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A la mañana siguiente, Townsend se presentó a la hora justa para su sesión de tutoría con Hennessey.

—Hola —dijo la profesora—. Siéntate.

—¿Hay café aquí? —preguntó Townsend, pasándose una mano por el pelo revuelto. Hennessey la miró un momento, advirtiendo el temblor de su mano y la palidez grisácea de su piel.

—No es fácil, ¿verdad? —preguntó Hennessey, suavemente, cogiéndole a Townsend la mano temblorosa. La examinó atentamente, frotándole con el pulgar las leves manchas amarillas que tenía en la piel entre el segundo y el tercer dedo—. Dejar de fumar y beber en dos días debe de ser muy difícil para ti.

—¿Y de quién es la culpa? —contestó, de pésimo humor.

—Mía, supongo. ¿Cuánto tiempo llevas fumando?

—Unos tres años.

—¿Quieres que te compre unos parches de nicotina? No me gusta nada verte sufrir así.

Se quedó boquiabierta y miró fijamente a esta mujer desquiciante.

—¿Por qué coño eres tan amable conmigo por un lado y luego me torturas por el otro? ¿Por qué no me dejas que tenga mis cigarrillos sin más? —Se levantó y se puso a dar vueltas por el pequeño despacho—. ¿A ti qué coño te importa?

—No lo sé muy bien —reconoció Hennessey apaciblemente, con ese acento suyo suave y dulce como compota de manzana—. Pero me importa. Y tampoco es sólo porque es responsabilidad mía hacer cumplir las normas. Me importas de verdad y no voy a dejar que tu mal genio me impida evitar que te hagas daño. Voy a seguir empeñándome hasta que aprendas a parar tú sola.

La rubia se dejó caer en la silla y se la quedó mirando.

—¿Puedo cambiarme a otro bungalow?

Hennessey se rió suavemente.

—¿De verdad crees que te acogerían? No les he hablado de ti a las demás supervisoras de casa, pero los rumores se están propagando como la pólvora. Eres persona non grata, preciosa, y eres mi cruz... hasta agosto.

—Si vivo para entonces.

—Vivirás si de mí depende —dijo Hennessey—. Bueno, vamos a hablar de tu redacción.

—Ah, déjalo. Es demasiado temprano.

—Es mi trabajo, Townsend. Bueno, voy a traerte café, pero vamos a hablar de esto. —Se levantó y preguntó—: Solo, ¿no?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es más fuerte. Es lo que te pega. —Y con eso, la joven larguirucha salió del despacho y Townsend se movió arrastrando la silla hasta el pasillo para observar su paso suelto. ¡A las mujeres con un culo como ése no se les debería permitir llevar pantalones cortos holgados!

Cuando Hennessey regresó, le entregó a su alumna una taza de café y se quedó con una taza alta de té para sí misma.

—Bueno, vamos a dejar clara una cosa. No espero que seas una copia exacta de tu madre. Te prometo que intentaré no compararte nunca con ella, ¿vale?

—Vale. Serás la primera profesora que he tenido que no lo hace, pero a ver si lo consigues.

—¡Estupendo! —Hennessey le echó una sonrisa radiante y Townsend se descubrió devolviéndosela con el mismo entusiasmo—. Dicho esto, reconozco que tu trabajo me ha defraudado.

—¿No me digas? ¿Que te metan el puño no te reconforta?

—Lo que me reconforta es el Earl Grey —replicó, levantando su taza—. Y no me refiero al contenido. Me refiero al estilo. Te pedí muy concretamente que hablaras de algo que te hubiera emocionado, Townsend, pero en esta redacción no has reflejado la más mínima emoción. Yo nunca he estado en esa situación, en sentido literal o figurado, pero me imagino que durante ese encuentro tuviste que sentir un montón de cosas. Pero esto es como leer un manual técnico, no el relato emotivo que yo quería.

—Espera un momento —dijo la mujer más joven—. ¿Te da igual que haya escrito que me metieron el puño... lo único que te importa es que no has podido sentir mi dolor?

—Dolor, agitación, miedo, turbación, deseo, anhelo. No tengo ni idea de cuáles de estas emociones sentiste, si es que sentiste alguna, mientras esa mujer te... metía el puño. ¿Qué sentiste cuando te pidió que fueras a su casa? ¿Qué esperabas? ¿Tuviste dudas cuando ibais hacia su casa? ¡Crea ambiente, Townsend! ¿Qué tiempo hacía esa noche? ¿Hacía fresco, humedad, era templada, hacía calor? Deja que sienta tus emociones comparándolas o contrastándolas con el tiempo. Dime algo para que la expectación vaya en aumento mientras os dirigíais hacia allí.

—Lo dices en serio —dijo la rubia, todavía incrédula.

—Por supuesto que lo digo en serio. La cosa necesita cuerpo, Townsend. Si lo vas a hacer en orden cronológico, es importante que el lector se empiece a preocupar o a excitar... haznos saber lo que sentías. Demonios, Townsend, quiero saber lo que sentiste cuando te diste cuenta de que te iba a meter la mano entera. ¿No tuviste ni siquiera un momento de miedo ante la idea de que te pudiera desgarrar la vagina? No parecía que estuvieras muy excitada cuando empezó... ¿qué se te estaba pasando por la mente? Dime qué lleva a una chica a dejar que una mujer desconocida intente meterle el puño cuando ni siquiera está excitada sexualmente. No se trata de romanticismo. Era evidente que no sentíais nada la una por la otra, así que enfócalo por el otro lado y habla de lo desolada que debías de sentirte para dejar que una completa desconocida violara tu cuerpo de esa forma. ¡Qué diablos, en mi pueblo condenarían a alguien a cadena perpetua por hacerle eso a una mujer en contra de su voluntad! Habla de lo vacía que debes de tener el alma para entregar tu cuerpo a una mujer desconocida que podría, con intención o sin ella, hacerte daño. No sé tú, pero yo preferiría que no me tuvieran que coser la vagina. ¿Qué se siente cuando ni siquiera te importa? Quiero que quites el barniz, Townsend. No quiero conocer sólo los detalles técnicos. Da igual que el lector no sepa cómo se le mete a alguien el puño después de leer lo que has escrito. Lo que sí importa es que sepa lo que se siente al dejar que una desconocida le haga lo que le dé la gana a una jovencita que jamás debería haberse visto en esa situación. Haz que el lector sienta lo que te impulsa a correr esos riesgos con tu salud y tu seguridad. Eso es lo interesante.

La joven asintió boquiabierta, atónita ante las palabras de Hennessey.

—Deja que la expresión de tus experiencias te ayude a descargar parte de tus sentimientos, Townsend. Utiliza la escritura para explorar lo que sientes y entonces a lo mejor no tendrás que pasar la noche en el hospital mientras un médico interno practica su técnica como cirujano con tu vulva. Ahora quiero que elijas uno de los temas en los que vamos a trabajar este verano y que lo pulas a fondo. No tiene por qué ser éste, pero tenlo presente. Elige uno que te interese de verdad y aplícale lo que aprendas este verano. Al final del verano, quiero ver por lo menos un escrito que refleje el fuego que veo en tus ojos. Puedes hacerlo, Townsend. Noto el talento que tienes, esperando para encontrar una salida.

—Potencial no alcanzado —dijo despacio, con una sonrisa triste—. Llevo oyéndolo desde que estaba en primer grado.

—Pues ya va siendo hora de que lo alcances, ¿no? —dijo esta mujer desquiciante, con otra de esas sonrisas fascinantes.


El viernes, MaryAnn se reunió con Hennessey durante el almuerzo.

—¿Qué tal vas con la hija de Satanás? —preguntó, guiñándole el ojo.

—Pues creía que había sido más lista que ella. El miércoles, les puse la tarea de escribir sobre el museo más interesante que hubieran visitado en su vida. ¿Sabías que en San Francisco hay un museo de vibradores y consoladores antiguos?

—Santo Dios, Hennessey, me parece que te has encontrado con la horma de tu zapato. ¡Esta chica parece que tiene agallas suficientes para enfrentarse al campamento entero!


Los fines de semana no había clase y cada supervisora de casa tenía libertad para organizar las actividades de grupo que creyera convenientes. Hennessey decidió llevar a su grupo a dar un largo paseo por el centro, para enseñarles la flora y fauna de Carolina del Sur. La mayoría de las chicas se mostraron bastante interesadas, pues algunas ya habían visitado las tierras bajas. Pero, como Hennessey ya se temía, Townsend sólo tuvo energías para la mitad del recorrido del gran centro. La bebida y fumar sin parar la habían dejado casi incapacitada para llevar a cabo una actividad física prolongada y cuando llegaron a la playa pidió quedarse allí.

—¿Puedo echarme aquí en el muelle hasta que volváis? —preguntó, totalmente sin aliento.

—Claro. ¿Te has puesto protección solar?

—Sí, madre —rezongó Townsend, poniendo los ojos en blanco.

—Vale, volveremos dentro de una hora más o menos. No te caigas rodando y te ahogues —dijo Hennessey—. Te echaríamos de menos un horror.

Las demás reemprendieron la marcha y Townsend hizo lo que había dicho que iba a hacer: se desplomó en el muelle y se quedó dormida en cuestión de segundos.

Cuando el grupo regresó, Hailey se adelantó para decirle a Townsend que habían vuelto. Por alguna razón y ante el asombro de Hennessey, la tímida e inocente chica le había cogido afecto a la hosca joven. Pero cuando Hailey llegó al muelle, se detuvo y se quedó mirando, evidentemente aterrorizada. Señaló con una mano temblorosa, incapaz de pronunciar palabra. Hennessey echó a correr, cubriendo los últimos cincuenta metros, y rodeó con el brazo los hombros estremecidos de Hailey.

—¿Qué pasa?

—¡Ar... araña!

Efectivamente, había una araña bastante grande del color de la arena posada en el cuello de la camisa de Townsend y mientras las dos miraban, correteó por su cuello y desapareció de su vista. Eso bastó para que Hailey sonara la voz de alarma, chillando con todas sus fuerzas.

Townsend se sentó de golpe, mirando asustada a su alrededor.

—¿Qué coño?

—¡Una araña! ¡Tienes una araña enorme en el pelo o en la camisa o en alguna parte!

La rubia se levantó de un salto y se arrancó la camisa, sorprendiéndolas a todas porque no llevaba sujetador.

—¿Dónde está? —preguntó, mostrándole la espalda a Hennessey.

Hennessey se adelantó y pasó los dedos frescos por el cuello caliente y sudoroso de Townsend, levantándole el pelo para examinarla. Al hurgarle en el pelo con los dedos, encontró la araña y la tiró de nuevo a la arena.

—Ya está. Todo en orden.

—¡Le ha picado! ¡Le ha picado! ¡Es venenosa!

—Hailey, era una araña lobo —dijo Hennessey—. No son venenosas. Así que cálmate.

—¡Mira! ¡En el cuello! ¡Le ha picado de verdad!

Hennessey se colocó delante de la chica para ver mejor y le apartó a Townsend el pelo del cuello, echando un breve vistazo a la marca indicada.

—Eso no es una picadura —les aseguró a las dos chicas—. Sólo es un... moratón. Nada preocupante.

Townsend tuvo la decencia de ruborizarse mientras se volvía a poner la camisa, mascullando:

—Intentas echarte una siesta y se monta la de Dios. —Se alejó a grandes zancadas, metiéndose la camisa por dentro de los pantalones cortos, sin dejar de refunfuñar.


Cuando volvieron al bungalow, todo el mundo se lavó y empezó a dirigirse al comedor para almorzar. Hennessey llamó la atención a Townsend y dijo:

—He pedido que nos traigan aquí la comida. Me gustaría hablar contigo... en privado.

—¿Ahora qué? —preguntó la rubia, desplomándose en el sofá.

—Podemos esperar un poco —dijo Hennessey—. Tú relájate mientras me quito la arena.

Cuando volvió, la chica ya estaba atacando su almuerzo, pues le había mejorado mucho el apetito desde que llegó el fin de semana anterior. Hennessey se sentó a su lado, se preparó un sándwich y le dio un buen bocado.

—Mmm... delicioso.

—Suéltalo, jefa. ¿Qué he hecho ahora?

—Bueno, aunque no te he obligado a desnudarte para registrarte... y a lo mejor debería haberlo hecho —dijo despacio—, no recuerdo haber visto antes esa marca que tienes en el cuello. Me gustaría saber quién te la ha hecho.

Entornando los ojos, la rubia soltó:

—¿Por qué? ¿Para que te haga otra a ti?

—No, gracias. No tengo que demostrarle a la gente que alguien me encuentra suficientemente deseable para besarme. Prefiero que mi vida privada sea privada.

—No tengo por qué decirte con quién me enrollo. He leído esa ridícula lista de normas y no dice nada sobre eso.

—No, pero sí dice que está prohibido que una campista acose o maltrate a otra campista en modo alguno. Quiero asegurarme de que no estás obligando a otra de las chicas a hacer algo para lo que no está preparada.

Townsend se quedó como si le hubieran dado una bofetada.

—¿Me estás acusando de abusar sexualmente de una de esas mocosas? —Se levantó de un salto y su almuerzo cayó al suelo—. Anda y que te follen, Hennessey. ¡Yo no tengo que obligar a nadie a que se enrolle conmigo!

Corrió a su cuarto, llorando tan fuerte que parecía histérica. Hennessey salió disparada tras ella y se sentó a los pies de la cama, alargando la mano para tocarle la pierna suavemente. Townsend la encogió de golpe y luego soltó una patada, tirando a la mujer más alta al suelo.

—¡Sal de mi habitación o les diré que lo has hecho tú!

Hennessey se quedó sentada un momento en el suelo, sin saber qué hacer. No quería perturbar a la chica más de lo que ya lo había hecho, pero se sentía obligada a descubrir con quién había estado Townsend, sobre todo si se trataba de una chica más joven. Empezó a levantarse, pero su mano entró en contacto con una botella fresca de cristal. Sacándola de debajo de la cama, sacudió la cabeza al ver la etiqueta.

—Ésta es la peor ginebra que existe. Ni siquiera mi madre se bebería esto. —Se detuvo y luego dijo—: Bueno, ella sí, pero no alguien que todavía tuviera intactas las paredes del estómago. ¿Cómo es posible que te rebajes a beber una cosa así? ¡Maldita sea, Townsend! —Se puso en pie y de repente cayó en la cuenta—. Quítate la camisa.

—¿Qué?

—Que te quites la camisa. —Hennessey se había puesto totalmente profesional, sin el menor asomo de humor en su expresión. Despacio, Townsend obedeció, tapándose los pechos con la camisa—. Déjame ver, Townsend. O me lo enseñas a mí o se lo enseñas al médico.

Bajó la camisa y Hennessey la miró un momento y luego cerró los ojos. Había notado otras marcas en el cuerpo de la chica cuando estaba en el muelle, pero en ese momento no se había fijado mucho, tratando de respetar su intimidad.

—¿Quién te ha hecho esto? —Su tono era tranquilo y bajo, pero en ella ardía una rabia evidente.

—Nadie que tú conozcas —dijo la chica con tono apagado.

—¿Ese tipo te ha violado?

—¿Cómo sabes que ha sido un hombre? A muchas chicas les gusta en plan duro.

—Tienes desgarrada la piel del pezón, Townsend. Eso no te lo ha hecho ninguna de las chicas que hay aquí. Por favor, dímelo. —Alargó la mano y le tocó el hombro, agarrándoselo ligeramente—. Por favor.

La chica contempló el suelo y por fin dijo:

—Uno de los tipos que trae la colada.

—¿Te ha violado? —La mirada de Hennessey era impávida, penetrante.

—No. Dijo... dijo que me compraría una botella de cuarto todas las semanas si yo... ya sabes.

—No, no lo sé. Dímelo.

Los feroces ojos azules se clavaron en ella y Townsend se oyó a sí misma contándolo todo.

—Lo paré en la puerta. Tenía una pinta un poco... asquerosa. Los tíos así siempre vienen bien para conseguir una botella. Me dijo que me traería suministros si le hacía una mamada.

Hennessey soltó un suspiro y luego dijo:

—A lo mejor tú lo haces distinto de como lo hacemos en el sur, pero ¿cómo es posible que un hombre te arranque casi el pezón de un mordisco mientras se la estás chupando? La geometría no funciona, Townsend. Ahora, por favor, dime la verdad.

—Te estoy diciendo la verdad. Tuve que dejar que me magreara para que se pusiera cachondo —dijo—. Se podría pensar que estar con una menor sería suficiente... pero no, tuvo que chuparme y morderme durante diez minutos en la cabina de su furgoneta. Cabrón asqueroso. ¿Qué clase de tío no consigue empalmarse sin hacer gritar a una chica?

Hennessey se levantó y le devolvió la camisa a Townsend.

—Vístete. Vamos a ir a ver a MaryAnn.

—¡Por fin! Mi billete para salir de este antro.

—Para nada. Vamos a poner a ese hombre de patitas en la calle y luego vamos a llamar a la policía y con suerte, hacer que lo arresten. Después, vamos a llamar a tus padres y luego tú y yo iremos al médico para que te pongan la vacuna del tétanos y te hagan un reconocimiento ginecológico, porque todavía no sé si creer que no te violó. —Se plantó ante la chica y vio la expresión de vergüenza que se le cruzó por la cara, sustituida rápidamente por su habitual ceño—. ¿Qué, te diviertes? —preguntó Hennessey, sin el menor rastro de humor en el tono.


No consiguieron localizar a la señora Bartley, y después de que Townsend se lo rogara casi de rodillas, acordaron volver a intentarlo al día siguiente en lugar de avisar al padre de Townsend. Había sido un día largo y agotador para todas las implicadas y las dos jóvenes estaban listas para acostarse hacia las nueve. Hennessey se sentó en el borde de la cama de Townsend, mirándola con total compasión.

—He estado hablando con MaryAnn mientras tú declarabas ante la policía. Las dos creemos que necesitas más ayuda de la que podemos darte. He encontrado una reunión de AA aquí en la isla enfocada principalmente a adolescentes alcohólicos. Tú y yo vamos a asistir a la reunión mañana por la noche.

—No puedes obligarme a hacer eso, Hennessey —dijo la joven, echando chispas por los ojos.

—Bueno, no puedo llevarte a la fuerza y atarte a la silla, pero te voy a quitar todos los privilegios hasta que aceptes ir. Se acabó la televisión, se acabaron los MP3, se acabaron los CD y se acabó Internet. Te puedes quedar sentada en esta habitación tú sola todas las noches o puedes ir a la reunión. Incluso te compraré un helado cuando se acabe.

—No me hagas favores —bufó.

—Vale, pues me compraré un helado para mí. Nos vamos después de cenar.


Localizaron a la señora Bartley en París a la mañana siguiente y la mujer, aunque preocupada, no mostró la menor sorpresa.

—Creo que deberían dejar que Townsend decida si quiere denunciar a ese hombre —decidió—. Lo que parece es que fue ella la que lo sedujo.

MaryAnn parpadeó despacio, evidentemente sorprendida.

—Bueno, estoy de acuerdo con eso, pero sigue siendo un delito grave, señora Bartley. No creo que le corresponda a Townsend decidir si sigue adelante con ello. Se ha dado parte a la policía.

—Oh, por supuesto que lo decide ella. Si le dicen al fiscal del distrito que no va a testificar, no tienen caso. Ya hemos pasado por esto. No hay manera de obligarla a hacer algo que no quiere hacer.

Tras deliberar con Townsend, la joven decidió que no quería testificar contra el repartidor. Hennessey pensó que hacía muy mal, pero no pudo convencerla. El hombre había perdido su empleo con la lavandería, pero Hennessey sabía que lo más probable era que abusara de otra niña, y se le revolvía el estómago de pensar que la decisión de Townsend le iba a permitir hacerlo.


Las dos primeras semanas de reuniones de AA fueron un infierno. Hennessey maldijo por dentro el nombre de Townsend más veces de las que podía contar, pero a base de coacción pura logró que asistiera a catorce reuniones seguidas. Al volver a casa en la furgoneta de la academia después de la decimocuarta reunión, Townsend miró con curiosidad a la supervisora de casa y preguntó:

—¿Por qué asistes conmigo? ¿No podría traerme algún empleado?

—Sí. Pero no confío en que te quedes. No has demostrado ser muy fiable, Townsend. Quiero asegurarme de que asistes y, ya que tú vas, yo también puedo aprovechar para ir.

—¿Pero qué sacas tú de ello? ¿Por qué no esperas en el coche o te vas a tomar una taza de ese té que te pasas la vida bebiendo?

—Ya no voy mucho a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero me ayudan a recordarme a mí misma que es una enfermedad y a ver el enorme esfuerzo que hace la gente para escapar de ella. Me hace comprender mejor a los alcohólicos que hay en mi vida.

—¿Más que tu madre? —preguntó con cierta inseguridad.

—Sí. Mi padre también. —Hennessey no dijo nada más, y emitía unas vibraciones que llevaron a Townsend a pensar que no quería seguir revelando sus secretos.

—Supongo que tienes que añadirme a mí también a la lista, ¿eh?

Sorprendida al oír a Townsend referirse a sí misma como alcohólica por primera vez, la mujer de más edad sonrió, mirando un momento a su pasajera.

—Sí. Tú eres mi preocupación inmediata.


La semana siguiente fue mucho mejor. Las historias que Townsend elegía escribir no eran lascivas ni obscenas, y Hennessey se alegró de ver que estaba empezando a demostrar parte de su talento creativo.

El sábado por la noche se dirigían a la academia cuando Hennessey preguntó:

—Oye, ¿te gustaría ir a Harbor Town a tomar café? Hace una noche estupenda y me gustaría estar entre adultos para variar. Me encanta el faro cuando se pone el sol.

—¿Me consideras adulta? Ni siquiera tengo permiso de conducir —dijo Townsend con una sonrisa burlona—. Me pillaron conduciendo sin carné y ahora no me lo puedo sacar hasta que tenga dieciocho años.

—Puede que seas joven, pero tienes un alma vieja —dijo Hennessey con una mezcla a partes iguales de humor y pena, al tiempo que ambas emociones se reflejaban en sus ojos.


Cuando estaban sentadas fuera en un pequeño café cerca del campo de golf de Harbor Town, contemplando los últimos rayos de sol, Townsend tomó un sorbo de café y rompió el silencio.

—Ya que me estoy haciendo pasar por adulta, ¿puedo hacerte una pregunta adulta?

—Claro. Puedes preguntarme lo que quieras. No siempre te diré lo que quieres saber, pero siempre puedes preguntar.

La rubia se echó a reír suavemente, meneando la cabeza.

—Realmente eres una adulta, ¿verdad?

—Sí. Tienes que crecer rápido cuando tus padres son unos niños.

—Ya. Bueno, mm... lo que quería saber era... ¿eres... hetero?

—¿Y por qué quieres saber eso? —Le reían los ojos al llevarse la taza a los labios y mirar a Townsend a través de su largo flequillo oscuro.

—Pura curiosidad. Por ningún motivo en concreto —dijo Townsend—. Es que tú sabes mucho sobre mí y mis... tendencias. Me ha parecido justo conocer las tuyas.

—Bueno, Townsend, normalmente no respondería a esa pregunta, pero tienes razón. Sé más de ti que de la mayoría de mis parientes... así que te lo digo. —Dejó la taza en la mesa y ladeó la cabeza—. Soy... una casta... y célibe... heterosexual... es decir, que yo sepa.

—¿Cómo dices?

—Ya me has oído —dijo, sonriendo amablemente—. Nunca he tenido relaciones sexuales con nadie, así que supongo que no puedo decir con total certeza que sea hetero, pero me atraen más los hombres que las mujeres.

—¿Nunca... jamás... te has acostado con nadie?

—Mmm... creo que lo recordaría —dijo con humor—. No, por decisión propia, nunca lo he hecho.

—¿Por qué?

—Unas cuantas razones muy sencillas —dijo, enumerándolas con los dedos—. Uno, mi madre se quedó embarazada cuando tenía catorce años y juré sobre una pila de biblias que eso jamás me ocurriría a mí. Dos, la abstinencia es el mejor método anticonceptivo y garantía de que no te vas a pillar una enfermedad de transmisión sexual. Tres, no voy a acabar casada con alguien de Beaufort. Es un pueblo precioso, pero yo tengo mucha historia detrás. Nadie que merezca la pena saldría ni muerto y mucho menos se casaría con una Boudreaux, y no me voy a casar con alguien que no sea mi igual, al menos intelectualmente. Simplemente me pareció que la mejor manera de asegurarme de que no me enamoraba de un palurdo del pueblo era si no salía nunca con ninguno de ellos.

—Tú... una mujer tan despampanante como tú... ¿y no has salido nunca con nadie?

—No. Los chicos del barrio pensaban que era una zorra creída y los chicos pijos pensaban que era basura blanca que sólo servía para un revolcón rápido. No estoy dispuesta a entregar mi cuerpo a alguien que no se lo merezca... ¡y no hay más que hablar!

—Pe... ¿pero cómo te las arreglas con la... necesidad? Porque tendrás necesidades, ¿no?

—Todo el mundo tiene necesidades, Townsend, y no vamos a hablar de cómo me las arreglo yo con las mías. Eso es terreno tuyo. Seguro que tu próximo trabajo será un estudio en profundidad sobre tus costumbres masturbatorias.

—¡Ajá! ¡Así que te masturbas!

—He dicho que lo haces tú —dijo Hennessey, pellizcándole la nariz—. Es decir, cuando no estás ocupada ligándote a desconocidas en los bares.

Sus palabras eran en broma y su sonrisa amable, pero las palabras de Hennessey atravesaron a la mujer más joven como un escalpelo. El dolor se le notó claramente en la cara y Hennessey le cogió la mano.

—Oye, lo siento. ¿He herido tus sentimientos?

Mordiéndose el labio, Townsend asintió rápidamente al tiempo que se le saltaban las lágrimas.

Apretándole la mano entre las suyas, Hennessey intentó consolarla:

—Perdona, preciosa. Sólo te estaba tomando el pelo.

—Ya lo sé —dijo sorbiendo—. Es que... me pongo enferma de pensar que hice eso. Nunca lo habría hecho si no hubiera estado borracha. —Apoyó la cabeza en la mesa y se echó a llorar—. Mira que soy puta, Hennessey. Ninguna mujer decente me querrá jamás. He hecho todo lo que se puede hacer. No me queda ni una sola parte virgen.

Acariciándole la espalda, Hennessey se arrimó a ella y le susurró al oído:

—¿Alguna vez has estado enamorada de verdad?

—N... no. Nunca.

—Estonces algún día tendrás algo muy, muy especial que compartir con alguien, Townsend. Podrás entregar tu corazón a la mujer de la que te enamores.


Las cosas llevaban un tiempo demasiado tranquilas y Hennessey sabía que eso sólo indicaba que iba a haber problemas. Estaban a mediados de julio y Townsend no se había metido en ningún lío desde hacía casi dos semanas, lo cual quería decir que ya le tocaba. Al volver de su reunión de AA, Townsend dijo que iba a ir al bungalow de recreo a navegar por Internet, pero cuando Hennessey se pasó por allí, sólo vio a cuatro de sus chicas: faltaban Townsend y Devlin.

Devlin la había desconcertado desde el principio. La joven era un poco rara y un poco protestona, pero por lo demás no le había causado el menor problema a Hennessey. Estaba en el programa de pintura, de modo que Hennessey no tenía mucho contacto con ella salvo en el bungalow, y cuando estaba en casa generalmente estaba en su cuarto dibujando. Que Hennessey supiera, Townsend y ella apenas se trataban... pero su desaparición simultánea le daba que pensar.

Comprobó los sitios habituales, pero de las dos jóvenes no había ni rastro. Sólo eran las nueve y, dado que era la noche del sábado, no tenían toque de queda. Bastantes chicas se quedaban en el bungalow de recreo hasta medianoche o la una, viendo vídeos y comportándose como las típicas adolescentes. Pero sentía suficiente inquietud para no descansar hasta que encontrara a este par.

Mirando por todo el centro, su preocupación fue en aumento hasta que estuvo a punto de llamar a seguridad para que la ayudaran en su búsqueda. Cuando volvía a su bungalow, vio algo que se movía en el muelle de las barcas. La vieja lancha motora rara vez se usaba, pero estaba guardaba bajo llave, para evitar que alguna campista se hiciera daño. De repente, el viejo motor se puso en marcha tosiendo y escupiendo fuego. Hennessey echó a correr lo más deprisa que le permitía la arena. Cuando llegó al embarcadero, lo único que vio a la luz de la luna llena fue la mochila de Townsend, evidentemente abandonada por las prisas. La cogió y la registró y encontró un juego de herramientas dentro de un estuche de cuero fino. ¡Pero bueno! Había leído suficientes novelas policíacas para saber qué era lo que tenía en las manos: un juego de herramientas de robo, con limas, una palanca y una ganzúa.


Las chicas no sabían que las habían visto mientras escapaban, y Hennessey se sentó al final del embarcadero y mató el rato pensando en castigos apropiados para este par. Descartando el potro de torturas, el azote, el látigo y la muñeca de hierro, decidió desterrarlas a las dos del bungalow de recreo durante una semana. Ésa era una sentencia bastante dura —sobre todo para Townsend, que era adicta a Internet— pero salir al océano de noche era un delito muy grave y estaba absolutamente decidida a hacérselo pagar.

Cuando la lancha volvió traqueteando una hora más tarde, se quedó sorprendida al ver a Devlin llorando y a Townsend mirando furibunda a la chica más joven.

—¡Es culpa suya! —exclamó Devlin—. Ella me convenció para que nos fuéramos, ha sido todo idea suya y luego me... me... ¡me ha intentado violar!

—Oh, no seas cría —rezongó Townsend—. Tú también querías rollo. Sólo he intentado ir un poquito más allá de lo que tú querías y de repente, soy una violadora. ¡Eres una niñata llorica!

—¡Y tú eres una bollera violadora! —Devlin salió de la lancha de un salto y echó a correr por la arena, llorando tan fuerte que se la oía por encima del rugido de las olas.

—Vámonos —gruñó Hennessey, agarrando la mochila de Townsend. Avanzó a grandes zancadas por la arena, negándose a responder a las continuas preguntas de Townsend. Cuando llegaron al bungalow, soltó un suspiro de alivio al ver que todavía no habían vuelto las demás chicas y luego puso manos a la obra. Mientras Townsend se quedaba a un lado sin decir palabra, le registró la habitación entera centímetro a centímetro. Examinó cada objeto de la habitación, hasta el punto de sacar los tampones de Townsend de la caja y comprobar que todos y cada uno de ellos seguían cerrados.

El registro duró más de una hora y cuando terminó, había descubierto medio litro de vodka —al menos de una marca buena— y un frasco de OxyContin, un potente narcótico recetado para la señora Bartley. Cogiendo las drogas, el alcohol y las herramientas de robo, salió de la habitación, dejando a Townsend pasmada en medio del desorden, con las mejillas bañadas en lágrimas.

Una hora de conversación con Devlin reveló que, en realidad, sí que había querido escabullirse con Townsend. Reconoció que también había querido que la besara, pero que Townsend le había desabrochado el sujetador y por eso se había asustado. Hennessey tenía la impresión de que Devlin tenía miedo de que se corriera la voz de que había aceptado lo de los besos, de modo que había intentando contrarrestarlo con la acusación exagerada de violación. La chica por fin se calmó hasta tal punto que aceptó resolver el asunto en privado y prometió pedirle disculpas a Townsend por haberse pasado tanto.

Cuando Hennessey salió del cuarto de Devlin, Townsend, muy contrita, estaba sentada en el suelo del pasillo delante de la habitación de Hennessey.

—¿Puedo hablar contigo? —preguntó, con voz temblorosa.

—No. —Hennessey sacó su llave y abrió la puerta, pasando por encima de la joven para entrar—. Esta noche no me apetece, Townsend. Necesito espacio para evitar decir algo que lamentaría. —Con eso, cerró la puerta, echando el pestillo con brusquedad.


A la mañana siguiente, Hennessey encontró una nota manuscrita que habían metido por debajo de su puerta. La abrió y leyó:

Lo siento. Creo que nunca he dicho esas palabras en serio, pero esta vez las digo en serio. He traicionado tu confianza, que es algo que nadie me ha dado nunca. Siento muchísimo haberla destruído, Hennessey. No sé cómo compensarte, pero por favor, por favor, dame una oportunidad.

Necesito estar aquí, necesito seguir en AA, necesito estar lejos de mis amigos de casa para seguir sobria. Por favor, por favor, no me mandes a casa ahora. Te lo ruego, por mi vida.

Townsend

Hennessey leyó la nota tres veces, luego fue a la puerta de la joven y llamó suavemente. Hailey ya se había levantado y se había ido, probablemente para escapar del caos que seguía reinando en la habitación. Por alguna extraña razón, Townsend había dormido en el colchón sobre el suelo, con el contenido de sus maletas esparcido a su alrededor.

Arrodillándose y luego sentándose sobre las pantorrillas, Hennessey alargó la mano y acarició el pelo de Townsend, observando cómo la luz de la mañana iluminaba los mechones, haciéndolos relucir como oro batido.

—Townsend —susurró.

Los ojos soñolientos se abrieron parpadeando e inmediatamente se llenaron de lágrimas.

—No me obligues a marcharme —sollozó, rodeando la cintura de Hennessey con los brazos y apoyando la cabeza en su regazo.

—Eh... eh... no te voy a obligar a marcharte, preciosa. Te lo dije al principio y lo decía en serio. Nos tenemos que aguantar durante otro mes y medio. Vamos a sacarle el mejor partido que podamos, ¿vale?

Mirándola con las mejillas bañadas en lágrimas, preguntó:

—¿No tengo que marcharme?

—No, claro que no. Pero no puedes usar el bungalow de recreo durante una semana.

—¿Una semana entera?

—Siete días, colega. Devlin y tú. Empezando hoy mismo. Ahora vamos a recoger esta habitación. Hailey tiene que haber pensado que ha pasado un huracán.

—Yo lo pensé —dijo Townsend con tono apagado.

—Siento haberme puesto tan furiosa —dijo Hennessey—. Sé que tendrás recaídas... todo el mundo las tiene. Pero me puse como una furia al encontrar el alcohol y las pastillas. Me sentí como si me hubieras estado mintiendo todo el tiempo. Me ha dolido, Townsend. Vas a tener que hablar de tu recaída con tu grupo de AA. También tendrás que devolver tu ficha de los treinta días —dijo, mostrando cierta tristeza.

—No he estado mintiendo —dijo suavemente—. El frasco sigue sellado y puedes contar las pastillas. El número que indica el frasco es la cantidad justa que hay dentro. Es que las necesitaba como... seguridad —murmuró.

Hennessey le cogió la barbilla y la miró a los ojos enrojecidos.

—No, no las necesitas. Tienes toda la seguridad que necesitas aquí dentro. —Dio un golpecito con el dedo en la cabeza rubia—. Y aquí. —Con delicadeza, tocó la piel que cubría el corazón de la mujer más baja—. Puedes hacerlo, Townsend. No hay nada en el mundo que puedas hacer teniendo alcohol en tu habitación, salvo hundirte más en tu enfermedad. Eso sólo garantiza que no te mantendrás sobria cuando las cosas se pongan difíciles.

—Me siento tan... sola sin ello —susurró—. Lo he estado pensando toda la noche, Hennessey. Cuando las cosas se ponían difíciles de verdad, siempre podía decirme a mí misma que si se ponían peor, podía beber una copa. ¿Qué tengo ahora?

—Tienes la fuerza de tu propio espíritu... y mi apoyo total —juró Hennessey, dándole un abrazo a la mujer más baja que a Townsend le llegó a lo más profundo del alma.


Esa noche, al volver a casa tras la reunión de AA, Townsend preguntó:

—Sabes, en todo este tiempo, nunca te he preguntado qué vas a hacer cuando termine el campamento. Supongo que irás a la universidad, ¿no?

—Sí. Ya lo creo.

—¿Dónde vas a ir?

—A Boston... bueno, a Cambridge, para ser exactos.

—¡No me digas! ¿Vas a ir a Harvard?

—No te sorprendas tanto, preciosa. Detrás de este lento acento sureño hay un cerebro bien despierto.

—Oh, no me refería a eso y lo sabes. Es que no te imagino en Nueva Inglaterra. Eres tan sureña. Pero, aparte de eso, ¡no puedo creer que vayas a estar en mi ciudad! —Se le puso expresión triste al decir—: Claro, que yo estoy allí unas dos semanas al año.

—¿Dónde está tu colegio?

—En Vermont. Acabé saliendo de Massachusetts al terminar octavo. Cómo me cabrea que todos esos colegios se intercambien cotilleos.

—¿Quieres volver a Boston?

—¡Claro que sí! ¡Me encanta Boston! Vermont sólo tiene una cosa buena: el jarabe de arce.

—Pues conviértelo en una meta. Impresiona a la gente de tu colegio actual para que te pongan buenas notas y puedas ir a la universidad en Boston. El cotilleo funciona en ambos sentidos, ¿sabes?

—Mmm... no estoy acostumbrada a esa idea —rió Townsend entre dientes—. Además, mis padres tendrían que donar una docena de edificios nuevos para que Harvard me admitiera.

—Hay otras universidades en Boston, Townsend. Y no, no me refiero al MIT. Vas a tener que proponerte metas realistas. Sabes, mi vida entera se basa en las metas y me han dado la estructura que he necesitado para madurar. Hoy me encuentro donde estoy gracias a las metas que me propuse cuando tenía catorce años.

—Ya, bueno, yo tiendo más a la improvisación. Funciono mejor por libre.

—La vida es algo que te sucede, Townsend. Si no intentas que las cosas salgan como quieres, sólo consigues que el destino te obligue a dar tumbos.

—Lo pensaré seriamente, Hennessey. En cuanto tenga oportunidad. —La expresión de su cara indicaba que esa oportunidad tardaría tiempo en llegar.


El día uno de agosto, Hennessey se plantó ante su clase, con una amplia sonrisa en la cara.

—Por primera vez, los editores de El Pergamino han pedido a nuestra clase que presente trabajos para publicarlos.

—¿Qué es El Pergamino? —preguntó alguien.

—Oh. Creía que lo conocíais. Es la revista que saca la academia para conmemorar los cursos de verano. El Pergamino es para el curso de escritura creativa, La Lira es para el curso de música y La Paleta es para el curso de pintura. Estas revistas tienen una gran tirada y es un gran honor que incluyan vuestro trabajo. Normalmente, las clases más avanzadas son las que publican, pero han decidido que eso no es justo para las demás clases. Así que han pedido que todas presentéis un trabajo breve. No van a publicarlos todos necesariamente... puede que sólo tengan espacio para un solo trabajo nuestro. Puede ser prosa o poesía, lo que prefiráis. Para la prosa hay un límite de quinientas palabras. Como sabéis, eso no es mucho espacio, así que cada palabra tiene que contar. Ahora bien, sé que os dije a principio de curso que podíais trabajar en una de vuestras redacciones y volver a entregarla, pero en cambio podríais plantearos participar en este proyecto. Por supuesto, si no os interesa, tampoco pasa nada. Esto es sólo para las que os interese intentarlo.

—¿Podemos ver uno de los números antiguos?

—Claro. Están en la oficina donde trabaja el personal editorial. Pasaos por allí y buscad en la biblioteca.

—¿Entonces no estamos obligadas a hacer esto? —preguntó Townsend.

—No. No es obligatorio, chicas. Si no tenéis tiempo o no os interesa, no os molestéis. Pero os aseguro que si aceptan vuestro trabajo, estaréis en una de las clases más avanzadas si volvéis el año que viene.

—¿Tú estarás aquí el año que viene, Hennessey? —La voz apagada que había hecho la pregunta era la de Townsend, acompañada de una mirada tímida.

—Espero que sí. Me gustaría volver todos los años hasta que termine la universidad. Esto me encanta —dijo, sonriendo cálidamente.

—A mí también me gusta —se oyó decir Townsend a sí misma, sorprendiendo a todas las presentes... salvo a Hennessey.


—¿Quién quiere montar a caballo hoy? —preguntó Hennessey el primer sábado de agosto.

Seis cabezas asintieron, pues el paseo a caballo del sábado por la mañana se había convertido en una especie de tradición a lo largo del último mes. Emprendieron la marcha, con Hennessey en su inmenso semental, Tobias, que llevaba las alforjas llenas de suministros de emergencia. Avanzaron trotando por la playa, mientras los caballos levantaban la arena al correr por la orilla. Tras pasar un rato corriendo por la orilla, se dirigieron hacia el interior, atravesando el bosque de pinos y árboles de hoja caduca. Ya no quedaba mucha extensión de bosque en la isla, pues la mayoría de los árboles habían sido víctimas de los madereros y luego de los constructores.

A Hennessey le encantaba la parte del camino que iba por el interior, al haber visto cómo se perdía gran parte de la belleza natural del condado de Beaufort en su corta vida. Cuando estaban a medio camino, el caballo de Devlin perdió una herradura. Eso no habría sido mucho problema en la arena, pero el camino irregular y lleno de raíces era demasiado peligroso para que un caballo siguiera adelante sin herraduras.

Townsend se bajó de su montura, una potrilla mansa que respondía muy bien a sus órdenes, y se acercó a Devlin.

—Yo le puedo poner la herradura.

—¿En serio? —preguntó la joven con incredulidad.

—Sí. Monto a caballo desde que estaba en pañales. No hay problema.

Hennessey observó la conversación, pues prefería que las chicas resolvieran las cosas por su cuenta, si era posible. Había visto lo competente que era Townsend con los caballos, de modo que estaba muy tranquila dejando que la joven se ocupara de la tarea.

Townsend metió la mano en las alforjas y sacó una herradura, un martillo y unos cuantos clavos. Se puso a trabajar, mientras algunas chicas la ayudaban a mantener quieto al caballo y las demás mantenían la pezuña bien colocada para recibir la herradura. Todo iba bien, mientras Hennessey se limitaba a observar, hasta que una inofensiva culebra cruzó el sendero. Hailey chilló y el caballo se asustó, pegó una potente coz y mandó por los aires a Townsend, que cayó hecha un guiñapo inmóvil.

Hennessey corrió hasta ella y la examinó antes de moverla un milímetro. Townsend estaba inconsciente y le resbalaba un poco de sangre por el cuello que al parecer le salía de la oreja.

—¡Oh, no, no, no, no! —Levantando la vista, gritó—: Id a buscar ayuda. ¡AHORA!

Tres chicas saltaron a sus caballos y emprendieron la marcha, avanzando todo lo deprisa que les permitía el estrecho sendero.

Las dos chicas que quedaban se quedaron mirando la figura inmóvil de Townsend, y Devlin recuperó la voz para preguntar:

—¿Se va a morir?

—¡Dios, no! Aunque creo que puede tener fractura de cráneo. El maldito caballo la debe de haber alcanzado justo en la cabeza. Coged cualquier cosa que encontréis y si no encontráis nada, quitaos la camisa. Id al mar y mojadlas, luego volved lo más deprisa que podáis. Necesito algo frío para reducir la inflamación.

Ambas chicas cogieron lo que encontraron en las alforjas y luego volvieron corriendo al mar. Con el corazón tan acelerado que le pareció que le iba a estallar, Hennessey hizo lo que pudo, murmurándole a Townsend y prometiéndole que la ayuda estaba en camino.

—Vamos, preciosa, aguanta. Por favor, aguanta. Por favor, Townsend... tú puedes, cariño.

Milagrosamente los ojos verdes se abrieron parpadeando y la joven miró a Hennessey con expresión atontada.

—¿Qué ha pasado?

—Que el caballo te ha dado una coz. No te muevas, tesoro. Me temo que tienes una lesión de cráneo.

—Joder —murmuró—. No me dolía tanto la cabeza desde que dejé de beber. —Mirando a Hennessey, preguntó—: ¿Me voy a poner bien?

—Sí. Absolutamente. Sin la menor duda. Está clarísimo.

—Así de mal, ¿eh? —preguntó, sonriendo débilmente.

—Me temo que tienes una fractura de cráneo. Estás sangrando por la oreja. Eso puede ser malo, cariño.

—Tengo miedo, Hennessey —susurró—. ¿Me... me abrazas?

—Oh, Townsend, me encantaría abrazarte, pero no quiero moverte.

La mirada que le dirigió la rubia le derritió el corazón y Hennessey se echó en el camino, pasando un brazo alrededor de la mujer más menuda y abrazándola lo más estrechamente que se atrevió.

—Te vas a poner bien. Muy bien, tesoro.

—Por primera vez en mi vida tengo algo por lo que vivir —murmuró Townsend—. Y voy y me mato.

—No te vas a morir —susurró Hennessey ferozmente—. Te vas a poner bien.

Townsend se llevó la mano a la cabeza y se palpó la oreja.

—¿Hennessey? —preguntó suavemente, con los ojos desenfocados de nuevo.

—¿Qué, preciosa? ¿Qué pasa?

—Si salgo de ésta, ¿querrás hacerme un favor?

—Sí, sí, lo que sea, Townsend.

—¿Me besarás?

Hennessey se quedó callada un segundo, luego se acercó y susurró:

—Estoy tan segura de que te vas a poner bien que voy a adelantarme. —Se quedó por encima de la mujer herida un momento y luego bajó la cabeza y la besó, poniendo todo su corazón y todas sus esperanzas en el tierno gesto.

Cuando Hennessey se apartó, oyó el rugido de un motor que venía por la arena. El médico cuya consulta estaba justo fuera del centro saltó del vehículo y corrió a examinar a Townsend.

—¿Qué ha pasado?

—Un caballo le ha pegado una coz en la cabeza. No sé dónde la ha alcanzado —dijo Hennessey, consciente de las lágrimas que le atenazaban la voz.

Limpiando la sangre con unas gasas empapadas en alcohol, el médico palpó con los dedos un chichón del tamaño de un huevo que Townsend tenía a un lado de la cabeza, justo detrás de la sien.

—Aquí le ha dado —dijo—. ¿Ha estado inconsciente?

—Sí. Unos cuatro minutos. Y no podía enfocar la vista.

—Parece una conmoción. Nos la llevaremos en cuanto llegue la ambulancia.

—Pero la sangre... la oreja...

—Ah, eso era de la herida que tiene encima de la oreja. No creo para nada que tenga fractura de cráneo. Se va a poner bien.

Soltando un suspiro de alivio, Hennessey preguntó:

—¿Cómo va a llegar la ambulancia hasta aquí?

—Puedo andar con ayuda —dijo Townsend.

—No. Iremos a caballo —dijo Hennessey. Se acercó a su caballo y le quitó la silla rápidamente, luego se subió a un tronco caído y echó una pierna por encima del amplio lomo de Tobias. Llevó al caballo hacia el vehículo todo terreno y preguntó:

—¿Puede ayudarla a subirse al asiento, doctor Flanders?

Él ayudó a Townsend a ponerse en pie y luego la sostuvo mientras ella se subía al asiento. Alargando los brazos, Hennessey la subió a lomos del caballo y luego la apoyó contra su pecho.

—¿Dónde ha quedado con la ambulancia? —preguntó Hennessey.

—Justo donde el sendero del bosque se junta con la carretera —dijo el médico.

—Estaremos ahí dentro de nada. ¿Quiere llamarlos y decirles que vamos de camino? Ah, y que una de las chicas venga a recoger a mi caballo. Lo dejaré atado a un árbol.

Sujetando a Townsend con fuerza, Hennessey arreó a Tobias, haciendo que avanzara a un paso muy lento y suave.

—¿Vas bien? ¿Te molesta el movimiento?

—Estoy bien. —Tras una pausa, preguntó—: Ese médico no me dejaría ir a caballo si me fuera a morir, ¿verdad?

Riendo suavemente, Hennessey dijo:

—No creo. Me parece que vas a estar como una rosa.

—Gracias, Hennessey —dijo suavemente, acurrucándose contra ella—. Gracias por todo.


PARTE 3


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