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Townsend cruzó corriendo el centro, en el momento en que el sol del amanecer empezaba a asomar por encima de los tejados de las cabañas. Hacía un día fresco, casi frío para Hilton Head, pero Townsend se había pasado los últimos años corriendo todos los días en Boston y la temperatura le resultaba muy agradable y vigorizante. Abrió la puerta de su cabaña y se quedó sorprendida al ver a Hennessey vestida y preparada para marcharse.

—Estabas totalmente sopa cuando me he ido a correr —dijo. Cogiendo una toalla para secarse la cara y el cuello, se detuvo para mirar a su amiga cuidadosamente—. Es evidente que no has dormido bien, ¿pero cómo de mal?

Hennessey se encogió de hombros evasivamente.

—Me quedé frita unos diez minutos antes de que tú te levantaras. —Sonrió a su amiga y añadió—: Ya dormiré en el autobús.

—No seas absurda. No tienes por qué coger el autobús. Yo te llevo a Durham.

—No, no, siempre cojo el autobús. No pasa nada. No quiero que pierdas un día casi entero.

—Oye —protestó Townsend—, no te pongas tan melodramática. Ya sabes que me encanta estar contigo.

Obligándose a sonreír, Hennessey asintió con la cabeza.

—Vale. Si quieres llevarme, me encantaría contar con tu compañía. Pero tienes que prometerme que me tirarás del coche si me paso quejándome todo el camino hasta Durham.

—Te doy para quejarte hasta que lleguemos al límite de Carolina del Norte. Después, no respondo de mis actos.

La morena asintió e intentó sonreír.

—Trato hecho. He ido en autobús tantas veces que si me echas de una patada en el culo, creo que podría encontrar una parada en cualquier parte.

—Eso me tranquiliza —dijo Townsend—. Espera que me duche y nos vamos, pero después de que hagas el desayuno, por supuesto. Granola con un plátano, yogur y té, ¿vale?

—¿Ahora tomas té? —preguntó Hennessey, animándose.

—Sí, Hennessey, ya tienes otra conversa. ¡Vamos, ponte las pilas!


Cuando acababan de cruzar el puente para ir hacia el interior, Hennessey suspiró y dijo:

—Aunque sólo estoy a unos pocos cientos de kilómetros, detesto irme de las tierras bajas. Uno no pensaría que hay tanta diferencia entre Carolina del Norte y del Sur, pero ya lo creo que la hay.

—Ya sé cuánto te encanta esto —dijo Townsend, sonriendo a su amiga—, y no me extraña en absoluto.

—Tú sí que lo entiendes, ¿verdad? —preguntó Hennessey.

—Más de lo que te imaginas —dijo Townsend. Sonrió alegremente y añadió—: Estoy planteándome... quedarme.

—¿Quedarte para qué? ¿Cuánto tiempo?

—Quedarme a trabajar... en el campamento —dijo Townsend—. MaryAnn me hizo una propuesta el otro día y me resulta muy tentadora.

El rostro de Hennessey se iluminó con una sonrisa radiante y se le subió el tono de voz casi una octava.

—¡Cuéntame!

Townsend sonrió ante el evidente entusiasmo de su amiga y dijo:

—Bueno, como podrás imaginarte, tengo unos contactos muy impresionantes dentro del mundo de las letras. —Empleó su acento bostoniano de clase alta más refinado, haciendo reír a Hennessey—. MaryAnn sabe que quiero escribir y también sabe que este sitio me encanta.

—¿Te encanta? —preguntó Hennessey, con los ojos como platos.

—¡Pues claro! Me encanta el clima y las plantas y el ritmo de vida más lento que hay aquí. Me recuerda al Vineyard, sólo que con buen tiempo todo el año. —Ladeó la cabeza y preguntó—: ¿Por qué no me va a encantar?

Dándose una palmada en el muslo, Hennessey dijo:

—¡Eso digo yo!

—Pues tienes razón. Me gustan todas las tierras bajas, pero sobre todo Hilton Head. Me encanta jugar al golf, juego muy bien al tenis y me encanta navegar. Tiene todo lo que me gusta, además de unos restaurantes fantásticos, tiendas estupendas y ningún mal recuerdo. Aquí podría ser feliz.

—¡Dios, Townsend, sería maravilloso! ¡Podría verte cada vez que viniera a casa!

—A mí también me encantaría verte, larga. Pero estoy pensando en hacer esto por algo más que el clima estupendo y los avistamientos hennessianos. A MaryAnn le gustaría ampliar el programa de invierno...

—¿Ampliarlo cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? —Sacudiendo la cabeza, Hennessey se echó a reír ante su propio interrogatorio acelerado—. A lo mejor me entero más si me callo y te dejo hablar.

Townsend la miró un momento y sonrió al encontrarse con sus ojos.

—Cómo me gusta verte tan contenta por esto.

—¿Contenta? ¡Es la mejor noticia que he tenido desde hace años! ¡Ahora cuéntamelo todo!

—No hay mucho que contar —dijo Townsend—. A MaryAnn le ha sorprendido y alegrado ver lo lucrativo que ha sido el programa de invierno y ha dicho que no tiene mucho sentido ofrecerlo sólo por un mes, dado lo deprisa que se llenó.

—¡Estoy totalmente de acuerdo! —dijo Hennessey—. La gente estaba como loca con ese programa.

—Así que... MaryAnn quiere prolongarlo nueve meses. Se ha matado a trabajar para poner en marcha el programa de invierno, así que sabe que es algo más que un trabajo a jornada completa para una persona.

—Y tú serás el qué... ¿subdirectora del campamento?

—No. —Townsend sacudió la cabeza y miró a su amiga enarcando una ceja—. Sería la directora del programa de escritura para adultos, y MaryAnn seguiría dirigiendo el campamento, dado que es lo que le gusta de verdad.

—¡Townsend, eso es genial! ¡Lo harías estupendamente!

—Gracias. Yo también lo creo. Me gusta Boston y me llevo bien con mis padres, pero ya va siendo hora de que haga algo por mi cuenta. Tengo que empezar a abrirme mi propio camino en la vida.

—¿Dónde vivirías? ¿En el centro?

Townsend se sonrojó levemente y dijo:

—Bueno, no me gusta nada que parezca que soy demasiado buena para vivir en el centro...

—¿Una casa multimillonaria a la altura del hoyo dieciocho de Harbor Town?

Echándole en broma a su amiga una mirada ceñuda, Townsend dijo:

—Creo que eso sería un poco ostentoso, ¿no? Lo ideal sería una casa pequeña fuera de una urbanización. Sólo necesito dos dormitorios y una habitación como despacho.

Hennessey asintió, con una sonrisa aún más alegre.

—Parece que ya te has decidido. ¿Es así?

—Sí, creo que sí. El trabajo tiene muchas cosas buenas, pero la mejor es todo el tiempo libre que tendré. Tendré todo el verano de vacaciones y a MaryAnn le trae sin cuidado el tipo de horario que yo misma me ponga.

—¡Jo, Townsend, es un sueño de trabajo!

—¡Lo sé! No habría podido dar con un trabajo mejor aunque lo hubiera diseñado yo misma.

—¿Y cómo te va a pagar, si no es demasiada indiscreción?

—Ya es un poco tarde para empezar con secretitos, larga. Me va a pagar un sueldo que está por debajo de lo que se ofrece en el mercado, pero me ha endulzado la oferta dándome el siete y medio por ciento de las tasas que paga cada alumna, más o menos.

—¿Va a ser suficiente dinero para ti?

—Si lo hago bien, sí —dijo Townsend, con un destello calculador en los ojos—. Hay diez cabañas, cada una para seis personas. Si consiguiera tener el setenta y cinco por ciento de esas camas ocupadas durante nueve meses a razón de entre mil y mil quinientos dólares a la semana... estaría muy bien.

—¿Estás segura, Townsend? Es decir, lo último que pretendo es quitarte la idea de la cabeza, ¿pero has repasado bien los números?

—Sí. He hecho los deberes. MaryAnn me hizo una oferta, pero a mí no me convencía. Ya sé que hace sólo un año que he terminado la universidad, pero esto va a ser una mina de oro para ella. Parte del atractivo de este programa va a ser la calidad de los profesores. Son mis contactos los que van a traer aquí a esos escritores. De modo que eso es lo que ella está comprando, más que mi capacidad actual. Investigué y averigüé cuánto gana como promedio un director de programas de escritura y a partir de ahí monté mi estrategia. Quería asegurarme de que contaba con unos ingresos fijos, aunque la economía fuera mal y la gente no tuviera dinero para extravagancias como cursos de escritura, de modo que quería un sueldo. Pero también quería recibir una gratificación por trabajar mucho, y por eso quería un porcentaje de las tasas de cada campista.

—¡Jo, si a mí me ofrecieran un puesto como profesora, cogería un bolígrafo y firmaría el contrato sin más!

—No puedes hacer eso, Hennessey —dijo Townsend, moviendo la cabeza—. No puedes empezar mal en un puesto permanente porque nunca conseguirás alcanzar un buen nivel si lo permites.

—Yo no sabría cómo hacer una cosa así —dijo Hennessey, claramente maravillada por la habilidad de su amiga—. ¿Tú cómo lo has aprendido?

—Somos protestantes blancos de rancio abolengo, Hennessey. Lo llevamos en los genes.


Hennessey llevaba la última media hora en un silencio poco habitual en ella y por fin Townsend dijo:

—¿Por qué no me cuentas lo que estás pensando? Sé que tienes un peso encima.

Sonriendo a su amiga, Hennessey dijo:

—Por decirlo suavemente. Es que no es sólo que Kate tenga dudas, eso lo comprendo perfectamente. Es que está tomando estas decisiones por su cuenta... y nos afectan a las dos por igual.

—Pero es ella la que tiene que hacer el esfuerzo, cariño. No es justo querer que empiece la residencia si no está preparada.

Hennessey la miró con expresión turbada y luego se volvió hacia la ventanilla. Townsend no sabía qué era lo que había hecho, pero cuando oyó sorber a Hennessey, supo que le había hecho daño.

Desviándose por la siguiente salida, Townsend paró en el aparcamiento de una gasolinera.

—Tesoro, ¿en qué te he herido? Tú sabes que no lo he hecho a propósito.

Sin volver la cabeza, Hennessey habló apagadamente, con voz ronca.

—Ni siquiera has reconocido cómo todo esto me desbarata la vida. No puedo dejar mi carrera en suspenso, Townsend. ¡Estoy aterrorizada!

Townsend le puso la mano a su amiga en el muslo, con gesto tranquilizador, diciendo:

—Lamento que creas que no lo comprendo. Sigue contándome, cielo. ¿En qué te afecta tanto todo esto?

La morena se volvió para mirar a Townsend, con los ojos llenos de lágrimas.

—No es fácil conseguir un puesto de profesora a nivel universitario. Es aún más difícil cuando intentas conseguirlo en la misma ciudad donde trabaja tu compañera. A eso añádele que ha pedido plaza en tres universidades distintas y te darás cuenta de la incertidumbre con la que he estado viviendo.

—No lo sabía —dijo Townsend—. Lo siento, cariño, pero no me has contado nada de esto. Hablamos de muchas cosas, pero no solemos hablar de este tipo de detalles.

Hennessey asintió, diciendo:

—Es que no me parece que tenga mucho que decir al respecto, puesto que no hago nada salvo enviar currículos.

—¿Qué criterio has estado siguiendo? —preguntó Townsend.

—Pues Kate tenía pensado solicitar plaza para los programas de la Universidad de Nueva York, la Universidad de Chicago, el Centro Médico McGaw de Northwestern, Stanford y Palmetto Health de Carolina del Sur. Así que yo he estado presentando solicitudes en todas las universidades, escuelas universitarias y escuelas superiores que hay a una hora en coche de cada uno de esos hospitales.

—¡Dios! ¡Menudo viaje podrías llegar a tener!

Hennessey hizo un mohín.

—Pues eso no es nada. Decidimos que si no encontraba nada, iba a expandir la zona de búsqueda hasta dos horas en coche. Luego pensamos que alquilaríamos un piso a una hora de distancia de nuestros respectivos trabajos. ¡Pero ahora me he quedado colgada!

—¿Por qué, cielo? ¿Por qué no puedes seguir buscando trabajo?

Hennessey suspiró y dijo:

—El mundo académico no es como el mundo empresarial. Si consiguiera un puesto como profesora en la Universidad de Chicago, no podría dejarlo al cabo de un año. Y si Kate consiguiera plaza en Stanford al año siguiente, yo tendría que irme o vivir a mil quinientos kilómetros de distancia de ella. Eso es justamente lo que estamos intentando evitar.

—Menuda jodienda.

Hennessey asintió levemente e intentó sonreír, con poco éxito.

—Espero que podamos solucionarlo. Siempre lo hemos hecho, pero estoy asustada.

—Y furiosa —le recordó Townsend.

—Y furiosa. —Hennessey sonrió a su amiga y dijo—: Voy a intentar librarme del enfado para cuando llegue a casa. Cuando me enfado, Kate se cierra, y así es imposible llegar a nada.

—La conoces bien, Hennessey, y la quieres muchísimo. Eso es lo que te ayudará a superar esto.



De: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
Fecha: 20 de enero, 2001
Para: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
cc:
Asunto:

Hola, colega,

Bueno, no hemos resuelto gran cosa, pero la suerte está echada. Kate se va tomar un año libre, efectivamente, y eso me deja a mí en la estacada. Hemos hablado y hablado y no hemos conseguido dar con una solución que nos venga bien a las dos.

Ella ni siquiera sabe lo que quiere hacer, cosa que me preocupa más de lo que estoy dispuesta a decirle. Nunca ha sido tan indecisa, y no logro que me diga por qué está tan poco convencida de empezar la residencia. Sólo dice que ahora mismo está demasiado estresada para continuar.

Kate quiere que yo también me tome un año libre, pero no me lo puedo permitir. Su familia está más que dispuesta a mantenernos, pero yo no puedo vivir así. Tengo que ganar dinero para poder empezar a ayudar a mi familia: ésa es una meta que no puedo seguir retrasando.

Estamos pasando un período muy difícil, Townsend. Espero fervientemente que nuestro amor consiga llevarnos a buen puerto. Nunca he dudado ni por un segundo del amor que siente Kate por mí, ni del mío por ella, pero ahora nos va a hacer falta hasta la última partícula de ese amor para ayudarnos.

Saludos,
H



De: Townsend Bartley < tbartley@HiltonHeadWritersProgram.edu >
Fecha: 1 de febrero, 2001
Para: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
cc:
Asunto:

Querida Hennessey,

Disculpa la formalidad, pero ésta es una carta de negocios, más que personal.

Como sabes, he sido contratada para crear y dirigir un programa de escritura de nueve meses de duración en el campamento. Mis tareas consistirán en contratar profesores, crear una programación, anunciar y conseguir publicidad para las clases y asegurarme de que las alumnas están cualificadas para participar. Por supuesto, también seré responsable de todos los aspectos económicos y de que el centro funcione como es debido.

Como directora del programa, tengo control pleno sobre el presupuesto, y he decidido que mi primera tarea debe ser contratar a un administrador con experiencia que me ayude a estructurar el programa de forma que atraiga a un público lo más amplio posible.

Con este fin, me gustaría ofrecerte el puesto de directora académica del programa de escritura. Deberías incorporarte en junio de este año y nuestra primera sesión tendría lugar en septiembre. Mi objetivo es que el programa de otoño de 2002 esté preparado para mayo de ese año, por lo que el puesto sería, en realidad, un contrato de nueve meses renovable en años sucesivos.

Además de un generoso salario base, puedo ofrecerte las ventajas adicionales de un seguro médico y dental para ti y tu cónyuge. También contarías con el uso gratuito de uno de los bungalows del personal. Como incentivo extra, recibirás una bonificación del uno por ciento de las tasas abonadas por cada alumna que vuelva, puesto que la impresión positiva de las alumnas sobre el programa se deberá en gran medida a tu trabajo.

Aunque seamos amigas, nuestra amistad no es la razón de que te ofrezca este trabajo. Lo hago únicamente porque estoy convencida de que eres la persona adecuada para este puesto. Comprendo que tus futuros compromisos pueden exigir que te traslades, pero el primer año de este proyecto es el más importante y quiero asegurarme de que empezamos con buen pie. Estoy segura de que tú eres la persona que puede ayudarme a conseguirlo, Hennessey. Espero que tengas en cuenta mi oferta y que respondas en cuanto te sea posible.

Atentamente,
T
Townsend Bartley
Directora de Programas



De: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
Fecha: 20 de febrero, 2001
Para: Townsend Bartley < tbartley@HiltonHeadWritersProgram.edu >
cc:
Asunto:

Estimada señorita Bartley,

Muchas gracias por su amable e inesperada oferta. Aunque el puesto me parece sumamente atractivo, me temo que no podré tomar una decisión hasta que me haya entrevistado con usted en persona para hablar de los detalles.

Puedo estar en Hilton Head el próximo sábado. ¿Le vendría bien ese día para que nos reunamos? Estaré disponible a cualquier hora a partir de las doce del mediodía. Comúniqueme si podrá reunirse conmigo entonces o si debemos fijar otra fecha.

Atentamente,
H
Larga Boudreaux
Casi doctora en letras con hincapié en la lengua de Inglaterra


Una figura alta y morena llenó casi por completo la puerta de la pequeña oficina de Townsend. Al levantar la mirada, la rubia vio a su amiga, con los largos brazos apoyados en el marco.

—¿Es aquina aónde dan trabajo? —preguntó Hennessey.

—Ven aquí, larga. Dame un abrazo. —Townsend se levantó y estrechó con los brazos la esbelta cintura de su amiga—. ¿Cómo te va?

—Mucho mejor ahora que tengo una oferta de trabajo válida. Mi pánico se ha reducido a angustia desatada.

—Me alegro de oírlo —dijo Townsend—. Tú no eres el tipo de chica que se limita a esperar que ocurra lo mejor cuando las cosas se descontrolan.

—No, no lo soy —dijo Hennessey, riendo—. Ojalá Kate me hubiera pegado algo de su calma, pero no puedo dejar de preocuparme por el año que viene.

—No tienes por qué preocuparte si aceptas mi oferta —dijo Townsend, haciéndole cosquillas traicioneramente mientras Hennessey le daba manotazos para apartarla.

—Bueno, por eso he venido. Quiero quitarme de encima todas mis preocupaciones.

—Vale, vamos allá. Deja que acabe con tus preocupaciones.

Hennessey miró a su alrededor e hizo una mueca.

—¿No podríamos dar un paseo? Detesto estar encerrada cuando hace un día tan bueno.

Townsend sonrió y asintió.

—Sí que hace buen día. Vamos a aprovecharlo. ¿Has comido?

—No. Desayuné y me metí en el autobús. Ésta es mi primera parada.

—Vamos, larga. Tengo un presupuesto para convites que me muero por fundir.


Sentada a una mesa junto a la ventana de un tranquilo restaurante, Hennessey se puso a jugar con el salero y el pimentero, moviéndolos hasta que Townsend puso la mano encima.

—Pareces nerviosa, nena. ¿Qué pasa?

Suspirando, Hennessey dijo:

—Deseo tanto este trabajo que me duelen hasta las muelas, pero tengo que estar segura de que no lo haces porque lo necesito. Estoy muy preocupada por mi relación, Townsend, y la tensión de tener que encontrar un trabajo como profesora está a punto de volverme loca. Pero por muy desesperada que esté, tengo que saber que lo haces por los motivos adecuados.

—Hennessey, tú sabes que te quiero y que haría lo que fuera por ti —empezó Townsend—, pero no tiraría el dinero de MaryAnn. Os respeto demasiado a ella y a ti. Sé que puedo ocuparme de los aspectos administrativos y publicitarios de este trabajo. Pero no tengo suficientes conocimientos sobre el proceso de escritura o sobre literatura para hacer las programaciones. Necesito a alguien que pueda hacer todo eso, sin que necesite mucha intervención por mi parte. Podría poner un anuncio, pero ¿para qué voy a hacerlo cuando conozco y me fío de una doctora en letras de una de las mejores universidades del país?

—Pero yo no tengo experiencia con este tipo de cosas.

—¿Y yo sí? Qué diablos, Hennessey, a veces hay que tirarse por el puente primero y aprender a nadar mientras se cae. Mira el lado bueno. Se nos pueden ocurrir formas innovadoras de dirigir este programa... no tendremos ideas preconcebidas.

—Bueno, eso es cierto —asintió Hennessey—. Y yo he asistido a suficientes seminarios de escritura como para saber qué es lo que funciona y qué no.

—Claro que sí —dijo Townsend—. Eres perfecta para este trabajo y no puedes estar más cerca de casa. Puedes pasar los fines de semana con tus abuelos y tu padre, echando una mano en el restaurante. Jo, esto podría darle a Kate la oportunidad de conocerlos. Seguro que le caen bien si les da una oportunidad.

—Si lo acepto, Kate no vendrá conmigo —dijo la morena, con la mirada clavada en la mesa.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque se quiere ir a Francia. Quiere hacer un curso en el Instituto de Psicoanálisis para hacerse psicoanalista. Cree que sería un buen complemento para su formación como psiquiatra.

—¿Pero por qué en Francia? ¿De qué le va a servir eso aquí?

—Estados Unidos reconoce a los analistas formados con otros programas. Eso no es problema. Además, le encanta Francia y cree que sería un buen lugar para que tengamos más intimidad.

—Pero tú no estarás con ella si aceptas este trabajo —dijo Townsend, ladeando la cabeza mientras intentaba comprenderlo.

—Ya lo sé. Creía que Kate iba a cambiar de opinión cuando le conté lo de este trabajo, pero parece decidida a seguir con sus planes, con independencia de lo que yo haga.

—Ésa no me parece buena señal, cariño —dijo Townsend, comentando lo evidente.

Hennessey miró a su amiga y en sus ojos se notaba lo confusa que estaba.

—Ya lo sé. Kate está muy inquieta e irritable. Ha estado sometida a un presión tremenda y creo que quiere dejarlo todo y huir a Francia un tiempo. En serio, Townsend, no creo que tenga el más mínimo interés en ser psicoanalista. Creo que no es más que una excusa para no parecer tan blanda por no empezar la residencia.

—¿Es que no quiere ser médico?

—Ah, sí, todavía le encanta la medicina, pero... ¡jo, no lo sé! Sé que quiere ser médico, pero no tengo la menor idea de por qué no quiere continuar en estos momentos. A lo mejor dice la verdad y sólo está cansada. Sabe Dios que yo lo estoy y no he hecho ni la mitad del esfuerzo que ha hecho ella.

—¿Estás segura de que quiere ser psiquiatra? A lo mejor ése es el problema.

Mirándola con tristeza, Hennessey dijo:

—Ojalá no estuviera de acuerdo contigo, pero lo estoy. Creo que quiere ser cirujana. Ésa es su personalidad, Townsend. Es de las que les gusta trabajar a tope y arriesgarse a tope. Le encanta la presión, el aspecto de vida o muerte de la cirujía. Cuando estaba haciendo las prácticas de cirujía, nunca la había visto tan feliz. Qué llena de vida estaba. Se moría por ir a trabajar al día siguiente.

—Oh, Hennessey. —Townsend alargó la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de su amiga—. Ya sé que no es ése el tipo de trabajo que quieres que tenga.

—No, no lo es. Pero jamás me interpondría en su camino si es lo que quiere. Tendríamos que encontrar otras maneras de alcanzar nuestras metas.

—¿Y los hijos? —preguntó Townsend.

—Siempre podríamos adoptar a un niño algo mayor cuando las dos tuviéramos nuestras carreras encarriladas. A mí me encantaría tener un hijo... pero no es una meta vital para mí. No tendría un hijo si Kate no pudiera compartir las responsabilidades y, siendo cirujana, no podría contar con su ayuda.

—¿Se lo has dicho?

—Claro que sí —dijo Hennessey, mirándola con irritación—, pero ha tomado la decisión de ser psiquiatra y está emperrada en seguir hasta el final. —Entrechocó el salero y el pimentero y dijo—: No sé si lo hace por mí o por ella, pero ojalá pudiera hacerle comprender que yo sólo seré feliz si ella lo es.

Townsend se quedó mirando a su amiga largamente y por fin dijo:

—La quieres muchísimo, ¿verdad?

—Sí. Sacrificaría casi cualquier cosa por ella, Townsend, y confío en que ella haría lo mismo por mí.

—¿Cómo le sienta la idea de que aceptes este trabajo?

—Nada bien. Pero nada bien. Quiere que me vaya a París con ella y no es capaz de entender por qué no puedo. Estamos pasando por un momento muy difícil y en parte pienso que una separación nos podría venir bien. Podría permitirnos volver a dedicarnos la una a la otra.

—También podría contribuir a que rompáis —dijo Townsend—. Espero que lo hayas pensado bien, cariño.

—Lo he pensado. Pero tengo que trabajar, Townsend. No puedo obtener un permiso de trabajo para trabajar en Francia y Kate sólo va a recibir un pequeño estipendio. Sus padres se pueden permitir mantenernos perfectamente, pero yo no quiero vivir mi vida de esa forma. He trabajado mucho para conseguir esta titulación y la quiero usar. Necesito empezar a ganar dinero y ayudar a mis abuelos. ¡Dios! —Dejó caer la cabeza y se pasó las manos por el pelo—. ¿Tienes una idea de lo mal que ha ido la pesca comercial este año? Con todos esos nuevos campos de golf que están construyendo en terrenos hasta ahora vacíos, ha habido unos vertidos masivos de fertilizantes. ¡Eso ha jodido el ecosistema de las aguas de faenar cosa mala!

—Todo irá bien —dijo Townsend, intentando calmarla.

Hennessey la miró y sacudió la cabeza.

—No, no irá bien. Tengo que empezar a ayudar. Me encantaría poder pasarme un año en Francia sin hacer nada, pero yo no procedo de ese tipo de familia. ¡Tengo que trabajar! Si Kate no logra entenderlo...

—Vale. —Townsend le dio unas palmaditas en la mano y soltó un suspiro—. Vamos a quitarnos de encima el tema de los negocios, ¿te parece? —Sacó un contrato y se lo entregó a su amiga—. Puedes hacer que lo repase un abogado si quieres.

Hennessey sacó un bolígrafo de su cuaderno de notas y firmó al pie del documento de tres páginas sin molestarse en leerlo.

—Tú nunca me pedirías que firmara algo que no velara por mis intereses. Me fío totalmente de ti, Townsend. Y te estoy más agradecida de lo que jamás podré expresarte con palabras.

—Corta el rollo, larga. No te estoy haciendo ningún favor. Eres la mujer adecuada para este trabajo. Punto.


Townsend empujó la puerta parcialmente abierta y gritó:

—¿Alguien necesita ayuda para deshacer el equipaje?

—¡Pasa! —dijo Hennessey.

Al entrar, la mujer más menuda sonrió mientras miraba el interior del bungalow.

—Deberías haber estado en el ejército, larga. Podrías salir de un sitio en quince minutos.

—Me gusta viajar ligera —dijo Hennessey, cruzando la habitación para abrazar a su amiga—. Tenía muchos libros, pero me lo estuve pensando y decidí vender los que pudiera y donar el resto a la biblioteca. Voy a esperar a que tengamos nuestra propia casa para empezar a hacer acopio de mi biblioteca particular.

—Te compraré una colección encuadernada en piel de las obras de Shakespeare como regalo de inauguración de casa. —Townsend se apartó del abrazo suelto de Hennessey y dijo—: Me gusta que hayas dicho "tengamos". Espero que eso signifique que Kate y tú volvéis a pisar terreno firme.

Hennessey la miró con curiosidad.

—Sabes calar a la gente. ¿Qué te pareció cuando estuviste en Durham para la graduación?

—¿Aparte de que nunca había visto a nadie que estuviera tan mona con birrete y toga?

—Sí —dijo Hennessey, sonriendo afectuosamente—, aparte de eso.

—Me pareció que Kate y tú parecíais muy felices juntas. Estuve sentada a su lado durante la graduación y sonrió de tal manera cuando anunciaron tu nombre que me extraña que no se dislocara la mandíbula. Le caían lagrimones por la cara, Hennessey, y ese grado de alegría no se puede fingir. Parecía una mujer que te quiere con todo su corazón.

Sonrojándose levemente al tiempo que una sonrisa le iluminaba la cara, Hennessey asintió.

—Así es. Yo siento lo mismo por ella.

—¿No me digas? —le tomó el pelo Townsend—. Si la hubieras presentado una sola vez más como la doctora Brill, ¡te habría estrangulado!

—Oye, que estoy orgullosa de ella —dijo Hennessey.

—Una cosa es estar orgullosa —dijo Townsend—. Tú estabas babeando, pero me alegro mucho de que las cosas os vayan mejor.

—Pues sí —asintió Hennessey—. A medida que se acercaba la graduación, se le pasó mucho el estrés y fue más fácil buscar una solución a las cosas. Cuando ayer la llevé al aeropuerto, me sentía mejor con nuestra relación de lo que me he sentido en meses. Dios, cómo me costó dejarla marchar.

—Todo irá bien, cariño. Volverá contigo dentro de un año y por fin podréis comenzar vuestra vida juntas. Te prometo que todo se solucionará.

—Dios, eso espero —dijo Hennessey—. La quiero tanto.


—Hola, colega —dijo Townsend, a la mañana siguiente temprano cuando llegó al bungalow de Hennessey—. ¿Quieres ir hoy conmigo a comprar casa?

—¿A comprar casa? ¿En serio?

—Sí. He decidido lanzarme. Me preocupaba un poco meter mucho dinero en la compra de una casa, pero creo que el tema inmobiliario se me puede dar tan bien como cualquier otro tipo de inversión a largo plazo.

—Jo, a veces creo que Kate y tú deberíais estar juntas. Las dos tenéis mucho más en común que ella y yo.

—No es mi tipo —dijo Townsend, sonriendo con chulería—. Prefiero a las morenas larguiruchas. Bueno, ¿vas a venir conmigo?

—Claro. Espera que me arregle un poco. No quiero que parezca que te relacionas con la gente pobre.

—Tú llenas de clase cualquier lugar en el que entras, Hennessey Boudreaux. Venga, vamos a comer algo y nos largamos.


De camino a la agencia inmobiliaria, Townsend ofreció a su amiga una rápida visión general de sus planes.

—Bueno, recuerda, la agente está ahí para enseñarme casas, pero también está para empujarme a comprar una casa por la que lleva comisión. Así gana más dinero —añadió, al ver que Hennessey no entendía nada—. Intentará hacernos creer que sólo le interesan mis necesidades, pero eso es un cuento. Es una vendedora como cualquier otra. Quiere que encuentre algo que me guste, pero su objetivo principal es hacerme comprar algo, lo antes posible.

—Yo creía que los agentes inmobiliarios trabajaban para ti —dijo Hennessey.

—Así es. Pero también trabajan para sí mismos. Ahora, si le indico que me interesa algo, me va a presionar de lo lindo. No quiero que pase eso —dijo Townsend—. Quiero ir de fría... fría como el hielo, colega, y quiero que tú me sigas la corriente.

—Estas cosas no se me dan muy bien, pero lo intentaré —prometió Hennessey.


Vieron tantas casas que a media tarde las dos estaban con los ojos algo vidriosos. Pero Townsend se había traído su cámara digital y Hennessey sacó un montón de fotos mientras Townsend tomaba notas de cada casa en su agenda electrónica. Pararon en otro camino de entrada, pero esta vez, las dos jóvenes intercambiaron una mirada cuando llegaron a la casa. La mirada decía en silencio: "Ésta tiene posibilidades".

Efectivamente, la casa tenía posibilidades, y Townsend sintió que se le aceleraba un poco el corazón cuando salió del coche. Su primera impresión fue que estaban en una zona agradable, más antigua y establecida de Beaufort que en Hilton Head. La casa era de madera: una gastada madera gris de cedro. Por el segundo piso se extendían tres aguilones y el tejado tenía una elegante inclinación, pero lo que le llamó la atención a Townsend fue el ancho porche cubierto, que estaba pidiendo a gritos una noche cálida y un columpio.

Echó una mirada a Hennessey y vio la emoción en los ojos de su amiga. Inclinándose hacia ella, Townsend dijo:

—Saca todas las fotos que puedas, ¡y que no te vea la agente!

La agente, Gloria, no paraba de hablar, cantando las virtudes de la casa. Townsend la siguió al interior, mientras Hennessey sacaba fotos del exterior.

—No sé —dijo Townsend, con el aire más aburrido que pudo—. Es bastante tradicional, ¿no?

—Sí, efectivamente, pero a mucha gente le encanta este estilo "Tierras Bajas". Se ve por toda Carolina del Sur.

—Eso es cierto —asintió Townsend—, pero no he visto ningún otro ejemplo de este estilo en las mejores partes de la isla. La mayoría de esas casas son mucho más modernas. A lo mejor es porque esta casa no forma parte de una urbanización. —Y añadió—: De hecho, creo que ésta es la única casa que he visto que no forma parte de una urbanización. Debe de ser más difícil vender una casa antigua que no está cerca de unas instalaciones de golf o de tenis. —Townsend observaba subrepticiamente el interior y dijo—: Vamos a echar un vistazo rápido arriba. No tiene sentido malgastar el viaje.

Pocos minutos después, Gloria y ella salieron y se encontraron a Hennessey sentada en la barandilla del porche.

—Este sitio me recuerda a mi casa —dijo la morena.

—Ah, ¿y dónde vive? —preguntó Gloria, sonriendo alegremente.

—En la parte mala de Beaufort —le informó Hennessey—. Mi padre es camaronero y vivimos junto a los muelles.

La sonrisa de Gloria se desvaneció y echó a andar hacia el coche. Hennessey preguntó:

—No os importa que entre, ¿verdad? Me encantan las casas como ésta.

—No, adelante, Hennessey. Creo que por hoy hemos terminado, ¿verdad, Gloria?

—Les he enseñado todo lo que tengo dentro del precio que están dispuestas a pagar —dijo la mujer, con tono abatido.

—Hoy hemos visto tantas casas... me gustaría repasar las fotografías que hemos tomado para ver si hay algo que nos gusta lo suficiente como para volver a verlo.

—Está bien —dijo Gloria. Miró el reloj y dijo—: ¿No debería ir a buscar a su amiga?

—No, no tardará en volver. Lleva tiempo fuera de Beaufort y echa de menos su casa. Dejemos que rememore un poco.


En cuanto las dos salieron del coche, entraron tranquilamente en el bungalow de Townsend y entonces la rubia soltó un alarido.

—¡Me voy a comprar esa casa! —gritó.

—¿A que era genial? —preguntó Hennessey, tan emocionada como su amiga.

—Me ha encantado —dijo Townsend—. Es que ya me veía sentada ahí fuera al atardecer, bebiendo un vaso de limonada y contemplando la puesta del sol.

—Oh, yo también —suspiró Hennessey—. Ése es justamente el tipo de casa que me encantaría tener algún día.

Mirándola fijamente, Townsend dijo:

—Sabes, no hay razón para que no puedas venir a vivir conmigo. La casa tiene tres dormitorios y dos baños completos. Las dos tendríamos nuestra intimidad.

Hennessey se volvió hacia su amiga.

—Por mucho que me gustase, no me parece buena idea. Kate se fía de mí, Townsend, pero si me fuera a vivir contigo, le entraría la inseguridad.

Asintiendo, Townsend dijo:

—Lo he dicho sin pensar. Lo... siento haberlo dicho.

—Eh. —Hennessey le puso a su amiga una mano en el brazo—. Te agradezco el ofrecimiento, en serio. Y voy a estar en tu casa tan a menudo que querrás echarme a patadas. Pero vivir contigo no es lo mejor para mi relación, Townsend, y eso siempre tengo que anteponerlo a cualquier cosa.

Townsend le dio distraída unas palmaditas a su amiga en el brazo, con el ceño fruncido mientras pensaba.

—Ya lo sé. Pero es que a veces se me olvida cómo nos ve la gente. Kate debe de sentirse rara como poco de que estés aquí.

Encogiéndose de hombros, Hennessey dijo:

—No habría sido lo que ella hubiera elegido, pero no es por ti concretamente. Ella preferiría que las dos cortáramos todo contacto con nuestras ex amantes. Piensa que si se mantiene una relación estrecha con una ex, se crea una tensión que no nos conviene.

—¿Y cuántas ex amantes tienes tú?

Hennessey la miró algo cortada y dijo:

—Pues tú...

—Ya. Pero no es por mí, ¿verdad?

—A lo mejor un poco —reconoció Hennessey.

—¿Estás segura de que es buena idea que estés aquí, Hennessey? No quiero decirte cómo debes vivir tu vida, pero...

—Tengo que vivir mi vida de acuerdo con mi propio código moral, Townsend. Hay cosas que quiero que Kate no es capaz de hacer y cosas que ella quiere que yo no soy capaz de hacer. Éste es un tema sobre el que hemos aceptado que no estamos de acuerdo.

—Fue muy cordial conmigo en tu graduación.

—Le caes bien, Townsend. Ése no es el problema. Kate sabe lo importante que eres para mí y está un poco preocupada de que estemos juntas mientras ella está en Europa. A mí no me preocupa en absoluto, pero creo que es más difícil para la persona que se marcha.

—Hennessey, te he mentido muchas veces, pero nunca desde que estoy sobria. Te juro que jamás en la vida haría nada que pudiera crear tensión entre Kate y tú. Sé lo feliz que te hace.

—Eso ya lo sé. No habría aceptado el trabajo si creyera que no nos apoyabas por completo. Es sólo que Kate no te conoce como yo. Nunca ha tenido una amistad íntima con alguien a quien haya amado... o ama, como es mi caso.

—Sí, eso de ama probablemente también me tendría a mí mosqueada.

Hennessey asintió, mordisqueándose el labio un momento.

—Nunca le he dicho que sigo enamorada de ti, pero es demasiado lista para no darse cuenta.

—Me preguntaba si se lo habías llegado a decir —dijo Townsend—. Creo que yo no lo habría hecho.

Hennessey se rió suavemente.

—Hay cosas que no conviene restregar por la cara. No puedo evitar amarte, pero sí puedo evitar traicionar a Kate. Eso es lo que cuenta.

—Pero Kate se preocuparía si lo supiera, ¿verdad?

—Sí, eso creo, pero no puedo dejarme vencer por sus temores. Tiene que conocerme lo suficiente como para fiarse de mí. Si yo puedo fiarme de ella, que está en París, ella puede fiarse de mí con mi mejor amiga.

—Te aseguro que puede fiarse de ti con tu mejor amiga —dijo Townsend, clavándole un dedo con fuerza a la mujer más alta.


Estaban tan atareadas organizando la oficina que las dos se quedaron pasmadas al darse cuenta de que el día siguiente era 4 de julio.

—Se me ha pasado el tiempo volando —dijo Hennessey, contemplando el calendario que había encima de su mesa.

Townsend le tiró un clip de plástico a su amiga. Sus mesas estaban colocadas en L en la gran estancia y a la rubia le encantaba lanzar los clips, sobre todo cuando uno de ellos se enganchaba en el largo y espeso pelo de Hennessey.

—Hemos estado trabajando como mulas, Boudreaux. No hemos descansado ni un día desde que empezamos.

—Supongo que es cierto —murmuró Hennessey—. Pero ha sido justo lo que me hacía falta. Sólo tengo tiempo de echar de menos a Kate cuando estoy en la cama y estoy siempre tan cansada que me duermo casi al instante.

—Me alegro de que no estés penando por ella —dijo Townsend—. La verdad es que pareces más contenta de lo que creía.

Hennessey sonrió de lado.

—Estoy contenta. Creo que éste es el tipo de trabajo para el que estoy hecha, Townsend. Me ha sorprendido lo mucho que me gusta.

Con expresión perpleja, Townsend dijo:

—Me alegro... me alegro, evidentemente, pero me sorprende. Yo creía que lo tuyo era la enseñanza.

Estiró los brazos por encima de la cabeza y echó la cabeza hacia atrás para quitarse un poco de tensión de los músculos.

—Sabes, he estado tres años enseñando en Duke y no me divertía para nada tanto como me divertía enseñar aquí, en el campamento. La motivación de los alumnos es muy distinta y para mí eso supone una gran diferencia. Me gusta enseñar a personas que quieren aprender, personas que tienen sed de conocer la materia. Probablemente me parecería otra cosa si enseñara a licenciados, pero cuando todavía no se han licenciado, la mayoría de la gente sólo va en busca de una nota. Era raro dar con alumnos con un mínimo de interés.

—No lo había pensado —dijo Townsend—. Es muy lógico, pero nunca me lo había planteado así.

—Sí, yo no lo he tenido claro hasta que lo he hecho. Me habría hartado de dar clase a no licenciados durante años y años mientras intentaba trepar por la escala académica.

—Pues me alegro de que no tengas que hacerlo —dijo Townsend.

Hennessey estaba lanzada con el tema y Townsend la escuchó mientras la mujer más grande se reclinaba más en la silla y seguía hablando.

—Me encanta tener autoridad aquí —dijo—. No habría tenido este grado de autonomía hasta que fuera jefa de departamento en una universidad. Y para eso tardaría un mínimo de quince años... o a lo mejor no lo conseguía nunca. En las universidades hay tanto politiqueo interno que ya estaba deseando librarme de todo ello. Y esto ha sido un respiro perfecto para mí.

—A mí también me ha hecho más fáciles las cosas. Habría estado perdida sin tu ayuda.

—Ha sido bueno para las dos —asintió Hennessey—. Y aunque creo que me pagas demasiado, no voy a discutir. He podido pagar unas reparaciones que le hacían falta a papá en el barco desde hacía cinco años y, este próximo fin de semana, vamos a reparar el muelle.

—¿Quieres que os ayude?

Hennessey sonrió a la rubia.

—Claro, pero no va a ser divertido. Muchos de los desperfectos están debajo del muelle. Tenemos que rascar toda la porquería y sustituir muchas de las tablas.

—Haré lo que pueda —se ofreció Townsend—. No me importa estar debajo de un muelle.

—Eres estupenda —dijo Hennessey, sonriendo—. Me encantaría que vinieras.

—¿Y para mañana? ¿Tienes planes?

—No, porque no sabía que era fiesta. Supongo que podría ir a casa, pero me parece un viaje muy largo para un solo día.

Townsend se animó.

—¡Vamos a hacer una barbacoa!

—Me parece bien. Yo traigo los fuegos artificiales.

—¿¡¿Fuegos artificiales?!? ¿Aquí se pueden tener fuegos artificiales?

—Ya te digo —dijo Hennessey, sonriendo—. Una ventaja más de vivir en Carolina del Sur.

—¡Te vas a saltar un ojo! ¡No quedaremos sin dedos! —exclamó Townsend.

—No voy a traer nada letal —dijo Hennessey, riéndose de la alarma de su amiga—. Sólo unos petardos y bengalas y cosas así. ¡No seas nenaza!

—No sé —dijo Townsend, sonriendo por fin—. Nunca he visto un petardo. En Massachusetts están prohibidos.

—Demasiados puritanos —afirmó Hennessey—. A los carolinianos del Sur nos encanta vivir peligrosamente.

—Bueno, pues cuando estés en Carolina del Sur...


—Townsend Bartley, te has convertido en una cocinera estupenda —dijo Hennessey la tarde siguiente—. Nunca he comido una hamburguesa con queso azul que estuviera bien hecha por dentro, ¡y estaba riquísima!

—Las judías estofadas de Boston también estaban muy buenas, ¿verdad? —preguntó la rubia, arrugando la nariz.

—Estaban soberbias. Estaba todo delicioso, Townsend. Delicioso de verdad.

—Me alegro de que te haya gustado —dijo Townsend—. Ahora deberíamos dar un largo paseo por la playa antes de que la gente se ponga a tirarnos petardos.

—Una idea buenísima.

Las dos atravesaron la casa, salieron por la puerta de entrada y echaron a andar, llegando al mar en cuestión de minutos.

—Oye, me preguntaba si tienes un hueco en la programación para mi profesora de escritura creativa de Boston —dijo Townsend—. Era muy buena y a lo mejor le apetece un cambio de aires. Se le da muy bien ayudar a los alumnos a romper sus barreras emocionales para desatar su creatividad.

—Claro. Seguro que me viene bien. No tendrás algún otro motivo, ¿verdad, señorita Bartley? Según recuerdo, ibas a pedirle que saliera contigo.

—Sííííííííí —dijo Townsend—. Aquí no he conocido a nadie, así que he pensado que podía empezar a importar mujeres. Si esto no sale bien, voy a empezar a buscar en Internet. Tengo entendido que las chechenas están muy deseosas de venir a Estados Unidos.

Hennessey le dio un empujón con la cadera y la reprendió:

—A menos que aparezca una mujer en tu puerta en busca de amor, no vas a ligar con nadie. O estás trabajando o estás conmigo. ¡De hecho, siempre estás conmigo!

—Supongo que es cierto —dijo—. Es que detesto la idea de ir de ligue.

—¿Dónde irías? —preguntó Hennessey.

—A un bar de lesbianas, supongo. La verdad es que no lo sé.

—¿Eso es prudente, Townsend? Es decir... ya saber a qué me refiero.

Mirando a su amiga con desazón, Townsend dijo:

—Creo que podría estar en un bar sin saltar a la barra para beberme todas las botellas.

Hennessey la agarró del brazo y la detuvo.

—No me refería a eso en absoluto, Townsend. Sólo me refería a que en un bar no siempre se conoce a la crème de la crème. Creo que te iría mejor si buscaras en ciertos grupos sociales. Ya sé —dijo, con tono emocionado—, ¿por qué no organizamos un seminario corto por las noches sobre literatura lésbica? Podríamos hablar de algunas obras actuales y seguro que todas las participantes serían lesbianas. Podríamos dirigirlo a la zona de Hilton Head, llenar la clase con gente del lugar. No tendría que ser un seminario caro, sólo una cosa entretenida para la gente de aquí. Y así yo tendría la oportunidad de enseñar este verano. Lo echo en falta —reconoció.

Tenía una sonrisa radiante y una vez más Townsend se la devolvió.

—Buena idea, larga. A la mujer que nunca ha tenido que buscar novia se le ocurre una idea brillante. Como siempre, me asombras.


Pocas horas después, estaban sentadas en el columpio del porche, meciéndose suavemente mientras contemplaban algún que otro fuego artificial que corría hacia el mar.

—No es muy festivo —murmuró Townsend—. Estoy acostumbrada al concierto de los Boston Pops y a un espectáculo de fuegos artificiales que cuesta varios millones de dólares.

—Te comunico que nuestros fuegos artificiales han costado quince dólares —dijo Hennessey, llevándose un pellizco—. Pero en serio, nena, ¿echas de menos Boston?

—No, la verdad es que no. Supongo que debería, puesto que mi familia lleva viviendo allí desde el siglo XVII... pero no lo pienso muy a menudo. Para mí, Boston no es más que otra gran ciudad. O sea, tiene mucha historia, pero cuando vives en un sitio así no lo aprovechas muy a menudo. No es como... aquí —dijo—. Carolina del Sur me da la sensación de estar de verdad en un sitio. Es mucho más especial que Boston, para empezar. Boston no se diferencia de Chicago o Nueva York o Filadelfia. Puede que en otros tiempos sí, pero ahora sólo hay centros comerciales, comida rápida y cadenas de grandes almacenes. Carolina del Sur tiene algo tan íntimo, Hennessey. Se te mete en la sangre.

Hennessey no dijo nada. Cogió la mano de su amiga y se la llevó a los labios, besándola con ternura.

Townsend notó algo de humedad en los labios y supo, sin mirar, que Hennessey estaba llorando en silencio. La rubia entrelazó los dedos con los de su amiga y colocó sus manos unidas en su regazo, acomodándose para contemplar el pequeño, dulce y extemporáneo espectáculo de fuegos artificiales.


En la primera noche del cursillo sobre "Nuevas Tendencias en Literatura Lésbica", Hennessey miró a las veinticinco animadas caras y dedicó un leve guiño a su amiga, sentada en la última fila. Townsend observó a sus compañeras de curso con atención y vio a unas cuantas mujeres cuyo número de teléfono no le importaría conseguir. Espero que Hennessey se acuerde de mencionar que podemos continuar la charla en el bugalow principal después de clase. Ésa es mi mejor oportunidad de conocer a algunas de estas mujeres. ¡Y vaya si voy a conocer a algunas de estas mujeres!


Hennessey sonreía como el gato de Cheshire cuando Townsend entró en la oficina que compartían al día siguiente.

—¿Y bien...?

—¿Y bien qué? —preguntó Townsend, dejando la mochila y tratando de aparentar desinterés.

—Anoche te vi salir del bungalow con esa morena tan mona. ¿Qué tal te fue?

—¿Morena? A ver... ¿me fui con una morena mona...? —Townsend se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo y dijo—: Creo que anoche sí que pase un rato con una morena muy mona. Y yo diría que me fue... estupendamente.

—¿Y la vas a volver a ver?

—Sí. Esta noche vamos a navegar un poco. Tiene un barco con el que hace regatas y si hace buen tiempo, lo vamos a sacar y vamos a cenar.

—Vaya, vaya —dijo Hennessey, con aire muy satisfecho—. Pero qué rápido trabaja la niña.

—Oye, que no voy para joven. Compruebo que a las mujeres no les huele el aliento a alcohol y que no llevan adornos religiosos llamativos y me lanzo.

—Oh, yo creo que todavía te quedan unos cuantos años de dar guerra. Pero me gustaría que encontraras a alguien a quien amar. Te lo mereces.

Townsend le echó una sonrisa pícara.

—Si no encuentro a alguien a quien amar, a lo mejor encuentro a alguien que me ame... al menos por una noche.


PARTE 17


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