Capítulo 3


La casa estaba a oscuras cuando llegó el Land Rover azul. La noche había sido larga, y el colmo fue cuando Harry tuvo que amputarle una pierna a una niña porque el salpicadero del coche en el que iba se la había destrozado sin posibilidad de arreglo. ¿Por qué las personas de corta edad tenían a veces que hacer frente tan pronto en su vida a circunstancias tan trágicas? Tras sacar un Yahoo de la nevera, Harry subió a acostarse. El personal del hospital le había prometido hacer mañana las rondas por ella, en vista de que la doctora había estado operando dieciséis horas seguidas.

Al subir las escaleras, Harry se olvidó de sus invitadas y empezó a desnudarse como tenía por costumbre. Vivir sola tenía ciertas ventajas. Desnuda cuando llegó a su habitación, entró en el cuarto de baño. Una ducha caliente para no sentirme tan pringosa y luego a la cama.

Cuando la luz del cuarto de baño iluminó la esbelta figura de Harry, Desi pensó que se iba a tragar la lengua. Oh, Dios mío, ¿qué hace aquí? La respuesta llegó con su propia iluminación cuando Desi cayó en la cuenta de en qué habitación la había instalado Tony. Era la única habitación que había visto durante el trayecto que reflejaba únicamente a su ocupante: éste era el dormitorio de Harry. Tony, idiota, te voy a arrancar alguna parte del cuerpo cuando te vuelva a ver, pensó Desi, intentando pensar qué iba a hacer.

Cuando la luz del cuarto de baño se apagó, un cuerpo cansado y soñoliento se metió en la cama sin advertir a la mujer que ya estaba tumbada allí. Por favor, Dios, que lleve pijama, deseó Desi. La respiración procedente del lado de la cama correspondiente a Harry ya era profunda y regular, indicando que estaba dormida, lo cual dio libertad a Desi para mirar. Desi se sintió en cierto modo defraudada al ver la camiseta blanca y los calzones cortos, pero la luz que entraba de fuera le ofrecía una clara visión del perfil de Harry.

A los treinta y cuatro años, Harry todavía era como la jovencita que Desi recordaba. Más alta siempre que todas las personas que conocían, Harry ahora medía un metro ochenta y cuatro. La única diferencia eran los visibles músculos que subían por sus brazos y se metían bajo las mangas de la camiseta. Levantando un poco las sábanas con cuidado para no despertar a Harry, Desi vio la continuación de esos músculos por las largas piernas bronceadas. El pelo negro y rizado que adornaba la cabeza de Harry era ahora más corto que cuando estaban juntas y en las sienes tenía algunas canas. Desi recordó que Harry le había dicho que en su familia por parte de madre salían canas prematuras. Harry tenía los ojos cerrados, pero Desi no necesitaba que los abriera para saber de qué matiz de azul eran: llevaba grabado ese color en el cerebro.

—Te quiero, cariño —susurró Desi al tiempo que apartaba un rizo rebelde de la frente de Harry.

En su sueño, Harry visitaba a la chica que era la dueña de su corazón. Allí Desi siempre la esperaba con los brazos abiertos y un tierno beso. La piel que le rodeaba los ojos verdes se arrugaba al sonreír y su pelo siempre era suave al tacto. Era el único lugar donde todos los días de su vida Harry oía a Desi decir, "Te quiero, cariño" igual que ahora.


Cuando Desi se despertó, advirtió que Harry seguía durmiendo, lo cual le indicó a Desi que la alta mujer debía de estar cansada, y advirtió también que estaban cogidas de la mano bajo las sábanas. Harry no se había movido en toda la noche y roncaba suavemente a su lado. Otro ruido dentro de la habitación obligó a Desi a abrir los ojos, y estuvo a punto de gritar cuando vio a la anciana negra que recogía prendas de ropa tiradas por el suelo.

—Si te crees que me voy a pasar la vida recogiendo detrás de ti, ya puedes ir cambiando de idea. Me pregunto si eres así de desordenada cuando coses a la gente. Sabrá Dios lo que te dejas dentro cuando terminas. —Mona estaba enfrascada en su monólogo mientras recogía la ropa del suelo. Se lo tenía bien aprendido, puesto que venía repitiéndolo desde que había entrado a trabajar para Harry seis años antes—. Luego deja al mariposón ése que compre esta casona, como si yo no tuviera cosa mejor que hacer que ir detrás de ella por treinta habitaciones en lugar de diez.

—Buenos días, ¿es usted Mona? —preguntó Desi, claramente risueña, desde la cama.

—Perdón, señorita, no la había visto. Es un milagro que vea algo con toda la ropa que se deja ésa tirada por todas partes. No pretendía molestarla. ¿Necesita algo? —preguntó Mona, echando la cabeza a un lado y observando a la joven, y al instante supo quién era.

—Necesito ir al baño. ¿Podría ver si mi hermana está levantada, para ver si me puede ayudar? —preguntó Desi.

—Tonterías, muchacha, ya tiene a ese osazo durmiendo a su lado. Ella puede ayudarla. —Antes de que Desi pudiera protestar, Mona se acercó y le dio un sopapo a Harry en la cabeza.

—Por todos los demonios, Mona, ¿por qué haces eso? —exclamó Harry, levantando la cabeza y bizqueando.

—¿Qué te tengo dicho de soltar maldiciones en mi casa? No me obligues a coger un palo de los arbustos de ahí fuera. Ahora saca ese culo perezoso de la cama y ayuda a tu amiga a ir al baño —ordenó Mona con los brazos en jarras.

—¿Amiga? ¿Qué amiga? ¿Se te ha ido la olla definitivamente, Mona? —preguntó Harry, cerrando los ojos y dejando caer la cabeza en la almohada de nuevo.

—Para tener tantos títulos como tienes, no es que seas muy espabilada, ¿verdad? No me extraña que no tengas a nadie en tu vida, si ni siquiera recuerdas haber pasado la noche con una muchacha tan bonita como ésta. Muévete, Harry, la chica tiene que hacer pis —ordenó Mona, haciendo gestos desde los pies de la cama para que se levantara.

La neblina del sueño se levantó lo suficiente para que Harry se diera cuenta de que no estaba sola en la cama. Ja, ¿cómo lo has sabido, Sherlock? A lo mejor porque tienes una mano más que anoche, pensó Harry.

—Lo siento, Desi. ¿Qué haces aquí? —preguntó Harry, volviendo la cabeza para mirar a Desi.

—Tony mandó que me pusieran aquí. Lo siento, no sabía que era tu habitación. Cuando vaya al baño, puedes trasladarme a una de las habitaciones de invitados. ¿Me podrías transportar antes de que ocurra un desastre en tu bonita cama? —preguntó Desi, que ahora se agitaba incómoda.

—Levanta, lentorra, y usted no se mueve de esta habitación, señorita Desi. Tony la ha puesto aquí porque es la única habitación de la casa con el tipo de instalaciones de baño que necesita. Doctora, a la chica se le están poniendo los ojos amarillos —le recordó Mona.

—¿Sabes qué? Podría contratar a un servicio de empleadas domésticas y aquí paz y después gloria —dijo Harry.

—Sí, ya, como que alguien iba a estar dispuesto a aguantar tus chorradas —dijo Mona.

Harry se levantó de la cama, fue al lado de Desi y apartó el edredón. La pierna de Desi empezaba a estar mejor, o eso le dijo Harry. A la mujer menuda no le parecía que tuviera muy buen aspecto. Tenía una larga incisión por un lado y una gran contusión que le teñía la rodilla de negro.

—Agárrate a mi cuello, Desi, e intenta no moverte mucho, deja que yo haga todo el esfuerzo —le dijo Harry. Llegar al cuarto de baño fue facilísimo, prepararla para usar el retrete no.

—Tranquila, doctora Basantes, seguro que no es nada que no hayas visto ya —le dijo Desi, intentando facilitarles las cosas a las dos. Depositando a Desi sobre su pierna sana, Harry hizo que la herida se sujetara a su cuello con los brazos para que Harry pudiera levantarle el camisón y que ella pudiera sentarse. Tras bajarla despacio, Harry dejó a solas a Desi regresando a la habitación, después de hacerle prometer que no se movería hasta que ella volviera. Desi respondió a la llamada de la naturaleza mientras observaba el gran cuarto de baño. Había un conjunto de dos lavabos y una ducha con mampara de cristal en un rincón. Pero lo que le llamó la atención fue la gran bañera con patas en forma de garras y grifería de bronce que estaba justo enfrente de donde estaba sentada. De repente se le pasó por la cabeza la idea de compartirla con Harry y le fue subiendo un rubor por el cuello.

Instalada de nuevo en la cama, Desi se quedó mirando a Harry, que cogió ropa antes de volver al cuarto de baño para ducharse.

—Cuando termine, le diré a Mona que venga a lavarte con una esponja. No quiero que te levantes hasta dentro de una semana como mínimo, así que vete acostumbrándote a que se te mime un poco.

Desi sonrió como respuesta, sin poder recordar la última vez que alguien había querido mimarla.

—Harry, cuando acabes, que sepas que Serena ha venido a verte y se ha traído a Albert —dijo Mona desde las puertas acristaladas que daban al balcón. Estaba abriendo las puertas para airear un poco la habitación, puesto que esa mañana no hacía mucho frío fuera—. ¿En qué estaba pensando esa chica al ponerle Albert a esa preciosidad de niño? Ya puestos, podría pegarle una nota en la frente el primer día de colegio que diga: "Hola, soy Albert, podéis pegarme todo lo que queráis y robarme el dinero de la comida". Con todos los nombres que hay en el mundo, ¿por qué ha tenido que elegir ése? —preguntó Mona sin dejar de menear la cabeza.

—Porque el padre de Serena se llama así, Mona, y ha llegado a ser juez federal, así que no le ha ido tan mal. Además, ya sabes que todos lo llamamos Butch a espaldas de Serena. No creo que piense que juez federal Butch suene igual.

—Menos mal que ese niño os tiene en su vida a ti y a esos dos mariposones. Sin vosotros, creo que no tendría amigos —comentó Mona, refunfuñando de nuevo al ver que la ropa que había llevado Harry para dormir entraba volando en la habitación.

—Mona, te das cuenta de que yo también soy una mariposona, ¿verdad? —preguntó Harry por encima del ruido del agua al correr.

—Sí, ya lo sé, pedazo de adoquín, y también te llamo así cuando no me oyes —le gritó Mona, guiñándole un ojo a Desi antes de salir de la habitación.

Al salir del cuarto de baño vestida con unos pantalones ligeros de algodón perfectamente planchados y una camisa de manga larga, Harry tenía el mismo aspecto que todos los yuppies que Desi había visto entrar en los mejores restaurantes y tiendas de la ciudad. La única diferencia entre ellos y la mujer que estaba en el dormitorio era que todos los demás que había visto Desi siempre llevaban zapatos.

—Ahora mismo vuelvo, Desi. ¿Quieres café? Mona es como un grano en el culo, pero hace el mejor café que he tenido el placer de probar en toda mi vida —dijo Harry sonriéndole.

—Te he oído —gritó Mona desde la escalera.

—Como decía, Mona es un grano en el culo, pero hace muy buen café. ¿Quieres un poco?

—Sí, me encantaría tomar una taza. ¿Me traes una tostada también? No puedo tomar café con el estómago vacío —le pidió Desi, sonriendo a su vez.

—Marchando una tostada con el desayuno, y como me lo has pedido tan amablemente, me traeré a Butch para presentártelo —dijo Harry.

Dejando a Desi preguntándose quién sería Butch, Harry bajó las escaleras. Al poco, Desi oyó el chillido encantado de un niño. Ése debe de ser Butch. Sus ojos se posaron de nuevo en la fotografía de la repisa e intentó recordar cómo era ser tan feliz.

Sumida en sus ensoñaciones, Desi no oyó entrar a sus visitantes y sólo levantó la mirada cuando oyó una vocecita que preguntaba:

—Tío Harry, ¿quién es esa señora que está en tu cama?

—Es una vieja amiga de tu tío Harry, mi niño. ¿Vas a saludarla? Tiene una pupa muy grande y seguro que así se siente mejor —dijo Harry, señalando con un dedo que apartó de la bandeja que llevaba.

Acercándose vestido con una ropa sorprendentemente parecida a la de Harry, sólo que con zapatos, el niño de tres años alargó la mano y se presentó a Desi.

—Hola, me llamo Albert Hubert Ladding, encantado de conocerte.

—Hola, Albert, yo soy Desirée Simoneaux, encantada de conocerte también.

—Señorita Desirée, mis amigos me llaman Butch, ¿me quieres llamar así tú también? Pero no lo hagas delante de mamá, que se enfada y luego regaña al tío Harry.

—Vale, Butch, pero mis amigos me llaman Desi, llámame así en lugar de Desirée.

—Trato hecho —aceptó Butch y luego se escupió en la palma de la mano para sellar el pacto.

—¿Eso también te lo ha enseñado tu tío Harry? —preguntó Desi, sonriendo al tío en cuestión.

—Sí, el tío Harry me enseña cosas muy chulas —dijo el niño todo sonriente al lado de la cama. Miró a Harry con una clara expresión de adoración en su dulce carita.

—Ya me parecía a mí —dijo Desi y se escupió en su propia palma, aunque algo menos, y estrechó la mano del niño.

Harry se echó a reír y colocó la gran bandeja en el regazo de Desi con su desayuno. Butch se esforzaba por subirse a la cama por el otro lado, fracasando hasta que Harry fue y lo subió.

—Bueno, has prometido, tesorito mío, que vas a ser bueno y no te vas a poner a dar saltos. Desi tiene mal la pierna y no sería bueno para ella que hicieras eso —dijo Harry.

—Lo prometo, tío Harry. Me quedaré sentado tomando el café con Desi hasta que vuelvas. La abuelita Mona me ha hecho tostada de canela para acompañar —dijo Butch al tiempo que cogía el vaso de leche donde Mona había echado una cucharadita de café.

—Muy bien, disfruta de tu tostada de canela mientras yo voy a buscar a tu madre para que hable con Desi —dijo Harry. Volviéndose hacia Desi y sonriéndole, Harry le dijo—: Voy a decirle a Serena que suba para hablar contigo. Si mi amiguito se pone revoltoso, tienes mi permiso para darle un capón.

—Estoy segura de que estaremos muy bien, tío Harry. Vete para que nosotros podamos disfrutar del desayuno —dijo Desi con una sonrisa.


—Serena, cariño, ¿cómo es posible que cada vez que te veo pareces salida de una revista? —preguntó Harry al entrar en la solana. Si alguna vez había habido una persona que pudiera haberse convertido en alguien fijo en la vida de Harry, ésa era Serena. El pelo rubio y los ojos azules habían atraído a la doctora desde el primer momento en que vio a la joven abogada en un acto para allegar fondos para una campaña política.

Serena estaba saliendo de un mal matrimonio cuando se conocieron, y sólo cuando su ex marido se escapó de la ciudad dejándola endeudada hasta las cejas, descubrió que estaba embarazada de Albert. Harry la había ayudado a salir de la crisis, y junto con Kenneth y Tony logró volver a encarrilar la vida de Serena. Su sobrino adoptivo quería a rabiar a la alta cirujana y desde el instante en que aprendió a hablar, la había llamado tío Harry. Explicó a su modo que tía Harry no le sonaba bien, por lo que siguió llamándola tío.

—Es mi forma de recordarte, cielo, lo que te estás perdiendo. Podrías tener esto, —la rubia se pasó una mano por el cuerpo—, y Albert viene incluido en la oferta.

—Nunca has jugado limpio, ¿verdad, cariño? —preguntó Harry, inclinándose para dar un beso a Serena en los labios.

—No, doctora, contigo es o todo o nada. Eso suele subir las apuestas del juego. ¿Por qué me has hecho dejarlo todo un miércoles por la mañana, buena doctora? Te comunico que anoche quedé y no volví hasta las dos, así que más vale que merezca la pena —dijo Serena frunciendo el ceño en broma. Intentaba olvidarse del cosquilleo que le había dejado el beso de Harry en los labios.

—Ya me has sustituido, ¿eh? Qué guarra eres, Serena, pero te quiero de todas formas. Tengo que decírtelo todo el tiempo o no me dejarías ver a mi niño Butch —dijo Harry, dejándose caer en el sofá al lado de su amiga.

—Deja de llamarlo así. El nombre de papá es maravilloso. ¿Por qué soy la única que opina eso?

—Claro, cariño, por eso todo el mundo llama Hubbie a tu padre. Ahora deja de quejarte y escucha —dijo Harry.

Harry dedicó un rato a explicar las circunstancias de su invitada y a qué se enfrentaba. Serena ya había oído la historia innumerables veces por boca de todo tipo de mujer que vivía en la ciudad. La animaba saber que Desi estaba dispuesta a hacer una denuncia. La vida se le ponía mucho más fácil como acusación si la víctima no se pasaba todo el tiempo defendiendo al acusado. Los jurados no aguantaban a las mujeres que no querían ayudarse a sí mismas y aún menos la oficina del fiscal del distrito. A menudo la gente no lo veía como un crimen contra la sociedad, sino como algo que ocurría a puerta cerrada y que a ellos no los afectaba directamente.

—Quédate aquí, Harry, yo me ocupo. Si esta mujer es amiga tuya, puede que no se sienta cómoda hablando conmigo si tú estás presente. Le diré a Albert que baje a entretenerte hasta que acabe. Puedes sacar ese soso videojuego del que te crees que no sé nada y jugar a algo con él —dijo Serena, agitando la rubia melena, y salió de la habitación.

Observando desde el pasillo el interior del dormitorio de Harry, Serena supo por qué Harry había dejado a su hijo arriba con esta mujer. Butch se las arreglaba para hacer sonreír a cualquiera. La sólida base que le había dado a su hijo con la ayuda de Harry y su familia era la base de donde sacaba fuerza el niño. Con independencia de lo que ocurriera en su vida, Butch siempre sabría que lo querían.

—¿Has sido un niño bueno? —preguntó Serena. Se quedó apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos. Al mirar a Desi, la abogada cayó en la cuenta de quién era esta mujer. Era la ganadora, y Serena trató de contener la bilis que le empezaba a inundar la garganta por su causa.

—Sí, mamá, Desi me estaba contando un cuento. Me he comido toda la tostada de canela que me ha hecho la abuelita Mona, así que hemos tenido que buscar otra cosa que hacer —le informó Butch, volviéndose hacia su madre.

—Así me gusta, mi niño. ¿Te apetece bajar a jugar con el tío Harry? Me ha dicho que te diga que quiere jugar a vuestro juego secreto. ¿Me dices en qué consiste? —preguntó Serena, peinándole el pelo con los dedos.

—No, mamá, se lo he prometido al tío Harry y si lo cuento, no podremos salvar al mundo juntos. No querrías que pasara eso, ¿verdad, mamá?

—No, Albert, no querría. Ahora corre.

—Recuerda que me llamo Butch cuando ella no está —le susurró el niño a Desi. Ella le hizo un gesto de asentimiento levantando el pulgar y luego él salió corriendo por el pasillo rumbo a las escaleras.

—No bajes corriendo por las escaleras, Albert, que te vas a hacer daño —le gritó Serena—. Lo siento, no sé muy bien cuándo ha ocurrido, pero es como si me hubiera transformado en mi madre desde que llegó Butch. Soy Serena Ladding, encantada de conocerla, aunque sea en estas difíciles circunstancias —dijo Serena ofreciéndole la mano.

—Yo soy Desi Simoneaux, encantada de conocerla también. Tiene un hijo precioso, pero tenía entendido que le molesta que lo llamen Butch.

—Bueno, hay muchas cosas de mí que Harry no sabe, pero me gusta tenerla sobre ascuas —dijo Serena, encogiéndose de hombros.

—¿De qué conoce a Harry, señora Ladding? —preguntó Desi.

—Es señorita Ladding, pero por favor, llámeme Serena, y no estamos aquí para hablar de mí, Desi. Estamos aquí para hablar de usted. Desi, estoy aquí para ayudarla a salir de una mala situación de la forma más agradable posible para usted. No le voy a mentir ni a andarme con rodeos: no va a ser fácil. Su marido no quiere ir a la cárcel. La familia de su marido no quiere que vaya a la cárcel. Francamente, no son idiotas. Nadie quiere ir a la cárcel, sobre todo en este estado. Su abogado la someterá a juicio y si es bueno o si se enfrentara a otra persona, el jurado querrá romperle la otra pierna cuando termine. Pero en esta ciudad no hay ningún abogado así de bueno, Desi. No es por darme autobombo, pero en mi trabajo soy la mejor, y lo que quiero es enviar a Byron Simoneaux a la cárcel por lo que le ha hecho. Lo que necesito es que me dé un poco de información —terminó Serena, echándose hacia atrás para valorar la reacción de la mujer menuda ante lo que acababa de decir.

—¿Qué necesita saber? —preguntó Desi.

—En primer lugar, ¿sigue enamorada de este hombre? Porque si es así, esto va a ser una pérdida de tiempo para mí, para Harry y para usted misma. Si tiene pensado volver con él y retirar los cargos, dará igual lo buena que yo sea, no ganaremos. Si es así, volveremos a tener esta conversación dentro de seis meses como mucho, si tenemos suerte de que para entonces siga usted con vida para declarar en su contra.

—Es usted muy franca, señorita Ladding. No quiero a Byron, nunca lo he querido. Tal vez por eso me pega, ¿quién sabe? Sé que seguramente las mujeres como yo no le caemos bien, señorita Ladding, seguramente nos considera débiles y estúpidas. No puede imaginarse lo que es estar sentada esperando a que llegue alguien a casa y preguntarse quién entrará por la puerta. ¿Será el hombre que intentó hacerte la corte en el porche delantero de tu padre o será el hombre que disfruta buscando sitios nuevos donde dejarte marcas que nadie pueda ver? Haré lo que haga falta para salir de esto, así que no se preocupe por eso —dijo Desi con convicción. Miró de nuevo a Serena y alzó la barbilla con aire desafiante.

—Sí que me lo puedo imaginar, Desi. Yo estuve casada con ese hombre y ahora ya no. Usted no es tonta y no la desprecio, me presento todos los días ante el juez y defiendo a mujeres como nosotras contra hombres como nuestros maridos. No eche a perder esta oportunidad, Desi: aprovéchela para volver a levantarse. Quiero ser su amiga, por favor, no me vea como al enemigo —dijo Serena, suavizando el tono.

—¿Quién me va a querer ahora, Serena? No sé hacer nada y mi cuerpo parece un mapa de carreteras por las cicatrices. Antes soñaba, pero hasta mis sueños se han desvanecido. Byron se ocupó de ello, ¿verdad? —dijo Desi.

—Desi, sólo tiene treinta y cuatro años. Ha perdido unos años en el infierno donde ha vivido, pero tiene mucho camino por delante. Deje que la ayude a empezar su viaje —se ofreció Serena.

—No lo comprende, usted tiene familia, tiene a Butch y tiene a Harry. Tomé mis decisiones hace mucho tiempo y ahora voy a tener que vivir con ellas —dijo Desi, mirando de nuevo la fotografía de la repisa. Para ella representaba todas las cosas que podría haber tenido si se hubiera quedado con Harry.

—Querida, yo no tengo a Harry. Ojalá la tuviera, pero no es así. Qué demonios, todas las mujeres que conocen a Harry la desean, aunque sólo sea por una noche. Pero sólo hay una mujer en su cama, y como estoy sentada aquí hablando con ella, eso quiere decir que es usted. No sé cómo lo ha hecho, porque, cielo, yo llevo tres largos años intentándolo, pero le ha echado el lazo a nuestra doctora Basantes y de qué modo. Ahora depende de usted tirar de ella —dijo Serena.

—Yo no he hecho tal cosa, Serena. Mírese, no puedo competir.

—Desi, podría llevarla de compras y en una sola tarde usted podría tener el mismo aspecto que yo. No es la ropa, Desi: es el hecho de que usted fue su primer amor. Conozco a Harry. Es fiel hasta la médula, así que usted tiene más oportunidades que nadie. Usted es la chica del instituto, ¿verdad? —preguntó Serena.

—Venga, ya ha visto la foto, ¿no? —preguntó Desi.

—Para serle sincera, ésta es la primera vez que logro entrar en su dormitorio, así que no, no la he visto —dijo Serena, volviéndose para mirar la fotografía a la que se refería Desi.

—¿Nunca se ha acostado con Harry? —preguntó Desi.

—No he dicho eso, Desi, sólo he dicho que nunca he estado en su dormitorio. No tenga celos, nos conocimos en un momento de nuestra vida que requería el tipo de relación que teníamos. Cuando decidí que quería más, Harry decidió que debíamos ser amigas por el bien de mi hijo. Se podría jurar que la mujer es alérgica al compromiso a largo plazo. Sólo de mencionarlo, le sale urticaria, pero yo siempre he sabido que se estaba reservando para alguien especial. Ha tardado usted lo suyo en llegar. Quiero a Harry, así que, por favor, prométame que será buena con ella. Vuelva a conocerla, Desi, se ha convertido en una persona absolutamente extraordinaria.

—Me alegro de que tuviera tanta gente buena cuidándola todo este tiempo —dijo Desi.

El ruido de unos pies al correr resonó por el largo pasillo, poniendo fin a su conversación.

—Como rompas algo, me lo pagas con tu pellejo —oyeron gritar a Mona desde una de las habitaciones de invitados.

—Perdón, abuelita —dijo Butch.

—No me refiero a ti, Butch, cielito, se lo decía a ese trasto que te está persiguiendo.

—Ja ja, tío Harry, te ha llamado trasto —dijo Butch riendo.

—Lo sé, por eso se va a ir a vivir con tu madre y contigo —dijo Harry.

Las dos mujeres que estaban en el dormitorio se echaron a reír por lo que decía la criada y por el hecho de que fuese la única que podía permitirse el lujo de hablarle así a Harry. Su breve conversación había abierto las puertas para una y había acabado para siempre con las esperanzas de la otra. Serena sabía que, ahora que el sueño al que Harry llevaba tanto tiempo aferrada vivía en su casa, se podía despedir de la idea de que la doctora y ella pudieran compartir una vida felices para siempre. Sabía que lo que le había dicho a Desi era cierto, Harry era fiel hasta decir basta, y eso era bueno cuando se era el objeto de tal fidelidad. Sí, Harry era amiga de Serena y habían sido amantes, pero el corazón de la buena doctora siempre pertenecería a otra y Serena no estaba dispuesta a vivir con nada que no fuese la totalidad de Harry. Era lo más importante que le había enseñado Harry tras el fracaso de su matrimonio: Serena era una mujer especial y debía aspirar a una persona que la tratara como tal. A veces la vida es una putada total, pensó Serena en el momento en que la gran figura de Harry cruzaba la puerta de la habitación.

—¿Necesitáis más tiempo o queréis tomar más café en el balcón? Hace un día estupendo y deberíamos disfrutarlo mientras dure —propuso Harry con esa sonrisa que las dos mujeres que estaban en la habitación encontraban irresistible.

—Mamá, ¿podemos? —preguntó Butch.

—No, tenemos que irnos. ¿Se te ha olvidado que vamos a comer con los abuelos? —preguntó Serena, levantándose y colcándose bien la falda.

—No, tío Harry, vamos a comer en el sitio ése que tiene el flan con salsa que nos gusta tanto. Pero tú no vienes, así que mamá no me va a dejar lamer el plato.

—Serena, la vida es demasiado corta para no dejar que el niño lama el plato. Díselo al abuelo y seguro que él te deja hacerlo —dijo Harry, y al niño se le iluminó la cara.

—Harry, para cuando el niño tenga veinte años, no lo dejarán entrar en ninguno de los restaurantes de esta ciudad. Te juro que entre que le enseñas a escupirse en la mano y a lamer los platos, voy a tener que dejar de venir aquí —dijo Serena.

—Ni hablar, mamá, el tío Harry es la persona más guay que conozco —dijo Butch, echando la cabeza hacia atrás para mirar a Harry.

—Ahora mismo vuelvo —le dijo Harry a Desi. Acompañó a Serena y a Butch a la puerta, dejando que fuese Serena la que decidiera si le hablaba o no a Harry de su conversación con Desi. Serena cruzó la casa hasta la puerta manteniendo a Harry en suspenso, pero por fin sacó el tema antes de marcharse.

—Harry, ahí arriba tienes a una mujer muy especial. Los próximos meses van a ser difíciles para ella, así que quiero que te asegures de que comprende que vas a estar ahí para apoyarla. Quiero que vayamos a juicio antes de que le quites de la pierna todo eso que le has puesto. Se lo ha hecho este cerdo, así que podemos usarlo a nuestro favor. No me puedo creer que vaya a decir esto, pero allá va. Me alegro por ti, Harry, has esperado una vida entera y creo que por fin vas a conseguir a la chica. Pero comprenderás que una parte de mí tenga ahora un berrinche espantoso, aunque me alegro por las dos. Dile a Desi que la llamaré esta semana con los detalles del caso y para decirle en qué punto estamos del proceso —dijo Serena.

—Te quiero, Serena, lo sabes, ¿verdad? —dijo Harry.

—Sí, cariño, lo sé, y Albert y yo también te queremos.

—Sí, tío Harry, te quiero —intervino Butch.

—Y yo a ti, grandullón. No te pases con tu madre y no lamas el plato esta vez. Te prometo que la semana que viene iremos tú y yo solos y podremos dedicarnos a lamer los platos a placer.

—Trato hecho —le chilló el niño en la oreja al abrazarse al cuello de Harry. Ésta lo dejó en el suelo al lado de su madre y aprovechó la oportunidad para abrazar a Serena y despedirse de ella con un beso. Fue un beso íntimo entre dos personas que habían tenido una relación, pero ahora las dos sabían que se estaban despidiendo de esa relación para siempre. Había llegado el momento de que las dos siguieran adelante.

—Harry, te debieron de quemar en la hoguera o algo así en tu vida anterior —dijo Mona.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Harry mientras observaba por la ventana delantera cómo Serena sujetaba a Butch dentro del coche.

—Porque jamás en la vida he visto a una sola persona bendecida con el amor de tantas mujeres especiales. Esa chica tenía razón al decirte que Desi es un buen partido. No huyas asustada, niña, ni tu mamá ni yo te hemos educado así. Ya es hora de que sientes la cabeza y empieces a llenar esta casa de niños. Estoy harta de recoger sólo tus cosas —dijo Mona, acercándose y abrazando a Harry.

—Gracias, Mona, yo también te quiero.


Desi y Harry pasaron el resto del día relajadamente en el balcón del dormitorio de Harry, acostumbrándose a estar otra vez la una en brazos de la otra después de tantos años de separación. Desi escuchaba mientras Harry le contaba historias de cuando estaba en la facultad de medicina y de sus años de residencia. Kenneth y Tony la habían apoyado en todo momento. Como Desi le dijo que Serena le había comentado la relación que habían tenido Harry y ella, Harry le habló también de ese período de su vida. Durante todos sus años como médico, Harry nunca había sentido mayor satisfacción que el día en que nació Butch y ella estuvo presente para verlo.

—Te permite ver la bondad que hay en el mundo, Desi. La verdad es que nunca me había planteado tener hijos, pero si pudiera tener uno como Albert, estaría encantada. Es sólo que con la vida que llevo, sería duro para el niño —explicó Harry.

—¿Por qué? ¿Porque eres homosexual? —preguntó Desi.

—No, porque mi trabajo es imprevisible. No querría aceptar ese compromiso para luego tener que pagar a alguien para que criara al niño. No sería justo para ninguno de los dos. Lo de ser homosexual está mejorando e incluso una ciudad como Nueva Orleáns, que se enorgullece de sus raíces religiosas, toleraría la idea de que una persona homosexual criara a un niño, creo. O sea, no es que la homosexualidad sea contagiosa ni nada. ¿Y tú qué, no has pensado en tener hijos? —preguntó Harry, volviendo la cabeza para mirar de nuevo a Desi.

—No, nunca se lo he dicho a Byron, pero me tomaba fielmente las píldoras anticonceptivas. No era el tipo de relación a la que se debía traer un hijo. No creo que hubiera podido quedarme a un lado mientras él pegaba a mi hijo. Además, ya es tarde para mí, creo —dijo Desi.

—Tonterías, Desi. Tienes menos de treinta y cinco años, eres más que capaz de tener un hijo. No es tarde para ti, tesoro, si es lo que deseas de verdad. No creo que conozca a nadie mejor para ser madre —dijo Harry.

Harry se disculpó hacia el final de la tarde. Se puso ropa para correr y se fue para hacer su habitual circuito por el barrio. Mona, que había terminado de preparar la cena, subió para hacer compañía a Desi. Ésta se quedó mirando a la alta figura que bajaba corriendo tranquila por la calle, con ese paso ágil que recordaba haber visto muchas veces en la pista del instituto.

—Un penique por lo que piensas, Desi —dijo Mona, sentada en el lugar que acababa de dejar Harry. Lo que Desi estaba pensando lo llevaba escrito en la cara, pero Mona tenía ganas de jugar.

—Sólo estoy admirando la forma de correr que tiene Harry, Mona, nada por lo que haya que pagar. —El rubor de su cara decía otra cosa.

—Ya, tiene un buen culo, ¿verdad?

—¡Mona!

—Oye, seré vieja, pero no estoy muerta.

—Mona, ¿cómo conoció a Harry? —preguntó Desi. Le agradaba mucho esta mujer descarada. Era testaruda, pero Desi se daba cuenta de que quería a Harry.

—Trabajo para la familia Basantes desde que era joven. Tenía todos los fines de semana libres, y tengo entendido que era entonces cuando Rachel y tú veníais a la casa. Cuando el doctor Raúl y María se trasladaron a Florida, pasé a trabajar para Harry. Compró una casa a un par de manzanas de la casa donde se crió, pero por alguna razón estúpida decidió comprar ésta. Creo que fue por hacerle un favor a Kenny, para darle algo que hacer a su chico, a Tony. Jamás lo diré delante de él, pero adoro a ese chico. Nos pasamos la vida peleándonos por algunas de las cosas que le da por poner aquí, pero le acabas cogiendo cariño. Mi trabajo consiste en asegurarme de que no se pasa. La verdad es que a veces no sé qué hago aquí, salvo darle la lata a Harry para que se cuide mejor y cerciorarme de que el servicio contratado hace su trabajo. Tengo a Harry, a mis hijas y a mis nietos, y con eso soy feliz —dijo Mona, meneando la cabeza al pensar en Harry.

—¿Tienen una asistenta? —preguntó Desi, risueña.

—Un servicio de asistentas y también un regimiento de jardineros. Lo único que hago yo de verdad es cocinar y lavarle la ropa a Harry. La primera vez que esta gente nueva lo hizo, le estropearon a Harry toda la ropa interior. Aah, Señor, se puso como una furia, porque a esa chica no hay forma de arrastrarla a una tienda ni aunque le vaya la vida en ello. Ése es mi otro trabajo, compro por ella. Cosas como calcetines y ropa interior, el resto tengo que llevarla de una oreja para que se lo pruebe. En resumen, que tengo una buena vida. Ésta es mi casa y así es como me trata Harry. Mi familia viene a verme todo el tiempo y se pone al día de las peripecias de Harry. Ella cree que no lo sé, pero ayuda a mis dos hijas a enviar a sus hijos a colegios privados de la zona. Les dice que los críos ya no están seguros en los colegios públicos. Qué curiosa es la vida, ella se educó en colegios públicos, pero mis nietos van a clase con esos uniformes tan pijos. Harry era buena de pequeña y en eso no ha cambiado nada. Bueno, vamos a dejar de hablar de mí, que tengo que terminar de hacer la cena antes de que vuelva la guerrera de los caminos. Después de correr, se mete en ese gimnasio de abajo y se pone a levantar pesas, por lo que cuando termina se podría comer la olla entera de lo que le haya preparado. ¿Quieres que le diga que suba para meterte de nuevo antes de que se ponga con las pesas? —preguntó Mona.

—Sí, Mona, se lo agradecería.

Cuando Mona se fue, Desi se envolvió en la manta que le había traído Mona y sus pensamientos volvieron a la mujer que seguía corriendo allí fuera. Harry, ¿cómo puedo plantearme siquiera tener una relación contigo cuando sigo casada y hay tantos problemas? Ojalá pudiera dar marcha atrás al reloj y dar con una forma mejor de hacer las cosas que la que elegí. Desi se quedó dormida pensando en el futuro y en la posibilidad de compartirlo con Harry. Había mucha paz bajo los antiguos robles. El jardín de debajo emanaba unos olores deliciosos procedentes de los grandes olivos plantados por toda la propiedad. Eran los árboles preferidos de Desi y, sin que ella lo supiera, ésa era una de las razones que habían impulsado a Harry a comprar la casa.


—Hola, dormilona, ¿lista para volver dentro? —preguntó Harry suavemente.

—Hola, sí, empieza a hacer un poco de frío —dijo Desi, parpadeando al abrir los ojos.

—Deja que vaya a ponerme otra camiseta primero, no quiero mojarte toda de sudor —dijo Harry, tirándose de la camiseta.

—No importa, Harry —dijo Desi.

—No, Mona no me lo perdonaría jamás. Espera un momento.

Regresando poco después con una camiseta en la que ponía Los cirujanos ortopédicos están en los huesos, Harry levantó a Desi en brazos con poco esfuerzo. El único temblor que notó Desi fue cuando rodeó con los brazos el cuello de la mujer alta. Esa reacción alimentó la esperanza de que lo que le había dicho Serena fuese cierto. A lo mejor Harry sí que la quería en su vida. Después de depositar a Desi y acomodarla de nuevo en la cama, Harry se metió en el gimnasio, pero antes le encargó a Mona que lavara a Desi con una esponja. Prometió ayudar a Mona a cambiar las sábanas cuando terminara sus ejercicios.

Para la cena, Rachel, Mona y Harry se reunieron con Desi en el dormitorio con bandejas, para que la pelirroja no tuviera que cenar sola. Mona oyó por primera vez algunas de las anécdotas de su infancia que no sabía si María Basantes, la madre de Harry, había llegado a conocer. Con cada segundo que Harry y Desi pasaban en compañía, Rachel y Mona veían renacer esa chispa que había existido la primera vez que floreció su amor. Las dos esperaban que Harry y Desi no echaran a perder esta segunda oportunidad. Rachel se ofreció a ayudar a Mona a llevar abajo todos los platos sucios, para dejar a solas a Harry y a Desi.

—Se está haciendo tarde, Desi. ¿Qué tal si te tomas la medicina y te vas al sobre? ¿Necesitas ir al baño antes de acostarte? —preguntó Harry.

Desi habría obligado a sus riñones a funcionar, si así conseguía otro viaje en brazos de Harry. Durante la cena había decidido que era el único lugar del mundo donde deseaba estar y que Byron y el resto del mundo se podían ir al diablo.

Tras colocar de nuevo el tenderete en su sitio y arroparla con el edredón, Harry dio las buenas noches a Desi. La mujer menuda se llevó una desilusión al ver que Harry no se iba a quedar con ella como la noche anterior, pero decidió no presionar.

—Buenas noches, Harry, y gracias por todo esto. Al paso que vamos, Rachel no se va a querer marchar jamás.

—Tu hermana y tú os podéis quedar aquí, Desi, todo el tiempo que queráis. A Mona le encanta tener a alguien más a quien mimar aparte de mí, y a mí también me gusta teneros aquí. No lo pienses más y concéntrate en curarte esa pierna. Iremos día a día y antes de que te des cuenta, es posible que la que no se quiera ir seas tú.

Cuando Harry salió de la habitación, Desi susurró:

—No me quiero ir y no quiero perderte.


En plena noche, Harry se despertó en la habitación de invitados que había al lado de su dormitorio creyendo que sonaba su busca. Era un ruido suave y apagado, pero no salía de la cajita negra que estaba en la mesilla de noche al lado de la cama. Se levantó para investigar y fue a la puerta del dormitorio que normalmente era el suyo. Era Desi, que tenía una pesadilla. Como no quería que la mujer se hiciera más daño en la pierna, Harry entró, se sentó en el lado libre de la cama y alargó la mano para despertar a su amiga. Cuando su mano tocó el hombro de la durmiente, Desi se apartó claramente de Harry.

—No, por favor, no te acerques, no me hagas más daño —suplicó Desi.

Harry la soltó inmediatamente, creyendo que había asustado a Desi, lo cual la llevó a pensar que la mujer menuda tenía miedo de ella.

—Desi, soy yo, Harry. Aquí estás a salvo. No te voy a hacer daño. Sólo quería despertarte para que no te hicieras daño.

—¿Harry? —dijo Desi con tono confuso. Abrió los ojos despacio parpadeando y miró a la mujer sentada a su lado en la cama.

—Sí, tesoro, soy yo. ¿Ya estás bien? —preguntó Harry.

—Siento haberte despertado. Estaba soñando con Byron y no podía escapar de él.

—Tranquila, no está aquí, Desi. Aquí nadie quiere hacerte daño, pero tienes que tener cuidado con la pierna. Ya sé que seguramente piensas que estoy muy guapa con el pijama de cirujana, pero no quiero tener que llevarte otra vez al quirófano. ¿Crees que podrás volver a dormir? —preguntó Harry.

Lo último que quería Desi era que Harry la dejara sola. Era uno de sus sueños recurrentes, que demasiado a menudo se convertía en realidad: esa sensación de tener los pies pegados al suelo mientras él se iba acercando, con los puños apretados y esa expresión enloquecida en los ojos. Todas las noches, él ganaba en ese sueño. No podía escapar y él era libre de golpearla cuantas veces quería, sin que nadie se lo impidiera.

—¿Puedes quedarte un poco conmigo? Te puedes tumbar si quieres, o sea, no tienes que hacerlo si no quieres, pero yo te lo agradecería —farfulló Desi.

—Me quedo contigo encantada, Desi —dijo Harry.

Harry se echó y buscó la mano de Desi por debajo de las sábanas. Cuando la cogió con su mano más grande, notó que Desi se relajaba. No hacían falta palabras entre las dos, y al poco Harry oyó cómo se tranquilizaba la respiración de Desi. Dormida, Desi se puso la mano de Harry en el pecho para poder sujetarla con sus dos manos. Harry se conmovió por el gesto. También le preocupaba que Desi no estuviera allí cuando se despertara y que todo esto no fuese más que un sueño. ¿Cómo puedo conseguir que vuelvas a mi vida? Creo que ha llegado el momento de que tú y yo tengamos una larga charla, señorita Desi, cuanto antes mejor.


A la mañana siguiente, las dos estaban de nuevo en el balcón, tomando café y bollos que Harry había salido a comprar temprano.

—¿Tratas así de bien a todos tus invitados? —preguntó Desi, dando un bocado a su segundo cruasán de la mañana.

—No, no, para nada. Cuando ya puedas caminar, vas a tener que lavar toda la casa con agua a presión. Hay que evitar que salga ese moho del verano y ahora ya no voy a tener que llamar a los hombres que lo suelen hacer —dijo Harry con la cara muy seria.

—Lo haré si tú te quedas fuera con una camiseta blanca, doctora Harry. —Desi se puso como un tomate en cuanto las palabras salieron de su boca—. Perdona, Harry, no sé por qué he dicho eso —intentó explicar.

—Desi, si te pregunto una cosa, ¿me prometes decir la verdad aunque pienses que vas a herir mis sentimientos? —preguntó Harry. Apartó las piernas de la tumbona para poder sentarse de cara a Desi mientras hablaban.

—Sí, te lo prometo —dijo Desi.

—¿Salir de mi vida fue idea tuya? No pasa nada si me dices que te enamoraste perdidamente de Byron... bueno, no es que no pase nada, pero... bueno, qué demonios, ya sabes a qué me refiero. —Harry se quedó esperando la respuesta mientras se pasaba las manos por el pelo, temerosa de cuál iba a ser la verdad.

Desi miró a la nerviosa mujer sentada ante ella y decidió decir la verdad para no hacer esperar a Harry más de lo que debía.

—No fue idea mía, Harry, fue de mi padre. Me amenazó con no dejarme ver a Rachel nunca más. Te quiero, Harry, pero cuando murió mamá, ella se convirtió en mi única familia. Es decir, la única familia que me importaba aparte de ti. Me necesitaba, Harry. Sabes tan bien como yo que Clyde no era el mejor padre del mundo y sabe Dios lo que habría sido de ella. No espero que me perdones, Harry. ¿Cómo puedo esperarlo cuando ni yo misma me puedo perdonar? Pero esto sí lo sé, Harry: en todos estos años no ha pasado un solo día en el que no haya pensado en ti. Ni un solo día, Harry, en que no hablara contigo y te dijera que te echaba de menos. Te quería entonces con todo mi corazón, Harry, y todavía te quiero. Cuando te vi en esa sala de urgencias, fue como despertar de una pesadilla. No me lo merezco, Harry, pero quiero volver a formar parte de tu vida, aunque sólo sea como amiga. —Cuando terminó de hablar, Desi se puso tensa, como a la espera de un golpe en el cuerpo, mientras aguardaba la reacción de Harry.

La alta doctora la miraba desde la tumbona donde estaba sentada, sin decir nada. Estupendo, ahora vas y la asustas, Desi, no paraba de repetirse Desi mentalmente. Como no podía moverse a causa de la herida, a Desi no le quedó más remedio que esperar a ver qué iba a hacer Harry a continuación. Al estilo típico de Harry, no fue en absoluto lo que se esperaba Desi, pero los suaves labios que se posaron sobre los suyos sí eran conocidos. Rindiéndose a lo que las dos habían querido hacer desde ese primer momento en el hospital, el beso se fue haciendo más profundo. A Desi le resultó glorioso hundir las manos en esos espesos rizos negros y sentir esa hábil lengua que iba encontrando puntos nuevos dentro de su boca.

—No me dejes esta vez, Desi. Si lo haces, estaré perdida —susurró Harry al oído de Desi.

—Harry, te he echado de menos y no me voy a ir a ninguna parte —le dijo Desi al tiempo que se acercaba para besar a Harry de nuevo—. Puede que ahora ya no quiera dejar de hacer esto nunca más —dijo Desi.

—Qué bien sabes, cariño —dijo Harry, echándose hacia atrás para mirar a Desi a los ojos, la única cosa de Desi que más le había costado tratar de olvidar. Esos dulces ojos verdes que eran como la hierba del verano y que comunicaban todo lo que llevaba la joven en el corazón y la mente. Estaban salpicados de pequeñas motas doradas que a Harry siempre le había parecido que tenían una especie de magia con la que Desi atrapaba su amor. Ampliando un poco más el campo visual, Harry observó el rostro de Desi. Tenía algunas arruguitas alrededor de los ojos, pero se debían a todas las sonrisas que habían marcado la cara de Desi con el paso de los años. La piel cremosa de Desi no había cambiado mucho desde la última vez que Harry había acariciado su superficie con los dedos.

—¿Qué estás mirando, Harry? —preguntó Desi, pegándose a la caricia de Harry.

—Te estoy mirando a ti. ¿Te das cuenta de lo preciosa que eres para mí? Hace ya tanto tiempo que veo esta cara en sueños que me parece que me la sé de memoria. Pero ahora te miro y me vuelvo a enamorar.

—Gracias por decir eso, cariño, pero creo que ya se me ha pasado la belleza. Ya no tengo dieciocho años, Harry. Es algo que recuerdo cada vez que me miro en el espejo. Parece que cada día hay algo un poco más caído que el día anterior y estoy muy cansada —dijo Desi.

—Desi, cielo, tienes treinta y cuatro años, no eres precisamente una abuela. Me encanta mirarte, así que no discutas conmigo. Y si quieres mi diagnóstico oficial de por qué estás tan cansada, es porque has sido muy infeliz, tesoro. Pero no te preocupes, tengo una receta para eso y te garantizo que te levantará el ánimo de forma permanente.

—¿Ah, sí, doctora? ¿Y qué puede ser? —preguntó Desi. La respuesta llegó en forma de beso y dos fuertes brazos que la estrecharon con pasión. Para Harry, hacer feliz a Desi era la medicina que ella misma necesitaba. Empezarían de nuevo sobre los cimientos que habían construido en un columpio tantas noches atrás. ¿Sería suficiente?


PARTE 4


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