7



A la mañana siguiente, Hennessey se despertó con un par de pies fríos pegados a las espinillas. Parpadeando despacio, se dio la vuelta y se puso el brazo de Townsend alrededor de la cintura.

—Qué bien —murmuró—. Qué gusto.

Una cara caliente se pegó a su nuca y Townsend le dio un beso.

—Duérmete, cariño. Todavía es temprano.

—Abrázame con fuerza —murmuró Hennessey—. No me sueltes.

—No te suelto. Te prometo que no —dijo Townsend, dándole otro beso en el cuello—. Te tendré bien abrazada siempre.


El sol entraba a raudales por la ventana cuando Hennessey se despertó de nuevo, y al volver la cabeza, se encontró con Townsend, que le sonreía afectuosamente.

—Hola. Creía que te ibas a pasar todo el día durmiendo, pero no me importaba nada. Es tan agradable tenerte así abrazada que me daría igual si no nos levantáramos nunca.

—Ah, no te daría igual —dijo Hennessey, saliendo de un salto de la cama—. Ahora mismo vuelvo. —Salió disparada hacia el cuarto de baño y Townsend, toda sonriente, se volvió a echar, volviéndose para sentir el calor del lado recién desocupado. Suponiendo que su compañera volvería a la cama para saludar la mañana con más calma, Townsend estrechó los ojos al oír el ruido de la ducha. Pocos minutos después, Hennessey salió frotándose el pelo mojado con una toalla—. La ducha me ha sentado genial. Puedes usarla tú ahora, si quieres.

—Creía que te apetecerían unos mimos —dijo Townsend, haciendo un puchero.

—No. Cuando me despierto, ya tengo que levantarme. Además, hoy hay que hacer muchas cosas. Hay que ponerse en marcha. —Fue a su pequeña cómoda y sacó unos vaqueros y un jersey de lana de color rojo brillante—. ¿Quieres ducharte o puedo ocupar el baño otra vez?

—Ya voy —dijo Townsend, dándose cuenta de que no se iba a salir con la suya.


Durante el desayuno, Hennessey miró a su compañera con una sonrisa neutra y preguntó:

—¿Qué vas a hacer para encontrar un nuevo padrino?

Encogiéndose de hombros, Townsend dijo:

—La verdad es que no lo sé. Sharon me propuso a alguien, pero no me gusta.

—Ya.

Mirándola con desazón, Townsend dijo:

—Todo esto es nuevo para mí, sabes. ¡Yo creía que podías confiar en tu padrino!

Hennessey alargó el brazo por encima de la mesa y agarró la mano de la rubia.

—Los padrinos se enfrentan a la misma enfermedad que tú, Townsend. También son humanos.

La mujer más joven apoyó la cabeza en las manos y se frotó la cara con fuerza.

—Eso ya lo sé —dijo, con un tono viejo y cansado—. Pero yo dependía de Sharon. Y me ha defraudado. —Sin decir palabra, Hennessey se quedó mirando a su compañera hasta que Townsend levantó la cabeza—. Yo... también te he defraudado a ti —dijo Townsend, con voz temblorosa—. Maldita sea, Hennessey, con lo segura que estaba de que podía hacer esto.

—Puedes y lo harás —dijo Hennessey—. Pero tienes que aceptar el hecho de que nunca es un camino fácil.

—¿Pero qué hago?

—Encuentra un nuevo padrino... lo antes posible. Luego, empieza desde el principio. Vuelve al primer paso y comienza de cero.

A Townsend le empezó a temblar el labio inferior y dijo llorosa:

—Tengo que devolver mis fichas, ¿verdad?

Con una sonrisa amable, Hennessey asintió.

—Tendrás que volver a ganártelas, cariño.

—Significan tanto para mí —dijo Townsend, echándose a llorar—. Llevo la ficha de los seis meses en el bolsillo y la toco cuando siento tentaciones.

—Lo siento muchísimo, Townsend. No tienes ni idea de lo mucho que lamento que hayas recaído.

—No he recaído. Me he estrellado.

—No, no es cierto —dijo Hennessey con convicción—. Puedes levantarte y volver a empezar. No te has roto nada, no hay daños permanentes. Ha sido una recaída.

Townsend se secó los ojos y dijo:

—¿Podemos irnos? La gente me está mirando.

—Claro. Voy a pagar la cuenta. Tú espérame fuera.

Al poco, Hennessey cogió a Townsend de la mano y dijo:

—¿Cómo tienes pensado volver al colegio el domingo?

—Tengo un vuelo a última hora de la noche. ¿Por qué?

—Porque no creo que debamos esperar hasta entonces. Creo que deberíamos ir hoy.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Porque necesitas un nuevo padrino y sería estupendo si pudieras tener eso arreglado antes de empezar las clases el lunes. Creo que deberíamos dedicar el fin de semana a dejarte todo arreglado.

—Pero mi colegio está cerrado por vacaciones —dijo Townsend.

—Ya. Como si eso fuera a detenerte si se tratara de algo que quisieras hacer —dijo Hennessey, sonriéndole con sorna—. Puedes pagar una habitación de hotel para las dos.

—Maldición, sé que vas en serio cuando me dejas que pague las cosas —masculló Townsend.

—Ya te lo he dicho, Townsend, nunca me tomaré tu sobriedad a la ligera.


Aunque la mujer más joven insistía en que no era necesario, Hennessey se empeñó en que llamara a su madre y le comunicara el cambio de planes. Acordaron que Hennessey llevaría a Townsend y que Miranda mandaría a alguien a recoger el coche cuando Hennessey volviera a Cambridge.

En la autopista de peaje, Hennessey dijo:

—Bueno, tenemos un largo viaje por delante. ¿Cómo quieres pasar el rato? Ya sé —dijo antes de que Townsend pudiera contestar—, vamos a hablar de lo que estabas pensando y que te llevó a querer beber.

—Qué divertido —refunfuñó Townsend—. ¿Siempre eres tan animada en los viajes por carretera?

—Sí. Es mi encanto natural. Bueno, ya sé que es difícil para ti, pero en realidad no hemos hablado de ello. Podría ser un alivio si te quitas ese peso de encima.

—Está bien. —Townsend se acurrucó en el gran asiento de cuero, metiendo los pies por debajo del cuerpo. Inclinando el respaldo, se volvió hacia su amiga y se quedó mirando su perfil largo rato—. Pienso mejor cuando miro algo bonito —explicó cuando Hennessey la miró desconcertada.

—Buena respuesta —dijo la morena.

Townsend se movió inquieta en el asiento y luego lo reclinó mucho. Contorsionando el cuerpo en una serie de posturas curiosas, por fin suspiró y dijo:

—No sé si tú eres la persona adecuada para hablar de esto.

Hennessey la miró extrañada y dijo:

—No importa si no quieres hablar de ello ahora, pero deberías hablarlo con alguien. Pronto.

—Lo sé, lo sé. Es que... mm... creo que tengo que hablar con alguien que no esté tan implicado... ¿sabes?

—Claro que sí —dijo Hennessey—. Por eso quiero asegurarme de que tienes un padrino. Necesitas a alguien con quien hablar, cielo.

—Eso lo entiendo, en serio. Pero... hay una cosa que me tiene preocupada, Hennessey, y aunque no quiera hablar de ello, creo que tengo que hacerlo.

—Adelante —dijo Hennessey—. Estoy lista.

—Puede que tú sí, pero yo no —rezongó Townsend.

—Venga, nena. Si hay algo que te preocupa, quiero saberlo.

Townsend estaba mirando el techo, pero alargó la mano y tocó el hombro de Hennessey.

—Vale. Allá va. Me siento como una mierda por la forma en que te traté la otra noche.

—¿La otra noche?

—Sí... cuando casi... ya sabes.

Hennessey volvió la cabeza y sonrió a su compañera.

—Ya llegaremos ahí, cielo. La otra noche demostraste que comprendes que es importante esperar hasta que las dos estemos preparadas.

—No es cierto —murmuró Townsend con tono apagado.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—No me paré porque comprendiera que es importante esperar. Me paré porque... sentía que te la había jugado para llegar a ese punto.

—¿Que me la habías jugado? Townsend, ¿de qué demonios hablas? ¿Cómo se la juegas a alguien para que haga... eso?

Dándose una palmada en la frente, Townsend gimió:

—Jo, Hennessey, a veces eres tan inocente como una niña. Es facilísimo conseguir que alguien vaya más lejos de lo que pretende. ¡Yo me he pasado años haciéndolo!

Con un profundo dolor en los ojos, Hennessey miró un instante a su compañera.

—¿Tú me hiciste eso... a mí?

—Sí, maldita sea, te lo hice.

—Joder —murmuró la morena—. Joder.

Ninguna de las dos volvió a decir palabra y se hizo un silencio pesado y opresivo en el coche. Hennessey salió de la carretera y detuvo el coche en cuanto encontró un lugar tranquilo. Bajó la ventanilla y se relajó en el respaldo, recostándose y mirando por la ventanilla un rato.

—Cuéntame lo que pasó esa noche —dijo por fin—. Quiero saberlo todo.

—No es tan complicado. Parecías receptiva y decidí seguir empujándote hasta conseguir lo que quería.

Volviéndose para mirar a su compañera, Hennessey dijo:

—Eso no fue lo que ocurrió. No me empujaste para nada, en realidad. Para serte sincera, ésa era la primera vez que no sentía que tenía que estar en guardia.

—Oh, Hennessey —suspiró Townsend—, es entonces cuando tienes que estar más en guardia. Una persona como yo, que usa a los demás, hace que creas que es idea tuya, pero no es así. Te manipulé para que llegaras a ese punto... así de sencillo.

—Pero... ¿pero por qué me hiciste eso? —dijo Hennessey, con la voz quebrada—. Sabes que yo no quería ir tan lejos.

—Pero yo sí — dijo Townsend, con el tono duro que Hennessey no oía desde el verano—. Quería acostarme contigo y cuando vi la oportunidad, la aproveché.

—Eso no se le hace a alguien a quien quieres —dijo Hennessey—. No se le hace.

—Pero yo te quiero —dijo Townsend—. De verdad, Hennessey.

La cabeza morena se movió despacio.

—El amor no es lo que dices. El amor es lo que haces. Intentar engañarme para acostarte conmigo no fue un acto de amor, Townsend. No lo fue.

—Ya lo sé —dijo la rubia—. Por eso me paré. No pude seguir adelante. Por primera vez en mi vida, no pude seguir adelante.

Hennessey se quedó parada y luego se secó los ojos con el dorso de la manga.

—¿Lo dices en serio?

—¿El qué?

—Que ésta fue la primera vez en toda tu vida que no pudiste seguir adelante para acostarte con alguien.

—Mm... sí, supongo que sí —asintió Townsend, casi abrumada de vergüenza.

De repente, Hennessey dejó de llorar, se volvió hacia su compañera y alargó la mano para tocarle la mejilla.

—Ésa es una señal muy, pero que muy buena —dijo suavemente—. Siempre que se rompe una costumbre como ésa, es una buena señal, Townsend. ¿No te das cuenta?

—No. De lo único que me doy cuenta es de que te traté como a toda esa basura que me he estado follando.

—Eso no es cierto —dijo Hennessey, con tono áspero y grave—. Te paraste a pensar en mis sentimientos y en cómo me afectaría. Creo que también te paraste a pensar en tus sentimientos —añadió—. No creo que quisieras tener eso sobre la conciencia.

—Yo no tengo conciencia —murmuró Townsend.

—La estás desarrollando —dijo Hennessey—. Lo único que nos impidió acostarnos fue tu conciencia... no la mía. Mi conciencia y mi autocontrol habían desaparecido, Townsend. Pero tu conciencia estaba atenta... cuidando de mí... y de nosotras. —Se acercó y abrazó a su amante—. Eso fue un acto de amor. Un acto de mucho amor.

—Pero no fue mi primer impulso para nada —rezongó Townsend.

—No, no lo fue, pero la conciencia se desarrolla. No nace totalmente formada. Ya llegarás ahí, Townsend. Sé que lo conseguirás.

—Jo —suspiró la mujer más menuda—. A veces creo que todo esto es demasiado para mí. Tengo que preocuparme de la bebida y las drogas y el tabaco y el sexo. Y ahora tengo que desarrollar una conciencia. No sé cuándo voy a tener tiempo para dormir.

Hennessey se apartó un poco y la miró a los ojos.

—Sé que es mucho. Y tienes razón: puede que sea demasiado para hacerlo todo al mismo tiempo. A lo mejor hay una manera de simplificar un poco las cosas.

—Yo estoy lista para el sexo siempre que quieras —dijo Townsend, con una ligera sonrisa en los labios—. Eso solucionaría un problema.

—¿A que estaría bien? —dijo Hennessey, con tono melancólico—. Ojalá fuera así de fácil. No sabes cuánto me gustaría.


Hennessey había decidido ser lo más amable posible, sabiendo que éste iba a ser un fin de semana difícil para su compañera. No sólo no dijo ni una palabra cuando Townsend le dio indicaciones para ir a una posada rural de lo más opulento, sino que disimuló su incomodidad cuando las llevaron a su habitación.

—Bonita cama —dijo, sentándose en el borde del colchón de tamaño gigante—. Bonita habitación también —añadió, mirando la estancia bellamente adornada.

—Aquí es donde se alojaron mis padres cuando me metieron en este sitio —dijo Townsend—. Es el mejor hotel de la zona.

—Eso me parece —dijo Hennessey, asintiendo amablemente—. Bueno, ¿qué planes tenemos?

—Mm... creo que la de los planes eres tú —dijo Townsend—. Si de mí dependiera, todavía estaríamos en Boston.

—Cierto. —Hennessey dio unas palmaditas en la cama, indicando a Townsend que se sentara a su lado—. Creo que deberías llamar a Sharon y hablar con ella a fondo sobre el tema de encontrar otro padrino. Ver si te puede sugerir otras personas... tal vez averiguar por qué pensó que el tipo que te propuso era el mejor de la lista.

—Vale. Suele estar en casa los sábados. ¿Y luego qué?

—A ver qué sale de esa conversación. Luego podemos decidir qué hacer a continuación. Ah. ¿A qué hora es tu reunión habitual?

—Normalmente voy a dos los sábados. Me he perdido la de la mañana y la otra es a las cinco.

—Estupendo. Así tenemos mucho tiempo. Tú haz esa llamada. Te espero en recepción.

—No tienes que...

—Claro que sí. Sharon y tú os merecéis hablar en privado, cielo. Ven a buscarme cuando hayas acabado.


Casi media hora después, Townsend se dejó caer en el sofá, sobresaltando a la pensativa Hennessey.

—¡Dios! Qué manera de presentarte —dijo la morena, con la mano sobre el corazón palpitante.

—Perdón. Estoy cabreada. Sharon no me ha ayudado nada.

—¿Qué ha pasado?

—Pues que ha dicho que cree que debería hablar con Art antes de tomar una decisión. Está segura de que es el tipo que me conviene... pero no lo soporto, cielo. ¡Me pone de mala leche!

—Mmm... me pregunto por qué está tan segura de que es el tipo adecuado para ti.

—No lo sé. Creo que es porque no conoce a nadie más.

—¿Tienes su número?

—Sí.

—¿Por qué no lo llamas y hablas con él? A lo mejor Sharon tiene razón al insistir en que pruebes con él.

Townsend puso los ojos en blanco.

—Sabía que eso es lo que dirías y ya lo he hecho. Hemos quedado a las tres. Ha dicho que tú también deberías venir.

—Me encanta una mujer que me puede leer la mente —dijo Hennessey, sonriendo alegremente.

—No te puedo leer la mente, Hennessey. Es que eres totalmente previsible... ¡y no deberías estar tan orgullosa de eso!


Cuando entraron en el tranquilo café, Townsend hizo un gesto sin entusiasmo a un hombre con barba, gafas y boina que estaba sentado a una mesa al fondo del café. Cuando se acercaron, Townsend dijo:

—Hola, Art. Ésta es Hennessey. Hennessey... Art.

Hennessey alargó la mano y recibió el apretón de una mano grande, fuerte y callosa.

—Hola, Hennessey. Sentaos.

Hennessey se quedó un momento mirando a Art, suponiendo que tendría cuarenta y muchos años. Tenía bastante aire de beatnik, o de lo que Hennessey suponía que debía de ser un beatnik por las fotografías que había visto de los escritores de los años cincuenta que formaban la Generación Beat.

—Gracias por venir a hablar conmigo, Art —dijo Townsend—. He tenido una mala semana y necesito volver a encarrilarme.

Él la miró sin expresión.

—Ahora mismo no quiero hablar de nada demasiado personal, Townsend. Si hablamos y decido que puedo trabajar contigo, ya entraremos en detalles. Pero ahora quiero conocerte un poco. Quiero ver hasta qué punto te tomas en serio el tema de mantenerte sobria.

Hennessey se dio cuenta de que Townsend empezaba a sulfurarse, pero no dijo ni una palabra. Sabía que no podía hacer nada para facilitarle las cosas a Townsend, de modo que esperó y se quedó sentada observando.

—Mantenerme sobria es algo que me tomo muy en serio —dijo la rubia, con la cara enrojecida—. Llevo nueve meses sobria. O... los habría llevado —reconoció—. Supongo que ahora debería decir que llevo dos días sobria.

—Ya —dijo Art, echándose la canosa coleta por encima del hombro—. Supongo que has tenido una recaída.

—Sí. Y bien grande —reconoció Townsend, mirando la mesa.

—Está bien —dijo él. Volviéndose hacia Hennessey, preguntó—: ¿Tú qué pintas en todo esto?

—Soy la amante de Townsend —dijo ella.

—Amante, ¿eh? ¿Cuánto tiempo lleváis juntas?

—Nos conocimos en junio y llevamos... relacionándonos desde agosto.

Art frunció el ceño y luego dijo:

—El cálculo no es lo mío, pero ¿eso no quiere decir que lleváis juntas desde que Townsend dejó... o intentó dejar... de beber?

—Sí, así es. Estábamos juntas cuando lo dejó.

—Hennessey me ayudó a dejarlo —comentó Townsend—. Ella es la única influencia positiva que he tenido en mi vida.

Art sonrió a medias a Townsend y dijo:

—Supongo que todo el mundo se merece tener una en la vida.

—Pues Hennessey es la mía —dijo la joven, con cierto tono de desafío.

—Ya. Cuéntame algo de ti, Hennessey.

—Pues soy de Carolina del Sur y voy a la universidad en Boston.

—¿Tienes mucha experiencia en el trato con alcohólicos? —preguntó.

Con expresión dolorida, ella dijo:

—Demasiada. Mis padres son alcohólicos. Ninguno de los dos se ha recuperado nunca.

—Ya. ¿Y tus relaciones pasadas? ¿Con qué clase de gente has estado?

Claramente irritada, Townsend intervino:

—¿Es que la que está buscando padrino es Hennessey?

—No —dijo Art, con una actitud paciente y relajada que evidentemente sacaba de quicio a Townsend—. Sólo quiero hacerme una idea del conjunto.

—No me importa hablar de esto —dijo Hennessey—. Townsend es mi primera amante. Es... la primera persona que he besado siquiera.

Esta revelación no pareció sorprender a Art, pero por otro lado, nada parecía sorprenderlo.

—Así que una chica de padres alcohólicos elige como compañera a una alcohólica. Qué original.

—Escucha —dijo Hennessey—, ya sé que parece que estoy siguiendo el patrón de conducta habitual, pero he pasado mucho tiempo en Alcohólicos Anónimos y hace poco he vuelto a las reuniones. Estoy trabajando con una madrina y creo que puedo mantener los límites.

—Todo el mundo lo cree, Hennessey. No muchos pueden, pero todo el mundo cree que sí.

—Seguro que eso es cierto —reconoció la morena.

—Ahora hablemos de ti —dijo Art, volviéndose hacia Townsend—. Te he visto en muchas reuniones y seguro que has oído la advertencia de no mantener relaciones con nadie durante el primer año de sobriedad. ¿Qué te hace pensar que eso no va contigo?

—Eso no es verdad —soltó ella—. Hennessey y yo nos conocimos cuando yo todavía bebía. Fue una evolución natural. No inicié una relación con ella después de dejar de beber... ocurrió al mismo tiempo.

—Eso no quiere decir que sea lo correcto y no quiere decir que sea bueno para ti —dijo Art sin andarse con rodeos.

—Sí que lo es —insistió Townsend—. ¡Nunca podría mantenerme sobria sin Hennessey!

El hombre se quedó callado un momento. Luego miró a las dos mujeres.

—Creo que esto justifica lo que digo.

—¡No! ¡Eso es ridículo! ¡Hennessey me apoya, siempre está ahí para ayudarme y siempre me insiste en que haga lo correcto!

—Ya. Eso estaría muy bien si Hennessey fuera tu madrina. Pero no lo es. Es tu amante. Y si rompéis... como probablemente haréis... tu sobriedad se irá con ella. ¿Eso te parece inteligente?

—No —contestó Hennessey, sorprendiendo a Townsend.

—¡Hennessey! ¿Cómo puedes decir eso? —Townsend estalló en lágrimas, sollozando tan fuerte que los demás clientes se la quedaron mirando.

La mujer más grande rodeó a su compañera con el brazo y le murmuró al oído:

—Art tiene razón, Townsend. No deberíamos haber empezado una relación cuando lo hicimos. La culpa la tengo yo. Sabía que no debíamos... pero no pude resistirme.

—¿Entonces lamentas estar conmigo? —sollozó la rubia.

—No, no, en absoluto. Pero no podemos comportarnos como si la situación fuera perfecta. No lo es. Sólo intento ser sincera, Townsend. Tenemos que ser sinceras.

—¿Me quieres? —preguntó Townsend, con la voz temblorosa.

—Sí, claro que te quiero. Siempre te querré —prometió Hennessey—. Pero eso no quiere decir que todo vaya a ser fácil. Va a ser difícil para las dos... y aún más difícil para ti mantenerte sobria.

Townsend hundió la cara en el hombro de Hennessey y lloró en silencio mientras Art hablaba.

—Os habéis montado esto de puta pena, pero eso no quiere decir que estéis condenadas al fracaso. Pero sí que tenéis que saber que os habéis puesto las cosas mucho más difíciles... en todos los sentidos.

—Ya lo sé —dijo Hennessey.

Art miró a la rubia, que seguía llorando, y dijo:

—Escuchad, yo he cometido todos los errores que se pueden cometer. Era heroinómano, borracho y fumador empedernido de maría. Tardé años en superar todas mis adicciones, pero por fin lo conseguí. Fui un caso difícil y me gusta trabajar con casos difíciles. Creo que Townsend cumple esos requisitos —dijo, sonriendo—. Hennessey, ¿qué tal si te vas a dar un paseo? Quiero hablar un rato con Townsend.

—Vale —dijo ella, soltándose los dedos de su amante de la camisa—. ¿Dónde quedamos?

Art ladeó la cabeza y la miró un momento.

—¿Por qué no vienes a la reunión con nosotros? Es en el salón de actos de los Veteranos de Guerra, en esta misma calle un poco más abajo. Empieza a las cinco.

—Vale, luego os veo. —Se inclinó y dio un beso a Townsend en la mejilla—. Hasta luego, tesoro. Se fuerte.


Cuando Hennessey llegó a la reunión, se entristeció al ver que Townsend había estado llorando de nuevo. A juzgar por sus ojos hinchados y la cara enrojecida, parecía no haber parado en la última hora. Sentándose a su lado, Hennessey le pasó un brazo por los hombros.

—Un mal día, ¿eh?

—Sí. Muy malo. Pero me siento mejor ahora que estás aquí.

—Yo también.

La reunión empezó y por fin le tocó hablar a Townsend.

—Hola, me llamo Townsend y soy alcohólica —empezó, con un tono de voz más apagado y menos seguro que de costumbre—. He tenido nueve meses de sobriedad, pero esta semana he tenido una seria recaída. —Le empezaron a temblar los hombros y Hennessey la volvió a rodear con el brazo para animarla a continuar—. Me siento como una mierda por eso... y conmigo misma —añadió—. Estaba tan segura de que lo tenía todo controlado... pero no es cierto. —Sorbió y se secó los ojos con el dorso de las manos, hasta que otra mujer le pasó unos pañuelos—. Gracias —dijo—. Creía que había traído suficientes, pero no he calculado bien todas las lágrimas que tenía almacenadas.

Hennessey la estrechó con cariño y levantó la mano para cubrir la de su amante.

—Mm... he estado pensando en lo que me ha hecho recaer y creo que ha sido lo mismo de siempre. —Levantó los ojos para mirar a la gente, que la escuchaba atentamente—. Me sentía invisible —lo dijo en voz baja, tan baja que Hennessey casi no la oyó, pero varias cabezas asintieron por la sala con comprensión.

—Mi madre es bastante conocida en su campo y el director de mi colegio le ha pedido que hable en mi graduación en mayo. —Se mordió el labio y continuó—: Por primera vez en mi vida, empezaba a estar contenta de algo que había logrado. Siempre me he enorgullecido de que me echaran del colegio, pero este año estar sobria me ha permitido volcarme de verdad en mis estudios... y me ha producido una sensación maravillosa —reconoció, con apenas un amago de sonrisa en los labios—. Es algo que he hecho por mí misma... sólo por mí. —Respiró hondo y soltó el aliento con fuerza—. Si mi madre viene al colegio, mi graduación girará en torno a ella. Yo desapareceré —dijo en un mero susurro. Le empezaron a temblar los hombros y Hennessey la estrechó con fuerza—. La otra noche sentí que desaparecía y que nadie... nadie lo entendía —dijo medio ahogada—. Me sentía tan sola, tan asustada... no soportaba sentirme tan sola. Así que hice lo que siempre hago. Fui a un bar y dejé que una panda de babosos me invitara a copas. Los tipos son unos gusanos y sólo me quieren porque les dejo hacer lo que les da la gana... pero son coherentes. Saben lo que quiero y me lo dan mientras yo les dé a ellos lo que quieren. Es una puta mierda de trato, pero puedo contar con ello... pase lo que pase. —Le temblaba todo el cuerpo y se apoyó en Hennessey, murmurando—: Eso es todo.


Esa noche más tarde, la pareja estaba en la cama, Townsend acurrucada contra el cuerpo más grande de Hennessey.

—Ha sido una semana tremenda, ¿verdad? —preguntó la rubia.

—Ya lo creo. Sé que tú y yo podemos ver las cosas de forma diferente, pero no creo que haya sido una mala semana, Townsend. Creo que nos ha enseñado los peligros a los que tenemos que estar atentas. Creo que en muchos sentidos nos ha venido bien.

—Mm... no hemos hablado de la noche que... me emborraché —dijo Townsend.

—No, no hemos hablado mucho de eso. ¿Quieres hacerlo?

—No, la verdad... pero sí que hay una cosa que quiero que sepas. No pasó nada con esos tipos, Hennessey. Sólo les estaba dando caña para que me pagaran copas.

—Está bien. Sé que no estabas en tu sano juicio. Volviste a las viejas costumbres... Sé que ya no quieres vivir así.

—¿Me crees? —preguntó la rubia suavemente.

—Claro, estoy segura de que no tuviste que abrirte de piernas para conseguir lo que necesitabas. Pero para serte totalmente sincera, creo que habrías hecho lo que fuera con tal de conseguir tu dosis esa noche. Seamos francas, cielo.

—No... no quiero seguir siendo así, cariño, no quiero. Quiero ser sólo tuya.

—Lo sé. Estoy segura de ello.

Townsend se arrimó más y susurró:

—Gracias por creer en mí.

—Creo en ti y siempre lo haré —dijo Hennessey—. Pero sé cuántas cosas estás intentando cambiar. Tienes una buena lista, cielo, y la mayoría de la gente estaría abrumada. Admiro el esfuerzo que estás haciendo.

—Gracias.

—Sabes —dijo Hennessey—, ya tendrías un buen trabajo sólo para esclarecer lo que sientes por tu madre, así que no hablemos de todo lo demás que estás haciendo.

—Ah, ella no me afecta demasiado. Me molesta, más que nada.

—Mm... Townsend, ¿no te he oído decirle al grupo que volviste a beber por cómo había hecho que te sintieras? ¡Eso es algo más que molestar!

—No es tan grave, Hennessey. No me importa hasta el extremo de dejar que me afecte muy a menudo.

—Sé que has estado en tratamiento psiquiátrico desde que aprendiste a andar, pero no me parece que hayas dedicado mucho tiempo a hablar de tu madre —dijo Hennessey—. ¿Por qué?

—Ah, llevo toda la vida en tratamiento, pero nunca me lo he tomado muy en serio. Creo que ya voy por el octavo psiquiatra. Voy a ver si establezco un récord.

Hennessey se apartó y miró un momento a su compañera.

—¿A quién haces daño con eso?

—¿Qué?

—Ya me has oído. ¿A quién haces daño cuando pierdes el tiempo con la terapia?

Townsend se quedó callada un momento y luego dijo:

—Supongo que me hago daño a mí misma.

—Sí, eso creo —dijo Hennessey, claramente irritada—. Maldita sea, Townsend, con la de oportunidades que has tenido y no sólo las desaprovechas... ¡es que las desprecias! Tienes que aprender a quererte más a ti misma.

—Hennessey, no puedo hacerlo todo a la vez. Por favor, deja de añadir cosas nuevas a la lista cada diez segundos.

Soltando un suspiro, Hennessey dijo:

—Lo siento. Es que creo que te has saltado varios ladrillos del edificio. Ya sé que no tienes tiempo para llegar a un grado de confianza con un psiquiatra en el poco tiempo que te queda de estar en Vermont, pero tienes que encontrar a alguien con quien trabajar cuando vuelvas a Boston. Te va a crear mucha tensión volver a tu propio territorio, cariño, y vas a necesitar apoyo.

—Te tendré a ti —dijo Townsend, sonriendo con cariño a su compañera.

—Claro que sí, pero yo no puedo sustituir a un psiquiatra. Tienes que trabajar en las cosas por las que pasa todo el mundo con sus padres, Townsend, no sólo en tus adicciones.

—Vale, vale, lo pondré en la lista. ¿Y ahora podemos besarnos un poco? Me parece que hoy no he recibido ni un mordisquito de esos labios dulces.

—Yo también lo necesito —dijo Hennessey, sonriéndole con cariño—. Ven aquí, deja que te abrace un rato.

Sorprendida, Townsend hizo lo que le pedía su compañera y se montó encima de su cuerpo, mientras las manos de Hennessey recorrían su figura cubierta de tela de algodón.

—Me alegro de que compartamos una habitación —dijo Hennessey suavemente—. Necesito hacer esto. Necesito tener la sensación de tu cuerpo grabada en el alma.

Townsend se quedó echada en silencio, mientras la sensación de las manos de Hennessey hacía que le dolieran el cuerpo y el corazón.

—Lo peor de haber perdido el rumbo es saber que este verano no me harás el amor —gimoteó la rubia—. Sueño con ello todas las noches, Hennessey. Es lo único... la única meta de mi vida que me ha importado lo suficiente como para luchar por ella.

—Lo sé —murmuró la mujer más grande—. También ha sido importante para mí. Demasiado importante —añadió.

Townsend volvió la cabeza y empezó a besar los labios temblorosos de Hennessey. Esta vez no corrió ni presionó. Luchando con sus instintos, usó los labios y la lengua no para excitar, sino para demostrar su amor por la hermosa mujer que estaba debajo de ella.

Hennessey pareció captar el cambio y respondió a su vez, volviéndose de lado y trasladando a Townsend con ella. Cara a cara, con sus cuerpos pegados cuan largos eran, pasaron horas explorándose la una a la otra de la forma más dulce y tierna. A Hennessey le costaba saber dónde terminaba ella y empezaba Townsend, pero la verdad era que no le importaba. Esto no se parecía en nada al frenesí salvaje de la necesidad sexual que había sentido esa semana... esto era una sagrada comunión física y emocional... su boca y la de Townsend... fundiéndose y compartiendo sus esperanzas, sus sueños y sus promesas.

Ninguna de las dos era consciente de lo cansada que estaba y las dos esperaban poder seguir gozando del consuelo de los brazos de la otra hasta la mañana siguiente. Pero justo antes del amanecer, Hennessey se despertó y se encontró todavía pegada al cuerpo de su amante, con los labios a menos de un centímetro de distancia. Soltó un suspiro y besó una vez más esos labios llenos, luego la abrazó con más fuerza y se volvió a dormir, sintiéndose a salvo, segura y llena de confianza.


Townsend no tenía la menor intención de levantarse, a pesar de todos los esfuerzos de Hennessey.

—Venga, cielo, tengo que desayunar y luego ponerme en camino. No he hecho nada esta semana y tengo que presentar un trabajo muy importante el miércoles. Tengo que trabajar un poco hoy.

—Llama a recepción y pide que nos traigan el desayuno. Lo harán encantados. —Miró a Hennessey con su expresión más plañidera y la mujer morena suavizó la mirada severa y se rindió.

—Vale. Como siempre, tú ganas.

—¡Ja! Si ganara siempre, estaría toda contenta aguantando una resaca después de haberte tenido toda la noche despierta haciendo el amor.

—Hemos pasado casi toda la noche despiertas —le recordó Hennessey—, y si lo que hicimos anoche no fue el amor, es evidente que no sé lo que es el amor. —Fue al teléfono e hizo la llamada y luego volvió a la cama y se metió en ella.

—Sí que fue amor —asintió Townsend—. Ha sido una de las mejores noches de mi vida.

—Y de la mía —dijo Hennessey, sonriendo afectuosamente.

—¿Cuánto tenemos que esperar hasta que podamos hacer el amor sin ropa? —preguntó Townsend—. No me vas a hacer esperar trescientos sesenta y dos días, ¿verdad?

Hennessey le sonrió a medias y dijo:

—He estado pensando mucho en eso, cielo, y creo que esa fecha arbitraria ha sido parte de nuestro problema.

—¿Eh? ¿Qué problema?

—El problema que te llevó a un bar el jueves por la noche —dijo Hennessey—. Me parece que hemos organizado todo esto de tal forma que es más difícil para ti, en lugar de más fácil.

Soltando una carcajada sardónica, Townsend dijo:

—Ya te digo si me resulta difícil, así que tal vez estés en lo cierto. ¿Cómo lo arreglamos?

—Creo que tenemos que eliminar esa regla del año —dijo Hennessey.

—¡Así se habla!

—Mm... me parece que no te va a gustar la alternativa —dijo Hennessey—. No te emociones tanto.

Inmediatamente, Townsend la miró con desconfianza.

—¿Qué quieres decir con que no me va a gustar?

—Lo que he dicho. Creo que la regla del año es una trampa y creo que deberíamos abolirla. Creo que tenemos que esperar a tener relaciones íntimas hasta que las dos estemos preparadas... emocionalmente. Supongo que eso podría ocurrir dentro de unos pocos meses... pero no creo que vaya a ser así. Creo que va a pasar mucho más tiempo. Pero no veo otras posibilidades.

—¿Mucho... más... tiempo? —preguntó Townsend—. ¿De verdad crees que voy a esperar años para volver a tener relaciones sexuales? Soy una persona muy sexual, Hennessey. ¡Lo necesito! ¡No tengo la menor intención de esperar a tener veinte años para volver a hacerlo!

—No estoy diciendo que tengas que hacer eso —dijo Hennessey, mirando a Townsend de una forma que la rubia no consiguió interpretar.

—¿Entonces qué es lo que estás diciendo?

Hennessey salió de la cama y cruzó la habitación para responder a la ligera llamada a la puerta. Cogiendo la bandeja que le ofrecía el joven, la puso en la mesita y se sentó en el sofá. Townsend estaba a punto de arrancarse los pelos, pero Hennessey se hizo el té con el procedimiento metódico de costumbre, luego se reclinó y miró a su compañera.

—Estoy diciendo que hemos estado acelerando las cosas...

—¡Acelerando! ¡Pero si estoy pisando el freno con los dos pies! ¿Eso te parece acelerar?

—Para mí sí es acelerar, Townsend. Con independencia de lo que tú sientas, yo no estoy preparada para ir más lejos y no creo que lo vaya a estar durante bastante tiempo.

—¿Desde cuándo? La otra noche no parabas de meterme mano, ¡y nos habríamos puesto a follar como locas si yo no te hubiera parado!

—Eso es parte del problema —dijo Hennessey con tono apagado—. Yo no quiero follar como loca. Nunca he hecho el amor y no quiero que mi primera vez sea con prisas y en plan frenético. Quiero hacer el amor dulce, tierna y apasionadamente con una mujer que quiera lo mismo que yo.

—¡Yo también quiero eso! —insistió Townsend, saltando de la cama para correr al lado de Hennessey—. Yo también lo quiero.

—No siempre —dijo Hennessey, con una tristeza que se le notaba en los ojos—. Tienes demasiados problemas que solucionar para poder dedicarte a hacer que nuestra relación funcione, Townsend. No puedo estar contigo hasta que las dos estemos en el mismo plano emocional... si es que alguna vez lo estamos.

—¡Jesús, Dios, Hennessey! ¿Estás rompiendo conmigo? ¡Por favor, por favor, no hagas esto!

—No, no estoy rompiendo contigo. Sólo te estoy diciendo que no podemos seguir como hasta ahora. Para mí no funciona.

—¿Y eso no es una ruptura?

Hennessey suspiró y cerró los ojos.

—Vale, supongo que es una ruptura. Pero no es una ruptura permanente. —Se volvió para mirar a Townsend y dijo—: Nunca te he mentido... ni una sola vez... y no voy a empezar ahora. Quiero estar contigo... en todos los sentidos... más de lo que he deseado nada en toda mi vida. Daría todo lo que tengo por poder compartir un apartamento contigo el año que viene. Nada me haría más feliz que volver a casa por la noche y hacer el amor contigo hasta que se nos nublara la vista. —Tomó aliento y continuó—: Pero romperíamos en menos de un año. Yo empezaría a hacer de madrina tuya y tú empezarías a estar molesta conmigo, o me callaría y dejaría que cometieras tus propios errores... odiándote todo el tiempo por ello. No... puedo... no... voy... a hacerlo.

Dejando caer la cabeza en las manos, Townsend preguntó con un tono muy cansado:

—¿Qué demonios quiere decir todo eso?

—Quiere decir —dijo Hennessey—, que tengo que volver al punto en que estábamos el verano pasado. Tengo que concentrarme en ser tu amiga y en ayudarte todo lo que pueda. Te escribiré todos los días, te llamaré siempre que tenga dinero, te veré... a menudo... cuando vuelvas a Boston. Pero no puedo decir que soy tu amante, Townsend. Todavía no nos hemos ganado ese derecho.

Townsend la miró, clavando sus ojos verdes en Hennessey.

—¿Me vas a esperar? ¿Yo te tengo que esperar?

Los anchos hombros se encogieron.

—No puedo tomar esa decisión por ti. Lo único que sé es que no me atrae nadie más. No tengo planeado intentar una relación con nadie más. Tú eres la mujer que deseo... sólo que todavía no te puedo tener.

—Podrías tenerme durante el resto de tu vida y lo sabes, Hennessey Boudreaux.

—Eso no es cierto —declaró la morena tajantemente—. Si lo creyera posible, lo haría. —Se incorporó y se echó el pelo por encima de los hombros—. Escucha. Sé que gran parte del problema soy yo. Nunca he salido con nadie, Townsend. Tengo tan poca experiencia que es casi un crimen. Ojalá hubiera salido con alguien en plan informal durante unos años y ojalá hubiera tenido alguna relación antes de ahora, pero no es así. Estar contigo no es algo informal. Requiere mi entrega total. Estoy deseosa de hacerlo... pero no puedo si no estoy segura de que va a funcionar. Sé que para enamorarse hay que dar un salto de fe... ¡pero no puedo dar ese salto si estoy segura de que lo único que me espera es el suelo lleno de rocas! No voy a dejar que esta relación destruya todo el trabajo que he hecho para mantener mis límites. Dios, si parte del motivo de que bebieras esta semana ha sido por lo culpable que te sentías por intentar engañarme para acostarte conmigo. Hemos estado juntas menos de una semana y has tenido una seria recaída y has acabado en la cárcel. ¿Es eso señal de que nos espera algo bueno?

—No, claro que no lo es —dijo suavemente—. Pero si estuviéramos juntas todo el tiempo, las cosas se equilibrarían. Sería más fácil, no más difícil.

—Eso no es cierto, Townsend. Ojalá lo fuera, pero no es cierto.

—Joder. —La mujer más joven apoyó la cabeza en el respaldo del sofá—. ¿Así que ya está? ¿Me das un beso de despedida y te vuelves a Boston?

—Sí, eso es justamente lo que he dicho. Gracias por escuchar con tanta atención. —Hennessey se levantó y fue al cuarto de baño, sobresaltando a Townsend con el brusco ruido del pestillo.

Después de una de las duchas más largas de la historia, Hennessey salió del baño, mirando apenas a Townsend al pasar a su lado para recoger sus cosas. La voz suave de Townsend la detuvo.

—Ya sé que vas a decir que no, pero... sé que nunca voy a volver a tener la oportunidad.

Ladeando la cabeza, Hennessey miró a su amiga, esperando a que continuara.

—¿Puedo ver tu cuerpo?

—¿Cómo dices?

Townsend se ruborizó, cosa muy rara en ella.

—Sé que no lo vas a entender, pero sé que nunca llegaré a verlo. Quiero... quiero tener algo que me recuerde cómo he jodido todo esto.

—Oh, Townsend —dijo la joven de más edad, acercándose a ella—. Éste no es momento de fatalismos. Yo creo en nosotras... y no sabes cómo deseo que tú también creas.

—¿Por favor? —pidió la rubia.

—No, no puedo —dijo Hennessey—. No voy a participar en esto, Townsend. Si quieres ver mi cuerpo, vas a tener que ganarte ese privilegio. No voy a dejar que me uses para torturarte a ti misma. —Se volvió y entró de nuevo en el cuarto de baño, dejando a Townsend echa un mar de lágrimas que parecían brotar de una fuente inagotable.


Una hora después, la pareja se encontraba junto a la entrada de la residencia de Townsend.

—No creo que pueda mantenerme sobria sin ti, Hennessey. Sé que debería ser optimista, pero no puedo.

Hennessey posó la mano en la mejilla de su amiga y le frotó delicadamente la piel suave con el pulgar.

—Townsend, me cuesta decir esto, pero lo voy a decir de todas formas. Si yo soy lo único que impide que bebas, ya puedes empezar desde cero. Yo no puedo orientarte, no puedo ser tu conciencia. Tienes que hacerlo por ti misma... cualquier otra razón te condena al fracaso.

—Entonces supongo que estoy condenada —dijo suavemente.

—Escucha —dijo Hennessey—, probablemente vas a tener un par de recaídas más. Jo, hasta podrías tener un par de docenas. Pero si estás decidida, ganarás esta batalla. Es tu batalla y solamente tuya. Yo puedo apoyarte, pero no puedo luchar por ti. Nadie puede hacerlo por ti, cariño.

—Lo sé —dijo—. Ya lo sé. Es que me cuesta pensar en cómo voy a aguantar sin tenerte a ti como recompensa.

—Townsend, te he dicho esto de todas las maneras que se me ocurren. Cuando las dos estemos preparadas, sería la mujer más feliz del mundo de ser tu amante. Lo que siento por ti es muy profundo y auténtico. Sé lo que quiero y lo que quiero es una Towsend Bartley sobria y madura. No me voy a conformar con nada menos y tú tampoco deberías.

—Está bien —dijo Townsend, asintiendo brevemente—. Mm... he decidido probar con Art como padrino. He pensado en algunas de las cosas que han ocurrido esta semana y he decidido que tengo que empezar a escuchar a la gente en la que confío. Sharon no me lo habría recomendado si no estuviera muy segura.

—Así me gusta —dijo Hennessey, sonriendo a su amiga de oreja a oreja—. Creo que vais a funcionar bien... parece muy capaz de mantenerse a tu altura.

—¿Por qué crees que me resistía tanto? —dijo Townsend, con la primera sonrisa auténtica del día.

—Me encanta ver esa chispa en tus ojos —dijo Hennessey—. Es ese fuego que tienes lo que te va a ayudar a salir de esto, cariño. Estoy convencida de ello.

Townsend rodeó la cintura de Hennessey con los brazos y la estrechó dulcemente.

—¿Seguiré en tu corazón?

—Siempre. Siempre, Townsend. Te lo juro.

Levantando la vista y mirando a Hennessey a los ojos, Townsend preguntó:

—¿Me vas a dar un beso de despedida?

—Por supuesto. Te voy a besar como beso a las personas que más quiero. —Depositó un beso tierno y breve en los labios de Townsend, luego se apartó y dijo—: Así es como beso a mis abuelos. Para mí eres tan importante como ellos, cielo, y ése es el mejor cumplido que te puedo hacer.

Abrazándola con fuerza, Townsend susurró:

—No me olvides, Hennessey, por favor, no me olvides.

—No lo haré, cariño, te lo prometo. No lo haré. —Se apartó, dio otro besito a su amiga y se metió en el coche—. Ya sé que esta semana no ha salido como teníamos planeado, pero creo de verdad que ahora tenemos más posibilidades de lograrlo que el sábado pasado. Ten fe en ti misma, Townsend, y en nosotras.

—Tengo fe en ti, Hennessey. Me voy a tener que agarrar a eso durante un tiempo.

—Puedo hacerlo —dijo la morena—. Puedo llevarte en brazos durante un tiempo. Y algún día, podremos caminar... juntas.

Townsend metió la mano en el coche y entrelazó los dedos con los de Hennessey.

—No creo que pueda dejarte marchar —dijo, echándose a llorar de nuevo.

—Yo no quiero marcharme. Ojalá... ojalá pudiéramos estar juntas durante el resto de nuestra vida. —Parpadeó para ahuyentar las lágrimas calientes que le llenaban los ojos y dijo—: Rezo a Dios para que algún día podamos.

—Te amo, Hennessey. Siempre te amaré, pase lo que pase. Me has dado una segunda oportunidad de vivir y nunca, jamás podré demostrarte lo agradecida que te estoy por eso.

—Puedes demostrarme tu gratitud viviendo bien —dijo Hennessey, sonriendo entre lágrimas—. Eso es todo lo que deseo para ti.

—Eres la única persona que me ha querido a pesar de mis defectos —dijo Townsend—. Eso me hace tanta falta, Hennessey.

—Cariño, no te quiero a pesar de nada. Te quiero entera... con tus partes bonitas y tus partes no tan bonitas. Todas forman un conjunto que te convierte en la persona que eres. Yo no cambiaría nada.

—Ahora sí que mientes —dijo Townsend, sonriendo con un esfuerzo.

Sonriendo a su amiga con esa sonrisa de medio lado que siempre alcanzaba a Townsend de lleno en el corazón, Hennessey dijo:

—Tal vez un poquito. Te cambiaría para que te vieras como te veo yo. Entonces ya no querrías hacerte daño. Eso me haría muy, muy feliz.

—Lo voy a intentar con todas mis fuerzas, Hennessey. Te lo juro.

—Sé que lo harás. Ahora, asegúrate de reservarme una entrada para tu graduación. No me lo perdería por nada del mundo.

—¿Cuándo vuelves a casa?

—Al día siguiente de tu graduación. Tengo que pasar un tiempo con mi familia antes de ir al campamento.

—Jo, ojalá yo también pudiera haber ido.

—Eres demasiado mayor para estar de campista, cielo, y no has demostrado tu valía lo suficiente para ser consejera. Creo que te irá mejor si te quedas cerca de casa y trabajas con Art. A lo mejor deberías pensar en pasar el verano en Vermont. Tus amigos de Boston no han sido una buena influencia para ti.

—Por decirlo suavemente —dijo Townsend, con una mueca—. He estado pensando en hacer eso, sabes. Aquí hay muchos programas buenos de escritura creativa y algunos de los cursos están abiertos al público.

—Eso es lo que yo te recomendaría —dijo Hennessey—. Concéntrate en ti misma y en tu creatividad. Estarás preparada para todo lo que te echen cuando empieces la universidad en otoño.

—¿Podría ir a visitarte a Beaufort antes de que empiecen las clases? Me encantaría volver a ver a tus abuelos.

—Sí, creo que podríamos organizarlo. Cuando sepas tu horario de clases, hablaremos.

Townsend miró a su amiga con aire pensativo.

—Te vas a mantener en contacto conmigo de verdad, ¿no?

—Sin la menor duda. Tú eres mi mejor amiga y siempre lo serás.

—Me gustaría tenerte entera, Hennessey, pero tenerte en parte es mucho, muchísimo mejor que no tener nada.

—Tendrás algo más que parte —le prometió la morena—. Tendrás lo mejor que puedo dar.

—No puedo creer que sea yo la que lo diga, pero será mejor que te vayas. —Townsend se agachó y besó ligeramente a su amiga en los labios—. Guárdame en tu corazón, Hennessey. Es el único sitio donde me siento segura.

Llevándose la mano al pecho, Hennessey dijo:

—Aquí te llevo. Donde has estado desde el verano pasado. Donde siempre estarás.

Las dos intentaron sonreír, pero ninguna tuvo mucho éxito. Sus labios se curvaron de la manera adecuada, pero ambos pares de ojos estaban llenos de lágrimas.

—Adiós, Hennessey.

—Adiós, tesoro. Te veo en mayo.

Townsend asintió y retrocedió, pero no soltó los dedos de su amiga que aferraba con fuerza. El coche se puso en marcha y Townsend corrió unos pasos, mientras su mano se negaba a obedecer la orden de su cerebro para que se soltara. Por fin, los dedos de Hennessey se aflojaron y a Townsend se le empezó a resbalar la mano, tras lo cual hubo una fracción de segundo durante la cual las puntas de sus dedos estuvieron en contacto.

Hennessey no pudo mirar al espejo retrovisor, pues sabía que sólo de ver a su amiga se le rompería el corazón. En cambio, se llevó los dedos a la boca y se los besó suavemente y luego se puso la mano en el hombro, abrazándose a sí misma con fuerza mientras se alejaba.


PARTE 8


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