Capítulo 4


—Todos en pie. El tribunal del honorable juez Rose abre la sesión —dijo el alguacil Rudy Thibodaux. La vieja sala del tribunal estaba atestada de abogados y acusados preparados para defender sus casos. El juez Jude Rose detestaba los lunes. Ese día, la suciedad de las calles se colaba en sus dominios dispuesta a defender su inocencia ante todos los que quisieran escuchar. Lo peor de todo el asunto era que el viejo juez ya no distinguía a los abogados de sus clientes. Jude había visto cómo a lo largo de los años los pequeños traficantes de drogas y los jóvenes abogados que perseguían a las ambulancias, esperando a hacerse un hueco en la industria legal, se habían apoderado de la ciudad. Desde su atalaya por encima de la refriega, contempló la Avenida Tulane por las grandes ventanas, recordando la primera vez que entró en esta sala. Siendo un joven estudiante de derecho, acudía después de clase para ver cómo se resolvía el juicio de Clay Shaw en los titulares de la prensa nacional. El edificio estaba ahora lleno de los que vendían bolsitas de crack por nada, violadores y matones aficionados a pegar a sus esposas.

Al ver a Serena Ladding, elegantemente vestida y con un montón de carpetas encima de la mesa, pensó que hoy iba a ser un día de "Señoría, ella se lo ha buscado". Encantador.

—Señorita Ladding, ¿qué tiene hoy para mí? ¿Cree que habremos acabado a mediodía? —preguntó el juez.

—Cuarenta y ocho casos, señoría, pero sólo son alegatos, así que deberíamos terminar hacia las diez, si todo el mundo está presente.

Los treinta primeros casos habían alegado culpabilidad tras hacer un trato con la oficina del fiscal del distrito. No cumplirían condena en la cárcel si se comprometían a hacer terapia individual y familiar. Serena no era una gran defensora de la terapia, pero era lo mejor que podían ofrecer a la situación de las cárceles de la ciudad, que estaban abarrotadas. Tras unas cuantas semanas con un terapeuta, los tipos se dan cuenta de que la culpa de que hayan hecho lo que han hecho es de su madre. Si mamá querida hubiera tenido el valor de dejar al bueno de papá, ellos no habrían aprendido esta conducta. "Así que ya ve, señorita Ladding, soy un maltratador, pero tengo motivos, es todo culpa de la zorra de mi madre". Qué gilipollez.

—Para el último caso, señoría, solicitamos que el tribunal ordene prisión preventiva para el señor Byron Simoneaux debido al ataque brutal e injustificado contra su esposa, la señora Desirée Simoneaux. La señora Simoneaux ha tenido que someterse a una larga operación para reparar los daños causados a su persona por Byron Simoneaux. En opinión de la oficina del fiscal del distrito, el señor Simoneaux sería una amenaza para la vida de su esposa si sale libre bajo fianza. Nuestra oficina va a presentar cargos de intento de asesinato y agresión con arma mortal —terminó Serena, y se volvió hacia Byron y su abogado para ver qué chorradas iban a decir.

—Señoría, el señor Simoneaux es un ciudadano respetuoso con la ley que no tiene ni siquiera una multa por aparcamiento indebido. Trabaja mucho y ahora se ve acusado injustamente por una mujer que quiere librarse de su matrimonio y planea cargar a mi cliente con una pensión de manutención desproporcionada —empezó a decir Bradley Blum, el abogado de Byron.

—Señor Blum, ¿me he dirigido a usted? —preguntó el juez Rose, clavando su famosa mirada en el joven.

—No, señor —contestó Bradley, tragando con dificultad.

—¿Entonces por qué está hablando? —preguntó el irritado juez.

—Sólo quería exponer nuestra postura, señoría.

—Ya está hablando otra vez. Le sugiero lo siguiente, señor Blum: aprenda de la señorita Ladding e intervenga sólo cuando se le indique. ¿Me entiende, señor Blum? —preguntó el juez Rose. La sala se quedó en silencio, a la espera de la explosión que sin duda se iba a producir en el tribunal en cualquier momento. Jude era famoso por comerse crudos a estos jóvenes arribistas y escupirlos después, haciendo dudar a sus clientes de su acierto a la hora de elegir representante. Pasaron dos minutos sin que se oyera un solo ruido salvo el tic tac del reloj situado encima de la puerta—. Estoy esperando, señor Blum. ¿Me entiende? —preguntó Jude, recostándose en su silla de cuero.

—Lo siento, señoría, creía que me había dicho que no hablara —explicó Bradley, ahora sudoroso. En la mesa de la acusación, Serena se esforzaba por ocultar la sonrisa tapándose con la mano. Ella misma había estado en la situación de Blum una sola vez y fue una experiencia que no tenía la menor gana de repetir.

—Le he hecho una pregunta, idiota —gritó Jude.

—Sí, señoría, lo comprendo —dijo Bradley.

—Bien. Veamos, señorita Ladding, ¿qué clase de lesiones ha sufrido la señora Simoneaux? —preguntó Jude.

Serena pasó a explicar la naturaleza y gravedad de las lesiones de Desi y lo que había hecho Harry para solucionar el problema. También explicó que la causa de las lesiones había sido un bate de béisbol hallado en casa de los Simoneaux.

—Gracias, señorita Ladding. Ahora, señor Blum, oigamos lo que tiene que decir.

Después de presentar las razones para dejar libre a su cliente bajo fianza, Bradley guardó silencio prudentemente esperando a que el juez pronunciara una decisión sobre la fianza. Al notar que su cliente se movía nervioso a su lado, Bradley tomó nota mental para decirle a Byron que el juez Rose nunca se ocupaba de casos de violencia doméstica, por lo que lo de hoy no se iba a repetir.

—Dado que ésta es la primera acusación por actos delictivos del señor Simoneaux, fijo una fianza por la cantidad de tres millones y medio de dólares en metálico o en propiedades. Gracias, damas y caballeros, se levanta la sesión. —Dicho lo cual, Jude se levantó, se ajustó la pistola que llevaba sujeta a la cintura debajo de la toga y salió.

Serena estaba segura de que, puesto que tenía que entregar cuatrocientos veinte mil dólares como adelanto de la fianza, Byron se iba a quedar muchos días encerrado en el calabozo.

Salió de la sala en medio de los insultos que le lanzaba la familia de Byron, y se dirigió a su despacho. Serena se había fijado en el clan Simoneaux al llegar allí esa mañana, y pensaba que Byron y su hermano Mike se parecían a su padre. Su madre parecía una mujer pequeña y sumisa que tenía miedo del gordo hombretón sentado a su lado. Serena estaba segura de que era de Byron padre de quien el hijo había aprendido cómo tratar a las mujeres.

Desde su despacho del edificio, Serena llamó a casa de Harry y habló con Desi de lo que había sucedido esa mañana. Si el abogado de Byron se daba prisa, podrían volver al tribunal a finales de mes, lo cual a Serena le parecía bien. Eso querría decir que Desi estaría presente para declarar con la pierna escayolada, haciendo mucho más real lo que le había hecho su marido.

—Gracias, Serena, te agradezco que me hayas llamado. ¿Te parece bien si llamo a Harry y le cuento lo que está pasando? Se ha marchado temprano esta mañana, pero tengo su número de móvil por si tengo que ponerme en contacto con ella.

—Sí, no hay problema, Desi. Llámala y dile lo que quieras, te hará bien tener a alguien con quien hablar durante todo este asunto. Porque créeme, cielo, vas a tener que enfrentarte a la familia de Byron, no sólo a tu encantador marido.

—Sí, cuando Byron y Mike se juntan y empiezan a beber, son una fuerza de la naturaleza. ¿Tú crees que va a haber peligro para Harry? —preguntó Desi.

—Si tu familia política sabe lo que le conviene, no se acercarán a Harry para nada. La diosa de los huesos es una médico maravillosa, pero la otra cara de la moneda es que tiene la misma facilidad para romperte todos los huesos del cuerpo. Harry estudió artes marciales en la universidad y si eso lo unes a sus conocimientos médicos, conoce de sobra todos los puntos donde hay que golpear para hacer daño —explicó Serena.

Desi se quedó pensando en lo que le había dicho Serena después de colgar el teléfono. ¿Le haría daño Harry? ¿Estaba saliendo de una mala situación para meterse en otra peor? No concebía a Harry levantando jamás una mano para pegarle, pero hacía años que no la veía. A veces las cosas cambian. Soltó el auricular que tenía en la mano, decidiendo esperar para llamar a Harry.


No se esperaba que Harry llegara a casa hasta las ocho o las nueve, debido a un atasco en los quirófanos, por lo que cuando Desi oyó que se cerraba la puerta lateral que había debajo de su dormitorio, se preguntó quién sería. Al mirar el despertador digital que había al lado de la cama, Desi vio que eran las tres y media de la tarde. Había dormido más de lo que pensaba tras su conversación con Serena.

—Hola, tesoro, ¿cómo te encuentras? —preguntó Harry al entrar en la habitación con varias bolsas de compras.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Desi.

—Vivo aquí —replicó Harry, enarcando una ceja.

—Eso ya lo sé, lista, es que no te esperaba hasta tarde. Ven aquí, que yo todavía no puedo ir hasta ti —dijo Desi, doblando el dedo para llamar a Harry.

Harry fue hasta la cama, se agachó y saludó a Desi con un beso. Como esa mañana se había ido incluso más temprano de lo que pensaba Desi, Harry había conseguido acabar con todas sus operaciones más difíciles a las dos de la tarde. Lo que quedaba eran casos que podían hacer sus alumnos, de modo que había encargado a otro instructor que controlara las cosas en los quirófanos. Tras detenerse en una de las compañías locales de suministros médicos y en otros cuantos sitios, Harry compró varias sorpresas para Desi y tenía planeado disfrutar con ella del resto de la tarde.

—¿Alguna vez te han dicho que estás sexi de verde? —preguntó Desi, mirando a Harry, que llevaba el pijama de cirujana.

—Ahora no intentes hacerme la pelota, Thompson. Te he traído una sorpresa, pero ahora no sé si te la voy a enseñar —dijo Harry, al tiempo que lanzaba las bolsas que tenía en las manos al pasillo.

—Ooooh, vamos, Harry, es que me he sorprendido al verte, no es más que eso. ¿Cuál es mi sorpresa? —preguntó Desi.

—Vas a tener que esperar a que me cambie antes de que te lo dé —dijo Harry.

Tras ponerse unos pantalones de chándal y un jersey de lana, Harry salió al pasillo para recoger la primera de las sorpresas. Volvió a entrar con las bolsas y se acercó a la cama para dárselas a Desi.

—¿Te apetecería ir al parque conmigo a dar de comer a los patos? Podríamos hacerlo cuando termine de correr —le dijo Harry a Desi, ofreciéndole tímidamente las bolsas que tenía en la mano.

—Me encantaría hacer eso contigo, cariño, pero no puedo —dijo Desi.

—No te he preguntado si puedes, Desi, te he preguntado si te apetece. Así que, ¿te apetece?

—Sí, me encantaría —contestó Desi.

Harry le pasó la primera bolsa, meneando las cejas. Abriéndola mientras miraba a Harry, Desi miró por fin dentro. Descubrió un sujetador deportivo y un bonito jersey de lana parecido al que llevaba Harry. En el fondo de la bolsa había un par de pantalones de chándal con cierres en las costuras laterales hasta arriba. Eran de esos que se quitaban de un tirón cuando se llegaba a la pista. En la otra bolsa Desi descubrió varios pares de calcetines de cachemira y un gorro.

—¿Quieres que te ayude a ponerte todo eso? —preguntó Harry.

—Creo que me las puedo arreglar sola con la parte de arriba, pero me tendrás que ayudar con la de abajo. Ahora date la vuelta, doctora —ordenó Desi.

Harry se dio la vuelta y esperó a que terminaran los gruñidos procedentes de la cama. Cuando Desi se lo dijo, se volvió para ayudarla a ponerse los pantalones. Harry bajó las sábanas hasta la cintura de Desi antes de levantarla un poco para que la mujer menuda pudiera colocarse los pantalones abiertos alrededor del trasero. Cuando tuvo la pierna sana totalmente cubierta, Harry dobló la otra pernera del pantalón para que no rozara la herida de Desi. Luego desempaquetó un par de calcetines y los puso en los pequeños y delicados pies.

—¿Lista para marcharnos? —preguntó Harry.

—No sé qué tienes pensado, pero estoy lista —contestó Desi. Harry la cogió en brazos, la sacó de la habitación y bajó por las escaleras.

—¿Quieres echar un vistazo a la casa aprovechando que te tengo aquí abajo? —preguntó Harry.

—Sí, no logré ver gran cosa cuando llegué. Vamos a ver el trabajo de Tony.

—Puedes tomar notas para decirle lo que te gusta cuando vengan esta noche a cenar.

Harry llevó a Desi por todas partes, enseñándole la planta baja de la casa y terminando la visita ante la puerta lateral donde había aparcado el Land Rover.

Tras colocar a la mujer menuda en el asiento de detrás para que pudiera estirar la pierna rota, Harry se metió de un salto en el asiento del conductor y se dirigió al Parque Audubon. El parque era uno de los lugares más agradables de la ciudad de Nueva Orleáns. Estaba bordeado por una pista de tres kilómetros para los corredores y paseantes, así como para los ciclistas y los patinadores. Mientras se hacía el circuito alrededor del parque, se podía ver a los golfistas que jugaban en el campo de dieciocho hoyos situado en medio del parque. Numerosos estanques esparcidos por toda la extensión eran el hogar de una gran población de patos, cisnes y tortugas. Acostumbrados a que los visitantes les dieran de comer, los habitantes plumíferos del parque llegaban a comer directamente de la mano.

Entrando en el aparcamiento situado en la entrada trasera del parque, Harry encontró sitio cerca de la pista. Fue a la parte de atrás del coche y sacó su última sorpresa. Tras echarle el freno para poder ir a recoger a Desi, casi se echó a reír al ver la cara de pasmo de la pelirroja. Era un modelo adaptado de una silla de ruedas de carreras. Harry la había elegido porque absorbía los baches mejor que las que se usaban en el hospital. Ahora podía empezar a traerse a Desi con ella cuando viniera a correr al parque.

—¿Quieres correr? —preguntó Harry.

—Harry, ¿no te vas a hacer daño en la espalda si tienes que ir doblada empujándome? —preguntó Desi.

—No, ésta es la que tiene los mangos ajustables. Será como correr sujeta a la barra de una cinta. Voy a coger tu gorro, tu manta y el pan para los patos. Tendrás que llevarlo tú hasta que terminemos.

Corriendo a un paso más lento de lo habitual, Harry empujó a Desi hasta dar cinco vueltas a la pista. En su atalaya, Desi se relajó en la silla y disfrutó del dosel de robles que cubrían por completo el ancho camino en el que estaban. No estaba preocupada por su pierna, que iba estirada hacia fuera firmemente sujeta en un soporte, pues sabía que Harry no dejaría que nadie se acercara a ellas. El frío de febrero había secado casi toda la vegetación que las rodeaba, pero Desi gozaba de todas formas con el aire fresco. Sujetando la bolsa de pan entre las manos y con la manta en el regazo, estaba abrigada y contenta, dejando que Harry hiciera todo el trabajo.

A la mitad de su sexta vuelta al circuito, Harry aflojó el paso y salió del camino y bajó hasta la orilla de uno de los estanques más grandes. Antes de que la silla se detuviera, los patos ya estaban saliendo del agua con la esperanza de recibir golosinas. Harry quitó la manta del regazo de Desi y la extendió en el suelo, luego levantó a Desi de la silla y la sentó de forma que estuviera más cerca del agua. Después se sentó al lado de Desi y las dos se dedicaron a partir la hogaza en trozos pequeños y lanzarlos a la bulliciosa multitud que habían atraído. Cuando empezó a ponerse el sol y a bajar la temperatura, Harry volvió a poner a su pasajera en la silla y regresó al coche. Cuando se inclinaba para depositar de nuevo a Desi en el asiento trasero, Harry se detuvo al ver las lágrimas que corrían por la cara de su amiga.

—¿Te duele? —preguntó la preocupada doctora, regañándose ya por su estúpida idea. Desi hizo un gesto negativo con la cabeza, pero no dijo nada. La tarde que había pasado con Harry y el hecho de que su vieja amiga hubiera pensado en todo lo que haría falta para que ella estuviera cómoda habían hecho que Desi se diera cuenta de una cosa. Sus temores después de hablar con Serena esa tarde eran infundados. Harry jamás le levantaría la mano, más bien se pasaría el resto de su vida protegiéndola y haciéndola feliz. Desi se sintió avergonzada de haberlo pensado siquiera.

Al notar que Harry la cogía en brazos y la acunaba contra su pecho, Desi se aferró a ella como si estuviera desesperada.

—Tranquila, cariño, sea lo que sea, todo irá bien. ¿Me dices qué te pasa? —preguntó Harry en voz baja.

—Por favor, no me sueltes —sollozó Desi. ¿Cómo podía haber cambiado esto por nada? Harry había sido siempre tan buena con ella y Desi se lo había agradecido abandonándola. Tendría que haberse esforzado más por encontrar una solución mejor para ellas y no haber malgastado todos esos años separadas.

—No te voy a soltar, pero vamos al coche, no quiero añadir un resfriado a tu lista de males —dijo Harry.

Sentadas juntas en el asiento trasero, Harry se puso a Desi en el regazo, asegurándose de que no se golpeaba la pierna con nada. Abrazando a Desi, que seguía llorando, Harry le acarició la espalda con mano tranquilizadora, intentando que la mujer se calmara.

—Hoy he hablado con Serena de Byron y su aparición en el tribunal —empezó Desi con voz apagada.

—¿Es que he hecho algo que te ha molestado? —preguntó Harry.

—No, nos pusimos a hablar de ti y me dijo que habías hecho unos cursos y pensé...

—¿Pensaste que un día llegaría a casa y te usaría como saco de entrenamiento? —preguntó Harry, sorprendida.

—Sí, pero luego has hecho todo esto y me he sentido como una mierda por pensarlo. Te conozco, Harry, puede que no sepa lo que has estado haciendo durante estos años, pero me resulta difícil creer que tu naturaleza básica haya cambiado. ¿Me perdonas por haber pensado eso? —preguntó Desi.

—Cielo, dada la situación en la que has vivido, no te culpo por pensar en tu seguridad. En el futuro, si tienes dudas o preguntas sobre lo que sea, ¿me prometes que me lo dirás? Tú y yo tenemos historia, pero en realidad estamos empezando de nuevo, Desi, así que cuanto más hablemos, menos probabilidades habrá de que perdamos el rumbo. Sólo quiero que sepas que hice esos cursos cuando Tony, Kenneth y yo entramos en la Universidad Estatal de Luisiana. Una noche volvíamos a casa y un coche cargado de tiarrones pasó a nuestro lado y vieron a los chicos cogidos de la mano. No salieron del coche ni nos tiraron nada, en ese sentido tuvimos suerte. Pero eso hizo que me diera cuenta de que a causa de nuestra orientación, era posible que no siempre tuviéramos esa suerte. Aprendiendo y entrenando, al menos me he dado la oportunidad de poder defenderme si vuelve a ocurrir una cosa así. No he golpeado nada desde hace tiempo, salvo el saco del gimnasio, y las únicas peleas que he tenido con gente han sido en el ring con un instructor al lado —explicó Harry.

—Harry, no tienes que justificarte conmigo, ya sé que nunca me harías daño. Ojalá pudiera volver atrás y cambiar el pasado, así a lo mejor no estaría hecha este desastre —dijo Desi.

—Qué va, no te habría gustado nada tener trato conmigo cuando estaba en la facultad, convivir conmigo era un horror, pregúntaselo a los chicos. Ahora puedes disfrutar de la dulce Harry.

—Te aceptaría en cualquier estado, Harry. Te quiero —dijo Desi.

Harry se echó hacia atrás y miró a Desi al oír las palabras que acababan de salir de su boca. Oh, mierda, ésa no es una cara de felicidad, pensó Desi.

—¿Qué has dicho? —preguntó Harry.

—Que te aceptaría en cualquier estado —dijo Desi.

—Después de eso —dijo Harry.

—Te quiero, Harry.

—Sí, eso. ¿Lo dices en serio? —preguntó Harry.

—Con todo mi corazón. Te he querido siempre, sabes, desde el día en que nos rescataste a Rachel y a mí de esos matones. Ha sido la única constante de mi vida.

—Te quiero, Desi. Dios, qué gusto poder decirlo. Ahora sólo queda una cosa por decir —afirmó Harry.

—¿El qué, cariño? —preguntó Desi.

—Que necesitas un abogado, ya.

—Harry, ¿para qué necesito un abogado? —preguntó Desi.

—Necesitas un divorcio, ahora mismo.


PARTE 5


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