Capítulo 7


A Sydney siempre le había gustado la Navidad, pero este año estaba deseando que llegara de forma especial. Por primera vez en años tenía a alguien en quien pensar y no estaba dispuesta a dejar que nada le echara a perder el entusiasmo, ni siquiera el hecho de haberse ofrecido voluntaria para hacer dobles turnos durante todas las fiestas. Estaba segura de que de algún modo Alex sacaría tiempo para que pudieran estar juntas.

Compró varios regalitos que sabía que le iban a gustar a Alex, pero estaba buscando esa cosa especial y única capaz de comunicar todo el amor que sentía. Siempre que le era posible, salía a recorrer las tiendas cercanas en busca del regalo perfecto, pero hasta la semana previa a la Navidad no encontró lo que quería.

Estaba en el escaparate de una pequeña joyería del mercado del centro y se pasó largo rato fuera, admirando su sencilla belleza. Sólo con ponerle la vista encima supo que era perfecto para la mujer que amaba y le daba igual lo que costara. Fue a trabajar esa tarde sintiéndose muy satisfecha de sí misma e incapaz de dejar de sonreír al imaginarse la reacción de su compañera.


Lo único que Alex detestaba de la Navidad era que la obligaba a salir y pasar horas y horas en medio de los empujones del gentío buscando los regalos adecuados. En más de una ocasión les había dado dinero a sus sobrinos para evitar tener que perder el tiempo buscando regalos, pero este año le apetecía de verdad enfrentarse a la tortura y atribuía este cambio a su joven amante.

Recorrió encantada las diversas tiendas buscando un regalo especial. Ya le había comprado a Sydney varios libros y una camiseta de baloncesto de los Sonics, pero ninguna de estas cosas expresaba de verdad la importancia de la presencia de la mujer en su vida.

Al final de un día frustrante, cuando volvía a casa tras una reunión por la tarde, vio por el rabillo del ojo una tienda de arte que parecía interesante. Aparcó junto a la acera y entró para investigar la pequeña tienda y una hora más tarde salió absolutamente feliz al haber descubierto lo que le parecía el regalo perfecto. Envolvió sus regalos, muy contenta con sus compras y ardiendo en deseos de poder dárselos a su compañera.


Las fiestas daban más trabajo que de costumbre a la Unidad de Homicidios. Era la época del año en que la humanidad hacía gala de sus mayores actos de bondad y del lado más oscuro de su naturaleza. Las tensiones de las fiestas traían consigo un brusco aumento de la violencia doméstica que a menudo acababa en asesinato. Una simple discusión, alimentada por el alcohol, se transformaba en un estallido de rabia incontrolada que a menudo acababa con la muerte de alguien. Por suerte, estos eran los casos en los que los sospechosos eran identificados y arrestados rápidamente.

Cuando Sydney no estaba fuera atendiendo un aviso, estaba en su mesa estudiando los casos más importantes. El caso de Tommy Kennedy, el niño de ocho años, seguía atormentándola. Había usado las pruebas recogidas en el sótano para construir un sólido caso contra el sospechoso, un hombre que había desaparecido misteriosamente.

Ni siquiera las visitas continuas a sus primos lejanos lograban obtener una pista segura sobre el paradero de Lucas Andersen. Las llamadas relacionadas con el caso habían cesado y hasta los periódicos habían pasado a un nuevo tema de escándalo.

El asesinato de Phu Vang Tu ya estaba metido en el cajón de los casos sin resolver. Todo el mundo estaba de acuerdo con su análisis, en el sentido de que era un caso irresoluble. Sin embargo, Alex había logrado convencer al fiscal para que aceptara el trato que Sydney había hecho con Van Phan con respecto al asesinato de Hootie Carleton. Dos pandilleros sin importancia se ofrecieron como testigos y firmaron declaraciones independientes diciendo que Phu Vang Tu había matado al miembro de la banda negra. En general, estaba siendo un año bastante bueno, porque salvo por esos dos casos, todos los asesinatos que llevaba estaban resueltos.


Alex escuchaba impaciente mientras el representante de la oficina del fiscal se quejaba de un fallo que se había cometido durante la investigación de un caso, por lo que ahora el sospechoso iba a quedar en libertad. Era un degraciado incidente y el inspector implicado recibiría una reprimenda, pero en términos generales no estaba demasiado preocupada.

Los inspectores de la Unidad de Homicidios habían empezado a dar claras muestras de mejoría en su actitud hacia el trabajo y eso se reflejaba en la calidad de sus investigaciones. El trabajo diligente había dado sus frutos con casos más firmes, por lo que el fiscal tenía menos de que quejarse. Hoy esperó a que terminara de hablar antes de asentir cortésmente y colgar. No estaba de humor para seguir escuchando lloriqueos.

Al colgar el teléfono levantó la mirada y vio que Sydney estaba en su mesa. Ya fuese por costumbre o para poder pasar más tiempo juntas, la joven trabajaba más horas. A Alex no le importaba levantar la mirada y ver allí a la otra mujer, de hecho le resultaba curiosamente reconfortante, pero le preocupaba que su amante corriera el riesgo de quemarse, que era un motivo importante de preocupación en todas las Unidades de Homicidios.

Suspiró, dando vueltas a un bolígrafo entre los dedos, y reclinó la cabeza en la silla. Sólo eran las cinco de la tarde y Sydney acababa de comenzar su turno, lo cual quería decir que la inspectora no saldría hasta mucho más tarde. Si se lo pedía, tal vez podrían quedar y pasar unas horas juntas antes de que la mujer más joven tuviera que irse a casa a dormir. Era un apaño incómodo e insatisfactorio para las dos.

En las últimas semanas se habían esforzado mucho por verse, sacando tiempo para estar juntas, ya fuera frente a frente en la cancha de baloncesto varias veces a la semana o pasando la noche en casa de una de las dos. Hasta habían conseguido comer varias veces juntas cuando tenían el mismo turno. Pero nunca parecía suficiente.

A pesar del poco tiempo que pasaban juntas, Alex notaba que sus sentimientos eran cada vez más fuertes. Sabía sin la menor duda que quería a Sydney, que la quería como no podría querer a nadie más. Pero lo que deseaba era más. Más que unas pocas horas robadas o alguna que otra noche de pasión. Estaban muy cerca, pero al mismo tiempo muy alejadas.

Entonces cayó en la cuenta con sorprendente claridad, y Alex supo a ciencia cierta lo que deseaba. Eran todas esas cosas que tenían sus hermanos, un bonito hogar e hijos. Y lo que era más importante, lo quería con Sydney. Así de sencillo.

Sus ojos volaron hacia la rubia, con el corazón acelerado. Quería poder vivir juntas y, una vez tomada esa decisión, supo lo que había que hacer. Cogió el teléfono y marcó un número, dando una serie de instrucciones cuando contestaron al otro lado de la línea. Una vez arreglado todo, se levantó y salió de su despacho.

—Hola, ¿qué tal vas? —preguntó, acercándose a la mesa de la mujer más menuda y poniéndole la mano en un hombro esbelto.

Sydney sonrió a su amante con cansancio, apoyándose en la caricia para que por un breve instante sus cuerpos entraran en contacto. No se había dado cuenta de lo difícil que iba a resultar mantener la discreción, y cuanto más estaban juntas, más difícil era.

—Muy ocupada. —La mujer más joven suspiró, sintiendo la pérdida cuando su amante se apartó.

—¿A qué hora sales esta noche? —preguntó Alex en voz baja para que nadie las oyera.

—Estoy aquí hasta las diez —contestó Sydney y luego sonrió—. Siempre y cuando, claro está, nadie se las apañe para matar a alguien.

—Mmm —asintió la mujer alta, cruzándose de brazos—. ¿Y trabajas mañana y pasado mañana?

—Sí, de siete a once —contestó Sydney, preguntándose por qué se lo preguntaba la otra mujer cuando ya conocía la respuesta.

—¿Te apetece salir a cenar esta noche?

—Claro.

—¿No estás demasiado cansada? —preguntó Alex, preocupada de verdad. Sabía que su amante estaba haciendo turnos extra desde el principio de la semana.

—Nunca estoy demasiado cansada para estar contigo —Sydney sonrió, con una expresión que le tocó a la mujer más alta hasta lo más hondo del corazón.

—Te recojo fuera a las diez.

—¿Prometes llevarme a casa y meterme temprano en la cama? —preguntó la rubia inspectora con una sonrisa pícara.

—Cuenta con ello. —La capitana le guiñó el ojo y luego se irguió y cruzó la sala para hablar con otro miembro del grupo.

La sonrisa de Sydney se hizo más amplia al mirar a la mujer que se alejaba. Con un suspiro, volvió a prestar atención a los papeles diseminados por su mesa, con la esperanza de que los próximos días fuesen tranquilos.

Esa noche, a las diez en punto, se reunieron fuera de la comisaría. Sydney se metió de un salto en el coche y se inclinó sobre el asiento para darle un beso apasionado a su amante que sólo sirvió para recordarles lo mucho que se deseaban.

Alex no hizo caso del nudo que se le formó en las entrañas y del calor que le inundaba las zonas bajas y se concentró en cambio en alejarse con el coche de la comisaría. Había reservado mesa esa noche en un restaurante de lujo, que era el ambiente perfecto donde anunciar sus intenciones.

—Señorita Marshall, es un placer verla esta noche —le dijo entusiasmado el maître a la mujer alta, echando una mirada curiosa a su pequeña y rubia acompañante—. Su mesa está preparada.

Alex correspondió al saludo con un seco movimiento de cabeza y luego le hizo un gesto a Sydney para que siguiera al flaquísimo hombre por el restaurante, escasamente iluminado, hasta una mesa de un rincón. Estaba aislada del resto de los comensales y les daba la privacidad que quería Alex.

—Les servirán la comida inmediatamente. —El hombre se inclinó y luego se alejó apresuradamente.

—¿No nos dan la carta? —preguntó Sydney asombrada, y su compañera sonrió amablemente.

—Espero que no te importe, pero me he tomado la libertad de encargar la comida por adelantado —dijo la morena con tranquilidad, y Sydney no pudo evitar notar lo cómoda que parecía su amante en este ambiente.

—Depende de lo que hayas pedido. —La rubia miró a su compañera con desconfianza. La respuesta fue una sonrisa seductora.

—Es un plato sencillo de pollo con una salsa especial acompañado de patatas fritas —dijo Alex, y la mujer más menuda se sonrojó.

—Seguro que se echaron a reír cuando pediste las patatas —murmuró.

—No, saben muy bien que no deben. Además, están acostumbrados a recibir encargos raros. —La mujer se encogió de hombros con indiferencia.

—¿Tú vienes aquí a menudo? —preguntó Sydney, recorriendo el local con la mirada y advirtiendo que casi todas las demás mesas estaban ocupadas por parejas o grupos de cuatro—. ¿Por eso te conoce el maître?

—Éste es uno de los restaurantes preferidos de mis padres —explicó Alex, sabiendo que su compañera sentiría curiosidad por su entorno—. Cuando salimos, normalmente acabamos viniendo aquí.

—Ah. —La rubia asintió y luego se puso a jugar con los cubiertos hasta que la morena se echó hacia delante y puso la mano encima de la más pequeña, deteniendo su movimiento.

—Me estás poniendo nerviosa —dijo con una sonrisa tierna—. ¿Qué te pasa?

—Que no estoy acostumbrada a restaurantes tan lujosos y tengo la extraña sensación de que es el tipo de sitio al que se viene para anunciar algo dramático. —Sydney se encogió de hombros y luego miró a los intensos ojos azules. Se tragó el nudo que tenía en la garganta, incapaz de disimular el pánico de sus propios ojos verdes—. No me vas a dejar, ¿verdad?

—No. —La otra mujer se echó a reír ante el miedo de su amiga y le apretó la mano para tranquilizarla, incapaz de esperar a que les sirvieran la comida. Había planeado pedírselo entonces, pero ahora descubrió que no podía esperar. Se metió la mano en el bolsillo—. Tengo una cosa para ti.

Sydney se quedó mirando cuando la otra mujer puso una cajita encima de la mesa. Contempló el objeto un buen rato y luego miró a su compañera. El corazón le latía con tal fuerza en el pecho que estaba segura de que todo el restaurante lo oía.

—¿Qué es? —farfulló, temerosa de lo que había en la caja.

—Es una llave —dijo Alex en voz baja—. Quiero que te vengas a vivir conmigo.

—¿Qué? —Sydney se quedó de piedra y se preguntó si había oído correctamente.

Antes de que Alex pudiera darle una explicación llegó el camarero con el vino, y por un momento se distrajo al probar la cosecha que les había traído, declarándola satisfactoria. Apenas lograba contener su impaciencia mientras el hombre les servía a cada una una copa del líquido rojo antes de retirarse apresuradamente.

—Ya sé que te prometí no meterte prisa, pero esto de estar separadas me está desquiciando —dijo la mujer de más edad, retomando el hilo de la conversación interrumpida—. Casi no nos vemos y cuando nos vemos, siempre es con prisas. Quiero volver a casa y encontrarte ahí y no tener que preocuparme de que te tengas que ir dentro de una hora porque tienes que trabajar por la mañana.

Alex volvió a callarse cuando llegó un segundo camarero que les puso delante unos platos de ensalada. El hombre abrió la boca para preguntar si querían aderezo, pero la morena le hizo un gesto impaciente para que se fuera. Al echar un vistazo a sus manos unidas encima de la mesa y la seriedad de sus rostros, el hombre se apresuró a retirarse.

—Supongo que más que nada, lo que quiero es poder darme la vuelta en la cama por la noche y saber que la única razón de que no estés ahí es que estás trabajando. —Alex se detuvo otra vez y respiró hondo—. Te quiero, Sydney, y si la situación fuese distinta, estaría de rodillas pidiéndote que te casaras conmigo, pero como eso no es posible, esto es lo mejor que se me ocurre para compensar.

Sydney se quedó atónita. En realidad hacía poco que se conocían y vivir juntas era un gran paso en cualquier relación. Aunque no dudaba de la sinceridad de su amante, no estaba segura de estar preparada para asumir esa clase de compromiso.

Hubo un largo silencio mientras pensaba en lo que iba a decir. Estaba cansada y no lograba pensar bien, preocupada de que si le daba a esta mujer una respuesta que no quería oír, la cosa se terminara entre ellas, y no quería que terminase. Levantó la mirada, sin poder disimular su preocupación.

—¿Estás segura de esto?

—Nunca he estado más segura de nada en toda mi vida —susurró Alex, con el corazón tembloroso. Había visto la expresión atónita de la rubia, pero siguió adelante con la esperanza de no haber cometido un error—. Lo siento, a lo mejor he vuelto a correr demasiado, pero tengo miedo de que si no hacemos algo, podamos perder lo que tenemos y no quiero perderlo. ¿Lo comprendes?

—Sí —asintió la rubia, bajando los ojos, pues ya no podía seguir mirando a su compañera.

—Tranquila. —Alex vio la expresión de pánico que cruzó un instante la cara de la otra mujer y apretó la pequeña mano para calmarla—. No tienes que decidirlo esta noche, quiero que te tomes tu tiempo y lo pienses.

Sydney se libró de tener que dar una respuesta por la llegada del oficioso maître, que las miró y luego se fijó en la comida que no habían tocado. Juntó las manos con nerviosismo.

—¿Hay algo que no es de su agrado, señorita Marshall?

—No, todo está bien, Paul —le contestó al hombre con una sonrisa cortés, sin que su voz revelara la angustia que sentía. El hombre asintió, sin saber si creerla, pero se inclinó con elegancia y pasó a la mesa siguiente. Alex volvió a mirar a su amante y se dio cuenta de que seguían cogidas de la mano.

—No quería echarte a perder la velada —dijo suavemente.

—No lo has hecho —le aseguró Sydney, agradecida por la breve interrupción que le había dado tiempo de ordenar sus ideas—. Es que hay que plantearse tantas cosas, como dónde viviríamos, y además, ¿eso no causaría un problema con el cuerpo?

—Buscaríamos una casa que no fuera ni tuya ni mía, una casa elegida por las dos —fue la sincera respuesta—. Y en cuanto al cuerpo, podría haber un problema, pero estoy dispuesta a correr el riesgo.

—¿Y qué pasa si digo que no? —preguntó Sydney vacilando, levantando por fin la mirada. Esta vez fue ella la que vio el destello de pánico en los ojos azules de su compañera, pero desapareció al instante, sustituido por una sonrisa valiente.

—Que seguiremos adelante —le aseguró la morena en voz baja, consciente de que se había creado una tensión entre las dos—. Decidas lo que decidas, Sydney, debes saber que lo aceptaré, porque pase lo que pase, no quiero perderte.

La rubia inspectora se preguntó si eso sería cierto. Conocía la impaciencia de su compañera con su situación y el deseo de Alex de tener un mayor compromiso en su relación, pero ella estaba muy insegura y tenía miedo de dar ese paso. Notó que le apretaba la mano suavemente y luego se la soltaba. Levantó la mirada y se encontró con los luminosos ojos azules.

—Venga, vamos a dejar el tema y a comer, seguro que tienes hambre —dijo la capitana con tono animado, sin revelar nada de lo que estaba pensando.

Sydney había perdido el apetito, pero logró comer lo que les sirvieron, aunque más tarde no podría haber dicho cómo sabía. Por petición suya, fue depositada en la comisaría de nuevo. Le apetecía estar sola.

—Te quiero, Sydney —dijo Alex, y la mujer más joven se limitó a asentir antes de cerrar la puerta y dirigirse a su jeep. La capitana esperó un momento y luego se marchó en su coche, notando que tenía los ojos algo humedecidos.


Cuando Alex llegó a su despacho al día siguiente, Sydney ya estaba fuera respondiendo a un aviso. Sintió una punzada de alivio, pues no estaba segura de poder hacer frente a la otra mujer esta mañana. La noche anterior no había conseguido dormir, al darse cuenta del error que había cometido. En lugar de conseguir que estuvieran más cerca, lo que había hecho sólo había servido para separarlas aún más. Se encerró en su despacho y allí se quedó hasta que llegó la hora de marcharse, agradecida de ir a cenar a casa de sus padres.


Sydney dio vueltas en torno a la escena del crimen, frotándose las sienes con los dedos para intentar librarse del dolor que le machacaba la cabeza desde que se había levantado por la mañana. Echó una mirada al cadáver que estaba en la cama y a las manchas de sangre que salpicaban el cabecero y las paredes.

La víctima era una mujer de veintisiete años que había salido perdiendo en una discusión con su pareja de hecho. Según los testigos que había en la casa, la velada había empezado como una fiesta de Navidad normal y corriente. Aunque nadie sabía cómo había empezado, todos estaban de acuerdo en que hubo una pelea verbal entre la pareja, en el curso de la cual el sospechoso se encolerizó y acusó a su mujer de serle infiel. Y antes de que nadie pudiera detenerlo, el hombre se llevó a rastras a su mujer hasta el dormitorio y le disparó tres veces.

Era un caso absolutamente claro, pues nada más percibir las primeras señales de violencia, varios de los invitados habían corrido a llamar a la policía. Cuando llegaron las autoridades, ya era tarde para la víctima, pero habían encontrado al sospechoso en la casa, desmayado en el pasillo, con la pistola todavía en la mano.

Era Nochebuena y Sydney detestaba ver la sangre y los rasgos blanquecinos de la víctima cuya vida había terminado tan bruscamente. Daba igual cuántas veces viera los resultados, no creía que pudiera llegar a acostumbrarse nunca a ver un cadáver, tirado en la postura en la que se le había escapado el último hálito vital.

Por suerte, los agentes presentes en la escena conocían el procedimiento, y para cuando ella llegó, ya se habían puesto en marcha las medidas adecuadas para salvaguardar todas las pruebas e interrogar a los testigos. Miró a Janice, que tomaba metódicamente todas las fotografías necesarias.

—¿Vuelves a trabajar esta Navidad? —le preguntó tranquilamente a la otra mujer.

—Sí. —La fotógrafa le medio sonrió sin ganas—. Mis padres van a pasar las fiestas en México, así que he pensado que para eso puedo seguir trabajando.

—¿Qué pasó con el tío de nóminas? —preguntó Sydney con curiosidad, preguntándose si la vida amorosa de la mujer iba mejor que la última vez que habían hablado.

—Mucho hablar y poca acción. —Janice arrugó la nariz al recordarlo, meneando el dedo meñique, y la inspectora se echó a reír y luego cruzó la habitación para examinar algo que le llamó la atención.

Ya era mediodía cuando terminaron e iba de regreso a la comisaría cuando recibió otro aviso. Normalmente, se habría ocupado otro, pero estaban escasos de personal y los demás ya estaban trabajando en casos que no habían terminado. Por suerte, como en el caso de su anterior investigación, ésta parecía otra situación bien clara.

Una anciana había sido hallada muerta en su casa por una pariente que había llegado para empezar los preparativos de la cena de Navidad. Una cuidadosa investigación de la escena y un examen de la casa revelaron que no había señales de juego sucio ni pruebas de un intento de robo. Mandó registrar y fotografiar la escena por completo antes de dejar que el forense se llevara el cuerpo. Si no se equivocaba en sus suposiciones, descubrirían que la mujer había muerto de causas naturales.

Ya había caído la tarde cuando volvió a comisaría, y al echar un vistazo al otro lado de la sala supo que Alex ya se había marchado. Tomó aliento con fuerza y se quedó mirando un buen rato la estancia a oscuras, sintiendo una oleada increíble de soledad que le invadía el corazón. Tiró de la silla y se sentó para ocuparse del papeleo necesario, con la esperanza de que no sonara el teléfono antes de que llegara la hora de marcharse y deseando haber quedado con Alex para verse más tarde. En cuanto lo pensó, sonó el teléfono, y estuvo un rato mirándolo hasta que por fin respondió a la llamada.

—Inspectora Davis —dijo en el auricular, preparándose mentalmente para tomar nota de los detalles de otro asesinato.

—Sydney... ¿eres tú?

La rubia se quedó sin respiración. La voz le resultaba tan familiar, pero no se atrevía a creer que fuera la de alguien de quien hacía tanto tiempo que no sabía nada. Cerró los ojos y tomó aliento varias veces.

—¿Anne?

—Hola, niña, feliz Navidad —dijo la voz del otro lado de la línea con tono informal y como si no hubiera pasado nada de tiempo desde la última vez que habían hablado.

—Feliz Navidad. —Sydney se preguntaba si se lo estaba imaginando todo. Llevaba tiempo trabajando muchas horas y durmiendo poco—. ¿Va todo bien?

—Sí —dijo la otra mujer con tono brusco—. Es que se me ha ocurrido llamarte para ver cómo estás.

—Estoy bien.

—¿Y tu trabajo? Me he enterado de que ahora resuelves asesinatos.

—Sí. —Sydney asintió con la cabeza, dándose cuenta de la ironía de la situación—. Me ascendieron hace un año.

—También me he enterado de que lo haces muy bien —dijo la mujer.

—Eso no lo sé —contestó la inspectora con modestia.

—Pues tu jefa parece pensar que sí —dijo Anne algo dubitativa—. Es una tía muy lista.

—¿Te refieres a Alex? —Sydney estaba sorprendida y confusa al mismo tiempo—. ¿Cuándo has hablado con ella?

—Vino a verme hace un par de semanas —contestó la reclusa y el nerviosismo de su voz se transmitió a través de la línea—. Escucha, no tengo mucho tiempo y estaba pensando que a lo mejor me equivoqué cuando me puse como una furia contigo por lo que haces.

Sydney se quedó callada, apenas capaz de respirar mientras escuchaba la voz de su hermana. La mujer con la que estaba hablando era muy distinta de la que le había gritado y chillado durante su última visita.

—Siempre has sido muy terca con todo —continuó la otra mujer—. Tenías que hacer las cosas a tu manera y siempre parecía que ibas en otra dirección que el resto de nosotros. Al final, eras tú la que seguía el camino correcto y éramos los demás los que corríamos en círculo sin llegar a ninguna parte.

—¿Entonces te parece bien todo esto? —se atrevió a preguntar Sydney.

—No te voy a mentir, Syd, no me gusta que seas poli y no me gusta que seas lesbiana, es algo que no consigo entender, aunque he aprendido algunas cosas desde que estoy en el talego —dijo la mujer de más edad con un suspiro—. Pero eres mi hermana, y sería más estúpida de lo que ya he sido si te perdiera.

—Anne.

—¿Sí?

—Te quiero.

Hubo una larga pausa tras esa confesión.

—Yo también te quiero, niña —fue la respuesta a media voz.


Alex se paseó por la casa decorada festivamente, bebiendo distraída un vaso de ponche que llevaba en la mano. La cena había sido la típica cena familiar a la que había asistido todo el mundo. Tras un gran banquete, se habían retirado al salón, donde todo el mundo recibió un regalo. Los demás regalos que había debajo del inmenso árbol se abrirían por la tarde del día siguiente, cuando la familia se reuniera una vez más.

—Vamos, chavala, alegra esa cara, que es Navidad —dijo Christie, echando un brazo por los hombros de su cuñada—. Si no te animas, Santa Claus no va a bajar por tu chimenea esta noche.

—No es a Santa Claus a quien quiero —contestó la morena con una sonrisa irónica.

—Aah, entonces debe de ser una inspectora bajita y rubia lo que esperas encontrar debajo del árbol mañana —le tomó el pelo la rubia con una sonrisa.

—Ojalá —suspiró Alex, meneando la cabeza—. Trabaja esta noche y mañana.

—Qué mala suerte —dijo Christie y bebió un sorbo de su propio vaso de ponche.

—Sí, qué asco de vida —comentó la mujer más alta secamente, lo cual hizo que la otra mujer se volviera rápidamente para mirarla.

—Me parece a mí que aquí hay algo más que tu incapacidad de estar con tu amiga y que por eso estás tan gruñona —indagó la rubia—. ¿Qué pasa?

Alex se quedó callada un momento, paseando la mirada por la habitación donde estaban reunidos todos los demás. Los adultos estaban aposentados en las butacas con vasos de ponche en la mano, charlando amigablemente mientras los niños jugaban tranquilos en el suelo con sus tesoros de Navidad. Era una escena enormemente acogedora, y deseaba compartirla con Sydney.

—¿Sabes lo que realmente es un asco de ser lesbiana? —dijo, sorprendiendo a su amiga.

—¿Qué, que no tienes a un hombre al que echar la culpa de tus problemas? —preguntó Christie a la ligera y su acompañante le gruñó.

—No. —Alex frunció el ceño, señalando la escena que tenían delante—. Que no puedes tener esto. Es decir, puedes formar parte de esto, pero no puedes tenerlo por ti misma. Fíjate en Andrew y en ti, por ejemplo. Fue todo muy sencillo, os enamorasteis, os casasteis y tuvisteis hijos. Yo puedo enamorarme, pero no me puedo casar, y tener hijos no es una cosa sencilla.

—No tiene por qué ser así —dijo Christie con cautela, pues no sabía muy bien a dónde quería ir a parar su cuñada—. Si no eres feliz, Alex, podrías cambiar.

—Soy como soy, Chris, eso no va a cambiar y no quiero que cambie. —La mujer más alta meneó la cabeza.

—¿Entonces qué es lo que te pasa de verdad, Alex? —quiso saber la rubia.

Alex se quedó callada, bebiendo un sorbo de ponche. Se preguntó si debía comentarle algo a su amiga y luego decidió desnudar el alma, sabiendo que podía confiar en esta mujer.

—Le he pedido a Sydney que venga a vivir conmigo.

—¿Y qué ha dicho?

—Que se lo quiere pensar.

—¡Ay! —Christie hizo una mueca.

—Ay, ya lo creo. —Alex suspiró, contemplando su bebida—. No sé qué voy a hacer si dice que no. Ni siquiera sé si podríamos continuar.

—¿Por qué se lo has pedido? —preguntó su cuñada, y la otra mujer la miró extrañada, ante lo cual la rubia suspiró con impaciencia—. ¿Por qué quieres que viva contigo?

—Porque la quiero —fue la sincera respuesta.

—Pues concéntrate en eso —le aconsejó Christie—. Y si dice que no, confórmate con lo que ella quiera. No lleváis mucho tiempo saliendo y vivir juntas es un gran compromiso. Si la quieres, no te rindas. No te asustes por el rechazo, demuéstrale cuánto la quieres.

Alex se quedó mirando a la otra mujer largamente y luego le pasó el brazo por la delgada cintura y la estrechó.

—Eres una buena amiga —dijo—. Siempre me has apoyado, incluso cuando los demás no sabían qué pensar. Tú ni te lo planteaste cuando te dije que era lesbiana.

—Me daba totalmente igual. —Christie se encogió de hombros con indiferencia—. Además, me parece que tengo una gran deuda contigo. Tú me presentaste a tu hermano y no tengo forma de agradecértelo lo suficiente.

—Sabía que haríais buena pareja —sonrió Alex.

—Y yo creo que Sydney es buena para ti —dijo la rubia en voz baja—. Enamorarse en fácil, Alex, en lo que hay que esforzarse es en hacer que ese amor crezca. Lo único que tienes que decidir es si merece la pena hacer ese esfuerzo con Sydney.

—La merece.

—Pues ya tienes la respuesta —dijo Christie, estrechando la cintura de su cuñada, y luego entró en la habitación para reunirse con su marido. Alex se quedó mirando cuando la mujer se sentó en el brazo de la butaca de su marido y vio cómo él le pasaba el brazo con naturalidad alrededor de la cintura. Se volvió y entró en la cocina.


Sydney logró llegar a casa esa noche hacia las once. Sabía que le quedaban menos de ocho horas para volver al trabajo, pero estaba demasiado acelerada para dormir. En cambio, se dio una ducha rápida y luego se puso el pijama y se desplomó en el sofá. Puso la televisión y contempló la retransmisión de una misa de Navidad desde una de las iglesias de la ciudad.

Tenía los ojos clavados en la pantalla, pero su mente estaba en la llamada de teléfono que había tenido horas antes. Había sido totalmente inesperada y el mejor regalo de Navidad que podría haber recibido en su vida y, de creer a su hermana, se lo tenía que agradecer a Alex.

Sus pensamientos se detuvieron para reflexionar sobre esa situación, con una leve sonrisa en la comisura de los labios. Se imaginaba el encuentro entre las dos mujeres. Las dos eran tercas y dogmáticas, pero de algún modo lo que había dicho Alex había logrado hacer mella en su hermana. Si no hubiera amado ya a la otra mujer, ahora la amaba sin la menor duda. Cerró los ojos y dejó que la música de la televisión la inundara, pensando en las últimas veinticuatro horas.


Alex detuvo el coche ante el pequeño bloque de apartamentos y miró hacia arriba. Había luz en la ventana de Sydney y sintió algo de esperanza. Salió del coche, haciendo juegos malabares con los paquetes, cerró la puerta y subió los escalones de entrada. Había empezado a nevar y los pequeños copos se le pegaban al largo pelo oscuro.

La llamada a la puerta despertó a Sydney de un sueño ligero en el que se había sumido. Suspiró, se levantó con esfuerzo, y cruzó el apartamento para responder a la llamada. Echó un vistazo por la mirilla y se tragó el nudo que se le formó en la garganta.

Alex se quedó mirando largamente a la mujer más joven, notando que se le expandía el corazón dentro del pecho. Le daba la impresión de que cada vez que veía a Sydney, la mujer más menuda estaba más guapa. Esta noche, ataviada con una camiseta blanca gigante y unos pantalones de pijama a cuadros dados de sí, tenía un aspecto especialmente adorable.

—Feliz Navidad, amor —dijo suavemente, ofreciéndole los regalos. Los ojos de esmeralda se llenaron de lágrimas y Sydney se mordió el labio inferior para evitar que le temblara, y en ese instante Alex supo que su decisión de venir aquí había sido acertada.

—Feliz Navidad —fue la trémula respuesta al tiempo que Sydney aceptaba los paquetes.

Se adentró en la sala de estar, colocó los paquetes en la mesa del café y esperó nerviosa a que la mujer más alta se quitara el abrigo y los zapatos y se reuniera con ella en la habitación. Miró a Alex cuando ésta se sentó en el sofá y casi por reflejo alargó la mano y le sacudió los copos blancos que quedaban en el pelo oscuro. De repente, se detuvo, como dándose cuenta de lo que estaba haciendo, pero antes de poder apartar la mano, Alex la agarró por la muñeca y se la llevó a los labios.

El beso fue suave y delicado, en la parte interna de la palma, pero le resultó electrizante y una chispa de energía le subió por el brazo y le atravesó el cuerpo entero. No se resistió cuando la morena tiró de ella para estrecharla con fuerza, abrazo al que ella correspondió automáticamente.

—Me alegro de que hayas venido —susurró Sydney al oído de su amante y le dio un tierno beso en el cuello.

—Yo también —susurró Alex, echándose hacia atrás y subiendo la mano para apartar el flequillo rubio de la cara de su amante antes de darle un beso tierno en los labios—. Venga, abre tus regalos.

Sydney le sonrió alegremente y como una niña ansiosa se lanzó sobre los regalos que le había traído la mujer. Abrió el primero, una bolsa de papel marrón, y Alex se echó a reír a carcajadas al ver la cara de la joven mientras contemplaba el recipiente de plástico. La capitana se lo quitó de las manos y lo puso a un lado.

—Te he traído pavo y relleno —le explicó la morena, y su rubia compañera se echó hacia delante y la besó.

—Gracias.

—Vamos —insistió Alex. Tenía casi tantas ganas como su ansiosa compañera de ver su reacción ante los regalos que le había comprado.

Sydney atacó el siguiente paquete alegremente envuelto y soltó un arrullo de deleite al ver la trilogía de libros de uno de sus autores preferidos. A eso le siguió un segundo regalo más grande que resultó ser una camiseta y unos pantalones cortos de baloncesto de los Sonics, además de varios pares de entradas.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó la rubia inspectora, y su compañera asintió.

—Tenía la esperanza de que me lo pidieras —sonrió Alex, y aceptó el beso que le dio su amante—. Tienes uno más.

Sydney asintió, dejó los paquetes abiertos a un lado y se puso a desatar la cinta que sujetaba el último regalo, una gran caja plana que casi era tan grande como la mesa del café. Sofocó una exclamación al sacar el cuadro enmarcado de la caja. Era una copia impresa de un cuadro holandés, una réplica de un lienzo que ella admiraba. Se quedó mirando el regalo sin saber qué decir, consciente de que debía de haber sido carísimo. Se volvió hacia su compañera, que la miraba con expresión cohibida.

—¡Alex, es precioso!

—En cuanto lo vi, supe que era para ti. —La mujer más alta estaba contentísima de que la mujer más menuda estuviera tan encantada con sus regalos.

—Gracias —murmuró Sydney, contemplando el cuadro, y al instante supo dónde lo iba a colgar. Lo apartó y se lanzó a los brazos de su compañera y pasaron largo rato en el sofá intercambiando una serie de besos apasionados. Fue la mujer más menuda la que por fin interrumpió el abrazo, con la respiración entrecortada—. Tengo algo para ti.

—No tenías que comprarme nada —protestó Alex.

—Lo sé, pero quería hacerlo. —La rubia sonrió y luego se levantó de su regazo y cruzó la estancia hasta el pequeño árbol de Navidad que estaba colocado al lado de la televisión. Volvió con varios paquetes alegremente envueltos que le entregó a su compañera más alta.

Alex sonrió, sintiéndose como una niña pequeña mientras arrancaba el papel del primer regalo y descubría una preciosa camisa de seda negra acompañada de un pañuelo de colores. El segundo paquete resultó ser el kit de montaje de un caro y complejo modelo en madera de un velero.

—Sé que te gusta el mar y quiero saber qué estás haciendo cuando yo no estoy —confesó la rubia tímidamente.

—Me hacía falta algo en que ocuparme cuando estás trabajando. —Alex le devolvió la sonrisa y cogió el último regalo, una caja pequeña. El corazón le martilleaba en los oídos mientras abría con cuidado lo que sabía que era una joya.

Se hizo un largo silencio cuando abrió la tapa y se quedó mirando el broche que había dentro. Era de diseño circular, con un velero, incrustado de pequeños diamantes, en el centro. Alex lo sacó de la base de terciopelo y lo sostuvo en alto.

—Es una preciosidad —susurró, hechizada por la belleza del objeto. Miró a su compañera y los ojos azules y verdes se miraron largo rato—. Tiene que haber sido muy caro.

—Nada es demasiado caro para ti —susurró Sydney como respuesta, y a cambio recibió un tierno beso lleno de amor.

La rubia se entregó al beso, recreándose en el sabor de la otra mujer. Daba igual cuánto se tocaran, nunca era suficiente. Esta vez fue Alex la que se echó hacia atrás, consciente de que su pasión estaba a punto de desbordarse, y tenía un regalo más que entregar.

—Tengo un regalo más para ti. —La mujer más alta sonrió y alcanzó su chaqueta para sacar una cajita de un bolsillo. Se la entregó a su amante, que se la quedó mirando largamente.

Sydney miró el pequeño regalo un buen rato y por fin lo desenvolvió. Sofocó una exclamación al encontrar un animalito de intrincado diseño tallado en madera de teca. Era la imagen de un elefantito. Miró a Alex, quien alargó la mano y le colocó tiernamente un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.

—Cuántas cosas me has dado —susurró la mujer más menuda, con la voz cargada de emoción cuando volvieron a mirarse a los ojos.

—Te quiero, Sydney —fue la seria respuesta—. Por eso nunca podré darte lo suficiente.

La rubia inspectora se levantó y cruzó la habitación, colocó el elefante encima de la televisión con el resto de su colección, y luego volvió al sofá, alargando la mano. Alex cogió con su mano la de la mujer más menuda y se levantó, dejando que la joven la llevara al dormitorio.

—¿Estás segura? —susurró Alex dulcemente, acariciando la piel suave de la mejilla de su compañera, con una sonrisa tierna en los labios—. Mañana tienes que madrugar.

—Me da igual si esta noche no duermo —dijo Sydney con seguridad, alzando las manos y bajándole la cabeza a su compañera para que sus labios pudieran juntarse.

Hicieron el amor entonces, compartiendo el amor que sentían, pero Alex se aseguró de no se pasaban toda la noche haciendo el amor. Cuando sus deseos quedaron satisfechos, se acomodaron la una en brazos de la otra.

—Duérmete, amor —susurró la morena, besando una ceja rubia, y con un bostezo, su compañera así lo hizo.


Sydney se reclinó en su silla y dio golpecitos pensativos con el bolígrafo sobre la libreta que tenía en la mesa, incapaz de quitarse la sonrisa de la cara al recordar la noche anterior, gozando del amor que le llenaba el corazón. Aunque tenía que trabajar, no recordaba una Navidad mejor, y era todo gracias a su atenta compañera.

Sus ojos observaron distraídos la silenciosa sala y agradeció que el día fuera tranquilo. No había entrado ni una sola llamada en la Unidad y ya eran las cuatro de la tarde. El silencio era una bendición, pues había podido aprovechar para ponerse al día con el papeleo, pero ahora estaba aburridísima, al igual que los demás que se habían ofrecido voluntarios para trabajar este día.

Sus ojos se posaron en los dos hombres del rincón. Estaban jugando a las cartas y le habían preguntado si quería unirse a ellos, pero en principio les había dicho que no. Ahora deseaba no haberse apresurado tanto. Suspiró y se quedó mirando la pantalla negra del ordenador que tenía delante.

Había sido muy típico de Alex presentarse ante su puerta la noche anterior. Tan típico que en realidad ella se había quedado esperando levantada en lugar de irse a la cama. No se había visto defraudada, pero por otro lado, la otra mujer nunca había hecho nada que la defraudara. La mujer siempre la había apoyado, siempre estaba dispuesta a hacer un esfuerzo extra. No podía negar que quería a Alex más de lo que había querido a nadie en toda su vida.

Pensó en la llamada telefónica de su hermana. Con las emociones del día anterior se le había olvidado darle las gracias a su amante. Hablar con su hermana de nuevo después de tanto tiempo había sido el mejor regalo que podía recibir. Cerró los ojos al notar que se le llenaban de lágrimas.

Alex entró en la sala de inspectores y se detuvo un momento para contemplar la apacible escena. Saludó con la cabeza a los dos hombres del rincón y luego se acercó donde estaba sentada la rubia inspectora con los ojos cerrados. En sus labios apareció una sonrisa involuntaria al detenerse al lado de la mesa de su amante, y se cambió de mano las bolsas que llevaba para poder inclinarse y susurrar al oído de su colega.

—Tienes que saber que no debes quedarte dormida en el trabajo —dijo, con el volumen necesario para que sólo la oyera ella—. Tendrías que decirle a tu amante que se vaya a casa por la noche.

—Qué va, eso no tendría la menor gracia —sonrió a su vez Sydney, regodeándose en el cariño de la voz que le inundaba los sentidos. Abrió los ojos y se encontró los ojos azules no muy lejos y contuvo las ganas de echarse hacia delante y besar a la mujer.

—¿Qué tal el día? —Alex sonrió e irguió el alto cuerpo.

—Tranquilo —dijo Sydney, confirmando de nuevo lo que la capitana ya sabía por el sargento de guardia.

—Bien, pues habrás tenido ocasión de ponerte al día con tu papeleo —murmuró la morena.

—Hay un límite para el papeleo que una puede hacer —dijo despacio la rubia, flexionando los músculos—, sobre todo cuando se es una persona de acción.

Alex soltó una carcajada grave, le dio una palmadita afectuosa en el hombro a la mujer más menuda y entró en su despacho, donde depositó las bolsas de papel marrón que llevaba. Sydney se quedó mirando un momento mientras su compañera se movía por su despacho. El corazón se le hinchó de amor por la otra mujer.

Alex echó un vistazo a los informes que tenía en la mesa antes de archivarlos. Sólo entonces abrió las bolsas y sacó todo. Contempló su mesa y luego echó un vistazo al reloj, tras lo cual salió del despacho y se acercó donde los dos inspectores estaban jugando a las cartas.

—Parece que tenemos un día tranquilo, así que ¿por qué no se van? —dijo con una sonrisa—. Yo me quedaré aquí con la inspectora Davis, así que si se dan prisa, podrán cenar con sus familias. Ah, no se olviden del busca, por si acaso.

—Sí, capitana. —Los dos hombres sonrieron, se pusieron de pie de un salto y cogieron sus chaquetas—. Hasta luego, Syd —exclamaron cuando salían corriendo por la puerta.

—¿Qué? ¿Ha habido un aviso? —se preguntó Sydney en voz alta, levantándose de la mesa y volviéndose para mirar a la mujer alta que ahora estaba apoyada tranquilamente en el marco de la puerta que daba a su despacho.

—No. —Alex sonrió seductoramente—. He pensado que podemos ocuparnos solas del resto del turno.

—Oh... ¡Oh! —La rubia inspectora sonrió ampliamente—. Me gusta esa idea.

—Ya me parecía a mí. —La capitana le devolvió la sonrisa y luego le hizo un gesto para que entrara en el despacho—. Vamos, te he traído algo.

Sydney se levantó al instante y cruzó rápidamente la sala. Se detuvo en la puerta, boquiabierta de pasmo al ver el elegante servicio de cena que estaba cuidadosamente puesto en la mesa. En el centro mismo había una vela y una rosa.

—Puesto que no podías venir a la cena de Navidad, se me ha ocurrido traerte un poco de cena de Navidad aquí —dijo la mujer alta, indicándole a su compañera que tomara asiento en la silla vacía colocada al otro lado de la mesa.

Sydney asintió, pasmada aún, mientras contemplaba el pequeño banquete. Había una bandeja con la tradicional carne de pavo con salsa, otra con puré de patatas y relleno y un tercer plato lleno de verdura al vapor. Había hasta un cuenco de ensalada. Miró a su amante, con los ojos verdes relucientes.

—¿Te parece bien? —preguntó la capitana tímidamente.

—Es genial —dijo la rubia inspectora sin aliento—. Sabes, si no estuviéramos en el trabajo, te besaría tanto que se te derretirían las rodillas.

—Resérvalo para esta noche —dijo Alex radiante, orgullosa de que lo que había hecho produjera el brillo que adornaba la cara de la joven—. Ahora vamos a comer antes de que se enfríe.

—Esto es maravilloso —comentó Sydney, llenándose el plato de comida deliciosa—. ¿Lo has hecho tú?

—No —confesó cortada—. Lo he robado de la cocina de mi madre. Tiene la manía de preparar comidas enormes, dice que forma parte de la celebración familiar. Ahora mismo deben de estar a punto de sentarse para cenar.

—Dios mío, te estás perdiendo la cena de Navidad. —Sydney se sintió incómoda de repente.

—No, no es verdad —dijo Alex riendo un poco. Sus cejas desaparecieron bajo el flequillo oscuro al señalar la comida que llenaba la mesa—. ¿Cómo lo llamas a esto?

—Sí, ya. —Sydney se sonrojó avergonzada—. Pero deberías estar con tu familia.

Tú eres mi familia, quiso decir Alex, pero se limitó a encogerse de hombros.

—Quería estar contigo. —Era una respuesta bastante sincera. Sydney sintió que se le hinchaba el corazón al oírla y tuvo que respirar hondo varias veces para que se le calmara el pulso.

—Gracias —susurró suavemente, con los ojos relucientes de emoción, y Alex sonrió, con el corazón a su vez lleno de amor, consciente de que había tomado la decisión acertada—. Te has portado tan bien conmigo que no sé cómo compensarte.

—No quiero que me compenses —dijo Alex en voz baja—. Lo hago porque te quiero.

—Ya lo sé. —La otra mujer asintió solemnemente y luego dudó un instante antes de continuar—. ¿Es ésa la razón por la que fuiste a ver a mi hermana?

Alex se quedó sin aliento, al no saber si su intervención había sido apreciada. Observó la cara de su compañera con la esperanza de averiguar algo sobre lo que pensaba la otra mujer. Se animó al ver la dulce expresión que la miraba a su vez.

—¿Te ha llamado?

—Sí —confirmó Sydney suavemente—. Me llamó ayer cuando estaba trabajando. Estuvimos hablando un rato. No sé qué le dijiste, pero te doy las gracias.

—Sólo le dije la verdad. —Alex estaba un poco cortada—. A mí me parece que sólo estaba buscando una excusa para reconciliarse contigo.

—Me alegro de que se la dieras —dijo la rubia solemnemente, y la mujer alta sonrió, decidiendo que había llegado el momento de pasar a temas más ligeros.

—¿Ya has decidido dónde vas a colgar el cuadro? —preguntó Alex, y Sydney asintió con una sonrisa pícara.

—Tengo el sitio perfecto —contestó la rubia sonriendo de oreja a oreja—. Creo que estaría muy bien justo encima del sofá de tu salón.

Por un instante Alex frunció el ceño, y luego sintió una punzada de preocupación.

—¿Es que no te gusta?

—Me encanta, por eso lo quiero poner en un sitio donde lo pueda ver todo el tiempo —dijo Sydney, y luego se echó a reír al ver que su compañera no parecía comprender—. Lo quiero en nuestra casa.

—¿De verdad? —Alex se irguió en la silla, con los ojos como platos—. ¿Estás segura?

—Sí. —La rubia inspectora asintió con la cabeza.

—Pero la otra noche no parecías muy convencida —dijo la morena, tragando con dificultad.

—Cualquier duda que pudiera tener sobre vivir contigo ha desaparecido por completo por la forma en que me has tratado en estos últimos días —dijo la mujer más menuda con tono apacible—. Sería una estúpida si creyera que alguna vez podría encontrar a alguien mejor que tú.

Alex se sonrojó por el cumplido.

—Bueno, pero no tenemos por qué vivir en mi casa.

—Pero a mí me gusta tu casa —contestó Sydney con timidez.

—¿Estás segura?

—Sí. —La rubia asintió convencida—. Creo que nunca en mi vida he estado más segura de nada.

Alex no se pudo contener y en un abrir y cerrar de ojos estaba de pie y al otro lado de la mesa. Sydney apenas tuvo tiempo de dejar el tenedor antes de sentir los suaves labios sobre su boca. El beso se prolongó durante un largo momento hasta que la mujer más alta se apartó por fin y la rubia tuvó que aspirar una honda bocanada de aire.

—El único problema es que mi contrato de alquiler no vence hasta dentro de tres meses —dijo Sydney cuando las dos estuvieron de nuevo sentadas y comiendo.

—Yo te lo pago —dijo Alex con un suspiro, y la rubia inspectora se echó a reír.

—Espero que no lo lamentes —dijo en cambio, poniéndose seria un momento—. No es tan fácil convivir conmigo.

—Nos las iremos apañando —prometió la morena, y de algún modo Sydney supo que así lo harían.

—Dile a tu madre que me ha encantado la comida —dijo, haciendo sonreír ampliamente a su compañera.

—Se lo puedes decir tú misma —dijo Alex algo insegura—. Tienen muchas ganas de conocerte y he pensado que estaría bien si saliéramos a cenar con ellos esta semana, es decir, si a ti te parece bien.

Sydney se mordió el labio inferior, sintiendo que volvía a ponerse nerviosa. Miró a su compañera y luego la comida extendida sobre la mesa entre las dos.

—Creo que sería buena idea —asintió, soltando un hondo suspiro.

—¿Estás segura? —Alex quería que las personas más importantes de su vida se conocieran, pero tenía miedo de presionar a la otra mujer.

—Sí. —Sydney sonrió tímidamente y luego guiñó un ojo—. Creo que conviene que conozcan a la persona con la que tienes intención de vivir, ¿no?

—Oh... —dijo la mujer más alta, y la inspectora rubia se echó a reír.


PARTE 8


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