Capítulo 3


Me preguntó qué estará haciendo Alex, pensó Sydney mientras paseaba por el apartamento del sótano observando al equipo de registros, que estaba volviendo metódicamente el lugar patas arriba. Es domingo, así que seguro que ha salido con sus amigos, decidió, sintiéndose fatal.

Había tenido la esperanza secreta de que la teniente apareciera en la escena, pero había reconocido que la mujer seguramente tendría una docena de cosas mejores que hacer que pasarse el día registrando una casa de clase media, buscando pistas sobre el asesinato de un niño de ocho años llamado Tommy Kennedy. Con un suspiro, dejó todas sus reflexiones sobre la mujer alta y morena y se concentró en lo que estaba haciendo.

El informe inicial del equipo de identificación era que habían conseguido levantar muchas huellas claras del lugar. Huellas que coincidían con las del sospechoso y su víctima. No obstante, sabía que el fiscal iba a querer un caso absolutamente sólido.

Esa mañana había sido la primera en presentarse en la escena, había delimitado cuidadosamente las zonas del apartamento y había asignado un agente individual a cada sección, con instrucciones de mover todo lo que se pudiera mover. Eso incluía alfombras y paneles de contrachapado o techos falsos. Ya era mediodía y llevaban tres horas de registro cuando la llamaron al dormitorio.

—Creo que he encontrado algo —exclamó un joven patrullero, y Sydney miró el agujero de la pared que estaba señalando y que había estado tapado con un pequeño panel mal clavado—. Creo que ahí detrás hay un espacio.

La menuda inspectora se echó en el suelo y metió la cabeza por el agujero, que era lo bastante grande para que entrara un niño o un adulto de pequeño tamaño. Encendió la linterna y observó el pequeño cubículo. Había una manta, una almohada, algunos platos sucios y restos de comida. Había incluso un pequeño cubo cuyo contenido emitía un hedor horrible que le revolvió el estómago.

Era evidente lo que era este sitio. Tommy no estaba en el colegio cuando Lucas Andersen estaba trabajando. Por el contrario, el niño había estado oculto, preso en este espacio diminuto entre la pared y los cimientos.

—Necesito una cámara —dijo, sacando la cabeza y volviéndose hacia la habitación, y sus ojos se posaron en Janice, que esperaba pacientemente al fondo. La mujer asintió y cambiaron de sitio, pero la otra mujer era demasiado grande para meter los hombros por la estrecha abertura.

—Lo siento, sargento, pero no quepo, necesitas a alguien más pequeño. —La mujer meneó la cabeza y luego miró a la menuda inspectora con aire calculador—. Tú podrías caber.

—Ni hablar, yo no soy fotógrafa —protestó Sydney automáticamente, pero ésa no era la razón de que no quisiera meterse en el zulo. El olor y la estrechez le revolvían el estómago.

—Ah, vamos, si es muy fácil, mira, te enseño lo que tienes que hacer, enfocas y disparas. —La fotógrafa se lo demostró haciendo unas cuantas fotos. Era sencillo y no había excusa para que Sydney no volviera a meterse ahí dentro. Ninguna salvo la cobardía.

Miró por la habitación y vio las caras de los demás agentes. La miraban expectantes, aguardando su decisión. Estaba al mando de esta investigación y no podía pedirle a ninguno de ellos que hiciera algo que ella no estuviera dispuesta a hacer. Suspirando, le quitó la cámara a su amiga de las manos.

—Espero que alguien tenga a mano el número del parque de bomberos para cuando me quede atrapada —murmuró derrotada. Esto hizo reír levemente a los presentes.

—Así tendrías una buena excusa para tomarte un par de días libres —sonrió Janice, levantando la mano como si estuviera hablando por teléfono—. Oiga, teniente, hoy no puedo ir a trabajar, estoy un poco pillada.

—Sí, ya. —Sydney meneó la cabeza, intentando no sonreír, pero le resultó imposible. Siguió meneando la cabeza mientras se quitaba la ropa hasta quedarse sólo con una fina camiseta de tirantes y los boxers. Levantó la mirada y vio que varios de los patrulleros sonreían disimuladamente—. No quiero oír un sólo comentario al respecto. Además, soy chica, se supone que me tienen que gustar las cosas con corazoncitos —les advirtió con cara seria, al tiempo que los corazoncitos de su ropa interior provocaban varias risitas. Nadie le contestó, pero nadie dejó de sonreír tampoco.

No les hizo ni caso y se concentró en cambio en respirar hondo varias veces antes de echarse en el suelo y deslizar su esbelto cuerpo por el agujero. Le costó entrar, y repasó mentalmente cada movimiento que había hecho, sabiendo que al final iba a tener que salir de esta prisión.

—Todo va a ir bien —rezó en voz baja, acurrucándose contra el frío cemento de los cimientos y las vigas de la casa. Se le ocurrió pensar que esta casa tenía una construcción extraña, y tomó nota mental para recordarse a sí misma que debía comprobar quién la había construido.

En el zulo no sólo olía mal, sino que además hacía calor, y no tardó en notar pequeños chorros de sudor que le resbalaban por la piel desnuda. Cuando avanzó todo lo que pudo, empezó a sacar fotografías, colocando la cámara en diversos ángulos para sacar todas las tomas posibles. Cuando se terminó el carrete, le devolvió la cámara a la fotógrafa de la policía, que había asomado la cabeza por el agujero.

—Voy a empezar a pasar pruebas —avisó—. Asegúrense de que todo queda debidamente etiquetado y registrado.

Así emprendió la desagradable tarea de vaciar el zulo de su contenido. No tuvo mucha oportunidad de examinar lo que cogía, pues lo único que deseaba era terminar el trabajo y salir de esta prisión sofocante. Tardó más de una hora en sacar hasta el último de los objetos y para cuando volvió a salir a la habitación, estaba sudando a chorros. Se quedó tumbada en el suelo un buen rato, respirando profundamente para intentar recuperar la calma.

—¿Estás bien, sargento? —Abrió los ojos y vio un par de risueños ojos azules que la miraban desde arriba, y por un instante pensó que se trataba de otra persona, pero luego sus ojos se fijaron en el resto de la cara y vio que era Robert Newlie. Como muchos otros, se había ofrecido voluntario durante su tiempo libre para ayudar con este caso—. Hoy estás preciosa. Creo que nunca había visto un atuendo así en el trabajo.

—Ni una palabra más —le advirtió con vehemencia, incorporándose y moviendo el cuello—. ¿Dónde están las pruebas?

—Todo está etiquetado, en cajas y dentro de un coche patrulla para llevarlo a comisaría —dijo el patrullero, y Sydney asintió agradecida, mirando a su alrededor mientras se esforzaba por ponerse en pie, sin darse cuenta de que la fotógrafa lo estaba pasando en grande sacando varias fotografías únicas de la inspectora en ropa interior.

—¿Lo hemos repasado todo?

—Sí —asintió el hombre, sin dejar de distraer a la mujer menuda—. El agente Bagley encontró varias cajas de fotografías junto a los cubos de basura. Las ha enviado a la oficina para que las analicen.

—Gracias. —Sydney se alegraba de que estos hombres supieran lo que había que hacer. Los casos como éste sacaban a la luz lo mejor de todo el mundo, y cada agente estaba teniendo un cuidado extra, dedicando a este caso más atención que si se hubiera tratado de un vagabundo de la calle.

Cogió su ropa de la cama y aunque habría preferido ducharse antes de volver a vestirse, no tenía elección. Tendría que sentirse sucia hasta que volviera a comisaría.

Una vez vestida, volvió a recorrer el apartamento, observando el desastre que habían dejado atrás. Ahora mismo, le importaba muy poco la destrucción. Su pensamiento se concentraba únicamente en el niño que estaba echado en una mesa de acero en la oficina del forense.


El almuerzo de los domingos era una tradición familiar en la que sus padres invitaban a toda la familia a su casa para comer y jugar. Como era de esperar, todo el mundo estaba allí, sentado alrededor de la gran mesa del comedor y disfrutando de la enorme comida fría que habían preparado.

El ambiente estaba muy animado, y Alex descubrió que lo estaba disfrutando más de lo que preveía. Se cruzaban bromas y burlas amables y luego hubo una seria conversación sobre varios de los casos que estaban en esos momentos en los tribunales.

—Me alegro de que hayas venido —dijo Marie, sentándose en una silla al lado de su hija. Los adultos habían pasado a la sala de juegos. Su padre y sus hermanos estaban enzarzados en una partida de billar mientras sus esposas miraban y charlaban. Los niños estaban jugando tranquilos en otro rincón de la sala—. Echaba de menos tenerte aquí.

—Y yo echaba de menos estar aquí —dijo Alex con sinceridad y cogió la mano de su madre entre las suyas, lo cual hizo sonreír a la mujer de más edad.

—¿En serio? —A Marie le sorprendió esta confesión.

—Sí —le aseguró la mujer más alta con una sonrisa que su madre le devolvió, y las dos se quedaron calladas un momento cuando un estallido de carcajadas celebró una jugada ridícula realizada por su padre.

Marie observó el perfil de su hija. La chica era tan guapa que a veces se asombraba de haber dado a luz a una hija de aspecto tan magnífico. Claro, que los chicos eran todos guapos, pero su hija tenía algo especial, algo que no conseguía identificar y que hacía que la joven destacara. Miró sus manos, que seguían unidas.

—El otro día estuve hablando con Bertha Hallings —se atrevió a decir la mujer de más edad, rompiendo el silencio que había entre ellas—. Parece ser que su hijo Bert se acaba de divorciar y va a volver a la ciudad. Comentó que todavía te recuerda del colegio.

—Madre, no me interesa —le recordó Alex pacientemente con un leve suspiro. Tal vez se había estado engañando a sí misma al pensar que sus padres habían aceptado la situación—. Soy lesbiana. Eso no va a cambiar.

—Lo sé —dijo Marie con un suspiro y media sonrisa—. Es que veo a tus hermanos y lo felices que son y no puedo evitar pensar en lo que te puedes estar perdiendo.

—No tengo que ser heterosexual para ser feliz —dijo la mujer más alta con paciencia, consciente de que su madre intentaba comprender—. Además, ¿quién dice que no haya conocido a alguien?

—¿Y es así? —Esto captó por completo la atención de la mujer de más edad y Alex se volvió y vio que su madre la miraba fijamente.

—Sí —asintió, pensando en cierta rubia. Se le estremeció el corazón con la imagen.

—¿Cuándo vamos a conocer...la? —Esto último le salió con cierta tensión, y Alex le sonrió a medias y luego le estrechó la mano.

—Todavía no —dijo con sinceridad—. Nos acabamos de conocer y es demasiado pronto.

—¿Pero es especial?

—Mucho. —Eso no era mentira—. Creo que podría ser la persona que estaba buscando. Quiero ir despacio.

Marie miró a la chica, algo sorprendida por esta confesión. No era natural para su estoica hija mostrarse tan franca con su vida personal. Incluso de niña, Alex era muy retraída y nunca les contaba más de lo que pensaba que necesitaban saber. Había sido aún más cerrada con su vida íntima desde que había salido del armario cuatro años antes y nunca habían conocido a ninguno de sus intereses románticos.

No es que les importara, pues por dentro tenían la esperanza de que su hija estuviera atravesando por una fase en su vida que acabaría pasando. Si se la presionaba, Marie no iba a mentir: esperaba que Alex conociera a alguien a quien ella considerara más adecuado. Alguien con quien la chica pudiera construir una vida y tener hijos. Alzó la mano y le colocó delicadamente unos mechones de pelo negro detrás de la oreja.

—Bueno, cariño, cuando estés lista, dínoslo y prepararé una cena.

—Gracias. —La joven agradeció el ofrecimiento, consciente de cuánto le costaba a su madre aceptar la verdad. Agradecía que la mujer lo estuviera intentando.

Su conversación le dio a Alex el repentino deseo de ver a Sydney. Al dejar la casa de sus padres, condujo hasta comisaría, pero descubrió que la mujer ya se había ido. Apenas consiguió disimular su decepción, sensación que se incrementó cuando Norm Bridges se acercó a ella al principio de su reunión estratégica a la tarde siguiente.

—Syd me ha pedido que le diga que hoy no puede venir —dijo el veterano inspector, transmitiéndole el mensaje—. Parece que los padres de su víctima van a venir para ver el cuerpo, así que va a estar todo el día en la oficina del forense y probablemente mañana también.

Alex asintió y, reprimiendo su decepción, llamó al orden a los demás inspectores y comenzó la reunión.


Sydney se había visto obligada a hacer frente a situaciones difíciles a lo largo de su carrera, pero ninguna era tan ardua como enfrentarse a los padres de un niño asesinado. Se reunió en la central con Donald Brewster, de la policía de Vancouver, y pasaron un rato repasando el caso antes de dirigirse al hotel donde la joven pareja se alojaba para una estancia de un día.

Los Kennedy eran jóvenes, aún no habían cumplido los treinta, y les iba bastante bien en la vida. Drew Kennedy tenía un puesto en la compañía eléctrica de la provincia, mientras que Alison trabajaba como recepcionista en la consulta de un dentista. En general, su vida había ido bien hasta el día en que su hijo fue secuestrado. Desde entonces había sido un horror, una pesadilla de la que no parecían poder despertar.

Sydney esperaba que hoy comenzara el fin de ese sufrimiento, aunque no creía que nadie pudiera recuperarse del todo de lo que esta pareja se veía obligada a soportar. Sabía que para estas personas sería imposible olvidar lo que había ocurrido y se daba cuenta de que al final su vida quedaría inevitablemente marcada.

Advirtió dos cosas nada más conocerlos. Una era que los dos estaban muy enamorados, y la otra era que la tensión de la situación estaba poniendo a prueba ese amor. Esperó con todas sus fuerzas que la pareja siguiera unida, a pesar de que las estadísticas estaban claramente en su contra.

La pareja tenía multitud de preguntas que ella intentó responder con toda la delicadeza posible. Quería ocultar lo peor de la verdad, pero no siempre podía, y notó el dolor que invadía sus ojos cuando se dieron cuenta del terror que su hijo se había visto obligado a soportar. Fue entonces cuando aprendió que a veces no había manera de suavizar algunos golpes.

Sydney deseó poder hacer algo para aliviarles parte del dolor, pero no había nada que pudiera consolarlos o prepararlos para la desolación de ver el cuerpo de su hijo. Los sollozos angustiados bastaban para afectar al veterano más endurecido, y notó que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. Sólo gracias al férreo control que tenía sobre sus emociones evitó venirse abajo.

Ya anochecía cuando por fin regresó a la sala de inspectores. A excepción de los inspectores Bridges y Howard, que estaban al teléfono trabajando en uno de sus casos, el lugar estaba desierto. Hasta el despacho de la teniente estaba a oscuras. Sydney se sintió sola en ese momento, pues había tenido la esperanza de poder hablar con la otra mujer. Había sido un día agotador desde el punto de vista emocional y las imágenes de los desolados padres seguían grabadas en su mente.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó con voz rara.

—Una muerte sospechosa en el distrito de Lakeland —dijo Norm, colgando el teléfono—. Los demás están investigando pistas.

—¿Y la teniente?

—Una reunión con los jefazos. —Se encogió de hombros y de repente entornó los ojos al ver la cara de la joven. Advirtió el malestar que apenas lograba controlar—. ¿Cómo vas?

—Estoy bien —mintió Sydney, intentando no parecer débil. Había aprendido bien rápido las consecuencias de mostrar cualquier tipo de vulnerabilidad.

Norm se quedó mirando a la joven. Llevaba tiempo suficiente en la Unidad como para saber el coste emocional que tenía su trabajo. Algunos conseguían aguantar la presión, pero otros se derrumbaban con el estrés. Sabía lo que estaba pasando esta mujer. En el curso de su carrera profesional también él se había encontrado con algunas situaciones que incluso hoy día, años después, hacían que se le llenaran los ojos de lágrimas.

—Si necesitas hablar con alguien, danos una voz —le ofreció el hombre con brusquedad, consciente de que ella no quería pedir ayuda.

—Te lo agradezco —dijo Sydney, apreciando el ofrecimiento, aunque sabía que jamás lo aceptaría.

Fue a su mesa y repasó los mensajes que se habían acumulado durante su ausencia. Era innegable que estaba agotada, más cansada que de costumbre. Le habría gustado olvidarse del resto de sus casos, pero las cosas no funcionaban así en Homicidios. Tenía que tener la organización necesaria para poder llevarlos todos al mismo tiempo.

Dedicó las siguientes horas a devolver llamadas y ponerse al día con el papeleo, pues sabía que al día siguiente tenía que presentarse en el tribunal con otro caso. Cuando se preparaba para marcharse, le pasaron la llamada. Era Van Phan, el líder no oficial de los Pequeños Dragones.

Dudó sólo un momento y luego acordó reunirse con él en un restaurante de Chinatown, pues sabía que tal vez no volvería a tener esta oportunidad. Colgó el teléfono y echó un vistazo por la sala, mirando a los otros inspectores que estaban trabajando.

—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó Norm al levantar la mirada y ver su expresión pensativa. Sydney dudó un momento y luego decidió no pedirles ayuda.

—No, me llevaré a un par de patrulleros —dijo, cogiendo la chaqueta de la silla—. Que paséis buena noche.

El hombre la miró un momento y luego se encogió de hombros. Sydney pilló a una patrulla al salir de la comisaría. En menos de una hora estaba en Chinatown, aparcada en una esquina detrás de un popular restaurante chino.


Alex estaba de pésimo humor cuando regresó a la sala de inspectores. Su reunión con el capitán y los demás tenientes de Homicidios había ido mal y el desprecio que sentía por ellos era evidente en su expresión. En lugar de hacer avances, los hombres se habían pasado la mayor parte del tiempo peleándose unos con otros.

Echó un vistazo por la sala al entrar. Estaba vacía salvo por los inspectores Bridges y Howard, que estaban tomando café y discutiendo sobre un caso en el que estaban trabajando. Sabía dónde estaban los demás inspectores, o al menos creía saberlo. Un ceño le arrugó la frente.

—¿Aún no ha vuelto la sargento Davis? —preguntó al inspector veterano.

—Sí, pero se volvió a marchar hace como una hora —contestó Norm.

Alex asintió, no muy contenta. Había tenido la esperanza de ver a la mujer antes de irse a casa. Meneó la cabeza mentalmente, preguntándose qué demonios le estaba pasando. No podía pasar ni siquiera un día sin ver a la mujer.

Dioses, qué fuerte te ha dado, masculló por dentro, y se dirigió a su despacho, pero se detuvo a los pocos pasos.

—¿Ha dicho la inspectora Davis dónde iba?

—No —dijo el veterano, haciendo un gesto negativo con la cabeza canosa—. Lo único que ha dicho es que iba a reunirse con Van Phan, de los Pequeños Dragones.

—¿Quién iba con ella?

—Se ha llevado una patrulla como refuerzo.

—¡Dios! —exclamó Alex enfurecida, y sus ojos azules se pusieron más pálidos—. ¿Pero cómo demonios se le ocurre?

La pregunta no buscaba respuesta, y entró con paso decidido en su despacho, parándose únicamente para tirar el maletín sobre la mesa antes de coger el teléfono y llamar al sargento de guardia. Esperó impaciente a que contestara al teléfono.

—¿Qué unidad ha salido con la inspectora Davis? —ladró en el teléfono.

—La treinta y siete —fue la sobresaltada respuesta.

—¿Dónde están?

—En la 97 con Dover en Chinatown.

—Si tiene alguna noticia de ellos, quiero que me lo comunique inmediatamente —le ordenó Alex a la voz sin rostro—. También quiero saber cuándo los suelta la inspectora Davis.

—Sí, señora —balbuceó el hombre, y luego oyó el estampido del teléfono al ser colgado.

Maldita sea esa mujer, pensó Alex furiosa, sabiendo que no iba a poder marcharse hasta que supiera que la inspectora estaba bien. No comprendía en qué estaba pensando la rubia. La llamada a su puerta interrumpió su diatriba silenciosa.

—Pase —ladró, alegrándose de tener algo que la distrajera, al menos temporalmente.


Jimmy Chow's era un restaurante popular entre los pandilleros. Una persona menos segura de sí misma se habría puesto nerviosa al entrar sola en el restaurante, pero Sydney estaba familiarizada con todo aquello. Había pasado toda su vida entre bandas y sabía cómo comportarse. Además, tenía la patrulla aparcada en la calle a la espera de que volviera.

—¡Phan! —Saludó con la cabeza a un hombre delgado que estaba sentado en un reservado en el rincón del fondo del restaurante. Lo reconoció por la cicatriz en forma de media luna que iba del ojo izquierdo hasta la mandíbula. Un recordatorio para toda la vida de una pelea con navajas que casi había perdido.

—Sargento Davis, me alegro de volver a verla —dijo el hombre delgado, saludándola a su vez con una inclinación de cabeza. Movió la mano, indicando a los hombres que estaban sentados delante de él que se movieran, cosa que hicieron, para hacerle sitio a ella.

Sólo con mirar al hombre, uno se daba cuenta de que no era un tipo agradable, y era por algo más que la cicatriz que tenía en la cara. Sus rasgos eran marcados y angulosos, sus ojos de un marrón oscuro. El bigote finísimo que le adornaba el labio superior y la perilla estilo Fu Manchú contribuían a su aire peligroso. Era el hombre más despiadado que conocía. Se sentó en el asiento vacío y sonrió.

—No puedo decir lo mismo —replicó. Cualquier ofensa que pudiera haber en sus palabras quedaba contrarrestada por su sonrisa—. Hábleme de Phu Van Tu.

—No hay nada que decir —dijo el hombre, haciéndose el interesante y sonriendo a través del humo que se desprendía de la punta de su cigarrillo—. Está muerto.

—Ya lo sé, yo llevo su caso —asintió, mirando disimuladamente a sus amigos.

—Me he enterado de que ahora está en Homicidios —asintió el hombre, dando una calada al cigarrillo—. Es una lástima, nunca encontrará al que lo mató.

—No, nunca lo llevaré ante la justicia, que es distinto —corrigió ella—. Sé que usted ordenó que lo mataran. Lo que no sé es por qué.

El vietnamita se la quedó mirando un momento antes de responder.

—Hay muchos motivos para que una persona muera. Ya conoce el código de las calles, tenemos nuestra propia justicia.

—¿Lo sacrificaron ustedes? —quiso saber ella, y por un instante captó un destello en sus ojos.

—¿Por qué íbamos a hacer eso? —preguntó apaciblemente.

—Tal vez porque no quieren una guerra con los Sangres —dijo ella, encogiéndose de hombros, y luego mostró sus cartas—. ¿Lo mataron porque él mató a ese Sangre en el concierto de Aerosmith?

Van Phan dio una profunda calada a su cigarrillo y luego soltó el humo despacio, clavando sus ojos despiertos en el rostro de la mujer. Advirtió el leve destello de miedo en sus ojos, pero también vio el animal que había en su alma. Sabía que esta mujer no le tenía miedo y por eso la admiraba.

—Muchos dicen que se ha vuelto blanda —murmuró con una sonrisa indolente—. Creo que la subestiman.

—Siempre lo han hecho —asintió ella, y el hombre se rió entre dientes—. ¿Lo mataron para evitar una guerra?

—Phu era un estúpido —dijo Van en voz baja y la sonrisa desapareció de su cara al tiempo que sacudía la ceniza de su cigarrillo en un cenicero cercano—. Tenía mucho genio y estaba demasiado dispuesto a derramar sangre. Lo único que quería hacer era luchar. No comprendía que tenía que escoger sus peleas con prudencia. —Hizo una pausa y dio otra calada al cigarrillo—. Nos hemos ocupado de un problema interno. Si no lo hubiéramos hecho, usted habría tenido muchos más cuerpos en el depósito para investigar.

Sydney no estaba del todo en desacuerdo con él, pero eso no cambiaba nada. Van Phan había mandado matar a Phu Van Tu. Ella lo sabía y él prácticamente se lo había dicho. Lo único era que jamás podría demostrar nada.

Se lo quedó mirando un momento más y luego echó una mirada casual por el restaurante. Vio que sus secuaces la observaban atentamente. Una persona menos confiada se habría sentido intimidada, pero Sydney estaba por encima de esa clase de miedo. Se volvió de nuevo hacia el hombre y le sonrió seductoramente.

—A lo mejor nos podemos ayudar mutuamente —dijo, y el hombre esperó a que siguiera hablando.


Alex descolgó el teléfono antes de que acabara el primer timbrazo. Escuchó atentamente al sargento de guardia y sólo entonces permitió que se le aflojara el nudo que tenía en el estómago. Colgó el teléfono con un suspiro y se reclinó en la silla, preguntándose cómo se le había ocurrido a la joven inspectora ir sola. Se levantó y recogió su mesa, dejando que la furia sustituyera al miedo. Mañana le diría a la chica lo que pensaba exactamente.


Sydney se sentía muy satisfecha de sí misma al día siguiente. Se había mostrado tranquila y creíble durante toda su declaración, sin arredrarse ante las preguntas capciosas que le había lanzado el abogado defensor. El fiscal del distrito estaba seguro de que su declaración condenaría al acusado. Sin embargo, su alegría no se debía únicamente al buen día que había tenido en el tribunal.

Anoche había llegado a un principio de acuerdo con Van Phan. Había logrado un trato que pondría uno de los nombres en rojo del tablón en la columna de nombres en negro. Lo único que tenía que hacer era convencer a la teniente, cosa que estaba segura de que podía hacer. Entonces Alex sólo tendría que convencer al fiscal. Estaba segura de que todo iba a salir bien.

—Estás de buen humor —comentó Keith Bettman cuando entró en la sala de inspectores.

—Tengo un día estupendo —contestó Sydney con una alegre sonrisa.

—Ya veremos lo estupendo que sigue siendo dentro de un momento —resopló el hombre de más edad—. La teniente quiere verte y no está de buen humor.

—Oh. —La inspectora rubia se volvió y miró hacia el despacho de la teniente—. ¿Ha dicho qué quería?

—No. —El hombre meneó la cabeza—. Pero te recomiendo que vayas a verla ahora mismo y lo descubras. Lleva toda la tarde hecha un ogro.

Sydney asintió y se paró sólo un momento ante su mesa para quitarse la chaqueta antes de dirigirse al despacho de la teniente. Su llamada fue contestada por una voz brusca que le ladró que pasara. Hizo una mueca, irguiendo los hombros mentalmente antes de entrar en el despacho.

—Buenas tardes —dijo alegremente.

—¡Llega tarde! —fue la brusca repuesta, y la sonrisa desapareció de inmediato del rostro de la rubia.

—Estaba en un juicio —balbuceó la mujer menuda para defenderse, devanándose los sesos tratando de averiguar qué había hecho para merecerse tal recibimiento—. Tengo que estar en el tribunal toda la semana.

—¿Por qué no me lo ha comunicado? —quiso saber la mujer alta.

—Se me olvidó —farfulló Sydney, confusa ante este recibimiento—. Nunca he tenido que informar de eso. He rellenado los papeles necesarios.

—Pues ahora las cosas no funcionan como antes —dijo Alex con tono cortante, sorprendiéndose a sí misma por la emoción que sentía—. A partir de ahora quiero saber con exactitud dónde está y quién está con usted. ¿Queda claro?

Sydney se quedó en silencio, haciendo frente a la descarga de rabia de la otra mujer. Se le estremeció el corazón y se le llenaron los ojos de lágrimas. A pesar de lo inmerecido que era este rapapolvo, estaba decidida a conservar la calma y no mostrar sus emociones.

—No la he oído.

—Sí —replicó la rubia inspectora con tono frío, y sus ojos verdes observaron a la teniente, que se levantó despacio y se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la mesa, hasta que sus caras quedaron a pocos centímetros de distancia.

—En segundo lugar, no quiero volver a enterarme de que ha salido sola a entrevistarse con un sospechoso. —El tono de Alex era más frío de lo que lo había oído la menuda inspectora hasta ahora—. ¿Qué demonios estaba pensando? La podrían haber matado.

—No estaba pensando —replicó Sydney entre dientes.

—Eso es evidente —contestó la teniente con desprecio—. Si me entero de que ha vuelto a hacer una cosa así, se encontrará patrullando tan deprisa que la cabeza le dará vueltas. ¿Está claro?

—Sí —asintió la rubia inspectora, poniéndose pálida. No le cabía la menor duda de que la teniente cumpliría su amenaza.

—Muy bien, como ésta es su primera infracción, sólo la voy a suspender por un día —soltó Alex con rabia, y luego señaló la puerta—. Ahora salga de aquí antes de que me ponga de mal humor de verdad.

Sydney asintió en silencio. Sin decir nada, se volvió y salió dignamente del despacho. Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en el enfrentamiento: las palabras de la mujer de más edad habían destrozado la alegría que había sentido. Cruzó la sala a largas zancadas y cogió su chaqueta, consciente de que toda la sala de inspectores había sido testigo de su humillación.

Norm Bridges se quedó mirando a la joven inspectora que salía furiosa de la sala. Se apiadó de ella y, como era un veterano con un buen historial, decidió que iba a intervenir en su favor.

Alex no sabía por qué estaba tan enfadada con la joven. No se habría puesto así si uno de los hombres del grupo hubiera hecho lo mismo. Lo habría reprendido, pero de una forma más profesional. Sabía que había dejado que sus emociones dictaran sus actos. Se dejó caer en la silla. Alguien llamó a la puerta.

—Pase —dijo con tono normal, levantó la mirada y vio entrar a Norm Bridges. Por la expresión de éste supo que no venía a hablar de un tema normal. Sospechó que acudía como reacción a lo que ella había hecho—. Diga lo que tenga que decir.

—Estoy pensando que ha estado un poco dura con Syd —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.

—¿Y eso? —preguntó Alex, estrechando los ojos y clavándolo a la pared.

—El hecho es que hasta ahora el teniente Messington la enviaba sola con unidades siempre que podía —dijo el inspector, sin dejarse intimidar por la mujer—. No le tenía mucho aprecio e intentaba que fracasara en cuanto tenía una oportunidad.

Alex se quedó callada, sintiendo una confusa mezcla de emociones. Se compadecía de la mujer, pero eso no bastaba para cambiar su decisión. Miró al hombre, contenta de que éste se hubiera esforzado por defender a la rubia.

—Aprecio lo que dice, sargento, y lo tendré en cuenta la próxima vez que suceda algo —dijo, y el hombre asintió. Con eso, se volvió para marcharse—. Sargento, asegúrese de que en la ficha de ella conste que ha completado el turno.

El hombre miró a la mujer y asintió, esperando a salir del despacho para sonreír. Sabía juzgar bien el carácter de las personas y su primera impresión había sido que la nueva teniente era una persona justa. No se había visto defraudado.


Sydney echaba humo al salir de la comisaría, maldiciendo a la teniente por humillarla. Aunque quería echarse a llorar, se negaba tercamente a hacerlo, pensando que eso sería como admitir la derrota. Le demostraría a esa zorra de qué estaba hecha. Con eso en mente, condujo el jeep hasta Rourke's, una taberna frecuentada por miembros del cuerpo de policía. Aquí procedió a emborracharse. Fue también aquí donde la encontró el sargento Robert Newlie varias horas después.

El sargento de patrulleros entró en el bar poco iluminado y se detuvo en la puerta, mirando por la sala. Había policías fuera de servicio por todo el local, pero la persona a la que buscaba estaba sentada ante la barra, contemplando una cerveza medio vacía. En su rostro había una expresión desolada. El camarero lo miró cuando se acercó y se sentó en una banqueta al lado de la mujer, pero le hizo un gesto para que se alejara. No había venido a beber. Había venido a rescatar a una amiga.

—Hola, Syd, ¿qué haces aquí? —preguntó cuando la inspectora se volvió para mirarlo. Sabía que la mujer rara vez venía por aquí a menos que fuera por una ocasión especial.

—Emborracharme —contestó la mujer con una sonrisa de medio lado. Lo miró con ojos irritados.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja, y vio que su sonrisa desaparecía. Ella se volvió y tomó otro trago de su bebida.

—¿Es que importa?

—A veces sí —dijo él, y esperó a que ella hablara. Por supuesto, conocía el motivo de su infelicidad. Su amigo Norm Bridges lo había llamado, explicándole la situación—. ¿Qué te pasa, Syd?

—Nada. —La mujer sacudió la cabeza—. Es que la teniente me ha echado la bronca y luego me ha suspendido durante este turno.

—No es la primera vez —le recordó el hombre.

—Ya lo sé, pero esto es distinto —dijo ella, contemplando su cerveza.

—¿Por qué? —preguntó Rob, y luego la observó atentamente mientras ella hurgaba nerviosa la etiqueta de la botella. Se dio cuenta de que no lo miraba.

—Porque sí —replicó con un mohín. El hombre supo entonces que no le iba a decir nada más. Se levantó, se sacó dinero del bolsillo y lo puso en la barra.

—Vamos, te voy a llevar a casa —dijo, ayudándola a levantarse.

—No quiero ir a casa —protestó ella, pero el hombre insistió.

—Vale, pues vente a casa conmigo. —Le pasó el brazo por la cintura y la ayudó a caminar hacia la puerta.

—¿No le molestará a Ashley? —preguntó Sydney, apoyándose en él para sostenerse cuando sus piernas se negaron a cooperar.

—Qué va, se lo explicaré, además ella también se alegrará de verte —replicó él, y luego la ayudó a salir de la taberna y cruzar el aparcamiento hasta donde tenía aparcado el coche. La metió en el asiento del pasajero y luego se instaló en el lado del conductor. Treinta minutos después la tenía durmiendo profundamente en el sofá de su estudio. Sus leves ronquidos resonaban por la silenciosa habitación.

—¿Me quieres decir qué está pasando? —le preguntó Ashley Newlie a su marido cuando salieron de la habitación. La mujer no estaba molesta con su esposo por traer a la joven a casa. Quería de verdad a la chica, que era poco mayor que sus propios hijos. A menudo pensaban en Sydney como si fuera otra hija.

—Su teniente la ha reprendido por algo —le dijo Rob, contándole todo lo que sabía.

—Eso no es nada nuevo. —La mujer estaba desconcertada.

—No —asintió su marido—. Pero la teniente sí.

—¿Me explicas eso? —preguntó Ashley, enarcando una ceja, y el hombre se echó a reír, rodeándole la cintura con el brazo al tiempo que la llevaba hacia la cocina.


Sydney se despertó a la mañana siguiente con un tremendo dolor de cabeza. Estaba avergonzadísima por la situación y pidió disculpas a sus amigos por su insólito comportamiento. Ellos le quitaron importancia con una amplia sonrisa, y en cuanto se atrevió, se fue corriendo, consciente de que tenía que estar en el tribunal a las nueve de la mañana.

Se alegraba de poder librarse por un rato de la comisaría, pero cuando llegó el momento de tener que presentarse para su turno, evitó a propósito cualquier contacto con la teniente. Durante la siguiente semana, las dos mujeres sólo se hablaban cuando era necesario, y cuando lo hacían era con un tono frío y distanciado. Se sentía más herida que si se hubiera tratado de cualquiera de los demás. Erróneamente, había creído que habían conseguido conectar.

La frialdad que Alex percibía en la rubia inspectora casi la estaba matando, aunque nadie lo habría sabido por la severa expresión de su rostro. Cuanto más tiempo tenía para pensar en el tema, más tiempo tenía para reflexionar sobre sus actos, aunque sí que advirtió un claro cambio en los otros inspectores que habían oído el enfrentamiento.

Se esforzó por pensar en una forma de resolver la situación. No quería enemistarse con esta mujer. Por el contrario, todavía fantaseaba con la idea de que pudieran ser algo más que amigas, aunque por dentro tenía que reconocer que probablemente había acabado con cualquier posibilidad de tener una relación.

Al sábado siguiente, su paciencia llegó al límite. Pensó que sólo había una manera de resolver la situación, aunque se daba cuenta de que el resultado seguramente no sería bueno. Sabía que no podían seguir así.

—¡Davis, venga aquí! —llamó con tono tajante desde su despacho.

Sydney miró a sus colegas con desconfianza y luego irguió los hombros y cruzó la sala hasta el despacho de la teniente. Los desafiantes ojos verdes se encontraron con los azules.

—Cierre la puerta —le espetó Alex al ver que la mujer la había dejado abierta. Esperó a que cumpliera la orden antes de hablar—. Usted está cabreada conmigo y comprendo el motivo. Sin embargo, no estoy dispuesta a tolerar su tipo de actitud en mi turno. Sé que está molesta conmigo y puede que yo me haya pasado cuando le eché la bronca, pero creo que la cosa ya supera una simple disculpa.

Sydney no dijo nada y se limitó a escuchar en silencio y esperar a que la otra mujer terminara su discurso. Alex rodeó la mesa, cogiendo el balón de baloncesto que estaba en un estante. Se lo lanzó a la mujer más menuda, que apenas consiguió reaccionar a tiempo de cogerlo.

—Sé que quiere darme mi merecido, así que le voy a dar la oportunidad —dijo Alex con tono brusco—. Reúnase conmigo fuera en la cancha de baloncesto dentro de media hora y echaremos un partido de uno contra uno, sin restricciones.

—¿Cómo sé que no me va a volver a reprender si le doy demasiado duro? —preguntó la inspectora rubia con tono escéptico, sin fiarse del todo de la teniente.

—No lo sabe —dijo la morena—. Sólo tiene mi palabra, así que usted decide. Tiene la oportunidad de vengarse. ¿O es que es una gallina?

—Yo no tengo miedo de nada —bufó Sydney entre dientes, consciente de que la estaba picando—. La veo ahí fuera dentro de treinta minutos. A lo mejor le conviene ponerse almohadillas, porque no me voy a andar con chiquitas.

—Eso espero —replicó Alex, y sonrió cuando la otra mujer se dio la vuelta y salió del despacho.

Menos de treinta minutos después, estaban en la cancha cara a cara como dos combatientes a punto de ir a la guerra. Sydney se había puesto unos pantalones de chándal de color gris claro y una sudadera a juego, mientras que Alex llevaba unos pantalones cortos de color gris claro y una camiseta a juego, con una camiseta holgada de baloncesto azul oscura por encima.

Hacía frío y el cielo estaba nublado. El aire olía a lluvia, pero ninguna de las dos era consciente de otra cosa que no fuera la otra persona y la tensión que había entre ellas. Sydney botó el balón sobre la cancha de cemento, mirando un buen rato a su adversaria.

—¿Quién empieza? —quiso saber, con el cuerpo tenso y preparado para lanzarse. Tenía visiones de dar una paliza a esta mujer por toda la cancha. Parte de su éxito con este deporte había sido su juego físico, que a menudo pillaba por sorpresa a sus adversarias.

—Adelante —dijo Alex con aire galante, pero la inspectora rubia se limitó a sonreír.

—No, las personas mayores primero —dijo con una sonrisa burlona, lanzando el balón a la cara de la teniente. Alex lo atrapó en el aire y le devolvió la sonrisa.

—Si insiste —dijo, y tomó posiciones.

Durante la hora siguiente se enfrentaron a base de golpes y choques, liberando la irritación que sentían. Alex aprovechaba su tamaño y habilidad para maniobrar alrededor de su adversaria más baja, mientras que Sydney utilizaba su velocidad y su cuerpo para desequilibrar a la mujer más alta. En más de una ocasión, la inspectora rubia cargaba contra su adversaria, tirándola al suelo. La teniente se limitaba a asentir, se levantaba y volvía al partido.

Ambas mujeres era competitivas y eso se notaba en su juego y, sin que lo supieran, eran objeto de atención desde todos los rincones del edificio. Los agentes que estaban dentro de la comisaría se trasladaban a la ventana para mirar y los patrulleros que iban y venían se detenían en el aparcamiento para ver qué estaba pasando. Para ellos era un buen partido de uno contra uno, pero para las participantes era algo muy distinto. Ninguna de las dos se dio cuenta de que había empezado a llover, una neblina ligera que caía desde el cielo.

Es buena, reconoció Alex por dentro cuando la mujer más joven la esquivó hábilmente y se lanzó para encestar. Le costó mucho evitar sonreír al ver la expresión de triunfo de la rubia al lanzarle el balón.

—Su turno, teniente —dijo Sydney con sorna, pero sin el desprecio que había sentido antes por la mujer.

Alex atrapó el balón y lo botó varias veces antes de lanzarse hacia la canasta. Sydney se interpuso en el último momento, estampando su cuerpo contra la mujer más alta y haciendo que perdiera el equilibrio, pero esta vez la teniente no cayó al suelo, aunque perdió el balón.

Muy bien, guarrilla, creo que ya te he dado demasiadas libertades, pensó la teniente, sonriendo por dentro. Vamos a ponernos serios antes de que se ponga demasiado arrogante.

Cuando Sydney se lanzó hacia la canasta, esta vez Alex la estaba esperando, y cuando intentó el tiro, la teniente atacó y de un fuerte manotazo le quitó el balón de las manos a la inspectora. Sydney se encogió por el doloroso ataque. Levantó la mirada y vio una sonrisa seductora en la cara de la mujer más alta. Eso la llevó a tomar la decisión de incrementar el juego físico. Esta vez, cuando pegó un caderazo a la teniente en las nalgas para intentar que perdiera el equilibrio, Alex estaba esperando y movió el codo, clavándoselo en las costillas a la mujer más baja.

—Ay. —Sydney no pudo controlar el gruñido que se le escapó de los labios mientras la mujer de más edad la rodeaba y encestaba. La teniente se echó a reír y le lanzó el balón con gesto arrogante, lo cual hizo que la mujer más baja hirviera de rabia.

Cuando Sydney intentó otra ágil maniobra, allí estaba Alex, estampando su cuerpo contra el de la mujer más joven y robándole el balón, tras lo cual lanzó y coló el balón por el aro. La rubia inspectora se quedó un momento recuperando el aliento y mirando a su adversaria con cara de pocos amigos.

—¿Se rinde? —preguntó Alex con una sonrisa chulesca.

—Jamás. —Sydney la fulminó con la mirada y cogió el balón, lo botó unos momentos y luego atacó la canasta. Como antes, Alex la estaba esperando, y parecía que hiciera lo que hiciera Sydney, allí estaba ella arrebatándole el balón o bloqueando un tiro. La mujer más joven estaba cada vez más frustrada y se le notaba en el juego, al tiempo que los golpes se iban haciendo cada vez más intensos.

Llevaban en ello más de una hora y Alex empezaba a notar los efectos del partido. Sólo tenía que mirar a su compañera para darse cuenta de que la otra mujer también estaba pagando el esfuerzo. Sydney jadeaba y las dos tenían las camisetas empapadas, no sólo de la lluvia, sino también de sudor.

Alex miró a la otra mujer y sintió una punzada en el corazón. No quería seguir combatiendo con esta mujer, pero sabía que no podía ceder y sabía que Sydney tampoco iba a ceder. Tal vez ésa era una de las cosas que tanto la atraían de la rubia. Era la feroz independencia y el orgullo que relucían en sus ojos. Indicaban que se trataba de una mujer que iba a luchar hasta el final. De modo que decidió dar por teminado el asunto ahora, antes de que una de las dos sufriera algún daño.

Alex cogió el balón y se lanzó hacia la canasta, sin rodear a la mujer como solía hacer, sino echándose directamente encima de ella. Sydney no estaba del todo preparada y la fatiga la hizo reaccionar más despacio que de costumbre. Sintió la fuerza plena del golpe cuando la mujer chocó con ella, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo. Aterrizó en el cemento con un buen golpe y se quedó ahí tumbada, escuchando mientras el balón pasaba limpiamente por la red.

Levantó la mirada y vio a la teniente inclinada sobre ella, advirtiendo por primera vez lo mojada que tenía la ropa la otra mujer y lo tieso que se le había puesto el pelo. A pesar de eso, no pudo evitar pensar que seguía siendo la persona más bella que había visto en su vida.

—No me busque las cosquillas —dijo Alex con aire desafiante mientras miraba a la rubia, temerosa por un instante de haber hecho daño a la inspectora, pero luego se dio cuenta de que estaba bien.

Sydney no intentó levantarse, rindiéndose al agotamiento. En contra de su voluntad, capituló y la fatiga con la que llevaba un mes luchando y el estrés de todos los casos que tenía acumulados se le vinieron encima. Se le llenaron los ojos de lágrimas, que empezaron a manar sin impedimento al tiempo que de sus labios entreabiertos se escapaban los sollozos.

—Dios —soltó Alex, y se dejó caer al suelo, cogiendo a la mujer más menuda en sus brazos y estrechándola contra su pecho mientras Sydney lloraba sin control. Acarició con ternura el pelo de la joven y la acunó, intentando calmar a la otra mujer. Por fin, Sydney logró recuperar el control. Se apartó del abrazo de la mujer más alta, avergonzada por su reacción e incapaz de mirar a su compañera.

—¿Está bien? —Alex estaba preocupada de verdad—. ¿Le he hecho daño?

—No. —Sydney meneó la cabeza, pasándose el dorso de la mano por los ojos para secarse las lágrimas que quedaban—. Lo siento, normalmente no me pongo así. No sé qué me ha pasado.

—Ha sido una semana muy dura —dijo la teniente con comprensión—. ¿Se siente ya mejor?

—Sí —reconoció la inspectora rubia casi a regañadientes—. Siento no haber sido muy amable últimamente.

—Yo no debería haberle echado la bronca —suspiró Alex—. Es que estaba muy preocupada por su seguridad. No quiero que le pase nada a usted ni a nadie más del grupo.

Sydney asintió y luego se puso de pie con dificultad, mirándose la ropa empapada.

Se sentía totalmente exhausta y no le apetecía volver a la sala de inspectores, pero tenía un montón de trabajo a la espera. Miró a la teniente, que se estaba levantando de la cancha.

—Escuche, ¿qué tal si la invito a cenar? —propuso Alex. Casi sabía lo que estaba pensando la mujer por su expresión.

—Todavía me queda mucho trabajo por hacer —vaciló Sydney, sin saber qué debía responder.

—Seguirá ahí mañana. Además, ha hecho suficientes horas extra para justificar un par de horas libres —dijo la teniente, y entonces se le ocurrió otra cosa—. ¿Pero a lo mejor tiene otros planes?

—No —se apresuró a decir Sydney, dándose de tortas mentalmente por haber estado a punto de echar a perder la oportunidad de estar a solas con esta mujer.

—Bien. —Alex sonrió, cosa que transformó sus severas facciones, y la mujer más joven sintió que se le estremecía el corazón. Alargó la mano y revolvió el pelo rubio y mojado de la cabeza de la mujer más menuda—. Mataremos dos pájaros de un tiro. Tráigase esos casos que siguen en rojo en el tablón y los repasaremos para ver si se nos ocurre algo.

Sydney asintió en silencio, disimulando la decepción que sentía y regañándose luego por dentro por dejar volar sus expectativas.

—Estupendo —asintió la teniente, y hurgó en la bolsa de deporte que se había llevado a la cancha. Encontró la tarjeta que quería y se la pasó a la mujer más baja—. Nos vemos en mi casa dentro de una hora.

Sydney asintió y regresó con la otra mujer a la comisaría. De repente, toda la decepción que sentía desapareció y se descubrió sonriendo como una adolescente. Le daba igual que fueran a pasar la velada trabajando, estaba feliz porque iban a estar juntas. Era increíble cómo esta simple invitación podía dar la vuelta de tal manera a sus emociones.

Una hora y media después, Sydney giró por fin con su jeep por la calle. Miró atentamente los números de los edificios, buscando la dirección de la tarjeta que le había dado Alex. Era un barrio tranquilo lleno de árboles y espacios abiertos a tan sólo dos manzanas de la playa. Era un vecindario de clase media y muy distinto del barrio del centro donde ella tenía su apartamento.

Encontró el número del edificio y tuvo la suerte de poder aparcar justo delante. Sacó la enorme caja de archivos que se había llevado de la comisaría antes de cerrar el jeep. Llamó al número indicado e inmediatamente le abrieron la puerta del edificio. Los pocos momentos que tardó en llegar el ascensor a la planta baja le bastaron para decidir que era un lujo de sitio desde cualquier punto de vista.

El piso de Alex estaba en la sexta planta, la última de este edificio no muy alto, haciendo esquina. La teniente la esperaba en la puerta cuando llegó, vestida informalmente con unos ceñidos vaqueros azules desvaídos y una camiseta blanca. Iba descalza.

—¿Ha tenido problemas para encontrar la dirección? —preguntó Alex, quitándole la caja de las manos a la inspectora más baja.

—No. —Sydney meneó la cabeza, sintiendo que tenía el corazón desbocado.

—Pase y póngase cómoda —la invitó la mujer alta.

Sydney dejó la chaqueta y los zapatos en la puerta y luego siguió a la mujer por el pasillo hasta un enorme salón situado a un nivel inferior. Sus ojos recorrieron la habitación, observando la gran chimenea y las puertas ventanas que conducían a un balcón que daba a un pequeño parque. Se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones informales y observó mientras su anfitriona dejaba la caja en una mesa baja de cristal.

—Qué casa tan bonita tiene —comentó Sydney, mirando los lujosos muebles tapizados en blanco y los cuadros exquisitos de la pared.

—A mí me gusta —asintió Alex, mirando a su alrededor—. Venga, se lo voy a enseñar.

Era más grande de lo que Sydney imaginaba y calculó que en este piso cabrían dos pequeños apartamentos como el suyo con espacio de sobra. Era un piso de un solo dormitorio con un estudio. Empezaron por la cocina y acabaron en el dormitorio. Era una casa decorada con elegancia y de carácter muy femenino.

Volvieron al salón.

—Póngase cómoda mientras traigo algo de beber. ¿Qué le apetece?

—Un refresco estaría bien —replicó Sydney, sintiéndose un poco incómoda, y Alex asintió y desapareció en la cocina. La rubia inspectora se sentó en el sofá, pensando en lo a gusto que podría estar aquí. Alex regresó casi de inmediato con una bandeja en la que llevaba varias latas de refresco, dos vasos y una pequeña cubitera para hielo. La depositó en la mesa y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

—Sírvase —dijo, y Sydney alcanzó vacilante una lata de refresco.

—¿Es caro el alquiler de este sitio? —preguntó con curiosidad.

—No lo sé. Yo soy propietaria, o lo seré cuando termine de pagar la hipoteca —replicó Alex, volviendo a mirar la habitación antes de ponerse unas gafas en la nariz—. Tuve mucha suerte de conseguirlo. Al parecer ya había varias ofertas de compra cuando hice la mía.

—¿No se pierde, con lo grande que es?

—No, me gusta el espacio y la soledad y esto tiene las dos cosas —dijo la teniente—. Los dueños de los otros pisos son sobre todo parejas ancianas o profesionales solteros, así que no tengo muchos problemas con mis vecinos.

—Debe de ser agradable —sonrió Sydney, relajándose con la conversación—. En mi casa, cuando el vecino del final del descansillo enciende la televisión, yo la oigo.

—Por eso yo buscaba un piso en un edificio como éste —reconoció Alex—. No quería tener que luchar con mis vecinos. ¿Tiene hambre?

—No. —La rubia inspectora hizo un gesto negativo con la cabeza. En realidad sí tenía un poco, pero por alguna razón no quería reconocerlo.

—Bueno, dígame cuándo quiere comer y encargaré comida china —dijo la teniente, sacando un grueso archivo de la caja y dejándolo en la mesa—. ¿Qué pasa con este caso?

Sydney tuvo que dejar el sofá y sentarse en el suelo al lado de su anfitriona, lo cual no era una experiencia nada desagradable, aunque tenía que concentrar la mente en el archivo y no en su compañera.

Dedicaron las siguientes horas a repasar cada uno de los casos sin resolver, y Alex la interrogó con detalle acerca de todos y cada uno de los aspectos. La teniente frunció el ceño al advertir un claro patrón, y se preguntó en silencio si la coincidencia era tan grande. No lo creía.

—¿Cómo es que usted ha acabado al mando de la investigación de estos casos? —preguntó, y Sydney miró de reojo a su compañera, captando otra oleada de su olor perfumado.

—Me los asignó el teniente —dijo encogiéndose de hombros, preguntándose qué más daba—. Messington aceptaba las llamadas si estaba, tomaba nota de los detalles preliminares y luego asignaba el caso.

—¿Los inspectores tenían un orden concreto de rotación?

—Pues no. —Sydney meneó la cabeza—. Asignaba los casos según entraban. ¿Por qué?

Alex no dijo nada sobre sus sospechas, pero una vez más pensó en lo que ya había averiguado. Cada día le iba quedando más claro lo que estaba ocurriendo en la Unidad de Homicidios.

—Por nada —contestó con una sonrisa incómoda de medio lado, y como respuesta, el estómago de la mujer más joven elevó una protesta. La sonrisa se hizo plena y Sydney quiso taparse la cabeza con las manos—. Parece que alguien necesita atención.

Alex se rió por lo bajo, alargó la mano y le dio unas palmaditas a la mujer más joven en el estómago antes de levantarse de un salto y cruzar el salón para coger el teléfono. Sydney la miró hechizada mientras la mujer marcaba el número de un restaurante chino cercano que servía a domicilio. Después de hacer el pedido, la mujer alta volvió a ocupar su sitio en el suelo y su compañera más joven se sintió agradecida.

—Hay algo que no me está diciendo —la acusó la inspectora rubia, observando los rasgos finamente cincelados de su compañera.

—No. —Alex meneó la cabeza, pues no quería inquietar a su compañera con sus ideas. Cambió de tema—. ¿Cómo va el caso del niño Kennedy?

—He emitido una orden de búsqueda y captura para el hombre —dijo Sydney, no muy contenta de no haber conseguido una respuesta completa—. Voy a volver a hablar con su casero, Eddie Williams. Lucas Andersen no apareció en Seattle hasta cuatro meses después del rapto, así que tuvo que estar en alguna parte.

—Pudo estar moviéndose de un sitio a otro —sugirió Alex.

—Cierto, pero tengo la sensación de que no lo hizo —dijo Sydney, revelando sus ideas—. El caso era de alta prioridad, así que no habría querido llamar demasiado la atención. La matrícula de su coche era del estado, de modo que si estaba por aquí, nadie habría sospechado nada. Además, la policía de Vancouver mandó un aviso a su estado natal, Nuevo México, para que vigilaran por si aparecía, pero no consiguieron nada.

—¿Y qué es lo que piensa usted? —preguntó Alex, reflexionando sobre lo que acababa de decir la otra mujer.

—Creo que sigue en el estado, oculto en algún sitio, y creo que Eddie Williams sabe dónde. He indagado y tiene historial delictivo, aunque por delitos menores, y no ha tenido problemas con la justicia desde que se casó.

—Apriétele las tuercas a ver qué pasa —dijo la teniente—. Podría ser que crea que no tiene nada que perder.

Sydney asintió y tomó nota mental para hacer que llevaran al hombre a comisaría al día siguiente.

—¿Y con el caso Tu?

Respiró hondo. Ésta era una ocasión de oro para presentar su caso ante la teniente, pero le preocupaba que rechazara el plan.

—Los Pequeños Dragones lo mataron como una especie de ofrenda de paz para los Sangres por la muerte de Hootie. Es lo que vino a decir Phan, pero con las pruebas que tenemos no hay manera de poder acusarlo y mucho menos de conseguir una condena.

—¿Y? —la instó Alex.

—Bueno, pues estuvimos hablando y Phan reconoció que Tu fue el que mató a Hootie. —Sydney escogió las palabras con cuidado—. Le ofrecí un trato por el que si él firmaba una declaración como testigo diciendo esto, yo no le daría más la lata con el asesinato de Tu.

Alex se quedó pensando. Era una idea innovadora, pero no estaba segura de que el fiscal fuera a aceptar este tipo de plan. Las relaciones entre Homicidios y la oficina del fiscal estaban peor que nunca.

—¿Está segura de que no hay forma de conseguir nada contra Phan?

—Sí —respondió Sydney con sinceridad.

—Deje que lo piense un poco y veremos qué puedo hacer —dijo Alex, asegurándose de que no prometía nada. Sonó el telefonillo del piso y la teniente se levantó—. Ya está aquí la comida. Recoja los archivos. Vamos a comer aquí.

Sydney asintió y, mientras la mujer alta se ocupaba del repartidor, ella recogió los archivos y los volvió a meter en la caja, que dejó al lado del sofá. El resto de la velada pasó rápidamente y tras cierta incomodidad inicial, charlaron de cosas que no tenían que ver con el trabajo.

A Sydney no le sorprendió averiguar que su compañera había viajado mucho y que le había gustado el Caribe de forma especial. Era comprensible, pues la teniente tenía un aire muy sofisticado. Por fin se pusieron a hablar de su partido de baloncesto.

—Creo que mañana voy a estar cubierta de moratones —dijo Alex con humor y un amago de sonrisa—. No creía que una persona de su tamaño pudiera pegar tales mamporros.

—Se olvida de que vengo de las calles —replicó Sydney, un poco cortada—. Allí había que ser duro para que no te pisotearan.

—Desde luego, a usted sólo la desafiarían una vez —dijo la teniente, con altivez.

—¿Eso quiere decir que no va a volver a jugar conmigo? —A Sydney no le hacía gracia la idea.

—Al contrario, el partido de hoy me ha gustado mucho —dijo Alex despacio, mirándola con aire solemne, aunque con un brillo risueño en los ojos azules—. Es usted muy buena. ¿Entrena?

—Todavía juego todas las semanas en una liguilla de mi barrio. No voy todo lo que me gustaría por mi horario de trabajo, pero intento jugar con ellos por lo menos una vez por semana —contestó la rubia inspectora—. ¿Usted sigue jugando?

—No, jugaba cuando estaba en Chicago, pero últimamente no he tenido tiempo.

—Pues a lo mejor podría venir conmigo alguna vez —le ofreció Sydney—. Estoy segura de que a los chicos les encantaría poder competir con alguien como usted.

—A lo mejor podríamos hacer un equipo —propuso Alex alegremente—. Creo que las dos juntas podríamos formar una unión invencible.

, gritaron las emociones de Sydney, al tiempo que el corazón le latía apresurado en el pecho. Notó un calor creciente en el cuerpo que amenazaba con descontrolarse. Un vistazo al reloj le dijo que era más tarde de lo que pensaba. Se levantó de mala gana, deseando poder quedarse, pero sabiendo que era imposible.

—Será mejor que me vaya —dijo, cogiendo la caja y trasladándose al recibidor, donde había dejado la chaqueta y los zapatos—. ¿La veré mañana?

—Llegaré más tarde —contestó Alex—. Tengo una reunión.

Sydney asintió, y después de calzarse salió por la puerta. Alex la acompañó hasta el jeep y esperó a que se montara. Ambas mujeres se sentían levemente incómodas, y Sydney deseó tener el valor de echarse hacia delante y besar a la otra mujer. Pero se limitó a agitar la mano antes de arrancar y marcharse.


PARTE 4


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