En alas del viento

Ali Vali



Descargos: Los personajes son creación mía. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia. No se permite usar o reproducir parte alguna de este relato para su venta o cualquier otro propósito sin el consentimiento por escrito de la autora.
Si la idea de una relación sentimental entre dos mujeres no os gusta, no vais a querer leer este relato. Pero en serio, si sois menores de edad o vivís en un sitio donde esto no está permitido, largaos, literalmente.
Acomodaos y disfrutad del relato y si tenéis algún comentario que queráis compartir, escribidme a terrali20@yahoo.com.
Quiero dar las gracias a mis correctores por repasar esto por mí. Sue R, esa amistad mía que mantendrá su anonimato, Ken, Jaden y Becky, sois todos una bendición. Me inclino ante vuestros conocimientos gramaticales y ante la infinita paciencia que demostráis tanto hacia mí como hacia mis torpes dedos. Vuestra amabilidad es un auténtico regalo.
A la mujer que comparte mi vida y que es mi regalo del Día de los Enamorados todos los días: este relato es para ti. A veces las palabras no bastan para decirte lo mucho que te quiero, pero sigo intentándolo y doy gracias todos los días porque tú sigues escuchando. Feliz Día de los Enamorados, cariño, esto, como todos los demás, es para ti.
Esto también está dedicado a todas las personas que conocen el significado del amor y aprecian el día reservado para rendir homenaje a la sensación maravillosa que ofrece. Gracias a todos por leer y gracias por todas esas notas maravillosas que me habéis enviado. Me gustan todas.
[Nota de Atalía: He tenido que adaptar el título original porque la traducción real no suena bien ("esperando entre bastidores") y tampoco refleja las imágenes que pretende el relato. Eso me ha obligado, por tanto, a adaptar también una mínima parte del texto en un momento dado. Si no habéis leído la historia original en inglés, todo esto os dará igual, pero yo lo digo, por si acaso. A veces un traductor se tiene que tomar ciertas licencias para poder transmitir plenamente lo que dice un texto.]

Título original: Waiting in the Wings. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


El abrigo negro se agitaba a su alrededor como una capa, abriéndose de vez en cuando para recordarle a su dueña el frío que hacía esa mañana. Grupos de personas que se dirigían al trabajo pasaban velozmente a su lado, caminando a un paso más rápido, con prisas por llegar a la parada del metro del final de la manzana. De vez en cuando los ojos azules alzaban la mirada para observar algo en uno de los escaparates sobre la marcha, preguntándose qué querrían decir algunos de los carteles en francés cuando el producto no le resultaba fácilmente reconocible.

Si tanto te interesa, G.W., a lo mejor unas vacaciones en un país de habla inglesa serían más convenientes la próxima vez que decidas emprender la caza de un autor. G.W. Steinblack se apartó de la cara la media melena y sonrió al anciano de la tienda que la había saludado cuando bajaba por la calle. Llevaba tres semanas en París, disfrutando de sus atracciones y persiguiendo a la escurridiza Gwendolyn Flora para que firmara un contrato con Publicaciones Steinblack. Pero hasta ahora le había sido más fácil ver a la Mona Lisa que conseguir que la escritora le devolviera sus llamadas. Hoy es un nuevo día, G.W., a lo mejor la señorita Flora nos concede una audiencia. Si no, siempre queda el Louvre.

Cuando la alta mujer entró en el café del Barrio Latino para tomarse su café de todas las mañanas y un desayuno sencillo, una rubia menuda sentada al otro lado del café la observó mientras ella se quitaba la bufanda blanca de cachemira y el abrigo negro y los dejaba en una silla vacía. Ella no llamaría guapa a la mujer que seguía en pie, sino más bien atractiva y de rasgos fuertes, como alguien idóneo para uno de esos anuncios de cigarrillos. Se sorprendió al descubrir un jersey de ochos, vaqueros y Nikes bajo el abrigo de aspecto elegante. Americana sin duda, pensó la admiradora.

—Bon jour, G.W. —El camarero que le había tomado nota en los últimos dieciséis días llegó a la mesa con una taza de café ya preparada de acuerdo con sus gustos. El encargo nunca variaba, pero venía con la libreta preparada por si éste era el día en que su cliente decidía pedir algo más arriesgado que un cruasán.

—Buenos días, Philippe. Lo de siempre, por favor.

—Le va a entrar, cómo se dice, raquitismo con una dieta tan limitada, G.W.

—Ismarelda Steinblack y usted se llevarían fenomenal. —Antes de que pudiera continuar con su conversación diaria sobre su falta de espíritu aventurero en materia de desayunos, el bolsillo de su abrigo empezó a sonar—. Steinblack —dijo bruscamente en el teléfono en cuanto lo abrió, apenas capaz de oír nada en el atestado café.

Reconoció al instante la carcajada que se oyó al otro lado de la línea, y G.W. se echó a reír también.

—G.W., pareces un bulldog cuando contestas al teléfono.

—Es mi forma de rendir homenaje a la perra que me parió.

—Un día de estos, G.W., voy a rehacer mi testamento y te vas a encontrar en la calle.

—Izzy, me quieres demasiado para desheredarme. —G.W. sonrió a Philippe cuando éste le trajo el desayuno, sacudió la cabeza y se alejó. La carcajada que había respondido a su contestación hizo sonreír aún más a G.W.

—Cierto, mi amor, cierto. ¿Cuándo vuelves a casa? El periódico vuelve a estar en crisis y tu hermano no sabe qué hacer.

—Pronto, madre. Me queda una semana de vacaciones, y ese tiempo no es suficiente para que Joshua mate a la gallina de los huevos de oro de la familia. Si consigo añadir a la señorita Flora a la editorial, este verano tendré una buena oferta de lanzamientos para paliar las cagadas que haya hecho al decidir pasarse por editor. —G.W. oyó suspirar a su madre al otro lado de la línea porque no lograba encontrar un razonamiento que contradijera lo que decía su hija.

—¿Qué era lo que escribe ésta?

—Erotismo homosexual. Imagínate a Nin en tiempos modernos con una pegatina de arco iris en su mini. ¿Algo más de interés?

—Todo a su debido tiempo, querida. ¿Me dices cuándo vamos a contratar a Rio Rivers para nuestra editorial? —Ismarelda despidió con un gesto a uno de sus ayudantes, que le traía unos papeles para que los firmara, pues no quería perder el hilo de la llamada. Con la ausencia de G.W. sus días empezaban a ser más largos, puesto que no tenía a nadie con quien pelear verbalmente que fuese tan divertido como su hija.

—Madre, ya hemos tenido esta conversación y siempre acabamos igual. Rio se va a quedar donde está por todas las razones que ya te he explicado.

—Se vende, G.W., y debería vender para nosotros.

—Todo acaba en el mismo río, madre, de ahí el nombre. Dime, ¿cómo es que sigues en el despacho a estas horas de la tarde? No me digas que te estás haciendo adicta al trabajo mientras yo me amustio en París reviviendo mi aprecio por el arte.

—Calla esa boca, tesoro, para eso te tengo a ti. Mi currante personal que me llena de caviar y encajes, como decía mi padre. Quiero que me prometas que volverás a casa antes de que acabe el mes, con nueva escritora o sin ella.

—¿Qué estás tramando, viejita, o es que tengo que volver a casa volando y sacártelo a palos? Estoy oyendo cómo se mueve ese cerebro retorcido que tienes desde aquí.

—Te lo aseguro, querida, es lo último que te podrías esperar. Eso te demuestra que si vives lo suficiente, hasta las cosas o las personas más previsibles se las apañan para hacer algo imprevisible y dejarte pasmada. —Cuando G.W. estaba a punto de preguntar algo más sobre lo que insinuaba Ismarelda, oyó la voz apagada de otra persona donde estaba su madre—. Lo siento, querida, pero el deber me llama. Date prisa con tu escritora y vuelve a casa, que te echo muchísimo de menos. —No podía pasar por alto el contrato que le mostraba ahora Fredrick, de modo que la matriarca de la familia sacó su pluma y volvió a mirar el calendario. Ojalá un simple deseo pudiera hacer que el final de mes llegara mucho antes.

G.W. cerró el móvil y terminó de desayunar mientras echaba un vistazo al ejemplar del New Orleans Tribune de hacía dos días. Le hizo falta toda su fuerza de voluntad para no ponerse a señalar erratas con un lápiz rojo y enviárselo de vuelta a su hermano, que aparecía como editor. ¿Qué demonios había hecho ese hombre con el resto de los editores? Soltando un fuerte suspiro antes de terminarse el café, G.W. se levantó y paseó un rato junto al río, disfrutando del cargado tráfico del Sena.

El matrimonio Steinblack había dado dos herederos, Joshua, que hacía muy poco que mostraba interés por el negocio familiar, y G.W., que se había criado sentada al lado de su madre desde el primer momento en que pudo sujetar un bolígrafo. Al contrario que en la mayoría de las uniones maritales, su padre había dejado que sus hijos adoptaran el apellido Steinblack, pues sabía que Sol Steinblack jamás permitiría que un Rogers dirigiera su imperio editorial. Ahora le correspondía a Ismarelda mantener unido el imperio de su padre hasta que su sucesor, elegido a dedo, estuviera preparado para encargarse del negocio de la familia. Aunque casi todo el mundo supo a quién había confiado Sol su legado cuando le puso a G.W. un lápiz rojo en las manos cuando la niña no tenía más que nueve años. La cría era capaz siempre de detectar una errata en el océano de tinta negra como una flecha directa al blanco.

El intento de meter a Joshua en el negocio era para animarlo a hacer algo aparte de desempeñar el papel de señorito de la familia. Su madre hacía ya mucho tiempo que había dejado de esperar grandes cosas de él. No lo quería menos que a G.W., pero había un límite al número de veces que se le podía romper el corazón a una mujer antes de causar daños permanentes. Ismarelda lo quería ahora por lo que era y fue el tono derrotado de su voz lo que por fin lo animó a intentarlo. La vergüenza fue que incluso el afán de lograr la admiración de su madre claudicó demasiado deprisa ante el aburrimiento.

A G.W. le daba igual quién dirigiera el negocio, siempre y cuando ella fuese una de las que decidieran dónde se aventuraría en el futuro. Su madre seguiría con ellos durante muchos años, de eso estaba segura, pero planificar el futuro siempre era de sentido común desde el punto de vista empresarial. Eso se lo había enseñado la propia Izzy, así como su abuelo Sol. Si había una pasión que su madre y ella compartían, era el amor por la palabra escrita y su esfuerzo por hacerla llegar al máximo número de personas posible.

La mujer del café que había estado mirando a G.W. se quedó allí, siguiendo con la mirada la figura esbelta mientras cruzaba la calle hasta la amplia acera que seguía el curso del río. Observar a G.W. había sido un placer culpable para ella durante los últimos ocho días. Todos los días intentaba armarse de valor para hablar con ella, pero la alta morena parecía tan enfrascada en lo que estuviera leyendo que la rubia la dejaba en paz. Lo cierto era que no se encontraba en situación de mirar a nadie, pero la cara y la risa sonora de G.W. habían atraído a la rubia. Llamó a su camarero y pagó la cuenta, sin querer perder de vista a su compatriota si cruzaba uno de los puentes y se dirigía a otra zona de la ciudad.

Una hora y un viaje en metro más tarde, G.W. estaba sentada en el gran parque que había detrás del museo del Louvre con el portátil sobre las piernas. Los dedos que tecleaban velozmente se detuvieron de golpe cuando notó que alguien la miraba. Su memoria fotográfica identificó a la rubia del café, que estaba a unos cuantos cientos de metros con aire de haber perdido a un buen amigo. Dado que era martes y pleno invierno, el popular parque parisino estaba desierto, salvo por las otras cinco personas aguerridas que habían decidido enfrentarse al frío. Con temperaturas más agradables, el parque estaba lleno de niños que jugaban con pequeños veleros en la gran fuente del centro.

El portátil se cerró con un chasquido cuando la rubia empezó a acercarse, directa hacia ella. G.W. sólo distinguía la forma de la cara de la mujer, puesto que el cuerpo estaba oculto bajo un gran abrigo y unas gafas de sol le tapaban los ojos. Como ocurría a menudo, G.W. empezó un manuscrito en su cabeza sobre cuál podría ser la historia de esta mujer.

—¿Le importa si me siento?

G.W. la miró y se preguntó por qué, cuando había por lo menos quinientas sillas vacías, la mujer quería ocupar justo la que estaba a su lado.

—Adelante. No soy francesa, pero estoy bastante segura de que es un país libre —bromeó G.W.

—No quiero molestarla, pero esta mañana la he oído hablar con el camarero y he pensado que sería agradable hablar con otra americana.

—Claro, siempre estoy dispuesta a mantener una conversación estimulante. ¿De qué le gustaría hablar?

—Eso no importa. Llevo aquí un par de semanas y echo de menos hablar con alguien. París, según he descubierto, es una ciudad que se disfruta más si se visita con alguien.

La rubia parecía tan abatida que G.W. dejó a un lado el ordenador y se volvió un poco para contemplar su perfil.

—Suena como una mujer que ha perdido un gran amor.

—No, simplemente una mujer que disfruta de una pequeña escapada antes de volver a la vida real y a todo lo que eso conlleva.

La sonrisa de la rubia era tan melancólica que a G.W. le entraron ganas de saber de qué color tenía los ojos.

—No sé usted, pero a mí me parece que es usted buena compañía. Tal vez debería darse cuenta de ello y dejar de desear que otra persona complete lo que debería ser una experiencia maravillosa.

La mujer miró el rostro que le había llamado la atención tantas mañanas y se echó a reír.

—¿Me está diciendo que es usted su mejor amiga?

G.W. se echó a reír con ella antes de contestar, sin abandonar su debate mental sobre el color de sus ojos.

—De toda la gente que conozco, yo me resulto la más conforme con todos los temas que me interesan. Por no hablar de que soy divertidísima, con amplios conocimientos sobre una gran variedad de temas y bastante encantadora, o eso me dice mi madre.

—Eso me suena un pelín engreído. —Juntó el pulgar y el índice y sonrió para demostrar que lo decía en broma.

—No, simplemente sincero. La soledad es algo que nunca me ha dado miedo.

—¿No se siente sola?

—Señorita...

—Me llamo Piper.

—Piper, encantada de conocerla. Yo me llamo G.W., y hay una diferencia entre estar sola y sentirse sola.

—¿Cuál?

—Lo primero es una elección que haces por ti misma. Lo segundo es el poder que le das a otra persona para que la haga por ti.

—Eso ha sonado muy profundo.

—De vez en cuando me da por practicar un poco la filosofía después de desayunar, si tengo la inspiración adecuada. —G.W. se puso a recoger sus cosas y, cosa muy poco propia de ella, se dejó llevar por un impulso—. ¿Le apetece una crêpe?

—Me encantaría. Si sigo aquí mucho más tiempo, me temo que voy a engordar treinta kilos por culpa de todos esos puestecillos que hay en cada esquina.

Se quedaron muy juntas mientras el hombre delgaducho ataviado con una boina echaba la masa en la placa caliente con un instrumento de madera diseñado para extenderla muy fina sobre la superficie. Cuando le dio la vuelta embadurnó el lado ya hecho de mantequilla y azúcar y luego lo enrolló y lo envolvió en una servilleta. G.W. sacó los francos suficientes para pagar por la golosina y dejar una propina antes de que Piper pudiera moverse para sacar la cartera. Armadas con el dulce caliente, reemprendieron la marcha.

—¿Y cuál es su historia? —preguntó Piper.

—Pues la verdad es que no sé si la tengo. Al menos una sobre la que alguien quisiera escribir una novela. Estoy aquí en viaje de negocios mezclado con una buena dosis de placer. Y usted, ¿de qué realidades está huyendo? —G.W. tiró el envoltorio cuando se comió el último pedazo, disfrutando de la distracción que le ofrecía Piper.

—¿Parecería más romántico si dijera que estoy huyendo de algo o de alguien? —Una gran nube que tapó el sol hizo que Piper se quitara las gafas oscuras, revelando unos dulces ojos verdes a su compañera de paseo.

—Eso depende de si desea contarme una historia.

—¿Le gustaría que le contara una historia?

—Piper, le sorprendería saber cuánta gente me pregunta eso en un solo día. Pero hoy no trabajo.

Se detuvieron junto al famoso y gran museo. La gran pirámide de cristal que tanta controversia había suscitado cuando la construyeron estaba a su derecha, dejando pasar algo de luz a la estancia de debajo.

—¿Quiere ver algo de arte? —Piper se sentía ligera por primera vez desde que había aterrizado su avión y no quería desprenderse aún de su nueva conocida.

G.W. se colocó bien la correa del portátil y asintió.

—Estaría bien, y así nos refugiamos del clima. Me parece a mí que los hombres del tiempo franceses aciertan tanto como los americanos. Hoy se suponía que iba a hacer sol y temperaturas más soportables.

Las dos nuevas amigas dejaron los abrigos y bolsos en el ropero antes de dirigirse a los tesoros que albergaba el museo.

La tarde se le pasó a Piper en un suspiro, contemplando a los maestros cuyo talento atemporal adornaba las paredes del Louvre y escuchando a G.W. mientras ésta le ofrecía una breve historia de las obras que se detenía para admirar. Por muchas que eligiera Piper, G.W. siempre tenía un comentario que ofrecer. La rubia estaba segura de que cuando los pintores dejaban parte de su corazón en los lienzos, lo hacían para gente como G.W.

Al cabo de tres horas, Piper siguió a G.W. hasta el balcón que daba a la estatua de la Victoria Alada. La rubia miró a G.W. y luego a la obra de arte que tenían delante. La mujer alta contemplaba la obra con tal reverencia que las palabras parecían inapropiadas y sólo interrumpirían su gozo. G.W. salió de su trance cuando la pequeña mano de su compañera turista se posó sobre la suya. Fue entonces cuando se fijó en el anillo de compromiso.

—En el dedo correcto, y es muy bonito. ¿Cuándo es la boda? —En su tono no había juicio ni malicia, puesto que el tiempo que habían pasado juntas no tenía nada que ver con la promesa de nada más.

—Dentro de dos meses. A lo mejor has dado con aquello de lo que estoy huyendo —dijo Piper con tono de broma. No había quitado la mano y G.W. no se había apartado de ella.

G.W. se echó a reír con cara casi de niña al tiempo que estrechaba delicadamente los dedos de Piper.

—Creo, querida mía, que eres una mujer que sabe lo que lleva en el corazón y jamás ha huido de nada. —G.W. la miró fijamente como si intentara leerle la mente, haciendo sonreír a Piper.

—No, esto es más bien una última cana al aire antes de que me coloquen los grilletes del matrimonio. Eso y, como en tu caso, estoy aquí por negocios.

—Vaya, qué manera de presentar las cosas, señorita Piper. Yo creía que casarse con alguien sería como visitar París. Una ciudad con muchas partes distintas para satisfacer todos tus estados de ánimo, pero inmersa en cada de una de ellas está la corriente subyacente del romanticismo. Deberías sentirte feliz de estar encadenada por el amor, no dar la impresión de que tu vida está a punto de cambiar drásticamente a peor.

—Haces que suene tan romántico y atrayente cuando los barrotes de hierro se cierran detrás de mí cada noche. No veo que tú lleves cadenas, eres demasiado grande para comportarte como una gallina ante el compromiso. —Piper tiró de la otra mano grande para verla y tampoco llevaba ningún tipo de joya significativa.

—No estamos hablando de mí, y llevo jerseys grandes para taparme las plumas, muchas gracias. —G.W. pensó en todas las mujeres que había conocido a lo largo de su vida y se estremeció. La mayoría de ellas estaban más interesadas en su cuenta corriente y su apellido que en su bienestar o su corazón. La tarde con Piper había sido un soplo de aire fresco en ese sentido. La rubia la escuchaba hablar sin esperar otra cosa más que disfrutar de su compañía.

—¿No crees que exista el amor verdadero? —Hasta el volumen más tenue de la voz de Piper se transmitía por la escalera de mármol donde estaba situada la bella estatua que habían estado contemplando. No era un lugar sagrado, pero el ambiente bien podría haberlo sido.

—Claro que existe, lo leo todo el tiempo.

—Buena manera de esquivar la pregunta. Bueno, si ésta es mi última correría de soltera, ¿cómo debería aprovecharla?

—Depende de cómo quieras recordar este momento, Piper.

La rubia pensó en cómo había pasado la tarde y sintió el deseo de terminar su visita al museo con una conferencia más, de modo que alzó la mano libre y la puso sobre la mejilla de G.W.

—¿Me hablas de ella? —Tras hacer la pregunta, Piper se volvió hacia la estatua de nuevo para escuchar lo que le fuese a contar G.W. sobre la obra. Por la forma en que la había mirado al entrar, Piper tenía la impresión de que iba a ser la historia más interesante que le iba a contar la mujer hasta ese momento.

—Se llama Nike, que significa victoria en griego. De ahí que la llamen la Victoria Alada de Samotracia. A mí me parece muy apropiado, puesto que ya tiene 2.200 años de antigüedad. Perseverar durante tanto tiempo ha sido toda una victoria de por sí. Durante años se alzó contemplando el Egeo en la isla de Samotracia, erigida para conmemorar una gran batalla naval. El escultor la diseñó con las alas desplegadas para recordar a la gente que las victorias siempre son inciertas y pueden alejarse con el viento en cualquier momento.

Como llevaba haciendo todo el día, Piper escuchaba a la enclopedia ambulante de arte e intentaba captar la esencia de quién era G.W. Una cosa que había deducido era que fuera cual fuese el trabajo de G.W., tenía que estar relacionado de algún modo con la literatura. Nadie se expresaba tan bien ni tenía tantos conocimientos sin practicar mucho el arte de plasmarlo todo sobre el papel en algún momento.

—Eso no me dice por qué tú pareces adorarla. Me he dado cuenta cuando hemos entrado.

—La adoro por muchas razones, pero sobre todo porque mi calzado preferido lleva su nombre. —Piper le soltó una mano y le dio un manotazo en broma en el brazo, de modo que G.W. le dio la respuesta que buscaba—. Mírala y dime que no encarna lo que el artista intentaba enseñar a sus conciudadanos. La vida es una serie de batallas, la mayoría de las cuales, las más feroces, creo yo, son las que libramos con nosotros mismos. Esas batallas son las más encarnizadas, y por lo general los atisbos de la victoria se encuentran en las partes de nuestra mente de las que a veces nos apartamos o a las que nos enfrentamos como último recurso, y ésa es la verdad. Nike me recuerda que debo disfrutar de mis dulces aunque efímeras victorias antes de alejarse volando hacia la siguiente batalla a la espera de que yo logre volver a ella. Ella es, para mí, el símbolo de la mujer perfecta.

—Pero no tiene cabeza, G.W. —Piper ladeó la suya y sonrió a su maestra. Fueron sus ojos y la sensación de tener a Piper tan cerca la causa de que el corazón de G.W. se abriera en ese instante y se enamorara. No había ningún motivo para ello y, para una persona firmemente asentada en el orden y la verdad, no tenía el menor sentido. La realidad de aquello hizo que G.W. se aturullara con las palabras, y tuvo que apartar la mirada para serenarse.

—Ah, eso simplemente me permite buscar mi propia imagen del aspecto que debería tener. Estoy segura de que el escultor regaló a su pueblo la imagen que él mismo tenía de su aspecto, pero ahora me ha regalado a mí no sólo su bella obra, sino además el premio añadido de la imaginación. Sé todo lo que es posible saber sobre ella, salvo el aspecto de su rostro.

—¿Tú libras muchas batallas contigo misma? —Piper seguía mirando la estatua e imaginando el aspecto que tendría con la cabeza de G.W. sobre los hombros.

—Lucho con fuerza por intentar siempre hacer lo imposible y eso me ayuda a vivir con mis resultados, que distan de ser perfectos.

—¿Qué es imposible, según la definición de G.W.?

—La respuesta es fácil, vivir la vida sin lamentar nada. El concepto es bastante fácil de comprender. Lo que es prácticamente imposible es intentar alcanzarlo.

Piper volvió a cogerle la mano a G.W. y se volvió hacia ella.

—Tienes razón, no quiero recordar alguna parte de mi vida y sentirme derrotada por las lamentaciones. ¿Puedo confesarte una cosa?

—Claro, aunque sólo sea me gustaría ser amiga tuya, y eso es lo que hacen las amigas.

—Lamentaría alejarme ahora de ti y no llegar a conocerte mejor.

—¿Pero te causará más tristeza recordarlo y sentirte culpable por sentir esto, a causa de esto? —G.W. levantó el dedo anular de Piper, donde el diamante soltaba destellos a pesar de la escasa iluminación de la escalera. Al verlo, G.W. sintió su propia punzada de tristeza. En una sola tarde había encontrado a una persona a quien se veía conociendo cincuenta años más tarde, y el destino se la iba a arrebatar, dejando sólo el anhelo que la pérdida de Piper le iba a causar.

—Tengo que ser sincera y decir que no. Te vi esta mañana y sólo quería saber cómo sería ser el centro de tu atención aunque sólo fuera por un breve período de tiempo. ¿Eso tiene algún sentido o me convierte en una mala persona? —Piper omitió todos los demás días que había pasado mirando sin actuar para que G.W. no la acusara de acecharla.

La tristeza que ya había advertido G.W. anteriormente volvía a inundar esos bonitos ojos, y le fue tan imposible condenar a la mujer como apartarse de ella.

—Eso te hace humana. De modo que permíteme ser la que te ayude a prepararte para tu futuro sin lamentaciones y sin derrotas.


Tras separarse en la entrada del museo para poder ir a arreglarse, G.W. se encontraba poco tiempo después en un taxi rumbo al hotel de Piper para recogerla y salir a cenar. Lo que había empezado como una conversación seria se había convertido en una especie de pequeña apuesta sobre lo que podía hacer G.W. para ayudar a la joven a despedirse de la vida de soltera. La otra sorpresa del día había sido el mensaje que la esperaba en el piso que había alquilado, un mensaje de la recluida escritora que había estado buscando. Gwendolyn Flora la estaría esperando en el bar del hotel donde se alojaba Piper una hora antes de que G.W. tuviera que recoger a la rubia para cenar. Era un alivio haber conseguido que la escritora respondiera por fin y aceptara reunirse con ella después de tantos días de intentos.

El bar estaba a la izquierda de la entrada y tenía grandes ventanales de cristales emplomados que daban a los Champs Elysées. En una de las pequeñas mesas estaba sentada la mujer a quien G.W. reconoció por las contraportadas de sus libros, con un Cosmopolitan como compañía.

G.W. fue hasta ella y le ofreció la mano como saludo.

—Señorita Flora, soy G.W. Steinblack.

—Oh, cielos, pero qué bello surtidor de agua fresca. —Los dulces ojos marrones recorrieron el metro ochenta de Armani negro y parecían dispuestos a hacer de nuevo el recorrido—. ¿Por qué no se sienta y apaga mi sed?

—Gracias, señora. ¿Qué hace una chica de Oklahoma viviendo y trabajando en París?

El camarero se acercó para tomarle nota a G.W., lo cual le dio a Gwendolyn la oportunidad de volver a examinarla.

—Debe de tener corazón de periodista a pesar de su actual profesión —bromeó Gwendolyn al ver que G.W. prescindía de la charla trivial y se lanzaba de lleno a una conversación—. Sobrevivir. A menos que las historias sobre llanuras polvorientas le resulten fascinantes, y Las uvas de la ira ya se ha escrito. Tenía que ir a un lugar donde las musas fuesen fáciles de encontrar y de entretener. El tema principal de mi obra se centra en el aspecto físico del amor, y a veces la inspiración me viene sólo con mirar por la ventana de mi casa del árbol. Créame, eso jamás me ocurría en Oklahoma. Dígame, ¿por qué me ha apartado de mi máquina de escribir, señorita Steinblack?

Una pequeña copa de brandy llena de líquido ambarino apareció ante G.W. antes de que pudiera decir nada.

—Para intentar convencerla de que sea mi editorial la que publique su próxima obra sería la respuesta más apropiada, creo, pero desde un punto de vista más egoísta, ha sido para poder decirle en persona lo maravillosa que me parece. Usted no me conoce, pero sus obras me llegan de una forma que pocas han logrado jamás, señora. Mi abuelo me dejó sus diarios como parte de mi herencia, y en esas páginas de lino descubrí la auténtica hondura del hombre al que sólo creía conocer. Él me enseñó a través de sus palabras cómo se puede hacer que el espíritu humano alce el vuelo. Estoy segura de que Sol estaría sentado aquí diciéndole esto mismo si todavía estuviera con nosotros. De modo que aunque rechace mi oferta, me siento mejor por haber tenido la oportunidad de decirle algo que he querido decirle desde la primera línea que leí escrita por usted. —G.W. alzó su copa como saludo y tomó un sorbito del terso líquido.

—¿Su madre le paga por sentimiento o por palabra?

—¿Conoce a Izzy?

—He oído hablar de ella y, del mismo modo que usted quería conocerme, a mí me gustaría tener la oportunidad de conocer a la mujer que ha hecho tanto por las escritoras a lo largo de los años. ¿Qué le parece si usted y yo cenamos juntas y hablamos de la posibilidad de establecer una relación?

La editora no se lo podía creer. Ésa era la frase que llevaba semanas esperando oír, y no lograba quitarse de la cabeza la cara de decepción que sin duda se le pondría a Piper si ahora la llamaba a su habitación y cancelaba la cena.

—Me encantaría cenar con usted, pero no puedo aceptar. Por favor, no se lo tenga en cuenta a Publicaciones Steinblack, pero le prometí a una amiga que la ayudaría a superar un mal momento y no querría defraudarla.

Gwendolyn volvió a mirar el traje y se imaginó la decepción si fuese ella la que recibiera la llamada, por lo que decidió apiadarse un poco de la mujer.

—¿Qué tal una copa conmigo esta noche cuando termine con sus actos caballerosos?

—Ni los húmedos pies nuevos del amanecer podrían mantenerme alejada si eres tú quien me llama. Así sería incluso si la llamada procediera de la tumba. Respondería con una oleada de emoción y el corazón palpitante, aunque sólo fuese para sentarme a tu lado y sostenerte la mano para escuchar tu silencio.

La escritora sonrió, sorprendida de que G.W. citara un párrafo de uno de sus relatos más largos publicado en una de sus primeras antologías.


Piper estaba de pie ante la ventana de su habitación contemplando el gran bulevar que había aparecido en tantas películas e historias. En su última noche deseaba por primera vez que su visita a París no estuviera a punto de terminar. En una sola tarde había olvidado todos los planes que todavía tenía que ultimar y las decisiones que la esperaban cuando saliera del avión al volver a casa.

A su prometido le había dado igual la explicación que le había dado sobre la necesidad de pasar un tiempo separados y lo había aceptado de buen grado, porque él también quería pasar un tiempo a solas. El que le hubiera pedido siquiera que se casara con él aún le hacía preguntarse qué era lo que tenía ella que lo había llevado a dar ese paso. Ella sabía muy bien por qué había aceptado. Todas esas fantasías que se había creado de niña sobre su futura boda estaban muriendo una a una. Comprometerse con alguien tendría que haber sido una decisión tomada por amor, no por obligación, pero a veces no se tenía elección. Inmediatamente, le vino a la mente el recuerdo de G.W. diciéndole que era especial, y eso la hizo sonreír justo a tiempo de abrir la puerta.

—Caramba, estás increíble con ese vestido. —G.W. estaba en el pasillo y contempló el minivestido negro que llevaba Piper y que ésta rellenaba de una forma absolutamente deliciosa.

—Gracias por el cumplido, pero ya he aceptado cenar contigo. De hecho, ha sido idea mía, así que no necesitas hacerme la pelota.

—Señora, aunque ahora te haga la pelota, eso no tiene nada que ver con que vayas a cenar conmigo, pero por desgracia, estás pedida, de modo que la cena tendrá que aplacar cualquier otra idea que pueda tener esta noche. ¿Vamos? —G.W. ayudó a Piper a ponerse el abrigo y luego le ofreció el brazo y señaló con la mano hacia el ascensor.

—Vamos.

El taxista, siguiendo las instrucciones de G.W., inició un paseo tranquilo por uno de los lugares más famosos de París. Vista como telón de fondo en tantas imágenes de la ciudad de las luces, era una visión pasmosa estar al pie de la Torre Eiffel y levantar la mirada hacia su intrincada estructura hecha de acero sujeto con tornillos. Tal maravilla de la ingeniería moderna quedó olvidada cuando las dos mujeres la contemplaron como una gran y bella obra de arte.

—Señora mía, tu velada aguarda. —G.W. se abrochó el abrigo y cogió a Piper de la mano, llevándola hacia la entrada privada que las llevaría a su primera parada de la noche. El ascensor se abrió al elegante comedor del restaurante Jules Verne, a ciento veinticinco metros del suelo. A su alrededor, la ciudad cobraba vida mientras el sol se ponía, y Piper se maravilló por la excelente vista, de casi trescientos sesenta grados, que aquel espacio ofrecía a los comensales.

El cocinero jefe, Alain Reix, aguardaba con parte de sus ayudantes para saludar a la hija de una antigua amiga.

—G.W., hola y bienvenida. Cuánto me alegro de que hayas llamado. Es estupendo verte de nuevo. Tenemos una mesa especial reservada para ti, así que por favor, sentaos y dejad que os dé de comer, ¿no? —Las llevó a la mesa de la que hablaba y se regodeó en la expresión de deleite que inundó la cara de Piper al ver el espacio íntimo apartado de los ojos de todos los demás comensales.

—Alain, gracias por reservarnos mesa con tan poca antelación.

—Tonterías, mon amie, tu encantadora dama y tú tenéis que disfrutar de mi hospitalidad —le dijo a G.W., y luego se volvió hacia su personal y los envió a todos de vuelta a la cocina, dejando que el camarero jefe hiciera su trabajo. El caballero vestido con esmoquin preguntó cortésmente si a Piper había algo que no le gustara comer al tiempo que les servía lo que iban a beber esa noche. Cuando la copa de champán de G.W. estuvo llena, desapareció en la cocina para avisar a Alain de que podía empezar a crear en cuanto el chef estuviera preparado, dejando a las mujeres a solas.

G.W. alzó su copa y esperó a que Piper se fijara en ella.

—Por el comienzo de tu vida, Piper, ahora que una fase de ella llega a su fin. Que el hombre al que has elegido sepa durante toda su vida la suerte que tiene de compartir ese breve espacio de tiempo contigo. Te envidio por haber encontrado un amor que quieres compartir de esa forma. Por ti y tu felicidad.

El cristal sonó casi en exceso cuando la morena hizo chocar su copa con la de Piper y sonrió, aunque por alguna razón tuvo que obligarse a hacerlo. G.W. pensó en todos esos cuadros que habían visto juntas esa tarde y comparó su atracción por Piper de la misma manera. Había encontrado un tesoro que consistía en algo más que su belleza exterior, pero como esos cuadros, Piper pertenecía a otro, de modo que mirar y admirar era lo único que le quedaba.

—Gracias por esta velada y por esos pensamientos tan encantadores. Creo que me ayudarán a superar los momentos difíciles. ¿Y cómo sabes que quien me ha dado este anillo es un hombre? A fin de cuentas, estoy aquí contigo —intentó bromear Piper para distraerse de las reflexiones de su mente sobre G.W.

—Esperemos que no haya muchos momentos difíciles, y no es más que una intuición por mi parte, pero ya lo creo que es un hombre. —G.W. bebió otro sorbo y reflexionó largamente antes de hacer la pregunta que se le había ocurrido de repente—. No te estás conformando, ¿verdad, Piper?

—¿En el amor, quieres decir?

—En cualquier cosa. No es demasiado tarde para decidir seguir otro camino si tienes dudas. Perdona, por favor, no me hagas caso, no es asunto mío en absoluto. Tú te conoces mejor que nadie, así que estoy segura de que estás más que segura de tus decisiones.

—¿Entonces por qué lo has preguntado?

—Porque a veces, cuando te miro, pareces tan triste que yo también me pongo triste. Puede que no tenga el lujo de haber compartido una larga historia contigo, pero no quiero ver cómo te conformas.

En el rincón opuesto a donde estaban sentadas una pequeña banda empezó a tocar, y Piper quiso cambiar el curso que había tomado su conversación.

—¿Bailas conmigo?

El mundo se llenó de felicidad desde el momento en que Piper sintió que G.W. la tomaba entre sus brazos y empezaba a balancearse al ritmo de la canción sentimental cuya letra no entendía. Con las luces de París ante ella y el pecho de G.W. bajo la mejilla, la rubia se debatía entre sumergirse aún más en el abrazo y huir corriendo por la puerta antes de implicarse aún más.

Con su talento de costumbre, Alain les sirvió una comida maravillosa acorde con el bello entorno en el que la iban a disfrutar. Antes de que se marcharan, dio un abrazo a G.W. y la besó en ambas mejillas, susurrándole al oído que volviera con la encantadora Ismarelda antes de que se acabara el año.

—Gracias, G.W., ha sido una forma maravillosa de pasar mi última noche en París. —Piper iba sentada en la parte de atrás del taxi y sujetaba la mano de G.W., pensando que volvían a su hotel. El momento de las fantasías se había terminado.

—Una parada más y te prometo que te tendré de vuelta en casa antes de que me convierta en rata y el taxi en calabaza.

Se detuvieron delante de un edificio inmenso que estaba casi totalmente a oscuras. Las banderas que se agitaban cerca del edificio advertían a los transeúntes de que se encontraban ante el Musée Rodin. Aunque G.W. admiraba muchísimo al gran pintor y escultor, habían venido para ver la obra de otro artista, que su casa de Viena había enviado como préstamo durante unos días. Se alegraba de haber llegado a tiempo de poder compartirlo con Piper antes de que ésta se marchara de la ciudad.

—¿No está cerrado? —Piper se situó al lado de su acompañante y se preguntó si el allanamiento de morada era algo a lo que solía dedicarse G.W.

—Para el común de los mortales, puede que sí, pero esta noche considérate la mujer especial que eres.

Un guardia les abrió la puerta cuando se acercaron a la entrada y les hizo un gesto para que pasaran. Otro cogió sus abrigos y señaló a G.W. la dirección que debían tomar.

—Por favor, tómense todo el tiempo que quieran, G.W., Petri ha insistido.

En una sala situada en la parte delantera del museo, en el segundo piso, estaba la obra maestra llamada El beso, de Gustav Klint. La pareja que había pintado estaba flotando para toda la eternidad en la pasión de un beso. El hombre, envuelto en una capa de cuadros, y la mujer, envuelta en otra de círculos, parecían perdidos en su propio mundo, sin importarles quién estuviera contemplando el amor que compartían.

—Sobre éste no te voy a contar nada. Voy a dejar que imagines tu propia historia sobre por qué lo pintó Klint y quiénes pueden ser. Tu educación se basará esta vez no en lo que yo te diga, sino en lo que tú veas.

—Veo que sí que crees que existe el amor verdadero. —La cara de Piper casi resplandecía al volverse hacia G.W. y agarrarla de las manos para acercarla.

—Y yo veo que ya no tienes miedo.

La rubia no negó la afirmación porque no tenía miedo, simplemente estaba informada. Ahora sabía que, efectivamente, el amor verdadero existía, sólo que saberlo nunca le serviría de consuelo puesto que mañana se metería en un avión y se alejaría de su descubrimiento. Con una sola mirada en un café, había encontrado a alguien que le hacía sentir más de lo que Piper se podría haber imaginado que sería capaz de sentir. Pero ahora, tendría que guardarse esos sentimientos y reservarlos para los momentos en que la injusticia de la vida le pareciera insuperable.

G.W. dio la vuelta a Piper y se colocó detrás de ella para poder admirar a Piper en lugar de la obra de Klint. El suave pelo rubio que le llegaba a Piper hasta los hombros le dio ganas de acariciarlo con los dedos para ver si todas esas insípidas descripciones de las novelas rosas sobre el suave oro batido eran ciertas. Había habido mujeres antes que Piper, G.W. no vivía precisamente como una ermitaña, pero ¿por qué ninguna de ellas le había causado el dolor por dentro que había sentido cuando estuvieron bailando? La editora iba a rodear a Piper con los brazos cuando la rubia intentó secarse disimuladamente una lágrima. ¿Qué secretos ocultas tras esa fachada callada y triste, Piper? La pregunta estuvo a punto de hacer llorar también a G.W., pero no abrió la boca para hacerla y se limitó a disfrutar de los últimos momentos que les quedaban de estar juntas.

La noche terminó donde había empezado, ante la puerta de la habitación de hotel de Piper, con G.W. en el pasillo.

—Buenas noches, Piper, y buena suerte.

—Espera, todavía no quiero ver cómo te marchas. Me voy mañana, pero quiero verte otra vez, por favor, dime que tú también quieres eso al menos.

Por primera vez, Piper vio indecisión en los rasgos de G.W.

—No sé si es buena idea. Debemos parar ahora, antes de que hagamos algo que nos lleve a lamentarlo, como hemos hablado esta tarde.

—¿Algo como esto? —Piper tiró de las solapas del abrigo de G.W. para bajarla y pegó sus labios a los de la mujer más alta. Cedieron más deprisa de lo que deberían y G.W. estrechó a Piper contra su cuerpo con veloz intensidad, antes de, con la misma rapidez, recuperar el sentido común.

—Lo siento, Piper, pero no te voy a hacer esto, ni me lo voy a hacer a mí. Si quieres, vendré aquí por la mañana para llevarte al aeropuerto, pero esta noche no me voy a quedar.

—Quiero cualquier cosa que estés dispuesta a darme.

G.W. se marchó antes de que los ojos verdes se pusieran aún más tristes y de que ella se debilitara aún más. En una sola tarde, Piper la había dejado llena de deseo, y a G.W. no le gustaba nada esa sensación.


—Justo la persona que estaba esperando —dijo Gwendolyn cuando abrió la puerta de su piso para dejar pasar a la editora, que casi parecía macilenta. G.W. miró a su alrededor, sorprendida por el entorno, teniendo en cuenta el éxito de la escritora.

Era un gran espacio con una pared toda de cristal, y el cuarto de baño era la única estancia que parecía ser totalmente privada. En un rincón había una cama con dosel y cerca de ella un bonito escritorio cubierto por un mar de papel y una máquina de escribir que parecía una isla situada en medio. Pero la parte de la sala que le llamó la atención a G.W. era el pequeño rincón de lectura que había creado Gwendolyn cerca de las ventanas.

Una butaca grande y cómoda miraba hacia el Sena, con una mesita al lado. Había una pila de libros junto a una taza de té desportillada y, por el aspecto, también parecía el rincón preferido de la escritora.

—Pasa, por favor. —Gwendolyn se echó a un lado y dejó entrar a G.W. en su casa, contenta de hacer una pausa en el trabajo.

—Gracias, esta casa es genial. —Dejó el grueso abrigo y la bufanda en una silla de cocina, lo mismo que la chaqueta del traje, lo cual le indicó a Gwendolyn que G.W. estaba a gusto.

—Tengo una casa más tradicional fuera de la ciudad, pero esto me dio casi la sensación que comenté antes, como una casa en un árbol, la primera vez que entré.

G.W. se acercó a la butaca que había estado admirando y se sentó. Le entró la risa al ver que el primer libro de la pila era Asesinato en las ruinas mayas de Rio Rivers. El punto indicaba que a Gwendolyn sólo le quedaban unas veinte páginas para terminar.

—¿Te gusta? —G.W. le enseñó el libro, y Gwendolyn casi pareció tímida al sonrojarse. Teniendo en cuenta algunos de los párrafos que era capaz de escribir la mujer, fue todo un logro por parte de G.W.

—¿Disminuiría en algo mi encanto si dijera que sí?

G.W. volvió a dejar el libro en la pila y se echó a reír.

—No, Rio es como una barra de Snickers en una tienda de chocolates Godiva. Lo que pienso de vez en cuando es que, en un mundo que cree que cuanto más caro es algo, mejor calidad tiene, ese tipo de golosina es justo lo que hace falta. Un poco de sentimentalismo barato para que el coco pueda tomarse unas vacaciones. —G.W. se señaló la cabeza con un dedo y se echó a reír—. Tu encanto está a salvo.

—Gracias, ahora que mi secreto ha sido revelado, puedo reconocer sin reparos que me encanta. Y ahora que estás aquí y te has puesto cómoda, ¿de qué te gustaría hablarme?

G.W. le ofreció el típico discurso de contratación de Publicaciones Steinblack con algunos incentivos extra para lograr que la mujer se pasara a ellos. Gwendolyn escuchó sentada en el brazo de su butaca de lectura y se dio cuenta de que ya había tomado la decisión esa noche en el bar. Su editorial actual ansiaba cualquiera de sus nuevas obras porque se vendían bien, pero ésta era una persona que podía darle no sólo un camino para hacer llegar su obra al público, sino que además era capaz de citar párrafos de sus libros. La gente no solía hacer eso a menos que los leyera y le gustaran lo suficiente como para ser capaz de recordar algunas de las líneas.

—¿Tienes alguna pregunta?

Cuando G.W. dejó de hablar, Gwendolyn la miró, con el aire culpable de quien no había estado prestando atención.

—Estoy segura de que mi agente solucionará cualquier problema por mí, pero si de verdad quieres publicar el libro en el que estoy trabajando ahora, soy toda tuya.

G.W. casi no pudo controlar la sonrisa al oír el acuerdo. Mientras explicaba los términos del contrato, el tráfico del río se había ido reduciendo a alguna que otra barca que se dirigía a su amarre por esa noche y a lo largo de las orillas algunos amantes trasnochadores paseaban cogidos de la mano. Desde el piso a oscuras era fácil ver por qué se llamaba a París la ciudad de las luces, así como la ciudad del amor.

—Gracias, contigo como lanzamiento principal este verano, Steinblack volverá a la cabeza de las listas y tú tendrás otro éxito de ventas al que enfrentarte.

Gwendolyn puso la mano en la mejilla de G.W. y sonrió ante su entusiasmo por la idea.

—Por ti casi estaría dispuesta a hacer una gira, pero basta de hablar de trabajo por una noche. Vamos a celebrar nuestra nueva sociedad, ¿te parece? —Cuando G.W. asintió, Gwendolyn se levantó y fue a la pequeña nevera situada en el rincón más alejado del piso. Dentro había una botella fría de champán a la espera de unirse a su pequeña fiesta. Con unos andares que casi se podrían describir como flotantes, la escritora regresó al lado de G.W. con dos copas largas de cristal y la botella.

G.W. quitó el corcho con un leve estampido y llenó las dos copas. El tintineo que produjeron las copas tenía el tono perfecto que logra el buen cristal, y lo único que era mejor era el sabor que la acometida de burbujas dejó en sus lenguas. Gwendolyn bebió otro sorbo, luego dejó su copa en la mesa y se sentó en el regazo de G.W. Le gustaba esta mujer que había entrado en su vida, y no había cosa que deseara más que pasar una noche contemplando la vista que demasiado a menudo quedaba olvidada cuando se sumergía en su trabajo.

El mejor tesoro que se puede encontrar a veces es una persona con la que puedes hablar de las cosas que te interesan. Y aún es mejor si encuentras a alguien con quien puedes estar en silencio y a gusto. Esa noche, las dos almas solitarias sentadas en la oscuridad descubrieron que el silencio era tan cómodo como la butaca en la que estaban sentadas.

Gwendolyn se despertó a la mañana siguiente, sin saber cómo había acabado en la cama. A su lado había una nota con el número de teléfono de G.W. y su agradecimiento por la compañía encantadora y la vista. Sonrió al tiempo que se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja al pensar que tal vez había encontrado algo más que una simple editora.

Al otro lado de la ciudad, Piper abrió la puerta y se encontró una caja alegremente envuelta que tapaba a la persona que la sujetaba. Cuando se echó a reír, G.W. bajó la caja y aceptó la invitación para entrar en la habitación. Había una pila de equipaje al pie de la cama, un recordatorio de que la bella mujer que acababa de encontrar se marchaba de verdad.

—Buenos días. ¿Has dormido bien? —G.W. se quedó en el centro de la habitación, sujetando aún el regalo que había traído.

—Tardé bastante. Una persona bien guapa me agasajó con una cena, me devolvió un beso extraordinario y luego se marchó. Estaba muy acelerada, de modo que dormir era lo último en lo que estaba pensando cuando me fui a la cama. ¿Y tú? —preguntó Piper, acercándose más a G.W. Estaba intentando mantener un tono ligero, para que las lágrimas que llevaban amenazándola toda la mañana no se derramaran hasta estar rodeada de desconocidos en el vuelo de vuelta a casa.

—En una situación algo extraña, pero he logrado dormir unas cuantas horas, gracias. Sé que tenemos que irnos dentro de unos minutos para que llegues con tiempo al aeropuerto, pero te he traído una cosa. Considéralo un recuerdo que podrás enseñar a tus nietos cuando les hables de tu loca correría en París. —G.W. le entregó la caja, sorprendentemente pesada, y se quedó mirando mientras Piper quitaba el papel y la cinta—. Espero que te guste.

Piper levantó la tapa y metió la mano dentro para coger el objeto envuelto en papel delicado, ansiosa de ver lo que había elegido G.W. Sus ojos perdieron la batalla y se nublaron cuando quitó el resto del papel y vio la pequeña réplica de la Victoria Alada.

—Es de cristal en lugar de piedra, pero espero que sea un símbolo de que, con independencia de lo que te depare la vida, la victoria está ahí posada esperándote. ¿Te gusta?

Para responder a la pregunta de G.W., Piper dejó el regalo en la cama y volvió con la que se lo había dado. Como la noche anterior, bajó a G.W. tirándole de las solapas y la besó.

—Nunca consigo dormir en los aviones, así que bien puedo tener algo en que pensar —dijo Piper, para explicar el beso—. Y me encanta el regalo. Muchísimas gracias. —Quitó frotando todos los rastros de pintalabios que le había dejado a G.W. en la cara, disfrutando de la sensación de su piel bajo los dedos.

—Me alegro de que te guste. —G.W. puso la mano en la mejilla de Piper y luego la metió en su pelo. Tal vez sí que hay algo de verdad en eso del oro batido. Sujetar a Piper así de cerca le dejaba clarísimo que se había enamorado de esta mujer. Si fuese posible tener una relación con Piper, tal vez lograría sentir el equilibrio que echaba en falta. G.W. tenía un trabajo que le encantaba y que era su pasión, pero había un límite al número de horas que podía dedicar a llegar a acuerdos y escribir editoriales, y Piper le habría dado un motivo para querer volver a casa.

—No, no sólo por el regalo, G.W., sino también por recordarme que porque me vaya a casar, eso no quiere decir que vaya a perder mi personalidad. Gracias a ti, ya no tengo tanto miedo de desaparecer en el olvido.

Llegó el botones para bajar el equipaje, lo cual les dio tiempo de volver a empaquetar el regalo de Piper. En el aeropuerto solucionaron todo el papeleo y la facturación lo primero, para poder tener tiempo de tomarse un café.

—¿Cuándo vuelves a casa? —preguntó Piper.

—No debería tardar mucho, ahora que mi negocio está terminado. Creo que volveré a Estados Unidos dentro de un par de días.

—¿Dónde vives cuando cruzas el charco? —Piper trazaba círculos con el dedo por el borde de su taza de café, haciendo un esfuerzo para no tocar a G.W.

—En Nueva Orleáns.

—¿En serio? Ahí es donde voy yo dentro de unos días, así que eso quiere decir que volveré a verte, ¿no?

—Piper, no creo que sea muy buena idea. Te vas a casar dentro de dos meses. Concéntrate en eso y en lo estupenda que va a ser tu vida. Este hombre más vale que sepa lo increíble que es la mujer que va a conseguir. Quiero que seas feliz y que sepas que pensaré a menudo en ti.

—Pero te acabo de encontrar —dijo Piper en voz baja.

—Lo querías lo suficiente como para aceptar su anillo, dale la oportunidad de demostrarte de nuevo por qué decidiste aceptarlo. Para mañana ya no te acordarás de mí, te lo prometo. —G.W. levantó a Piper de la silla y la acompañó a la puerta de salidas internacionales. Se despidió de la rubia con un beso cuando sonaba la última llamada de embarque y estuvo a punto de pedirle a Piper que se quedara unos días más. G.W. se dirigió a la salida sin mirar atrás, porque sabía que si hacía otra cosa, le costaría aún más dejarla marchar.

Detrás de G.W., Piper estaba mirándola y sintiendo que su corazón iba muriendo un poco más con cada paso que daba la alta mujer. Cuando las puertas del aeropuerto se abrieron, G.W. salió y su abrigo se arremolinó a su alrededor como el día en que Piper la vio entrar en el café para desayunar. No volver a ver a G.W. era una promesa que Piper no tenía la menor intención de cumplir.

En cuanto Piper regresara, encontrar a su alta amiga sería una prioridad para ella. Cierto, habría sido más fácil, Piper, si te hubieras molestado en averiguar cómo se apellida en lugar de quedarte mirándola a los ojos a la menor oportunidad. Por otro lado, tal vez G.W. tenía razón y lo único que le hacía falta era volver y meterse de nuevo en la razón por la que había decidido asentarse y casarse. Ojalá pudiera quitarse de la cabeza el deseo de que el anillo que llevaba en el dedo fuera el de G.W. y no el de otra persona.


—Esta noche pareces estar a millones de kilómetros de aquí, ¿es por algo que he dicho? —Gwendolyn se recostó en la silla y miró a su compañera de cena por encima del borde de su copa de vino. El pequeño local italiano que había en la esquina de su edificio preparaba una comida excelente, por lo que sabía que ésa no era la razón de que G.W. estuviera empujando la pasta por el plato como si intentara matarla.

—Perdona, soy una compañía horrible, ¿verdad?

—Es cierto que en cualquier otro momento me conformaría con quedarme aquí sentada mirándote, pero he descubierto que tu conversación es estupenda y me siento defraudada. ¿Quieres hablarme de ella?

La sonrisa Steinblack que había heredado de Sol volvió a su rostro, y G.W. dejó el tenedor y copió la postura relajada de Gwendolyn.

—¿Tan segura estás de que sufro de un corazón roto?

—Cielo, he escrito suficientes libros sobre el amor femenino para pensar que reconozco todos los síntomas. El labio caído, los hombros hundidos y los hondos suspiros son señales clásicas, créeme. Cuéntame tu historia y, quién sabe, a lo mejor acabas como un capítulo de mi siguiente obra. —Gwendolyn alargó la mano por la pequeña mesa y cogió una de las grandes manos, intentando comunicar un apoyo silencioso para que G.W. empezara a hablar.

El tono humorístico atravesó la bruma depresiva en la que llevaba sumida G.W. todo el día tras haberse quedado mirando desde la acera del aeropuerto mientras el avión de Piper despegaba hacia Estados Unidos.

—Podría ser interesante ver cómo me describirías si te diera suficiente munición, aunque es posible que no tuvieras suficiente material con el que trabajar para este relato. Para serte franca, no sé por qué estoy tan hecha polvo por una mujer a la que he tratado durante menos de cuarenta y ocho horas y que se va a casar con otra persona. ¿He comentado que se va a casar con un hombre?

Gwendolyn arrugó la cara como si sintiera un dolor equiparable al que sufría G.W.

—Ay, cielo, cuando te lanzas a encontrar a alguien, te gusta ponerte las cosas difíciles, ¿verdad? Pero no pienses eso sobre el tiempo transcurrido cuando se trata del corazón. Algunas de mis mejores amigas llevan casadas más de veinte años y se declararon amor eterno a los veinte minutos de haberse conocido. Pero volviendo a ti, ¿quieres un consejo de la doctora Flora?

La copa que sujetaba G.W. en la mano se alzó hacia Gwendolyn.

—Por favor, me viene bien todo consejo que pueda recibir.

—Paga la cuenta, llévame de vuelta a mi piso y deja que te abrace esta noche en esa gran cama del rincón. Te prometo que te quitaré todo pensamiento de la cabeza, triste o de cualquier otro tipo, y que eso es lo que escribiré. —Gwendolyn se echó hacia delante y se acercó más la mano de G.W.—. Pero hay una condición.

—¿Qué, que te tome locamente o me pones de patitas en la calle?

—No, que para ese capítulo uso el nombre de Rio Rivers. —Tiró más de la mano hasta que los dedos de G.W. le rozaron el pezón.

La dureza que sentía con los dedos no era fácil de pasar por alto, pues Gwendolyn se acercó más a ella.

—¿Por qué me pides eso?

—Porque he gozado con las aventuras a las que me has llevado tanto como mis obras te han hecho tus veladas más agradables, Rio.

—¿Cómo lo has sabido?

—Igual que tú conociste a tu abuelo por sus diarios, yo he llegado a conocerte por tus palabras. Dio la casualidad de que estaba en Nueva Orleáns cuando empezaste a trabajar en el Tribune y se publicó uno de tus primeros editoriales. Era un comentario sobre la situación política de un estado famoso por la corrupción y los sobornos. Lo leí entero dos veces y luego llamé al periódico y pregunté por ti. Imagínate mi pasmo cuando me dijeron que sólo tenías veinticuatro años. Tu prosa combina muy bien tu sentido del humor con tu sentido del honor. Eso es difícil de encontrar incluso en los escritores más veteranos. Luego estaba en un avión para promocionar Tótem y compré mi primera aventura de Rio Rivers por puro capricho. Me esperaba una anestesia total y lo que me encontré fue a ti, divertida y apasionada, sólo que en vez de ser un corto editorial, era un libro entero.

G.W. se echó hacia atrás y miró a Gwendolyn como si no supiera qué decir. Aparte de su madre, la escritora era la primera persona que había adivinado la identidad oculta tras su seudónimo.

—Caramba, eres buena.

—Nunca lo descubrirás si no te levantas de esa silla. ¿Qué te parece, tenemos trato?

—Me siento halagada de que quieras hacer esto por mí. Esto podría ser una entrada de mis propios diarios, la noche que pasé con Gwendolyn Flora.

—¿Qué tal si vienes conmigo y transformamos esa idea en algo interesante? Te prometo que lo único que te pido es una sola noche, lo cual va totalmente en contra de mi naturaleza. —Cuando G.W. enarcó una ceja oscura, Gwendolyn le dio un manotazo—. Ya sé que escribo cosas muy calientes, pero eso no quiere decir que no pueda ser compasiva. Es sólo que elijo con cuidado a quién muestro mi lado maternal, y esta noche te elijo a ti. Sólo quiero abrazarte, G.W., nada más. No deberías estar sola, así sólo te vas a sentir peor.

Fiel a su palabra, Gwendolyn logró que G.W. se olvidara de Piper por esa noche. Por la mañana lo único que lamentaba era no haber respondido antes a las llamadas de la editora. De haberlo hecho, tal vez ahora G.W. se estaría lamentando por ella en el vuelo de vuelta a casa que iba a tomar hoy, haciéndola regresar antes a París.

—Gracias, por todo. —G.W. se sentó en el borde de la cama y apartó un mechón de pelo de los ojos de Gwendolyn. Un taxi la esperaba abajo para llevarla a su piso, cargar el equipaje y correr al aeropuerto.

—Gracias por no decir adiós. —Cuando Gwendolyn se incorporó, la sábana que la tapaba se cayó, y sonrió cuando los ojos azules la recorrieron disimuladamente—. Al contrario de lo que te prometí anoche, tengo la sensación de que éste no es nuestro último capítulo, G.W., así que vete, pero quiero que vuelvas.

—Ésa es una promesa que hago de buen grado. —Con un beso tierno, G.W. se volvió y se marchó. Cuando Gwendolyn se giró para verla marchar, la rosa blanca que había en la mesilla de noche la hizo sonreír. La mujer que había plantado a G.W. el día anterior era una estúpida.


—Me has venido a recoger al aeropuerto. ¿Es que se ha muerto alguien mientras estaba fuera? —G.W. miró a la mujer perfectamente peinada que estaba en la terminal y enarcó una ceja—. Gracias, Walter —le dijo al chófer de su madre, que le quitó todas las maletas.

—¿Es que no puedes aceptar que te he echado de menos mientras estabas fuera? Un mes es demasiado tiempo para mí sin ver esa cara preciosa.

—Izzy, te quiero, lo sabes, pero no me vengas con chorradas. Me has llamado tantas veces que no has podido echarme de menos. ¿Qué ocurre?

Ismarelda soltó la misma carcajada sonora que soltaba G.W. cuando algo le hacía muchísima gracia. Los brazos que la estrecharon eran un placer, su hija siempre se las arreglaba para que hasta los momentos más negros se hicieran más ligeros y aceptables.

—Sí que te echaba de menos, G.W., acéptalo y pasa a otra cosa, y sí, hay un problemilla en el periódico y quería que fueses allí antes de que entremos en prensa. Se ha organizado una importante carrera para el senado y me parece que nos hemos quedado fuera de la mayor parte de la historia.

—Eres tan previsible que casi da miedo. Estoy convencida de que eras capaz de dirigir el periódico perfectamente sin mí antes de que naciera, ¿qué ha sido de esa mente brillante de la que tanto cacarea la gente?

—Deja de jorobar, G.W. y pongámonos en marcha. ¿Qué tal el viaje? El hecho de que estés aquí me lleva a pensar que has tenido éxito en tu misión. He leído algunos de los libros de la señorita Flora desde la última vez que hablamos y deja que te diga, me han sorprendido mucho. Me emocionó, como poco, que alguien sea capaz de hacer que me sonroje a la edad que tengo. Esa mujer sí que sabe escribir cuando se trata de temas carnales. —Ismarelda aceptó la mano de G.W. para meterse en la parte de atrás del coche cuando llegaron a la acera. Se habían empezado a formar nubes de tormenta, y con las nubes la temperatura estaba bajando.

—Izzy, eres cualquier cosa menos vetusta, así que deja de comportarte como una matrona de sociedad. En cuanto a los escritos de la señorita Flora, espera a ver el próximo libro y el capítulo dedicado a la propia aventura de Gwendolyn con Rio Rivers. En ese momento parecía muy buena idea, la verdad.

La risa de su madre volvió a resonar, y G.W. se sintió mejor por volver a estar en compañía de su mejor amiga. Unos ojos azules, idénticos a los de G.W., la miraron y se arrugaron por los rabillos, estropeando un poco el maquillaje de Ismarelda. Papá, por mucho que intentaras modelarla a tu imagen, sigue teniendo mucho de su padre. A él tampoco se le podían resistir las mujeres, y eso le ha dado sus buenos problemas. La Steinblack mayor pensó en el hombre que le había arrebatado el corazón y que luego se lo fue matando poco a poco hasta que ella puso fin a la carnicería. Por difícil que hubiera sido la decisión de echar a Stephen de casa, Ismarelda se alegraba de que hubiera sido su padre quien pasara a hacerse cargo de la influencia masculina en sus vidas.

—Querida, ¿te sentirías muy decepcionada si decido saltarme ese capítulo? Puede que tenga que ir a elevar una oración de expiación ante la tumba de tu abuelo para evitar que vuelva para atormentarme. Nunca he creído en esas cosas, pero en esta ciudad nada escapa al ámbito de la posibilidad. Él siempre fue tu mayor admirador, aparte de mí.

—Izzy, yo pensaba que querrías echar un vistazo de vez en cuando dentro de mi dormitorio, aunque sólo sea para ver lo que te estás perdiendo al no probar el fruto prohibido de tener a una mujer como amante.

Ismarelda se apoyó en G.W. y le cogió la mano.

—Te aseguro que hay cosas que una madre no quiere saber nunca, y estoy muy feliz con mi vida, muchas gracias. No necesito las complicaciones de tener a alguien como amante.

—Bueno, te alegrará saber que lo que decida escribir la señorita Flora al final será un encuentro ficticio. Sí que pasé una noche con ella, en la que la ropa era opcional, pero no hubo intercambio de fluidos corporales.

—¿Estás perdiendo facultades, querida?

El coche se detuvo ante la entrada del Tribune y allí fuera las esperaba el equipo directivo, tras haber recibido la llamada de Walter cuando estaban a un par de manzanas de distancia.

—Vaya, debería marcharme del país más a menudo. —El comité de bienvenida era señal de que G.W. se quedaría allí hasta bien pasada la hora de entrar en prensa, y le daba la excusa perfecta para no contestar a la pregunta provocativa de su madre—. No los veía tan preocupados desde que se incendió el cajetín de los fusibles principales en medio de una tirada.

—No quería contártelo por teléfono, pero las ventas han bajado un veinte por ciento en las dos últimas semanas. El público pierde algo de confianza cuando el nombre del estado aparece en el titular con faltas de ortografía.

G.W. sacudió la cabeza y deseó que Joshua hubiera pasado algo de tiempo con Sol antes de que su abuelo muriera. Cualquier mínimo error en la edición final del periódico era como una afrenta a su honor, una palabra con faltas de ortografía en el titular de la noticia principal lo habría matado antes que el ataque al corazón que por fin acabó con él en la sala de máquinas. Como última señal de respeto por el hombre que le había dado el mundo, G.W. le había metido su amado lápiz rojo en el bolsillo de la camisa antes de que cerraran el ataúd.

—Si vas a elevar una oración de expiación, más vale que sea por Joshua. Si dejas pasar una cosa así, acabará atormentándote por eso antes que por cualquier hazaña mía.

Cuando el coche apenas se había detenido, G.W. abrió la puerta y se bajó. Uno de sus ayudante le cogió el abrigo, y ya se había subido las mangas de la camisa para cuando entró en la sala de composición. Los reporteros estaban repasando sus artículos e intentando decidir dónde colocarlos en la tirada que empezaría a imprimirse a las dos en punto. G.W. se sentó en la cabecera de la mesa y se puso a componer las noticias del día. Una vez tomó las riendas, todo el personal soltó un suspiro de alivio al tenerla de vuelta, aunque fuera por poco tiempo.

—Madelyn, localízame a uno de los candidatos por teléfono, a ver si puedes acordar una entrevista. —G.W. se dejó caer en la silla de su despacho y cogió el teléfono. Aunque estaba al mando de Publicaciones Steinblack, que estaba en uno de los elegantes edificios de oficinas del centro, el periódico tenía siempre preparado su despacho y su equipo de apoyo.

—¿A cuál, jefa?

—Llama primero a Landrieu, a ver si está en la ciudad, luego consígueme algunos de los temas que han llamado más la atención mientras he estado fuera. He leído el periódico en París y esto se convertido en un cenagal de proporciones exageradas. Primero hablaremos con la titular y luego perseguiremos a la marioneta que presenta el otro bando.

—Yo creía que las noticias tenían que hacerse las sordas —comentó Madelyn, secretaria de G.W. desde hacía mucho tiempo, con tono de guasa, intentando pinchar a su jefa, pero en cambio se encontró con un largo dedo índice que la señalaba con gesto de advertencia.

—La sordera no es lo mismo que la estupidez y la mala información, querida mía. Ponte en marcha y dile a Ralph que reserve espacio en la página del editorial. Dependiendo de lo que consiga hoy, esto podría convertirse en una serie de una semana de duración sobre el estado de la política en el mundo actual. —Marcó rápidamente unos números en el teléfono tras consultar el grueso Rolodex que tenía en la mesa, contactando con el primero de sus amigos analistas políticos para que le diera su opinión.

A la una, el primer borrador del periódico empezaba a cobrar forma. Desde la pared de cristal que cubría un lado del despacho de G.W. en el tercer piso, Ismarelda observaba mientras su hija empezaba a componer el tipo de producto por el que se conocía al Tribune. Las tres cadenas de televisión locales ya habían llamado y le habían pedido a G.W. que acudiera a ofrecer su opinión sobre la marcha de las elecciones y cuál iba a ser el resultado. Si la editora estaba teniendo problemas con la diferencia horaria, no se notaba mientras cogía artículos y los cambiaba de sitio como si estuviera jugando una partida de ajedrez.

Cuando G.W. llegó a la sección que se iba a imprimir prácticamente igual que estaba compuesta, fue la primera vez durante ese largo día que pensó en Piper. Aparecía una lista de fotografías de jóvenes novias con información variada sobre ellas y sus prometidos, incluidos los detalles de sus próximas nupcias. Espero que estés bien y que dentro de dos meses estés encantada con tu decisión. Sólo había sido una tarde y una cena, pero la rubia se había metido en la cabeza de G.W. y se negaba a marcharse. Debería pensar en Gwendolyn y en cuándo voy a volver a verla. ¿Por qué lo pones todo difícil, G.W., deseando cosas que jamás podrán ser? Se hizo la pregunta mientras pasaba a las páginas de deportes.

En cierto modo, G.W. estaba convencida de que desear cosas que nunca podría tener era, para ella, una forma de autopreservación para evitar entregarse a una sola mujer. Las ideas románticas de sentir algo por alguien que pertenecía a otra persona eran una excusa estupenda para decir, "Lo habría intentado, pero llegué demasiado tarde".

Ismarelda apoyó la mano en el cristal y se preguntó qué era lo que había causado la tristeza que se veía en el rostro de G.W. al mirar las fotografías de los anuncios de boda. Tal vez fuera la imagen de una oportunidad perdida, pero su madre nunca lo sabría ni se lo preguntaría. El estado de la vida amorosa de sus hijos era un tema del que intentaba mantenerse alejada, después de que la única relación a la que había dedicado todo su ser se viniera a pique. Los consejos sobre temas del corazón no eran una de las especialidades de Ismarelda.

—¿La hija pródiga a vuelto de sus aventuras? —Joshua entró en el despacho y se sentó detrás de la mesa de su hermana. El que G.W. estuviera en la planta montando la edición de la tarde era una prueba fehaciente de lo que opinaba su madre sobre el trabajo que él había hecho.

La mano apoyada en el cristal no se apartó e Ismarelda no se volvió. Su hijo se había ido amargando cada vez más con los años a medida que el abuelo iba dando cada vez más responsabilidades a la única nieta que sentía interés por el negocio familiar. Sol había intentado no tener en cuenta el hecho de que Joshua se pareciera tanto a su padre, salvo por el pelo oscuro y los ojos azules. Pero cuando el chico demostró más aptitud para gastar dinero y correrse juergas que para trabajar y aumentar lo que el anciano ya había construido, su afecto y su confianza se volcaron en G.W.

Casi como si notara la angustia de su madre, G.W. levantó la mirada desde la planta y sonrió cuando los ojos azules entraron en contacto con los suyos desde el despacho. Cuando la cabeza morena volvió a bajar para concentrarse en la última sección, Ismarelda se volvió y miró a su hijo mayor.

—Hoy me ha llamado Charles.

—¿Y qué se contaba el bueno de Charles, madre?

—Que estabas preguntando cómo infringir las estipulaciones básicas de tu fondo de fideicomiso. Si lo que necesitas es dinero, me lo podrías haber pedido primero. No me hace gracia enterarme de cosas así por el personal contratado.

La cara de su madre bastó para que se levantara y se apartara de la mesa de G.W. Antes de hacerlo, advirtió que su hermana no se había molestado en eliminar las marcas quemadas de la esquina izquierda, donde Sol a veces se dejaba olvidados los puros.

—¿Y por qué iba a querer hablar de eso contigo? La respuesta habría sido que no, lo mismo que estoy seguro de que le has dicho a Charles que debe hacer conmigo. A menos que seas la niña dorada de esta familia, a nadie le importas una mierda. Y hablando de eso, ¿qué está haciendo ahí abajo?

Los delgados hombros se hundieron un poco cuando Ismarelda suspiró.

—Tiene el pelo tan negro como el tuyo, Joshua, así que no te pongas como un patán celoso al hablar de tu hermana. En cuanto a lo otro, le dije que te diese lo que quisieras. Tu abuelo te dejó ese dinero y tienes razón, puedes hacer con él lo que te plazca. A partir de hoy eres un hombre libre, hijo, que disfrutes. También eres un hombre rico, pero recuerda que el negocio y quién lo vaya a heredar sigue siendo un secreto sellado hasta que G.W. cumpla los treinta años. He pensado que era justo darte lo que querías con antelación, puesto que los dos sabemos a quién le confió mi padre su imperio. G.W. tendrá el control, así que ya no te voy a mantener atado a una vida o un trabajo que no quieres.

—¿Es un truco? He intentado haceros felices a ti y a Sol, pero nunca ha sido suficiente. ¿Acaso es culpa mía que G.W. naciera con una especie de don sobrenatural para la palabra escrita? Lo he intentado con todas mis fuerzas, tanto aquí como en la editorial, pero siempre he estado en desventaja. Como no soy Geordie, jamás estaré a la altura, así que ¿para qué voy a intentar siquiera causar buena impresión? Nunca lo conseguí cuando Sol estaba vivito y coleando y ahora mucho menos.

Ismarelda miró a su hijo y se preguntó qué había sido de aquel niño tierno que le hacía dibujos para su despacho. Cuando sonreía de cierta forma se parecía muchísimo a G.W., pero los ojos y el pelo no eran evidentemente los guardianes del alma.

—Ni me voy a molestar en volver contigo sobre este tema, y no pienses ni por un momento que estás logrando que me compadezca de ti. Coge el dinero, Joshua, y deja de lloriquear. Te lo aseguro, todo el mundo está harto de escucharte. Tu abuelo te dio todas las oportunidades y tú se lo tiraste todo a la cara y seguiste haciéndolo hasta que se le partió el corazón. Si no le causaste buena impresión cuando estaba vivo y contaba, has fracasado miserablemente tras su muerte. Lo que no entiendes es que yo podría obligar a G.W. a empezar aquí como repartidora y antes de que tuviera la edad legal para dirigir el negocio, ya lo estaría haciendo por méritos propios. Todos elegimos el camino que tomamos en la vida, hijo, y tú echaste a andar por el tuyo hace ya mucho tiempo.

—Tú nunca... —Joshua se acercó amenazador a su madre y alzó la voz.

—Tienes razón, nunca te tendría que haber aguantado ni la mitad de las estupideces que intentabas hacer, pero lo hecho, hecho está. Así que siéntate, cállate e intenta portarte de manera civilizada. Eres mi hijo y te quiero, pero no estoy dispuesta a pasarme la vida intentando obligarte a hacer cosas que no quieres hacer. Y tampoco te voy a permitir que sigas usando el sueño de mi padre como patio de juegos. Tu fondo de fideicomiso será más que suficiente para ti y tu nueva familia, si es que decides tener hijos. Si no te basta, tendrás que esperar a que decida caerme muerta para heredar el resto de lo que te corresponde. Una vez hecho eso, si sigue sin bastarte, tu última esperanza será que tu padre gane la lotería.

—Sol y tú jamás le disteis una oportunidad. Mi padre... —empezó Joshua, pero Ismarelda volvió a interrumpirlo.

—Dado que hoy parece ser un día dedicado a desnudar el alma y contarnos las verdades, ahora te toca a ti escuchar lo que pienso. Ya me he callado bastante tiempo sobre este asunto y estoy harta de ser siempre la mala de la película con el tema de tu padre. Cuando me casé con él no era el dinero que tuviera o dejara de tener lo que me importaba. Lo que me importaba era que me había enamorado. No puedo hablar por tu padre y decirte por qué se casó conmigo y decidió tener hijos, pero sí te puedo decir que al cabo de unos años sus motivos quedaron más que claros.

Ismarelda hizo una pausa y tomó aliento, pero iba a soltar el resto, aunque echara a perder la relación ya tambaleante que tenía con Joshua.

—Respeto el hecho de que sea tu padre y sé que lo quieres, pero intentemos no disfrazar la verdad. Tu padre quería vivir del dinero de los Steinblack al tiempo que seguía disfrutando de la vida que había llevado antes de casarse con el dinero de los Steinblack, y Sol estaba tan poco dispuesto a consentírselo como yo. Si quieres ayudarlo, adelante, es tu dinero y puedes usarlo como te dé la gana. —No tenía intención de hacerlo, pero para cuando terminó, Ismarelda tenía los puños cerrados y apretados. Las quejas incesantes del chico sobre lo injusta que era su vida llevaban casi treinta años minándole la paciencia y ya era hora de pararle los pies antes de que siguiera así durante otras tres décadas.

—¿Algún problema? —G.W. se detuvo en la puerta al oír los gritos por el pasillo. No era propio de su madre perder la calma, pero Joshua era capaz de desquiciar a cualquiera.

—Nada que te deba preocupar, Geordie, creo que la buena de mamá me estaba presentando los papeles del despido. Parece que ahora soy un hombre ocioso, y justo en el momento preciso. —Se acercó a su hermana, la abrazó y la hizo pasar al despacho—. Bienvenida de nuevo y, por favor, no me odies ahora que vuelves a estar al mando aquí y en la editorial. Al parecer, yo no tengo lo que hay que tener para estar a la altura del apellido Steinblack, pero no te preocupes, no tengo el más mínimo interés en aprender.

G.W. miró a su madre con una ceja enarcada y luego abrazó de nuevo a su hermano.

—Gracias por el recibimiento, y siento verte marchar. Si puedo hacer algo para ayudarte a encontrar algo que te haga feliz, dímelo.

—Geordie, siempre apaciguando los ánimos, ¿eh? Tengo muchos motivos para ser feliz, y ya me conoces, siempre puedo encontrar el sitio de moda para pasar el rato y gastarme mi considerable y recién adquirida fortuna. Puede que nunca le cayera a Sol tan bien como tú, pero no me regateó nada en la cuestión de la herencia. Señoras, si me disculpáis, tengo cosas que hacer. —Joshua se marchó sin dirigirle la palabra a su madre. Había quedado temprano a cenar con su padre y ardía en deseos de contarle todo sobre el regalo adelantado que le había hecho su madre. Ahora que Ismarelda había cedido tan fácilmente, a lo mejor no tendría que hacer lo que había planeado para el futuro.

—¿Te importa decirme que ha pasado? —G.W. se sentó detrás de su mesa y abrió el correo electrónico. Al instante la bandeja de entrada empezó a llenarse de mensajes marcados como urgentes.

—Tu hermano y yo no estamos de acuerdo con respecto a tu padre, querida, y por una vez me ha pinchado demasiado con el tema y he perdido el control. No me enorgullezco, pero tengo que seguir recordándome que soy humana, a fin de cuentas.

G.W. se levantó y fue a sentarse al lado de su madre. Ella nunca había rechazado una oportunidad de pasar tiempo con Stephen cuando era más joven, pues quería formarse su propia opinión sobre el hombre que su abuelo tanto detestaba. G.W. sólo había tardado unos pocos años en darse cuenta de por qué su madre parecía tan triste siempre que se mencionaba su nombre. Stephen tenía mucha labia, pero hacía muy poco para respaldar sus declaraciones de amor, pero a Joshua eso nunca le había importado. Absorbía las alabanzas que le dedicaba su padre y le permitía que le retorciera la mente con los comentarios odiosos que Stephen parecía poseer en abundancia sobre su madre y su abuelo. Padre e hijo habían formado una cómoda alianza, lo cual ayudaba a Stephen a estar mucho más cerca del dinero de Sol. La falta de cualquier tipo de ética laboral era una cosa que padre e hijo tenían en común. Otra era el intento de ir tirando con el menor esfuerzo posible, tanto profesional como emocionalmente.

—Izzy, no seas tan dura contigo misma. Sabes que papá querido no se reprimía como tú cuando éramos pequeños. Joshua se tendría que haber dado cuenta de con quién se estaba tratando sólo por la forma en que habla de ti, pero decidió subir a Stephen a un pedestal donde jamás se podría sostener. Baja conmigo para esas entrevistas que tengo preparadas y luego te llevo a cenar.

—G.W., ¿te he comentado recientemente lo mucho que doy gracias a Dios todos los días por haberte tenido como hija?

—Gracias, mamá, pero no te preocupes, Joshua encontrará su camino.

Uno de los mensajeros corrió hasta ellas antes de que el coche arrancara y le entregó a G.W. el primer periódico de la tirada. Las dos mujeres lo hojearon mientras se dirigían a la primera parada de la tarde. Pasaron el resto de la noche hablando del viaje de G.W. y disfrutando de su mutua compañía. La finca estaba silenciosa y a oscuras cuando llegaron a casa y G.W. se desplomó rendida sin soñar.


Aunque estaba cansada, G.W. se levantó justo cuando empezaba a salir el sol. Tenía la costumbre desde muy joven de bajar a desayunar temprano leyendo el periódico de la competencia. Ante ella se extendían los extensos jardines en los que Sol había pasado sus últimos días, admirando el paisaje que había tardado una vida entera en completar. A G.W. siempre le asombraba que Sol hubiera sido capaz de reunir una cantidad tan inmensa de terreno hermoso y limpio tan cerca del centro de la ciudad. El café caliente le sentó bien al beberlo, puesto que hacía frío en el aire, que traía consigo tenues jirones de niebla. Ocultas tras el velo de la madre naturaleza estaban las flores de invierno que habían plantado los jardineros, y también otra cosa.

G.W. levantó la mirada del artículo que estaba leyendo y pensó que tenía alucinaciones. Saliendo de la niebla como en respuesta a un deseo, apareció Piper, envuelta en un chal, ensimismada. Antes de poder controlarse, G.W. se levantó de la silla y bajó los escalones, dirigiéndose a quien había sido el centro de sus ensoñaciones durante los dos últimos días. Le daba igual lo que hiciera Piper en el jardín de su madre, lo único que le importaba era que estaba aquí.

El ruido de sus tacones sobre los escalones de mármol hizo que Piper mirara hacia la casa para ver quién se acercaba a ella. Se tambaleó y se apoyó en un gran macetero al ver a G.W. cada vez más cerca. La gran palmera plantada en el macetero las ocultaba de los ojos indiscretos que pudiera haber en la casa y, sin decir palabra, fue G.W. quien abrazó a Piper y la besó con tal intensidad que levantó del suelo a la mujer más pequeña.

—Oh, Dios mío. —Piper metió las manos en el pelo de G.W. y volvió a acercarle la boca.

—Te echaba tanto de menos —confesó G.W. cuando terminó su tercer beso—. ¿Cuándo has llegado?

—Esta mañana temprano.

—¿Pero cómo me has encontrado? —A G.W. le latía el corazón con tal fuerza que pensaba que le iba a atravesar la camisa y el jersey.

—Antes de contestar, ¿puedo preguntarte qué haces aquí?

—¿Qué quieres decir? Vivo aquí. —G.W. balbuceó un poco mientras su cerebro empezaba a dispararle un torrente de preguntas por la cabeza—. A lo mejor debería preguntarte yo a ti por qué estás aquí.

Piper parecía estar a punto de vomitar y se apartó del abrazo de G.W.

—No me lo digas, a ver si lo adivino, ¿tú eres Geordie?

—¿Cómo sabes eso, si sólo mi hermano me llama así? Empezó cuando éramos pequeños para fastidiarme y luego ya se le quedó. ¿De qué conoces a Joshua?

—De que se va a casar conmigo, de eso —dijo la voz masculina desde lo alto de las escaleras. Grace había subido y había informado a Joshua de que a pesar de lo tarde que había llegado, a última hora de la noche, Piper estaba despierta y dando un paseo—. G.W., permíteme que te presente a Piper Delling. Piper, esta pícara es mi hermana Geordie. Por supuesto, el mundo la conoce como a la más que habilidosa G.W. Steinblack. ¿Os conocéis?

—No, Josh, es que me preguntaba quién era esta chica tan bonita que paseaba por el jardín de Sol. Me alegro de conocerla, señorita Delling, estoy segura de que tendremos tiempo más que suficiente de conocernos. Si me disculpa, tengo que irme. Seguro que está deseosa de pasar el tiempo con su prometido. Josh, enhorabuena. —G.W. miró a su hermano con una sonrisa que no movió nada en su cara salvo su boca y luego lo abrazó. G.W. estaba aturdida cuando su pie se posó en el primer escalón. No había forma de que pudiera compartir una casa con su hermano y su futura esposa. Volver a casa todos los días y verlos juntos era más de lo que podía asimilar en ese momento.

—Grace.

La doncella de abajo salió de la cocina cuando la llamó G.W., sorprendida por el grito. No era propio de G.W. levantarle la voz a nadie o parecer tan impaciente con una sola palabra.

—¿Ocurre algo?

—Siento haber gritado, es que tengo prisa. —G.W. ya se estaba poniendo el abrigo y preparando sus cosas para marcharse—. ¿Podría decirle a mi madre que esta mañana voy a pasarme por la editorial antes de ir al periódico? Si necesita algo, estaré en el móvil.

—Por supuesto. ¿Está segura de que se encuentra bien?

—Estoy bien, Grace. A lo mejor empiezo a notar por fin el cambio horario.

La mujer, que llevaba largo tiempo al servicio de los Steinblack, sonrió y asintió. Cuando estaba a punto de subir a la habitación de Ismarelda, oyó que se abría una de las puertas de atrás. La joven que se había presentado esa mañana apareció allí, con un aire tan alterado como el de G.W. e igual de insegura.

—Gracias, Grace, eso es todo.

Grace asintió de nuevo y subió las escaleras de mala gana.

—G.W., por favor, quiero hablar contigo. —El dolor del tono de Piper era equivalente al dolor que llenaba el alma de G.W.

—No se me ocurre nada que tengamos que hablar. —G.W. alzó una mano y retrocedió un paso cuando Piper entró en la estancia y cerró la puerta—. Olvídate de París, Piper. Fueron una noche y una cena, nada más. Seguro que serás feliz con Joshua y sus pequeñas aficiones, y si necesitas algo, díselo a Grace o a alguien del servicio.

—Por favor, no hagas esto.

—¿El qué, Piper? ¿Qué estoy haciendo? Te vas a casar con mi hermano, por el amor de Dios. ¿De qué podríamos hablar sin que eso pesara sobre nosotras para siempre? —G.W. podría haber estado gritando, de lo áspera que sonaba su voz. Piper no lo pudo soportar y se echó a llorar, con los hombros estremecidos cuando el llanto se transformó en sollozos—. Por favor, Piper, no.

—Sólo quiero explicártelo. —La rubia tuvo que tomar aliento varias veces para lograr decirlo.

G.W. dejó la cartera en el suelo y se acercó. Sin poder evitarlo, abrazó a Piper para que dejara de llorar.

—Vamos, cariño, no te hagas esto. —La compasión que se notaba en el tono de G.W. sólo hizo llorar más a Piper—. ¿Qué tal si te echas un poco? Te prometo que hablaremos más tarde.

Piper se aferró a G.W., temiendo no tener otra oportunidad para darle explicaciones.

G.W. no le dio la oportunidad, sino que la acompañó hasta la habitación de invitados donde se alojaba Piper y luego se marchó. ¿Cómo era posible que un minuto antes estuviera paseando por los jardines pensando en lo que había perdido al dejar a G.W. y que al minuto siguiente su mundo quedara hecho trizas? La mañana dio paso a la tarde y luego a la noche, mientras algunas personas se atrevían a llamar a su puerta para ver si estaba bien, marchándose al no recibir respuesta. Piper no tenía ni fuerzas ni ganas de levantarse.

Cuando se abrió la puerta tuvo que abrir los ojos, pero por lo demás, Piper no se movió.

—Piper, ¿quieres que llame a alguien? —Ismarelda había interrogado a Grace para sacarle toda la información después de que llegara y pasara la hora de comer sin que la joven hubiera abierto la puerta—. ¿A tu padre tal vez?

Al oír la voz de la Steinblack mayor, Piper se incorporó y se secó la cara.

—No, señora, ya se me pasará. Siento haber sido tan grosera. —Los ojos de Piper se volvieron a llenar de lágrimas y se miró el regazo para intentar disimular.

—Tonterías, ésta va a ser tu casa, así que si te quieres pasar el día entero tumbada sin hacer nada, estás en tu derecho. Mi padre la hizo grande y cómoda precisamente para eso. No he venido para que te sientas peor, sólo quería asegurarme de que estás bien. Me gustaría que Grace te trajera una cena ligera, ¿te parece bien? ¿O prefieres cenar conmigo en el balcón de mi habitación? Fuera hace frío, pero las chicas lo han calentado todo muy bien.

—Gracias, señora Steinblack, eso me gustaría.

—Por favor, Piper, llámame Ismarelda. Nos vemos dentro de unos minutos. Te dejo para que te prepares. —Dándole a Piper una palmadita en el hombro, Ismarelda se marchó.

Tal y como había prometido, Grace sirvió una cena ligera e Ismarelda le ofreció sólo su compañía, sin hacer preguntas. Lo que había alterado a la joven era algo entre G.W. y ella, y sólo ellas podían arreglarlo. Cuando terminaron, Ismarelda acompañó a Piper de vuelta a su habitación y la arropó en la cama.

Apartando a un lado un mechón de pelo rubio, la mujer mayor se inclinó y besó a Piper en la frente.

—Intenta dormir un poco y te prometo que mañana todo te parecerá mejor.

Ojalá eso sea cierto y G.W. esté dispuesta a escuchar cuando se recupere de la impresión, pensó Piper. La casa estaba totalmente silenciosa y no había nada que la distrajera y Piper pensó, por primera vez, que Joshua no se había molestado en venir a verla. Hasta ahora el tiempo que habían pasado juntos lo habían dedicado a repasar los contratos que su padre y él habían puesto en marcha una semana después de que Joshua se hubiera puesto al mando del periódico.

La compra del periódico de Atlanta que controlaban los Delling y que tantas dificultades tenía le daría a Robert, el padre de Piper, una inyección de dinero muy necesaria, al tiempo que le permitiría seguir dirigiéndolo. Joshua les había dado unas pocas acciones del Tribune para cerrar el trato después de que Piper aceptara su proposición, tras haber acordado con Robert que las acciones volverían a la pareja después de la boda.

Su madre había firmado, creyendo que Joshua por fin estaba mostrando algo de iniciativa con el negocio y asentándose. Ismarelda no podía saber que era la forma en que su hijo pretendía jugársela al testamento de Sol. Si Piper era su mujer, y dado como estaba escrito el contrato, G.W. no tendría manera de echarlo cuando se hubiera ganado la bendición de Sol desde la tumba y hubiera tomado el control. Él nunca tendría el control ni dirigiría, pero nadie podría quitarle una tajada de los beneficios.

La satisfacción final llegaría cuando Ismarelda y G.W. descubrieran que todo aquello había sido idea de Stephen. El ex yerno de Sol había esperado años para derrotar al viejo y conseguir abrir las arcas de los Steinblack, y le daba igual que Sol estuviera muerto. Con su fondo de fideicomiso, Joshua no necesitaba los ingresos, que serían su regalo para su padre por todas las injusticias que creía que había sufrido Stephen a lo largo de los años.

¿Cómo podía saber que la Geordie de la que siempre hablaba Joshua era la mujer que le había robado el corazón en París? G.W. no se parecía en nada a la tirana que su hermano pintaba con un pincel muy rencoroso. Cuando se conocieron, Joshua era tan atento y amable que su corazón se abrió a la posibilidad de amarlo. Cuando presentó una forma para salvar a su padre, dejando que conservara algo que significaba tanto para él, ella aceptó su propuesta de matrimonio. Su razonamiento había sido sencillo: el amor que deseaba no existía en realidad y lo único a lo que podía aspirar era a un compañero que le ofreciera amistad y comodidad. La pasión y todo lo que conllevaba no era más que una de esas pequeñas correrías de las que hablaba la gente y que en realidad no duraban. Ahora su deseo de ayudar a su padre se estaba rindiendo a su deseo de estar con G.W.

Piper vio cómo pasaban los minutos en el reloj de la mesilla de noche hasta que llegaron las dos de la mañana. El ruido de unos pasos en las escaleras la llevó a levantarse de la cama con la esperanza de que fuese G.W. que por fin había vuelto a casa. Joshua la vio justo cuando Piper estaba a punto de cerrar la puerta y volverse a la cama.

—¿Te pasa algo? —Le costaba un poco pronunciar con claridad y se apoyó en la pared para que el pasillo dejara de dar vueltas.

Piper hizo un gesto negativo con la cabeza y no lo miró a los ojos para ocultar que no había dejado de llorar.

—Estaba despierta y quería ver quién andaba aquí fuera.

—¿Te han instalado bien Grace y mi madre? Esta mañana saliste corriendo antes de que te lo pudiera preguntar.

—Han sido muy amables, gracias.

—Escucha, no hay razón para que los dos no podamos sacarle el mejor partido a todo esto. Seguro que Geordie te encuentra trabajo después de la boda, puesto que tu padre me ha dicho que te gusta escribir. Y mañana, si te apetece, me gustaría que conocieras a mi padre. A lo mejor podríamos salir a cenar o algo así.

La rubia estaba muy distraída, pero asintió con la cabeza para poder volver a meterse en la habitación. Piper, ¿qué demonios haces aquí? Ésta no es manera de solucionar las malas decisiones empresariales de tu padre, le gritó una voz dentro de la cabeza. Sonaba como el recuerdo que encerraba en su mente de su madre. Piper cerró los ojos y trató de hacer acopio de fuerzas para huir, reconsiderarlo todo e ir en busca de lo que realmente quería. Joshua interpretó su postura derrotada como una invitación para besarla. A fin de cuentas, alguna recompensa tendría que llevarse por salvar la franquicia de los Delling.

El amargo sabor del alcohol la abrumó y Piper salió de su ataque de depresión y se encontró a G.W. en lo alto de las escaleras contemplando la escena romántica que acababa de interrumpir. A Piper se le volvió a hacer pedazos el corazón por el dolor que se veía en los fijos ojos azules tras haberse encontrado a su hermano y a Piper en una situación tan íntima.

G.W. estaba desesperada por darse la vuelta y desaparecer hasta que Piper y Joshua estuvieran casados, pero no podía hacerles eso a su madre ni al negocio. Pero no podría soportar mucho más esta situación. Por la mañana tenía planeado hablar con su madre del piso de la empresa que tenían cerca del periódico. Joshua podría haber conseguido la mano de Piper, pero ella no se iba a quedar ahí sentada viendo cómo se desarrollaba todo. El corazón de G.W. no podría soportarlo.


—Sería lo más conveniente por ahora, madre, por favor, intenta comprenderlo y déjalo ya. —G.W. estaba desayunando con su madre en el balcón e intentaba hablar en un tono civilizado debido a la hora tan temprana.

Ismarelda no se lo tragó, y como no se trataba de Piper, tenía derecho a indagar.

—¿De qué conoces a Piper?

—Mamá, por favor, no sigas, no estoy de humor.

—Ayer se pasó la mayor parte del día llorando en su habitación, G.W., así que lamento que no estés de humor, pero vamos a hablar de esto.

G.W. miró hacia el jardín y se imaginó que estaba en la escalera del Louvre cogida de la mano de Piper y contemplando la Victoria Alada.

—Me cuesta creer, después de observar lo que ha ocurrido en esta casa en los últimos días, que tu hermano y esa chica estén locamente enamorados. Si lo están, eso quiere decir que yo ya no me entero de las cosas y que el amor ha cambiado drásticamente con los años. Pero te miro a ti y veo un alma torturada muy parecida a la que ayer intenté consolar, y me atrevo a decir que no es a causa de la escritora con la que pasaste la noche.

En el rostro de G.W. apareció una sonrisa débil y meneó la cabeza.

—Sé que me quieres, Izzy, y tienes razón, Gwendolyn no es el objeto de mi alma torturada, como dices tú. Dame un poco de tiempo y estaré como nueva.

Ismarelda se levantó de su silla y se puso detrás de G.W. Hizo lo único que puede hacer una madre para consolar a su hija, le rodeó el fuerte cuello con los brazos y la estrechó.

—Querida mía, a veces no importa contra quién libres tus batallas, lo único importante es ganarlas. Si ni siquiera lo intentas, el pesar podría ahogarte.

—Y si lo hago, es decir, si lo intento, me ahogaré mucho más rápido.

La Steinblack mayor, que conocía demasiado bien el sufrimiento que podía causar el amor, captó la tristeza del tono de G.W. De algún modo, desde que su hija se marchó a París hasta que regresó, se había enamorado de Piper Delling. Pero lo que era más importante, Piper Delling también se había enamorado de ella.

Una semana más tarde, el emocionado padre de la novia, Robert, llegó para asistir a la fiesta de compromiso que iba a celebrar Ismarelda en honor de Joshua y Piper. Cualquier tipo de solución que quisiera intentar Ismarelda se vio frustrado cuando, fiel a su palabra, G.W. se marchó de casa y se sumergió en el trabajo. Los editoriales habituales de G.W. habían vuelto, y por las noches se trasladaba a su otro despacho del centro para trabajar en la edición de los primeros capítulos que había enviado Gwendolyn de su nuevo libro.

El trabajo, que siempre le había gustado, era ahora algo que G.W. hacía para agotarse y no pensar en Piper. Su secretaria solía entrar para decirle que la rubia estaba de nuevo al teléfono, todo para que G.W. meneara la cabeza y rechazara la llamada. Pero había llegado la noche de la fiesta y no se le ocurría ninguna excusa creíble para no asistir.

G.W. estaba sentada en su despacho con la chaqueta del traje encima de una silla y las palabras de Gwendolyn delante de ella. El capítulo donde aparecía Rio Rivers estaba incluido, y G.W. se echó a reír ante la muerte de la imagen de camionera de su seudónimo. Gwendolyn había descrito la ternura con que Rio la había abrazado, sin exigir nada y dejando una rosa blanca como único recordatorio de que había estado allí.

Rio había sido un impulso caprichoso de G.W. cuando estaba en la universidad. Una manera de escribir las aventuras de capa y espada que poblaban su cabeza y seguir conservando el respeto como editorialista del periódico. Aún le sorprendía el éxito que tenían los libros, centrados en torno a un personaje llamado Kip. Los libros los publicaba otra editorial, porque G.W. no quería que el mundo literario pensara que los había publicado Steinblack. No porque fuesen indignos, sino por su nombre. Gwendolyn era la primera persona que había adivinado quién era el alter ego de Rio.

—No me digas que es tan bueno que te estás perdiendo la fiesta para la que evidentemente te has vestido.

G.W. alzó la mirada y por segunda vez en una semana creyó que estaba alucinando al ver a la última persona que esperaba encontrarse en un lugar tan improbable. Vestida también para la fiesta, Gwendolyn estaba apoyada en el marco de la puerta, con un abrigo encima de un vestido negro de cóctel.

—Por esto vale la pena perderse una fiesta —dijo G.W., mostrando el manuscrito que había enviado la escritora.

—Ven aquí, dame un beso de bienvenida y luego llévame a tu festejo. Si consigues que me divierta, más tarde te haré una lectura en privado. —Abrazó a G.W. y levantó la cabeza para recibir el rápido beso. Gwendolyn iba a esperar hasta más tarde para averiguar por qué G.W. tenía tan mala cara e Ismarelda la había invitado a visitarla en Nueva Orleáns.

Algunos de los escritores afincados en Nueva Orleáns también habían acudido y estaban encantados de conocer a la mujer menuda que iba del brazo de G.W. Unos ojos verdes casi abatidos las observaron mientras avanzaban hacia Ismarelda para que G.W. pudiera hacer las presentaciones. Piper había intentado de todo para hablar en privado con G.W., pero la gente que rodeaba a la encargada del Tribune había hecho un trabajo admirable para aislarla.

—Bienvenida a bordo, Gwendolyn, y gracias por haber hecho un viaje tan largo para estar con nosotros esta noche —dijo Ismarelda, estrechándole la mano a Gwendolyn. Estuvieron un rato charlando y admirando sus logros mutuos y las dos advirtieron que los ojos de G.W. la traicionaban y se movían por la habitación buscando a Piper—. ¿Te importaría traerme otra copa? Me gustaría hablar un momento con mi hija. —Ismarelda le dio su copa vacía a Gwendolyn y le indicó la zona de bar más cercana.

—Izzy, has estado un poco grosera —la riñó G.W.

—No, querida, la que está siendo grosera eres tú. Quiero que superes este canguelo que tienes y que hables con Piper esta noche. —El rostro de Ismarelda mostró un indicio de enfado cuando G.W. quiso interrumpirla—. Lo vas a hacer, y no me obligues a amenazarte para que lo hagas. Tu semana de negros pensamientos se ha acabado, así que ocúpate de esto y vuelve a casa.

—No es por cambiar de tema, ¿pero le has enseñado los nuevos contratos al señor Delling?

—Iba a esperar hasta mañana.

—Me gustaría estar presente, así que dime la hora de la reunión antes de que lleve a Gwendolyn de vuelta a su hotel.

Ismarelda asintió y se alejó en busca de Gwendolyn, para hacerle compañía, pues sabía que G.W. se escaparía en cuanto tuviera una oportunidad.

Piper se encontró a G.W. sentada en uno de los numerosos bancos esparcidos por los jardines. Las tenues luces que había entre las plantas iluminaban el camino, puesto que la casa no se veía desde allí, pero sí se oía la música a lo lejos.

—¿Por qué me has estado evitando?

G.W. se levantó y la miró, y luego tiró de Piper para darle un largo beso.

—Porque no puedo evitar hacer esto cada vez que te veo.

—Te he echado tanto de menos, por favor, no me dejes.

—Piper, ése es mi problema. No quiero dejarte, pero te vas a casar con mi hermano. No es que tengamos una relación muy buena, pero creo que esto sería la gota final.

—No me voy a casar con Joshua, con independencia de lo que pase entre nosotras. Hace un mes me marché a París para asimilar cómo iba a ser mi vida y entonces te vi. Me recordabas a Joshua, pero en ti vi y sentí lo que me faltaba con dolorosa claridad cada vez que me tocabas. Tu madre me ha dicho que la vida es demasiado corta para tirarla por la borda sólo para que mi padre pueda conservar su negocio.

G.W. no la soltó, pero se movió para que pudieran sentarse.

—Tu padre va a conservar su negocio, por lo menos una parte, sólo que a cambio no se va a llevar una parte del nuestro. Los nuevos contratos también exigen un cambio en el despacho del editor. Puede que tu padre sea un buen negociante, pero es un pésimo periodista. Su hija, en cambio, no lo es, de modo que la directora de Publicaciones Steinblack no va a firmar a menos que tú decidas tomar las riendas.

—Yo sólo quiero recuperar a mi amiga.

La sonrisa que tan fácilmente le había salido durante el tiempo que habían estado en París volvió por sus fueros, y a G.W. le encantó poder hacerlo sin esfuerzo.

—Yo siempre seré tu amiga, Piper, pero quiero que hagas lo que te dije antes de que subieras al avión. Debía de haber algo en Joshua que te hizo aceptar su anillo y te llevó a pensar que podrías pasar la vida con él. A veces pierde un poco el norte, pero siempre he pensado que, a pesar de todos sus defectos, es buena persona. Dale una oportunidad para que te lo demuestre.

Piper estrechó a G.W. por última vez y se apartó para sentarse un poco alejada de ella.

—¿Y tú qué?

—Me quedaré en el campo de batalla esperando a que llegue la victoria en alas del viento para poder dejar la espada y empezar a amar. Pero, por desgracia, los vientos le han sido más propicios en otra parte y me quedaré sola. Sola para intentar encontrar en otra vida lo que estoy buscando. Aunque, fíjate, lo he encontrado en esta vida cuando te miro a los ojos, pero de nuevo Nike ha favorecido a otro y tú le perteneces. De modo que recojo mi espada con el corazón abatido y espero vivir para luchar con valor un día más. Sigo luchando y rezo para oír en el viento el ruido de las alas batientes que indica que ha vuelto a mí y ha traído consigo todo el tesoro que necesito. Para que tus ojos miren a los míos y en sus profundidades sólo me refleje yo.

—Qué precioso, G.W., ¿quién lo ha escrito?

—Georgia Wilburn Steinblack, y está dedicado a una chica que conoció en una hermosa ciudad y con la que compartió momentos muy hermosos. Considéralo mi regalo de bodas para ti, con un gran lazo de despedida a su alrededor. Que seas feliz, Piper, y esto puede parecer egoísta por mi parte, pero te quiero. Recuérdalo siempre. —G.W. la besó una vez más y regresó sola a la casa. Piper se quedó sentada mirando al cielo, sabiendo que no tenía motivos para correr porque G.W. se habría marchado para cuando llegara ella. Había visto cómo se aferraba Gwendolyn al brazo de G.W. y a todas y cada una de sus palabras, por lo que sabía que se marcharían y G.W. no volvería a pensar en ella. Su honor no se lo permitiría.

—Piper, ¿puedo hablar contigo un segundo?

La voz la sobresaltó, y cuando vio quién era se imaginó por dónde iba a ir la conversación.


—Señor Delling, lo que digo es que sí que vamos a comprar acciones del periódico y a ayudarlo a recuperar lectores. Pero eso se tiene que hacer con otra persona al timón. Lo que me gustaría es que usted pasara al departamento de publicidad y que dejara que Piper dirigiera las secciones de noticias.

Robert miró a G.W. e intentó parecer amenazador. Ésta no era Joshua, que le había prometido el dinero, una parte de Steinblack y ningún cambio por su parte.

—Eso es inaceptable y no es lo que acordé con su hermano.

—Pues entonces no tenemos más de que hablar. La única razón de que aceptara acudir a esta reunión es que Joshua ha hecho un buen negocio con su empresa, pero había que ajustar los términos para que encajara con nuestra estructura y filosofía. Respeto que usted no pueda aceptar los nuevos términos.

—Por fin estamos llegando a alguna parte. Saque los contratos originales y habremos terminado. Al fin y al cabo, vamos a ser familia, así que todo se queda dentro.

—Robert, creo que lo que mi hermana intenta decir es que Steinblack no está en venta con esta fusión, sino tú. Sol Steinblack creó esta compañía para que la dirigiera por completo un miembro de su familia, que en este caso es mi hermana sola. Me disculpo por haber sobrepasado mi autoridad y ofrecerte algo que no me correspondía. Si quieres, estaré encantado de volver a Atlanta contigo y ayudaros a Piper y a ti a encarrilaros de nuevo.

G.W. se quedó de piedra al ver que Joshua usaba el mismo encanto que había destilado para conseguir que Delling llegara hasta aquí para lograr que retrocediera un poco y siguiera aceptando el trato.

—No te quedes tan pasmada, G.W., que nunca haya mostrado el más mínimo interés en dirigir un periódico no quiere decir que no sepa hacerlo. Es horrible, lo sé, pero es como una parte de nuestro diseño incluida con los ojos azules.

—Créame, señor Delling, debería aceptar el ofrecimiento de mi hermano. Tener a un Steinblack en su redacción vale unos cuantos puntos porcentuales más de propiedad de lo que pedimos, pero se lo incluyo como bonificación.

Robert cogió la pluma y firmó al lado del nombre de G.W. y de Ismarelda. Mientras él siguiera formando parte del periódico y Piper tuviera un puesto directivo, estaba contento. Todos los demás con los que había negociado querían darle un cheque y que vaciara su despacho.

Los abogados presentes señalaron los lugares donde tenía que firmar y poner sus iniciales, manteniendo a Robert ocupado mientras pasaban una página tras otra del grueso documento. G.W. se volvió hacia su hermano y señaló con la cabeza las puertas ventanas que daban al gran patio de piedra que había fuera del estudio. Le sorprendía que Joshua estuviera despierto tan temprano para la reunión y que hubiera participado.

—Gracias por conseguirnos esto, Josh. Ya sé que Sol y tú no os llevabais muy bien y que el Tribune tiene que ser para uno de los dos, pero espero que ésta sea la forma de superar eso y que a través de la expansión quieras formar parte del negocio. Con tu nueva esposa, a lo mejor un paso como éste te sienta bien. Sólo quería decirte que estoy orgullosa de ti y que Piper me parece una mujer encantadora. Vais a ser muy felices.

—Gracias, G.W. Te agradezco que digas eso, incluso después de que te dieras cuenta, seguramente, de lo que estaba intentando hacer. El viejo no me habría dado otra oportunidad, pero yo nunca me he parado a pensar que siempre has acudido en mi defensa, aunque debería haber sido al revés, puesto que tú eres más joven. Siento haber sido tan cretino la mayor parte del tiempo.

—Ahora no me vengas con cambios, Josh. G.W. suena un poco raro cuando lo dices tú, así que volvamos a lo de Geordie. Cuida bien de ella, hermano.

—Lo haré y... Geordie. —Ella se volvió para mirarlo, deteniéndose a medio camino de la puerta, creyendo que habían terminado—. Te quiero.

—Yo también te quiero, Josh.

Cuando los contratos desaparecieron con sus representantes legales, G.W. se despidió de su hermano con un beso y se dirigió al despacho. Los Delling y él se marcharían esa mañana para regresar a Atlanta y empezar a hacer los cambios que G.W. quería poner en marcha. Había dado a Joshua y a Piper un control total para hacer lo que les pareciera mejor en los próximos seis meses, antes de que ella fuese a evaluar qué otros cambios había que hacer.

Durante la comida, G.W. miró a Gwendolyn y sonrió cuando se le ocurrió una idea.

—¿Te apetece una crêpe?

—No creía que se encontraran fácilmente en esta ciudad, ¿o es que es la especialidad de este restaurante?

—Estoy segura de que el cocinero podría hacernos unas cuantas si se lo pidiéramos amablemente, pero lo que estaba pensando era más bien en uno de esos puestecillos que hay en todas las esquinas de París. ¿Qué tal si te enseño mi ciudad durante un par de días y luego vuelo contigo hasta tu casa y te compro una?

Gwendolyn se echó a reír por la espontaneidad de G.W. Ante ella tenía a la persona perfecta con la que podría pasar toda su vida y de la que muy probablemente se podría enamorar de tener una oportunidad, y ella estaba penando por otra persona. A G.W. le costaba ocultar lo que sentía todo el tiempo y Gwendolyn se apreciaba lo suficiente a sí misma como para no conformarse con un poco de G.W., lo quería todo o nada.

—Me encantaría que me acompañaras a casa. Hablando de llegar a extremos para demostrarme lo caballerosa que eres, si yo fuese una delicada flor sureña a estas alturas me tendrías bebiendo los vientos por ti.

—Me he leído esa última historia que es el siguiente capítulo del libro y que se titula Largas tardes en el parque, y te aseguro que de florecilla lánguida no tienes nada. Pero gracias por decir que sí, creo que un par de días más en París sin tener que concentrarme en perseguirte podrían sentarme bien.

Cuatro días después, G.W. y Gwendolyn estaban sentadas codo con codo en primera clase en un vuelo que iba al aeropuerto Charles De Gaulle, a las afueras de París. El personal del Tribune estaba muy ilusionado con la idea de tener de nuevo a Ismarelda durante unos días dirigiendo las cosas hasta que G.W. volviera a casa.

Antes de marcharse, G.W. había hablado con Joshua y éste parecía emocionado por la idea de subirse las mangas y lograr que el recién rebautizado Atlanta Tribune alcanzara el mismo nivel de excelencia que su periódico hermano de Nueva Orleáns. Otra cosa buena de su nuevo aprecio por el negocio al que tanto tiempo llevaba dando la espalda era su deseo de conocer mejor a su madre e intentar establecer una relación. Estaba haciendo un esfuerzo por conseguirlo, incluso enfrentándose al miedo que tenía Stephen de perder al único hijo que le parecía que sentía algo por él o, lo que era más importante, que estaba dispuesto a cuidar de él. Ismarelda estaba pasmada por la transformación y en realidad le daba igual la causa, lo único que le importaba era que Joshua volvía a ser como ella recordaba.

Ella también notó la diferencia, mientras él pasaba de un tema a otro, pero dejando siempre uno sin mencionar. No había hablado de Piper durante la conversación y G.W. no le preguntó. Había llegado el momento de seguir adelante e intentar con todas sus fuerzas alegrarse por Joshua y olvidar sus sentimientos por Piper.

Unos cuantos días se convirtieron en unas cuantas semanas en París, y G.W. disfrutaba del tiempo libre para pasear por las calles mientras Gwendolyn escribía y terminaba su libro. Cenaban juntas cada pocas noches y hablaban como viejas amigas de todas las cosas nuevas que G.W. descubría en sus paseos diarios. Lo que Gwendolyn esperaba que se transformara en amor, se convirtió en cambio en una cómoda amistad que, con el tiempo, como bien sabía, sería una de las más duraderas y fiables que tendría.


La segunda semana de febrero se inició con un temporal ártico que trajo tormentas de nieve a la zona de Atlanta, convirtiéndola en noticia de actualidad, pues los tendidos eléctricos se hundieron y las facturas de calefacción subieron. Piper descubrió que le gustaba trabajar con Joshua, y juntos estaban empezando a convertir el Tribune en algo que la gente estaba deseosa de comprar en busca de un periódico serio donde conseguir su dosis matutina de lo que estaba pasando en el mundo. Pero lo que no estaba cambiando era su opinión sobre lo que sentía por él como persona, y estaba tratando de encontrar una forma de romper con él sin acritudes y devolverle su anillo.

Estar lejos de casa le había permitido a Joshua encontrar algo por lo que sentía la misma pasión que sentía su hermana con lo que hacía. Se había desprendido de sus inmadureces del pasado y estaba preparado para devolver algo que no le pertenecía. Entró en el despacho que compartía con Piper y la vio de pie ante la pared de cristal, muy parecida a la del despacho de G.W. y que daba a la planta de la redacción. El diamante que llevaba en el dedo soltaba un destello de vez en cuando al reflejar las luces del techo, como si le dijera que debía ponerse en marcha.

—Piper, ¿tienes un minuto?

—Hola, no sabía que habías vuelto. —Se volvió y fue a sentarse a su mesa por si era necesario tomar notas.

—El gobernador ha cedido y nos ha dado la entrevista, o le ha dado la entrevista a Willy. Yo sólo he ido por darme el paseo y por si había que ponerse bordes si le decía que no. La primera plana central de la edición especial de esta tarde informará sobre las malversaciones de la oficina de impuestos. La exclusiva disparará las ventas para el seguimiento que tenemos planeado, y algunos de los nuestros aparecerán en los noticiarios de la televisión local y nacional.

—Es genial, Josh, tengo que felicitar a Willy esta noche cuando me vaya a casa. Hemos estado tan ocupados que se me ha olvidado preguntarte qué tal te va en ese piso que has encontrado.

—No está mal, porque no paso mucho tiempo allí, pero estoy pensando en pedirle a mi madre que venga a ayudarme a buscar una casa.

Ella asintió y se volvió de nuevo para contemplar la planta y las carreras de último minuto para sacar la segunda edición del día.

—¿De qué querías hablarme?

—En realidad quiero que vengas conmigo a un sitio. ¿Tienes tiempo?

—Claro. —Cogió su abrigo y salió con él, sin importarle dónde fueran. Sólo necesitaba salir un poco del despacho. La primera señal de que estaba prestando atención se produjo cuando él tomó la salida del aeropuerto y se metió en el aparcamiento de corta estancia—. ¿Vamos a recoger a alguien?

Joshua se volvió en el asiento y la miró, cogiéndole la mano izquierda y el anillo que la adornaba.

—No, hemos venido porque vas a hacer un viaje, pero primero tengo que ser un cretino y pedirte que me devuelvas una cosa que te he dado. Sé que voy a defraudar a mi hermana, pero me temo que cometí un error al darte esto antes de estar preparado y seguro de que era amor verdadero. No quiero que pienses que es por algo que has hecho, porque no es así. Es que lo quiero todo, sabes. El gran trabajo donde puedo marcar una diferencia y una chica estupenda que me quiera y con quien compartirlo. Quiero que tú también tengas eso, y me temo que me quedo algo corto en ese terreno. No es justo, sabes, yo soy mayor, pero ella es dos centímetros más alta. —Se echó a reír y le tiró del dedo para que dijera algo.

—Lo siento muchísimo, Josh.

—No lo sientas, yo no me metí en esto por razones muy caballerosas precisamente. ¿Pero me puedes hacer un favor?

—Lo que sea.

—¿Podrías aprovechar este billete para París y explicárselo para que no piense que soy un cretino absoluto? Confío plenamente en que serás capaz de hacerlo y, si me perdona, dile que deje la espada y mire a los ojos que le pertenecen únicamente a ella. Que deje de flotar en alas del viento, ha llegado el momento de lanzarse.

Piper pasó al otro lado del coche tan deprisa que lo estampó contra la puerta al echarle los brazos al cuello.

—Gracias.

Fueron juntos a la terminal de Air France con la pequeña maleta que Robert había preparado para Piper y que había llevado al despacho para sorprender a Joshua. Le entregó el billete y el pasaporte cuando ya no pudo seguir acompañándola y aceptó la devolución del anillo de compromiso.

—Que te diviertas, y no aceptes un no por respuesta. G.W. es inteligentísima, pero más terca de lo que ni siquiera a mi abuelo se le habría ocurrido ser jamás. Cuídate, Piper, y te deseo todo lo mejor que te tenga reservado la vida. Te voy a echar de menos en el periódico, pero a lo mejor G.W. y tú podéis convencer a Ismarelda para que venga a ayudarme.

—¿Cómo es que nunca me has dicho que la habías oído la noche en que viniste a hablar conmigo para que volviera a Atlanta contigo?

—Porque quería saber si eras lo bastante buena para Geordie. Puede que no siempre haya estado a su lado, pero si hay algo que siempre he creído de mi hermana es que, una vez eligiera, iba a ser algo para toda la vida. Esa cara larga que tenías me dejó claro que eras tan estúpidamente noble como ella por renunciar a lo que sentís para no hacer daño a otras personas. No le digas que estaba escuchando. Creo que ése fue uno de esos raros momentos en que los dos logramos ver el alma de Geordie. —Se encogió de hombros y se echó a reír al imaginarse el chichón que le habría hecho en la cabeza si lo hubiera visto escondido detrás del macetero cerca del banco—. Su cerebro se exhibe todo el tiempo en las páginas del Tribune, pero no deja que su corazón salga a jugar muy a menudo. Se tiene que haber dejado ir de verdad en ese corto tiempo que pasasteis juntas en París para haberte enganchado tan deprisa.

—Fui suya desde que oí esa larga carcajada cuando estaba hablando por teléfono al otro lado del café. Estoy segura de que cuando las mujeres de Atlanta descubran el partidazo que es su hermano, sabrás exactamente a qué me refiero.

La abrazó y le susurró unas últimas instrucciones al oído antes de darle la vuelta y empujarla suavemente hacia la puerta de seguridad.

Joshua se quedó mirando a Piper hasta que ésta desapareció por el largo pasillo que la llevaría al avión. Levantó la mano y la saludó, aunque sabía que no lo vería.

—Feliz cumpleaños, Geordie, espero que te guste lo que te mando. Considéralo un regalo de cumpleaños y del Día de los Enamorados todo en uno. Te quiero.


Estaba contemplando la estatua como si estuviera esperando a que le saliera una cabeza y se pusiera a hablar. Era el único lugar que no había visitado durante todo el tiempo que llevaba en París, pensando que en ella estaría para siempre el recuerdo de Piper, en lugar de la paz que solía darle. G.W. alzó la mano y se enjugó una lágrima del ojo y luego se apoyó más en la barandilla de mármol.

—Nunca me llegaste a preguntar qué opinaba de ella.

La voz suave se transmitió como la primera vez hasta llegar al rellano donde la Victoria Alada estaba preparada para alzar el vuelo. Al oírla de nuevo, las lágrimas cayeron aún más deprisa por la cara de G.W.

—¿Por qué no me lo dices ahora?

—Creo que tal vez es como la expresión "la belleza reside en el ojo del que mira".

—¿Y eso? —preguntó G.W., sin dejar de mirar la estatua, que estaba borrosa por las lágrimas.

—Algunos la miran y ven a Nike preparada para marcharse, pero a lo mejor esta vez deberíamos mirarla y ver que acaba de posarse. Ha venido para ver nuestra victoria y el final de nuestra batalla. Ya no tenemos que seguir buscando lo que queremos, amor.

G.W. se dio la vuelta, la levantó en brazos y la besó como si su vida dependiera de que Piper supiera lo enamorada que estaba de ella, interrumpiendo cualquier otra explicación que pudiera darle Piper.

—Cómo me alegro de que no hayas superado eso de besarme cada vez que me ves. ¿Lo intentamos otra vez, pero sin toda la carga emocional? Te pertenezco, G.W., si todavía me quieres.

—Ya lo creo que te quiero, pero ¿me dices primero cómo has llegado aquí?

—Joshua me llevó al aeropuerto, me dio una maleta, un billete y mi pasaporte, y luego me pidió que le devolviera el anillo a cambio de decirte que no es un idiota por dejarme escapar.

—Eso no es propio de Joshua.

—También comentó que la idiota serías si me dejabas escapar.

—Eso ya me parece más propio —dijo G.W. riendo al tiempo que dejaba a Piper en el suelo y le ofrecía una mano—. ¿Te apetece cenar conmigo?

Piper se echó a reír con ella, se subió de un salto a la espalda de G.W. y dejó que la mujer alta la llevara escaleras abajo para mirar más de cerca la estatua que las dos habían llegado a amar y luego a la entrada.

La puesta de sol las encontró sentadas a su mesa del restaurante Jules Verne, pero en este Día de los Enamorados, la vista quedó olvidada mientras Piper miraba, sentada al otro lado de la mesa, a la única persona con la que sabía que iba a compartir una vida entera de noches como ésta. Se había empeñado en enviar flores con la nota que G.W. le había mandado a Gwendolyn esa tarde para hacerle saber a la escritora cómo tenía planeado pasar el resto de su estancia. A Piper le pareció lo justo, puesto que Gwendolyn ya no iba a pasar más noches consolando a G.W. por nada.

Con un suspiro, G.W. se echó hacia atrás en la silla, observó a Piper mientras ésta se llevaba a los labios su segunda cucharada de crème brūlée e intentó no hacer caso del pie descalzo que se deslizaba subiendo y bajando por su pierna desde que habían empezado con los aperitivos.

—Creo que como sigas gimiendo con ese postre, unido a lo que me estás haciendo en la pantorrilla, vas a tener que sacarme de aquí en brazos.

—Tenía la esperanza de que no tuvieras tanto control, pero tal vez es que no soy tan seductora como me creo. —Piper subió la cuchara y lamió el caramelo que su último bocado había dejado atrás. Les debía a Joshua y a su padre una botella bien cara de champán cuando volviera a casa. A Josh por haberla llevado hasta allí, y a su padre por haber metido el vestido que llevaba en la maleta que recibió en el aeropuerto. Le dio mucho gusto abrir la puerta para su segunda cita y casi tener que realizar la maniobra de Heimlich cuando G.W. estuvo a punto de tragarse la lengua al ver lo que llevaba puesto.

Al ver la lengua de Piper lamiendo la cuchara, G.W. sacó la cartera y lanzó sobre la mesa dinero más que suficiente para la cuenta y la propina. En el trayecto de vuelta al hotel fue Piper la que tuvo problemas de control, porque G.W. le iba dejando una ristra de besos por la garganta y sufría un ataque de manos traviesas.

—¿Cielo?

G.W. abrió los ojos y se apartó un poquito de Piper para ver qué quería.

—¿Quieres que pare?

—No, no te me pongas tonta. Es que me estaba preguntando... bueno, tú sabes que me encanta el arte, ¿verdad?

—Sí, y a mí. —G.W. volvió al pedacito de piel que había destapado al bajar un poco el vestido de Piper.

—Es que... oh, Dios, qué gusto.

—¿Decías?

—¿Qué?

—¿Es que, qué? —preguntó G.W.

—No vamos a ver más museos esta noche, ¿verdad?

El taxista se echó a reír cuando G.W. lanzó dinero suficiente en el asiento de delante para haber pagado un viaje a Suiza y luego sacó en brazos a Piper del taxi y entró con ella en el hotel. La dejó en el suelo ante la puerta de su habitación y abrió la puerta y, como una persona bien educada, esperó a que la invitara a pasar.

—Siéntate, que ahora mismo vuelvo —le ordenó Piper. La cara de G.W. cuando salió del baño con una bata abierta sin nada debajo sería para siempre uno de sus recuerdos preferidos, que recrearía todos los años para el cumpleaños de G.W. Tener una compañera cuyo cumpleaños coincidía con el Día de los Enamorados era la forma en que el destino le decía que se había casado con una persona que vivía para dejarla sin aliento tantas veces como maneras de hacerlo se le ocurrían.

—Pide un deseo.

Los ojos de G.W. se apartaron con dificultad del cuerpo maravilloso que tenía delante y se posaron en el pastelillo con una vela encendida que tenía Piper en las manos. Se acercó más para apagar la vela y emprender la vida entera de amor que había deseado primero. Lo segundo que deseó fue hacer gemir a Piper más fuerte que por el postre que se había empeñado en terminar antes de marcharse del restaurante.


—Como dirían los franceses, ooh la la, qué recuerdos de esa noche. —Piper se reclinó en el carruaje y se recreó en las vistas que ahora ya conocía bien.

—Gracias a Dios que los niños se han dormido antes de que Pippy llegara a la parte en que estás con esa bata y sin nada debajo —dijo Oliver, su hijo mayor, refiriéndose a su hija Izzy y a su sobrino Scott. Ésta era la primera vez que su hermana Nicole y él acompañaban a sus madres en su viaje anual a París para celebrar el Día de los Enamorados.

Los dos habían escuchado la historia de cómo se conocieron más veces que lectores tenía el Tribune, pero les encantaba oírsela contar a G.W. por el modo en que todavía miraba a Piper cuando recordaba sus comienzos. Era una tradición familiar que esperaban poder transmitir a sus hijos cuando les preguntaran cómo habían conocido a sus propios cónyuges y contarla con el mismo disfrute que su amada Pippy, que era como llamaban Nicky y él a G.W.

—Pues entonces tendré que esperar al desayuno para contarles que vuestra madre sigue estando tan estupenda con una bata como en aquel entonces.

—Pippy. —Sus hijos alargaron el nombre quejumbrosamente y se hicieron los ofendidos. Era difícil con unas madres que se habían perseguido siempre por toda la casa, aunque los dos pensaban también que Piper nunca corría demasiado cuando la ocasión lo merecía.

—No les hagas caso, amor. —Piper se acurrucó más en los brazos de G.W. y se puso cómoda—. ¿De verdad crees que sigo estando bien con una bata?

—Cielo, debería decir que mejor. —Veintiocho años no habían apagado el azul de los ojos de G.W., y sabía muy bien cómo alimentar un fuego cuando miraba a Piper como la estaba mirando ahora.

—Pues llévame arriba para que te dé tu regalo de cumpleaños.

G.W. dio una propina al cochero y se inclinó para darles un beso a sus hijos y luego a sus nietos. Podría ser ya un poco mayor, pero todavía era capaz de subir en brazos a su chica y hacerla gemir.

—Feliz cumpleaños, Pippy.

—Gracias, niños. Que paséis buena noche, y no olvidéis que hoy es el Día de los Enamorados y que estáis en la ciudad más romántica del mundo.

—Puede que eso os valga a vosotras esta noche, pero yo no me voy a poner a hacerle la corte a Oli, por mucho que vosotras dos penséis que nos deberíamos llevar bien —dijo Nicole, acomodando mejor a Izzy sobre su hombro.

—¿Y ésta es nuestra reportera investigadora que tantos premios ha ganado? —bromeó G.W. al tiempo que cogía en brazos a Piper, que se estaba riendo—. ¿Quién creéis que nos ha estado siguiendo durante kilómetros en el otro carruaje?

Claire, la mujer de Oliver, y Jenny, la compañera de Nicole, estaban ayudando a su niñera viajera, Ismarelda, a salir del carruaje aparcado delante del hotel. Mientras todos se saludaban alegremente, Piper y G.W. aprovecharon para escabullirse cruzando la calle sin que nadie se diera cuenta. Su hotel estaba a tan sólo dos manzanas del Louvre, pero llevaban ya tres días en la ciudad y todavía no lo habían visitado.

G.W. llevó a Piper a la puerta principal y llamó, haciendo que Piper se riera de su compañera por pensar que iba a contestar alguien.

—Bon soir, G.W., bienvenida de nuevo. ¿Cómo está usted esta noche, señora Steinblack? —preguntó el guardia al tiempo que ayudaba a Piper a quitarse el abrigo—. Ya conoce el camino, G.W. Petri ha insistido en que se tomen todo el tiempo que deseen, así que, por favor, disfruten.

Había una mesa pequeña con velas encendidas y una botella de vino a los pies de su estatua. De algún lugar salía música suave y, como siempre, Nike vigilaba orgullosa sus dominios. G.W. le sirvió a su dama una copa de vino y brindó por su aniversario.

Piper se reclinó en sus brazos mientras bailaban y levantó la mirada hacia el rostro que le alegraba la vista todas las mañanas.

—¿Has cambiado lo que piensas sobre nuestra querida señora con el paso de los años?

—Sí, efectivamente. Ya no espero a que me traiga la victoria, ahora la llevo conmigo. Todas mis batallas no pueden sino terminar en victoria cuando te tengo a ti para ayudarme a superarlas. Creo que si el artista hubiera vivido lo suficiente como para conocer a San Valentín, podría haber caído en la cuenta de que la victoria nunca es efímera si el amor te sostiene. Te quiero, Piper, gracias por darme todos los regalos que llegan con el tiempo. Pero sobre todo, gracias por darme el regalo de ti misma, para mí vale más que cualquier otra cosa de mi vida.

—Yo también te quiero, cariño. ¿Puedo preguntarte otra cosa, antes de que añadamos un capítulo más a la historia con la que te encanta poner nerviosos a los niños?

—Puedes preguntarme lo que quieras, y no los pongo nerviosos, ¿es que no ves cómo toman nota cuando creen que no estamos mirando? —bromeó G.W. a su vez.

—¿Quién demonios es Petri y por qué consigues siempre el privilegio de recorrer estos lugares sin supervisión cuando están cerrados?

—Petri es el ministro de museos y antigüedades del gobierno francés.

—Eso no explica el tema de las visitas.

—También es un enorme admirador de Rio Rivers.

El guardia estuvo a punto de acudir para ver qué era lo que le hacía tanta gracia a Piper, pero decidió regresar a su puesto junto a la puerta cuando la risa se transformó en un sonido mucho más íntimo. Antes de marcharse, las dos amantes añadieron una historia más que contarles a sus hijos sobre sus aventuras del Día de los Enamorados en la ciudad donde se habían conocido y encontrado el amor. Era una historia que les prohibieron contar a sus nietos hasta que formara parte de sus memorias, pero sí que les dio a Oliver y a Nicole algo a lo que aspirar.


FIN


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