3



A la mañana siguiente, Hennessey sacudió ligeramente a Townsend por el hombro.

—Hola, preciosa. ¿Qué tal el melón?

—¿Eh?

—La cabeza —dijo Hennessey—. ¿Qué tal el dolor de cabeza?

—Mmm... los años de excesos con el alcohol me han preparado bien para esto —dijo, intentando no reírse, sabiendo que eso sólo le empeoraría el dolor de cabeza—. ¿Dónde estoy?

—En el hospital. El médico ha dicho que puedes volver a casa, pero le gustaría que desayunaras para asegurarse de que no tienes náuseas.

—Creo que puedo hacerlo. —Intentó incorporarse, con ayuda de Hennessey—. Todavía tengo el estómago un poco revuelto, pero seguro que me encuentro mejor si consigo comer algo.

—Así me gusta. —Le puso una bandeja en el regazo y se sentó a los pies de la cama. Townsend se tomó unas cuantas cucharadas de cereales y consiguió tragar sin sufrir una mala reacción.

—Gracias por traerme algo sencillo.

—De nada. Sé lo que te gusta por la mañana. —Y se apresuró a añadir—: Sé lo que os gusta a todas.

Moviendo el pie por debajo de las sábanas y acariciándole la pierna a Hennessey, Townsend dijo:

—No te preocupes, colega. Ya sé que no sientes lo mismo que yo. Simplemente me alegro de haber conseguido un beso.

—Ah, Townsend, no digas eso. Te han pasado muchas cosas en los dos últimos meses... demasiadas cosas para que te plantees siquiera querer a alguien.

—¿Quién ha dicho nada de querer? —preguntó, intentando ocultar lo dolida que se sentía—. Me refería a que me encantaría follarte viva.

Riendo suavemente, sabiendo que Townsend intentaba disimular, Hennessey asintió.

—Estoy convencida de que podrías. Creo que podrías conseguir cualquier cosa que te propusieras, Townsend. Cualquier cosa.

—Cualquier cosa menos a ti. —La mujer más joven se la quedó mirando, sin apartar la vista hasta que Hennessey contestó a su afirmación.

—Mira, llevas recuperándote poco más de un mes. Acabas de cumplir diecisiete años. Eres alumna mía. Estás viviendo en mi bungalow. ¡Una relación contigo sólo podría ser más ilícita si me hiciera sacerdote o tú fueras una cabra! Venga, Townsend, mira la realidad.

—Ya lo hago —contestó con tono apagado—. Y también he prestado mucha atención a tu lista. He oído todas las razones por las que no deberías sentir nada por mí... pero no te he oído decir que no sientas nada por mí. ¿Soy yo sola, Hennessey, o tú también sientes algo?

Los brillantes ojos azules se clavaron en el suelo.

—Prefiero no contestar a eso, Townsend. Sé que siempre hemos sido sinceras la una con la otra... pero esta vez no.

—Si no sintieras nada por mí... ¿me lo dirías?

La cabeza morena asintió.

—Sabes que sí.

Alargando la mano, Townsend entrelazó los dedos con los de Hennessey.

—Saber que te importo... aunque sólo sea un poco, es suficiente para mí. Sólo eso ya me da algo por lo que vivir.

—Oh, Townsend, tienes tanto por lo que vivir. No centres tu futuro en una sola persona. En ninguna persona... ya sea yo o cualquier otro. Si no te quieres a ti misma, no es posible que quieras a otros.

—Hennessey —dijo, mirándola a los ojos—, ¿me escribirás en otoño? No sé por qué, pero cuando dices cosas así, me llegan. Por algún motivo, a ti te oigo... como no he oído nunca a nadie más.

—Te prometo que te escribiré —dijo—. Y no criticaré tu estilo.

—Ésa es una promesa que jamás podrás cumplir, jefa. Ahora deja que me coma este desayuno para que podamos salir de este antro.


En la última semana de clase, Hennessey se plantó ante sus alumnas y dijo:

—Me alegra mucho anunciar que El Pergamino ha decidido publicar no sólo uno, sino dos trabajos realizados por miembros de esta clase. Han decidido publicar los dos trabajos que presentamos: el poema de Amy y el relato corto de Townsend. ¡Un aplauso para ellas! —El resto de la clase se puso en pie junto a Hennessey y aplaudió a las sonrojadas jóvenes y luego cada una de ellas les dio un abrazo.

—Ya sé que todas conocéis los trabajos como la palma de vuestra mano —bromeó Hennessey—, puesto que nos hemos pasado las dos últimas semanas comentándolos, pero ya veréis cómo os emocionáis cuando los veáis impresos, creedme.

Pasaron el resto de la clase comentando los trabajos de las chicas que habían decidido no participar en el concurso. El diálogo era rápido y apasionado, como lo había sido durante el último mes.

Las chicas se habían convertido en un equipo unido y se daban ayuda y apoyo mutuos... y Hennessey se había sentido muy complacida al ver que Townsend se había desvivido por ayudar a una chica a la que todavía le costaba un poco. Descubrir a Townsend haciendo las veces de líder fue algo que sorprendió y encantó a Hennessey, y se dio cuenta de que estaba mirando a la joven con una expresión de lo más tonto en la cara.

Townsend le sonrió y luego hizo una seña a las demás chicas. Todas se adelantaron y Townsend sacó una cajita muy bien envuelta.

—A todas nos ha gustado esta clase tanto que hemos querido que sepas que todas y cada una de nosotras queremos ser la favorita de la maestra —dijo, con los ojos chispeantes de alegría.

—Ah... chicas, no teníais por qué hacer esto. —Hennessey estaba claramente encantada, pero intentó mantener la profesionalidad—. De verdad que no hace falta que me hagáis un regalo. Me pagan muy bien...

—¿Quieres abrirlo ya y dejar de perder el tiempo? —dijo Townsend.

Sonriendo cortada, Hennessey lo hizo y abrió la caja para descubrir una cadena de oro con una manzanita de oro de formas perfectas.

—Una manzana permanente para nuestra profesora preferida —dijo Townsend, encantada al ver los lagrimones que caían por las mejillas de la morena.


Al final de la clase, las chicas seguían charlando, incapaces de controlar la emoción.

—Hoy es un gran día para usted, señorita Bartley —dijo Hennessey al salir—. Te publican un trabajo en El Pergamino y esta noche te dan tu ficha de los sesenta días.

—¿Podemos ir a algún sitio a celebrarlo? —preguntó Townsend—. Si me devuelves las tarjetas de crédito, podría llevarte al mejor restaurante de Hilton Head.

—Te devuelvo las tarjetas y el dinero —dijo Hennessey—. Pero no puedo permitir que me invites a cenar. No puedo cruzar esa línea, Townsend.

—Vale —dijo en voz baja, pensando en otro modo de pasar más tiempo juntas—. ¿Qué tal un helado?

—Muy bien. Invito yo.

—Mi padre va a pensar que me habéis tenido en aislamiento —dijo Townsend—. Nunca he pasado más de dos días sin usar las tarjetas.

—Yo jamás he usado una tarjeta —dijo Hennessey—. Mi abuela siempre ha dicho que el crédito es obra del diablo.

—Caray. —Townsend sacudió la cabeza—. Qué... caray.


El viernes, Hennessey se pasó la mayor parte de la mañana despidiéndose de las chicas de su bungalow, así como de sus alumnas. Townsend fue la última en marcharse, pues había decidido alojarse en una posada de Charleston para poder pasar unas horas más a solas con Hennessey antes de coger el avión por la mañana.

—¿Hay algún modo de que te convenza para que pases la noche conmigo? —preguntó, cuando se quedaron solas en el bungalow.

—No, Townsend. No es posible.

—Pero ya no eres mi profesora, ni mi supervisora de casa. ¡Maldita sea, Hennessey, apenas nos llevamos un año, así que no puede ser la diferencia de edad!

—Sólo desde el punto de vista cronológico —dijo Hennessey—. Hay una distancia muy, muy grande entre nosotras, Townsend. Llámalo experiencia, llámalo madurez, qué diablos... llámalo sobriedad. Pero no somos iguales. Tú me importas, te lo juro, pero no puedo estar contigo. Hace sólo tres meses estaba prácticamente poniéndote sobre mi rodilla para darte unos azotes. Así no se comportan las personas iguales, cariño. He dedicado demasiado tiempo a mis propios problemas para meterme en una relación en la que yo tengo que ser la adulta y la otra persona se comporta como un niño. No puedo volver a hacer eso. Simplemente no puedo. —Se echó a llorar y no tardó en verse envuelta en el cálido abrazo de Townsend.

—¿Podemos ser amigas? —preguntó la suave voz.

—Sí, podemos ser amigas. Podemos ser amigas siempre. Te lo prometo. —Hennessey levantó la cabeza y le dio a Townsend un beso delicadísimo en la mejilla—. Eres muy buena amiga mía.


—¿Estás segura de que no me puedes llevar hasta tu casa? Pilla de camino a Charleston, ¿verdad?

—No, no puedo llevarte y sí, está de camino. Tenemos que despedirnos aquí, preciosa. Es lo mejor. —La furgoneta del aeropuerto se detuvo a su lado y Hennessey metió el equipaje de su amiga en el maletero de la furgoneta—. Te escribiré en cuanto tenga una dirección de correo electrónico en la universidad.

—¿Y hasta entonces no? ¡Van a pasar semanas!

—No tengo correo electrónico en casa, Townsend. No tengo ordenador.

La chica más joven la miró parpadeando y luego sacudió la cabeza.

—¿Te puedo escribir... por correo normal? Me... me preocupa mantenerme sobria sin poder hablar contigo.

—Claro que me puedes escribir. —Cogió el papel que le entregó Townsend y apuntó su dirección—. Escríbeme todos los días a la misma hora. Como si fuera una cita, ¿vale? Y siempre que te sientas estresada, ve a una reunión. Las tienen las veinticuatro horas al día en una ciudad grande como Boston. Vas a tener que empezar a apoyarte en las reuniones para salir adelante.

—Lo sé. ¿Te puedo llamar?

—Oh, Townsend, no creo que sea buena idea. No tendríamos intimidad y mi familia querría saber qué está pasando.

—¿Me puedes llamar tú?

—No. No me puedo permitir llamadas a larga distancia. Lo siento, pero no puedo.

—No creo que pueda hacer esto sin ti —susurró la joven rubia, tratando de contener las lágrimas.

—Yo sé que puedes. Tengo total confianza en ti, Townsend. —Abrió la puerta de la furgoneta y la instó a entrar, luego cerró la puerta y agitó la mano mientras la furgoneta se alejaba, intentando con todas sus fuerzas no echarse a llorar. Hacía años que no estaba tan cerca de hundirme por completo como codependiente. Esa chica podría ser lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida.


Cuando Hennessey se instaló en Harvard, Townsend y ella empezaron a escribirse todos los días. Al poco tiempo, ya se escribían dos veces y luego tres veces al día, y para finales de septiembre, se comportaban como si fueran compañeras de cuarto... a cientos de kilómetros de distancia.

Sorprendentemente, empezó a ocurrir algo a medida que pasaban las semanas. Poco a poco, pero con firmeza, el papel de Hennessey empezó a cambiar de mentora a amiga. Townsend necesitaba cada vez menos seguridades, pues ahora se apoyaba en la madrina con la que había conseguido conectar en AA. Pasaban más parte del tiempo contándose su vida y conociéndose mejor como iguales. Hennessey estaba ocupadísima, pero sacar unos minutos para escribir un par de líneas a su amiga la ayudaba a mantener los pies en la tierra. Se llevaba una gran desilusión cuando volvía a su cuarto y no veía el icono del correo, pero siempre, antes de que pasara otra hora, Townsend le enviaba alguna reflexión breve, pero divertida y todo volvía a estar bien.

A principios de noviembre, empezaron las zalamerías y los ruegos. Townsend estaba emperrada en que Hennessey pasara Acción de Gracias con ella en Boston, pero por mucho que se lo rogara, la mujer morena no cedía, aunque se iba a quedar sola en Boston durante las fiestas.

—Es demasiado pronto, Townsend. Tengo que mantener ciertos límites contigo. Si cedo y me alojo en tu casa, sé que lo siguiente será el tema de acostarme contigo... y eso no va a pasar.

—Por ahora, querrás decir.

Hennessey suspiró.

—Sí, por ahora.

—Vale —dijo Townsend—. Mientras sepa que sigue siendo una posibilidad, me conformo con eso.


Hennessey encendió el ordenador al día siguiente de Acción de Gracias y se encontró uno de los correos que más feliz la habían hecho en su vida.


De: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
Fecha: 25 de noviembre, 1994
Para: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
cc:
Asunto:

¡Lo conseguí! ¡Voy a ir a la universidad en Boston, cariño! Tarde o temprano... ¡vas a ser mía!

Ya soy tuya, suspiró Hennessey. Sólo que no puedo reconocerlo cuando todavía estás luchando por mantenerte sobria.


Dos semanas antes de que empezaran las vacaciones de Navidad, Hennessey se armó de valor y escribió un correo para Townsend:


De: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
Fecha: 11 de diciembre, 1994
Para: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
cc:
Asunto:

Hola,

He estado pensando mucho en este pequeño baile que nos traemos y he decidido que me he pasado de reservada. Sé que te importo, Townsend... vale, lo diré por ti: sé que me quieres. Pero no me conoces... o mejor dicho, no me conoces por completo. Sólo conoces a la mujer que permito que la gente vea. Así que he decidido que ya va siendo hora de dejar que veas cómo soy de verdad. Si puedes conseguirlo, me gustaría que vinieras a mi casa conmigo para Navidad. No tienes que venir todas las vacaciones, sé que tus padres querrán que estés en casa para ese día, pero el tiempo que puedas estar sería estupendo.

Procedemos de entornos muy distintos, Townsend, y aunque no creo que seas una frívola, puede que ya no sientas lo mismo por mí cuando veas de dónde vengo. Siempre seré una chica de clase obrera del sur profundo, y cuando me gradúe quiero... no, necesito... volver allí. Boston me gusta, pero no es mi casa. Necesito mi hogar, Townsend, y si deseas quererme, tendrás que aceptarlo. Así que ven a Beaufort conmigo, cariño. Déjame que te enseñe la Carolina del Sur que amo, para que puedas decidir si el paquete completo te resulta tan atractivo como los retazos que te he dejado ver.

Hennessey

La respuesta al correo no tardó más de diez minutos en llegar.


De: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
Fecha: 11 de diciembre, 1994
Para: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
cc:
Asunto:
He hablado con mi madre y le he dicho que he conocido a una mujer maravillosa de Carolina del Sur y que estoy enamorada. Le he dicho que me gustaría pasar con ella todas las vacaciones de Navidad y ella ha dicho que le parece muy bien. Soy toda tuya, bichito mío de los palmitos. Tú dime las fechas y la compañía aérea y ya estamos.


Pocos días antes de la fecha en que tenían que partir, Hennessey le soltó otra bomba a su amiga.


De: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
Fecha: 20 de diciembre, 1994
Para: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
cc:
Asunto:
Si vamos a viajar juntas, quiero conocer a tu familia. Yo ya tengo dieciocho años, Townsend, pero oficialmente tú todavía eres menor. Quiero que tu familia sepa quién soy, y que tú y yo no nos vamos a acostar durante este viaje. Quiero que sepan que te respeto.

Townsend no pudo resistir. El correo electrónico no bastaba: tenía que hablar con Hennessey de esto último. Marcando el número de su habitación, espetó:

—¿Estás loca? ¡Si a mi madre no se le movió ni un pelo cuando descubrió que me dedicaba a cambiar favores sexuales por alcohol! ¡Me han arrestado seis veces, Hennessey, seis! ¿De verdad crees que a estas alturas le importa mi virtud?

Hubo silencio en la línea durante un momento. Por fin, Hennessey habló suavemente:

—Me importa a mí, Townsend. Me importa tu virtud y todo lo demás tuyo. Te voy a tratar con el respeto que mereces hasta que empieces a exigirlo por ti misma. Ahora ponte a pensar cómo lo hacemos, pero si no hablo por lo menos con uno de tus padres, te vas sin mí. ¡Y no hay más que hablar!


Townsend iba corriendo por el pasillo y estuvo a punto de derribar a una sorprendida joven.

—¡Lo siento! —gritó, sin frenar ni un poco. Llamó a la puerta con tanta fuerza que se hizo daño en la mano, pero estaba tan concentrada en la meta firmemente establecida en su mente que no notó el dolor. La puerta se abrió y por fin apareció Hennessey ante ella, con esa sonrisa lenta y sexy que le iluminaba la cara de tal forma que a Townsend se le doblaron las rodillas. Cayó hacia delante y aterrizó en brazos de la mujer más alta.

—No eres la chica más grácil de Boston, ¿verdad? —dijo con tono de guasa, y Townsend se estremeció al sentir su aliento en la mejilla.

La rubia se reconcentró y recuperó el equilibrio sobre sus dos piernas y luego le echó los brazos al cuello a Hennessey, bajándole la cabeza para devolverle el beso que llevaba meses ardiendo en sus labios.

—Mm-mm, preciosa. —Hennessey aprovechó su altura para estirarse y alejar su boca de la mujer más menuda, pero ferozmente decidida—. No nos saludamos así. Somos amigas, ¿recuerdas?

—¡Hennessey! ¡Somos más que amigas! ¡Vamos a conocer a nuestras familias, por Dios!

—Nos estamos cortejando —afirmó la morena—. Si, tras un período de tiempo aceptable, decidimos que nos amamos... entonces y sólo entonces, nos besamos.

—¿Estamos en 1994 o en 1894? ¡Por Dios, Hennessey, te comportas como si fuéramos mormonas!

—Tener un poco de decoro no es malo, Townsend. Tener una relación entre nosotras es una meta... como cualquier otra meta... esto es serio, colega, y es algo que las dos tenemos que esforzarnos para conseguir.

—Pues parece que la única que se esfuerza soy yo —rezongó Townsend, moviéndose para coger la pequeña bolsa de Hennessey.

Cuando Townsend pasó a su lado, la mujer más alta la abrazó y la estrechó con todas sus fuerzas. Los ojos azules se clavaron en su cautiva como láseres mientras decía:

—Tengo que luchar con todas mis fuerzas para no ponerte las manos encima, Townsend Bartley. Te deseo más de lo que una zarigüeya desea uvas, y si creyera que es el momento adecuado, estaríamos revolcándonos en esa cama como conejos en celo. No te atrevas a decirme que la que se esfuerza eres tú. —Agarró la cabeza de Townsend por detrás y se la acercó, besándola en la frente y luego en las mejillas—. Si me permito enamorarme de ti, va a ser para el resto de mi vida. Puedo esperar hasta que las dos podamos tomar esa decisión.

Townsend se la quedó mirando, sin expresión.

—Eres la única persona de mi vida que ha conseguido dejarme sin habla.


Bajaron al coche cogidas de la mano, pues Hennessey admitió que a las parejas que se estaban cortejando se les permitía hacer eso. Ante la sorpresa de Hennessey, un chófer se bajó del coche y les abrió la puerta de detrás, luego cogió la bolsa de Hennessey y la metió en el maletero.

—Mamá, ésta es Hennessey Boudreaux. Hennessey, ésta es mi madre, Miranda Bartley.

Hennessey puso su sonrisa más encantadora y se inclinó hacia delante para estrechar la mano de manicura perfecta y piel suavísima.

—Es un placer conocerla, señora Bartley. —Había ensayado el encuentro varias veces y había decidido no mencionar la fama de esta mujer. No le gustaban sus libros y no quería adularla sólo porque era famosa.

—El placer es mío, Hennessey. Me alegro mucho de conocer a la joven que le ha arrebatado el corazón a mi hija.

—Ella también me ha arrebatado el mío, señora Bartley —reconoció Hennessey, sonrojándose de forma adorable.

—Bueno, háblame de ti, Hennessey —pidió la señora Bartley mientras el coche se deslizaba por la carretera—. Townsend me ha dicho que eres de Beaufort. Yo he estado allí muchísimas veces. En mi opinión, es una de las ciudades más bonitas del sureste.

—Oh, eso es cierto, señora Bartley.

—Pero es una ciudad bastante pequeña, ¿no es así?

—Sí, señora, unos diez mil habitantes en Beaufort propiamente dicho.

—¿Conoces a los Kingsley?

—No, señora.

—¿Y a los Hutchinson? Dirigen el periódico, creo.

—No, señora, no los conozco.

—Mamá, ¿tenemos que revisar toda tu agenda? —preguntó Townsend, sulfurándose.

—Es que pensaba que podríamos tener conocidos mutuos —explicó Miranda.

Hennessey carraspeó.

—Señora Bartley, estoy segura de que usted y yo no podríamos conocer a las mismas personas. He oído hablar de las familias que ha mencionado, pero mi familia no vive en una de las grandes mansiones de Beaufort. Sólo somos gente de clase obrera que trata de salir adelante.

—¡Oh! —Abrió mucho los ojos y dijo—: Perdona, Hennessey. Es que... he dado por supuesto... como vas a Harvard y eso...

—Con beca completa, señora Bartley. Llevo trabajando desde los doce años para comprarme ropa bonita y darme algunos lujos, pero somos pobres como ratas. Me temo que Townsend se va a sorprender bastante de ver lo pobres que somos.

Notó que le apretaban la mano con ternura.

—Me da igual que viváis en tiendas de campaña y escarbéis en los cubos de basura para encontrar la cena. Eres el mejor partido de todo el sur. No necesitas dinero para aumentar tu valía.

—Hennessey, has ayudado a mi hija a hacer unos cambios en los últimos seis meses que no ha conseguido una legión de psiquiatras, psicólogos, médicos y acupuntores. Sólo el hecho de mantener a Townsend fuera de la cárcel durante seis meses es ya más de lo que esperaba.

La joven miró a su amiga con ojos ardientes.

—Oh, es capaz de mucho más, señora Bartley. Ya me siento orgullosísima de ella, pero algún día va a hacer cosas que la harán sentirse muy orgullosa de sí misma. Ése será el día más feliz de mi vida.


Cuando se acercaban al aeropuerto, Hennessey carraspeó y le dio a Miranda el mensaje que estaba dispuesta a dejar claro.

—Su hija me importa mucho, pero hasta que nos comprometamos la una con la otra, no vamos a tener relaciones íntimas. No tiene que preocuparse por ella, señora Bartley. La voy a tratar con el respeto que se merece.

La mujer de más edad abrió la boca, luego la cerró de golpe y la volvió a abrir, pero no pudo pronunciar palabra.

—Nos estamos cortejando, mamá —dijo Townsend con altivez—. Estoy recuperando mi castidad. —Apretó la mano de Hennessey y añadió con una sonrisa maliciosa—: Eso es idea suya, por cierto. Yo creo que se da demasiada importancia a la castidad.


Cuando ya estaban en el aire, Townsend advirtió que Hennessey se iba retrayendo cada vez más cuanto más terreno cubrían.

—Estás nerviosa, ¿verdad?

—Sí, pequeñaja. Estoy preocupada por lo que vas a pensar de ellos... y viceversa.

—Dime cómo quieres que me comporte —pidió Townsend—. Puedo ser como tú quieras que sea.

—Quiero que seas tú misma... es decir, hasta cierto punto. Sé que mi familia desconfía mucho de los extraños... sobre todo de los que tienen dinero. Van a tardar un tiempo en apreciarte.

—¿Quién creen que soy? Con respecto a ti, me refiero. ¿Saben que estoy locamente enamorada de ti?

—Ahh... no —dijo Hennessey, negando con la cabeza—. He pensado que sería mejor hacerlo poco a poco. En este viaje se pueden acostumbrar al hecho de que seas yanqui y rica. Al siguiente, podemos dejarles saber que no eres católica. Luego podemos revelar que eres lesbiana. Por último, dentro de muchos años, podemos decirles que yo también lo soy. Y luego, cuando mis abuelos ya hayan muerto, podemos decirle a mi padre que somos lesbianas juntas.

—Hennessey, al paso que vamos, para cuando seamos lesbianas juntas toda tu familia habrá muerto... ¡de vejez!


Como era día laborable, el padre de Hennessey no podía ir a recogerlas. Tras arduas negociaciones, acordaron alquilar un coche. Eligieron el modelo más pequeño y barato que había, pero por las dos semanas que iban a pasar en Carolina del Sur, el total eran ciento cincuenta dólares. Hennessey se atragantó al ver la suma, pero se empeñó en pagarla, ya que Townsend era su invitada.

—Ya te lo he dicho, cariño, los invitados no pagan nada cuando vienen de visita. Los Boudreaux seremos pobres de solemnidad, pero tenemos orgullo suficiente para cubrir el condado entero.

—Eso me empieza a parecer —dijo Townsend, intentando meter la maleta en el coche más pequeño jamás inventado.

Poco después de salir del aeropuerto de Charleston, la ciudad desapareció, sustituida por el paisaje más intacto y olvidado por el tiempo que Townsend había visto en su vida.

—Éstas son las tierras bajas —dijo Hennessey, con afecto. Bajó un poco la ventanilla y exigió—: Llénate los pulmones con los aromas, cariño. Son divinos.

Townsend hizo lo que se le decía, pero no estaba muy segura de lo divino. Los olores eran parecidos a los que había advertido en Hilton Head, pero había algo indefinible y muy terrenal y primitivo en los olores que se colaban por la ventanilla. Moviéndose en el asiento, Townsend observó a su amiga un momento.

—Sabes, creo que nunca te he visto tan feliz. Esto te encanta de verdad, ¿no?

—Sí —dijo Hennessey con melancolía—. Llevo las tierras bajas en los huesos, Townsend. Los Boudreaux llevan aquí desde 1755, y aunque el comité de bienvenida fue un poco antipático, es nuestro hogar.

—¿Por qué no os recibieron bien? Yo creía que los colonos siempre eran bienvenidos en aquel entonces. Qué diablos, en aquella época ni siquiera existían los Estados Unidos, ¿verdad?

—No, no existían los Estados Unidos como tales. Cada colonia tenía un gobierno, por supuesto. Pero a los habitantes de Carolina del Sur no les hizo gracia recibir a una panda de agitadores de habla francesa. Ya nos habían expulsado de Canadá, y muchas de las colonias no estaban dispuestas a dejarnos entrar. Era una estupidez, la verdad. Habríamos sido de gran ayuda en la Guerra de Independencia, pero siempre nos miraron con desconfianza. Los habitantes de Carolina del Sur pensaban que nos íbamos a poner de parte de los indios, así que hicieron todo lo posible por volver a meternos en los barcos y mandarnos con viento fresco.

—¿Vuestros antepasados eran franceses?

—Claro, cariño. ¿Es que el apellido Boudreaux te suena irlandés o sueco?

—Supongo que nunca lo he pensado.

—Somos cajunes, cariño. —Townsend advirtió que cuanto más avanzaban, más marcado se hacía el acento de su amiga y que el brillo normal de sus ojos se iba transformando en una llama baja y danzarina—. Has conseguido a una cajún de pura cepa, preciosa. ¿Estás segura de que vas a poder conmigo?

—Pues... pues... la verdad es que no estoy segura —reconoció, sintiendo que la poderosa personalidad de Hennessey estaba a punto de absorber todo el oxígeno del coche.

—Somos gente dura, Townsend. Comida picante, música salvaje y mujeres más salvajes.

—¡Glub!


Siguieron en silencio, mientras Hennessey le daba a su amiga tiempo para asimilar el paisaje, los olores y la sencilla belleza de las tierras bajas. Llegaron a Beaufort justo pasadas las dos, y Townsend se quedó debidamente impresionada con la preciosa y pequeña ciudad.

—¡Dios mío, Hennessey, si parece salida de Lo que el viento se llevó!

—Sí, supongo que sí —asintió—. Al menos esta parte de la ciudad sí que lo parece. Todavía nos queda un trecho. —Para que captara la atmósfera del lugar, Hennessey condujo por Bay Street, señalando algunas de las mansiones más imponentes, y luego fue recorriendo las calles estrechas bordeadas de magnolios del centro de la ciudad—. Bonito, ¿eh?

—¡Mucho! Me recuerda un poco a Nantucket, a decir verdad. Calles estrechas, casas históricas muy bien restauradas, una ciudad costera llena de actividad.

—Nunca he estado en Nantucket. A lo mejor me puedes llevar algún día.

—Te llevaré donde tú quieras, Hennessey. ¿Qué te parecería escaparte conmigo a nuestra casa de Martha's Vineyard durante las vacaciones de primavera?

—Ya veremos, preciosa. Primero, tengo que ver cómo te portas. No voy a jugar contigo si no controlas las manos. Todavía eres menor.

—¡Oye! Quería decirte una cosa, listilla. He consultado la edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales, ¡y en Carolina del Sur es a los catorce años!

—Tú no eres de Carolina del Sur. Eres massachusettera o como os llaméis.

—Te equivocas de nuevo. La edad de consentimiento en Massachusetts es a los dieciséis años.

—No. Yo también lo he mirado y para ti es a los dieciocho.

—¿Cómo?

—En Massachusetts es ilegal tener relaciones sexuales con una mujer menor de dieciocho años si es virgen. —Miró a Townsend un momento y dijo—: Has recuperado tu castidad, ¿recuerdas? Eso te convierte en virgen, Townsend. Tienes que leer la letra pequeña, cariño.

Haciendo una mueca, la rubia pataleó:

—¡Eres una mujer desquiciante!

—Lo mismo que dije yo de ti los dos primeros meses que te conocí. Donde las dan las toman, monada.


Parecían haber dejado atrás la civilización hacía tiempo, y Townsend se empezaba a preguntar si el coche conseguiría recorrer el camino de tierra lleno de baches. Vio un cartel donde ponía Camarones Boudreaux, y al ver su ceja enarcada, Hennessey asintió.

—El negocio familiar.

—¿Vamos a ir ahí o a tu casa?

—Es prácticamente lo mismo, Townsend. Espero que te guste el olor a camarones.

Llegaron a una bifurcación del camino y a través del polvo Townsend vio otro cartel con una flecha que señalaba hacia la izquierda. Pero Hennessey dobló a la derecha y al cabo de unos cien metros más se detuvo ante una casa muy, muy, muy modesta.

La casa era de dos pisos, pero el piso superior no estaba perfectamente alineado con el inferior. Remontándose a sus clases de geografía, Townsend se devanó los sesos tratando de recordar si en Carolina del Sur había terremotos. A la casa no le habría venido mal una capa de pintura —treinta años atrás— pero había visillos en las ventanas y las pocas parcelas de hierba estaban bien segadas. Los escalones de la entrada estaban bordeados por pequeños macizos de flores bien cuidados y en el jardín de delante se alzaba un majestuoso magnolio. Contemplando la casa, Hennessey le sonrió de medio lado y dijo:

—Demasiado pobres para pintar, demasiado orgullosos para encalar.

Townsend ladeó la cabeza, pero Hennessey hizo un gesto con la mano quitándole importancia.

—Una vieja expresión de mi abuela. Pero lo resume todo. —Salió del coche y Townsend hizo lo propio. Al hacerlo, estuvo a punto de desplomarse por el olor a... algo—. Pescado —dijo Hennessey, encogiéndose de hombros—. Para mañana ya ni lo notarás. Con suerte —añadió.

Cada una cargó con su propio equipaje, y cuando Hennessey abrió la puerta, Townsend preguntó:

—¿No está cerrada con llave?

Hennessey la cerró dándole una patada con el pie y señaló la puerta con la cabeza.

—No hay cerrojo —indicó—. La abuela siempre dice que si alguien es tan pobre que nos roba, seguro que lo que tenemos le hace más falta que a nosotros.

—Un punto de vista interesante —asintió Townsend. Recorrió el sencillo espacio con la mirada, intentando que no se le notara mucho. Un sofá gastado, una butaca reclinable cubierta con una especie de tela sintética con un parche mal hecho en el asiento, una mesilla a cada lado del sofá y un par de lámparas cada una de su padre y de su madre. Eso era todo: en la habitación no había ni un solo detalle decorativo o de adorno.

—¿Te recuerda a tu casa? —preguntó Hennessey, con la voz un poco tensa.

—Oye, ya vale. —Townsend se plantó delante de su amiga y la miró a los ojos huidizos—. Ni se te ocurra avergonzarte de tus orígenes. Créeme, Hennessey, si mi familia hubiera salido del mismo sitio que la tuya, nos habríamos muerto de hambre. Tener dinero no es ningún honor... sobre todo cuando la mayor parte te ha venido dada.

La mujer más alta se sentó en el sofá, toqueteando el brazo desgastado.

—Nunca he estado tanto tiempo fuera de casa —dijo suavemente—. Creo que se me había olvidado... lo poco que tenemos. Me paseo por Cambridge y veo las hileras de casas que se venden por dos millones de dólares y las tiendas de ropa para niños con vestidos para bebés por trescientos dólares y... se me olvida.

—Mira, colega —dijo Townsend, sentándose a su lado e intentando no hacer una mueca de dolor cuando se le clavó un muelle en el culo—. Cuando naciste tus padres eran adolescentes... adolescentes borrachos, debería añadir. Gracias solamente a tu esfuerzo y tu perseverancia, has conseguido ir a una de las universidades más prestigiosas del país. Yo, por otro lado, nací en una familia rica de siempre y luego mi madre tuvo la gran suerte de ganar millones con libros bastante mal escritos, sólo porque juega con las ideas románticas de las amas de casa cuando llegan a la caja del supermercado. Y sin embargo, a pesar de tanta riqueza y tanto privilegio, me han aceptado por los pelos en una de las peores universidades con carreras de cuatro años de la zona de Boston y he descubierto que eso sólo ha sido porque mi padre les ha prometido una buena suma para mejorar las instalaciones deportivas. Tú no tienes nada de que avergonzarte, Hennessey. Yo sí.

—Lo siento —susurró Hennessey—. No suelo compadecerme de mí misma. Es que cuesta mucho asimilar esto tras los muros cubiertos de hiedra de Harvard.

Townsend se acurrucó a su lado y dijo:

—Yo siempre me siento mejor cuando me dan un abrazo. ¿Y tú?

—Sí, supongo que yo también. —Estuvieron abrazadas largo rato, absorbiendo las dos el afecto con la misma avidez—. Estoy a punto de desmayarme de hambre —murmuró la morena—. ¿Quieres ir a conocer a la familia?

—Claro. ¿Estarán en el restaurante?

—El chiringuito, cielo. Se llama chiringuito con motivo.

Echaron a andar por el camino de tierra y el olor fue en aumento a medida que se acercaban.

—Mmm... no quiero pedirte que mientas, pero si la abuela lo pregunta, voy a decir que eres una amiga de Boston. Si se entera de cómo nos hemos conocido, se pondrá hecha una furia, y eso no conviene, cariño.

—No me importa mentir, Hennessey, ¿pero por qué se iba a enfadar?

—No cree que deba relacionarme con las chicas que se pueden permitir asistir a la academia. Las chicas ricas del sur le gustan tan poco como las chicas del norte. Te aseguro que será mucho más amable si cree que somos compañeras de clase.

—Bueno, siempre he querido ir a Harvard. Ahora es mi oportunidad.


Llegaron al edificio de aspecto desvencijado situado junto a un muelle de aspecto igualmente inseguro.

—Ya hemos llegado, preciosa. Espero que no tengas alergia a los mariscos. —Hennessey abrió la puerta de malla y gritó hacia el interior del restaurante vacío—: ¡La niña ha vuelto de la gran ciudad!

—¡Hennessey, ven aquí, bribona!

Sonriendo de oreja a oreja, Hennessey llevó a Townsend a la cocina, un pequeño espacio que apestaba a grasa y pescado.

—¡Abuela! —exclamó, y cruzó corriendo la corta distancia para dar un enorme abrazo a la mujer de más edad. Cuando se apartó, Townsend observó encantada mientras la abuela de Hennessey le inspeccionaba el cuerpo como si acabara de estar en un accidente y estuviera comprobando los daños. Sus manos enrojecidas y ásperas le recorrieron los brazos, le hicieron cosquillas en la cintura, bajaron por sus piernas y por fin se posaron en su trasero.

—¡Siéntate y come algo, niña! Estás hecha un saco de huesos.

Sin hacer caso de las bromas, Hennessey dijo:

—Abuela, quiero presentarte a mi amiga, Townsend Bartley.

—Encantada de conocerte —dijo la mujer de más edad, con una clara nota formal en el tono—. Bienvenida a Carolina del Sur, Townsend. ¿Ya has estado aquí?

—Oh, sólo de vacaciones. Soy de Boston y no tengo muchas ocasiones de bajar al sur.

—Pues espero que disfrutes de tu visita. —Cogió un tazón y lo llenó de un guiso de pescado de aspecto suculento—. Tú también necesitas ganar un poco de peso, Townsend. Ve a sentarte y empieza con esto. Mandaré a Hennessey con algo más sustancioso dentro de un momento.

Dándose cuenta de que la estaba despidiendo, Townsend sonrió afectuosamente a la mujer mayor y obedeció. En cuanto estuvieron solas, Hennessey miró a su alrededor y advirtió una clara falta de pescado en la cocina. A estas horas del día su abuelo solía estar limpiando camarones a toda velocidad para la cena, pero no se lo veía por ningún lado y su camioneta tampoco estaba.

—¿Papá no ha tenido un buen día?

—Anoche no volvió a casa —dijo su abuela, meneando la cabeza—. Tu abuelo acaba de salir para intentar comprar más pescado. Hemos tenido una clientela infernal a la hora de comer.

—¿Puedo ayudar, abuela?

—No, cielo, tú ve a sentarte con tu amiga. Aquí no hay nada que hacer hasta que vuelva tu abuelo. Espero que no tenga que ir al supermercado. Con esos precios podríamos cerrar por esta noche.

—Siento lo de papá, abuela —dijo Hennessey con tono apagado.

—La responsable de ese chico soy yo —dijo la mujer de más edad—. No es culpa tuya que no pueda pasar por delante de un bar sin dejarlo seco.

—Ya lo sé, abuela, pero lo siento igual. —La mujer mayor volvió a abrazarla y Hennessey captó los reconfortantes olores a grasa, camarones, especias y sudor que le calaban la piel y la ropa—. Deja que me ponga un tazón de sopa antes de que me desmaye. —Se sirvió una buena porción y salió a sentarse con Townsend a una mesa de jardín pintada de blanco.

—Ésta es la sopa de pescado más buena que he probado jamás y créeme, he probado muchas.

—Gracias. Díselo a la abuela. No acepta un cumplido ni aunque le vaya la vida en ello, pero se acuerda de cada persona que no se lo hace. —Metiéndose una gran cucharada en la boca, Hennessey suspiró de placer—. Jo, qué bien cocina. Te aseguro que no consigo encontrar una sopa de pescado decente en Boston y mira que he buscado.

—Son las especias —decidió Townsend—. Esto tiene mucho más sabor que cualquier cosa que me dan en casa.

—Sí, supongo que es eso. Tengo que inflarme mientras estemos aquí. Me tiene que durar hasta el verano.

Todavía estaban comiendo cuando un hombre alto, delgado y curtido entró por la puerta principal.

—¡Abuelo! —Hennessey se levantó de un salto y corrió hasta él, abrazándolo con un brazo al tiempo que le quitaba parte de las bolsas con el otro—. ¿Qué tal la pesca?

—Muy bien, tesoro. En Thibodaux todavía les quedaban camarones y tanto cangrejo congelado que nos durará hasta mañana. Me ha ahorrado tener que arrastrar las redes por todo el mar. Ahora sólo tengo que limpiarlos.

—Ni hablar, abuelo. Le voy a enseñar a mi amiga a limpiar camarones. Supongo que será mejor que empecemos ahora mismo.

Él le echó una sonrisa que le derritió el corazón a Townsend, por lo parecida que era a la de Hennessey. Se levantó y se acercó al hombre.

—Hola, soy Townsend.

—Hola, Townsend. Bienvenida al chiringuito. Me alegro de que hayas venido.

—Gracias, señor Boudreaux. Yo me alegro de estar aquí.

—Estáis demasiado bien vestidas para poneros a limpiar camarones. Será mejor que os cambiéis.

—Ahora mismo volvemos —exclamó Hennessey, que ya salía por la puerta a todo correr, con Townsend pegada a sus talones.

Townsend no se había traído la ropa de limpiar camarones, de modo que subieron corriendo a la habitación de Hennessey para buscar un vestuario adecuado. El cuarto estaba ordenadísimo, con los escasos objetos personales de Hennessey colocados con precisión en su cómoda con espejo pintada de blanco. La cama era pequeña, tan pequeña que Townsend se preguntó cómo podía contener su largo cuerpo.

—No tienes frío, ¿verdad, Townsend?

—No, hace una temperatura estupenda —dijo—. Debe de haber unos veinte grados. ¿Por qué?

—Creo que mis pantalones cortos es lo que mejor te va a estar, pero puedo buscarte otra cosa si tienes frío.

—No, eso está bien. —Esperó mientras Hennessey abría un cajón, revelando por lo menos diez pares de pantalones cortos, cada uno de los cuales era un pantalón corto de color gris de la academia.

—Creo que todavía tengo los que me dieron cuando empecé el instituto —dijo Hennessey, hurgando en el fondo del cajón—. Sí, aquí están. —Se los pasó y luego abrió otro cajón y sacó una camiseta que anunciaba Hábitat para la Humanidad—. Ésta también es vieja, así que no creo que te quede muy grande.

—¿Tú trabajaste en uno de estos proyectos?

—Mm-mm. Hubo un proyecto en el quinto pino cuando estaba en mi segundo año de instituto. ¡Jo, qué pobre era esa gente!

Townsend intentó disimular la expresión que luchaba por apoderarse de su cara. ¿Es que se puede ser más pobre que esto? A esa idea le siguió de cerca, ¿Y esto no es el quinto pino?


Tras una hora de instrucción, Townsend se sentía capaz de pelar camarones con los ojos cerrados. También estaba firmemente convencida de que iba a oler a camarones para el resto de su vida y que lo más seguro era que jamás volviera a comer ninguno. Pero Hennessey estaba en su salsa, hablando más de lo que la había oído Townsend en su vida y charlando de naderías. De vez en cuando entonaba una canción, por lo general sobre la pesca o la bebida, con una voz sorprendentemente melódica.

—Me has estado ocultando cosas, Hennessey. No tenía ni idea de que tenías una voz tan bonita.

—Oh. —Se quedó un poco cortada y luego dijo—: Sólo canto cuando estoy muy contenta. Ni me había dado cuenta de que lo estaba haciendo.

—Pues sí, y puedes cantar para mí siempre que quieras, cariño. ¿Cantabas en el colegio o en la iglesia?

—Mm-mm. Sólo para mí misma. Es demasiado personal para hacerlo obligada.

—Yo nunca te obligaré, Hennessey, y si alguna vez cantas para mí, simplemente lo disfrutaré.

—Trato hecho —dijo, sonriendo de oreja a oreja.


Townsend no tuvo que poner a prueba su recién adquirida fobia a los camarones. A Hennessey le apetecía un bocadillo de cangrejo, de modo que su abuela descongeló suficientes cangrejos para las dos. Las jóvenes se quedaron sentadas en unas banquetas en la cocina y observaron mientras la señora Boudreaux picaba los cangrejos y luego los mezclaba con pan rallado sazonado, cayena y mucho ajo. Justo antes de hacer tortas con la mezcla, añadió un pellizco de pimienta negra. Ante la ceja enarcada de Townsend, Hennessey dijo:

—Especias cajunes. Ni siquiera yo sé qué lleva.

La señora Boudreaux echó las tortas de cangrejo en la freidora de grasa y a los pocos momentos ya estaban listas. Hennessey las sacó y las puso en unos bollos de pan recién tostado y correoso, untado de salsa tártara especiada.

—Dios santo, éste es el mejor bocadillo que he comido en mi vida —dijo Townsend, con la boca casi llena—. Podría vivir sólo a base de esa sopa de pescado y esto.

—Oh, eso no es nada —dijo la señora Boudreaux con desprecio—. Podría cocinar algo que te haría saltar las lágrimas de gusto, niña, pero ya no tengo tiempo para esas cosas.

—Creo que ya se me están saltando las lágrimas —insistió Townsend—. En serio.

En los labios de la mujer mayor se dibujó una ligera sonrisa.

—Vosotras comeos la cena. Yo tengo trabajo, no me puedo quedar aquí de charla toda la noche.


La señora Boudreaux rechazó tajantemente el ofrecimiento de Hennessey para quedarse en el restaurante y ayudar con la cena.

—Llevamos este sitio cada semana del año, niña, ¿qué te hace pensar que ahora nos haces falta?

—Vale, abuela —dijo Hennessey, dándole un beso en la mejilla—. Iremos a la ciudad a ver en qué lío nos metemos.

—Que os divirtáis —dijo—, pero no demasiado.


Cuando volvieron a la casa, Hennessey dijo:

—¿Sabes qué? La verdad es que no me apetece hacer gran cosa. Mmm... estuve comprobando unas cosas en Internet antes de venir y descubrí que hay una reunión de AA a las siete no muy lejos de aquí. ¿Quieres ir?

—Mmm... sí. Pensaba que podría prescindir por unos días, pero mi madrina dice que ése es el primer paso para caer de la montaña. Vamos a hacerlo. Ya habrá mucho tiempo para hacer todo lo que hay que hacer por aquí.

—Cielo, podríamos hacer todo lo que hay que hacer en un fin de semana largo. No he venido aquí por las emociones. He venido para estar en mi ser.

—Y yo he venido para averiguar más cosas sobre tu dulce ser... así que yo diría que estamos a la par.

Hennessey le mostró a Townsend cómo lavarse las manos sujetando una cuchara de acero inoxidable, lo cual contribuía a quitar lo peor del olor a camarones de la piel. Una vez lavadas, emprendieron la marcha, y cuando llegaron al salón de actos de la iglesia, Hennessey se sentó en silencio al lado de Townsend, radiante de orgullo por la joven segura de sí misma que contaba su historia con tanta sencillez. Townsend era la persona más joven de la sala con una diferencia de por lo menos veinte años y probablemente tenía más dinero encima que las otras veinte personas juntas, pero encajaba, de un modo que francamente asombraba a Hennessey. Varias personas quisieron charlar con Townsend después de la reunión y Hennessey agarró una silla y se limitó a observarla. La rubia era siempre cortés, incluso con los hombres que sólo parecían querer un poco de atención de una joven bonita. Por fin, la sala de la iglesia se vació y Townsend le guiñó un ojo a su acompañante.

—¿Lo has pasado bien, tesoro?

Hennessey se levantó y se la quedó mirando tanto rato que Townsend acabó sintiéndose un poco incómoda bajo la mirada.

—Sabes, sí que lo he pasado bien. Ver la mujer en la que te has convertido en apenas unos meses es algo que me deja sin aliento, Townsend.

—¿Lo suficiente como para acostarte conmigo esta noche?

—Tienes una mente de piñón fijo —dijo Hennessey, sonriendo—. Algún día, llegará el momento de pasar a la acción o callar, bocazas.

—Cariño, no llevaba tanto tiempo sin sexo desde que tenía catorce años. Ya te digo si puedo pasar a la acción... o quedarme quieta... lo que tú quieras.

—Bueno, yo no he tenido sexo desde que nací. Así que o se me da espectacularmente bien o espectacularmente mal.

—Yo tengo mis sospechas —dijo Townsend despacio, imitando bastante bien el acento de Hennessey—. Creo que vas a ser mi cajún de pura cepa.


Cuando volvieron a casa eran casi las nueve.

—Voy a ayudar a recoger —decidió Hennessey—. Así podrán volver antes a casa.

—Oye, tengo una idea. ¿Por qué no lo hacemos las dos? Ellos pueden quedarse sentados y hablar con nosotras... como lo hicimos nosotras mientras tu abuela cocinaba.

Hennessey se detuvo en seco y se quedó mirando a su amiga.

—¿Lo harías de verdad?

—¡Claro! Tus abuelos llevan trabajando todo el día. Jo, Hennessey, ¿cuántos años tienen?

—Mmm... no son tan viejos. La abuela sólo tiene cincuenta y cinco y el abuelo cumplirá cincuenta y nueve en enero. Es que están cansados —dijo—. Tengo... tengo un sueño, Townsend. Sueño con ganar dinero suficiente para que se puedan jubilar y disfrutar un poco de la vida. Mi abuelo sirvió en Vietnam y desde que volvió a casa, no ha salido del condado. No creo que mi abuela haya salido alguna vez de Carolina del Sur. Lo único que hacen es trabajar.

—Hennessey, si ése es tu sueño, entonces sé que lo harás realidad. Y yo te ayudaré en todo lo que pueda.


Esa noche más tarde, después de volver a intentar quitarse el olor a marisco del cuerpo, Townsend salió del cuarto de baño y se encontró a Hennessey colocando su colchón en el suelo.

—¿Qué estás haciendo, jefa?

—Eres la invitada, así que tú eliges. O el colchón en el suelo o el somier. Prueba los dos.

—Vamos a hacer un trato. Yo me quedo en el suelo esta noche y tú mañana.

—Una solución lógica. ¡Buena idea! —Hennessey se echó una manta por encima y ahuecó la almohada—. ¿Sabes lo que voy a hacer cuando empiece a ganar un poco de dinero?

—No, ¿el qué?

—Me voy a comprar una puñetera cama que sea lo bastante larga para que me quepa el cuerpo. ¡Llevo durmiendo con los pies colgando desde que tenía catorce años!

—Casi es demasiado corta para mí —rió Townsend—. Yo tengo una cama fantástica en el Vineyard. A lo mejor la ves... o duermes en ella algún día. Como... ah, no sé... ¿en vacaciones de primavera?

—Tienes que superar dos semanas de buen comportamiento antes de que volvamos a hablar de eso, colega. A ver cómo van las cosas. Es evidente que tengo que proteger mi virtud además de la tuya.

—¿Qué tal un besito mínimo de nada de buenas noches? Les has dado uno a tus abuelos.

—Somos parientes —dijo Hennessey—. Pero ver la sonrisa de la abuela cuando limpiamos toda la cocina significa mucho para mí, así que te daré un besito mínimo. —Se inclinó y le dio un beso rápido a Townsend en la coronilla—. Gracias por todo. Hacía meses que no pasaba un día tan agradable como éste.

—Yo también —sonrió Townsend—. Y ya casi no noto el olor a pescado. Tenías razón, como siempre.


PARTE 4


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