Cómo se arregla un corazón roto

Ali Vali



Descargos: Los restaurantes y lugares que visitan los personajes en esta historia son reales y se cuentan entre mis preferidos de Nueva Orleáns. Los personajes mismos es posible que os recuerden a ciertas personas que aparecen en televisión, pero no hagáis ni caso porque es pura coincidencia. Pero si decidís demandarme, debéis saber que soy pobre y no merece la pena hacer ese esfuerzo para nada.
En cuanto al sexo, si una relación entre dos mujeres os desagrada, probad eso del alfabeto que menciono en esta historia y a lo mejor hasta cambiáis de opinión. Pero en serio, si sois menores de edad y vivís en un sitio donde esto no está permitido, largaos, literalmente.
Acomodaos y disfrutad de la historia y si tenéis algo maravilloso que decir, escribidme a terrali20@yahoo.com. Si no tenéis nada agradable que decir, os aviso de que seguramente conozco más insultos que vosotros, así que no me provoquéis.
Quiero darle las gracias a Jaden Rose por lo mucho que me ha ayudado con esto. Es la maestra de las correcciones y las sugerencias. Esta historia va dedicada a ella. Gracias también a Becky y Red Hope por su ayuda y sugerencias, lo he agradecido mucho.
Por último, quiero darle las gracias al amor de mi vida, tú sabes quién eres, por animarme a llevar una vida feliz. Y gracias a todos los bardos maravillosos a quienes he leído en los dos últimos años. Ésta es mi forma de daros las gracias por todos esos momentos maravillosos que he vivido leyendo vuestras obras.
Que disfrutéis.

Título original: How Do You Mend a Broken Heart. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Capítulo 1


Las viejas puertas metálicas que llevaban al interior de la sala de urgencias del Hospital Charity de Nueva Orleáns se abrieron de golpe cuando entraron los paramédicos a la carrera. En la camilla iba tumbada una pequeña pelirroja con una pierna rota de mala manera. La fractura del hueso era tan brutal que le había atravesado la piel justo debajo de la rodilla, y la sábana blanca de la camilla estaba empapada de la sangre que manaba de la herida.

—Sally, llama a un médico ahora mismo, no hemos querido sedarla demasiado porque hemos pensado que la ibais a preparar para cirugía —dijo David, uno de los encargados de la ambulancia que había respondido a la llamada. Habían tardado el doble de tiempo en llegar al hospital porque la policía tuvo que reducir al marido de la joven antes de permitirles entrar en la pequeña casa en forma de L. David jamás olvidaría el bate de béisbol ensangrentado que estaba tirado al lado de la llorosa mujer, pues sabía que era lo que ese hijo de puta había usado para partirle la pierna a su mujer.

—Estamos de suerte, Davie. Dios acaba de terminar en el quirófano y ahora podrá descender de las alturas. La llamé en cuanto avisasteis desde la calle —contestó Sally, tratando de tranquilizar a la paciente hasta que la doctora Basantes pudiera bajar a verla. La joven le recordaba a Sally a su propia hija y pensaba que si a Mindy le ocurriera algo, la doctora Basantes sería la persona que elegiría para solucionar el problema.

Basantes, que todavía no había cumplido los treinta y cinco años, estaba considerada como un prodigio de la cirugía ortopédica. Muchos atletas locales, desde los institutos hasta los equipos profesionales, le debían a ella su carrera. Jefa de cirugía ortopédica del "Gran Charity", como lo llamaban en Nueva Orleáns, la doctora Basantes también daba clases en la Facultad de Medicina de la Universidad Estatal de Luisiana, situada al lado del hospital. Entre las responsabilidades del hospital, las de la facultad y las de su propia consulta privada, la doctora tenía poco tiempo para la vida social.

Colocándose detrás de Sally, seguida de un grupo de estudiantes, la doctora Basantes susurró al oído de la enfermera:

—Ya está otra vez pronunciando mi nombre en vano, ¿verdad, enfermera Gamberra?

La voz grave y sexi le produjo a Sally un escalofrío por la espalda y pensó que si hubiera menos diferencia de edad entre ellas, a estas alturas ya habría intentado algo con la joven doctora.

—Doctora, la estaba comparando con Dios, ¿cómo puede tomárselo a mal? —preguntó Sally.

—Ya, ya, bueno, ¿qué tenemos aquí? —preguntó la doctora Basantes. La doctora rodeó a la rechoncha enfermera, no sin antes darle una palmada en el trasero a la mujer de más edad.

Sin fijarse en la cara de la paciente, la atención de Basantes se centró de inmediato en la herida de la pierna. Se olvidó del ruido y el caos de Urgencias y se concentró por completo en lo que haría falta para solucionar el problema. Tras dar órdenes pidiendo radiografías y un nuevo análisis de sangre, la doctora se movió por fin para hablar con su nueva paciente. Cuando se fijó en la cara mojada de lágrimas y los acuosos ojos verdes, los recuerdos del instituto le inundaron el cerebro y Harry tuvo que agarrarse sobresaltada a la camilla.

—Desi, tesoro, ¿eres tú? —preguntó la doctora.

—¡Harry! ¿Qué haces aquí? —preguntó Desi al tiempo que se secaba la cara de nuevo. Éste iba a ser el día más humillante de su vida, dejando a un lado la herida.

—Estoy aquí para curarte la... a ver, cómo decía tu padre... la pupa. Tienes una fractura grave justo debajo de la rodilla, por lo que he visto, y va a haber que operar. Un par de clavos y quedarás como nueva. La enfermera Sally te dará algo para el dolor y cuando yo haya echado un vistazo a tus fotos, iremos al quirófano.

—¿Eres cirujana? —preguntó Desi.

—No, la verdad es que soy la conserje, pero estamos un poco escasos de personal en estos momentos, por lo que el estado espera que todo el mundo arrime el hombro. Escucha, Desi, si quieres que te opere otra persona, no me voy a sentir ofendida, tesoro, piénsatelo. Volveré en cuanto estén tus radiografías, ¿vale?

Sin darle a la joven la posibilidad de responder, Harry se apartó de la camilla, pasándose la mano por el pelo, un gesto nervioso que tenía desde que era pequeña. Fue a rellenar los papeles del cuadro de Desi junto al puesto de enfermeros. La emoción sentida al volver a ver a Desi llevó a Harry a pensar que tal vez no sería tan mala idea dejar que otra persona se encargara de la operación. Tenían un pasado, un pasado que la alta doctora había intentado enterrar. Pero que me ahorquen si no dedico un minuto por lo menos cada día a pensar en ti, Desi. ¿Habrás pensado una sola vez en mí después de que todos esos birretes salieran volando por el aire durante la graduación?

Ensimismada, Harry no vio a Kenneth, que se puso a su lado. Una de las pocas personas que conocía desde la infancia y con quien seguía en contacto era su mejor amigo, que también era el jefe de pediatría del hospital. Los enfermeros los llamaban el dúo dinámico y siempre se preguntaban si había algo más romántico en su evidente amistad.

—No vemos a menudo a la diosa de los huesos en Urgencias. ¿Qué pasa, Harriet? —preguntó Kenneth.

—No me llames así, Kenneth, o le digo a Sally cómo te llama Tony cuando estás en casa. ¿Comprendido, capullito en flor? —contestó Harry sin apartar la vista del cuadro en el que estaba escribiendo.

—Vale, lo siento, es que he tenido un día muy largo y me apetecía meterme un poco contigo. ¿Es que a alguien se le sale la pierna por el culo o algo así y por eso has decidido bajar con la gente insignificante? —continuó Kenneth. Se apoyó en el mostrador, esperando a ver qué le pasaba a Harry. Había advertido inmediatamente el gesto nervioso y no era frecuente que la segura cirujana se revolviera la melena rizada. Algo la había alterado y él había acudido para ver si podía ayudarla con lo que fuese.

—¿Esa técnica de diagnóstico la aprendiste en la facultad? Ken, no te vas a poder creer quién está en la cortina tres —dijo Harry. Los largos dedos se metieron de nuevo en el pelo oscuro.

—¿Gano una nueva lavadora si acierto? Tony me ha informado de que la vieja Betsy está a punto de cascar. Llevo con esa lavadora desde que estábamos en la universidad —dijo Kenneth apesadumbrado.

—Si te compro una lavadora nueva, ¿te callas?

—Perdón, ¿quién, doctora Harry, está en la cortina tres? No tengo ni idea, así que vas a tener que informarme. —Volvió a prestarle toda su atención y le sonrió con indulgencia. A lo mejor quien estuviera detrás de la cortina era la causa del comportamiento de Harry.

—Desi Thompson. ¿Te puedes creer que, con todos los hospitales que hay en el mundo, ha tenido que venir al mío? Bueno, en realidad la han traído, pero eso no cambia el hecho de que está aquí y necesita un cirujano.

—Qué suerte que tú seas cirujana. A menos que te hayas olvidado de pagar las cuotas del club y te hayan quitado la llave y el descodificador especial. ¿Has estado ya allí y le has cantado lo de Un beso es sólo un beso, o estás esperando al postoperatorio para hacerlo? —preguntó Kenneth.

—¿Te das cuenta, listillo, de que soy más grande que tú y que por lo tanto puedo hacer realidad lo de la pierna por el culo? —preguntó Harry. Ahora estaba dando golpecitos en el cuadro con el bolígrafo, lo cual le indicó a Kenneth que volver a ver a la pelirroja estaba desquiciando a Harry. Le parecía que ni siquiera se había dado cuenta de que había vuelto a caer en todos sus antiguos tics nerviosos.

—Lo siento, colega, tú ve ahí y haz tu trabajo. Cuando acabes, te llevo a casa y te invito a una cena casera. Ya sabes que el guiso de pescado rojo de Tony está de morirse. El hombre no encuentra trabajo, pero es un mago en la cocina. Imagínate que no es más que una de los cientos de caras desconocidas que llegan aquí todos los días, Harry, y luego vuelve a meter en la caja todos esos recuerdos. —Justo cuando terminaba de decir esto, metieron a otro paciente con la oreja colgando de un trocito de cartílago en la cortina de al lado de Desi. Un día como otro cualquiera en Urgencias, pensó Kenneth.

—Doctora, ya tiene las radiografías —la llamó Sally desde la cortina. Agitó el gran sobre amarillo en el aire y le hizo un gesto a Harry para que volviera. Tras darle a Ken una palmada en la espalda y prometerle que cenaría con él, Harry regresó con la muchacha que la había abandonado tantos años atrás.

—Harry, date prisa, que vamos a llegar tarde a clase. No sé por qué necesitas ir a clase, sabes más álgebra que el señor Boswell. Me tienes que prometer que vendrás esta tarde y me ayudarás con todo esto. Si cateo, no podré ir a la universidad contigo. Y si pasa eso, ¿quién va a cuidar de ti? —preguntó Desi. Caminaba de espaldas por el pasillo para poder mantener la conversación con Harry. Cada vez le costaba más hablar con Harry sin perderse en esos increíbles ojos azules y ese pelo oscuro, por lo que Desi procuraba siempre que podía hablar de cara a su amiga cada vez que entablaban un diálogo.

Harry iba caminando detrás de Desi, riéndose de sus nervios. Se habían conocido en primaria, cuando Harry se trasladó desde uno de los colegios privados de la ciudad. Los padres de Harry se habían mudado a otro distrito escolar justo antes del verano y no les quedó más remedio que cambiar a Harry y a su hermano de colegio. Harry se había pasado el verano haciéndose amiga de algunos de los niños del barrio, todos los cuales iban al colegio público del distrito. Suplicando a sus padres, Harry los convenció de que la dejaran ir al mismo colegio al que iban sus nuevos amigos.

Cuando se estaba metiendo en el coche de su madre, en su primer día de cuarto, Harry vio que unos niños mayores se estaban metiendo con dos pequeñas pelirrojas que estaban haciendo cola esperando el autobús. Disculpándose un momento, corrió hasta allí y se ofreció a llevar a las dos niñas si iban al mismo sitio.

—A mi madre no le importará, así que vamos. No querréis llegar tarde el primer día, ¿verdad? —preguntó Harry. Ése fue el comienzo de una amistad que duraría hasta el final del instituto. Harry nunca se fijaba en la ropa de segunda mano de Desi ni en sus zapatos con agujeros en las suelas. Sus padres nunca decían nada cuando la pequeña pelirroja venía a su casa a pasar el fin de semana y les devoraba la compra de una semana. Les bastaba con saber que hacía feliz a Harry.

Ya habrá tiempo de pensar en eso, Harry, ahora vamos a hacer lo que ha dicho Ken y a salir pitando de aquí, pensó la doctora. Tras encender las cajas luminosas pegadas a la pared, Harry explicó lo que había que hacer para arreglarle la pierna a Desi. Los calmantes ya habían hecho efecto, por lo que la pelirroja pudo seguir mejor lo que le decía Harry. Durante la explicación, Desi no pudo evitar fijarse en que el tiempo había tratado bien a su amiga. Harry era guapa en el colegio, pero ahora las facciones de la alta mujer eran más refinadas y el cuerpo largo y desgarbado se había llenado, con el resultado de que ahora tenía ante sí a una mujer fuerte y segura de sí misma. Pero aunque la alta doctora había cambiado en muchas cosas, en otras seguía igual. Como el hecho de que hablaba moviendo mucho las manos y que cuando Harry terminaba de explicar algo, tú comprendías el problema planteado y la solución.

—¿Tienes alguna pregunta, Desi? —preguntó Harry. Al ver que su amiga decía que no con la cabeza, Harry continuó—: ¿Quieres que llame a uno de mis colegas para hacer esto? No temas herir mis sentimientos, sólo quiero que te sientas cómoda con el tratamiento.

La única respuesta que obtuvo fueron las lágrimas que volvían a resbalar por la cara de Desi. Sally indicó a todo el mundo que saliera al otro lado de la cortina para que la doctora pudiera tener un momento en privado con su paciente antes de subir al quirófano. Sally conocía a Harry desde que ésta era una residente que causaba estragos por estos mismos pasillos, y sabía que la alta doctora se ablandaba por completo al ver llorar a una mujer.

—Tesoro, no llores, te vas a poner bien, te lo prometo. Con un poco de rehabilitación, ni siquiera te acordarás de esto, y pondré muchísimo cuidado con los puntos, para que sigas estando guapa en traje de baño. —Con eso logró que Desi le sonriera. Era como una fantasía volver a tener a la mujer menuda entre sus brazos: los sueños que tenía no podían compararse.

—Te he echado de menos, Harry. Siento no haberte escrito ni llamado nunca. Nunca he dejado de pensar en ti. Siempre me preguntaba en qué estarías metida y me alegro de ver que te ha ido tan bien. —Desi se hundió con avidez en el abrazo que le ofrecía Harry. Era maravilloso volver a estar entre los brazos que tanto la habían reconfortado durante la primera parte de su vida. Después de que Harry se marchara, Desi nunca había vuelto a sentirse a salvo y querida, y eso había hecho que se sintiera muy sola en la vida.

—¿Quieres beber algo, Harry? Tenemos agua o agua —dijo Desi desde la cocina. Mirando hacia el porche de delante, donde estaba tumbada su alta amiga, Desi fantaseó con lo que podrían estar haciendo en lugar de tener que estudiar para los finales. Había algo en la forma que tenía Harry de mirarla que hacía que a Desi le hiciera cosas raras el estómago.

—Me apetece agua, si tienes —dijo Harry desde la parte delantera de la casa—. Hola, señor Thompson, ¿cómo le va? —le preguntó Harry a Clyde, el padre de Desi, que venía de la parada del autobús.

—Bien, Harry, voy a echarme una siesta antes de ir al otro trabajo. ¿Estás estudiando algo con todos esos libros que tienes ahí? —preguntó el padre de Desi, señalando la pila de libros que tenía al lado.

—Estoy intentando enseñarle matemáticas a Desi, señor, y vamos a estar toda la tarde. ¿Le importa que luego me las lleve a ella y a Rachel a comer una hamburguesa?

—No, pero que vuelvan pronto, que mañana tienen colegio.

—Claro, señor T, y gracias.

Estuvieron sentadas en el columpio, hombro con hombro, durante el resto de la tarde, mientras Harry explicaba pacientemente los conceptos que le hacían falta a Desi para resolver los problemas. Cuando Rachel, la hermana pequeña de Desi, llegó a casa, Harry las llevó a las dos a cenar. Mientras comían hamburguesas y patatas asadas que eran una especialidad del restaurante Port of Call del Barrio Francés, las chicas disfrutaron de su mutua compañía como en tantas otras ocasiones. A veces a las hermanas les molestaba tener que dejar que Harry les pagara todos los detalles extra de su vida, pero a su gran ángel guardián no le importaba.

El padre de Harry era cirujano de uno de los hospitales del barrio. Aunque Raúl era extranjero y tenía acento, todos los pacientes con los que se trataba lo adoraban. Este hombre generoso había renunciado muchas veces a sus honorarios cuando quien los había llevado al hospital era una familia que no podía pagar el tratamiento médico. Muchas veces Raúl volvía a casa con una nevera portátil llena de gambas u otras cosas de comer como pago por un favor que le había hecho a alguien. Tenía el pelo oscuro y rizado, brillantes ojos azules y una constitución fuerte y Harry había heredado no sólo la belleza de su padre, sino también su carácter bondadoso.

—Harry, ¿te he dicho alguna vez lo que me alegro de que vinieras a rescatarnos a Desi y a mí hace tantos años? —preguntó Rachel, metiéndose el último bocado de hamburguesa en la boca. Ocupaban la mesa del rincón del pequeño restaurante, y Harry y Desi estaban sentadas tan cerca la una de la otra que tenían los muslos en contacto.

—No, renacuajo, pero me alegro de que te alegres. Bueno, a ver si termináis, que le prometí a vuestro padre que os dejaría en casa temprano.

Harry pagó la cuenta y las embutió en el pequeño coche que su padre le había comprado al empezar su penúltimo año de instituto. Era un coche de dos plazas que a Harry le encantaba conducir, sobre todo cuando venía Rachel. Eso quería decir que Desi tenía que sentarse prácticamente encima de Harry durante todo el trayecto. Desi aprovechaba esos momentos para apoyar la cabeza en el hombro de Harry y fingir que volvían a casa después de una cita.

Las luces del quirófano le resultaron muy brillantes a la mujer menuda cuando las miró. Se preguntó si alguien le había dicho a Harry por qué había acabado aquí y si a Harry le importaría, después de tanto tiempo. Una de las enfermeras se acercó y empezó a prepararle la pierna para la operación. Comprobó la vía intravenosa de Desi y se puso a hablar con un joven que estaba en una cabina en el lado izquierdo de la sala.

—¿Qué crees que le apetece hoy a la doctora, Sam? —preguntó Tyler.

—Se está lavando, Tyler, así que espera y pregúntaselo a ella cuando termine. ¿Siente dolor, señora? —le preguntó Sam a Desi.

—No, lo que hayan puesto en el goteo ha funcionado muy bien. ¿Lleva mucho tiempo trabajando con la doctora Basantes? —preguntó Desi, torciendo la cabeza para intentar seguir los movimientos de la enfermera por la sala.

—Un par de años ya, cielo, así que no se preocupe para nada, está en las mejores manos. No la llaman la diosa de los huesos por nada. Usted relájese y cuando se despierte, estará como nueva.

Cuando Desi estaba a punto de replantear la pregunta para poder averiguar algo más sobre la vida de Harry, el objeto de su curiosidad entró de espaldas en el quirófano con las manos en alto y apartadas del cuerpo.

—Dale caña, Tyler, vamos allá —le dijo Harry al chico de la cabina.

—¿Qué quiere oír, jefa? —fue la pregunta que se oyó por el interfono.

—Me parece recordar que hace tiempo a la señorita Thompson le gustaban las Go-Go's, así que pon eso, muchacho —pidió Harry al tiempo que se acercaba a Desi. Tyler acudía a verla trabajar en el quirófano siempre que podía. Tras haber conocido a la carismática cirujana el año anterior durante un encuentro organizado por el ayuntamiento para que los profesionales apadrinaran a chicos de los barrios más pobres, empezó a pasar el tiempo en el hospital y por fin acabó trabajando para Harry a media jornada. El sueño de Tyler era trabajar algún día al lado de la mujer que había dado alas a sus sueños al ser su tutora durante el instituto siempre que su trabajo se lo permitía. Cuando no podía, enviaba a uno de los residentes para que ayudara a Tyler con los estudios.

—Bueno, tesoro, quiero que respires hondo y despacio para dejar que los medicamentos hagan su efecto. Creo que saldremos de aquí dentro de menos de tres horas si no vemos más daños cuando empecemos. Te prometo que todo va a ir bien, así que relájate.

La voz de Harry se iba haciendo cada vez más suave a medida que la anestesia se iba adentrando en el organismo de Desi. Lo último que recordó Desi fue el sonido de esa voz grave, la sensación de los dedos de Harry acariciándole el pelo y el grupo de chicas que cantaba al fondo.

—Doctora, ha venido un inspector del Cuerpo de Policía de Nueva Orleáns que quiere hablar con usted cuando terminemos —le dijo Sam al tiempo que se colocaba en posición para ir pasándole el instrumental.

—¿Qué has hecho ahora, Sammy? —le preguntó Harry.

—Menos risas, doctora, es por ella y sus heridas —dijo Sam, indicando a Desi.

—No le he preguntado cómo es que está aquí. ¿Ha sido un accidente de coche? —preguntó Harry, colocándose en posición.

—No, doctora, se lo ha hecho su marido con un bate de béisbol. Es lo que le dijo David a Sally en Urgencias.

Harry tuvo que esperar un minuto para poder controlar la ira que sintió al oír aquello. En su mente, Desi siempre sería la chica dulce e inocente del instituto, no el saco de entrenamiento de nadie. ¿Qué te ha pasado, Desi, y por qué no has acudido a mí para que te ayude?

La operación fue sobre ruedas y Harry se alegró de ver que los ligamentos no habían resultado tan dañados como sospechaba al principio. Volvió a confirmar el primer diagnóstico que le había dado a Desi, en el sentido de que con fisioterapia se curaría sin problemas. Después de lavarse, la alta cirujana entró en la sala de espera para hablar con el agente que había estado esperando pacientemente durante la operación de dos horas y media.

—¿Doctora Basantes? —preguntó el hombre rubio y bajito. Si Harry tuviera que hacer una deducción basándose en su ropa, el hombre había pasado el tiempo durmiendo en una de las sillas de plástico mientras esperaba.

—Sí, ¿y usted es? —preguntó Harry.

—Inspector Roger Landry, del Cuerpo de Policía de Nueva Orleáns. Sé que ha tenido un día muy largo, pero ¿podría hacerle unas preguntas sobre Desirée Simoneaux? —preguntó el inspector mientras intentaba alisarse la chaqueta.

—Pregunte lo que quiera, inspector, no sé qué voy a poder decirle, pero adelante.

El policía estuvo quince minutos haciéndole preguntas acerca de la gravedad de las lesiones de Desi y sobre las medidas de seguridad del hospital. Estaba cantado que Byron Simoneaux, el marido de Desi, saldría bajo fianza antes de que terminara la noche, y el desaliñado inspector quería asegurarse de que la joven paciente no iba a correr peligro.

—Escuche, inspector Landry, ¿por qué no trasladamos a Desi a otro hospital en cuanto salga del postoperatorio? Encargaré a una de las ambulancias que la lleve al Mercy, a una habitación privada. No se preocupe por la seguridad, de eso me encargo yo personalmente. Cuando se despierte mañana, puede venir usted a hablar con ella. No sé cómo funcionan estas cosas, de modo que eso se lo dejo a usted —dijo Harry. Se volvió a pasar la mano por el pelo y entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se miró la mano como si hubiera traicionado su habitual fachada de calma.

—Gracias, doctora, las veré a las dos mañana. Es una vergüenza lo que le ha hecho ese cerdo. Los chicos de comisaría me han dicho que no es la primera vez, pero ella nunca quiere denunciarlo —dijo el inspector Landry.

—Inspector, ¿hay alguien con quien debamos ponernos en contacto antes de que nos vayamos? Yo conocía a Desi en el instituto y entonces vivía con su padre y su hermana. ¿Se ha puesto alguien en contacto con ellos? —preguntó Harry.

—Lo comprobaré, doctora, y mañana se lo digo —le dijo Roger, al tiempo que se metía el cuadernito de notas en el bolsillo y se levantaba para marcharse.

Harry llamó a casa de Kenneth y habló con el amante de éste, Tony, para explicar lo que estaba pasando y que iba a trasladar a Desi a otro hospital. Para Harry sería más cómodo tener a Desi en el Hospital Mercy durante su convalecencia, porque vivía muy cerca.

—¿Quieres que Kenny se reúna allí contigo, Harry? Ha llamado hace unos minutos para decir que ya venía para acá. Podría decirle que se desvíe —dijo Tony.

—No, Tony, no te molestes. Seguro que el grandullón quiere volver a casa después de pasarse todo el día limpiando mocos. Siento lo de la cena, os llamo mañana. —Harry terminó la conversación cerrando el pequeño teléfono móvil que tenía en la mano. Desi estaba descansando en la sala de postoperatorio, por lo que Harry buscó una silla para sentarse al lado de su cama. En cuanto pudieran mover a la paciente, se dirigirían a las afueras.

—No me puedo creer que sólo queden tres semanas de clase, Harry. Me vas a dejar para ir a la universidad y tengo miedo —confesó Desi entre los brazos de Harry. Eran las tres de la mañana y estaban sentadas en el columpio del porche delantero de la casa de Desi.

—¿De qué tienes miedo, tesoro?

Pasó un largo rato sin que hubiera respuesta y Harry pensó que Desi se había quedado dormida a causa del movimiento del columpio. El llanto procedente de la chica sentada a su lado hizo que Harry la estrechara más entre sus brazos para consolarla.

—¿Me dices qué te pasa, Desi?

—Te vas a ir y seguro que no te vuelves a acordar de mí. No sé qué va a ser de mi vida si tú no estás —dijo Desi.

—Desi, ya te he dicho que puedes venir conmigo. Es Baton Rouge, así que estarás cerca de tu familia. Yo podría trabajar a media jornada y ayudarte con tus estudios.

Se quedaron sentadas en silencio, acompañadas de la sinfonía de grillos del jardín.

—Papá nunca me dejaría hacer eso, Harry. Necesita ayuda con Rachel y no puedo dejarlo plantado sin más. Si yo no estoy aquí, Rachel se quedará sola —explicó Desi.

—Vale, ¿qué te parece esto? A Rachel sólo le queda un año para terminar, así que durante el año que viene, tú trabajas y ahorras y yo hago lo mismo. Después, te vienes a vivir conmigo y te ponemos a estudiar para ser enfermera. Te quiero, Desi, y no quiero perderte. —Corría un riesgo al confesar por fin lo que sentía, pero Harry no podía irse sin decírselo. La idea de no ver a la pequeña pelirroja todos los días la reconcomía por dentro, de modo que esto le daría esperanzas de que algún día Desi se reuniera con ella.

—Yo también te quiero, cariño, desde hace mucho tiempo. —Las lágrimas de Desi se secaron al revelar por fin su secreto y tuvo el valor de sellarlo con un beso. Durante las tres semanas siguientes, las dos hicieron planes para el año siguiente y para todos los que vendrían después. Mientras esperaban a que Rachel se graduara, tendrían que vivir para las vacaciones de la Universidad Estatal de Luisiana, que era donde Harry había decidido estudiar. A pesar del dinero que tenía su padre, Harry iba a estudiar con dos becas completas por méritos deportivos y académicos. Se le daba tan bien jugar al sófbol como resolver problemas de matemáticas.

Durante su última noche juntas estuvieron sentadas en el columpio, abrazadas la una a la otra. Las caricias y los besos se habían ido haciendo un poco más agresivos durante las últimas tres semanas y Harry estaba intentando memorizar el sabor de la boca de Desi. No vieron al hombre que estaba plantado bajo la farola de la esquina mirándolas. Por primera vez desde que sus compañeros de trabajo tenían uso de memoria, Clyde Thompson se había puesto enfermo y había vuelto a casa temprano.

—¿Harry? —dijo Desi con voz ronca. Intentó levantar la cabeza, sin saber dónde estaba. Recordaba a Harry abrazándola y luego una oscuridad total.

—No intentes hablar, cariño —dijo la voz reconfortante desde la silla que estaba al lado de su cama. El movimiento de los dedos de Desi había despertado a Harry del profundo sueño del que estaba disfrutando. Después de darle a Desi unos trocitos de hielo para suavizarle la garganta, Harry llamó a David para transportarla. Después de llevar años trabajando juntos en el hospital, el paramédico y Harry se habían hecho amigos, de modo que no dudó en llamar a su ambulancia y hacer que esperara fuera.

—¿Dónde vamos? —preguntó Desi.

—Te voy a trasladar al Mercy, a una habitación privada. El Charity es el lugar adecuado al que acudir para operarte, pero no es el mejor sitio para convalecer. Entiéndeme, el personal es excelente, pero es que he pensado que estarías más cómoda en las afueras. Listos, a la de dos —dijo Harry, agarrando un extremo de la sábana sobre la que estaba tumbada Desi—. Intenta no darle golpes para no moverle la pierna, David. No querrás echar a perder mi bonito trabajo. —Siguiendo a la camilla hasta Urgencias, Harry llamó al Mercy para avisar y pidió a una de las enfermeras de noche que preparara un equipo de tracción para cuando llegaran.

—Harry, no tengo el mejor seguro médico del mundo, así que tal vez lo mejor es que me dejes aquí —le dijo Desi, haciendo un gesto para pedir más hielo.

—Puedes hacerme la cena cuando vuelvas a estar en pie. De esto me ocupo yo, así que relájate y disfruta del viaje. David, como te metas en un solo bache, subo ahí y te arranco la lengua.

—¿Qué tal si intento meterme en todos los baches en lugar de intentar encontrar un trozo de calle asfaltada? Sería más cómodo para todos —preguntó David, mirándolas desde la cabina delantera.

—¿Qué tal si subo ahí y te pego una paliza? —contestó Harry, intentando doblar su largo cuerpo para que cupiera en el reducido espacio de la ambulancia.

—¿Qué tal si voy con cuidadito y con calma? —replicó David sumisamente.

Salieron por la rampa de Urgencias, maniobrando alrededor de las decenas de ambulancias, coches patrulla y coches particulares que intentaban entrar. Los viernes por la noche, el servicio de urgencias del Charity de Nueva Orleáns se comparaba a menudo con una unidad médica de la guerra de Vietnam. Los cirujanos traumatólogos que daba este hospital con cada promoción que tenía la suerte de ser aceptada eran los mejores del país. Era fácil de comprender cuando uno caía en la cuenta de que en los fines de semana tenían una media de cien heridas por arma de fuego y aún más por arma blanca. Una noche típica de Nueva Orleáns.

A medida que se alejaban del caos de la Avenida Tulane, a través de las calles desiertas del centro, y se metían entre los grandes robles de las afueras, las calles se iban haciendo más anchas y tranquilas. En las afueras había su buena dosis de crímenes, pero aquí las casas eran más grandes y estaban rodeadas por muros aún más grandes que mantenían a raya las cosas desagradables que pudiera ofrecer Nueva Orleáns. La mayoría de las mansiones que bordeaban la famosa Avenida St. Charles de la ciudad eran propiedad de las familias adineradas de toda la vida. Entre estos bonitos y antiguos árboles era donde vivían, jugaban y socializaban los ricos. Así había sido desde la fundación de la ciudad.

Al subir por la rampa del nuevo hospital, Desi vio la diferencia al instante. Aquí no había colas y no había ruido, cosa sorprendente para ser una noche de viernes, pero claro, aquí no venía la gente que había recibido un disparo. La camilla rodó entre las paredes decoradas por un profesional y se detuvo por fin en el tercer piso delante de una habitación privada. Dos guapas enfermeras se echaron encima de Harry intentando ofrecer su ayuda.

—Doctora Basantes, su habitación está preparada y todo el equipo que ha pedido ya está instalado. ¿Puedo ayudarla a acomodar a su paciente? —preguntó Mitzy. Se acercó a Harry y se apoyó en ella, intentando conseguir toda la atención de la doctora.

—Gracias, Mitzy, hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Qué tal estás? —preguntó Harry, retrocediendo un paso para intentar poner distancia entre las dos.

—Esperando a que me llames, doctora, pero desgraciadamente me has dejado de lado, puesto que ni te has molestado en hacer el esfuerzo de descolgar el teléfono.

—No es el momento ni el lugar para hablar de eso, Mitzy, vamos a concentrarnos en lo que estamos, ¿de acuerdo? —dijo Harry, fulminando a la enfermera con la mirada como para decirle que se tranquilizara.

Trasladaron a Desi al interior de la habitación y el equipo la colocó con cuidado en la cama de hospital. Harry pasó veinte minutos colocándole la pierna en la posición de tracción que Desi necesitaba para ayudarla a curarse la fractura. David aprovechó para hablar con la mujer de aspecto desamparado que estaba en la cama, despidiéndose de ella y deseándole buena suerte. Cuando Desi estuvo cómoda, Harry despidió a todo el mundo, para que Desi pudiera dormir un poco.

—¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí? —preguntó Desi. Ahora le costaba mirar a Harry a los ojos y miraba en cambio la manta que habían traído las enfermeras para taparla.

—Tenemos que esperar a que el hueso empiece a cicatrizar un poco y luego hablaremos de darte el alta. Así que aguanta, porque vas a estar aquí por lo menos una semana. Sé que estás cansada, Desi, pero ¿me quieres contar lo que ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? —preguntó Harry. Vio que Desi retorcía la manta con los dedos y advirtió su aire de derrota ahora que estaban solas.

—Harry, no quiero hablar de eso contigo. No es asunto tuyo, es mi problema. Lo que siento es que te hayas visto arrastrada a esta situación por pura mala suerte. Tú tienes tu vida y no necesitas complicártela con mis problemas —dijo Desi con un tono más brusco del que pretendía.

—Desi, no te lo habría preguntado si no quisiera saberlo. No eres una complicación, creía que eras mi amiga. Te lo pregunto porque esta noche, cuando salí del quirófano, había un agente de policía esperándome y me contó unas cosas muy alarmantes sobre lo que había ocurrido. Mi ofrecimiento es sincero y queda sobre la mesa, Desi. Quiero ayudarte, si tú quieres —dijo Harry con un suspiro. ¿No debería ser ella la que estuviera enfadada? A fin de cuentas, era Desi la que la había dejado plantada. Pero la necesidad de tocar a Desi era tan fuerte que Harry tuvo que sentarse encima de las manos para evitar acariciarla.

—¿Por qué ibas a querer ayudarme? —preguntó Desi, alzando la mirada por primera vez desde que la habían instalado en la habitación.

—Porque me importas, Desi, el tiempo no acaba con eso, por lo menos en mi caso. No te voy a mentir diciéndote que comprendo por qué desapareciste de mi vida. ¿Por qué nunca me devolviste las llamadas ni acudiste a la puerta cuando volvía a casa de vacaciones? Pasé muchísimo tiempo en el infierno, pero tuve que aceptar el hecho de que no me querías en tu vida. Tal vez fuese la idea de llevar un estilo de vida que ni tu familia ni tus amigos comprenderían. No lo sé, sólo tú tienes las respuestas, Desi, y puedes guardártelas si es lo que deseas. —Harry tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no sentarse en la cama y coger entre sus brazos a la mujer que yacía en ella. Era curioso cómo los sentimientos que llevaba tanto tiempo intentando enterrar podían volver a la vida con una sola mirada.

—¿Hay alguien en tu vida ahora? —preguntó Desi con los ojos llenos de lágrimas una vez más, y se puso a retorcer la manta de nuevo.

—No, Kenneth y Tony me sacan de mi concha de vez en cuando, pero no estoy saliendo con nadie. Puede que te haya venido bien alejarte de mí. Soy capaz de recomponer a una persona sean cuales sean los daños sufridos, pero las relaciones se me dan fatal. Ha habido algunas personas con las que lo he intentado, pero siempre surgía algo. Trabajo, doy clase y con eso me basta. —Harry se metió las manos en los bolsillos y trató de disimular la sorpresa que sentía ante la inesperada pregunta.

—Pero eras la persona más cariñosa que he conocido en mi vida, Harry. Te mereces a alguien que te haga feliz, que haga que todo el trabajo que haces cuente para algo.

—Mi trabajo ya cuenta para algo, Desi, no necesito a una mujercita que me dé palmaditas en la cabeza al final de día para saberlo. Ya no soy esa persona que conociste hace un millón de años, esa Harry ya no vive aquí. Bueno, por esta noche basta de hablar de mí y mi vida vacía. Piensa en mi ofrecimiento y hablaremos de ello por la mañana. Llama a Mitzy si necesitas cualquier cosa. Volveré mañana hacia las once, tengo dos operaciones por la mañana, así que me pasaré después.

—No tienes por qué molestarte sólo por mí, Harry —dijo Desi.

—Las operaciones son aquí, Desi, así que no es molestia. El Charity no me paga las facturas, me las pagan los ricos que se rompen los ligamentos jugando al tenis. Te dejo los números de mi móvil y del busca por si necesitas hablar conmigo directamente. Que pases buena noche, Desi. —Harry salió de la habitación a paso ligero, antes de perder el control de sus emociones. Pasó ante el puesto de enfermería sin decir palabra, luchando desesperadamente por volver a levantar el muro cuidadosamente construido alrededor de su corazón que se había llenado de agujeros al volver a ver a Desi. ¿Que si hay alguien especial en mi vida? No me hagas reír, Desi.

Cuando bajaba a la planta baja en el ascensor cayó en la cuenta de que su coche seguía en el centro.

—Jo, este día cada vez es mejor, ¿verdad? —murmuró sin dirigirse a nadie en concreto. Al salir por la puerta principal, Harry pensó que tal vez si volvía corriendo al centro se le calmaría la montaña rusa de emociones en la que estaba montada. Una cosa era ver a la mujer que le había partido el corazón, pero otra muy distinta era saber que había preferido a un cerdo que la maltrataba antes que a ella.

—¿Vas en mi dirección, guapetona? —preguntó una voz cantarina desde el coche aparcado en la esquina.

—No sé, ¿qué me ofreces? —preguntó Harry, sonriendo por primera vez desde hacía horas.

—Una bandeja de ostras fritas y un viaje de vuelta a tu casa —le ofreció Kenneth.

—Antes tengo que recoger mi coche, colega.

—Tranquila, a Tony le ha encantado conducir tu novia hasta casa. Le hemos dado medio litro de aceite y la hemos acostado sana y salva —dijo Kenneth al tiempo que le hacía un gesto para que se subiera al coche.

Se metió y se hundió en el asiento de cuero del pasajero. Sentía un cansancio como no había sentido desde su primer año de estudiante en la Universidad Estatal de Luisiana.

—Todo va ir bien, Harry, ten paciencia —le dijo Kenneth con tono tranquilizador mientras arrancaba rumbo a casa. Sus dos amigos pasaron el resto de la velada intentando animarla y dándole consejos sobre cómo hacer frente a la situación. Al ver que se había quedado dormida en el sofá en medio de uno de los comentarios de Tony sobre el tema, decidieron dejar que pasara allí la noche en lugar de despertarla y mandarla a casa.

—¿Eligió a Byron Simoneaux en lugar de a Harry? ¿Pero qué clase de elección es ésa? Te lo digo en serio, Kenny, yo creía que esa chica era de las buenas. Menuda vergüenza que resultara ser tan zorra. Dios, pero si Harry le habría ofrecido el mundo en bandeja, ¿qué estaba pensando? —preguntó Tony mientras metía otro vaso en el lavavajillas. Después de oír lo que había pasado, el hombre bajito y rubio se había ido irritando más a medida que avanzaba la velada.

—No lo entiendo, chicos, no me devuelve las llamadas ni contesta a las cartas que le he enviado. Ahora ya no puedo usar el teléfono, porque cada vez que llamo, despierto a su padre. Clyde tiene tres trabajos y eso no es justo para él. Hace dos semanas estábamos haciendo planes de futuro juntas y ahora ni siquiera me habla. ¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Harry. El dolor que sentía era como si alguien le hubiera dado una patada en el pecho.

—A lo mejor es su forma de decirte que no quiere verte, Harry. Volvemos a casa dentro de dos semanas, ¿por qué no esperas hasta entonces para volver a intentarlo? Pase lo que pase, amiga, aquí nos tienes a Tony y a mí —le dijo Kenneth mientras abrazaba a su llorosa amiga. No lograba entender qué estaba haciendo Desi y si se daba cuenta del dolor que le estaba causando a Harry.

En Nueva Orleáns, Desi había acabado por acostumbrarse a quedarse dormida llorando. Cuando Harry se fue a casa esa última noche, su padre le echó en cara lo que había visto. Le dio a elegir entre verse expulsada de casa y repudiada o no volver a ver a Harry nunca más y luego le dio un bofetón que la mandó al otro lado de la habitación.

—Ninguna hija mía es una invertida. Si eso es lo que quieres hacer, chica, lárgate de aquí. No quiero saber nada de ti. Y recuerda: si ella es lo que quieres, olvídate de volver a ver a Rachel. Los dos estaremos muertos para ti —vociferó Clyde, tirándola de nuevo al suelo de una bofetada.

Como no tenía el valor de dejar a su familia, Desi escogió la única alternativa con la que su padre se sentiría orgullosa de ella. Se casó con Byron e intentó conformarse con la vida de casada. Durante dieciséis años, Desi disfrutó viendo crecer y prosperar a su hermana y trató de compensar con eso lo que le faltaba en la vida. Pero en medio de la noche, cuando Byron dormía, reconocía que no se trataba de lo que le faltaba, sino de quién.


PARTE 2


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