Capítulo 2


—Doctora Basantes, ¿podría contestar unas preguntas para mi familia y para mí? —preguntó la anciana que estaba en la sala de espera. Ya habían estado en la consulta del postoperatorio, pero seguían sin comprender muy bien qué podían esperar tras la operación de cambio de cadera a la que acababa de someterse el marido de la anciana. Los seis residentes y las tres enfermeras que estaban con el carrito de cuadros clínicos esperaron mientras Harry se sentaba en la sala bien iluminada y contestaba todas sus preguntas. La doctora era muy dura con sus alumnos e igualmente muy delicada con sus pacientes y sus familias. Harry estaba considerada como uno de los médicos más compasivos del hospital en el trato con los pacientes. Era una de las cosas que había aprendido de su padre durante los años en que lo había seguido por las salas de enfermos.

—No cuesta nada ser amable, Harry, recuérdalo cuando tengas tus propios pacientes. Estas personas están asustadas y acuden a ti en busca de respuestas. Que no me entere yo de que has contestado mal a alguien porque no te apetecía hablar o responder preguntas. Te hará falta un cirujano cuando acabe contigo —le había dicho su padre.

Cuando acabó con la familia Hebert, Harry se dirigió a las salas para hacer las rondas con su equipo. Una de las ventajas de ser profesora de la Facultad de Medicina era que incluso en su consulta privada tenía estudiantes que la seguían. Algunos pacientes se asustaban al ver tantas batas blancas alrededor de su cama, hasta que Harry les explicaba por qué estaban ahí. Tras sacar de la pila el cuadro de Desi y comprobar cómo había pasado la noche, Harry despidió a sus alumnos y fue a la cafetería. Pero tras optar en cambio por una de las hamburgueserías de la zona que estaba a poca distancia a pie del hospital, Harry encargó comida para Desi y para ella antes de ir a verla.

—Vengo con regalos, puesto que veo que no te gusta la comida del hospital —bromeó Harry al entrar. Desi estaba sentada en la cama, mirando por la ventana con aire triste. Con los rayos de sol que entraban a raudales en la habitación, su pelo parecía casi rubio y su rostro tenía ese aspecto juvenil que recordaba Harry.

—Mi salvadora. Siempre lo has sido, ¿verdad, Harry? —Al hacer la pregunta, Desi no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Llevaba ahí sentada toda la mañana, repasando las decisiones que había tomado y lo que le habían costado.

—Puedo volver a serlo, Desi, si me dejas —dijo Harry, cediendo a sus deseos más íntimos y sentándose en la cama al lado de Desi.

—Puede que ya sea demasiado tarde, cariño. ¿Quién me querría ahora? Mira cómo estoy —contestó Desi señalándose la pierna.

Pensando que Desi necesitaba tiempo, Harry cambió de tema y preguntó sobre la familia de Desi. Se alegró de oír que Rachel se había hecho peluquera y ahora trabajaba en una de las peluquerías de más prestigio de la ciudad. El padre de Desi había muerto cinco años antes de cáncer de pulmón, por lo que aparte de Rachel, Byron era técnicamente la única familia que le quedaba.

—¿Quieres que llame a Rachel y le diga dónde estás? —preguntó Harry.

—No te molestes, chica alta, rica y guapa —chilló Rachel desde la puerta. Había cancelado todas las citas que tenía para ese día después de recibir la llamada de su hermana esa mañana. Rachel condujo hasta el hospital con una sonrisa en la cara al enterarse de quién era la atractiva cirujana que había estado de servicio cuando llevaron a Desi al hospital. Con algo de suerte, Harry no estaría liada con una zorra delgaducha de la alta sociedad que hubiera que eliminar.

—Renacuajo, mírate. Estás estupenda. ¿Es cierto que las rubias se divierten más? —preguntó Harry, levantándose de la cama para saludar a la hermana de Desi.

—Sal conmigo alguna vez, doctora, y lo sabrás. ¿Cómo está mi hermana mayor? —preguntó Rachel, volviéndose hacia la cama.

—Estoy bien, Rachel, ven aquí y dame un beso. Tengo la pierna rota, no los labios —dijo Desi.

—Por esta vez, hermana. Espero que ahora me hagas caso y dejes a ese gilipollas de una vez por todas. ¿Qué hace falta, Desirée, que te mate? —preguntó Rachel con los brazos en jarras.

—Calla, Rach, Harry no necesita oír todo eso —la riñó Desi.

—Os dejo a solas. Cómete la hamburguesa, Desi, y bébete todo ese batido que te he traído. En estos momentos, necesitas todo el calcio posible. Rachel, me alegro de volver a verte, cuídate.

No es asunto tuyo, Harry, olvídalo. Ni siquiera quiere que estés presente cuando lo hable con su hermana, pensó Harry mientras se alejaba por el pasillo hasta la sala. Dejándose caer en una de las cómodas sillas de la sala vacía, Harry cerró los ojos un momento, pensando en el resto del día. Le quedaban diez horas más de trabajo como mínimo y tenía que buscar una forma de no pensar en Desi durante todo ese tiempo.

Las manos que le rodearon el cuello eran conocidas, por lo que no le hizo falta mirar para ver quién era. Los dedos le masajearon los tensos músculos que tenía ahí, así como los hombros, y luego la rubia rodeó la silla y se sentó en su regazo.

—Rachel, querida, ¿cómo estás, en serio? —preguntó Harry, acunando a la hermana de Desi en su regazo.

—Hueles igual que siempre, Harry, ¿cómo es posible? —preguntó Rachel, apoyando la cabeza en el hombro de Harry.

—Soy animal de costumbres, Rachel, ya sabes, la aburrida Harry.

—No, Harry, no eres aburrida para nada. Te he echado muchísimo de menos y creo que jamás podré perdonar a mi hermana por lo que te hizo. Fuiste tan buena con nosotras cuando éramos pequeñas. Pasé mucho tiempo enfadadísima con ella, pero por fin me confesó los motivos, Harry, así que he venido a pedirte un favor. Dale el tiempo que necesite para explicarte lo que ocurrió, merecerá la pena, créeme. Se casó con ese cerdo, Harry, pero nunca ha dejado de quererte, lo sé. No lo quiere reconocer, pero está ahí. Ahora dame un beso, doctora, que tengo que volver ahí y enfrentarme al coco. —Besando suavemente a Harry en los labios, Rachel se levantó y volvió a la habitación de su hermana, dejando a Harry más confusa que antes.

Rachel hizo compañía a Desi toda la tarde, intentando ponerla cómoda y sacarla de su depresión. Rachel lavó el pelo a Desi y la maquilló ligeramente para cuando volviera Harry. A las cinco, el inspector Landry volvió para entrevistar a Desi sobre lo que había ocurrido en su casa el día anterior. Ante la insistencia del policía y de Rachel, Desi decidió por primera vez denunciar a Byron. No era la primera vez que la enviaba a Urgencias, pero sí era la primera que tenía que pasar por el quirófano y quedarse en el hospital para recuperarse de la paliza. Rachel sólo le pidió al agente que le diera tiempo para pasarse por casa y recoger sus cosas y las de Desi antes de emitir la orden de arresto contra Byron. El marido de Desi tendría que ser arrestado de nuevo, puesto que su padre había presentado su fianza la noche antes. Fue la salvación para ella cuando su hermana pequeña se fue a vivir con ellos tras la muerte de su padre. Era lo único que, según pensaba Desi, había impedido que Byron no la hubiera matado ya.

Cuando la entrevista estaba terminando, llegó Harry, que quería comprobar los ajustes de la tracción que sujetaba a Desi antes de volver a casa. Desi parecía cansada, pero tenía mejor aspecto que esa mañana, y Harry se imaginó que Rachel había estado haciendo de peluquera. Cuando Harry estaba a punto de salir para dejarles terminar la conversación, Desi le pidió que se quedara.

—Señora Simoneaux, ¿dónde van a vivir su hermana y usted cuando le den el alta? Por su propia seguridad, le recomendaría que no volviera a la casa que comparte con su marido. Llame a mi oficina con una dirección y un número donde pueda ponerme en contacto con usted y le prometo que la mantendré informada. Cuídese, señora, nadie se merece esta clase de trato. Doctora, encantado de volver a verla. A lo mejor la próxima vez le pido hora para que me mire esta rodilla que tengo mal. Podemos hacer un intercambio: yo me ocupo de cualquier multa que tenga de aparcamiento y usted me arregla la pierna —dijo el inspector riendo. Alargó la mano y estrechó la de Harry, antes de despedirse de todas.

—De acuerdo, inspector Landry. Gracias por venir hoy a hablar con Desi. Bueno, señoras, ¿tenéis donde alojaros? —preguntó Harry, rezando para no estar a punto de cometer otro inmenso error.

—Sí —dijo Rachel.

—No —dijo Desi al mismo tiempo. Desi fulminó a su hermana con la mirada por contestar por ella.

—Rachel, eres libre de venir a mi casa. Puedes ayudar a tu hermana a buscar un sitio cuando le den el alta —dijo Harry, hablando con Rachel sin hacer caso de la mujer furiosa que estaba en la cama.

—¿Lo dices en serio, Harry? ¿Todavía vives aquí cerca? —preguntó Rachel.

—Sí, el año pasado me compré una casa en St. Charles. Contraté a Tony para que me la decorara, sólo que en ese momento no sabía que también le tocaba a él elegir la casa. Kenneth se quedó tan emocionado por el contrato al ver que Tony iba a estar tan ocupado que esta Navidad me envió de vacaciones a Barbados. Está ya casi terminada, con unas cuantas peleas más estoy segura de que nos pondremos de acuerdo en algo. Tony no comprende el concepto de paredes blancas y yo no capto la diferencia entre el malva y el rosa, así que de vez en cuando tenemos unas interesantes escenas dramáticas. Si puedes vivir así, te puedes quedar —dijo Harry, balanceándose sobre los talones.

—¿Vives en la avenida? —preguntó Rachel, impresionada.

—A dos manzanas del cementerio de caravanas de Napoleón, ¿te vienes entonces? —preguntó Harry.

—Harry, nunca hemos vivido en una caravana, retíralo —lloriqueó Rachel, dando un zapatazo en el suelo.

—Lo retiro, y puedes venirte a vivir conmigo si consigues convencer a esa cabezota de ahí para que se venga contigo.

Desi no pudo evitar echarse a reír ante sus payasadas. Volver a estar con Harry era como un bálsamo para su alma.

Durante la semana siguiente desarrollaron una rutina. Harry llegaba todos los días con el almuerzo y luego las chicas pasaban la noche juntas. El día en que decidieron que las dos hermanas irían a vivir con ella, Harry llevó a Rachel a la pequeña casa donde vivía con Desi y Byron para recoger las cosas de ambas. Tony estaba encantado con lo que estaba ocurriendo: así tenía una excusa para ir de compras en busca de colchas nuevas más apropiadas para las señoras. Acompañado de Rachel, Tony se aseguró de que los dependientes de las tiendas más elegantes de la ciudad nunca se olvidaran de ellos.

—¿Lista para irte mañana? —preguntó Harry.

—¿Estás segura de que no te vamos a incordiar, Harry? —preguntó Desi, metiéndose en la boca la última cucharada de helado que había traído Harry.

—Desi, llevo una semana viviendo con Tony y tu hermana. Te lo aseguro, no me vais a incordiar —contestó Harry, sentada al lado de la cama. Desi se dio cuenta de que poco a poco estaban recuperando la cómoda relación que habían tenido en otra época, al mirar los pies enfundados en calcetines que Harry había puesto encima de la cama. ¿Cuándo le he puesto la mano en el pie? ¿Se habrá dado cuenta Harry?, se preguntó Desi.

—Desi, ¿puedo preguntarte una cosa? —preguntó Harry.

—Sabes que sí —dijo Desi.

—Tengo una amiga que trabaja en la oficina del fiscal y que lleva la mayoría de los casos de malos tratos domésticos. ¿Te ofendería que la llamara y le pidiera que viniera a hablar contigo? Me sentiría mejor si estás al tanto de lo que se avecina y qué puedes esperar. Serena lleva haciendo esto desde hace tiempo y puede guiarte durante todo el proceso.

—Sí, eso me gustaría. Bueno, Harry, ¿de qué color es mi habitación? —preguntó Desi, intentando desviar la conversación del tema de su desgraciado matrimonio.

—Magenta, la última vez que la vi.

Las dos se echaron a reír, imaginándose juntos a Tony y a Rachel.

Como no quería correr riesgos con Desi, Harry encargó una ambulancia para llevarlas a casa. Había trasladado todas sus operaciones para el día siguiente, pues quería estar presente cuando Desi llegara a casa. Al pasar por la verja de una de las casas más grandes de la manzana, Harry oyó el largo silbido que soltó el conductor por lo bajo. Tengo que reconocérselo al chico: Tony sabe elegir una casa, pensó Harry. En cuanto llegaron a la puerta lateral, el busca de Harry sonó con un número del quirófano del Charity.

—¿Qué tienes para mí, Sam? —Harry escuchó mientras Sam repasaba la lista de víctimas de un accidente que estaban a punto de llegar a Urgencias en cualquier momento, al tiempo que observaba a los dos hombres que sacaban a Desi de la ambulancia. Se dio cuenta, al escuchar la lista de heridos que repasaba Sam, que harían falta tres quirófanos durante la mayor parte de la noche para ocuparse de todos los pacientes que necesitaban intervención quirúrgica—. Se acabó mi día libre. Llama a Smith y a Butler y luego divide mis casos entre los tres quirófanos. Voy para allá. Dile a Tyler que pinche algo movidito para mantenerme despierta.

—De acuerdo, doctora —dijo Sam.

—Lo siento, Desi, tengo que irme. Parece ser que un borracho ha provocado un choque en cadena de cuarenta coches en la interestatal de entrada a la ciudad y que el único que ha salido ileso ha sido él. Rachel y Tony están aquí si necesitas cualquier cosa. Mona volverá esta noche y también te ayudará —dijo Harry, arrodillándose junto a la camilla donde estaba echada Desi y cogiéndole la mano.

—¿Mona? —preguntó Desi.

—Es mi ama de llaves y mano derecha. Libra de domingo a martes para poder visitar a sus hijas. Al cabo de dos días está deseando volver a casa y entonces yo ya no le parezco tan horrible.

Desi se quedó mirando a Harry todo el tiempo que pudo desde su posición supina y luego prestó atención a la casa de su amiga. Tony había hecho realmente un trabajo excelente con la decoración, mezclando sus propios gustos con los de Harry hasta convertirlo en un espacio habitable. Ella pensaba que la idea de tener un decorador era que éste siguiera los gustos del dueño, pero recordaba a Tony desde los tiempos del instituto y el compromiso no era una de las prioridades de su vida.

—Desi, querida, tienes un aspecto absolutamente horrible —exclamó Tony desde la puerta de la solana agarrándose el pecho.

—Gracias, Tony, me alegro de ver que en esta vida hay cosas que nunca cambian. He estado admirando esta habitación, muy bonita. Pero no es que refleje mucho a Harry, ¿verdad? —preguntó Desi haciéndole una mueca.

—Ay, chica, de ser posible, esa mujer viviría con una caja en medio de cada habitación. Harry debería postrarse de rodillas y dar gracias a Dios todos los días por poder contar conmigo para darle un poco de clase. Vamos a subirte a tu habitación y luego nos ponemos al día. Por aquí, James —les dijo Tony a los dos encargados de la ambulancia.

—Me llamo Henry, señor —dijo el hombre que iba delante.

—Por supuesto, menos mal que se acuerda —le soltó Tony.

—Tony, cálmate, ¿quieres? Estos hombres me tienen que subir por las escaleras. No quiero que me tiren.

—Ya nadie tiene sentido del humor, te lo juro —replicó Tony con aire dramático agitando las manos en el aire.

Tony los llevó a una gran habitación de la esquina del primer piso de la casa. Los suelos de madera estaban cubiertos de alfombras persas de seda de colores discretos y había un balcón que daba a los jardines traseros de la casa. En medio de la habitación estaba la cama antigua con dosel más bonita que había visto Desi en toda su vida. La madera oscura de la habitación quedaba acentuada por las paredes pintadas de azul oscuro, que le daban un aire cómodo, pero lujoso. Los dos hombres la colocaron en la cama y luego se despidieron. Tony situó una especie de tenderete metálico por encima de sus pies para poder echarle encima el edredón de plumas sin que presionara sobre la pierna herida. Una foto que había en la repisa de la chimenea le llamó la atención y se le llenaron los ojos de lágrimas al ver que Harry la había conservado.

—No pega con la decoración, pero pensé que podía permitirle este pequeño capricho. ¿Te trae recuerdos, Desi? —preguntó Tony con tono mordaz. Estaba intentando ser amable, pero le costaba al ver a la persona que había hecho tanto daño a Harry. En el viejo marco dorado estaban Harry y ella con el birrete y la toga de la graduación. Sus sonrisas iluminaban la habitación y Harry rodeaba los hombros de Desi con el brazo. Iba a ser el principio de su vida en común, no el final.

—Sí, Tony. Quiero darte las gracias por haber sido tan buen amigo de Harry durante todos estos años. Me alegro de saber que no ha estado sola después de todo lo que ocurrió —dijo Desi, sin apartar los ojos de la fotografía colocada en la repisa.

—Le hiciste daño, Desirée, un daño tan profundo que tuvimos que hacer un esfuerzo ímprobo para ayudarla a superarlo. Y ahora estás aquí y veo que todavía no ha logrado superar el bache. Al cabo de un tiempo, aprendes a leerle los ojos. Hay muy poca cosa que los llene de vida, pero tú sí, y soy el primero en reconocer que no lo comprendo. Entiéndeme, me alegro de que hayas vuelto y me alegro de que estés bien, pero si tienes pensado marcharte cuando se te cure la pierna, díselo ahora. Yo ya no tengo diecinueve años y ella tampoco. Esta vez no será tan fácil superarlo. Se ha hecho su propia vida, Desi, no se la quites. Es lo que ocurrirá se vuelves a desaparecer sin despedirte siquiera. Harry tiene a sus padres, su trabajo y a nosotros. No es suficiente, pero para ella sí. Nadie se ha acercado siquiera a esa imagen que tiene de ti en su cabeza, así que permíteme que te diga que si le haces daño, me encargaré de que lo lamentes. —Tony terminó su discurso y se sentó al lado de la cama, mirando a Desi para ver cómo reaccionaba.

—Está bien, Tony, gracias por ser sincero conmigo. ¿De verdad estuvo tan mal cuando la dejé? Pensé que Harry lo superaría al cabo de unas semanas y que encontraría a alguien más afín a ella. Tú y yo sabemos que yo no era de su clase. Era como si la Cenicienta se tratara con los Vanderbilt. Estaba mejor sin mí —dijo Desi, temerosa de enfrentarse al hombre sentado a su lado.

—Una mierda, era ella la que tenía derecho a tomar esa decisión, no tú. Mientras tú estabas toda ocupada sonriéndole a ese bruto de Byron, Harry estaba pasando por un infierno. Ella nunca te lo dirá, porque no es la clase de persona que querría que te sintieras mal. Dime, Desi, ¿cuándo hizo Harry que te sintieras inferior a lo que eras a causa de tu ropa o tu casa? —preguntó Tony con enfado.

—Tienes razón, Tony, nunca lo hizo. ¿Te ayudaría saber que no fue decisión mía dejarla? ¿Que yo he estado todo este tiempo tan hecha polvo como ella? Porque así es, Tony, así es. Me sorprendió muchísimo cuando se ofreció a hacer esto. Yo habría pensado que me habría dejado en manos del primer médico que pasara por allí nada más verme, pero no lo hizo.

—Despierta, Desi. Por supuesto que Harry no habría hecho eso. Te quiere, estúpida. Ha habido muchas mujeres que querían estar en tus zapatos, Desi, pero Harry las ha rechazado a todas gentilmente. Una vez le pregunté por qué. Mis preferencias sexuales no quieren decir que no sea capaz de apreciar la belleza cuando la veo y algunas de estas chicas eran espectaculares. Le pregunté que por qué no elegía a una y seguía con su vida. ¿Quieres saber lo que me respondió? —preguntó Tony, suavizando el tono.

—Sí, quiero saberlo —dijo Desi en voz baja. Seguía nerviosa con los dedos el dibujo del edredón que le había echado Tony sobre las piernas.

—Dijo que en justicia no podía entrar en una relación, por maravillosa que fuese la chica, porque no estaba entera. "No se puede entregar un corazón roto", fue lo que me dijo. Después de eso, dejé de preguntárselo, la quiero demasiado para seguir recordándole el dolor. Kenneth y yo hemos logrado por fin que salga con nosotros a divertirse como hacíamos antes, pero sólo desde hace cinco años. Y ahora, como ya he dicho, estás aquí —repitió Tony, con un aspaviento.

—Amor, ¿estás siendo descortés con la invitada de Harry? Tengo que recordarle siempre que nuestra amiga es más grande que los dos y que estoy seguro de que me puede dar una paliza, así que me disculpo por él si es lo que ha hecho —dijo Kenneth al entrar en la habitación. Había estado parado en el pasillo escuchando la conversación y vitoreando en silencio a su amante. Alguien tenía que explicarle a Desi lo que había hecho y lo mal que había estado. Tony, cómo no, había demostrado su valía.

—No, Kenneth, sólo me estaba explicando cómo ha elegido las cosas para la casa y por qué. Me alegro de volver a verte. Ya sé lo que han estado haciendo Harry y Tony, ahora cuéntame tú qué ha sido de tu vida desde la última vez que nos vimos —dijo Desi.

—Trabajo como pediatra en la ciudad. En realidad hago lo mismo que Harry, es decir, trabajo y doy clases en la Facultad de Medicina. Está bien y me recuerda a diario por qué no quiero tener hijos, pero me encantan los niños que veo en las clínicas. La sangre y la gloria se las dejo a Harry: yo sólo me ocupo de sarpullidos y mocos. Es hora de que duermas un poco, Desi, después de tomarte las pastillas. Descansa y luego Rachel y yo te traeremos la comida cuando te despiertes —dijo Kenneth.

—¿Harry va a volver pronto a casa? —preguntó Desi, intentando parecer despreocupada.

—No, no te quedes esperándola. He oído lo del accidente cuando venía para acá y cuando acaben va a tener calambres en los dedos. Estoy seguro de que los días como éste son los que le hacen desear a Harry tener una sencilla consulta el campo, pero como es adicta al quirófano, menos mal que vivimos en una ciudad movida.

Los dos hombres dejaron sola a Desi esa tarde con sus pensamientos y recuerdos. Se preguntó cómo sería vivir aquí con Harry sin el miedo. Se preguntó si tras un largo día de trabajo, Harry llegaría a casa dispuesta a pegar a la persona a la que se suponía que amaba.

—Luego hablo contigo, papá. Byron no tardará en llegar a casa y hoy es nuestro quinto aniversario. Estoy preparando su cena preferida y tengo un par de cosas más que hacer antes de que llegue —dijo Desi. Estaba intentando sentirse emocionada por la velada, pero hasta ahora sus esfuerzos no habían tenido éxito. Su vida se había hecho mecánica y pasaba de una cosa a la siguiente sólo porque no le quedaba más remedio y no porque ardiera en deseos de hacerlo.

—Desirée, tienes una buena vida, chica. Tienes un buen hombre con un buen trabajo para cuidarte y ahora sólo tienes que hacerme abuelo. ¿A que te alegras de que te presentara a Byron? —preguntó Clyde.

—Gracias, papá, estamos en ello. Es que últimamente Byron tiene tanto trabajo en el taller que casi no nos vemos. El negocio de su padre está remontando desde que se jubiló su competidor, el viejo George. Hablamos pronto, adiós —dijo Desi y colgó el teléfono—. Cinco años de mi vida desaparecidos. Harry, ¿todavía piensas en mí? ¿Mi vida te parecería un chiste tan grande como a mí? Te echo de menos, cariño, y te quiero —susurró Desi por la ventana de la cocina.

—No sabía que nuestra vida te pareciera un chiste, Desirée. Yo era lo mejor que ibas a conseguir, zorra estúpida, así que deja de quejarte o te doy algo para que te quejes de verdad —gritó Byron detrás de ella.

Al ver las lágrimas que le corrían por la cara, se volvió loco. Tener que aguantar a su padre llamándolo estúpido todo el día para volver a casa y encontrarse a una mujer que lloraba por otra persona era más de lo que un hombre podía soportar. Toda la cerveza que se había bebido en el bar de la esquina no bastaba para sofocar esos sentimientos.

—Trabajo todo el santo día para darte una buena vida ¿y así me lo agradeces? —vociferó. Byron no recordaba muy bien en qué momento cerró los puños y los descargó sobre la cara de Desi, pero no había forma de negarlo al día siguiente. Le pidió perdón y le prometió que nunca más volvería a ocurrir, pero siempre estaba su padre y siempre estaban las lágrimas de Desi. ¿Cómo iba a pasar todo eso por alto?


PARTE 3


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