Capítulo 2


Sydney volvió al trabajo el lunes por la mañana sintiéndose mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Había aprovechado bien esos dos días libres para viajar a Vancouver, Canadá. Allí se había divertido y se había librado de sus inhibiciones. El sexo no había sido gran cosa, pero había contribuido a aliviar parte de la tensión que sentía.

Normalmente no mantenía líos fugaces, y su compañera había insinuado intentar una relación más profunda, pero ella no estaba preparada para una relación permanente y menos a larga distancia. Sí, Vancouver sólo estaba a cuatro horas en coche o a un corto vuelo de avión, pero la otra mujer no le interesaba lo suficiente como para hacer ese tipo de esfuerzo. Por el momento, no quería atarse a nadie. Había sido lo que había sido, un rollo de una noche.

Esa mañana se esperaba una entrevista individual con la nueva teniente, pero se sorprendió al ver a todo el Segundo Grupo congregado en la sala de reuniones. Sydney se deslizó en un asiento en el extremo más alejado de la mesa y miró por la pequeña estancia, viendo los rostros conocidos y dándose cuenta por primera vez de que ella no era la única cara nueva de a bordo.

Además de ella, estaba Norman Bridges, un viejo veterano del Tercer Grupo, así como un tipo nuevo llamado Roy Howard, quien, según averiguó más tarde, venía de Antivicio. También estaban Max Armstrong, que llevaba cinco años en el grupo, y su compañero de siempre, Milt Jabonski, un polaco que, recordó con una sonrisa, tenía una colección inagotable de parientes que siempre parecían brotar por todas partes.

Estaba Keith Bettman, un agente con el que había trabajado en una ocasión cuando era patrullera y que hasta hacía poco había estado en el Tercer Grupo. Por fin, estaba Steve Reynolds, un tipo cómico que tenía fama de gastar bromas pesadas. Se habían ido Stu Burbaker, John Hollings y Steve Demco. A excepción de Demco, que tenía una tasa de casos resueltos aceptable, los otros eran pesos muertos.

A Sydney le causó buena impresión la mezcla de personalidades que había reunido su nueva jefa. Todos eran individuos simpáticos cuya fachada relajada ocultaba una dedicación a su trabajo que pocas personas reconocían. Era evidente que la teniente había mirado por debajo de la superficie. Al pensar eso, se volvió para mirar a la otra mujer, y al instante sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho al ver a la alta belleza.

Alex Marshall tenía una presencia formidable que se debía a algo más que a su estatura, que Sydney calculó que sobrepasaba el metro ochenta. No, había algo en su seria actitud que le decía a todo el mundo que venía a trabajar y que no iba a tolerar nada que no fuera un cien por cien de esfuerzo por parte de todos.

La teniente estaba de pie en la parte de delante de la sala, con los brazos cruzados. Iba vestida con pantalones de pinzas negros, un jersey de cuello alto y una chaqueta a juego. Tenía un aspecto muy imponente, pero Sydney sintió un escalofrío de inexplicable excitación por todo el cuerpo.

Alex estudió al pequeño grupo atentamente. Su grupo contaba con muy poco personal, y a muchos de sus miembros se los acusaba de bajo rendimiento, pero había visto algo en cada inspector durante el mes y medio que llevaba observando el departamento. Corría un riesgo al formar su grupo con lo que los demás tenientes consideraban una panda de inadaptados, pero estaba decidida a hacer que funcionara. Respiró hondo y empezó.

—Muy bien, no creo que necesitemos presentarnos, porque me parece que ya se conocen todos y creo que todos saben ya quién soy yo, pero para que podamos prescindir desde el principio de todos los rumores y malentendidos, les hablaré un poco de mí misma —dijo enérgicamente, incluyendo a todo el grupo con una sola mirada firme—. Tengo treinta y cuatro años y soy policía desde hace trece, cinco de los cuales fueron en la Unidad de Homicidios de Chicago, así que cuando hablo con ustedes, sé de qué estoy hablando. —Hizo una pausa, dejando que sus ojos azules recorrieran la estancia y advirtiendo encantada que todos estaban absolutamente pendientes—. En segundo lugar, mi padre es Warren Marshall, que es amigo del alcalde Taylor y del jefe de policía Ford, pero... —Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran—. Mi nombramiento, aunque parezca político, se ha hecho con la mejor de las intenciones. No, no me acuesto ni con el jefe ni con el alcalde, así que si alguno de ustedes quiere probar suerte con ellos, adelante.

El pequeño chiste tuvo el efecto deseado, pues hizo reír nerviosamente al grupo y alivió la tensión que había estado llenando la sala. Por un instante, incluso se permitió un amago de sonrisa en los labios. Pero desapareció tan deprisa como había aparecido y cuando volvió a hablar, su tono era serio.

—Me da igual cómo hayan hecho las cosas antes, pero a partir de ahora las vamos a hacer a mi manera... y para que lo sepan, no juego a los favoritismos y no me quedo con trabajadores no productivos. Quiero resultados y me da igual cómo los obtengan, siempre y cuando no violen la ley.

Hubo una pausa y echó otra mirada general por la sala, posando los ojos por un instante en la menuda inspectora rubia que hasta entonces había evitado. Dios, pero qué guapa es. La idea se le pasó por la cabeza y apartó la mirada bruscamente.

—Voy a formarlos por parejas. Por desgracia, como estamos escasos de personal, eso quiere decir que alguien se va a quedar desparejado, pero a pesar de eso espero que todos nos esforcemos y trabajemos juntos. Cualquiera que no esté dispuesto a trabajar en equipo se irá. —Hizo una pausa y miró a cada rostro individual—. Bettman y Reynolds, Armstrong y Jabonski, Bridges y Howard, esos son sus equipos. Davis, usted estará sola por ahora.

Sydney no sabía si eso era una bendición o una maldición. Advirtió las miradas divertidas y compasivas que le echaban varios de sus colegas y se preguntó si la había escogido por alguna razón. No le hacía ninguna gracia pensar que la nueva teniente pudiera tener tantos prejuicios como el anterior.

—Todos los lunes después de nuestros turnos, tendremos una reunión de equipo donde pondremos en común toda la información que tengamos sobre los casos que en ese momento estén en rojo en el tablón. ¿Alguna pregunta? —Alex miró por la sala, pero nadie parecía dispuesto a decir nada, pues todos habían decidido esperar a ver qué pasaba—. Pues muy bien, salgamos ahí fuera a resolver algún caso. —Los despidió a todos salvo a la otra mujer—. Davis, ¿puede quedarse un momento?

Sydney volvió a sentarse, frotándose nerviosa las palmas de las manos en los pantalones oscuros mientras los demás salían por la puerta. Miró a la otra mujer, que cruzó la sala con indiferencia y se sentó en el borde de la mesa de reuniones. Por un momento, sus ojos se encontraron e intercambiaron un destello de algo invisible pero eléctrico.

—Dejarla sola no es un castigo. —Alex notaba la preocupación de la inspectora y se apresuró a tranquilizarla. Su voz se hizo más suave—. He leído su historial y conozco el motivo de que la ascendieran a Homicidios. Es usted buena policía, pero todavía no está a la altura que promete.

Sydney fue a protestar, pero la teniente ya había levantado la mano. Era como si supiera lo que estaba a punto de decir la inspectora.

—Sé que no ha recibido mucha ayuda. El teniente Messington es un machista, pero no piense ni por un momento que porque somos del mismo sexo y aquí estamos en franca minoría, voy a ponerle las cosas más fáciles que a los demás.

—No iba a pedir ningún favor —dijo la rubia bruscamente y entre dientes. Había creído por un momento que por fin podía haber encontrado a una amiga en la Unidad, pero ahora se replanteó esa idea.

—Bien. —Alex asintió secamente—. Como he dicho, usted es buena policía y creo que tiene la capacidad para llegar a ser una gran inspectora de homicidios. Messington no le ha dado muchas oportunidades de demostrar lo que vale. Bueno, pues yo estoy dispuesta a hacerlo. Para ello, quiero que acuda a mí siempre que necesite ayuda. No tiene compañero, de modo que extraoficialmente voy a estar disponible para ayudarla si no hay nadie más. ¿Quiere comentar algo?

Sydney dijo que no con la cabeza. Estaba demasiado aturdida para hablar. De una sola tacada, la mujer había alabado su talento y había insinuado que lo estaba desperdiciando. Miró a la teniente, atraída por la intensidad de esos ojos azules. Por alguna razón, la idea de trabajar con esta mujer de repente no le pareció tan desagradable.

—Bueno, ¿ha recibido alguna comunicación de la oficina del forense sobre la víctima de la que se ocupó usted la otra noche? —El brusco cambio de tema casi pilló a Sydney desprevenida.

—Sí —asintió la rubia, contenta de hablar de un tema que conocía—. Nuestra víctima era un tal Phu Vang Tu, que se relacionaba con los Pequeños Dragones, una pequeña banda cuyo territorio está cerca de Chinatown.

—Entonces es lógico suponer que el resto de sus conclusiones también pueden ser ciertas —dijo Alex con energía, levantándose—. Le sugiero que coja a otro inspector y vaya al barrio para entrevistarse con los chicos de los Sangres. A ver qué le pueden decir.

Sydney asintió, y luego siguió a la mujer más alta a la sala de inspectores. Sin decir nada más, la teniente desapareció en su despacho mientras la mujer más menuda regresaba a su mesa. Atrapó a la primera pareja de inspectores que encontró.

—Vamos, chicos, necesito que alguien venga conmigo a visitar a los Sangres. —Los dos hombres asintieron, pero por su expresión supo que la idea no les hacía gracia.


Alex se acomodó detrás de su mesa, posando los ojos en la rubia y observando cuando la mujer más menuda atrapó a los inspectores Armstrong y Jabonski y se los llevó de la sala. Estaba ahí, se dijo. Lo he sentido. Pero al mismo tiempo sabía que estaba loca por pensar siquiera en esa posibilidad.

Si por algún milagro tenían una relación, tendrían que tener cuidado para que su carrera profesional no se viera en peligro. Sacudió la cabeza, dándose cuenta de que era una locura planteárselo siquiera, pero por alguna razón no conseguía librarse de la idea. Tendría que hablar de ello con Christie, pues estaba segura de que su cuñada enfocaría el tema con sentido común.

Daba la casualidad de que ese mismo día había quedado para comer con la otra mujer. Se conocían desde que estudiaban en la universidad y entre ellas no había nada tabú. Incluso cuando vivía en Chicago habían mantenido una estrecha relación. Christie era una de las pocas personas que Alex consideraba una amiga. Era la primera persona a quien la teniente había confesado su sexualidad.

La rubia miró a su morena acompañante sentada al otro lado de la mesa, incapaz de disimular la risa. Alex era probablemente la mujer más segura de sí misma que conocía y sin embargo, la mujer nerviosa que tenía sentada delante no se parecía en nada a la amiga que recordaba. Tenía algo distinto, algo inusual.

—¿Qué te pasa? —dijo al cabo de un rato. Habían terminado de comer y ahora estaban con el postre. Aunque la morena había escuchado y conversado durante toda la comida, Christie tenía la clara impresión de que la otra mujer tenía algo en la cabeza.

—¿Qué quieres decir? —Alex se quedó algo sorprendida por la percepción de su cuñada.

—Vamos, Alex, te conozco desde la universidad, sé cuándo hay algo que te preocupa —la reprendió la otra mujer con un leve tono de burla. Alex se quedó callada un momento, pensando en lo que iba a decir.

—¿Tú crees en el amor a primera vista? —La pregunta sorprendió a la rubia.

—Sí, supongo.

—¿Te enamoraste de Andrew la primera vez que lo viste? —quiso saber Alex.

—No... —Christie movió pensativa la cabeza—. Yo no diría que fue amor a primera vista. Me gustaba, eso sin duda. Me gustaba muchísimo, pero no supe que quería casarme con él hasta la tercera vez que quedamos para salir.

—Cosa que fue qué, ¿la tercera vez que lo veías? —fue el sarcástico comentario, y la rubia tuvo la decencia de sonrojarse.

—Bueno, sí, ¿pero a qué viene todo ese interés por nuestro noviazgo?

—He conocido a alguien —confesó Alex con un suspiro—, y no sé qué hacer. Esperaba que pudieras meterme un poco de sentido común en la cabeza.

Christie se quedó algo sorprendida ante esta confesión. Aunque su cuñada había salido del armario pocos años antes, sabía que Alex todavía era relativamente novata en materia de ligues. La morena había salido con varias mujeres, pero como ella misma decía, era evidente que eran homosexuales, y las que se lo habían pedido habían sido ellas. Al saber que su cuñada estaba interesada en alguien sintió una punzada de celos.

—¿Es lesbiana?

—No lo sé —reconoció Alex a regañadientes—. Creo que podría ser.

—Pues lo primero que tienes que hacer es averiguar si lo es —le aconsejó la rubia pacientemente—. Luego averigua si está con alguien.

Dios, me siento como una adolescente, pensó Alex, y no como una mujer adulta en la treintena.

—Creo que era mucho más fácil con los tíos —reconoció tristemente.

—Eso es porque ellos llevaban la voz cantante —dijo Christie con una carcajada contenida—. No creo que funcione de la misma manera cuando se es homosexual.

—No —suspiró Alex. Había dado por supuesto que ahora todo sería más fácil, pero ahora que sabía que daba igual cuál fuera la orientación sexual, estaba claro que ligar era difícil sin más.

—¿Dónde la has conocido? —preguntó su acompañante con curiosidad. Sabía que su amiga no frecuentaba los bares homosexuales, preocupada por su reputación y su carrera.

—En el trabajo —confesó la morena, y su acompañante soltó un silbido—. Es otra agente.

—Caray, chica, ¿estás segura de que quieres seguir adelante con esto? —dijo Christie muy seria—. Alex, si no sale bien, podrías tener muchos problemas.

La morena conocía el riesgo que correría. Había oído suficientes cosas a lo largo de los años para saber que los casos de acoso sexual en el lugar de trabajo eran un tema en auge. Era algo que tenía que plantearse seriamente antes de dar ningún paso.

—Conozco los peligros. —Suspiró, preguntándose si merecía la pena hacer el esfuerzo, sobre todo ahora que tenía tantas cosas a las que enfrentarse.

—Pues lo único que te puedo decir es que tengas cuidado —le advirtió su cuñada—. No querrás echar a perder tu vida por un simple revolcón.

Christie siempre había sido muy directa y ésa era una de las cosas que más le gustaban a Alex de ella. Eso y el hecho de que nunca había flaqueado en su apoyo y su amistad, incluso cuando Alex salió del armario. Sonrió.

—Ya sabía yo que me harías entrar en razón. —Alex se rió suavemente, pero la rubia no se dejó engañar. Christie sabía que si la otra mujer había mencionado siquiera el asunto era porque era importante, pero no la presionó, pues sabía que su cuñada continuaría con la conversación cuando estuviera preparada.


Sydney no estaba teniendo un buen día. Su visita a los Sangres al principio de la semana no había dado ningún fruto nuevo. Los pandilleros se habían negado a cooperar y a contestar sus preguntas. Se había ido más frustrada de lo que creía posible y, abatida, supo que la muerte de Phu Vang Tu seguramente se quedaría en tinta roja.

Era viernes por la tarde y estaba sentada a su mesa, reflexionando sobre la falta de pruebas y mecanografiando un informe, cuando se le pusieron de punta los pelos de la nuca. Era una sensación extraña, pero supo por instinto que la teniente estaba detrás de ella. La sospecha quedó confirmada casi de inmediato cuando la mujer se puso al lado de la mesa, apoyándose tranquilamente en ella con los brazos cruzados.

No había hablado con la mujer alta desde la reunión del lunes por la mañana, evitando inconscientemente cualquier contacto. Se habían cruzado en los pasillos y se habían saludado, pero aparte de eso, no habían hablado. A pesar de eso, no había dejado de notar intensamente la presencia de la morena.

—¿Cómo va todo?

Tras su conversación con Christie, Alex se había prometido a sí misma mantenerse alejada de la mujer más menuda, temerosa de la dirección que podían tomar sus sentimientos. Sin embargo, al cabo de cinco días de mirar disimuladamente a la rubia inspectora, le resultaba imposible mantener las distancias.

—No muy bien —reconoció Sydney, echándose hacia atrás en la silla y mirando a la mujer alta. Era profundamente consciente de lo cerca que estaba la teniente, y el corazón le empezó a latir con más fuerza. Enfocó la vista en el ordenador que tenía delante—. Nadie quiere decir nada. Nadie habla.

—¿Y la familia de Phu Vang Tu?

—Tiene una abuela que no habla inglés y un tío que está cumpliendo dos años de condena por robo en una cárcel del estado —fue la solemne respuesta.

—¿Quién se ocupa de los detalles del entierro?

—Nadie ha reclamado el cuerpo todavía. Le dije al forense que me llamara cuando les comunicaran dónde enviar el cuerpo —contestó Sydney—. Tengo pensado volver a Chinatown y hablar otra vez con los Pequeños Dragones. Su líder extraoficial, Van Phan, ha estado fuera del país, visitando a unos primos en Vancouver. A lo mejor él me puede dar una pista sobre lo que ha ocurrido.

—Parece buena idea, si necesita ayuda, dígamelo. —Alex asintió y luego señaló el tablón con la cabeza—. ¿Y los otros?

Sydney sabía que la teniente se refería a los otros dos nombres escritos en rojo. No sabía qué decir, porque se había quedado atascada en la investigación de esos casos. Creía que había cubierto todos los ángulos posibles, pero no había surgido nada.

—Nada —reconoció a regañadientes—. Me he devanado los sesos pensando en ellos. Sé que se me escapa algo, pero no logro descubrir qué es.

Alex abrió la boca, preparada para ofrecer su ayuda, cuando sonó el teléfono. Sydney se quedó mirándolo un momento antes de responder, temiéndose que pudiera ser otro aviso. Miró furtivamente a su alrededor. En la sala de inspectores sólo estaban Bridges y Howard, los demás ya habían salido por avisos o por asuntos diversos del departamento.

—Aquí Davis —ladró prácticamente en el auricular, escuchando atentamente antes de ponerse a tomar notas en el cuaderno que tenía al lado del ordenador—. Vale, voy para allá.

—¿Un aviso?

—Sí, han encontrado un cuerpo entre Elm y Worchester en el distrito del Valle —asintió Sydney, y vio que Alex se erguía.

—Bridges, Howard, Davis tiene un aviso, quiero que ustedes la acompañen —dijo la teniente con decisión y los dos hombres asintieron. Sydney levantó la mirada y descubrió que la mujer alta la estaba mirando—. Voy con usted, si no le importa.

Alex sabía que era una decisión impulsiva, pero todavía no estaba dispuesta a dejar la compañía de la otra mujer. Sabía que era una locura. Tenía un montón de papeleo que necesitaba acabar y varias llamadas que hacer a diversos jefes de departamento. No tenía tiempo para correr por la ciudad respondiendo a un aviso. Pero ahora que había tomado la decisión, no había forma de echarse atrás.

—Voy a coger mi chaqueta —murmuró Alex, y corrió a su despacho en busca de la mencionada prenda.

Sydney se limitó a asentir, sin saber qué decir. Por una parte estaba emocionada por la idea de ir acompañada de la morena, pero por otra le espantaba la idea de tener a su jefa observando por encima de su hombro.

Sin embargo, a los pocos minutos corrían por las calles en uno de los abollados pero resistentes coches grises de la comisaría. Era mediodía y el tráfico estaba en su peor momento. La dirección del parte estaba en una zona residencial de clase media. Una zona donde no recibían muchos avisos, y los que recibían no eran por lo general nada más grave que entradas en las casas o coches robados.

Sydney sabía que estaba siendo observada, por lo que tomó el mando de inmediato. Como responsable del caso, tenía que asegurarse de que todo se hacía como era debido. En cuanto entró en el círculo de patrulleros, se dio cuenta de éste era un caso que no quería llevar.

El aviso no le había dado ninguna información sobre el caso salvo que habían encontrado un cuerpo. Se sintió fatal al descubrir que la víctima era un niño blanco de entre siete y diez años de edad. Tenía marcas oscuras alrededor del cuello y la ropa arrugada, con los botones mal abrochados o arrancados. Se hizo un silencio casi total mientras contemplaba aquel rostro inocente.

La investigación del asesinato de un niño era tal vez una de las tareas más difíciles que se le podía pedir a un inspector, y aunque Sydney quería darse la vuelta y salir corriendo, sabía que era importante dejar de lado sus propios sentimientos. Respiró hondo, reprimiendo sus emociones y concentrándose en el trabajo.

—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó bruscamente, convencida ya de que probablemente se trataba de un crimen sexual.

—Una mujer que paseaba a su perro —dijo el sargento al mando, dando un paso al frente. Al contrario que en otros escenarios de un crimen, aquí no habría ninguno de los chistes morbosos de costumbre. La muerte de un niño no tenía nada de divertido—. Estaba hecha polvo, por lo que la envié a comisaría en uno de los coches.

Sydney asintió, mirando a su alrededor, antes de volver a mirar al patrullero. No reconoció su cara, pero le sonaba el nombre que aparecía en su placa.

—Sargento Charles, quiero que divida a sus hombres por parejas y que hagan un interrogatorio casa por casa. Quiero saber si alguien oyó o vio algo —ordenó, y el hombre asintió—. ¿Quién fue el primero en llegar?

—Yo. —Un veterano canoso vestido de uniforme dio un paso al frente.

—Bien. Quiero que escriba todo lo que recuerde desde el momento en que llegó aquí hasta que llegamos nosotros. ¿Hay algún colegio o centro de día en esta zona?

—Hay un colegio de primaria a unas cinco manzanas de aquí. —El patrullero señaló con el pulgar en una dirección.

—Vale. —Sydney miró el reloj y luego a los dos inspectores de su grupo que acababan de llegar—. No son más que conjeturas, pero Norm y Roy, quiero que vayáis al colegio y veáis si ha faltado alguien a clase, por enfermedad o por lo que sea.

Los dos hombres asintieron, y el inspector más veterano se detuvo un momento para mirar bien la cara del niño muerto antes de llevarse a su compañero.

—Vale, los demás, quiero que empiecen a registrar el perímetro.

—¿Qué buscamos? —preguntó un joven patrullero.

—Cualquier cosa que parezca fuera de lo habitual, por pequeña que sea. —Sydney se quedó pensando—. Qué demonios, busquen cualquier cosa, una mochila, una bolsa de almuerzo, unas zapatillas de deporte... lo que sea.

Los hombres asintieron y luego se dispersaron para emprender sus tareas individuales. Muchos sabían que iba a ser un día muy largo, pero ahora su prioridad era encontrar al asesino de este niño. Metódicamente, la joven inspectora se puso un par de guantes de látex y se inclinó para examinar al niño.

Un vistazo al cuerpo y Sydney supo que el niño estaba muerto antes de que lo tiraran con descuido de un vehículo. La piel estaba fría, pero no lo suficiente para que hubiera empezado el rigor mortis, lo cual era buena señal e indicaba que el niño no llevaba allí mucho tiempo. No tenía contusiones en la cara y ninguna otra marca en el cuerpo. Tendría que ser el forense quien le dijera cuál era la causa de la muerte, aunque sospechaba que ya lo sabía.

El lugar estaba sumido en un silencio poco habitual y los agentes se movían casi sin hacer ruido, completando sus tareas. Apareció Janice para tomar fotografías, pero al contrario que en la ocasión anterior, no hubo burlas ni bromas. Era como si todos supieran que hacer otra cosa que no fuera concentrarse en el niño muerto sería un sacrilegio.

Alex se quedó aparte y observó en silencio mientras los inspectores y los agentes se ocupaban de las tareas que tenían asignadas, satisfecha de dejar que la joven inspectora siguiera al mando. Casi lamentaba su apresurada decisión de acompañar a la rubia sargento, pues la escena le traía demasiados recuerdos de su propia época como inspectora. Era una ciudad diferente con rostros diferentes, pero la crueldad era la misma.

Concentró su atención en la mujer menuda que ahora estaba inclinada sobre el pequeño cuerpo, examinando su ropa atentamente. Veía la emoción, rondando bajo la superficie, y admiró el hecho de que a pesar de todo la inspectora todavía fuera capaz de sentir.

—¿Qué opina? —preguntó en voz baja, acuclillándose al otro lado del cuerpo inerte. La otra mujer levantó la vista y por un instante Alex vio las lágrimas que inundaban esos ojos verdes.

—No lo sabré hasta que regresen Bridges y Howard —fue la apagada respuesta—. Pero sí sé que el cabrón que ha hecho esto no se va a escapar.

—Asegúrese de ello —dijo la teniente con suavidad—, porque cuando la prensa se entere, va a haber mucha presión.

—Por el amor de Dios, ¿es que sólo sabe pensar en las ramificaciones políticas de todo? —Sydney dejó que se le escapara el estallido de rabia y sus ojos verdes soltaron un destello peligroso.

—No estaba pensando en la política —replicó Alex con calma, sin ofenderse por el estallido, aunque las duras palabras le escocían—. Estaba pensando en la familia del niño.

Sin decir nada más, la mujer se irguió y se alejó. Sydney maldijo por lo bajo y supo que debía disculparse, pero no pudo hacerlo. Cerró los ojos y respiró hondo, dándose cuenta de que iba a tener que conservar la calma y la concentración si esperaba resolver este crimen. Sin hacer caso de todo lo demás, se concentró en el cuerpo.

Ya había caído la tarde cuando se sintió la bastante segura como para dejar el cuerpo en manos del agente forense que esperaba pacientemente. Se había registrado el lugar a conciencia y se había hecho un interrogatorio por las casas cercanas, pero nada de todo ello había destapado ninguna pista. Se quedó mirando con una sensación de impotencia mientras metían a la víctima en una bolsa y luego en el furgón del servicio judicial.

Esa frustración fue en aumento al regresar a comisaría. Se sentó a su mesa y contempló la pantalla del ordenador en busca de alguna pista. La visita de los inspectores Bridges y Howard al colegio de la zona no había revelado nada sobre la identidad del niño, pues todos los alumnos estaban presentes ese día.

Un repaso a la lista de niños desaparecidos de la zona no había dado fruto, por lo que envió su propio informe a todos los cuerpos de policía del estado. Luego mandó una notificación a los estados vecinos e incluso envió un aviso a las autoridades canadienses de la Columbia Británica, al otro lado de la frontera. Seguía en su mesa mucho después de haber terminado su turno, leyendo los informes y marcando números.


Ya era tarde cuando Alex por fin cayó en la cuenta de la hora que era. Se pasó una mano cansada por el pelo oscuro y recogió su mesa. La sala de inspectores estaba vacía salvo por el personal de limpieza y una mujer rubia que al parecer estaba pegada a la pantalla de su ordenador. Se puso la chaqueta y cerró en silencio su despacho.

—Hola, ¿cómo va? —preguntó suavemente, colocándose al lado de la inspectora y escudriñando la pantalla—. ¿Alguna pista?

—No —reconoció Sydney con tristeza, sintiéndose incómoda al recordar sus duras palabras de esa mañana. Se echó hacia atrás en la silla y por primera vez notó el leve y agradable perfume que rodeaba a la mujer alta. Levantó la mirada con timidez, intensamente consciente de lo cerca que estaba la otra mujer—. He enviado avisos de personas desaparecidas a todas las agencias del estado. Ahora es cuestión de esperar a ver si surge algo.

—¿Le ha dicho el forense cuándo puede tener un informe preliminar?

—Han dicho que me pase mañana —contestó la mujer más baja.

—Vale, pues no se quede hasta muy tarde —dijo Alex, y se volvió para marcharse. Sydney vio que la mujer empezaba a irse y actuó movida por un impulso repentino.

—¿Teniente?

—Mmm. —La alta morena se volvió para mirarla con esos penetrantes ojos azules.

—Yo... quería disculparme por mi comportamiento de esta mañana. —Sydney se tragó el nudo que tenía en la garganta. Estaba nerviosa y súbitamente desesperada por el perdón de esta mujer. No sabía por qué, pero quería caerle bien a esta mujer. Era una idea extraña, porque por lo general no le importaba lo que pensara la gente.

—No se preocupe. —Alex desechó la disculpa como si no tuviera importancia. Lo cierto era que las duras palabras de la mujer le habían hecho mucho daño—. Es fácil alterarse, sobre todo cuando se está ante el cadáver de un niño asesinado brutalmente.

—Gracias, se lo agradezco. —La inspectora tuvo una inmensa sensación de alivio—. Nos vemos el lunes.

Alex asintió y se volvió de nuevo para marcharse, pero dio sólo dos pasos y se detuvo. Sabía que la idea era una locura, pero no podía quitársela de la cabeza. Se armó de valor y dio un salto arriesgado.

—Escuche, no sé usted, pero yo no he comido nada desde el almuerzo y en casa tengo la cocina vacía. ¿Le gustaría cenar algo?

La invitación fue tan inesperada que Sydney estuvo a punto de caerse de la silla. En vista de lo que había ocurrido en las últimas doce horas, lo último que se esperaba era una invitación a cenar por parte de su jefa. Sintió que se le quedaban los pulmones sin oxígeno y que se le aceleraba el corazón. En silencio, se recordó a sí misma que debía respirar.

—Si tiene otros planes, lo comprendo. —Alex se sentía como una completa idiota. Era evidente por la expresión de la inspectora que la mujer no sabía qué pensar—. Que pase buena noche.

—No. —Sydney saltó de la silla, tirándola con fuerte estrépito, y la mujer alta la miró con cierta diversión mientras recogía apresuradamente el mueble del suelo—. Yo tampoco tengo nada en la nevera. Me gustaría comer algo.

—Bien. —La teniente sintió un inmenso alivio, pero no dejó ver ninguna de sus emociones—. Conozco un pequeño restaurante italiano muy bueno que no está muy lejos de aquí. ¿Prefiere ir andando o en coche?

—Si está cerca, podríamos ir andando —propuso Sydney, poniéndose a toda prisa la cazadora, temerosa casi de que la otra mujer cambiara de opinión. Caminaron juntas por el edificio y salieron por la puerta principal.

—A lo mejor deberíamos coger un coche —dijo Alex cuando salieron a la noche—. No me había dado cuenta de que las calles estaban tan oscuras.

—Vamos, en esta parte de la ciudad prácticamente no hay crímenes. —La rubia inspectora sonrió, sintiéndose absurdamente feliz a pesar del lúgubre día que acababa de tener—. ¿Quién sería tan tonto de atacar a dos guapas polis de homicidios?

Guapas, oye, pensó la teniente con regocijo, pero al hablar su tono era simplemente humorístico.

—Alguien que no sepa que somos polis.

—Bueno, sí, siempre puede ocurrir eso... pero con el día que he tenido, no me vendría mal un poco de ejercicio. —Y para recalcar lo que decía, la mujer más baja entrelazó los dedos y estiró los brazos para hacer crujir los nudillos.

—¿Cree que podría protegernos? —preguntó la mujer alta con cierta diversión, al ver que su acompañante estaba prácticamente dando botes.

—Por supuesto —contestó Sydney, y luego hizo unos movimientos de lucha. Sabía que estaba flirteando, pero no lo podía evitar.

—Muy bien, confío en que me defienda —dijo Alex con una risa amable, contenta con la idea—. Pero si nos atracan y mi reputación queda por los suelos, la haré a usted responsable.

—Haré todo lo que esté en mi mano para que eso no suceda. —La rubia se inclinó galantemente, sintiéndose un poco culpable por la alegría que sentía. Había tenido un día muy duro y necesitaba descansar un poco de la tensión de su trabajo. Además, estaba en compañía de la mujer más guapa que había conocido en su vida.

El restaurante estaba a varias manzanas de distancia y su trayecto transcurrió sin incidentes. Era un restaurante acogedor y había una vela en medio del mantel de cuadros rojos que cubría cada mesa. Eligieron un reservado de la pared del fondo.

—¿Le apetece compartir una pizza? —dijo Alex para iniciar la conversación cuando la camarera les hubo dejado unos vasos de agua y las cartas en la mesa. Tras la primera acometida de conversación humorística, se habían quedado en silencio.

—Me parece bien —asintió Sydney, y justo en ese momento le rugió el estómago. Ahora mismo habría aceptado lo que fuera.

—¿Cómo la quiere? —La pregunta hizo sonreír cohibida a la rubia.

—Me vale cualquier cosa —dijo la joven inspectora, encogiéndose de hombros, esperando no tener que dar una respuesta sincera.

—Yo como casi de todo —dijo Alex con intención—. ¿Qué quiere?

—Normalmente pido carne, cebolla, pimiento verde y piña —confesó Sydney de mala gana, y su acompañante enarcó una ceja bien perfilada.

—He dicho casi de todo.

La mujer más menuda se sonrojó.

—Podemos pedir una simple pizza de queso.

—Es broma. —Alex se rió de nuevo—. Esa combinación me parece bien.

La rubia inspectora no sabía si creer a su acompañante hasta que regresó la camarera y tomó nota de su pedido. Se volvió a hacer el silencio mientras bebía un sorbo de agua, moviendo los ojos nerviosa por la sala. Intentaba mirar a cualquier parte menos a su acompañante sentada al otro lado de la mesa, pensando en cómo se habían transformado las facciones de la mujer con esa sonrisa.

—No tiene por qué estar nerviosa —dijo Alex con tono tranquilo, al percibir la incomodidad de la otra mujer—. Cuando dejo la comisaría, mi trabajo se queda allí. No está a prueba.

Sydney miró a la mujer y por un instante los ojos azules y verdes se encontraron. Sintió que se le aceleraba el corazón. La joven inspectora tuvo la clara impresión de que estaba a prueba, pero por un motivo totalmente distinto. Se armó de valor.

—¿Por qué me ha pedido que cene con usted? O sea, hoy no la he tratado muy bien.

La pregunta directa pilló a Alex desprevenida, pero no mostró ninguna emoción. Podría haber dicho la verdad, pero no creía que ninguna de las dos estuviera preparada para eso. Tenía la sensación interna de que iban a tener una relación. No sabía por qué lo sabía, era un conocimiento instintivo. Además, le había gustado la forma en que la mujer más baja había flirteado con ella. En silencio, se obligó a ser paciente. Esto era algo que no quería fastidiar por ir demasiado deprisa.

—Me gusta conocer a las personas que trabajan para mí en un ambiente más social —replicó con calma—. Me ayuda a saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles. Así puedo utilizarlos sacando el máximo de su capacidad.

—Así que esto no es más que una oportunidad para usted de analizarme. —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.

Sydney vio el destello de dolor en los ojos azules antes de que cayera el telón, tapando cualquier emoción que pudiera sentir la mujer. No conseguía explicar su brusca reacción. No sabía qué clase de respuesta estaba buscando, salvo que era otra cosa. Por un momento se había permitido imaginar que la otra mujer estaba interesada en ella como mujer y no como agente de policía. Seguro que es hetero, decidió, no muy contenta con la idea.

—Lo siento —se disculpó Alex, momentáneamente confusa.

—No, soy yo la que tiene que disculparse. —Sydney se podría haber dado de bofetadas—. No debería haber dicho eso, ha sido una grosería.

—No, ha sido franca —dijo la teniente con tono apagado, mirándose las manos, que estaban juntas sobre la mesa—. No es usted la primera persona que me acusa de ser demasiado clínica.

—Y a mí me han acusado con razón de ser una bocazas. —Sydney suspiró, tratando desesperadamente de pensar en una forma de arreglar las cosas—. Escuche, lo siento, me doy cuenta de que probablemente quería tener una cena tranquila y relajante. Debería irme.

La rubia cogió su chaqueta, que había embutido en el rincón de la pared. No quería marcharse, pero estaba quedando como una boba, y decidió que era mejor retirarse antes de que la otra mujer pensara que era una completa idiota. Pegó un respingo cuando una mano cálida la agarró del brazo.

—No quiero que se vaya —dijo Alex en un tono grave que a su acompañante le provocó un inesperado escalofrío por la espalda. Sus ojos se encontraron por un instante—. La verdad es que no soy famosa por mis habilidades sociales, así que... ¿se queda, por favor?

La teniente tenía una expresión que al instante derritió el corazón de su acompañante. Sydney supo con inesperada claridad que estaba enamorada de esta mujer. Sólo había hecho falta esa mirada para que el corazón se le cayera a los pies.

En silencio, asintió y volvió a embutir la chaqueta en el rincón, y Alex sintió un alivio increíble al tiempo que apartaba la mano. Ambas mujeres se sintieron igual de agradecidas de que la camarera eligiera ese momento para aparecer con sus bebidas, aliviadas por la distracción.

—Lo siento, pero uno de los cocineros no está esta noche, así que su pedido podría tardar más que de costumbre —se disculpó la camarera.

—Tranquila, no tenemos prisa. —Alex sonrió a la mujer, que se alejó apresuradamente. Volvió a fijar la mirada en su acompañante—. Lo siento, ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle si tiene a alguien esperándola en casa.

—No. —Sydney meneó la cabeza, enfrentándose aún a esta nueva revelación y preguntándose si ésta era una forma sutil por parte de la mujer de preguntarle si estaba disponible—. Y supongo que usted no tendrá un marido en casa esperando a que le dé de comer.

—No. —La teniente sacudió la cabeza, aliviada al ver que la tensión que había entre ellas estaba cediendo un poco—. Estuve prometida hace tiempo, pero por suerte corté antes de llegar a la vicaría.

¡Maldita sea, es hetero! La rubia inspectora maldijo su suerte. Afortunadamente, consiguió controlar sus sentimientos.

—¿Es que no lo quería?

—Le tenía cariño, pero no era lo que estaba buscando —fue la delicada respuesta—. Me di cuenta de que había aceptado su proposición por mis padres, más que por mí misma.

—Oh. —Sydney sintió que se le volvía a caer el corazón a los pies—. ¿Y sus padres se enfadaron?

—Al final lo entendieron. Lo que más les preocupaba era que fuera feliz —contestó Alex, con los ojos azules centrados por completo en su acompañante—. ¿Usted no tiene a nadie en su vida?

—¿Con mi horario de trabajo? —respondió con una pregunta retórica y una sonrisa divertida en la cara—. No hay mucha gente dispuesta a soportar mis horas. Además, mis padres tuvieron un matrimonio horrible, así que no me atrevo mucho a comprometerme de ninguna manera.

—¿De verdad tuvo una vida familiar tan mala?

Sydney estuvo a punto de hacer un comentario sarcástico, pero logró cerrar la boca a tiempo, decidida a no cometer otro error, notando que podía llegar a ser amiga de esta mujer. Se encogió de hombros con más indiferencia de la que sentía, fijando la vista en los cubiertos que estaba toqueteando.

—Ya ha leído mi historial.

—Los historiales son muy fríos e impersonales —fue la apacible respuesta—. Además, sólo cuentan una pequeña parte de la historia completa.

—¿Y usted lo quiere saber todo? —dijo Sydney, mirando de frente a su acompañante.

—Sí —asintió Alex, y notó la vacilación de la mujer más baja—. Sé que algunas personas del departamento no la han tratado bien y he oído muchos rumores. Quiero saber si son ciertos o no.

—¿Y se va a creer todo lo que yo le diga? —Era un desafío. Se miraron a los ojos.

—Yo nunca me creo nada —dijo la teniente con sinceridad—. Pero me considero una persona justa. Me gusta juzgar a las personas por lo que veo, no por lo que oigo.

Sydney se quedó callada un momento mientras reflexionaba sobre esto. Ya había oído eso mismo en otras ocasiones, pero sabía por experiencia que rara era la persona que no se dejaba influir al menos en parte por los rumores. Sin saber por qué, estaba convencida de que la teniente era una de esas personas.

—Mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña, así que no me acuerdo muy bien de mi madre. Mi padre obtuvo nuestra custodia, pero cuando no estaba trabajando, estaba bebiendo, así que la mayor parte del tiempo estábamos a nuestro aire —dijo con franqueza. Mentir no servía de nada, según había descubierto muy pronto en la vida.

—¿Es así como acabó relacionándose con las bandas?

—Sí —confesó Sydney, sintiéndose un poco deprimida—. Mi padre no estaba nunca en casa, así que la que me cuidaba era mi hermana. Era seis años mayor que yo y andaba en malas compañías en el instituto. En vez de dejarme sola, me llevaba con ella cada vez que salían. Yo pensaba que eso estaba muy bien porque nadie se metía conmigo y tenía un sitio propio.

—¿Qué fue lo que cambió? —Alex estaba genuinamente interesada, y se hizo un silencio momentáneo cuando la camarera llegó a su mesa con la pizza. No le hicieron caso durante un buen rato.

—Yo era la más joven del grupo, algunos de cuyos miembros ya eran adultos, así que me tocaba hacer todos los trabajos sucios porque era menor. Si no hacía lo que querían, me machacaban a palos. Por fin, un día simplemente me harté de que me maltrataran. Me iba bien en el instituto y me habían seleccionado para un equipo universitario de baloncesto. No quería perder eso.

Alex sabía que había algo más que la mujer no estaba contando, pero no la presionó. Lo dejaría para otra ocasión, conformándose con saber que esta mujer era increíblemente fuerte y valerosa. No mucha gente habría sido capaz de librarse de las ataduras que la mantenían atrapada en la pobreza y las bandas. Decidió decírselo.

—Creo que es usted una mujer extraordinaria —dijo Alex, sorprendiendo a la otra mujer—. Hay pocas personas con la fuerza suficiente para apartarse de la clase de vida que usted tenía.

Sydney se ruborizó. Nadie le había dicho jamás una cosa tan bonita. Se quedó mirando el trozo de pizza que tenía en la mano, sin saber cómo reaccionar ante el halago.

—¿Y cuál es su historia? —preguntó Sydney, intentando desviar la atención de sí misma. Le costaba hablar con objetividad de su vida y sobre todo después de un día tan agotador emocionalmente como el de hoy.

—Tenía una vida de lo más corriente. —Alex se encogió de hombros, consciente de que había llegado el momento de aligerar los ánimos—. Era una de esas chicas de instituto que a todo el mundo le encanta odiar.

—¿Cuál, la estudiante de matrícula de honor o la deportista infalible? —preguntó la rubia, dando un bocado a su trozo de pizza.

—Las dos. —La otra mujer se sonrojó, incapaz de mirar a su acompañante, por lo que se concentró en cambio en el trozo de pizza que tenía en la mano—. Cuando era estudiante intentaba ser perfecta, así que no me rebelé hasta que acabé la universidad.

—¿Y qué hizo? —preguntó Sydney con curiosidad, tratando de imaginarse a su severa acompañante como una gamberra.

—Me metí en la policía —fue la solemne confesión, y la rubia inspectora estuvo a punto de atragantarse con la comida. Miró al otro lado de la mesa y vio una sonrisa cautelosa en la cara de la morena—. Puede que no le parezca gran cosa, pero para mis padres fue muy fuerte. Tenían ciertas expectativas y ambiciones para mí que no incluían hacer la ronda.

—¿Cuánto tiempo tardaron en perdonarla?

—Creo que cualquier día de estos se darán cuenta de no es una simple fase.

Sydney miró a su acompañante, vio su sonrisa y no pudo evitar sonreír a su vez. Volvió a maravillarse por el cambio que se producía en los rasgos marcados de la mujer con una simple expresión.

—¿Le dan la lata con ese tema?

—No, la verdad es que se han portado muy bien con todo el asunto, aunque sé que les gustaría que me dedicara a otra cosa —dijo Alex con sinceridad. Tragó un bocado de pizza antes de volver a hablar—. ¿Qué pensó su familia cuando usted se hizo policía?

La pregunta fue recibida con un largo silencio, y la teniente empezó a creer que su acompañante no iba a contestar. No sabía que la rubia inspectora estaba tratando de dar con la respuesta adecuada.

—A mi padre le dio igual —reconoció vacilando—. Prácticamente nos abandonó cuando yo estaba en el instituto y la verdad es que no forma parte de mi vida desde entonces.

—¿Y su hermana?

Sydney tardó un buen rato en contestar esa pregunta. Se quedó mirando su pizza fijamente. ¿Cómo puedo explicarle mi relación con mi hermana mayor? Era tan complicada, pero tan simple a la vez.

—Annie no se lo tomó muy bien —dijo despacio, sabiendo que su acompañante estaba esperando a que hablara—. Pensó que me había pasado al enemigo, que la había traicionado. No la he visto desde entonces.

—¿Cuánto tiempo hace de eso? —quiso saber Alex.

—Dos años —confesó la rubia, muy colorada.

—¿Por qué tardó tanto en decírselo?

—Supongo que porque sabía lo que me iba a decir —reconoció Sydney con un suspiro—. Y quería esperar a saber con seguridad que ser policía era lo mío. Lo último que quería era que me lo restregara por la cara si no salía bien.

Por raro que pareciera, Alex comprendía los sentimientos de la otra mujer. Ella tenía los mismos temores cuando entró en el cuerpo, temerosa de fracasar o, peor aún, de darse cuenta de que se había equivocado. No quería tener que reconocer ante nadie que había metido la pata, pero por suerte había descubierto que no sólo le gustaba ser policía, sino que además lo hacía bien.

—Si no le importa que se lo pregunte, ¿por qué quiso ser policía?

Sydney comprendía el motivo de la pregunta. Era poco frecuente que una persona pasara de tener problemas con la ley a hacerla cumplir. A veces ni ella misma lo comprendía del todo.

—No lo sé —fue la sincera respuesta—. Supongo que un día me desperté harta de tener que estar siempre vigilando por encima del hombro. Quería ver cómo era estar al otro lado durante un tiempo y descubrí que me gustaba.

Alex se quedó callada, pues no quería presionar a su acompañante para que le diera más información personal, temerosa de ahuyentarla. Sabía lo que decía el historial de la mujer y había leído la redacción de la joven explicando su deseo de formarse como agente de la ley. Las conmovedoras palabras habían sido el motivo de que la mujer más joven hubiera sido admitida en la academia de policía. El encargado de reclutamiento se había quedado impresionado, y al leer la redacción, la teniente comprendió por qué.

—Bueno, pues me alegro de que lo hiciera —dijo por fin, rompiendo el silencio. Sydney miró a la mujer. Esperaba que la teniente dijera algo, lo que no se esperaba era que dijera eso. Por un momento se miraron a los ojos y el corazón volvió a temblarle en el pecho.

—Yo también me alegro de haberlo hecho —dijo en voz baja, y hubo una pausa en la conversación mientras se concentraban en la comida.

—He leído en su historial que juega al baloncesto. —Cuando Alex rompió el silencio fue para introducir un tema de conversación más ligero—. ¿En qué posición?

—Escolta —contestó Sydney, aliviada de poder hablar de algo menos emocional—. ¿Usted juega?

—Sí.

—Pívot, ¿verdad?

—No cuesta mucho adivinarlo. —Alex arrugó la nariz con expresión risueña—. Tuve beca completa para la Universidad de Southern California.

—¿Y no pensó en jugar profesionalmente? —Si la mujer era tan buena jugadora de baloncesto como policía, Sydney pensaba que podría haber hecho carrera como profesional.

—En aquella época no había una liga profesional femenina —dijo la teniente encogiéndose de hombros—. Tuve ofertas del extranjero, pero para mí sólo era un deporte que me encantaba practicar. No lo quería como profesión.

—A lo mejor podemos echar un partido de uno contra uno en alguna ocasión —propuso Sydney—. Hay un par de canchas junto al aparcamiento y la comisaría del centro tiene un gimnasio.

—Me gustaría —asintió Alex, y la otra mujer se alegró de habérselo propuesto.

Durante el resto de la cena charlaron de cosas impersonales, y Alex se alegró de averiguar que aunque tenían gustos muy distintos en algunas cosas, también tenían algunos intereses en común. Para cuando regresaron caminando a la comisaría, las dos mujeres estaban relajadas y a gusto la una en compañía de la otra.

—Escuche, conozco a alguien que tiene abono de temporada para los Sonics, así que puede que consiga asientos para algún partido. ¿Le gustaría ir? —preguntó Alex cuando llegaron al aparcamiento donde habían dejado los coches. La velada había ido tan bien, a pesar de los pequeños escollos, que tuvo el valor suficiente de dar el siguiente paso.

—Me encantaría —aceptó Sydney con entusiasmo. La idea de ir a un partido de los Sonics y estar con esta mujer era una combinación que no estaba dispuesta a rechazar por nada del mundo.

—Bien, pues nos vemos el lunes por la tarde. —Alex se sentía sorprendentemente contenta, y la rubia se despidió agitando la mano antes de montarse en su jeep negro.

Alex esperó en su propio coche gris a que la otra mujer hubiera emprendido su camino. Estaba de buen humor. Un humor que ni siquiera las presiones de su trabajo conseguían quitarle. Durante todo el trayecto de vuelta a su piso estuvo canturreando una boba canción infantil.


Sydney tenía el fin de semana libre, pero el sábado por la mañana volvió a la sala de inspectores para comprobar en Internet y ver los faxes, con la esperanza de obtener alguna respuesta a las peticiones que había enviado el día anterior. Se animó un poco por una respuesta que recibió de las autoridades canadienses del otro lado de la frontera, solicitando una fotografía actual del niño en cuestión.

Aprovechando las fotografías que había sacado Janice el día anterior, eligió la mejor y se la mandó por correo electrónico. Sabiendo que podrían tardar en responder, fue en coche a la oficina del forense. Aunque era sábado y en teoría estaba cerrada, dio con un ayudante del forense que estaba trabajando.

—Ha venido a preguntar por el niño desconocido —dijo el joven de pelo amarillo de punta, llevándola por el edificio hasta el almacén donde se guardaban los cadáveres.

—Sí, ¿qué me puede decir? —quiso saber, observando mientras el hombre se detenía ante una mesa de acero. Levantó la sábana blanca para destapar la cara blanca del niño muerto y luego cogió un portapapeles sujeto al costado de la mesa.

—Acabamos de hacer el examen preliminar, pero la causa de la muerte fue definitivamente estrangulación mediante lo que por ahora parece ser un objeto de tela, una toalla, una camisa, algo así.

—¿Fue agredido sexualmente? —quiso saber ella.

—Sí. —El hombre se mostraba franco y frío en su análisis. Como la policía, las personas que trabajaban en la oficina del forense tenían que aprender a hacer frente a las atrocidades que llegaban cada día en los furgones de carne. No podían pensar en el cuerpo tendido en la mesa de acero como en el padre o el hijo de alguien. Para ellos sólo era un objeto de interés clínico y nada más.

Sydney escuchó atentamente la lista de daños que recitó el forense, tomando notas en el cuaderno que siempre llevaba encima. Sus ojos observaban atentos mientras le iba indicando cada golpe o lesión concretos. Al final, se fue entristecida y asqueada por el maltrato que parecía haber sufrido el niño durante las horas y los días que habían culminado en su muerte.

—¿Qué opina? —preguntó el joven, cerrando de golpe el informe de la víctima y mirando a la joven inspectora.

Era más guapa que cualquiera que hubiera conocido desde hacía mucho tiempo, y desde luego era más fácil de trato que los demás miembros de la Unidad de Homicidios, que siempre lo trataban con desdén a causa de su aspecto y su edad. Ninguno de ellos sabía que se había graduado el primero de la clase en la Facultad de Medicina.

—Está claro que es un depredador sexual —dijo la rubia inspectora con aire pensativo—. Nadie que le haga esto a un niño está en su sano juicio.

El hombre asintió, volviendo a pasear la mirada por la mujer.

—Escuche, no sé en qué situación está en estos momentos, pero si está disponible, me preguntaba si le gustaría salir conmigo alguna vez. —El joven sabía que no tenía nada que perder por intentarlo.

—Gracias por el ofrecimiento, pero no estoy disponible. —Sydney había aprendido que lo mejor era rechazarlos con delicadeza. Era muy privada con su vida personal y nunca reconocía abiertamente su sexualidad ante nadie. Había aprendido que era más fácil inventarse un novio que explicar que prefería a las mujeres. También tenía muchas menos consecuencias.

—Muy bien. —El hombre se tomó el rechazo sin sentirse insultado—. Es un tipo con suerte.

Sydney se limitó a sonreír.

—Eso me gusta pensar.

Esos breves momentos iban a ser los más agradables que tendría durante el resto del día. Al regresar a la comisaría tenía una respuesta de los canadienses y averiguó que el niño ahora tenía nombre. Cogió el teléfono y marcó el número de su equivalente al otro lado de la frontera.

—No estamos seguros al cien por cien, pero su foto coincide con la de un niño que desapareció hace unos ocho meses —dijo el inspector del cuerpo de policía de Vancouver cuando se hubieron presentado formalmente.

—¿Tienen un sospechoso? —quiso saber Sydney.

—Sí, lo teníamos, pero no había pruebas concretas y no pudimos retenerlo. Luego pareció desvanecerse sin más. —La voz del teléfono sonaba apesadumbrada—. ¿Cómo han encontrado al niño?

Sydney describió con detalle el lugar del crimen y las lesiones halladas en el niño. Hubo unos segundos de silencio mientras la voz sin rostro digería la información.

—El sospechoso tenía parientes lejanos en Seattle —dijo el agente con tono pensativo—. Les pedimos a ustedes que hicieran una comprobación y se entrevistaran con ellos. El informe que nos llegó decía que estaban limpios.

Sydney tuvo una sensación de horror sólo de pensar que sus colegas no hubieran hecho un trabajo lo bastante concienzudo. Tal vez las personas que habían entrevistado a estos parientes no habían mostrado interés por su tarea. No quería creer que este niño hubiera perdido la vida porque alguien no se había preocupado. Intentó no pensarlo.

—Bueno, avisaremos a la familia. Seguro que quieren ir allí para reclamar el cuerpo —dijo el inspector de Vancouver, y Sydney supo instintivamente que al hombre no le apetecía nada enfrentarse a esa penosa tarea.

Estuvieron hablando un poco más y Sydney obtuvo más información antes de colgar. Sabía que tenía una pista sólida y que tenía que actuar deprisa. Llamó a la teniente al busca y luego llamó a la oficina del fiscal del distrito, tras lo cual se sentó y esperó impaciente a que las cosas se pusieran en marcha.

Alex estaba en el gimnasio cuando sonó su busca. Reconoció el número y llamó inmediatamente con su móvil. Escuchó en silencio mientras la inspectora rubia la ponía al corriente del caso.

—Llame a la fiscalía y ocúpese de conseguir una orden de registro —dijo la teniente distraída, pensando en todos los detalles que había que organizar.

—Ya lo he hecho —replicó la rubia inspectora.

—Muy bien —dijo Alex, mirando el reloj—. Estaré ahí dentro de treinta minutos.

—De acuerdo —asintió Sydney, pero la jefa ya había colgado.

La teniente tardó menos de treinta minutos en llegar a comisaría, y el fiscal no tardó mucho más en convencerse de la necesidad de emitir una orden de registro. Alex llamó al juez que estaba de guardia ese fin de semana mientras Sydney se encargaba de que varios coches patrulla estuvieran preparados.

En cuanto el juez consintió en firmar los papeles, Sydney salió corriendo para recoger la orden y Alex se encargó de que varios inspectores más del Tercer Grupo los acompañaran. A las pocas horas estaban ante el porche de entrada de una casa vulgar y corriente de un vecindario cercano al lugar donde habían encontrado al niño.

La desprevenida pareja que respondió a su llamada no tuvo tiempo de comprender qué estaba pasando. Se les entregó la orden de registro y luego fueron escoltados hasta un coche patrulla para llevarlos a comisaría para ser interrogados, mientras los agentes de paisano y de uniforme se desplegaban por toda la casa.

Era evidente que la pareja vivía arriba y que el hombre les había alquilado las habitaciones del sótano. Si creían que iban a encontrar una mina de oro en pistas se vieron tristemente defraudados. El apartamento amueblado estaba inmaculado y no había ningún objeto personal en ninguna de las pequeñas habitaciones.

—No toquen nada —advirtió Sydney—. Quiero que vengan los de huellas para repasar cada centímetro cuadrado y cuando acaben quiero destripar este sitio, trozo a trozo si es necesario.

Los demás asintieron. Resultó ser un día muy largo, pues Sydney se quedó allí para asegurarse de que no se cometía ningún error. En cuanto el equipo de huellas hubo terminado, cerró el apartamento y dejó a un agente en la casa para impedir que nadie se acercara al lugar.

—Empezaremos otra vez mañana —informó a sus colegas, quienes asintieron y, aunque la mayoría de ellos habían terminado sus turnos y se fueron a casa, ella regresó a comisaría para interrogar a sus dos testigos.

Ya estaba entrada la noche cuando terminó ambas entrevistas. Aunque el hombre no había dicho prácticamente nada, la mujer no estaba tan dispuesta a proteger a su ex inquilino. Con unas cuantas preguntas, Sydney averiguó que Lucas Andersen había vivido en el apartamento del sótano durante cuatro meses con un niño a quien había presentado como hijo suyo. Se le endurecieron las facciones mientras tomaba nota de las respuestas de la mujer a sus preguntas.

Alex seguía en su despacho de la sala de inspectores trabajando en un papeleo cuando Sydney llamó a su puerta después de interrogar a la pareja. Hizo un gesto a la otra mujer para que entrara y la menuda inspectora así lo hizo, dejándose caer en una silla vacía. La teniente se dio cuenta de que la inspectora rubia estaba casi exhausta.

—¿Qué ha averiguado?

—El hombre se niega a decir nada, lo cual me lleva a pensar que sabe algo. Su mujer, por otro lado, no quiere que pensemos que ha tenido nada que ver en este asunto.

—¿Y qué ha conseguido sacarle? —quiso saber Alex, reclinándose en su silla.

—La mujer ha dicho que Lucas Andersen estuvo viviendo en el apartamento estos cuatro últimos meses —dijo Sydney, informando de lo que había averiguado—. No se conocían antes de que llegara, aunque el hombre había mantenido contacto regular con su marido durante varios años.

—¿No hubo nada que les pareciera raro? —Alex sentía curiosidad y no se creía del todo que esta pareja fuera inocente.

—Se creyeron la historia que les contó —dijo la rubia inspectora, encogiéndose de hombros—. Lucas les dijo que estaba separado y que había obtenido la custodia del hijo. Vino a vivir a Seattle porque quería alejarse de los tristes recuerdos y empezar de nuevo. Les pagaba cuatrocientos dólares al mes de alquiler, tenía un trabajo estable y llevaba al niño al colegio todos los días. Aparte de eso, la mujer ha dicho que en realidad no tenía mucho contacto con el hombre ni con el niño. Le parecían raros.

—¿Cómo raros?

—Bueno, dijo que Lucas era sencillamente siniestro y que el niño, al que llamaban Peter, era anormalmente callado para ser un niño. Dijo que era casi como si tuviera miedo.

—¿Y eso no le parecía extraño? —Alex apenas pudo contener su desprecio.

—Pensaba que el niño sufría malos tratos por parte del padre —asintió Sydney, revelando lo que había dicho la mujer.

—¿Y por qué no lo denunció?

—No lo ha dicho, pero por la conversación, tengo la impresión de que su propia situación con su marido no es mucho mejor.

Alex dedicó unos momentos a digerir esta información, con los ojos azules pensativos mientras miraba a la rubia sentada al otro lado de la mesa. Le entraron ganas de invitar a la joven a cenar, pero desechó la idea. Era casi medianoche y la joven inspectora parecía totalmente agotada.

—¿Qué excusa dio para marcharse? —quiso saber la teniente, volviendo al tema que las ocupaba.

—Les dijo que el niño echaba de menos a su madre y que él necesitaba ver a su ex mujer para intentar resolver sus problemas —contestó la inspectora—. La mañana en que encontramos el cuerpo, fue a verlos y les dijo que tenía que volver a Vancouver. Había tenido una llamada de su abogado diciéndole que tenía que presentarse en el juzgado para revisar el acuerdo de custodia. La mujer dijo que había dejado su trabajo y que iba a recoger al niño al colegio y emprender el viaje desde allí.

—¿Hemos avisado a los puestos fronterizos? —preguntó Alex.

—He conseguido el número de matrícula y la descripción del vehículo del sospechoso y me he puesto en contacto con aduanas. También he avisado a nuestros vecinos del norte de que podría estar volviendo en esa dirección —dijo Sydney, detallando lo que estaba haciendo.

—¿Y nuestros huéspedes?

—Los he soltado, pero les he dicho que estén disponibles o serán considerados sospechosos. Les he dicho que busquen otro sitio para dormir esta noche.

—Bien —asintió la teniente, con un surco pensativo entre las cejas—. ¿Usted cree que dicen la verdad?

—Sí —dijo Sydney con seguridad—. El hombre está claro que oculta algo, pero la mujer está aterrorizada. No paraba de preguntar si iba a ir a la cárcel. Tengo la impresión de que Lucas Andersen no le caía bien, de hecho, cuando se enteró de por qué lo estábamos buscando, casi se puso histérica.

Alex asintió pensativa. No estaba segura de que soltar a la pareja fuera lo más conveniente, pero confiaba en el juicio de la inspectora. Se echó hacia atrás en la silla y miró a la otra mujer. Parecía que no podía dejar de mirarla.

—¿Ha acabado por esta noche?

—Iba a repasar unos informes más —empezó a decir Sydney, pero se vio interrumpida.

—Déjelos, está cansada. Váyase a casa y duerma un poco.

Sydney asintió. Por un instante tuvo la esperanza de que la teniente le ofreciera salir a cenar otra vez, pero la morena se limitó a darle las buenas noches. Regresó a su apartamento vacío sintiéndose más sola de lo que se había sentido en mucho tiempo.

Se había acostumbrado a vivir por su cuenta. Desde que su hermana fue enviada a la cárcel cuando ella tenía dieciséis años. Para sobrevivir, trabajaba en dos cosas al salir del instituto y los fines de semana, consiguiendo meter apenas los entrenamientos de baloncesto entre los dos. Le ayudó que su entrenador conociera a su jefe y que los dos hombres comprendieran su situación y admiraran su talento.

Varias universidades se habían interesado por ella, pero ninguna le había ofrecido una beca, por lo que acabó asistiendo a la escuela universitaria local. Pero la presión de trabajar e ir a clase le resultó excesiva y dejó el equipo y por fin las clases. Tras pasar de un trabajo a otro, se presentó al examen de ingreso en la policía y aprobó. Ahora, después de siete años, sabía que éste era su sitio.

Suspiró, avanzando por el apartamento a oscuras y encendiendo unas cuantas luces para alegrar el ambiente. La cantidad de trabajo que tenía le dejaba poco tiempo libre para socializar a cualquier nivel. Había salido y había tenido alguna que otra relación, pero todas habían sido superficiales. No sabía a qué estaba esperando o qué buscaba siquiera en una compañera, por lo menos hasta ahora.

Se quitó la camisa y la echó en el cesto de la ropa sucia del cuarto de baño. Era extraño, pero por primera vez quería lo mismo justamente que había estado evitando hasta ahora. Había tenido miedo de sufrir, y sin embargo, ahora estaba dispuesta, casi deseosa de correr ese riesgo. Se quedó mirándose al espejo.

Llevaba mucho tiempo huyendo de lo que creía que podía llegar a ser. Todas las personas de las que había dependido alguna vez la habían abandonado. Todas las personas en las que había confiado la habían traicionado de una forma u otra, y durante mucho tiempo se había preguntado si alguna vez sería capaz de romper ese muro que se levantaba cada vez que conocía a alguien que pudiera interesarla. Curiosamente, ese muro se desintegró por completo en el momento en que vio a Alex Marshall por primera vez.

Suspiró, abriendo los grifos y dejando correr el agua. Metió las manos bajo el chorro y luego se echó agua en la cara, volviendo a mirarse al espejo mientras las gotas le resbalaban por las mejillas. Se preguntó si estaba siendo una estúpida.

La mujer había dicho que había estado prometida, de modo que parecía probable que prefiriera a los hombres, pero había algo en sus ojos cuando se miraban que le hacía pensar que no. No era una inocente que no supiera qué estaba pasando. Había tenido bastantes amantes de ambos sexos, aunque hacía mucho tiempo que había reconocido que era lesbiana. Durante mucho tiempo se había visto obligada a hacer un papel contrario a su naturaleza, tal vez a la teniente le había sucedido lo mismo.

Cerró los grifos y se secó la cara. Tenía hambre, pero estaba demasiado cansada para prepararse algo, de modo que llamó al local de servicio a domicilio y encargó una pizza. No era una dieta sanísima, pero en estos momentos eso era lo último que le importaba. Apenas logró mantenerse despierta hasta que llegó la comida y poco después de comer se quedó profundamente dormida en el sofá, con la televisión encendida como telón de fondo.


Alex había tenido la tentación de volver a invitar a la mujer más joven a cenar, pero resistió dicha tentación. Tenía que tener cuidado, y por mucho que le interesara esa mujer, no podía permitir que alguien lo interpretara como favoritismo. Era un dilema que estaba decidida a sortear.

Dejó la comisaría poco después que la inspectora y regresó a su piso vacío del extremo suroeste de la ciudad. Siempre había disfrutado de la paz y la tranquilidad después de un largo día de trabajo, pero ahora lo veía como algo más que un refugio contra el mundo. Hoy lo veía como un lugar vacío y solitario.

Dejó el maletín en la mesita y se dejó caer en el sofá, contemplando la habitación con sus ojos azules. Una de las cosas que le gustaban de vivir sola era que nunca tenía que llegar a un compromiso con nada. Podía decorar como quisiera y dejar la cama sin hacer por la mañana si así lo deseaba. No es que lo hiciera, porque era una persona ordenada por naturaleza, pero saber que podía era lo que le daba la libertad que creía necesitar.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dándose cuenta con pasmosa claridad de que renunciaría a todo ello al instante con tal de estar con cierta inspectora rubia de ojos verdes. Meneó la cabeza, preguntándose si de eso trataba el amor. Del deseo de abandonar todo lo que uno más quería por estar con esa persona.

Suspiró y luego se levantó del sofá y se arrastró hasta la cocina. Un meticuloso registro de la nevera y los armarios no reveló nada de interés y tras una ligera discusión interna, se conformó con calentar una lata de sopa de verduras. Era un alimento nutritivo pero insípido y decidió que iba a tener que hacer la compra, cosa que siempre detestaba. Claro, que eso tendría que esperar hasta después de que visitara a sus padres. Había prometido ir a su casa a media mañana al día siguiente.

Distraída, contempló la idea de llamar a la inspectora Davis e invitarla a ir con ella. En cuanto se le ocurrió, lo desechó. Era demasiado pronto para pensar en que Sydney conociera a su familia. Demasiado pronto para darle una idea a la mujer del tipo de familia en la que iba a entrar. Alex sacudió la cabeza, sin poder creerse del todo las ideas que estaba teniendo.

Estás chiflada, se regañó a sí misma. Acababa de conocer a la mujer y su relación fuera del trabajo se limitaba a una cena en un restaurante barato. Eso ni siquiera era una cita, así que ¿por qué estaba planeando ya un futuro con esa mujer? Una mujer a quien prácticamente no conocía. Existía incluso la posibilidad de que Sydney ni siquiera fuera lesbiana, o peor aún, que no tuviera interés en tener una relación, aunque había visto una expresión en los ojos de la chica que alimentaba sus fantasías. Y efectivamente, fantaseó, permitiéndose el placer de imaginarse cómo sería estar juntas en la cama.


PARTE 3


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