Capítulo 7


Desi se dio la vuelta, descubrió el otro lado de la cama vacío y torció el gesto al ver que Harry se había levantado sin despertarla después de la noche que habían compartido. Advirtió que fuera todavía estaba oscuro, y cuando estaba a punto de llamar a su amante, notó que la cama se movía al volver Harry.

—¿Dónde has ido? —preguntó Desi.

—Tenía que hacer pis, cielo, siento haberte despertado, vuelve a dormirte.

Desi se movió hasta tumbarse encima de Harry, encantada con la sensación de la piel de la mujer alta bajo la suya. Después de la llamada telefónica que habían recibido horas antes, le costaba volver a dormirse, sabiendo que Byron estaba dispuesto a hacer todo aquello para recuperarla. Para intentar distraerse de lo que había hecho, Desi se puso a pensar en lo que quería hacer con el resto de su vida si se iba a quedar con Harry. No le apetecía quedarse en casa esperando a que Harry volviera del trabajo, y tenía la esperanza de que su compañera no se riera de lo que se le había ocurrido. Era un arte que había aprendido de niña, y después de echar una ojeada a las tiendas de la calle Magazine, sabía que tenía mercado. A lo largo de lo que se conocía como la milla milagrosa de tiendas de antigüedades de Nueva Orleáns había cerámica de diseño. Los dueños de las tiendas le habían dicho que siempre andaban buscando nuevos artistas, porque lo que había en sus escaparates no se quedaba allí mucho tiempo, fuera cual fuese el precio. Respirando hondo, decidió abordar el tema con Harry.

—Cariño, ¿estás dormida? —preguntó Desi en voz baja.

—No, sólo estoy gozando de tenerte abrazada. ¿Quieres hablar de algo, cielo? —contestó Harry mientras movía las manos por la espalda desnuda de Desi.

—Ya he decidido lo que quiero hacer. —No ha sido tan difícil. Recuerda, Desirée, que ésta no es Byron, pensó la mujer menuda.

—Vaya, pues eso está muy bien. Está muy bien, ¿no, cielo? —preguntó Harry, esperando a oír qué tenía que decir Desi.

—Quiero ser ceramista.

—¿Ceramista? —preguntó Harry, levantando un poco la cabeza para intentar mirar a Desi a los ojos.

—Sí, ya sabes, ceramista, la persona que hace cerámica. ¿Te parece estúpido? —preguntó Desi.

—No, para nada. Tony será tu mejor cliente en cuanto empieces. Me alegro por ti, cielo, pero no te olvides de mí cuando te hagas famosa y la gente empiece a coleccionar tu obra. Lo pensaremos bien para ver cuál es la mejor manera de que empieces —prometió Harry. Colocó a Desi boca arriba y se pasó un rato besándola despacio. Luego se pusieron a hablar de cómo podía Desi emprender su nueva carrera, que Harry pensaba que podría desarrollar en casa.


Al otro lado de la ciudad, el sol empezó a iluminar el contenedor de basura donde estaban metidos dos mojados y cansados hermanos, mientras la policía continuaba buscándolos. La noche anterior, cuando subían por el callejón que daba a la casa de sus padres, vieron la gran cantidad de coches de policía aparcados por toda la manzana con los agentes esperando dentro. Aparcaron el coche y se alejaron a pie, optando por el lugar donde estaban escondidos ahora porque dentro sólo había cajas de cartón, hasta que pensaran en lo que iban a hacer.

—Despierta, Mike, tenemos que ponernos en marcha y buscar un modo de entrar en la casa sin que la pasma nos vea —dijo Byron. Intentaba estirar la espalda después de lo poco que había conseguido dormir en una postura tan incómoda.

—Estamos jodidos, Byron. Ya te dije que era una estupidez —se quejó Mike.

—¿Y quién ha sido el gilipollas que se ha equivocado de casa? Cierra el pico o te lo cierro yo —contestó Byron.

—Hermano, no olvides que yo no soy Desi. Como intentes pegarme, te van a tener que recoger del suelo con espátula —le dijo Mike, al tiempo que se levantaba y saltaba por el costado del contenedor.

Cuando volvían por donde habían venido la noche antes, Mike fue el primero en fijarse en el grupo de agentes de policía uniformados que rodeaba su coche. Esto eliminaba cualquier posibilidad que pudieran tener de entrar en la casa donde se encontraba su coartada.

—De puta madre, me quedo sin coche y encima no vamos a poder pasar con tanta poli —dijo Mike, escondiéndose detrás de unos grandes arbustos del jardín de alguien.

—Tranquilo, decimos que anoche estuvimos por ahí con unos amigos. Tampoco es que me esté saltando la condicional ni nada. No tengo que ir a juicio hasta final de mes, según mi abogado, así que nos esconderemos un tiempo para dejar que las cosas se enfríen. Venga, vamos a llamar a papá, a ver si nos pasa algo de dinero y nos presta un coche —dijo Byron. Estaba seguro de que la gente a la que habían asaltado la noche antes no tenía ni idea de quiénes eran. La única razón por la que los polis estaban mirando el coche de su hermano era porque el viejo había tenido suerte con un par de letras de la matrícula. No habían dejado ninguna prueba de su identidad, de modo que aquí el único misterio que había era dónde estaba Desi de verdad.

Hacia las diez de la mañana, los dos hermanos se dirigían a Florida en un coche prestado con quinientos dólares que les había dado su padre. Se alojarían en uno de los hoteles más baratos de Pensacola durante un par de días y luego volverían para responder a las preguntas que la policía todavía pudiera tener para ellos. Byron se alegraba de que, al contrario que a las mujeres, a él no le entrara el pánico en ninguna clase de situación, lo cual le permitía idear soluciones razonables para cualquier problema. Acordaron no llamar para decirle a su padre dónde estaban, sólo que iban a pasar un par de días fuera, por si la policía interrogaba al matrimonio. Lo único que Byron padre le diría a la policía era que los chicos se habían ido un par de días antes, con lo cual era imposible que fueran los dos que buscaba la policía.


A las diez y media de esa mañana, el escribano de Jude informó a Bradley Blum de que debía presentarse ante el tribunal esa tarde. Debía aparecer con su cliente para que el juez dictaminara sobre todas las mociones que el abogado había presentado al tribunal. La orden llegó después de que la policía informara al juez de que no había manera de encontrar a los hermanos Simoneaux. Después de montar vigilancia toda la noche anterior y esa mañana, lo único que habían conseguido encontrar era el coche que habían usado. Todavía algo ofendido por el secuestro de su esposa, Jude sabía que esos dos no iban a reaparecer sin la motivación adecuada. No tardarían en descubrir que el incentivo sería declarar a Byron fugitivo de la justicia.


—A ver si lo entiendo bien. ¿Tu padrino es el juez Jude Rose? —preguntó Serena. El escribano había hecho dos llamadas esa mañana, una a Bradley y la otra a Serena. Informó a la ayudante de la oficina del fiscal del distrito de que el juez estaba preparado para emitir un dictamen sobre las mociones y que la vista se fijaría para la mañana siguiente. Colgó el teléfono y fue en coche a casa de Harry antes de que ésta se fuera a trabajar para averiguar qué había sucedido para acelerar de tal manera el juicio.

—Sí, no es algo que vaya proclamando por ahí, pero el tío Jude y mis padres son viejos amigos. No será un problema, ¿verdad? No es él quien se va a ocupar del caso, ¿no? —preguntó Harry. Tenía la mañana libre, tras haber hecho un esfuerzo hercúleo para cambiar todo su programa, pues así podría estar con Desi cuando Serena avisó de que venía.

—No, Harry, tiene pensado pasárselo a otro de los jueces, sin duda con instrucciones sobre cómo debe desarrollarse. No quiere poner en un compromiso la seguridad de Desi dejando que este tipo quede libre por un tecnicismo. Después de lo que hizo Byron anoche, el juez Rose va a ser el menor de sus problemas. Victoria Rose es socia de uno de los bufetes más despiadados de la ciudad en materia de pleitos civiles, así que a Byron más le vale no tener muchos bienes. Sólo quería venir para contaros lo que va a pasar. Esta tarde, según he visto en mi bola de cristal, todas las mociones presentadas por Bradley serán rechazadas y no valdrán ni el papel en el que están escritas. Mañana por la mañana, bien tempranito, iremos a juicio por la denuncia interpuesta por Desi contra este cabrito y cuando dicho cabrito no se presente, sus problemas empezarán a multiplicarse. A menos que su padre esté mintiendo y de verdad sepa dónde está y consiga traerlo, oficialmente Byron Simoneaux se habrá fugado estando bajo fianza. Para su padre, que le pagó la fianza a cuenta de sus propiedades, esto querrá decir que va a tener a uno de los recaudadores de fianzas de la ciudad metido hasta en la sopa hasta que Byron reaparezca. ¿Qué lección deberíamos aprender todos de esto, preguntaréis? Que nunca, jamás en la vida, se debe cabrear a uno de los jueces más poderosos de esta ciudad. Al contrario que todas esas brujas y sacerdotes de vudú por los que es famosa Nueva Orleáns, el juez Rose sí que puede convertir tu vida en un infierno con un mero gesto y un golpe de martillo.

Serena sonrió a las dos mujeres sentadas frente a ella y bebió otro sorbo de café. Algo había cambiado desde la última vez que había estado aquí y no se iba a marchar hasta que supiera qué era. Las pistas estaban en lo cerca que estaban sentadas la una de la otra y en que Desi no conseguía dejar de tocar a Harry y viceversa. La sonrisa de Serena flaqueó apenas al sentir el dolor de saber que Harry nunca la miraría a ella de esa forma, pero más que nada se sentía contenta por su amiga. Lo único que esperaba era que Desi fuese consciente de la suerte que tenía. Para Serena, desde el día en que conoció a la guapa y alta doctora, Harry era la encarnación de todo lo que deseaba en una pareja.

—¿Entonces mañana habrá acabado todo? —preguntó Desi.

—No, en realidad no, en cierto modo mañana empezaremos de nuevo, pero para Byron será el principio del fin. Después de la hábil jugada de aquí nuestra amiga al aparcar delante de la casa del juez, no veo posibilidad alguna de que Byron se libre de una larga estancia en la cárcel. Puede que no sea justo y, como funcionaria de justicia, si repetís lo que acabo de decir, lo negaré, pero ésa es la realidad de la situación. Por otro lado, tú no pediste que te diera una paliza brutal con un bate de béisbol, pero te la dio, y merece ser castigado por ello. El que decidiera aumentar ese castigo al sacar a Victoria Rose desnuda de su cama en medio de la noche no es más que lo que se denomina una adehala. Ya sabéis, un complemento extra. Por lo que tengo entendido, si le pidiera a Jude que se quedara haciendo el pino durante un juicio entero, él lo haría, de lo loco que está por ella, pero eso tampoco me lo habéis oído decir. Bueno, señoras, que disfrutéis del desayuno. Os llamo esta tarde con los detalles. —Serena les dio un beso a las dos y luego siguió a Mona hasta la puerta. La criada le dio una palmadita compasiva en la espalda mientras acompañaba a la abogada al coche.

—Ya no queda mucho, cielo, y entonces te librarás de esa gente para siempre —dijo Harry, inclinándose y besando a Desi. Como aún le quedaban unas horas de libertad, Harry decidió intentar distraer a la mujer menuda de lo que iba a pasar.

—Sí, supongo. Harry, quiero pedirte disculpas por arrastrarte a todo esto. Tú no tendrías que sufrir por mis errores del pasado y créeme, cariño, Byron fue un grandísimo error. Espero que Dios haya perdonado a Clyde por empujarme a ese matrimonio, porque te aseguro que yo voy a tardar en hacerlo. ¿Pero sabes una cosa, cariño? A pesar de todo lo que he sufrido, volvería a pasar por ello sin dudarlo si al final del camino tú estuvieras ahí esperándome. Te quiero. —Desi se pegó bien a Harry y la besó a su vez.

—Se acabaron los caminos largos y tortuosos para ti, mi amor. Venga, coge tus muletas y ven conmigo. Acabo de caer en la cuenta de que llevas más de dos meses viviendo aquí y todavía no has visto toda la propiedad. Y como vas a ser la señora de la casa, me parece que lo justo es que des tu aprobación a dicha casa. Si no, la vendemos y buscamos una que te convenza. —Harry se levantó de la mesa e hizo una profunda reverencia. Quería enseñarle a Desi una parte de la propiedad desde que la pelirroja le había dicho lo que quería hacer con su vida. Caminando despacio para adaptarse al ritmo de Desi, Harry le enseñó las partes del jardín que estaban cobrando vida con el principio de la primavera, o lo que se consideraba primavera en la húmeda y calurosa ciudad.

Mientras proseguían su tranquilo paseo, Desi se dio cuenta de que la propiedad ocupaba una manzana entera de la avenida a la que daba. Además de la gran casa y los jardines, la propiedad tenía una piscina con una cocina al aire libre y vestuarios, y un gran jacuzzi. Harry las llevó en dirección opuesta a la piscina, hacia el lugar donde se alzaba una casita. Ahora a Harry le hacía gracia que la mujer del matrimonio al que le había comprado la casa fuera pintora. El lugar donde llevaba a Desi era el estudio que su marido le había construido como regalo de aniversario tras la venta de algunos de sus cuadros. La mujer le había dado a Harry una de sus obras como regalo de bienvenida cuando la doctora se quedó admirándolo. A Harry la atrajo cuando salió a mirar el estudio mientras se planteaba comprar la casa, porque la alegre acuarela le traía muchísimos recuerdos. La hizo enmarcar y la dejó en el estudio y en realidad no había vuelto a mirarla hasta ahora.

Cuando Desi atravesó el umbral, fue lo primero que le llamó la atención. El cuadro con el viejo marco de ciprés que había encargado Harry era una vista de la fachada delantera de una casa de Nueva Orleáns y su pequeño jardín. Podría haber sido cualquier casa, puesto que había muchísimas con ese aspecto, pero en ésta había un gran columpio que colgaba al final del porche delantero. Si se cambiaban las azaleas que había pintado la artista delante de la barandilla por azucenas amarillas, podría haber sido la casa donde creció Desi. Supo inmediatamente por qué Harry había dejado este cuadro aquí fuera y no en la casa donde en realidad debía estar. Al verlo todos los días, le habría resultado imposible olvidar lo que estuvieron a punto de conseguir tantos años atrás y luego perdieron.

—La señora que se pasaba tantos días aquí fuera creando cosas como ésa me dijo que esta parte del jardín era el hogar de una musa especial que era su amiga y la acompañaba en la creación de toda su obra. Tenía la esperanza de que yo encontrara a alguien que hiciera feliz a este espíritu especial y le hiciera compañía. El único motivo por el que dejaba a la musa era porque a causa de la edad, la artritis ya no le permitía sostener los pinceles el tiempo suficiente para terminar nada. Éste es mi regalo para ti, Desi. Aquí puedes trabajar y crear aquello con lo que la musa de Francine decida ayudarte. Hay que arreglarlo un poco, pero resulta que conozco a un buen decorador que te ayudará a convertirlo en un espacio propio para ti. Espero que aquí seas tan feliz como lo fue Francine y durante muchos años también.

Harry se acercó a Desi y secó las gruesas lágrimas que le caían por la cara. Por una vez, la doctora compartió una buena llorera con ella y se quedaron abrazadas en la soleada habitación que daba al jardín. Daba gusto ser feliz.


PARTE 8


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