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MARZO, 1995

Una mano elegante de dedos largos deslizó una hoja de papel que descansaba en un pequeño escritorio. Jugando distraída con la hoja, Hennessey Boudreaux la dobló en tres, luego la desplegó y la volvió a doblar, dándole una forma aerodinámica. Con un gesto brusco de muñeca, el proyectil de papel cruzó volando su habitación y aterrizó a más de metro y medio del objetivo que pretendía.

Mascullando para sus adentros sobre su falta de talento para cualquier cosa de tipo atlético, la mujer alta de pelo negro recogió el avión y lo volvió a intentar... esta vez a poco más de un metro de distancia. Falló de nuevo, sonrió por dentro y regresó a su escritorio, donde alisó el papel y lo leyó por última vez. Vas a acabar conmigo, Townsend. ¡Te lo juro!

Cogiendo el teléfono de su compañera de cuarto, Hennessey marcó con cuidado el número de su tarjeta telefónica y esperó a que contestara Townsend. Cuando descolgó, habló con su acento suave y lento de Carolina.

—Ya sabes que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, Townsend.

—¡No he podido evitarlo! Mi madre ha dicho que podemos ocupar la casa de Martha's Vineyard en las vacaciones de primavera, pero si no le doy una respuesta definitiva hoy, la va a usar ella.

—Qué valor —dijo Hennessey, arrastrando la palabra hasta transformarla en una de tres sílabas.

—Lo sé —asintió Townsend, inmune al sarcasmo de su amiga—. Bueno, ¿qué contestas, guapetona? Sé que tienes las mismas vacaciones que yo, sé que no vas a ir a casa y sé que me echas de menos.

Hennessey se echó en la cama y contempló el techo, con una sonrisa taimada en la cara.

—¿Y cómo sabes eso?

—Porque sé que me quieres y cuando se quiere a alguien, se le echa de menos.

—Mmm... supongo que eso es cierto —murmuró la mujer de más edad—. Yo echo de menos a mi padre y mis abuelos cosa mala.

—A mí también me echas de menos, nena —dijo Townsend con un tono grave y provocativo que Hennessey no había tardado en averiguar que le dejaba las rodillas, normalmente firmes, como pura gelatina.

Carraspeando para aclararse la garganta repentinamente seca, la morena dijo:

—Pues supongo que sí. Sería estupendo poder verte. O sea, te veo casi todas las noches... pero mis sueños no son para nada tan buenos como la realidad.

—Quieres besarme otra vez, ¿a que sí? —preguntó la voz provocativa de Townsend.

—Mm-mm. Quiero que tú me beses. Como la última vez... sólo que más tiempo.

—Oh, te besaré, Hennessey. Te besaré cada centímetro de piel que pueda destapar. —Tras una larga pausa, la mujer más joven preguntó—: ¿Hennessey? ¿Estás ahí?

—Hennessey no puede ponerse al teléfono en estos momentos. Ha perdido el uso del sistema nervioso central.

—Bueno, ¿le puedo decir a mi madre que vamos a usar la casa? ¿Por favor?

—Sí, sí, puedes. Tengo muchísimas ganas de verte, Townsend, y me apetece mucho esta oportunidad de conocer a tu madre.

—¿A mi madre?

—Por supuesto —dijo la mujer de más edad, controlando apenas una risita burlona—. Me acabas de recordar la falta que nos hace alguien que haga de carabina, y como tu madre quiere usar la casa esa semana, no hay razón para que no la compartamos las tres.

—¡Pero...!

—Nada de peros, Townsend. No conviene que estemos solas.

—¡Oh, Hennessey, no es posible que me estés diciendo que piensas seguir con esa idea ridícula de no acostarnos hasta que lleve un año sobria!

Adoptando un tono de voz muy solemne, Hennessey dijo:

—Nunca he dicho nada más en serio. Yo no quiero acostarme simplemente contigo, Townsend. Quiero amarte y tener una relación contigo. Lo comprenderé si tú no quieres lo mismo, pero esto es lo que yo quiero... es lo que necesito.

Hubo una pausa tan larga que Hennessey se sintió incómoda. Townsend carraspeó y preguntó en voz muy baja:

—¿Lo quieres hasta el punto de correr el riesgo de perderme?

La pregunta pilló a Hennessey por sorpresa y por un momento, se sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. Pero hizo examen de conciencia por un instante y dijo la verdad.

—Sí, así es. Lo quiero porque es lo correcto para las dos, Townsend. Entiendo que tú no quieras esperar... pero yo tengo que hacerlo.

Evidentemente frustrada, Townsend suspiró:

—¿Cómo puede ser correcto negarte a ti misma algo que deseas tanto? Te deseo tanto que me duele el cuerpo por ti.

—Yo también te deseo —susurró Hennessey—. Más de lo que nunca pensé que podría desear a nadie. Pero no me voy a tender una trampa, Townsend. Hasta que lleves sobria un año completo, no tendremos relaciones sexuales. No voy a poner en peligro tu sobriedad ni mi cordura.

—Pero voy a una reunión todos los días, Hennessey. Mucha gente inicia una relación cuando sólo llevan poco tiempo sobrios.

Convencida de que ya sabía la respuesta, Hennessey preguntó:

—¿Qué dice tu madrina?

Al cabo de un instante, Townsend dijo con tono apagado:

—Mm... no tengo madrina... en estos momentos.

—¿Qué? ¿Cuándo ha ocurrido eso?

—El fin de semana pasado. Sharon ha caído, Hennessey. Fue sólo un día y ha vuelto al programa, pero ahora mismo se tiene que concentrar en sí misma.

—Oh, mierda. ¿Qué pasó?

—Mm... que pilló a su novio engañándola. Se... se puso fatal, Hennessey. Me... me asusté.

—Pues claro que te asustaste —dijo Hennessey compasivamente—. Cuesta mucho mantenerse sobrio, Townsend. Es lo más difícil que vas a hacer en tu vida y merece que le dediques toda tu atención.

—Pero la mitad de mi atención te la dedico a ti, Hennessey.

—Eso ya lo sé. A veces desearía que no fuera así, pero ya sé que es así.

—Tenerte en mi vida me ayuda a mantenerme sobria, Hennessey, te lo juro.

Soltando un suspiro, Hennessey dijo:

—Bien sabe Dios que espero que sea cierto. No sé qué haría si creyera que empezabas a beber de nuevo por mi causa.

—No lo haré, Hennessey. Voy a mis reuniones y leo el Libro Gordo todas las noches. También repito esas afirmaciones que me enviaste. Son tan fervorosas que me dan ganas de potar, pero las digo.

Riendo suavemente al oír la encantadora franqueza de su amiga, Hennessey dijo:

—Es evidente que te estás esforzando mucho, Townsend, pero todavía no estás en absoluto fuera de peligro.

—Ya lo sé. —Hubo una pausa que de inmediato hizo sonar la alarma en el cerebro de Hennessey.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con severidad.

—Mm... nada malo —replicó Townsend—. He... mm... he tenido una pequeña recaída, pero no ha sido con el alcohol.

Soltando un suspiro, Hennessey preguntó:

—¿Qué has tomado, tesoro?

—Nicotina —musitó Townsend—. Sé que no debería haberlo hecho, pero estaba tan deprimida por lo de Sharon...

—Cuéntame cómo fue, cielo.

Su tono era tan tranquilo y dejaba tan claro que no la juzgaba que Townsend sintió que se le iba pasando la angustia.

—Habíamos quedado para tomar café el sábado por la tarde, antes de la reunión. No se presentó, así que la llamé a casa y contestó... borracha.

—Oh, cariño, qué duro tiene que haber sido para ti.

—Sí. Muy duro, Hennessey. Sé que no debería haberlo hecho, pero fui a una tienda y me compré cigarrillos. Me... mm... me quedé mirando la cerveza tanto tiempo que vino el dueño y me preguntó si me pasaba algo... pero no la compré... no la compré.

Lloraba suavemente, y Hennessey deseó con todas sus fuerzas poder estar allí para abrazarla y consolarla, pero lo único que podía ofrecerle era su voz amable y sus palabras tranquilizadoras.

—Lo pasaste mal, cariño, pero no bebiste. Eso es lo que cuenta. Es posible que intentar dejar de beber y de fumar y de tomar drogas todo al mismo tiempo sea demasiado para ti.

—Pero no te gusta que huela a tabaco —gimoteó Townsend.

—No, no me gusta. Pero eso no es lo que importa. Creo que deberías buscar otro padrino lo antes posible y hablarlo con él o con ella. A lo mejor tienes que esperar un poco antes de ocuparte de lo del tabaco.

—Pero no querrás besarme —murmuró Townsend—. Tus besos son lo único en lo que pienso.

—Te besaría aunque tuvieras una enorme tableta de tabaco de mascar en la boca —bromeó Hennessey.

—Pero no te gustaría —dijo la mujer más joven.

Hennessey tardó un momento en concentrar las ideas y por fin preguntó:

—¿Townsend? ¿Alguna vez tienes la sensación de que estás recuperando la sobriedad sólo por mí?

—¿Sólo por ti?

—Sí. Necesito saberlo.

Tomando aliento varias veces, Townsend pensó en todo lo que había hecho en los últimos ocho meses y contestó con toda la franqueza que pudo.

—Al principio, era todo por ti, cariño. Pero ahora no. Ahora siento que lo estoy haciendo por mí y por nosotras. Habría muerto antes de cumplir los treinta de haber seguido al ritmo que iba. Sharon siempre ha dicho que si tienes que parar en algún momento... más vale que sea ahora.

—¿Estás segura?

—Sí, claro que estoy segura. ¿Por qué quieres saberlo?

—Porque esto no va a funcionar si sientes que tienes que mantenerte sobria y dejar de tomar drogas y dejar de fumar por mí. Esto tiene que ser algo que te importe a ti... por ti.

—Y lo es, tesoro. Quiero vivir. Reconozco que una de las razones principales que tengo para vivir eres tú... pero no es la única razón.

—Dime las otras razones, Townsend. Necesito saberlo.

—Vale. —Townsend se lo pensó un momento y luego dijo—: He... he empezado a disfrutar de la vida. Por primera vez en mucho tiempo, me alegro de despertarme por las mañanas. Te vas a reír —dijo—, pero estoy empezando a ser una chiflada de la naturaleza... como tú.

Hennessey se echó a reír, con una carcajada tan musical que Townsend sintió un escalofrío familiar por la espalda.

—Una chiflada de la naturaleza, ¿eh? ¿Y cómo ha ocurrido eso?

—Bueno, Sharon me ha estado insistiendo para que me levante temprano y salga a dar un paseo por la mañana. Decía que es una forma muy agradable de aclararme las ideas y planificar el día. Pienso en lo que tengo que hacer e intento imaginar cualquier situación que pueda surgir que pudiera tentarme. En las primeras semanas, ni siquiera me fijaba en lo que me rodeaba. Sólo estaba cabreada porque eran las siete de la mañana y yo estaba fuera pisoteando la nieve.

—Ah, ésa ya parece más mi niña.

—No. Ésa era la antigua Townsend. La nueva y mejorada Townsend ha descubierto ¡que Vermont es que te cagas de bonito!

—¿Ah, sí? —indagó Hennessey, con una leve risita.

—Sí, esto es precioso. A lo mejor puedes venir a verme antes de que acabe el curso, ¿eh? Creo que te gustaría mucho.

—Yo también espero poder hacerlo. Ahora cuéntame qué es lo que te gusta de tu paseo matinal —dijo Hennessey—. Me produce mucha curiosidad.

—Mm... supongo que una cosa que me gusta es el placer que me da poder caminar sin quedarme sin aliento. Ya no me duelen los pulmones y ya no tengo esa tos tan desagradable que me daba por las mañanas. Y también me ha mejorado el sentido del olfato. Sé si va a nevar sólo por cómo huele el aire.

—Mmm... qué contenta estoy —murmuró Hennessey—. Te entiendo muy bien. Yo sé cuánto calor va a hacer y cuándo va a llover sólo con oler el aire por la mañana. Está bien recuperar los sentidos, ¿verdad?

—Está muy bien. Hasta me está empezando a gustar la nieve por primera vez en mi vida. Me he comprado unas raquetas para andar por la nieve y los fines de semana, doy largos paseos por el bosque... y pienso en ti.

—Yo pienso en ti mucho más de lo que debería —reconoció Hennessey—. En cada relato breve que escribo aparece una rubia adorable. Hasta mi profesor de escritura creativa lo comentó el otro día. Teníamos que escribir un relato sobre la India al final del dominio británico y el profesor Ring dijo: "Esto sí que te va a costar, Hennessey. No creo que hubiera muchas jóvenes rubias y atractivas en la India en aquella época".

Townsend no pudo evitar echarse a reír.

—¡Oh, Hennessey, qué corte te tiene que haber dado!

—Qué va. Me da igual que toda la Universidad de Harvard se entere de que estoy perdidamente enamorada de una mujer preciosa. Mientras esté a más de ochocientos kilómetros de casa, voy con la banderita del arcoiris a todas partes.

—Ya te relajarás con este tema en algún momento, cielo. No te agobies con eso.

—Eso es lo que pienso yo sobre el tema de que fumes —dijo Hennessey—. Reconozco que me va a resultar un poco desagradable si fumas. Me recuerda demasiado a mi madre y a veces se me viene a la mente cuando estoy con alguien que fuma. Pero no quiero que sientas que tienes que dejarlo porque te lo digo yo. Esta relación no puede funcionar si yo soy la adulta y tú sólo intentas darme gusto.

—Oh, pero quiero darte gusto —dijo Townsend con ese tono increíblemente provocativo—. Quiero darte tanto gusto que hasta el último de tus nervios pida clemencia.

—Mm... a lo mejor me equivoco, pero creo que yo estaba hablando de fumar y tú estabas hablando de algo completamente distinto.

—Ah, pero puedo hacer que eches humo —dijo Townsend con una risita—. Pero no te preocupes por mí, nena. Creo que estaré bien. Me fumé unos diez cigarrillos seguidos y me puse tan mala que vomité en un montón de nieve. ¿Sabes el aspecto tan desagradable que tiene el vómito en la nieve?

—Soy de Carolina del Sur, cielo. Nosotros vomitamos en el mar, como corresponde a nuestra dignidad.

—¿Todavía me quieres, Hennessey? ¿Incluso cuando soy débil y caigo en la tentación?

—Te quiero. Más que nunca. Te quiero y te respeto por esforzarte tanto en dominar tus demonios, cariño.

—Lo de que mi madre venga con nosotras lo decías en broma, ¿verdad?

—Cielo, yo nunca bromeo con tu sobriedad. Iré sólo si tu madre o tu padre están allí también. Y te lo juro, si llego allí y te encuentro sola, me voy. Lo digo en serio, Townsend.

—Lo sé —dijo abatida—. Nunca dices las cosas en broma cuando quiero que lo hagas.


Después de colgar, Hennessey sacó la guía telefónica y miró las primeras páginas del tomo. Varias horas después, se encontraba en un entorno conocido, aunque nunca hasta entonces había estado en el salón de actos de la iglesia. Cuando le tocó hablar, carraspeó y dijo:

—Hola, me llamo Hennessey y me estoy enamorando de una alcohólica.


A la primera conversación le siguieron varias más, y al final Townsend acabó aceptando que no había manera de hacer cambiar de opinión a Hennessey. Y así, en marzo, en una alegre y fresca mañana de sábado, Hennessey estaba esperando en los escalones de su residencia y sonrió de oreja a oreja cuando un gran Mercedes negro se detuvo delante de ella. Townsend salió de un salto y abrazó a la mujer más grande, murmurando:

—Dios, cómo te he echado de menos. ¡Tres meses sin tocarte es una eternidad!

Depositando un suave beso en el pelo dorado de Townsend, Hennessey dijo:

—Vamos, cielo. No quiero hacer esperar a tu madre.

—Dios santo —rezongó Townsend, inclinándose para coger la bolsa de Hennessey—. Mi abuelo me ha dado besos más intensos.


—Buenos días, señora Bartley —dijo Hennessey al entrar en el coche.

—Hola, Hennessey. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias. Aunque me alegro de que ya casi haya terminado el invierno. Ésta es la primera vez que he estado en un clima frío de verdad y a mi aguada sangre sureña le vendría bien una inyección de anticongelante.

—Pues no sé si vas a estar mucho más a gusto en Martha's Vineyard —dijo la mujer de más edad, sonriendo a Hennessey—. Tenemos un viento muy frío en esta época del año.

—Yo te daré calor —dijo Townsend, guiñándole un ojo a su amiga.

—He traído ropa interior larga y jerseys de lana —contestó Hennessey, sonriendo a Townsend con aire suficiente.


El viaje fue precioso, y Hennessey alternó entre escuchar a Townsend y a su madre y contemplar el paisaje.

—¿Habías estado ya en la costa, Hennessey? —preguntó la señora Bartley.

—No. No he salido mucho de Boston, a decir verdad. En realidad, no salgo muy a menudo de Cambridge, pero mi compañera de cuarto es de Brookline y he ido a cenar a su casa varias veces.

—Pues entonces esto va a ser toda una experiencia para ti. Creo que te va a encantar el mar.

—Tengo mucha experiencia con el mar, señora Bartley. Pero el Atlántico es muy apacible en mi tierra.

—¡Ah, es cierto! Eres de Carolina del Sur. Mira que olvidarme. Y dime, ¿a qué se dedica tu padre, querida?

—Es camaronero —dijo Hennessey—. Mi padre pesca y mis abuelos llevan un pequeño restaurante donde sirven todo lo que pesca.

—Eso ya te lo he contado yo, madre —dijo Townsend con irritación.

Volviéndose a su hija, Miranda dijo:

—Claro que sí, pero me interesa oír lo que dice Hennessey. No te importa, ¿verdad, Hennessey?

—En absoluto, señora Bartley. Podría pasarme todo el día hablando de mi familia.

—Seguro que ya me lo has dicho, pero recuérdame otra vez tu situación familiar.

—Vivo con mi padre y mis abuelos.

—¿Tus padres están divorciados, querida?

—Sí —dijo la joven—. Se separaron cuando yo era un bebé. Me criaron mis abuelos.

—Ah. —Hubo una pausa larga e incómoda y por fin Miranda preguntó—: ¿Ves a tu madre?

—Sí, señora. Vive cerca de nosotros. Aunque no me crió ella, sigue siendo mi madre y la quiero mucho.

—Ya —dijo Miranda, preguntándose qué había detrás de esos ojos azules y despejados.

—Ya te he contado lo maravillosamente que cocina la abuela de Hennessey —dijo Townsend, tratando de desviar la atención de su amiga.

—Sí, recuerdo que me lo has contado —dijo Miranda—. ¿Eres de Beaufort, Hennessey?

—Sí, señora —dijo Hennessey, sonriéndole con calidez.

—Me pregunto si habré comido alguna vez en el restaurante de tu familia. He estado en Beaufort muchísimas veces. Una de mis novelas la ambienté allí, sabes.

—No, señora, no lo sabía —dijo Hennessey—. Ojalá tuviera tiempo de leer por placer, pero me temo que tendré que esperar al verano.

—A lo mejor tienes un poco de tiempo esta semana. Tengo copias de todos mis libros en la casa de la playa.

—Maldita sea, madre. Hennessey no quiere leer tus libros. ¡Sólo está siendo cortés!

Antes de que Miranda pudiera decir palabra, intervino Hennessey:

—Townsend, te agradecería que no hablaras por mí. Soy perfectamente capaz de decidir lo que quiero leer y cuándo lo quiero leer. —Volviéndose a Miranda, dijo—: No estoy siendo sólo cortés, señora Bartley. Me encantaría leer uno de sus libros. Puede aconsejarme por cuál estaría mejor empezar.

Townsend se hundió en el rincón del espacioso asiento, mirando malhumorada a sus dos compañeras de viaje.


Hennessey no sabía qué esperarse, pero incluso sin ideas preconcebidas, el chalet era algo que le costaba asimilar. Sabía que Townsend era de familia rica, pero lo cierto era que no tenía un marco de referencia para saber lo que se podía comprar con una buena fortuna.

Este chalet, poco usado, era más grande, más lujoso y mejor decorado que cualquier otra casa en la que hubiera estado, y empezó a sentirse incómoda cuando todavía estaban en el recibidor. Sabía que era una tontería, por lo que hizo todo lo posible por disimular su incomodidad.

—Tiene una casa preciosa —le dijo a Miranda, con una sonrisa que sabía que tenía que parecer falsa.

—Oh, no es nada de especial, Hennessey. Sólo un sitio para escaparse unos días. Es agradable vivir sin grandes comodidades de vez en cuando. —Se echó a reír suavemente, y Hennessey vio tanto de Townsend en la expresión de la mujer que su propia sonrisa se hizo genuina y alegre.

—Le voy a enseñar las cosas, mamá —dijo Townsend, cogiendo a Hennessey de la mano y arrastrándola hacia la pared de puertaventanas del fondo de la sala de estar.

—¿Dónde vamos? —preguntó Hennessey cuando llegaron al jardín trasero.

—Vamos a la casa de invitados. Yo siempre me alojo ahí —dijo Townsend.

Deteniéndose en seco, Hennessey empezó a sacudir la cabeza morena.

—Eso no es buena idea. Tu madre no oirá mis gritos cuando intentes meterme mano.

—Oh, Hennessey, qué boba. Mi madre se medica tan a fondo que jamás oiría tus gritos, estés donde estés. Te vas a tener que defender sola, tesoro.

Con la cara seria, Hennessey dijo:

—Lo digo en serio, Townsend. No me parece buena idea que estemos solas. Preferiría dormir en la casa grande.

Townsend se quedó mirando a su amiga varios segundos, luego meneó la cabeza y echó a andar por un sendero de piedras, hacia la casa de invitados, que tenía dos pisos. Hennessey se quedó mirándola y luego volvió a entrar en la casa.

Miranda salió de la cocina y miró a Hennessey con extrañeza.

—¿Necesitas algo, querida?

—Mmm... yo... mmm... no sé dónde tengo que dormir. ¿Hay una habitación de invitados?

—¿No vas a dormir en la casa de invitados? —preguntó la mujer de más edad—. Creía que estarías más cómoda ahí.

—No... no quiero dar la lata, pero necesito tener mi propia habitación, señora Bartley.

—¿Os habéis peleado?

—No... bueno... tal vez un poco. Pero la cuestión no es ésa. Estamos intentando ir despacio, señora Bartley. No... mmm... tenemos relaciones íntimas, todavía.

La mujer de más edad parpadeó sorprendida y luego preguntó:

—¿Todavía no? ¿Y por qué no?

Ya no estás en Carolina del Sur, Hennessey. Intenta adaptarte.

—Pues es que creo que Townsend debería concentrarse en mantenerse sobria. Si ahora se implica demasiado, eso podría hacerle perder esa concentración.

—Ah. —Miranda meneó la cabeza, sonriendo para sí misma—. Eres tan seria como dice Townsend.

Sonrojándose, Hennessey asintió.

—Ya sé que no soy la típica chica de dieciocho años, señora Bartley. Pero Townsend necesita ayuda para mantenerse sobria. No quiero supervisarla, pero tampoco quiero tentarla.

Frunciendo el ceño, Miranda preguntó:

—¿Crees de verdad que se va a mantener sobria? Dios sabe cómo lo deseo, pero no consigo imaginarme que lo pueda hacer.

—Yo creo en ella —dijo Hennessey, con una seguridad que se reflejaba en sus ojos.

—Ya lo veo —dijo Miranda, sonriendo un poco a la chica—. Espero que tengas razón.

—Yo también lo espero. —Levantando la bolsa, Hennessey preguntó—: ¿La habitación de invitados?

—¡Ah! Bueno, hay algunas habitaciones en el primer piso, pero tengo planeado escribir esta semana y mis horarios son un poco raros. Suelo trabajar de noche y pongo música bastante alta. Seguro que estarás mejor en la casa de invitados.

—Pero...

—Puedes echar el pestillo, Hennessey —dijo la mujer, sonriendo a la muchacha con desconcierto—. No creo que Townsend se haya traído un hacha.

—Ah. No sabía que había más de una habitación —explicó Hennessey.

—En esa casa hay tres dormitorios, querida. Puedes dejar una habitación vacía entre las dos, para estar segura.

—He quedado como una idiota —murmuró Hennessey—. Y ahora Townsend se siente herida.

Con una risa sarcástica, Miranda dijo:

—Se siente herida cada dos por tres, Hennessey. Ya te acostumbrarás.


Abriendo con precaución la puerta de la casa de invitados, Hennessey asomó la cabeza, esperando que Townsend no le tirara nada. Al ver a la rubia sentada en un sofá de loneta blanca, preguntó:

—¿Puedo entrar?

—Como quieras —contestó Townsend, sin mirarla.

Hennessey cruzó el umbral y dejó la bolsa en el suelo. Acercándose a Townsend, se sentó a su lado y dijo:

—Lamento haber herido tus sentimientos. Tendría que haber preguntado cómo nos íbamos a instalar y qué habíais pensado ya tu madre y tú. Lo siento mucho, Townsend.

Mirándola con curiosidad, Townsend preguntó:

—¿Quieres estar aquí, Hennessey? ¿Quieres estar conmigo?

—¡Sí! ¡Claro que sí!

—Estamos a mediados de marzo y no te veo desde el tres de enero. Me mantienes a distancia... como si estuvieras en esto pero sin estar del todo.

Arrimándose más a su amiga, Hennessey dijo:

—Eso no es cierto. Estoy en esto por completo, Townsend. Estoy en esto al cien por cien... contigo. Pero sé que este año ha sido y va a seguir siendo difícil para ti y quiero darte espacio para que aprendas a ser tú misma... una persona que no maltrata su cuerpo y su mente.

Townsend asintió y se quedó en silencio un momento. Estaba contemplando la chimenea, paseando la vista por la madera nudosa que estaba pulcramente colocada en el hogar.

—¿Dejarías de quererme si bebiera, Hennessey?

Hennessey respondió sin dudarlo siquiera.

—No, no dejaría de quererte. Todavía te querría, Townsend, pero no podría estar contigo si decidieras empezar a beber de nuevo. No puedo hacerme eso a mí misma, cariño. No puedo ver cómo mi padre, mi madre y tú os matáis lentamente. No puedo.

Townsend alzó la mano y secó con delicadeza las lágrimas que resbalaban por las mejillas sonrosadas de Hennessey.

—Nunca volveré a beber, Hennessey. Te lo prometo.

—No, cariño. Por favor, no digas eso. Eso sólo te va a crear problemas. Intenta mantenerte sobria ahora. No pienses en mañana.

—Vale —asintió la rubia—. Lo intentaré.

Se apoyaron la una en la otra y sus cuerpos se acoplaron despacio.

—¿Qué tiene que hacer una chica para conseguir un beso decente en este pueblo? —preguntó por fin la voz melosa de Hennessey.

Sin decir palabra, Townsend cambió de postura entre los brazos de su amiga y posó sus labios sobre los labios con los que llevaba soñando desde hacía dos meses y medio. Soltando un gemido gutural, envolvió a Hennessey entre sus brazos y se hundió en la deliciosa sensación de besar esos labios hermosos y llenos.

—Qué bien —ronroneó Hennessey, apartándose—. Mejor que en mis sueños.

Agarrando a su compañera por la nuca, Townsend vio frustrados sus intentos cuando Hennessey se escabulló de sus manos.

—Es hora de comer —dijo la morena—. Me muero de hambre. —Se inclinó hacia delante para darle otro besito y luego intentó levantarse.

Pero Townsend tenía otras ideas. Tiró de la mujer más grande y no tardó en encontrarse en el regazo con sesenta kilos de suave, cálida y suculenta Hennessey.

—Necesito más —gruñó Townsend, depositando un torbellino de besos en la cara, el cuello y las orejas de Hennessey—. Te necesito muchísimo —murmuró con la respiración entrecortada.

Apartándose con dulzura pero firmeza del fervoroso abrazo de Townsend, Hennessey se levantó con las piernas temblorosas y respiró hondo para calmarse.

—Demasiado —logró decir por fin—. Eso es demasiado, cariño.

Townsend se recostó en los cojines y se pasó una mano por el pelo, sonriendo débilmente.

—No puedes culparme por intentarlo.

—Admiro tu perseverancia —dijo Hennessey, sonriendo cálidamente—. Tu determinación es lo que te va a llevar a superar esto. —Alargó la mano y cuando Townsend iba a cogérsela, Hennessey la apartó en el último momento—. Te creerás que me vas a volver a engañar... —dijo riendo al tiempo que Townsend le sacaba la lengua y se ponía en pie. Rodeando con un brazo los hombros algo más estrechos, Hennessey le dio un beso a Townsend en la coronilla mientras salían del edificio y su risa quedó absorbida rápidamente por los ruidos del mar.


Miranda no tenía ganas de ir al pueblo con las jóvenes: se limitó a pedir que le trajeran algún tipo de ensalada frondosa cuando volvieran.

—¿Quieres ir en bici? —preguntó Townsend.

—Muy bien. ¿Tienes dos?

—Mm-mm. Sígueme. —Townsend la llevó a un garaje muy hondo en el que fácilmente cabrían cuatro coches, aparcados uno detrás de otro. Había un Mercedes todoterreno aparcado al fondo del garaje y Hennessey vio también toda clase de trastos para la playa, la pesca, la recogida de almejas y otra serie de cosas apiladas por allí. Townsend movió unas cuantas cosas y sacó dos sencillas bicicletas de playa.

—Son geniales —dijo Hennessey—. Perfectas para la playa.

—Sí, aquí hay demasiada arena para una bicicleta normal de carretera. Éstas funcionan muy bien.

—¿Cascos? —preguntó Hennessey, mirando a su alrededor.

—Suéltate la melena —la instó Townsend—. Vive peligrosamente por una vez.

—No sé, Townsend —dijo la mujer de más edad pensativa—. A lo mejor tengo pesadillas. Nunca he hecho nada tan osado.

—Sal de una vez —dijo Townsend con una sonrisa burlona—. Quiero ver ese culo tan bonito delante de mí todo el tiempo.

—¡No te atrevas a mirarme el culo! —dijo Hennessey con espanto fingido—. No estamos prometidas formalmente.

Townsend dio una buena palmada al culo en cuestión y la pareja emprendió su corta excursión al pueblo.


—Jo, este sitio tiene tal encanto que resulta casi empalagoso —bromeó Hennessey.

—Sí. Martha's Vineyard es un auténtico pueblo costero de Nueva Inglaterra... y la mayoría de los edificios son originales. Lo que pasa es que ahora están llenos de heladerías y cafeterías pijas, en lugar de suministros para la pesca.

—Pues es una monada. ¿Dónde quieres comer?

—¿Qué te apetece?

—Mmm... algo que no sea pescado. Me parece que de eso ya vamos a comer más que suficiente esta semana. Vamos a comer una buena hamburguesa con queso y un batido de chocolate.

—Vale, pero ya he engordado más de dos kilos desde que he dejado de fumar. Podrías hacerme engordar tanto que ya no te mole.

—Eso no va a pasar jamás —proclamó Hennessey—. Así tendría más para amar.


Hennessey lamió un goterón pegajoso de chile del borde de su hamburguesa y soltó una risita cuando Townsend alargó la mano y le limpió la comisura de la boca con una servilleta.

—No puedo permitir que parezcas una guarra. Aquí tengo que mantener mi reputación, sabes —le recordó la joven.

—Seguro. A lo mejor debería sentarme en esa otra mesa para que la policía no me apunte en su "lista de sospechosos".

—Muy graciosa —dijo Townsend con una risita, tocando la nariz de Hennessey con la parte sucia de la servilleta.

Hennessey se limpió la punta de la nariz y dijo:

—Sabes que lo digo en broma. Estoy muy orgullosa de estar contigo, Townsend. —Mandándole un beso, añadió—: Me haces feliz.

Haciendo avanzar los dedos por el mantel como una tarántula, Townsend deslizó la mano en la de Hennessey.

—¿Entonces no te importa que te bese en público? ¿Que te coja de la mano?

—Me importaría que no lo hicieras —le aseguró Hennessey—. Pero primero, me tengo que comer esta hamburguesa. Luego mi mano es tuya.

Townsend ya había terminado y apoyó la barbilla en las manos, mirando a su amiga mientras comía.

—Hay que ver lo que tragas para estar tan flacucha.

—No estoy flacucha —dijo Hennessey con altivez—. Estoy delgada. Es muy distinto.

—Tu padre tiene la misma constitución que tú, ¿verdad?

—Mm-mm. Largo y desgarbado.

—Me gusta la gente larga y desgarbada. También me gustan esas curvas que intentas ocultar bajo esa ropa tan ancha.

—No es ancha —dijo Hennessey amablemente—. Está cortada generosamente. Me gusta poder moverme en la ropa.

—A mí también me gustaría moverme en tu ropa. Creo que yo también cabría debajo de ese jersey.

—No te pasaría la cabeza por el cuello —dijo Hennessey, riendo entre dientes.

—Me daría igual no poder sacar la cabeza. Todo lo bueno está debajo.

—Dios santo, Townsend, ¿es que te gusta ponerme colorada cada quince segundos? Seguro que tenemos algo de que hablar que no sea de sexo.

Mientras sus ojos verdes recorrían distraídos la sala, Townsend hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Sólo de sexo.

Riendo, Hennessey dijo:

—Pues yo tengo otros temas en mi lista. ¿Qué va a pasar esta semana? ¿Vamos a cenar con tu madre?

—Supongo que es posible, pero yo no contaría con ello.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Mmm... cuando viene aquí, viene para escribir. Tiene un horario de locos y no le gusta cambiarlo. La última vez que estuvimos aquí juntas, creo que sólo la vi en el coche durante el viaje de venida y el de vuelta.

—Hablando del coche, ¿dónde se ha metido nuestro chófer?

—Oh, por ahí. Mi madre lo aloja en una casa del pueblo y lo llama cuando lo necesita. A veces eso quiere decir que tiene una semana de vacaciones. Otras veces va a la casa hasta seis veces al día. Como ahora estamos nosotras, seguro que le da vacaciones. Los recados los haremos nosotras.

—¿Es que no sale? ¿A ver a sus amigos?

—No. Seguro que no le ha dicho a ninguno de sus amigos que está aquí. Cuando viene a escribir... escribe.

Hennessey frunció las cejas y preguntó:

—¿Cómo escribe si está, mm... medicada... como dices tú?

—Ah, es morfinómana —dijo la joven sin darle importancia—. No le afecta gran cosa siempre y cuando tenga acceso a la droga.

Hennessey tenía los ojos tan desorbitados que casi se le salían de la cara.

—¿Es morfinómana?

—Mm-mm. No creo que sepa que lo sé, pero lleva años enganchada al Vicodin y el OxyContin.

—Eso es lo que te quité en el campamento —dijo Hennessey con tono apagado.

—Sí. No lo tomaba a menudo, pero estaba bien contar con un pequeño alijo. Pensé que mi estúpida consejera del campamento se creería que era una medicina normal y corriente. Suerte la mía que tuve que encontrarme con una inteligente.

—Suerte la tuya —asintió Hennessey, sonriéndole—. ¿Y cómo le afecta la morfina a tu madre?

—No le afecta. Es decir, seguro que tiene que aumentar la dosis periódicamente, pero mientras pueda seguir consiguiéndola, pasará mucho tiempo hasta que le dé un patatús.

—Jo —dijo Hennessey, meneando la cabeza. Mirando a Townsend, preguntó—: ¿No te molesta?

—Mmm... no tanto como te molesta a ti el alcoholismo de tus padres. No se comporta como si estuviera enganchada a nada, así que es algo que no interfiere.

Con aire pensativo, Hennessey preguntó:

—¿Qué sientes por ella, Townsend? ¿La odias?

—¿Que si la odio? —La joven pareció sorprenderse ante la pregunta—. ¿Que si la odio? No, no la odio. ¿Por qué piensas eso?

—Pues... es que no le demuestras mucho cariño. Prácticamente nunca le dices algo amable. Jo, nunca te he oído decirle por favor o gracias, Townsend. Eso no es propio de una chica que quiere a su madre.

—Ah. —Townsend se encogió de hombros—. No lo pienso muy a menudo, para serte sincera. No me cae mal, pero tampoco la conozco lo suficiente como para que me caiga muy bien.

Tras quedarse un rato mirando a su amiga, Hennessey dijo:

—Es tu madre, Townsend. ¿Cómo puedes no conocerla?

—A ver qué tal la conoces tú cuando termine la semana —dijo Townsend—. Entonces a lo mejor comprendes lo que estoy diciendo.


Tal y como había vaticinado, Hennessey no pudo contenerse y, en la cena, se regodeó en algunos de sus platos preferidos de marisco.

—Sabes, me he convertido en toda una experta en estofado de almejas —dijo—. Éste es especialmente bueno.

—Sí, aquí nunca le ponen demasiada harina. Y además le ponen muchas almejas.

—Creo que esto me va a gustar —dijo Hennessey—. Es un poco como en casa... pero con un acento raro y casas más caras.

—Sí. Ese acento de Massachusetts llama mucho la atención —asintió Townsend, haciéndole una mueca a su amiga—. Hablando de casa, ¿quieres llamar a tus abuelos mientras estés aquí? Eres totalmente libre de hacerlo.

—No, no creo que lo haga. Tienen el número si me necesitan. —Parecía un poco violenta y dijo—: Me gustaría poder relajarme y no tener que preocuparme por ellos durante una semana. Siempre sé cuándo no van bien las cosas, pero casi no hay nada que pueda hacer.

—Lo sé, cielo. Sé lo difícil que es para ti.

—Al menos cuando estoy en casa, puedo echar una mano. Aquí arriba, tengo las manos atadas. A veces es duro.

—Lo comprendo —dijo Townsend.

—Así que vamos a pasarlo bien esta semana, ¿vale?

—Eso es lo que se me da mejor —le aseguró Townsend.


Esa noche más tarde, la pareja paseó por la playa, con un viento fuerte y frío que les revolvía el pelo.

—Nunca hace este tiempo en Carolina del Sur —masculló Hennessey, a quien le castañeteaban los dientes.

—Massachusetts no le llega a Carolina del Sur ni a la suela de los zapatos, ¿verdad? —preguntó Townsend.

—No, no, para nada —dijo Hennessey—. No quiero estar nunca lejos de casa, Townsend. Espero que lo comprendas.

—Lo comprendo —dijo la mujer más menuda, asintiendo—. A mí me gusta el noreste, pero no estoy enamorada de él. Estoy enamorada de ti, Hennessey, y estoy segura de que me gustará cualquier sitio en el que acabemos.

—Piensa en Beaufort —dijo Hennessey, arrimándose al calor que despedía Townsend.


—¿Qué tal un chocolate caliente? —preguntó Townsend cuando regresaron a la casa de invitados.

—Me encantaría. ¿Podemos hacerlo aquí?

—La cocina está totalmente equipada, pero ahora mismo no hay nada de comer en ella. Voy corriendo a la casa grande. Ahora mismo vuelvo. —Cuando se dirigía a la puerta, Townsend preguntó—: ¿Puedes encender el fuego?

—Que si puedo encender el fuego —murmuró Hennessey para sus adentros, levantándose y disponiéndose a hacerlo.

Pocos minutos después, Townsend estaba de vuelta y se echó a reír al ver la vena perfeccionista de Hennessey.

—¿Lo tendrás listo para cuando nos vayamos a la cama?

—Ya está listo, para tu información —dijo Hennessey—. Si se hace bien, no hay que estar tan pendiente.

—Aquí tienes el chocolate, nena.

Hennessey encendió el fuego y se levantó, viendo cómo cobraba vida. Bebió un sorbo de su bebida, hizo una ligera mueca y preguntó:

—Microondas, ¿no?

—Sí. Eso es todo lo que vas a conseguir de mí. ¿Te importa?

—Sí, pero no te preocupes. Ya te enseñaré a cocinar.

—Ya. Como que lo vas a conseguir. Creo que hay más probabilidades de que acabemos contratando a un cocinero.

Hennessey fue a decir algo, pero se lo pensó mejor.

—Ya lo solucionaremos —dijo, sonriendo afectuosamente—. Día a día, cariño.

Se sentaron en el sofá, apoyadas la una en la otra, mientras contemplaban el chisporroteo de ese fuego tan bien hecho.

—Qué gusto, ¿verdad? —preguntó Townsend suavemente.

—Supongo que algo bueno sí que tiene el clima frío —asintió Hennessey—. Entrar en calor es de lo más agradable.

Townsend dejó su taza en la mesa, sonrió con picardía y le quitó a Hennessey la que tenía en la mano.

—Yo te puedo hacer entrar en calor en un santiamén. —Cogiendo a la mujer más grande entre sus brazos, se puso a besar los labios que se unieron a los suyos—. Dios, cómo te quiero —susurró entre beso y beso.

—Y yo a ti —murmuró Hennessey—. Que me abraces y me beses así es maravilloso.

—Podría pasarme la noche entera besándote.

Hennessey se fundió en los brazos de Townsend, dejando que su cuerpo se pegara a la deliciosa suavidad. Despacio, abrió la boca y ronroneó cuando la lengua de Townsend entró de inmediato.

De repente, recibió un firme empujón y empezó a hundirse en los cojines. Empleando todas sus fuerzas, empujó a su vez, sin ceder hasta que estuvo totalmente erguida.

—Algún día. Pero esta noche no. —Hennessey se apartó y depositó unos besos suaves en la frente de Townsend—. Te he echado tanto de menos y he fantaseado tan a menudo con la idea de estar contigo que mi resolución no está a sus niveles habituales.

—Oh, Hennessey, no me dejes tan pronto. ¡Han sido meses!

—No me queda más remedio, cariño. —Cayó de rodillas y rodeó con los brazos a su compañera claramente frustrada—. Por favor, no te enfades conmigo. Vamos demasiado deprisa y me estás presionando algo más de lo que me resulta cómodo. Ya sé que yo voy demasiado despacio para tu gusto, pero es lo único que puedo hacer en estos momentos.

Suspirando, Townsend dijo:

—No importa. Es que... es que te deseo muchísimo.

Hennessey apoyó la frente en la de su compañera y susurró:

—Se feliz con lo que tenemos. Yo lo soy. —Tras un abrazo lleno de emoción, se levantó y se volvió para dirigirse por el pasillo hasta la habitación del fondo, echando en silencio el pestillo de la puerta al cerrarla.


La pareja no hizo nada de especial el domingo, pero las dos pasaron uno de los días más agradables de su joven vida. El mero hecho de estar juntas y compartir los detalles pequeños y normalmente insignificantes del día cobraba un nuevo significado al verlos a través de los ojos de la otra.

Tras una cena divertida y relajada en un café tranquilo, pasearon por las calles del pueblo, mientras Hennessey parloteaba sin cesar, como era habitual cuando estaba completamente relajada y feliz. Townsend la miró y sintió una oleada de amor tan abrumadora que le dio la impresión de que el corazón le daba un vuelco. Nunca en su vida se había sentido tan segura, tan completa, tan conectada a otra persona, y apenas conseguía mantener los pies en la tierra. Apretando con fuerza la mano de Hennessey, se apoyó en ella y susurró:

—Qué feliz me haces.

Sonriendo con cariño, levantando las comisuras de los labios de esa forma que le dejaba a las rodillas flojas a Townsend, Hennessey dijo:

—Me hace feliz hacerte feliz. Buena combinación, ¿eh?

—La mejor —suspiró Townsend, colocándose el brazo de Hennessey por delante y agarrándose a él como si fuera un recuerdo precioso.


De vuelta en la casa de invitados, Townsend entró en la sala de estar, en pijama y zapatillas.

—Buen fuego —dijo, sonriendo a Hennessey, que parecía muy satisfecha—. Estás monísima con ese pijama, por cierto.

—Ha sido un derroche —reconoció—. No tenía pijamas adecuados... sólo pantalones de chándal y camisetas. Pero no sabía cómo iban a ser las cosas aquí y pensé que debía estar presentable.

—Estás más que presentable —dijo Townsend—. Ese color azul celeste es casi igual que el de tus ojos y esas nubes blancas hacen que parezcas el ángel que eres.

—Ésa soy yo —dijo Hennessey—. El ángel Hennessey.

Townsend se había estado cepillando el pelo y se colocó ante el respaldo del sofá donde estaba sentada su amiga.

—Siempre he querido cepillarte el pelo. ¿Puedo?

—Mm... claro. Seguro que le hace falta con tanto aire de mar.

La mujer más joven emprendió la tarea, desenredando con delicadeza algunos mechones y deslizando después el cepillo por los cabellos largos y oscuros. Con un gemido sensual, Hennessey apoyó la cabeza en el sofá y dejó que Townsend hiciera su magia.

—Dios, pero qué gusto. Nadie me había cepillado el pelo desde que era niña. Se me había olvidado lo maravilloso que es.

—Shh... relájate y disfruta, cariño. Siente el cepillo, cómo te hace cosquillas en el cuero cabelludo y tira un poquito al deslizarse por tu pelo. ¿A que da gusto?

—Mm-mm. Mucho gusto. —Hennessey colocó los brazos estirados sobre el respaldo del sofá y no tardó en empujar contra el cepillo para asegurarse de que llegaba a todos los rincones de su cabeza.

Townsend estaba maravillada por la belleza pura y sensual de su compañera, y se dio cuenta de que Hennessey se estaba comportando de una forma más libre y abiertamente sexual que nunca había visto en ella. ¿Es porque no la estoy presionando?, se preguntó. ¿Cómo puedo ser tan estúpida? Es como una gran gata esponjosa cuando dejo que venga a mí. Al tener cierta experiencia útil con gatos recalcitrantes, Townsend suavizó aún más el contacto, mientras Hennessey movía la cabeza aquí y allá, persiguiendo esa presión esquiva. Sin hacer el menor ruido, Townsend dejó el cepillo y se puso a aplicar los dedos sobre el sensibilizado cuero cabelludo, y casi le fallaron las rodillas al oír el gemido gutural de Hennessey.

Con cuidado tierno y amoroso, Townsend arrastró los dedos trazando dibujos impredecibles por los brazos de Hennessey, dejando su marca en cada centímetro. La mujer más grande seguía los dedos, levantándose casi del asiento cuando Townsend se apartaba unos pocos centímetros. Ah, qué sumisa es cuando se la trata con ternura.

Después de tocar, provocar y acariciar a su compañera, Townsend le deslizó los dedos por debajo del cuello del pijama, para acariciar la piel increíble de Hennessey, arrastrándolos por su cuello y la curva de sus anchos hombros. El pijama de franela era un ligero impedimento y, ante su asombro, Hennessey se desabrochó un par de botones y se descubrió los hombros por completo, deslizando la tela por su cuerpo hasta apenas cubrirse los pezones. Santo Dios, ¿por qué no me he dado cuenta de que sería así? ¡No se puede ser agresivo con una mujer que nunca ha tenido una relación sexual! No la cagues, Townsend... Aunque quieras arrancarle la camisa... tómatelo con calma. Hace mucho tiempo que no has estado con alquien que fuera incluso parcialmente inocente... intenta recordar cómo era.

De repente, las manos de Hennessey subieron deslizándose por los brazos de Townsend. Cuando llegaron a su cuello, una suave presión obligó a la rubia a agacharse y aceptó la invitación olisqueando con ternura esa piel lisa y perfecta. Mantuvo el contacto ligero y delicado, tratando de hacer que Hennessey pidiera lo que quería y, según esperaba, lo que necesitaba. Con un beso leve como un murmullo, Townsend deslizó los labios por los hombros de Hennessey, allanándose el camino de vez en cuando con una ligera caricia con la lengua. Hennessey no hacía nada salvo gemir y agitarse contra ella, pero esas dos cosas eran todo lo que Townsend podría haber deseado.

Cuando la rubia empezó a lamer y chupar delicadamente un lóbulo de color rosa subido por la excitación, Hennessey no pudo resistir más.

—Bésame —susurró, con un tono tan sensual y cálido que Townsend se sintió desfallecer.

¡Sí! ¡Sí! ¡Por fin pide lo que quiere! ¡Sabía que podía hacerlo! Townsend pasó a la parte de delante del sofá y sofóco una leve exclamación al contemplar a su amante. Hennessey estaba medio tirada en el sofá, con la camisa medio abierta, a través de cuya tela asomaba un par de pechos pequeños y perfectamente formados. Tenía las piernas abiertas de par en par, despatarrada como estaba en el sofá, y toda posible señal externa de su excitación resultaba más que evidente.

Townsend se dejó caer de rodillas, situándose entre las piernas de su compañera, y alargó los brazos, haciendo que Hennessey cubriera la distancia que las separaba. La mujer más grande lo hizo sin vacilar, aunque la camisa le dificultaba los movimientos. Sin pensarlo, se la quitó por encima de la cabeza y la echó a un lado y luego envolvió a Townsend con su cuerpo caliente y la besó con una pasión que la mujer más menuda no había soñado jamás.

Hennessey dejó que todo vestigio de su autocontrol se desvaneciera mientras se aferraba a su compañera con desesperación, besándola con todo su cuerpo y toda su alma. Por primera vez en mucho tiempo, Townsend oyó una vocecita en las profundidades de su cerebro. No sabía de quién era la voz, pero tenía algo que le recordaba a la suya. Esto no es lo que quiere. Tú la has llevado a esto. Has intentado hacer que se someta a ti... y ya lo ha hecho. ¿Contenta?

La frenética morena chupaba el labio inferior de Townsend al tiempo que sus dedos luchaban con los botones de su pijama de algodón. Frustrada, Hennessey agarró la ancha camisa y se la quitó a Townsend del cuerpo, como se la podría haber quitado a una niña de tres años. Su mano caliente y algo sudorosa se abrió paso entre sus cuerpos y empezó a acariciar el pecho de Townsend, al tiempo que Hennessey volvía a pegarse a los labios de su compañera.

Sujetando a la morena con firmeza, Townsend se apartó lo suficiente como para mirar a los ojos nublados de Hennessey. Se dio cuenta de que la hermosa mujer estaba funcionando sólo a base de pasión: no había el menor atisbo de pensamiento racional ni control en esos ojos casi vacíos.

—Hennessey —se oyó decir a sí misma—. Hennessey.

—¿Eh?

—¿Es esto lo que quieres? —preguntó Townsend, sabiendo cuál sería la respuesta si Hennessey estuviera en su sano juicio.

Algo se quebró y en los ojos azules brotó de nuevo una chispa de inteligencia normal.

—¿Si quiero? Mm... ¿tú no?

—Sí, claro que lo quiero. Lo quiero desde la primera vez que te vi. ¿Pero es lo que tú quieres? ¿Quieres esto ahora, cielo?

—¿Si quiero... ahora? —Sacudiendo la cabeza, Hennessey pasó la mano despacio por la espalda desnuda de Townsend y luego se pasó la misma mano por su propio pecho, retrocediendo pasmada—. Oh, Dios, ¿qué estamos haciendo?

—Estamos a punto de hacer el amor —susurró Townsend, apoyando la cabeza en el hombro de su amante para no tener que ver la expresión confusa de sus ojos.

—Joder —masculló la mujer más grande, ya plenamente consciente de sus actos. Se quedaron abrazadas largo rato, mientras el cuerpo caliente de Hennessey palpitaba contra Townsend. Por fin, la mujer más grande cayó en la cuenta de algo, levantó la cabeza y miró a Townsend, y en su boca se formó una dulce sonrisa—. Gracias. Gracias por cuidar de mí. —Agachando la cabeza de nuevo, dio un beso a Townsend cargado de las brasas moribundas de su pasión y de la cantidad equivalente de su amor.


PARTE 6


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