Capítulo 8


Sydney jugueteaba nerviosa con las manos, incapaz de dejar los dedos quietos en el trayecto de ida al restaurante esa noche. Aunque había tenido varios días para hacerse a la idea, seguía nerviosa ante la perspectiva de conocer a los padres de Alex. A pesar de que su amante intentaba tranquilizarla, tenía miedo de cómo iban a recibirla, y para parecer menos ignorante, había investigado discretamente a la familia. Por desgracia, lo que había averiguado sólo le había servido para ponerse más nerviosa.

La información fue muy fácil de obtener, pues el matrimonio llevaba una vida destacada en la alta sociedad de Seattle. Warren Marshall era un conocido abogado que dirigía un bufete que representaba a bastantes personas importantes del gobierno. Marie, la matriarca de la familia, era miembro activo de varios comités nacionales que recaudaban millones de dólares al año para las diversas organizaciones benéficas apoyadas por el matrimonio.

Todo lo que descubrió sobre el matrimonio reforzó su convencimiento de que eran una pareja formidable. Una pareja que vivía de acuerdo a unos criterios morales muy elevados. Eran un matrimonio amable muy apreciado en la comunidad y que nunca dejaba que su opinión personal nublara su buen juicio. Esperaba que en su propio caso eso fuese cierto, porque todo lo que había averiguado había hecho que se sintiera totalmente intimidada.

Sydney nunca había dado gran importancia al dinero, pues consideraba que ya tenía suficiente si podía pagar las facturas y contar con algo extra para permitirse los lujos que a veces deseaba. Sabía que la mayoría de la gente la consideraría pobre, pues a fin de cuentas su sueldo de policía no era enorme, lo cual era el motivo de que muchos de sus compañeros casados tuvieran un segundo trabajo.

Suspiró, sintiendo una pesadumbre desconocida. Ya sabía que los Marshall eran ricos, pero su riqueza llegaba a unos extremos que ni se había imaginado. Su propia falta de bienes nunca le había planteado problemas, pero ahora tenía miedo de que los padres de Alex no vieran con buenos ojos su relación con su hija. Como si percibiera su inquietud, la otra mujer alargó la mano y estrechó la mano más pequeña.

—Tranquila, tesoro, no es más que una cena. —Alex le sonrió tranquilizadora.

—Para ti es fácil decirlo —contestó Sydney—. No son mis padres con quienes vamos a cenar.

—¿Te crees que me fue fácil ir a ver a tu hermana? —preguntó la mujer más alta con intención, y la rubia tuvo que reconocer que su amante tenía razón—. Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapa que estás?

—Sólo una docena de veces —fue la sonriente respuesta, y la mujer más menuda sintió que sus temores disminuían.

Se miró la ropa. Había pasado mucho tiempo eligiendo lo que se iba a poner y por fin eligió una chaqueta roja de seda con falda a juego para la ocasión. Un jersey negro de cuello alto y un collar de perlas completaban el conjunto. Se había recogido primorosamente el pelo en una trenza que le caía por la espalda.

Echó una mirada a su compañera. Alex iba vestida con un jersey negro de cuello alto, pantalones a juego y una chaqueta roja encima. Con el largo pelo oscuro suelto sobre los hombros estaba guapísima, y Sydney se quedó mirando largo rato a su amante. Ellas no se daban cuenta, pero su diferencia de estatura y colorido hacía que formaran una pareja bellísima. Cosa que fue justamente lo que pensó Marie Marshall en cuanto las vio entrar en el restaurante.

El corazón le dio un vuelco al verlas y estrechó los ojos al fijarse en la pareja que esperaba en el recibidor a que el maître las acompañara a su mesa. Se fijó en la forma en que su alta hija cogía la mano de la mujer más menuda y la mirada íntima que intercambiaban. Había química, un vínculo invisible que envolvía a la pareja. Era tan fuerte que casi se podía tocar.

Supo en ese instante que había perdido a su hija por la otra mujer, y al darse cuenta, se sintió atravesada por una intensa punzada de celos. Nunca habían tenido una relación tan estrecha como ella habría querido y Marie solía envidiar a sus amigas y la relación que tenían con sus propias hijas.

Recorrió el restaurante con la mirada y vio que no era la única que había advertido la entrada de la pareja. Había otros, hombres y mujeres, que las miraban mientras cruzaban despreocupadas la sala, y sus expresiones reflejaban lo que pensaban. Vio una mezcla de pasmo y sorpresa, pero nada del odio o el asco que se había imaginado.

—Recuerda, no son unos estirados —le susurró Alex a su compañera, mientras seguían al maître por el restaurante hacia la mesa donde ya estaban sentados sus padres. Como para recalcarlo, levantó la pequeña mano y la besó, para tranquilizar a su compañera. Sydney sonrió agradecida, pero no le dio tiempo de decir nada, pues llegaron a la mesa y vio los rostros de las personas que habían creado a su amante. Había parte de los dos en la mujer más joven.

—Mamá, papá, me gustaría presentaros a Sydney Davis. —Alex se encargó de las presentaciones—. Sydney, estos son mis padres, Marie y Warren Marshall.

Todos se estrecharon la mano cortésmente e intercambiaron las frases habituales antes de sentarse para pedir la cena. Ya había una botella de vino frío abierta y Warren sirvió una copa a cada joven, cosa que Sydney agradeció e inmediatamente bebió un poco.

—Sydney, Alex no nos ha contado gran cosa sobre ti —dijo Marie, iniciando la conversación más personal en cuanto pidieron la cena.

—La verdad es que no hay mucho que contar —dijo Sydney con una leve sonrisa—. Me levanto por las mañanas, voy a trabajar y vuelvo a casa por la noche.

—¿Tienes familia en la ciudad?

—No. —La rubia se preguntó cuánto debía contar a estas personas. Quería causar buena impresión, pero también quería decir la verdad. Si iba a vivir con su hija, había muchas posibilidades de que sus secretos salieran a la luz, por lo que decidió ser sincera desde el principio de lo que esperaba que llegara a ser una larga relación—. Mi hermana vive en el norte y hace diez años que no veo a mi padre. Lo último que supe era que se trasladaba a California.

—¿Y tu madre? —preguntó Marie con cautela.

—No la veo desde que tenía siete años —fue la franca respuesta, y la mujer mayor asintió al tiempo que dirigía una mirada de reproche a su hija, comunicándole a la chica con esa sola mirada que tendría que haber sido más clara con la situación de su compañera. Sydney captó la mirada y la interpretó correctamente—. No suelo hablar con la gente de mi vida privada, y las personas con las que sí hablo respetan mi intimidad y no dicen nada —dijo suavemente. Marie se sorprendió un poco al ver que la chica defendía a su hija.

—Tengo entendido que juegas al baloncesto —intervino Warren rápidamente, notando la tensión que se había creado. Quería evitar cualquier tipo de escena a toda costa, decidido a mostrar su apoyo a la situación de su hija—. ¿Te ha contado que ella jugaba en la universidad?

—Sí. —Sydney agradeció el cambio de tema. En su cara asomó una sonrisa pícara al mirar a su compañera de reojo y ver su expresión azorada—. Averigüé a mi pesar que también estuvo en la selección nacional.

—¿Cuánto dinero te sacó? —preguntó el hombre riendo.

—¿Dinero?

—Sí. —Warren no lograba disimular su regocijo ni su orgullo al mirar a su hija—. Le gusta elegir a un incauto y desafiarlo para echar un partido y así le saca todo el dinero que puede. Ni me imagino la cantidad de dinero que debe de haber ganado con este sistema.

—Me machacó en la cancha, pero no nos apostamos nada de dinero —dijo Sydney, recordando el partido que habían jugado. El hombre pareció sorprenderse y se echó a reír con ganas.

—Pues sí que le debías de gustar.

El comentario hizo que la morena se sonrojara un poco y Alex se apresuró a cambiar de tema de nuevo.

La cena resultó agradable y Sydney notó que se iba relajando. Warren tenía un agudo sentido del humor y en más de una ocasión las hizo llorar de risa al contar las hazañas de su única hija. Alex superó la humillación con elegancia.

Marie se conformó con mantenerse un poco aparte y observar, escudriñando a la pareja con sus despiertos ojos marrones. La mujer más baja era muy guapa, con esa cara en forma de corazón y esos relucientes ojos verdes que miraban a su hija con auténtica adoración. Las dos mujeres parecían muy diferentes, pero al mismo tiempo era como si encajaran a la perfección.

Hasta sus personalidades parecían complementarse, pues la comunicativa simpatía de la rubia compensaba el talante estoico de su hija. Era extraño lo bien que parecían encajar y en cierto modo eso no hacía sino aumentar su antipatía hacia la mujer menuda.

—¿Cómo fue tu infancia? —Marie volvió a dirigir la conversación hacia su invitada cuando hubo una pausa. A pesar de todo lo que se había hablado, seguían sin saber gran cosa sobre esta desconocida.

—Tuve mis problemas —confesó Sydney—. Mi padre estaba todo el día trabajando, de modo que era mi hermana la que tenía que cuidar de mí. Salíamos con sus amigos, que eran todos bastante mayores, por lo que como es lógico aprendí algunas cosas antes que la mayoría de los niños. Por suerte, no me metí en ningún problema que pudiera haberme echado a perder la vida.

Marie se dio cuenta de que la respuesta no era muy precisa. La experiencia le dijo que ahí había algo más que no se había mencionado y sintió cierta inquietud, pero sabía que no debía insistir sobre el tema. Se daba cuenta de que la mujer más joven procedía de un entorno inestable y por eso se dijo a sí misma que la chica no le convenía en absoluto a su única hija.

Al final de la cena, cuando se disponían a marcharse, Sydney decidió ir al cuarto de baño antes de partir. Se sorprendió un poco cuando la mujer mayor la siguió, pues tenía la clara impresión de que no le caía bien a Marie Marshall.

Salió del cubículo y fue al lavabo para lavarse las manos, consciente de que la madre de Alex se estaba retocando el maquillaje en el espejo. La mujer mayor era guapa, y al mirarla, Sydney se hizo una idea del aspecto que iba a tener su amante en el futuro. Sus ojos se encontraron en el espejo y la rubia se ruborizó cohibida.

—Me gustaría darle las gracias —dijo Sydney a toda prisa, sintiéndose incómoda.

—¿Por qué, querida? —Marie parecía sorprendida.

—Por decirle a Alex que siguiera lo que le indicaba su corazón. Sé lo difícil que tiene que haber sido para usted, sobre todo porque no aprueba su estilo de vida.

La improvisada muestra de gratitud era algo que no se esperaba, y por un instante la mujer mayor se quedó sin habla. Era fácil cuando no sabía qué cara tenía la persona a la que quiere Alex, pensó Marie, mirando a la chica con ojo crítico.

—Alexandria es mi única hija y hubiera preferido que se enamorara de un hombre, no de ti, pero ahora la veo más feliz que nunca, y como tú eres la causa, debería estarte agradecida...

—¿Pero? —Sydney sabía que había algo más.

—Pero no puedo evitar pensar que no eres adecuada para mi hija —dijo Marie con brutal franqueza, cediendo a sus celos—. Vienes de un entorno difícil y me temo que por ese motivo, vas a acabar haciéndole daño y eso, señorita Davis, es algo que no pienso tolerar. Quiero a Alexandria y sólo deseo lo mejor para ella, de modo que te lo advierto, si le partes el corazón, te arrepentirás.

Sin decir nada más, la mujer se volvió y salió del baño a largas zancadas, dejando a Sydney plantada ante el espejo, muda de asombro. Cerró los ojos y respiró hondo varias veces, controlando las lágrimas que amenazaban con derramarse. Se había esforzado mucho por conseguir caerles bien a estas personas y no lo había logrado. El dolor que sentía al darse cuenta de ello era increíble.

Marie se reunió con su hija fuera del restaurante, donde la chica estaba esperando con su padre a que el aparcacoches les trajera sus vehículos. Advirtió que Alex miraba por encima de ella, buscando a la mujer más menuda.

—No habría estado mal que hubieras tenido la cortesía de hablarnos un poco de tu amiga antes de presentárnosla. Nos habríamos ahorrado ciertos momentos de incomodidad —dijo la mujer secamente, distrayendo a la chica.

—Lo siento, mamá, no se me ocurrió. —Alex suspiró—. La verdad es que Sydney no habla mucho de su familia. No tuvo una infancia muy buena. Su madre abandonó a la familia cuando ella era muy pequeña, su padre era alcohólico y su hermana está en estos momentos cumpliendo cadena perpetua en la cárcel por asesinar a un patrullero. Ha tenido una vida difícil y tuvo problemas cuando era menor, pero ha enderezado su vida.

—Parece una joven muy asombrosa —dijo Marie en voz baja, disimulando apenas el sarcasmo que sentía.

—Sí que lo es —asintió Alex tomando aliento con fuerza, sin ocultar la emoción que sentía y totalmente ajena a los auténticos sentimientos de su madre.

—Me gusta, Alex —intervino Warren cuando el encargado le trajo su coche—. Será un buen miembro de la familia.

—Gracias —susurró la joven, agradecida por su aceptación.

—Me imagino lo que van a ser los almuerzos familiares a partir de ahora. —El hombre se echó a reír—. Si es tan competitiva como tú, tus hermanos lo van a pasar fatal.

Alex se echó a reír, pues sabía a qué se refería su padre. Estaba convencida de que su primera reunión acabaría sin duda con un partido de baloncesto. Sonrió al pensar en la cantidad de dinero que podría sacarles a sus hermanos. Cogió las llaves que le tendía el aparcacoches y luego besó a su madre en ambas mejillas y saludó a su padre cuando éste se sentaba al volante de su propio Mercedes. Estaba encantaba de cómo había ido la velada.

Cuando Sydney apareció, la otra pareja ya se había ido y se sintió aliviada por ello. Había tardado mucho en serenarse, pues no quería que su compañera se enterara de lo que había ocurrido.

—¿Estás bien? —preguntó Alex preocupada al ver la expresión extraña de su compañera cuando la chica se montó en el jeep.

—Sí, es que me duele un poco la cabeza —mintió Sydney, mirando fijamente al frente—. Tus padres parecen muy agradables.

—A mí me gustan —asintió la morena, riendo por lo bajo al recordar lo último que había dicho su padre.

—Te quieren mucho —continuó la rubia y se volvió para mirar a su compañera, que estaba concentrada en el tráfico de la calzada.

—Y tú les has caído bien —dijo la mujer más alta, alargando la mano libre para agarrar la mano más pequeña y estrecharla con gesto reconfortante.

Sydney no dijo nada para desmentir la afirmación, aunque sabía que no era cierta. Alex estaba convencida de que sus padres la habían aceptado y ella no iba a hacer nada para quitarle esa idea. Ya se había enfrentado a situaciones hostiles en otras ocasiones y ésta sería una más.

En la mente de Alex el encuentro con sus padres había salido mejor de lo que esperaba, aunque no tenía motivos para pensar que no iba a ser así. Quería y respetaba a su familia y sentía lo mismo por Sydney, de modo que no había motivo alguno de preocupación. Sin embargo, no se hacía tantas ilusiones con respecto al almuerzo que iba a tener con el jefe de policía.

Esperó hasta Año Nuevo para quedar con él. Sydney se había comprometido a trabajar durante las fiestas, pero así y todo lograron estar juntas, escabulléndose para subir a la azotea de la comisaría y recibir el nuevo año con una copa de champán sin alcohol y un beso. Fue una noche maravillosa a pesar del entorno y pensó que simplemente se debía a que habían estado juntas.

Apartó sus pensamientos de su compañera y se concentró en el mal trago que la esperaba. Sabía que podía mantener en secreto su relación con Sydney, pero también sabía que eso no sería justo para el hombre que había depositado su confianza en ella. Lo único que esperaba era que George no pensara muy mal de ella. Su opinión siempre le había importado mucho.

—Bueno, Alex, ¿qué te cuentas? —dijo el hombre para iniciar la conversación una vez terminaron con los saludos. Conocía bien a la joven y sabía que para que ella lo llamara tenía que tratarse de un problema muy serio. Un problema que ella no podía resolver.

—Tenemos un problema, George —dijo Alex, confirmando sus sospechas—. Estoy enamorada.

—Felicidades. —El hombre mayor sonrió divertido ante su confesión, aunque algo confuso—. Pero no veo que eso sea un problema.

Alex le sonrió crípticamente.

—El problema no es que esté enamorada, George, el problema es que estoy enamorada de un miembro de mi cuerpo de inspectores.

—Ohhh. —El rostro del hombre se fue llenando de comprensión al caer en la cuenta de la gravedad de la situación—. Eso sí que es un problema.

—Sí —contestó ella con seriedad, empujando la comida por el plato con el tenedor.

—Si me permites que te lo pregunte, ¿desde cuándo existe este problema?

—Llevamos saliendo unos tres meses.

El hombre frunció los labios pensativo y sus ojos grises se estrecharon mientras miraba a la mujer sentada frente a él. Conocía a Alex lo suficiente como para saber que no se trataba de un capricho pasajero. No habría puesto su carrera en peligro por un simple revolcón. En ese sentido, no se parecía en nada a muchos de sus colegas.

—¿Te importa que te pregunte quién es?

—Ése es el segundo problema, George. —Alex tragó con dificultad, frotándose la sien un momento. No había hablado de esto con Sydney y esperaba no traicionar la confianza de la otra mujer al revelar este secreto—. Soy lesbiana.

—Ohh... —Esto lo dejó casi tan petrificado como la primera noticia. Su mente empezó a repasar la lista de inspectores que trabajaban en la Unidad de Homicidios, preguntándose con quién podía mantener una relación esta mujer si era lesbiana. Todos los inspectores eran varones, salvo...—. Sydney Davis —dijo, pensando en voz alta.

—Sí. —La mujer asintió solemnemente, sintiendo casi alivio al confesarlo.

—Por Dios, Alex, ¿es que no sabes lo que estás haciendo? —explotó el jefe al asimilar plenamente el impacto de lo que le estaba diciendo. Intentó controlar sus emociones—. Tenemos normas que prohiben este tipo de cosas. ¿Pero en qué estabas pensando?

—No estaba pensando —reconoció Alex, preguntándose si la reacción habría sido distinta si su relación hubiera sido con uno de los inspectores varones.

—Eso es evidente —farfulló el hombre—. ¿Pero te das cuenta de lo que podría pasar si rompéis? Podría hundir al departamento.

—Sydney no es así —dijo, defendiendo a la mujer ausente. Sabía lo que podría pasar si rompían, pero confiaba firmemente en su joven amante.

—Joder, Alex, eso no lo sabes, nadie puede predecir lo que va a pasar cuando hay una ruptura —dijo George, mostrando su irritación—. Yo creía que estabas por encima de esas cosas.

—¿Por encima de qué, George, de enamorarme? —preguntó la mujer alta con rabia, incapaz de disimular el dolor que sentía por su comentario.

—No... —El hombre se dio cuenta inmediatamente de su metedura de pata—. No me refería a eso.

—¿Entonces a qué te referías?

—A todo. —El hombre agitó una mano en el aire—. Esto no es propio de ti.

—Supongo que tienes razón. —Suspiró—. Si va a ser un problema, dimitiré.

—Dios, no empieces a decir que dejas tu trabajo —continuó el hombre con el mismo tono de voz. A pesar de lo que acababa de confesar, no quería perder a la mujer. La Unidad de Homicidios nunca había estado mejor. La tasa de resolución de casos había aumentado en un cincuenta por ciento y el equipo entero de inspectores parecía contento. Hasta las quejas de la oficina del fiscal habían disminuido. No quería perder la estabilidad que la presencia de la mujer había logrado—. La trasladaremos a otro departamento.

—No. —Alex rechazó la oferta—. Sydney es buena inspectora y le gusta su trabajo. No quiero que se la castigue por esto. Si alguien se traslada, debería ser yo.

—Venga, Alex, usa el sentido común, tú eres más valiosa que ella —argumentó el jefe—. No quiero perderte.

—Pues tendremos que llegar a un compromiso —dijo la mujer—, porque si se trata de elegir entre Sydney y mi trabajo, me voy.

El hombre la miró atentamente. No pensó ni por un instante que estuviera tirándose un farol. Sabía que Alex no soltaba amenazas que no estuviera dispuesta a cumplir. Si decía que se iba, se iba.

—Vale, no nos apresuremos. ¿Cuánto tiempo hace exactamente que os veis?

—Más de tres meses —repitió Alex, y el hombre la miró atentamente.

—Debo deducir entonces que la cosa va en serio y que no es un capricho pasajero, ¿no?

—Vamos a vivir juntas —contestó sin rodeos.

—¿Lo sabe alguien más?

—No que yo sepa —replicó con sinceridad—. Hemos intentado ser discretas.

Para el hombre era evidente que lo habían conseguido. Era normal que por el departamento circularan siempre rumores de todo tipo, pero no se había comentado nada de tipo romántico sobre las dos mujeres. Tal vez fuese posible mantener callado todo el asunto.

—Si nadie sabe nada, ¿por qué me lo has dicho? —Sentía curiosidad, al darse cuenta de que la mujer podría haber mantenido su relación en secreto. Sabía que se había arriesgado mucho al comunicarle la situación.

—Te respeto, George, y no quería que esto te pillara desprevenido si alguna vez salía a la luz.

—Te agradezco la consideración —comentó con seco humor, mirándola durante largos segundos—. En contra de mi criterio, no voy a hacer nada. Eres inteligente, Alex, y me sorprende verte en una situación como ésta, pero he aprendido a fiarme de tu juicio. Voy a seguir fiándome de ti en esta ocasión y a fingir que no sé nada. Sin embargo, si ocurre algo, no sé si voy a poder protegerte.

—No espero que lo hagas —dijo la mujer.

—Te lo agradezco. —El hombre asintió y luego añadió como advertencia—: Ten cuidado, Alex, hay otras personas en el departamento que no serán tan indulgentes.

En términos generales, el encuentro no había ido tan mal como Alex se temía, y regresó a la comisaría sintiéndose más contenta de lo que esperaba. Buscó inmediatamente a su compañera, insegura por lo que la mujer más joven pensaría sobre lo que había hecho. Encontró a la rubia inspectora en el vestuario.

—¿Qué tal ha ido tu reunión con el jefe? —preguntó Sydney cuando la capitana se sentó en un banco.

—Mejor de lo que me esperaba —reconoció la mujer de más edad, y luego miró pensativa a su compañera—. Le he contado lo nuestro.

—Oh... —fue lo único que se escapó de los labios fruncidos—. ¿Y qué ha dicho?

—No le ha hecho gracia —dijo con franqueza, sintiendo una acometida de alivio. Se había imaginado una reacción algo distinta por parte de su joven amante.

—¿Va a ser un problema?

—No lo sé.

Sydney se quedó callada un buen rato mientras reflexionaba sobre esa respuesta. Sin darse cuenta, alzó la mano y se frotó un lado de la nariz, al tiempo que se le arrugaba la frente con un ceño. Era un gesto familiar y encantador, y Alex tuvo que reprimir el impulso de sonreír.

—No quiero que tengas problemas, Alex —dijo por fin la mujer más joven con un suspiro, y por un instante los ojos azules y verdes se encontraron—. Si va a ser un problema, pediré un traslado.

—No. —La capitana sonrió a su amante con ternura—. No va a hacer nada, siempre y cuando sigamos siendo discretas.

—¿Va a afectar a nuestra vida en común? —preguntó Sydney titubeando.

—Yo no permitiría que nada afectara a eso —contestó Alex sinceramente—. ¿Cuándo crees que estarás preparada para mudarte?

—Este fin de semana. —La rubia dejó que una sonrisa iluminara su rostro.

—¿Necesitas ayuda? —Alex no podía disimular sus ganas, y la sonrisa de la mujer más menuda se hizo más amplia.

—No, tú asegúrate de que hay sitio para mis cosas.

—En ese caso, será mejor que me vaya a casa y empiece a hacer sitio en los armarios. —La capitana le devolvió la sonrisa al tiempo que se levantaba, y luego añadió esperanzada—: ¿Te veo más tarde?

—Cuenta con ello —fue la solemne promesa.

Sydney se quedó mirando a su amante mientras ésta se alejaba. Estaba nerviosa y emocionada al mismo tiempo, temerosa de estar cometiendo un error al irse a vivir con Alex cuando llevaban tan poco tiempo de relación. Al fin y al cabo, nunca había vivido con nadie, y no sabía cómo se iban a adaptar a los cambios que esto supondría para la vida de las dos.

Pasó la semana sin pensar apenas en lo que estaba haciendo, pero arreglándoselas de todas formas para tomar las decisiones adecuadas. Era jueves cuando llegó a su mesa una nota curiosa. Acababa de volver de un aviso y se encontró el mensaje y el fax al lado de su ordenador.

—¿Cuándo ha llegado esto? —preguntó, mirando a los otros inspectores que había en la sala.

—Hace unas horas —dijo Norm, echándose hacia atrás en la silla—. Ese policía de Vancouver con el que hablaste por lo del caso Kennedy ha llamado para decir que te había conseguido más información sobre Lucas Andersen.

Sydney asintió y se sentó, abrió la carpeta y se tragó todos los detalles con voracidad. Por mucho que lo intentara, no lograba quitarse de la cabeza la imagen del pequeño Tommy Kennedy. Quería resolver este caso más que ningún otro. Quería atrapar al hombre que había secuestrado, maltratado y finalmente matado a ese niño. Descolgó el teléfono y marcó el número que el otro agente había incluido en el fax.

—Parecer ser que nuestro tipo tiene una cabaña apartada en las montañas de su zona —le dijo su colega canadiense tras intercambiar los saludos pertinentes—. Un pariente lejano, un primo, nos ha dado la información. Por desgracia, ha estado fuera del país hasta hace unos días y no sabía que estábamos buscando a Andersen.

—Maldita sea —murmuró Sydney, repasando ya mentalmente todas las posibilidades—. Si es cierto, entonces seguro que se ocultó allí después de secuestrar al niño.

—Y es más que seguro que ahora se esté ocultando allí —continuó el hombre del otro lado del teléfono.

—¿Les ha dicho dónde estaba la cabaña? —quiso saber ella.

—No recordaba el lugar porque sólo ha estado una vez hace mucho tiempo, pero sí que dijo que sus primos de Seattle sabían dónde estaba.

—Siempre he sospechado que Eddie Williams no nos estaba diciendo toda la verdad —suspiró Sydney, decidiendo lo que iba a hacer a continuación—. Creo que voy a hacer otra visita a los primos y esta vez no voy a ser tan amable.

—Me parece bien —asintió el hombre—. Hágame saber lo que pasa.

—Claro —le prometió la mujer antes de colgar. Echó un vistazo al reloj. Eran las seis de la mañana y el amanecer estaba empezando a teñir el cielo. No veía motivo para esperar a despertar a la pareja en cuestión.

Como era de esperar, Eddie Williams y su mujer, Alice, todavía estaban en la cama cuando aporreó la puerta de su casa. Acudió el hombre, vestido tan sólo con unos calzones blancos y una camiseta. Sin darle ocasión de decir nada, lo agarró del brazo y le dio la vuelta de un tirón, le puso unas esposas y luego se lo entregó a los dos patrulleros que esperaban detrás de ella en los escalones.

—Oiga, ¿qué pasa? —balbuceó el hombre, atónito por lo que estaba pasando.

—Queda usted detenido como cómplice del asesinato de Tommy Kennedy —replicó Sydney, indicando a los agentes que se llevaran al hombre al coche aparcado en la acera.

—Yo no le hice nada a ese niño —protestó el hombre mientras se lo llevaban.

—¿Qué está pasando? —preguntó una voz más suave, y Sydney se volvió y se encontró con la mujer del hombre que se había despertado por el jaleo.

—Su marido queda detenido como cómplice del asesinato de Tommy Kennedy.

—Mi marido no sabía nada de lo que estaba haciendo Lucas —dijo la mujer, proclamando la inocencia del hombre.

—Su marido sabía que Lucas tenía una cabaña en el vecino condado de Dade. El hecho de que no revelara dicha información me hace creer que también podría saber dónde está el señor Andersen.

—No —exclamó la mujer ahogadamente, con los ojos dilatados mientras miraba el coche patrulla donde su marido estaba sentado en el asiento trasero. En su cara se veía el pánico.

—Sí, señora Williams, su marido va a tener graves problemas si continúa protegiendo a su primo. Ahora mismo, mis superiores en comisaría están replanteándose el papel que ha tenido en todo esto. Se podría enfrentar a cargos muy graves, una acusación de asesinato, sobre todo en el caso de un niño de siete años, no es algo con lo que le convenga jugar.

—Es mentira, es todo mentira.

—No, señora, con la información que tenemos, podríamos acusarlo en firme y lo único que le va a servir de ayuda es que empiece a cooperar. Sólo así empezaremos a creer que su marido no ha estado implicado en todo este asunto.

La mujer parecía aterrorizada y sus ojos asustados estaban clavados en el hombre medio desnudo que estaba sentado en la parte trasera del coche patrulla. Volvió la mirada preocupada hacia la inspectora rubia.

—¿Puedo hablar con mi marido?

Bingo, pensó Sydney, esforzándose por no sonreír.

—Claro, adelante.


Alex llegó al trabajo temprano esa mañana. Como de costumbre, sus ojos se dirigieron automáticamente a la mesa de Sydney, y se sintió decepcionadísima al ver que estaba vacía. Tras dejar el maletín en su despacho, cruzó el pasillo para hablar con el teniente de servicio durante el turno de noche.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó con aire indiferente, hojeando los informes de incidencias de la noche.

—No, hemos estado bastante tranquilos —dijo el teniente Howe, contento de estar a punto de irse a casa—. Davis ha traído a Eddie Williams para interrogarlo sobre el caso Kennedy.

—Creía que había decidido que no tenía nada que ver —murmuró Alex, estrechando los ojos y torciendo el gesto.

—Cree que sabe más de lo que dice. Recibió un fax de Canadá sobre una cabaña que tiene Andersen en las montañas. Parece que este tipo lo sabía —dijo el teniente—. Si le interesa, lo tiene en la sala de interrogatorios número tres.

—Gracias. —Alex asintió y, tras desear un buen día al hombre, se dirigió por el pasillo a las salas de interrogatorios. Sydney salía de una de las salas justo cuando ella llegaba.

—Hola —le dijo la capitana a la mujer más joven, incapaz de disimular su tono cariñoso.

—Hola tú. —Las facciones cansadas de Sydney se iluminaron de repente al ver a la mujer más alta. Se echó hacia delante y las dos entrechocaron la frente, pues sus cuerpos necesitaban ese mínimo contacto físico.

—¿Cómo vas? —preguntó Alex, cruzándose de brazos para intentar reprimir las ganas de abrazar a la mujer más joven. Miró dentro de la sala por encima del hombro de la mujer más baja y vio a un hombre medio desnudo hundido en una silla.

—Bien —contestó la rubia, muy satisfecha de sí misma a pesar del cansancio que se estaba apoderando de todos sus sentidos—. Me ha llamado la Policía Montada de Canadá de Vancouver. Han descubierto que Lucas Andersen tiene una cabaña cerca de aquí, en el condado de Dade. He motivado al señor Williams para que nos dé un plano detallado de dónde se encuentra. Al parecer, la ha usado mucho en el pasado.

—¿Tú crees que Andersen está allí?

—Parece el sitio perfecto para esconderse —dijo Sydney encogiéndose de hombros—. En cualquier caso, estaba a punto de ocuparme de todo el papeleo necesario para ir a echar un vistazo al lugar.

—Necesitarás ayuda de la policía local —le recordó Alex pensativa.

—Sí, conozco a un tipo que trabaja ahí. Lo iba a llamar. —La rubia titubeó—. Seguramente voy a tener que ir allí mañana nada más terminar mi turno.

Alex se quedó callada mientras reflexionaba sobre la situación. Mañana era sábado y el día que habían reservado para trasladar la mayor parte de las cosas de Sydney al piso de Alex. Miró a su amante y vio la expresión pensativa de los ojos verdes que la estaban mirando.

—Escucha, prepáralo todo y luego vete a casa y duerme un poco —dijo la capitana, tomando una decisión—. Mañana iremos juntas a ese sitio.

—¿Estás segura? —preguntó Sydney, y Alex se dio cuenta de que la mujer más joven se refería a algo más que el viaje fuera de la ciudad.

—Sí. —La morena sonrió relajadamente, asegurándole a su amante que estaba contenta con la situación—. Además, si detienes a este tipo, necesitarás que alguien te ayude a traerlo.

—Me parece buena idea —asintió la mujer más menuda, agradecida de que su amante no estuviera enfadada.

—Ahora vete —la instó Alex antes de darse la vuelta y alejarse—. Llámame más tarde.

—Sí, jefa. —Sydney la saludó cuadrándose en broma.


Había un trayecto de tres horas en coche para llegar al condado de Dade, y salieron de Seattle cuando los primeros rayos del sol acariciaban el horizonte. Hacía un día inesperadamente despejado, y Alex contempló el panorama, maravillada por la belleza natural que las rodeaba. Era enero, pero estaba todo exuberante y verdísimo y el rocío soltaba destellos en la hierba bajo la brillante caricia del sol. Miró de reojo a su compañera y se le hinchó el corazón de emoción, al tiempo que sus labios esbozaban una ligera sonrisa.

Habían salido en cuanto Sydney terminó su turno oficial y ella se empeñó en conducir, porque sabía que su compañera estaba cansada tras una larga noche de trabajo. La menuda rubia iba ahora acurrucada en el asiento del pasajero, con la cabeza apoyada en la ventanilla y la cazadora bien ceñida alrededor del cuerpo. Estaba tan preciosa y tenía un aire tan inocente que Alex se moría por poder despertarse todas las mañanas y quedarse mirando a su compañera dormida. Volvió a prestar atención a la carretera.

Había tenido que insistir para convencer a la rubia de que no estaba molesta por el cambio de planes. Sabía mejor que nadie cómo iba a interferir el trabajo en su vida.

Además, sabía lo importante que era este caso para la joven y no estaba dispuesta a dejar que sus motivos personales afectaran a la forma de trabajar de la otra mujer.

Al final, Sydney se pasó durmiendo la mayor parte del viaje y luego se sintió avergonzadísima cuando su compañera la despertó por fin al llegar a su destino. Se atusó el pelo suelto con los dedos, sintiendo un cosquilleo en la piel. Miró a su compañera de reojo.

—Tendrías que haberme despertado —afirmó.

—¿Por qué? —preguntó Alex, enarcando las cejas con aire risueño—. Estabas cansada, necesitabas descansar.

—Pero te has quedado sola —protestó la rubia.

—No me ha importado —le aseguró la capitana con una sonrisa sincera—. Ha sido un viaje agradable.

Sydney recordó una vez más todas las razones por las que amaba a esta mujer.

—Te quiero —dijo simplemente.

—Lo sé —contestó Alex, sonriendo aún más.

Se reunieron con las autoridades locales y diseñaron un plan de acción antes de subir a la montaña por un recóndito camino de leñadores que se adentraba en el bosque. Todos los que componían el grupo se sentían nerviosos y expectantes cuando se detuvieron a unos cien metros de la cabaña, aparcando detrás de un espeso seto de matorrales jóvenes.

Sin hacer ruido, se desplegaron en círculo alrededor de la propiedad, avanzando en silencio hacia la apacible cabaña que se alzaba sobre una suave loma que daba a un pequeño valle. El lugar parecía vacío, pero no iban a correr riesgos, y se acercaron furtivamente y con cautela al edificio.

Sydney respiró hondo un par de veces, aspirando el aire gélido en los pulmones al tiempo que aferraba la pistola con la mano. Aunque el cielo estaba despejado y brillaba el sol, la densa vegetación y los abetos proyectaban una tenue sombra por todo el lugar. Miró a Alex y asintió con la cabeza antes de subir al porche a hurtadillas y colocarse al lado de la puerta de entrada. Llamó golpeando con fuerza la madera.

—Policía, abran —gritó para que no hubiera forma de que no la entendieran. Pero tras su grito sólo hubo silencio. Miró a su compañera y repitió el anuncio.

—Creo que está vacío —dijo Alex cuando no hubo respuesta, y asintió al patrullero que las había seguido. Se apartaron cuando el hombre subió corriendo los escalones con el pequeño ariete que se usaba para entrar en lugares cerrados.

La puerta cedió fácilmente bajo el asalto y Alex y Sydney entraron con cautela en la cabaña, con las pistolas preparadas. Con gran decepción, vieron que el lugar estaba vacío, aunque un registro minucioso reveló que había estado ocupado recientemente.

—Gracias —dijo Alex, despidiendo a los patrulleros una vez recogieron todas las pruebas que pudieron encontrar. Los hombres asintieron y regresaron a sus coches, dejando a las dos mujeres a solas.

—¿Qué opinas? —preguntó la capitana, curiosa por saber lo que se le estaba pasando a la rubia inspectora por la mente. La mujer había estado inusitadamente callada.

Sydney se dejó caer en una de las sillas y contempló el lugar con ojos cansados. Era un edificio sencillo formado por una sola habitación. Una litera y un viejo sofá eran los únicos muebles, además de la mesa y las sillas de madera del rincón. Había una chimenea en una pared y una bomba manual de agua en el fregadero.

—Creo que Williams le ha dado el soplo —contestó con amargura.

—No, yo no lo creo —dijo la mujer más alta, rechazando la idea—. Nuestro sospechoso ha estado aquí, pero hay mucho polvo, y eso indica que fue hace un tiempo.

—Me da igual —soltó la mujer más menuda, dejando escapar parte de sus emociones—. No me cabe duda de que ha estado aquí, y si Williams hubiera cantado antes, lo podríamos haber atrapado. Creo que cuando volvamos a la ciudad, voy a ir a verlo para apretarle las tuercas. Si antes ya estaba preocupado por la idea de ir a la cárcel, ahora ya se puede ir poniendo bien nervioso.

—No —decidió Alex, meneando la cabeza—. Vamos a volver a la ciudad y lo vas a dejar hasta el lunes.

Sydney levantó la vista para mirar a su compañera, que había cruzado la habitación y ahora estaba plantada justo delante de ella. Vio la expresión cauta de los ojos de su amante y suspiró. Hasta ahora había estado funcionando a base de adrenalina y la corta siesta que se había echado en el viaje de venida no había bastado para eliminar su cansancio. Asintió apagadamente con la cabeza.

—Venga, amor, vámonos, ya tenemos todo lo que podemos conseguir aquí —dijo Alex, y alargó la mano, que la otra mujer aceptó de mala gana, dejando que su compañera la pusiera en pie. Cerraron la puerta al salir de la cabaña y regresaron caminando donde tenían aparcado el coche, con la cajita de pruebas que habían recogido.

—¿Tienes hambre? Me ha parecido ver un restaurante que tenía buena pinta en el pueblo.

—Me vendría bien comer algo —murmuró la mujer más baja y como respuesta, le rugió el estómago. Alex se echó a reír—. Todavía será temprano cuando lleguemos a la ciudad, a lo mejor podemos trasladar parte de mis cosas —propuso Sydney cuando se montaron en el coche.

—No. —La otra mujer hizo un gesto negativo—. Cuando lleguemos, tú vas a descansar y mañana nos tomamos el día libre y vamos a casa de mis padres.

—Pero... —La rubia se calló y miró insegura a su compañera. Sabía las ganas que tenía Alex de que se fuese a vivir con ella y no comprendía por qué ahora lo retrasaba. Además, después del último encuentro, no estaba especialmente deseosa de volver a ver a los Marshall tan pronto—. No estarás cambiando de idea sobre lo de que vivamos juntas, ¿verdad? —preguntó titubeando, todavía muy insegura con respecto al puesto que ocupaba en la vida de esta mujer.

—No, quiero que vengas a vivir conmigo —le confirmó Alex—, pero estás cansada y necesitas tiempo para relajarte. No me voy a arriesgar a que caigas enferma por el agotamiento.

Sydney agradeció la consideración de la otra mujer y sintió una oleada de amor que le recorría todo el cuerpo. Hacía mucho tiempo, tal vez demasiado, que nadie se preocupaba conscientemente por lo que más le convenía a ella. Sabía que Alex siempre lo haría. Esa noche se acostaron temprano, pero a pesar del sueño reparador, seguía mal preparada para visitar a los padres de su amante.


La casa de los Marshall era una propiedad que daba al mar situada a las afueras de la ciudad, en un barrio muy selecto. Era un edificio grande con una verja de entrada tras la cual había un camino en curva que serpenteaba por entre altos abetos y corría paralelo a un césped perfectamente recortado.

La casa tenía tres plantas y estaba construida al estilo colonial tradicional, con ladrillo rojo y enormes columnas blancas. Se alzaba en medio de la propiedad y detrás había una pequeña rosaleda y otro césped que bajaba en cuesta hasta la playa, donde habían instalado un embarcadero en el que ahora había dos barcos amarrados.

A la derecha de la casa había un garaje para cuatro vehículos y un gran patio de cemento donde se había instalado una pequeña cancha de baloncesto. A Sydney no le sorprendió enterarse de que Marie y Warren habían diseñado todo aquello en persona.

—Es inmenso —le dijo maravillada a su compañera, abrumada por la elegancia del lugar y sintiendo que volvía a ponerse un poco nerviosa.

—Sí, bueno, teníamos que caber todos —dijo Alex, burlándose de la posición de la familia, pues no sabía qué otra cosa decir. Nunca se había parado a pensar en dónde se había criado. Para ella era simplemente su casa. Pensó en lo distinto que debía de parecerle a Sydney, que había vivido en apartamentos toda su vida.

Toda la familia estaba presente, y Alex no tenía duda de que su madre los había convocado a todos especialmente para la ocasión. No le preocupaba cómo iba a recibir su familia a su amante, pues a todos los habían educado con unos modales impecables y sabía que sus padres no tolerarían otro tipo de actitud. Aunque le daba igual, porque todos sus hermanos eran de talante liberal y nadie se lo había hecho pasar mal por su forma de vivir, aunque sabía que dos de sus cuñadas no estaban muy cómodas cuando estaban con ella.

Sydney prestó mucha atención a la presentación de los hermanos, sus mujeres y sus diversos hijos. No estaba muy segura de poder recordar todos los nombres, y de repente cobró conciencia del comentario que había hecho Christie sobre la estatura. A excepción de los niños, ella era la más bajita de la sala, y se sentía enana al lado de todos los demás. Se sentía muy intimidada y se alegró de que Alex estuviera allí cerca.

—¿Tú eres la novia de la tía Alex? —preguntó una niña cuando por fin se sentaron a la mesa del comedor.

Sydney estaba sentada entre Alex y una de las niñas mayores, una preciosidad delicada y morena de grandes ojos marrones. Recordó que la niña se llamaba Kim y que era la mayor de los tres hijos de Christie y Andrew.

—Efectivamente —contestó algo titubeante, pues no sabía si le habían explicado la situación a la niña.

—¿Te gusta? —preguntó la niña muy seria.

—Muchísimo. —Sydney sonrió dulcemente y la niña respondió sonriendo a su vez.

—Me alegro —afirmó la niña, y luego la observó atentamente un momento antes de echar una mirada furtiva por toda la mesa. Se acercó y Sydney la imitó automáticamente, escuchando atentamente cuando la niña continuó sus observaciones en un susurro conspirador—. Creo que eres simpática y mucho más guapa que mis otras tías, salvo la tía Alex, que creo que tiene mucha suerte de que seas su novia.

—Gracias —dijo Sydney balbuceando un poco, pasmada y un poco cortada por el cumplido.

—¿Estás bien? —preguntó Alex al ver la cara sonrojada de su amante.

—Sí —asintió la rubia—. Pero creo que el resto del mundo va a tener problemas. Esta sobrina tuya es toda una seductora. Me acaba de decir que le parezco simpática y mucho más guapa que sus otras tías, a excepción de ti, por supuesto.

—Tiene razón —rió Alex, y luego miró al otro lado de su compañera para ver a la niña, que las estaba observando fascinada. Señaló a su sobrina agitando un dedo delgado como advertencia en broma, con los ojos azules chispeantes de risa—. Sydney es mi novia, no intentes robármela.

La niña se sonrojó, pero se echó a reír, y Sydney supo que si el resto del día acababa resultando un desastre, al menos había hecho una amiga. Por algún motivo, la aceptación de la niña hizo maravillas con su confianza y se sintió más segura de sí misma y de la situación.

La comida transcurrió relajadamente, con mucho ruido y conversaciones interesantes. No tenía nada que ver con lo que se había imaginado Sydney, que observaba fascinada la forma de relacionarse de las diversas personas. Todo el mundo tenía oportunidad de expresar su opinión y sus puntos de vista eran respetados, aunque pudieran encontrarse en minoría.

Sydney consiguió relajarse y divertirse y charló agradablemente con Christie, que estaba sentada al otro lado de su hija, aunque era consciente en todo momento de la presencia de la señora Marshall, sentada a la cabecera de la mesa sin dejar de observar.

Cuando terminaron de comer, se retiraron al salón, donde hubo una animada conversación sobre los equipos deportivos locales. Sydney no supo cómo ocurrió, pero de repente se encontró metida en medio de un enfrentamiento entre hermanos.

—Eh, un momento. —Intentó evitar que su compañera aceptara el desafío, pero en cambio notó una mano cálida en el brazo. Se volvió y se encontró a Christie a su lado sonriendo con guasa.

—Olvídalo, querida, no tienes ni la más mínima posibilidad de lograr que cambie de idea —dijo la rubia más alta con una sonrisa. La mujer señaló al grupo de hermanos—. Yo nunca he visto gente más competitiva, y Alex es la peor. Creo que es por ser la pequeña y la única chica. Ha tenido que crecer compitiendo con ellos en todo.

—Christie y yo contra Sydney y tú —se oyó la voz de Andrew por encima de las demás.

—De acuerdo —asintió Alex, levantándose de la silla.

—Ni hablar. No me voy a poner a dar saltos por la cancha así vestida —interrumpió Christie, señalando la delicada falda que llevaba. Miró a Sydney y le guiñó un ojo.

—¿Esto ya ha pasado? —susurró Sydney con curiosidad.

—Más veces de las que quiero recordar —suspiró la otra mujer, y luego sonrió, se acercó y le dijo en un susurro que sólo pudo oír ella—: Por eso ahora me pongo vestido cuando venimos a estas comidas informales.

—Muy bien, pues juega con Charles —le dijo Alex a su hermano, que se la quedó mirando boquiabierto.

—Venga ya, hermanita, no tengo nada contra Sydney ni contra ti, pero eso no es justo.

—¿Estás haciendo un comentario despectivo sobre Sydney y yo? —preguntó Christie con aire críptico, mirando a su marido de hito en hito.

—No, no, no... —Andrew se dio cuenta rápidamente de su error y miró a su mujer con aire suplicante—. No es por ofender a nadie, pero Charles y yo jugábamos equipos oficiales cuando estábamos en la universidad.

—Yo también —le recordó la alta rubia a su marido enarcando una ceja.

—Sí, pero venga, cielo, tú sabes que no eres tan buena como Charles —dijo el hombre, intentando suavizar la situación—. No sería justo porque, a fin de cuentas y sin ánimo de ofender, Sydney ni siquiera ha jugado baloncesto universitario.

—No, pero estamos dispuestas a correr el riesgo —dijo Alex con una mirada taimada a su amante—. ¿Qué nos apostamos? A las dos nos gustaron esas entradas para los Sonics, ¿qué tal un abono de temporada para el año que viene?

—Me parece razonable, y a cambio, si ganamos nosotros, vosotras me pagáis el abono del año que viene —dijo Andrew, y Alex asintió.

Sydney se quedó mirando mientras los dos hermanos se estrechaban la mano para sellar el acuerdo. Miró por la habitación y vio las sonrisas de los demás y la expresión de triunfo del hombre. Se preguntó en qué lío las había metido su amante.

—Alex, ¿tú sabes lo que cuesta un abono para los Sonics? —le susurró a su amante cuando la mujer más alta se la llevó de la habitación.

—Sí —asintió la capitana con un brillo calculador en los ojos—. Pero no tengo la menor intención de pagarle el abono a nadie.

—Pero si perdemos...

—No vamos a perder. —La morena estaba muy segura y vio la expresión dubitativa de los ojos de su compañera más baja. Se detuvo y se la llevó a un rincón tranquilo, consciente de que los demás estaban cogiendo los abrigos para trasladarse fuera a ver el partido—. Te olvidas de que yo soy la única que sabe cómo juegan todos los presentes. Andrew no te ha visto jugar nunca.

La implicación de lo que estaba indicando la mujer más alta hizo que sintiera una oleada de calor por todo el cuerpo y sacudió la cabeza. Alex se echó a reír por lo bajo y luego agachó la cabeza y atrapó sus labios en un beso apasionado.

—¿De verdad piensas que soy tan buena? —tuvo que preguntar.

—Somos tan buenas —corrigió Alex—. Por separado puede que no funcionemos tan bien, pero juntas somos un equipo invencible.

—¿Y la ropa? —preguntó la mujer más menuda, y la respuesta fue otra carcajada.

—Tengo nuestras bolsas en el jeep.

—¿Sabías que iba a pasar esto? —la acusó Sydney, poniéndose en jarras e intentando poner cara de furia, pero incapaz de hacerla durar.

—Lo sospechaba. —La otra mujer sonrió y luego alargó la mano y le revolvió el pelo rubio—. Venga, vamos a cambiarnos y demostrarles lo que valemos.


Sydney se paseó por la pequeña cancha botando y lanzando el balón a canasta para aclimatarse. Miró a Alex. Las risas de antes habían quedado sustituidas por una expresión competitiva, expresión que reconocía de sus propios partidos. Volvió la cabeza y miró a los dos hombres altos que estaban calentando al otro lado de la pequeña cancha. Esperaba que Alex tuviera razón. Ya había confiado en ella antes y ahora confiaba en ella de nuevo.

Lawrence se ofreció a hacer de árbitro y hubo muchas burlas y chirigotas amables cuando los llamó al centro de la cancha para establecer las reglas. Y entonces, con un toque de silbato y un lanzamiento al aire, empezó el partido.

A pesar de la diferencia de estatura entre los dos equipos, estaba siendo un encuentro sorprendentemente igualado, en el que ambas partes iban marcando canastas por igual. Hacía varios años que los hombres no jugaban en serio, pero su habilidad era tal que Sydney se dio cuenta de que debían de haber sido excelentes jugadores cuando eran más jóvenes. Sin embargo, ella tenía una ventaja sobre ellos, que era su rapidez, cosa que Alex aprovechaba con inteligencia.

Se intercambiaban insultos simpáticos y comentarios que hacían reír y aplaudir a los espectadores situados en las bandas. Cuando llegó el descanso, había empate en el marcador. Alex y Sydney se quedaron juntas en un lado de la cancha, bebiendo una jarra de agua que les había traído Kim de la casa.

—Gracias. —Sydney le sonrió con aprecio, y la niña se sonrojó antes de salir corriendo hasta su madre, que estaba sentada en una tumbona de jardín al lado del garaje.

—Ya has hecho otra conquista —dijo Alex riendo, y su amante se ruborizó.

—Está siendo un partido muy igualado —comentó la mujer más baja, cambiando de tema.

—Qué va. —La mujer más alta meneó la cabeza—. Sólo estamos entrando en calor.

—Tal vez tú, pero yo estoy dando todo lo que tengo. —La rubia sacudió la cabeza—. ¿Por qué estás tan segura?

—Porque conozco a mis hermanos —dijo la mujer más alta riendo—. Puede que todavía conserven la habilidad, pero no están en forma. Ya están empezando a cansarse.

—¿Y tú lo sabías? —preguntó la inspectora más joven con astucia.

Alex se encogió de hombros y no pudo evitar echarse a reír de nuevo. Sydney le dio un manotazo travieso a su amante en el brazo, cuyo resultado fue que la otra mujer le revolvió el pelo rubio en broma.

—Qué mala eres.

—Oye, yo no puedo evitar que tengan un ego tan hinchado que todavía se piensan que son unos críos —protestó la morena.

—No son los únicos que tienen un ego hinchado.

—¿Estás insinuando que soy arrogante? —preguntó la capitana, fingiendo ofenderse.

—Chula te describe mejor —dijo Sydney, sofocando una carcajada—. Pese a lo cual, no sé por qué has pensado que podemos vencerlos.

—Porque creo en nosotras —dijo Alex en voz baja y con una sonrisa seductora—. Charles y Andrew son dos personas que juegan juntas, pero tú y yo somos un equipo. Un buen equipo que seguirá junto mucho tiempo.

—¿Eso es una promesa?

—Ya lo creo.

—Te quiero. —Sydney meneó la cabeza, incapaz de dejar de sonreír, y Alex se echó a reír, abrazó a la mujer más menuda y la estrechó con fuerza, dejando que todo el amor que sentía se transmitiera a su compañera.


Marie se cerró mejor el abrigo. Normalmente no salía a ver estos desafíos entre hermanos, pero sentía curiosidad. Sabía que su marido fomentaba estos encuentros amistosos, pues pensaba que contribuían a dar fuerza de carácter.

—Creo que esta vez Andrew ha calculado mal —dijo el hombre mayor riendo, y su mujer lo miró con curiosidad.

—¿De verdad crees que Alex y su amiga van a ganar?

—Sí. —Warren sonrió, lleno de orgullo por su única hija—. Sydney juega bien y se ha estado ocupando de Charles estupendamente. Alex y ella forman un buen equipo, se complementan.

Marie no dijo nada y volvió a prestar atención al partido, que se había reanudado. No era una gran aficionada al deporte, pero como había sido muy importante en la vida de sus hijos, había aprendido a seguir el juego. Observó con ojo crítico, pensando en lo que sabía y lo que había dicho su marido. Era cierto que las dos mujeres jugaban bien juntas, pues cada una sabía por instinto dónde estaba la otra en la cancha. Una vez más, sintió una punzada de celos.

Estaba orgullosa de Alex. Siempre se había enorgullecido de los logros de la chica, aunque había esperado a menudo que eligiera un camino distinto en la vida. Siempre había albergado grandes esperanzas para su única hija, y el golpe más demoledor llegó cuando Alex anunció que era homosexual.

Había sido el golpe definitivo para su relación, y aunque intentaba enfrentarse de manera positiva a toda la situación, le dolía. No podía evitar preguntarse qué había hecho mal o si había algo que pudiera haber hecho de otra forma. Le costaba desprenderse de la idea de que la culpa era suya en cierto modo.

Dejó de pensar en eso y se concentró en el partido.


Sydney no creía tener energía suficiente para mantenerse a la altura de los otros, pero a medida que se alargaba el partido, se fue sintiendo más fuerte, siguiendo el ritmo de su compañera, quien era evidente que poseía reservas que nadie más tenía. En más de una ocasión lanzaba un pase a su amante y luego se quedaba mirando maravillada cuando Alex hacía un ágil movimiento con el que superaba a sus hermanos y marcaba canasta. No costaba ver que su compañera gozaba con este tipo de competición.

—¿Cómo vas? —preguntó Alex, acercándose tras completar un gancho ejecutado a la perfección.

—Sigo aguantando. —Sydney sonrió, maravillada por su compañera, y la mujer más alta se echó a reír, empujó ligeramente con la cadera a la mujer más baja y luego ocupó su posición.

Marie vio este gesto íntimo y se quedó sin aliento al darse cuenta de algo que no había notado en su anterior encuentro. Veía, como en el restaurante, una energía invisible entre las dos que las unía de una forma especial. Eran las miradas íntimas y las tiernas caricias que se dirigían mutuamente. Era como mirar a dos personas que estaban muy enamoradas, y la mujer mayor cayó en la cuenta de una cosa que no había entendido hasta ahora.

Le había preocupado que Alex estuviera más comprometida emocionalmente en esta relación, pero de repente tuvo la leve sospecha de que era al revés. Se sintió avergonzada de cómo había tratado a la chica y esperaba encontrar una forma de solucionarlo.

Cuando Lawrence dio por finalizado el partido, ambas mujeres ganaban por bastantes puntos, y para celebrarlo, Alex abrazó a su compañera estrechamente y besó a su amante de lleno en los labios, sin importarle que todos estuvieran mirando. Las mujeres se ruborizaron y los hombres se echaron a reír.

—Enhorabuena, chicas. —Warren se acercó y abrazó a ambas jóvenes, guiñándoles un ojo—. Le he ganado cincuenta pavos a Lawrence.

—¿Pero es que aquí nadie hace otra cosa que no sea apostar? —preguntó Sydney, meneando la cabeza con asombro.

—Así es todo más interesante —dijo el hombre mayor riendo, y volvió a abrazar a su hija—. Hacéis un buen equipo. Espero que no tengáis pensado deshacer esta combinación en algún momento.

—No, papá. —Alex sonrió y rodeó a su compañera más menuda con un brazo posesivo—. Tengo intención de quedarme con ella todo el tiempo que me quiera.

—Bien. —El hombre les dio a las dos una palmada en la espalda y luego se fue a hablar con sus hijos derrotados, que se acercaban con timidez.

—Me la has jugado, hermanita. —Andrew alargó la mano y la mujer más alta se la estrechó, para sellar que no había mala sangre por el partido. Se volvió hacia Sydney—. Tendría que haberme imaginado que algo se cocía al ver que Alex estaba tan ansiosa de aceptar mi desafío. No juega a menos que piense que puede ganar. Siento haberme equivocado contigo, eres una jugadora estupenda.

—Tengo una buena compañera. —La mujer más baja miró a su amante, que tenía los ojos relucientes.

—No ha sido sólo ella —les aseguró el hombre—. Llevo años viendo jugar a Alex y créeme, nunca ha jugado tan bien como ahora. Creo que se debe a tu influencia, pareces adelantarte a sus movimientos, mejor de lo que he podido hacerlo yo en toda mi vida.

Sydney se sonrojó por las alabanzas y hundió la cara en el pecho de su amante. Alex se echó a reír y abrazó a la mujer más menuda, estrechándola con fuerza y levantándola del suelo.

—Sabes, hermanita, tenía mis dudas sobre tu relación con Sydney —confesó Andrew más tarde, cuando ya estaban de nuevo en la casa. Se habían duchado y cambiado de ropa y ahora estaban esperando a que se sirviera la comida—. No me parecía lo bastante buena para ti, pero creo que nunca te he visto así.

—Ella saca lo mejor de mí —dijo Alex en voz baja, apenas capaz de disimular lo herida que se sentía por lo que había dicho su hermano.

—Hacéis una pareja estupenda —continuó él, sin darse cuenta de su error, y luego se echó a reír—. Jo, nunca te he visto darle a nadie tantos abrazos como hoy. ¿Qué ha sido de eso de "se mira, pero no se toca"?

—Ella lo ha cambiado —susurró su hermana.

—Ya lo veo. —Andrew sonrió y luego hizo una cosa que nunca hasta entonces se había atrevido a hacer. Se inclinó y le dio un abrazo—. Buen partido, hermanita, te mandaré los abonos, pero no creas que hemos terminado. Quiero la revancha.

—Cuando quieras —sonrió Alex—. Ah, y nada de abonos detrás de la canasta.

Esta vez fue el hombre quien se echó a reír mientras se alejaba. Ella sonrió aún más al ver que su hermano interceptaba a Sydney y le daba un abrazo inmenso, levantándola en volandas del suelo. Estaba feliz de que su familia pareciera aceptar a su amante. Era algo que deseaba muchísimo.

—Andrew no es el único que debe disculparse. —Alex se volvió y se encontró a su madre a poca distancia. No se había dado cuenta de que la mujer de más edad estaba allí—. Parece que yo también me he equivocado con vuestra relación.

—¿Cómo? —La mujer más joven se puso tensa, pues no sabía a qué se refería su madre, y la mujer mayor se quedó un poco sorprendida.

—¿Sydney no te ha hablado de nuestra pequeña charla en el restaurante?

—No. —Alex negó con la cabeza y vio que su madre respiraba hondo. Marie deseó haber mantenido la boca cerrada, pero creía que la chica habría dicho algo.

—Cuando fuimos juntas al baño, no estuve muy amable con ella —dijo la mujer mayor, confesando la verdad—. No se lo merecía. Creo que pagué mis celos con ella.

—¿Celos? —Alex se quedó pasmada, y se volvió para mirar a Sydney, que estaba enzarzada en una animada conversación con sus hermanos mayores. Se volvió de nuevo hacia su madre.

—Sí. —La mujer mayor suspiró—. Siempre he querido tener una relación más estrecha contigo, pero por lo que sea, eso nunca ha ocurrido. Entonces te vi con Sydney y me entraron celos porque ella estaba más cerca de ti de lo que he podido estar yo nunca.

—Somos amantes, mamá —le recordó la mujer más joven con un tono algo azorado.

—Sois más que eso —objetó Marie—. Sois amigas. Vosotras tenéis más en común de lo que hemos tenido siempre tú y yo y supongo que por eso sentía que te había perdido por completo.

—No voy a desaparecer y... —Alex se calló, mirando un instante a su pequeña amante—. Sé que a Sydney le gustaría tener una madre. En realidad nunca la ha tenido, y creo que lo echa de menos.

—No sé si ahora podrá confiar en mí —dijo la mujer mayor con sinceridad—. Esa noche en el baño me dio las gracias por decirte que siguieras los dictados de tu corazón y yo se lo pagué diciéndole que ni se le ocurriera hacerte desgraciada. No sé si me lo podrá perdonar.

—Te sorprendería ver lo generosa que puede llegar a ser Sydney —objetó la mujer más alta—. Cuando nuestra relación acababa de empezar, la traté fatal, pero ella me perdonó y ahora me alegro de que lo hiciera.

—Y yo —dijo Marie con sinceridad, advirtiendo que la otra mujer se estaba acercando a ellas—. Será mejor que vaya a ver si la comida está lista.

—Antes de hacer eso, ¿por qué no le pides disculpas a Sydney? —propuso Alex suavemente, alargando la mano y posándola en el brazo desnudo de su madre. Marie miró a su hija y se dio cuenta de lo importante que era para ella. Asintió y esperó a que la otra mujer se reuniera con ellas, respirando hondo para que se le calmaran los nervios.

—Enhorabuena —dijo con una leve sonrisa cuando la rubia estuvo con ellas—. Has jugado muy bien.

—No tan bien como Alex. —Sydney miró a su amante con admiración y luego miró a la mujer mayor—. Pero gracias.

—Le acabo de decir a Alexandria que te debo una disculpa —continuó Marie, tomando nota de la naturalidad con que el brazo de su hija rodeaba los hombros de la mujer más baja—. No te merecías el trato que te di esa noche en el restaurante. Había prometido que jamás intervendría en la vida de mis hijos y eso es exactamente lo que hice.

—No pasa nada. —La mujer más menuda se mordió preocupada el labio, cambiando nerviosa el peso de un pie a otro. No tenía el valor de mirar a su amante—. Comprendo cómo se debía de sentir y sé que quiere mucho a Alex.

—Creo que tú también —dijo Marie, y luego se volvió y se alejó. Se quedaron en silencio mientras se iba y luego Alex dio la vuelta a su amante para poder mirarla cara a cara.

—¿Cómo no me dijiste nada sobre lo que había pasado en el restaurante? —quiso saber la mujer más alta.

—No me pareció importante. —Suspiró, pasándose una mano por el pelo rubio—. Y pensé que te podías llevar un disgusto. No fue para tanto. Ella sólo quería protegerte.

—Y mi trabajo es protegerte a ti —dijo la morena muy seria—. Quiero saber si alguien te trata mal, sobre todo si es mi familia. Prométeme que la próxima vez que ocurra algo me lo dirás.

—La próxima vez que ocurra algo te lo diré —contestó la mujer más menuda, y Alex la abrazó.

—¿Te apetece venir a mi casa a ver una película?

—Incluye palomitas y tenemos trato —dijo Sydney, sonriendo ampliamente.

Varias horas después, las dos mujeres estaban acurrucadas en el sofá del estudio. La mujer más menuda estaba pegada a su compañera más alta, con un enorme cuenco lleno de palomitas sobre el estómago. Se habían puesto los pijamas antes de poner el vídeo. Tras discutir un poco, decidieron ver una comedia romántica.

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó Alex, cogiendo un puñado de palomitas del cuenco.

—Por invitarme a pasar el día contigo —dijo Sydney—. Lo he pasado muy bien.

—Ha sido un día muy agradable —dijo la mujer más alta riendo—. Lo vamos a pasar bien el año que viene.

—No lo vas a obligar a pagar, ¿verdad? —dijo la rubia sorprendida.

—Por supuesto que sí —gruñó Alex, y su compañera se echó a reír.

—Eres tan mala como decía tu padre —dijo Sydney, meneando la cabeza, y se metió otra palomita en la boca, notando el movimiento del cuerpo de su compañera al reírse—. Me cae muy bien tu familia.

La mujer más alta se quedó callada largos segundos y luego de repente apartó el cuenco y lo puso en la mesa del café. Antes de que la rubia supiera qué estaba pasando, su compañera la agarró por los hombros y le dio la vuelta para mirarla a la cara.

—Ya no es sólo mi familia —dijo suavemente cuando sus ojos se encontraron—. Ahora también es tu familia, Sydney.

La mujer más joven no supo qué decir, de modo que hizo lo único que se le ocurrió que podía transmitir la emoción que sentía. Se echó hacia delante y besó a su compañera, y como respuesta recibió un estrecho abrazo.

En total, el día había resultado mejor de lo que las dos se esperaban, y esa noche regresaron al piso y se pasaron varias horas viendo películas y comiendo palomitas antes de retirarse, conscientes de que al día siguiente Alex tenía que estar en su despacho temprano.


PARTE 9


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