18



Townsend se soltó de los brazos de Nicole y dio unas palmaditas tranquilizadoras a su amante al tiempo que alcanzaba el teléfono.

—¿Diga?

—Hola, soy yo —dijo Hennessey—. ¿Te molesto?

—Qué... ah, mm... estábamos... echando una siesta —dijo, refiriéndose al estado de semicoma que se habían provocado Nicole y ella esa tarde—. Espera que vaya al cuarto de estar. —Parpadeó varias veces, intentando orientarse—. ¿Ya has vuelto?

—Sí, estoy en mi bungalow.

—¡Genial! ¡Cómo me alegro de que hayas vuelto! Pero te llamo dentro de un momento, ¿vale? Tengo que hacer pis.

—Muy bien. Aquí estaré. —Sin decir nada más, Hennessey colgó.

Townsend tardó unos minutos en despejarse la cabeza y para cuando llegó al teléfono del cuarto de estar, tenía el corazón desbocado. Marcando el número de la memoria, esperó a que Hennessey contestara y luego preguntó bruscamente:

—¿Qué te pasa?

Con un breve gruñido que pretendía ser una carcajada, Hennessey preguntó:

—¿Cómo sabes que me pasa algo?

—Porque te conozco, larga. Te pasa algo... algo muy serio.

—No puedo negártelo —reconoció la morena—. Me pasa algo. Las cosas no están saliendo como creía que iban a salir. Kate... Kate no va a ir a Charleston. De hecho, no va a ir a ninguna parte.

—¡¿Qué?!

—Eso es justo lo que dije yo cuando me lo dijo —dijo Hennessey con una carcajada irónica—. No sé ni por qué me río. No tiene la menor gracia.

—¡Hennessey, dime qué está pasando!

—No lo sé muy bien —contestó Hennessey—. Lo único que sé es que Kate ha decidido que no soporta ser psiquiatra.

—¡¿Qué?!

—Esta conversación se parece mucho a la que tuvimos Kate y yo. Yo también estuve gritando "¿Qué?" cada dos segundos cuando me lo dijo.

—¡Pero bueno, Hennessey, no puede mangonearte de esta manera!

Hubo un breve silencio y luego Hennessey dijo:

—Ya sé que estás de mi parte, pero intenta comprender a Kate. Esto es muy duro para ella.

—Lo siento —dijo Townsend inmediatamente—. No debería meterme donde no me llaman.

—No, ése no es el problema. Es que... estoy molesta y de mal humor.

—¿Kate todavía quiere ser médico?

—Sí. Al menos creo que sí. Es que sabe que no puede ser psiquiatra. Dice que lo ha intentado de verdad, pero que lo detesta.

—¿Y tú lo sabías?

—No, en realidad no. Es decir, sabía que la psiquiatría no era su primera opción, pero no sabía que lo odiara. Estoy averiguando que Kate se guarda las cosas hasta que toma una decisión en firme. Me cabrea, pero no creo que pueda cambiarla.

—¿Y qué vais a hacer?

—Bueno, no puede solicitar otra residencia hasta el año que viene, así que vamos a vivir aquí en Hilton Head hasta que vuelva a intentarlo. Creo que va a parecer una lunática para cuando por fin se decida por una especialidad, pero supongo que tendremos que vivir con ello.

—Oh, Hennessey, cuánto siento que te estén saliendo tan mal las cosas.

—Bueno, no tan mal. Al menos estoy donde quiero estar, haciendo lo que quiero hacer. Supongo que tendré que dejar mi vida en suspenso un año más, con la esperanza de que Palmetto le dé otra oportunidad a Kate después de que lo haya rechazado una vez.

—Pues qué mal, Hennessey. Siento muchísimo que le esté costando tanto decidirse.

—Y yo. Pero no puedo hacer nada. Ahora cuéntame qué tal te va el verano. Quiero oír buenas noticias, colega.

—Creo que las cosas van bien. Nicole me gusta mucho y creo que le importo tanto como ella a mí.

—¿Crees que está preparada para trasladarse aquí?

—No, todavía no está preparada para eso. Quiere pasar un tiempo conociendo la zona y decidiendo si cuenta con suficientes oportunidades culturales para ser feliz aquí.

—¿No podría haberlo hecho en estas últimas seis semanas?

Townsend se echó a reír.

—Podría si yo la hubiera dejado salir de casa. Hacía mucho tiempo, larga. Muuuuucho tiempo.

Hennessey se unió a las risas de su amiga, añadiendo:

—Me alegro de que consiga que te den ganas de quedarte en casa, colega.

—Ah, ya lo creo que nos quedamos en casa. ¡He perdido más de cuatro kilos en seis semanas! Casi nunca cenamos y...

—Demasiada información —interrumpió Hennessey—. Vosotras seguid en posición horizontal como dos tórtolas. Kate y yo vamos a pasar el resto del verano explorando Carolina del Sur. Ya que ninguna de las dos está trabajando, es la ocasión perfecta para que la convenza de las virtudes de mi estado. De hecho, mañana vamos a Beaufort a pasar unos días con mi familia. Voy a intentar que las visitas sean cortas para que todo el mundo se acostumbre poco a poco.

—Que os divirtáis, larga. Sé que tú puedes convencer a Kate de que Carolina del Sur es el mejor lugar del mundo. Si necesitas ayuda, estoy dispuesta a echarte una mano. Creo que me gusta tanto como a ti.

—Gracias por ofrecerte, T. Creo que vamos a ir de acampada por las playas y bajaremos despacio hacia Florida. Kate quiere llevarme a Disney World.

—¿No eres un poco mayor para eso? —bromeó Townsend.

—Nunca he estado, y no voy para joven, así que me parece que hay que aprovechar. Te llamaré cuando volvamos, ¿vale?

—Más te vale, larga. Cuídate.

—Sí. Y tú deja que a Nicole le dé un poco el aire de vez en cuando, pendón.

—Si ahora te parezco un pendón, es que tienes mala memoria, Hennessey —dijo Townsend, riendo.


—Bienvenida de nuevo —dijo Townsend en cuanto vio la cabeza morena que se había asomado a la oficina.

—Me alegro de haber vuelto —contestó Hennessey—. La mayoría de la gente mataría por tener unas vacaciones de seis semanas, pero yo me moría por volver a casa al cabo de dos.

—¿Os habéis divertido en el viaje por la costa?

—Sí. En su mayor parte ha sido muy divertido, pero la visita a mis abuelos no fue muy bien.

—¿Por qué no?

—No ocurrió nada grave —reconoció Hennessey—, pero no creo que Kate llegue a sentir nunca aprecio por mi abuelos... o por mi padre.

—¿Qué tiene de malo tu padre? —preguntó Townsend bruscamente.

Hennessey sonrió.

—Me encanta cómo defiendes a mi familia.

Con una leve sonrisa, Townsend dijo:

—Merecen que se los defienda. Tienen sus defectos, pero lo han hecho lo mejor que han podido, Hennessey.

—Ya sabes que yo estoy de acuerdo contigo, pero Kate piensa que papá se gasta en alcohol el dinero que envío. —Hennessey se encogió de hombros—. Probablemente tiene razón. Piensa que debería pagarles algunas de las facturas directamente, en lugar de darle a él un cheque.

—Seguro que te lo has planteado —dijo Townsend—. ¿Por qué decidiste hacerlo como lo haces?

—Porque es mi padre —dijo Hennessey—. Sé que es alcohólico y sé que a menudo es un irresponsable, pero es mi padre. No puedo quitarle el poco orgullo que le queda. Tendría que decirle que no creo que sea capaz de arreglárselas con el dinero, y eso le partiría el corazón.

—Lo comprendo, Hennessey. En serio.

—Gracias —dijo la mujer de más edad—. Puede que le esté dando alas al darle el dinero, pero en su caso, creo que para él sería peor saber que no me fío de él. Hago lo que puedo.

—Ya lo sé.

Hennessey se estremeció y sacudió la cabeza.

—Me pone nerviosa hablar de esto. Cuéntame qué tal con Nicole.

—Hemos pasado un verano estupendo —dijo Townsend, sonriendo alegremente—. Hemos hecho excursiones por toda la región. Hemos ido a Atlanta, Savannah, Winston-Salem, Charleston... prácticamente todos los sitios que se me han ocurrido para hacerle saborear el sur.

—¿Y le ha gustado?

—Sí, creo que sí, pero de lo que sí que estoy segura es de que le gusto yo. Eso es lo que importa —añadió Townsend, meneando las cejas.

—¿Entonces por qué no se ha quedado? Creía que ése era el objetivo.

—Sí, eso era parte del motivo, pero a ella le gusta mucho el trabajo que tiene en Boston y su familia está allí. Tiene sobrinos pequeños a los que adora y detesta la idea de dejarlos. Creo que quiere ir despacio para asegurarse de que no nos estamos equivocando. A mí no me importa —aseguró Townsend—. Quiero que esté segura antes de que renuncie a gran parte de su vida por mí.

—Eso debe de estar bien —dijo Hennessey, con cierta expresión de tristeza.


—Oye, Townsend. —La voz de Hennessey interrumpió la quietud de la oficina y Townsend se sobresaltó al oírla.

—¿Sí?

—¿Qué vas a hacer en Acción de Gracias?

—Voy a ir a Boston. ¿Por qué lo preguntas?

—No sabía si lo ibas a hacer. Si no, se me había ocurrido que vinieras a mi casa conmigo.

Townsend miró sorprendida a su amiga.

—Qué... sorpresa.

—¿Sorpresa?

—Pues sí. —Townsend se levantó y rodeó su mesa para sentarse en la esquina de la de Hennessey—. No... no he sacado el tema, pero una de dos. O estás harta de mí, o a Kate no le hago gracia. Y creo que sé cuál es la respuesta correcta.

Hennessey se echó hacia delante y apoyó la cabeza sobre los puños, colocados uno encima de otro. Era una postura que Townsend había visto cientos de veces, y cada vez que la veía, se imaginaba a su amiga de niña. El ángulo de la cabeza hacía que el pelo oscuro se le metiera en los ojos y tenía un aire tan serio y pensativo que a Townsend le daban ganas de darle un beso en la coronilla. Esta vez no controló el impulso y cuando se apartó, Hennessey la miró.

—¿Y eso?

—Por estar adorable. —Se encogió de hombros—. No me he podido contener.

Sonriendo ampliamente a su amiga, Hennessey dijo:

—No es que no le hagas gracia a Kate, Townsend. Se la haces. Es que... no le hacemos gracia nosotras.

—¿Nosotras?

—Sí. Se siente de más cuando estamos juntas. Tú y yo hablamos con un código que ella no comprende y se siente dejada de lado.

—¿Entonces cómo pensabas conseguir que fuera a Beaufort con vosotras dos?

Hennessey hizo una mueca y dijo:

—Prefiero que Kate se enfade un poco conmigo a que pases Acción de Gracias sola.

Townsend pasó una mano por el espeso pelo de Hennessey.

—Eres un encanto, pero no voy a estar sola para nada. Echo muchísimo de menos a Nicole y tenemos planeado pasar la mayor parte de las fiestas juntas. Quiero recordarle lo que se ha dejado en Carolina del Sur.

—Ooh... qué divertido.

—Me parece que sí que lo va a ser —asintió Townsend.

Se levantó y volvió a su mesa y entonces oyó que Hennessey preguntaba en voz baja:

—¿Te molesta que ya no nos veamos fuera del trabajo?

—Claro que me molesta, pero estoy muy ocupada. La tirana, Nicole, me ha arrastrado, chillando y pataleando, hasta el capítulo veintidós de mi novela. Jamás podría haber escrito tanto si me pasara todas las tardes contigo. Así que me estás haciendo un favor al pasar de mí. —La rubia le sacó la lengua a su amiga, pero se dio cuenta de inmediato de que el gesto no le hacía gracia.

—Yo nunca pasaría de ti, Townsend. No lo digas ni en broma. La única razón por la que dejo que Kate dicte nuestra vida social es porque tengo la esperanza de que llegue a quererte si no fuerzo el tema.

—Quererme tal vez sea mucho esperar —dijo Townsend, sonriendo a su amiga con cariño—. Dejémoslo en caerle bien.

—Como ya te he dicho, le caes muy bien, pero lo que no le cae bien somos nosotras.


—Hola, guapa, ¿qué tal las vacaciones?

Hennessey dejó la mochila y cruzó la estancia para darle un beso a Townsend en la mejilla.

—Antes de empezar, quiero que me cuentes qué tal tu Acción de Gracias. Lo mío va para largo.

Townsend pasó la mano por los oscuros mechones de pelo que habían caído hacia delante al inclinarse Hennessey.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí. Estoy bien. Es que tengo una cosa muy larga que contarte. Así que... desembucha. ¿Qué tal tu estancia con Nicole?

—Bien. Muy bien, la verdad. Pasó unos días en casa de mis padres y yo fui a Sconset para conocer a su familia. Lo pasamos estupendamente juntas y parece que tanto su familia como la mía dan su aprobación.

—¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Bueno, pasamos mucho tiempo juntas y creo que mis encantos surtieron el efecto deseado. —Townsend sonrió contenta al añadir—: Quiere que pasemos el verano juntas, y si las cosas salen tan bien como creemos, dejará su trabajo y se vendrá a vivir aquí.

—¡Estupendo! ¡Cuánto me alegro de que haya aceptado venirse aquí!

—Bueno, no corramos tanto. Ha aceptado intentarlo.

—Está cantado —dijo Hennessey, con una sonrisa radiante—. Nadie podría pasar el verano contigo y desear marcharse después. Fait accompli!

—Ya veremos —dijo Townsend recatadamente—. Ahora cuéntame tu historia. Debe de ser buena.

—Emocionante sí que es, eso te lo reconozco. —La morena tomó aliento y preguntó—: ¿Tú conoces a mi primo Brett?

—No, me parece que no. ¿Cómo estáis emparentados?

—Es el nieto del hermano de mi abuela. Su madre es mi tía Helene.

—Conozco a tu tía y a varios de sus hijos, pero no recuerdo a ningún Brett.

—Ah... puede que estuviera en la cárcel en ese momento —dijo Hennessey, con tono despreocupado—. Se pasa ahí gran parte del tiempo.

—¡¿Por qué?!

—Tiene el típico vicio de los Rubidoux: se emborracha y se mete en peleas con la gente. Es un par de años menor que yo y normalmente está como una cuba antes de que termine cualquier reunión familiar.

—Parece un tipo divertido —dijo Townsend.

—Sí, es muy divertido... pero que nadie lo cabree. —Hennessey se rió de su propio chiste y continuó—. En Acción de Gracias vino casi todo el clan Rubidoux. Normalmente las familias Rubidoux y Boudreaux se alternan para Acción de Gracias y Navidad.

—¿Y las fiestas siempre son en tu casa?

—Ah, sí. Tenemos más espacio y la cocina más grande. Una de las desventajas de tener un restaurante —dijo—. Bueno, pues era el día de Acción de Gracias y era evidente que habíamos cerrado, pero hacia las diez llegó un coche lleno de muchachotes. Yo salí para decirles que estábamos cerrados, pero no querían irse. Uno de ellos en concreto estaba decidido a comer y estaba clarísimo que el plato principal que tenía en mente era yo.

—¡Oh, cielos! No debería tentar a los pobres hombres con sus encantos, señorita Boudreaux.

—Ya —dijo Hennessey, riendo—. Me encanta provocar a los hombres para que me echen los tejos. A lo que iba, yo tenía la situación bien controlada, pero Brett asomó la cabeza y oyó a uno de los hombres que me pedía que me metiera en el coche para dar una vuelta. No se le ocurrió cosa mejor que ponerse a despotricar y los tipos se ofendieron. Antes de que me diera cuenta, los tipos habían salido del coche y Brett estaba pidiendo refuerzos.

—¡Oh, mierda!

—Pues sí, oh, mierda. Empezaron a salir todos mis primos, y cuando los tipos del coche vieron que estaban en clara desventaja, uno de ellos sacó un cuchillo de pesca de su caja de equipo. Era evidente que llevaban todo el día pescando y bebiendo y estaban tan borrachos como Brett.

Townsend tenía los ojos como platos y se puso muy pálida.

—¿Y qué pasó?

—Pues que como un idiota, Brett se lanzó contra el tipo ése. Creo que el hombre sólo había sacado el cuchillo como amenaza, pero cuando Brett se le echó encima, lo usó. Lo levantó para defenderse y en un abrir y cerrar de ojos, ¡Brett estaba echando sangre como un géiser!

—¡Dios santo, Hennessey!

—Sí. En cuanto mis primos lo vieron, empezaron a machacar a los tipos. Uno de ellos recibió una cuchillada en el costado y otro sufrió una fuerte conmoción cerebral.

—¡¿Y qué pasó?! ¿Murió alguien?

—No. Gracias a Kate, todo el mundo se va a poner bien. Mientras seguían enzarzados en la pelea, ella conservó la sangre fría y mandó a dos de mis tíos que metieran a Brett en el chiringuito. Alguien corrió a la casa a buscar su maletín de médico, mientras ella presionaba la arteria carótida de Brett para que no se desangrara.

—¿Que no se desangrara?

—Sí. Para que no muriera desangrado. Te puedes morir en menos de cinco minutos con una herida como ésa, pero llegó a tiempo. Yo entré corriendo en el chiringuito y la ayudé... aunque me temblaban las manos como si me hubiera tomado cien tazas de café.

—¿Y qué hizo?

—Consiguió suturar la herida y estabilizarlo y luego se ocupó del otro tipo que había recibido una cuchillada. Sangraba como un cerdo, pero ella estaba bastante segura de que no le había afectado a ningún órgano vital. Cuando llegaron las ambulancias, ya se había puesto con el de la conmoción, pero los paramédicos ya se encargaron de todo.

—Joder, Hennessey. ¡Pero qué historia!

—Sabes, siempre he estado orgullosa de sus logros, pero nunca la había visto en acción. Qué habilidad, qué eficacia. Qué manos tan bonitas tenía mientras trabajaba. —Sacudió la cabeza para recuperar el hilo y continuó—: Se metió en la ambulancia con Brett y cuando todos llegamos al hospital, se puso a dar órdenes al personal de urgencias, informándoles del grupo sanguíneo de Brett y cuánta sangre había perdido.

—¿Cómo sabía cuál era su grupo sanguíneo?

—Mi tía Helene lo sabía. Ha derramado mucha a lo largo de los años. —Meneó la cabeza—. Nunca he visto a Kate tan firme, tan emocionada. Rebosaba de energía que prácticamente le rezumaba por los poros, Townsend. Estaba... totalmente segura de sí misma, en el mejor sentido de la expresión. Esa noche empleó todo su talento y todas sus habilidades y era como una auténtica dinamo.

—Tu familia debe de estar que seguro que la quieren adoptar —dijo Townsend.

—Pues casi. Cuando por fin volvimos a casa esa noche, mi abuela la abrazó y le dio un par de besos. —Se echó a reír y añadió—: Dijo, "Sé que tu gente no cree en el Señor, pero esta noche Jesús ha guiado tus manos, Kate". —A Townsend le dio un ataque de risa y Hennessey se rió con ella—. Hasta a Kate le hizo gracia.

—Dios, lo que se debe de sentir al poder salvarle la vida a un hombre —dijo Townsend, casi susurrando.

—Debe de ser como un afrodisíaco —dijo Hennessey—. Casi tiramos la casa abajo cuando nos fuimos a la cama. —Meneó la cabeza, soltó un silbido y luego dijo—: Nunca ha estado tan... tan... no sé ni cómo llamarlo, ¡pero espero que se repita pronto!

—Podríais salir con Brett cuando se recupere —bromeó Townsend—. Parece que no le vendría mal tener un médico personal.

—No, no le vendría mal —asintió Hennessey—. Pero creo que esta experiencia le ha demostrado a Kate... y a mí... que es una cirujana traumatóloga nata. La psiquiatría nunca será suficiente para ella, Townsend. Necesita la descarga de adrenalina. Eso es lo que la atrae de la medicina.

—Caray. —Townsend se reclinó en la silla—. Esa decisión tiene muchas repercusiones para las dos.

—Ya lo sé —asintió Henessey—. Pero si se siente ahogada en su carrera, no será una buena compañera.

—No, pero si se pasa veinte horas seguidas sin aparecer por casa, tampoco tendrá mucho de compañera.

Hennessey se encogió de hombros.

—Cada cosa a su tiempo. Las dos tenemos que estar satisfechas con nuestra carrera profesional y luego haremos lo que tengamos que hacer para ser felices en nuestra relación. No se puede tener todo lo que se quiere. Si algo he aprendido a lo largo de los años, es eso.


—¡Oye, mira qué cesta de Pascua! —Townsend sonrió encantada a su amiga mientras rompía el plástico rosa transparente que envolvía el regalo.

—No podía ir a casa en Semana Santa sin traerte una cesta tan estupenda como la mía —explicó Hennessey.

—¿Lo has pasado bien?

—Sí, muy bien. Y por una vez, creo que Kate también lo ha pasado bien. La abuela todavía cree que es una santa, así que eso ayuda mucho, y todos los demás han empezado a tratarla como un miembro de la familia. Parece mucho más a gusto.

—Mmm... tus palabras dicen una cosa, pero tu expresión dice otra. ¿Qué pasa?

—Oh, nada. Es que estoy... mm... Kate ha tomado unas decisiones para el año que viene y no estoy muy contenta con ellas.

—¿Estás trabajando en algo muy urgente? —preguntó Townsend, al parecer sin venir a cuento.

—No, en realidad no. ¿Por qué?

—Porque hace siglos que no hacemos novillos. Vámonos a la playa.

—¿A la playa?

—Sí. Me encantaría dar un largo paseo por la playa y a lo mejor alquilar unas cañas de pescar. Venga. Nos merecemos un día libre.

—Acabamos de tener cinco días de vacaciones —dijo Hennessey, con una sonrisa cada vez mayor que reflejaba sus sentimientos.

—Ya, pero no hemos estado juntas. Necesito pasar un día contigo. Venga, vámonos. —Se levantó y recogió su mochila, mirando a Hennessey con aire interrogante.

—Tú eres la jefa —dijo la mujer de más edad, guiñándole el ojo.


Las dos dejaron los zapatos en un muelle y emprendieron la marcha, caminando por la fría orilla.

—Está bien esto de tener un trabajo en el que podemos ir en pantalones cortos casi todo el año, ¿verdad? —comentó Townsend.

—Ya lo creo. ¿Crees que en Baltimore se pueden llevar pantalones cortos y pasear por la playa en abril?

—Alto ahí, chavala. ¿Qué es eso de Baltimore?

—La elección número uno de Kate para una residencia de cirugía es Johns Hopkins.

—Oh, Hennessey. —Townsend le pasó a su amiga un brazo por la cintura y la estrechó—. ¿Qué ha pasado con Carolina del Sur?

—Si quiere ser una cirujana traumatóloga de primera, tiene que hacer la residencia en un hospital de primera. La Universidad de Carolina del Sur no está mal, pero desde luego que no es Johns Hopkins.

—¿Dónde están sus otras elecciones? ¿La Universidad de Carolina del Sur es una de ellas?

—No. Las otras están en Nueva York, California y Chicago. La verdad es que a mí me importa poco cuál consiga. Ninguna de ellas está cerca de mi casa. —Soltó un suspiro melancólico y meneó la cabeza—. Y ninguna de ellas está tampoco cerca de mi trabajo ni de mi mejor amiga.

Townsend cogió a Hennessey de la mano. Caminaron en silencio largo rato, las dos pensando en silencio en los preocupantes acontecimientos.

—¿Te has planteado quedarte? —preguntó Townsend por fin.

A Hennessey se le hundieron los hombros al decir:

—Éste es uno de esos momentos tipo "en lo bueno y en lo malo". No quiero irme, Townsend, pero tengo que apoyar a Kate. No puedo abandonarla cuatro años... sobre todo cuando me va a necesitar tanto.

—Supongo que su residencia será dura, ¿pero va a ser más dura que la facultad de medicina?

—Ah, sí. Mucho más. Tendrá muchas más responsabilidades y su horario será aún peor. Casi todo el mundo dice que una residencia de cirugía es la más dura de todas y, conociendo a Kate, se entregará a ella en cuerpo y alma.

—¿Y eso qué supone para ti? ¿Qué pasa con tu carrera?

—Voy a intentar encontrar trabajo como profesora —dijo, con aire profundamente abatido—. Escribiré a todas las universidades que haya cerca de sus elecciones y espero conseguir algo en la ciudad donde vaya Kate. Es jugársela, pero no sé qué otra cosa puedo hacer.

Townsend se detuvo y dejó caer las manos a los lados. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó un minuto contemplando el cielo.

—Odio ser así de egoísta, pero no soporto la idea de que vayas a estar tan lejos tanto tiempo. —Trató sin éxito de sorberse las lágrimas al tiempo que Hennessey la estrechaba en un abrazo cargado de emoción.

—No quiero irme —susurró la morena—. Aquí soy tan feliz... tan feliz con mi trabajo... con nuestra amistad. Quiero a Kate, tú sabes que la quiero, pero también me encanta mi vida. Y mi vida está aquí... contigo.

—Oh, Hennessey, ¿cómo nos las vamos a arreglar? Yo no sé hacer tu trabajo y no puedo dejarlo sin cubrir hasta que vuelvas. No es justo contratar a alguien y luego despedirlo cuando vuelvas... si es que vuelves.

—No, claro que no puedes hacer eso —asintió la morena—. Tendrás que sustituirme. —Se le quebró la voz al decirlo y no pudo contener las lágrimas. Se le doblaron las piernas despacio y acabó sentada en la arena con las piernas cruzadas y la cabeza hundida entre las manos.

Townsend se puso a su lado al instante, abrazándola y murmurando:

—No quiero sustituirte. No quiero... no quiero.

Con la cara bañada en lágrimas, Hennessey miró a su amiga y sollozó:

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé, tesoro, pero ya se nos ocurrirá algo. Te lo juro. Encontraremos la forma de evitarlo, pase lo que pase. —Estrechó el cuerpo tembloroso de su amiga entre sus brazos y la sostuvo, mientras sus propias lágrimas caían en el pelo negro y reluciente de Hennessey.


Hennessey se lanzó sobre el teléfono en cuanto sonó, y Townsend se la quedó mirando con los ojos desorbitados, pasmada por sus rápidos reflejos.

—Hola, cariño —dijo, con una sonrisa bailándole en los labios—. ¿Qué noticias hay? —Se calló un momento y Townsend vio que se encogía levemente y luego soltaba un suspiro—. Caray. Pero qué bien, Kate. No conozco mucha gente que haya conseguido su primera elección después de llevar dos años sin estudiar. Deberías estar bien orgullosa de ti misma... yo lo estoy.

Townsend sonrió a la morena, encantada de tener una amiga con tanto carácter. Sabía que esto era lo último que deseaba Hennessey y la admiraba muchísimo por apoyar de tal manera a su compañera. Se levantó y dejó que las dos mujeres tuvieran intimidad, deteniéndose un momento para acariciar el pelo de su amiga y darle una palmadita en el hombro al salir de la habitación.


Tres semanas después, Townsend entró en la oficina y se encontró a Hennessey haciendo aviones de papel y lanzándolos por la estancia, intentando encestar en la papelera.

—¿Te diviertes? —preguntó la rubia.

—Pues no, la verdad. He decidido dejar de guardar las cartas de rechazo. Las estoy tirando todas, no vaya a ser que me den mal fario.

—No ha habido suerte, ¿eh?

—No. Ha habido cierto interés por parte de Loyola, en Chicago, y por parte de la City University de Nueva York, pero no me van a servir de mucho en Baltimore. Baltimore es una ciudad más pequeña, con muchas menos escuelas universitarias y universidades. Me va a costar mucho más encontrar trabajo.

—¿Qué vas a hacer si no lo encuentras? ¿No necesitáis el dinero?

—Jo, sí, claro que necesitamos el dinero —dijo Hennessey con más aspereza de la que pretendía. Sacudió la cabeza y dijo—: Lo siento, cielo. Es que estoy desquiciada. Kate va a ganar por debajo del salario mínimo, si se tienen en cuenta las horas que va a trabajar. Voy a tener que encontrar algo... aunque no sea como profesora.

—¿Como el qué?

—No lo sé. Supongo que podría trabajar de camarera... bien sabe Dios que tengo experiencia más que suficiente.

—¡Hennessey, no puedo dejar que hagas eso! ¡Tienes un doctorado!

Con otro ceño turbado, la morena dijo:

—Ya lo sé. Nadie sabe mejor que yo que me he partido el culo para sacarme ese doctorado, pero si no puedo encontrar trabajo como profesora, algo tendré que hacer, Townsend. No podemos vivir si yo no trabajo.

—Deja que te preste el dinero —se ofreció Townsend—. Me encantaría prestarte lo suficiente para que puedas quedarte en casa y escribir. Podría ser una oportunidad estupenda para trabajar en tu novela.

Hennessey suspiró.

—No puedo. Ojalá pudiera, pero no puedo.

Meneaba la cabeza al hablar y Townsend la conocía tan bien que sabía que estaba perdiendo el tiempo, pero siguió insistiendo.

—Hennessey, no seas tan terca. ¿Cómo va a avanzar tu relación si te pasas cuatro años trabajando de camarera? ¿Cómo va a avanzar tu carrera? ¿Qué preparación te va a dar eso para ascender profesionalmente?

—No me la va a dar —reconoció con tono apagado—. Pero Kate jamás te permitiría que nos mantuvieras. Sus padres se han ofrecido, pero a mí no me parece bien aceptar su dinero cuando soy perfectamente capaz de trabajar.

—¡Pero escucha lo que estás diciendo, Hennessey! ¿Es que tu orgullo vale más que tu futuro? —Se frotó la cara con las manos, cerrando los ojos con fuerza—. Mierda. Lo siento. No es asunto mío. Sois vosotras las que tenéis que solucionarlo. —Miró a su amiga con expresión mortificada y preguntó—: ¿Me perdonas?

Hennessey dejó que se le escapara una leve sonrisa y asintió ligeramente.

—Claro que sí. Ojalá pudiera ser más flexible, pero me parezco demasiado a mi abuela. No soporto aceptar dinero por no trabajar.

—¿No te puedo ayudar de alguna manera? —preguntó la mujer más menuda.

—No se me ocurre ninguna. Pero créeme, si se me ocurre, serás la primera en saberlo.


El sábado siguiente, Hennessey estaba en el porche de Townsend, intentando mantener la serenidad.

—No tardaré en conectar el ordenador y te escribiré antes de que te vayas de vacaciones este verano —dijo, con tono forzado y tenso.

—Muy bien. —Townsend miró profundamente a su amiga a los ojos y, por primera vez, vio la infelicidad subyacente reflejada en esos ojos brillantes. Sin darse un momento para censurar sus ideas, preguntó—: ¿Estás segura de que esto es lo que te conviene? Baltimore sólo está a un día en coche de aquí, y te sería muy fácil trabajar cuatro días por semana y salir el viernes para pasar un fin de semana largo con Kate. Además, tienes todo el verano libre. ¿Merece la pena renunciar a algo que te encanta para que las dos podáis estar en la misma ciudad?

La cabeza morena asintió despacio.

—Quiero a Kate más que a mi trabajo. —Sus labios esbozaron una sonrisa y añadió—: Eso te demuestra cuánto quiero a Kate. —Hennessey abrazó a su amiga y la estrechó con fuerza—. Te voy a echar de menos como no te imaginas. Estos dos últimos años han sido los más felices de mi vida y tú eres uno de los mayores motivos.

—Lo mismo digo —dijo Townsend, sorbiéndose las lágrimas—. Tu amistad es importantísima para mí. No sé cómo voy a superar el verano y no digamos los próximos cuatro años.

—Bueno, no tienes por qué pasar el verano a kilómetros de distancia de una conexión a Internet —la reprendió Hennessey en broma.

—Nunca pensé que me ocurriría algo así, pero me encanta el senderismo. Menos mal que a Nicole le gusta estar al aire libre tanto como a mí. No hay muchas mujeres cuerdas que estén dispuestas a pasarse el verano recorriendo la Senda de los Apalaches.

—Me parece fantástico —dijo Hennessey, con expresión de contento en los ojos.

—¿Cuándo empieza Kate la residencia?

—El 15 de julio. Hasta entonces, estaremos buscando un sitio donde vivir y tratando de instalarnos en Baltimore. Sé que me será más fácil encontrar trabajo cuando esté allí, así que intento animarme, aunque no tengo muchos motivos para hacerlo. —Hennessey apartó los ojos—. ¿Cuándo vas a empezar a buscar a un nuevo director de programaciones?

—No lo voy a hacer hasta que vuelva de las vacaciones. Me voy a pasar el verano intentando convencer a Nicole de que se venga aquí. Me voy a concentrar en eso. Ya tenemos preparados los cursos de otoño, así que no hay prisa para encontrar a alguien.

—A lo mejor Nicole me puede sustituir —dijo Hennessey, con un tono repentinamente celoso.

—No creo que sea algo que le apetezca hacer, pero ya veremos —dijo la rubia—. Creo que jamás encontraré a alguien que pueda hacer el trabajo que has hecho tú, cariño.

—Eres demasiado generosa, pero te lo agradezco —dijo Hennessey—. Será mejor que me vaya. Kate quiere que nos marchemos hacia las diez. Ah... ella también quería venir a despedirse, pero yo quería estar a solas contigo. No quería hacerme la valiente.

Townsend la abrazó con fuerza y dijo:

—Conmigo nunca tienes que hacerte la valiente. Te quiero tal cual eres.

—Lo sé —susurró Hennessey—. Yo siento lo mismo por ti.

—Vete ya. No querrás hacer esperar a la doctora.

Hennessey besó suavemente a Townsend en los labios.

—Te quiero —dijo con la voz ronca—. Siempre te querré.

—Yo también te quiero —dijo Townsend, con la voz quebrada—. Por favor, por favor, se feliz. No podré soportarlo si no lo eres.

—Haré todo lo que pueda —dijo Hennessey—. Tú haz lo mismo por mí.

—Lo haré.

Despacio, se soltaron y se quedaron allí un momento, mirándose profundamente a los ojos. Por fin, Hennessey se dio bruscamente la vuelta y bajó corriendo los escalones, levantando la mano para despedirse por última vez.


A mediados de agosto siempre hacía calor en Carolina del Sur, pero este año parecía que hacía más calor que de costumbre. Hennessey sabía que parte del problema era que llevaba demasiados años viviendo y trabajando con la comodidad del aire acondicionado, pero eso era algo que jamás le diría a su familia. De modo que intentaba hacer frente al calor llevando el mínimo de ropa y quedándose fuera todo el tiempo posible. Pero en esta noche concreta, había demasiados mosquitos, y por mucho repelente para insectos que se pusiera, no paraban de picarla.

Subió, fue al cuarto de baño y llenó la bañera de agua fresca. Se desvistió y se metió, sintiéndose más deprimida y desarraigada que nunca. Su mente inquieta pensó en Townsend, como hacía a menudo, e intentó imaginarse el calor y el cansancio que debía de sentir su amiga. Ella no tiene aire acondicionado ni bañera, así que debería darme con un canto en los dientes. Pero no le apetecía darse con un canto en los dientes: le apetecía estar de mal humor. Y eso es justamente lo que hizo, durante casi una hora. No había encendido la luz, pues no quería que hiciera más calor en la estancia, y poco a poco los delicados ruidos nocturnos de las tierras bajas empezaron a tranquilizarla.

Refrescada por fin, salió de la bañera y se secó mal a propósito, pues quería que el ventilador de su habitación le echara aire en la piel mojada y le bajara la temperatura corporal un par de grados más. Tenía decenas de libros que quería leer, pero no se animó, de modo que encendió el ordenador. Seguro que no tengo correo, pero al menos puedo escribir a Townsend. Siempre me siento mejor cuando expreso mis pensamientos sobre el papel. Mmm... supongo que habría que acuñar una nueva expresión. Ya casi nunca escribo en papel. A lo mejor... ¿aplicar los dedos al teclado? Tendré que trabajármelo.

La pantalla del ordenador proyectaba una leve luz azulada en la habitación a oscuras, iluminando el espacio lo suficiente para poder moverse sin tropezar con nada. Se sentó en el suelo para escribir, pues era el sitio más fresco del cuarto. Supongo que debería comprobar el correo. Creo que no lo he mirado en toda la semana. Tardó un minuto en encontrar la línea del módem y otros pocos en bajar sigilosamente las escaleras para conectar el cable de quince metros a la entrada de teléfono de la cocina. Una vez de vuelta en su cuarto, se alegró de ver que tenía seis mensajes. Ninguna de las direcciones le resultaba conocida y estuvo tentada de borrarlos todos, pero estaba tan aburrida que acabó leyéndolos. Los tres primeros eran variaciones sobre el mismo tema —más pornografía por menos dinero— y se apresuró a borrarlos. Los dos siguientes eran también publicidad, anuncios de casinos en línea, otro servicio que no le interesaba.

El último mensaje era del Servicio Forestal de Estados Unidos, y tardó un momento en leer el asunto y darse cuenta de que era de Townsend.

—¡Genial! —dijo en voz alta. Se puso a leer en silencio.


De: Servicio Forestal de Estados Unidos < usfs.gov >
Fecha: 15 de agosto, 2003
Para: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
cc:
Asunto:
¡NI SE TE OCURRA BORRAR ESTO, LARGA!

Hola. Ya sé que ésta no es mi dirección de correo habitual, pero a ninguna de las dos se nos ha ocurrido traernos acceso remoto a los ordenadores para la acampada. Ojalá pudiera echarte a ti la culpa, pero creo que la culpa es mía, así que más vale que ni lo intente. Tú siempre estás al tanto de todo, larga. Bueno, el caso es que estamos en un pequeño campamento que el Servicio Forestal tiene para los senderistas que recorren la Senda de los Apalaches. ¡Chica, qué falta nos hacía! Tener un catre y una cocina, por mal equipada que esté, ha sido una bendición. ¡Estoy tan harta de la comida deshidratada que no quiero volver a ver un paquete de carne asada ni en pintura! No tengo una nueva dirección de correo tuya y como no puedo acceder a mi correo, voy a suponer que sigues usando tu cuenta de correo gratuita. Sé que odias pagar por cosas que puedes conseguir gratis, así que confío en tu racanería, colega :-) Nuestra excursión está yendo muy bien. Me encantaría volver a hacer esto algún día, Hennessey, pero la próxima vez me gustaría hacerlo contigo. Sé que te encantaría el senderismo si lo probaras y tu mente creativa echaría a volar aquí sin nada más que la belleza de la naturaleza como distracción. Tenía muchas esperanzas cuando empecé este viaje, pero las cosas no han salido como las tenía planeadas. Nicole es casi la mujer perfecta para mí, pero como ya te dije hace mucho tiempo, casi no es suficiente. No nos hemos peleado, así que estamos bien... bueno, bien no, pero tampoco hay tensión. Sé que está dolida, y odio haberla herido, pero me falta algo, Hennessey, y no puedo hacer mi vida con una mujer cuando sé que falta algo. Nicole es muy buena persona y ha hecho todo lo posible para que me sienta mejor por la ruptura. Ése es el tipo de mujer que es y es una de las muchísimas cosas maravillosas que tiene. Pero no la amo desenfrenadamente y tengo que poder hacer eso. La vida es demasiado corta para estar con alguien a quien no amas desaforadamente. Creo que lo entiende, dice que sí, pero me siento fatal por haberla tenido engañada tanto tiempo. Es una mujer estupenda, Hennessey, sólo que no es mi mujer estupenda. No sé si alguna vez estaré con la mujer con la que sueño, pero no voy a perder la esperanza, todavía no, al menos :-) Espero que a ti te vayan las cosas estupendamente, colega. No puedes responderme a este correo, porque no creo que volvamos a pararnos en un campamento, por improvisado que sea, pero estaré de vuelta en casa el primer lunes de septiembre y más vale que me esté esperando una carta tuya bien larga. Me voy a morir al tener que empezar a trabajar sin ti, pero voy a hacer todo lo posible por salir adelante. Espero que alguna vez puedas volver al campamento, pero sé que no es probable. Sólo es uno de los sueños que tengo, Hennessey, y no estoy dispuesta a renunciar a él. Te quiero y sólo te deseo lo mejor. Se feliz, por mí. Besos, T

Hennessey leyó la carta por lo menos una docena de veces, y con cada lectura en sus labios se iba formando una sonrisa cada vez más amplia.


El primer lunes de septiembre, Townsend detuvo su todoterreno en el camino de entrada de su casa, pasmada al ver la destartalada camioneta del padre de Hennessey aparcada en el sitio. Saliendo de un salto, corrió a la parte de atrás de la casa y se encontró a su amiga sentada en el amplio porche a la sombra.

A su lado había una fresquera barata de corcholina, llena de botellas frías de agua y zumo de arándano, y en la mesa había una bolsa abierta de patatas fritas. Hennessey llevaba la parte de arriba de un bikini hawaiano rosa y blanco y su piel bronceada relucía con una fina capa de sudor. Una parte muy pequeña de sus piernas morenas estaba tapada por unos vaqueros blancos cortados y estaba descalza. Llevaba el largo pelo negro recogido en una trenza que se había prendido en lo alto de la cabeza, lo cual le daba un aire curiosamente fresco, a pesar del calor achicharrante que hacía. Cuando Townsend dobló la esquina a la carrera, Hennessey volvió la cabeza y en sus labios se formó una sonrisa lenta e indolente. Ofreciéndole la botella de agua a su amiga, preguntó:

—¿Tienes sed?

—Hennessey Boudreaux, ¿qué demonios haces aquí?

—Hoy es fiesta, así que he decidido pasar el día con mi mejor amiga. Recibí tu carta y sabía que volvías hoy... así que aquí estoy.

Townsend subió los pocos escalones y le dio a su amiga un gran abrazo y un beso. Los labios de Hennessey estaban húmedos y sabían a sudor, pero Townsend rara vez había recibido un beso más agradable.

—Te he echado de menos. —Townsend olisqueó exageradamente el cuerpo casi desnudo de su amiga—. Hueles maravillosamente. Como a piña colada. Jo, cómo te he echado de menos. No te haces ni idea.

Dando unas palmaditas a los brazos que la rodeaban, Hennessey dijo:

—Creo que sí que me hago idea. Me hago muy buena idea si es la mitad de lo que yo te he echado de menos a ti. —Se apartó y miró atentamente a su amiga. Townsend llevaba una camiseta blanca de algodón sin mangas y unos pantalones cortos de color caqui—. Vaya, pero qué bronceado tan bonito tienes —dijo, sin poder evitar reírse. Tocó delicadamente las diversas rayas, comentando—: Me encantan las rayas de bronceado, pero no sé si una docena es lo que mejor te sienta.

—Muy graciosa. —Townsend le dio un pellizco a su amiga y dijo—: Me he puesto la protección solar más potente que he podido encontrar y he alternado la longitud de las mangas de las camisas y los pantalones y los calcetines todos los días, pero no me ha servido de mucho. Nos pasábamos al sol doce horas al día y yo me moría por ponerme el bikini, pero había demasiados insectos. Prefiero con diferencia tener un mal bronceado que un montón de picaduras de bichos.

—A mí me parece que estás muy mona —dijo Hennessey—. En forma, esbelta y sana. La verdad es que estás fantástica —dijo, con evidente sinceridad.

—Gracias —dijo Townsend, ruborizándose levemente.

—Ahora siéntate aquí y cuéntame qué ha pasado con Nicole. Tu carta no entraba en muchos detalles.

Townsend sacó una botella de zumo de la fresquera y se bebió la mitad de un solo trago.

—Pues, mm... la verdad es que no sé qué decir —farfulló, con aire un poco incómodo—. Nos llevamos muy bien, nos tenemos mucho cariño y las dos queremos el mismo tipo de vida.

—¿Entonces cuál es el problema? —preguntó Hennessey, arrugando el entrecejo.

Townsend apartó la mirada y se quedó contemplando a una garza azul que se movía despacio por su jardín en busca de una presa invisible.

—Pues... no lo sé —dijo.

Mirándola fijamente, Hennessey preguntó:

—¿No lo sabes o prefieres no decirlo?

Frunciendo los labios, Townsend cerró los ojos y dijo:

—Un poco de las dos cosas. La quiero, Hennessey, y ella me quiere a mí, pero hemos descubierto que no nos queremos lo suficiente para que funcione. No estamos... totalmente comprometidas la una con la otra. Y tú deberías saber mejor que nadie que una relación exige un compromiso total. Ojalá pudiéramos haber dado el salto, pero creo que es mejor saber la verdad ahora, en lugar de obligarla a coger todas sus cosas y venirse aquí, para acabar dándose la vuelta y volver por donde ha venido.

Hennessey asintió.

—Comprendo que necesites guardarte algunas cosas porque son privadas, cariño, pero si alguna vez quieres hablar o llorar en mi hombro, espero que sepas que aquí me tienes.

Sonriendo con cariño, Townsend dijo:

—Sólo en el sentido metafísico, tesoro. ¿Cuándo tienes que volver?

—Me marcho esta noche. Tengo que estar de vuelta para los desayunos.

—Oh, mierda —gimió Townsend—. ¿En serio estás trabajado de camarera?

—Sí, pero espero que ésta sea mi última semana. Tengo la esperanza de conseguir convencer a mi antigua jefa para que me vuelva a admitir.

Townsend la miró desconcertada y preguntó:

—¿Tu antigua jefa? ¿Qué antigua jefa? Hasta ahora nunca habías trabajado en Baltimore. ¿Es que tienes una profesora allí?

—No. —Hennessey la miró a los ojos y dijo—: Te estoy pidiendo volver a mi trabajo. Quiero volver a trabajar para ti, Townsend. Es decir, si es que no me has sustituido ya.

¿Qué? Dios, Hennessey, ¿pero qué ha pasado?

—¿Eso quiere decir que sí? Me gustaría mucho dejar zanjado el tema del trabajo. No quiero ser camarera ni un minuto más de lo necesario.

Townsend le echó a su amiga los brazos al cuello y dijo:

—¡Claro que puedes volver a tu trabajo! ¡Por supuesto! —Estuvieron abrazadas largo rato y por fin Townsend dijo—: Oh, Hennessey, cuánto te he echado de menos. Nadie me ha abrazado nunca como tú. Nadie ha conseguido nunca que me sienta tan querida.

—Yo también te he echado de menos —susurró la morena—. Ya verás cuánto cuando leas tu correo.

La cabeza rubia se alzó y Townsend preguntó:

—¿Mi correo?

—He estado escribiéndote todo el verano —dijo Hennessey—. Sabía que no lo leerías hasta que volvieras, pero necesitaba desahogarme y nunca he encontrado a nadie que me escuche mejor, aunque no estés.

—Dime qué ha pasado, tesoro —dijo Townsend—. ¿Por qué has vuelto?

—Es una larga historia —dijo Hennessey—. Una historia muy larga. Podría intentar contártelo todo, pero seguro que se me olvida algo. ¿Por qué no te lees los correos que te he enviado? Así te enterarás de todo.

—¿En serio? —Townsend arrugó la nariz, observando a su amiga—. ¿En serio es lo que quieres?

—Sí. No tengo mucho tiempo y no quiero pasarlo hablando de mí. Tú me interesas mucho más.

—¡Pues a mí me interesas tú! —Townsend le dio un manotazo a su amiga en la pierna bronceada y luego le apretó el muslo—. Te está saliendo músculo aquí.

—Sí —asintió Hennessey—. Estar todo el día de pie me ha venido bien después de pasarme los últimos cien años con el culo plantado en una silla. He estado pensando en empezar a hacer ejercicio. ¿Me ayudarás?

—¡Sí! —A Townsend se le iluminaron los ojos de alegría—. ¡Podemos caminar por las mañanas antes de ir a trabajar!

—Trato hecho —dijo Hennessey—. Siempre me he levantado temprano. Ya que estoy, puedo hacer algo productivo.

Townsend se quedó mirando a su amiga un momento, recorriendo su largo cuerpo con los ojos y posándose por fin en su cara.

—Ha pasado algo con Kate, ¿verdad?

Sonriendo, Hennessey dijo:

—Muchas cosas. Y cuando leas el correo, te enterarás de todo.

—Vale, vale. Pero dime una sola cosa. ¿Eres feliz?

—¿Feliz? —Hennessey se recostó en la silla y se quedó contemplando el vacío un momento. Cuando se volvió, tenía una media sonrisa en su expresivo rostro—. Creo... —Frunció los labios y luego se mordió pensativa el inferior—. Creo que estoy a punto de ser más feliz que en toda mi vida. Puede que me equivoque de medio a medio, pero si las cosas salen como espero... —Miró a Townsend con una sonrisa radiante y dijo—: Digamos que estoy contentísima.

La expresión de Townsend demostraba que estaba desconcertada, pero dejó que su amiga se guardara sus secretos.

—Me parece que va a ser mejor que me lea el correo, ¿eh?

—Los correos sólo te cuentan lo que ha pasado este verano. En ellos no vas a averiguar todos los secretos de mi felicidad. Voy a tener que completar cierta información.

—Pero no lo vas a hacer.

—Ahora mismo no.

—¿Cuándo?

—Pronto. —Hennessey sonrió y le dio una palmadita a su amiga en la rodilla—. O nunca.

—¿Puedes ser más críptica?

—No creo. —Con una sonrisa absolutamente encantadora, añadió—: La verdad es que probablemente podría ser un poco más críptica, pero entonces pasaría a ser molesta.

—¡Ya eres molesta!

—¿Seguro que quieres que vuelva?

—Segurísimo. Incluso cuando eres molesta, sigues siendo mi persona preferida.

—Ése es mi objetivo, señora —dijo Hennessey con su acento sureño más lento.

Townsend se levantó y se sentó en el regazo de su amiga, y Hennessey parpadeó sorprendida.

—No puedo evitarlo —dijo la rubia—. Te he echado tanto de menos que tengo que abrazarte un rato.

—Ya ves que no me quejo —dijo Hennessey—. Tengo que irme dentro de una hora, pero eres bien recibida en mi regazo durante todo ese tiempo.

Pegándose a ella, Townsend dijo:

—Pues a lo mejor lo hago, larga. El verano ha sido muy largo sin ti y tenerte aquí de nuevo es un sueño hecho realidad.

Con un poco de suerte, las dos conseguiremos que este año nuestros sueños se hagan realidad, pensó Hennessey, cerrando los ojos y recreándose en la sensación del cuerpo de Townsend.


Townsend se empeñó en que Hennessey se marchara cuando todavía había luz.

—Tienes un viaje largo por delante y no quiero pasarme toda la noche preocupada por ti. Ahora vete y nos vemos este fin de semana. Empezamos a trabajar el lunes por la mañana temprano.

—Nunca he oído nada mejor —dijo Hennessey. Le dio a su amiga otro largo abrazo y luego la besó suavemente en los labios—. Cómo me alegro de haber vuelto a casa.

—Y cómo me alegro yo de que hayas vuelto. Ahora tengo que entrar y descubrir por qué has vuelto.

—Que te diviertas —dijo Hennessey, con una sonrisa pícara.


PARTE 19


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