6



A la mañana siguiente, Hennessey asomó la cabeza en la habitación de Townsend después de llamar suavemente.

—Hola —dijo, sonriendo por la mirada malhumorada que le echó su compañera—. He visto que alguien fue de compras ayer. Voy a hacer el desayuno y te lo traigo. Puedo hacer lo que quieras.

—Quiero dormir dos horas más —dijo Townsend entre dientes.

—Pues marchando —dijo la mujer siempre alegre—. Yo voy a desayunar ahora y dentro de un par de horas te traigo algo. —Entró en la habitación y besó la maraña de pelo rubio que asomaba por las sábanas—. Te quiero, Townsend. Te quiero más que nunca por preocuparte por mí anoche. —Dándole una palmadita suave en la mejilla, se volvió y se marchó, dejando a Townsend reconcomiéndose por la culpa, tal y como había hecho casi toda esa noche larga y oscura.


Sorprendentemente, esa noche Miranda invitó a cenar a las jóvenes. Eligió un restaurante muy agradable que estaba en un hostal y las tres emprendieron la marcha en el coche, que conducía Miranda.

Miranda era encantadora de trato: culta, sociable y con un agudo sentido del humor. Hennessey se estaba divirtiendo muchísimo, y hasta Townsend parecía estar pasándolo bien. Pero la velada se estropeó cuando Miranda dijo:

—Townsend, ¿te he comentado que el director de tu colegio me ha pedido que haga el discurso de apertura de tu graduación?

El talante hasta ese momento alegre de Townsend se nubló de inmediato.

—¿Qué?

Desconcertada, Miranda repitió el comentario.

—¿Es que eso te molesta por alguna razón? —añadió.

—¡Joder, sí, me molesta! —espetó Townsend—. ¿Por qué no me lo has preguntado antes?

Miranda parpadeó despacio y por fin dijo:

—No se me ocurrió pensar que te opondrías, cariño. ¿Pero qué más da? De todas formas, nadie presta atención a lo que dice el ponente.

—¡Es mi puñetera graduación! ¡No la tuya! ¡Si tú estás ahí, todo el mundo sabrá que eres mi madre!

Riendo suavemente, Miranda dijo:

—¿Y eso es un crimen tan horrible?

Townsend se levantó y se toqueteó el regazo buscando la servilleta. Arrugándola, se la tiró a su madre a la cara, con su propio rostro lleno de rabia.

—¡Sí! ¡Es un puto crimen! ¡No te metas en mi vida! —Empujó violentamente la silla contra la pared, llamando la atención de los poquísimos clientes que todavía no estaban totalmente pendientes de la escena. Todos los ojos siguieron la salida de la enfurecida chica y muchos de los presentes se taparon la boca para revelar furtivamente la identidad de Miranda a sus comensales.

Ante el pasmo de Hennessey, Miranda no parecía especialmente disgustada. Era evidente que estaba avergonzada, pero no enfadada, y Hennessey se armó de valor para preguntar:

—Mm... ¿está usted bien, señora Bartley?

—Oh, por supuesto, Hennessey. Ya estoy acostumbrada. —Ladeando la cabeza ligeramente, miró a Hennessey y preguntó—: ¿Es que no hace eso contigo?

—No, señora. No creo que estuviera aquí si lo hiciera.

—Bueno, tú puedes marcharte si quieres, Hennessey. El estado de Massachusetts no ve con buenos ojos a los padres que abandonan a sus hijos... por muy justificado que pueda ser ese abandono. —Lo dijo con un buen humor tan irónico que Hennessey se quedó absolutamente de piedra.

—Parece como si no le molestara —dijo, evidenciando su desconcierto.

—Ya era así antes de llegar a la adolescencia. Uno se puede acostumbrar a todo, Hennessey. Sobre todo si no queda más remedio.

Hennessey bajó la cabeza y se terminó el plato principal, sin saber qué hacer en esos momentos. En cuanto se comió el último bocado, Miranda dijo:

—Si quieres ir a buscarla, adelante, cariño. Estará paseando por la orilla. Supongo que irá hacia el norte y luego volverá en esta dirección antes de volver a casa. Si quieres ahorrarte el paseo, puedes esperarla al lado del agua. Aparecerá cuando se haya desfogado un poco.

Hennessey asintió y sonrió tensamente a su anfitriona.

—Creo que voy a intentar buscarla. Si la ve antes que yo, dígale que he ido hacia el norte primero, ¿vale?

—Se lo diré, Hennessey. Pero no te tomes todo esto demasiado en serio. Ha ocurrido tantas veces que ya he perdido la cuenta.

—Sí, señora. Lo intentaré. —Hennessey dio un paso y luego volvió a la mesa—. Siento haberme olvidado de darle las gracias por la cena, señora Bartley. La comida estaba fantástica y he disfrutado mucho de su compañía.

Miranda se la quedó mirando pensativa un momento y luego dijo:

—Por favor, no te ofendas por lo que voy a decir, Hennessey, pero ¿qué ves en mi hija? Ya puestos, no entiendo qué ve ella en ti. Nunca jamás se ha relacionado con una persona con modales. —Se rió suavemente y añadió—: Normalmente se burlaría de una joven como tú.

Con una sonrisa, Hennessey dijo:

—Sí que se burló de mí al principio, pero al cabo de un tiempo, reconoció que nos teníamos que llevar bien. Yo no estaba dispuesta a dejarla ganar, señora Bartley. Había demasiadas cosas en juego.

Asintiendo, la mujer de más edad no dijo nada. Su expresión indicaba claramente que no entendía de qué estaba hablando Hennessey, pero también indicaba, con la misma claridad, que no iba a preguntar.


Cuando llegó al mar, Hennessey se quitó los zapatos y los calcetines y dejó que el agua helada le mojara los pies. Echó a andar hacia el norte como había dicho que iba a hacer, pero caminaba muy despacio. Sabía que Townsend no sólo tenía mucho genio, sino que además tardaba bastante en calmarse después de un estallido y quería asegurarse de que su amiga estuviera tranquila para cuando se encontraran.

Estuvo caminando casi una hora, lamentando un poquito que la capacidad de Townsend para el ejercicio hubiera mejorado tanto. Por fin la vio, a lo lejos, caminando con la cabeza gacha y las manos embutidas en los bolsillos. Hennessey frenó aún más la marcha, sabiendo por la postura de Townsend que todavía estaba enfadada.

Cuando se acercaron la una a la otra, la rubia levantó la mirada sorprendida, tan ensimismada que no se había percatado de la presencia de Hennessey. Sin decir palabra, cayó en brazos de la mujer más grande, hundiendo la cabeza en su pecho y sollozando lastimeramente. Hennessey se limitó a acariciarle la cabeza y frotarle la espalda enérgicamente, adaptándose a Townsend y sin decir nada.

Al cabo de un largo rato, la mujer más menuda se apartó y cogió a Hennessey de la mano. Regresaron a la casa en silencio, un trayecto que les llevó más de una hora a pie, incluso al paso rápido que llevaban. Una vez dentro, las dos fueron a sus habitaciones para ponerse el pijama. Cuando Townsend venía por el pasillo, Hennessey ya estaba encendiendo el fuego, totalmente concentrada.

Cuando Hennessey se levantó, Townsend le rodeó la cintura con un brazo y la llevó al sofá. Sin avisar, la mujer más joven cayó sobre los labios de Hennessey con frenesí, besándola tanto y con tal voracidad que Hennessey se apartó por instinto.

—¡Espera un momento! —dijo, claramente irritada—. ¡No hagas eso, Townsend!

—¿Que no haga qué? —preguntó la rubia—. ¿Ahora no puedo besarte?

—¡Claro que puedes besarme, pero no puedes acosarme! ¡Te me echas encima como un perro con un buen hueso!

—¡Eso se llama pasión, Hennessey, pero supongo que tú no sabes nada de eso! Sólo sabes decir "no" cada vez que se te empieza a mover el clítoris.

Atónita, la morena exclamó:

—¿Pero cómo me dices eso? ¿Por qué estás enfadada conmigo?

—Sólo quiero darte un puto beso, Hennessey. Pero como siempre, tengo que suplicar por todo. Mis necesidades no cuentan. Sólo cuentan las tuyas.

Mirando al suelo, Hennessey dijo con tono apagado:

—No me gusta que me besen así. Si ésa es tu idea de la pasión, no... no la quiero.

—Claro que no la quieres —dijo la rubia con desprecio—. No la quieres y no quieres que yo la quiera.

—Townsend, no me parece que ésta sea la noche más apropiada para hablar de esto. No tengo la menor intención de tener otra escena como la que hemos tenido en el restaurante. Tu madre no estaba disgustada, pero yo sí. ¡La gente civilizada no se comporta así!

—¡Oh, por favor! Ahora no se me permite decirle a mi madre lo que opino de sus estúpidos planes. ¿Qué más vas a controlar, Hennessey? Ya te ocupas de mi adicción a la bebida, de mi adicción a las drogas, de mi adicción a la nicotina y de mi impulso sexual. ¿Es que no puedo conservar una cosita mínima que me da placer?

—¿Placer? —dijo la mujer más alta boquiabierta—. ¿Gritar a tu madre en público te da placer? ¿Pero qué clase de persona eres?

Agarrando a Hennessey por las solapas de su pijama de franela, Townsend la zarandeó con fuerza.

—Soy una persona hecha una mierda de una familia hecha una mierda. Y tú no vas a ser la que me arregle, Hennessey De Los Cojones Boudreaux. ¡Puedes aceptarme como soy o puedes hacer el puto equipaje, volver a tu puta universidad superpija y comerte un chocho socialmente aceptable!

Cerrando los ojos para contener el dolor, Hennessey se soltó de un tirón de las fuertes manos de Townsend y fue por el pasillo hasta su habitación, tambaleándose sin ver a causa de las lágrimas.


Hennessey no pegó ojo: se quedó tumbada en la cama intentando decidir qué hacer. Detestando tener que hacerlo, pero sin ideas mejores, cogió el teléfono y llamó a la madrina de Alcohólicos Anónimos con quien acababa de empezar a trabajar.

—¿Angela? —preguntó, haciendo una mueca—. Soy Hennessey. Sé que es tardísimo para llamarte, pero tengo un problema horrible.

—No pasa nada, Hennessey. Mm... deja que me levante y coja algo de beber. Llámame dentro de cinco minutos, ¿vale?

—¿Estás segura, Angela? Odio hacerte esto...

—Oye, eso es lo que tienes que hacer cuando estés pasando una mala racha. Ahora ve a ponerte una taza de ese té que te pasas la vida bebiendo y vuelve a llamarme.

—Vale. Gracias, Angela. Lo digo de corazón.


Tras pasarse casi una hora hablando con Angela, Hennessey estaba decidida a hacer lo que debía hacer. En realidad, Angela se había limitado a dar el visto bueno al plan de acción que Hennessey ya había decidido, pero le daba mucha seguridad contar con el apoyo de una persona imparcial. Sabía que Townsend no estaría dormida, de modo que se puso las zapatillas y avanzó por el pasillo, descubriendo el fuego casi apagado... y ni rastro de Townsend. Regresando por el pasillo, intentó abrir la puerta de Townsend, pero la encontró cerrada con pestillo. Bueno, tal vez sea mejor esperar a mañana. A lo mejor ha conseguido dormirse después de descargar toda esa bilis. Volviendo a su habitación, Hennessey se quedó tumbada en la cama hasta casi el amanecer, cantando sin parar unas viejas nanas que de niña le cantaba su abuela para que se durmiera.


Cuando Hennessey se despertó, pasaban de las once y se sentía como si tuviera una inmensa resaca. Hambrienta, sedienta y de mal humor, se duchó y se vistió y luego fue a ver a Townsend. La puerta seguía cerrada con pestillo, pero ya no le quedaba paciencia para seguir esperando. Llamando suavemente, dijo:

—Townsend, ya es hora de levantarse.

Cuando su amable insistencia no obtuvo respuesta, aumentó la fuerza y la frecuencia de los golpes hasta que acabó aporreando la puerta.

—Townsend, lo digo muy en serio. O abres la maldita puerta o la echo abajo. —Tú sabes que no tienes fuerzas para echar la puerta abajo, idiota, y ella lo sabe también—. Muy bien. Pues quédate ahí con tu rabieta. Yo voy a comer algo.

Saliendo de la casa con gran estrépito, fue a hurtadillas a la parte de atrás del edificio y se quedó parada en seco al ver que la ventana de Townsend estaba abierta de par en par. Colándose detrás de un lilo, asomó la cabeza por la ventana y vio que la habitación estaba vacía. ¡Estupendo! ¡Esto es genial! ¿Cuánto tiempo hace que se ha ido?

Corrió a la casa grande e investigó el piso de abajo, sin encontrar pruebas de que Townsend hubiera estado allí. ¿Y ahora qué? Subió las escaleras y encontró una sola puerta cerrada. Al llamar pero no obtener respuesta, la abrió, a pesar de todo, para encontrarse a Miranda profundamente dormida, cubierta con la manta hasta el cuello.

—Señora Bartley —dijo suavemente. Acercándose cada vez más y hablando cada vez más alto, Hennessey acabó sacudiendo a la mujer al tiempo que la llamaba casi a gritos.

Por fin, los turbios ojos verdes se entreabrieron.

—¿Qué? —consiguió decir antes de que se le volvieran a cerrar los ojos.

—Señora Bartley, ¿ha visto a Townsend? Ha desaparecido.

—Oh. —La mujer se incorporó como mejor pudo y parpadeó unas cuantas veces—. Desaparecido, ¿eh? —Miranda se chupó los labios, mientras Hennessey intentaba contenerse para no agarrarla de los hombros y sacudirla bruscamente—. No te preocupes, siempre lo hace después de una pelea. Ya aparecerá. No dejes que te preocupe... no sirve de nada.

—¿Que no me preocupe? ¿Que no me preocupe? Santo Dios, señora Bartley, ¿es que no sabe lo que le cuesta mantenerse sobria?

—Ya te dije que no tenía muchas probabilidades, Hennessey. Siempre ha sido una niña autodestructiva. Sinceramente, cariño, me parece que estás perdiendo el tiempo.

—Sí, eso es evidente —rezongó Hennessey, dirigiéndose a la puerta.


Decidiendo ser sistemática, Hennessey empezó por el otro extremo del pueblo. Puso el candado a la bicicleta y empezó a investigar todos los negocios que estuvieran abiertos. Como ya pasaba de mediodía, casi todos estaban abiertos o en proceso de abrir.

Entrando en un café, le mostró a la mujer del mostrador una fotografía de Townsend y le preguntó si la había visto.

—Ah, la conozco, pero últimamente no la he visto. ¿Qué ha hecho ahora?

Soltando un suspiro de resignación, Hennessey meneó la cabeza.

—Nada. Es amiga mía y estoy preocupada por ella.

—Ya puedes —dijo la mujer, mirando a Hennessey igual que lo había hecho Miranda.

En la siguiente docena de negocios no consiguió ninguna pista, y Hennessey tomó aliento y trató de calmarse los nervios al entrar en un bar oscuro y cutre. Detestaba entrar en esta clase de sitios, sobre todo porque le recordaba las largas noches que había pasado buscando a su padre cuando éste se pasaba un día o dos sin volver a casa. Acercándose al hombre canoso de aspecto tosco que estaba en la barra, le mostró la fotografía y preguntó:

—¿Ha visto a esta mujer recientemente?

—No desde las dos de la mañana —dijo, sin dejar de sacar brillo a la vieja y gruesa jarra de cerveza sobre la que sus atenciones no parecían tener el menor efecto.

—¿Estuvo aquí hasta que cerró? —preguntó Hennessey, sintiéndose como si fuera a vomitar o a llorar.

—No, estuvo aquí hasta que llamé al sheriff. La muy zorra estaba escondida en el rincón, poniéndose ciega. Una putilla bonita como ella siempre consigue encontrar a un par de primos que le paguen las copas toda la noche.

—Tiene diecisiete años —dijo Hennessey, con la voz temblorosa de rabia y pena.

—Coño, ya sé la edad que tiene. Toda la isla sabe la edad que tiene. Por eso llamé a la policía. No voy a perder mi licencia por esa mierda de tía.

Por un lado, Hennessey ardía en deseos de saltar la barra y hacerle lamentar lo que había dicho de Townsend, pero por otro sabía que el hombre probablemente tenía motivos sobrados para tener tan mala opinión de su compañera. Sintiéndose más derrotada que en toda su vida, Hennessey preguntó:

—¿Cómo se va a la comisaría?

El camarero dejó la jarra y el trapo y se quedó mirando a Hennessey un momento.

—¿Por qué una chica agradable como tú querría mezclarse con una tipa como ésa? Hazte un favor a ti misma, cielo, y déjala ahí hasta que sus padres vayan a sacarla. Puedes encontrar amigos mejores en esta isla.

Hennessey lo miró directamente a los ojos y dijo las palabras que nunca le había dicho a nadie salvo a Townsend.

—Estoy con ella porque la quiero.


—Hola —le dijo Hennessey a la joven pulcramente uniformada que estaba sentada a una mesa en la pequeña comisaría.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Tienen aquí a Townsend Bartley?

La ayudante del sheriff enarcó las cejas tan rápido que estuvieron a punto de desaparecerle por debajo del ala baja y ancha de su sombrero.

—Sí, la tenemos. ¿Y usted es...?

—Soy su amiga. ¿Cómo hago para que la suelten?

—Si no es su abogado o uno de sus padres, me temo que no puede. Esta vez no podemos dejar que duerma la mona sin más —dijo la mujer con una expresión que parecía realmente entristecida—. Conducción sin permiso, falsificación de la edad, embriaguez pública y posesión de una sustancia controlada. —Meneó la cabeza—. No podemos permitir que salga sin cargos de esto. ¿Usted sabe cómo ponerse en contacto con sus padres?

Conteniendo las lágrimas, Hennessey asintió. Sorprendentemente, la mujer empujó una silla hacia Hennessey y dijo:

—Siéntese.

Hennessey lo hizo, temblando visiblemente. La ayudante le pasó un pañuelo de papel y dijo:

—Es muy importante para usted, ¿verdad?

—Sí —dijo Hennessey a duras penas mientras le empezaban a caer las lágrimas.

—Tú debes de ser Hennessey —dijo la joven—. Lleva toda la noche llamándote y disculpándose. Es la primera vez que le oigo hacer una cosa así.

—Nos queremos —dijo Hennessey, sin temer la reacción de la mujer.

—Ya lo veo —dijo amablemente. Echándose hacia delante, preguntó—: ¿Sabes la cantidad de problemas que tiene, Hennessey?

Asintiendo, la mujer más joven dijo:

—Lo sé.

La ayudante alargó la mano y la agarró del hombro, apretándoselo un instante, pero con firmeza.

—Espero que las cosas os salgan bien, pero va a ser muy difícil. Esa chica necesita ayuda... mucha ayuda. Está decidida a matarse... de la forma más dura.

—Sé que va a ser difícil —reconoció Hennessey, cayendo plenamente en la cuenta de la magnitud de la dificultad a la que se enfrentaban—, pero yo creo en ella.

La mujer de más edad se la quedó mirando un momento y luego le sonrió a medias.

—Tal vez con eso baste. —Levantándose, dijo—: Puedo permitirte verla, pero sus padres van a tener que venir para sacarla bajo fianza. ¿Su madre está en casa?

—Sí, pero está durmiendo. No se despertará hasta las cuatro más o menos.

Una vez más, las cejas de la ayudante subieron hasta el fieltro pardo de su sombrero.

—Bueno, he dejado muchos mensajes. Supongo que los oirá entonces.

—¿Puedo quedarme con ella? —preguntó Hennessey.

Mirando el reloj, la mujer dijo:

—Yo termino mi servicio a las seis. Puedes quedarte hasta que venga mi relevo. No le va a gustar que le haga favores especiales a Townsend.

Enjugándose las lágrimas de nuevo, Hennessey preguntó:

—¿Es que nadie la aprecia en esta isla?

—No hay mucha gente decente con motivos para ello, Hennessey. Los que sí la aprecian no son la clase de personas con las que te gustaría que se relacionara.

Asintiendo despacio, Hennessey siguió a la mujer hasta el calabozo, mirando fijamente el pliegue bien planchado que le recorría la espalda de la camisa parda del uniforme... concentrándose mucho para no echarse a llorar otra vez.


Había dos celdas y sólo una estaba ocupada: por un cuerpo delgado, frágil y pálido. Townsend sólo llevaba un uniforme verde de hospital y el color de su cara coincidía casi con el tono de la tela. No había nada más en la celda salvo un colchón desnudo. La joven parecía congelada y enferma. Las sospechas de Hennessey se vieron confirmadas al ver un recipiente de plástico transparente allí cerca en el que había parte del contenido del estómago de su amante. Hennessey se volvió estupefacta hacia la ayudante.

—¡Está enferma y helada! —susurró, tratando de no despertar a Townsend.

—Ya lo sé, pero tenía miedo de que pudiera suicidarse, dado cómo se comportaba. Prefiero que pase frío a que esté muerta.

—Yo voy a estar con ella —dijo Hennessey—. ¿Puede traerle una manta, por favor?

—Claro. Ahora mismo la traigo. Tú quédate aquí. —Fue al fondo del pasillo y Hennessey se quedó mirando a su amante. Townsend nunca había tenido peor aspecto y, por un momento, Hennessey deseó no haber venido... al calabozo; a la casa de la playa; a Boston. Pero se tragó su decepción y temor e intentó poner buena cara por Townsend.

La ayudante regresó con la manta y Hennessey la aceptó agradecida.

—¿Cuánto hace que ha vomitado?

—He venido a verla cada quince minutos, así que no hace mucho. Le traeré otra taza por si la necesita.

—¿No le puede dar algo? ¿Algo para el estómago?

—No, no está permitido. De todas formas, seguro que lo mejor es que lo eche todo. Seguro que se pone bien.

—¿Puedo ir a la tienda y comprarle Gatorade o algo así? Tiene que estar deshidratada.

Haciendo una mueca, la mujer de más edad dudó, pero no pudo denegar la petición de la preocupada joven.

—Vale. Pero no traigas ninguna clase de medicina. Ni siquiera aspirina... ¡nada!

—No —prometió Hennessey, y salió corriendo de la comisaría todo lo deprisa que pudo.

A los pocos minutos estaba de vuelta, y Hennessey le mostró obedientemente a la ayudante que había traído tan sólo medio litro de una bebida deportiva de sabor a naranja.

—He dejado la celda abierta —dijo la mujer—. Puedes entrar.

Por alguna razón, Hennessey se sintió mejor al tener a la mujer de más edad de su parte, pero sonrió nerviosa y regresó a la celda, acercándose muy preocupada. Townsend no se había movido, pero la taza había sido sustituida por otra nueva. Hennessey sabía que debía despertar a su amante, pero se estremecía de pensar en la mañana siguiente a las promesas y autorrecriminaciones que tantas veces había oído a lo largo de su corta vida. De modo que arropó con la fina manta el cuerpo tembloroso de Townsend y se sentó en silencio en la otra cama. Townsend se abrigó instintivamente el cuerpo con la manta, con un aspecto tan frágil, destrozado y joven que Hennessey se echó a llorar de nuevo. Lloraba por Townsend y por ella misma y por su padre y su madre y todos los millones de personas afectadas por esta grave enfermedad que aniquilaba el alma. Pasó casi una hora y las lágrimas de Hennessey casi se habían agotado cuando Townsend gimió en voz alta y dejó caer la cabeza por el borde de la cama chirriante, agarrando el recipiente de plástico.

Al momento, Hennessey estaba a su lado, sujetándole en alto el pelo enredado para quitarlo de en medio, mientras la mujer más joven soltaba arcadas patéticas, vomitando sólo los últimos gramos que le quedaban de ácido estomacal.

Townsend se dejó caer de nuevo en la cama, con el cuerpo cubierto de sudor. Jadeando de agotamiento, consiguió enfocar la vista y farfullar:

—¿Hennessey?

—Sí, cielo, soy yo —murmuró la joven de más edad. Se quitó la sudadera y tiró de Townsend hasta sentarla y luego le quitó a la mujer enferma esa camisa verde y sudada que le estaba demasiado grande. Frotando el cuerpo pálido y desnudo, Hennessey consiguió secarla y luego le metió la sudadera caliente y limpia por la cabeza—. ¿Puedes meter los brazos por las mangas, cariño?

—No —dijo Townsend con una voz que sonaba como la una niña.

Hennessey la ayudó, luego le echó el pelo hacia atrás y la acostó en la cama.

—Descansa un poco. Voy a traerte una taza limpia por si vuelves a vomitar. —Hennessey se fue un momento y cuando regresó, traía no sólo una taza nueva, sino además un paño fresco. Trabajando delicada pero eficazmente, usó el paño para enjugar la frente febril de la joven y luego la refrescó colocándoselo en la nuca—. Te voy a ayudar a sentarte y luego vas a beber un poco de esto —dijo.

—Oh, Dios, no puedo —gimió Townsend—. Volveré a vomitar.

—Es posible, pero al menor tendrás algo en el estómago. Eso último sólo era ácido, cariño.

Townsend no discutió: se recostó sin fuerzas en brazos de Hennessey mientras la mujer más grande le vertía con cuidado un poco del líquido en la boca abierta. De repente, se incorporó, anunciando:

—Lo voy a echar. —El estómago le dio un vuelco y pasó un minuto entero presa de arcadas silenciosas, pero de su boca no salió nada más. Al poco estaba de nuevo en brazos de Hennessey, una vez más empapada en sudor—. Oh, Dios, me voy a morir.

—No, no te vas a morir —dijo Hennessey con firmeza—. No mientras dependa de mí.

Mirando a la joven de más edad, Townsend se dio cuenta por fin de dónde estaban y de por qué estaban ahí. Se echó a llorar y Hennessey la abrazó con más fuerza, sabiendo que les esperaba una tarde muy larga.


A las cinco menos cuarto, entró la ayudante y anunció:

—Salgo de servicio dentro de quince minutos, Hennessey. Te vas a tener que marchar.

—¿Ha contestado ya su madre? —preguntó Hennessey.

—No, acabo de llamar.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Townsend dejó de sollozar y preguntó:

—¿Ha llamado a mi abogado?

—Mm... no, no me dijiste que tenías uno.

—James Callaghan —dijo—. Viene en la guía.

—Ah, ya me sé el número —dijo la mujer—. A ver qué puedo hacer.

Hennessey recogió sus cosas, cogiendo la botella vacía y mirando su sudadera con aire contrito.

—Será mejor que me devuelvas el jersey. Al que va a venir ahora no le va a hacer gracia.

Townsend bajó la vista y asintió, echándose a llorar de nuevo. Al quitarse la gran sudadera parecía muy joven y, sin embargo, muy vieja. Volvió a ponerse la camisa inmensa del uniforme y luego miró a Hennessey con aire desvalido.

—Esperaré fuera hasta que llegue tu abogado —dijo Hennessey—. Aguanta, cariño.

—¿Cómo... cómo puedes seguir queriéndome? —preguntó, con la voz estremecida.

Con la cara llena de dolor, Hennessey acarició suavemente la mejilla pálida y temblorosa.

—¿Cómo puedes no quererte a ti misma?


El señor Callaghan llegó como debía apenas quince minutos después de que lo llamaran. Hennessey estaba sentada en los escalones ásperos y desgastados de la comisaría tras haber sido saludada con frialdad por el ayudante del sheriff que acababa de entrar de servicio. Poco tiempo después, salió Townsend, despeinada, malhumorada y dolorida. La seguía su abogado, un caballero ya mayor de aspecto distinguido, vestido con un impecable traje azul a la medida y corbata de reps dorada y azul.

—Bueno, Townsend, con este pequeño incidente va a hacer falta calmar bastante los ánimos, pero no creo que vaya a haber mucho problema.

Townsend asintió y luego hizo una mueca, lamentando el repentino movimiento.

—Gracias, Jim. Le diré a mi abuelo lo mucho que me has ayudado.

Él le sonrió y le dio unas palmaditas delicadas en la espalda.

—Cuídate, Townsend. Ya te comunicaré cómo sale todo.

Ella se despidió agitando la mano débilmente cuando él bajó grácilmente los escalones y se alejó a grandes zancadas por la acera de madera.

—Te habría presentado, pero espero que nunca tengamos que volver a verlo —dijo Townsend, con tono fatigado.

—Da igual —replicó Hennessey, aunque ella nunca habría dejado de presentarle a Townsend a cualquier conocido suyo—. ¿Lista para ir a casa?

—No. No puedo soportarlo. —Miró a Hennessey y preguntó—: ¿Podríamos volver a Boston? Me siento más segura allí.

—Está bien —dijo Hennessey sin dudarlo—. ¿Dónde quieres ir?

—¿Tu compañera de cuarto está fuera?

—Sí. Vuelve el domingo por la noche.

—Pues vamos a Harvard —propuso Townsend.

Hennessey no sabía por qué, pero aceptó.

—Vamos a recoger nuestras cosas.

—Déjalas —declaró Townsend—. Le diré a mi madre que nos las traiga.

Hennessey clavó una mirada en su compañera y luego dijo:

—Toda mi ropa de invierno está en esa bolsa, Townsend. Me encantaría poder cambiarme de ropa antes del domingo.

Parpadeando despacio, Townsend hizo una mueca y dijo:

—Perdona. No creía...

—No importa —dijo Hennessey—. Pero tengo que volver, y tú tienes que decirle a tu madre que nos vamos.

—Le va a dar igual... —empezó Townsend, pero se calló ante la mirada severa de Hennessey.

—A mí no me da igual. Y a ti tampoco debería. —Irguiendo los hombros, echó a andar por la acera, dejando atrás a Townsend.


Su despedida fue mucho más rápida de lo que Hennessey podría haber imaginado nunca de estar marchándose de su propio hogar, pero las Bartley se parecían tan poco a su propia familia que era difícil establecer comparaciones con sentido entre los dos grupos. Miranda les dejó llevarse el Mercedes con el que Townsend había ido al pueblo la noche antes, sin molestarse siquiera en preguntar qué había ocurrido para que se marcharan tan de repente.

Hennessey iba al volante, aunque Townsend le aseguró que llevaba conduciendo sin permiso desde los dieciséis años y que la noche anterior había sido la única vez que la habían pillado. La joven de más edad no dijo nada sobre el hecho de que Townsend podría haberse sacado el permiso a los dieciséis años si no la hubieran pillado conduciendo sin él a los quince.

Hennessey tuvo que concentrarse mientras conducía, pues había bastante tráfico y no conocía el camino. Pero cuando el coche quedó instalado en el ferry que iba a Woods Hole, ya no hubo excusa para el completo silencio que reinaba entre las dos.

—¿Estás muy enfadada? —preguntó Townsend tras contemplar el agua largo rato.

—¿Enfadada? No estoy enfadada —dijo Hennessey, mirando perpleja a su amiga.

—Oh, vamos, Hennessey. Cualquiera en su sano juicio estaría enfadado conmigo. ¡Venga, se sincera!

Hennessey meneó la cabeza con irritación.

—Soy sincera. No intentes asignarme emociones que no siento.

—Muy bien. —Townsend fue a popa y se quedó allí a solas, sin moverse hasta que llegó el momento de recuperar el coche. Todo ello les llevó bastante tiempo, pero las mujeres no rompieron el tenso silencio. Sin embargo, al poco de salir del ferry, Hennessey metió el coche en un aparcamiento y apagó el motor.

—Venga, vamos a dar un paseo. Tenemos que hablar un poco.

—Podríamos haber hablado en el ferry —rezongó Townsend.

En cuanto las dos salieron del coche, Hennessey cogió a la mujer más joven de la mano y la miró profundamente a los ojos.

—Townsend, tú me importas y me importa tu intimidad. Nunca tendría una conversación personal como ésa a bordo de un barco lleno de gente. Vamos, por favor, ten un poco más de respeto hacia ti misma.

—Ni siquiera se me había ocurrido —murmuró la rubia, apartando los ojos de la penetrante mirada de Hennessey.

—Vamos a dar ese paseo —dijo la mujer más alta, rodeando con un brazo los hombros de su amiga.


Mientras caminaban, Hennessey se puso a hablar con tono tranquilo y pensativo.

—Tengo un tío... Cletus, el hermano de mi madre... que es esquizofrénico. —Townsend la miró con curiosidad y Hennessey se echó a reír suavemente—. Me parece que no tengo buenos genes para procrear. Creo que será mejor que adopte.

—Tienes unos genes maravillosos, cariño. Y los tuyos deben de ser dominantes para haber podido evitar algunos de los problemas que tienen los miembros de tu familia.

—Ya, bueno, no estoy muy segura —dijo la mujer más alta—. Pero volviendo a mi tío. La mayor parte del tiempo está bastante bien, pero de vez en cuando empieza a hacer locuras. A veces es sin aviso, a veces es que se ha olvidado de tomarse la medicación durante un par de días y a veces es señal de que hay que ajustarle la medicación.

—Mm... supongo que eso tiene sentido —dijo Townsend—. ¿Pero por qué estamos hablando de esto ahora?

—Porque estoy intentando explicarte por qué no estoy enfadada contigo por tener una recaída.

—Sigue —dijo Townsend con cautela—. Aunque no creo que me apetezca saber que piensas que soy una enferma mental.

—No lo pienso, Townsend —dijo Hennessey—. Pero lo cierto es que tanto mi tío Cletus como tú tenéis una enfermedad. Los dos tenéis que estar muy atentos para aseguraros de que os estáis cuidando y controlando vuestra medicación... pero aunque lo hagas fielmente, vas a pasar por un largo período de pruebas hasta que lo tengas todo bien atado.

—¿Mi medicación?

—Sí, tu medicación consiste en seguir tu programa fielmente. Tu medicación falló cuando Sharon tuvo su recaída. Pensándolo ahora, no deberíamos habernos ido de vacaciones juntas justo cuando acababas de perder a tu madrina. Eso fue una trampa, cariño, y lamento no haberla reconocido antes de que ocurriera.

Con la voz quebrada, Townsend dijo:

—Pero para mí era tan importante verte, Hennessey.

—Lo sé, cariño, pero mira lo que ha ocurrido. Has tenido una grave recaída, te han arrestado y ahora te sientes como una mierda. ¿Ha merecido la pena?

—Es... merece la pena hacer cualquier cosa que tenga que hacer para estar contigo, Hennessey. Cualquier cosa.

Estrechándole los hombros, Hennessey dijo:

—Ya me parecía a mí que ibas a decir eso. —Depositó un tierno beso en la cabeza de Townsend y dijo—: Nos queda mucho camino hasta Boston. Será mejor que nos pongamos las pilas, ¿eh?

—Vale. —Townsend se volvió hacia su compañera y le echó los brazos alrededor de la cintura—. ¿Vamos a estar bien?

—Sí —dijo Hennessey, sonriendo con confianza—. Vamos a estar bien.


Hennessey conducía con una agresividad poco propia de su estilo normalmente apacible y Townsend comentó por fin:

—¿Es que tenemos prisa?

—Mm... sí —dijo Hennessey, echando un rápido vistazo al reloj—. Quiero llegar a mi reunión. Es a las ocho.

—¿Tu reunión?

—Mm-mm. —Echó una mirada rápida a Townsend—. He empezado a ir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Acabo de empezar a trabajar con una madrina y esta noche no me vendría mal un poco de ánimo.

Townsend se quedó callada largo rato, absorbiendo el impacto de lo que había dicho Hennessey.

—Esto es tan difícil para ti como para mí, ¿verdad?

—No lo sé —dijo la morena—. Nunca he estado en tu situación, Townsend. Sólo sé lo que es querer a un alcohólico... no ser uno.

—¿Te has emborrachado alguna vez? —preguntó Townsend.

—No, no, nunca, y nunca lo haré. He tomado alguna cerveza con un buen estofado de ostras, pero eso es todo. Con padres alcohólicos, no estoy dispuesta a correr ese riesgo.

—Ojalá yo no lo hubiera hecho —dijo Townsend con tristeza.


Cuando llegaron al pequeño cuarto de Hennessey, Townsend dejó su bolsa en la cama donde no estaba el gran oso de peluche que le había enviado a Hennessey.

—¿Te parece bien si duermo aquí?

—Claro. Lavaré las sábanas antes de que vuelva Robin. No le importará.

—¿Te importa si me echo mientras estás fuera? No me encuentro muy bien.

Hennessey vaciló y luego se calló lo que quería decir.

—Claro. Tú descansa. Seguro que estás agotada.

—¿Quieres que vayamos a cenar después de tu reunión?

—Mm... necesito hablar con mi madrina, cariño, y si tiene tiempo, le voy a proponer que tomemos algo. Además, tú no deberías llenar esa tripa dolorida que tienes. Te traeré unos cereales o un bollo.

Townsend se encogió de hombros.

—Vale. —Se tumbó totalmente vestida y para cuando Hennessey estaba preparada para marcharse, la mujer más joven ya estaba respirando profundamente.

—Buenas noches —susurró Hennessey, lanzándole un beso.


Angela y Hennessey estaban sentadas en un café que estaba abierto toda la noche, no muy lejos del salón de actos de la iglesia donde se había celebrado la reunión.

—Si algo más pudiera haber ido mal esta semana, no quiero ni pensar qué podría haber sido —dijo Hennessey, echándose un poco de leche en el té.

—Sí que parece que ha sido horrible, Hennessey. Siento mucho que hayas tenido que pasar por eso.

—Sí, yo también, pero lo siento más por Townsend. Cuando empiece a hacer frente a esta recaída, va a ser muy dura consigo misma.

Enarcando una ceja, Angela preguntó:

—¿Todavía no ha empezado a hacerle frente?

Hennessey negó con la cabeza, contemplando su té. Angela no dijo nada, por lo que al final Hennessey rompió el silencio.

—Yo quería que fuera a una reunión, pero no quería presionarla. —Miró al otro lado de la sala, incapaz de mirar a Angela a los ojos—. Ninguna de las dos hemos ido a una reunión esta semana.

El silencio se alargó durante lo que parecieron minutos, aunque más bien fueron segundos.

—Tienes que decidir hasta qué punto te importa, Hennessey. Si te importa de verdad, más te vale acudir a una reunión todos los días. Qué diablos, incluso tal vez dos al día. Para luchar contra tu necesidad de cuidar de esta mujer vas a tener que hacer acopio de todas tus fuerzas.

—Lo sé —dijo, agachando la cabeza—. Ahora lo sé más que nunca.


PARTE 7


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