Capítulo 9


Hacia finales de febrero Sydney estaba cómodamente instalada en el piso y la transición de vivir solas a compartir el espacio fue más fácil de lo que ninguna de las dos mujeres se esperaba. A ello contribuía el hecho de que las dos estaban igual de entregadas la una a la otra, lo cual les facilitaba hablar de los pequeños roces antes de que se convirtieran en problemas importantes.

También desarrollaron una cómoda rutina en el trabajo, por la cual eran discretas sobre su relación, pero no hacían nada para disimular que eran amigas. Sydney llegaba a menudo temprano para hacer un turno de noche y de esa forma podían echar un partido de uno contra uno en la cancha de la comisaría. Cuando estaba en el turno de medianoche, esperaba a que Alex llegara por la mañana y se iban a correr juntas antes de ella se volviera a casa para dormir.

Ambas mujeres disfrutaban del tiempo que pasaban juntas y su relación se fue profundizando, hasta el punto de que cada una por su cuenta acabó llegando a la conclusión de que ya no podía vivir sin la otra. Por primera vez Sydney empezaba a creer que era posible tener una unidad familiar capaz de funcionar.


—Pareces contenta, hermanita —comentó Anne una tarde en que la rubia hizo el viaje hasta la prisión estatal para visitar a su hermana. La inspectora había hecho ese viaje varias veces desde Navidad.

—Estoy contenta —dijo Sydney con franqueza.

—Supongo que sigues con esa mujer.

—Se llama Alex, y sí, seguimos juntas, de hecho, vivimos juntas —dijo la mujer más joven con sinceridad.

—Cuando me quiera dar cuenta, me vas a decir que vais a tener críos —dijo Anne con sorna y Sydney se ruborizó.

—No hemos hablado de eso... pero creo a las dos nos gustaría tener hijos... algún día.

—Vas muy en serio con esto, ¿verdad? —A la otra mujer casi parecía hacerle gracia—. Recuerdo una época en que no querías saber nada del tema de las familias.

—No creía que pudiera llegar a tenerlo —confesó la rubia—, pero siempre quise una familia, unos padres normales con una bonita casa en una zona residencial.

La confesión no pilló de improviso a la mujer de más edad porque siempre había percibido ese deseo en su hermana pequeña. Hubo una época en que tenía la esperanza de darle todas esas cosas a su hermanita, pero nunca tuvo fuerza suficiente.

—Me alegro de que lo estés consiguiendo, niña —dijo sinceramente.

—Y yo me alegro de que ya no estés enfadada conmigo —dijo Sydney, y la otra mujer se sonrojó.

—No era tanto que estuviera enfadada como celosa —confesó Anne a regañadientes—. Siempre quise creer que yo era la más fuerte de la familia y que necesitabas que te cuidara, pero resultó ser al revés.

—Eso puede cambiar —dijo Sydney titubeando—. No vas a estar aquí para siempre. Cuando salgas puedes empezar una nueva vida.

—He oído todas las historias, niña, —la reclusa sonrió con cansancio—, pero me temo que cuando has estado en este sitio, es muy difícil dejarlo atrás. No creo que tenga la fuerza suficiente para resistir las tentaciones.

—No estarás sola —dijo la mujer más joven en voz baja—. Nos tendrás a Alex y a mí para ayudarte.

—Gracias por el ofrecimiento, niña. —La mujer de más edad sonrió, pero sabía que jamás aceptaría ese gesto. Sydney se había construido una buena vida y no necesitaba que se la echaran a perder.


Cuando Alex volvió a la comisaría era ya por la tarde, pero se sentía muy bien. Acababa de tener una reunión productiva con los demás jefes de departamento en la comisaría del centro y ahora estaba deseosa de ver a su amante antes de irse a casa. Esa semana Sydney tenía el turno de noche.

—¿Qué tal la visita a tu hermana? —preguntó, abrazando largamente a su compañera después de asegurarse de que estaban solas en el vestuario de mujeres.

—Bien. —La mujer más baja suspiró—. Pero me preocupa.

—¿Por qué? —Alex estrechó los ojos.

—Creo que ha renunciado a la vida —confesó Sydney—. Sólo le quedan cuatro años para optar a la condicional, pero tiene esta visión fatalista de que se va a pasar entre rejas el resto de su vida.

—Seguramente tiene miedo y no quiere pensar en el futuro, por si las cosas no salen bien —dijo la mujer más alta intentando ser pragmática—. No es raro que la junta de la condicional rechace una primera solicitud.

—Sí, ya lo sé. —La mujer más joven suspiró, mordiéndose el labio dubitativa, y miró a su compañera con timidez—. Le dije que cuando saliera nosotras la ayudaríamos. Espero que no te importe.

—Para nada. —Alex le sonrió tranquilizadora. Le agradaba saber que Sydney se las imaginaba a las dos juntas en el futuro.

La rubia inspectora sonrió y abrazó otra vez a su compañera, dándose cuenta una vez más de por qué quería tanto a esta mujer. No pudieron seguir hablando en privado, porque en ese momento entró una patrullera en el vestuario. Salieron al pasillo.

—No te olvides de pasar por la tienda al volver a casa, nos hemos quedado sin café y sin leche —le recordó Sydney a su amante.

—No me olvido —prometió Alex, dirigiéndose a la puerta—. Que tengas buena noche y acuérdate de llamarme más tarde.

—Sí —asintió la inspectora rubia con una sonrisa y luego se quedó mirando a su alta compañera hasta que desapareció por la puerta. En ese momento sonó el teléfono de su mesa y lo cogió. Era Alice Williams.

—Mi marido acaba de recibir una llamada de Lucas. —La voz de la mujer era apenas inteligible y la joven inspectora supo por instinto que la mujer no quería que su marido supiera que estaba llamado—. Está en un apartamento del centro.

Sydney escuchó en silencio, cogió un bolígrafo y anotó el número que le dio la mujer antes de colgar rápidamente. Llamó inmediatamente a la operadora y tras revelar su identidad, consiguió una dirección concreta. Tras unas cuantas llamadas más para arreglar todos los detalles, estaba preparada para pasar al ataque de acuerdo con la información.

—Se hace llamar Simon Le Bond —les dijo a sus colegas cuando iban hacia la puerta.

—Como el cantante —murmuró Roy.

—Sí —asintió Sydney, poniéndose el chaleco antibalas, y miró a los otros hombres—. ¿Vosotros no os vais a poner el chaleco?

—Jamás me lo he puesto y no voy a empezar ahora —dijo Norm solemnemente—. Además, ese tipo es un asesino de niños y seguro que no intenta hacer daño a nadie. Lo suyo es acabar con críos inocentes.

Sydney asintió, pues tendía a estar de acuerdo con el hombre, pero Alex había hecho circular una orden sobre este tema y luego le había hecho prometer solemnemente que siempre que saliera a hacer una detención, se pondría uno para protegerse. Era una prenda pesada y molesta y daba calor, pero no tenía la menor intención de provocar las iras de su amante.

Se pasaron un momento por el tribunal para recoger la orden de detención correspondiente y luego condujeron en silencio hasta la dirección que le había dado la operadora, aparcando a una manzana de distancia para no alertar al sospechoso de su presencia. Sydney se alegró de ver que su amigo Robert Newlie estaba entre los patrulleros enviados para ayudar con la detención.

Dio órdenes a los agentes de uniforme para que tomaran posiciones rodeando el edificio antes de ponerse en cabeza, entrar en el ruinoso edificio y subir por las escaleras hasta la quinta planta. El número que había encima de la puerta al final de las escaleras les indicó que éste era el apartamento que estaban buscando. Hizo un gesto a los otros para que tomaran posiciones y luego llamó a la puerta.

—Señor Andersen, policía, abra la puerta —exclamó, llamando con fuerza. No hubo respuesta—. Abra, señor Andersen, policía.

—Vamos a entrar —decidió Norm y luego levantó la pierna y, haciendo gala de una fuerza que dejó pasmados a sus colegas, abrió la puerta de una patada antes de entrar.

Sydney lo siguió con más cautela, pistola en ristre, alerta ante cualquier peligro. Por muy inofensivo que les pareciera un sospechoso, tenían que tener cuidado de no subestimar a su presa. Atisbó con cuidado por la habitación de entrada y luego por el pasillo que conducía al fondo del apartamento. Fue el instinto más que otra cosa lo que la hizo reaccionar. No vio más que una sombra, pero el pelo de la nuca se le erizó de miedo.

—Tiene un arma —gritó y luego se lanzó delante de Norm en el momento en que un hombre alto y flaco salía al pasillo desde una habitación del fondo y apretaba el gatillo del arma que llevaba. Ella disparó a su vez como respuesta.

El ruido de la explosión de una escopeta le llenó los oídos y luego quedó ahogado por un rugido cuando el apartamento pareció estallar con una erupción de disparos. A eso le siguieron fuertes gritos y el acre olor a humo hasta que por fin reinó de nuevo el silencio.

Sydney sentía un dolor ardiente en el pecho que le subía desde las caderas hasta el cuello. Se sentía rara e intentó levantarse del suelo, pero le dolía la cabeza y estaba mareada y además parecía haber sangre por todas partes.

—¡Sydney!

Se oía el pánico en la voz que gritaba su nombre y trató de volver la cabeza para responder, pero el esfuerzo era demasiado grande. Vio a un agente uniformado que se arrodillaba a su lado y al reconocer a su viejo amigo Robert Newlie, intentó sonreír, pero entonces se le puso la vista borrosa y luego se precipitó por un túnel de oscuridad.


Alex acababa de volver de correr y estaba a punto de meterse en la ducha cuando sonó el teléfono. Echó una mirada al reloj con una sonrisa en los labios. Si no se equivocaba, era Sydney que la llamaba para asegurarse de que se había pasado por la tienda de camino a casa. Levantó el auricular esperándose oír la voz de su amante al otro lado.

—¿Capitana?

—Sí. —Reconoció la voz del teniente Scarferelli.

—Ha habido un tiroteo —dijo el hombre, y al instante Alex sintió una oleada de pánico que le invadía el cuerpo. Se obligó a conservar la calma, pensando en Sydney, pero dándose cuenta de que podría tratarse de cualquier otra cosa.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo con tono firme.

—Los inspectores Davis, Bridges y Howard salieron a hacer una detención. Al parecer, Syd recibió un soplo sobre dónde se escondía Lucas Andersen. Entraron y según cuentan los patrulleros, hubo disparos.

—¿Algún herido? —preguntó con calma, aunque sus sentidos clamaban por saber lo que había ocurrido. Hubo una larga pausa.

—Los tres han sido alcanzados —dijo el teniente al otro lado y luego continuó deprisa—: El sargento a cargo de la escena no nos ha comunicado la gravedad de sus heridas, pero sí ha dicho que los han llevado al Hospital General.

—¿Y el sospechoso?

—Al parecer resultó muerto en el enfrentamiento.

—Quiero que vaya allí inmediatamente y se ponga al mando de la situación. Quiero toda la zona asegurada. ¿Cuál es la dirección? —Anotó a toda prisa la dirección en el primer trozo de papel que encontró—. Vale, nos vemos ahora mismo.

—Sí, capitana —dijo el teniente y colgó.

Alex se quedó mirando largos segundos el auricular antes de colgarlo con mano temblorosa. Cerró los ojos y tomó aliento varias veces, intentando serenarse el corazón. Siempre había sabido que podía ocurrir algo así, pero lo había apartado de su mente.

—No puedes dejarme, no ahora que nos acabamos de encontrar —murmuró, con la cara bañada en lágrimas ardientes.

Tardó un poco más en controlar sus emociones y luego corrió al dormitorio y cogió su ropa. Olvidó todo salvo su necesidad de ir al hospital, pero primero se detuvo en la escena del crimen, que estaba acordonada con multitud de coches patrulla. La recibió el agente al mando, que la acompañó rápidamente hasta el apartamento.

Fue una experiencia más dura de lo que se podría haber imaginado y sólo sintió odio por el hombre que yacía tirado en el pasillo cubierto de sangre. No sentía lástima por el muerto y sus emociones se endurecieron al ver la sangre que llenaba ambos extremos del pasillo, pues sabía que parte de ella era de Sydney.

—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando el teniente Scarferelli llegó a su lado. El hombre se movió nervioso. Aunque nadie decía nada, todos conocían la relación de la capitana con la joven inspectora.

—Parece ser que cuando el sospechoso no respondió a su llamada, entraron en el apartamento. Según la poca información que conseguimos obtener de los inspectores antes de que se los llevaran, la inspectora Davis vio al hombre y se lanzó por delante del inspector Bridges disparando a la vez. Sus disparos alcanzaron al sospechoso, pero no antes de que éste consiguiera disparar su arma varias veces.

—¿Tenían las órdenes en regla? —preguntó Alex, sabiendo que iba a haber muchas preguntas difíciles antes de que la situación quedara olvidada. Iba a haber más de una investigación a raíz de lo que había ocurrido aquí esta noche. Había visto la misma historia en más de una ocasión.

—Tenían todos los documentos pertinentes —fue la respuesta, y la capitana sintió cierto alivio al oírlo.

—Quiero que se investigue la escena a fondo —ordenó con tono tajante—. Ha habido disparos y el sospechoso ha muerto. Quiero asegurarme de que la detención se estaba llevando a cabo cumpliendo todas las normas.

—¿Y si no? —preguntó el hombre en voz baja.

—Pues también lo quiero saber —dijo ella escuetamente.

—El hombre era sospechoso de la muerte de un niño —le recordó el teniente suavemente y recibió una mirada fría de su superiora.

—Aunque fuese John Gacy en persona —contestó con frialdad, bien consciente de las ramificaciones. Ya se estaba imaginando los titulares de la mañana. Las noticias informarían de que un sospechoso había resultado muerto por disparos durante una detención. Apenas se daría importancia al hecho de que los agentes que realizaban la detención también habían resultado heridos. Estaba segura de que algún alma caritativa tendría preparada una crítica sobre la actuación de la policía para las noticias de la tarde.

—Sí, señora —asintió el teniente, y luego ladró una serie de órdenes a los agentes uniformados que estaban allí cerca.

Alex miró otra vez a su alrededor y luego, sin esperar a tener más información, se dio la vuelta y salió rápidamente de la habitación. Tenía el estómago absolutamente revuelto y le dio apenas tiempo de salir del edificio antes de vomitar en un cubo de basura cercano. Había visto escenas de crímenes mucho más violentos y jamás había reaccionado así, pero esta vez era algo personal.

—¿Está usted bien, capitana? —preguntó un agente uniformado que estaba allí cerca con auténtica preocupación.

—Sí —asintió ella, sintiéndose un poco avergonzada. No podía decir que se había puesto mala al ver la sangre de su amante, por lo que se limitó a dirigirse a su coche. Veinte minutos después estaba en el hospital.

—Quiero saber el estado en que se encuentran varios agentes míos que acaban de ingresar. —Alex le mostró su placa a la enfermera a cargo de admisiones en la sala de urgencias.

La intensa expresión de la alta morena le indicó a la enfermera que debía obedecer y asintió antes de coger un teléfono y marcar un número. A los pocos minutos un joven con la bata blanca de un médico salió de una sala situada detrás del mostrador.

—Soy el doctor Riveira, ¿en qué puedo ayudarla?

—Quiero conocer el estado de varios agentes míos que acaban de ingresar por urgencias —dijo Alex tensamente—. Estaban heridos y quiero saber el alcance de sus heridas.

—Los inspectores Howard y Bridges se pondrán bien, sus heridas eran de poca gravedad —le dijo el médico, que había estado a cargo de las unidades de trauma que se habían ocupado de los agentes que habían ingresado en urgencias hacía tan sólo una hora—. Sin embargo, las heridas de la inspectora Davis eran mucho más graves. Seguramente será mejor que hable primero con su familia.

A Alex se le puso todo el cuerpo tenso al oír aquello. Sus emociones se debatían entre el miedo y la ira. Era penosamente obvio que Sydney estaba malherida. Miró al médico intentando controlar sus emociones.

—La inspectora Davis no tiene familia en la ciudad —dijo bruscamente.

—Pues convendría que los avisara —suspiró el médico—. Ha recibido varios disparos de escopeta en el cuerpo. Conseguimos estabilizarla antes de llevarla a quirófano. La están operando ahora. El pronóstico no es bueno.

—¿Dónde está cirujía? —quiso saber Alex, con el cuerpo helado.

—En el quinto piso —contestó el hombre, y sin esperar, la capitana se lanzó a toda prisa por el pasillo hacia los ascensores. Se encontró a Roy Howard sentado en silencio en la sala de espera situada fuera de los quirófanos. Tenía un pequeño vendaje en el cuello y la mejilla.

—¿Se encuentra bien?

—Sí —asintió él, incapaz de mirarla a los ojos—. Nos ha salvado la vida. Ella lo vio antes que nosotros y se interpuso en la línea de fuego.

El resto no hizo falta decirlo, y Alex se quedó sin habla por un momento. Siempre había sabido que su compañera era valiente y generosa y lo que había hecho hoy lo demostraba una vez más.

—¿Va a venir alguien a buscarlo? —preguntó Alex apagadamente.

—Mi mujer viene de camino —dijo él en voz baja—. Le dije que estaba bien, pero se ha empeñado en venir. Si no le parece mal, me gustaría quedarme hasta que sepa que Sydney está bien.

La capitana se limitó a asentir, sin atreverse a hablar, pues sabía que el corazón le dolía demasiado. Se volvió y se quedó mirando por el pasillo hacia las puertas de cristal que los separaban de los quirófanos. Sabía cómo funcionaban estas cosas, pues ya había pasado por esto en otras ocasiones. El médico saldría cuando hubiera terminado, de modo que hasta entonces sólo podía esperar.

Las horas fueron pasando despacio y la sala de espera se fue llenando poco a poco de agentes fuera de servicio que llegaban para ofrecer su solidaridad. Agradecía su presencia, pues sabía la fuerte hermandad que los unía a todos. Pero su muestra de apoyo no conseguía aliviar el dolor que sentía. A veces era tan intenso que le parecía que no podía respirar.

Pasaba ya de medianoche cuando los médicos salieron por las puertas que conducían a los quirófanos. El cirujano jefe se apartó de los otros y avanzó decidido hacia ellos. A Alex se le puso un nudo en la garganta al ver su cara mientras observaba a la gente que llenaba la sala.

—¿Hay aquí algún familiar de la señorita Sydney Davis? —preguntó mirando por la sala.

—Yo soy su familia —dijo Alex sin pensárselo, irguió los hombros con valor y siguió al hombre hasta un rincón más privado.

—No me voy a andar con rodeos —dijo el médico cuando estuvieron a solas—. Tiene una suerte increíble de seguir viva. Si no hubiera llevado puesto el chaleco antibalas, ahora estaría muerta. De todas formas, unos fragmentos de las balas de la escopeta la alcanzaron en el cuello y en la parte inferior del tórax, las partes que no estaban protegidas por el chaleco.

Indicó con la mano las zonas del cuerpo que habían sido alcanzadas y continuó hablando.

—Un fragmento le perforó la arteria del cuello y sólo gracias a la rápida reacción de los que estaban en la escena se ha podido salvar de morir desangrada. Hemos conseguido sacar todos los fragmentos de bala, pero ha perdido mucha sangre y sus heridas son muy graves. Las próximas cuarenta y ocho horas son críticas.

—¿Puedo verla?

—Ahora mismo está en postoperatorio y anestesiada. La trasladaremos a la UCI dentro de una media hora. Espere a que esté instalada y entonces puede subir —le aconsejó el médico, y ella asintió, dándole las gracias antes de que se fuera.

Tomó aliento con fuerza y regresó a la sala de espera, pensando que a veces su trabajo era asqueroso. En un tono antinatural por lo tranquilo que parecía, transmitió la información a los agentes que estaban esperando noticias.

—Los médicos no sabrán más hasta más tarde, así que pueden irse a casa, ahora no pueden hacer nada —dijo, y los demás asintieron cansados y sin decir nada más fueron saliendo de la sala, dejándola a solas.

Por un momento se derrumbó contra la pared y luego cerró los ojos, aspirando aire desesperadamente mientras intentaba controlarse, consciente de que le faltaba muy poco para venirse abajo. Se quedó así largo rato hasta que por fin se calmó y se irguió, recordándose a sí misma que tenía deberes que atender.

Encontró a Norm Bridges en una cama de la sala general, en el otro extremo del hospital. Vio que tenía un vendaje en el hombro, pero aparte de eso parecía estar bien. No estaba solo cuando llegó y lo agradeció, pues no sabía si habría podido mantener el control.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó, saludando con una breve inclinación de cabeza a la mujer y el joven que estaban sentados en unas sillas al lado de la cama. Supuso que eran su familia.

—Hecho una mierda —dijo el hombre con sinceridad, incapaz de mirarla a los ojos—. ¿Cómo está Sydney?

—En estado crítico —dijo Alex apagadamente—. La acaban de sacar del quirófano y los médicos dicen que las próximas cuarenta y ocho horas son vitales.

Se hizo un silencio incómodo mientras el hombre asimilaba esta información. Aunque nadie decía nada, conocía la relación que había entre las dos mujeres. Se culpaba a sí mismo, al menos en parte, por lo que había ocurrido.

—Ella me salvó —dijo en voz baja, avergonzado—. Sabía que no llevaba chaleco. Me tomó el pelo sobre el tema cuando salimos de comisaría esta noche.

—Pues es una suerte que ella sí lo llevara —murmuró Alex, reprimiendo la rabia que sentía—. Me alegro de que esté usted bien.

No había nada más que decir. No era el momento adecuado para hablar de cómo había infringido las normas. Ella había enviado una circular a todos los agentes ordenándoles que llevaran chaleco antibalas durante una detención y era evidente que este hombre no había cumplido esa orden y que por eso ahora Sydney yacía inconsciente y a punto de morir. Tenía la sospecha de que había aprendido la lección y que no iba a necesitar la sanción correspondiente.

Alex fue al ala de cirujía para comprobar que Sydney había sido trasladada a una habitación privada en la UCI antes de dirigirse a esa planta. Se detuvo ante el puesto de enfermeros para averiguar en qué habitación habían puesto a su amante.

—¿Es usted pariente? —preguntó bruscamente la mujer de mediana edad que estaba en el puesto, sin apartar apenas los ojos de los papeles que estaba ordenando.

—No —dijo Alex distraída.

—Lo siento, pero sólo se permite entrar a los parientes —continuó la enfermera con el mismo tono brusco.

Había algo en el comportamiento de la enfermera que hizo que la mujer alta perdiera los últimos vestigios que le quedaban de paciencia. Pegó un golpe en el mostrador con la mano y unos ojos sobresaltados se posaron en su cara.

—Voy a decir esto una sola vez, así que más vale que lo entienda a la primera. —El tono de la capitana era tajante—. No tengo el menor parentesco con la señorita Davis, sin embargo, vivimos juntas, y si las leyes de nuestro estado fuesen distintas, estaríamos casadas y a mí se me consideraría su cónyuge. —Hizo una pausa para que sus palabras surtieran el efecto deseado—. Ahora que comprende nuestra relación, me gustaría saber el número de la habitación de la señorita Davis.

—Lo siento, pero las normas del hospital nos prohíben dejar que entre nadie a visitar a los pacientes mientras están en la UCI, salvo a los miembros de la familia. —La enfermera meneó la cabeza, al parecer sin el menor interés por mostrarse compasiva.

—A la mierda las normas del hospital. —Alex volvió a golpear el mostrador con la mano—. Si no me deja pasar para ver a mi amiga, entraré sin más y buscaré la habitación yo sola.

—Pues me temo, señorita, que tendré que llamar a seguridad —dijo la enfermera, inflexible.

—Usted llame a seguridad y verá el lío en que se mete —replicó la capitana iracunda.

—¿Qué ocurre aquí? —interrumpió una voz razonable, y ambas mujeres se volvieron y vieron a un hombre mayor con bata blanca que se acercaba al mostrador. La enfermera pareció aliviada.

—Doctor Walsh, estaba intentando explicarle a esta mujer que sólo se permite entrar a los parientes en la UCI.

—¿A quién desea ver? —preguntó el hombre de pelo gris con paciencia, fijándose tan sólo en la tensión del rostro de la mujer más joven.

—A la inspectora Sydney Davis —dijo Alex entre dientes, con la paciencia agotada por la falta de compasión de la que hacían gala estos administradores del hospital—. Me llamo Alexandria Marshall.

—Si no le importa que se lo pregunte, ¿qué relación tiene con la inspectora?

—preguntó el médico, pensando que el nombre le resultaba vagamente conocido.

—Somos amantes —dijo la capitana sin titubeos. El hombre asintió y luego se volvió hacia la enfermera.

—No me parece que haya ningún problema en dejar que la señorita Marshall pase a ver a la inspectora Davis —dijo el médico, y la enfermera lo miró un momento y luego frunció los labios.

—Habitación 351.

—Gracias —dijo Alex entre dientes y luego se alejó a largas zancadas por el pasillo. Los miembros del hospital se quedaron mirando un momento a la alta mujer.

—Espero que no tengamos problemas por inclumpir las normas —dijo la enfermera con brusquedad, pues no le había hecho gracia la intervención del médico.

—Creo que nos acabamos de ahorrar un montón de problemas —replicó el médico con calma, devolviendo el historial que llevaba en la mano a la pila del mostrador—. Si no me equivoco, Alexandria Marshall está emparentada con los mismos Marshall que pertenecen a la Junta Directiva del hospital.

Sin decir nada más, el hombre se dio la vuelta y se alejó del mostrador, dejando sola a la enfermera, que se quedó mirándolo con los ojos desorbitados y boquiabierta, consciente de repente de lo cerca que podría haber estado de perder su trabajo.


La habitación de Sydney estaba al fondo del pasillo, y Alex se detuvo en la puerta con la esperanza de tranquilizarse antes de entrar. Se quedó en el umbral, mirando la pequeña figura ahora envuelta en vendajes y conectada a diversos monitores que soltaban pitidos y regurgitaban información sobre el estado de su amante.

Se había imaginado un futuro largo y feliz para las dos, pero ahora parecía que no se iba a producir.

Era un motivo de reflexión, pero jamás se había parado a pensar en la peligrosidad de su trabajo. La posibilidad siempre estaba ahí, pero siempre se había sentido inmune. A pesar de la cantidad de veces que había desenfundado la pistola, jamás había matado a nadie. Se apresuró a enjugarse las lágrimas que le bañaban los ojos.

Entró despacio en la habitación, con los ojos clavados en la figura inmóvil que yacía en la cama. Acercó una silla y se sentó, rodeando delicadamente con los dedos la pequeña mano extendida encima de las sábanas blancas.

—Dicen que se debe hablar con las personas que están inconscientes, para ayudarlas a ponerse bien —dijo con voz ronca y una sonrisa cansada en la comisura de los labios—. Por desgracia, no saben que yo no hablo mucho, pero por ti haría cualquier cosa, Sydney. Supongo que no te lo digo lo suficiente, igual que nunca te he dicho lo que espero para el futuro.

Hizo una pausa y respiró hondo.

—Nunca pensé que encontraría a alguien con quien querría pasar el resto de mi vida. Veía lo que tenían mis padres y mis hermanos y eso era lo que quería, pero no creía que pudiera llegar a tener nunca una cosa así. Me convencí a mí misma de que por ser quien era y lo que era, nunca tendría esa posibilidad y creo que no la habría tenido de no haberte conocido.

Hizo otra pausa y alargó la mano libre para acariciar el brazo desnudo, sin oír ya el ruido de las máquinas electrónicas que rompía la quietud de la habitación.

—He estado enamorada de ti desde el primer momento en que te vi, y a partir de entonces, mis prioridades cambiaron. Pensaba que seguiría estando contenta en la policía hasta que pudiera cobrar la pensión de los veinticinco años de servicio, pero ahora quiero seguir adelante con mi vida. Quiero darte un buen hogar y quiero tener hijos contigo.

Alex subió la mano y apartó con ternura el flequillo rubio de la frente de la mujer menuda. Dejó que su mano acariciara la piel suave durante un rato, recreándose en el tacto de la otra mujer.

—Ojalá estuvieras despierta para oír esto, claro que seguro que no tendría el valor de decirlo si lo estuvieras. Pero aunque no diga nada, creo que sabes cuánto te quiero y cuánto te necesito, así que descansa un poco y luego vuelve conmigo, ¿vale, amor?

Alex se calló entonces y apoyó la cabeza en la cama, tocando la pequeña mano con la frente, sintiendo su calor. Cerró los ojos y dejó correr las lágrimas.

—¿Capitana?

Alguien la llamó con timidez y Alex levantó la cabeza de golpe y se secó las lágrimas que le chorreaban por las mejillas. Respiró hondo, se volvió para mirar al intruso y reconoció al sargento Newlie.

—Sí, sargento, ¿qué puedo hacer por usted?

—He venido para ver cómo estaba Syd —dijo el hombre en voz baja, entrando en la habitación, con los ojos clavados en la cara inmóvil de su joven amiga.

—Está estable, pero en estado crítico —dijo Alex, intentando calmarse, consciente de la impresión que le debía de estar dando a este hombre—. Usted es amigo de Sydney, ¿verdad?

—Uno de los pocos que tiene —asintió el hombre con una leve sonrisa—. Fui su primer compañero y somos amigos desde entonces.

—¿Entonces lo sabe todo sobre ella?

—Pues sí —asintió el hombre, moviéndose algo incómodo al saber que estaban entrando en terreno peligroso.

—¿Le ha hablado de nosotras? —preguntó la mujer.

—No le ha hecho falta —reconoció el sargento con una risilla nerviosa—. Supe que estaba colada por usted el día en que tuve que sacarla borracha de Rourke's. Me dijo que su jefa le había echado la bronca. Supe que pasaba algo porque hasta entonces nunca le había importado que le echaran la bronca.

—Ah —dijo la mujer y luego miró a la que yacía inconsciente en la cama—. Ella lo es todo para mí.

—Lo sé —asintió el hombre con solemnidad.

Alex se quedó callada. Lo miró sin disimular sus emociones. Vio las manchas de sangre que tenía en el uniforme y entonces cayó en la cuenta de una verdad sin necesidad de que se lo dijeran.

—Usted le salvó la vida —dijo la capitana en voz baja—. El médico me dijo que los agentes que estaban allí la salvaron.

—Sólo hicimos lo mismo que habría hecho ella por cualquiera —dijo el hombre, quitándole importancia.

—Gracias.

—De nada —asintió el hombre con timidez—. ¿Puedo hacer algo por usted?

—No, pero sí puede hacer algo por Sydney —dijo, y el hombre escuchó su petición en silencio, tras lo cual se quedó unos pocos minutos más y luego se marchó.


Anne se preguntó en qué lío se habría metido. No era normal que la llevaran al despacho de la alcaidesa en medio de la noche y sabía que tenía que ocurrir algo. Se preguntó si alguien la habría implicado en algún tejemaneje. Siempre se cocía algo en el trullo y siempre había alguien que intentaba ganar puntos delatando a las otras.

—Siéntese —le dijo la pelirroja alcaidesa cuando entró en su despacho. La presa miró un momento a las dos guardias que la habían acompañado y luego hizo lo que se le ordenaba. Se quedó mirando la mujer de más edad. La alcaidesa Hayes era justa, pero su disciplina era estricta.

—Hemos recibido una llamada del Cuerpo de Policía de Seattle —empezó la alcaidesa, optando por la franqueza sin rodeos. No había una forma fácil de decir esto, no había forma de suavizar el impacto. Anne Davis era una dura criminal, pero no podía evitar sentir compasión por ella, dadas las circunstancias—. Al parecer, anoche, durante una detención, su hermana cayó en un tiroteo.

Anne tomó aliento con fuerza y lo aguantó, con el cuerpo absolutamente inmóvil mientras su mente repasaba a toda velocidad su última conversación. Había sido esa misma tarde y la niña estaba rebosante de felicidad.

—¿Está muerta? —dijo, apenas capaz de pronunciar las palabras, abrumada por el dolor que sentía.

—No, sigue viva, pero en estado crítico en el Hospital General de Seattle —dijo la alcaidesa—. La policía me ha prometido mantenerme al tanto de su evolución.

Anne asintió y se levantó, sin dar crédito a la idea de que Sydney hubiera sido herida. Siempre había sabido que podía ocurrir, pero había pensado que la niña era lo bastante inteligente como para evitar que la alcanzaran.

—Resulta un poco irónico, ¿no cree? —dijo la otra mujer cuando la presa se volvía para marcharse. Anne la miró y vio que en el rostro de la alcaidesa no había expresión alguna—. Usted está aquí dentro por haber matado a un policía, y su hermana, que es policía, ha resultado herida. Supongo que el viejo dicho es cierto: quien siembra vientos cosecha tempestades.

Anne se quedó muda, temerosa de que sus actos hubieran marcado de algún modo el destino de su hermana. Sabía que Sydney se había quedado destrozada por su crimen y tal vez ésa fuese la razón de que la joven se hubiera hecho policía. En ese sentido, sí que resultaba irónico.


La oscuridad dio paso al amanecer y un brillante chorro de luz se coló por la ventana, bañando a ambas mujeres en su luminoso resplandor. Alex levantó la cabeza y apartó un instante la mirada de la cara de su amante para contemplar el nuevo día. Esperaba que trajera consigo una nueva esperanza.

—Debería irse a casa a descansar —dijo una enfermera cuando entró para comprobar los sueros y los monitores—. Seguramente tardará horas en recuperar el conocimiento.

Alex sabía que la mujer tenía razón. Podían pasar horas o días hasta que Sydney recuperara el conocimiento, pero no podía arriesgarse a dejar a la rubia sola, pues temía que se despertara en una habitación vacía. Tras la experiencia que había sufrido, Alex no quería dejar sola a la mujer. Sin embargo, se levantó y estiró los músculos entumecidos mientras la enfermera se movía alrededor de la cama comprobando los vendajes.

Fue a mediodía cuando Sydney recibió nuevos visitantes, y Alex se quedó atónita al ver a sus padres entrando en la habitación. Fue un consuelo verlos y corrió hasta su padre, sintiéndose a salvo entre sus fuertes brazos. Marie se quedó mirando en silencio mientras su hija sollozaba apagadamente.

—Todo irá bien, querida —la consoló Warren, aunque al mirar a la mujer inmóvil tumbada en la cama no tenía motivo alguno para creerlo. Por el bien de su hija, tenía que confiar en que fuese cierto.

—¿Cuándo comiste algo por última vez? —preguntó Marie con tono pragmático cuando su hija dejó de llorar.

—Ayer a mediodía —dijo Alex, y cayó en la cuenta de que no había llegado a comer nada antes de salir de su piso la noche anterior. Al recibir la llamada se había olvidado de todo.

—Pues ve con tu padre a tomar algo —dijo la mujer mayor y luego alzó la mano cuando la mujer más alta hizo amago de protestar—. Yo me quedo aquí por si se despierta. Necesitas comer, querida, ahora no puedes permitirte caer enferma, Sydney te necesitará cuando se despierte y salga de aquí.

Alex se dio cuenta de que su madre tenía razón, aunque no quería dejar a su amante.

—Tu madre tiene razón —dijo Warren, azuzando delicadamente a su hija, y de repente, Alex se sintió cansadísima y cedió, asintiendo sin decir palabra.

—Estaremos en la cafetería si hay algún cambio —dijo la capitana, volviéndose para mirar a su amante mientras el hombre la llevaba hacia la puerta.

Marie asintió y se quedó mirando mientras su marido se llevaba a su hija por el pasillo hacia el ascensor, y luego se volvió hacia la chica que yacía en silencio en la cama. Cruzó despacio la habitación y se sentó en la silla que había ocupado su hija. La chica parecía muy tranquila y de no haber sido por las máquinas que controlaban su corazón y sus pulsaciones, habría dado la impresión de que estaba durmiendo.

—Sé que no nos hemos llevado bien, pero tenía la esperanza de conocerte mejor —dijo en voz alta, hablando con la mujer inconsciente—. Quería descubrir qué era lo que había capturado a mi hija, porque aunque nos dijo que era homosexual, yo tenía la esperanza de que fuera una fase.

Alargó la mano titubeando y acarició la mano libre de la rubia, notando lo suave y lisa que era su piel.

—Te sorprendería saber lo que se le pasa por la mente a una madre cuando se entera de que su hija es lesbiana. Al principio, me pregunté en qué me había equivocado y luego me pregunté qué clase de mujer le resultaría atractiva. Luego, por supuesto, están todas las demás cosas... Pero si me hubiera fijado de verdad, me lo tendría que haber esperado, porque incluso cuando Alexandria estaba prometida, parecía que la relación casi ni le interesaba. Al mirar atrás, veo muchas diferencias. A Alexandria nunca le ha gustado tocar ni que la toquen, ni siquiera con su prometido, pero parece que a ti no te puede quitar las manos de encima. Nunca la he visto así.

Hizo una pausa y se quedó mirando ese rostro dulce y el cuello que ahora estaba envuelto en vendas.

—Nunca he visto a Alexandria tan feliz. Tú has traído el amor a su vida y te estoy agradecida por ello.

Se quedó callada, pues no sabía qué más decir, de modo que se limitó a agarrar la mano de la mujer más menuda y sujetarla con fuerza.

—¿La señorita Davis es su hija? —dijo una voz femenina, distrayéndola, y Marie se volvió y vio a una enfermera de rostro bondadoso. Miró a la mujer rubia y luego de nuevo a la enfermera.

—Sí —asintió Marie, hablando suavemente—. Sydney es mi hija.


Alex no tenía hambre, pero se obligó a tragar la comida que le había comprado su padre y curiosamente su cansancio desapareció. Se bebió varias latas de refresco y luego cerró los ojos un momento.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó Warren.

—Sólo me encontraré mejor cuando sepa que Sydney va a ponerse bien —contestó, y el hombre la comprendió.

—Es una luchadora —dijo el hombre con una leve sonrisa—. No creo que se vaya a rendir fácilmente.

—No, es cierto —asintió Alex, jugueteando con los cubiertos que venían con su comida—. En estas últimas horas he tenido tiempo de pensar y tal vez sea el momento de cambiar de vida.

—¿Cambiarla cómo? —preguntó Warren apaciblemente, bebiendo un sorbo de su taza de café.

—Tal vez haya llegado el momento de que deje la policía y me asiente y empiece a trabajar de abogada.

Esta noticia dejó a su padre de piedra, pero al mismo tiempo no le pareció sorprendente. Alex siempre había dicho que empezaría a practicar la abogacía cuando decidiera asentarse, y aunque sabía que su relación con la otra mujer iba en serio, no pudo evitar preguntarse si el tiroteo no sería el motivo real de esta decisión.

—¿Qué opina Sydney?

—No lo he hablado con ella —reconoció Alex.

—Pues creo que deberías hacerlo antes de tomar ninguna decisión —le aconsejó Warren—. Recuerda, Alex, que ya no estás sola, ahora tienes una responsabilidad con otra persona.

Alex no había caído en lo cierto que era eso hasta que su padre lo dijo. El hombre tenía razón, ya no estaba sola, y cualquier decisión que hubiera que tomar, debía ser tomada por las dos. Miró al hombre y vio a alguien más que a su padre.

—Estás de lo más comprensivo con todo esto —dijo, y el hombre sonrió.

—Me hubiera gustado que las cosas fuesen distintas. —El hombre no mentía—. Pero si tienes que estar con alguien, me alegro de que sea Sydney. Me gusta esa chica, es divertida y competitiva y, lo que es más importante, te quiere. Creo que ningún padre podría pedir más.

—Gracias, papá —dijo Alex con sinceridad, consciente de lo importante que era su aprobación para ella—. Os agradezco a ti y a mamá que hayáis venido. Significa mucho para mí.

—Bueno, Sydney es ahora parte de nuestra familia —dijo Warren, un poco cohibido—. Habríamos hecho lo mismo con cualquiera de los demás.

El hecho de que sus padres aceptaran su relación y a Sydney era muy importante para Alex. Lo último que quería era tener que elegir entre su amante y su familia. Se alegraba de que la cosa no hubiera llegado a ese extremo.

Sus padres se quedaron un rato y prometieron volver más tarde, y a lo largo del día los agentes del cuerpo que conocían a Sydney se fueron pasando para ver cómo estaba la joven inspectora. El médico hizo una visita a su paciente y parecía contento con sus progresos. Cuando acababa de marcharse, el jefe de policía asomó la cabeza en la habitación. La sensación de esperanza que sentía dio paso a la preocupación al ver la expresión del hombre.

—¿Cómo está? —preguntó el jefe, mirando a la mujer menuda que yacía en la cama.

—Aguantando —replicó Alex con sorna. Estaba nerviosa, llena de desconfianza por lo que no decía—. ¿Qué ocurre, George?

Usó a propósito su nombre de pila, convirtiendo la conversación en algo personal, y vio que el hombre se movía incómodo.

—¿Por qué piensas que ocurre algo? —contraatacó él, consciente de que estaba rozando un tema delicado.

—Te conozco, George —replicó ella—, y no es por ser cruel, pero sé que el motivo de tu visita no es la preocupación por una agente caída.

—Te has hecho muy cínica —dijo él, mirándola con los ojos entornados—. Me preocupan todos los agentes que están a mi mando.

—Sobre todo los que plantean problemas delicados desde el punto de vista político —contestó ella, que a veces odiaba el politiqueo de su trabajo. Se dio cuenta de que ya no le divertía y de que tal vez había llegado el momento de dejarlo.

—Quiero saber si mañana vas a estar en el trabajo —dijo él, y Alex respiró hondo.

—No iré hasta que sepa que Sydney está bien.

—Supongo que te darás cuenta de que tu continua presencia aquí va a dar alas a los rumores, lo cual quiere decir que no podrás mantener en secreto vuestra relación.

—En estos momentos me da igual —dijo Alex con franqueza, notando la irritación de la falta de sueño y la incertidumbre sobre el estado de su compañera—. Me parece increíble que me lo preguntes siquiera.

—¿Has olvidado que eres capitana del Cuerpo de Policía de Seattle? —le recordó el hombre con un tono más brusco.

—También soy su compañera —gruñó la mujer—, y ahora mismo estoy aquí no como capitana de la Unidad de Homicidios, sino como su compañera. Si tienes algún problema, te puedo dar mi placa ahora mismo.

George no dijo nada, pues sabía que en este momento la mujer no se comportaba racionalmente. Se daba cuenta por el cansancio de sus rasgos de que estaba agotada, y eso quería decir que sus emociones estaban exacerbadas. Sabía que ahora su única preocupación era la joven que yacía en esa cama de hospital.

—No podré protegerte.

—No quiero protección —contestó ella enfadada.

—Es tu decisión, pues —dijo George, y la mujer morena asintió, tras lo cual él se volvió para marcharse—. Espero que se recupere.

—Yo también —contestó Alex, en voz tan baja que nadie más lo oyó.


Sydney se despertó despacio de un largo sueño y lo primero que pensó fue que le dolía muchísimo el cuerpo. Le parecía que no había ni una sola parte de su cuerpo que no le doliera, y los pitidos que atravesaban estridentes la oscuridad brumosa de su cerebro empezaban a ser molestos. Se quejó protestando por lo mal se que encontraba.

—¿Sydney? —Alex oyó el leve sonido y levantó la cabeza de las mantas, estudiando la cara inmóvil con sus ojos azules. No vio ningún movimiento y sintió que su esperanza se venía abajo, pensando que se lo había imaginado. Cuando estaba a punto de volver la cabeza, oyó el ruido y esta vez vio que los labios de la otra mujer se movían—. ¿Sydney? —repitió el nombre de la mujer, poniéndose en pie rápidamente para poder inclinarse y apartar el flequillo rubio de la frente caliente.

—¿Alex? —Una voz ronca dijo su nombre y Alex vio que los párpados se abrían y cerraban con dificultad y por fin se abrieron una vez más. Los ojos verdes estaban nublados y llenos de dolor.

—Hola, tesoro, estoy aquí. —Alex sintió una ola de felicidad por todo el cuerpo mientras seguía acariciando la frente de la mujer—. ¿Cómo estás?

—Hecha picadillo —graznó Sydney, mientras su pecho se movía pesadamente al intentar respirar. Alex no pudo controlar la sonrisa que le inundó la cara. Desapareció cuando la mujer más joven alzó la mano para tocarse las vendas que le rodeaban el cuello—. ¿Parezco picadillo?

—No. —Alex tranquilizó a su amante—. Estás tan guapa como siempre.

—Tú que me ves con buenos ojos. —La rubia inspectora suspiró, cerrando los ojos—. ¿Qué ha pasado?

—¿Qué recuerdas? —preguntó la capitana en voz baja, no muy segura de si quería que su amante recordara el tiroteo.

—Íbamos a detener a Lucas Andersen. —La rubia inspectora se esforzó por recordar, pero no lograba atravesar la barrera oscura que le nublaba la mente—. ¿Qué pasó? ¿Tuvimos un accidente?

—No, amor, os dispararon —dijo la mujer más alta con tono tranquilizador, esperando que esta información no alterara a su compañera—. Cuando fuisteis a detener a Andersen hubo un tiroteo.

—Ya me acuerdo. —Sydney suspiró y cerró los ojos, pues se sentía agotada.

—Tranquila. —La mujer de más edad sonrió levemente—. No tienes por qué recordar.

—Acabábamos de entrar en el apartamento. —La inspectora rubia fue contando los hechos a medida que se iban filtrando por su mente—. Yo no estaba prestando mucha atención porque estaba pensando en la forma en que Norm había abierto la puerta de una patada. Estaba pensando que eso sólo lo hacían en las películas. —La mujer menuda hizo una pausa, con la garganta dolorida y reseca—. Debería haber prestado más atención, siento haberla cagado. Parece que siempre lo hago.

—Oh, Dios, no, ni se te ocurra pensar eso —susurró Alex con fervor, sintiendo que se le partía el corazón—. Lo hiciste todo bien, salvaste a Norm y a Roy. Fuiste más valiente que nadie.

La rubia asintió en silencio, aspirando profundamente el oxígeno que le entraba por la nariz a través de los tubos de plástico transparente que le rodeaban la cara. Los ojos verdes se abrieron de nuevo y por un instante Alex vio una expresión de pánico y miedo.

—¿Están bien? —quiso saber.

—Sí, los dos están bien, sólo tienen unos arañazos y unos golpes. —La capitana sonrió, acariciando con cariño la mejilla de su amante. La mujer más menuda cerró los ojos largo rato y Alex pensó que se había vuelto a quedar dormida. Apartó la mano y cuando estaba a punto de sentarse de nuevo, los ojos se abrieron de golpe, llenos una vez más de pánico y miedo.

—No me dejes. —Había una expresión de súplica en los ojos verdes.

—De aquí no me muevo —le aseguró la mujer más alta a su compañera con una tierna sonrisa—. Me voy a quedar aquí hasta que estés mejor.

—¿Me abrazas? —Había una súplica desesperada en el tono apagado a la que Alex no se pudo resistir, y aunque sabía que seguramente iba en contra de las normas del hospital, se subió a la cama y se tumbó al lado de la mujer más menuda, abrazando a su compañera con mucho cuidado para asegurarse de que no le hacía ningún daño.

—¿Así está bien? —preguntó suavemente, y la rubia asintió con la cabeza.

—Así está muy bien —murmuró Sydney, y volvió a cerrar los ojos.

—Vale, tesoro, ahora duérmete y yo estaré aquí cuando te despiertes. Te quiero.

La mujer más joven farfulló algo ininteligible antes de quedarse dormida y Alex soltó un suspiro de alivio. Cerró los ojos y suspiró de nuevo, al tiempo que las profundidades azules se llenaban de lágrimas. Ahora sabía de corazón que su amante se iba a poner bien y era una alegría que nunca hasta entonces había sentido. Por primera vez en dos días, se quedó dormida.

Cuando la enfermera entró más tarde para comprobar el estado de la paciente, vio a las dos mujeres juntas en la cama. Su primer instinto fue despertar a la mujer más alta. Las normas del hospital prohibían en general este tipo de intimidades, pero algo le hizo cambiar de idea.

Tal vez fuese la expresión de paz y contento que tenían ambas mujeres o el recuerdo de que la morena se había pasado las dos últimas noches sentada en una silla al lado de la cama manteniendo una amorosa vigilia. Tal vez fuese por lo tarde que era o porque sabía quién era la morena. En cualquier caso, no hizo caso de la escena y se ocupó en silencio de lo que tenía que hacer antes de salir de la habitación para dejar que las dos mujeres durmieran tranquilas.


Alex durmió hasta que los primeros rayos del sol atravesaron el cielo. Sólo habían sido unas pocas horas, pero la siesta había bastado para que se sintiera renovada. Tras despertarse, se duchó en el vestuario al que le dio acceso una amable enfermera.

—Lo comprendo muy bien —dijo la mujer con compasión—. Mi hermano es policía en Spokane.

Alex agradeció el trato especial que estaba recibiendo, sin cuestionar la amabilidad mostrada por la desconocida. Cuando regresó a la habitación de su amante se sentía mejor y dispuesta a hacer frente a otro largo día.

—Seguramente se despertará otra vez en el curso del día y esta vez probablemente estará más tiempo despierta —dictaminó el médico cuando Alex le contó la breve conversación de la noche anterior. Estaba satisfecho con el progreso de la situación y su pronóstico alivió muchísimo a la mujer alta.

A última hora de la mañana Marie entró en la habitación con una bolsita. Fue derecha a su hija y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—Buenos días, querida —dijo la mujer mayor con animación—. ¿Cómo va Sydney?

—Anoche se despertó —dijo Alex con una sonrisa—. Estaba cansada y no dijo gran cosa, pero el médico ha dicho que es buena señal.

—Me alegro. —Marie le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro a la mujer más alta—. Supongo que no has comido nada en lo que va de mañana, ¿verdad?

—No —dijo la mujer más joven con timidez, incapaz de mirar a su madre a los ojos.

—Ya me parecía a mí. —La mujer meneó la cabeza con desaprobación—. Toma, te he traído el desayuno.

—Gracias. —Alex agradeció el detalle de su madre. Abrió la bolsa y dentro descubrió un bollo y un café. Dio un bocado al bollo—. Te lo agradezco mucho.

—Bueno, alguien tiene que cuidar de ti —dijo Marie sin darle importancia y sus ojos grises se posaron en la mujer inmóvil que yacía en la cama—. Lo difícil empezará cuando se despierte.

—Ya lo sé —asintió la mujer más joven con solemnidad.

—No va a ser fácil y seguramente habrá mucha tensión. —La mujer mayor hizo una pausa—. Quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar con alguien, siempre puedes contar conmigo.

—Gracias. —Alex apreciaba el gesto, pero tenía la esperanza de que las cosas no llegaran a ese punto—. Creo que cuando esté suficientemente bien, me la voy a llevar de vacaciones.

—Me parece buena idea, pero ten cuidado y no la empujes demasiado —le aconsejó Marie con cautela—. Debes recordar que le tienes que dar tiempo para curarse física y mentalmente.

Alex sabía a qué se refería su madre. Tenía la costumbre de abordar las situaciones como una apisonadora y sabía que en estas circunstancias tenía que ser paciente y dar tiempo a su amante.


A primera hora de la tarde Sydney recuperó la consciencia de nuevo. Suspiró profundamente cuando la bruma que le invadía el cerebro se aclaró, y abrió los ojos algo confusa, hasta que los recuerdos regresaron en tropel a todos sus sentidos. Cerró los ojos largo rato, luchando por mantener el control.

—¿Estás bien? —La voz familiar atravesó sus miedos, y una avalancha de calidez se derramó por todo su cuerpo.

—Ahora sí. —La rubia sonrió levemente, volvió la cabeza y se quedó mirando a los intensos ojos azules—. ¿Y tú cómo vas?

—Bien, ahora que sé que te vas a poner bien —dijo con sinceridad.

—Siento haberte preocupado —se disculpó la rubia.

—No te disculpes —regañó Alex con ternura a su amante, y luego confesó con dificultad—: Lo cierto es que nunca pensé que encontraría a alguien que me importara lo suficiente como para preocuparme de esta manera. Siempre veía mi vida como un rompecabezas en el que todas las piezas encajaban perfectamente para crear una imagen, y hasta que te conocí, las piezas encajaban, pero no veía que se formara una imagen. Al principio pensé que eras una pieza que no encajaba y que por lo tanto no formaba parte de mi vida, pero ahora no puedo concebir la vida sin ti. —Hizo una pausa y se tragó el nudo que se le había formado en la garganta—. Tú no eres solamente una pieza de mi vida. Eres el centro mismo alrededor del cual construyo todo lo demás, y por primera vez veo una imagen y es preciosa.

—Para ser una persona que no habla mucho, te las apañas para decir unas cosas cariñosísimas —graznó Sydney con una leve sonrisa.

—Bueno, pero no se lo digas a mis hermanos, que no me van a dejar vivir —rió Alex con cierto matiz avergonzado, y luego se hizo un breve silencio.

—¿Cómo están Norm y Roy? —preguntó Sydney apagadamente.

—Se pondrán bien, aunque los dos estaban bastante asustados —dijo Alex, y añadió, tras una pausa—: Me alegro de que llevaras el chaleco.

—Tu circular decía que era obligatorio —le recordó la rubia.

—Sí, pues he advertido que mucha gente parece hacer caso omiso de esas circulares —dijo la capitana crípticamente.

—Ya, pero no tienen que vivir contigo —dijo la rubia riendo suavemente—. Pensé en no ponérmelo, pero sabía el berrinche que te entraría si no me lo ponía y te enterabas.

—Efectivamente —gruñó la mujer más alta con fingida ferocidad, y luego se puso seria—. El chaleco te salvó la vida.

—Lo sé. —La rubia inspectora suspiró cansada y luego dejó a un lado los oscuros pensamientos que amenazaban con apoderarse de ella—. ¿Cuánto tiempo crees que voy a tener que estar aquí?

—Todo el tiempo que haga falta hasta que te recuperes por completo —dijo Alex, y la mujer más baja supo por el tono de voz de su amante que iban a seguir las órdenes del médico al pie de la letra—. Y luego vamos a tener una larga conversación.

—Me estás asustando. —Sydney no disimuló su miedo, y la otra mujer sonrió con ternura.

—Es una buena conversación. —La morena alargó la mano y tocó la cara de la otra mujer, acariciando la piel suave—. Cosas de las que deberíamos haber hablado antes de todo esto.

—Ah. —La rubia no sabía qué más decir, y la sonrisa de la otra mujer se hizo más amplia.

—Me parece que te he dejado sin habla. —Alex se echó a reír y luego depositó un beso tierno en los labios de su amante.


Pasaron casi dos semanas hasta que los médicos dictaminaron que podían dejar salir a Sydney del hospital, y para entonces ya estaba resintiendo las restricciones a las que se veía obligada por la convalecencia. Por insistencia de Alex, habló con el psicólogo de la policía que le hizo varias visitas de cortesía cuando aún estaba en el hospital. Más que nada, se concentraba en salir del hospital y volver al trabajo.

Alex se tomó el día libre cuando Sydney fue dada de alta en el hospital, y estuvo comportándose como una madre preocupona, todo el rato pendiente de su compañera, hasta que la mujer más joven estalló por tanta atención. Fue una escena emocional que terminó cuando la rubia se fue del piso hecha una furia. La mujer más alta esperó unos minutos y luego la siguió, pues sabía dónde encontrar a su compañera. Era en la playa, a pocas manzanas de su piso. Se sentó en silencio en el banco al lado de su compañera.

—Lo siento —se disculpó Alex, hundiendo las manos en los bolsillos de los pantalones—. Me prometí a mí misma que no me iba a portar así.

—No pasa nada —rezóngó Sydney, sin mirar a su compañera—. Nunca he tenido a nadie que se preocupe tanto por mí. No estoy acostumbrada.

—Lo sé —asintió la mujer más alta—. Uno de mis mayores defectos es que soy demasiado posesiva. Supongo que es por haberme criado con tres hermanos mayores.

—A mí me gusta que seas posesiva —contestó la mujer más menuda, y su compañera sonrió con tristeza un momento y luego se puso seria.

—Me preocupo por ti —confesó Alex—. Me preocupo por nosotras.

—No tienes por qué —dijo Sydney—. Creo que las dos tenemos un carácter fuerte y que siempre nos vamos a pelear por cosas, pero eso no quiere decir que me vaya a marchar.

—Mi sentido común lo sabe —asintió la otra—, pero mi parte emocional no está tan segura. Nunca he querido a nadie como te quiero a ti... creo que nunca querré más a nadie. Todo esto me ha asustado mucho.

Sydney se volvió entonces para mirar a su compañera. Alex tenía la cabeza gacha y se contemplaba ciegamente los pies, que tenía estirados hacia delante.

—Cuando pensé que podías morir, me di cuenta de que perdería el alma. Hasta ese punto te quiero —confesó la mujer de más edad, incapaz de mirar a su amante—. Hasta que apareciste, no sabía lo que era el amor. Lo había leído en los libros, pero la emoción no me afectó hasta que apareciste tú, y la idea de estar sin ti me supera. Todavía estoy intentando asimilar la intensidad de lo que siento por ti y a veces, como hoy, no puedo controlarlo.

—No quiero que lo controles —dijo la rubia suavemente—. Pero tienes que comprender que a veces será demasiado para mí y que tendré que apartarme un poco. Eso no quiere decir que me vaya a ir, sólo quiere decir que necesito un poco de espacio para respirar.

—Intentaré entenderlo —asintió la morena y se quedó callada.

—Alex —dijo Sydney con voz suave, y la otra mujer se volvió para mirarla—. ¿Me puedes hacer un favor?

La otra asintió sin decir nada y la otra mujer continuó con seriedad.

—Recuerda que te quiero con todo mi corazón y que pase lo que pase, mi intención es estar contigo hasta que sea muy anciana.

Alex asintió y dejó que una sonrisa de alivio asomara a su rostro anguloso, relajando el ambiente entre las dos. Sydney también sonrió a su compañera.

—Bueno, ¿ésta era la conversación seria que mencionaste en el hospital?

—No. —La sonrisa desapareció de la cara de la morena y se puso más seria. Estaba nerviosa de sacar el tema—. Sé que acabamos de empezar a vivir juntas, pero quiero algo más permanente. Quiero saber que si nos ocurre algo a cualquiera de las dos, la otra no tendrá que pasar por un montón de chorradas. —Hizo una pausa y respiró hondo, pensando en su experiencia en el hospital—. Te voy a hacer beneficiaria de todas mis pensiones y te voy a nombrar mi persona de contacto por si ocurre algo. Quiero saber que si estoy incapacitada, tú tomarás todas las decisiones que me afecten... que nos afecten a las dos.

Sydney sabía lo que estaba diciendo la otra mujer. Era un paso gigantesco, y comprendía la importancia que tenía la decisión. Nunca podrían casarse legalmente, por lo que ésta era la única forma en que su unión sería respetada.

—A menos, por supuesto... que tú no estés preparada para este tipo de permanencia. —Alex estaba preocupada por el silencio de su compañera.

—No. —Sydney negó con la cabeza—. Creo que las dos deberíamos ir a cambiar nuestros formularios.

Alex sonrió, con el corazón lleno de felicidad al saber que su amante pensaba lo mismo que ella. Respiró hondo y miró intensamente a la otra mujer.

—¿Te parece bien si me acerco más y te doy un abrazo? —preguntó, y la rubia asintió.

Alex se arrastró por el banco y abrió los brazos, y la mujer más menuda se instaló cómoda y cálidamente entre ellos. Se reclinaron y se quedaron mirando el océano gris, cada una sumida en sus propios pensamientos. El futuro no iba a ser fácil, pero al menos estarían juntas. Y para las dos, eso bastaba por ahora.


FIN


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