Cupido

SX Meagher y Anne Brisk




Título original: Cupid. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


El nivel de decibelios en Futuros había alcanzado nuevas cotas este jueves por la tarde. Las tres y cuarto de la tarde habría sido algo temprano para empezar con la hora feliz en la mayoría de los bares, pero aquí no. La Cámara de Comercio de Chicago estaba justo al lado y la mayoría de su progenie acudía corriendo en cuanto sonaba la campana de cierre.

El gentío que atestaba el bar estaba formado por agentes de bolsa, agentes comerciales, corredores, analistas de mercado y algún que otro profesor, que era el otro tipo de profesional que salía del trabajo a esta hora.

Aunque hacía una tarde soleada y clara, la luz no llegaba al interior del bar. Había postigos de madera en las pequeñas ventanas y estaban cerrados a cal y canto, impidiendo que los clientes se diesen cuenta de que estaban desperdiciando una preciosa tarde de Chicago.

Todos los que llenaban el local ya habían estado allí antes, la mayoría de ellos a diario. Y casi todos ellos estaban todavía en ese punto especial en el que te parece que todavía estás con la primera copa, aunque te hayas tomado tres. Tienes mejor aspecto, cuentas mejor los chistes, cantas mejor y las mujeres te adoran, sobre todo las camareras.

En un gran reservado del rincón estaban sentados seis jóvenes ejecutivos, inteligentes y relucientes. Se habían apoderado de ese espacio nada más inaugurarse Futuros, siete años antes, y ahora el reservado era suyo, aunque llegaran un poco tarde a la fiesta.

Lo primero que llamaba la atención al mirar a este grupo era la animada rubia sentada en el centro, flanqueada por cinco hombres. Estaba claro que esta rubia en concreto no era la secretaria o la ayudante administrativa. En realidad, era más uno de los chicos que los propios chicos.

—Katie, guapetona, ¿qué pasa con el partido inaugural? ¿Tienes entradas?

—Tengo dos —contestó Kate—. Estoy intentando conseguir más, pero ni se te ocurra pretender ir conmigo, Alan. Emma y yo hemos asistido a siete partidos inaugurales seguidos y ahora no voy a romper la racha.

—Jo, hace que no veo a Emma... ¿cuánto? ¿Tres años? —dijo Alan—. Sigo sin creerme que te deje pasar el rato con nosotros. Ya se debe de haber olvidado de lo que es nadar con los tiburones.

Kate soltó una risotada.

—Emma no me "deja" hacer nada, Al, y sabe lo que es jugar duro. Simplemente decidió que ya no aguantaba los pelotazos. —Sus ojos soltaban chispas al contestar y los chicos se dieron cuenta de que se trataba de un tema con el que no iban a avanzar mucho.

Era una joven guapa, terca, inteligente, de ingenio y lengua afilados y empeñada en alcanzar el éxito en todo lo que hacía. Tenía su propia opinión sobre el tema de que Emma hubiera abandonado el negocio, pero jamás la compartiría con los chicos.

Rodney, relativamente nuevo en el grupo, preguntó:

—¿A qué se dedica ahora tu novia?

—Es asistente social —dijo Kate—. Trabaja en un refugio de mujeres maltratadas.

—¡No se lo digas a mi mujer! —exclamó Jack, logrando hacer reír a todos con la broma.

—¡Oh, por favor! ¡Sheila te podría poner a ti la cara del revés, caguica! —dijo Marty—. Serías tú el que se presentaría en medio de la noche con un ojo morado, pidiendo un catre y un trozo de pan.

—Emma dice que muchos hombres sufren malos tratos en casa —dijo Kate—. Pero los refugios no los acogen.

—Un tío que se deja pegar por su mujer es que se lo merece —dijo Jack, esforzándose por recuperar su machismo imaginario.

—Siempre conviene echar un pulso antes de casarse, chicos —les advirtió Kate—. Si ella os gana dos de tres, más vale que os busquéis a otra.

—¿Quién no puede ganar a una mujer echando un pulso? —preguntó Rodney.

Cuatro carteras salieron disparadas de cuatro chaquetas de traje.

—Van doscientos por Kate —dijo Marty, sacando unos cuantos billetes de cincuenta.


Emma salió del ferrocarril urbano y recorrió a pie las pocas manzanas que había hasta su casa. Estaba oscuro y una de las farolas estaba rota, por lo que la manzana, normalmente acogedora, parecía un poco siniestra. Cuando llegó a casa, se tranquilizó y se sintió sorprendentemente feliz de ver la cálida luz dorada que salía del estudio. Oh, bien. Está en casa.

Cuando abrió la puerta, oyó la voz de Kate.

—Hola. Estoy en el estudio.

—Ahí es donde me imaginaba que estarías. —Emma colgó el abrigo en el perchero de la entrada y dejó el maletín en el suelo. Al llegar donde estaba su compañera, ya se había quitado los zapatos y se había desabrochado la falda—. ¿Qué tal? —preguntó, dándole un beso en la cabeza—. ¿Queda algo de comer?

—Sí. He traído comida china. ¿Quieres que te la caliente mientras te cambias?

—Es la mejor propuesta que he tenido en todo el día. —Se inclinó y olisqueó el vaso que estaba en la mesa—. Sírveme un vaso de eso también. Huele genial.

—Está genial. Va muy bien con los won-tons picantes.

—Ahora mismo bajo.

Kate se levantó cuando su compañera salía de la habitación.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, es que tengo algunas cosas en la cabeza. Ya sabes.

Dándole una palmadita en la espalda, Kate dijo:

—Te sentirás mejor cuando te tomes un par de copas.


Emma se sentó en su butaca preferida y se terminó el vino que había acompañado muy bien a su cena.

—¿Qué estamos viendo?

—Nada, en realidad. Estaba leyendo. Sólo tenía la tele puesta como ruido de fondo. La casa me da un poco de miedo cuando hay demasiado silencio.

—Sabes, yo he tenido un poco de miedo cuando venía andando a casa desde el tren. Una de las farolas estaba fundida y nuestra manzana parecía un poco... no sé. —Se estremeció y dijo—: Trabajar en el refugio me hace ver lo peligroso que puede ser el mundo para las mujeres.

Kate le enseñó el periódico que estaba leyendo a su compañera, agitándolo.

—¿Es que no lees las noticias? El mundo es peligroso para todos. Las mujeres no se llevan la palma en ese terreno.

—Eso ya lo sé. Pero cuando ves el miedo que tienen algunas de estas mujeres y sus críos... Me he pasado todo el día hablando con una mujer que ya ha estado en el refugio tres veces. Por muy mal que la trate su marido, no tiene valor para dejarlo. Se me parte el corazón.

—¿Tiene hijos?

—Mmm. Dos. La mayor lo está pasando muy mal. Tiene miedo del padre, pero también lo quiere.

Kate dejó el periódico a un lado e hizo una mueca.

—A mí me cabrea saber que en algún momento todos vamos a acabar pagando por esos críos. Acabarán viviendo de la asistencia social o en la cárcel o dependiendo del estado para algún otro tipo de ayuda.

Emma había oído las opiniones de su compañera sobre este tema tantas veces que el resto de la conversación no era necesario.

—A las mujeres les cuesta marcharse, Kate. Ya sé que tú no estás de acuerdo, pero es difícil.

—Las mujeres tienen que pensar más en sus hijos que en los gilipollas de sus maridos —rezongó Kate—. Todo esto me saca de quicio.

—Ya lo sé. —Se levantó para ir a la cocina a coger la botella de vino—. A mí también me saca de quicio, pero las soluciones no son tan sencillas como tú crees.

Kate le dijo cuando salía:

—Tampoco son tan complejas como tú crees. Puedes pasarte el resto de tu vida haciendo esto, pero jamás lograrás abrir brecha. Algunas personas han nacido para ser víctimas.


Kate iba zumbando a ciento diez por la autopista estatal, azuzada más que nada por el nudo que tenía en el estómago. No iba a reconocer que lo tenía, pero ahí estaba, como siempre que se veía obligada a visitar a su familia. Lo de la obligación era imaginario, pero el nudo era real.

Emma, tomando prestado un dicho popular, sentía el dolor de Kate. Pero sabía que tenía tantas posibilidades de solucionarlo como de volar.

—Oye, Kate, ¿quieres aflojar un poco?

—¿Cómo? ¿Es que no ardes en deseos de llegar a casa de mis padres?

Emma no picó el anzuelo. Se daba cuenta, a pesar de lo que indicaba el cuentakilómetros, de que era Kate la que no tenía ninguna prisa por llegar a su destino.


Kate subió por el camino de entrada de la casa de sus padres y sonrió a Emma.

—¿Preparada para la tortura?

Emma le apretó el brazo un momento.

—Sé que es duro, pero me tienes aquí.

—Con eso y el armario de las bebidas, podré superar el día.

Hace cinco años, con mi apoyo te habría bastado. Guardándose sus pensamientos, Emma le sonrió a su vez.


La puerta del garaje estaba abierta, de modo que entraron. Cuando iban por el pasillo cubierto, se encontraron con el padre de Kate.

—Hola, papá —dijo ésta.

—Ah, hola, chicas. ¿Acabáis de llegar? Iba a buscar una cerveza. ¿Queréis una?

—Muy bien. ¿Em?

—Mm... no, no me apetece. Gracias, Don.

—Pues muy bien, tú misma. Venga, Kate, que te abro una.

Emma dejó que Don pasara apretadamente a su lado y Kate lo siguió de vuelta al garaje. Se quedó sola para enfrentarse a Doris. Entró en la cocina y vio a la madre de Kate junto a los fuegos.

—Hola, Doris.

Daba igual cuántas veces visitara Emma a los padres de Kate, siempre se quedaba pasmada por la intensidad del disgusto que era capaz de transmitir Doris al verla.

—Vaya, ya creíamos que no ibais a llegar. ¿Dónde está Kate?

Emma no tuvo ocasión de responder porque en ese momento entró Kate con la cerveza que le había dado su padre en la mano. Ambas mujeres oyeron el "tsss" que Doris creía inaudible.

—¿Tan temprano?

—Hola, mamá. Feliz Domingo de Resurrección. —Después de darle un beso de cumplido, Kate se asomó al cuarto de estar—. ¿Ya han llegado todos?

—Claro que ya han llegado. A la hora prevista.

—También viven a diez minutos de aquí, mamá. Chicago está a una hora y media de distancia.

—¿Te enviamos nosotros allí, o fuiste tú la que decidió marcharse?

Emma decidió entrar en la refriega, aunque todavía era temprano.

—Algo huele delicioso, Doris. ¿Es jamón?

—Siempre sirvo jamón en Pascua. —Y Emma casi oyó la continuación tácita: "pecadora lesbiana".

—Seguro que estará riquísimo. Kate, ¿qué tal si vamos a saludar al resto de tu familia, si tu madre no nos necesita?

—Podéis iros, estoy acostumbrada a hacerlo todo yo sola.

Cuando se batían en retirada, Emma oyó que Kate decía por lo bajo:

—Bienvenidos a la casa del dolor.


Kate miraba la mesa de los niños con envidia, deseando tener menos edad para poder distanciarse de los adultos. Notó que el pie de Emma se metía por debajo del dobladillo de sus pantalones y sonrió furtivamente a su compañera.

—Acabaremos pronto —dijo Emma sin voz, tapándose los labios con la mano para esquivar los ojos de águila de Doris.

Volviendo la punta del cuchillo hacia sí misma, Kate imitó un suicidio ritual, haciendo reír a Emma.

—¿Qué pasa ahí que tiene tanta gracia? —preguntó Doris—. Concentraos en la comida. Llevo levantada desde las cinco de la mañana para preparar esto.

—No pasa nada que tenga gracia —dijo Kate, con rostro inexpresivo—. Nada en absoluto.


Después de comer, los hombres se retiraron al cuarto de estar para jugar a las cartas, mientras las mujeres, siguiendo la molesta tradición ancestral, recogían las cosas. Por una vez, Doris dejó que sus nueras se ocuparan de todo. Fue al salón y se detuvo, clavando la mirada en la nuca de Kate hasta que la mujer más joven se volvió. Doris no dijo nada, se limitó a llamarla doblando un dedo y Kate fue detrás de ella, sintiendo un nudo en el estómago mayor que antes.

—¿Qué pasa, mamá?

—¿Qué ocurre con ésa y contigo? ¿Cuándo se va a terminar esto?

—¿Terminar? —Kate se preguntó cómo o si iba a poder controlar la rabia.

—No lo soporto y lo sabes.

—Mamá, soy homosexual, Emma es homosexual. Somos felices. Lo siento si no te gusta, pero así son las cosas.

—Que sepas que aquí todo el mundo lo sabe. Cuando la gente me pregunta por la familia en la iglesia, ni siquiera te incluyen a ti.

—Pues qué pena para mí.

—¡No, jovencita, es una pena para mí! Yo eduqué a mi hija para que fuese una chica normal, no una...

—Lesbiana. Soy lesbiana.

—¡No digas esa palabra en mi casa!

—Tanto si digo la palabra como si no, es lo que soy. No puedo cambiar mi forma de ser, mamá.

—Claro que puedes. Es que no te da la gana. Ya sé yo lo que pasa.

—¿Lo que pasa...?

—Es ésa... que se aprovecha de ti.

Kate se la quedó mirando sin dar crédito.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Conozco a la gente —dijo Doris—. Sé cuánto gana una asistente social. Es una miseria comparado contigo.

—¿Cuánto ganas tú comparada con papá? —preguntó Kate.

—¡No te atrevas a compararla conmigo! ¡Yo llevo cuarenta y dos años casada!

—Y Emma y yo llevamos siete años juntas. Esto no es un capricho, mamá, y... ¿por qué estoy otra vez con la misma conversación? Se acabó.

Doris se quedó mirando furiosa a su hija un momento y luego se metió en su habitación.


Don acompañó a las mujeres al coche y en cuanto llegaron, Doris salió de la casa, malhumorada.

—¿Coche nuevo? —preguntó—. Mmm... otro alemán. Aquí la gente se muere de hambre porque nadie compra coches americanos.

—Es de Emma —dijo Kate—. Le dio el Accord a su hermano pequeño.

—Qué amable —dijo Doris, con evidente falta de sinceridad—. Bueno, os espero de nuevo para la barbacoa del Día de los Caídos. La vamos a hacer aunque llueva —añadió, cortando toda vía de escape.

—Estupendo —dijo Kate sin el menor entusiasmo.

—Muchas gracias —dijo Emma—. Os veremos el Día de los Caídos.


Kate tumbó su asiento y cerró los ojos.

—¿Te importa que duerma un poco?

—No, para nada. Pondré un CD.

Kate se reclinó agradecida e intentó no pensar, pero el veneno de su madre corría por sus venas. Emma cantaba siguiendo la música, con su voz suave y melódica, y eso tranquilizó y calmó a Kate de un modo que una conversación jamás habría podido.

El dolor del día no tenía sitio en la mente consciente de Kate. Se metía en su interior, aumentando el dolor sordo que a menudo sentía en el alma, pero que nunca lograba explicar.

Siete años. ¿De verdad Em y yo llevamos juntas siete años? A veces parecen cuarenta. Y a veces ni siquiera la conozco. Echó una mirada furtiva al perfil de Emma. Qué guapa sigue siendo. Eso no ha cambiado. Pero algo sí que ha cambiado. Algo importante. ¿Alguna vez se puede recuperar lo que se ha perdido? Dios, quiero que todo vuelva a ser como era antes.

Kate dejó que las lágrimas que le llenaban los ojos resbalaran por sus mejillas sin hacer ruido.


Kate estaba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo una taza de café, cuando bajó Emma.

—¿Llevas mucho tiempo levantada? —preguntó, rozando la espalda de Kate con la mano al pasar.

—Sí. Ya sabes que no consigo quitarme la costumbre. Así que he aprovechado para trabajar un poco.

—¿A qué hora tenemos que salir?

—Ah... pues me gustaría llegar a tiempo para el calentamiento, así que creo que deberíamos salir hacia las once y media o así. ¿Te parece bien?

—Claro. Voy a tomar un café y a hacer unas llamadas. No dejes que me retrase, ¿vale? Si no me oyes en la ducha hacia las diez y media, sube a ponerme las pilas.

Kate levantó la vista del artículo que estaba leyendo y sonrió a su compañera con cariño.

—Muy bien. ¿Te apetece lo de hoy?

—Por supuesto. ¡Hoy vamos a ganar!


Hacía un día gloriosamente despejado y soleado, con una ligerísima brisa que soplaba desde el lago. La hierba era tan verde que parecía pintada y aunque la hiedra que cubría los muros de ladrillo estaba todavía en su fase invernal, Emma se la imaginaba toda verde y frondosa en pleno verano.

—Yo nunca podría irme de Chicago —dijo—. A menos que destruyan el campo Wrigley, por supuesto.

—Eres una nativa de pro —dijo Kate.

—Recuerdo la primera vez que mi padre me trajo aquí —dijo Emma—. Yo debía de tener cinco o seis años. Estaba seguro de que me iba a aburrir, pero aguanté el partido entero. —Sonrió y Kate vio cierta tristeza en sus ojos.

—Lo echas mucho de menos, ¿verdad?

—Sí. Los echo de menos a los dos, pero siempre tuve una relación más estrecha con mi padre. Cuesta creer que hayan pasado ya cinco años.

—Sí —asintió Kate. Apretó el muslo de Emma con la mano—. Era un buen hombre.

Emma oyó al vendedor que empezaba a bajar por su pasillo.

—¡Dos cervezas! —pidió. Brindó con su vaso y dijo—: Por mi padre.

—Por Artie —dijo Kate.


Al terminar la quinta, los Cubs iban en cabeza por dos a uno. Al lanzador ya lo habían sacado, pues su brazo todavía no estaba a la altura de las exigencias de un partido de temporada en toda regla.

—No me fío mucho de nuestro mediocampista —dijo Kate.

—Si podemos contenerlos hasta la octava, nuestro receptor puede pararlos.

—La quinta no es la octava —dijo Kate, asintiendo sabiamente.

—Vamos a tomar otra cerveza —dijo Emma—. Así se nos calman los nervios.


Los Cubbies no dieron pie con bola en la séptima ni en la octava y las dos mujeres empezaban a perder la esperanza. Se empezó a levantar una brisa gélida y el sol quedó oculto tras la creciente capa de nubes.

—Esto no tiene buena pinta, nena —dijo Kate.

—¿La hora más oscura es siempre antes del amanecer?

—Más bien que siempre te congelas el culo en el partido inaugural —decidió Kate—. Ése sí que es un aforismo que ha echado patas de lo viejo que es.

—Yo no sé nada de patas —dijo Emma—. Las mías están dormidas.

—¿Demasiadas cervezas?

—Un poco por eso y otro poco por el frío que hace —dijo—. En estos momentos me debato entre tener que hacer pis y temerme que las piernas no me vayan a funcionar.

—¿Qué tal un beso Cubby para darte suerte? —preguntó Kate, con una sonrisa provocativa.

—¿Delante de cuarenta mil personas? —Hizo una pausa efectista y luego dijo—: Claro, por qué no.

Kate le plantó un sonoro beso y al apartarse oyó la risa encantada de Emma.

—Qué divertido —dijo—. Tenemos que salir más. Es divertido hacer el tonto.

Mirándola largamente, Kate notó que su sonrisa se iba agrandando hasta que se quedó mirando a Emma con una sonrisa boba de oreja a oreja.

—¿Cómo he tenido la suerte de conseguir a una mujer tan estupenda como tú?

—Aah, venga ya —dijo Emma, dándole un codazo.


El partido continuó hasta un total de catorce entradas. Y cuando los Reds marcaron al principio de la decimocuarta, ya nadie tuvo muchas esperanzas. A los Cubs sólo les quedaban los tres últimos bateadores y en el banquillo sólo quedaban lanzadores. Cuando el equipo fue eliminado en el bate, los más o menos quince mil seguidores que aún aguantaban parecieron aliviados.

Emma había logrado salir al baño en la decimoprimera, pero ahora necesitaba ir otra vez desesperadamente. Cuando llegaron al servicio de mujeres, parecía que todas las mujeres que todavía quedaban en el campo estaban en la cola.

—No voy a poder aguantar —gimió.

—Vamos aquí al lado —propuso Kate—. Podemos comernos unas salchichas y ver a los Giants en ESPN.

—De acuerdo —decidió Emma—. ¡Vamos a correr! —Salió disparada, con Kate corriendo detrás de ella, agarrada a su abrigo para no perderla entre el gentío.


La cola que había fuera del popular bar era casi tan larga como la del servicio del campo.

—Estoy desesperada —exclamó Emma—. ¡Tengo que encontrar un baño!

—Sígueme —ordenó Kate. La llevó al callejón que había detrás del bar y Emma sofocó una exclamación de sorpresa al ver la fila de hombres que orinaban contra la pared—. Vamos al otro lado de la esquina —dijo Kate con su tono más severo—. ¡Que nadie mire!

Emma estaba como si le hubieran dado un golpe con un bate, pero Kate le dijo:

—Yo vigilo. Si alguien dobla esa esquina, no vivirá para contarlo.

—¿Estás segura? —preguntó Emma, bailoteando.

—Segurísima. ¡Ahora corre!

Emma obedeció, mientras Kate vigilaba el callejón por si aparecían mirones. Nadie hizo el más mínimo ademán de acercarse y cuando Emma terminó, Kate ocupó su lugar.

—Ahora tengo que hacerlo yo.

—Yo monto guardia. Venga.

Poco después, la pareja salió del callejón, cogida de la mano.

—¡Qué divertido! —dijo Emma—. Vamos a colarnos en el bar.

—Así se habla —asintió Kate y siguió a su compañera por entre la multitud.


Sólo eran las ocho cuando llegaron a casa, pero las dos estaban borrachas, cansadas y heladas.

—Me voy a la cama —dijo Kate—. Casi me quedo dormida en el tren.

—Yo también —asintió Emma—. Creo que no me iba a la cama tan temprano desde que estaba en primaria, pero no voy a poder funcionar si no duermo la mona.

Subieron juntas y luego cada una se metió en su propio cuarto de baño.

Emma se estaba lavando los dientes y se miró al espejo. ¿Cómo podemos pasarlo tan bien un día y luego volver a tratarnos como desconocidas durante meses? Ojalá pudiéramos conectar de esta forma más a menudo. No soporto que me mantenga apartada todo el tiempo.


Emma estaba abriendo la cama de la habitación de invitados —la cama que había acabado siendo suya— cuando Kate asomó la cabeza.

—¿Quieres compañía?

—Mm... claro. ¿A qué hora te tienes que levantar?

—A las seis, como siempre. Podemos dormir aquí y luego tú puedes volver a dormirte cuando me levante.

—Vale. Adentro.

Kate se deslizó bajo las sábanas, que eran como hielo en contacto con sus piernas desnudas.

—Creo que jamás conseguiré entrar en calor.

—Yo puedo darte calor —decidió Emma. Se metió en el otro lado y pasó el brazo por detrás de la cabeza de Kate—. Venga, arrímate.

Ansiosa, Kate absorbió el calor de su compañera más grande.

—Oooh... esto es divino —ronroneó.

—Buenas noches —dijo Emma—. Que duermas bien.

—Tú también —suspiró Kate. Cerró los ojos, pero sus pensamientos la mantuvieron despierta durante unos minutos. Dios, hacía años que no lo pasábamos tan bien. ¿Por qué ha tenido que cambiar tanto? Antes nos divertíamos y nos íbamos de juerga todo el tiempo, pero ahora se comporta como si llevara el peso del mundo sobre los hombros. ¡Estamos malgastando nuestra juventud!


Cuando Kate llegó a casa al día siguiente por la tarde, había una nota en la encimera de la cocina.

Hola,
No te olvides de que esta noche hacemos una fiesta para nuestra interina, Michelle, en el Twin Anchors. Me encantaría que vinieras si puedes. Empieza a las siete y va a ser muy divertido. ¡Podríamos hacer el tonto dos noches seguidas!
Espero que tengas la cabeza mejor que yo.
Te quiero,
Em

Oh, mierda. Ni siquiera conozco a esa mujer. ¿Por qué tengo que ir a su fiesta de despedida? Además, todavía me duele la cabeza de lo de ayer. Lo que me faltaba es una noche más en un bar. A Em no le importará.


Emma cerró la puerta a su espalda y se apoyó sin fuerzas en el marco. Se quedó ahí un minuto, escuchando los ruidos de la casa. Su último rayo de esperanza de que Kate estuviera al menos despierta se había apagado al bajar por la calle. Fue a la cocina y vio que Kate había añadido unas líneas más a la nota.

Hola,
Espero que lo hayas pasado bien. No soportaba la idea de pasar otra noche en un bar lleno de humo. Tu aguante debe de ser mejor que el mío.
Te quiero,
K

¿Aguante? A mí me parece que con eso de pasarse dos o tres horas bebiendo todas las tardes después del trabajo Kate debería tener el aguante de un ejército.

Emma subió, sin ofrecer resistencia a la tristeza que la embargaba. Se detuvo ante la puerta de Kate e incluso llegó a poner la mano en el picaporte, pero luego se dio la vuelta y se fue a la cama sola.


El día uno de mayo, Emma abrió la puerta y exclamó:

—Tengo una sorpresa para ti, Kate.

—Una de mis frases preferidas del idioma inglés.

—Normalmente sí —dijo Emma, que todavía no había entrado del todo por la puerta—. Ésta podría gustarte o no.

Antes de que Kate pudiera levantarse del sofá, la sorpresa entró a la carrera en el estudio, soltando gañiditos al saltar y ponerle las patas en las piernas.

—¡Qué demonios!

—Sorpresa —dijo Emma sin mucho convencimiento—. ¿A que es una monada?

Kate se agachó y cogió a la bola de pelusa que se agitaba.

—Claro que es una monada. ¿Pero por qué está en nuestra casa? —El cachorro se puso a lamerle la cara y logró meterle la lengua en la boca a los pocos segundos.

—Pues... es que ahora también es su casa. ¿Te importa?

Kate estaba tan ocupada defendiéndose del feroz ataque de amor que casi no podía hablar.

—Qué diablillo tan cariñoso —consiguió decir por fin—. ¿Pero cuándo hemos decidido tener un perro?

—No lo hemos decidido —dijo Emma—. Pero hoy ha venido al refugio una mujer con sus hijos y este cachorrito. En el refugio no podemos tener perros, así que... aquí está.

—¡Dios, Em, no puedes quitarles el perrito a unos niños!

—Oh, los chicos apenas le hacían caso. Lo tenían sólo desde hacía una semana y sólo lo usaban para practicar el tiro al blanco. Pensaban que era un juguete. La mujer me dijo que parte del motivo de que su marido le diera tal paliza era que el perro lloraba y se hacía pis en la alfombra. Quería librarse de él.

—¡Genial! Tenemos un perro que ha llevado a un hombre a pegar a su mujer. —Sujetó al cachorro delante de su cara—. ¿Sabes que has destruido una familia, espantajillo? —La lamió con entusiasmo y a ella le costó mantener el ceño—. A lo mejor estos lametones constantes también han tenido algo que ver. Podrían acabar siendo molestos... y bien pronto.

Emma advirtió encantada que las palabras de Kate no casaban con su expresión.

—¿Lo vigilas un momento? Tengo que correr a Jewel a comprar comida para perros.

Cuando casi había salido por la puerta, oyó un grito indignado:

—¡Oye! ¡Vuelve aquí! ¡Tu perro se quiere ir contigo!


Cuando Emma regresó, el perrito estaba profundamente dormido en el regazo de Kate.

—Juegas sucio —masculló la niñera.

—Oye, tenía que comprarle comida. No creo que le hayan dado nada salvo sobras de la mesa.

—No hablo de la comida, Em. Hablo de él. —Bajó la mano y la puso en el lomo del perro, sonriendo cuando él soltó un suspiro perruno de felicidad y se hizo un ovillo más prieto aún.

—Cupido.

—¿Qué?

—Cupido, no "él".

—¿Le hemos puesto nombre "nosotras"?

—No, ya venía con nombre. ¿Ves esa manchita negra en forma de corazón que tiene en el lomo?

Hurgando en el pelo sobre todo blanco, Kate encontró la mancha en cuestión.

—¿Por qué la mujer no lo llamó "corazón"?

—Es una romántica —dijo Emma con humor.

—Tenemos que hablar seriamente de esto, Em. No tenemos el tipo de horario que deben tener los dueños de un perro. Eso no es justo para... Cupido.

—No te pido que hagas nada, Kate. Ya sé que no tienes tiempo por la mañana para sacar de paseo al perro y darle de comer. Te prometo que yo me ocupo de todas las tareas. Lo único que necesito es que lo dejes salir al jardín cuando llegues a casa.

—Creía que no me ibas a pedir que hiciera nada —dijo Kate.

—Si no quieres dejarlo salir, contrataré a alguien para que se pase a la hora de comer y lo lleve a dar un paseo. No hay problema.

Kate miró al perro dormido.

—Supongo que puedo abrir una puerta —dijo—. Pero no me puedo comprometer a nada más, Em. No tengo tiempo para estas cosas.

—Lo sé. Yo siempre he querido tener un perro y, ahora que tenemos una casa, me parecía el momento perfecto. ¡Y es tan rico! —Su sonrisa era contagiosa y Kate sonrió a su vez.

—Sí que es muy rico. Pero tiene un nombre muy tonto. ¿No se lo podemos cambiar?

—No creo. Responde al oírlo.

—Pues nos quedamos con Cupido —dijo, rascando al cachorro detrás de la oreja.


A la tarde siguiente Kate llegó a casa a su hora de costumbre y al meter la llave en la cerradura, oyó un lloriqueo apagado.

—Ya voy, ya voy. Un segundito, ¿quieres?

Emma había dejado encerrado en la cocina al perrito, que había hecho pis obedientemente en el periódico que le había dejado preparado.

—Hola, perrito. —El cachorro se puso a dar los brincos más altos que le permitían sus cortas patitas y estuvo a punto de dar una voltereta por el aire—. ¿Quieres salir?

Abrió la puerta corredera y se quedó mirando cuando él salió corriendo, con el aire de un condenado que acabara de recibir el perdón del gobernador. No paraba de mirar por encima del hombro mientras orinaba, sin dejar de mirar a Kate.

—Venga, haz lo que hacen los perritos. Que te diviertas. —Cerró la puerta y fue arriba a cambiarse. Cuando bajó poco después, fue a ver cómo estaba y se sorprendió al verlo con el morro pegado al cristal—. ¿Qué te pasa? ¿Es que no tienes que jugar o algo así?

Estoy hablando con un perro, se recordó a sí misma. Apenas tiene edad para hablar canino y mucho menos inglés.

—Espera un momento —dijo, incapaz de dejar de hablar con este ser semi-inteligente. Sacó un vaso bajo y se sirvió dos dedos de whisky. Cuando se planteaba si tomarlo solo o con un chorro de soda, se vio interrumpida por un lloriqueo. Para complicar más las cosas, el lloriqueo no era ni siquiera molesto, simplemente se oía, y le estaba costando hacerse la sorda—. ¡Oh, está bien!

Abandonando su bebida, abrió la puerta, suponiendo que el perro iba a entrar. Pero no fue así. Se quedó ahí sentado, mirando la brillante hierba verde y luego a ella.

—¿Se supone que tengo que salir ahí contigo? —preguntó—. Soy humana. Tú eres un perro. Tenemos intereses distintos. A mí me gusta leer. ¿Qué te gusta hacer a ti?

Evidentemente, le gustaba estar fuera con un humano, porque corrió hasta el centro del jardín y cogió el muñeco del Gran Gato Malvado que había traído Emma la noche anterior. Lo agarró con la boca y se puso a sacudirlo, al tiempo que corría hacia Kate, con aire de absoluta felicidad.

—¿Y qué tengo que hacer con eso? —le preguntó cuando se lo dejó a los pies. Si los perros pudieran suspirar y poner los ojos en blanco, éste lo habría hecho, pero empezó de nuevo con gran paciencia, esforzándose por entrenar a la lenta humana. Cuando hubo repetido las instrucciones tres veces, Kate empezó a enterarse—. No debería hacer esto —le dijo—. Mis responsabilidades quedaron claramente definidas por la mujer que es tu dueña. —Pero para entonces, se había olvidado de su copa y, si se permitía sentir lo que llevaba en el corazón, tendría que reconocer que lo estaba pasando bien.


Un par de semanas después, Emma y Cupido volvieron a casa tras su sesión nocturna de entrenamiento con la correa. Como de costumbre, Cupido cogió la correa con la boca en cuanto Emma la soltó y corrió por toda la casa para enseñarle su trofeo a Kate.

—¡Hola, amiguito! ¿Lo has pasado bien? —Miró a Emma y preguntó—: ¿Algún progreso?

—Creo que ya va pillando la idea —dijo Emma—. Pero no le hace gracia que sea yo la que decide dónde vamos y cuándo nos detenemos. Es muy cabezota.

Kate cogió al cachorro y dejó que la besara.

—¿A quién has salido tú, Cupido? ¿Tu mamá es cabezota? Yo creo que sí.

—Qué graciosa —dijo Emma—. ¿Queda algo de comer?

—Sí. He encargado una pizza. Te queda más de la mitad. —Emma fue a la cocina y Kate levantó la voz para decirle—: Tengo que llamar a mi madre esta noche para preguntarle si tenemos que llevar algo para el Día de los Caídos.

Emma se detuvo y se volvió.

—¿Le vas a decir lo de Cupido?

—¿Lo de Cupido?

—Sí. Dile que vamos a llevar al perro.

—¿Lo vamos a llevar?

Emma entró de nuevo en el estudio.

—Tenemos que hacerlo. Vamos a estar fuera más de diez horas. No podemos dejarlo encerrado en la cocina todo el día.

—¿No podemos meterlo en un refugio o algo así?

—Espero que te refieras a una perrera y no, no podemos. No voy a dejarlo encerrado en una jaulita todo el día. Además, quiero tenerlo conmigo cuando tengo un día libre. —Miró a Kate con preocupación—. ¿Tú no?

Kate asintió.

—Sí, yo también. Tienes razón. No es justo encerrarlo en algún sitio... no tendría que sufrir sólo porque a nosotras no nos queda más remedio.


Kate cogió el teléfono y se puso a marcar el temido número. Cuando estaba marcando las cuatro últimas cifras, entró Cupido y la miró pidiendo que lo cogiera en brazos. Levantándolo, dejó que se acomodara en su regazo mientras ella terminaba.

—Gracias —susurró mientras esperaba a que su madre contestara—. Hola, mamá, soy Kate. Quería saber si necesitas que llevemos algo a la fiesta.

—No, no es necesario. Tú no haces nada especial, ¿verdad?

—No. Nada de nada. —Apretó los dientes y dijo—: Tenemos un nuevo miembro en la familia. Tenemos un perro.

—Los perros son mascotas, Kate. No son miembros de la familia.

—Bueno, vamos a llevar a Cupido para el Día de los Caídos, así podrás ver lo rico que es.

—No vas a traer un perro a mi casa. Ni se te ocurra.

—Vamos a estar fuera casi todo el día, mamá. Tu jardín está vallado. ¿Qué mal puede hacer?

—Eso no es asunto tuyo. No quiero tener un perro aquí y no hay más que hablar. Si quisiéramos un perro, ya lo tendríamos.

Kate tomó aliento.

—Lo comprendo, mamá, pero no es más que un cachorrito y no podemos dejarlo en casa todo el día. Tendremos que dejarlo para otra ocasión.

—¿Qué? ¿No vas a venir por culpa de un perro? ¿Por qué no lo puede cuidar ésa?

—¿Ésa? —Kate estaba ahora enfadada y no iba a ceder ni un milímetro con este asunto. Iba a echarle un pulso a su madre aunque le llevara todo el día.

—Si no puedes venir, me da igual. —Pasaron unos segundos y luego Kate oyó el tono de marcar.

Cogió al perro y lo abrazó con ternura.

—Te debo una, amiguito.


Por la mañana del Día de los Caídos, Kate se despertó de pésimo humor. Abrió con sigilo la puerta de Emma para dejar salir a Cupido, luego bajó e hizo café, sin hacer caso de la cantinela y el baile canino que se desarrollaba a su lado.

—Está bien. Ahora te dejo salir. Primero necesito tomar café y esta vez me voy a salir con la mía.

El perro percibió su estado de ánimo y se calmó, esperando sumisamente junto a la puerta a que terminara. Por supuesto, eso la puso de peor humor aún y cuando abrió la puerta, se fue de la cocina, dejando que Cupido se ocupara de sus asuntos a solas.


—Buenos días —dijo Emma alegremente cuando entró en el estudio un par de horas después—. ¿Cómo está todo el mundo? —Cupido respondió corriendo hasta ella como si fuese una versión viva de la Tierra Prometida—. Bueno, alguien se alegra de verme. —Se agachó para rascar la tripa que se le ofrecía y miró a Kate—. ¿Estás bien?

—Sí.

—Hoy voy a hacer tortitas. ¿Quieres?

Kate la miró ceñuda.

—Ya he tomado cereales. Habría esperado de haber sabido que ibas a hacer tortitas.

Emma se sentó al lado de su compañera y le puso una mano en la pierna.

—Como no podemos ir a la fiesta, he pensado que podríamos tener nuestra propia celebración en familia. Tenemos una barbacoa estupenda que ni siquiera hemos estrenado. ¿Qué dices?

—Me da igual.

Emma se levantó y fue a la cocina.

—¿Qué tal una tortita? ¿Podrás con ella?

—Supongo —concedió su malhumorada compañera.


El humor de Kate y el tiempo mejoraron casi a la vez. Hacia la una hacía un día cálido y soleado y los tres miembros de este núcleo familiar recién creado, aunque algo ajeno a ello, estaban en el jardín, lanzando juguetes por el aire.

—¿Tenemos comida? —preguntó Kate.

—Sí. Lo compré todo ayer.

—¿Recordabas dónde estaba la zona de alimentación? Creía que sólo eras capaz de encontrar comida para perros en el súper.

—Antes cocinaba muy bien, colega.

—Lo recuerdo. Me encantaba cenar juntas. ¿Alguna vez lo echas de menos? —Su tono era despreocupado y ligero, pero le interesaba muchísimo oír la respuesta de Emma.

—Claro. Claro que lo echo de menos, Kate. —De repente, Kate vio a la Emma que conocía y el corazón le dio un vuelco—. Hoy vamos a cenar juntas —dijo Emma—. Vamos a pasarlo bien.


La cena fue un festín americano. Todos —bueno, dos tercios del total— comieron hamburguesas, perritos calientes, ensalada de patatas y fresas naturales con torta de frutas casera. Cupido recibió su rancho de siempre, pero con una golosina especial: una tarrina de Frosty Paws, el equivalente perruno del helado. No sabía cómo comerlo, de modo que Emma acabó sujetando la tarrina en la mano mientras él lo lamía como si fuese leche materna.

Kate se echó en una tumbona, con el botón de los vaqueros desabrochado.

—Jamás podré volver a mirar una fresa —se quejó.

Emma se levantó de su propia tumbona y cogió a Kate de la mano.

—Vamos —dijo, tirando de ella para levantarla—, tenemos que bajar esto un poco. Coge un juguete y lánzalo.

—Eso sólo ayudará a Cupido a bajar el Frosty Paws —dijo Kate—. Yo necesito leer para digerir.

—Hoy es fiesta —dijo Emma—. Nada de trabajo.

—Mucho jugar y poco trabajar convierten a Kate en una agente comercial cacosa. ¿Cómo puedo relajarme si hoy no compruebo el tiempo que hace en Kazajistán?

Emma se puso detrás de ella y la empujó, teniendo que emplear el hombro para obligar a moverse a la mujer más menuda y más fuerte.

—Venga, que puedes hacerlo. Sabes divertirte. Lo recuerdo.

Eso detuvo en seco a Kate. Se volvió despacio y miró a Emma... y su rostro se iluminó poco a poco con una sonrisa incandescente.

—Cierto. A la mierda Kazajistán.


La cena estaba ya bastante digerida, pero Cupido no estaba dispuesto a abandonar la lucha. Emma sujetaba la cuerda de nailon de su Kong, Cupido sujetaba el muñeco rojo de goma con la boca y los dos estaban empatados. Kate decidió ayudar, agarró la cuerda y tiró con todas sus fuerzas. Las humanas "ganaron", pero su victoria las tiró a las dos de culo. El triunfo verdadero fue de Cupido, quien de repente se encontró a sus amadas humanas a su mismo nivel. Se lanzó hacia Kate primero, poniéndole las patas en el pecho y empujándola con fuerza suficiente para tumbarla boca arriba. Ahora la tenía donde la quería: sus labios le pertenecían. Los atacó con su habitual frenesí y Kate se hizo una bola, intentando protegerse de una decidida lengua rosa.

—¡Socorro! —dijo, sin parar de reír.

Emma acudió al rescate, apartando a Cupido de un empujón al tiempo que se colocaba encima de su compañera.

—Yo te salvo, Nell —dijo imitando a Dudley Doright.

Ahora que Emma cubría la mayor parte del cuerpo de Kate, Cupido corrió hasta donde estaban sus cabezas y trató de lamer la boca de Emma.

—¡Ahora me ha pillado a mí! —Se retorció y agitó, intentando taparse los labios, pero Kate tenía otro plan. Cogió la cabeza de su compañera entre las manos y la acercó, besándola con ternura, mientras el perro daba saltos alrededor, buscando una manera de colarse. El beso se prolongó varios segundos o minutos, ninguna de las dos mujeres era muy consciente del paso del tiempo. Sólo notaban la suavidad de los labios de la otra, sus pechos en contacto, el latido acelerado de su corazón. Emma se apartó despacio, sin dejar de mirar a Kate a los ojos. Ambas estaban sin aliento y casi sin sentido. Como no quería que este raro momento terminara, Emma acarició la mejilla de su compañera y luego bajó la cabeza para volver a juntar sus labios con los de Kate. Cerraron los ojos y respiraron el mismo aire. Hacía mucho tiempo que no tenían un momento tan dulce y tierno. Cuando terminaron el beso, sonrieron y las dos pensaron que era extraño lo tímida que se podía sentir una con alguien a quien se conocía tan bien.

Cupido estaba sentado a su lado y en su cara había algo que se parecía sospechosamente a una sonrisa.


Cuando Emma llegó a casa una bochornosa noche de junio, se encontró a Kate a cuatro patas en la cocina, suplicando piedad al perro.

—Por favor, Cupido. Devuélvele a mamá su cartera Coach nueva. Por favor. Por favor.

En cuanto el cachorro oyó entrar a Emma, soltó la cartera y corrió hasta su otra mamá, pero su alegría al verla se apagó un poco ante el ceño de Emma.

—¿Qué has estado haciendo? —preguntó muy seria.

—Aajj... —dijo Kate, exasperada—, ese bicho lleva toda la semana hecho un diablillo. Es como si estuviera en esa edad terrible de los dos años de un niño.

Emma dejó las llaves y soltó un suspiro.

—Creo que sí. Creo que ha llegado a un punto en que necesita más estímulos y más ejercicio.

—Vaya, ésa es una de mis palabras preferidas —dijo Kate, sonriendo con intención.

—No, en serio, Kate. Necesita dar un paseo todas las noches. Voy a cambiarme para sacarlo.

—¿Estás segura?

—Sí. Lo necesita. Además, me vendrá bien para relajarme.

—Vale. Voy a ponerme al día con mis lecturas mientras estás fuera. Luego podemos ver la tele o una película juntas.

—Me parece muy bien —dijo Emma—. Y tú, hijo de Satanás, prepárate para soltar tu maldad a base de caminar.


Una semana después, Emma llegó a casa y antes de poder dejar su maletín, su nariz se agitó inquieta. Siguió el aroma que salía de la cocina y se encontró a Kate ante el fuego, removiendo una olla y canturreando.

El perro se despertó de su siesta y corrió hasta ella, pegándose a sus piernas como siempre. Se agachó para rascarlo y dijo:

—Qué retrato de la dicha familiar.

Kate resopló.

—Yo no llegaría a tanto como llamarlo dicha.

—¿Ésta no es la tercera vez que haces la cena esta semana?

—Pues... sí. Pero esta noche sólo son salchichas con chile.

—Nunca digas que sólo son salchichas con chile, Kate.

—Ve a cambiarte y cuando vuelvas, lo sirvo.

Emma salió desconcertada de la cocina, pero muy contenta con la racha doméstica de Kate.


Kate también recogió después de haber cocinado y Emma fue a coger la correa de Cupido. Cuando estaba a punto de despedirse, Kate se reunió con ella en la entrada.

—¿Te importa si te acompaño?

—¿Eh?

Aunque Emma no supo qué contestar, Cupido pareció entender la pregunta de Kate. Pegó un salto y se puso a bailar sobre las patas traseras, haciendo reír a las dos mujeres.

—Alguien está contento —dijo Emma. Miró a su compañera a los ojos un instante, sonrió y añadió—: Los dos lo estamos.


Cuando ya habían caminado unas cuantas manzanas, Emma preguntó:

—¿Cómo es que tienes tiempo para esto? Ésta es la hora que normalmente dedicas a trabajar.

—He adelantado mucho esta tarde —dijo Kate.

—Esta tarde... ¿dónde?

—En casa, tonta. ¿Dónde si no?

Emma se detuvo.

—¿Me estoy perdiendo algo?

—No es para tanto. No he ido a Futuros. He estado jugando con la bestia y luego he trabajado un poco.

Emma sonrió.

—¿Y eso es lo que ha pasado las otras noches que has hecho la cena?

—Sí. Más o menos.

—Eso es un cambio, ¿no?

—Supongo. —Kate rozó una grieta de la acera con la punta del zapato.

—Sup... ya. —Emma se apartó del precipicio del atónito "¡¿Supones?!" que estaba a punto de soltar. Más vale ser discretas, se recordó a sí misma.

Siguieron caminando un rato en silencio y por fin llegaron al parque del barrio.

—Le suelto la correa si no hay nadie —dijo Emma—. Todavía puedo correr lo suficiente para agarrarlo y a él parece encantarle.

—Vale, si estás segura de que no le va a pasar nada.

—No le pasará nada. —Llegaron al centro del pequeño parque y Emma soltó la correa de Cupido. Éste se puso a chillar y a dar saltos de alegría, comportándose como si nunca hubiera tenido un momento de libertad en su corta vida—. Le gusta mucho atrapar cosas —dijo Emma—. Lo que sea. —Cogió un palo corto y lo lanzó, echándose a reír cuando Cupido salió disparado en la oscuridad.

El juego prosiguió un rato y por fin Emma preguntó:

—¿Va todo bien en el trabajo?

—Sí. No he tenido una semana muy buena, pero todo el mundo va mal en estos momentos. Algunos se han pegado un buen batacazo esta semana, yo sólo me llevado unos golpes.

—Pero todavía te gusta tu trabajo, ¿verdad?

Kate cogió el palo y lo lanzó bien lejos.

—Qué va. Nunca me ha gustado. Pero tengo que hacerlo.

—¡Katie! Si no te gusta tu trabajo, tienes que buscar algo que sí te guste.

Kate se echó a reír.

—No quería decir eso. Necesito un trabajo como éste, Em. Necesito la emoción. —Se quedó pensando un momento y dijo—: Ya sabes cómo es. Cuando comerciabas y estabas en la cima de una ola...

—Creo que yo nunca estuve en la cima de una ola —dijo Emma.

—¿Qué? Entonces no me extraña que lo dejaras. Este trabajo es un asco si no sientes la emoción. Cuando estoy volando de verdad, es como montar en una montaña rusa, tirarse en paracaídas, hacer puenting y tener sexo salvaje, todo junto al mismo tiempo. ¿Tú no sentías eso?

—No. Nunca. Yo sólo pensaba, "Esto me está provocando una úlcera y lo odio".

—Oh, cariño. ¡No lo sabía!

—Ya. Yo creía que todo el mundo se sentía igual que yo, pero que tenían el estómago más fuerte y se habían acostumbrado al dinero.

—Em, yo comerciaría aunque me pagaran menos que a las cajeras de Jewel. No es por el dinero... ¡para nada!

Emma se la quedó mirando un momento, asombrada.

—Siempre pensé que salías después del trabajo para aliviar el dolor.

—¡Pero qué va! Salgo para descomprimirme un poco. Estoy tan acelerada que unas cuantas copas me ponen normal.

—Entonces... ¿por qué no has ido a tomar copas esta semana?

—Porque he decidido que lanzarle un juguete al enano es mejor para mi hígado.

—Ah. —Emma se quedó mirando su perfil en la oscuridad. Quería saber más, quería ahondar más, pero sabía que aún no era el momento adecuado.


Hacía casi una hora que había oscurecido del todo y, aunque estaban a principios de verano, el aire nocturno era frío. Le habían vuelto a poner la correa al perro y mientras las mujeres dejaban el parque para volver a casa, se cogieron de la mano. El contacto fue un poco vacilante al principio, pero un observador imparcial habría jurado que iban caminando más despacio a medida que se acercaban a su casa. Simplemente para alargar este momento de estar juntas.


Emma se sujetó los costados y se echó hacia delante, sin aliento.

—¡Para, por Dios, para, por favor! ¡Me voy a hacer pis encima si sigo riéndome, John!

Su hermano era implacable.

—Vamos, vamos, repetid el final conmigo: Y la enfermera dijo, "¡El té de koala del Mercy no está pasado!"

—¡Oh, por Dios, John! Te das cuenta de lo horrible que es eso, ¿verdad? —dijo Kate al pasar con una fuente enorme llena de mazorcas de maíz.

El repertorio de chistes de todo tipo que tenía John siempre hacía que su hermana se desternillara de risa y que Kate se estremeciera. No obstante, de presionarla, Kate reconocería que lo estaba pasando en grande con su pequeña fiesta del 4 de julio. John, su mujer, Kirsten, y su perro, Milo, habían venido desde Evanston, y algunos de los compañeros de trabajo de Emma habían aceptado encantados su invitación.

Cupido y Milo, que hasta entonces ni se habían olido, se llevaban fabulosamente. Se habían pasado todo el día pegados el uno al otro, entreteniendo a todo el mundo con sus payasadas.

Kate volvió a la cocina a buscar hielo y cervezas y se encontró a Emma secándose los ojos, todavía jadeante.

—¿No te partes con él, Kate? —preguntó.

—No, tú te partes con él, Em. Pero lo quiero de todas formas.

Emma se puso detrás de ella y rodeó la cintura de Kate con los brazos. Estrechándola, se echó hacia delante y preguntó:

—¿Lo estás pasando bien, cariño?

—Sí. Deberíamos hacerlo más a menudo.

—Me alegro de que te estés divirtiendo. ¿Vas bien con todo esto de las fiestas?

Kate se volvió entre los brazos de su compañera y le sonrió afectuosamente.

—Sí. Creo que sí.


Había sido una de las llamadas más difíciles que había tenido que hacer en su vida. Kate necesitó tres dedos de whisky y la presencia tranquilizadora de no sólo Emma, sino también Cupido para apoyarla.

—Mamá, soy Kate. Te llamo por lo del 4 de julio.

—Ah. Espero que este año lleguéis a la hora. A los pequeños les cuesta tener que esperar para comer.

—Bueno, ésa es la, mm... cuestión, mamá. No vamos a poder ir este año.

—¿Qué? ¿Es otra vez por ese estúpido perro? Ya te lo puedes ir quitando de la cabeza, jovencita. No vas a traer un perro a ninguna de mis fiestas.

—Eso es cosa tuya, mamá, pero no es por eso por lo que no podemos ir. Van a venir el hermano de Emma y su mujer. Casi no vemos a John y a Kirsten.

—Podéis verlos en cualquier otro momento. El 4 de julio es para pasarlo en familia.

—Ya lo sé, mamá. Y este año lo vamos a pasar en casa... con parte de nuestra familia.

—Estás diciendo tonterías, Kate. Y como te conozco, seguro que te estás poniendo odiosa porque no dejo que venga tu perro.

—Tal vez no me conoces, mamá, porque no me estoy poniendo odiosa. Es simplemente que tenemos otros planes.

Kate creyó oír un gruñido y luego la línea se cortó. Cuando volvió la cabeza, Emma vio los ojos de una niña perdida. Pero Kate intentó quitar importancia a la conversación.

—Me pregunto cuántas veces tendrá que colgarme para que deje de dolerme.


—Nosotras tampoco queremos ir, Cupido, pero ya sabes cómo te pones cuando no haces ejercicio.

El trío estaba plantado en la esquina de su manzana, donde un recalcitrante perro blanco y negro se negaba a moverse.

—Cuando está en casa, está lleno de energía —dijo Kate.

—Seguro que estaría lleno de energía si Chicago tuviera aire acondicionado —dijo Emma—, pero no lo tiene y él tiene que dar su paseo.

—Pero no quiere —dijo Kate, con un amago de lloriqueo en la voz.

Emma alzó las manos.

—Está bien. Nos volvemos a casa. Pero no me vengas con quejas si se come algo tuyo.

Kate rodeó a su compañera con un brazo, notando el calor húmedo de su cuerpo a través de la camiseta.

—Creo que esconderé unos cuantos calcetines tuyos por la casa para que esté ocupado.

—Si mis calcetines empiezan a desaparecer, alguien va a perder su nueva radio con cascos. Sabes que le gustan las cosas que han estado en contacto con nuestra cabeza tanto como las cosas que están en contacto con nuestros pies.

Riendo, Kate dijo:

—¿Cómo es que tenemos un perro obsesionado con la cabeza y los pies?

—Suerte que tenemos. —Echaron a andar hacia su casa y se sonrieron cuando Emma soltó la correa y Cupido volvió a la casa corriendo a toda velocidad—. Al menos no corremos el riesgo de que se fugue.


Pocas noches después, Kate llegó a casa del supermercado, cargada con polos de fruta para las humanas y Frosty Paws para Cupido. Agitó un folleto delante de Emma, diciendo:

—Mira esto. Creo que podría ser la solución para nuestros problemas.

—Pues menudo folleto debe de ser —dijo Emma con humor.

—No, en serio. El ayuntamiento ha abierto un parque para dejar sueltos a los perros sin correa.

—¿En serio? ¿Dónde?

—Han vallado unos dos kilómetros cuadrados del parque que tenemos justo aquí en el barrio. Como hace tanto que no vamos, no hemos visto cómo lo hacían.

—¡Mola! ¿Pero por qué nos va a resolver los problemas?

—Porque a Cupido le encantan los demás perros y se pondrá a jugar aunque tenga calor.

—Oooh... ya te entiendo. ¿Cuándo vamos?

—¡Coge un polo y sígueme!


Tuvieron que ir en coche porque Cupido no podía leer el folleto y no estaba dispuesto a dar un largo paseo sin la motivación adecuada. Pero en cuanto llegaron a la zona vallada y bien iluminada, alzó las orejas, empezó a agitar la cola y se puso a hablar.

—Alguien está emocionado —dijo Emma.

—Cupido también —dijo Kate, con los ojos brillantes.

Salieron del coche y Cupido se puso a tirar de la correa. Pero en cuantro entraron, miró a sus mamás como preguntando qué tenía que hacer. Inmediatamente, seis perros más como poco corrieron hasta él, que se escondió tras las piernas de sus mamás. Kate y Emma se agacharon para ponerse a su altura y le acariciaron el lomo para tranquilizarlo. Se aclimató rápidamente y salió corriendo para saludar a todo el mundo.

—No ha tardado mucho —dijo Kate.

—No. Hemos criado bien a nuestro chico.

—Vamos, sheriff, sentémonos un ratito.


Al cabo de una semana de visitas, conocían el nombre de por lo menos quince perros y unos diez dueños. Sí, los dueños de los perros se llamaban la mamá de Rollie, la mamá de Destiny y el papá de Oliver, pero era un comienzo.

—Esto es muy divertido —dijo Kate mientras recorrían el parque—. Por alguna razón, aquí parece que no hace tanto calor. Motivo más que suficiente para venir.

—Ah, no olvides el penetrante olor a orina —le recordó Emma.

—Creo que le estoy cogiendo gusto —decidió Kate.

—Eso es lo que me preocupa —dijo Emma, dándole un pellizco en broma.

—Bueno, ya hemos llegado a la entrada y son las diez menos cuarto. Creo que será mejor que nos vayamos. Vamos, Cupido. —El cachorro corrió hasta ellas, con las orejas de punta, seguido de una jauría de sus amigos—. Vosotros no, chicos, sólo Cupido. —Kate le puso la correa y todos los demás perros huyeron, con un miedo cerval a sufrir la misma suerte.

Se metieron en el coche y lo pusieron en marcha, conectando el aire acondicionado, que era una maravilla después de haber pasado tanto tiempo en el parque.

—Oye —dijo Kate—, mira a esas dos.

Emma siguió el dedo con que señalaba Kate y vio a una pareja de chicas con un juguetón cachorro de labrador rubio.

—Bonito perro —dijo.

—Dios, llevas demasiado tiempo en el parque —dijo Kate—. Me refiero a las mujeres.

Emma volvió a mirar y se fijó en la pareja. Iban vestidas de alta costura lésbica y cada una llevaba una mano metida en el bolsillo trasero de la otra. Se detenían continuamente para besarse o tocarse.

—¡Son adorables!

—¿Nosotras hemos sido alguna vez así de jóvenes?

—Sí. La pregunta más importante es, ¿parecíamos tan claramente enamoradas?

Se volvió y se encontró con los labios de Kate. Ésta enredó los dedos en el pelo oscuro de Emma y susurró:

—Todavía lo parecemos a veces.

Se olvidaron de lo que las rodeaba y se besaron de nuevo. Kate se volvió casi del todo en su asiento y Emma oyó el chirrido de su muslo al rozar el asiento de cuero. Kate se pegó a ella y la cogió entre sus brazos. Emma sintió la fuerza y la seguridad de esos brazos y se entregó a ella por completo. Kate parecía ser parte de ella... su olor, la ligera capa de sudor que le cubría la piel, el peso de sus pechos, todo ello se juntaba con los de Emma. Le empezó a dar vueltas la cabeza y perdió el sentido de sus límites. Una oleada de deseo le inundó el cuerpo, calentándole la piel y haciéndola palpitar. Kate la besaba en el cuello y la oreja, respirando ligeramente.

—Em —dijo y sonó como una súplica. Emma pegó su boca a la de su compañera y sus labios se abrieron. Notó la lengua de Kate y la tomó en su boca, chupando ligeramente—. Aaah —gimió la rubia y se pegó más a ella. Su mano se posó en el cuello de Emma y la sujetó en el sitio mientras las dos se chupaban despacio y se movían juntas.

El ruido de la puerta de un coche cercano las sobresaltó y se separaron.

—¿Cuándo fue la última vez que hicimos esto? —preguntó Emma, sin aliento.

—Mm... esta noche. —Cupido estaba en el asiento de atrás, sin hacer ruido, y cuando Kate se volvió para comprobar, estaba tumbado de lado, profundamente dormido—. Creo que llevamos aquí un buen rato —dijo. Al mirar el reloj, se quedó atónita al ver que eran las diez y media.

—Se te ha pasado la hora de irte a la cama, Katie.

—Sí. —Kate se echó hacia atrás y arrancó el coche, sonriendo a Emma. Emma le sonreía a su vez.


—Ahora a dormir. Nada de quedarte leyendo bajo las mantas con la linterna.

Kate soltó una risita, gozando del vértigo maravilloso del cansancio feliz.

—Lo prometo... Buenas noches, Em.

—Buenas noches.

Cuando estaba en medio de las escaleras, Emma la alcanzó.

—¿Kate?

Se volvió y se encontró cara a cara con su compañera, que estaba un escalón más abajo. Emma rodeó la cintura de Kate con los brazos y le metió las manos por debajo de la camiseta. Las dos estaban un poco doloridas y su beso fue dulce y lento. Kate suspiró cuando la morena se apartó y la besó ligeramente en los párpados.

—Que duermas bien, Katie mía.

—Vale.

Emma se quedó mirándola y luego bajó de nuevo las escaleras para cerrar la casa. Acabó en el sofá con Cupido y los dos se quedaron mirando al vacío, ensimismados.

—Algo está cambiando, amigo. Algo importante está cambiando y es bueno.


Para el fin de semana siguiente, no sólo conocían el nombre de varias docenas de perros, sino también el de algunos humanos. Los humanos hablaban sobre todo de sus perros, de todo lo que tuviera que ver con sus perros y en realidad de nada más salvo de sus perros, pero un día el parque se puso muy animado. Alguien había propuesto hacer una fiesta de Halloween para perros, con disfraces incluidos. Al principio, Emma y Kate hicieron una mueca discreta, pero cuanto más lo pensaban, más les gustaba la idea. Cupido estaría fantástico vestido de superhéroe, de caballero, de bufón de la corte, de uno de los de Village People...


El martes por la noche, Emma llegó a casa y empezó a despojarse de su atuendo de trabajo nada más entrar por la puerta. Encontró a Kate en la cocina y la abrazó por detrás. Acarició el pelo de la rubia con la nariz y sintió una oleada de felicidad y anhelo.

—Bésame, Kate. —Siempre que decía esto le daba la risa.

—Mmm. —Kate se volvió entre sus brazos, la abrazó a su vez y luego le metió a Emma en la boca su chicle masticado y echó a correr.

—¡Oh, puaj! Qué agradable.

Kate se retorcía de risa al otro lado de la habitación.

—Alguien necesita un poco de disciplina —dijo Emma con tono amenazador.

Así empezó la persecución alrededor de la mesa de la cocina y Cupido se unió encantado al jolgorio.


Más tarde esa misma noche, estaban sentadas en el estudio, viendo la televisión, y Emma se puso uno de los pies descalzos de Kate en el regazo.

—Pobres piececitos —dijo—. Ahora te pasas todo el día de pie.

—Ya te digo —dijo Kate—. Voy a tener que empezar a ir a que me hagan la pedicura.

—No hace falta. —Emma se puso a darle un masaje, sonriendo cuando Kate ronroneó de placer. Al poco Kate estaba tumbada, con los dos pies en el regazo de Emma. Tenía los ojos cerrados y estaba a punto de quedarse dormida.

Emma le hizo cosquillas ligeras en la planta de los pies.

—Es hora de irse a la cama, tesorín. Son las diez.

—No quiero —contestó Kate con voz de niña.

—Ya lo sé. Pero mañana tienes que madrugar. —Colocó los pies de Kate en el suelo y la ayudó a levantarse—. Nos vemos por la mañana.

—Vale. —Kate abrazó a su compañera y la besó, a punto de no atinar con su boca—. Cansada.

—Te quiero, Katie.

—Y yo a ti. —Se dirigió a las escaleras arrastrando los pies y diciendo—: Gracias por el masaje. Me siento querida.

—Lo eres —dijo Emma, lanzándole un último beso.


A mediados de septiembre el tiempo cambió agradablemente tras el calor que había sufrido Chicago durante todo el verano. Cupido, estaba claro, era un barómetro muy fiable porque este cambio de tiempo hacía que se retorciera de felicidad. Kate, que siempre se iba pronto a la cama y se levantaba temprano, se había convertido en la compañera de paseos matutinos de Cupido. Ella tampoco se quejaba del tiempo, aunque retorcerse no entraba dentro de sus posibilidades.

Cómo me alegro de dar este paseo por las mañanas, es casi como una meditación para mí. Llego a la oficina totalmente despejada. Hace mucho tiempo que tendríamos que haber conseguido un perro.

—¿A que sí, chico? ¿A que sí, gordito mío? ¡A ver esa tripa! ¡A verla! ¡Ohh, no está gordo! ¡No, no lo está! Venga, Cupido, vamos a coger tu correa. —No hizo falta decírselo dos veces: el perro salió disparado de la cocina mientras Kate lo seguía a una distancia prudencial.

Se agachó y le sujetó la correa al collar y antes de poder erguirse de nuevo, Cupido salió corriendo por las escaleras hasta la planta de arriba.

—¡Cupi! ¿Qué haces?

El perro subió disparado y se sentó delante de la puerta cerrada de Emma, que seguía durmiendo, golpeándola, arañándola, gimoteando y bailando de izquierda a derecha. Kate lo había seguido lo más deprisa posible, pero el daño ya estaba hecho.

—Ya voy, ya voy. Sí, sí. Ya voy.

Kate llegó a la puerta de Emma y la abrió, dándose cuenta al hacerlo de que tenía muchas ganas de ver a su compañera tan temprano. Cupido entró trotando y se subió a la cama de un salto, ofreciéndole la correa que sujetaba en la boca.

Kate se apoyó en el marco y soltó una risita.

—Buenos días.

—¿Qué es lo que pasa? —dijo Emma, incorporándose sobre los codos.

—Bueno, tú conoces bien a nuestro perro. ¿Qué te parece que quiere?

El gemido de Emma se transformó en risa al dejarse caer de nuevo en la cama.

—Oh, está bien. Bajaré dentro de un minuto.


—Caray. ¿Siempre está todo tan bonito a esta hora del día? —Emma salió por la puerta con una buena taza de café en la mano.

—Sabes, me preocupa mucho que no seas capaz de dar la vuelta a la manzana sin cafeína, Demonia —dijo Kate, dándole a la mujer más alta una palmada cariñosa en la espalda.

El viejo apodo la pilló por sorpresa y Emma soltó una sonora carcajada.

—¡Ah, jo! ¡Hacía años que no pensaba en eso! Además, mira quién fue a hablar... Han llamado de Brasil, Katie, necesitan que les devuelvas algunos granos. —Pero mientras se metía con ella, Emma se cogió del brazo de Kate y empezaron el paseo, con Cupido por delante.

—Vas atrasada de noticias, Demonia. Ahora tomo té.

—¿Qué? ¡Es broma!

—Para nada —le aseguró Kate—. Y aún peor.

—¡No me lo digas! —exclamó Emma.

—Sí, es cierto... descafeinado.

El paseo y las bromas cariñosas se prolongaron durante varias manzanas esa mañana, mientras Cupido se volvía de vez en cuando para cerciorarse de que su pequeña jauría estaba contenta e intacta.


Kate estaba sentada en la parte de atrás, escuchando los ruidos del barrio por la noche y el ruido que hacía Emma en la cocina. Cupido estaba tumbado en la hierba a su lado, con la cabeza sobre las patas. Kate lo miró cuando se estremeció, soñando, al parecer.

—¿Estás persiguiendo conejos? —susurró.

La carga de trabajo que se obligaba a hacer todas las noches se había terminado hacía largo rato y estaba dejando que se le pasaran ideas diversas por la cabeza. En un momento dado, se quedó sorprendida al darse cuenta de que se sentía contenta. Bueno, feliz, en realidad, y que llevaba así ya un tiempo.

—Una taza de Tazo Wild Sweet Orange.

—Oooh, gracias, Em. —Kate bebió un sorbo—. ¿Tú vas a tomar una taza?

—No. Todavía prefiero el postre tradicional de después de cenar, chocolate —dijo, sacándose unas pequeñas chocolatinas del bolsillo de la camisa.

Cupido se levantó para que Emma le hiciera una rasqueta y luego se tumbó entre las dos.

—Gracias por hacer la cena esta noche. No has perdido facultades, estaba genial.

—De nada. Pero tengo que decirte que estoy rendida. Ahora sé por qué te vas tan pronto a la cama.

—Oooh... ¿la nena está cansada?

—Sí, la nena está cansada.

—Pues vamos a retirarnos —dijo Kate—. ¿Qué dices tú, Cupido? ¿Te quieres acostar ya?

Emma contestó por él.

—Te seguimos.

Apagaron las luces al pasar y subieron juntas las escaleras. Kate alargó la mano cuando las dos se detuvieron y cogió la de Emma, llevándola a su dormitorio.


Justo antes del amanecer, Kate se despertó y se arrimó más a su compañera. Tenía la mano sobre la tripa de Emma, como siempre había hecho cuando dormían juntas. Emma se movió en sus brazos, despertándose despacio. Puso la mano encima de la de Kate y apretó suavemente.

—¿Esto está bien? —le susurró Kate al oído.

—Pues claro. —Emma le cogió la mano y se la besó—. Tontorrona.

Kate se detuvo, a punto de hacer una pregunta, pero inmediatamente se lo pensó mejor. Se levantaron de la cama y se vistieron, puesto que Cupido estaba desesperado por salir.

Kate se mantenía inusualmente callada durante el paseo y Emma la cogió de la mano y preguntó:

—¿Va todo bien?

—Claro. —Esa única palabra no daba muchas pistas, por lo que Emma lo intentó de nuevo.

—¿Qué te ha parecido dormir juntas?

—¿Qué te ha parecido a ti? —contestó Kate, sin revelar nada.

Emma se detuvo y puso la mano en el hombro de su compañera.

—Sé que te pasa algo. ¿Qué ocurre?

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué hice el qué, cielo?

Kate parecía a punto de echarse a llorar.

—¿Por qué te fuiste de nuestra cama?

—¿De nuestra...?

—¿Por qué te fuiste de nuestra habitación?

—Tesoro, creía que estábamos de acuerdo. Tenía sentido en ese momento.

Kate hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Nunca tuvo sentido para mí. Era sólo que no quería discutir.

—¡Cariño! ¡Teníamos costumbres tan distintas! No comíamos a la misma hora, no nos acostábamos a la misma hora. Ya sabes que tengo el sueño muy ligero.

—Siempre has tenido el sueño ligero. Antes lo aguantabas para estar conmigo.

Emma se quedó sorprendida al notar las lágrimas ardientes que de repente le cayeron por las mejillas. Lo único que consiguió decir fue:

—Oh, Katie.

Kate la volvió a coger de la mano y dijo:

—Venga, sigamos caminando.

—No sé cómo empezó, pero de repente todo parecía ir mal al mismo tiempo. Cuando murió mi padre yo sólo quería estar sola. Me quedaba en la cama llorando toda la noche y no quería que lo vieras.

—¿Por qué, Emma? Para eso estamos juntas.

—Eso lo sé ahora, pero en aquel entonces no tenía ni idea. Tenía miedo, estaba deprimida, odiaba mi trabajo. Tenía ganas de huir de casa.

—Quieres decir huir de mí.

Emma agarró con más fuerza la mano de su compañera.

—No sólo de ti. Estaba huyendo de todo. De mis sentimientos, de mi tristeza. Fue una época horrible para mí.

Kate se paró y secó las lágrimas de las mejillas de Emma.

—Si hubiera sabido lo que te estaba pasando, te podría haber ayudado. Creía que estabas... harta de mí... de nuestra vida.

—¡No, no, jamás! Jamás he estado harta de ti, Katie. Es que estaba deprimida. Y luego, cuando empecé con el nuevo trabajo, estaba deprimida y además abrumada. No tendría que haber empezado con un trabajo nuevo y las clases al mismo tiempo. Pero es evidente que quería cansarme, para poder dormir por la noche.

—¡Em, por favor, por favor, no vuelvas a ocultarme una cosa así! ¿Qué sentido tiene mantener una relación si no podemos contar la una con la otra para recibir apoyo y comprensión?

—Éramos jóvenes, Kate. No teníamos mucha experiencia. Éramos estúpidas.

—Tendría que haberte preguntado —dijo Kate—. No debería haberte dejado marchar tan fácilmente.

Emma la abrazó y dijo:

—Jamás volveré a marcharme.

—Jamás te dejaré.


Esa noche estaban echadas en la cama, las dos preocupadas e inseguras. Kate se apoyó en un codo y apartó el suave pelo de la frente de Emma.

—Quiero volver a hacer el amor —dijo—, pero... tengo un poco de miedo.

Emma le llevó la mano hasta sus labios y la besó.

—Yo también. Me siento como torpe. Como la primera vez que mis padres me dejaron invitar a Jane a pasar la noche cuando se fueron a pasar el fin de semana fuera. Sabía que quería tocarla y sabía que ella también lo deseaba, pero me costaba muchísimo romper el hielo.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Kate.

—Nada. —Emma se echó a reír y dijo—: Tardé otros seis meses en volver a tener la oportunidad y esa vez, me lancé. Pero estaba asustadísima.

—No quiero que me tengas miedo, cariño. Vamos a hacerlo despacio. A acostumbrarnos de nuevo la una a la otra. ¿Quieres dormir?

Emma se puso de lado para mirar a Kate y dijo:

—Quiero que nos besemos.

Se besaron, despacio y tiernamente, explorándose la boca mutuamente a fondo y sin prisas. Emma metió la mano por debajo de la camiseta de Kate y le cogió un pecho, sonriendo a través del beso.

—¿Te gusta? —preguntó Kate.

—Mmm. Mucho. Los echaba de menos.

—Y ellos a ti. No tengas favoritos.

Emma tocó ambos pechos suavemente, con caricias un poco inseguras, pero muy bien recibidas. Kate puso la mano en el trasero de Emma y la acercó más. Oyó que el corazón de Emma latía muy acelerado y supo que debían aflojar.

—Te quiero. Esto me ha encantado —susurró Kate.

—A mí también —dijo Emma—. ¿Nos dormimos ahora?

—Sí. Vamos a dormir.

Emma se puso de lado y Kate se pegó a su espalda, con la mano en su sitio preferido: justo encima de la tripa de su amante. No tardaron en quedarse dormidas y sus corazones se fueron apaciguando hasta latir al mismo ritmo.


La mañana de Halloween encontró a Kate y a Emma dando los toques finales al esmoquin de Cupido.

—Sigo diciendo que el parche en el ojo es una gran idea —dijo Emma.

—No es un pirata que vaya a una cena elegante —dijo Kate—. Nada de parches.

—Vale, supongo que tienes razón. Pero le queda muy bien.

—También se volvería loco —dijo Kate—. Ya es bastante malo que estemos disfrazando a un perro con un esmoquin. ¿Podemos dejarlo ahí?

—Supongo que su encanto se echaría a perder si no parara de chocarse con la valla del parque —dijo Emma.

—Bueno, hemos terminado. Tienes aspecto de perro hasta las tres, Cupi. A partir de esa hora, eres Cary Grant.

—Vamos a ver qué partido están poniendo y a pensar en la comida. Empiezo a tener hambre.

Se sentaron juntas en el sofá de cuero y Emma puso una pierna encima de las de Kate. Cupido se echó a dormir en el suelo, pues tanto pase de modelos por la mañana había sido excesivo para él. Emma se puso a pasar canales hasta que encontró su nuevo anuncio preferido. Siempre se partía de risa al verlo y cuando se volvió hacia Kate para hacer un comentario, se encontró a escasos centímetros de su cara. Había algo indescriptible en su expresión y Emma sintió que se le aceleraba el corazón. Sin decir palabra, se puso a Kate en el regazo y se besaron tiernamente. Las manos de Emma se deslizaron por debajo de la camiseta de Kate y le masajearon la espalda mientras seguían besándose. Kate se pegó más a ella y los besos se hicieron más intensos.

Emma no tardó en estar tumbada en el sofá, con Kate encima, moviéndose despacio contra ella. La lengua de Emma entró en la boca de su amante, provocándola y excitándola. Kate agarró el culo de Emma, pegándola a su pelvis. Estaban boca con boca, pecho con pecho, tripa con tripa, sin que sus labios perdiesen el contacto ni por un segundo.

Kate le dijo jadeante a Emma al oído:

—Cariño... te quiero. —La tocó sin aliento y se sentó un momento para quitarse la camiseta por encima de la cabeza. La siguió la camiseta de Emma y Kate volvió a echarse, ronroneando de placer cuando sus pechos se tocaron aplastándose. La piel de Emma estaba muy caliente y era muy suave, muy delicada, pero sus pechos eran firmes y resistentes y aguantaban el peso de Kate.

Las manos de Emma se movían por la espalda desnuda de Kate, pegándola a su cuerpo. Necesitaba tenerla más cerca, por muy cerca que estuviese ya. Su hambre por ella era enorme y tenía la sensación de que jamás podría saciarse.

Justo cuando creía que se iba a poner a gritar, las manos seguras de Kate le quitaron el pantalón del chándal. La lisa superficie de cuero del sofá resultaba fresca en contacto su piel acalorada y abrió las piernas con expectación. Notando su necesidad, la mano de Kate subió por su muslo, poniéndole la carne de gallina por donde pasaba. Se detuvo un segundo, sujetando el calor de Emma en la palma de la mano.

—Me muero por tocarte —murmuró.

Emma le agarró el brazo con las dos manos, tirando de Kate hacia ella. Sus labios se volvieron a encontrar al tiempo que Kate la abría delicadamente y empezaba a acariciarla, animada por las exclamaciones incoherentes de Emma. Los dedos de Kate se sentían atraídos por el calor y se deslizó dentro, sintiendo el estremecimiento de Emma. Su lengua hurgaba la boca de su amante mientras sus dedos se deslizaban por la humedad. La carne de Emma palpitaba contra su mano y sus gritos se hicieron más fuertes y desesperados. Para darle el alivio que tanto necesitaba, Kate rozó la punta de su clítoris, apretando apenas el sensible punto.

Sofocando un aullido, Emma gritó al llegar a la cumbre, mientras los dedos húmedos de Kate seguían moviéndose dentro de ella. Agarró a su amante y la abrazó con todas sus fuerzas, meciéndola dulcemente mientras se iba calmando.

—Dios mío, cómo lo echaba de menos —murmuró Kate—. ¿Cómo hemos podido abandonar esto?

—Eso no importa —la tranquilizó Emma—. Lo único que importa es nuestro futuro.


—¡Eh, ahí están! —dijo John, cogiendo a su mujer de la mano y echando a andar entre la gente. John, Kirsten y Milo iban a participar con Kate, Emma y Cupido en la tarde de Halloween del parque para perros. No habían llegado a ponerle a su perro un disfraz completo, pero sí que le habían puesto a Milo una graciosa camisetita de los Cubbies.

—¡Hola, chicos! ¡Feliz Halloween! —dijo Emma, dando besos a su familia—. ¡Ah, mirad a Milo! ¡Qué rico!

—Bienvenidos al Desfile de Disfraces Kaninos —dijo Kate, dándole un beso a John en la mejilla y luego otro a Kirsten—. Dios, detesto que la gente use la K para escribir mal las cosas a propósito. ¿Pero por qué lo hacen?

Kirsten se echó a reír.

—Creo que jamás lo sabremos, Kate. —Se agachó para acariciar a Cupido y dijo—: ¡Oh, lo habéis hecho! ¡El esmoquin es una preciosidad! Y tú también, chiquitín. Sí, tú también.

—Parece una de esas figuritas de una tarta de boda perruna —dijo John.

—¡Es cierto! —dijo Kirsten, riendo—. ¿Eso que lleva en la camisa es un botón de diamante?

—Bueno, son todos botones de camisa de vestir, pero éste, ¿lo ves? Es un diamante de imitación. Bonito, ¿eh? Un chico necesita a veces un toque de distinción —dijo Kate.

—Caramba, algunos de estos perros están ridículos —dijo Kirsten—. ¡Ja! ¿Qué se supone que es ese... creo... bulldog? ¿Eso no es basura?

—Oh, ése es Oliver; va de desechos tóxicos —explicó Emma.

—¡Puuu! Pobre perrito.

—Vamos a dar una vuelta con nuestros chicos y os enseño algunos de mis preferidos —dijo Emma, cogiéndose del brazo de Kirsten—. Veréis cuando os enseñe el perro que camina de espaldas y lleva una careta de Pat Robertson en el culo.

John y Kate se echaron a reír, caminando detrás.

—Oye, John.

—¿Sí?

—Me encantaría... o sea, a Em y a mí nos encantaría que este año Kirsten y tú vinierais a celebrar Acción de Gracias con nosotras.

—¿De verdad? ¿No soléis ir a casa de tus padres? —preguntó John.

Kate se detuvo.

—Antes sí, pero estoy pensando, ya sabes... que ya va siendo hora de tener nuestras propias tradiciones familiares.

—Somos una familia, incluidos nuestros perros —dijo John—. Ahí estaremos, Kate, encantados de la vida.

—¡Genial!

—No tengo que frenarme con los chistes, ¿verdad?

—No tienes que frenarte —asintió Kate, dando un rápido abrazo a su cuñado.


La fiesta se terminó pronto, porque ya oscurecía antes de las cinco. Emma y Kate se despidieron de John, Kirsten y Milo y arrastraron a Cupido hasta el coche.

—Vamos, chico, no puedes ir a casa de Milo —dijo Kate—. Sé que lo quieres, pero lo verás pronto.

—¿En serio? —preguntó Emma—. ¿Has hecho planes?

A Kate se le puso una cara ligeramente culpable.

—Pues... debería haberlo hablado primero contigo, pero he invitado a John y a Kirsten a casa por Acción de Gracias.

Emma se metió en el coche y se quedó ahí sentada en silencio. Kate y el perro hicieron lo mismo. Lo único que se oía en el vehículo era el habitual jadeo tranquilo de Cupido.

—No me puedo creer que hayas hecho eso —dijo en voz baja y a Kate le pareció ver una lágrima.

—Lo siento, cielo, sé que tendría que haber hablado antes contigo...

Emma se volvió hacia ella y Kate vio que en su cara había lágrimas, pero también una preciosa sonrisa.

—Has cambiado tanto en tan poco tiempo. —Cogió la mano de Kate y la sostuvo sobre su mejilla y luego la besó—. Me siento tan querida. Más que nunca.

—¿De verdad? —Kate sonrió también, con aire expectante—. ¿Más que nunca?

—Oh, sí, cariño. Sí. Cuando éramos jóvenes, sabía que me tenías cariño y sabía que te sentías atraída por mí... pero no estaba segura de cuánto me querías. Ahora no tengo la más mínima duda.

Kate se inclinó y abrazó a su compañera, estrujándola con ganas.

—Nunca deberías haber dudado de mí. Habría hecho cualquier cosa que me hubieras pedido. Es que nunca pedías nada.

Con la punta de los dedos, Emma acarició la mejilla de Kate y pasó por encima de su boca, sonriendo cuando Kate le chupó uno.

—Las dos nos hemos hecho un poco más adultas. Ahora sabes cómo hacer que me sienta querida sin que yo tenga que decírtelo. Me conoces bien y también te conoces mejor a ti misma.

—Supongo que hacerse mayor no está tan mal, después de todo, ¿verdad?

—No si se hace bien —dijo Emma, dándole a su amante un sonoro beso—. Vamos a casa a jugar.

—Tengo que pasarme por el súper para comprar unas cosas —dijo Kate—. Me gustaría hacer una cena especial de Halloween. Os dejo en casa primero, ¿vale?

—Muy bien, si no te importa. Podríamos encargar algo.

—No. Este fin de semana nada de comida encargada. Si tenemos tiempo, deberíamos mimarnos con una buena comida casera. Tú quítale el esmoquin a Cupido y yo vuelvo a casa dentro de nada.


Kate llevaba fuera tanto tiempo que Emma estaba segura de que le había pasado algo.

—Tesoro, ¿va todo bien? —preguntó, con evidente preocupación, cuando la localizó en el teléfono móvil.

—Oh, sí, sí, es que tenía que pasarme por otro sitio. Siento no haber llamado. No tardo.

—Date prisa —dijo Emma—. Te echamos de menos.

—De acuerdo.

Cuarenta y cinco minutos después, Kate llegó a casa con los brazos cargados de bolsas.

—Siento haber tardado tanto —dijo cuando Cupido se puso a dar saltos a su alrededor, como si llevara días sin verla—. Es que no paraba de ver cosas que quería comprar. —Dejó las bolsas en la encimera y se quitó el abrigo.

—Jo, Katie, ¿qué es todo esto?

—¡Una cosa más! —Kate salió corriendo al coche y entró a la carrera con un enorme ramo de lirios y rosas. Se lo presentó a Emma y dijo—: Esto es un detalle para demostrarte lo feliz que soy de que hayamos sido capaces de empezar de nuevo. —Se echó hacia delante y besó a su compañera—. Te quiero, Em.

—¡Qué flores tan bonitas, Kate!

—Llevan una tarjeta —dijo la rubia—. Sí, ahí está. Vamos, ábrela.

Cuando Emma leyó la tarjeta, se echó a llorar.

—Eres un amor —suspiró—. ¿Esto es cierto? ¿De verdad que tu vida no empezó hasta que nos conocimos?

—Claro que es cierto —dijo Kate—. Cada día que pasamos juntas es un tesoro para mí, Em. De verdad que no sabía lo que era ser feliz hasta que te conocí.

Se abrazaron estrechamente, dándose besos.

—También he traído champán —dijo Kate—. He pensado que nos merecemos una pequeña celebración.

—Oooh... me encanta el champán. —Sacó la botella del envoltorio transparente y dorado y asintió con aprobación—. Se te da bien esto del romanticismo, has comprado champán del bueno.

—Lo que te mereces, ni más ni menos.

—¿Quieres que lo abra ahora?

—No. Vamos a esperar un poco. Antes voy a hacer la cena.

—Te ayudo.


La cena no fue una cosa extraordinariamente elegante, pero Kate sí que tuvo que hacer uso de toda su habilidad culinaria. Emma la alabó mucho, sonriendo de oreja a oreja por los resultados del esfuerzo de su amante.

—¿Más champán? —preguntó Kate.

—Sí. Está delicioso, Kate. —Lo olió, dejando que las burbujas le hicieran cosquillas en la nariz—. Una gran cena y un gran vino.

—No te lo bebas todo porque tenemos que brindar.

—Vale. ¿Por qué brindamos?

—Por nosotras —dijo Kate. Alcanzó algo debajo de la mesa y sacó dos cajas que había escondido al poner la mesa—. Esto es un regalito que vi cuando estaba haciendo la compra. No sé por qué, pero tenía algo que me decía, "Llévame a casa con Emma".

Su alegría hizo reír a Emma.

—Cuando los regalos te hablan, no se puede pasar de ellos. Sería una grosería. —Abrió la caja y sacó una preciosa camisola y un par de bragas a juego. Eran de color salmón claro, de raso con adornos de encaje—. ¿Lencería? —preguntó, haciendo aletear las pestañas.

—Ya sé que no usas mucha lencería fina, pero pensé que era una bonita forma de celebrar nuestra... mm... intimidad física.

—Tengo la sensación de que vamos a intimar muy deprisa si me pongo esto. Sé lo que sientes cuando ves ropa interior sexy.

Kate se sonrojó encantadoramente.

—Bueno, todo el mundo necesita una afición. —Carraspeó y empujó una caja más pequeña por la mesa—. Un regalo más.

—¿Más? ¿En serio?

—Sí. Uno más.

—Hoy estás llena de sorpresas, Katie. —En su cara brillaba una sonrisa de expectación, pero la expresión de Emma no tardó en volverse seria—. ¡Oh, tesoro, qué cosa tan bonita!

Kate le cogió el anillo a su compañera y le explicó:

—Este anillo tiene tres bandas distintas conectadas entre sí. La primera representa los años que llevamos juntas. Ésta —dijo, señalando la banda de plata—, es por nuestro futuro y toda la alegría que vamos a tener juntas. Pero ésta, la más valiosa —dijo, señalando la banda de oro y observando sus destellos a la luz de las velas—, es por el presente. El momento que vivimos ahora, las formas en que nos demostramos cada día que no sólo nos queremos, sino que estamos enamoradas la una de la otra. —Le puso el anillo a Emma e hizo una mueca al ver que era demasiado pequeño—. Éste me lo quedo yo —dijo, riendo. Se metió la mano en el bolsillo y sacó tres anillos más—. No quería fastidiarla —dijo—, así que he comprado cuatro, pensando que dos de esos cuatro nos quedarían bien. —El siguiente anillo encajaba a la perfección y Emma se quedó mirándolo maravillada.

—No me puedo creer lo maravilloso que ha sido este día completo —dijo, con los ojos relucientes de lágrimas—. Hacer el amor contigo, pasarlo bien con Cupido, tu ofrecimiento de pasar las fiestas con mi hermano y ahora esto. —Miró las brillantes bandas tricolores y luego miró a Kate—. Te quiero con todo mi corazón, Katie.

—Eso es justo lo que siento yo por ti, Em. Con todo mi corazón para toda la vida. —Kate se levantó y tiró de Emma. Se abrazaron largo rato y luego empezaron a besarse—. Vamos arriba —murmuró Kate—. Cupido es demasiado joven para ver las cosas que quiero hacerte esta noche.

Con una sonrisa provocativa, Emma cogió los nuevos accesorios.

—No hay mejor momento para probarme la lencería nueva, ¿eh?

—Dios, me encantan tus ideas —dijo Kate, besando a Emma al tiempo que la llevaba hacia las escaleras—. Y tu sabor... y tu olor... y tu tacto...

Cupido ladeó la cabeza y su instinto perruno le dijo que por ahora no se iba a unir a sus mamás. Fue al cuarto de estar y se acurrucó en el sofá. Se adormiló, pero no se durmió del todo, pues sabía que su trabajo consistía en proteger a su jauría y mantenerla a salvo todos los días de su vida.


FIN


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