Capítulo 6


Ninguna de las dos recordaba cómo llegaron del salón al dormitorio, pero lo único que no olvidarían nunca fue el instante en que sus cuerpos desnudos entraron en contacto y los momentos de éxtasis que siguieron.

Alex fue la primera en despertarse al día siguiente, y se quedó largo rato gozando del calor de la mujer desnuda echada sobre su cuerpo. Bajó la mano con cuidado y apartó los mechones de pelo rubio de la cara de su amante, regodeándose en los recuerdos de la noche que habían pasado juntas.

Habían hecho el amor hasta altas horas de la noche, hasta que por fin cayeron agotadas la una en brazos de la otra, con el cuerpo caliente y saciado y las extremidades estrechamente entrelazadas. Ella no carecía de experiencia, pues había tenido amantes de ambos sexos, pero lo de anoche había sido una revelación y lo sabía por cómo se sentía.

Suspiró y acarició tiernamente con los dedos la mejilla de la mujer dormida acurrucada en sus brazos, sintiendo una dolorosa tristeza en el corazón al darse cuenta de lo poco que le había faltado para quedarse sin esto. En ese momento supo que con independencia de lo que ocurriera, jamás lamentaría esta decisión.

Echó un vistazo al despertador de la mesilla de noche y vio que ya era cerca de media mañana. Con cuidado, se soltó de los brazos de su nueva amante, salió de la cama y cogió su camisa de dormir de una silla cercana. Sacó una camiseta limpia y pantalones cortos para su amiga y luego fue al cuarto de baño para lavarse.

Después de echarse agua en la cara y lavarse los dientes, recorrió el piso recogiendo la ropa tirada en el pasillo y el salón. Sus labios esbozaron una sonrisa al recordar el frenesí con que se habían desvestido la noche antes.

Dejó la ropa en un montón y luego se dejó caer en el sofá, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Estaba cansada, pero era un cansancio glorioso, y sus labios se curvaron con otra sonrisa al recordar las diversas formas en que Sydney había hecho el amor a su cuerpo. La mujer más joven no era en absoluto tímida a la hora de mostrarse apasionada. Sonó el teléfono y se apresuró a cogerlo, temerosa de que despertara a su compañera.

—¿Hola, Alexandria?

—Hola, madre —replicó la mujer, estirando el cuerpo como un felino al despertarse.

—Parece que estás de buen humor —fue la risueña respuesta.

—He pasado una noche muy buena —fue la sonriente respuesta.

—Creo que no quiero saberlo —dijo Marie secamente, intentando no pensar en lo que quería decir su hija—. Te llamo para ver si vas a venir hoy al almuerzo.

—Sí —dijo Alex y luego dudó—. ¿Te parece bien si llevo a una amiga?

—¿Una amiga? —La pregunta pilló desprevenida a la mujer mayor.

—Sí. —Respiró hondo y se lanzó—. Me gustaría que conocierais a una amiga mía especial.

—Oh... ¡oh! —Había un matiz de sorpresa en la voz de la mujer mayor y Alex sonrió. Nunca había oído a su madre tan nerviosa—. Cielos, no tenía nada especial planeado para hoy.

—No tienes que tener nada especial —se quejó Alex, preguntándose si estaría cometiendo un error.

—Querida, queremos causar buena impresión —dijo Marie, recuperando la calma—. A una le gusta estar preparada para estas cosas. ¿A tu amiga le gusta algo en especial?

—Yo —no pudo evitar decir Alex, y su madre suspiró exasperada, lo cual hizo reír a la mujer más joven.

—¡No me refería a ti! —Marie fingió estar molesta, pero por dentro estaba emocionada y un poco nerviosa.

—No. —La mujer alta se calmó y se puso seria al oír movimientos procedentes del dormitorio—. Hasta dentro de una hora.

Colgó el teléfono y miró por el pasillo. Sydney estaba apoyada en la pared, con el pelo rubio revuelto y las facciones aún soñolientas. Le dio un vuelco el corazón por el aspecto tan sexi que tenía.

—Buenos días —saludó con tono suave, con una expresión tierna en los ojos azules al mirar a la mujer a la que amaba. Se sentía restallante de felicidad.

—Buenos días. —La rubia le sonrió de medio lado.

—Ya veo que has encontrado la ropa que te he dejado.

—Sí. —La sonrisa se hizo más amplia al mirar la camiseta gigantesca y los pantalones casi caídos que cubrían su pequeña figura—. Me queda un poco grande.

—A mí me parece que te queda perfecto —dijo Alex, en desacuerdo, y se levantó, abriendo los brazos. La mujer más menuda se hundió de inmediato en el abrazo, estrechando a la otra con ferocidad.

—Lo de anoche fue increíble —suspiró Sydney, con la voz apagada por tener la cara hundida entre los pechos de su compañera.

—Sí —asintió la mujer alta, estrujando a su compañera antes de soltarla delicadamente—. Tenemos que hablar.

Oh oh. La mujer más joven sufrió un leve ataque de pánico cuando su compañera la cogió de la mano y la llevó al sofá. Se sentaron cara a cara y Sydney aguantó la respiración, temerosa de saber qué iba a pasar.

—¿Lamentas que ocurriera? —soltó, expresando sus temores antes de que la otra pudiera hablar, y al instante Alex cogió la cara de la mujer entre sus manos.

—No, te adoro, Sydney. —Sonrió tiernamente, dejando ver todo el amor que sentía. Desvió la mirada y dejó caer las manos al regazo—. Es que tenemos que ser discretas.

Se calló, como si esperara un comentario de su compañera, pero sólo hubo silencio y levantó la mirada, pero no vio nada en el dulce rostro que la miraba. Respiró hondo y continuó.

—No me avergüenzo de lo que somos ni de lo que tenemos, pero creo que tenemos que ser prácticas y tener precaución cuando estemos juntas en el trabajo.

—No te preocupes, Alex, no voy a hacer nada que ponga en peligro tu trabajo —prometió Sydney solemnemente, agarrando la mano de la otra y apretándola delicadamente—. No voy a hacer nada que te pueda hacer daño.

—Ya lo sé. —Alex sonrió, con el corazón dolorido—. Es que necesito que me lo recuerdes a veces, cuando esté a punto de sobrepasar los límites.

—Lo haré.

—Bien. —Alex sonrió y se echó hacia delante para darle un beso rápido y luego se levantó de un salto, arrastrando consigo a la otra mujer—. Ahora hay que vestirse. Vamos a almorzar a casa de mis padres, es decir, si no te importa conocer al resto de mi familia.

Sydney se sobresaltó ante esta inesperada revelación. Por un momento no supo qué decir, mientras se le pasaban varias ideas distintas por la cabeza. De repente, fue como si todo estuviera ocurriendo demasiado deprisa y una fuerza invisible la obligó a ofrecer resistencia al tirón de la otra mujer.

Alex se detuvo para mirar a su compañera y vio el destello de pánico que le cruzaba la cara antes de que sobre los ojos verdes cayera un telón. Dejó de tirar y soltó a la mujer más baja, tragando rápidamente y preguntándose qué había hecho mal.

—¿He dicho algo malo? —se preguntó en voz alta, conteniendo el pánico que amenazaba con apoderarse de sus emociones.

—No. —La rubia meneó la cabeza, cruzó los brazos sobre el pecho con aire defensivo y se quedó mirándose los pies descalzos durante largos segundos.

—¿Qué ocurre, Sydney? —Alex no pudo disimular la preocupación de su tono.

—Es demasiado pronto —logró susurrar por fin, y levantó la mirada con expresión suplicante en los ojos—. No creo que esté preparada aún para conocer a tus padres.

Alex se quedó muy quieta, y su felicidad se tambaleó por un momento mientras sus emociones se descontrolaban. Lo reprimió todo, asintiendo en silencio con la cabeza, y abrió los brazos para que la mujer más joven entrara en el círculo que formaban. Besó la cabeza rubia intentando comprender, pero sin conseguirlo.

—Cuando tú estés lista —susurró, estrechándola largamente antes de soltarse despacio. Sonrió a su compañera—. Será mejor que me vista.

Sydney asintió y se quedó mirando a la mujer más alta cuando ésta se volvió y avanzó apresuradamente por el pasillo hasta meterse en el cuarto de baño. Sabía que había herido a su amante y se sentía fatal por ello, pero no logró animarse para unirse a su compañera, a pesar de lo mucho que lo deseaba.

Quería a Alex, pero no estaba preparada para conocer a la familia al completo. La idea misma la ponía nerviosa. Si era sincera consigo misma, la idea le producía terror. Sabía que las familias tenían ciertas expectativas, y dado que Alex era la única hija de los Marshall, lo más probable era que sus expectativas fuesen más altas de lo normal. Para ser totalmente franca, tenía miedo de que la consideraran indigna en algún sentido.

Fue a la butaca donde su compañera había tirado su ropa, recogió rápidamente sus prendas del montón y empezó a vestirse. Normalmente no era una persona insegura, pero nunca había habido nada tan importante como esto. Lo último que quería era que la familia de la capitana pensara que era indigna de su hija, pues temía que su opinión influyera sobre lo que pensaba la morena de ella. Era una idea insoportable.

Alex se quedó largo rato bajo la ducha, con la esperanza de que se llevara algo del dolor que sentía. Se había despertado tan llena de esperanza esa mañana, dispuesta a tirar por la ventana toda precaución. Había estado tan ocupada pensando en cómo se sentía que ni se había planteado que Sydney pudiera no sentir lo mismo. De repente se le llenaron los ojos de lágrimas que le cayeron torrencialmente por las mejillas. Se sentía como una idiota. Cuando por fin salió del cuarto de baño, Sydney ya estaba vestida y preparada para marcharse.

La rubia inspectora se levantó de un salto y se volvió para mirar a la mujer más alta. Había tenido tentaciones de marcharse antes de que su anfitriona saliera del baño, pero sabía que habría sido una estupidez. Jugueteó nerviosa con sus llaves, consciente de los ojos azules que la estaban mirando.

—¿Me llamarás más tarde? —preguntó Alex solemnemente.

—Sí —asintió la rubia. Llamaría porque no quería perder a esta mujer. Tal vez entonces pudiera darle una explicación—. Será mejor que me vaya, para que puedas arreglarte.

Alex se quedó mirando en silencio mientras la mujer pasaba del sofá al recibidor junto a la puerta. Se mantuvo callada mientras la mujer se ponía la cazadora y los zapatos, esperando a que tuviera la mano en la puerta para hablar.

—Lo de anoche no fue un rollo de una sola noche —dijo con tono apagado, tragándose el nudo de emoción que tenía en la garganta.

Sydney frunció los labios, consciente de las lágrimas que le inundaban los ojos.

—Lo sé —dijo y luego salió rápidamente del piso, temerosa de lo que podría hacer si se quedaba.


Marie se sorprendió al ver que su hija se presentaba sola. Había estado muy atareada preparándose para conocer a esta amiga y sintió una confusa mezcla de alivio y decepción cuando Alexandria entró sola en la casa.

Quería preguntar qué había pasado, pero decidió esperar. La cara entristecida de su hija le dio motivos para callarse. Era muy distinta del alegre humor que se había notado en la voz de la chica al hablar esa mañana.

—Si queréis pasar al salón, voy a ocuparme del café —dijo Marie cuando todo el mundo terminó de comer—. Alexandria, ¿quieres ayudarme en la cocina?

Había dado vueltas a varias formas de conseguir estar a solas con su hija pequeña en un sitio donde pudieran hablar sin interrupciones. Estaba preocupada, pues durante toda la comida la chica había estado tan taciturna como de costumbre. Alex asintió y siguió obedientemente a su madre hasta la cocina.

—Así está bien, Leza, Alexandria y yo nos ocuparemos del postre —le dijo Marie a la cocinera, quien asintió y fue al comedor para empezar a recoger los platos—. Bueno, ¿quieres contarme qué ha pasado?

—No ha pasado nada —contestó Alex con tono despreocupado mientras miraba a su madre, que estaba sacando tazas de un armario y colocándolas en una bandeja. La mujer mayor enarcó una ceja oscura.

—Mientes fatal, Alexandria —dijo su madre con seco humor—. Creía que ibas a traer a tu amiga.

—No ha querido venir —fue la simple respuesta, pero a Marie no se le escapó el ligero temblor de la voz de su hija.

—¿Ha dicho por qué?

—No.

Marie se quedó en silencio, analizando mentalmente varias posibilidades. Levantó la mirada disimuladamente y vio la expresión abatida que marcaba los bellos rasgos de su hija. Se le llenó el corazón de dolor. Parecía que hacía una vida que no veía a su niña feliz.

—¿Le has dicho algo que le haya podido hacer daño? —preguntó con cautela.

—No creo. —Alex suspiró con impaciencia—. He estado repasando nuestra conversación en la cabeza y no consigo averiguar qué he hecho mal.

—Bueno, si estabas hablando de tu familia, a lo mejor ha sentido nostalgia por la suya —sugirió Marie.

—No. —La mujer más joven meneó la cabeza—. En realidad no tiene familia.

Lo que acababa de decir su hija inspiró de repente a Marie. Pensó en la joven que había visto en la comisaría y en la melancolía con que las había mirado ese día. Terminó de colocar las tazas en la bandeja e hizo una pausa para clavar una intensa mirada en su hija.

—Tal vez ése sea el problema.

—¿Qué quieres decir? —Alex se quedó algo confusa.

—¿Qué te dijo cuando le pediste que viniera hoy?

—Dijo que no estaba preparada para conoceros —dijo despacio la mujer más joven, recordando el momento. Sus ojos azules se clavaron de repente en el rostro elegante y envejecido de la mujer mayor—. ¿Crees que la he asustado?

—No lo sé. —Marie se encogió de hombros sin darle importancia—. ¿Qué le has dicho de nosotros?

—No mucho —dijo Alex pensativa, tratando de recordar lo poco que había dicho sobre sus padres—. Sí que mencioné que no estabais muy contentos con que sea lesbiana.

—Aaah. —La mujer mayor chasqueó la lengua con intención.

—¿Qué pasa? Es la verdad —se defendió la mujer más joven.

—Sí, ¿pero tenías que decirle eso? —Marie estaba claramente molesta—. Probablemente has aterrorizado a la chica. Ya es bastante difícil conocer a los padres de tu... novia, sin tener que llenarle encima la cabeza con estas imágenes negativas. Por Dios, seguro que la pobre se sentía intimidada ante la perspectiva de conocer a toda tu familia.

—Ya conoce a Andrew y a Christie —protestó Alex, aunque empezaba a creer que lo que decía su madre tenía algo de cierto.

—Sí, fuisteis juntos a un partido de baloncesto. —La mujer mayor agitó una mano en el aire—. ¿Pero cuánto socializasteis de verdad entre que animabais y gritabais y todas esas cosas que hacéis en esos partidos?

—No mucho —asintió la chica despacio. No se le había ocurrido pensar que Sydney pudiera sentirse intimidada por la idea de conocer a su familia.

—A veces a las personas que no tienen familia propia les cuesta adaptarse —explicó Marie con cuidado—. Cuando alguien ha sido independiente toda su vida, sin formar parte de una unidad familiar tradicional, le da miedo verse envuelto en una situación que no conoce bien.

Alex quiso negarlo. Sydney era una mujer animada y valiente, pero lo que decía su madre tenía sentido. Tal vez estaba presionando a la otra mujer, empujándola hacia un punto, en lugar de llevarla poco a poco. Se maldijo por dentro por no ser más sensible.

—Gracias.

—¿Por qué, querida? —preguntó Marie.

—Por ser tan amable con todo esto —contestó Alex con tono apagado—. Sé que esto tiene que ser difícil para ti.

—Nunca he negado lo que siento —dijo la mujer mayor con franqueza, mirándola de frente—. Pero sé lo que es estar enamorada y no quiero que te lo pierdas. Si resulta que te has enamorado de una mujer... pues no puedo negarte esa felicidad. Ahora vamos, que los demás se estarán preguntando por qué tardamos tanto.

Alex asintió, cogió la bandeja de platos de postre y salió de la cocina detrás de su madre, dando vueltas ya en la cabeza a lo que había dicho la mujer mayor. Tenía sentido, y ahora se regañó a sí misma por no haberlo pensado por su cuenta. Había convertido el momento más feliz de su vida en algo doloroso. Sabía que tenía que pedir perdón a Sydney. Ni siquiera esperó a terminar el postre para despedirse.


Sydney se movía alicaída por su pequeño apartamento. No había nada en la televisión que le llamara la atención y no tenía el menor deseo de ir al trabajo, de modo que se puso a deambular por el apartamento haciendo las pequeñas tareas que llevaba retrasando un tiempo. Cuando acababa de fregar el cuarto de baño, llamaron a la puerta.

—¿Puedo pasar? —preguntó Alex nerviosa. Nunca había estado en el apartamento de la otra mujer. Sydney siempre había parecido reacia a invitarla y no sabía si ahora era bienvenida.

—Sí, claro. —La rubia se echó a un lado, secándose nerviosa las manos en los vaqueros, agradecida de haber pasado el tiempo limpiando su casa. Echó un vistazo al pequeño apartamento, algo cohibida por su pobre entorno. No se parecía en nada al espacioso piso donde vivía la otra mujer.

Alex echó un vistazo rápido por la estancia. Era pequeña comparada con su casa, y los muebles estaban gastados, pero tenían un aire cálido y cómodo. Advirtió las estanterías que cubrían una pared y una rápida ojeada a los títulos le dio una pista hasta ese momento desconocida sobre los intereses de su amiga. Se volvió y sonrió levemente.

—¿Le vas a ofrecer una cerveza a tu amiga?

—Claro —asintió Sydney—. Siéntate, ahora mismo vuelvo.

Alex se quedó mirando a la otra mujer mientras entraba en una estancia vecina y luego fue al sofá y se sentó. Se hundió en el asiento y sintió una familiaridad poco habitual. Se dio cuenta de que esta casa era más acogedora que la suya.

—Espero que no te importe esta marca —dijo Sydney al aparecer de nuevo con una botella que le pasó a su compañera, antes de sentarse en el brazo del sofá—. No pensé que fueses a volver a casa tan pronto.

—Normalmente, mi madre no nos deja marchar hasta que se hace de noche —confesó Alex—, pero lo cierto es que no debería haber ido, para empezar.

Sydney se quedó callada, sin saber a dónde quería ir a parar esta mujer. Los ojos azules y verdes intercambiaron una larga e intensa mirada en la que Alex no hizo nada por disimular sus sentimientos.

—Lo que compartimos anoche fue increíble y como una idiota, he dejado que pases todo el día sola cuando me tendría que haber quedado contigo. —Hizo una pausa para respirar hondo, incapaz de mirar a la otra mujer por un momento—. Esta mañana estaba absolutamente feliz. Nunca pensé que fuese posible ser tan feliz, y voy y lo echo a perder. Primero intento presionarte para que hagas algo para lo que no estás preparada y luego te dejo sola. ¿Me perdonas?

—No hay nada que perdonar —fue la tranquila respuesta—. Me conmovió muchísimo tu deseo de que conociera a tu familia, pero...

—Es demasiado pronto, lo sé —asintió Alex—. Nunca hasta ahora me había sentido así con nadie y supongo que sólo quería compartirlo con todo el mundo. Ni me planteé lo que podrías sentir tú. Hace mucho tiempo que no tengo que tener en cuenta a nadie salvo a mí misma.

—Creo que las dos pisamos terreno desconocido —dijo Sydney, en apenas un susurro—. La verdad es que yo nunca he llegado a un punto en mis relaciones en el que mi compañera haya deseado presentarme a su familia.

—Sí —asintió Alex, pasándose una mano temblorosa por el pelo oscuro—. Yo nunca he estado con nadie a quien haya deseado presentarle a mi familia y... supongo que en parte es culpa mía por meterte miedo.

—¿Cómo?

—Al hacer que mis padres parezcan unos ogros —contestó la mujer alta bastante abochornada—. La verdad es que son buenas personas y les parece bien que tú y yo estemos juntas. Sí, preferirían que las cosas fuesen de otro modo, pero no van a hacer ni decir nada para que rompamos. Quieren que sea feliz, y yo quiero ser feliz y haré lo que sea para conseguir que nuestra relación funcione.

—Yo también quiero que funcione —confesó la rubia—. Supongo que por eso quiero ir despacio.

—Pues así lo haremos —asintió Alex, poniéndose de pie—. Debería irme y dejar que sigas con tus cosas.

—No tienes por qué irte —se apresuró a decir Sydney, que no quería que la mujer se marchara—. Sólo estaba limpiando y parece que más tarde van a poner una buena película, una de esas producciones de Hallmark Hall of Fame. No me acuerdo de cuál es, pero suelen ser muy buenas.

—¿Hay palomitas?

—Sí —asintió la rubia, y Alex sonrió, quitándose la cazadora de cuero.

—¿Dónde quieres que ponga esto?

—En cualquier parte. —Sydney se encogió de hombros—. Aquí no me ando con formalidades.

—Tiene que ser un horror para ti cuando vienes a mi casa —bromeó la mujer alta de buen humor.

—No voy a tu casa para hacer una visita a los muebles —replicó la mujer más menuda con una dulce sonrisa—. Ponte cómoda, yo voy a cambiarme de ropa.

Alex asintió y esperó a que la otra mujer se fuera para pasearse por la habitación. Su primer destino fueron las estanterías, y repasó los títulos, sonriendo por dentro al reconocer a varios autores.

De ahí pasó a la televisión, encima de la cual estaba colocada una gran colección de animalitos. Cogió uno y lo examinó con atención, advirtiendo los delicados detalles de la pieza, una talla muy complicada. Era un pequeño adorno con cuerpo de madera y ojos de cristal.

—Todas las Navidades, cuando mi madre aún vivía, me hacía un regalito, una estatuita o figurita de un animal —dijo Sydney, y Alex volvió la cabeza y vio a la mujer más joven apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos—. Mi padre no era aficionado a celebrar las fiestas, pero todos los años mi hermana se ocupaba de que hubiera un regalo para mí, un adorno de un animal. Siguió regalándomelos incluso cuando ya éramos mayores. Dejó de hacerlo hace dos años, cuando le dije que era policía.

—Lo siento. —Alex se dio cuenta de que su amiga lamentaba mucho haber roto la relación con su hermana mayor—. ¿Has intentado verla desde entonces?

—Me quitó de su lista de visitantes, pero siempre voy en Navidad para dejarle un regalo —dijo Sydney con tono abatido—. Aunque sé que ya no quiere tener nada que ver conmigo, no puedo evitar seguir queriéndola.

Alex no sabía qué decir. Ella siempre había contado con una familia cariñosa que la apoyaba. Había habido momentos de tirantez y tensión con sus padres, pero siempre habían logrado solucionar las cosas. Dejó en su sitio la figurita y señaló las estanterías con la cabeza, notando que era el momento de relajar la tensión.

—Nunca te habría tomado por una aficionada a la historia —comentó, y Sydney sonrió, olvidando parte de la tristeza que le había causado la conversación.

—Fue mi licenciatura universitaria —confesó la mujer más baja—. Me gusta sobre todo leer cosas sobre las culturas antiguas, sobre todo los griegos y los egipcios. Algún día tengo la esperanza de ir allí y recorrer sus museos arqueológicos, para ver los objetos antiguos.

—Tienes varios libros de arte —comentó Alex, y la rubia se ruborizó.

—Otra de mis pasiones. Me encanta la pintura holandesa del siglo XVII, los pintores eran tan meticulosos con los detalles.

—Pues ya tenemos otra cosa en común —sonrió la mujer alta—. Cuando estaba en la universidad, hice varios cursos de historia del arte para completar mis optativas de Bellas Artes.

—Parece que van a traer a la ciudad una exposición de antigüedades egipcias a principios del año que viene, a lo mejor podemos ir a verla —propuso Sydney, con la esperanza de que para entonces siguieran juntas.

—Me gustaría —asintió la mujer alta, alargando la mano—. Ven aquí.

Sydney fue de buen grado y se pasaron el resto de la tarde acurrucadas juntas delante de la televisión. Más tarde hizo la cena para las dos, un sencillo plato de arroz con verduras rehogadas, y después de fregar, se instalaron de nuevo en el sofá para ver la película.

—Qué agradable es esto. —La mujer más joven suspiró, pegándose a la mujer más alta, que le pasó un brazo posesivo por los hombros.

—Sí —murmuró Alex, hundiendo un momento la cara en el pelo de la otra mujer y aspirando el aroma de su champú. Se dio cuenta de que podía acabar acostumbrándose a los días de no hacer nada como éste.

La película no era de Hallmark Hall of Fame, pero era sorprendentemente buena, y las dos estuvieron intrigadas por el desenlace hasta el final. La película terminó demasiado pronto y, con cierta pena, Alex se levantó para marcharse.

—Puedes quedarte si quieres —propuso Sydney esperanzada.

—Ojalá pudiera, pero mañana temprano tengo un desayuno de trabajo con el jefe de policía y me temo que si me quedo no consiga llegar —dijo Alex con una sonrisa tierna mientras se ponía la cazadora—. ¿Quieres pasarte por casa mañana?

—Estoy en el turno de noche —le recordó Sydney abatida, consciente de que seguramente pasarían varios días antes de que pudieran pasar algo de tiempo juntas.

—Llámame —dijo la capitana, inclinándose para besar a la rubia—. Nos vemos mañana, buenas noches.

Sydney acompañó a la otra mujer hasta la puerta y recibió a cambio otro beso antes de que la mujer más alta saliera. Fue a la ventana y se quedó contemplando la noche, observando cuando la alta figura morena cruzó la calle rápidamente hasta el Lexus gris aparcado junto a la acera. Esperó a que el coche se alejara y luego apagó las luces y se retiró al dormitorio.

Echó una mirada por la habitación vacía. Sin la reconfortante presencia de la mujer, la casa parecía solitaria y estéril. Ella había querido que Alex se quedara a pasar la noche, pero se había ido y ahora lo único que la rubia podía sujetar entre sus brazos era una almohada muy grande. Se hizo un ovillo bajo las sábanas y cerró los ojos, con la esperanza de que sus sueños no fuesen demasiado vívidos.


Fue más difícil estar juntas de lo que ambas mujeres se habían esperado. Las diferencias en sus horarios y el carácter mismo de su trabajo hacían que les resultara casi imposible encontrar un momento para estar a solas. Al cabo de unas semanas, las dos empezaban a notar la tensión.

Tiene que haber algo que pueda hacer, pensó Alex un día mientras estaba sentada ante su mesa dando vueltas a un bolígrafo entre los dedos. En las dos últimas semanas sólo se habían podido ver en dos ocasiones fuera de la comisaría, y empezaba a notar la frustración. La situación tenía que cambiar si querían seguir juntas.

Suspiró, sintiendo una vez más una oleada de insatisfacción. Era la misma insatisfacción que la había llevado a dejar Chicago para venir a Seattle. Había aceptado este cargo porque estaba buscando algo distinto, pero ahora que la novedad inicial se había acabado, empezaba a parecerse a la misma rutina de siempre, igual que en la ciudad del viento. La única diferencia era Sydney. Hizo girar la silla y se quedó mirando lúgubremente por la ventana.

Estaban a finales de noviembre y el cielo estaba gris y cargado de nubes. Caía una ligera niebla, como durante toda la semana. Eso hacía que se sintiera deprimida, depresión que sólo una persona podía quitarle. Tras reflexionar un rato, cogió el teléfono y marcó un número.


Sydney llegó al trabajo esa tarde dos horas antes, tras recibir un críptico mensaje en el contestador que le decía que llegara a esa hora. Se le ordenaba que se presentara inmediatamente ante la capitana. El tono de voz le había producido un escalofrío, y se preguntó qué había hecho mal. Se preparó para lo peor, con la cabeza llena de lejanos recuerdos de otra convocatoria parecida.

Miró nerviosa por la sala de inspectores mientras avanzaba hacia el despacho de la capitana, llamó ligeramente a la puerta y esperó a que la invitaran a entrar antes de cruzar el umbral. Intentó disimular su miedo tras una sonrisa insegura.

—¿Querías algo?

—Sí —asintió Alex, que se levantó, cogió el balón de baloncesto de un estante y se lo lanzó a la mujer más menuda—. Ponte la ropa de deporte y reúnete fuera conmigo dentro de quince minutos.

—Está lloviendo —farfulló atónita la mujer más menuda.

—Qué va, sólo es niebla —dijo la mujer más alta, desechando la protesta, y Sydney sonrió como una niña.

No habían jugado enfrentadas desde aquel último partido en St. Mary's, y las dos echaban de menos esas horas que habían pasado zarandeándose por la cancha. Sydney fue la primera en salir a la cancha y así pudo quedarse mirando mientras su alta y bella amante se acercaba a ella.

Jugaron durante la hora siguiente, disfrutando del aspecto físico de un deporte que les permitía agarrarse y tocarse sin levantar sospecha. Les daba la oportunidad de eliminar parte de la frustración que les causaba su separación. Las dos estaban empapadas en sudor cuando por fin lo dejaron.

—Lo echaba de menos —dijo Sydney jadeando.

—Y yo. —Alex sonrió y alargó la mano para revolverle el pelo rubio a su compañera. Habría querido darle un abrazo a la mujer, pero sabía que eso era impensable, consciente de que estaban en un lugar muy público—. ¿Puedes venir a casa mañana por la noche?

—No salgo hasta las once —le recordó entristecida la mujer más baja mientras se encaminaban de vuelta al edificio principal. Caminaban tan cerca la una de la otra que sus cuerpos se rozaban.

—Puedo esperar levantada —dijo Alex, consciente de que este partido no había hecho sino aumentar su deseo por la mujer más menuda. Le corría la sangre por el cuerpo, calentando todos los puntos que no debía—. Quiero verte.

—Vale, llegaré hacia las once y media, a menos que tenga un aviso.

—Pues no contestes el teléfono —ordenó la mujer más alta en broma y Sydney sonrió. Se separaron cuando llegaron al vestuario, manteniendo una distancia discreta entre las dos.

—¡Qué cuerpazo!

—¿Qué? —Sydney se sobresaltó al oír el leve susurro.

Se volvió hacia quien hablaba y vio que la voz pertenecía a Carmen Martens, una patrullera que no hacía nada para ocultar el hecho de que era lesbiana. Siguió disimuladamente la mirada de la mujer y vio que estaba mirando a Alex. Sintió una oleada de rabia, pero se controló.

—¿Cómo aguantas estar cerca de ella? —dijo Carmen con entusiasmo, y Sydney apartó con cuidado la mirada de su amante, pues sabía que si seguía mirando podría revelar parte de sus propias ideas lujuriosas—. ¿Es que no te entran ganas de meterle mano?

—No es mi tipo. —La pequeña rubia podría haber intentado mentir sobre su preferencia sexual, pero decidió no hacerlo, pues sabía que probablemente esta agente conocía la verdad—. Además, es mi jefa.

—Pero pasáis mucho tiempo juntas —indagó la otra mujer.

—A las dos nos gusta el baloncesto —fue la sincera respuesta.

—¿La has invitado a salir?

—¿Por qué iba a hacerlo? —Sydney se estaba empezando a enfadar por la insistencia de la mujer y por la forma en que seguía mirando lascivamente a Alex.

—Bueno... pues si a ti no te interesa, a lo mejor lo intento yo —dijo la mujer con una sonrisa de deleite, sin dejar de comerse a la capitana con los ojos, por lo que la inspectora rubia tuvo que hacer un esfuerzo para no pegar a la patrullera.

—No creo que le interese. Hace unos años estuvo a punto de casarse con un hombre.

—Corre el rumor de que ha cambiado de acera desde entonces.

—Pues adelante. —Sydney se encogió de hombros, tratando de parecer indiferente—. Pero no te sorprendas si te rechaza. Creo que está saliendo con alguien.

—Eso nunca ha sido un impedimento para mí —dijo Carmen riendo.

Al parecer no lo había sido, pues al día siguiente Sydney oyó a varios patrulleros en la sala de inspectores que se estaban riendo. Fingiendo interés en otra cosa, escuchó a propósito la conversación, deseosa como siempre de enterarse de los cotilleos que corrían por la comisaría.

—Me he enterado de que ayer Martens se intentó ligar a la nueva capitana —les dijo riendo un joven patrullero a sus colegas mientras se preparaban para salir de patrulla.

—¿Y qué pasó?

—Que la capitana le dejó muy clarito que no estaba interesada.

—¿Y qué hizo Martens? —preguntó un colega con curiosidad, ardiendo en deseos de conseguir más detalles.

—Insistir, diciéndole a la capitana con todo lujo de detalles lo que se estaba perdiendo. —El hombre se echó a reír—. Ante lo cual la capitana le recitó la normativa oficial sobre el acoso sexual y le recordó que eso incluye a las mujeres, no sólo a los hombres. Ahora tengo entendido que la han trasladado a la división de Northside.

—Me alegro —dijo otro agente, resoplando—. Era una plasta de bollera.

Tras esto, el grupo se marchó y Sydney volvió a su mesa con una sonrisa de oreja a oreja. No le hacía gracia que nadie mirara lascivamente a su compañera, y era sabido que Carmen Martens era muy insistente. Más de una mujer de la comisaría se había quejado de su actitud agresiva.

Sydney se moría de ganas de que llegara la noche, y procuró no contestar ninguna llamada telefónica hacia el final de su turno. Quería estar con Alex y no quería que nadie interrumpiera sus planes. Como le había prometido, su amante la estaba esperando.

—¿Tienes hambre? —Sonrió, ayudando a su compañera a quitarse la cazadora antes de abrazarla estrechamente y llenarle la cara de besos.

—¿La comida puede esperar? —preguntó Sydney con timidez—. Antes me gustaría ver si logro tener apetito.

—No hay problema. —Alex se echó a reír con los ojos relucientes de pasión, cogió de la mano a la mujer más menuda y tiró de ella hacia el dormitorio.

Varias horas más tarde entraron por fin en la cocina, donde se sentaron a la mesa en pijama y se comieron los sándwiches que había preparado Alex. Estaban muy a gusto y charlaron sobre lo que habían hecho ese día y lo que habían hecho desde la última vez que estuvieron juntas.

—Me he enterado de que Carmen Martens quería salir contigo —dijo Sydney con una sonrisa maliciosa. La otra mujer arrugó la nariz disgustada.

—Le dije que no, pero insistió.

—Así que la has trasladado a Northside. —La rubia se echó a reír.

—Detesto a las tías agresivas —murmuró Alex y luego estrechó los ojos—. ¿Te molesta?

—No, la verdad es que me alegro —dijo Sydney y dio un bocado a su sándwich vegetal—. El otro día, cuando estábamos en la ducha, te estuvo comiendo con los ojos. Le habría dado un puñetazo.

—Me alegro de que no lo hicieras. —Alex sonrió, contenta ante la muestra de celos de la mujer más joven. Disfrutó un momento de la sensación y luego se puso seria—. No tolero ese tipo de comportamiento en nadie, hombre o mujer. —La joven asintió—. ¿Cómo te has enterado?

—Lo estaban comentando los chicos en la sala de inspectores. No le caía bien a mucha gente, demasiado agresiva.

Siguieron charlando hasta que terminaron de comer y luego se volvieron a la cama. Sydney se pegó a su alta compañera, que la abrazó estrechamente, y así se quedaron dormidas.


—¿Has dedicido ya lo que vas a hacer en Navidad? —le preguntó Marie a su hija varios días después, cuando quedaron para comer.

—Estaré en casa. —Alex sabía que eso era lo que quería oír su madre.

—¿Y tu amiga, estará con nosotros?

—No. —La mujer más joven meneó la cabeza—. Se ha ofrecido voluntaria para trabajar.

—Eso no es muy oportuno —dijo pensativa la mujer mayor.

—Se apuntó antes de que empezáramos a salir. —Alex se encogió de hombros.

—Bueno, pues tendremos que guardarle algo de comida y así se la puedes llevar por la tarde.

—Te lo agradezco, mamá. —La mujer más alta estaba agradecida de verdad.

—Es un placer —sonrió Marie, contenta de ver que su hija era feliz.


A pesar de su aparente indiferencia, Alex estaba preocupada por su joven amante. La Navidad era una época difícil, sobre todo para las personas que no tenían familia con la que compartir las fiestas. Echó un vistazo fuera de su despacho hacia la mesa que solía ocupar Sydney. Ahora mismo estaba vacía, porque la inspectora estaba en el turno de medianoche.

Llevaba un tiempo dándole vueltas a lo que podía regalarle a la otra mujer por Navidad. Estaban los pequeños regalos de costumbre que sería fácil elegir, pero buscaba algo especial. Algo que hiciera que su primera Navidad juntas fuese especial.

Sólo se le ocurría una cosa que pudiera hacer feliz a Sydney. Siguiendo su idea, descolgó el teléfono y marcó el número que la puso en contacto con los funcionarios de prisiones que estaban a cargo de las cárceles estatales. Luego se preguntó si habría tomado la decisión correcta.


Anne Davis no tenía visitas. En los dos últimos años sólo había tenido una, la de un antiguo novio que quería ponerse en contacto con algunos de sus colegas de antes. Le había dicho que se fuera, pues no tenía interés en ayudarlo. A fin de cuentas, eran esos mismos amigos los que la habían mandado a la cárcel.

Siguió en silencio a la guardia por el pasillo hasta la sala de visitas. Por mucho que le costara reconocer la verdad, tendría que haberle hecho caso a Sydney cuando todavía estaba a tiempo. La niña había resultado ser más inteligente que todos ellos juntos.

Hacía dos años que la niña no venía a verla. Dos años desde que le dijo furiosa a su hermana pequeña que se marchara y no volviera nunca más. Lamentó las duras palabras en cuanto salieron de su boca, pero algo le impidió retirarlas. Sydney se lo había tomado en serio y nunca más había vuelto.

La guardia le había dicho que una policía quería hablar con ella, y por dentro tenía la esperanza de que se tratara de Sydney, pero sabía que la niña ya no intentaba ponerse en contacto. Seguía recibiendo los paquetes por Navidad, pequeños regalos que ella adoraba.

Apartó de su mente todas sus reflexiones sobre su hermana cuando entró en la estancia enrejada. Sus ojos verdes se posaron automáticamente en la silla donde estaba sentada una mujer morena. Se quedó un poco desconcertada, al reconocer a la mujer por los boletines de noticias que veía en televisión. Por un momento, Anne se preguntó si alguien de fuera había dado su nombre para librarse de algo. Eso sería muy propio de sus antiguos amigos.

Entonces se le ocurrió otra cosa, y por un instante se llenó de pánico, preguntándose si Sydney estaría bien. No había oído nada en las noticias, pero sabía que no siempre informaban de todo. Se sentó en la silla frente a la otra mujer y cogió el teléfono.

—¿Está bien? —No tenía intención de empezar diciendo eso, pero su miedo se reflejó en sus actos verbales.

—Sydney está bien —confirmó Alex. Se había estado preguntando cómo empezar la conversación y casi se alegró de que la mujer lo hubiera hecho por ella.

Había sido muy fácil que la alcaidesa le permitiera esta visita, y en los días previos había estado dando vueltas a su decisión de intentar reunir a las hermanas. No le había dicho nada a Sydney y le preocupaba cómo iba a ser recibida por la reclusa, pero ahora esos temores se calmaron un poco. Se alegraba de ver que esta mujer, endurecida y avejentada por el sistema al que pertenecía, todavía sentía lo suficiente para preguntar por su hermana. Eso le daba la esperanza de no haber malgastado el viaje.

—¿Entonces qué quiere? —Las facciones de la reclusa se endurecieron. Por un instante la mujer le había recordado a Alex a su amante, pero aparte del pelo rubio y los ojos verdes, en realidad no se parecían mucho—. ¿Es que alguien me ha echado la culpa de algo? Porque si es así, yo no lo he hecho, llevo ocho años en este agujero.

—Ya lo sé. —La capitana había leído los informes sobre la mujer y conocía su historia—. He venido para hablarle de Sydney.

—Creía que había dicho que estaba bien. —La mujer estrechó los ojos, mostrando la desconfianza que sentía por el sistema.

—Está bien. —Alex respiró hondo—. Sólo quería presentarme, puesto que no tiene más familia.

—Sé quién es usted —dijo la mujer con cara hosca—. Es esa puta capitana de Homicidios.

—Sí —asintió la morena.

—Ella es su puta, ¿verdad? —gruñó Anne con cara de desprecio antes de que Alex pudiera decir nada más—. Se la está follando y quiere que yo le dé permiso.

—Sydney no es la puta de nadie —contestó Alex enfadada, sintiendo que empezaba a encolerizarse. Detestaba esa palabra y la forma en que la usaba esta mujer.

—Pero se la está follando, ¿verdad? —La risa de la mujer sonaba hueca y carente de alegría. Las arrugas de su cara se hicieron más profundas, cargadas de rabia. Odiaba pensar que a su hermana la estaban utilizando como la utilizaban a ella en la cárcel. Ésa no era forma de vivir para nadie, y odiaba a esta mujer por obligar a Sydney a hacer eso.

—Estoy enamorada de su hermana —dijo Alex con tono tranquilo, confesando ante esta mujer algo que ni siquiera le había dicho a su joven amante.

—Enamorada. —Anne resopló con desprecio, mostrando su escepticismo ante la idea. Se echó hacia atrás en la silla—. ¿Por qué ha venido, para que le dé permiso para cortejarla?

—Sydney es una mujer capaz de decidir por su cuenta lo que quiere —dijo la capitana, endureciendo a su vez el tono al tiempo que reevaluaba sus primeras impresiones. Tal vez haber venido aquí no había sido una de sus mejores ideas—. Sólo quería conocer a la persona más importante de su vida.

Eso pilló desprevenida a la endurecida criminal, y por un momento Anne no supo qué decir. Se quedó mirando a la morena desconocida que estaba al otro lado del cristal. Conocía la preferencia de su hermana por las mujeres. Lo había ignorado durante mucho tiempo, y Sydney había intentado negar la verdad acostándose con tal vez una docena de hombres para demostrar que era normal. Pero Anne nunca se había dejado engañar.

—¿Qué quiere? —gruñó por fin.

—No quiero nada —dijo Alex, meneando la cabeza, pero luego cambió de opinión—. No, no es cierto. He venido con la esperanza de poder convencerla para que vea a Sydney.

—¿Por qué?

—Porque la quiero y me doy cuenta de que su separación le hace daño.

—Odio que sea lesbiana y odio que sea una poli de mierda —soltó Anne agresivamente.

—¿De verdad? —preguntó Alex, al tiempo que sus ojos azules perforaban el cristal para clavarse en la otra mujer—. ¿O es que la odia porque representa todo lo que usted no es?

Se hizo un silencio tenso entre las dos mujeres y Alex esperó un momento antes de seguir hablando, para que sus duras palabras tuvieran tiempo de calar. Se quedó mirando a la mujer sentada frente a ella y no vio nada en su estoica expresión. Únicamente las pequeñas pulsaciones de una vena en el rabillo del ojo le indicaban que tal vez sus palabras habían hecho mella. Respiró hondo.

—¿Por qué se avergüenza de sentirse orgullosa de ella? Sydney es una joven increíblemente fuerte y valiente con el corazón lleno de compasión. Sólo conocerla es para mí un honor.

Anne no respondió. Miró a la morena y vio el fuego de sus ojos claros. Sabía que esta mujer decía la verdad. Bajó la cabeza, luchando con las emociones que rara vez permitía que salieran a la superficie.

—No quiero que me vea así —confesó la reclusa con voz tensa, levantando la cabeza con aire desafiante para mirar a la otra mujer a los ojos—. Tiene razón, ella es como dice usted, pero yo sabía que sólo era cuestión de tiempo que empezara a mirarme como todos los polis miran a los criminales.

—De modo que la alejó. —Alex comprendió de repente lo que había pasado—. Llevaba ya cinco años trabajando como policía antes de que se lo dijera. Si la hubiera odiado, para entonces ya lo habría hecho.

—No. —Anne meneó la cabeza—. Habría seguido viniendo, pero un día la miraría a los ojos y vería su vergüenza y su desprecio. Me cargué a un puto policía y estuve a punto de hacerla caer conmigo. ¿Cuánto tiempo cree que habría tardado en llegar a despreciarme por eso?

—Sydney no es así —dijo Alex, en desacuerdo—. No es una persona que pudiera abandonarla. No es ese tipo de persona. Si se olvidara de todas esas chorradas, usted misma se daría cuenta.

—No lo sé. —La otra mujer meneó la cabeza—. Esperó cinco años para decirme que era policía y lesbiana. Dígame, ¿por qué esperó tanto?

—Porque tenía miedo de que usted dejara de respetarla —contestó la capitana en voz baja.

La reclusa se quedó mirando a la otra mujer, preguntándose si podía creérselo. Meneó la cabeza y notó que se le llenaban los ojos de lágrimas, incapaz de comprender cómo era posible que su hermana pequeña la respetara cuando ella estaba hecha tal desastre.

—Porque la quiere —dijo Alex quedamente, como si leyera los pensamientos de la otra mujer.


PARTE 7


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