13



Un viernes por la noche, ya en mayo, Townsend sirvió un vaso de zumo a su amiga y se sentó con ella en el sofá. Brindaron con los vasos y la mujer más joven dijo:

—Por la última reunión fija del club de los corazones solitarios.

—Oye, que no han estado tan solitarios, y no sabes lo que va a pasar. A lo mejor Jenna te sorprende.

—Ya me ha sorprendido bastante por un año —dijo Townsend, haciendo una mueca—. Se larga a Filipinas, vuelve a casa por Navidad y no me invita a Utah, me escribe cada vez menos... creo que todas sus sorpresas en conjunto me están mandando un mensaje que no quiero oír.

—¿Qué crees que vas a hacer?

Townsend se encogió de hombros y meneó un poco la cabeza.

—No lo sé. Es que no me apetece nada concreto, colega. Estoy muy deprimida.

—Ya lo sé —dijo Hennessey suavemente—. Has estado algo tristona desde que empezó el semestre, pero parece que cada vez estás peor. Estoy preocupada por ti.

Con una leve sonrisa, Townsend dijo:

—Ya se me pasará. Supongo que me ha estado costando acostumbrarme a la idea de que Jenna no va a volver y que tú tampoco vas a volver. No sé cómo voy a superar el año que viene. —Había estado conteniendo sus emociones y ahora perdió la batalla y se echó a llorar.

Hennessey la abrazó y la acunó suavemente.

—Para mí también va a ser difícil. Por mucho que quiera a Kate y por mucho que la eche de menos, estar contigo este año me ha hecho muy feliz. Me siento más cerca de ti que nunca... y no creía que eso fuera posible.

—Yo tampoco —susurró Townsend—, pero te quiero más de lo que te he querido nunca. —Le empezaron a temblar los hombros y sollozó—: Oh, Hennessey, te quiero tanto. ¡No puedo dejarte ir! ¡No puedo!

—Se me parte el corazón cada vez que pienso en dejarte. Ni me imagino cómo va a ser el año que viene. Estaré con Kate y eso será maravilloso... pero no poder verte siempre que quiera va a ser horrible.

—Lo sé, lo sé. Me siento como si me estuvieran arrancando una parte importantísima de mí misma y no sé cómo voy a poder salir adelante.

Hennessey se apartó y miró a su amiga con expresión muy seria.

—Irás a más reuniones, buscarás el apoyo de tu madrina. Lo superarás, Townsend.

De repente, Townsend se levantó y miró a su amiga con una mezcla de pasmo y rabia.

—¡No se trata de la bebida, joder! ¿Es que eso es lo único que te importa? ¡Townsend no puede beber! ¡Townsend no puede drogarse! Joder, Hennessey, eso ya lo sé. ¡Lo sé desde hace cuatro putos años! ¡No he tenido ni una puta recaída en cuatro años! Pero pareces creer que lo único que importa de mí es mi sobriedad. ¡Eso no es lo único que importa, joder! ¿Y mi corazón? ¡Y mi alma! —Se hundió en el sofá, perdiendo la fogosidad poco a poco—. Maldita sea, Hennessey. Maldita seas.

La joven de más edad se incorporó y dejó caer la cabeza entre las manos.

—Lo siento. No lo decía en ese sentido. Ya sé que tienes necesidades y que la mayoría no tienen nada que ver con la bebida. Es que... me resulta más fácil centrarme en tu sobriedad. Puedo... puedo tranquilizar mi conciencia sintiendo que te ayudo a mantenerte sobria.

—¿Tu conciencia? —Townsend parpadeó para aclararse las lágrimas de los ojos y miró confusa a su amiga—. ¿Qué tiene que ver tu conciencia con todo esto?

—Nada. No... no sé de qué demonios estoy hablando. —Hennessey se levantó y fue al cuarto de baño, donde se quedó tanto tiempo que Townsend estuvo a punto de ir a ver si le pasaba algo. Cuando la joven de más edad regresó, tenía los ojos enrojecidos e hinchados y parecía muy incómoda—. Mm... creo que será mejor que me vaya.

—¡¿Qué?!

—Ya me has oído —dijo apagadamente—. Esto nos está costando mucho a las dos y tal vez estaríamos mejor enfrentándonos a ello cada una por su cuenta.

—¿Desde cuándo? —Townsend se puso en pie, mirando a Hennessey a los ojos—. ¿Qué te pasa? Me parece que estás... no sé... —Miró fijamente a su amiga y por fin dio con la palabra adecuada—. ¡Me parece que estás mintiendo!

Moviendo los ojos, sin posarlos en la cara de Townsend, Hennessey farfulló:

—No, no estoy mintiendo. Es que estoy cansada. Ha sido una semana muy larga.

La rubia se acercó a ella y dijo una sola palabra, pronunciándola con mucha claridad:

—Chorradas.

—¿Qué? —Hennessey miró a los ojos que la miraban sin parpadear y se quedó sorprendida al ver el fuego que ardía en ellos.

—Chorradas. No estás cansada y no ha sido una semana especialmente dura. Estás ocultando algo y no voy a dejar que te escabullas.

Townsend casi vio cómo se erizaba su amiga. Sabía, mejor que nadie, que no era fácil desquiciar a Hennessey. Y también sabía que la alta morena no perdía muchas batallas en materia de fuerza de voluntad.

—Tengo derecho a mis pensamientos y sentimientos íntimos —dijo Hennessey, echando una cortina casi visible por encima de esos ojos azules normalmente sinceros y confiados.

—Claro que sí —asintió Townsend—. Y jamás se me ocurriría invadir tu intimidad... ¡salvo si faltan dos días para que te marches de Boston y es evidente que tus pensamientos íntimos tienen que ver con nuestra relación! Así que dime qué pasa.

—No. —Hennessey fue al armario de los abrigos, lo abrió y sacó su chaqueta... para ver cómo le era arrebatada y salía volando al otro lado de la habitación—. Preferiría irme con la chaqueta, pero me iré sin ella —dijo la joven de más edad, con un tono tajante y sin emoción. Fue a girar el picaporte, pero Townsend estaba justo delante, bloqueándole el paso—. Townsend, no te pongas así. Te llamo mañana.

—No te vas a ir —dijo la decidida rubia.

—No quiero apartarte de un empujón... pero lo voy a hacer.

Un par de ojos verdes la miró fijamente.

—No te vas a ir.

Meneando la cabeza, Hennessey intentó apartar a su amiga, aplicando la fuerza justa para conseguir su objetivo. Ante su sorpresa, Townsend no era tan ligera como parecía. No consiguió nada al empujar con más fuerza, pero Hennessey no estaba dispuesta a rendirse. Colocó ambas manos en la cintura de su amiga y empujó con todas sus fuerzas, moviendo a su obstinada amiga unos pocos centímetros. Pero Townsend estaba tan poco dispuesta a rendirse como la mujer más alta y colocó las manos en las caderas de Hennessey y le dio un empujón igual de fuerte.

Ante su asombro, Hennessey se tambaleó hacia atrás y el armario de los abrigos impidió que perdiera el equilibrio. Le dio un ataque de rabia cuando Townsend le sonrió con aire de superioridad. Haciendo acopio de todo su ánimo y toda su fuerza, se lanzó contra ella, intentando tirarla. Pero Townsend se dio cuenta de lo que intentaba, se agachó y bajó la cabeza, incrustándosela a Hennessey en la tripa.

La mujer más alta soltó un resoplido y sintió que retrocedía hacia el cuarto de estar. Clavando los pies en el suelo, puso las manos en los hombros de Townsend y empezó a forcejear con ella.

Empujaron, tiraron y se revolvieron, pero ninguna de las dos se hacía con la ventaja. Tanto era su esfuerzo que las dos mujeres se quedaron sin aliento a los pocos segundos y sólo lograban soltar gruñidos.

Townsend tenía los pulgares enganchados a las trabillas del cinturón de los vaqueros de la mujer más grande y Hennessey seguía aferrada a los hombros de la rubia. Aunque Hennessey era más alta, el centro de gravedad más bajo de Townsend y su rapidez les permitían estar igualadas en la pelea.

Pero a Hennessey su altura sí que le daba una ligerísima ventaja y conseguía mover a Townsend unos pocos centímetros en cualquier dirección antes de que la mujer más baja pudiera frenarse de nuevo. Pero no lograba planear sus movimientos, y sin darse cuenta empujó a Townsend contra el pronunciado pico de la mesa del café, por lo que la rubia gritó de dolor cuando la madera se le incrustó en la pantorrilla.

Por instinto, Hennessey tiró de su amiga hacia sí misma, justo en el momento en que Townsend la volvía a empujar. Salieron volando y aterrizaron con relativa suavidad en el sofá antes de caer al suelo, hechas un lío de brazos y piernas.

Hennessey estaba debajo y Townsend se la quedó mirando mientras las dos trataban de recuperar el aliento. La mujer más alta notaba todo el peso de Townsend sobre su cuerpo, notaba sus firmes pechos pegados a los suyos, los labios ligeramente abiertos muy cerca, tan accesibles. Sin censurarse, a Hennessey se le desconectó el cerebro al tiempo que su alma decía la verdad.

—Te deseo —dijo, cerrando los ojos.

Townsend dejó de respirar. Su pecho dejó de moverse sobre el tórax de la mujer más alta, pero el corazón se le aceleró muchísimo y los latidos reverberaban por todo el cuerpo de Hennessey.

—¿Qué? —logró decir por fin.

—Ya sé que no debería decírtelo... sobre todo ahora. Sé que no debería, pero no puedo seguir mintiendo. Te deseo, Townsend. Te he estado deseando todo el tiempo.

—Pero... yo... ¡las dos acordamos que ya no sentíamos eso!

—No, no es cierto —dijo Hennessey en voz baja—. Tú dijiste que no lo sentías y yo no dije que no fuera cierto.

—¡Hennessey!

—Desde que regresé de París, he estado luchando conmigo misma. No sabía que era posible, pero te juro que os amo a Kate y a ti por igual. Me... me he centrado en tu sobriedad porque es el único tema con el que me siento segura.

Townsend cerró los ojos y tomó aliento con fuerza. Frotó la cara en el algodón suave y gastado que cubría el pecho de Hennessey y murmuró:

—¿Por qué no me lo has dicho?

—Porque no es justo... ni para ti ni para Kate. A ella no puedo decirle lo que siento por ti... está mal decirle una cosa así. Y estaba igual de decidida a no decírtelo a ti... pero eres demasiado fuerte para poder resistir. —Bajó la mano y dio unas palmaditas a Townsend en el muslo, sonriendo al preguntar—: ¿Cuándo te has puesto tan fuerte?

—Ya sabes que corro todas las mañanas y que voy al gimnasio. ¿Te crees que lo hago sólo para ver el río Charles?

Hennessey se puso seria y preguntó:

—¿Me perdonas por habértelo dicho?

—¿Estás... eso... es todo? —preguntó Townsend, con los ojos como platos—. ¿Me dices que me quieres tanto como quieres a tu novia y luego lo olvidas?

—Sí —dijo Hennessey—. No puedo hacer nada más.

—¡Sí que puedes! —dijo Townsend, apartándose rápidamente de la morena—. ¡Tenemos que hablar de esto! No puedes soltarme una cosa así y dejarlo.

—No tiene sentido que lo hablemos, Townsend. Tengo un compromiso con Kate y no hay más que hablar.

—¡Dios, Hennessey! Ya sé que estás con tu primera relación, pero no es bueno querer a dos mujeres.

—No puedo evitarlo —dijo la morena—. Cuando estoy con ella, la amo por completo y estoy contentísima de que estemos juntas. Pero cuando estoy contigo, siento lo mismo. Este año no la he echado de menos ni la mitad de lo que debería. Estaba tan a gusto por estar contigo. —Meneó la cabeza y dijo—: No me di cuenta de ello hasta que fuimos a Gloucester y me preguntaste si la echaba de menos. Jo, llevo casi obsesionada con esto desde entonces.

—Pues a lo mejor es que tus sentimientos por ella han cambiado —dijo la rubia delicadamente.

—No, no han cambiado —dijo Hennessey—. Cuando estaba en París, sentía por ella lo mismo que siento ahora por ti. Con ella era totalmente feliz, Townsend. A decir verdad, no pasaba mucho tiempo pensando en ti... de esa forma. Te echaba de menos, por supuesto, pero como echaba de menos a mi padre y a mis abuelos. De verdad que siento que os quiero a las dos por igual... pero Kate y yo estamos comprometidas la una con la otra.

—¿Hasta qué punto estás comprometida si sientes esto por mí, Hennessey?

La larguirucha morena se levantó y fue a la cocina a beber un vaso de agua. Volvió al cuarto de estar y se sentó al lado de Townsend cuando su amiga le hizo un gesto para que se sentara con ella en el sofá.

—Estoy muy confusa... supongo que eso es evidente. Pero sí que quiero a Kate. Estoy profundamente comprometida con esta relación, Townsend, pero no puedo evitar sentir deseo por ti. No me es posible.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Townsend.

Hennessey la abrazó y dijo:

—Seguir adelante, tesoro. Kate llegará aquí mañana por la mañana, justo a tiempo para la graduación, y nos vamos el domingo por la tarde. Tengo que seguir adelante... con ella.

—¿Puedes hacerlo, Hennessey? ¿Puedes quererla y dejar de lado lo que sientes por mí?

Hennessey se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Llevo haciéndolo todo el año.

—Pobrecita —susurró Townsend—. Qué difícil tiene que haber sido para ti.

—Sí, pero no cambiaría nada. He tenido uno de los años más agradables de mi vida, Townsend. No podría haber pedido un año mejor para terminar la universidad. Ahora puedo volver al sur y sentir que he disfrutado mi último año contigo. No podría haberlo hecho si Kate hubiera estado aquí. Es... es una especie de conclusión para mí, creo.

—¿Estás segura, cariño?

—Sí, creo que sí. Reconozco que a veces me siento muy confusa, pero normalmente es porque me estoy guardando algo.

—Me alegro de que me lo hayas dicho —dijo Townsend.

—A mí me parece que decírtelo ha sido una cosa muy egoísta —dijo Hennessey suavemente—. ¿Debería habérmelo callado?

—No, no, has hecho lo correcto —dijo Townsend—. Me gusta saber que me quieres... aunque no podamos estar juntas. Siempre es agradable ser querida —dijo, sonriendo con más alegría—. Sobre todo por alguien tan querible.

—Yo siempre te querré, Townsend, aunque no siempre te desee.

—Yo siento lo mismo y espero que lo sepas —dijo Townsend.

Hennessey le revolvió el pelo y dijo:

—Bueno, vete a la cama para estar bien guapa en los miles de fotos que va a sacar mi abuela mañana.

—Magna cum laude por la Universidad de Harvard no es moco de pavo, genio. Y seguro que yo saco más fotos que tu abuela. Estoy muy orgullosa de ti, Hennessey. Muy, muy orgullosa.

Hennessey asintió, con aire un poco cortado, y luego se dirigió hacia la puerta. Cogió la chaqueta del suelo y se detuvo. Mirando a Townsend a los ojos, preguntó:

—¿Puedo darte un beso de despedida? No vamos a tener tiempo para estar a solas... mañana.

Townsend decidió ignorar la verdad tácita... que en cuanto llegara Kate, las cosas cambiarían y el corazón de Hennessey volvería a pertenecer en exclusiva a su amante.

—Sí, claro que puedes darme un beso —dijo. Al esperarse el habitual roce ligero de labios, Townsend se quedó absolutamente conmocionada cuando Hennessey la tomó entre sus brazos y la besó con fervor, abrazándola con tal fuerza que apenas conseguía respirar. El beso se prolongó y sus lenguas se tocaron vacilantes para acabar bailando juntas, al tiempo que Townsend soltaba un gruñido grave. Hennessey siguió pegada a los labios de su amiga y las dos se tambalearon un poco, chocando con la puerta con un golpe sordo.

Las grandes manos de Hennessey se deslizaron por el pelo de Townsend, sujetándole la cabeza mientras la besaba con una intensidad que la mujer más baja nunca había recibido de su amiga. Ésta era la auténtica esencia sin trabas de Hennessey: madura, decidida, llena de pasión, necesidad y poder... y hasta ese mismo momento, Townsend no se había dado cuenta de lo que había perdido.


Durham era presa de una ola de calor de finales de verano y la mayoría de los estudiantes que llenaban el campus aprovechaban la oportunidad para lucir sus bronceados veraniegos.

Una alumna, una morena de piernas largas, salió de su última clase de la semana e inmediatamente se recogió el pelo en una coleta y luego se sujetó los espesos mechones en la cabeza con un prendedor de carey. Se echó con un esfuerzo la mochila de libros al hombro y emprendió su camino. Apenas había recorrido cinco metros cuando una voz la llamó:

—Eh, larga.

A Hennessey se le pusieron los ojos como platos y se giró en redondo, intentando dar con la persona que le había hablado. Por fin, sus ojos se posaron en Townsend y su incredulidad se transformó rápidamente en una sonrisa resplandeciente.

—¿Pero qué...?

Townsend estaba despatarrada perezosamente en el banco donde estaba sentada, mirando a su amiga con la cabeza ladeada.

—He venido a ver cómo le iba a mi mejor amiga.

Meneando la cabeza, Hennessey se sentó a su lado y le echó un brazo por los hombros, diciendo:

—Aquí hay teléfonos, colega, y tienes mi número nuevo.

La mujer más menuda se acurrucó en el abrazo suelto de Hennessey.

—Dios, cómo me alegro de verte —dijo—. Ya sé que podría haber llamado y que probablemente debería haberlo hecho, pero quería verte, Hennessey, no simplemente hablar contigo. He estado preocupada por ti.

Hennessey miró a su amiga atentamente y dijo:

—Llevamos todo el verano enviándonos correos y no me ha dado esa impresión. ¿Qué es lo que te preocupa?

Townsend le sonrió de medio lado y dijo:

—Bueno, ahora que estoy aquí, parece un poco estúpido. —Su sonrisa se hizo más amplia y dijo—: En realidad, parece que soy una engreída total.

—¿De qué demonios hablas?

—Escucha, llevo preocupada desde tu graduación. Ésta es la primera vez desde que nos conocemos que ha ocurrido algo importante y no hemos podido hablarlo cara a cara.

Hennessey no contestó. Ladeó la cabeza y miró a su amiga con más atención.

—Me preocupa que no hayas superado lo mío —dijo Townsend. Hizo una mueca y añadió—: No es que tenga una cura de ser así. —Frunció el entrecejo y dijo—: Creo que la verdad es que empiezo las clases la semana que viene y no soporto la idea de estar en Boston sin ti y sin Jenna. Te echo de menos. —Miró a Hennessey con los ojos llenos de lágrimas y la mujer más grande la abrazó con cariño.

—Yo también te echo de menos —dijo. Dio un beso tierno a su amiga en la mejilla y dijo—: Yo misma estoy un poco desorientada. Me resulta raro estar de vuelta en el sur. La gente habla tan despacio —añadió, riendo suavemente—. Por fin me había acostumbrado al acento de Boston y ahora tengo que adaptarme a este gangueo de Carolina del Norte.

Townsend le dio un manotazo a Hennessey en las piernas desnudas.

—Deja de bromear. Hablo en serio.

Hennessey la miró a los ojos y asintió. Habló con tono suave al decir:

—Ya lo sé. Supongo que éste no es el momento de esquivar el tema, ¿verdad?

—No. —Townsend apretó el bronceado muslo y dijo—: Quiero estar segura de que estás bien. Quiero estar segura de que eres feliz.

Hennessey se la quedó mirando un momento y luego preguntó:

—¿Y qué vas a hacer si no lo soy?

Las dos se quedaron mirándose un poco más y luego Townsend se rascó la cabeza, con aire un poco cortado.

—No había llegado hasta ahí. Supongo que debería haberlo planeado mejor, ¿eh?

Con una sonrisa afectuosa, Hennessey abrazó de nuevo a Townsend, susurrándole al oído:

—Me alegro de que hayas venido. No te hace falta un plan maestro para venir a visitarme. Me parece maravilloso que me quieras tanto como para venir.

—Te quiero —dijo Townsend—. Te quiero muchísimo, larga. Me moriría si fueras infeliz.

—No soy infeliz —insistió Hennessey y luego cambió la forma de expresarlo—. Soy feliz. En serio.

—Es que... es que no puedo dejar de pensar en lo que nos pasó la noche antes de tu graduación —dijo Townsend—. Me viene a la cabeza casi todos los días.

Hennessey volvió a quedarse mirando a su amiga. Frunció los labios y preguntó:

—¿Has cambiado de opinión? ¿Quieres volver a intentarlo?

—No. —Townsend bajó la mirada al suelo—. Todavía quiero a Jenna, larga. No sé qué tiene esa mujer, pero me provoca algo que no quiero perder.

—Bien —dijo Hennessey con entusiasmo—. Me alegro de oírlo.

—¿Sí?

—Sí, claro que me alegro. Cuando me puse en vergüenza esta primavera pasada, te dejé claro que era feliz con Kate. No quiero que estés penando por mí. Quiero que hagas todo lo que puedas para conseguir que Jenna vuelva contigo cuando regrese.

—¿En serio?

—Sí. Sí —insistió, al ver que Townsend seguía con aire poco convencido—. Esto es lo lógico para cada una de nosotras, cariño. Ya te dije que estoy comprometida con Kate y lo decía en serio. No quiero que pienses que se trata de un compromiso del que desearía liberarme. No lo es. Te juro que no.

—¿Me lo prometes? —preguntó Townsend, apoyando la cabeza en el pecho de Hennessey.

—Te lo prometo —dijo la mujer más grande—. Os quiero a las dos, pero soy feliz de estar con Kate. Me comprende, me reconforta y me trata estupendamente. Es muy, muy amorosa, Townsend, y espero que Jenna recupere el sentido común y se dé cuenta de lo mucho que ella también te quiere.

—No creo que vaya a pasar —dijo Townsend—, pero eso no va a impedir que yo siga queriéndola.

—Tú no eres de las que se rinden fácilmente —dijo Hennessey, mirando a su amiga con franca admiración.

—No, supongo que no. Ni siquiera cuando debería.

—Oye, no digas eso. No sabes lo que va a pasar.

—No, no lo sé —reconoció Townsend—. Supongo que lo que dije antes es la verdad. Estoy atacada de volver a clase.

—Eso es comprensible —dijo Hennessey—. El año pasado estuvimos muy unidas.

—Sí —dijo Townsend, con tono melancólico y triste—. No va a ser lo mismo sin ti.

—Lo sé. Lo sé. —Hennessey volvió a echarle el brazo por los hombros y la estrechó con fuerza—. A mí también me resulta extraño estar aquí. Este verano, todos los viernes por la noche, me daba la impresión de que tenía que ir a tu piso.

Townsend le sonrió con tristeza y dijo:

—Los viernes van a ser duros.

—Bueno, hoy es viernes y creo que deberíamos aprovecharlo. Te voy a llevar a cenar al sitio más bueno que me pueda permitir. ¡Jo, qué sorpresa se va a llevar Kate!

—¿Va a estar en casa?

—No, no vuelve hasta tarde. —Miró a Townsend y preguntó—: Te quedarás con nosotras, ¿verdad? No tenemos habitación de invitados, pero...

—Ojalá pudiera, pero sólo tengo tiempo de cenar. Mi madre tenía que dar una conferencia en la Universidad de Carolina del Norte y volvemos esta noche en avión. Tengo que estar de vuelta en Chapel Hill a las once.

—¿Qué compañía aérea vuela a Boston después de las once de la noche? —preguntó Hennessey.

—Hemos venido en avión privado, cielo. A mi madre no le gusta hacer cola.

—Ni a nadie —dijo Hennessey, riendo suavemente—. La mayoría de la gente se aguanta.

—Mi madre no es como la mayoría de la gente —dijo Townsend—. Y yo tampoco. Te invito a cenar, larga. Y no quiero que me discutas.

—Soy una persona muy acomodadiza —dijo Hennessey, con una alegre sonrisa—. Sobre todo cuando una de mis personas preferidas me quiere invitar a cenar.

—Tú también serás siempre una de mis personas preferidas, Hennessey. Siempre.


PARTE 14


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