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Los abuelos de Hennessey insistieron en que las chicas salieran a hacer algo divertido, de modo que la morena decidió que quería llevar a Townsend a su lugar preferido del condado de Beaufort. El día estaba un poco más fresco que el anterior y se vistieron con polos de cuello alto y jerseys, además de vaqueros. Pararon en el café de la ciudad y tomaron un desayuno fantástico, durante el cual Townsend se preguntó cómo era posible que la gente del lugar estuviera delgada.

—¿Aquí se fríe todo? —preguntó, observando a Hennessey, que estaba comiendo tortas fritas de harina de maíz bañadas en jarabe de arce.

—Mm-mm. Algunas cosas se hacen totalmente con azúcar y normalmente eso no lo freímos... aunque hay excepciones.

—Voy a engordar cuatro kilos y medio en dos semanas, Hennessey.

—Es posible —asintió—. Pero vas a disfrutar de cada minuto.


Fueron al Coto del ACE y Hennessey se explayó largo y tendido sobre cómo se había protegido ese terreno y cuántos kilómetros cuadrados ocupaba. Era una fuente de conocimientos sobre el tema y para cuando llegaron al coto, Townsend pensó que también ella podría dar un curso al respecto.

Salieron del coche y caminaron largo rato, cogidas de la mano, sin hablar.

—Así es como eran las tierras bajas hace ciento cincuenta años —dijo Hennessey—. Bosques de hoja caduca, pinares, pantanos... pura belleza natural hasta donde alcanzaba la vista. Toda clase de fauna salvaje: caimanes, garzas reales, águilas de cabeza blanca... de todo. Pero cuando se descubrió que el algodón de Sea Island se daba bien aquí, se despejaron cientos de miles de kilómetros cuadrados para plantar los cultivos. El cultivo del algodón hizo riquísimos a muchos de los terratenientes y contribuyó a construir muchas de las mansiones que vimos en Bay Street. Pero cuando se hundió el mercado, lo único que nos quedó fue un ecosistema dañado y una gran cantidad de tierra despejada. Maldita sea, algunos de esos árboles tenían cientos de años... ¡y desaparecieron así! —Chasqueó los dedos, meneando la cabeza.

—La conservación es muy importante para ti, ¿verdad? —preguntó Townsend.

—Sí que lo es, pero como con la mayoría de la cosas del sur, tengo sentimientos muy contradictorios al respecto.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que mi familia se gana la vida pescando y lo lleva haciendo desde hace más de cien años. Los pescadores luchan con uñas y dientes para evitar las prohibiciones y las medidas conservacionistas, aunque sin la conservación estas aguas se quedarán sin nada que pescar en el plazo de una generación. —Meneó la cabeza tristemente—. Como la gran lucha desde hace años con el tema de la tortuga marina. Los camaroneros son los mayores culpables, Townsend. Seguro que mi padre y mi abuelo han sido personalmente responsables de haber matado a cientos, tal vez miles de tortugas marinas al atraparlas en las redes de arrastre. En algunas zonas están a punto de extinguirse y hay un cacharro muy sencillo, llamado dispositivo para la extracción de tortugas, que es muy eficaz para mantenerlas lejos de las redes. Pero la industria camaronera lleva tiempo luchando en todos los frentes para evitar usarlos. Por un lado me saca de quicio, pero por el otro, mi familia depende del camarón para seguir con vida. Creo que resulta evidente que no tenemos casi nada y el margen con el que funcionamos es mínimo. Al reducir la pesca sólo un diez por ciento, mis abuelos podrían acabar viviendo de la asistencia social. —Se rió con amargura y añadió—: Conociendo a mis abuelos, antes preferirían morirse de hambre que solicitar la ayuda del gobierno, y lo digo literalmente.

Townsend no tenía nada que decir ante la diatriba cargada de emoción de su amiga. Se limitó a apretarle la mano un poco más y siguió caminando con ella, tratando de ver la amada tierra natal de Hennessey a través de sus ojos.


Estuvieron paseando durante casi dos horas sin intercambiar palabra.

—Esto me recuerda a los paseos que daba con mi abuelo. Apenas decíamos palabra, pero el mero hecho de ir agarrada a su mano grande y áspera me reconfortaba de una forma que no puedo explicar.

—Oye, que sólo llevo aquí un día. Mis manos no pueden estar tan ásperas todavía.

—No, no tienes las manos ásperas, cariño. Son la cosa más suave que he tocado en mi vida.

Pasándole un brazo a Hennessey alrededor de la cintura, la rubia dijo en broma:

—Tengo otras partes más suaves. Algún día las tocarás.

—Algún día —dijo Hennessey—. Ésa es la clave.


En el trayecto de vuelta a casa, Hennessey se quedó en silencio y no habló durante varios minutos. Éste no era el mismo silencio cómodo que habían compartido durante el paseo: era evidente que Hennessey estaba preocupada.

—¿Qué está ocurriendo en esa cabeza tan linda? —le preguntó Townsned.

—Mmm... estaba pensando que debería ir a ver a mi madre. Es decir, es Navidad y esas cosas.

—Eso está bien, cariño. Haz lo que tengas que hacer. —Alargando la mano para darle unas palmaditas en la pierna, dijo—: Me gustaría ir contigo... pero sólo si quieres que lo haga.

—¿Lo harías en serio? Nunca es agradable, Townsend. Por lo general, acaba gritándome o llorando y yo siempre acabo hecha un mar de lágrimas.

—A mí se me da muy bien secar lágrimas —le aseguró Townsend—. Por lo menos, eso creo. ¿Quieres probar?

Hennessey le sonrió a medias y asintió.

—A ver qué tal.


Se dirigieron a "la parte mala de la ciudad", según dijo Hennessey, y Townsend no pudo rebatírselo. La familia de Hennessey era pobre pero orgullosa, pero esta gente había perdido hasta el orgullo, probablemente generaciones atrás. El nivel de pobreza impresionó a Townsend, que creía haber visto pobreza en los barrios duros de Boston. Pero esto era harina de otro costal. Y cuando esta clase de pobreza demoledora estaba tan cerca de los lugares de recreo de la gente muy rica, todo era aún más patético.

Pasaron ante una tienda de comestibles que parecía que iba a ser la última que verían durante un tiempo, de modo que Townsend propuso una cosa.

—¿Qué tal si paramos y le compramos a tu madre algo de comida, cielo? Dices que siempre te pide dinero... ¿por qué no te adelantas a ella con un regalo?

Hennessey asintió.

—Me parece buena idea, preciosa. Creo que llevo unos quince dólares encima. Con eso le puedo comprar una comida decente.

Una vez dentro de la tienda, Hennessey eligió con cuidado, intentando sacar el máximo partido de sus fondos.

—¿Hay algo especial que podamos comprarle? ¿Tipo regalo? —preguntó Townsend.

—Bueno, detesto contribuir a su muerte, pero le encanta fumar. Probablemente le podría comprar cigarrillos. —Se encogió de hombros—. Si le comprara algo decente, lo devolvería y se compraría alcohol. Al menos, los cigarrillos le gustan tanto como la bebida.

—Deja que se los compre yo, cariño. Como un pequeño regalo de Navidad de su futura nuera.

—Sabes, creo que no paso más de cinco minutos sin sonreír cuando estoy contigo. Eres muy buena para mí, Townsend. Pero que muy buena.

Townsend era más convincente de lo que creía y Hennessey le permitió comprar no sólo dos cartones de cigarrillos, sino además un jamón en conserva, varias latas de atún, manteca de cacahuete, mermelada y unas cuantas cajas de galletas saladas. Al llegar a la caja, Hennessey preguntó:

—Si decido que no quiero algunas de estas cosas, ¿las puedo devolver?

—¿Por qué iba a querer hacer eso? —preguntó la cajera.

—No lo sé. Puede que más tarde no me apetezca el jamón.

—No, cielo, no se puede devolver la comida a menos que esté estropeada... y lo comprobamos.

—Muy bien. —Hennessey le sonrió cálidamente—. Eso está muy bien.

Townsend había añadido un rollo de papel de regalo y otro de cinta adhesiva y se pasaron un rato envolviendo los cigarrillos encima del maletero del coche. La rubia sacó entonces una tarjeta que Hennessey no le había visto comprar. Era una tarjeta melosa y cursi que cantaba las alabanzas de la maternidad, y cuando a Hennessey se le pusieron los ojos como platos, Townsend dijo suavemente:

—Aunque sepa que no es verdad, puede que se sienta un poco mejor al pensar que es posible que sientas eso por ella.

Enjugándose las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano, Hennessey firmó la tarjeta con el rotulador de tinta dorada que le ofreció Townsend.

—Vigila la cartera y ese rotulador —le aconsejó, con los labios tensos—. Ha intentado quitarme la cartera del bolsillo mientras me abraza.

Se metieron en el coche y condujeron el resto de trayecto en silencio, pues Townsend era incapaz de pensar en algo reconfortante que responder al comentario de Hennessey.


—Bueno, ya estamos. El gran cementerio de caravanas.

Con los ojos muy redondos, Townsend miró a su alrededor. La mayoría de las caravanas parecían haber sufrido algún tipo de daño o habían sido desechadas por sus anteriores dueños. No era exactamente un parque de caravanas... más bien una colección ecléctica de viviendas desvencijadas sin orden ni concierto.

—¿Tienen electricidad? —preguntó Townsend.

—Sí. Tienen la conexión... cuando pagan la factura. La mitad del tiempo la casa de mi madre está a oscuras. Gracias a Dios, hay un retrete portátil al borde del parque. Conociéndola, sería capaz de hacerlo en medio de la alfombra cuando le cortan el agua.

—¡Maldita sea, tendríamos que haberle traído botellas de agua!

Apagando el motor, Hennessey se quedó sentada en silencio un momento y luego se inclinó y besó tiernamente a Townsend en la frente. La abrazó y la estrechó con fuerza durante un rato sorprendentemente largo.

—Siempre me ha preocupado que el tipo del que me enamorara saliera huyendo al conocer a mi familia. Y vas tú, una de las personas más ricas que he conocido en mi vida, y no sólo lo comprendes, sino que quieres hacerle la vida mejor. Gracias, Townsend. Muchísimas gracias.

—Claro que lo comprendo —murmuró la rubia—. Como también comprendo que podría haber acabado como ella si cierta chica de ojos azules no me hubiera ayudado a salir del agujero en el que estaba. Tú me comprendiste —dijo—. Nadie lo había hecho nunca.

Hennessey la soltó y salió del coche, cargando con casi todas las bolsas. Mientras trotaba a su lado, Townsend preguntó:

—¿Seguimos con nuestra historia, que somos amigas de Harvard?

—Da igual. Ni siquiera recordará que hemos estado aquí.


Ante su sorpresa, cuando Hennessey llamó a la puerta, su madre abrió casi inmediatamente y, a primera vista, parecía sobria.

—Hola, mamá —dijo, con una sonrisa tensa—. He venido para desearte feliz Navidad.

—¡Hennessey! ¡Pasa para adentro, niña!

Entraron en la destartalada caravana y Townsend comprendió entonces lo que quería decir la expresión "no tener donde caerse muerto". El lugar era espantoso y olía horriblemente, pero la madre de Hennessey estaba totalmente vestida y sobria, de modo que se dio con un canto en los dientes.

—Mamá, ésta es mi buena amiga Townsend. Townsend, ésta es mi madre, Maribelle Pikes.

—Encantada de conocerte —dijo la mujer. Townsend contestó automáticamente, demasiado impresionada por el aspecto de la mujer para decir nada más. Si a Maribelle la hubieran colocado en fila con una afroamericana, una japonesa y una inuit y Townsend hubiera tenido que decir cuál era la madre de Hennessey, Maribelle habría sido la última que habría señalado... incluso si las demás hubieran sido hombres. No había el menor rastro, ni el más mínimo parecido entre las dos mujeres, y Townsend se preguntó si habrían cambiado a Hennessey al nacer. Maribelle no medía más de un metro setenta y, como había advertido Hennessey, estaba peligrosamente flaca. Tenía el pelo de un extraño color pardusco y sin brillo, rizado en algunas zonas, ondulado en otras y directamente ralo en varias otras. Tenía los ojos de un color parecido al del pelo y tan inexpresivos y sin vida como los de una muñeca. Con una piel que parecía no haber sido expuesta al sol en años, las venas azules se le marcaban horriblemente y a Townsend se le revolvió un poco el estómago. Pero cuando Maribelle mostró los dientes, a la joven casi le dio algo. Maribelle, con esos dientes torcidos y amarillentos, algunos de los cuales había perdido, tenía el aspecto de una mujer que hubiera vivido en las calles, aunque con esa piel tan pálida, debía de salir sólo de noche.

—Te hemos traído unas cosas para las fiestas, mamá. Ya sé que corren tiempos duros.

—Ah, ya lo creo —asintió, con un acento mucho más marcado que el de Hennessey—. Esta misma mañana he ido a la oficina del condado... acababa de volver cuando has venido. Le dije al hombre que necesitaba un aumento, pero no escuchan. Nunca escuchan, sabes.

—Seguro que no, mamá. Bueno, sé que te gusta tener algo de comida en casa, así que te hemos traído unas cosas que te durarán un poco. ¿Tienes electricidad? —Miró con intención una vela encendida, que era lo único que iluminaba el interior de la oscura caravana.

—Pues claro que sí, cielo. ¿Por qué no iba a tener?

—Oh, nunca se sabe. Bueno, te he traído un pavo y patatas. Como mañana es Nochebuena, he pensado que te gustaría hacer una cena rica para ti y... —Frunció los labios, intentando recordar al último hombre que había mencionado su madre.

—Kenneth, cielo. Vaya, pero qué amable eres. Seguro que a Kenneth le encanta una buena cena. —Se acercó a las bolsas y se puso a hurgar en ellas—. Ahora, si tuviera un poquito de alegría para las fiestas, tal vez un poco de ponche...

—Lo siento, mamá —dijo Hennessey, sonando realmente como si lo lamentara—. No tenía dinero suficiente para nada extra. —Le ofreció el paquete envuelto y la tarjeta y dijo—: Pero sí que te hemos traído un regalo. No es mucho, pero...

El paquete se quedó sin papel antes de que Hennessey pudiera terminar lo que estaba diciendo.

—Caray, qué bien me vienen —dijo Maribelle, que parecía contenta de verdad—. Gracias por acordarte de tu madre, cariño.

Townsend advirtió que la mujer ni se molestaba en abrir la tarjeta e intentó no mirar a Hennessey a los ojos, pues no quería ver el dolor que sabía que encontraría en ellos.

—Bueno, creo que nos vamos, mamá. Vamos a ayudar con la cena en el chiringuito.

—Podéis quedaros a charlar un rato si queréis —dijo, sin el menor entusiasmo.

—No, sé que estás ocupada. Te dejo a tus cosas.

—Ven a verme otra vez, ¿de acuerdo? Ya casi no te veo nunca. ¿Dónde has estado metida?

—Estoy en la universidad, mamá —dijo suavemente, y Townsend cometió el craso error de mirar a su amiga a los ojos. Casi estalló en lágrimas, pero sabía que tenía que ser fuerte por Hennessey, de modo que las contuvo.

—Ah, es cierto. ¿Dónde me has dicho que es, cariño?

—En Boston —dijo, sin malgastar el aliento en explicar exactamente dónde estaba Harvard.

—Eso es. Vas a Boston. —Las acompañó a la puerta, ladeando la cabeza para preguntar—: ¿Cómo te pagas un billete de avión hasta Boston, cariño?

Incapaz de presenciar un momento más de esta tortura, Townsend señaló hacia el coche con la cabeza y bajó por el camino de grava, para que su amiga tuviera un poco de intimidad. Se volvió y observó la escena y vio que Hennessey se metía las manos en los bolsillos de atrás y se mecía sobre los talones, en un gesto de nerviosismo. La cabeza morena se agitó, ligeramente al principio, luego con más fuerza. Por fin, levantó una mano en el aire, con un gesto poco logrado de despedida, y se alejó a largas zancadas. Maribelle empezó a seguirla, pero cuando Hennessey la oyó, se giró en redondo y gritó:

—¡Ni te atrevas a pedirle a ella dinero! ¡Ni te atrevas!

Se volvió y echó a correr, agarrando a Townsend de la mano al pasar a toda velocidad a su lado. Corrieron hasta que llegaron al coche, luego Hennessey se montó de un salto y arrancó tan deprisa que a Townsend casi no le dio tiempo de meter la pierna. En cuanto llegaron al camino de tierra que llevaba a aquel lugar, Hennessey apagó el motor y se apoyó en el volante, llorando de una forma tan lastimera que Townsend ya no pudo controlar sus propias emociones. Por fin, se abrazaron estrechamente, derramando sus lágrimas la una en el hombro de la otra.


Cuando volvían a casa, Townsend dijo:

—Más vale que liquidemos todos los temas espinosos de una sola vez. He notado que tu padre tampoco vino a casa anoche. ¿Eso es otra cosa que te preocupa, cariño?

—No, la verdad es que no. Es un hombre muy guapo. No es raro que ligue con una mujer y se quede con ella unos días. Al final, ella se hartará de su rollo y lo echará. No puedo dejar de pensar que es impotente —dijo, sin emoción alguna en el tono—. No soy una experta en nada, pero yo diría que la mayoría de las mujeres que ligan con un hombre guapo y de bastante encanto se sentirían defraudadas si él no puede funcionar.

—¿Lo consideras tu padre? —preguntó Townsend—. No me refiero a lo que crees, cariño —añadió cuando Hennessey la miró atónita—. Es que me preguntaba si te parece más un tío o un hermano mucho mayor.

—Ah. Pues supongo que en cierto modo eso es lo que parece. Siempre fue como si mis abuelos tuvieran dos hijos... sólo que yo no necesitaba tanta supervisión.

—Sabe que has vuelto a casa, ¿no?

—Oh, sí. Todavía tiene muy buena memoria. No está en absoluto tan mal como mi madre. Siempre ha sido más de los que se pillan una sola borrachera enorme. Puede estar perfectamente varios meses seguidos y de repente pasa algo y le entra un impulso irresistible. Yo creo que esta vez ha sido porque he vuelto a casa.

—¿Pero por qué...?

—Es un tío muy inteligente, Townsend, en el colegio prometía mucho. La abuela dice que se rumoreaba que le iban a dar una beca para la Universidad de Carolina del Sur. Pero dejó embarazada a mi madre y aquí hay que hacer lo correcto y casarse con la chica. Eso destruyó cualquier posibilidad que pudiera haber tenido de aspirar a una vida mejor. Se puso a trabajar con el abuelo y se acabó lo que se daba. No quería a mi madre... qué diablos, no creo que le gustara siquiera. Por lo que dice la abuela, ni siquiera era su novia. Pero ya sabes cómo son los tíos... se enteran de que una chica es fácil y todos quieren probar con ella.

—Lo sé, yo era ese tipo de chica —dijo la rubia con tono apagado, y Hennessey se quiso morder la lengua por hacer un comentario tan insensible.

—Perdona, preciosa. Sé que has cometido algunos de los mismos errores que cometió mi madre. Doy gracias a Dios de que hayas parado a tiempo.

—Yo también, Hennessey, te lo aseguro, yo también.


Una vez más se les prohibió ayudar con las cenas, de modo que se quedaron sentadas en el restaurante, en una mesa del fondo, observando a los demás clientes y charlando de lo que se les iba ocurriendo.

—Tenemos el tiempo justo para llegar a la reunión, cielo. ¿Estás lista?

—Creo que hoy ya he tenido una reunión, Hennessey. Ver a tu madre ha dado más fuerza a mi decisión de mantenerme sobria que una docena de reuniones.

—Está bien. Yo también estoy un poco harta de ver los efectos del alcohol.

Cuando el número de clientes decayó un poco, Hennessey fue a la cocina y salió con una gran fuente de camarones fritos y pequeñas tortas de maíz y observó encantada mientras Townsend volvía a cantar las alabanzas de Chez Boudreaux.

Hacias las ocho y media, un hombre muy alto, de rasgos marcados y bellos y pelo negro entró arrastrando los pies en el restaurante.

—Hennessey, ha venido tu padre —dijo Townsend en voz baja.

La joven se volvió y se levantó, acercándose para darle un abrazo indeciso. El hombre se lo devolvió con torpeza y luego se acercó para saludar a Townsend.

—Papá, ésta es mi buena amiga Townsend. Townsend, éste es mi padre, Dawayne.

Townsend se puso de pie y alargó la mano, estrechando la mano grande, áspera y callosa que le ofrecía Dawayne.

—Me alegro de conocerlo.

—Lo mismo digo —dijo él, sonriendo dulcemente. En realidad, parecía un poco cortado y bastante tímido, y Townsend se dio cuenta de por qué las mujeres podían sentirse atraídas por él. Seguía siendo guapo, y su constante exposición al sol le daba un aspecto bronceado y sano, aunque no fuera así—. ¿Mamá y papá están en la cocina?

—Claro.

—Voy a ver si me dan algo de cenar. Ahora mismo vuelvo.

Se marchó, y Townsend se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Jo, eres igual que él, cielo.

—Sí. Supongo que sí. Cuando era pequeña, oía hablar de algún niño u otro ser que había nacido y nadie sabía quién era el padre. Soñaba que nadie sabía quién era mi madre... que era sólo de mi padre.

—¿Entonces ha estado a tu lado?

—No, para nada. No es de fiar en absoluto. Pero cuando estaba en casa siempre era agradable y tranquilo. Se comportaba como si supiera que debía ser mejor padre... al menos él siente un poco de remordimiento.

—¿No bebe en casa?

—¡No, no, no! En casa no hay ni una gota de alcohol. Nunca lo ha habido, nunca lo habrá. Mi abuelo estaba enganchado cuando volvió de la guerra y mi abuela le puso fin de inmediato. Dicen que no se puede obligar a nadie a dejar de beber, pero la abuela lo hizo. No sé cómo lo hizo, pero él no ha probado gota desde... puf... 1970 o así.

—Supongo que hay una excepción a todas las reglas —dijo Townsend, sonriendo.

—Así es la abuela. Es una excepción a muchas reglas.


Después de limpiar la cocina, ambas mujeres estaban agotadas. Cuando Hennessey salió del cuarto de baño, Townsend estaba echada en el somier, tal y como habían acordado.

Cuando Hennessey se acomodó, la rubia se volvió hacia ella y preguntó:

—Sabes, en todo este tiempo nunca te he preguntado de dónde viene tu nombre. ¿Es un nombre de familia?

—Para nada.

—Mmm... ¿me lo cuentas?

—Sí... supongo. Mmm... mi madre tenía unas ideas muy románticas cuando era niña. Había estado intentando pensar en un nombre para mí mientras estaba embarazada y quería que fuera algo muy elegante. No se le ocurría nada y mi padre no la ayudaba para nada. Así que, el día que me dio a luz, iban por una carretera secundaria de camino al hospital del condado... donde podían tenerme gratis. —Miró a Townsend con una sonrisa tensa y continuó—. Vieron una valla publicitaria de coñac Hennessey... Jo, creo que todavía sigue ahí, está claro que el dueño, sea quien sea, se ha olvidado de ella. Bueno, era una imagen de un hombre y una mujer, brindando con copas de coñac. El hombre llevaba esmoquin y la mujer llevaba un traje de noche, con el pelo recogido. Al parecer, mi madre pensó que era la cosa más elegante que había visto en su vida. Papá no puso ninguna objeción, así que se quedaron con Hennessey, tanto si salía niña como si salía niño.

La historia era vagamente cómica, pero también era tan profundamente patética que Townsend se puso tristísima. Triste por la jovencita que soñaba con una vida muy lejos de su alcance; triste por el bebé que recibió el nombre de la sustancia que acabaría destruyendo su relación con su madre; y triste por la vergüenza que percibía en la voz de Hennessey.

—¿Sabes qué? —preguntó Townsend, suavemente—. Estoy un poco sensible. ¿Podría pedirte un abrazo amistoso y absolutamente no sexual?

—¿Qué tal si nos abrazamos echadas? —Hennessey se subió al somier y colocó su largo cuerpo detrás de su amiga. Las dos suspiraron cuando sus cuerpos se pegaron el uno al otro y al cabo de un buen rato, Hennessey se oyó decir—: ¿He sido yo la que ha prometido un abrazo no sexual o has sido tú?

—He sido yo —dijo Townsend riendo—. Tú eres libre de hacer lo que quieras, dulzura.

—Me gustaría besarte la nuca y luego bajar a ese colchón antes de que mis hormonas me hagan cambiar de opinión. —Levantó el pelo claro de Townsend y rozó tiernamente con los labios la piel suave y lisa—. Una delicia. —Bajando del somier, Hennessey se quedó echada un rato en silencio y luego dijo—: ¿Te cuento un secreto?

—Claro.

—En el campamento, cuando te quité esa araña del pelo, me descubrí pensando por un instante que me gustaría besarte el cuello. Te aparté el pelo y tu cuello tenía un aspecto tan delicioso y dulce... Ésa fue la primera vez que me sentía así en toda mi vida. Me asusté.

—Yo todavía recuerdo lo frescas y suaves que tenías las manos. Tendría que haber estado asustada por tener una araña enorme encima, pero cuando me tocaste, supe que estaba a salvo.

—¿Puedes dormir boca abajo?

—¿Eh?

—Si puedes dormir boca abajo, podrías dejar colgando el brazo y podríamos cogernos de la mano mientras dormimos. ¿Te parece buena idea?

Townsend se colocó boca abajo y bajó el brazo, sonriendo cuando Hennessey lo agarró y luego le dio un delicado beso en la parte interna de la muñeca. Sujetó la mano cálida entre las suyas y murmuró:

—Me siento a salvo cuando te cojo la mano. A salvo y abrigada y segura. Como que nada puede hacerme daño.


Hennessey tenía grandes planes para Nochebuena. Ya llevaba un rato muy afanada por la casa cuando Townsend bajó, y la rubia ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Vamos a algún sitio?

—¡Por supuesto que sí! —Una pila de cosas bloqueaba la puerta de entrada, y Townsend la miró y luego a su amiga—. Vamos a la playa para hacer una pasada de picnic. Te va a encantar.

—Bueno, seguro que sí. ¿Qué tengo que llevar?

—Ropa abrigosa y un buen apetito —dijo la morena, sonriendo.


Tras hacer una parada en el proveedor local de mariscos, pues Hennessey no quería en absoluto hacer uso de la escasa pesca de su familia, fueron en coche a una playa totalmente desierta en una de las islas que constituían el condado de Beaufort. Sentada en la manta que había traído Hennessey, Townsend observó, riendo, mientras su amiga intentaba luchar contra el fuerte viento y mantener en el aire una cometa cuadrada de bastante mala calidad. La cometa era de papel y al cabo de casi media hora de esfuerzos, la agotada mujer regresó corriendo a la manta y se desplomó.

—¡Jo, qué difícil! No me extraña que no se vea a mucha gente con cometas.

—Lo has hecho muy bien —le aseguró Townsend—. Puedes volver a intentarlo si se calma el viento.

—No creo que vaya a calmarse —dijo Hennessey, estudiando el cielo—. De hecho, tengo un poco de frío. ¿Qué tal si encendemos una hoguera?

—Ah, conmigo no cuentes para que te ayude. Dejé el tema de las Chicas Exploradoras.

—¿No te gustaba el uniforme?

—No, no era eso. Demasiada estructura —dijo, arrugando la nariz.

—No podías obedecer órdenes ni siquiera de niña, ¿eh?

—No. Ahora soy de lo más dócil comparada con como era entonces. Siempre he sido una alborotadora.

—Eso es parte de tu atractivo —le dijo Hennessey con sinceridad—. Eso es lo que da fuego a tu personalidad. Espero que no lo pierdas nunca.

—Me he sorprendido mucho al descubrir que estar sobria no me ha cambiado la personalidad. Ha dejado que salga a la luz. Me ha gustado descubrirlo.

—No podría estar más de acuerdo, Townsend. Cuando nos conocimos, estabas tan furiosa que sólo veía retazos muy pequeños de tu personalidad. Me parece que te he empezado a conocer desde que estás sobria.

—Yo misma acabo de empezar a conocerme —asintió—. Ahora enséñame a hacer una hoguera, genio. Nunca es tarde para ser una Chica Exploradora.


No hicieron gran cosa durante el tiempo que pasaron en la playa, pero a ninguna de las dos les importó. Sobre todo hablaron, contemplaron las olas y hablaron más. Hennessey estaba muy cariñosa, y ahora estaba apoyada en un gran trozo de madera que había encontrado. Acomodándose, tiró de Townsend hasta apoyarla en ella, dejando que la mujer más menuda se acurrucara entre sus largas piernas.

—¿Cómoda? —preguntó, con los labios muy cerca de la oreja de su amiga.

—Maravillosamente.

—¿Estás bien calentita?

—Ahora sí. Una hoguera grande y estupenda, una novia grande y estupenda. ¿Qué más puede querer una mujer?

—Creo que yo me quedo con la hoguera grande y estupenda y una novia algo más pequeña. Me gusta lo bien que encajas conmigo.

—Estoy de acuerdo. Vamos a quedarnos tal y como estamos... aquí mismo... para siempre.

—¡Oh, no, cariño, no podemos perdernos la comida! —Acercó la nevera portátil y sacó una bolsa de plástico llena de ostras y almejas—. ¿Qué tal un ligero almuerzo?

—Mmm... me encantan las ostras. ¿Son de aquí?

—Pues no, pero están deliciosas. ¿Te las abres? —dijo con un tono muy provocativo, calentando con el aliento la oreja helada de Townsend.

—No voy ni a picar esta vez, Hennessey. Sólo intentas provocarme.

—Pues te las abro yo —bromeó la mujer más grande. Tuvo que echarse un poco hacia atrás para las operaciones, pero Townsend alabó sus esfuerzos, añadiendo unas gotas de la salsa de cóctel fuerte y picante a cada uno de los moluscos y llevándose luego la concha a los labios para dejar que la carne se le deslizara por la garganta.

—¡Jo, qué buenas están! Hasta ahora no he visto ni una sola cosa de Carolina del Sur que no me guste —decidió la rubia.

—A ver si dices lo mismo si venimos en verano. No tenemos redes en la casa —advirtió Hennessey—. Los mosquitos dan la impresión de que te van a coger y sacarte por la ventana.

—Cielo, puedo cuidar de mí misma. A lo mejor tengo que dormir envuelta en una mosquitera, pero me las arreglaré. Si tú estás cerca, todas mis necesidades estarán cubiertas.


Llevaban horas abrazadas y ninguna de las dos tenía ganas de moverse: el cariñoso contacto les resultaba tranquilizador a las dos.

—He estado pensando en una cosa que dijiste ayer —dijo Hennessey—. No tienes que hablar de esto si te molesta, pero me preguntaba qué querías decir con ese comentario sobre que eras la chica con la que todos los chicos querían... salir.

—Follar, cielo. No querían salir conmigo. ¿Para qué gastarse diez pavos en una entrada de cine y palomitas si no tienes que hacerlo?

—No... mmm... no quiero decir que sepa mucho sobre esto... ¿pero por qué te acostabas con chicos? Tenía la impresión de que siempre has pensado que eras lesbiana.

—No sé lo que era. Supongo que simplemente me sentía sola. Me dejaban mucho tiempo sola con una empleada para vigilarme. Y en mi primer año de instituto, empecé a madurar... al menos físicamente. Los chicos del instituto empezaron a mostrar cierto interés por mí... algo que nunca me había pasado antes. El año antes parecía una niña pequeña... pero ahora me trataban como a una mujer. No tenía un concepto de los límites, supongo que nunca lo he tenido. Me... mmm... me acosté con el primer chico que me lo pidió. No me gustó para nada, Hennessey. Pero para nada. Pero casi inmediatamente todo el mundo quería salir conmigo. Yo sólo quería la atención, supongo. Si tenía que follarme a un tío para conseguir la atención... pues me empezó a parecer que no era más que el precio de la entrada.

—Pobrecita —la consoló Hennessey, estrechándola con más fuerza alrededor de la cintura.

—No, eso no es cierto. Acabé con lo que me merecía. —Se quedó callada un momento y luego dijo—: Hennessey, necesito decirte una cosa, pero hasta ahora me ha dado mucho miedo hacerlo. Tengo... tengo miedo de que pierdas el poco respeto que puedas sentir por mí.

—Preciosa, siento un respeto tremendo por ti. Puedes contarme lo que sea. No te voy a juzgar, te lo prometo.

Hennessey la oyó tragar y luego, con un tono muy apagado, Townsend dijo:

—Me quedé embarazada.

—Oh, cariño, lo siento muchísimo —murmuró Hennessey.

—Se lo dije a mi madre un lunes por la mañana y esa misma tarde aborté. Ni siquiera sabía dónde íbamos cuando me recogió en el colegio. Me encontré en la consulta de un médico y antes de que me diera cuenta, ya me habían puesto una inyección de algo. Cuando me desperté, ya no lo tenía. —Su voz sonaba monótona y sin vida y era evidente que el trauma seguía muy presente en su mente.

—¿Fue entonces cuando empezaste a beber? —preguntó Hennessey con suavidad, sin dejar de abrazarla estrechamente.

Townsend apoyó la cabeza en el hombro de la mujer más alta y contempló las nubes esponjosas del cielo azul de Carolina.

—Pues... supongo que sí. No recuerdo haber bebido ni tomado drogas antes de eso. Yo... jo, qué raro.

—Tesoro, te violaron. Los chicos que se acostaban contigo te violaron y tu madre violó tu cuerpo al no permitirte opinar sobre lo que iba a ser del bebé. No estoy diciendo que abortar fuera una mala decisión para ti, pero esa decisión no la tomaste tú. Por muy joven que fueras, seguía siendo tu cuerpo, Townsend. Era tu bebé.

—¿Me odias por haberlo matado? —preguntó, con la cara bañada en lágrimas.

—No, claro que no. Yo nunca podría odiarte, Towsend. Estoy segura de que tu madre hizo lo que creyó mejor para ti. Sé que has estado en tratamiento psiquiátrico. ¿Has hablado de esto?

—No —murmuró—. Siempre me ha dado demasiada vergüenza reconocerlo. Tú eres la primera persona a la que se lo cuento.

—Escucha, Townsend, quiero que encuentres a alguien con quien puedas hablar de esto cuando vuelvas a Vermont. Tienes que expresar tus sentimientos sobre esto, con alguien con quien te sientas segura.

—Vale —dijo suavemente—. Me ha estado atormentando desde que me he enamorado de ti.

—¿En serio? ¿A qué crees que se debe?

—Mmm... a que pienso en lo que sería tener un bebé contigo y luego pienso que ya tuve mi oportunidad... y la destruí. Me preocupa que a lo mejor nunca vuelvo a tener otra oportunidad, porque no me la merezco.

—Sí que te la mereces, cariño. Te mereces otra oportunidad. Estabas en una situación muy difícil, Townsend. Tal vez te habría ido mejor si hubieras tenido el niño y lo hubieras dado en adopción, pero ésa tampoco es una decisión fácil. Bien sabe Dios que eras demasiado joven para criarlo tú misma y está claro que tu madre ni se planteó criarlo por ti. Todas tus opciones eran malas, cariño. Hiciste lo que pudiste. Ahora tienes que aprender a librarte de la culpa.

—Eso siempre es lo más difícil —murmuró la joven.


Después de comer otro poco, se tumbaron en la manta, pegadas la una a la otra, con la cabeza de Townsend en el hombro de Hennessey.

—Esto es divino —murmuró Hennessey—. No tenía ni idea de que simplemente abrazar a alguien pudiera dar tanto gusto.

—¿Hennessey? —preguntó la rubia algo vacilante—. Mmm... anoche dijiste una cosa... y es la primera vez que has dicho algo así...

—¿El qué, cariño?

—Mmm... dijiste que sentías algo sexual por mí. ¿Era cierto?

—Sí, era cierto —reconoció con tranquilidad—. He tenido mi sexualidad reprimida tanto tiempo que me pilló por sorpresa cuando ocurrió. Sentí algo sin la menor duda... y era sexual sin la menor duda.

—¿Cómo te sientes con todo esto, cielo? Quiero decir, hace sólo cuatro meses me dijiste que eras heterosexual. ¿Te está costando mucho asimilarlo?

—Mmm... no tanto como habría pensado. Es curioso, Townsend, pero lo digo en serio cuando digo que bloqueé mi sexualidad. Intentaba no pensar nunca en ello. Iba a clase, estudiaba como una burra y trabajaba en el chiringuito en cuanto tenía un momento libre. Es cierto que si te mantienes muy ocupado, no tienes tiempo de pensar en el sexo. Casi todas las noches estaba tan cansada que me quedaba dormida incluso antes de lavarme los dientes.

—¿Casi todas las noches? —preguntó Townsend, con un ligero tono burlón.

—Sí, preciosa, casi todas las noches. De vez en cuando me entraban las ganas y no se me pasaban hasta que hacía algo.

—¿Tenías fantasías sobre chicos cuando te tocabas?

—No, pero tampoco tenía fantasías sobre chicas. Simplemente sentía el gusto que me daba tocarme así. Era muy relajante.

—¿Tienes orgasmos? —preguntó Townsend, con una enorme curiosidad.

—Sí, cielo. Todo funciona ahí abajo. Podré responder a la llamada cuando llegue el momento.

—Bueno... ¿crees que eres lesbiana?

—Ah... probablemente. Supongo que algún día lo descubriremos, ¿eh?

Townsend volvió la cabeza y vio la sonrisa divertida.

—Te voy a dar como me pase todo este tiempo contigo para acabar descubriendo que no te gusta.

—Ah, yo creo que me va a gustar. —Se arrimó un poco más y dijo—: Las últimas veces que me he tocado, me he puesto a soñar con una rubia adorable, con los ojos verdes más bonitos que he visto en mi vida. La última vez no fue tan relajante... fue muy, pero que muy excitante.

—Uuu, cariño, me dan escalofríos de oírte. No me digas esas cosas. Te deseo tanto que me duelen las muelas.

Hennessey estrujó a Townsend.

—Paciencia, cariño. Ésta es una meta a largo plazo. Tenemos que esforzarnos para que sea lo que las dos necesitamos.


Ya casi era de noche cuando Hennessey se despertó del ligero sueño en el que se había hundido. Seguía abrazada a Townsend estrechamente, y se quedó allí tumbada y quieta unos minutos, sintiendo la conexión que seguía creciendo entre ellas.

Hablando en voz baja, preguntó:

—¿Lista para cenar, cariño?

—Mmm... —Townsend se estiró lánguidamente, frotando el trasero un momento contra el regazo de Hennessey, lo cual le aceleró el pulso a la mujer más grande—. Sí, podría comer. ¿Qué vamos a cenar?

—Estofado de las tierras bajas —dijo la morena con regocijo—. Es tradicional en Navidad.

—Cielo, ¿no deberíamos ir a casa y cenar esto con tus abuelos? O sea, ¿no tenemos que ir a misa o algo así?

—¡Dios, no! La Navidad la celebramos mañana, cielo. Comeremos un pavo frito estupendo.

Townsend le agarró los brazos con fuerza y se volvió para mirarla.

—Será broma.

—Mm-mm —dijo, totalmente seria—. Siempre freímos el pavo. Es fantástico. —Hennessey tenía una expresión tal de placer que Townsend decidió creerla.

—Bueno, ¿y lo de la misa? —preguntó Townsend de nuevo—. No quiero que tu abuela se enfade.

—Somos firmes católicos, Townsend, pero ninguno de nosotros ha visto el interior de una iglesia, salvo para funerales y bodas, desde que nací.

—Vaya, ésa es una práctica religiosa que me convence. Creo que yo también voy a ser católica.


El fuego estaba perfecto y Hennessey empezó a preparar todos los ingredientes.

—¿Salchicha? —preguntó Townsend.

—Sí. Tipo andoullie. Con muchas especias. Te va a encantar. —Echó la salchicha y unas patatas nuevas en la gran cacerola que había llenado con el agua que se habían traído. A continuación añadió cayena, clavo, ajo, un par de hojas de laurel, el sempiterno Tabasco y un poco de salsa Old Bay.

—¡Oye! Eso lo usamos en Nueva Inglaterra para las almejas asadas.

—Nosotros lo usamos para casi todo. Una cosa más que tenemos en común. —Se quedaron sentadas en silencio contemplando las suaves olas y el fuego chisporroteante. Hennessey era una cocinera muy relajada y no se molestó en comprobar siquiera la comida durante un buen rato. Por fin se escurrió de entre los brazos de Townsend y probó las patatas, afirmando que estaban perfectas. Luego añadió calamares cortados y, cómo no, camarones—. La abuela no daría su visto bueno a los calamares —reconoció—, pero no estamos en temporada de cangrejos y necesito algo que se pueda masticar.

—Ah, ¿aquí hay cangrejos?

—Cielo, te podría contar historias de cangrejos para aburrir. Ésta es zona de cangrejos sin la menor duda. Deberíamos venir aquí en las vacaciones de primavera... la temporada de cangrejos es mi época preferida del año.

—Las vacaciones de primavera, ¿eh? Parece que empiezo a convencerte. —Townsend meneó las cejas, haciendo reír a Hennessey.

—Te has estado portando muy bien hasta ahora, preciosa. Aunque te estoy tocando mucho más de lo que tenía previsto.

—Creo que eso es normal cuando las parejas se están cortejando —decidió Townsend—. Es una forma agradable de conocer el cuerpo de la otra persona sin meterse en demasiados líos.

—Pues creo que deberíamos limitarlo a cuando estemos totalmente vestidas. Pegarme a ti cuando sólo llevabas puesto el pijama ha sido demasiado peligroso para mí. Me costó muchísimo no tocarte el pecho.

—Lamento decirlo, pero no te habría detenido, cielo. No tengo la menor fuerza de voluntad.

—Eso es lo más ridículo que te he oído decir jamás —dijo Hennessey—. ¿Se puede saber qué estás empleando salvo fuerza de voluntad para dejar de beber o fumar o tener relaciones sexuales? Venga, cariño, reconoce tus propios méritos.

—Vale —dijo suavemente—. Lo intentaré.

Hennessey se inclinó sobre el guiso borboteante y lo olió con satisfacción.

—Jo, ojalá tuviéramos maíz, pero no me da la gana de comprar ese maíz congelado que venden en invierno. Esto es una experiencia totalmente distinta con cangrejos frescos y mazorcas de maíz. Pero a pesar de eso creo que te va a gustar.

Sirvió una buena ración en un gran cuenco.

—He pensado que podríamos compartir. —Llenó la cuchara y sopló un poco para que se enfriara y luego se la metió a Townsend en la boca.

—¡Dios santo, no he comido nada más bueno desde... ayer! Cocinas tan bien como tu abuela, Hennessey.

—Qué va. Ella me da mil vueltas, pero sí que tengo cierto talento —reconoció.

Compartieron el guiso, junto con unos panecillos crujientes que había traído Hennessey, y las dos comieron más de la cuenta.

—Estoy llenísima —se quejó Hennessey—. Me voy a tener que desabrochar los vaqueros.

—¿Necesitas ayuda? —Townsend meneó las cejas, flirteando descaradamente.

—Me parece que será mejor que me los deje como están. En estos momentos, creo que tú tienes más fuerza de voluntad que yo. —Se echó en la manta y contempló las estrellas—. Creo que me siento tan relajada cuando estoy en casa que tengo las emociones a flor de piel... incluidas las malas.

—Lo que siento por ti no tiene nada de malo, Hennessey. Lo que siento por ti es casi... sagrado. —Se tumbó al lado de su amiga y le pasó un brazo por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro.

—Estooo... mm... tengo un regalo de Navidad para ti —dijo Hennessey suavemente.

—¡Oye! ¡No es justo! Me hiciste prometer que no te compraría nada.

—Bueno, es para ti... pero para el futuro. Por ahora me lo voy a quedar.

—Ésa es una extraña definición de regalo, pero sigue —dijo Townsend, sonriendo afectuosamente.

Metiéndose la mano en el bolsillo, Hennessey sacó una fina cadena de oro, con un colgante que era un pequeño disco de oro. Estaba demasiado oscuro y Townsend no lo veía bien y Hennessey no quería soltarlo, de modo que la mujer más menuda esperó pacientemente.

—Lo he estado pensando mucho, Townsend, y una cosa que sí sé es que siempre es un error meterse en una relación antes de llevar un año sobria. Es un precepto que ha demostrado ser cierto para muchas personas, cariño, y no voy a poner a prueba la teoría. Contigo no. Te quiero demasiado para correr el riesgo de que esto nos estalle en la cara.

—Pero ya estamos metidas en una relación, Hennessey. ¿Cómo puedes negarlo?

—Adquiere una dimensión totalmente distinta cuando se le añade la intimidad física, Townsend. Ahora mismo somos dos buenas amigas que se quieren mucho y están intentando conocerse lo mejor posible la una a la otra. De verdad que creo que tenemos que mantenerlo así hasta que lleves un año sobria.

—Pero... eso son seis meses más —dijo, con los ojos alarmados.

—Sí, así es, y sé que parece mucho tiempo, pero en realidad no lo es, cariño. Ahora nos conocemos desde hace seis meses y el tiempo se ha pasado volando. Podemos hacerlo, sé que podemos. Cuando lleves un año sobria, podemos empezar a avanzar, es decir, si tú quieres.

—¿Empezar a avanzar...? ¿Qué quiere decir eso?

—Bueno, voy a volver a la academia, y me parece que a ti también te gustaría volver. No voy a estar cómoda manteniendo relaciones sexuales contigo si eres una alumna... aunque no seas alumna mía.

—¿Y si fuera una empleada? Entonces seríamos iguales, ¿no?

—Bueno, sí, ¿pero qué es lo que harías? Sé que prometes mucho, cariño, pero MaryAnn nunca te contrataría como profesora sin tener experiencia.

—Me da igual lo que haga, Hennessey. Trabajaré en la cocina, limpiaré los bungalows. Qué diablos, me quedaré sentada en tu habitación todo el día, esperando a que vuelvas a casa. Nadie tiene por qué saber que estoy ahí. Seré tu polizona secreta.

—Bueno, eso me haría mucha ilusión —dijo Hennessey con una sonrisa—, pero yo no me comporto así, cariño. Tendré que contárselo todo a MaryAnn y ver si está dispuesta a que vuelva.

—Claro que querrá que vuelvas. Está loca por ti... y yo también. Haré lo que sea para estar contigo, Hennessey... lo que sea.

—Hablaré con MaryAnn. De todas formas, iba a ir a verla antes de volver. A lo mejor se le ocurre una forma de solucionar las cosas.

—Eres una profesora estupenda, Hennessey, a lo mejor podrías dar dos clases, en lugar de trabajar como supervisora de casa.

La morena lo pensó un momento.

—Sabes, eso podría funcionar. Gano setecientos cincuenta dólares a la semana como profesora y doscientos cincuenta dólares como supervisora de casa. Jo, si pudiera ganar mil quinientos dólares a la semana, podría empezar a ahorrar dinero para mis estudios de postgrado.

—Y podríamos vivir fuera del centro —propuso Townsend—. Yo me podría permitir fácilmente alquilar un apartamento o una casa para nosotras.

—Espera... espera... para el carro. Aquí hay muchos temas que tratar, cariño. Vayamos paso por paso. Hablaré con MaryAnn sobre la posibilidad de dar dos clases... y le hablaré de... las mejoras en mi estilo de vida.

—Me gusta ser una mejora —dijo Townsend.

—Bueno —dijo Hennessey—, sólo nos tenemos que poner de acuerdo en que no vamos a ir más lejos hasta que lleves un año sobria. —Volvió la cabeza y clavó la mirada en los ojos de Townsend—. Te va a costar, cariño, pero sé que al final conseguirás estar sobria y mantenerte sobria. Yo tendré paciencia contigo... aunque tengas una recaída. Al final, podrás mantenerte en el buen camino... creo en ti.

Townsend la abrazó con fuerza, estrujándola hasta que Hennessey soltó un grito.

—Es maravilloso contar con tu confianza.

—Cuenta con ella. —Alargó la cadena y se la puso a Townsend en la mano—. Ésta es una ficha de un año. No quiero presionarte, así que todavía no te la voy a dar. Me la voy a quedar para recordarme a mí misma cuál es la meta para la que estamos trabajando. Llegaremos a ella, Townsend, y cuando lleguemos, te pondré este colgante y besaré tu dulce cuello. Luego, besaré otras cuantas cosas donde me muero por posar los labios.

—Oh, maldita sea, ¿por qué no pasarán los días más rápido? —suspiró la rubia.

—No, necesitamos este tiempo, cariño. Las dos lo necesitamos para crecer un poco más. Tú necesitas concentrarte en tu sobriedad y en sacar buenas notas y yo necesito concentrarme en hacer que mi libido salga un poco más a la luz. Ya va siendo hora de que permita a mi cuerpo sentir placer... para estar lista para ti cuando tú estés lista para mí.

—¿Me quieres, Hennessey? —preguntó la rubia suavemente. Estaba justo por encima de su amiga, observando la débil luz de la luna reflejada en sus ojos.

—Sí. Te quiero, Townsend, con todo mi corazón.

—Yo también te quiero, tesoro. —Apoyó la cabeza en el pecho de su amiga y la estrechó con fuerza, notando en la mejilla el corazón de Hennessey, que latía rápidamente—. Antes me dijiste que cuando estuviéramos seguras de que estábamos enamoradas, podríamos empezar a besarnos. ¿Sigue siendo cierto?

—Mm... —El corazón se aceleró aún más mientras la mujer intentaba aclararse las ideas—. No creo que pueda besarte sin querer ir más lejos, cariño. Creo que no soy tan fuerte. Pero lo deseo... Dios, cómo lo deseo.

—Bueno, es Navidad y tú eres el mejor regalo que me han hecho jamás. Tal vez deberíamos celebrarlo con un solo beso. Un beso que nos dure hasta junio.

—Hasta que lleves un año sobria —le recordó Hennessey—. No te obsesiones con la fecha... así es fácil perder el camino, cariño. Tienes de verdad que tomártelo día a día.

—Vale, tienes razón. ¿Qué tal si nos damos un beso para celebrar la Navidad y nuestro amor?

—¿Sólo uno?

—Sí, sólo uno, pero tiene que ser bueno. Nada de trampas como sueles, con esos besitos de nada en la frente. Necesito un beso de verdad que me dure hasta que lleve un año sobria... sea cuando sea.

—Así me gusta —dijo Hennessey con una sonrisa radiante—. Vale, supongo que es una ocasión memorable. ¿Quieres que empiece yo o prefieres tomar tú las riendas?

—Empieza tú. Tienes que practicar.

Sonriendo, Hennessey le dio un buen pellizco en la cintura y luego se puso de lado, arrastrando a Townsend con ella. Se quedó por encima de ella un momento y luego parpadeó despacio y susurró:

—Te quiero, Townsend.

Acercándose un poco, apretó sus labios contra la piel increíblemente suave y gimió un poco al abrir la boca ante la lengua insistente de Townsend. Ésta la hizo rodar hasta ponerla boca arriba y juntó sus cuerpos, pues necesitaba sentir su carne apretada contra la de Hennessey. El beso siguió y siguió y Townsend le cogió el pelo a Hennessey con las manos para mantenerla quieta.

Las manos de Hennessey se movían por la espalda de la mujer más menuda, se detuvieron un momento para cogerle el culo y lo estrujaron un instante. Mientras, el beso continuaba y sus lenguas entraban y salían la una de la boca de la otra. A Hennessey le latía el corazón con tal fuerza que estaba segura de que le iba a estallar, pero notaba el de su compañera igual de desbocado y eso la tranquilizó. Por fin, de muy mala gana, Hennessey empezó a apartarse, pues tenía la libido a punto de acabar con su raciocinio. Pero Townsend se aferró a ella tenazmente, deslizó una pierna entre los muslos de Hennessey y la apretó contra ella, haciendo que la morena gimiera en voz alta. Las largas piernas se apretaron alrededor de Townsend y Hennessey movió las caderas ligeramente, gimiendo al hacerlo. Sabiendo que estaban a punto de estallar en llamas, Townsend volvió en sí y cortó el beso, jadeando suavemente cuando se separaron.

—¡Dios mío! ¿Es siempre así? —jadeó Hennessey.

—No, no. Para mí nunca ha sido así. Esto ha sido... mágico.

—¿Cómo puedo tener tanto calor con la noche tan fría que hace? Me dan ganas de quitarme la ropa y zambullirme en el mar.

—Eso se llama excitación sexual, cielo. Acostúmbrate a ella, porque pienso dártela como alimentación básica durante el resto de tu vida.

—Gracias a Dios que estudiamos en estados diferentes —gimió Hennessey—. Ahora que lo he probado, jamás podría pasarme seis meses más sin tocarte. —Se levantó el borde del jersey y lo movió de arriba abajo, tratando de que le llegara un poco de aire fresco a la piel acalorada—. Mm... sólo como información, ¿la mayoría de los besos incluyen una rodilla en la entrepierna? Quiero decir... no me ha importado, pero la próxima vez quiero estar preparada.

Townsend se echó encima de ella, disfrutando mucho de la sensación. Tenía los ojos chispeantes al preguntar:

—¿Y cómo te vas a preparar?

Riendo por lo bajo, Hennessey dijo:

—No tengo ni la más remota idea. Pero empiezo a comprender por qué la gente se deja llevar... incluso cuando sólo se están besando.

—Menudo beso —suspiró Townsend—. El mejor que he recibido en toda mi vida sin la menor duda. ¿Y tú?

—Sí, estoy de acuerdo. Mucho, mucho mejor que los que me han dado los abuelos durante toda mi vida —dijo, con los ojos risueños.

Incorporándose y mirándola fijamente, Townsend exclamó:

—¿Nunca has besado a nadie?

—Sólo a ti, tesoro. Y éste es el primero que cuenta, porque el otro fue la última voluntad de una moribunda.

—¿Te cuento un secreto? —preguntó Townsend, sonriendo con aire travieso.

—Claro.

—Cuando el caballo me dio la coz, ya sabía que no tenía fractura de cráneo. Ya había tenido conmoción cerebral en una ocasión y fue igual que entonces. Y también sabía que no era el oído lo que me sangraba. Notaba que la sangre salía del corte y se me metía en la oreja.

—¡Pero qué farsante! ¡Estaba tan preocupada que casi me pongo mala!

—Perdona, cielo, es que no creía que fuera a tener otra oportunidad. Y tenía que besar esos labios rosas. Desde el primer día que te vi, supe que eras la mujer de mi vida... sólo que no creía que te fueras a dar cuenta nunca.

—Ahora sí que me doy cuenta —dijo Hennessey, con una sonrisa radiante—. Y nunca he sido más feliz. Feliz Navidad, Townsend.

—Feliz Navidad, Hennessey. —Se echó hacia delante e intentó darle otro beso, pero Hennessey la tenía calada y volvió la cabeza en el último segundo, ofreciéndole la mejilla.

—Se acabaron los besos hasta que lleves este colgante entre esas bonitas clavículas. Te quiero tanto que por eso te digo que no, Townsend.

—Sabes —dijo la rubia pensativa—, creo que ése es el mejor regalo que me han hecho jamás. Decirle que no a alguien puede ser un regalo mayor que decirle que sí. Gracias, Hennessey. Gracias por quererme lo suficiente como para hacer lo correcto, en lugar de lo fácil. Ése es el mejor regalo de Navidad que he tenido en mi vida.


PARTE 5


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