Capítulo 4


Alex echó un vistazo por el restaurante. Era un local caro que ofrecía lo mejor de la cocina europea. Era un lugar que este mediodía del lunes estaba lleno de hombres de negocios. Reconoció varias caras correspondientes a la elite de las grandes compañías de la ciudad.

—¿Algo nuevo con el caso Kennedy? —La pregunta la llevó a prestar de nuevo atención a la persona que estaba comiendo con ella.

—No. —Meneó la cabeza, encogiéndose por dentro y preguntándose si ésta era la razón de que el jefe de policía la hubiera invitado a comer.

—La prensa no está muy amable —le recordó el hombre con tono apacible, y Alex frunció el ceño, mirando la comida que había en el plato que tenía delante.

El hombre era cortés con esa valoración. Los medios de comunicación seguían hablando del caso y poniendo en duda la competencia del cuerpo de policía a la hora de ocuparse del asesinato. Ella sabía que los ciudadanos estaban nerviosos al pensar que un asesino de niños andaba suelto en la ciudad, y la teniente deseaba por dentro que surgiera otro escándalo que desviara la atención de este asunto.

—Ahora mismo no podemos hacer mucho más —dijo—. La inspectora al mando está construyendo un caso sólido. Hemos identificado al sospechoso y hemos enviado órdenes de búsqueda y captura a todas las comisarías del país e incluso a Canadá.

El hombre asintió, mirando pensativo a su hermosa acompañante antes de seguir comiendo. Sabía que la Unidad estaba haciendo todo lo que podía, pero se encontraba en una situación incómoda, pues recibía ataques no sólo de los medios de comunicación y de la opinión pública, sino además del alcalde, que consideraba esto un borrón para su inminente campaña de reelección. Decidió no seguir hablando del tema por el momento.

—Por lo demás, ¿qué tal te vas adaptando, Alexandria? —El tono del jefe le hizo levantar la mirada—. ¿Te están poniendo las cosas difíciles?

—¿Es que esperabas que me recibieran con los brazos abiertos? —contestó con cierto sarcasmo.

—No —reconoció el hombre con un suspiro desganado—. Esperaba que se comportaran con cortesía.

—Y lo hacen... apenas —admitió Alex, comiendo otro poco—. Tengo que reconocer, George, que ese sitio es un desastre. Ni siquiera sé si puedo arreglarlo.

—¿Tan mal está? —preguntó el hombre con una mueca.

—Hay una apatía general entre los inspectores, y los demás tenientes están demasiado enfrascados en su politiqueo para molestarse en resolver casos. —La teniente dejó ver su irritación—. Pero si es que asignan casos a quien sea puramente al azar. Si se puede resolver, se lo dan a su inspector preferido y si no, se lo asignan a alguien a quien quieren jorobar. Envían continuamente a inspectores sin apoyo para entrevistar a sospechosos. Hasta han tenido a una inspectora trabajando sola sin supervisión de un veterano durante casi seis meses de los diez que lleva en la Unidad.

—¿Te refieres a Sydney Davis? —El hombre conocía algunos detalles de lo que estaba ocurriendo en la Unidad.

—Sí.

—Sabes que es lesbiana.

—¿Y eso qué importa? —Alex notó que se le dilataban las aletas de la nariz. Quería gritar de alegría por esta pequeña noticia, pero contuvo su emoción. Aunque no se lograra nada más con esta reunión, al menos había conseguido una información valiosa.

—Oficialmente nada —dijo el jefe vagamente.

—¿Y extraoficialmente?

—Bueno, ya sabes... —El hombre se sintió repentinamente incómodo. Sabía que su acompañante había estado prometida a un hombre, pero desde la ruptura de ese compromiso había oído rumores. Aunque a él le daba igual—. La realidad, Alexandria, es que a pesar de las normas, la Unidad de Homicidios sigue siendo un bastión de la vieja escuela. Lo único que les molesta más que tener mujeres en sus filas es tener mujeres que quieren ser hombres.

—Menuda chorrada, George. —Esta vez Alex sí que explotó—. Ésa es la idea más arcaica que he oído en mucho tiempo. Si los hombres piensan eso es sólo porque los jefes se lo permiten. Cambiad vuestra actitud y ellos también cambiarán. Dios, no conozco a una sola lesbiana que quiera ser un hombre.

El jefe se quedó un buen rato mirando a la mujer. La conocía desde que era niña y la había visto crecer hasta convertirse en la hermosa mujer que era ahora. Se había sentido absurdamente contento cuando decidió entrar en la Academia de Policía. En todo ese tiempo, siempre la había visto tranquila, incluso cuando se enfadaba, y por eso este estallido emocional le resultaba desconcertante.

—¿Qué está pasando, Alexandria? —Era un hombre directo y no temía hacer preguntas delicadas—. Este genio no es propio de ti. Nunca te he visto mostrar tanta pasión por nada.

—Lo que pasa, George, es que tengo a varios sargentos jóvenes en mi equipo que podrían haber sido grandes inspectores si se les hubiera dado la formación adecuada y un trato correcto. Todavía espero poder sacarlos adelante, pero me da muchísima rabia pensar que todo mi trabajo se podría haber evitado si alguien de los escalafones superiores hubiera intervenido y hubiera acabado con esta situación. Me pregunto cuántos buenos policías más son sólo mediocres por culpa de una mala dirección.

George Ford se echó hacia atrás y dejó que la mujer se desahogara. Respetaba su opinión, lo cual era el motivo de que la hubiera contratado. Tenía un historial de éxitos demostrados y confiaba en que enderezara la Unidad de Homicidios. Ahora que lo estaba haciendo, no podía echarse atrás cuando las críticas se volvían contra él.

—Hay problemas, pero todos somos humanos —reconoció, y luego la miró fijamente—. Lo que necesito saber es cómo podemos resolver la situación.

Alex sabía que se trataba de algo más complicado que simplemente sustituir a una serie de personas. Pero también sabía que por algún sitio tenían que empezar. Habría que tomar decisiones muy duras si el jefe estaba de verdad decidido a arreglar las cosas. Algunas de estas decisiones iban a ser mal acogidas. Le dijo con franqueza lo que pensaba y luego se marchó, dejando al hombre con varias ideas sobre cómo mejorar la situación.


La semana siguiente fue inusitadamente ajetreada, con un número de muertes sospechosas más alto de lo normal. Por suerte, en su mayoría eran suicidios o muertes fácilmente explicadas por los informes de los forenses. Sin embargo, hubo dos auténticos asesinatos, de los que se ocuparon los agentes colocados a la cabeza de la rotación impuesta por la teniente.

Sydney no tuvo oportunidad de ver mucho a Alex durante esa semana, pues la teniente estaba siempre en reuniones. Hasta el jueves por la mañana no tuvo ocasión de hablar con la alta morena.

—Escuche, no sé si está ocupada esta tarde, pero hemos quedado para echar un partido y me preguntaba si le interesaría venir. —Se sentía nerviosa al preguntarlo, temiéndose el rechazo.

—Esta tarde tengo una reunión a primera hora —dijo Alex, deseando que se le ocurriera una excusa para faltar a la reunión—. ¿A qué hora van a jugar?

—Solemos empezar hacia las cinco y seguimos hasta que todo el mundo está agotado —dijo Sydney, algo decepcionada.

—Bueno, deme la dirección y veré si puedo salir pronto —dijo la teniente, y la inspectora rubia se apresuró a escribir la dirección en un trozo de papel en blanco.

—Espero verla allí —dijo Sydney cuando la otra mujer ya se marchaba. Pero no se hacía muchas ilusiones. Últimamente el jefe no paraba de llamar a la teniente, que se pasaba la mayor parte del día en reuniones del departamento.

Resultó que la reunión fue cancelada y Alex fue convocada al despacho del jefe para reunirse con el alcalde. Estuvieron más de una hora hablando de la situación y por fin llegaron a un acuerdo sobre una solución aceptable para todos ellos.

Alex salió de la reunión con un ligero dolor de cabeza. Sabía que debería estar contenta por el resultado, pero se sentía extrañamente insatisfecha. Le habría gustado pensar que el alcalde y el jefe de policía habían llegado a un acuerdo por el bien del departamento, pero lo único que lograba pensar era que habían resuelto la situación en provecho de sus propias carreras, y eso hacía que se sintiera asqueada y sucia.

Suspiró, consciente del impacto directo que la decisión iba a tener en su vida. No le apetecía enfrentarse a las próximas semanas, y mentalmente empezó a prepararse para la hostilidad de la que sabía que iba a ser objeto. Ya se había visto metida en situaciones incómodas en otras ocasiones y podía hacerles frente. Lo único que le preocupaba era la situación con Sydney.

¿Qué situación?, pensó lúgubremente. Quería tener una relación con la mujer más joven. Se sentía más atraída por la rubia inspectora de lo que se había sentido por nadie en sus treinta y cuatro años de vida. Pero ahora se preguntaba si estaba dispuesta a arriesgar su futuro por esa relación. A pesar de lo que estaba pensando, una hora después se encontraba en la esquina de la calle King con la avenida Marion.

St. Mary's era un colegio del centro cuyo patio vallado albergaba una docena de canchas de baloncesto. En cada cancha había como una docena de personas, y sus ojos azules buscaron una cara conocida. Por fin la encontró en medio de un grupo de altos hombres negros. Sus labios esbozaron una sonrisa. Sydney no sólo era una de las pocas mujeres que había en la cancha, sino que además era la única persona blanca.

Alex sacó su bolsa de deporte del maletero del coche y luego rodeó tranquilamente la valla, colocándose a un lado de la cancha donde estaba la rubia inspectora. Miró de reojo a las pocas personas que estaban por allí cerca. Vio las miradas hastiadas y algo insolentes que le dirigían, pero no hizo ni caso y volvió a prestar atención a lo que ocurría en la cancha.

Como si percibiera la presencia de su jefa, Sydney levantó la mirada. Su cara se iluminó con una sonrisa y el corazón le dio un vuelco al ver a la mujer alta. Dejó a sus compañeros y se acercó corriendo, deseando poder dar un beso o un abrazo a la mujer, pero se limitó a saludarla inclinando la cabeza con aire despreocupado.

—Lo ha conseguido. —Sonrió y Alex volvió a caer en la cuenta de lo bonita que era la mujer. Vio que la sonrisa se reflejaba en los chispeantes ojos verdes y el corazón se le hinchó de emoción.

—Han cancelado la reunión —dijo, encogiéndose de hombros.

—Me alegro. —La sonrisa de Sydney se hizo más amplia—. Venga, le voy a presentar a los muchachos. Ya les he hablado de usted.

Alex asintió y siguió a la mujer más baja hasta un grupo de altos caballeros que estaban lanzando canastas y calentando. La rubia inspectora la presentó, y aunque los hombres no se mostraron abiertamente hostiles, captó cierta desconfianza por su parte y supuso que muchos de ellos, si no todos, habían tenido problemas con la ley en algún momento. Pero le daba igual. Estaba aquí por una única razón. Sydney. Hasta el partido de baloncesto era secundario. Si la mujer más joven hubiera jugado al sófbol, ella se habría dedicado a ese deporte.

Los jugadores se dividieron y las dos mujeres quedaron en equipos opuestos. Era evidente al principio que los hombres no creían en la habilidad como jugadora de Alex, pero al llegar al primer descanso ya estaban asintiendo con respeto a su pesar.

—Eres buena, tía —dijo un hombre alto y delgado con una amplia sonrisa, y Alex supo entonces que había sido aceptada—. Sydney nos lo había dicho, pero creíamos que estaba un poco cegada, por eso de que le gustas y tal.

Le gusto, pensó la teniente con regocijo, pero no hizo caso de la ola de felicidad que le atravesó el cuerpo y siguió prestando atención al hombre.

—Jugaba al baloncesto en la Universidad de Southern California, aunque ya han pasado unos años desde entonces.

—Pues no has perdido nada, tía, y si has perdido, debías de ser increíble —dijo entusiasmado el hombre, que se llamaba Skinny. Sus alabanzas no pasaron desapercibidas a dos mujeres negras que estaban allí cerca. Parecían haber cogido manía instantánea a la recién llegada.

—Tú también eres muy bueno —replicó Alex—. ¿Jugabas en la universidad?

—No, no me reclutaron. —Skinny meneó la cabeza con pesar.

—Pues es una lástima. No fueron muy listos, porque eres un buen jugador —dijo la teniente, alabando el talento del hombre, que se sonrojó con timidez.

—Gracias —dijo, y Alex supo que había hecho un amigo.

—No le des las gracias por nada —gritó una de las mujeres negras que estaban mirando y que había oído la conversación—. Te está vacilando, Skinny. Juegas con el culo, por eso no te reclutó ninguna universidad.

Alex miró a la alborotadora y sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Tenía la capacidad de percibir los problemas y estas dos mujeres eran eso precisamente, pero ella no era de las que se achantaban por nada. Las personas que las rodeaban se habían quedado en silencio, como si notaran que iba a haber un enfrentamiento.

—Venga, no les hagas ni caso —dijo Skinny, con la esperanza de calmar los ánimos, pero Alex no estaba de humor para aguantar tonterías.

—¿Crees que tú lo puedes hacer mejor? —dijo, provocando a las mujeres, que sonrieron y se irguieron.

—Podría barrer la cancha con tu flaco culo blanco —se burló la mujer negra.

—Eso es lo que tú te crees. —Alex notó que se empezaba a encolerizar, aunque estaba totalmente controlada—. Deberíamos echar un partido y verlo.

—Cuando tú quieras, zorra.

—¿Qué tal ahora mismo? Tu amiga y tú contra mi amiga y yo —la desafió la teniente, y notó una mano suave que se posaba en su brazo. Bajó la mirada y vio a Sydney a su lado con expresión preocupada. No hizo caso y se volvió de nuevo hacia las mujeres—. ¿Qué dices?

—De acuerdo, zorra, y cuando ganemos, las dos tendréis que besar mi culo negro. —La mujer sonrió con aire vulgar.

—Y cuando ganemos, tú cerrarás tu bocaza negra. —Y con eso cogió el balón y se dirigió al centro de la cancha para esperar a que sus adversarias empezaran el calentamiento. Sydney fue detrás de ella despacio. La mujer más joven tenía el ceño fruncido y se frotaba un lado de la nariz con aire pensativo—. ¿Qué pasa?

—No me gusta besarle el culo a nadie —dijo Sydney con franqueza, no muy contenta de haberse visto arrastrada a este lío—. Tendrías que haber pasado de Chandra. Le gusta pensar que este territorio es suyo.

—¿Y cómo es que a ti te ha dejado entrar? —preguntó Alex, casi temerosa de conocer la respuesta.

—No me ha dejado, no me soporta. Lo único por lo que sigo aquí es porque los muchachos interfieren.

—Siento haberte complicado las cosas. —La teniente suspiró, sabiendo que había dejado que su genio se impusiera a su sentido común—. He tenido un día difícil y la verdad es que odio a las personas que se dan aires.

—Sí que se los da —asintió Sydney de mala gana, resignándose a su suerte—. Tienes que saber que las dos jugaban en la Estatal de Washington y que las entrevistaron para entrar en la selección nacional.

—Pero no las seleccionaron, ¿verdad? —señaló Alex, y la mujer más menuda hizo un gesto negativo con la cabeza—. Pues no te preocupes. Tú juega como jugaste el otro día contra mí.

—Eso era distinto —refunfuñó la rubia, y la teniente sonrió y le revolvió el pelo.

—Confía en mí. —Alex sonrió con aire travieso—. Y si perdemos, te besaré el culo a ti también.

Su promesa no le dio a Sydney ningún incentivo para ganar. La imagen de los labios de la teniente en cualquier parte de su cuerpo bastó para hacerle sentir calor por todas partes. Sin embargo, la idea de perder a propósito se extinguió por completo al ver la actitud arrogante y chulesca de sus adversarias.

Skinny y otro caballero negro llamado Watson se ofrecieron para arbitrar. Como era de esperar, el juego era duro, y Alex se dio cuenta bien pronto de que sus adversarias tenían talento, pero confiaba en su propia habilidad y estaba segura de que no podían competir con Sydney y con ella. Como ya había pensado, funcionaban bien juntas y cada una se anticipaba por instinto a los movimientos de la otra.

Las dos mujeres negras empezaron el partido a base de insultos, pero sus palabras no tenían efecto. Alex sonrió por dentro, dándose cuenta de que era evidente que estas mujeres se habían olvidado de que eran policías y, por lo tanto, mentalmente inmunes a las pullas y el acoso verbal que les estaban lanzando.

Cuando fue evidente que con los insultos no estaban obteniendo ninguna ventaja, las dos mujeres negras se lanzaron a un juego más físico. En más de una ocasión Skinny señaló una falta flagrante, pero en general dejaba que el partido se desarrollara libremente, y a medida que avanzaba el partido, la confianza de Sydney iba en aumento.

La inspectora rubia estaba asombrada por la habilidad de su compañera, pasmada por los movimientos que realizaba Alex. Era evidente que la teniente no había aplicado en absoluto todo su potencial en su partido de uno contra uno. Chandra y Aretha eran buenas, pero parecían muy normalitas cuando la alta morena atravesaba fácilmente sus defensas. En más de una ocasión sus acciones y movimientos hacían que el público, cada vez más numeroso, aclamara y aplaudiera. Sydney se sentía orgullosísima de la habilidad de su compañera.

—¿Or vais a rendir ya? —preguntó Alex con sorna, mirando a las dos mujeres, que empezaban a dar muestras de agotamiento. Acababa de marcar su tercera canasta sin oposición.

—Jamás, zorra —replicó Chandra con cara de desprecio.

—Pues lo siento por vosotras. Yo puedo seguir toda la noche —se burló la teniente, mirando a su compañera rubia, que estaba chorreando de sudor. Sus ojos se encontraron—. Toda la noche.

Sydney sintió que se le estremecía el corazón, y de algún modo supo que su compañera ya no estaba hablando de baloncesto. Tal vez fuera por el sutil agravamiento de su voz y su tono bajo y seductor. No estaba segura, pero sintió un escalofrío delicioso por todo el cuerpo.

El partido se reanudó, y mientras las otras mujeres notaban que iban perdiendo energía, Alex parecía cada vez más llena de vigor y su fuerza envolvía a Sydney, que estaba decidida a seguir el ritmo de su compañera. Fue Skinny quien acabó por poner fin al partido, en medio de las protestas de Chandra y su compañera.

—¿Pero de qué vas, chica? —soltó el hombre con desprecio—. Las blanquitas os han pasado por la piedra. Os llevan tanta ventaja que tendríais que jugar solas una hora para conseguir igualar.

—Tú, zorra, no hemos terminado. —Chandra las señaló con un dedo flaco cuando Alex y Sydney salían de la cancha.

—Sí que hemos terminado. —Alex se volvió y se acercó a la mujer—. Has perdido, acéptalo, y si me entero de que has estado fastidiando a mi chica, volveré y la próxima vez no seré tan cortés.

Sin decir nada más, la teniente se dio la vuelta y se acercó a donde estaba Sydney. Rodeó con aire informal los hombros de la mujer más baja con un brazo y la estrechó, cosa que no contribuyó en nada a la serenidad de la rubia. Incluso sudorosa la mujer alta olía maravillosamente.

—Has estado fantástica —balbuceó Sydney, consciente de la forma en que la presencia de la mujer le inflamaba todo el cuerpo.

—Bueno, no estaba dispuesta en absoluto a perder ante esas mujeres. Yo no le beso el culo a cualquiera —replicó Alex con una sonrisa taimada—. Ya te dije que éramos un equipo invencible.

—Sí, me lo dijiste —asintió la inspectora más baja, y sintió que la abandonaba el calor de la otra mujer cuando ésta apartó el brazo.

—Habéis estado geniales —exclamó Skinny entusiasmado, acercándose a ellas. Sonreía de oreja a oreja. Ambas mujeres levantaron la mano e intercambiaron una palmada amistosa con el hombre—. No te había reconocido, pero algunos de esos movimientos me suenan mucho. ¿Cómo has dicho que te apellidabas?

—Marshall —dijo la teniente con amabilidad, y la sonrisa del hombre se hizo aún más grande, si eso era posible.

—Te conozco. —Skinny soltó una carcajada—. Tú jugabas en la selección nacional.

—Sí, durante tres años —fue la modesta respuesta.

—¿Y por qué lo dejaste, chica, si todavía lo tienes todo? —quiso saber el hombre.

—También tengo un trabajo que me encanta —dijo Alex tranquilamente, consciente de que la inspectora rubia estaba siguiendo la conversación con enorme interés.

—Qué pena, chica. —El hombre meneó la cabeza con pesar—. ¿Te vamos a volver a ver por aquí?

—Eso depende de mi amiga —fue la solemne respuesta, y por un momento los ojos azules y verdes se encontraron.

—Volverá —intervino Sydney por primera vez, y Alex asintió, sintiendo que se le quitaba un peso de encima. Se volvió para mirar al hombre y sonrió.

—Volveré —dijo, y el hombre asintió antes de regresar con sus amigos.

—No me habías dicho que jugaste en la selección nacional —la acusó la rubia cuando se quedaron solas. Ahora entendía por qué la mujer se había mostrado tan arrogante.

—No me lo preguntaste —dijo la teniente, encogiéndose de hombros. Nunca estaba muy cómoda hablando de sí misma.

—Así que cuando jugamos, me lo pusiste fácil —dijo la mujer menuda, y su compañera soltó un resoplido.

—No creas que lo hago tan bien. Tú eres buena, Sydney, mucho mejor que esas mujeres contra las que acabamos de jugar. —Alex se irguió y miró a la otra mujer—. Han intentado hacer florituras, cosa que no funciona con jugadoras hábiles de verdad. Tú te esfuerzas y eso es más importante que cualquier truco.

Sydney se puso radiante por las alabanzas y se apresuró a apartar la mirada, no fuera a ser que sus ojos revelaran algo que no quería que la otra mujer viera.

—Escucha, todavía nos quedan unas horas antes de empezar el turno, ¿quieres que comamos algo?

—Sí, me gustaría —asintió Alex—. Pero tendrá que ser en un sitio donde no les importe que entren mujeres mal olientes.

—Conozco el sitio perfecto —sonrió la inspectora rubia—. Es una pequeña taberna que está un poco más abajo. Parece un antro, pero la comida es estupenda y la pareja italiana que lo lleva recibe bien a todo el mundo.

—Pues vamos —aceptó la mujer más alta.

El restaurante estaba lleno de lo que Alex dedujo que eran varios clubes de fútbol, pero consiguieron encontrar una mesa vacía junto a la pared. Se sentaron, saboreando los deliciosos aromas que llenaban el local.

—Hoy lo he pasado bien —dijo, una vez encargada la comida—. Gracias por invitarme.

—De nada, siempre que quieras.

—¿Estás segura? —dijo la teniente, con seriedad—. Algunas personas defienden mucho su propio espacio. No quiero que parezca que estoy invadiendo tu territorio.

—No soy territorial. —La rubia sonrió relajadamente y estiró los músculos doloridos—. Sabes, casi me planteo perder el partido a propósito.

—¿Sí? —Unas cejas bien perfiladas desaparecieron bajo el flequillo húmedo. La confesión pilló a Alex por sorpresa.

—Sí, la idea de que mi jefa me besara el culo me resultaba casi demasiado tentadora —dijo Sydney riendo.

Pues todavía podría ocurrir, pensó Alex, y por un momento se permitió fantasear con la idea. Notó que le aumentaba el calor del cuerpo y se apresuró a pensar en otra cosa.

—Bueno, ¿y cómo es que has acabado relacionándote con estos chicos? —preguntó la teniente, y bebió un sorbo de la jarra fría de cerveza que había traído la camarera.

—Fuimos todos a St. Jude's, que está en esta calle, más abajo —explicó la rubia—. Skinny y Watson pertenecían al equipo preuniversitario masculino al mismo tiempo que yo estaba en el equipo femenino. En los viajes para jugar fuera de casa nos juntábamos porque no éramos del distrito y en realidad no formábamos parte de los grupos con los que estaban los demás. Seguimos siendo amigos después del instituto.

—¿Están relacionados con las bandas de la zona?

—En realidad no —respondió Sydney con cautela—. Tienen una ligera afiliación, pero sólo porque viven en el barrio. Los dos tienen mujer e hijos y buenos trabajos en la ciudad. No quieren echarlo a perder.

Alex asintió, confirmando que su primera impresión de los hombres había sido correcta. Había visto los colores de las bandas en algunos de los jugadores, pero la mayoría de ellos parecían independientes, lo cual probablemente era una decisión difícil si vivían en este barrio.

—Escucha, he conseguido un par de entradas para un partido de los Sonics contra los Bulls el próximo viernes y me preguntaba si te gustaría ir conmigo —preguntó Alex, sintiéndose más nerviosa de lo que parecía—. Claro, que tendrás que aguantar a mi hermano y su mujer, pero son unos seguidores entusiastas.

—Me encantaría ir —aceptó Sydney, sintiendo un estallido de felicidad en el corazón.

—Genial. —La morena estaba encantada—. Podría recogerte y podríamos ir a cenar primero.

—Me parece estupendo —asintió la rubia, preguntándose si sería capaz de contener la emoción. Siete días era mucho tiempo, y ni siquiera la idea de conocer a miembros de la familia de la teniente conseguía aplacar su entusiasmo.

Por suerte, tuvo mucho trabajo durante la semana y pasó el tiempo muy ocupada, pero no logró quitarse la sonrisa de la cara cuando vio a la teniente ese jueves por la tarde en St. Mary's. Sacudió la cabeza, intentando recordarse a sí misma que ya no era una adolescente, sino una mujer adulta.

Como la semana anterior, jugaron en equipos opuestos, pero no les importó, porque ellas mismas se encargaron de marcarse la una a la otra, cosa que los demás jugadores aceptaron con naturalidad.

El partido fue muy competitivo, con mucho insulto divertido y mucho contacto físico entre las dos mujeres. La cosa era más tipo juguetón que desagradable, y ambas mujeres notaron que sus manos se quedaban más tiempo del necesario en la espalda o la cadera de la otra. Era como si necesitaran esta conexión.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Alex cuando estaban recogiendo para marcharse después del partido.

—Claro. —Sydney estaba encantada—. Conozco el sitio perfecto.

—Pues yo conduzco —se ofreció la teniente, y juntas recorrieron unas pocas manzanas hasta un popular bar deportivo.

—¿Sólo tienes un hermano? —preguntó Sydney cuando se sentaron. No había tenido muchas oportunidades de hablar con la otra mujer a lo largo de la semana.

—No, tengo tres hermanos. Yo soy la pequeña de la familia y la única chica. Andrew es tres años mayor que yo, luego viene Charlie, que es seis años mayor, y por último Lawrence, que cumplirá cuarenta y cuatro dentro de unos días.

—¿Y todos juegan al baloncesto?

—Todos menos Laurie —contestó Alex con una leve sonrisa al pensarlo—. Nunca le han interesado mucho los deportes, aunque hubo muchas universidades que intentaron reclutarlo. Él lo único que quería era ser abogado, como nuestro padre.

—¿A qué se dedican tus otros hermanos? —La rubia no solía interesarse por las familias de otras personas, pero deseaba saberlo todo acerca de su compañera.

—También son abogados —dijo la morena con cierta diversión—. La verdad es que todos nosotros nos licenciamos en derecho y todos, a excepción de mí misma, trabajan en el bufete de mi padre.

—¿Y cuál es? —preguntó Sydney por curiosidad, sin saber qué sentir al saber que su compañera también era abogada.

—Marshall y Fryer —dijo Alex distraída, observando lo que las rodeaba, sin captar la reacción de pasmo de su compañera más joven.

La rubia inspectora reconoció el nombre. Era un bufete legal muy respetado, conocido a nivel nacional, y la familia Marshall pertenecía a la flor y nata de la sociedad de Seattle. No se le había ocurrido siquiera que Alex pudiera estar relacionada en modo alguno con esa gente. Ahora todo empezaba a tener sentido, sobre todo el lujoso piso.

—¿Cómo es que tú vas por libre? —preguntó, sintiéndose un poco atontada y sabiendo que no tenía nada que ver con el alcohol que estaba consumiendo—. ¿Es que no querías trabajar para tu padre?

—Acabaré haciéndolo, cuando quiera asentarme, pero ahora mismo estoy contenta con lo que hago —admitió la otra mujer.

—¿No has conocido a nadie con quien quieras echar raíces? —preguntó Sydney con aire despreocupado. Sabía que la pregunta era sumamente personal, pero tenía un profundo deseo de saber dónde estaba esta mujer en el plano emocional.

Sí, a ti, quiso decir Alex, pero mantuvo la boca cerrada, y se sintió aliviada cuando la camarera eligió ese momento para traerles la comida. Cuando volvió a hablar, fue sobre un tema diferente, y Sydney captó la indirecta y no insistió para que la mujer alta le diera una respuesta.

Antes de separarse esa noche, quedaron para las cuatro y media de la tarde siguiente. Sydney se quedó en el portal de su edificio, reflexionando sobre lo que había averiguado acerca de la teniente. Se quedó mirando hasta que las luces del coche de su compañera desaparecieron calle abajo y luego se volvió y entró en el edificio.

Sydney salió pronto del trabajo al día siguiente, pues quería estar lista para cuando Alex fuera a recogerla. A las cuatro y media en punto estaba sentada en los escalones de entrada de su edificio, esperando. Espera que no fue muy larga, pues cuando apenas se había sentado, un conocido coche gris se detuvo junto a la acera. Se levantó de un salto y se metió en el asiento del pasajero.

—Hola. —Alex sonrió y de inmediato sintió que se le cambiaba el humor. Había tenido un día muy tenso y se había pasado toda la mañana y parte de la tarde metida en reuniones. La velada le apetecía muchísimo.

—Hola. —La rubia inspectora sonrió de oreja a oreja, absolutamente encantada de ver a la mujer. La teniente no había estado en su despacho en todo el día.

El restaurante que eligió Alex era un local popular cerca del pabellón deportivo. Sydney se temía un poco que el hermano y la cuñada de la mujer se reunieran con ellas, pero estaban solas y lo agradeció. Se sentía nerviosa ante la idea de conocer a la familia de la teniente, deseosa de causar una buena impresión, sobre todo desde que sabía quién era su compañera. Como si notara su preocupación, Alex hizo todo lo posible por relajar a su compañera, charlando de temas ligeros.

Hablaron de una cantidad increíble de temas distintos y a lo largo de la comida, Alex se dio cuenta de que eran muy compatibles. Nunca había sentido eso con ninguna de sus relaciones anteriores. Ni siquiera con Barry, el hombre al que había estado prometida. Se quedó pensándolo un momento mientras miraba a su compañera, sentada al otro lado de la mesa, que le estaba contando una historia.

Hoy más que en ninguna otra ocasión se alegraba de no haber cometido el error de casarse con el hombre. Nunca había sentido por él ni la mitad de la emoción que sentía por su compañera y algo le decía que ese sentimiento iría haciéndose más intenso y más fuerte con el paso del tiempo. Se habría perdido esta sensación maravillosa si se hubiera casado, como quería todo el mundo. Se habría perdido saber lo que era el amor verdadero.

—Oye, ¿sigues ahí? —dijo Sydney algo insegura, al ver la expresión distante de los ojos de la otra mujer. Tenía miedo de estar aburriendo a su compañera.

—Perdona. —Alex volvió a concentrarse en el presente—. Es que estaba pensando en mi ex prometido.

—Oh. —La rubia inspectora no supo qué decir, mientras los labios de la otra mujer esbozaban una sonrisa relajada.

—Estaba pensando en lo que me alegro de no haberme casado. Si lo hubiera hecho, no habría podido estar aquí contigo —fue la inesperada respuesta, y había algo en los ojos azules que hizo que Sydney se sonrojara.

—¡Oh!

Alex sonrió, memorizando las bonitas facciones que de repente se habían puesto sonrosadas. El corazón le latía desbocado y deseó que no tuvieran que ir al partido, sino de vuelta a su piso. Sacudió la cabeza para quitarse esas ideas y echó un vistazo al reloj.

—Será mejor que nos vayamos si no queremos llegar tarde.

Le gusto, le gusto. Las palabras rebotaban alegremente por la cabeza de Sydney, haciendo que se sintiera más feliz de lo que jamás había creído posible. Ahora sabía con certeza que a su compañera le interesaba algo más que una simple amistad.

El pabellón estaba casi lleno cuando llegaron, y Sydney se sorprendió agradablemente al ver que sus asientos estaban en un lateral de la cancha, aunque después de lo que había visto en los ojos de su compañera durante la cena, se podrían haber sentado en el tejado y se habría sentido contenta.

Andrew Marshall era una versión masculina de su hermana, sólo que con algo más de peso. Su esposa, Christie, también era alta, pocos centímetros más baja que Alex, pero de pelo corto y rubio. Se mostraron corteses y amables cuando su compañera hizo las presentaciones.

—Me siento como una enana —murmuró Sydney, de pie en medio del trío.

—Bien, hasta ahora yo siempre he sido la bajita de la familia —dijo Christie riendo—. Me alegro de conocerte, Sydney. Alex rara vez nos presenta a sus amigos.

—Eso es porque me da miedo que salgan corriendo del susto —gruñó Alex con humor.

—¿Y no has pensado que yo podría asustarme? —preguntó la rubia inspectora con curiosidad, y por un momento los ojos azules y verdes se encontraron.

—No, creo que puedes con ellos —fue la risueña respuesta antes de que la teniente mirara a su hermano—. ¿No nos vas a invitar a cerveza?

—Está bien, ya voy. —El hombre asintió y se alejó rumbo a los quioscos.

Las mujeres se sentaron, Sydney a un lado de Alex y Christie al otro. La mujer más baja pasó el rato escuchando apaciblemente mientras las dos mujeres intercambiaban cotilleos familiares. Por lo poco que lograba desentrañar, Andrew y Christie tenían tres hijos, una niña y dos niños, de todos los cuales sólo dos estaban en edad escolar.

Andrew regresó con las cervezas justo antes del inicio y a partir de ese momento se concentraron en el partido. Sydney nunca había estado en un partido de los Sonics, pero conocía a todos los jugadores y gritaba tanto como los demás cada vez que hacían una buena jugada o encestaban.

Alex observaba a su compañera con diversión y orgullo, advirtiendo que se emocionaba y gritaba tanto como su hermano, que tendía a levantarse de un salto de su asiento cuando los árbitros hacían algo mal.

—Creo que hacen buena pareja —dijo Christie con humor, mirando a su vociferante marido y a la exaltada amiga de su cuñada, que se habían levantado para expresar su opinión sobre una falta muy discutible.

—Sí. —Alex sonrió con indulgencia, incapaz de disimular su adoración por la mujer más menuda. Su cuñada se rió por lo bajo y le estrechó la mano con cariño.

Sydney lo estaba pasando en grande. No sólo estaba viendo un buen partido, sino que además la compañía era excepcional. En más de una ocasión Alex le ponía la mano en el muslo para llamarle la atención y susurrarle algo al oído. Luego la mujer más alta la dejaba allí más tiempo del necesario, lo cual hacía que la rubia inspectora tuviera cuidado de no levantarse de su asiento demasiado a menudo. Por fin terminó el primer tiempo con el marcador igualado.

—Vamos —dijo Andrew, agarrando a su hermana de la mano—. Necesitamos más cerveza.

A Alex no le quedó más remedio que acompañar al hombre, consciente de que no se la llevaba sólo para que le hiciera compañía. Tuvo la decencia de esperar hasta que ocuparon un puesto en la cola del quiosco antes de hablar.

—Sydney parece una chiquilla simpática —comentó como sin darle importancia, sin saber cómo iniciar la conversación.

—Es una mujer, Andrew —fue la seca respuesta, y el hombre se sonrojó.

—Lo siento. —La miró atentamente—. ¿Vas en serio con ella?

—Ni siquiera estamos saliendo. —Alex suspiró, sabiendo que su hermano seguiría insistiendo hasta tener todas las respuestas que quería. El hombre enarcó las cejas sorprendido.

—Pues os entendéis muy bien para no estar saliendo. —Soltó un bufido escéptico.

—Somos amigas —fue la estoica respuesta—. Nos conocemos sólo desde hace unas semanas.

—Os conocéis sólo desde hace unas semanas y ya la traes a un partido de los Sonics. Debe de ser especial.

—Lo es —admitió Alex con sencillez, incapaz de mentir, y su hermano se rió por lo bajo.

—¿Y cuándo la vas a llevar a casa para que conozca a los viejos?

—No creo que ninguna de las dos esté preparada todavía para eso. —La mujer meneó la cabeza—. Además, no quiero gafarlo.

Andrew supo entonces que su hermana sentía algo muy profundo por su amiga. Alex siempre había sido una persona muy privada y rara vez habían llegado a conocer a alguno de los hombres con los que salía. Llevaba prometida un mes antes de que les presentara a su ex novio y desde que había anunciado que era lesbiana, ninguno de ellos la había visto con nadie. Sabía que era propio de su carácter hacer las cosas con discreción y por eso la aparición de esta noche era un poco sorprendente.

Observó su perfil de reojo. Era una mujer guapa y más de un amigo suyo le había rogado que preparara un encuentro con ella. Él siempre había pensado que se iba a sentir raro con su nueva situación, pero viéndola con la mujer más menuda, le había parecido bien. No, le había parecido mejor que bien, le parecía extrañamente apropiado.

—Es una monada —dijo con una sonrisa, y en los rasgos normalmente severos de su hermana se formó una sonrisa equivalente.

—Eso me parece a mí. —Alex no pudo evitar que la sonrisa se le extendiera por toda la cara.

—Y bajita. —Estalló en carcajadas y ella le dio un manotazo en broma en el brazo.


Sydney se quedó mirando con cierta preocupación mientras Alex se alejaba agarrada por su hermano. Se recostó en su asiento, no muy segura de que no se tratara de una trampa. Echó una mirada pensativa a la otra mujer, sin saber qué decir.

—¿Cuánto hace que conoces a Alex? —Christie inició la conversación, sabiendo que su marido le pediría todos los detalles más tarde. Ella misma sentía bastante curiosidad.

—Varias semanas —contestó Sydney, optando por las respuestas breves, pues no sabía cuánto quería Alex que supiera su familia.

—¿Dónde os conocisteis?

—Trabajamos juntas —dijo simplemente, incómoda al hablar de sí misma—. ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

—Más de diez años —confesó la otra mujer con cierto asombro y luego sonrió—. Fue Alex quien nos presentó. Jugábamos juntas en el equipo de baloncesto de la universidad, me invitó a su casa a pasar Acción de Gracias y el resto, como se dice, es historia.

—¿Os casasteis inmediatamente?

—No, estuvimos saliendo unos cuatro años —contestó Christie—. Andrew quería establecerse como abogado antes de casarnos. Eso es algo que ya descubrirás de la familia Marshall. Se marcan ciertos objetivos y luego trabajan hasta conseguirlos excluyendo todo lo demás.

—Tiene que haber sido duro para ti —fue la suave respuesta, pero la rubia más alta meneó la cabeza.

—No, sabía que Andrew me quería, así que estaba dispuesta a esperar hasta que estuviera listo.

Hubo una pausa mientras Sydney asimilaba esta información. Miró a su acompañante de reojo, pensando que seguramente esta mujer podría responder a muchas preguntas que le daba miedo hacer a Alex.

—¿Conociste a su prometido?

—Sí —asintió Christie.

—¿Cómo era?

—Era educado, respetable, de buena familia. —La mujer se esforzó en encontrar una manera de describir al hombre—. Era sólido de carácter.

—¿Pero?

—Pero nunca me pareció adecuado para ella. —La mujer suspiró—. Adoro a Alex, es mi mejor amiga aparte de mi marido, pero no parecía totalmente feliz. No como contigo.

—¿Conmigo? —preguntó Sydney con la voz ahogada, y la otra mujer sonrió.

—Sí —asintió Christie—. Tal vez no te des cuenta, pero se le ilumina la cara cuando te mira.

La mujer más baja se quedó callada por la sorpresa. Se le estremeció el corazón mientras las palabras de la mujer daban tumbos por su cabeza. No sabía qué pensar.

—Alex es como el resto de su familia —dijo la otra mujer, consciente de que había desconcertado a su acompañante—. Son lentos a la hora de actuar, de naturaleza casi metódica, pero cuando se enamoran, se te entregan por completo. Muchas personas de su posición la aprovechan para hacer lo que les da la gana, pero los Marshall no. Creo que lo que más me gusta de la familia es su sentido de la responsabilidad, el que los demás les importan tanto como ellos mismos.

No hubo tiempo de comentar más porque Alex y su hermano escogieron ese momento para regresar con sus bebidas. Por un instante los ojos azules y verdes se encontraron y la teniente sintió una repentina preocupación. Desde la salida había visto que Christie y Sydney estaban hablando. Sentía curiosidad por lo que se habían dicho.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, y Sydney sonrió suavemente, poniendo la mano en el muslo de la otra mujer y acariciándoselo levemente.

—Estoy bien.

Alex no estaba segura de poder aceptar esa respuesta sin más, pero sabía que podía fiarse de que Christie no hubiera dicho nada estúpido. Antes de poder continuar la conversación, sonó el silbato para iniciar el segundo tiempo y lo olvidaron todo para volver a concentrarse en animar a su equipo y llevarlo a la victoria. Al final, tras un último cuarto cargado de emoción, los Bulls derrotaron al equipo local por cuatro puntos. Pero eso no pareció importar a los seguidores, que habían asistido a un buen partido lleno de acción.

Las dos mujeres guardaban silencio mientras conducían por la ciudad. Sydney deseó que la noche no tuviera que terminar, pero no tardaron en detenerse junto a la acera delante de su edificio. Miró a su alta compañera, con la mente ofuscada. Pensó en invitar a pasar a su compañera, pero luego desechó la idea, pues seguía sin saber qué estaba pasando entre ellas.

—Gracias, lo he pasado muy bien.

—Me alegro —sonrió Alex, que sólo quería acercarse y besar a la otra mujer. Pero se contuvo—. A mi hermano le has caído estupendamente, así que no creo que sea difícil sacarle unas cuantas entradas más.

—Me gustaría —dijo Sydney, y por un momento hubo un silencio incómodo en el coche. Se sentía insegura, pero se volvió para mirar a su compañera—. Alex, ¿puedo preguntarte una cosa?

—Claro —asintió la otra mujer.

—¿Acabamos de tener una cita?

Alex se quedó sin aliento. No era la pregunta que se esperaba. Se tragó el nudo que se le había formado de repente en la garganta. Sabía que podía mentir, pero no quería hacerlo. Quería conocer a esta mujer más íntimamente y para hacerlo tendría que ser sincera.

—Sí —dijo suavemente, y entonces vio que la cara de la otra mujer se iluminaba con una alegre sonrisa. Antes de poder intuir las intenciones de su compañera, Sydney se inclinó sobre el asiento y la besó.

Alex sintió la caricia de los suaves labios de la mujer sobre los suyos, al principio vacilante y luego con más pasión. Ninguna de las dos pudo recordar luego cuánto duró el beso, pero les pareció demasiado corto. Jadeó cuando la mujer más joven se apartó por fin.

—Buenas noches —dijo Sydney antes de salir corriendo del coche, sin poder creer lo que acababa de hacer, pero incapaz de lamentarlo. Ya se preocuparía más tarde, ahora se conformaba con saborear la felicidad que sentía.

Alex se quedó mirando a la otra mujer hasta que desapareció en la seguridad del interior del edificio. Tuvo que echar mano de todo su control para no salir corriendo detrás de la inspectora rubia y exigir algo más que un beso. Tenía el cuerpo entero en llamas, y aceptó en silencio la verdad. A pesar de sus mejores intenciones, no iba a poder dejar a esta mujer en paz. Lo arriesgaría todo por estar con Sydney.

Sacó el coche de nuevo a la calzada y se preguntó cómo iba a poder superar los próximos dos días sin ver a la mujer más joven. No podía, y a la mañana siguiente temprano consiguió el número de teléfono de la joven en el trabajo y llamó.

—Diga. —La voz del otro lado de la línea sonaba adormilada.

—Sydney. —Alex se puso de repente muy nerviosa. Todavía era bastante novata en estas lides y no sabía muy bien qué cosas eran aceptables—. Soy Alex. Lo siento si te he despertado.

—No, no pasa nada, no estaba dormida —mintió la rubia, incorporándose en la cama y mirando el despertador. Eran las ocho de la mañana—. ¿Qué pasa?

—Iba a salir con el barco y me preguntaba si te gustaría venir conmigo. —La teniente se sentía como una colegiala nerviosa.

—Sí. —Sydney apenas esperó a que la mujer terminara de hablar para dar su respuesta. Sabía que ésta era una invitación que no estaba dispuesta a rechazar por nada—. ¿Dónde quedamos?

—Te recojo yo —dijo Alex, con una amplia sonrisa en la cara—. ¿Puedes estar lista dentro de una hora?

—Sí. ¿Llevo algo?

—No, pero abrígate bien, el viento puede ser muy frío en el agua —dijo la otra mujer antes de colgar.

—¡Yujuuu! —chilló Sydney, colgando el teléfono, y saltó de la cama. Se puso a dar botes por la habitación, cediendo a la emoción por un instante, y luego corrió al cuarto de baño para empezar a prepararse.

Exactamente una hora después Alex detuvo el coche delante del edificio donde Sydney esperaba una vez más en los escalones de entrada. No podía dejar de sonreír como una tonta, con el corazón desbordante de emoción.

—Buenos días —saludó alegremente al tiempo que se montaba en el vehículo.

—Buenos días —sonrió Alex y entonces, porque la otra mujer ya había roto la barrera entre las dos, se inclinó y la besó. Sydney le devolvió el abrazo, sabiendo que lo que había hecho la noche anterior le había dado esta recompensa.

—Creo que será mejor que nos vayamos —susurró por fin la teniente, terminando el beso, consciente de que el corazón le atronaba dentro del pecho y que ciertas partes de su cuerpo se habían puesto muy calientes.

—Sí —asintió Sydney, con un hormigueo en los labios y el cuerpo acalorado de deseo.

El barco al que se había referido Alex era un velero de un solo mástil. El cielo estaba gris, pero el mar estaba en calma, y tenía muchas ganas de emprender la excursión. A menudo se quedaba mirando desde la orilla cuando los barcos del puerto se hacían a la mar y se preguntaba quiénes serían las personas que iban en ellos. Hoy ella era una de esas personas y le daba mucho gusto estar al otro lado del escenario.

El barco era lo bastante pequeño como para que lo pudiera manejar una sola persona, de modo que la rubia se acomodó y observó a su compañera mientras ésta maniobraba hábilmente con el barco hasta salir al tráfico del canal antes de izar rápidamente la vela. Miraba fijamente a su alta compañera, hechizada por la visión del largo pelo oscuro agitándose al viento. Respiró hondo y apartó la mirada al darse cuenta de que se podía perder en esa mujer.

El día era bonito, pero como había indicado Alex, el viento era muy frío y aún más cuanto más se alejaban de la orilla. Sydney se había abrigado bien y llevaba el cuerpo envuelto en varias capas de jerseys y camisas de franela, con un chaleco forrado de plumas encima, pero no podía evitar los escalofríos que le recorrían la piel.

Alex miró a su compañera. Normalmente le gustaba sacar el barco a solas y no sabía qué era lo que la había impulsado a invitar a la mujer. Pero claro que lo sabía. Le gustaba Sydney y quería compartir todas las cosas de su vida con la rubia. Justo cuando pensaba en eso, vio que la joven se estremecía.

—Eh —la llamó, y al tener la atención de la rubia, hizo un gesto señalando un punto justo delante de ella.

Sydney se apresuró a cruzar la cubierta hasta el asiento acolchado que había delante de la otra mujer y se acomodó entre dos largas piernas. Una vez estuvo sentada, Alex cogió una gruesa manta y tapó a su amiga con ella y luego tiró de ella hasta apoyarla en su propio cuerpo. La rubia sintió al instante el calor de su compañera y el peso posesivo del brazo de la teniente, que ésta le había pasado tranquilamente por encima del pecho. Se recostó y disfrutó del viaje.

La mujer más menuda no sabía cuánto tiempo estuvieron en el agua, y la verdad era que no le importaba. Se sentía increíblemente feliz con su compañera enrollada alrededor de su cuerpo. En más de una ocasión dejó volar la imaginación, preguntándose cómo sería hacer el amor con esta mujer. Se estremecía sólo de pensarlo.

—¿Sigues teniendo frío? —le susurró Alex al oído, al haber notado el escalofrío que recorría el cuerpo de su compañera.

—No. —Sydney meneó ruborizada la cabeza, preguntándose qué diría esta mujer si supiera la verdad. Volvió la cabeza ligeramente hasta que tuvieron las caras pegadas—. ¿Qué harías si tuviera frío?

—Esto. —La otra mujer se rió por lo bajo y envolvió a la mujer con sus largas piernas, apretándola más contra su cuerpo.

Sydney cerró los ojos, gimiendo suavemente por el contacto y deseando darse la vuelta y abrazar a su compañera. Pero reprimió ese deseo y se obligó a mantener el control. Estuvieron navegando varias horas y por fin Alex dio la vuelta al barco para regresar a tierra.

—¿Te apetece comer algo? —preguntó Alex cuando el barco quedó amarrado de nuevo junto al muelle. Habían compartido unos bocadillos horas antes, pero parecía haber pasado mucho tiempo desde entonces.

—Me encantaría —asintió Sydney. No estaba dispuesta a rechazar ninguna invitación que supusiera pasar más tiempo en compañía de esta mujer. El restaurante que eligió Alex esta vez era una marisquería, y la mujer más joven atacó con placer su plato de comida.

—Lo he pasado estupendamente —dijo Sydney muy contenta, y Alex se la quedó mirando largo rato, admirando el sano color de sus mejillas—. Nunca había estado en un velero.

—Pues me alegro de haberte invitado. —Alex se sintió inesperadamente satisfecha al saber esto. Quería compartir el máximo posible de primeras experiencias con esta mujer.

El resto de la comida transcurrió en medio de una tranquila conversación, y la mujer alta descubrió que se estaba riendo más de lo que se había reído en toda su vida y se dio cuenta de que su compañera tenía un sentido del humor divertidísimo y talento para contar una buena historia. Le dio pena que llegara el momento de marcharse.

—Oye, ¿te gustaría venir a mi casa a ver una película? —preguntó, pues no estaba preparada para dar por terminado el día. Sydney asintió, satisfecha con dejar que la mujer tomara las decisiones—. ¿Qué te gusta?

—Las películas de acción —fue la pícara respuesta, y Alex se echó a reír al tiempo que le pasaba a la mujer un brazo por los hombros al salir del restaurante.

—¿Cómo no me lo he imaginado? —dijo con una mueca humorística.

Se pasaron por una tienda de vídeos cercana a donde vivía Alex y tras mucha discusión se llevaron una película de acción llamada Ronin, con Robert De Niro. Volvieron a su piso y mientras la anfitriona metía una bolsa de palomitas en el microondas, ella metió el vídeo en el reproductor y se acomodó en el sofá de cuero del estudio donde estaban la televisión y el aparato de vídeo.

Alex no era muy aficionada a las películas de acción: había visto demasiada en la vida real para querer verla en película, pero se quedó agradablemente sorprendida al ver cuánto le gustaba el vídeo. Sydney disfrutó de todo lo que le dio tiempo de ver antes de que el largo día acabara por vencerla.

La teniente sonrió al ver que su amiga dormía profundamente. Esperó a que terminara la película para decidir qué hacer. Sabía que podía despertar a su compañera, pero no le apetecía. En cambio, decidió simplemente dejar que pasara la noche en el sofá.

Con cuidado, subió las piernas de la mujer menuda al sofá, le desabrochó el botón y la cremallera de los vaqueros, le quitó los calcetines y luego cubrió su esbelto cuerpo con una manta y le puso una almohada debajo de la cabeza. Depositó un ligero beso en la frente de la mujer antes de apagar las luces y retirarse al dormitorio.


PARTE 5


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