Capítulo 5


Sydney aterrizó en el suelo con un sonoro golpe. Se quedó allí atontada un momento, parpadeando rápidamente y tratando de orientarse, y de repente una mujer soñolienta de ojos azules asomó por el extremo del sofá. El rostro adormilado tenía una expresión preocupada, pero Sydney ni se dio cuenta, concentrada en cambio en el aspecto tan increíblemente sexy que tenía la mujer con el pelo oscuro alborotado y las largas piernas desnudas.

—¿Estás bien? —preguntó Alex, preocupada de verdad. Había saltado de la cama, al despertarse por el ruido, y había entrado corriendo en el estudio, preocupada por su amiga.

—Sí, supongo que me he caído del sofá al darme la vuelta —asintió Sydney, frotándose la cabeza al tiempo que intentaba incorporarse. Miró de repente a su alrededor y se dio cuenta de dónde estaba y lo que había ocurrido. Miró cohibida a la otra mujer—. Vaya, me he quedado dormida en tu compañía, qué corte.

—No pasa nada, son cosas que ocurren —replicó la mujer alta, encogiéndose de hombros con despreocupación—. Escucha, todavía es temprano. ¿Quieres intentar volver a dormir o quieres que te lleve a casa?

—Intentaré dormir —dijo Sydney, pensando que era plena noche y que no quería sacar a su amiga de casa a estas horas.

—Vale —asintió Alex y cuando iba a darse la vuelta, se detuvo, rascándose la cabeza—. Venga, mi cama será más cómoda que el sofá.

—¿Estás segura? Este sofá está bien —dijo la rubia algo insegura.

—Sí. —La morena le sonrió de medio lado y luego alargó la mano para ayudar a la mujer más menuda a levantarse, dejando caer la manta al suelo—. Creo que tengo una camiseta que te puede quedar bien. Será más cómodo que lo que llevas.

Sydney asintió sin decir nada y dejó que su anfitriona la llevara al dormitorio, preguntándose cómo iba a poder dormir en la misma cama que esta mujer. Se tragó los nervios y se quedó mirando cuando la mujer alta sacó una vieja camiseta de los Sonics de un cajón y se la lanzó.

—El baño está por ahí. —Señaló una puerta y Sydney asintió.

Tranquila, se dijo, respirando hondo varias veces antes de salir del cuarto de baño. Miró al otro lado de la habitación, donde la teniente ya estaba en la cama, dándole la espalda. Puedo hacerlo, pensó la mujer más baja antes de apagar en silencio las luces y deslizarse bajo las sábanas.

—¿Estás bien? —preguntó la morena medio dormida, dándose la vuelta para mirarla.

—Sí —dijo Sydney con un bostezo.

—Bien —fue la apagada respuesta, seguida poco después de un ligero ronquido.

Sydney se quedó ahí tumbada escuchando el silencio y tratando de calmarse. Cerró los ojos, pensando que no podría estar más cerca del cielo ni aunque lo intentara. Casi en contra de su voluntad, acabó quedándose dormida.

Por una extraña coincidencia, a la mañana siguiente se despertaron a la vez. Por la noche sus cuerpos se habían acercado de forma natural, buscando el calor, y ahora estaban echadas con las caras a pocos centímetros de distancia y las piernas entrelazadas bajo las sábanas. Ninguna de las dos se movió durante un buen rato. Se quedaron allí en silencio, los ojos verdes clavados en los azules, los corazones latiendo al mismo ritmo.

Alex alargó la mano y colocó delicadamente algunos mechones de pelo rubio detrás de la oreja de la otra mujer. En cuántas otras ocasiones se había despertado en la misma situación y se había sentido incómoda y deseosa de marcharse. Pero esta mañana no sentía eso. Cuando empezaba a echarse hacia delante, sonó el teléfono. Tuvo tentaciones de no hacer caso, pero no dejaba de sonar. Era casi como si el que llamaba supiera que estaba allí.

—¡Diga! —ladró en el auricular, sin intentar disimular su irritación.

—Buenos días a ti también, querida —contestó una voz algo sarcástica, y Alex maldijo por lo bajo. Se sentó y echó las largas piernas por el borde de la cama.

—Lo siento, madre, es que... me has despertado.

—Pues entonces me alegro de haber llamado —continuó la mujer de más edad con seco humor—. ¿Te has olvidado del almuerzo de hoy?

—No... o sea, sí... no puedo ir —replicó Alex, mirando por encima del hombro a la joven que estaba tumbada apaciblemente en la cama. Su anuncio fue recibido con un silencio total. Era el tipo de silencio que le indicó a la morena que pasaba algo.

—¿Es que te has olvidado de que hoy celebramos el cumpleaños de Lawrence? —Había un leve tono de reproche en la voz—. Prometiste que vendrías.

¡Mierda!, pensó Alex, cerrando los ojos. Sabía que su madre nunca se lo perdonaría si no aparecía por allí. Miró el reloj de la mesilla de noche. Eran las diez.

—¿A qué hora vais a empezar? —preguntó, resignada.

—A las once, y no lo digas con tanto entusiasmo —replicó la mujer con humor—. ¿A qué hora vas a venir?

—Dame una hora —dijo, y se quedó algo consternada al ver que Sydney salía de la cama y se dirigía al cuarto de baño.

—Está bien, esperaremos a que llegues —contestó su madre, y para cuando colgaron Sydney ya había vuelto a la habitación totalmente vestida.

—Lo siento —dijo Alex, encogiéndose de hombros con aire impotente cuando se miraron a los ojos.

—Lo comprendo. —Sydney sonrió, pero la sonrisa no se reflejó en sus ojos.

—¿Puedo al menos hacerte algo de desayunar? —preguntó Alex, maldiciendo por dentro la llamada telefónica, consciente de que si no hubiera contestado, ahora estaría haciendo el amor con esta mujer.

—No, tranquila, sé que tienes prisa. —La mujer más menuda sacudió la cabeza y se pasó los dedos por el pelo—. Llamaré a un taxi.

—Si esperas unos minutos a que me duche, te llevo yo —dijo Alex, poniéndose en pie y sin dejar de mirar a su compañera.

—No, puedo coger un taxi —dijo la rubia, incapaz de corresponder a la intensa mirada azul dirigida hacia ella. Su compañera se movió tan sigilosamente que no la oyó cruzar la distancia que las separaba.

—No —dijo la mujer más alta, cogiendo con delicadeza la barbilla de la mujer más menuda y levantándosela para poder mirarla a los ojos—. Quiero llevarte a casa... por favor.

Durante largos segundos, Sydney quedó atrapada por la fiera mirada y por un momento sintió que se hundía en esos ojos azules. Se le entrecortó la respiración y, como no sabía si iba a poder hablar, cerró los ojos y asintió con la cabeza. Alex sintió una acometida de placer y sin poder remediarlo, se echó hacia delante y rozó con los labios la boca de la mujer más baja antes de entrar corriendo en el baño para ducharse.

La inspectora rubia se tambaleó y se agarró al extremo de la cama para no caerse al suelo. No era ninguna inocente, pero nunca hasta ahora se había sentido tan abrumada por nadie. De algún modo consiguió salir del dormitorio y entrar en el salón, donde se dejó caer en el asiento más cercano, temerosa aún de que le fueran a fallar las piernas.

Se quedó sentada en silencio, contemplando la pared y pensando en las últimas cuarenta y ocho horas. Nunca había sentido tal torbellino de emociones y sabía sin la menor duda que estaba enamorada de su compañera. Era un amor que habría sido consumado si no hubiera sonado el teléfono.

Maldita sea, pensó, maldiciendo el invento, y apoyó la cabeza en el sofá, cerrando los ojos para esperar a que su amiga terminara de arreglarse, sabiendo de corazón que con esta mujer iba a ser o todo o nada.

Quería darlo todo. Por primera vez en su vida, se veía teniendo todo aquello con lo que había soñado pero que le había dado miedo perseguir. Con Alex se veía a sí misma asentada, con una familia y todas las cosas que nunca había tenido de niña. Durante largo rato, se permitió soñar con esa fantasía.

Alex realizó a la carrera todas sus actividades matutinas, duchándose y vistiéndose a toda prisa, sabiendo que su compañera estaba esperando. Se detuvo en el pasillo y sus ojos se posaron en la joven que estaba cómodamente repantingada en el sofá. Era curioso, pero de todas las personas que la habían visitado, Sydney era la única que parecía a gusto. Era como si encajara en el cuadro. La idea hizo que le diera un vuelco el corazón.

Se conocían desde hacía muy poco tiempo, pero esta mujer se había hecho importantísima para ella.

En ese momento se dio cuenta de que haría cualquier cosa por esta pequeña mujer. Iría hasta el fin del mundo para protegerla.

—¿Estás lista? —preguntó bruscamente, dándose cuenta de que si lo seguía retrasando, ninguna de ellas iría a ninguna parte.

—Sí. —La rubia se puso en pie de inmediato.

El trayecto de vuelta al apartamento de Sydney transcurrió en un silencio casi total, mientras las dos mujeres se conformaban con dar vueltas a sus propios pensamientos. Hubo un momento algo incómodo cuando por fin llegaron a su destino. Ninguna de las dos sabía qué decir.

—Gracias, lo he pasado muy bien —dijo Sydney, rompiendo el silencio.

—Yo también —asintió Alex—. ¿Qué vas a hacer el resto del día?

—Seguramente pondré una lavadora y limpiaré la casa. —La rubia arrugó la nariz con una ligera sonrisa.

—Parece divertido. —La teniente sonrió algo insegura, pero la sonrisa desapareció rápidamente—. Escucha, si te aburres, llámame. Estaré en casa por la tarde.

—Muy bien —asintió Sydney y luego, antes de que le resultara más difícil, se bajó del coche y subió corriendo los escalones de su edificio.


La familia ya se había sentado a comer cuando llegó Alex. Sonrió con aire de disculpa a su madre, que la miraba con mala cara, se sentó en una silla vacía y luego fingió concentrarse en lo que se estaba diciendo. Como siempre, el tema de la conversación giraba en torno a una sentencia reciente del Tribunal Supremo.

Intentó mostrar interés, pero sus pensamientos estaban en otra parte y no podía dejar de pensar en Sydney y preguntarse qué estaba haciendo la otra mujer. Por un momento, empezó a calcular cuánto tiempo más tendría que quedarse antes de poder marcharse. Desde luego, a su madre no le haría ninguna gracia que se limitara a comer y salir corriendo, de modo que respiró hondo y se resignó a quedarse por lo menos unas horas.

Tras el postre, pasaron a la sala de estar, donde sacaron los regalos y brindaron. Alex nunca había tenido una relación estrecha con su hermano mayor, pues los diez años de diferencia que se llevaban a veces parecían una vida entera. No tenían nada en común, ni siquiera el deporte, que era un interés que compartía con sus otros hermanos.

De toda su familia, Lawrence era el único que más reparos ponía a su estilo de vida, aunque no se atrevía a expresar su opinión. Todos habían sido educados en el respeto a las decisiones de los demás, pero ella captaba las sutiles indicaciones de que él no estaba de acuerdo con su forma de vivir. Aunque a ella le daba igual lo que pensara.

Miró distraída a sus sobrinos, que estaban tirados en el suelo con un juego de mesa. Estaban discutiendo sobre a quién le tocaba jugar, y con una sonrisa divertida oyó que uno acusaba a otro de hacer trampas.

Sentía un cariño especial por ellos, y por primera vez pensó que no estaría mal tener sus propios hijos. Hasta ahora nunca se había planteado seriamente la posibilidad de tener un bebé, pensando que su vida como policía era inestable. Sin embargo, había una parte de ella que esperaba tener su propia familia.

Sus pensamientos vagaron un momento al preguntarse si Sydney se habría planteado alguna vez ser madre. Era algo que tendría que preguntarle a la mujer más joven, aunque sabía que la respuesta le iba a dar igual.

—Oye, hermanita. —Andrew le dio un golpecito en el brazo, sacándola de sus meditaciones, al sentarse en una silla al lado de ella.

—¿Qué?

—Parecías totalmente ida —dijo con una sonrisa irónica—. ¿Puedo preguntar en qué o quién estabas pensando?

—No tiene importancia —replicó ella con un ligero rubor, cortada porque la había pillado fantaseando. Él se echó a reír suavemente por su momentánea confusión.

—Ya, no tiene importancia —dijo riendo—. Seguro que era un metro sesenta y pico de pelo rubio y ojos verdes.

—Basta —siseó ella, mirando furtivamente al resto de su familia, alegrándose de que no hubieran oído nada de su conversación—. Ese tema no está abierto a discusión.

—Vale, vale, sé captar una indirecta —dijo él, levantando las manos con gesto defensivo.

—Bien —dijo ella y sin decir nada más, se levantó y salió de la habitación. Varios niños que la adoraban la siguieron rápidamente.

Andrew se quedó mirándola. Sabía por la reacción de su hermana que la rubia no era un rollo sin importancia, y eso le daba motivos de preocupación. Quería que Alex fuera feliz, pero también le preocupaba su futuro. Miró por la habitación y vio que el resto de la familia no se había dado cuenta de que se había marchado. Por cómo iba la conversación, no era muy probable que nadie se percatara de que ninguno de los dos estaba presente, por lo que fue en busca de su hermana pequeña.

La encontró en la cancha de baloncesto que había al lado del garaje, rodeada de un grupo embelesado de niños a quienes estaba enseñando unas cuantas formas sencillas de manejar un balón. Se quedó mirando, tomando nota de la inteligencia con que trataba a cada uno de los niños. Se le ocurrió pensar que sería una buena madre. Esperó un poco y luego se unió a ellos.

—Así que es aquí donde te escondes —dijo con una sonrisa burlona, quitándole el balón de las manos y lanzando a canasta. Sus sobrinos chillaron encantados cuando el balón pasó por la red. Se volvió y sonrió a su hermana más alta.

—No me escondo —contestó Alex, cogiendo el balón que volvía botando hacia ellos—. Sólo estoy disfrutando de la compañía de mis sobrinos.

Sonrió con encanto al pequeño grupo de niños y luego se giró en redondo y lanzó el balón. Se quedaron mirando cómo volaba por el aire y entraba en la red. Su esfuerzo fue aclamado por las niñas, a las que saludó inclinándose antes de salir trotando a recoger el balón, que seguía botando. Con un rápido movimiento, lanzó un pase a su hermano, que apenas tuvo reflejos para atraparlo.

—Tengo entendido que estás revolviendo las cosas en Homicidios —comentó él, botando el balón unas cuantas veces antes de lanzarlo por el aire. El balón golpeó en el tablero y se hundió en la red.

—Sólo hago aquello para lo que me han contratado —contestó ella suavemente, recogiendo el rebote y devolviendo el balón al hombre de más edad.

—Se dice que te van a ascender —comentó él en voz baja, y Alex lo miró atentamente.

—¿Dónde has oído eso? —quiso saber. La información sobre su nuevo nombramiento no debía hacerse pública hasta la conferencia de prensa de mañana. Le molestaba que alguien se hubiera adelantado y hubiera filtrado la noticia.

—Tengo amigos en toda la ciudad —replicó él, lanzando el balón y observando cómo pasaba limpiamente por el aro. Su hermana recogió el balón y lo botó unas cuantas veces—. ¿Es cierto?

—Sí —asintió, aliviada de poder confiar en alguien por fin—. George Ford se está tomando muy en serio la limpieza del departamento. No podía fiarse de que ninguno de los que ocupan actualmente la cadena de mando fuera a ser objetivo, así que por eso me contrató a mí.

—Te darás cuenta de que las consecuencias van a ser importantes —comentó él, y ella asintió en silencio, lanzando el balón a canasta y observando cuando pasó zumbando por la red.

—Estoy acostumbrada —contestó, sin dar muestras de sentirse asustada por la idea. Atrapó el balón en el rebote y se lo entregó a su hermano—. Es lo que hacía en Chicago y Los Ángeles. Te olvidas de que tengo otra licenciatura, aparte de derecho. Estoy acostumbrada a ser la mala de la película y llevarme todas las tortas.

Andrew botó pensativo el balón unas cuantas veces. Sabía que Alex era inteligente y fuerte. Se había licenciado por la Universidad de Southern California con dos títulos y en años posteriores se había sacado no sólo la licenciatura de derecho, sino además un máster en administración de empresas. Sus logros a veces daban un poco de miedo.

Había oído todas las alabanzas de los cuerpos de policía de Chicago y Los Ángeles, donde había pasado los últimos doce años antes de aceptar este trabajo. Todo el mundo conocía su reputación y no era ningún secreto por qué la había contratado el actual jefe de policía. Se concentró en el lanzamiento un momento y luego soltó el balón y vio cómo daba en el tablero y rebotaba en el aro. Esta vez recogió él el balón.

—Christie me ha dicho que conociste a Sydney en el trabajo —dijo como sin darle importancia, y Alex se volvió bruscamente hacia él en el momento en que le lanzaba el balón.

—Sí, es sargento inspectora de la Unidad de Homicidios —confirmó la mujer, sabiendo por instinto que su hermano intentaba decirle algo.

—En estas circunstancias, ¿crees que es prudente relacionarte con ella? —preguntó sin rodeos y, sin mirarlo, ella lanzó el balón, encestando limpiamente una vez más.

—¿Qué intentas decir, Andrew? —Cogió el balón en el rebote y luego, con algo de rabia, se lo lanzó con más fuerza de la necesaria.

—Nada —dijo él, lanzando el balón y viendo cómo rebotaba en el aro. Alex tuvo que moverse deprisa para alcanzarlo antes de que se saliera de la cancha—. ¿Pero te puedo dar un consejo?

—¿Qué? —preguntó ella con tono tenso, mirándolo un momento con frialdad.

—Ten cuidado —le advirtió al tiempo que ella hacía un lanzamiento desde la línea de seis metros. Se quedaron mirando mientras el balón volaba por el aire y entraba en la canasta—. Tu nombramiento ha sentado muy mal a algunas personas. Tu nuevo ascenso les va a sentar aún peor.

—Sabes que eso me da igual —lo reprendió ella suavemente, acercándose a él con el balón debajo del brazo. Por un momento, los apagados ojos grises se encontraron con los penetrantes ojos azules—. ¿Qué es lo que intentas decir de verdad?

—Quiero que tengas cuidado, hermanita —dijo Andrew tajantemente, sabiendo que no había manera de zafarse de esta conversación y deseando por un instante haber mantenido la boca cerrada—. No tengo nada en contra de cómo vives tu vida, pero hay otros que podrían estar dispuestos a usarlo en tu contra. Estarán atentos a cualquier cosa.

—Agradezco tu preocupación, hermano, pero ya soy mayor. Ya he pasado por esto. —Le dio el balón y él se quedó mirándolo pensativo, dándole vueltas en las manos.

—No lo creo. —Meneó la cabeza y ella se volvió para mirarlo—. Antes no eras lesbiana.

—¿Qué? —Alex estaba pasmada. Se habría esperado este tipo de actitud de otras personas, pero no de su hermano, que siempre la había apoyado.

—Vamos, hermanita. Tanto si lo quieres creer como si no, ahora las cosas son distintas y estás en una típica red machista —continuó apresuradamente, reconociendo el brillo que asomaba en sus ojos. Ella le arrebató el balón de las manos y lo botó unas cuantas veces antes de lanzar a canasta. Pasó por el aro, pero al contrario que antes, esta vez no intentó recuperarlo. Se volvió hacia el hombre.

—Que sea lesbiana no quiere decir absolutamente nada —dijo con sequedad—. No afecta a mi trabajo en lo más mínimo. Esperaba que tú lo supieras.

—Yo sí, pero puede que otros no. —Andrew suspiró, consciente de que la conversación no iba bien—. Nadie quiere que sufras. Puede que seas lo bastante fuerte como para sobrevivir a esto, qué demonios, tienes más conchas que un galápago, pero ¿y Sydney? Cuando descubran lo que está pasando entre las dos, os van a quemar vivas. Ninguna de las dos va a salir de esto bien librada.

Se detuvo para tomar aliento, incapaz de detenerse ahora que había empezado.

—Te conozco, has nacido de pie y podrás encontrar otra cosa que hacer, pero ¿y ella? Si tiene suerte, a lo mejor consigue trabajar como patrullera de a pie poniendo multas a los coches mal aparcados. ¿De verdad quieres que pase por eso?

Se hizo un silencio y la tensión era tan grande que casi era visible. Miró a su hermana, consciente de la inteligencia que había tras los ojos claros que ahora lo miraban intensamente. Había un telón sobre esos ojos, por lo que no conseguía saber qué era lo que estaba pensando, e inconscientemente cambió el peso sobre los pies.

—Piénsalo, Alex. Eres su jefa —dijo en voz baja, deseoso de hacerle comprender lo que se jugaba—. Tu amiga me ha caído bien, pero ¿crees que es prudente que os arriesguéis a una ruina semejante? No creo que quieras que sufra. Yo sé que no quiero.

Alex se quedó callada. Las palabras del hombre le habían llegado al corazón. No se lo había planteado de esa forma y al darse cuenta, se enfadó. A lo mejor no había querido planteárselo. Se dio la vuelta, incapaz de hacerle ver lo mucho que la habían herido sus palabras.

—No, ya sé que no quieres, pero parece que tampoco quieres que yo sea feliz —dijo con frialdad antes de alejarse a largas zancadas, dejando al hombre plantado en medio de la cancha.

Por mucho que intentara olvidarse de lo que había dicho, sus palabras no paraban de darle vueltas por la cabeza. Repasó la conversación y, por mucho que lo analizara, la conclusión siempre era la misma. Andrew tenía razón en todo, y eso la sacaba de quicio. Si el departamento descubría lo de Sydney y ella, eso supondría el final de la carrera profesional de alguien.

Volvió a casa y se dejó caer desmadejada y cansada en el sofá. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que las lágrimas se le escaparan de los ojos. Resultaba irónico que por fin hubiera encontrado a alguien a quien podía entregar su corazón y que no pudiera entregárselo. No podía correr el riesgo de que Sydney sufriera de esa forma. No podría vivir consigo misma si su relación le costaba la carrera a la otra mujer. Lo mejor sería dejarlo ahora, antes de que fueran incapaces de dar marcha atrás.

Como si sus pensamientos lo hubieran invocado, sonó el teléfono, pero Alex no contestó, sabiendo por instinto quién estaba al otro lado de la línea. Tenía los nervios demasiado destrozados para hablar con nadie, de modo que se levantó y salió de la habitación mientras seguía sonando.


Sydney colgó el teléfono y no pudo controlar la oleada de decepción que la embargó.

Se había pasado todo el día encerrada en el apartamento, haciendo sus tareas sin ganas y sintiéndose cada vez más inquieta a medida que avanzaba el día. Había visto cómo pasaban los minutos, esperando a que llegara una hora en que le pareció que la otra mujer podría estar en casa.

Me pregunto dónde está, pensó con impaciencia. Ya era la hora de cenar y estaba segura de que la mujer ya tendría que estar en casa. Pero a lo mejor había surgido algo. Tiene su propia vida, en la que tú no estás incluida, se regañó a sí misma, tratando de encontrarle una explicación.

—Pero qué estupidez —soltó en voz alta—. Ya no soy una colegiala que se tiene que quedar sentada al lado del teléfono esperando a que suene.

Dicho esto, se puso unos pantalones informales y una camisa cómoda y cogió las llaves del coche. Había trabajo en la comisaría que requería su atención. Al menos podría hacer algo más útil allí que en casa, donde sus pensamientos se centraban en torno a una mujer alta y morena.


Alex se despertó al día siguiente sintiéndose cansada e intranquila. Se puso uno de sus mejores trajes negros, pues sabía que la conferencia de prensa estaba prevista a media mañana y que tenía un desayuno de trabajo con el alcalde y el jefe de policía antes de la conferencia. Era una reunión que no le apetecía nada. Desde luego, no era la forma en que deseaba empezar una nueva semana.

Suspiró y entró en el salón, echando una mirada al teléfono situado junto al sofá. La luz del contestador soltaba destellos rojos y dudó un momento antes de apretar el botón para oír los mensajes. Como sospechaba, era Sydney.

—Hola, sólo llamaba para saludarte. —La voz sonaba tímida e insegura—. Supongo que aún no has llegado. Espero que hayas tenido un buen día. Llámame cuando llegues.

Hubo una ligera pausa y luego silencio al colgar el teléfono. Le entró una abrumadora sensación de tristeza y cerró los ojos para evitar que se le saltaran las lágrimas. Respiró hondo y luego cogió las llaves y salió del piso.


Sydney llegó tarde al trabajo ese lunes, sintiéndose mejor de lo que se había sentido en su vida, a pesar de no haber podido dar con Alex la noche anterior. Había sido un fin de semana maravilloso, y hoy su declaración había contribuido a condenar a un conocido criminal.

Advirtió algo distinto nada más entrar en la comisaría esa tarde. Había una tensión palpable en el aire. Como siempre, lo primero que hizo al llegar a la sala de inspectores fue mirar hacia el despacho de la teniente, pero estaba vacío. Parecía necesitar ver a la mujer para empezar la jornada. Se quitó la cazadora y se sentó ante su mesa.

—¿Dónde está Marshall? —le preguntó a Norm, incapaz de aguantarse la curiosidad y bastante preocupada por que la ausencia de la teniente tuviera algo que ver con el hecho de no haber podido ponerse en contacto con ella la noche anterior.

—Una reunión con los jefes, creo —dijo el veterano inspector, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué está todo el mundo tan serio? —fue la siguiente pregunta, y el hombre se echó hacia atrás en la silla y la miró atentamente. Por algún motivo, pensaba que ella lo habría sabido antes que nadie.

—¿No te has enterado de la noticia?

—¿Qué noticia? —preguntó, mirando al hombre. Inexplicablemente, sintió una descarga de terror—. Llevo todo el día en los tribunales. Se iba a leer el veredicto sobre el caso de Reid Jones.

—¿Cómo ha ido?

—Lo han condenado por asesinato en segundo grado —dijo ella—. ¿Qué noticia me he perdido?

—El capitán Carner se ha ido. Lo han trasladado a la División de Northside junto con el teniente Messington. El teniente Gill ha solicitado la jubilación anticipada.

—¿Y qué ha sido de Marshall?

La pregunta pilló por sorpresa al inspector de más edad. Había dado por supuesto que ella lo sabría, porque se había dado cuenta de lo que estaba pasando. No le importaba en absoluto que las dos mujeres estuvieran juntas, pero a lo mejor no había interpretado la situación correctamente, aunque habría apostado a que no se había equivocado.

—Es la nueva capitana —contestó Norm, observando la reacción de la mujer—. Han traído al teniente Scarferelli de Antivicio para que cubra el turno de tarde y el teniente Howe de la División de Northside se va a ocupar de las noches. La capitana se va a encargar del turno de mañana. A mí me parece un buen cambio para la Unidad.

Pero no para mí, pensó Sydney consternada, y luego se preguntó por qué Alex no le había comentado nada. No podía, claro, pensó, pero en todo aquello había algo que hacía que se sintiera horriblemente intranquila.

No hizo más preguntas y Norm no le ofreció más información. Intentó concentrarse en sus casos, pero su mente y sus ojos no paraban de volver al despacho de la teniente, mientras reflexionaba sobre las consecuencias de esta nueva situación.

Esto no afectará a nuestra nueva relación, ¿verdad?, se preguntó, y entonces se dio cuenta con una claridad fatídica de que sí que iba a afectar. Una consecuencia sería sin duda que vería a Alex aún menos que ahora. Malhumorada, se preguntó si su recién inaugurada relación podría sobrevivir o si Alex querría siquiera continuar con su amistad.

Eran dos personas muy distintas, pero habían descubierto intereses en común y las pocas veces que habían salido juntas habían demostrado que eran más que compatibles. Ninguna podía negar el hecho de que se sentía atraída por la otra. Pero se preguntó si todo eso sería suficiente.

Suspiró y el buen humor que había tenido antes desapareció bajo una nube de desesperación. Por primera vez en su vida había estado dispuesta... no, ansiosa... de entregarse por completo a otra persona. Maldijo esa fatídica llamada telefónica que las había interrumpido esa mañana, sabiendo por instinto que si hubieran hecho el amor, la situación habría sido totalmente distinta. Decidida a no ceder a la depresión que amenazaba con apoderarse de ella, prestó toda su atención a su trabajo.


Alex estuvo toda la tarde metida en reuniones y no pudo evitar desear que llegara el día en que todo el alboroto se calmara para poder continuar dedicándose a la lucha contra el crimen. En más de una ocasión, sus pensamientos se centraron en Sydney. La rubia inspectora ya se habría enterado de la noticia, y se preguntaba qué pensaría la mujer. Se alegraría por ella, por supuesto, pero no sabía qué más podría pensar la mujer más menuda.

Ya estaba anocheciendo cuando por fin terminó con los jefazos. Regresó a su despacho de la sala de inspectores. Le habían ofrecido la posibilidad de trasladarse al despacho del anterior capitán en la sala del Primer Grupo, pero había decidido quedarse con el despacho que ya tenía. Se había acostumbrado a ese espacio, y sólo tenía que levantar la mirada para ver la cabeza rubia de Sydney. La joven inspectora estaba en su mesa cuando entró y levantó la mirada, echándole una sonrisa vacilante.

—¿Puedo verla en mi despacho? —dijo Alex, con un tono tan formal que hasta ella misma se encogió por dentro. La rubia inspectora se levantó y siguió a la teniente, irguiendo los hombros y preparándose para lo que sabía que iba a ocurrir.

—Enhorabuena —intervino Sydney primero, con la esperanza de retrasar la mala noticia. Siguió de pie, aunque la otra mujer se sentó detrás de su mesa.

—Gracias —asintió Alex, incapaz de mirar a la mujer mientras intentaba dar forma a sus palabras dentro de su cabeza. Subconscientemente sabía que le costaba tanto porque no quería decir nada—. Sydney, creo que deberíamos enfriar las cosas entre nosotras.

Al oír de repente las palabras dichas en voz alta, se dio cuenta de lo mal que sonaban. Alex sintió una oleada de pánico por todo el cuerpo. Levantó la mirada y por un instante vio la expresión de dolor indescriptible antes de que los ojos verdes, normalmente tan expresivos, se quedaran impasibles.

—Es sólo que... —quiso explicar la morena, pero se vio interrumpida por el tono brusco de la otra mujer.

—No tienes que decir nada —dijo Sydney, que por fin consiguió controlar el dolor increíble que amenazaba con abrumarle los sentidos. Tomó una profunda bocanada de aire y se dio cuenta de que le dolía hasta respirar—. Comprendo que con tu nuevo cargo no podremos seguir viéndonos.

—No es mi carrera lo que me preocupa... —intentó explicar Alex una vez más, pero sus palabras fueron ignoradas por la otra mujer, que la interrumpió con impaciencia.

—Claro que lo es. Qué demonios, podrías perder tu trabajo si supieran que te relacionas con alguien como yo y comprendo lo importante que es tu carrera para ti, así que no hace falta decir nada más.

Dicho esto, se dio la vuelta y salió del despacho sin detenerse siquiera para coger su cazadora antes de salir a largas zancadas de la sala de inspectores. Alex se quedó mirando a la mujer, con el corazón hecho pedazos. Había creído que podrían terminar sin que nadie resultara herido, pero ya era demasiado tarde.

Oh, Dios, ¿qué he hecho?, se preguntó la mujer alta. Lo has tirado por la borda, fue la respuesta silenciosa. Pero tenía que hacerlo, razonó con inteligencia. ¿En serio?, fue la respuesta y, hundiendo la cabeza entre las manos, intentó dilucidar si eso era cierto.


Las siguientes semanas fueron una tortura, y el único alivio que sentían las dos mujeres era que no se veían muy a menudo. Para intentar aliviar el dolor, Alex se metió de lleno en su nuevo trabajo, emprendiendo la enorme tarea de remodelar la Unidad para que funcionara con mayor eficacia. Tras pensárselo cuidadosamente, volvió a escribir varias de las normativas ya existentes de la Unidad e hizo circular memorandos con las nuevas directrices que quería que siguiera el departamento.

Mientras, Sydney se sumergió por completo en sus casos, dedicando largas horas a resolver los asesinatos que le llegaban. Su tasa de solución de casos, así como la de los demás inspectores, empezó a subir, y la moral de la Unidad parecía ir en aumento. Se realizaron cambios en la forma de dirigir la Unidad y con ellos se produjo un cambio de talante y el comienzo de la cooperación. Cualquiera que se opusiera a los cambios se veía rápidamente trasladado.

—¿Va a venir tu amiga esta tarde? —preguntó Skinny cuando se presentó ese jueves por la tarde en St. Mary's para su habitual partido de baloncesto.

—No. —Sydney hizo un gesto negativo, aunque tenía la leve esperanza de que por algún milagro Alex apareciera. Pero al mismo tiempo se dio cuenta de que la otra mujer no le haría eso. Si acaso, Alex evitaría a propósito aparecer en algún sitio donde se pudieran encontrar.

—Pues qué pena —comentó el hombre, notando algo en el tono solemne de su pequeña amiga.

—Sí —asintió la rubia, y luego le quitó el balón de las manos, dispuesta a no dejar que los pensamientos sobre la otra mujer le echaran a perder la tarde—. Vamos a jugar.


Alex se planteó por un instante ir a St. Mary's esa tarde, pero luego se dio cuenta de que eso no sería justo para la otra mujer. Ése era el territorio de Sydney, y sería una falta de consideración por su parte invadir su espacio personal. Era extraño lo mucho que echaba de menos a la otra mujer, aunque hiciera tan poco que se conocían.

Suspiró y pasó una página del documento que estaba leyendo, echando un vistazo rápido al reloj que tenía en la mesa. Ya eran las ocho de la tarde, pero no tenía el menor deseo de volver a un piso vacío. No quería estar sola, de modo que abrió otro archivo y siguió trabajando.


—Vale, escuchen todos —ladró el teniente Scarferelli en voz alta, intentando captar la atención de los inspectores que se habían congregado en la sala de reuniones justo antes del inicio del turno de noche. Esperó a que se hiciera el silencio antes de continuar—. Tenemos unas cuantas normas nuevas que entrarán en vigor a partir de este instante.

Sus palabras suscitaron una serie de gruñidos por parte de los inspectores reunidos y Sydney miró a sus compañeros con curiosidad, preguntándose por qué protestaban por algo que aún no conocían. Cogió la hoja de papel que el teniente estaba repartiendo por la sala.

—Bueno, quiero que se lean esto con mucha atención —dijo el teniente una vez situado de nuevo en la parte delantera de la sala—. La capitana se toma muy en serio estas normas y quiere que se cumplan. A cualquiera que no las cumpla se le aplicarán automáticamente medidas disciplinarias.

Sydney miró el papel, leyendo con curiosidad las nuevas normas, una de las cuales era una orden para que todos los agentes llevaran chaleco antibalas cuando salieran a hacer una detención. Había otras normas que describían nuevas técnicas de interrogatorio y otras directrices para la presentación de informes. En conjunto, las normas parecían positivas, pero ella sabía que la preocupación principal de Alex era el departamento. Al contrario que otros, la nueva capitana no tenía más planes personales que la mejora del rendimiento general de los que estaban a su mando.

—Está bien, ahora que ya nos hemos ocupado de esto, necesito voluntarios para las fiestas. —El anuncio del teniente Scarferelli fue recibido con un concierto colectivo de quejas. Sydney miró a su alrededor y vio que casi todo el mundo estaba mirando al suelo.

—Yo me ofrezco —dijo, levantando la mano. No tenía ningún sitio donde ir y la mayoría de sus colegas tenían familia con la que deseaban pasar las fiestas.

—Bien. —El hombre sonrió, agradeciendo su apoyo—. Muy bien, necesito por lo menos uno más.

Al final, Sydney aceptó hacer turnos dobles durante todas las fiestas. No buscaba hacer horas extra, pero no tenía ganas de quedarse en casa sola en esas fechas. Incluso ocuparse de casos de asesinato le resultaba más atractivo. Además, en realidad hacía tanto tiempo que no celebraba la Navidad que prácticamente se le había olvidado lo que era.


Alex estaba en su despacho mirando por la ventana, contemplando cómo caía la lluvia. A pesar de los progresos que había hecho el departamento en las últimas semanas, le daba la impresión de que le faltaba algo importantísimo. Sabía lo que era, pero no podía reconocer la verdad. Unos golpecitos en su puerta la sacaron de su ensimismamiento.

—Ya he terminado la organización de las fiestas —dijo Lou Scarferelli al entrar. Le entregó los papeles y ella se apresuró a mirar los nombres.

—¿Por qué Davis va a hacer todos esos turnos dobles? —preguntó ceñuda.

—Se ha ofrecido. Dice que no le vienen mal las horas extra y no tiene familia, así que le parece bien que los otros tengan unos días libres —dijo el hombre y Alex se sintió como si una mano gigante le hubiera penetrado el pecho y le hubiera estrujado el corazón.

—Gracias —dijo, despidiéndolo bruscamente, y no esperó a que el hombre se marchara para acceder a los historiales del personal del departamento. Introdujo el nombre de Sydney y la información que necesitaba y a los pocos segundos todos los datos que quería aparecieron en pantalla.

Según los registros de nóminas, Sydney había trabajado todos los días de Navidad y Año Nuevo desde que había entrado en la policía nueve años antes. Al enterarse de esto, los ojos de la capitana se llenaron de lágrimas, pues cayó en la cuenta de que la chica seguramente no tenía ningún sitio donde ir.

Se sentía absolutamente desolada. Nunca había creído que una sola persona pudiera tener tanta influencia en la vida de otra, pero ella era la prueba viviente de eso. Resultaba irónico que sus emociones, en otro tiempo tan precisas y controladas, dependieran ahora de una sola persona. Esto debe de ser lo que se siente al estar enamorada, reconoció derrotada. Su tristeza se duplicó cuando recibió una llamada de recepción que le comunicaba que su madre había venido a verla.

Alex salió a la sala de inspectores, mirando un instante a Sydney, que estaba sentada a su mesa hablando por teléfono, y luego pasó la mirada a la elegante señora de pelo canoso que estaba sentada remilgadamente en un banco de madera junto a la puerta. En sus manos enguantadas sujetaba el asa de su bolso, que tenía colocado en el regazo. Como todos los días, la mujer de más edad iba elegantemente vestida con un traje de mezcla de lana verde y un largo abrigo de cuero negro.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —preguntó, abrazando un momento a la mujer.

—Nunca he visto dónde trabajas —dijo la mujer de más edad, mientras sus ojos grises observaban la sala. Por un instante se posaron en una mujer menuda y rubia que estaba mirando a su hija con una expresión muy rara. Volvió a prestar atención a su alto retoño—. Hace tiempo que no te vemos y como últimamente no has venido a almorzar, se me ha ocurrido venir a verte.

—Mamá, he estado ocupada —empezó a protestar Alex, pero la mujer de más edad alzó la mano para hacer callar a su hija. No estaba dispuesta a oír más excusas.

—¿Demasiado ocupada para ver a tu familia?

La mujer más alta se quedó callada, sin querer responder a esa pregunta intencionada. Marie vio algo en los ojos azules de su hija antes de que los cubriera una máscara que le impidió cualquier posibilidad de ver lo que estaba pensando la joven.

—Tenemos que hablar —decidió Marie con tono firme que indicaba que no iba a haber más discusión—. Ve a coger tu abrigo.

Alex sabía que era inútil discutir, de modo que hizo lo que se le ordenaba, murmurando por lo bajo mientras regresaba a su despacho para recoger su chaqueta, casi temerosa de lo que podría decirle su madre. La mujer de más edad rara vez intervenía en la vida de sus hijos y cuando lo hacía era porque pensaba que ese hijo en cuestión tenía problemas. Ahora deseó haber acudido a los almuerzos en lugar de buscarse excusas.

Marie contempló pensativa la sosa sala, preguntándose qué veía su hija en este sitio. Sus ojos volvieron a posarse brevemente en la esbelta rubia y esta vez la chica la estaba mirando con interés, pero cuando sus ojos se encontraron, la joven se apresuró a apartar la mirada.

La mujer de más edad frunció los labios y miró a su hija, que ahora salía de su despacho. Como antes, los penetrantes ojos azules se posaron un instante en la rubia con una expresión en sus profundidades que la pilló totalmente por sorpresa. Pensó en lo que le había contado Andrew.

—Bueno, ¿qué es tan importante que has tenido que sacarme a rastras del trabajo? —preguntó Alex en cuanto estuvieron sentadas en el pintoresco restaurante italiano donde había cenado con Sydney varios meses antes.

—Tú —dijo Marie escuetamente, apartando la mirada de la carta para mirar fijamente a su hija—. ¿Qué te pasa?

—¿Qué quieres decir?

—Llevas semanas como alma en pena y no lo niegues. —La mujer hizo una pausa para clavar una mirada intensa en su hija—. ¿Quién es él?

—Ella, madre. —Alex soltó un suspiro exasperado—. ¡Ella!

—Vale, ya lo sé, era sólo por probar —dijo su madre riendo—. ¿Quién es ella?

—¿Por qué piensas que esto tiene que ver con alguien? —preguntó irritada la mujer más joven.

—No me tomes por tonta, querida. He visto a tus tres hermanos pasar por lo mismo —dijo la mujer de más edad con aire divertido.

—No hay nadie, mamá. —Alex suspiró apesadumbrada.

—No es eso lo que me dijiste hace unas semanas —dijo Marie, que vio cómo su hija cerraba los ojos. Alex deseó haberse callado la boca—. ¿Qué ocurre?

—No ocurre nada, simplemente no ha salido bien.

—Pero es evidente que tú querías que saliera bien —dijo Marie, mirando atentamente a su hija e intentando adivinar lo que la chica no quería decir.

—Sí —reconoció la mujer más joven de mala gana, cosa que llevaba ya varias semanas intentando negarse a sí misma—. Es policía. Así que ya ves el problema.

En un arrebato de inspiración, Marie supo exactamente de quién hablaba su hija. Recordó a la menuda rubia que había visto en la comisaría. En sus ojos había visto una tristeza parecida. La misma expresión de infelicidad que ahora adornaba el rostro de su hija.

—¿La... quieres?

Alex se quedó callada largos segundos y su madre supo la respuesta. Tenía grandes esperanzas puestas en su hija pequeña, y aunque Alex creía que había decepcionado a sus padres, nada podía estar más lejos de la verdad. Por muy orgullosos que estuvieran de cualquiera de sus hijos varones, estaban aún más orgullosos de su única hija. Se había convertido en una hermosa mujer que se había labrado ella sola una carrera impresionante en el campo de las fuerzas del orden.

—Es un suicidio profesional —dijo por fin la chica, incapaz de mirar a los ojos interrogantes de su madre.

—Ya sé que tu carrera es importante, querida, pero dentro de veinte años, ¿es eso lo único que quieres? —Marie hizo una pausa y decidió hablar a las claras—. ¿Acaso tu carrera te calienta la cama por la noche?

—¡Madre!

—¿Y bien? —insistió la mujer de más edad.

—Creía que no te gustaba que fuera lesbiana —dijo Alex a la defensiva.

—Y no me gusta —dijo la mujer de más edad con franqueza—. Pero aún me gusta menos la idea de que estés sola y te sientas desdichada. Lo único que deseo para ti, Alexandria, es que seas feliz, y si esta mujer te hace feliz, no puedo decir nada en contra.

La mujer de más edad se calló y sus ojos grises se estrecharon al observar el rostro de su hija. Advirtió el dolor que llenaba los ojos de su hija y eso la inquietó. Alex siempre había sido muy fuerte, incluso de niña. Pero había aprendido que la dura fachada externa que mostraba su hija era una máscara que ocultaba un alma bondadosa y emocional.

—Te conozco, querida, no entregas tu cariño fácilmente, así que ésta debe de ser una mujer muy especial.

—Lo es —reconoció Alex en voz baja.

—¿Y estás dispuesta a renunciar a ella por tu carrera? —preguntó Marie sin andarse con rodeos.

—No quiero hacerle daño.

—¿Y no crees que se lo estás haciendo ahora? —quiso saber su madre—. Querida, sólo tenemos una vida. Por desgracia, rara vez tenemos una segunda oportunidad. ¿De verdad te puedes permitir perderte ésta?

—No es tan sencillo, madre. —Alex se sentía abrumada por el peso de su carga—. Soy su supervisora directa. Si alguien del departamento descubriera que estamos juntas, lo más probable es que una de las dos o las dos perdiéramos el trabajo. Yo tengo mi licenciatura en derecho como respaldo, pero el cuerpo de policía es la vida de Sydney. No podía hacerle correr ese riesgo.

—¿Le preguntaste a ella lo que pensaba al respecto? —quiso saber Marie, y al ver la expresión culpable de su hija supo que había tomado la decisión sin tener en cuenta los sentimientos de la otra mujer.

La mujer de más edad suspiró.

—Siempre has sido una joven muy estoica, incluso de niña. Era como si llevaras el peso del mundo sobre los hombros. Sé que crecer con tres hermanos mayores no fue muy fácil para ti y que siempre te veías obligada a competir. También sé que hubo muchas ocasiones en que te sacrificaste para encajar en el colegio y con el deporte... incluso con tu familia, con el tema de tu sexualidad. —La mujer de más edad hizo una pausa, consciente de que contaba con la atención plena de su hija—. Ya es hora de que dejes de sacrificarte. No renuncies a tu felicidad, querida. Una carrera profesional llena de éxitos no significa nada si no tienes a alguien con quien compartirla.


Sydney se alegró de recibir una llamada que la sacó de comisaría. No quería volver a ver a Alex esa tarde. Había algo en la imagen de la mujer alta con su madre que le hacía darse cuenta de lo vacía que estaba su propia vida.

Se había perdido muchas cosas al crecer sin una vida familiar estable. Había momentos como ahora en que deseaba desesperadamente poder contar con alguien. Sí, Robert Newlie y su mujer eran buenos amigos, pero no le gustaba nada acudir a ellos con sus problemas. Lo que quería era tener su propia familia, pero se daba cuenta con tristeza de que probablemente nunca la tendría.


Alex se sintió aliviada cuando regresó a la sala de inspectores y vio que Sydney había salido. Así tenía tiempo de pensar en lo que le había dicho su madre, pero antes de poder ponerse a ello sonó el teléfono. Era Dawn Taylor, una mujer de la oficina del fiscal con la que había hecho amistad en los últimos meses.

Dawn era una mujer vivaracha y muy abierta con respecto a su sexualidad y no dejaba que eso interfiriera en su carrera en la oficina del fiscal del distrito. Alex había hablado varias veces con ella sobre este tema a lo largo del tiempo y ahora se descubrió contándole sus problemas a la mujer.

—Creo que has hecho bien —dijo Dawn con cautela después de que su amiga soltara el motivo de que estuviera tan abatida—. Al final, sólo habría dado problemas.

—Pero no puedo dejar de pensar en ella —suspiró Alex—. Cierro los ojos por la noche y lo único que veo es un metro sesenta y pico de pelo rubio y ojos verdes.

—¿Has salido por ahí últimamente? —preguntó la otra mujer con tono pragmático.

—No.

—Pues ése es el problema —le comunicó Dawn—. En lugar de intentar superarlo, te quedas sentada en casa sin parar de darle vueltas. De verdad, Alex, no sabrás con seguridad lo que sientes hasta que empieces a salir de nuevo.

—Tal vez —admitió la morena de mala gana, aunque la idea de ligar con alguien le daba grima.

—Escucha, Lisa, mi compañera, y yo vamos a salir mañana con una amiga. ¿Por qué no te apuntas y así somos cuatro?

—No estarás intentando liarme con alguien, ¿verdad? —preguntó Alex con desconfianza.

—No, Karen acaba de salir de una relación larga y no está preparada para enrollarse con nadie —le aseguró Dawn—. Sólo será para pasar un rato agradable.

—Vale —aceptó la morena, dándose cuenta de que tal vez su amiga tuviera razón. Tal vez sólo necesitaba salir y conocer a alguien diferente. Por el momento, se olvidó de los consejos de su madre.


Sydney se sentía inquieta. Era sábado, y aunque no tenía nada que hacer, no había ido a la comisaría a propósito, por temor a encontrarse accidentalmente con Alex. Cada vez le resultaba más difícil ver a la otra mujer.

Incapaz de pasar otra noche sola, decidió salir. Tal vez tendría suerte y encontraría a alguien que al menos por unas horas le permitiera olvidar a la mujer que le había partido el corazón. Con esa idea en mente, no tardó en encontrarse en uno de los clubes de ambiente más populares de la ciudad.

No era muy aficionada a ir de bares, pero era el único lugar donde podría encontrar lo que andaba buscando. Observó la pista de baile, mirando sin gran interés a las mujeres que movían el cuerpo al compás de la música.

Durante sus observaciones llamó la atención de varias mujeres, pero no les hizo caso. Ninguna de ellas se podía comparar con cierta mujer alta y morena que conocía. Por fin sus ojos se posaron en una mujer bajita de pelo corto rizado y rojo. Quería encontrar a alguien que fuera lo más distinta posible de la capitana y esta mujer parecía cumplir los requisitos.


Alex siguió a sus compañeras al interior del club. El bar estaba lleno, pero su amiga Dawn se las apañó para conseguirles una mesa vacía cerca de la pista de baile. Mientras la pareja iba a buscar bebidas, ella se quedó a hacer compañía al cuarto miembro de su grupo. Por una vez, agradeció el fuerte volumen de la música, pues eso evitaba la necesidad de tener que mantener una conversación.

Karen, su acompañante, era una rubia alta especialista en informática. Era inteligente y tenía cierto atractivo, pero Alex no sentía el más mínimo interés. En el curso de la velada, había acabado por darse cuenta de que la mujer era de las que requerían alto mantenimiento y ella prefería una compañera algo más independiente.

Sonrió cortésmente a la mujer y luego prestó atención a la pista de baile. Casi desde el principio de la velada se había dado cuenta de que salir era un error. No estaba preparada para empezar a buscar a otra persona y ni siquiera estaba segura de querer hacerlo. Justo cuando estaba pensando en Sydney, una imagen sorprendente entró en su campo visual. Al principio creyó que se estaba imaginando cosas, pero luego, con una certeza desoladora, supo que la escena era bien real.

En una mesa del otro lado de la pista estaba Sydney. A su lado había una joven pelirroja de pelo rizado cuyas manos no paraban de toquetear a la rubia, a la que no parecían importarle sus atenciones. Por un momento, Alex se olvidó de respirar y su corazón dejó de latir.

De repente, se le llenaron los ojos de lágrimas y se esforzó por controlar su expresión, pero no pudo apartar la mirada, ni siquiera cuando sus amigas volvieron a la mesa. Siguió totalmente concentrada en Sydney y la otra mujer que estaba encima de su amiga.

A Alex le entró una sensación de pánico. Su primer instinto fue salir corriendo, pero entonces las palabras de su madre resonaron en su cabeza. Marie Marshall siempre había sido muy objetiva y franca con sus opiniones. Siempre que surgía un problema, su madre se echaba atrás y lo evaluaba antes de ofrecer una solución. En el noventa y nueve por ciento de las ocasiones, tenía razón, ante la mortificación del resto de su familia. Alex había aprendido a escuchar los consejos que ofrecía su madre. Se preguntó por qué no había escuchado ahora a la mujer.

Había muchas razones para no relacionarse con la joven inspectora, pero se había olvidado del único factor importante que las anulaba todas. Nunca había sido tan feliz como cuando estaba con Sydney y sabía que, si tenían la oportunidad, podrían ser más que amantes. Podrían ser amigas. Con sorprendente claridad supo que no sólo quería a Sydney en su vida, sino que la necesitaba.

Bebió un trago de cerveza y se levantó, sin hacer caso de las preguntas de sus acompañantes. Estaba totalmente concentrada en una sola cosa. No iba a dejar escapar a Sydney y le daba igual lo que eso pudiera costarle. Fue derecha a la otra mesa sin perder de vista ni por un instante a la rubia.

—Disculpa, ¿quieres bailar?

Incluso con el estruendo de la música, Sydney reconoció el tono cálido de la voz y por un momento cerró los ojos y se recreó en el sonido. El corazón le latía con tal fuerza que tenía miedo de mirar, miedo de que el corazón se le hiciera pedazos si no era la mujer que quería.

—Ya está con alguien, por si no lo ves —dijo la pelirroja con voz chillona. Sus ojos verdes se estrecharon y se le puso cara de pocos amigos al mirar a esta alta intrusa. Como medida adicional, rodeó la cintura de su acompañante con un brazo posesivo.

—¿De verdad estás con alguien, Sydney? —preguntó Alex, temiéndose que había hecho demasiado daño a esta mujer para que la pudiera perdonar.

Esta vez Sydney levantó la mirada al oír la voz y se le derritió el corazón. Quería enfadarse, hacer sufrir a esta mujer y darle celos, para que se sintiera como ella, pero en el rostro de la mujer alta había una expresión tal de súplica que no pudo resistirlo.

—Sí —contestó con voz grave y vio la expresión desolada que se apoderó de Alex antes de que la máscara estoica volviera a tapar sus emociones.

—Lamento haberte molestado —dijo con voz temblorosa y el corazón hecho trizas.

Alex se volvió para irse y Sydney supo en ese instante que si no actuaba, la otra mujer desaparecería para siempre. Se soltó de la pelirroja y agarró a la capitana por el brazo. Durante largos segundos los ojos verdes y azules se miraron fijamente.

—Estoy contigo, Alex —confesó, desnudando sus emociones ante la otra mujer—. Soy tuya, en corazón y alma.

Alex sintió que su corazón se hinchaba. Era como si de repente le hubieran salido alas y hubiera echado a volar. Alargó la mano y Sydney se la cogió vacilando.

—Oye —protestó la pelirroja con rabia, agarrando a Sydney del brazo y tirando—. ¿Dónde vas?

—Se viene conmigo —dijo Alex suavemente, apretando los labios al tiempo que daba un paso amenazador hacia la otra mujer. Se miraron a los ojos por un instante—. ¿Quieres que lo discutamos?

—Pedazo de zorra, no mereces la pena —dijo la chica con desprecio, soltando la mano, y con una sonrisa tierna la capitana llevó a Sydney a la pista de baile. Se quedaron allí un momento, mirándose.

—Escucha, la verdad es que no me apetece bailar —dijo Alex, alargando la mano y colocándole un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—. ¿Podemos ir a hablar a algún sitio?

Había cierto tono de súplica en su voz solemne que a la mujer más baja le llegó al corazón, que le dio un vuelco. Jamás le negaría nada a la morena y por eso asintió en silencio.

—¿Dónde quieres ir? —preguntó Sydney una vez estuvieron sentadas en su jeep en el aparcamiento de fuera.

—¿Te importaría venir a mi casa? —preguntó la mujer alta. No quería presionar en absoluto a esta mujer, pero quería estar en un lugar seguro y cómodo cuando dijera todo lo que tenía que decir—. Puedo hacer café.

La rubia asintió, aunque no estaba segura de que fuera buena idea. Reprimió sus temores y puso en marcha el coche. Condujeron en silencio por las calles oscuras, donde el ruido ocasional de una sirena resonaba en la noche. A la media hora estaban entrando por la puerta del piso.

—¿Cómo quieres el café? —preguntó Alex, rompiendo el silencio al tiempo que se quitaba el abrigo y se dirigía a la cocina.

—La verdad es que prefiero una cerveza, si tienes —dijo Sydney y la otra mujer asintió.

—Ponte cómoda —dijo antes de desaparecer en la cocina.

Sydney así lo hizo, quitándose la cazadora y colgándola de un gancho al lado de la puerta. Entró en el salón y se sentó al borde del sofá. Había echado de menos venir a esta casa, que le gustaba más que su pequeño apartamento. Al poco, su anfitriona volvió a aparecer con dos botellas de cerveza. Le pasó una a su compañera y luego se sentó en la butaca frente a la otra mujer. Se hizo un silencio mientras las dos mujeres tomaban un sorbo de su bebida.

—Te he echado de menos —empezó Alex, mirando nerviosa a la otra mujer. Ahora que la tenía aquí, no sabía qué quería o necesitaba hacer.

—Nos vemos en el trabajo todo el tiempo —contestó Sydney suavemente, sin ponérselo fácil.

—He echado de menos estar contigo —suspiró Alex—. Estoy harta de observarte de lejos.

—Fuiste tú la que decidió que no era bueno para nuestro futuro que nos vieran juntas —le recordó la mujer más joven con tono apagado. Era la verdad, y Alex asintió solemnemente, jugando nerviosa con la etiqueta de su botella. Sydney la miraba en silencio, con el corazón tembloroso de emoción.

—Me equivoqué. Creía que mantenernos alejadas la una de la otra sería lo mejor para nuestra carrera profesional —dijo, tratando de encontrar las palabras adecuadas para transmitir sus sentimientos.

—No tenías derecho a tomar esa decisión por mí —dijo Sydney, y la mujer alta asintió cuando sus ojos se encontraron por un instante.

—Ahora lo sé. —Apartó la mirada algo ruborizada, consciente de los intensos ojos verdes que la miraban—. Mi madre me llamó la atención sobre ese tema.

—Yo creía que no le gustaba que fueras lesbiana —dijo la rubia suavemente.

—No le gusta, que es por lo que su consejo resulta aún más especial. —Alex suspiró—. No quise escucharla, aunque mi corazón me decía que lo creyera. Pero al verte esta noche con esa mujer, supe que ella iba a conseguir hacer contigo todo lo que yo quería hacer y supe que no podía dejarte marchar. Eres demasiado importante para mí. Más importante que mi carrera.

Hubo un silencio cuando la morena levantó la mirada y la capturó con esos intensos ojos azules. Alex estaba dispuesta a sacrificar su carrera por una relación. Lo único que necesitaba saber era si esta mujer sentía lo mismo.

—Necesito saber si estás dispuesta a arriesgar tu carrera por estar conmigo —dijo Alex, tomando aliento con fuerza.

Se hizo un largo silencio, pues Sydney no se veía capaz de hablar en ese momento. Le temblaba el corazón y tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para evitar que le temblaran las extremidades. Bebió un trago de cerveza, dándose cuenta de repente de lo seca que se le había quedado la garganta, y luego volvió a mirar a su compañera, que esperaba en silencio a que dijera algo.

Sydney sabía el esfuerzo que había tenido que hacer esta mujer para decirle todo eso, de modo que dejó la cerveza y rodeó la mesa hasta arrodillarse al lado de la mujer. Con delicadeza le quitó a Alex la cerveza de la mano y la dejó en la mesa antes de cogerle las manos a la capitana. Sus ojos se encontraron y se quedaron mirándose largos segundos.

—Estoy dispuesta a correr el riesgo —susurró suavemente.

Alex sintió un alivio abrumador por todo el cuerpo y agachó la cabeza para aceptar el beso, con todo el cuerpo tembloroso cuando sus labios suaves se juntaron en una caricia vacilante que fue seguida de un contacto más apasionado y urgente.

Se dejó caer de rodillas desde la butaca y luego se echó hacia atrás, colocándose encima a la mujer más menuda, sin que sus labios perdieran el contacto. Por fin, interrumpió el beso, pues las dos estaban sin aliento y con el corazón desbocado. El calor de sus cuerpos resultaba abrasador a través de la ropa.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Alex con seriedad al tiempo que subía las manos para colocar unos mechones de pelo rubio detrás de las orejas de su compañera.

—Nunca en mi vida he estado más segura de nada —contestó Sydney, agachando la cabeza para que sus labios pudieran juntarse de nuevo.


PARTE 6


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