Capítulo 6


—Ya está, Desi. Seguro que esto le resulta mucho más cómodo y le permitirá moverse mejor. Si espera un momento, voy a buscarle unas muletas a juego con esa bonita escayola que le han puesto hoy —dijo Beth, una de las enfermeras de la consulta privada de Harry. Habían pasado dos meses desde el accidente y la incisión se había curado bastante bien, por lo que Harry había reducido el tamaño de la escayola de quita y pon que tenía que llevar Desi, dándole a la joven libertad por primera vez desde lo que parecía una vida. Harry había estado muy pendiente de Desi, para asegurarse de que no corría riesgos innecesarios que retrasaran su convalecencia. Desi lo agradecía ahora, puesto que el informe que le habían dado hoy decía que el hueso de la pierna estaba curado casi del todo. Unas pocas semanas más y su amorosa doctora le dejaría apoyar el peso en ella.

—Gracias, Beth. ¿Está Harry por aquí? —preguntó Desi.

—Sí, señora, está rellenando sus papeles en su despacho. La he enviado a hacer algo para que no nos empujara a mí y al resto del personal a la bebida con tanto estar encima.

—Si me consigue esas muletas, podré entrar a darle una sorpresa —dijo Desi.

—Eso, querida, me parece una sorpresa maravillosa. Las chicas y yo queremos darle las gracias —dijo Beth.

—¿Por qué? —preguntó Desi.

—Bueno, no es que la doctora Harry no fuera agradable antes, pero estar enamorada la ha relajado un montón. Y créame, le hacía mucha falta relajarse.

Desi se sonrojó por el cumplido y sintió que se le llenaba el pecho de un calor agradable.

La vida era tan bella que Desi detestaba tener que estar esperando siempre malas noticias que la pillaran desprevenida. No sabía nada de Byron desde que lo habían soltado y tampoco se lo había vuelto a ver a él ni a su familia por el barrio. Jerry Castle, el abogado que le había conseguido Harry, había llamado para decir que el divorcio iba bien y que Byron no había presentado una contrademanda, pero que le estaba costando que el otro abogado le devolviera las llamadas. Aunque Jerry quería solicitar una pensión de manutención, pues sabía que Desi tenía derecho a ella, Harry y ella habían dicho que no. Tras una larga charla una noche cuando estaban en la cama, Harry había explicado que ella ganaba más que suficiente para mantenerlas a todas. Lo que quería era que Desi se tomara su tiempo para decidir lo que quería hacer, sin ningún tipo de atadura con Byron o su familia. Desi tuvo que reconocer que así todo iría más deprisa y destruiría los argumentos de Byron en la vista, según los cuales Desi no era más que una mujer rencorosa que quería sacarle una pensión muy elevada.

Lo único que echaba en falta era la intimidad que quería compartir con Harry. A causa de su lesión, Harry había echado el freno a su vida amorosa, pero después de algunas de sus sesiones de toqueteos a altas horas de la noche, Desi estaba a punto de explotar. Con el informe sobre su buen estado de salud y la libertad recién adquirida, se disponía a seducir a la buena de la doctora lo antes posible.

—Hola, doctora, ¿puedo pasar? —preguntó Desi. Harry levantó la mirada de los historiales que estaba escribiendo y sonrió a su visitante. Sabía que Desi aprovecharía de inmediato la oportunidad de poder caminar, aunque fuese con ayuda de muletas. Ella también tenía una sorpresa esperándola en casa, una promesa que Mona le había asegurado que estaría lista antes de que volvieran.

—Hola, tú, ya veo que Beth se ha ocupado bien de ti —dijo Harry, arrellanándose en la silla.

—Sí, tienes una gente encantadora trabajando para ti, cielo. Dame unas semanas y te exigiré una noche de juerga en la ciudad. Una cenita, un poco de baile y tú, ésa sería mi idea del cielo —dijo Desi.

—Necesitas algo más de un par de semanas para poder ir a bailar, Desi, pero te prometo que en cuanto puedas, llenaré tu tarjeta de baile. Para compensarte, ¿qué tal si te saco a cenar esta noche? —preguntó Harry.

—¿En el sentido de que me vas a sacar como si fuese una cita? —preguntó Desi.

—En el sentido de que es una cita. No salgo mucho con nadie y puede que me falte un poco de práctica, así que si puedes soportar mi compañía, sería un honor para mí salir con usted esta noche, señorita Desirée.

—El placer es mío —replicó Desi.

Apoyó las muletas en la mesa de Harry y se sentó en el regazo de la alta mujer. Desi seguía durmiendo cuando Harry se marchó por la mañana, y cuanto más tiempo pasaban juntas, más la echaba de menos cuando se iba a trabajar. Para rellenar su propio día, Desi había estado ayudando a Tony a terminar las pocas habitaciones que quedaban en la casa. Harry le había dado instrucciones a su temperamental decorador para que si Desi deseaba rehacer las habitaciones que ya estaban terminadas, él hiciera todo lo que quisiera la mujer menuda. Inclinándose para besar a Harry, Desi pasó los dedos por el espeso pelo rizado, haciendo que Harry se relajara al instante. A lo mejor Beth tenía razón: Harry estaba más contenta desde que habían vuelto a estar juntas.

—¿Algún sitio concreto donde te gustaría ir? —preguntó Harry, echándose hacia atrás para mirar a Desi.

—Me da igual, mientras esté contigo, cielo, eso es lo único que me importa. Ya sé que no es el mejor momento para hablar de esto, pero hoy ha llamado Jerry —dijo Desi.

Harry seguió olisqueando el cuello de Desi. Había obligado a Serena a repasar todas las leyes de divorcio del estado de Luisiana para ver si había alguna forma de acelerar el proceso. La única buena noticia que consiguió era que la ley había cambiado el tiempo de separación de un año y un día a seis meses. De modo que quedaban cuatro meses y entonces Desi se libraría por fin del cabrón que le había caído en suerte.

—¿Qué quería? —preguntó Harry.

—Dijo que el abogado de Byron nunca quiere devolverle las llamadas para tratar del asunto porque Byron no responde a ninguna de sus llamadas. No para de decirle a su abogado que estamos resolviendo la situación y que no va a haber divorcio. Me estoy empezando a preocupar, Harry. ¿Y si decide ir a por ti y te hace daño? Creo que no podría soportar la idea de que sufrieras —dijo Desi. Era cierto que no sabía nada del que pronto sería su ex marido, pero eso no quería decir que Byron se hubiera olvidado de ella.

—Créeme, tesoro, no vas a volver a ver a Byron y su clan. La próxima vez que le pongas la vista encima será en el juicio o en el proceso de divorcio. Me cabrea que todo esto lleve tanto tiempo, pero Serena me dice que su abogado ha presentado todas las mociones que se le han ocurrido para evitar que la cosa llegue a los tribunales. Le he prometido que si se libra después de lo que te hizo, le voy a dar una lección con un bate de béisbol que tardará mucho en olvidar. Sólo quiero que me prometas que tendrás cuidado hasta que todo esto se resuelva. No vayas a ninguna parte sin ese guardia de seguridad que he contratado y no dejes de estar atenta a lo que te rodea —dijo Harry.

—Te lo prometo. ¿Te puedes ir ya o tienes más pacientes? —preguntó Desi.

—Pues tengo un solo paciente más para hoy y después voy a llevar a cenar a mi chica preferida. ¿Quieres venir a conocerlo? Es uno de los jugadores de los Saints. La temporada pasada tuvieron mala suerte, con varios tobillos rotos, y eso echó a perder sus posibilidades en las eliminatorias, pero siempre tendremos las esperanzas puestas en nuestros chicos de negro y oro. —Harry ayudó a Desi a ponerse de pie y luego se levantó para unirse a ella.

—Qué divertido. ¿Estás segura de que no le molestará que yo esté ahí contigo? —preguntó Desi.

—A menos que le dé vergüenza enseñar el pie, no lo creo —replicó Harry.

Entraron en una de las salas de reconocimiento, donde uno de los hombres más grandes que había visto Desi en su vida estaba sentado en la mesa de exploraciones. Era emocionante conocer a uno de los jugadores que veía a menudo por televisión, pero la emoción fue aún mayor cuando Harry presentó a Desi como su novia.

Tras asegurarle a Desi que no tenían que volver a casa para cambiarse para la cena, Harry tomó la dirección de uno de sus restaurantes preferidos. Antes de llegar, le dijo a Desi:

—Te gusta la comida china, ¿verdad? —preguntó muy seria.

—Sí, es una de mis comidas preferidas.

—Bien, detestaría tener que poner fin a esta relación antes de que despegara. Te quiero, pero no pienso a renuncia a la comida china por ti —explicó Harry. Eso hizo reír a Desi mientras Harry se metía en el aparcamiento del restaurante Five Happiness.

La dueña, una atractiva oriental, salió de detrás del mostrador y abrazó a Harry en cuanto la vio. Desi se preguntó si había una sola mujer en la ciudad que no se sintiera a gusto entre los brazos de Harry. Al ver la ceja enarcada de Desi, Harry se la presentó a la mujer y a su marido, que seguía detrás del mostrador. Antes incluso de estar sentadas a su mesa, Desi vio un muestrario de entrantes esperándolas. Era evidente que éste era uno de los restaurantes preferidos de Harry y que lo visitaba con frecuencia.

Después de tragarse el trozo de rollito de primavera que tenía en la boca, Desi decidió iniciar la conversación que quería tener con Harry y que había estado retrasando. Desi no quería dar nada por supuesto con respecto al futuro, pero tenía miedo de las respuestas que podía obtener a las preguntas que quería hacer.

—¿Harry? —empezó Desi.

—¿Qué, no te gusta la comida? —preguntó Harry.

—No, me encanta la comida, es que quiero hablar contigo.

—Soy toda oídos, tesoro, así que dispara.

—Harry, ¿cuándo quieres que nos marchemos Rachel y yo? No quiero abusar de tu acogida, pero necesito algo de tiempo para encontrar un sitio nuevo donde vivir y una forma de pagarlo. Ahora que he recuperado cierta movilidad, puedo empezar a buscar trabajo. Puede que también tarde un poco con eso, porque el único trabajo que he tenido en mi vida ha sido de cajera en un supermercado, pero tuve que dejarlo porque Byron pensaba que su mujer no debía trabajar. —Desi se calló mientras pensaba en la puerta que acababa de abrir. Harry había sido muy sincera hasta ahora y en este momento no esperaba otra cosa de su amiga.

—Ni tú ni Rachel os vais a ir. Bueno, Rachel es libre de marcharse cuando encuentre a alguien especial con quien quiera vivir, pero tú te quedas conmigo. Entretanto, si quieres buscar trabajo porque te aburres en casa y quieres hacer algo estimulante, adelante. Sólo te pido que esperes a tener la pierna totalmente curada, sobre todo si es algo que te exige moverte.

—Pero, Harry, no puedo quedarme contigo y vivir a tu costa. Eso no está bien y no te puedo pedir que lo hagas por mi hermana y por mí.

—Dios, qué terca eres, Desirée, en eso no has cambiado nada desde que nos conocemos. Tú no me lo has pedido, yo te lo he ofrecido y sin condiciones. Quiero vivir contigo y sé que tu hermana está incluida en el trato. Para eso he comprado una casa grande. ¿Es que no quieres vivir conmigo? —preguntó Harry. Desi vio que Harry se pasaba los dedos por el pelo y supo que estaba nerviosa ante la posibilidad de que se fueran a marchar.

—Sí que quiero, pero también quiero contribuir. Tú te ocupaste de nosotras cuando éramos pequeñas y no deberías cargar siempre con eso, cielo.

—¿Pero qué dices, Desi? Rachel y tú hacéis mucho por mí. En el colegio estabais siempre allí para animarme cuando jugaba a lo que fuera y tú me cuidabas todo el tiempo. Mi madre siempre se reía cuando adquiriste la costumbre española de servirme un plato de lo que fuera que estuviéramos cenando. Te cerciorabas de que me cuidaba y me querías. Eso ha sido pago más que suficiente para mí y ahora no sería distinto. Te quiero, Desi. Quiero que seas feliz y descubras todas las cosas de la vida que te hacen sentirte así. Apóyate en mí ahora que lo necesitas y eso te hará fuerte para que en el futuro yo pueda hacer lo mismo. Considéralo un préstamo, no de dinero, sino emocional. Tengo pensado exigir la devolución durante el resto de mi vida si me aceptas. La vida ya ha sido bastante cruel con nosotras, cariño, no nos la pongas más dura intentando separarnos de nuevo. A menos que mi compañía te resulte horrible, quiero que te quedes. Además, Mona jamás me lo perdonaría si te fueras. Buscaría una forma de echarme la culpa de todo y sé que tú no quieres que ocurra eso. —Harry alargó la mano y cogió la de Desi, intentando transmitirle la veracidad de lo que estaba diciendo.

—Tienes razón, por supuesto, no me quiero ir, pero no quiero que pienses que me estoy aprovechando de ti. ¿Has dicho en serio que puedo buscar un trabajo? —preguntó Desi.

Harry se dio cuenta de que Desi iba a tardar un tiempo en considerarse una persona útil. Verse como alguien que tenía algo que ofrecer al mundo que la rodeaba era algo que evidentemente ese hijo de puta le había arrebatado. Por mucho que tardara, eso sería lo que Harry intentaría devolverle a esta joven tan vital.

—Cielo, eso depende de ti. Que vivas conmigo no quiere decir que seas de mi propiedad. Si de verdad quieres trabajar, sal y busca trabajo. ¿Qué quieres hacer? —preguntó Harry.

—No lo sé, no tengo experiencia con nada —dijo Desi con tono abatido. Aparte de terminar el instituto, no había tenido ningún otro tipo de formación ni había continuado con su educación.

—¿Por qué no te planteas volver a clase? Tendrías que repasar un poco las cosas básicas, pero podrías hacerlo si de verdad quieres. Así puedo jactarme por toda la ciudad de que salgo con una universitaria. Aunque ni siquiera tiene que ser la universidad, si no es eso lo que te interesa. Podrías trabajar con Rachel, por ejemplo. Tú piénsalo, no tienes que decidirlo en este preciso instante, pero sí que tienes que decidir ahora mismo lo que quieres comer porque me muero de hambre —dijo Harry. Cuanto más hablaban más crecía la sonrisa de Desi. Eso animó incluso a Harry, al saber que la Desi que recordaba seguía enterrada bajo los malos tratos a los que la había sometido Byron.

El trayecto de vuelta a casa le recordó a Desi los viejos tiempos del coche de dos plazas de Harry. Con la nueva escayola que tenía en la pierna, Desi podía ir sentada delante con Harry, y aprovecharon las circunstancias para cogerse de la mano. Habían hecho planes para volar a Florida el fin de semana siguiente para visitar a los padres de Harry y a su hermano, Raúl, que era médico en Fort Lauderdale. El hecho de que Raúl viviera tan cerca de sus padres hacía feliz a María, porque así podía ver todo el tiempo a sus tres nietos. Desi estaba preocupada por el viaje, pero Harry le había asegurado que su familia no sentía el menor rencor hacia ella.

Después de sujetar la puerta para que Desi entrara en la casa, Harry fue a las escaleras y el nuevo equipamiento que le había encargado a Mona instalar esa tarde. Era una silla motorizada que llevaría a Desi a la planta de arriba sin tener que subir por las escaleras con las muletas.

—Estás en todo, ¿verdad, cielo? ¿Es que estás harta de subirme en brazos? —preguntó Desi.

—No, ésa es una de mis partes preferidas del día, pero cuando yo no esté, puedes usar esto. Te prometo que dentro de un mes como máximo estarás caminando como antes y si no, te devuelvo el dinero, te lo garantizo.

Dejando las muletas de Desi apoyadas en el pasamanos de la escalera, Harry la cogió en brazos y emprendió la subida hasta el dormitorio de las dos. Eso era lo que había llegado a ser en el último mes, con los cambios que habían hecho Tony y Desi. Tony le explicó a la doctora que como Desi vivía allí ahora, técnicamente era el dormitorio de Desi, por lo que tenía derecho a redecorarlo. Las paredes azules y la colcha azul de la cama habían desaparecido, sustituidas por paredes de color crema claro y una colcha de seda a juego. Habían añadido una cómoda antigua para Desi y, con ayuda de Mona, habían reorganizado el armario para dar cabida a la nueva ocupante de la habitación. Harry se había tomado todos los cambios con naturalidad, pues le daba igual lo que hicieran, con tal de que Desi estuviera contenta con el resultado. Esa mañana, cuando iba por el pasillo, Harry se dio cuenta de que su habitación no era la única que se había vuelto a decorar. La de Rachel tenía ahora un nuevo aspecto que encajaba mejor con la chica, y a Harry le dio la impresión de que la hermana pequeña de Desi tenía planeado quedarse mucho tiempo.

—Siéntate un momento mientras yo bajo a buscar tus muletas. ¿Necesitas algo mientras estoy abajo? —preguntó Harry.

—Sí, ¿qué tal si traes una botella de vino y dos copas? Podríamos relajarnos un poco y digerir la cena antes de acostarnos —contestó Desi.

—Una sugerencia excelente, cielo. Ahora mismo vuelvo.

Harry salió de la habitación y bajó las escaleras para entrar en la cocina, donde se encontró a Rachel comiéndose un sándwich.

—¿Una noche dura, renacuajo? —preguntó Harry.

—No, la noche tiene buena pinta, es que he tenido un día horrible. Si tengo que mirar un solo mechón de pelo más, me voy a poner a chillar. ¿Tú qué haces aquí? —preguntó Rachel.

—Vengo a coger vino para tu hermana y para mí, así que disfruta de tu velada. Nos vamos a retirar por esta noche, así que a menos que te caigas en la bañera y te rompas la pierna, no quiero saber nada de ti hasta mañana por la mañana. Buenas noches —bromeó Harry mientras sacaba una de las botellas de los estantes de la bodega.

—Buenas noches, Harry, y buena suerte —dijo Rachel, riéndose de la espalda en retirada.

Al entrar de nuevo en el dormitorio, Harry estuvo a punto de dejar caer la botella cuando vio a Desi sentada en la cama. Era evidente que en su última expedición de compras Desi y Tony habían ido a otros sitios aparte de la tienda de pintura y telas, a juzgar por el camisón que llevaba puesto. La seda azul marino ceñía todas las curvas de Desi en los puntos adecuados y los finos tirantes que lo sujetaban suplicaban que los bajaran. Aunque Harry llevaba años esperando a entrar en una habitación y encontrarse a Desi de esta manera, le pareció que tenía los pies pegados al suelo y que se le había paralizado el cerebro. Allí plantada, abriendo y cerrando la boca como una trucha fuera del agua, Harry intentaba frenéticamente obligar a su cuerpo a cooperar con la parte de su cerebro que le chillaba que corriera a la cama.

Desi estaba ahí sentada, risueña al ver la reacción que estaba obteniendo. Estaba bastante segura de que la mirada que le dirigía Harry era de deseo y no de asco. Tony había tenido que convencer a Desi para que se comprara la prenda de noche, pero ahora se alegraba de que su amigo se hubiera empeñado tanto.

—Ven a ver, cielo —dijo Desi desde la cama. Harry sólo pudo asentir con la cabeza y seguir mirando. Si sus ojos volvían a recorrer el cuerpo de Desi una vez más, le iba a entrar vértigo y se iba a caer al suelo. Sacudiendo rápidamente la cabeza, Harry logró avanzar hasta que sus rodillas chocaron con el colchón. Desi no dejó de mirarla a los ojos al tiempo que le quitaba la botella y las copas a Harry de las manos—. ¿Te sientas aquí conmigo un momento? —preguntó Desi. Harry sonreía y asentía ahora como una idiota, y a Desi le entraron ganas de estallar en carcajadas—. Creo que ya hemos esperado suficiente para hacer lo que de verdad queremos, ¿no crees, Harry? Esas noches que pasábamos en el columpio de mi porche delantero estaban bien, pero creo que ya es hora de que vayamos un poco más lejos. ¿Eso te gustaría? —preguntó Desi. Mientras hablaba, pasaba la uña por la pechera de la camisa de Harry, escuchando el roce que producía sobre la tela de algodón. Cuando Desi llegó al cuello, deslizó los dedos dentro para tocar la piel del cuello de Harry, observando atentamente cuando los ojos de la mujer más alta se cerraron temblorosos con ese primer contacto.

—¿Estás segura, Desi? No quiero hacerte daño, eres demasiado preciosa para mí —dijo Harry en un susurro. La expresión de los ojos de Desi le estaba sobrecargando la libido.

—Tócame, Harry, quiero que me toques ahora mismo. Quiero que borres el recuerdo de todos esos años de separación y quiero empezar la vida que me has prometido —dijo Desi, tirando de Harry para acercarla.

El primer roce de sus labios resultó eléctrico, tan distinto fue de todos los demás besos que se habían dado hasta ahora. Harry se acercó más, cerciorándose de que no golpeaba la pierna de Desi. Recorrió con sus largos dedos la piel que quedaba expuesta por el pronunciado escote del camisón y vio cómo se le ponían los pezones duros a Desi.

—Qué manos tan suaves tienes, cariño —dijo Desi en voz baja.

—Eso pasa por no usarlas para labores manuales —contestó Harry.

Tirando de uno de los tirantes sueltos, Harry vio que caía, dejando más al descubierto el pecho de Desi. Por una fracción de segundo, el rostro de Desi se llenó de miedo y Harry se detuvo en seco, pensando que la pequeña pelirroja había cambiado de idea.

—¿Qué ocurre? Si quieres parar, no pasa nada, Desi. Jo, si he esperado todo este tiempo, puedo esperar un poco más. No pienses que me debes esto, quiero que sea bueno para las dos.

—No, no quiero parar, pero es que tengo miedo de lo que vas a descubrir cuando me quites esta cosa. Ya no soy una jovencita, Harry, y no quiero que pienses que sigo con el aspecto que tenía con dieciocho años. —Desi se puso colorada al confesar esto. Nunca se había considerado guapa, pero si se hubiera entregado a Harry en aquel entonces, Harry habría conseguido lo mejor que tenía que ofrecer.

Harry pensó que la mejor manera de hacer frente a la situación y acabar con los miedos de Desi no era con palabras, sino con obras. Apartando los ojos un segundo de los de Desi, bajó el otro tirante y destapó dos pechos perfectos con unos pezones sonrosados que ahora estaban firmes. Depositando a Desi sobre las almohadas del cabecero, Harry se tomó su tiempo y contempló el cuerpo medio desnudo de Desi. Su piel era suave y lisa al tacto. Inclinándose sobre ella con el peso apoyado en un brazo estirado, Harry pasó los dedos de su otra mano por la garganta de Desi hasta la parte inferior de su pecho izquierdo, dejándole la carne de gallina al pasar. Antes de seguir adelante, le pidió en silencio a Desi que levantara el trasero para poder quitarle el camisón del todo. Al ver el cuadro completo, Harry sintió de todo menos decepción.

De pie al lado de la cama, Harry se sacó la camisa de los pantalones y empezó a desabrochársela despacio. Cuando empezó con el botón de los pantalones, se puso a hablar con Desi de nuevo.

—Cielo, eres preciosa. Qué ganas tengo de tocarte y hacerte gozar.

Sacó los pies de los pantalones cuando cayeron al suelo y se inclinó para quitarse las bragas. Cuando la última prenda de ropa cayó al suelo, Harry se quedó allí plantada, dándole la misma oportunidad a Desi de mirarla.

—Hazme el amor, Harry.

Al echarse despacio en la cama, Harry notó que la humedad que tenía entre las piernas se intensificaba en cuanto su cuerpo se posó sobre el de Desi. Sujetando su peso sobre los antebrazos para no aplastar a su menuda compañera, Harry bajó la cabeza y besó a Desi. Se besaron largo rato, mientras se acostumbraban al hecho de que estaban desnudas. Harry fue la primera en apartarse, cosa que hizo soltar a Desi un gemido de decepción. Tras separar con cuidado las piernas de Desi con la rodilla, Harry juntó sus sexos. Notaba el calor y la humedad que emanaban de la parte más íntima de Desi y dedicó un momento a regodearse en la idea de que todavía tenía este efecto en la mujer que tenía debajo.

—Qué bien, cariño. Cuánto tiempo he soñado con esto. Ya había renunciado a tenerte así encima de mí, salvo en mis sueños. Pensaba que ya habrías encontrado a otra a estas alturas —reconoció Desi. Movió las manos por la espalda de Harry, encantada con la sensación de la piel firme y lisa.

—No había nadie que fueras tú, cielo —le dijo Harry. Se metió el labio inferior de Desi en la boca, cortando toda la conversación por el momento. Harry había esperado casi veinte años: estaba harta de seguir esperando.

Harry levantó un poco el tronco para poder agachar la cabeza y contemplar el pecho de Desi. Mientras se besaban, los pezones de Desi se habían clavado en su propio pecho, volviéndola loca. Cuando Harry se apoyó en un brazo, los músculos de su pecho y sus brazos destacaron en relieve, haciendo que Desi se fijara en la perfección del cuerpo de Harry. Antes de poder seguir admirando el físico de la doctora, una boca insistente se apoderó de uno de sus pezones y el placer instantáneo que le dio esa sensación hizo que se le cerraran los ojos. Harry se apresuró a dedicar el mismo grado de atención a ambos pezones y luego pasó a otras zonas inferiores.

El sonoro grito de "SANTA MADRE DE DIOS" que salió de boca de Desi cuando los labios de Harry se cerraron alrededor de su clítoris hizo sonreír a su hermana, a un par de puertas de distancia de su dormitorio.

—Así se hace, Harry —dijo Rachel en voz baja al tiempo que agitaba el puño en el aire con gesto de animación.

Harry había cogido una almohada para la pierna herida de Desi antes de acomodarse a los pies de la cama. Con los dos índices separó los húmedos labios del sexo de Desi y advirtió de inmediato que habría podido tomarle el pulso a Desi sólo con colocar el dedo sobre la protuberancia hinchada. Sin hacerla esperar más, Harry la rodeó con los labios y chupó, y estuvo a punto de caerse de la cama cuando Desi soltó su exclamación en estéreo. Dos pequeñas manos se apresuraron a agarrar dos puñados de pelo, manteniendo a Harry en el sitio, de forma que aunque hubiera querido levantar la cabeza y hacer un comentario jocoso, no habría podido hacerlo.

Metiendo las manos por debajo del trasero de Desi, Harry le facilitó el movimiento de las caderas al ritmo de la succión que estaba ejerciendo sin que Desi tuviera que forzar la pierna.

—Necesito sentirte dentro de mí, Harry, por favor. Por favor, hazme tuya —jadeó Desi. Harry la estaba excitando tanto y tan deprisa que no quería terminar sin sentir todo lo que Harry podía darle. Sin apartar la boca, Harry soltó una mano y metió un largo dedo despacio—. Ah, sí, cariño, sí. Qué gusto —logró decir Desi. Harry siguió moviendo el dedo despacio al tiempo que cambiaba lo que estaba haciendo con la boca para intentar prolongar el placer de Desi. Cuando Harry se puso a meter y sacar el dedo, formó una punta con la lengua y trazó círculos con ella alrededor del clítoris de Desi, muy cerca, pero sin tocarlo.

—Cariño, por favor, no me tortures —rogó Desi.

—Relájate, cielo, y déjate ir. Siente cómo te amo —dijo Harry al tiempo que subía por la cama para echarse al lado de Desi. Colocando el pulgar donde había tenido la lengua, se puso a susurrar al oído de Desi—. Déjate ir, cielo, estás a salvo aquí conmigo. Te quiero y eso nunca cambiará. Tu sitio está conmigo, Desi. Eres la dueña de mi corazón y mi amor —confesó Harry. Desi volvió a agarrarla del pelo y tiró para juntar la boca de Harry a la suya, besándola de forma que Harry sintiera cuánto la quería. El sabor de sus propios fluidos en la boca de Harry le aceleró aún más el corazón. Cuando la sensación que se acumulaba en su interior se hizo demasiado intensa, Desi dejó caer la cabeza sobre la almohada y se agarró a los hombros de Harry para seguir sujeta a la cama. Qué placer sentía con esa mano entre las piernas, al notar la respiración de Harry en la oreja y la sensación de su sólido cuerpo pegado al suyo. Desi siguió las intrucciones de su médico, se relajó y se dejó ir.

El orgasmo la pilló desprevenida y dejó de moverse durante un instante para permitir que la sensación se apoderara de ella. Desi nunca había sentido nada tan intenso y maravilloso. Harry le había dado algo a lo que Byron no se había aproximado jamás. Le pareció que se terminaba a los pocos segundos, pero cuando los temblores cesaron, las dos estaban cubiertas por una ligera capa de sudor y Harry lucía una serie de arañazos en la espalda. Convertida en una masa de carne temblorosa y jadeante, Desi tardó un buen rato en recuperar la capacidad de formar frases coherentes, mientras Harry se daba por satisfecha sólo con abrazarla.

—Ha sido... bueno, la verdad es que no sé cómo describirlo —dijo Desi.

—¿Te ha gustado? —preguntó Harry.

—Sí, doctora, me ha gustado, pero creo que vamos a tener que probar de nuevo bien pronto para asegurarnos de que no ha sido casualidad —bromeó Desi. Se había vuelto un poco para poder echarse encima de Harry y notó los fuertes brazos que la estrechaban. Mientras bromeaba, Desi bajó con la mano por el cuerpo de Harry y se puso a acariciar el vello rizado de su sexo. Desi se moría por intentar dar placer a Harry y tenía la esperanza de poder satisfacerla como lo había hecho Harry con ella. Hasta esta noche, el sexo nunca había sido un plato de gusto para ella. Era algo que Byron esperaba de ella, no algo que a ella le apeteciera o que la hiciera disfrutar. Después de lo que acababa de ocurrir entre ellas, Desi se estaba planteando seriamente comprar unas esposas y mantener a Harry presa dentro de esta habitación.

Envalentonada, Desi bajó más la mano y separó los húmedos pliegues que encontró. Chupando la fuerte columna de la garganta que tenía debajo, Desi emprendió una caricia continua desde la mata rizada hasta la abertura del sexo de Harry. Sus caricias se fueron concentrando más hasta que sus dedos se posaron únicamente en la dura protuberancia que era el centro de la necesidad de Harry. Desi tenía los dedos tan mojados por la humedad que había entre las piernas de Harry que se le resbalaron sobre la protuberancia, apretándola, y las caderas de Harry se levantaron de la cama, haciendo que sus dedos se deslizaran de nuevo hacia abajo. Esta vez supo moverse al ritmo de Harry para poder dejar los dedos donde los quería.

—¿Te gusta, cariño? —preguntó Desi.

—Sí, no pares, Desi —le dijo Harry. Desi dejó la mano en el sitio, pero se movió para poder tumbarse encima de Harry, pues quería sentir el calor del cuerpo de la doctora debajo del suyo. Sin vacilar, Harry se apoderó de uno de los pechos que se balanceaban ante su cara, haciendo que Desi moviera las caderas y se frotara sobre la cadera de Harry. La exclamación sofocada le dijo a Harry todo lo que necesitaba saber: la libido de Desi había vuelto a despertar y esta vez terminarían juntas.

—Aparta un momento la mano, cariño —le pidió Harry. Cuando Desi la miró con cara triste, creyendo que había hecho algo mal, Harry se apresuró a remediar la situación deslizando una larga pierna entre los muslos de la pelirroja y haciendo lo mismo con la pierna de Desi. Al doblar la pierna quitó el peso de las rodillas de Desi y, con un rápido empujón, Harry se echó hacia arriba y animó a Desi a bajar. No necesitaron mucho estímulo para alcanzar la meta y se tragaron los gritos de sus orgasmos mientras se besaban. Cuando Desi hizo ademán de apartarse de Harry, ésta la mantuvo en el sitio con la mano que tenía sobre la espalda de Desi. Como en realidad no se quería mover, Desi se hundió de nuevo en el abrazo de Harry y se relajó mientras Harry trazaba ochos sobre su espalda.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Desi.

—En que tengo que bajar la calefacción si esto se va a convertir en costumbre —contestó Harry.

—¿Quieres que se convierta en costumbre o ha sido una cosa exclusiva? —preguntó Desi, casi temerosa de la respuesta.

—Sí, quiero que se convierta en costumbre y sí, ha sido una cosa exclusiva —dijo Harry, confundiendo más a Desi—. Vamos a dedicarnos a esto siempre que podamos y ahora que lo hemos hecho, para mí no hay marcha atrás, Desi. Tú eres la persona que siempre he deseado y ahora te tendrás que conformar conmigo, así que espero que te haya gustado. De aquí ya no te mueves.

—Oh, te lo aseguro, cariño, de aquí no me muevo. Te quiero, Harry.

—Yo también te quiero, cariño. Ahora, a dormir.


Al otro lado de la calle, frente a la casa ahora a oscuras, Byron y Mike estaban sentados en el coche, haciendo tiempo mientras esperaban para entrar y coger a Desi. Desde que había salido de la cárcel, Byron se había comportado como un ciudadano modelo a la espera de su juicio, haciendo creer a Desi y a las personas con las que estaba viviendo que se había olvidado de su mujer. Ahora había llegado el momento de que Desi volviera a casa, se olvidara de la denuncia y cancelara el proceso de divorcio. No estaba dispuesto a darle a Desi la libertad: era suya y ya iba siendo hora de que se diera cuenta de ello.

—Parece que por fin están todos fuera de combate —dijo Mike. Todo esto le daba mala espina, pero su padre se había puesto de parte de Byron con el tema y no le quedaba más remedio que ayudar a su hermano a recuperar a su mujer.

—Vamos a esperar una hora más y para entonces estarán todos dormidos. No quiero que esa zorra alta llame a la poli hasta que estemos de vuelta en casa y yo haya tenido oportunidad de hablar con Desi. Cuando acabe con ella, ya no tendré más problemas legales y ella se olvidará de esta nueva amiga suya. Tardaré un tiempo en perdonarle a la puta de mi mujer los días que me he pasado metido en la cárcel con todos esos animales, y para eso se me ha ocurrido algo especial —dijo Byron. Todavía no había visto a Desi ni a la mujer alta que había descrito su hermano entrando o saliendo de la casa, pero por los movimientos de dentro, sabía que estaban allí. Por descontado, seguro que Rachel también estaba allí, pero a ella tampoco la había visto.


—Bueno, ahora ya podemos entrar. Tú no te despegues de mí y prepárate para sacar a Desi en cuanto la encontremos. No te pares a hacer preguntas, cógela y sal pitando antes de que la poli pueda responder a cualquier llamada que haga alguien de la casa. ¿Entendido? —preguntó Byron. Mike indicó asintiendo que lo entendía, al tiempo que le aumentaba el ardor de estómago. Aunque había cometido algunas estupideces a lo largo de su vida, ninguna de ellas lo había enviado a la cárcel, pero ésta podría ser la definitiva.

Tras cortar el suministro eléctrico para entrar en la casa, Byron esperó hasta que vio cómo se apagaba la luz verde del panel de la alarma situado junto a la puerta trasera, indicando que ya podían entrar. Tras romper uno de los antiguos paneles de cristal emplomado de una de las ventanas de abajo, metió la mano, corrió el pestillo y la abrió. Tras escuchar por si alguien de la casa daba señales de vida, Byron le hizo un gesto a Mike para que lo siguiera en cuanto se deslizó por la ventana.

Al mirar a su alrededor, advirtió que estaban en una especie de estudio, por los libros que cubrían las estanterías de la habitación. Siempre me he preguntado cómo eran estas mansiones por dentro, pensó Byron mientras pasaba de una habitación a otra en busca de las escaleras.

En el piso de arriba, uno de los cuerpos dormidos se dio la vuelta al oír algo fuera de lugar de forma inconsciente. ¿Eso que ha sonado era un cristal al romperse?, se preguntó la mujer.

—Cielo, despierta, creo que hay alguien abajo —dijo la mujer menuda, intentando despertar a su acompañante durmiente.

—Abajo no hay nadie, tesoro. Puse la alarma antes de acostarnos —contestó la voz grave cerca de su oído.

Antes de subir por las escaleras, Mike se pasó un momento por la cocina para abrir la puerta trasera como vía rápida de escape cuando encontraran a Desi. Al posar el pie en el primer escalón, rezó para que la vieja escalera no crujiera, despertando a alguien. Cuando llegaron al primer piso, se detuvieron para dejar que se les acostumbraran los ojos a la escasa luz que había en el largo y oscuro pasillo, tratando de adivinar en qué habitación estaba Desi. Pensaron que lo más fácil era empezar por el fondo y volver hacia las escaleras. Los dos hermanos avanzaron en silencio hasta la gran habitación del final del pasillo.

Plantado en medio de la habitación, Byron se fijó en la cama y se dejó arrebatar por la ira. Había dos cuerpos desnudos tumbados allí, y ahora estaba muy claro por qué Desi quería un divorcio: había encontrado a un ricachón que la mantuviera con lujo y por eso ya no lo necesitaba a él.

—¡HIJA DE PUTA! —gritó a pleno pulmón, provocando un movimiento repentino en la cama. Sin volver a pensar en mantener el silencio, el furibundo hombre se adelantó y echó una sábana por encima de la mujer menuda que estaba en la cama. Intentó no hacer caso del evidente olor a sexo que le llegó cuando la arrancó de la cama: ya habría tiempo para pensar en eso más tarde. Cargándose al hombro a la pequeña mujer, Byron fue hacia la puerta, pero gritó otra amenaza al cruzar el umbral—: No te acerques a mi mujer, gilipollas.

—¿Pero qué demonios está diciendo? Vuelva aquí, idiota, no sabe con quién se enfrenta —gritó el hombre, que echó a correr desnudo detrás de los dos hombres que habían asaltado su dormitorio. Ninguna de las luces de la casa funcionaba cuando fue accionando los interruptores mientras bajaba corriendo las escaleras detrás de los dos, tratando desesperado de alcanzarlos antes de que huyeran de la casa con su mujer. Al pasar ante la bandeja donde dejaba su cartera, las llaves y el móvil, el hombre cogió el teléfono y salió corriendo por la cocina, adentrándose en la noche detrás de su mujer. Sin pararse a pensar que estaba desnudo y gritando fuera de su casa, conectó el móvil y llamó al 911.

—911, operador, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó la cansada voz del otro lado cuando se estableció la llamada.

—Soy el juez Jude Rose. Necesito que envíen a la policía a mi casa inmediatamente. Dos hombres acaban de entrar y han secuestrado a mi esposa. El número de su matrícula es NIC 224. Es un Buick viejo de color azul, creo, y ahora mismo se están alejando. Dígales que se den prisa, se dirigen a la Avenida St. Charles —vociferó el juez en el teléfono.

—Juez, ¿cuál es su dirección? —preguntó el operador.

—El 4534 de la calle State.

—Vale, ya van unas unidades para allá, señoría, y las unidades que patrullan la zona han salido hacia St. Charles en busca del vehículo que ha descrito. ¿Tiene usted idea de quiénes eran esos dos hombres, señor?

—No, pero uno de ellos me sonaba vagamente —comentó el juez, mientras regresaba a su casa para vestirse. Deseaba con todo su ser meterse en su coche y salir en pos de esos dos que habían osado entrar en su casa y hacer esto, pero esperaría junto al teléfono por si recibía noticias de su mujer—. ¿Pueden enviar a alguien de la compañía eléctrica y la telefónica? Creo que esos dos idiotas me han cortado algunos cables de fuera. No tengo luz en la casa, pero mis vecinos sí —dijo Jude, al ver las luces que se encendían en las casas que había alrededor de la suya. Debían de haberlo oído gritar por la calle.

—Por supuesto, juez Rose. Hay dos unidades a una manzana de su casa, pero me gustaría que siguiera al teléfono conmigo hasta que lleguen —dijo el operador.

—Muy bien. ¿Cómo se llama? —preguntó Jude.

—Lee Smith, señor.

—Gracias por su ayuda, Lee. No dejaré de llamar a su supervisor cuando termine todo esto —dijo Jude. Ni siquiera enfrentado a una crisis conseguía olvidar los modales que le había inculcado su madre de niño.

—Gracias, señor, no es necesario. Ahora lo dejo, porque la policía ya ha llegado a su casa. Buena suerte, y espero que la señora Rose esté bien —dijo Lee antes de desconectar la llamada.

—Gracias, Lee, buenas noches.


—He dicho que te calles o paro y te hago callar —gritó Byron. Todavía tenía la imagen en la cabeza de Desi en la cama con ese viejo asqueroso, y cada vez estaba más enfurecido—. ¿Qué coño estabas pensando, Desi? ¿Es que creías que no me iba a enterar de que habías encontrado a un viejo carcamal que te mantuviera a lo grande en el barrio pijo? Ya puedes empezar a rezar para que no te mate cuando lleguemos a casa. —Byron aferró el volante del coche de Mike y trató de dominar el impulso de parar y machacar a golpes a la llorosa mujer cubierta con una sábana que iba sentada detrás con su hermano.

—¿Quién es Desi? —preguntó la voz apagada y ronca por el llanto procedente del asiento trasero. Victoria Rose intentaba averiguar quiénes eran estos dos hombres y qué podían querer de ella. Cuando aceptó casarse con Jude, después de trabajar como pasante para él nada más acabar los estudios de derecho cinco años antes, había tenido miedo de que algún día uno de los chiflados a los que sentenciaba viniera a por ellos, pero no estaba preparada para la realidad.

—No te hagas la tonta, Desi. Vas a venir a casa y ahora no puedes hacer nada para evitarlo. Vamos a tener una charla sobre los cargos que has presentado contra mí y los papeles de divorcio que me plantaron delante antes de salir de la cárcel —dijo Byron.

—Señor, siento que tenga problemas con su esposa, pero le aseguro que no soy yo. Me llamo Victoria Rose y le agradecería que parara y me dejara salir de este coche antes de que la situación se ponga peor para usted de lo que ya está —dijo Victoria. Intentaba parecer tranquila y segura, con la esperanza de que este tipo se aviniera a razones y no la matara al darse cuenta de que se había confundido de persona.

—Joder, Byron, nos hemos equivocado de persona. Se nos va a caer el pelo por esto, lo sé. Para y déjala salir, luego pensaremos en lo que tenemos que hacer. Lo siento, señora, no queríamos hacerle daño —dijo Mike. Tendría que haber hecho caso de esa voz interna que me decía que esto no era buena idea, pensó, al ver que su hermano no hacía ademán de parar.

—Cálmate, hermano, mira que te echo del coche a ti también. Déjame que piense —dijo Byron mientras continuaba por St. Charles hacia la interestatal—. Sé que hay un hotel de lujo aquí a la izquierda, la dejaremos ahí y nos iremos a casa. No tiene ni idea de quiénes somos, y papá nos dará una coartada diciendo que hemos estado en casa toda la noche —concluyó Byron, y luego giró en redondo, se detuvo delante del Hotel Ponchatrain y le gritó a la mujer del asiento trasero que se bajara. En cuanto Mike cerró la puerta trasera, dobló la esquina a toda velocidad y regresó a la interestatal por una de las calles laterales. Mirando por el espejo retrovisor, comprobó que nadie los seguía, por lo que se relajó en el asiento lleno de alivio.


—Señor, tiene una llamada de su mujer —dijo el agente de policía que estaba en el estudio del juez. Le pasó al hombre el teléfono y se apartó para darle cierta intimidad.

—Tesoro, ¿eres tú? —preguntó Jude. El alivio lo inundó al oír la dulce voz que le contestaba. Se encontraba bien e iba a volver a casa.

—Estoy bien, cariño, aguanta mientras uno de estos agentes tan amables me lleva a casa. Parece que ha sido una gran equivocación de nuestros dos secuestradores —dijo Victoria.

Cuando colgó el teléfono después de hablar con su mujer, el capitán de la policía que estaba en su estudio se puso a explicar lo que habían averiguado hasta el momento.

—La matrícula que le dio al operador de emergencias está registrada a nombre de un tal Michael Simoneaux, residente del distrito noveno. Hemos intentado averiguar por qué el señor Simoneaux querría entrar en su casa y secuestrar a su mujer, y la única conexión que hemos conseguido encontrar, señor, es su hermano.

—¿Su hermano? ¿Quién es su hermano, capitán? —preguntó el juez.

—Su hermano es Byron Simoneaux, que apareció hace poco ante usted por un caso de violencia doméstica. Lo único que se me ocurre es que, por lo que sea, pensaba que su mujer se alojaba con usted, por lo que decidió entrar aquí para recuperarla. Tengo unidades a la espera para detenerlos a él y a su hermano cuando lleguen a casa. También tienen órdenes de buscar el coche del hermano por cualquier ruta de regreso a su casa o a la del hermano. El hermano, Michael, todavía vive con sus padres, por lo que creo que es allí donde se dirigen —explicó el capitán Simmons. Cuando oyó por la radio quién llamaba denunciando un secuestro, acudió a la escena inmediatamente. El alcalde le pondría la cabeza en el tajo al instante si la policía no daba la impresión de estar haciendo todo lo posible por liberar a la señora Rose.

—Gracias, capitán. Ahora, si me disculpa, parece que mi mujer ha vuelto.

Jude salió por la puerta trasera para recibir a Victoria, a la que abrazó al tiempo que procuraba que no perdiera la sábana. Los agentes que estaban en la casa intentaron no fijarse en la bella esposa del juez ni en el hecho de que no llevaba nada debajo de la sábana de diseño. Si el juez Rose ya era una leyenda en los círculos de las fuerzas del orden a causa de sus duras sentencias, ahora esto no hacía sino aumentar su fama.

—No te han tocado, ¿verdad, tesoro? —preguntó Jude.

—No, cariño, sólo me han llevado a dar un paseo y luego me han dejado más abajo, en el Hotel Ponchatrain. El que se llamaba Byron no paraba de llamarme Desi y se creía que tenía un lío contigo —dijo Victoria. Ahora que estaba en casa, la realidad de lo ocurrido la alcanzó de lleno y estalló en sollozos cuando Jude le explicó quién era Desi. Él intentó recordar todos los hechos tal y como se los presentó Serena en el tribunal aquel día y la forma apasionada en que los había presentado. Si Serena estaba implicada en el caso, teniendo en cuenta la carga de trabajo que tenía, y si este idiota creía que su mujer vivía con él, teniendo en cuenta dónde estaba su casa, sólo había una explicación creíble. Después de tranquilizar a Victoria, Jude cogió el teléfono del dormitorio y marcó el número sin necesidad de buscarlo.

—Diga —contestó la voz ronca por el sueño—. Ya puede ser importante, porque estoy mirando el reloj y dice que son las cuatro y media de la mañana —dijo Harry, ahora que estaba más orientada.

—Buenos días, alegría de la huerta. Sólo tengo que hacerte una pregunta —dijo Jude. Aunque estaba furioso, su voz sonaba engañosamente tranquila y amable.

—Tío Jude, ¿va todo bien? ¿Os ha pasado algo a Victoria o a ti? —preguntó Harry.

—Qué curioso que me lo preguntes, Harry, porque no, no estoy bien, y tengo la horrible sensación de que te lo debo a ti. ¿Está viviendo alguien contigo, Harry? —preguntó Jude.

Sin darse cuenta de las consecuencias de su respuesta, Harry respondió con franqueza.

—Sí, tengo a alguien viviendo conmigo. La hermana de mi invitada también vive aquí. ¿Acaso tener invitados es un crimen del que no sé nada? —preguntó Harry.

—No, cielo, no lo es, pero tengo que darte una noticia. Esta noche, Byron y Michael Simoneaux han entrado en mi casa y han secuestrado a Victoria —empezó Jude.

—Oh, Dios mío, tío Jude. ¿Está bien? —preguntó Harry, incorporándose en la cama y echando las piernas por el borde. Eso despertó a Desi, que rodó hasta Harry y le frotó la espalda con gesto tranquilizador.

—Tranquila, Harry, Vicki está bien y ha vuelto a casa. Sólo está un poco alterada, pero han sido lo bastante listos para dejarla marchar y no hacerle el menor daño. No tendrían escapatoria posible si se lo hubieran hecho. Pero por alguna extraña razón, Harry, pensaban que Desi vivía en esta casa. ¿Te importa aclarármelo? —preguntó Jude.

Harry le explicó por qué los hermanos podían haber confundido su casa con la de ella, después de que se detuviera en su camino de entrada el día en que Michael las vio al salir de Commander's. Le pidió perdón, pues había creído que como mucho Byron sólo se acercaría y se pondría a gritar desde la parte de delante. Cuando el idiota se diera cuenta de que Harry los había engañado y de que el que vivía allí era el juez que lo había procesado, los habría dejado en paz. No tenía forma de saber que iba a intentar hacer una cosa tan estúpida. Por un instante se sintió avergonzada por el alivio de que le hubiera ocurrido a otra persona y que Desi estuviera a salvo. Sus padres jamás la perdonarían por haber puesto en peligro a la esposa de su queridísimo amigo. Jude y Raúl se conocían desde la universidad, y él era el padrino de los dos hijos de los Basantes.

Jude no podía seguir enfadado con Harry mucho tiempo. Nunca podía mirar a esos ojos azules tan llenos de picardía y sentir el menor tipo de rencor hacia la muchacha a la que había sostenido en sus brazos cuando era un bebé y a la que había visto crecer hasta convertirse en una de las cirujanas más respetadas del país. Qué diablos, si hasta le había hecho la operación de cambio de rótula, lo cual le permitía disfrutar del golf todos los jueves por la tarde con su mujer.

—Harry, no te preocupes, comprendo por qué lo hiciste. Lo único es que tal vez tendrías que invitar a comer a Victoria y presentarle a esta chica maravillosa que tanto quieres proteger. Puede que yo mismo vaya, para poder decirle a María que he logrado conocer a la persona que por fin ha capturado a la soltera más apetecible de Nueva Orleáns y la ha dejado fuera de circulación. Dile a Desi que me ocuparé de esto por la mañana y que no tendrá que preocuparse por los hermanos Simoneaux durante mucho tiempo. Buenas noches, Harry —dijo Jude y colgó.

Harry tuvo que pensar un momento para dar con la mejor forma de contarle a Desi la última jugarreta de su marido. La pequeña mano que le acariciaba la espalda en círculos era tan reconfortante: qué difícil sería ahora vivir sin esta mujer. Sentía náuseas sólo de pensar que alguien como Byron pudiera hacerle daño a Desi. Volviéndose de cara a Desi, Harry pensó que hablar a las claras sería lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias.

Se tumbó de nuevo, cogió a Desi entre sus brazos y empezó a explicárselo en voz baja. Desi se encogió cuando llegó a la parte en que Byron y su hermano se habían llevado a la mujer de la casa. Desi ni se imaginaba lo que habría hecho Byron si hubiera entrado y se la hubiera encontrado desnuda en la cama con Harry. Conociendo sus actitudes homofóbicas, estaba segura de que las habría matado a las dos por entregarse a lo que él consideraba actos perversos contra natura.

—Voy a tener que dejarte, Harry —dijo Desi con tristeza. Tenía que renunciar a su felicidad para mantener a Harry a salvo. Era mejor vivir como antes que arriesgarse a perder a Harry a manos del maníaco del que jamás se libraría.

—¿Quieres marcharte porque no me amas, o quieres marcharte porque tienes miedo? —preguntó Harry.

—Tú no lo conoces como yo, Harry. No podría vivir sabiendo que sería responsable de tu sufrimiento. ¿Es que no te das cuenta? ¿Cómo podría volver a ser feliz si a ti te ocurriera algo? —preguntó Desi.

—La vida se hace día a día, Desi. Cuando te quieres dar cuenta, te has construido una vida. Nunca pensé que volverías conmigo, así que eso es lo que hice yo. Me levantaba todas las mañanas y me iba a clase, estudiaba y cuando me quise dar cuenta, estaba en una tarima en Baton Rouge y me estaban entregando un diploma. Tras eso, llegó la facultad de medicina y luego una carrera profesional, pero durante todo ese tiempo, no logré dejar de pensar en ti. En el fondo siempre tenía la esperanza de encontrarme algún día contigo y de que me explicaras lo que había pasado. Cuando pasé los exámenes finales, fui a tu casa, pensando que a lo mejor salías a celebrarlo conmigo.

—¿Y qué pasó? —preguntó Desi. Estaba pasmada al enterarse de que Harry había hecho el esfuerzo de contactar con ella incluso después de todos los ruegos sin respuesta que había habido antes.

—Tu padre me dijo que estabas casada y contenta con tu vida. Me dijo que tenía que dejarte en paz y seguir adelante con mi vida. Me senté con él en nuestro columpio y él me dio una palmada en la espalda y me felicitó por mis logros. Dijo que tú no aspirabas a tanto, que sólo querías ser una buena esposa y madre. Le pregunté si tenías hijos y me dijo que no, pero que estabas esperando uno. Cuando me dijo eso, sin pestañear, fue como si me clavara un cuchillo en el corazón. Me fui y me entregué al trabajo en cuerpo y alma. Trabajaba, hacía ejercicio para fortalecer mi cuerpo y follaba. Ésa era mi vida, Desi, y me estás pidiendo que vuelva a eso. La verdad de lo que somos es que estamos mejor juntas que separadas. Somos felices porque el amor que compartimos es real. Te pido que no lo tires por la borda. No vuelvas a hacerlo, Desi, arriésgate esta vez. Hemos pagado y ahora nos toca recibir una compensación por nuestro sufrimiento —terminó Harry y se inclinó para besar a Desi. Los labios que Harry tocó se abrieron de inmediato, bebiendo lo que ofrecía la doctora.

Desi colocó a Harry encima de ella, intentando recordarse a sí misma lo que tenía que perder. Quería esto y Harry tenía razón: había llegado el momento de dejar el miedo a un lado y conseguir las cosas que quería de la vida. Desi quería ser feliz. Harry era quien le daba esa sensación y, por encima de eso, Harry la quería. Dio la bienvenida al beso y a la mano que había vuelto a colarse entre sus piernas, despertando sus deseos. Mientras estuvieran juntas, siempre sería así, Desi estaba segura de ello.

—Sí, Harry, tócame, cariño. Te quiero a ti, sólo a ti —dijo Desi al tiempo que sus caderas empezaban a agitarse. A Harry no le interesaba hacerlo delicadamente ni despacio: deseaba a Desi con todo su ser y la iba a tener. Si la mujer menuda se hubiera quejado o hubiera dicho que no era lo que quería, Harry se habría detenido, pero Desi estaba tan excitada como ella. Lo notaba por la creciente humedad de Desi y porque sus movimientos eran cada vez más frenéticos.

—Dios, cariño, haz que me corra —jadeó Desi. Harry metió dos dedos en el húmedo canal y se aferró a un pezón endurecido, chupándolo con fruición. Cuando Desi alcanzó el orgasmo, Harry lucía en la espalda una nueva serie de arañazos y la pelirroja estaba jadeante. Cuando Harry salió de ella, pintó los pechos de Desi con el producto de su deseo y Desi volvió a enardecerse.

Olvidándose de su pierna, Desi empujó a Harry para tumbarla boca arriba y se dio la vuelta para colocarse en dirección opuesta. Al bajar la cabeza entre las piernas de Harry, Desi tuvo que detenerse un momento para concentrarse en lo que se suponía que tenía que hacer, a causa de lo que Harry ya le estaba haciendo a ella. En cuanto se apoderó con la boca de la húmeda protuberancia, Desi le dio a Harry el mismo placer que ella recibía de la doctora. Desi tuvo que parar al sentirse atravesada por el segundo orgasmo que le daba Harry desde que se había despertado. Cuando empezaron los temblores del final, volvió a su tarea y provocó el orgasmo de Harry.

De nuevo en brazos de Harry, se echó a reír cuando la voz grave le dijo al oído:

—Creo que deberíamos hablar de que te vas a ir por lo menos una vez por semana desde ahora hasta el día en que me muera. Si éste es el resultado que voy a obtener, estoy totalmente a favor.

—Pero, doctora, con la cantidad de tiempo que hemos perdido, ¿sólo estás dispuesta a hacerlo una vez por semana? —preguntó Desi.

—Gracias a Dios que hago ejercicio y que estoy bastante sana, porque podrías matarme si hiciéramos esto todas las noches. Aunque, por otro lado, menuda forma de morir.

—¿De verdad quieres que me quede? —preguntó Desi.

—De verdad quiero que te quedes, Desi. Te quiero, y a tu hermanita también —bromeó Harry.

—¿No se dice "y a tu perrito también"? —preguntó Desi.

—Bueno, a mí me parece que Rach es más mona que un perro, pero eres tú la que está emparentada con ella —le explicó Harry.

—Harry, cómo te he echado de menos.

—Y yo a ti, cariño. Ahora a dormir, que mañana tengo cole, literalmente.


PARTE 7


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