, pensó Emily mientras observaba a la joven trabajando en la parrilla. A Gail no le gustaba hacer nada en la cocina, mientras que a Emily le encantaba pasar el día probando nuevas recetas cuando tenía tiempo. ¿Por qué demonios estoy pensando en esta persona de esta forma? La llamada a la mesa por parte de Parker no le dio tiempo a Emily de plantearse la respuesta a la pregunta mental.

Durante la cena, Parker bebió agua, lo mismo que Emily, dejando que Gail se terminara la botella de vino blanco que estaba en la cubitera encima de la mesa. La corredora de bolsa rechazó un café o un chocolate caliente y volvió a la botella de whisky con la que había empezado al llegar. Se habían quedado sin conversación cortés veinte minutos antes, y tanto Emily como Parker notaban el creciente mal humor de Gail.

—Tal vez deberíamos irnos. —Emily no tenía ganas de marcharse y enfrentarse a Gail, pero no encontraba una excusa para quedarse.

—¿Os puedo acompañar a casa? —preguntó Parker, al ver los ojos vidriosos de Gail. Si tropezaba en las dunas durante el trayecto, Parker no creía que Emily pudiera sola con ella.

—Creo que tenemos un puto cerebro capaz de encontrar la casa de al lado, Parker, así que déjalo. —Gail no sabía de qué había ido esta cena, pero Emily y ella tenían que hablar de algunas cosas cuando se libraran de la estrella del tenis y su maldito perro de circo.

—Lo siento si te he ofendido, Gail, es que me parecía que podrías necesitar ayuda para volver. —Éste no era el momento de demostrarle a la mujer borracha sentada ante ella que era capaz de reventar de un golpe algo más que una pelota de tenis—. Si me disculpáis, mañana tengo que madrugar, pero os agradezco que hayáis venido a cenar esta noche.

Gail se levantó de la mesa y tropezó, cayendo sobre ella y rompiendo de paso todos los platos. Abby volvió a mostrarle los dientes sin gruñir y Emily dio la impresión de estar a punto de ayudar al perro con su propio gruñido.

—Tranquila, capitana, Rosa lo recogerá por la mañana, no te preocupes. —Parker detuvo a la rubia antes de que ésta recogiera nada. Gail ya se había vuelto y se alejaba de la terraza sin esperar a Emily—. Podemos decir que la cena ha sido un éxito estrepitoso.

—Lo siento, Parker. Buenas noches —fue lo único que se le ocurrió decir a Emily, y luego también ella se adentró en la oscuridad. Casi a medio camino entre las dos casas, Emily vio a Gail, que la estaba esperando. La rabia que había estallado en la terraza de Parker pocos minutos antes sólo había empeorado, según advirtió Emily, de modo que se acercó despacio—. Gracias por avergonzarme de esa forma.

—¿Quieres decirme cuándo te has hecho tan amiguita de Parker King? ¿O es que te la has tirado para ver de qué iba todo el jaleo? —Gail agarró a Emily del brazo y apretó, como si intentara obligarla a contestar.

—Pues a lo mejor. Al menos ella está sobria a las diez de la mañana. —Por primera vez desde que estaban juntas, Gail cerró el puño y lo echó hacia atrás. Emily se la quedó mirando como desafiándola a llevar a cabo la amenaza—. Suéltame. —Estaba temblando por dentro, pero la voz de Emily sonaba tranquila y clara.

—Yo decido cuándo te suelto, no lo olvides —dijo Gail, apretándole más el brazo a Emily—. No te preocupes, que no te voy a pegar. No es posible que te hayas tirado a nadie, Emily, porque las dos sabemos que eres demasiado fría para eso. Debería decirle a tu tripulación lo apropiado que es ese apodo de reina de hielo.

—He dicho que me sueltes —dijo Emily, esta vez con más fuerza. Empujó a Gail y la tiró de espaldas en la arena. Al soltarse, Emily se echó a temblar y se le llenaron los ojos de lágrimas. Se volvió y corrió hacia la casa, dejando a Gail tirada en la arena. El hecho de que no mirara atrás ni una sola vez debería haberle indicado en qué punto estaba con la que había sido su amante durante tres años, pero a Emily le daba igual. Gail se había pasado de la raya esa noche y era posible que ya no hubiera marcha atrás.


PARTE 3


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