Nota de Atalía: En esta parte Hennessey y Townsend van a un partido de fútbol (americano, evidentemente) entre las universidades de Harvard y Yale. En su conversación hacen referencia a la llamada Ivy League, diciendo que Syracuse, otra universidad, no forma parte de ella. La Ivy League (Liga de la Hiedra) está formada por ocho universidades de gran prestigio académico y social, entre ellas Harvard y Yale. El término viene de la época en que estas ocho universidades formaron una liga deportiva y tiene su origen en la hiedra que cubre los muros de las facultades y residencias.


12



Townsend paseaba de un lado a otro delante de la puerta, pues había llegado media hora antes de que Hennessey aterrizara. Por fin, las puertas se abrieron y después de que salieran decenas y decenas de personas, apareció la cabeza morena de Hennessey.

—¡Hennessey! —exclamó la mujer más menuda, agitando las manos enérgicamente.

—Hola, tesoro —dijo Hennessey, abrazando a su amiga mientras los demás pasajeros pasaban a su lado zarandeándolas—. Te he echado de menos.

—Oh, yo a ti también. Me moría de ganas de ir a Carolina del Sur y apuntarme a tu clase de escritura creativa. He pasado momentos peliagudos, cariño. —Había bajado tanto la voz que Hennessey tuvo que hacer un esfuerzo para oírla, pero asintió y sacó a su amiga de la multitud.

—Seguro que sí, pero no has bebido. Eso es lo único que importa. Que no has bebido.

—No, no he bebido, pero me preocupa que incluso después de tanto tiempo, siga teniendo una necesidad tan fuerte. Me da miedo, cielo.

—Ya lo sé, y puede que te sientas así durante mucho tiempo... sobre todo cuando estés alterada o muy estresada. Pero has aguantado, Townsend. Te has aguantado las ganas. —Estrechó de nuevo a su amiga contra su cuerpo, abrazándola largo rato—. Estoy orgullosa de ti. Muy, muy orgullosa.

—Gracias. Me ha costado, pero ya me voy acostumbrando a estar orgullosa de mí misma. Es... distinto... pero de lo más agradable.

—Vámonos, colega. Tenemos que instalarnos en nuestras residencias. Las clases empiezan mañana.

—¡Puaajjj!


—¿Qué tal tu primera semana de clase? —preguntó Hennessey cuando las dos quedaron para cenar varios días después.

—Pues... bien. Aunque creo que me voy a ir de la residencia al final del trimestre. Mis padres dicen que confían lo suficiente en mí como para dejarme que alquile un piso y creo ya va siendo hora de que me mude.

—¿Tienes algún problema?

—No, nada grave. Pero tengo una nueva compañera de cuarto y es una estirada. No quiero perder el tiempo viviendo con alguien que no me cae bien.

—¿Por qué no te vas ya? —preguntó Hennessey.

Townsend la miró extrañada y dijo:

—Mis padres ya han pagado mi alojamiento para este trimestre. No quiero que tiren el dinero.

Hennessey alargó la mano y cogió la de su amiga.

—Cómo me alegro de oír eso.

—¿Eh?

Sonriendo a Townsend de oreja a oreja, Hennessey dijo:

—Hace dos años te habría encantado tirar el dinero de tus padres. Ahora eres mucho más respetuosa.

Townsend se encogió de hombros, algo cortada.

—Bueno, todavía soy difícil de trato —dijo, sonrojándose ligeramente.

Mirándola directamente, Hennessey dijo:

—No, no es cierto. Antes lo eras, pero ahora ya no. Has madurado mucho —añadió—. Es maravilloso verlo, nena.

Bajando un poco la cabeza, Townsend jugó con la comida y dijo:

—Gracias. Te agradezco que pienses eso.

—Oye, aunque sólo sea por capricho, ¿por qué no hablas con la universidad y averiguas si les pueden devolver el dinero a tus padres si te marchas ya?

—¿Se puede hacer eso?

—No pierdes nada por preguntar —insistió Hennessey, guiñándole un ojo.


Un mes después, Hennessey llamó al telefonillo del piso superior de un pulcro edificio de apartamentos de Cambridge. Townsend la dejó pasar y la morena larguirucha subió las escaleras de dos en dos, llegando al rellano antes de que su amiga pudiera abrir la puerta.

—Hola —dijo, apoyada en la jamba de la puerta como si llevara horas esperando.

—Pasa de una vez, loca. —Townsend cogió a su amiga del brazo y la metió en el piso.

Mirando a su alrededor con su habitual concentración, Hennessey asintió con aire aprobador.

—Bonito. Pero que muy bonito. Creo que por aquí ha pasado un decorador —dijo.

Encogiéndose de hombros, Townsend dijo:

—Mi madre me lo ofreció y ¿quién soy yo para decir que no?

—Oye, si mi madre se ofreciera a alquilarme un piso y mandarlo decorar, yo tampoco diría que no —dijo Hennessey, sonriendo a su amiga con encanto.

—Bueno, vale ya de cotillearlo todo y vamos a comer. He hecho esta cena con mis propias manitas, así que vamos a comérnosla antes de que se enfríe.

—¿Has hecho la cena tú sola? ¿En serio?

—Sí. Si voy a vivir sola, voy a tener que aprender a cocinar para mí. Me niego a alimentarme a base de comida rápida. Además, me encuentro mejor cuando como mejor.

Townsend cogió la chaqueta ligera de Hennessey y la colgó en el armario del pasillo y luego la llevó a una cocina de buen tamaño.

—No sé hacer nada fantasioso —dijo—, pero he conseguido asar un pollo y hacer patatas asadas al romero.

—¡Jo, Townsend, tiene una pinta estupenda! —Hennessey rodeó a su amiga con el brazo y la estrechó—. ¡Estoy impresionadísima!

—También he hecho ensalada —dijo la mujer más joven—. Tengo varios tipos de aliño en la nevera. Elige el que quieras.

De camino a la nevera, Hennessey, como de costumbre, se dedicó a examinar cada detalle que veían sus ojos.

—Qué casa tan bonita, Townsend. Me alegro mucho de que te hayas decidido a hacer esto. Creo que ya era hora de que tuvieras tu propio piso.

—Sí, eso creo yo. No me ha costado mucho resistirme a las fiestas y la bebida que hay en la residencia, pero no me gusta estar rodeada de eso. ¿Para qué buscar tentaciones, sabes?

—Lo sé. —Hennessey llevó el aliño de la ensalada a la mesa y echó una pequeña cantidad en la lechuga, mientras Townsend traía los platos.

Cuando las dos se sentaron, Hennessey miró a su amiga y preguntó:

—¿Has sabido algo de Jenna esta semana?

—Sí. Hoy. —Townsend se metió un poco de ensalada en la boca y la masticó pensativa—. La van a enviar a un sitio distinto del que tenían pensado originalmente.

—¿No va a ir a Filipinas? ¡Pero si ya ha empezado a aprender tagalo!

—Ah, no, sí que va a ir, pero la iban a mandar a Manila. Ahora va a ir a un lugar que me ha costado encontrar en el mapa.

—¿Cómo se llama ese sitio?

—Cebú —dijo Townsend—. Es una isla, aunque eso no tiene nada de especial, dado que las Filipinas son un archipiélago, pero está lejísimos de cualquier ciudad importante. Se va a tener que acostumbrar a vivir en un medio absolutamente rural.

—No tendrá que vivir estilo acampada, ¿verdad? —preguntó Hennessey—. O sea, se alojará en una casa, al menos de noche, ¿no?

—Sí, claro —dijo Townsend—. Pero ha hablado con una persona que ha vuelto de Filipinas hace poco y que le ha dicho que no vio una sola alfombra en todo el tiempo que estuvo allí. Estoy preocupada por ella, Hennessey. No tiene mucho mundo y me temo que verse metida en un nuevo entorno, en una nueva cultura, y obligada a hablar un idioma extranjero le va a costar muchísimo.

—Seguro que le va a costar —dijo Hennessey—, pero tienes que confiar en que está haciendo algo que es muy importante para ella. Seguro que sale adelante.

—Lo sé, lo sé —dijo Townsend, algo cortada—. Es que no puedo evitar preocuparme por ella.

—No me extraña, colega. Yo estaría atacada si Kate estuviera en la misma situación. Y me da la impresión de que no vais a poder hablar mucho.

—Probablemente nada —dijo—. Podré escribirle, pero tendré que medir mucho mis palabras. No va a tener nada de intimidad y no puede correr el riesgo de que la descubran.

—Vas a tener que tener mucha paciencia, cielo, pero sé que podrás con ello... si quieres aguantar.

Townsend miró a su amiga con profunda tristeza en los ojos.

—No me queda más remedio. La quiero demasiado para dejarlo correr.


Dos semanas después Townsend seguía muy deprimida por la ausencia de Jenna. Hennessey se había pasado toda la semana tratando de pensar en algo que pudiera animar a su amiga y por fin decidió que un cambio de aires le vendría muy bien.

—Oye —dijo cuando la llamó—. ¿Quieres que vayamos a algún sitio este fin de semana?

—¿A algún sitio? ¿Qué clase de sitio?

—Me gustaría salir de la ciudad ahora que todavía hace buen tiempo. He pensado que podríamos ir a algún sitio, por hacer algo distinto.

Hubo una pausa y Townsend dijo:

—¿Intentas distraerme de mis problemas?

—Puede que eso forme parte de mis planes —dijo Hennessey—. Pero no es lo único. No he visto gran cosa de Nueva Inglaterra y como sólo me queda este año de universidad para estar aquí, necesito aprovechar los fines de semana.

—¿Qué ha sido de la antigua Hennessey? —preguntó Townsend—. Recuerdo que mirabas el reloj cada media hora porque querías volver a casa a estudiar cuando quedábamos los viernes por la noche.

—Ésa era, efectivamente, la antigua Hennessey. Una de las influencias positivas de Kate ha sido hacer que me dé cuenta de que no tengo que matarme para sacar buenas notas. No tengo que trabajar el doble que los demás. Soy tan inteligente como cualquiera de los que están aquí, y si mis compañeros de último curso pueden divertirse un poco... yo también.

—¡Vaya! Menuda declaración de independencia —rió Townsend—. Estoy de acuerdo con que tenemos que celebrar tu libertad. ¿Tienes alguna idea de lo que te apetecería hacer?

—Pues no sé. He mirado en Internet y he encontrado unos hostales juveniles en Maine...

—Tú alucinas —dijo Townsend, riendo—. Déjame a mí que organice el fin de semana, colega.

—No tengo mucho dinero —le advirtió Hennessey.

—Ya lo sé —dijo Townsend, sonriendo con tolerancia—. Tú no te preocupes por nada.


El viernes por la tarde Townsend recogió a Hennessey con un elegante y reluciente Jaguar verde.

—Bonito coche —dijo Hennessey, tras meter su bolsa en el asiento trasero—. ¿Es de tu madre?

—Sí. Ahora le ha dado por los todoterrenos, así que éste no lo usa mucho.

Con una ligera sonrisa, Hennessey dijo:

—Ése es un problema que yo nunca tendré.

—Oye, nunca se sabe, larga. A lo mejor te conviertes en una escritora de fama mundial forrada de pasta.

—Supongo que es una posibilidad, pero lo más probable es que acabe siendo una de tantas profesoras anónimas de universidad, soñando con escribir la gran novela americana, pero sin llegar a hacerlo jamás.

Townsend le echó una mirada rápida y dijo:

—¿Pero qué dices? Eso es mucho pesimismo viniendo de ti, nena. ¿Va todo bien?

—Sí, claro —dijo Hennessey—. Estoy bien. Y no creo que sea pesimista. Simplemente realista, Townsend. Es muy difícil mantener una carrera profesional y sacar tiempo para escribir. No hay mucha gente que pueda hacerlo, sobre todo si se quiere tener familia.

—Mi madre... —empezó a decir Townsend, pero luego se cortó—. Vale, mi madre no es el mejor ejemplo. No creo que la viera más de una hora al día cuando era pequeña, pero habrá escritores que sean buenos padres.

—Seguro que sí —asintió Hennessey—. Pero es que no sé si yo lo sería... sobre todo si estoy enseñando.

—Sabes —dijo Townsend—, nunca has hablado de esto, pero ¿qué preferirías hacer: enseñar o escribir?

—¿Me vas a decir dónde vamos?

—No. Tú relájate y disfruta, y mientras disfrutas del paisaje, contesta mi pregunta.

—Sí, señora —dijo Hennessey, sonriendo—. Yo diría que tengo que escribir. Es más que una afición, es una obligación. Así que aunque nunca llegue a publicar nada, siempre escribiré. Pero también me encanta enseñar. No podría pasarme todo el día escribiendo: un par de horas al día es lo máximo que logro concentrarme como es debido. Así que supongo que mi ideal sería tener unas pocas clases para tener tiempo suficiente para escribir un poco todos los días.

—Me parece un buen plan —dijo Townsend—. Creo que podrás hacerlo, colega. Sobre todo si Kate es médico.

—Ah, Kate va a ser médico —dijo Hennessey—. De eso no cabe duda.

Condujeron en silencio durante un rato, intentando avanzar por el denso tráfico de Cambridge. Townsend miró a su amiga de reojo y vio la expresión contenta y apacible de su rostro.

—¿Hennessey? ¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Claro. Lo que quieras.

—¿Echas de menos a Kate?

—¿Eh? ¡Claro que la echo de menos! —Los ojos azules de Hennessey se abrieron de par en par y miró a Townsend con gran desconcierto—. ¿Es que no lo parece?

—Mm... pues no, la verdad.

—¿¡¿Qué?!?

—Lo que oyes —dijo Townsend—. Estás toda contenta, no como alguien que se muere por estar con su amante.

—Oh. —Hennessey alzó la mano y se rascó la cabeza morena y luego frunció el ceño—. No sé si sé cómo se supone que tengo que estar. Nunca había tenido una amante hasta ahora.

—No hay un guión, Hennessey. O te sientes sola o no.

Hennessey se volvió y se quedó un rato mirando por la ventanilla, evidentemente pensando en la pregunta.

—Supongo que tengo que reconocer que no me siento sola, Townsend. ¿Eso es malo?

—¿Malo?

—Sí, no quiero fastidiar esto de tener novia. Si se supone que tengo que sentirme sola, haré un esfuerzo.

Parecía tan sincera que Townsend no sabía si lo decía en broma o no.

—¿Lo dices...?

—Es broma —dijo Hennessey, riendo—. Ya sé que no puedo obligarme a sentirme sola, pero estoy un poco desconcertada. ¿Es que la gente se siente sola cuando no está con su amante?

—No sé si le pasa a todo el mundo, pero yo echo tanto de menos a Jenna que es como un dolor —dijo Townsend—. Pienso en ella todos los días, por lo general muchísimas veces. Cuando estoy en la cama por la noche, me siento tan incompleta... como si todo pudiera volver a estar bien si ella estuviera aquí.

—Mmm... —Hennessey miró pensativa a su amiga y dijo—: A lo mejor ésa es la diferencia. Yo sé que Kate me quiere y que estaremos juntas en cuanto acabe este curso. Tú... no tienes esa certeza con Jenna.

Asintiendo, Townsend dijo:

—Puede que tengas razón. Siento que he perdido a Jenna... para siempre. Tú sabes que Kate está lejos porque tiene que estarlo, no porque quiera.

—Oye. —Hennessey le dio unas palmaditas a su amiga en la pierna y luego se la apretó—. Jenna está haciendo lo que cree que tiene que hacer, cariño. No quiere estar en un país extranjero, ¿verdad?

Townsend sorbió un poco y luego se secó los ojos con el dorso de la mano.

—No, no quiere. No puede ser muy franca en sus cartas porque se las leen, pero parece muy deprimida.

—¿¡¿Que le leen las cartas?!?

—Sí. —Townsend la miró extrañada y preguntó—: ¿Es que no te he dicho que no iba a tener nada de intimidad?

—¡La intimidad y el espionaje son cosas distintas!

—Lo sé, lo sé —dijo Townsend, con tono tenso—. Por favor, Hennessey, no me tires de la lengua. Es su fe, y para ella es importantísima. Ella ya sabía cómo iba a ser el tema y se ha metido en ello sabiendo muy bien lo que hacía.

—No quiero que te sulfures, ¿pero qué motivo pueden tener para leer su correo? —preguntó Hennessey.

Suspirando, Townsend dijo:

—Quieren asegurarse de que los misioneros están bien. Jenna dice que leer el correo que envían a sus familias es la mejor manera de saber si están surgiendo problemas.

—O de asegurarse de que no se quejan de los problemas —rezongó Hennessey.

Townsend la miró un instante y dijo:

—No eches más leña al fuego.

Hennessey cerró los ojos un momento y luego volvió a dar una palmadita a su amiga en la pierna.

—Lo siento, colega. Ya sé que haces todo lo posible por apoyarla y que lo último que necesitas es que yo me ponga a despotricar sobre sus decisiones.

—Da igual. Ya sé que cuesta no hacerlo.

—Eso no es excusa —dijo Hennessey—. Te prometo que no volveré a hacerlo.

—Vale. Ahora tengo que concentrarme, así que vamos a dejarlo. Vamos a llegar a un cruce complicado y no quiero pasármelo.

Hennessey observó el perfil de Townsend y se dio cuenta de su amiga tenía mucho más en la cabeza que la simple búsqueda de un cruce.


Al cabo de poco más de una hora, Townsend puso el intermitente y aminoró la velocidad.

—¿Gloucester? —preguntó Hennessey—. ¿Vamos a Gloucester?

—Sí. Vamos a Gloucester. ¿Has estado alguna vez?

—Mm-mm —dijo Hennessey, moviendo la cabeza morena rápidamente para mirar por las dos ventanillas—. ¿Por qué hemos venido aquí?

—Porque tenemos donde alojarnos —explicó Townsend—. Te he prometido un fin de semanas sin gastos y yo cumplo mis promesas.


Condujeron por una carretera panorámica de la costa, y Hennessey se movía tanto que Townsend estuvo a punto de pedirle que se sentara detrás. Al llegar a un camino casi invisible, Townsend metió el Jaguar por él, conduciendo despacio mientras bajaba por el sendero sin luz.

—¿Dónde diablos estamos? —preguntó Hennessey?

—En la casa de mi abuela —replicó Townsend—. La madre de mi padre.

—¡Dios! —A Hennessey se le pusieron los ojos como platos cuando apareció la casa. Ya estaba todo oscuro, pero la casa estaba iluminada con focos evidentemente ocultos en los árboles de alrededor—. ¿Qué tamaño tiene este sitio?

—Es muy grande —dijo Townsend—. Creo que tiene siete u ocho dormitorios.

—¿Y para qué necesita tu abuela una casa como ésta?

—Ah, no la necesita. Sólo la usa en verano... para fiestas y esas cosas. Ya sabes.

—Bonito lugar —dijo Hennessey, saliendo del coche y llenándose los pulmones de aire salobre—. Ooh... qué gusto —dijo, con una sonrisa reluciente a la luz de la luna—. Pero qué gusto.

—Esto te va a gustar, larga. Estoy segura.

—Sí, por lo general soy muy tiquismiquis con las mansiones donde me alojo, pero a ver qué tal con ésta.


Esa noche, ya tarde, se quedaron tumbadas delante de la chimenea, mientras el chisporroteo y los chasquidos del fuego acompañaban su conversación. Hennessey había hecho la cena después de insistir en que prefería cocinar en vez de salir. Con el estómago lleno de pescado azul, patatas asadas y calabaza rehogada, las dos mujeres estaban casi dormidas por el calor.

Hennessey estaba echada boca abajo. Townsend estaba reclinada sobre tres almohadones, con los pies descalzos cerca de la rejilla del fuego.

—Estoy encantada —dijo Hennessey, despacio y con suavidad—. Buena comida, un buen fuego, buena compañía. —La morena se estiró y preguntó—: ¿Por qué no hemos venido aquí antes? Ésta es una casa estupenda para pasar fines de semana.

—Es una casa estupenda, pero mi abuela no es muy generosa —dijo Townsend—. Creo que ahora se fía de mí, pero está siempre soltándome el rollo de que tengo que ser responsable y todo eso. Le encanta tener cosas que tú quieres y obligarte a rogar por ellas.

Apoyándose en un codo, Hennessey preguntó:

—¿Has hecho esto por mí? No me gusta nada que hayas tenido que arrastrarte para conseguir un sitio donde alojarnos.

—Oh, no, no —dijo Townsend, riendo—. Este mes está en China. Mi padre se ocupa de sus asuntos cuando no está. Sabía que él no me plantearía problemas. En realidad —dijo pensativa—, es posible que mi abuela tampoco me hubiera planteado ningún problema. Creo que empieza a fiarse de mí. —Se rió suavemente y dijo—: Pero sigue siendo una rácana.

Las dos se quedaron en silencio un rato y Townsend pensó que Hennessey se había quedado dormida. Pero a los pocos minutos, Hennessey dijo en voz baja:

—No me puedo creer que tu familia no esté orgullosa de ti, Townsend.

La rubia se incorporó y se rodeó las rodillas con los brazos, mirando a su amiga con la cabeza ladeada.

—¿Por qué piensas eso?

—Tú me haces pensarlo —dijo Hennessey—. Has cambiado de una forma increíble. ¿Tu familia no te lo celebra mucho?

—Mi madre y mi padre están orgullosos de mí —reconoció Townsend—, pero el resto de mi familia es gente muy egocéntrica. Claro, que mis padres también lo son —dijo, riendo por lo bajo—, pero han sufrido tanto que no pueden evitar notar la mejoría.

—No lo digo en broma —dijo Hennessey—. No... no te digo lo suficiente lo impresionada que me tienes.

—Bueno, pues no te cortes —dijo Townsend—. Por favor, tú sigue. —Sus ojos verdes relucían a la luz del fuego al mirar a su amiga.

Hennessey giró las piernas y asumió la misma postura que Townsend.

—Los cambios que has tenido me han impresionado más que cualquier otra cosa que haya visto en mi vida —dijo suavemente—. Lo digo en serio, Townsend.

Townsend soltó una risita y dijo:

—No seas ridícula. Sé lo que sientes por tus abuelos y los sacrificios que han hecho.

—Lo digo en serio —repitió Hennessey, con cara seria—. Mis abuelos proceden de la pobreza más absoluta, Townsend. Están haciendo lo que sus familias han hecho durante generaciones. Son casi como las abejas de una colmena, no sé si sabes a qué me refiero. Al cabo de un tiempo, ya ni siquiera te planteas lo que haces... agachas la cabeza y sigues trabajando.

—Pero, Hennessey...

—Pero nada —dijo la morena—. No estoy despreciando en absoluto todo lo que mis abuelos han hecho por mí, pero me impresiona más lo que has hecho tú.

Ladeando la cabeza rubia, Townsend preguntó:

—¿Por qué? Me... asombra que digas eso.

—Mira —dijo Hennessey, irguiéndose un poco—, tú tenías muchas opciones en la vida. Una opción... una opción posible... era beber hasta morir joven. Qué diablos, hasta podrías haberte permitido un par de trasplantes de hígado para que tu cuerpo aguantara más de lo que debía. Tú no tenías por qué dejar de beber, Townsend. Elegiste hacerlo. —Hizo tanto hincapié en la palabra "elegiste" que Townsend cayó en la cuenta.

—Creo que ya sé a qué te refieres —dijo—. No tenía por qué dejarlo. Podría haber seguido y mis padres habrían seguido sacándome las castañas del fuego.

—Exacto —dijo Hennessey—. Te dejaron ir a tu aire cuando tenías dieciséis y diecisiete años. Ni me imagino lo que podrías haber hecho al hacerte mayor y poder vivir sola.

Townsend se estremeció un poco, sintiendo que se le ponía la carne de gallina al imaginarse en esa situación.

—No sabía qué otra cosa podía hacer —dijo en voz baja—. Me sentía tan sola, Hennessey. Las drogas y el alcohol eran los únicos amigos en los que me podía apoyar. —Sonrió a Hennessey—. Hasta que apareciste tú.

—Oye, yo contribuí a que empezaras, pero el trabajo lo has hecho tú sola. Todo el trabajo —recalcó Hennessey—. Por eso estoy tan orgullosa de ti. Tienes una fuerza de voluntad que es muy poco común, Townsend. Es aún más rara en las personas que no tienen por qué cambiar. Tú no tenías por qué cambiar, colega, pero decidiste hacerlo. Querías salvar tu propia vida. —Se secó una lágrima del ojo y añadió—: No tengo palabras para expresar cuánto admiro eso.

Townsend se arrimó a su amiga y la rodeó con los brazos.

—Te quiero, Hennessey.

—Y yo a ti —dijo la mujer de más edad—. Te quiero y te respeto, y siempre lo haré.

—¿Me quieres lo suficiente como para darme un masajito en los hombros? Últimamente estoy tan tensa que tengo los músculos agarrotados.

—Por supuesto, colega. Vamos arriba y así podrás desplomarte en cuanto haya hecho mi magia.

—Tienes unas ideas geniales —dijo la rubia—. Eres la mejor.


Townsend eligió el gran dormitorio que había al lado del de su abuela, instalando a Hennessey en el segundo cuarto de invitados.

—Bonito, ¿eh? —dijo la rubia. Apartó el edredón de plumas y las tersas sábanas blancas y se metió en la cama—. Mi abuela tiene un gusto exquisito en materia de camas.

Hennessey se rió suavemente.

—Menos mal que no había estado en ninguna de las casas de tu familia cuando te pedí que vinieras a Carolina del Sur. Creo que no habría tenido el valor de hacerte dormir en el suelo.

—Lo pasé en grande —dijo la mujer más joven—. Habría dormido en una cama de clavos con tal de estar contigo.

—Qué días aquellos, ¿eh?

Townsend se puso boca abajo y se abrazó a la almohada.

—Si consigues meterte justo debajo de mis omóplatos, te estaré eternamente agradecida.

—No hay problema —le aseguró Hennessey. Le bajó un poco el cuello del pijama y se puso a trabajar con los tensos músculos. Townsend no tardó en empezar a ronronear suavemente mientras las manos fuertes y seguras le quitaban la tensión.

—Jo, pero qué gusto. Jenna me daba masajes en la espalda cuando se me ponía tensa. Es sólo un poquito mejor que tú.

—¿Mejor? ¡Pero qué dices! —dijo Hennessey, riendo.

—Sólo porque yo estaba desnuda y por lo general ella pasaba a relajarme... muy a fondo.

—Ah... mi tipo de relajación preferido —asintió Hennessey—. Bueno, yo no te puedo dar el tratamiento completo, pero haré todo lo que pueda.

Townsend se quedó pensando en el comentario de su amiga y luego dijo:

—Sabes, ya no pienso en ti de esa manera. Ya no siento la tensión sexual de antes.

—Me alegro —dijo Hennessey—. Me sentiría fatal si creyera que estabas pasándolo mal por eso.

—Creo que por fin he empezado a entender que podemos ser amigas íntimas sin que el sexo forme parte de nuestra relación —dijo Townsend—. Es liberador.

—¿Qué tal van esos músculos? —preguntó Hennessey—. ¿También se están liberando?

—Sí. Los tengo mucho mejor. Gracias, colega. —Se dio la vuelta y miró a su amiga, preguntando—: ¿Hay alguna posibilidad de que compartas esta cama inmensa conmigo? Esta noche me siento muy sola.

Sin dudarlo, Hennessey se quitó las zapatillas y se metió en la cama.

—Por ti, lo que sea —dijo. Alargó la mano y se puso a acariciar la cabeza rubia de Townsend, suspirando cuando oyó que su amiga se echaba a llorar suavemente. Sabía que no podía hacer nada para quitarle el dolor, pero también sabía que haría todo lo que pudiera por aliviar el sufrimiento de Townsend.


A la mañana siguiente, Hennessey se despertó cuando el sol se deslizó por la cama y se posó en su cara. Parpadeando confusa, miró a su alrededor y vio a Townsend echada al otro lado de la cama.

—Ah, sí —dijo en voz alta—. Estamos en Gloucester. —Suspiró satisfecha y se tapó los ojos con el brazo, permitiéndose quedarse dormida en un cambio de ritmo de lo más agradable.


El domingo por la tarde, las dos regresaron a Cambridge, y el viaje, relativamente corto, se prolongó bastante a causa del denso tráfico.

—Jamás te pediría que te humillaras, pero si tu abuela está más generosa después de su viaje a China, no me importaría volver a Gloucester —dijo Hennessey.

—Te ha gustado mucho, ¿verdad, larga?

—Ya lo creo —dijo la morena, con una sonrisa radiante—. Estoy relajada, he comido estupendamente y me ha encantado pasar un fin de semana entero contigo. Nunca me canso de ti, Townsend... nunca.

La rubia sonrió a su amiga.

—Lo mismo digo. Sabes, me gustas aún más ahora que no tenemos una relación romántica. Puedo apreciar tus maravillosas cualidades sin todos esos altibajos emocionales que teníamos.

—Te comprendo —dijo Hennessey, asintiendo—. Las cosas son mucho más volátiles cuando estás con tu amante.

—Sí, pero la volatilidad lleva a unas sesiones de sexo estupendas —dijo Townsend.

El silencio momentáneo que se hizo en el coche quedó interrumpido cuando las dos jóvenes suspiraron profundamente; luego se miraron y les entró un ataque de risa.


—¿A que no adivinas dónde vas a ir el sábado antes de Acción de Gracias? —le preguntó Hennessey a su amiga durante una de sus cenas de los viernes por la noche.

—No tengo ni idea —replicó Townsend—, pero espero que sea divertido.

—Ah, ya lo creo que es divertido. Pero señálalo en el calendario, porque he tenido que hacer magia de la buena para conseguir entradas para las dos.

—¿Entradas? ¿Me vas a llevar a un sitio para el que hacen falta entradas?

—No te quedes tan pasmada —dijo Hennessey, haciéndose la ofendida—. ¿Tan agarrada soy?

—Sí, sí que lo eres —dijo Townsend, echándose a reír por la expresión atónita de Hennessey.


En una soleada y despejada mañana de finales de noviembre, Hennessey se presentó en el piso de Townsend, vestida con una sudadera de color rojo brillante con una gran "H" en la parte delantera. Le ofreció una bolsa a su amiga, mirando de hito en hito el jersey de lana verde que llevaba Townsend, y dijo:

—Tienes que cambiarte.

—¿Cambiarme? ¿Por qué?

—Porque vas a llamar mucho la atención, colega. Tienes que ir de rojo. Fíate de mí.

Townsend por fin cayó en la cuenta de dónde iban y abrió la bolsa para encontrarse con una sudadera del Departamento de Deportes de Harvard.

—¡Vamos al partido de Harvard y Yale! —dijo.

—Éste es tu tercer año en Boston y nunca te he llevado a un partido de Harvard —dijo Hennessey—. ¡Es nuestra última oportunidad!

—No tengo que enseñar mi nota de la prueba de acceso a la universidad para entrar, ¿verdad? —preguntó Townsend.

—Pero qué chistosa —dijo Hennessey—. Sabes, hace poco Princeton fue declarada la mejor universidad del país. Me pregunto si los que van a Princeton tienen que aguantar este tipo de cosas.

—Espero que sí —dijo Townsend—. Si vas a una universidad de empollones, tienes que pagar el precio.


Sus entradas no eran las mejores, pero el hecho de que estuvieran en las últimas filas del estadio de Harvard no disminuyó en absoluto el entusiasmo de las jóvenes. Hennessey había asistido fielmente a la mayoría de los partidos de fútbol de los Rojos cuando jugaban en casa, y se consideraba afortunada de haber sido alumna durante un período especialmente exitoso. El estadio estaba lleno casi media hora antes de que empezara el partido, pero éste era el momento preferido de Hennessey, cuando los seguidores de ambos equipos estaban llenos de confianza y provocaban sin piedad a sus adversarios.

—Sabes, llevo toda la vida viviendo en Boston, pero nunca he venido a este partido —dijo Townsend.

—No es este partido —le explicó Hennessey—. Es el partido.

—Ooh... como son los chicos listos, tiene que tener un nombre especial —se burló la rubia.

—No, cariño, no es por eso. Es el partido porque fue el primer partido de fútbol universitario de la historia. ¡Empezó en 1875! Qué diablos, Carolina del Sur todavía estaba intentando recuperarse de la Guerra Civil cuando empezó este partido.

—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

Hennessey se quedó desconcertada.

—¿De verdad te sorprende? ¿Cómo te las has arreglado para no saber nada del partido viviendo en Boston?

La rubia se encogió de hombros, sonriendo de oreja a oreja.

—Supongo que es que estoy en la inopia. Para echar más leña al fuego, mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo fueron a Yale.

Hennessey se dio una palmada en la frente.

—¿Qué voy a hacer contigo? ¿Estás segura de que no quieres animar a Yale?

—¿Estás loca? Me matarían por animar a Yale mientras estoy sentada entre los seguidores de Harvard. ¡Qué diablos, animaría a Harvard aunque fuera a Yale!

—Así me gusta —sonrió Hennessey—. Ahora, apréndete de memoria esta hoja de canciones. La música es fácil, pero algunas de las letras son un poco liosas.

Townsend miró la hoja y luego volvió la cabeza despacio hacia su amiga.

—¿Estás de broma? ¡Algunas de estas letras están en latín!

—¿Es que no hablas latín? —preguntó Hennessey, con una sonrisa pícara—. No me extraña que tu prueba de acceso no fuera muy buena.

Townsend le pegó un codazo y dijo:

—La prueba de acceso me salió muy bien... ¡teniendo en cuenta que iba ciega!

Los ojos azules de Hennessey se pusieron como platos.

—¿Estabas borracha durante la prueba de acceso a la universidad?

—¡No! ¿Te crees que soy estúpida? Es difícil hacer un examen cuando estás borracha. Llevaba un colocón —dijo Townsend, riéndose a carcajadas al ver la cara de su amiga.


Poco después, Hennessey rodeó a su amiga con el brazo, guiándola con la letra de la canción que entonaba la sección estudiantil.

¡Decimos hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
¡Nunca habrá un Eli que nos enseñe a jugar!
¡Harvard! ¡Harvard! ¡Harvard!
Mirad cómo las gradas azules se ponen pálidas de miedo;
¡Mandadles un grito para se queden blancas!
Oh, mirad cómo los machacamos y aplastamos
Mientras el bulldog azul aúlla "¡Bu-la, bu-la, bu!"
Alzad ahora las voces y gritad,
Cantemos una elegía para Eli Yale.
Oh, gritemos, ¡hurra! ¡Hurra! Por Harvard
¡Por los Rojos!

—Ésa ha sido, con diferencia, la canción más estúpida que he cantado en mi vida —dijo Townsend, arrimándose a su amiga para que nadie la oyera.

—¡Ja! ¡Eso no es nada! —le aseguró Hennessey—. Espera a que lleguemos a las que se refieren a las batallas épicas de las guerras del Peloponeso.

—Es broma, ¿verdad? —preguntó Townsend.

—Tendrás que esperar para verlo, pero te recomiendo que durante el descanso vayas a la biblioteca si no conoces la batalla de Siracusa.

Con un brillo travieso en los ojos, Townsend dijo:

—No me vas a engañar, Hennessey. Yo sé que Syracuse no forma parte de la Ivy League.


Poco después de regresar a Boston tras las vacaciones de invierno, Hennessey fue a cenar a casa de Townsend.

—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó Hennessey cuando vio el caos que reinaba en el suelo del cuarto de estar.

—Intentando enviarle unas cosas a Jenna sin que se las roben.

—¿Eh?

Townsend suspiró y puso los ojos en blanco.

—No ha recibido los cuatro últimos paquetes que le envié, y me ha dicho que cree que es porque daba la impresión de que las cajas podían contener algo de valor.

—¿Quién le roba las cosas? ¿La gente de su misión?

—¡No! —Townsend la miró con irritación—. ¡No está con una panda de ladrones!

Hennessey se sentó al lado de su amiga en el suelo y le dio unas palmaditas suaves en la espalda.

—Perdona, colega. No quería molestarte.

Townsend sacudió la cabeza e intentó sonreír.

—No pasa nada. ¡Es que es cabreante! Al parecer, los de aduanas y los trabajadores de correos abren los paquetes y se quedan con las cosas si tienen mucho valor. Ahora intento enviarle algunas de las cosas que necesita tratando de disimularlas.

—¿Kool-Aid? —preguntó Hennessey, agitando uno de los paquetes.

—Sí. Tiene que hervir el agua y añadir lejía, por lo que sabe fatal. Dice que el truco está en añadir Kool-Aid sin azúcar para tapar el sabor.

—¿Y qué es lo que tapa el sabor del Kool-Aid sin azúcar? —preguntó Hennessey, ganándose una mirada enfadada de su amiga—. Lo siento. Es que no me gustan las bebidas sin azúcar.

—¿Preferirías que supieran a lejía? —preguntó Townsend.

—Mmm... tienes razón. ¿Por qué usas botes de pelotas de tenis?

—Jenna dice que lo mejor es llenar los botes de pelotas de tenis con el Kool-Aid y luego envolver los botes con una tonelada de cinta adhesiva reforzada. La idea es que no merezca la pena robarlos por el esfuerzo.

—Mmm... ¿tú crees que hay mucha gente dispuesta a robar polvos de talco medicinales? —preguntó Hennessey, leyendo la etiqueta de un frasco.

—Si todo el mundo tiene la erupción cutánea que tiene Jenna... la gente caminaría sobre ascuas ardientes para conseguir estos polvos.


PARTE 13


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