Capítulo 10


El fin de semana transcurrió sin incidentes y las chicas lo pasaron juntas en casa de Harry, para gran alegría de Butch, a quien le parecía una especie de acampada. Instalaron a Desi en el estudio y el domingo, Tony y Kenneth se presentaron para ayudar con la limpieza y la pintura, de modo que, para el lunes, Desi ya estaba preparada para poner en marcha su creatividad. Fueron unos días de renovación, que comenzaron cuando Desi pudo quitarse el refuerzo de la pierna para moverse por la casa y continuaron cuando Serena abrió su corazón a nuevas posibilidades con Rachel.

Roger las mantenía informadas de la búsqueda de Mike y Byron y de lo que ocurría con el padre de éstos. El inspector sentía simpatía por Desi y quería asegurarse de que la joven estuviera a salvo y libre de las garras de Byron y su hermano. Harry llamó a la compañía de seguridad y contrató a un nuevo guardia para que vigilara los terrenos de la casa mientras ella estuviera en el trabajo, para así poder estar tranquila. El domingo después de mediodía se reunieron todos en la cocina y prepararon un almuerzo tardío, puesto que Mona estaba visitando a su familia. Tuvieron que convencer a la buena mujer para que se marchara y pasara un tiempo fuera de la casa sin tener que cuidar de todos ellos.

—¿Nos queda queso? —le preguntó Desi a Harry. Acababa de terminar de rayar un trozo para las fajitas que estaban preparando. Harry se dirigía a la barbacoa para cocinar la carne, el pollo y las gambas que habían marinado para el plato.

—Mira en el último cajón de la nevera. Estoy segura de que Mona lo esconde ahí —dijo Harry, dejando la fuente que llevaba. Se puso detrás de Desi, tiró de ella para apartarla de la puerta de la nevera y la sentó en la encimera de la cocina para poder besarla. Desi, vestida con pantalones cortos y una camiseta de tirantes finos, tenía algo que estaba volviendo loca a Harry.

—Cariño, nos están esperando todos —dijo Desi, sin hacer el menor intento de bajarse de la encimera. Harry llevaba todo el día de talante romántico y no tenía la menor intención de echarle el freno.

—Que esperen. Tengo una mujer increíblemente bella en la cocina preparándome la comida, ¿y me tengo que sentar encima de las manos para dejarlas quietas? —dijo Harry.

—No, pero a mí me encantaría sentarme encima de tus manos —dijo Desi con tono grave y provocativo.

—Tenemos hambre, tortolitas, a ver si nos ponemos las pilas —se quejó Tony desde la puerta. Se lo habían echado a suertes y le había tocado a él ir en busca de la pareja que faltaba en el grupo. En realidad, Kenneth y él eran los únicos que no se estaban besuqueando en ese momento y detestaba quedarse al lado de la barbacoa caliente.

—Búscate una chica, Tony —le gritó Harry.

—Controla esa lengua, Harry, qué asquerosidades dices —dijo Tony, aferrándose el pecho.

—Eso es cosa mía, gracias. Todo lo que tenga que ver con la lengua de la doctora Basantes debe pasar antes por la pelirroja bajita —dijo Desi. Por fin decidió bajarse de la encimera, pero se aseguró de hacerlo deslizándose por el cuerpo de Harry. El roce hizo que se le pusieran los pezones rígidos bajo la tela de la camiseta y Harry clavó la vista en esa zona. Desi metió la mano por la parte delantera de los pantalones cortos de Harry y tiró para sacarla de la casa, deteniéndose junto a la fuente para que la mujer, ahora frustrada, no se la olvidara. A Tony le encantó ver la cara de Harry, pues por fin veía la luz que llevaba tanto tiempo echando en falta. Casi le hacía gracia que la persona que había apagado esa luz fuera la misma que había vuelto a encender la llama.

—Tío Harry, si mi mamá se casa con Rachel, ¿seremos parientes? —preguntó Butch en cuanto salieron.

—Ya somos parientes, mi niño, así que da igual con quién se case tu mamá, eso no va a cambiar —contestó Harry.

—¿En serio? —preguntó Butch.

—Sí, sois mi familia del corazón y eso no lo puede cambiar nadie. Ven aquí, que te voy a enseñar a hacer la carne como un cavernícola, amigo —dijo Harry. Este comentario hizo que Serena se apartara de Rachel con una mueca.

—Harry, no sigas dándole mal ejemplo. Tú espera a tener hijos, que quedaremos todas las semanas para que pueda impartirles los conocimientos que le enseñas tú al mío —dijo Serena con cara de falsa indignación. Hacía tanto tiempo que no lo pasaban bien que estaba encantada con el fin de semana.

—¿Te crees que voy a criar a los nuestros de una forma distinta a mi niño Butch? Pero si es perfecto tal como es —bromeó Harry.

Ese comentario llamó la atención a Desi: era la primera vez que Harry comentaba que quisiera tener hijos y eso de "nuestros" era lo más importante de lo que había dicho la doctora. Que Byron y ella no hubieran tenido hijos no quería decir que ella no los quisiera y daría cualquier cosa por compartir esa experiencia con Harry. Desi se acercó y se apoyó en Harry, pues había descubierto que echaba de menos estar en contacto con ella cuando estaban separadas.

—A mí también me pareces perfecta, tío Harry —dijo Butch, blandiendo un tenedor largo como el que tenía Harry en la mano.

—Y a mí, cariño, a mí también me pareces perfecta —repitió Desi.


Esa noche, el coche patrulla que pasaba por delante de la casa de los Simoneaux no vio por escasos segundos a las dos figuras que entraron por la puerta de detrás. Con cuidado de no encender luces, Byron y Mike se preguntaron por qué había cinta de la policía por la parte de delante de la casa y por qué no había nadie. Tras mirar en la habitación de sus padres, llegaron a la conclusión de que debían de haber salido a cenar y, como no encendieron las luces, no vieron la gran mancha de sangre que seguía en la alfombra del cuarto de estar. Era el último recordatorio de que Monique Simoneaux había vivido allí y había entregado la vida para satisfacer la ira de su marido.

Tras sus conversaciones durante el viaje a Florida, Byron recordaba vagamente a una chica alta y morena que era amiga de Desi cuando estaban en el instituto. Él había terminado dos años antes que ellas, pero en sus anuarios debería haber una fotografía y el nombre de la persona que estaba dando refugio a Desi. De modo que en vez de acostarse, Byron bajó al pasillo la escalera plegable de la buhardilla y pasó la noche buscando los libros que contenían los recuerdos de una época de su vida en la que era un ganador. Dentro de esos anuarios viviría para siempre el apuesto jugador de fútbol por el que todas las chicas estaban locas. La atracción terminó cuando empezó a servirles la gasolina, al día siguiente de la graduación.

Cuando encontró el curso de Desi, empezó por el principio del alfabeto, rezando por reconocer la cara, para poder ir por fin a recuperar a su mujer.

—Ajá, ya te tengo, puta —dijo, posando el dedo sobre la fotografía de una joven Harry. Después de bajar las escaleras con el libro debajo del brazo, Byron fue a despertar a su hermano para confirmar que ésa era la persona que había visto con Desi.

—¿Qué pasa? Déjame en paz —dijo Mike. Intentó apartarse de la mano persistente que lo sacudía para despertarlo. ¿Acaso Byron no entendía que estaba cansado y asustado por lo que los esperaba?

—Mira esta foto, Mikey, y dime si ésta es la mujer que viste con Desi —dijo Byron, encendiendo la lamparita de la mesilla de noche. Mike guiñó los ojos y se los frotó un momento antes de mirar la fotografía que le señalaba su hermano.

—Sí, se parece a ella —dijo a la espalda de Byron, que salía corriendo de la habitación. En la guía telefónica sólo venía la dirección y el número de teléfono de la consulta de Harry, no dónde vivía. Lo único que tenía que hacer era quedarse esperando a que la doctora se fuera a casa y entonces recuperaría a Desi.


—No, no te puedes levantar —se quejó Desi cuando sonó el despertador. Era lunes y Harry tenía que volver al trabajo. Se habían despedido de todos la noche antes y habían pasado la noche intentando matarse la una a la otra a base de potentes orgasmos. El resultado era que Harry dudaba de que hoy pudiera mantenerse en pie mucho tiempo, y le tocaba operar en el Charity.

—Suéltame, mujer. Las dos hemos quedado hoy con unos montones de arcilla deforme y es hora de poner manos a la obra —dijo Harry, intentando trasladarse hasta el borde de la cama. Daba igual la postura en la que acabaran quedándose dormidas: siempre se despertaban en medio de la cama, con Desi encima de Harry.

—¿Vas a renunciar a la medicina para hacer cuencos, cariño? —preguntó Desi. Se movió con Harry, haciendo todo lo posible para convencerla de que se quedara en la cama un poquito más.

—No, tú tienes unas plastas de arcilla a la espera de convertirse en cuencos y jarrones y yo tengo unas plastas a la espera de convertirse en cirujanos. A veces pienso que tú vas a tener más suerte con tus plastas que yo con las mías. No te entusiasmes demasiado ahí fuera, que voy a intentar terminar a una hora decente para que podamos salir a cenar. Cocinar una vez por semana es mi límite y con lo de ayer ya he cumplido.

—Pues así quedamos, cariño —dijo Desi. Se levantó con Harry y se puso una bata para bajar y preparar el café y el desayuno. Aunque le encantaba que Mona cocinara para ellas, era agradable ocuparse de la alimentación de Harry una vez por semana—. ¿Quieres algo especial para desayunar, amor? —preguntó antes de bajar las escaleras.

—Sorpréndeme.


—Lo siento, pero la doctora Basantes no atiende pacientes aquí esta mañana. Si quiere, le puedo dar cita para el miércoles por la tarde, si puede esperar hasta entonces —informó la recepcionista a Byron por teléfono.

—Pero es que tengo que hablar con ella hoy mismo. ¿No podría decirme dónde puedo ponerme en contacto con ella? —preguntó Byron.

—Hoy opera en el Charity, señor, así que va a estar prácticamente todo el día ocupada, lo siento. —Antes de que Irma, la recepcionista de Harry, pudiera decir nada más, el hombre colgó, y ella se quedó preguntándose qué era lo que quería de verdad.


Después de aparcar al otro lado de la calle, en el aparcamiento subterráneo del Hospital Tulane, Byron se sentó en los escalones de la facultad de medicina, que daban a la entrada del aparcamiento para médicos del Hospital Charity. Pensaba que Harry no lo recordaría del instituto y nunca lo había visto con Desi. En cuanto supiera qué coche conducía, iría a recoger el coche que le había prestado su padre y la seguiría hasta casa. Miró asqueado a los vendedores ambulantes que habían empezado a colocar sus tenderetes delante del gran edificio. El mundo estaba lleno de locos y pervertidos, por lo que Byron pensaba que éste era el lugar de trabajo perfecto para la amiga de Desi.

Vio el Range Rover que se detenía en la entrada y la ventanilla eléctrica que empezaba a descender. Era ella y le estaba haciendo gestos con un billete de cinco dólares al tipo que vendía bolsas de frutos secos.

—Hola, doctora B, ¿cómo lo lleva esta mañana? —preguntó el alto afroamericano que llevaba el pelo dividido en largas trenzas. Era un drogadicto en recuperación que había encontrado trabajo vendiendo frutos secos delante del hospital y Harry era uno de sus clientes habituales los días que trabajaba allí. Siempre le pagaba con un billete de cinco dólares y siempre le decía que se quedara los cuatro dólares del cambio.

—Hacia abajo y a la izquierda, Henry. ¿Cómo te va a ti? —contestó Harry.

—Bien, doctora, sólo me quedan veinte bolsas por vender.

—Buena suerte, Henry, y sigue limpio, amigo —contestó Harry, al tiempo que metía su tarjeta codificada en el control para levantar la barrera.

—Gracias, doctora.

Byron estaba en lo cierto: ella ni se fijó en él en medio de ese gentío de personajes curiosos que siempre parecía adornar el exterior de las instalaciones médicas. Harry estaba más preocupada intentando maniobrar con el todoterreno por el estrecho aparcamiento. Siempre había pensado que le había resultado más fácil hacerse médico que moverse por este aparcamiento construido por algún ingeniero del estado. A lo mejor me compro una moto y le doy este trasto a Desi, pensó Harry mientras reculaba en el primer espacio libre que encontró.


El aparcamiento estaba casi vacío cuando salió esa tarde a las seis y pulsó el botón de marcado rápido para llamar a casa desde el coche y hablar con Desi.

—Hola, cielo, ¿qué tal tu día? —preguntó cuando Desi contestó al teléfono.

—Hola, tú. Ha sido estupendo y tengo un regalo para ti. Todavía se está enfriando, pero hoy he hecho mi primer jarrón y es todo tuyo —dijo Desi muy contenta. No quería comentar la cantidad de arcilla que se le había desplomado entre las manos a lo largo del día, pero cuanto más lo hacía, más recuperaba la habilidad.

—Demasiado tarde. Ya tengo tu primera creación, cielo, está en mi consulta, encima de mi mesa —dijo Harry, incorporándose al tráfico.

—¿De qué creación se trata? —preguntó Desi. Estaba dentro del armario en ropa interior, intentando decidir qué se iba a poner.

—Es un cenicero que hiciste cuando estábamos en quinto y que tiene las huellas de tus dedos por la parte de debajo junto con tu nombre. Supongo que tuviste que añadir el nombre por si otra preciosidad de chica me regalaba un cenicero con sus huellas debajo. Lo tengo lleno de caramelos y es un recuerdo constante de la preciosidad de chica que más me gusta en el mundo —dijo Harry. Lo estaba pasando bien con la conversación de camino a casa y se iba tranquilizando al oír que Desi estaba bien. Su último caso del día había sido una mandíbula rota como resultado de un ejemplo de violencia doméstica y se había quedado muy afectada.

—Ya, pues, cariño, también vas a conseguir mi segunda creación. Mientras esperas a que termine de crearse, ¿te importaría decirle a tu chica dónde vamos esta noche para que pueda vestirme?

—¿Estás desnuda? —preguntó Harry.

—Pues sí, Harry, estoy desnuda y esperando para vestirme, así que desembucha.

—No sé, puede que tarde todo el trayecto hasta casa para decidir dónde vamos a ir. A ver qué te parece esto: si estás desnuda cuando llegue a casa, hasta te invito a postre —propuso Harry.

—Si traes postre a casa, podrías quitármelo de encima a lametones, ahora que soy experta en la materia —bromeó Desi a su vez. Lo único que oyó fue un gruñido al otro lado de la línea y el ruido de la verja de entrada al abrirse. Se puso la bata, salió al balcón con el teléfono y se asomó por un lado para ver a Harry. Mientras esperaba a que la mujer vestida con el pijama de hospital despidiera al guardia, Desi sonrió a la única persona que hacía girar su mundo.

—¿Estás desnuda debajo de eso? —preguntó Harry.

—Sube, marinera, y descúbrelo —dijo Desi y desconectó el teléfono. Entró corriendo en la habitación, se quitó la bata y el conjunto de sujetador y bragas de encaje que se había puesto y saltó a la cama. Se echó a reír cuando oyó a Harry que subía las escaleras corriendo, al parecer de dos en dos. Como no había visto el coche de Rachel en la entrada, Harry volvió a sus antiguas costumbres y empezó a desnudarse al otro lado de la puerta. Abrió la puerta y llegó a la cama de tres largas zancadas.

—Hoy te he echado de menos, cariño. ¿Te gustaría ver cuánto? —preguntó Desi. Al ver a Harry desnuda en la puerta dirigiéndose a la cama, le quedó claro que iba a necesitar otra ducha antes de salir a cenar. Harry las hizo rodar a las dos para que Desi quedara encima y ésta sintió que se le duplicaba la humedad que tenía entre las piernas cuando las manos de Harry le cubrieron las nalgas y se las apretaron. Volviendo a lo que tenía en mente antes de que Harry la distrajera, Desi interrumpió el beso y bajó por el cuerpo de Harry.

—Llevo todo el día pensando en ti, cariño. Pensando en el aspecto que tienes cuando estás toda excitada y en cómo sabes. He estado todo el día toqueteando esa arcilla húmeda y pensando en toquetearte a ti entera, cariño —le dijo Desi en voz baja. Mientras hablaba, no había dejado de acariciar el cuerpo de Harry sólo con los pezones, y el largo cuerpo que tenía debajo empezó a jadear. El sol del atardecer iluminaba la habitación lo suficiente para que Desi viera el efecto de lo que hacía en el cuerpo de Harry cuando se colocó entre las musculosas piernas.

Subiendo con las cortas uñas desde los pies de Harry, Desi usó por fin los dos dedos índices para separar los húmedos pliegues. Colocó un dedo justo debajo del clítoris de Harry y apretó hacia abajo, haciendo que se irguiera aún más de lo que ya sobresalía. Desi decidió probar una cosa de la que le había hablado su hermana, diciéndole que obtendría grandes resultados. Con la punta de la lengua, se puso a escribir el alfabeto sobre el punto más necesitado de Harry. Optó por las letras minúsculas porque había que hacer más maniobras y se dio cuenta de que Rachel daba buenos consejos de vez en cuando. Al llegar a la letra g, Harry ya agitaba las caderas intentando aumentar la presión que aplicaba Desi, y con la letra i, Harry exclamó:

—Oh, joder, cariño.

Cuando llegó a la k, ya no se pudo resistir y la necesidad de metérselo todo en la boca acabó con la educación de Harry. Metiendo dos dedos dentro de Harry, chupó hasta que notó que las paredes que le rodeaban los dedos empezaban a contraerse, señal de que Harry estaba alcanzando el orgasmo. Desi supo que Harry gozaba de lo que le estaba haciendo cuando le enredó los dedos en el pelo para que no apartara la cara hasta que el placer que le daba Desi se hizo levemente doloroso.

Desi no había subido del todo hasta el cabecero de la cama cuando de repente se encontró boca arriba y pegada a la cama. Era el turno de Harry y como había estudiado griego, conocía todo un alfabeto nuevo que Desi todavía no había experimentado, pero justo cuando estaba a punto de devolverle el favor, Desi la detuvo.

—No, amor, esta noche quiero mirarte a los ojos cuando me corra, así que no te muevas.

Harry cambió de postura para poder deslizar la mano derecha entre sus cuerpos y se dispuso a satisfacer los deseos de Desi. Sujetando su peso con la otra mano para no aplastar a Desi, Harry empezó con una serie de besos lentos por el cuello de Desi y luego regresó a sus labios. Sus largos dedos acariciaron a Desi entre las piernas, suavemente al principio, pero luego con fuerza y determinación cuando la mujer menuda rodeó la espalda de Harry con las piernas. Harry movía las caderas al ritmo de la mano, para así penetrar a Desi con más fuerza, y su pulgar chocaba con la dura protuberancia cada vez que bajaba.

—Sí, cariño, así. Ooh, Dios, qué gusto. Mírame, Harry, mira lo que me haces —gritó Desi al tiempo que se le dilataban las pupilas y lanzaba un chorro de líquido caliente por toda la mano de Harry. Con una vez no le bastó, por lo que Desi levantó la pierna hasta pegarse bien a Harry y empezó a moverse de nuevo. Harry estaba a punto después de todo lo que le había ido diciendo Desi mientras ella le hacía el amor. Desi clavó los dedos en el trasero de Harry cuando ésta empezó a soltarle gruñidos en la oreja, lo cual le indicó que Harry volvía a estar al borde. En el último momento, Harry levantó el tronco para poder acelerar las embestidas y así llegaron hasta el final.

—Cariño, hay que ver lo bien que lo haces. A lo mejor esa jubilación adelantada de la que hablabas no sería tan mala idea —dijo Desi. Se movía debajo de Harry, intentando ponerse cómoda, pues la mujer más alta se había desplomado encima de ella después de que las dos acabaran con un sonoro gruñido.

—Si me pasara todo el día haciendo eso, estaría muerta al cabo de una semana —dijo Harry, colocándose de lado. Seguía más que nada encima de Desi, atrapándola con sus extremidades agotadas. No se le ocurría mejor manera de volver a casa.

—Vale, cariño, ahora me tienes que sacar a cenar. Se te da muy bien eso de despertarle el apetito a la gente, así que en marcha —dijo Desi. Dio una palmada en la nalga que tenía más al alcance de una mano y empujó con la otra—. Y todavía me tienes que decir dónde vamos —dijo la menuda rubia al seguir a Harry hasta el cuarto de baño.

—Caramba, Desi, ¿y tu instinto aventurero? —dijo Harry.

Harry se asomó dentro de la ducha y ajustó la temperatura del agua a un calor tolerable antes de meterse. En cuanto puso la cabeza debajo del chorro de agua, notó un cuerpo cálido que se pegaba a su espalda.

—¿Crees que estoy sucia? —le preguntó a Desi.

—Sí, y además eres incorregible, así que las manos quietas o jamás conseguiremos comer —dijo Desi. Siguió acariciando el cuerpo de Harry con las manos enjabonadas, sabiendo que a la doctora se le caía la baba con la sensación.

—Y si te invito a una hamburguesa de Port of Call, ¿me dejarías tocarte entonces? —preguntó Harry, volviéndose de cara a Desi.

—Cielo, por una de esas cacho hamburguesas con patata asada, tendría un hijo tuyo —dijo Desi.

—Trato hecho.

La respuesta dejó anonadada a Desi por un instante y Harry pensó que se había pasado de la raya. Nunca habían hablado de ello, pues Harry siempre pensaba que era demasiado pronto en su relación. Pero lo cierto era que habrían tenido que acabar sacando el tema si querían contar con un embarazo saludable, por una cuestión de edad.

—Vale, ¿has dicho trato hecho en el sentido de que quieres tener un hijo conmigo o trato hecho en el sentido de que me quieres invitar a una hamburguesa? —preguntó Desi. Cruzó los dedos para que Harry no se acobardara y le diera la respuesta que pensaba que Desi quería oír.

—Las dos cosas. Quiero tener hijos contigo pronto y quiero invitarte a una hamburguesa esta noche. Si no quieres hijos, no importa, viviré la experiencia a través de Butch. —Harry apoyó la mejilla en la cabeza de Desi, preocupada por si había revelado demasiado pronto gran parte de sus sueños.

—No, quiero hijos propios y tienen que ser parte de ti, así que lo que te sugiero, doctora Harry, es que llames a tu hermano y le pidas un favor. Sin andarnos con rodeos y sin largas esperas. Creo que estamos listas y tenemos derecho a tener nuestro propio pequeñín que nos llene de alegría. Ahora saca ese bonito culo de la ducha y dame de comer —exigió Desi. Pero no se movió hasta que el agua se enfrió un poco, porque se estaba regodeando en el abrazo maravilloso que le daba Harry. Por fin les estaban saliendo bien las cosas. Lo único que hacía falta era una sinceridad total y saber comunicarse.

Vestidas con vaqueros y zapatillas deportivas, las chicas se dirigieron al restaurante de su infancia, sin fijarse en el coche viejo que las siguió durante todo el trayecto. Byron había estado esperando fuera de la verja para ver si se iban a quedar en casa esa noche, ideando un plan para entrar en la casa. Las siguió hasta el restaurante y se quedó el tiempo suficiente para ver cómo entraban y luego se marchó, calculando que volverían a la casa cuando hubieran terminado. Se ponía enfermo de ver cómo toqueteaba Desi a la mujer con la que estaba. Cuando estaba con él nunca le cogía la mano y nunca se acercaba para iniciar un beso. Tendría que haberse dado cuenta de que era porque le pasaba algo, de que aquello no tenía nada que ver con él.

Aparcó el coche en una de las calles laterales y luego saltó la valla de la propiedad de Harry, manteniéndose en las sombras hasta que llegó a la casa. Armado con unas cizallas, un cortacristales y otra sorpresa, esperó a que las tortolitas llegaran a casa. No iba a cumplir una condena en la cárcel por una puta pervertida.


Al salir del restaurante, que parecía un auténtico antro, Desi le preguntó a Harry:

—¿Te acuerdas de la última vez que comimos aquí juntas?

Acababan de terminar de cenar y caminaban de regreso al coche cogidas de la mano. Desde su última salida al restaurante, al que acudían sobre todo los naturales de la ciudad, la zona que rodeaba a la Avenida Esplanade se había convertido en un centro neurálgico de bares y restaurantes para el público homosexual. Nadie miraba dos veces a una pareja que se demostrara cariño en esa zona, puesto que se había convertido en algo habitual.

—Pues claro que me acuerdo, mi amor. Yo tenía ese viejo coche de dos plazas que era perfecto para que te sentaras bien pegada a mí. Dios, cómo me gustaba ese coche. Nos acompañaba el renacuajo y, como esta noche, tú te zampaste una hamburguesa inmensa con una patata asada aún más grande. La única diferencia serían las dos cervezas de acompañamiento de hoy —dijo Harry. Desactivó la alarma cuando llegaron al Range Rover y luego empujó a Desi contra el costado del coche para poder besarla antes de abrir la puerta.

—Ésta es otra diferencia, cariño, aunque también me habría gustado en aquel entonces —dijo Desi. Miró a Harry con expresión soñadora y luego se apartó para que su caballerosa acompañante pudiera abrirle la puerta.

Regresaron a casa en agradable silencio, disfrutando simplemente de su mutua compañía, pues ya habían charlado del día que habían tenido durante la cena. Cuando la verja de entrada de la casa se abrió después de que Harry pulsara el mando que iba incorporado al espejo retrovisor, todo parecía normal. Harry rodeó el coche y le abrió la puerta a Desi y luego tuvo dificultades para abrir la puerta de la casa, porque Desi estaba abrazada a su espalda, haciéndole cosquillas para intentar distraerla. Parecía que la mujer menuda no quería renunciar al talante juguetón que les había entrado desde que Harry llamó diciendo que volvía a casa. Desi ya estaba planeando muchas más noches como ésta que estaban terminando, pues habían podido hablar de gran cantidad de temas sin la menor dificultad.

Harry subió las escaleras con las piernas de Desi alrededor de la cintura. El hecho de haber recorrido este trayecto tantas veces que ya se lo sabía de memoria la ayudaba a no tener que interrumpir el beso que estaban compartiendo. Cuando llegaron al dormitorio, Harry se sentó en la cama con Desi aún en el regazo y se echó hacia atrás para sentir el cuerpo de Desi pegado al suyo. Fue el ruido extraño que salía del armario lo que interrumpió el beso.

Al dirigir una mirada al despertador de la mesilla de noche y ver que los habituales números rojos se habían apagado, Harry supo que estaban sin electricidad. Como recordaba bien lo que le había pasado a Jude, apartó a Desi y se asomó para mirar la casa más cercana, advirtiendo que las luces de arriba seguían encendidas. Los pitidos que salían del panel de la alarma de dentro del armario no habían cesado gracias a la recarga de seguridad de la batería e indicaban que había entrado alguien por la puerta de la cocina.

Regresando a la cama, Harry se llevó el dedo índice a los labios para indicarle a Desi que mantuviera silencio mientras ella sacaba algo de debajo de la cama. Con una bolsa de lona colgada del hombro, Harry salió con Desi por las puertas del balcón, donde dejó la bolsa y le susurró a Desi al oído lo que quería que hiciera.

—Cariño, quiero que bajes y vayas al estudio. El suministro eléctrico llega primero a ese edificio, así que ahí todavía tiene que haber luz. Llama a la policía y diles que ha entrado alguien y que sigue en la casa. Y por lo que más quieras, no vuelvas a la casa hasta que yo salga a buscarte o la policía te diga que todo está en orden. Ahora ve, y te quiero.

—Harry, tú vienes conmigo, ¿verdad? —preguntó Desi. Vio que Harry desenrollaba una pequeña escala que cayó hasta el suelo. Eran típicas de las casas antiguas construidas sobre todo en madera, para que fuera más fácil salir en caso de incendio.

—No, tengo la sensación de que sé quién es y tenemos un asunto pendiente. Ahora vamos, cariño, ponte en marcha —insistió Harry. Besó a Desi rápidamente en los labios, la ayudó a trepar por encima de la barandilla y se quedó mirando cuando llegó al suelo y echó a correr hacia su estudio. Harry se volvió, entró de nuevo en la habitación y se quedó parada un momento en el centro para orientarse. Escuchando para ver si Byron le daba una pista de dónde se encontraba dentro de la casa, aprovechó el tiempo para dejar que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

Contenta de que todavía no se hubieran desnudado, fue al pasillo y bajó las escaleras por el borde externo para que no crujieran. Al llegar abajo se detuvo un momento y luego se dirigió a la solana, pues sabía que el marido rechazado de Desi tendría que pasar por allí para entrar en la zona principal de la casa. Haciendo acopio de toda su calma, Harry se sentó en uno de los sofás de la habitación y esperó. Al escuchar con atención, oyó los jadeos del hombre en la cocina. Parecía asustado mientras intentaba decidir qué hacer a continuación. Lo que vas a hacer a continuación, capullo, es cumplir una larga condena en la cárcel, a menos que yo decida darte una paliza de la muerte antes de que llegue la policía, pensó Harry. Había pulsado la tecla de la policía del cuadro de la alarma antes de salir del dormitorio, para silenciar los pitidos. Harry no quería que hubiera nada que ahuyentara a Byron antes de que ella pudiera ponerle las manos encima.


Bueno, Byron, esto es como la última vez. Recorres la casa y coges a Desi. Sólo que esta vez sé que es ella y no una mujer que no conozco de nada. Se quedó parado en la cocina un minuto y repasó su plan antes de moverse. Al mirar por las ventanas mientras las mujeres estaban fuera, Byron había visto que la gran estancia acristalada era la forma más fácil de pasar a la zona principal de la casa. Una vez ahí, estaba seguro de que no tendría problemas para encontrar las escaleras y a su mujer.

Aunque había luna llena y y hacía una clara noche de primavera, no vio a la figura sentada que lo atravesaba con la mirada. Cuando llegó a la mitad de la amplia estancia, la voz de Harry rompió el silencio que reinaba hasta entonces.

—Hola, Byron, cuánto tiempo. Bienvenido a nuestra casa, aunque la mayoría de la gente llama al timbre antes de entrar.

Él se sacó la pistola de la cinturilla de los pantalones y apuntó hacia delante, girando sobre sí mismo para intentar localizar el punto de donde procedía la voz.

—No quiero hacerte daño. Sólo quiero a Desi y luego me voy.

—Ahí está el problema, colega. Desi no te quiere a ti —dijo Harry al tiempo que se hundía más en las sombras. No se esperaba que el idiota tuviera una pistola y esta noche no entraba en sus planes recibir un tiro.

—Pues has perdido, capulla pervertida. Desi está casada conmigo y así va a seguir. No voy a dejar que un abogado listillo, pagado por ti, estoy seguro, se salga con la suya. Bueno, ¿dónde está? —gritó Byron. Estaba sudando y la pistola se le resbalaba en la mano. ¿Por qué había sido mucho más fácil la primera vez?

—Baja el arma, Byron, y hablemos de esto como dos adultos. Desi no se va a ir contigo esta noche, ni ninguna otra, a decir verdad. ¿Es que no quieres lo mejor para ella? —preguntó Harry con tono razonable. Lo estaba observando y no se sentía muy tranquila.

—Yo le digo a Desi lo que le conviene, soy su marido, maldita sea. Así funcionan las cosas.

—¿Eso te lo ha dicho tu padre, genio? Si fueras un hombre de verdad, bajarías el arma y te ocuparías de mí como él se ocupaba de tu madre. Eres un hombre, ¿no, Byron? —preguntó Harry. Su voz había adoptado un tono sarcástico, pues la única manera que tenía de poder con él era tocándole todos los puntos débiles.

—Aquí el único normal soy yo y sí, soy un hombre. Mi padre es un hombre de verdad que nos ha enseñado a mi hermano y a mí cómo funciona el mundo, así que no te atrevas a insultarlo. ¿Me entiendes, zorra? —El sudor se le metía en los ojos y le costaba ver lo que había en la habitación.

—Seguro que eso era lo que hacía anoche cuando mató a tu madre de una paliza en el cuarto de estar, seguro que le estaba enseñando cómo funciona el mundo. El único problema es que ahora a ver quién le va a lavar la ropa y a hacerle la comida. Vamos, muchachito, baja la pistola y ocúpate de mí como tu padre se ocupó de tu madre. Era un hombre de verdad porque dejaba que sus puños hablaran por él. Tú no eres más que un puto cobarde, escondido detrás de esa cosa que tienes en la mano. No me extraña que Desi me haya elegido a mí en vez de a ti. Dios, eres patético, mira que perder a tu mujer, y encima por otra mujer. —Harry siguió provocándolo hasta que él le gritó que se callara.

—No eres más que una pervertida y una mentirosa. Mis padres están fuera de la ciudad.

—No, lo siento, colega, pero tu madre está en una fría mesa del depósito de cadáveres y tu papaíto está jugando a esconder el jabón con un negrazo cachas en la cárcel central. Ya sé que no te parece justo, pero matar a tu mujer va contra la ley, aunque en el momento pareciera buena idea. Venga, Byron, ¿es que me tienes miedo o qué?

Apretó el gatillo y disparó. Al oír el ruido de un cuerpo grande que caía al suelo se sintió mejor. No paraba de hablar de su familia, de modo que lo que había hecho estaba justificado. Ahora sólo tenía que encontrar a Desi.


Desi estaba en el estudio hablando aún con la operadora de emergencias cuando oyó el disparo procedente de la casa. Se le resbaló el teléfono de la mano y cayó de rodillas llorando.

—¡Harry! —fue el grito que oyó la operadora al otro lado de la línea. Alzó la voz para intentar que Desi cogiera de nuevo el teléfono y le dijera qué estaba pasando. Tras oírle gritar dos veces más el nombre de Harry, lo único que oyó la operadora fue el ruido de unos pies que corrían y un portazo.

Desi corrió hasta la casa lo más deprisa que pudo, sin hacer caso de la promesa que le había hecho a Harry. Sólo sabía que Harry la necesitaba y que no iba a dejar a su amante sola en la casa con ese animal. Al pasar por la puerta de la cocina, Desi oyó un estrépito de cristales rotos procedente de la solana. Sin pensar en su propia seguridad, avanzó en esa dirección.

—Esto es por haberle roto la pierna, cabrón —gritó Harry cuando su puño conectó con la mandíbula de Byron. Estaban en el jardín y Byron hacía todo lo posible por asestar sus propios golpes, que Harry no parecía tener el menor problema en esquivar—. Esto es por todas las demás veces que le pusiste la mano encima —continuó Harry, golpeándolo esta vez en la nariz. Cuando él atacó torpemente, ella le agarró la mano y le dobló todos los dedos hacia atrás hasta que oyó el crujido de los huesos—. Duele que te cagas, ¿verdad? —dijo Harry, sin soltarle la mano. Pegó una patada demoledora a Byron en el costado e incrementó el total de huesos rotos con dos costillas. Mientras él se tambaleaba, ella prosiguió su monólogo, sin darse cuenta de que Desi los estaba mirando—. Deja que te explique una cosa, colega. Desi se va a quedar aquí conmigo no porque yo sea su dueña, sino porque aquí es donde quiere estar. Jamás permitiré que nadie, y menos tú, vuelva a hacerle daño. La quiero demasiado para permitirlo. —Se detuvo un momento y luego le pegó otro puñetazo que le rompió la mandíbula. El grito de dolor que soltó él sacó a Desi de su trance. Le gritó a Harry, justo cuando ésta estaba a punto de golpearlo de nuevo:

—No, Harry, ya basta. No merece la pena, cariño, por favor, déjalo. —Desi pasó por encima de los cristales rotos y alcanzó a Harry. Cuando Harry le soltó la mano, Byron cayó a la hierba hecho un guiñapo. Sin importarle que Harry tuviera las manos llenas de sangre, Desi la abrazó y tiró de los fuertes brazos para que la rodearan, suplicando a Harry que la abrazara.

—¿Qué haces aquí, cielo? ¿No te había dicho que te quedaras en el estudio hasta que fuera a buscarte? —preguntó Harry sin soltar a Desi.

—Es que oí un disparo y no podía quedarme allí sabiendo que podías estar herida. Harry, ¿pero qué demonios te pasa? Podrías haber muerto. La próxima vez márchate si la persona tiene un arma. Te juro que me sacas de quicio —gritó Desi. Se soltó de sus brazos y pegó a Harry en el estómago—. Estás bien, ¿verdad? —Se le ocurrió preguntar entonces y se puso a comprobar cada centímetro cuadrado del cuerpo de Harry.

—Sí, estoy bien, pero el cuadro de la pared del fondo de la solana no ha salido muy bien parado. Ven aquí, tú —dijo Harry, abrazando de nuevo a Desi. Por fin había terminado todo.

—Gracias, Harry. Nadie me ha defendido nunca como tú y es algo que me encanta de ti, aunque seas una idiota. Has sido mi salvadora desde que llevaba coletas y me da la impresión de que lo seguirás siendo cuando sea vieja y esté llena de canas.

La policía las encontró en esa misma postura cuando por fin llegó. Después de contestar a sus preguntas, les aseguraron a las dos mujeres que Byron había sido trasladado al hospital con una escolta armada para ser atendido de sus heridas. En cuanto terminara allí, iría derecho a la cárcel central, donde se reuniría con su padre y su hermano. Mike se había entregado pacíficamente cuando la policía rodeó la casa después de que un vecino avisara diciendo que había visto a alguien moviéndose dentro.

Roger Landry dejó una patrulla en la casa esa noche para que las chicas pudieran quedarse allí, a pesar de la ventana rota de la parte de detrás. El inspector se alegraba de que el caso hubiera terminado de forma positiva y no con una colección de cadáveres en bolsas. La mujer que Harry se había llevado escaleras arriba esa noche era muy distinta de la mujer a la que había entrevistado tantos meses atrás: esta mujer parecía feliz. Roger se imaginaba que la guapa y alta doctora que le sujetaba la mano tenía mucho que ver con ello.


—¿Cariño? —preguntó Desi. Estaban tumbadas en medio de la cama, relajándose e intentando calmarse después de los acontecimientos de la noche.

—¿En qué piensas, Des?

—¿Podemos hacer ya vida normal? —preguntó Desi. Se incorporó un poco para poder mirar a Harry. No pudo controlar la sonrisa que le asomó a los labios cuando vio el amor con que la miraban a su vez esos increíbles ojos azules.

—Cuenta con ello, bonita. A partir de ahora, cenas en familia, cerámica, medicina y dos hijos y medio. Les enseñaré a tirar la ropa por el suelo para que Mona no pierda facultades. Tú te harás rica con tus caros cuenquitos y así podrás mantenerme cuando sea vieja, y viviremos felices y comeremos perdices. —Harry selló sus predicciones con un beso.


Epílogo


Harry se acercó a la vieja casa y vio a dos niñas que jugaban en el porche al lado del viejo columpio.

—Hola, ¿está mamá en casa? —preguntó cuando la miraron. La más pequeña de las dos entró corriendo en la casa y llamó a su madre a gritos, y Harry se quedó contemplando el estado del lugar que tan bien recordaba.

—¿Desea algo? —preguntó la mujer bajita de aspecto cansado que salió en ese momento. Tenía la pechera de la camisa cubierta de babas, que Harry supuso que procedían del bebé que llevaba en brazos.

—Sí, señora. Me llamo Harry Basantes y me gustaría comprarle el columpio del porche.

La mujer se colocó el bebé en la otra cadera y miró a Harry como si se hubiera vuelto loca.

—¿Qué es esto, una especie de broma?

—No, señora, lo digo en serio. Verá, es que mi novia creció en esta casa y yo me enamoré de ella sentada en ese columpio —dijo Harry, señalando el columpio que colgaba del extremo del porche—. Hoy es su cumpleaños y me gustaría dárselo como regalo, así que dígame cuánto quiere —dijo Harry. Se puso la mano en la frente y sonrió, protegiéndose los ojos del sol.

—Mil dólares —dijo la mujer toda seria. Si una chiflada llegaba a su puerta en pleno día con ganas de jugar, le seguiría la corriente. Harry la miró y sonrió aún más. Al fijarse en los juguetes desgastados y el estado de la casa, había decidido hacerle un favor a la mujer.

—No estoy dispuesta a pagar más de cinco —contestó Harry.

—Cinco dólares. —La indignación era evidente en el tono de la mujer—. Que sepa que es una antigüedad y, además, aquí fue donde se supone que se enamoró usted. ¿No cree que vale más que eso?

—Cinco dólares no, cinco mil. Aquí tengo el dinero —dijo Harry, sacándose el fajo de billetes del bolsillo delantero. Desplegó los billetes de cien en abanico y los agitó señalando el porche—. Desi vale mucho más que esto, pero es lo único que llevo encima.

—Mire, señora, lo decía en broma, pero ese dinero no me vendría nada mal. Mi hijo tiene que operarse para que le pongan rectas las piernas y no quiero que lo hagan en el Charity ése. Seguro que está lleno de charlatanes chiflados y él se merece algo mejor. —La mujer se metió el dinero que le había dado Harry en el bolsillo de los pantalones cortos y se quedó mirando mientras Harry desenganchaba el columpio que llevaba años colgado en el porche. A lo mejor su madre no era tan tonta cuando decía que los caminos de Dios son inescrutables.

Harry llevó su compra hasta el Range Rover y luego regresó al patio. Se sacó una pequeña cartera de piel del bolsillo trasero y le entregó una tarjeta a la joven madre.

—Mi novia Desi opina que estoy un poco chiflada, pero me encantaría echarle un vistazo al pequeñín. Llame a mi consulta y lo veré en mi clínica privada, así podrá hacer otra cosa con el dinero.

La mujer se quedó mirando la gruesa tarjeta de lino con el nombre en relieve y luego miró a Harry. Lo único que pudo hacer fue acercarse y darle un beso a Harry en la mejilla.

—Gracias. No sé por qué ha venido aquí hoy, pero gracias. Esa novia suya debe de ser la mujer más afortunada del planeta.

—No, ésa soy yo. No deje de llamar, que le damos un jarrón gratis por cada operación —dijo Harry antes de cerrar la puerta del coche. La mujer no sabía a qué se refería con esto último, pero se metió la tarjeta en el mismo bolsillo donde se había metido el dinero.


Desi regresó a la casa paseando despacio por el jardín que estaba lleno de plantas en flor, pensando en el último año. En ese tiempo había llegado a considerar la gran casa como su hogar y a Harry como a su pareja de por vida. Los guardias de seguridad habían desaparecido, lo mismo que el miedo de que Byron estuviera merodeando por cada esquina. Su padre, su hermano y él iban a estar encerrados muchos años en la Cárcel Estatal de Angola. El juez Carleton Reaper se había ocupado de ello al condenarlos a la pena máxima después de que el jurado emitiera un veredicto de culpabilidad en todos los juicios por los que habían tenido que pasar.

—Byron Simoneaux, el jurado lo ha hallado culpable de intento de asesinato en primer grado. Con suma satisfacción lo condeno a una pena de cárcel de treinta años. Se levanta la sesión. Hasta la semana que viene, Byron, que tenga un buen día, ¿vale? —le dijo Carleton antes de marcharse de la sala, guiñándoles un ojo a Desi y a Harry con una sonrisa.

Entre ese juicio, el del secuestro y el del allanamiento de morada, Byron sólo podría salir de Angola con los pies por delante. Mike salió mejor librado, con una pena de quince años por su participación en el secuestro de Victoria Rose, después de haber confesado. Hizo un trato con la fiscalía para evitar un juicio, si aceptaba declarar contra su hermano. Desi se sintió aliviada y justificada cuando salieron del tribunal por última vez. Harry y ella se quedaron el tiempo suficiente para ver cómo los alguaciles se llevaban a Byron esposado. No habían asistido al juicio del padre de Byron, pero sabían por Serena que también había sido hallado culpable de haber matado a su mujer de una paliza y que, dada su edad, sería muy improbable que saliera de la cárcel con vida. Carleton dijo en broma en un momento dado que el estado debería obtener un descuento familiar, visto el desfile de Simoneaux que había pasado por su tribunal.

Cuando todo aquello hubo pasado, Desi pudo concentrarse en su cerámica y en Harry. Descubrió que todas las mujeres con las que se había relacionado Harry mientras estuvieron separadas habían convertido a la doctora en una romántica. El último año había estado salpicado de regalos, cenas a la luz de las velas y veladas románticas delante del fuego en su habitación. Harry se mostraba siempre cariñosa, tierna y amable y Desi se regodeaba en las atenciones de las que la morena la hacía objeto. Con el paso del tiempo todas las personas que Harry tenía en su vida habían dejado de temer que Desi la fuera a abandonar de nuevo y ahora Desi gozaba de una buena relación con todos ellos. Las visitas a Florida habían hecho que la familia de Harry abriera su corazón a Desi y eso había sido otra fuente de apoyo para ella. Y Mona, bendita mujer, se había convertido en la madre que Desi nunca llegó a conocer.

Se encontró con un vaso de leche en la mano nada más pasar por la puerta y la expresión de los ojos de Mona le dijo que no discutiera y se lo bebiera. Desi lo aceptó con una sonrisa, la saludó agitando la mano y subió para prepararse. Tony había conseguido que una de las galerías de arte más importantes de la ciudad organizara una exposición de sus obras y esta noche era la inauguración. Harry le había prometido que sólo iba a trabajar por la mañana, por lo que Desi ya se esperaba encontrarla en el dormitorio cuando llegó.

El traje negro que caía magnífico sobre sus hombros y la camisa de seda negra que llevaba debajo destacaban la tez bronceada de Harry y hacían que sus ojos parecieran mucho más azules. Desi tuvo que detenerse para admirar el cuerpo alto y fuerte y la sonrisa deslumbrante que le dirigía. A veces sentía lástima de las pobres mujeres que la miraban como si la odiaran por haber dejado a Harry fuera de circulación, pero sólo a veces.

—Jo, qué guapa estoy cuando te miro. ¿Sabes a qué me refiero? —preguntó Desi. La sonrisa de Harry se hizo más amplia, lo cual le dijo a Desi que algo se cocía.

—Buenas tardes, bella dama, ¿cómo estás hoy? —preguntó Harry, haciendo una profunda reverencia.

—Vale, Harry, desembucha. ¿Qué estás tramando?

—¿Acaso tengo que estar tramando algo sólo porque te he preguntado cómo estás? Pero ahora que lo mencionas, tengo una sorpresa para ti. Ve a arreglarte y te la doy cuando acabes.

Desi se dio una ducha rápida y se puso un sencillo vestido negro para que se notara que estaba con Harry. Cuando se estaba poniendo los pendientes de diamantes que le había regalado Harry esa mañana por su cumpleaños, la vio apoyada en la barandilla del balcón. A su lado había dos copas de champán, llenas y a la espera de ser disfrutadas.

—¿Estás lista para esta noche? —preguntó Harry. Desi había salido y estaba plantada entre las largas piernas.

—Todo lo posible. Mi agente me ha dicho que casi todas las cosas están ya vendidas, así que esto va a ser más bien una oportunidad para que la gente vea lo que he hecho, no para que yo me dedique a suplicar que me compren algo. —Desi pegó la cara a la pechera de la camisa de Harry para olisquear la familiar colonia que la mujer alta siempre había usado. Era un olor limpio a maderas que Desi había echado de menos durante años. Sólo Harry olía así al ponérsela, nadie más olía ni siquiera parecido.

—Qué orgullosa estoy de ti, cielo. Eres lo mejor de mi vida. Espero que hayas tenido un buen cumpleaños. Lo de esta noche es la guinda —le dijo Harry al tiempo que pasaba los dedos por el pelo de Desi.

—He tenido un buen día, y gracias otra vez por estos pendientes tan preciosos. Son el mejor regalo que he tenido en mi vida después de ti, cariño —dijo Desi. Levantó la cabeza y le dio un beso a Harry en la barbilla.

—Esos no son tu regalo. Eso sí —dijo Harry. Señaló el extremo de la derecha del balcón. En el amplio espacio de ese extremo colgaba el columpio donde habían pasado tanto tiempo durante su infancia. Por la mañana recibiría una capa nueva de pintura, pero por esta noche tendría que quedarse como estaba.

—¿Pero cómo...? —farfulló Desi al tiempo que se acercaba al columpio. Muy propio de Harry jugar con su estado emocional, ya de por sí descompensado. Últimamente no pasaba un solo día sin que se le llenaran los ojos de lágrimas por algo. Podía ser un anuncio de televisión o un cuenco que se le desplomaba, pero siempre había algo.

—Vamos, cielo, esto es para hacerte feliz, no para hacerte llorar. ¿Quieres probarlo para ver si todavía le queda algo de magia? —preguntó Harry. Ayudó a Desi a sentarse y luego fue a coger las copas de la barandilla.

Pasándole a Desi una copa, Harry la rodeó con el brazo y entrechocó sus copas.

—Por más cumpleaños felices y por la mejor chica que se podría pedir. —Harry bebió un sorbito y advirtió que Desi no bebía—. Tranquila, tesoro, sólo es zumo de uvas con burbujas. No vas a destruir las neuronas de mi crío si lo bebes.

—Tu crío te ha echado de menos hoy. Supongo que por eso ha estado dando tantas patadas. No había nadie que le cantara canciones cursis. —Desi se frotó el vientre dilatado y bebió un poco de zumo. Se echó a reír cuando Harry dejó inmediatamente la copa y se unió al frotamiento. A Mona y a ella cada vez les costaba más empujar a Harry por la puerta cada mañana para que se fuera a trabajar. De poder elegir, Harry se pasaría el día siguiendo a Desi por todas partes buscando cualquier pretexto para tocarle la tripa.

A Desi le faltaba un mes para salir de cuentas, y si todo iba como estaba previsto, tendrían un bebé sano de pelo oscuro y rizado y grandes ojos azules. Si así era, se lo deberían a Raúl, el hermano de Harry, y teniendo en cuenta cómo eran sus hijos, era una clara posibilidad. Cuando lo anunciaron a principios de noviembre, Serena se ofreció a celebrar la cena de Acción de Gracias en su casa. La razón que dio era que no estaba dispuesta a comerse un pavo que hubieran rellenado en casa de ellas. Tony había dejado a un lado sus tareas como agente y había ayudado a Desi a decorar la habitación del bebé, que estaba al lado de la suya. Había sido la habitación de Rachel hasta que ésta se fue a vivir con Serena y Butch.

—Te queremos, Harry. El bebé Basantes y yo —susurró Desi entre los brazos de Harry—. Éste ha sido el mejor cumpleaños de mi vida. Sabes, ahora podemos salir aquí fuera y mecer al bebé cuando se ponga lloroso.

—Tengo una cosa más para ti, cielo. Mi madre va a estar ahí esta noche, por lo que este regalo es imprescindible. Te conozco de toda la vida, Desirée Thompson. Me has dado amor, dolor y redención. Lo único que te puedo dar a cambio es mi amor. Mi amor y la promesa de que estaré siempre a tu lado para cuidarte durante todo el tiempo que lo desees. Quiero que lleves esto como símbolo de ello y con la esperanza de que te recuerde todos los días que te pertenezco. —Harry se sacó una cajita de terciopelo del bolsillo y la abrió. Dentro había un anillo de diamantes con una gran esmeralda en el centro. Antes de ponérselo a Desi en el dedo, Harry leyó la inscripción que había en la parte interna del anillo—. Gracias —fue lo único que dijo Harry.

—¿Gracias? —preguntó Desi. Le parecía una inscripción un poco rara. Volviéndose para mirar a Harry, Desi acarició con el pulgar la parte inferior del anillo que le había puesto Harry en el dedo.

—Tú eras la única cura posible para un corazón roto, así que quería darte las gracias —dijo Harry. Sellaron el compromiso con un beso y luego se levantaron para marcharse.

Cuando Harry cerró la puerta de detrás y echó la llave no vio el avance informativo que aparecía en la pequeña televisión de la cocina. El presentador leyó los titulares mientras Harry ayudaba a Mona y a Desi a subir al coche.

—En las noticias de esta noche a las diez tendrán más información sobre la fuga de la cárcel que se ha producido hace unas horas. Diez presos siguen desaparecidos, entre ellos el clan Simoneaux de la ciudad de Nueva Orleáns. La última vez que se vio al padre y a sus dos hijos, así como a siete presos más, se dirigían a los pantanos que rodean la Cárcel Estatal de Angola.


FIN


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