Picadillo

Planet-solin



Descargos: Estos personajes son creación mía y no se pueden utilizar sin mi consentimiento por escrito. Se trata de una historia uber con unas chicas que pueden resultar familiares, pero a mí siempre me ha gustado eso de una guapa alta y morena y una rubia preciosa.
Contenido sexual: Esta historia trata del amor y la amistad entre dos mujeres adultas. Si dos mujeres enamoradas os ofenden, no sigáis leyendo.
Comentarios: Si tenéis algún comentario o sugerencia, escribid a planetsolin@hotmail.com.

Título original: Roadkill. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

El coche de policía camuflado se detuvo fuera de las barreras policiales amarillas y una mujer menuda y rubia salió de detrás del volante. Sydney se quedó ahí un momento, aspirando el frío aire nocturno mientras sus ojos de esmeralda contemplaban la escena. Como siempre, una curiosa mezcla de mirones se había concentrado al otro lado de la calle, atraída por la curiosidad innata que despertaban los brillantes destellos de las luces de emergencia y el conocimiento de que se había cometido un crimen grotesco.

Observó a la muchedumbre, fijándose en los rostros individuales, y luego escudriñó las sombras que los rodeaban, pero no percibió nada anormal. Le habían dicho que a veces los criminales regresaban al lugar del crimen, atraídos por la fascinación morbosa de la brutalidad que habían cometido. En ninguno de los casos en los que había trabajado hasta ahora había visto que dicha afirmación se cumpliera.

Suspiró y se arrebujó más en el calor de su cazadora de cuero. Dios, parece que va a llover, pensó, y luego soltó una leve carcajada. Esto es Seattle, donde nunca llueve.

Desechó bruscamente sus divagaciones y se dirigió al centro del caos, mostrando la placa que llevaba colgada del cuello con una cadena al patrullero que se acercó para interceptarla. El hombre asintió con una sonrisa de disculpa y la dejó pasar. Un rápido vistazo a la escena y supo que todo estaba controlado, lo cual sólo podía indicar que un veterano de la policía se había hecho cargo del asunto. Sus labios esbozaron una sonrisa al reconocer al hombre de uniforme que estaba ladrando instrucciones a los demás.

—Newlie, me alegro de verte —saludó al rubicundo sargento de policía al llegar a su lado. El hombre volvió la cabeza al oír su voz y se le iluminaron los ojos.

—Hola, chavala, te ha tocado esto, ¿eh? —Sonrió, cosa que según sus subordinados era algo que rara vez hacía.

—Pues sí —replicó ella, dejando que sus ojos se posaran en la figura inerte que yacía tirada en la acera en medio de un gran charco de sangre. Lo cierto era que le faltaba media hora para terminar su turno cuando sonó el teléfono. El tercer turno ya estaba de servicio y había sido por puro reflejo por lo que contestó a la llamada. Para cuando quiso darse cuenta del error, ya era tarde, pero en su tono no había resentimiento alguno cuando volvió a hablar—. ¿Qué tenemos?

—No estamos seguros del todo, pero suponemos que es un varón asiático, de entre 19 y 23 años de edad, sin señales de identificación, y parece haber muerto al recibir un disparo de escopeta en la cara. —El hombre de más edad recitó la poca información que ya había conseguido—. Tengo a mis hombres preguntando de puerta en puerta, pero por ahora lo único que hemos descubierto es que alguien oyó un disparo seguido de un chirrido de ruedas.

—Mierda. —Sydney dejó ver lo que sentía por un instante—. Ya tengo dos rojos en el tablón y no necesito otro.

—¿Tienes al teniente encima? —preguntó el sargento, y ella le echó una mirada sarcástica.

—Ha hecho una apuesta con los tenientes de los otros turnos —dijo, repitiendo los rumores que llevaban circulando por el departamento desde hacía un mes—. Aquel cuyo turno tenga más casos solucionados para Año Nuevo gana un banquete en el Space Needle y una noche en el Regency.

El sargento soltó un bufido. La competencia que había entre los distintos turnos de la Unidad de Homicidios era bien conocida por todos los agentes de a pie. Varias comisarías habían hecho apuestas incluso sobre quién iba a ganar y qué inspector iba a solucionar más casos. Él había apostado por la mujer que estaba ahora a su lado.

A Sydney Davis todavía se la consideraba relativamente nueva en la Unidad, con menos de un año de servicio, pero había demostrado su brillantez, al solucionar casos que los veteranos creían imposibles. Él había apostado por ella sabiendo que probablemente perdería, pero para él era una cuestión de lealtad. Se quedó mirando cuando ella se acuclilló para ver el cadáver más de cerca.

—Más picadillo —dijo el sargento riendo, y la inspectora rubia sofocó una carcajada, haciendo reír a los otros agentes uniformados que había cerca.

Cuando Sydney sólo llevaba dos semanas en la Unidad acudió a su primer homicidio, en el que la víctima estaba casi irreconocible por las heridas. Cuando el inspector a cargo del caso le preguntó qué pensaba, ella se limitó a decir que la persona parecía un montón de picadillo, pues el cuerpo sin vida le recordaba a los animales que veía a menudo hechos picadillo por los coches en la carretera.

Había hecho este franco comentario sin pensárselo y al instante se sintió mortificada, pero hizo reír a los agentes presentes y la expresión se había hecho popular. Ahora, nueve meses después, a los patrulleros les encantaba usar la expresión en su presencia.

Sydney se sacó dos pares de guantes de látex del bolsillo y se los puso en las manos antes de iniciar el examen externo. El cadáver estaba rígido, preso ya del rigor mortis, así que se podía dar por supuesto que la víctima llevaba muerta un tiempo antes de que se hubiera denunciado el disparo, lo cual no era extraño en esta parte de la ciudad. Aparte de la cara, que estaba totalmente destrozada por el disparo, el cuerpo se encontraba en bastante buen estado.

—¿Ha habido testigos? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Nadie —replicó el sargento, y añadió esperanzado—: Mis hombres siguen recorriendo la zona.

—Bien —asintió ella, examinando el cuerpo con cuidado—. ¿Viste el partido de anoche?

—Parte —contestó el hombre, maravillado por la facilidad con que pasaba de un tema a otro totalmente distinto en un instante—. ¿Ganaron?

—La fastidiaron en el último cuarto —replicó Sydney, y continuó su examen—. Quiero que tus hombres registren esta zona con muchísima atención. No creo que encontremos nada, pero quiero asegurarme de que no se nos escapa nada.

El sargento asintió, apuntando algo en su cuaderno, y volvió a prestar atención a la menuda inspectora. Observó mientras ella registraba con precaución a la víctima, comprobándole los bolsillos en busca de algo que lo identificara. A nadie le sorprendió que no encontrara ni una cartera ni joyas en el cuerpo.

—¿Crees que es cosa de bandas? —preguntó él al ver su expresión desconcertada.

—Mmm —fue lo único que contestó Sydney.

El instinto le decía que cuando por fin investigaran las huellas dactilares de la víctima, descubrirían que pertenecía a una de las bandas de la ciudad. Pero si los patrulleros tenían razón y el hombre era asiático, el sitio donde se encontraba el cuerpo y la falta de identificación resultaban extraños. Esta parte de la ciudad era predominantemente negra e hispana.

Levantó pensativa la mirada y vio a una mujer de aire malhumorado que cruzaba las barreras policiales hacia ellos. La seguía el hombre con gafas de la oficina del médico forense, que había dejado el furgón negro aparcado no muy lejos de su propio coche. Volvió a fijarse en la mujer.

—Hola, Janice —la saludó, y la mujer de pelo castaño rizado levantó la vista con expresión hosca.

—Hola tú —fue la cáustica respuesta.

—Vaya, estamos de mal humor —bromeó Sydney, adivinando la causa del enfado de la mujer.

—Es que tenéis la nefasta costumbre de llamar en los momentos más inoportunos —rezongó Janice, mirando con desdén el cuerpo inerte del suelo, sin tratar de disimular en absoluto el hecho de que lo odiaba por haber muerto y haberle estropeado la velada.

—¿Qué pasa, que te hemos interrumpido en pleno ligue? —preguntó la rubia inspectora, intentando disimular la sonrisa que tenía en los labios.

—Sí, por fin consigo que el tipo del departamento de nóminas me invite a salir y ¿qué ocurre? Justo cuando la cosa se está poniendo interesante, suena el maldito busca —dijo, explicando su enfado—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo intentando salir con él y cuánto tiempo llevo sin echar un polvo?

—Demasiado, evidentemente —soltó el sargento Newlie con humor, y la inspectora se echó a reír mientras la otra mujer fulminaba al patrullero con la mirada. Sydney se levantó, recuperando el control de la situación. Ya eran las dos de la mañana y quería irse a casa para dormir un poco antes de empezar su siguiente turno de tarde.

—Bueno, chicos, quiero una visión completa de la zona —le dijo a la fotógrafa de la policía—. Quiero fotos desde todos los ángulos posibles.

La otra mujer asintió y sacó una cámara de la bolsa que llevaba colgada al hombro. Sydney retrocedió para dejar que la mujer hiciera su trabajo, aprovechando el momento para sacar su cuaderno y tomar sus propias notas junto con un sencillo dibujo de la escena.

—Sargento Davis —la llamó una voz desconocida, y se volvió cuando un joven patrullero se acercó a ellos a paso ligero.

—¿Sí?

—Acabo de recibir un mensaje para usted del sargento de guardia Baker. Dice que la teniente Marshall viene de camino.

—Mierda —dijo Sydney, maldiciendo su suerte. Ya era bastante malo que le hubiera tocado otro caso que parecía que se iba a quedar en el tablón en tinta roja. Ya tenía encima al teniente Messington y no necesitaba a otro teniente respirándole en el cuello. Frunció el ceño.

—¿Envían a una teniente por esto? —El sargento Newlie no pudo disimular su sorpresa—. ¿Qué pasa?

—Es el fiscal del distrito —fue la hosca respuesta—. Es año de elecciones y los peces gordos están histéricos. La fiscalía está presionando al jefe de policía y todos sabemos que la mierda va bajando.

Era del dominio público que los que gobernaban la ciudad no estaban contentos con el funcionamiento del cuerpo de policía. Casi todos los días aparecían artículos en el periódico detallando las batallas entre el jefe de policía y el fiscal del distrito, quien aseguraba que la policía no hacía lo suficiente para ayudar a los fiscales. Todo ello había degenerado en una serie de maniobras políticas en las que los dos hombres trataban de conseguir ventaja en el terreno político.

Uno de los peores caballos de batalla había sido la Unidad de Homicidios, cuyo número de casos resueltos en el año anterior había sido pésimo. Como respuesta, el jefe de policía había contratado a una persona de fuera para ocupar la vacante de teniente que había, pasando por encima de las personas del cuerpo cualificadas para ese puesto.

Sydney reflexionó un momento sobre la situación. En el mes que había transcurrido desde que esa mujer se había hecho cargo del segundo grupo de inspectores de homicidios, había conseguido evitar conocer a la nueva teniente. Era consecuencia del mucho trabajo que tenía y de una cuidadosa planificación. Nadie estaba especialmente deseoso de intimar con el nuevo miembro del departamento, pues todo el mundo conocía las propias conexiones políticas de la mujer. Todo el mundo temía por su propia carrera.

Suspiró. Ella misma no tenía la menor ambición política. Había entrado en la policía por la única razón de que deseaba servir a su comunidad de la mejor manera posible. Se había esforzado mucho para entrar en la Unidad de Homicidios y ahora le molestaba el hecho de que podía verse apartada de su puesto por culpa de una desconocida que no sabía nada sobre ella ni, si los rumores eran ciertos, sobre cómo resolver un caso de asesinato.

—Es lógico —dijo el sargento Newlie, interrumpiendo sus reflexiones—. He oído que tiene pensado presentarse a alcalde.

—Sí, y a que no sabes, tiene planeado llegar a ser gobernador algún día —contestó ella, regresando al presente—. Venga, a trabajar, que quiero volver a casa esta noche.


Alex iba conduciendo el coche negro por las calles mojadas por la lluvia. Vio las luces intermitentes de los coches patrulla más adelante e irguió los hombros mentalmente, preparándose para el recibimiento que sabía que iba a tener. Se preguntó, y no era la primera vez, si había sido un error aceptar el puesto en la Unidad de Homicidios.

Suspiró, deteniendo el coche junto a un coche patrulla. Apagó el motor y luego dejó que sus ojos repasaran la escena. Acababa de empezar a llover y las lágrimas del cielo caían en forma de niebla fina que empapaba la tierra en un baño frío. Había pasado tanto tiempo alejada de la ciudad que se había olvidado de la lluvia. Era extraño, pero resultaba que la había echado de menos.

Respiró hondo y sacó las largas piernas del coche. Había vuelto para demostrar algo no sólo a su familia, sino también a sí misma. El jefe de policía le había planteado un desafío y su naturaleza competitiva no le había permitido rechazarlo. Sabía que era una decisión arriesgada, pues todo su futuro dependía de cómo lo hiciera y, a juzgar por el primer mes, lo tenía bien difícil.

Cerró la puerta y se arropó con la guerrera oscura, sintiendo un escalofrío por la espalda cuando la recibió una ráfaga de viento helado. Sabía que el jefe de policía la vigilaba atentamente, controlando su progreso. Le había dado la orden de mejorar el rendimiento general de la Unidad y de mejorar su reputación, pero su actitud negativa hacia los miembros actuales y su trabajo no hacía más que dificultarle a ella la tarea. Sabía que en la Unidad todo el mundo resentía su presencia, y en todo el mes todavía no había visto ni una sola cara amable.

Bueno, no la habían traído para hacer amigos. Le habían encargado que arreglara una Unidad que tenía graves problemas. En estas semanas desde que había tomado las riendas, había dedicado largas horas a revisar los procedimientos de la Unidad y el historial de sus miembros. Ya había localizado algunos puntos débiles y algunas cosas que había que cambiar urgentemente. En las próximas semanas iba a tener que ocuparse de llevar a cabo esos cambios y estaba segura de que la antipatía hacia ella iba a empeorar antes de mejorar.

No la ayudaba nada que los demás tenientes tuvieran en marcha una apuesta sobre cuál iba a ser el turno con el mayor número de casos resueltos. La idea que había detrás de la apuesta era motivadora por un lado, pero ella pensaba que presionaba demasiado a una Unidad que ya tenía exceso de trabajo.

Volvió a tomar aliento y avanzó hacia el punto donde se concentraba toda esta atención policial. Sabía por instinto que su presencia no iba a ser bien recibida, pero estaba decidida a conocer a cada uno de los miembros de la Unidad, con independencia del turno en el que trabajaran. Era una persona justa, y antes de elevar sus recomendaciones quería dar a todo el mundo una oportunidad para demostrar su valía. Esta noche estaba resuelta a conocer a la única mujer que actualmente pertenecía a la Unidad, una mujer que, según le daba la impresión, la había estado evitando a propósito.

Sus labios esbozaron una sonrisa. Si la chica era tan lista como indicaba su historial, entonces hacía bien en alejarse de cualquier cosa remotamente política, y Alex era un carbón ardiente desde el punto de vista político. Todo lo que había oído y leído sobre la joven era positivo, y si tenía razón en lo que suponía, lo único que refrenaba a la inspectora novata era la arcaica red masculina que se negaba a darle la preparación y el apoyo adecuados que le permitirían florecer. Esperaba poder cambiar eso, pero todo dependía de la propia mujer.


Sydney trabajaba sin pausa, siguiendo cada uno de los pasos del procedimiento que se había creado para sí misma al investigar un caso. Durante los seis primeros meses había tenido como compañero a Harry Strong, uno de los inspectores que llevaban más tiempo sirviendo en la Unidad. Este hombre de cuarenta y cinco años tenía una tasa decente de casos resueltos y una ética honrada del trabajo, pero había estado haciendo tiempo para la jubilación, que había entrado en vigor hacía dos meses.

Desde entonces había estado prácticamente sola, acudiendo a los avisos que los demás inspectores no querían. Se encontraba como inspectora al mando más a menudo de lo necesario, y a veces le parecía que no tenía la menor preparación para los casos que recibía. Pero seguía adelante, dispuesta a demostrar su valía como lo hacía con todo.

—Psss, que viene —siseó el sargento Newlie, y Sydney miró al veterano patrullero, quien señaló hacia la izquierda con la cabeza. Volvió los ojos y observó en silencio cuando una figura oscura apareció entre los coches patrulla aparcados y avanzó hacia ellos.

La mujer era alta, de pelo largo y oscuro que le caía sobre los hombros. Era esbelta y se movía con la agilidad de una pantera. Todos los chicos de la Unidad habían comentado la increíble belleza de la mujer, pero Sydney nunca había estado tan cerca de ella como para comprobarlo hasta ahora. Esta noche la menuda inspectora no pudo negar la verdad de lo que decían.

—No te olvides de respirar —dijo el sargento Newlie riendo por lo bajo y dándole un codazo a la rubia, quien salió sobresaltada de su estupor. Se volvió y miró furiosa al hombre, que siguió sonriendo y meneando la cabeza. Ella supo lo que se le estaba pasando por la mente.

—Ni lo pienses —le advirtió, pero él siguió sonriendo y apartó la mirada.

—Buenas noches, teniente Marshall —dijo el sargento, saludando diplomáticamente a la jefa. Llevaba en la policía demasiado tiempo para preocuparse por la política. Él era un mandado y lo que ocurriera en los escalafones superiores rara vez afectaba a su forma de trabajar.

—Buenas noches, sargento... Newlie, ¿verdad? —dijo Alex, saludando con la cabeza al sargento de patrulleros. Tenía por costumbre conocer a todos los patrulleros, pues reconocía la importancia que tenían para la Unidad.

—Sí. —El sargento Newlie se irguió un poco y a Sydney le costó no sonreír burlonamente. Como si percibiera su risa, él la miró con desdén. Era raro que un teniente reconociera a un sargento de patrulleros a menos que hubieran entrenado o trabajado juntos.

—Me parece que no hemos tenido ocasión de presentarnos —continuó Alex, captando un leve resentimiento por parte de la mujer más baja—. Alex Marshall.

—Sargento inspectora Sydney Davis. —La mujer más menuda se vio obligada a estrechar la mano que se le ofrecía, consciente de que no hacerlo sería una ofensa que no se podía permitir, sobre todo cuando peligraba su trabajo en la Unidad. Juntó su pequeña mano a la otra, mucho más grande, y notó de inmediato el fuerte apretón y la piel suave de la mujer más alta.

Por un instante, los ojos azules y los ojos verdes se encontraron y en ese momento dejó de existir cualquier otra cosa fuera del pequeño espacio que ocupaban. Fue como si el mundo entero hubiera dejado de moverse. Ninguna de las dos mujeres se daba cuenta de que seguían estrechándose la mano.

Sydney sintió que se quedaba sin aire en los pulmones. Se quedó mirando los ojos más azules que había visto en su vida y por un momento fue como si cayera en sus profundidades hasta el alma misma de esta mujer. El corazón le latía desbocado en el pecho.

Es ella. La inesperada idea cruzó de golpe el cerebro de la mujer más alta y como respuesta retiró la mano y se la metió en el bolsillo de los pantalones. El corazón le palpitaba de una forma que jamás había experimentado. Desvió su atención al cuerpo tirado en el suelo, desconcertada por esta extraña reacción física.

—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —Alex desechó esa idea provocativa, decidiendo que lo mejor que podía hacer era actuar de una forma totalmente profesional.

—Varón asiático, veintipocos años, muerto de un disparo de lo que probablemente era una escopeta del calibre 12. —Sydney recitó lo que sabía, volviendo a concentrarse en la víctima del suelo.

—¿Algún sospechoso?

—Por ahora ninguno. —La inspectora rubia meneó la cabeza.

—¿Alguna relación con bandas?

—Demasiado pronto para saberlo —dijo Sydney con precaución, sin querer comprometerse a nada por el momento, pues aún no sabía qué era lo que estaban viendo.

—Vamos, alguna opinión tendrá —la desafió la mujer más alta, y por un instante las dos mujeres volvieron a mirarse.

—Ahh, sí. —La mujer más menuda se sintió de repente nerviosísima, y apartó la mirada de los ojos de la otra mujer y volvió a fijarse en el cadáver. Era la única forma que tenía de mantener la concentración—. Lo que yo creo es que pertenece a una banda.

—¿Pero éste no es su territorio? —dijo la teniente, y Sydney miró bruscamente a la mujer alta. Tenía que reconocer que la morena era astuta.

—No.

—¿Entonces qué hace aquí? —preguntó Alex, presionando a la mujer para oír sus ideas, sin apartar los ojos azules de la cara de la otra y oyendo de nuevo el leve eco de una idea anterior que resonaba en su cerebro.

La mujer menuda era más atractiva de lo que había imaginado la teniente, con largo pelo rubio que ahora llevaba recogido en una pulcra trenza que le caía por la espalda de su cazadora de cuero negro. Era de constitución delgada, pero el apretón al estrecharle la mano indicaba una fuerza oculta. Eran los ojos de esa cara en forma de corazón los que le habían llamado la atención, pues eran de color verde esmeralda y en ellos había una chispa que hacía pensar a la mujer más alta que a su acompañante le encantaba reír.

—No sé, pero creo que probablemente era un mensaje para los pandilleros que controlan este territorio. —Sydney respiró hondo y decidió arriesgarse—. Es como una especie de ofrenda de paz si una banda no quiere empezar una guerra. Hace unas semanas un Sangre llamado Hootie resultó muerto en una pelea durante un concierto. En ese momento nadie sabía quién lo había hecho, pero se sospechaba que el asesino era un tal Phu Vang Tu, un matón relacionado con una pequeña banda vietnamita que se ha separado del núcleo del centro de la ciudad.

—Y usted piensa que cuando se comprueben las huellas de este pobre tipo descubriremos que no es otro que Phu Vang Tu —dijo la otra mujer, completando sus ideas.

—Sí —asintió la mujer menuda, con más seguridad—. Es un gesto de cortesía, cuando una banda ofende a otra y no desea empezar una guerra, sacrifican a los suyos para conservar la paz. Es una señal. Yo creo que Phu Vang Tu iba un poco por libre y no merecía la pena empezar una guerra por su causa.

Alex asintió en silencio mientras repasaba las ideas de la rubia. A Sydney Davis se la consideraba como una pequeña experta en asuntos de bandas y por eso la teniente confiaba en el instinto de la mujer. Se volvió a su pequeña acompañante y le dedicó una rara sonrisa.

—Buen trabajo —dijo, y volvió a contemplar la escena, consciente de que el médico forense estaba esperando para llevarse el cuerpo—. Ya veo que lo tienen todo controlado. Que pasen buena noche, sargentos.

Sin decir nada más, la mujer alta se dio la vuelta y regresó a su propio coche de policía camuflado. Sydney se la quedó mirando mientras se alejaba, sin darse cuenta de que se había quedado con la boca abierta hasta que intervino Newlie.

—Ya puedes cerrar la boca —dijo, riéndose entre dientes por un chiste privado.

—¿De qué te ríes? —Volvió la cabeza y le clavó una mirada fulminante.

—De nada. —El hombre meneó la cabeza y siguió riéndose mientras se alejaba.

Sydney frunció el ceño y volvió a mirar en la dirección por donde había desaparecido la mujer más alta. Lo cierto era que el encuentro había ido mejor de lo que se esperaba, aunque no sabía muy bien qué pensar de la mujer. Se quedó mirando mientras el coche oscuro se apartaba de la acera y se alejaba calle abajo, y luego volvió a concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Hizo un gesto al forense y el hombre se adelantó de inmediato para reclamar el cuerpo.

Ya casi amanecía cuando Sydney por fin estuvo segura de que había sacado todo lo posible del lugar del crimen. Habían interrogado por toda la calle y, como esperaba, no había testigos. No era infrecuente que la gente no quisiera implicarse, sobre todo en esta parte de la ciudad. A veces el silencio suponía salvar la propia vida y no podía echárselo en cara, aunque muchos de sus compañeros inspectores opinaban otra cosa.

Ya estaba entrada la mañana cuando por fin cayó en la cama, consciente de que sólo tenía tiempo para unas pocas horas de sueño antes de que sonara el despertador. Pero había aprendido a aceptar las pocas horas con las que contaba, pues sabía que había días en los que podría dormir más.


Alex miraba por la ventana del despacho del capitán, observando en silencio lo que ocurría en la sala al otro lado de la estancia aislada. Observaba a los inspectores moverse a su propio ritmo. Oía los teléfonos que sonaban incesantemente. Libraban una batalla constante, y aunque a veces parecía que iban perdiendo, tenían la esperanza de conseguir al menos unas cuantas victorias. Por un instante, sus ojos se clavaron en la figura esbelta de la joven que había conocido la noche antes.

Según el registro de entrada, Sydney Davis no había dejado el lugar del crimen hasta las cinco y media de esa mañana. El personal de guardia había presentado su papeleo a las nueve, lo cual quería decir que la mujer no había tenido más que unas pocas horas de descanso desde entonces y hasta el momento de entrar de servicio, cosa que había hecho apenas media hora antes. A pesar de la evidente falta de sueño, la mujer más joven parecía descansada y dispuesta a empezar otro día. Estrechó los ojos.

—¿Qué pasa con Sydney Davis? —preguntó, sin molestarse en darse la vuelta.

El capitán Carner levantó la vista de los papeles que tenía en la mesa para mirar la espalda de la mujer alta que ahora ocupaba espacio en su despacho. Miró por la ventana sorteando su esbelta figura hacia el punto donde la otra mujer estaba trabajando en una mesa situada al fondo de la sala.

—¿Por qué? —quiso saber, y la mujer se volvió despacio, se apoyó en el estante, se cruzó de brazos y lo miró.

—Anoche acudí a un aviso del que se estaba ocupando —dijo Alex con indiferencia—. Es una novata, lleva apenas nueve meses en la Unidad. ¿Por qué acude a los avisos ella sola?

El capitán se movió incómodo. Sabía que iba a tener que responder a muchas preguntas difíciles. El jefe de policía no se había andado con rodeos. Su departamento era un desastre y Alex Marshall era la persona contratada para arreglarlo. Eso quería decir que estaba obligado a cooperar o se arriesgaba a perder su puesto y en este momento de su carrera eso supondría la jubilación anticipada. No por primera vez, deseó volver a aquellos tiempos en que no era más que un agente de uniforme normal y corriente, patrullando las calles lejos del politiqueo y la basura que ahora hacían que su trabajo resultara casi imposible de llevar a cabo.

—Por si no lo ha notado, estamos más que escasos de personal y con nuestro presupuesto no podemos permitirnos traer a alguien nuevo hasta el próximo año fiscal —respondió, con mayor brusquedad de la que pretendía. Si su tono de voz afectaba en algo a la mujer, ésta no lo demostró, pues siguió mirándolo con la misma expresión estoica.

—Eso no es excusa —dijo, sin aceptar su razonamiento—. Según los informes, se ha estado ocupando de muchos casos ella sola. ¿Hay alguna razón concreta para eso?

Una vez más, el capitán se agitó incómodo. Detestaba meterse en los asuntos personales de sus agentes, pero parecía que esta mujer no estaba dispuesta a dejar las cosas en paz. Los otros lo habían advertido de que era tenaz, y ahora veía un ejemplo de ello. Aunque de puertas para afuera él era su superior, sabía que en realidad era ella la que ahora estaba al mando.

—Venga, ya ha leído su historial. —Intentó no hacer caso de lo evidente.

—Sí, pero quiero que usted me cuente lo que no aparece en el historial —le contestó la mujer, y él levantó la mirada y descubrió que esos ojos azules que le habían llamado la atención desde el principio eran ahora dos pálidas rendijas.

—Sydney Davis era una gamberra callejera antes de entrar en la policía. —Soltó los datos que no había conocido hasta que fue destinada a la Unidad—. Se relacionaba con las mismas bandas que envían continuamente cadáveres a la oficina del forense.

—No puede haber sido tan mala, a fin de cuentas no se pueden tener antecedentes criminales si se quiere entrar en una de las academias —dijo Alex, claramente interesada.

—La pillaron como menor con varias acusaciones, pero siempre fue lo bastante lista como para librarse de ellas —reconoció él—. Después de cumplir la mayoría de edad, no conseguimos acusarla de nada. No había motivos para no aceptarla en la academia.

—¿Pero usted cree que sigue relacionándose con las bandas? —Era una pregunta peligrosa. Una pregunta que se vio obligado a responder con sinceridad.

—No, siempre ha sido buena policía —reconoció de mala gana—. Pero se ha corrido la voz sobre su historia. Se habla en la calle y más de un agente se ha negado a trabajar con ella a causa de las insinuaciones. Asuntos Internos la vigila de cerca para asegurarse de que no la caga y a algunos de los demás no les gusta recibir tanta atención.

—¿Qué pasa, es que tienen miedo de que los pillen con las manos sucias? —La pregunta estaba ahí, pero la intención no era que respondiera y el capitán lo sabía.

Alex se quedó mirando al hombre y vio a una persona que estaba llegando a la flor de la vida, pero que parecía mayor de lo que era. Sabía que el capitán era parte del problema al que se enfrentaba la Unidad, pero había sido nombrado por el jefe de policía anterior antes de ser elegido alcalde, un hombre que se negaba a reconocer que había sido un error. Ella tenía la delicada tarea de volver a dar forma al equipo sin agitar mucho las aguas.

—Escuche, Carner —dijo, enderezándose y directa al grano. Era conocida por su franqueza y así se mostró ahora—. Llevo aquí un mes y lo que veo es un desastre de departamento. Tiene gente buena, pero están desperdiciando su talento, así que podemos hacerlo de dos maneras. Usted puede ayudarme y de paso salvar su propio pellejo o puede hacerme la vida imposible y ponerme las cosas difíciles. Pero deje que le recuerde que me han traído aquí para hacer un trabajo y que tengo los huevos necesarios para hacerlo. No debo mi lealtad a nadie y me da igual quién caiga bajo el hacha. Lo que le pase a usted me importa un bledo, usted decide.

El capitán se quedó en silencio. Sabía que era un ultimátum, y al mirar ahora a la mujer supo que enfrentarse a ella le supondría la ruina. No podía vencerla, y ponerle obstáculos en el camino cuando contaba con el apoyo del jefe de policía era un suicidio profesional. Suspiró, acomodándose en la silla con aire derrotado.

—¿Qué es lo que quiere?

—Quiero mezclar los grupos —respondió sin vacilar—. Lo que he notado sobre todo es que hay mucha tensión entre diversas parejas. Estos inspectores deben trabajar juntos, no unos contra otros. Me gusta que compitan, pero eso se ha convertido en la motivación principal de la Unidad y ha acabado con cualquier tipo de cooperación.

El hombre no podía discutir sus impresiones. Él se había dado cuenta de las mismas cosas, pero no había sido capaz de cambiarlas sin enfrentarse a sus tenientes, cosa que había tenido la esperanza de evitar. Ahora se daba cuenta de que iba a ser imposible. Asintió sin decir nada y siguió escuchando.


—Oye, Davis, ¿te has enterado de la noticia? —anunció alegremente un hombre de pelo rojo corto y rizado que se abalanzó sobre su mesa y se sentó en un borde.

—¿El qué? —Sydney apartó la vista distraída del papel que estaba leyendo. El informe del forense acababa de llegar y, como había sospechado, la víctima de su caso más reciente era un tal Phu Vang Tu. Las huellas dactilares lo habían identificado.

—Que te marchas. —El hombre sonrió provocativamente.

—¿Qué? —Se irguió en la silla, con un miedo horrible atenazándole las entrañas. Sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Le encantaba la Unidad de Homicidios y deseaba desesperadamente seguir perteneciendo a ella. No quería trasladarse a otro departamento—. ¿Dónde me envían?

—Pasillo adelante al Segundo Grupo. —Vance Waylins se echó a reír, y por un instante a la mujer menuda le dieron ganas de pegar un puñetazo a su colega. Éste se dio cuenta de que su broma le había sentado mal—. Lo siento, cariño, pero me he enterado por Irving. La nueva teniente te quiere en su equipo y está dispuesta a cambiar a Demco por ti.

—Seguro que Messington ha dado saltos de alegría —dijo ella con sarcasmo. No había una buena relación entre el teniente y ella.

Al teniente Messington no le había hecho gracia tenerla en su grupo desde el principio y no había hecho nada para fomentar su formación como miembro del mismo. Había sido más duro con ella que con los demás miembros y ella había sabido al instante que se debía a que era una mujer y, por lo tanto, el eslabón débil de su equipo.

Steve Demco, por otro lado, era un buen inspector con un buen historial de casos resueltos. Además, su tasa de casos resueltos pasaría automáticamente al tablón del Primer Grupo, mientras que la de ella pasaría al Segundo Grupo. Evidentemente, a la nueva teniente no parecía preocuparle perder la apuesta.

Como si respondiera a sus pensamientos, el teniente Messington abrió la puerta de su despacho y ladró su nombre. Ella miró a su colega y decidió que él iba a ser el único motivo por el que iba a echar de menos trabajar con el Primer Grupo. Cerró la puerta del despacho del teniente, consciente de que estaba detrás de su mesa esperando con impaciencia.

—Han llegado órdenes de las altas instancias —dijo el hombre alto y rubio sin más preámbulos, tirando un papel sobre la mesa para que lo viera—. La nueva teniente del Segundo Grupo parece haberse encaprichado con usted y la quiere en su equipo. No puedo decir que vaya a echarla de menos.

—El sentimiento es mutuo —contestó ella con brusquedad, pues había aprendido a no aguantarle esa actitud. El hombre ladraba mucho, pero ella sabía que no había conseguido hacer nada para librarse de ella, aunque lo había intentado en numerosas ocasiones.

David Messington pertenecía todavía a la vieja escuela que creía que las mujeres no tenían sitio en la policía y el jefe se había empeñado en que hubiera por lo menos una mujer en cada unidad del departamento. Eso la convertía a ella en el miembro representativo para Homicidios.

El hombre sonrió. A pesar de su hosco comportamiento, sentía un curioso aprecio por esta mujer menuda. Era una luchadora y eso le producía admiración, pero daba mucho trabajo y la habían ascendido por delante de otras personas más cualificadas. Ese ascenso había provocado un profundo resentimiento entre las filas y él simpatizaba con sus sentimientos.

—Sí, bueno, me han dicho que la deje libre dos días y que se presente a su nueva teniente el lunes por la mañana bien temprano —dijo, y ella asintió, controlando la sensación de felicidad que tenía por este traslado. Como si notara su alegría, él hizo todo lo posible por aguarle la fiesta. Esperó a que tuviera la mano en la puerta antes de hablar—. Yo no saldría aún a celebrar su buena suerte. Marshall es muy dura y no va a pasarle cosas como he hecho yo. Usted ya no es la única mujer que hay aquí, así que se puede prescindir de usted. Que tenga un buen día.

Sydney no dejó que le calaran sus palabras hasta mucho más tarde. Al principio había visto el traslado como algo positivo, pero ahora no estaba del todo segura. Se había acostumbrado a trabajar con la tensión del mando del teniente Messington, conocía al hombre y sabía qué esperar. La nueva teniente era un completo enigma. A pesar de esto, intentó alegrarse por todo el asunto y salió esa noche del trabajo dispuesta a salir unos días de la ciudad. Quería estar relajada para cuando empezara su nuevo turno el lunes por la mañana.


Alex se reclinó en el sofá y cerró los ojos, recreándose en el silencio del piso que la rodeaba. Abrió un ojo y vio que ya eran las cinco y media y que sus padres la esperaban a cenar a las siete.

Quería evitar esta velada como lo había hecho con tantas otras invitaciones, pero lo cierto era que se había quedado sin excusas. Cancelar ahora sin duda les haría pensar que no quería verlos. Suspiró y volvió a cerrar los ojos, incapaz de evitar preguntarse qué estaría haciendo ahora cierta inspectora rubia.

Mierda, estás obsesionada, se reprendió furiosa. Habían pasado días y todavía no lograba dejar de pensar en la otra mujer. Sabía que era una idea ridícula. No creía en el amor a primera vista. Eso era algo inventado por los escritores y los cuentistas. No existía en la vida real. Sacudió la cabeza con fuerza como para desprenderse de esa idea y se levantó de un salto.

Había estado en el despacho hasta primeras horas de la tarde y, como no tenía ganas de quedarse en su piso vacío, se había ido a correr, lo cual contribuyó a despejarle la cabeza y librarla de parte de la tensión que sentía. No necesitaba recuperarla de nuevo ahora pensando en la otra mujer. Distraída, se concentró en su familia, preguntándose si esta noche asistirían sus hermanos.

Se quitó el chándal y se metió en la ducha, donde se quedó largo rato bajo la cascada refrescante, relajando los músculos doloridos. Casi podía coreografiar la velada. Si sus padres estaban tramando lo de siempre, cenarían agradablemente hablando de lo bien que iba el bufete legal de su padre. Luego, con el postre, intentarían convencerla suavemente para que dejara la policía y entrara a formar parte del bufete de la familia. Era una oferta que muchos aceptarían sin dudar, pero que ella rechazaría cortésmente como ya había hecho en numerosas ocasiones anteriores.

No había nada malo en formar parte del bufete de su padre, y eso le daría la oportunidad de emplear la licenciatura en derecho que se había sacado con tanto esfuerzo mientras estaba en la policía. No, todavía no me interesa asentarme. Les diría que tal vez dentro de unos años y eso los tendría contentos durante un tiempo.

Se lavó el largo pelo oscuro y luego se lo aclaró. Una vez tratado ese tema, pasarían a su segundo tema preferido. ¿Cuándo te vas a casar?, ya oía preguntar a su madre. Nunca, respondería ella por enésima vez y luego les recordaría delicadamente lo que le interesaba de verdad. Por supuesto, ellos dirían que estaba atravesando una fase.

Suspiró. Bueno, ya había probado de la forma normal. Incluso se había prometido en matrimonio, pero por fortuna se había dado cuenta de su error antes de que fuera demasiado tarde. Aunque hacía pocos años que había reconocido su sexualidad, sabía que no era una fase. Al pensar eso, en su cabeza apareció la imagen de la menuda inspectora rubia y, resignada, se permitió pensar en la otra mujer durante unos minutos.

No podía negar que había sentido una atracción instantánea por la menuda inspectora, pero había dos factores muy importantes en contra de cualquier relación con ella. El primero, por supuesto, era que no tenía ni la menor idea de por dónde iban los intereses de la mujer, pero, lo que era más importante, ahora era la jefa de la mujer.

Pues mejor, suspiró, cerrando el agua, saliendo de la ducha y envolviéndose el cuerpo esbelto con una toalla. Tengo que concentrarme en mi trabajo. Ahora mismo no me hacen falta más complicaciones en mi vida. Y sabía que la mujer sería una complicación.

El trayecto hasta Forest Bay, donde vivían sus padres, fue tranquilo y sin demasiado tráfico. Se alegró de ver que sus hermanos también habían sido invitados, pues hacía mucho tiempo que no los veía. Además, sabía que sus padres no dirían nada delante de ellos.

Como siempre, fue una velada agradable, y Alex disfrutó de la oportunidad de volver a relacionarse con sus sobrinos, a los que, como había vivido en Chicago hasta hacía pocos meses, no conocía muy bien. También se alegró de volver a ver a Christie, una vieja amiga de la universidad que había acabado casándose con su hermano.

—Te hemos echado de menos —dijo de corazón la mujer rubia, abrazando a su alta y morena cuñada—. Kim nos lleva dando la lata sobre ti desde que nos enteramos de que habías vuelto a Seattle.

—Sí, ya me ha regañado por no pasarme a veros. —Alex se rió por lo bajo, recordando con afecto la delicada regañina que le había echado su sobrina preferida poco antes.

—Bueno, no sé por qué, pero te adora —dijo la otra mujer con un ligero tono burlón—. Se cree que eres una especie de heroína. Y lo peor es que Andrew la anima.

—Ojalá no lo hiciera —dijo la mujer más alta algo incómoda—. Eso sólo empeorará las cosas cuando conozca la verdad.

—La verdad. —Christie sonrió con aire burlón—. Para ella, jamás podrás hacer nada mal.

Alex se sonrojó. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta del cariño que le tenía su sobrina, y no conseguía averiguar qué había hecho para ganarse tal adoración. Al principio se sentía cortada por ello, pero con el tiempo había llegado a aceptar el afecto, que correspondía plenamente. Al fin y al cabo, la niña era una cría encantadora y atenta.

—En realidad, todo el mundo se preguntaba por qué has estado evitando a la familia —dijo la rubia, porque eran amigas desde hacía tanto tiempo que podían ser francas la una con la otra. Alex volvió a ponerse colorada.

—Estaba ocupada adaptándome a mi nuevo trabajo y al piso —dijo la morena vagamente, sin mirar a la otra mujer.

—Mentirosa —bufó Christie, y luego decidió ser sincera—. A mamá y papá les ha dolido mucho.

Alex respiró hondo y miró con timidez al otro lado de la habitación donde estaban sentados sus padres hablando con sus otros hermanos. Sabía que lo que había hecho probablemente había herido a sus padres, pero de todas formas no había querido verlos. Suspiró.

—Supongo que quería evitar las preguntas de siempre —reconoció de mala gana—. Estoy harta de defender mi vida ante ellos. Es muy duro.

—Lo sé —asintió Christie—, pero no lo hagas más duro manteniéndote apartada. Si te molesta, díselo. Tienen que saberlo.

Alex sabía que su cuñada tenía razón. Sus padres no se merecían un trato como el que les estaba dando. Sabía que podía ser peor, porque en su mayor parte habían apoyado todo lo que había hecho. Por esa razón, se quedó hasta que todos los demás se marcharon.

—Qué bien que hayas venido —dijo Marie con cautela, preocupada por si ofendía a su alta hija. No habían tenido ocasión de estar a solas en toda la velada y la mujer de más edad sospechaba que la chica los había estado esquivando a propósito.

—Siento haber tardado tanto —dijo la mujer más joven—, pero he estado muy ocupada adaptándome a mi trabajo y arreglando mi piso.

—Podrías haberte venido a vivir aquí —dijo la mujer de más edad, pero la joven sacudió la cabeza.

—Mamá, tengo más de treinta años. Tengo que vivir mi propia vida.

—Sí —asintió su padre solemnemente, echando una mirada a su mujer antes de seguir—. A veces se nos olvida. Es difícil para unos padres reconocer que su hija pequeña ya es adulta y no los necesita.

—Yo siempre os necesitaré, papá —protestó Alex—. Pero es que también necesito vivir mi vida a mi manera.

—Lo comprendemos —asintió Warren, alargando la mano para coger la de su mujer—. Por eso hemos decidido no seguir interrogándote más sobre lo que haces. Nos cuesta dejarlo, pero estamos decididos a esforzarnos y aceptar la vida que has elegido. No queremos perderte.

—No me vais a perder...

—¿No? ¿Entonces por qué has tardado dos meses en venir a vernos? —preguntó Marie con intención, y la mujer más joven se puso colorada, mirándose las manos que tenía recogidas en el regazo. La mujer de más edad alargó la mano y se las apretó con cariño—. Sabemos que nos has estado evitando y por fin hemos comprendido por qué. Te pedimos disculpas. Nunca hemos querido hacerte daño.

—Lo sé —dijo Alex en voz baja—. Yo tampoco he querido haceros daño a vosotros.

—Bien —dijo Warren con firmeza, dando por terminada la conversación—. Pues a partir de esta noche, empezamos de nuevo.

Estuvieron hablando un poco más, y Alex se marchó de la casa de sus padres esa noche maravillada de que la velada hubiera salido mejor de lo que se esperaba. Se preguntó por qué no había tenido el valor de hablar antes con sus padres del asunto y se dio cuenta de que era porque en muchos aspectos era una cobarde emocional.

¿No es ésa la razón de que nunca hayas podido mantener una relación?, se preguntó a sí misma con toda franqueza, y luego tuvo que reconocer que, efectivamente, ésa era la razón. Nunca había estado dispuesta a sentir el dolor que implicaba establecer una relación permanente con alguien.

Suspiró, pensando una vez más que lo más fácil en su trabajo era mantenerse sin ataduras. Era menos complicado y evitaba preguntas innecesarias. Nunca había querido que la encasillaran en un estereotipo, y tal vez por eso no había reconocido su orientación sexual durante tanto tiempo, aunque se había dado cuenta de la verdad muchos años antes. Tal vez ésa era incluso la razón de que se hubiera comprometido con un hombre que apenas le gustaba. Desde luego, eso había acabado con cualquier rumor sobre su orientación sexual.

Si fueras sincera, reconocerías que ésa fue la única razón de que te comprometieras. Sí, asintió en silencio. Ésa había sido la única razón. Nunca había tenido intención de casarse con Barry. Lo había usado, pero sólo sintió una leve punzada de culpabilidad, pues sabía que el hombre se había dejado usar.

Sacudió la cabeza y se concentró en la carretera.

Di la verdad. Has entrado en el Cuerpo de Policía de Seattle para estar más cerca de tu familia y para intentar encontrar lo que sabes que falta en tu vida. Era la verdad, y la decisión se había producido tras una amarga pelea con una ex amante, una mujer con la que había entablado una relación, pero a quien no había dedicado la menor energía emocional. La ruptura fue dura y las frías palabras que habían terminado la relación la hicieron pensar. Si había una cosa que agradecía de la relación era que la mujer le había abierto los ojos a unas cuantas verdades.

Sin embargo, no sabía por dónde empezar, y cada vez que se ponía a pensar en cómo cambiar, volvía a ese mismo estado frío y sin emociones que le resultaba cómodo. Un estado en el que podía evitar sentir dolor. Con cada persona que conocía, encontraba un motivo para no entablar una relación.

Había evitado a sus padres casi por la misma razón. Era más fácil no verlos que ver el daño que negaban, pero que no eran capaces de disimular.

Bueno, esta noche tal vez eso haya cambiado. Intentó ser positiva. Lo cierto era que el recibimiento de sus padres no había sido como se esperaba, y si creía lo que habían dicho, entonces sabía que estaban intentando cambiar de verdad. Si ellos hacían un esfuerzo, entonces era evidente que a ella le correspondía intentarlo también, aunque sabía que no iba a ser tan sencillo como pedir un deseo. Por alguna razón, la imagen de cierta rubia volvió a surgir en su cabeza, haciéndole compañía durante el resto del trayecto a casa.


PARTE 2


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