11



Maldición, maldición, maldición, ¿por qué nunca llego a tiempo? Townsend corría por los atiborrados pasillos de la terminal de Delta, maldiciéndose a sí misma por no haber llegado con el tiempo suficiente para estar en la puerta de salida para recibir la llegada de Hennessey. Si no la encuentro cuando salga del avión, no podré verla hasta que vuelva para coger su siguiente vuelo. Y no voy a perder el día entero sólo para verla un momento. Corría tan rápido que casi no la vio, pero por el rabillo del ojo, divisó a Hennessey corriendo en dirección opuesta.

¿Pero qué...? Townsend pisó el freno y se giró en redondo.

—¡Hennessey!

Pero la larguirucha morena no oyó su grito. Townsend dio unos pasos en esa dirección y luego se paró en seco. Hennessey no iba sola en su loca carrera. Iba de la mano de una mujer casi igual de alta que ella, delgada y rubia, y las dos se reían a carcajadas.

Townsend se quedó petrificada un momento y luego salió corriendo detrás de su amiga. Hennessey ya le llevaba una ventaja de más de veinte metros y sus largas piernas cubrían el terreno mucho más deprisa de lo que podía correr Townsend, pero eso no desanimó a la mujer más joven. Townsend siguió perdiendo terreno y para cuando Hennessey y la otra mujer derraparon sobre el suelo liso y giraron a la derecha, casi las había perdido de vista.

Jadeando muchísimo, Townsend llegó al sitio donde creía que habían torcido. Observando rápidamente, no vio nada, y cuando estaba a punto de salir corriendo de nuevo, se calmó y dedicó un momento a mirar la fila de pasajeros que se preparaban para embarcar. Allí, en medio de la gente, captó un destello de pelo largo y rubio y antes de poder dar un paso para acercarse a la mujer, vio atónita cómo Hennessey rodeaba con sus largos brazos a la rubia y se ponía a besarla.

Townsend se quedó de piedra y boquiabierta mientras Hennessey daba besos frenéticos por cada centímetro de piel clara, color de melocotón, que podía alcanzar con los labios. Parecía estar intentando llenarse hasta arriba, meterse en el cuerpo todo lo que pudiera de la rubia. Los demás pasajeros de la fila miraban abiertamente su voracidad, pero estaba claro que a ninguna de las dos mujeres le preocupaba en absoluto. Sólo parecían ser conscientes de la unión frenética de sus labios y lenguas y de su aliento cálido.

La cola empezó a moverse, pero Hennessey no apartó la boca de la de su amiga. Por fin, llegaron ante el encargado de la puerta y la rubia alargó a ciegas su billete más o menos hacia donde se encontraba el desconcertado hombre. Luego abrazó estrechamente a Hennessey y le dio un beso ardiente: un beso tan acalorado que podría haber calentado una aldea en un día muy frío.

Tambaleándose ligeramente, Hennessey se apartó de su querida y se despidió débilmente, moviendo apenas la mano. Logró llegar a un asiento de plástico y se sentó, mirando sin ver la puerta que llevaba al avión.

Townsend tenía la respiración casi tan entrecortada como Hennessey, pero haciendo acopio de valor, se acercó a la belleza morena y se sentó.

—Ya veo que has superado eso del temor a las relaciones íntimas —dijo.

Todas y cada una de las emociones que podía sentir se cruzaron vertiginosamente por el rostro de Hennessey. Por fin, dejó caer la cabeza entre las manos, farfullando:

—Oh, joder, Townsend, no quería que te enteraras así.

—Bueno, supongo que no —dijo la rubia. Le pasó a Hennessey el brazo por la espalda y preguntó—: ¿Me das un abrazo? Te he echado muchísimo de menos.

Levantando la cabeza y mirando a su amiga con una de sus sonrisas deslumbrantes, Hennessey se movió en el asiento y rodeó a Townsend con los brazos, murmurándole al oído:

—Yo también te he echado de menos. Te juro que he pensado en ti todos los días.

Captando el perfume de la otra mujer en el cuerpo de Hennessey, Townsend besó a su amiga en la mejilla y se apartó.

—No te has pasado todo el tiempo pensando en mí —dijo con tono apagado—. ¿Me hablas de ella?

—Sí, sí, por supuesto —dijo Hennessey, con aire de que preferiría hacer cualquier otra cosa menos eso—. Mataría por una taza decente de té. No he pegado ojo en el avión y estoy fundida.

—Venga. Vamos a meterte un poco de cafeína en el cuerpo antes de que desembuches. —Se levantó y le ofreció la mano a Hennessey, que la aceptó agradecida.

Pasándole a Townsend el brazo por los hombros, Hennessey arrastró su maleta con ruedas por el suelo.

—Sería mejor mucha cafeína —dijo la morena—. Tengo el depósito vacío.

—Pues mucha cafeína —asintió Townsend. Pasó el brazo por el otro lado de Hennessey y le quitó la maleta de los dedos flojos—. Sé que estás muy cansada cuando no te ocupas de tus cosas.

—Cansada. Ésa es la palabra. Cansada.


Hennessey levantó la mirada con una sonrisa de medio lado cuando Townsend le puso el té delante.

—Antes de que empieces, tengo una pregunta —empezó la rubia.

—Claro. Adelante.

—¿Por qué no has cogido un vuelo a Boston? Sé que podrías haberlo hecho si hubieras querido.

Un poco incómoda, Hennessey dijo:

—Sí, podría haberlo hecho, pero Kate tenía que hacer transbordo para ir a Chicago, y volar a Nueva York era el único modo que teníamos de volver a casa las dos el mismo día. —Bajó un poco la cabeza y dijo—: Lo siento, Townsend. Tendría que haber sido más considerada.

—¿Tienes que volver a casa hoy? El campamento no empieza hasta dentro de unos días, ¿verdad?

—No, supongo que no tengo por qué volver hoy. El fin de semana es el momento de más trabajo en el restaurante y no va a poder ir nadie a recogerme al aeropuerto. Lo ideal sería que volviera a casa el lunes, que es el día que cierran.

—Sabes, no te he pedido mucho en este último año, Hennessey, más que nada porque no has estado aquí —dijo con una leve sonrisa—, pero ahora sí que te pido una cosa. Quédate aquí en Nueva York conmigo hasta el lunes.

—Mm... ¿cómo?

—He cogido el tren desde Boston, pero no tengo nada planeado para el fin de semana. Venga, Hennessey. Ésta es la única ocasión que tengo de verte hasta septiembre. ¿Por favor?

La cabeza morena asintió.

—Voy a llamar a mis abuelos para decirles que he cambiado de planes. Vamos.

—¿Cómo has conseguido sobrevivir sin mí un año entero? —preguntó Townsend, ladeando la cabeza con aire interrogante—. ¿Quién te ha organizado la vida?

—No ha sido fácil. Créeme, no ha sido fácil.


Ambas mujeres guardaron silencio durante el trayecto en taxi. Townsend estaba hecha un manojo de nervios, obsesionada con averiguar quién era la rubia y qué significaba para Hennessey, pero su compañera estaba tan cansada que se puso a dar cabezadas en cuanto salieron del aeropuerto.

Llegaron al hotel y a los pocos minutos las llevaron a una amplia habitación donde había dos camas de tamaño grande. Hennessey sonrió con tristeza, dándose por enterada al ver el arreglo, y si el botones no hubiera estado parloteando sin parar, Townsend habría estallado en lágrimas. Resultaba imposible creer que hubieran pasado dos años desde aquella vez en que alquiló una habitación para las dos en Vermont y consiguió convencer a Hennessey para que compartiera la cama con ella. Pero su intimidad física era algo del pasado, y si Hennessey iba tan en serio con su alta amiga rubia como parecía... era muy probable que nunca pudieran recuperar esa intimidad.

El botones se marchó y las dos jóvenes se quedaron mirándose nerviosas.

—Supongo que tengo que darte una explicación, ¿eh? —dijo Hennessey, sofocando un bostezo.

—No creo que explicación sea la palabra correcta —dijo Townsend—. Pero me interesa saber qué te está pasando... y por qué no me lo has dicho. —Apartó los ojos de los de Hennessey y dijo—: Eso es lo que me duele.

Impulsivamente, Hennessey cogió a Townsend de la mano y la llevó a una butaca muy mullida. Se sentó y tiró de la mujer más menuda hasta sentarla en su regazo. Se quedó un rato sin decir palabra, simplemente llorando hasta quedarse sin aliento.

—Nunca, nunca he querido hacerte daño —dijo Hennessey por fin—. Tenía tal conflicto interno, Townsend. Quería decírtelo, pero no quería hacerlo en un correo. Eso me parecía muy frío. Te sigo queriendo tanto... —sollozó.

—Oh, tesoro, ya lo sé —dijo Townsend, apartando el pelo oscuro de la cara de Hennessey—. Sé que me quieres... igual que yo a ti.

—Sí... igual que tú a mí —murmuró Hennessey—. Yo no quería que pasara esto, de verdad. Pero Kate y yo empezamos a conectar y al final una noche empezamos a besarnos. Qué confusa me sentía, Townsend. No sabía qué hacer. Pero Kate y yo lo estuvimos hablando mucho tiempo. Le dije lo que sentía por ti y que quería esperarte.

—Hennessey, yo no pretendía que me esperaras...

—Ya lo sé. Pero yo quería hacerlo. Quería que fueras la única mujer que hubiera amado en mi vida. Quería recordar mi vida cuando fuera anciana y decir: "Siempre fue Townsend. Sólo Townsend..." —Se echó a llorar de nuevo, más emotiva que de costumbre por el agotamiento.

—¡Maldita sea, Hennessey, maldita sea! ¿Por qué ha salido todo tan mal?

—Yo quería que fueras feliz —dijo la joven de más edad—. Conmigo o sin mí... quería que fueras feliz.

Tirando de la cabeza morena, Townsend besó una y otra vez la piel lisa de la frente de Hennessey.

—Nadie podría hacerme más feliz que tú. Nadie.

—Lo sé... creo que... creo que eso lo sé —dijo Hennessey, con aire muy confuso.

—Vamos —dijo Townsend—. Tienes que dormir un poco. Estás que no puedes decir dos frases seguidas.

—Dios, qué cansada estoy —reconoció Hennessey—. No soy una de esas personas que pueden pasarse la noche en blanco y seguir funcionando. Sobre todo con tantas emociones.

Townsend se levantó y ayudó a su amiga a ponerse en pie. Hennessey se derrumbó en la cama, todavía con el jersey, los pantalones, la chaqueta y los zapatos.

—Venga —dijo Townsend, sentándose en el borde de la cama—. Vamos a desvestirte. —Le quitó los mocasines a Hennessey y luego la ayudó a incorporarse mientras le quitaba la chaqueta. Hacía calor y el sol entraba por las ventanas, por lo que la habitación estaba un poco cargada—. Levanta los brazos. —Hennessey lo hizo sin rechistar y luego miró a su amiga. Parecía tan joven e inocente que Townsend se dejó llevar por su instinto maternal y desabrochó el cinturón y los pantalones de su amiga—. Levanta las caderas, cielo —le dijo, y Hennessey obedeció. Townsend fue a una de las maletas y sacó una camiseta amplia que le metió a Hennessey por la cabeza. Luego le desabrochó el sujetador y se lo bajó por los brazos. Después de ponerle bien la camiseta, ladeó la cabeza al ver la mirada interrogante de Hennessey.

—¿Te echas conmigo? Necesito sentirte cerca.

—Claro —dijo Townsend. Se quitó los zapatos y luego los pantalones, acurrucándose detrás de Hennessey en bragas y con su polo—. ¿Qué tal?

Hennessey cogió la mano de su amiga y se la puso entre los pechos.

—Ahora ya puedo dormir —dijo, y casi al instante su respiración pesada demostró que lo decía en serio.


Townsend se despertó despacio, algo desorientada. No sabía qué hora era, pero el sol ya no entraba por la ventana y su estómago intentaba llamarle la atención. Se movió un poco, estrechando con más fuerza a la mujer alta, todavía delgada, pero ahora un poco más robusta.

Con tono suave, pero totalmente despierto, Hennessey preguntó:

—¿Cómo puedo quereros a Kate y a ti a la vez? Yo creía que el amor era algo que sólo se podía sentir por una sola persona.

—Oh, Hennessey —dijo la mujer más menuda—. Cuando te enteraste de lo de Jenna, ¿sentiste que yo había dejado de quererte?

—Sí. Sí que lo sentí. Es decir, sabía que me querías platónicamente, pero pensé que te habías desenamorado de mí.

Abrazando a su amiga estrechamente, Townsend dijo:

—Jamás. Yo siempre te querré y siempre estaré enamorada de ti... aunque nunca consumemos nuestro amor. Tú eres la primera persona que he amado de verdad, Hennessey, y nunca te dejaré. Jamás.

—Yo también siento eso —dijo la morena, con la voz ronca de emoción—. Pero estoy tan confusa, Townsend. ¿Quererte a ti reduce lo que siento por Kate? ¿Y qué pasa con Jenna y contigo? ¿Es justo para ellas?

—Las dos saben la verdad, ¿no? Es decir, saben lo importantes que somos la una para la otra, ¿verdad?

—Sí, Kate lo sabe. Pero no creo que le sentara muy bien saber que sigo enamorada de ti. Creo que piensa que eso es algo del pasado.

—Probablemente Jenna también lo piensa —reconoció Townsend—. Pero querer a alguien no quiere decir que ese alguien posea hasta el último pedacito de tu corazón, Hennessey. No puedes cambiar lo que sientes... sólo puedes cambiar tu forma de comportarte.

—Hablando de lo cual, a Kate no le gustaría que estuviera en la cama contigo. ¿Y a Jenna?

Hubo una pausa y luego Townsend dijo:

—No sé qué está pasando con Jenna en estos momentos. Se ha ido a Utah a pasar el verano.

Hennessey se incorporó y se quedó mirando a su amiga un momento. Echándose hacia atrás en la cama, se puso un par de almohadas detrás de la cabeza y dijo:

—Eso suena muy ominoso. Creía que iba a volver a trabajar en la compañía de tu padre.

—Eso es lo que creía yo. —Townsend se levantó de la cama y se volvió a poner los pantalones, luego fue a su bolso y sacó un cepillo. Mientras se desenredaba el pelo, dijo—: Sé que me quiere, Hennessey. Me trata muy bien y es muy atenta y cariñosa. Cuando estamos solas, soy... soy querida y me siento querida. Pero ya ha pasado un año y seguimos totalmente en el armario. He estado presionándola un poco y probablemente ha sido un error.

—¿Un error en qué sentido? —Hennessey alargó la mano y Townsend le pasó el cepillo.

—Sus padres la llamaron nada más terminar el curso y le dijeron que les parecía que llevaba demasiado tiempo fuera de casa. Es una hija muy obediente, de modo que ha cancelado sus planes para el verano y se ha vuelto a Utah.

—¿Y? —preguntó Hennessey—. A lo mejor sólo quiere que estén contentos.

—Ah, claro. Por supuesto que sí —asintió Townsend—. No hemos podido hablar por teléfono, pero me envía un correo largo todos los días. Hace un par de días dijo que sus padres le habían dicho que tal vez le convendría irse ya a la misión, para poder estar libre para casarse si conoce a alguien.

—¡¿¡Casarse!?!

—Sí. Casarse.

—Dios, Townsend, ¿quién quiere que su hija se case tan joven?

—Los mormones —dijo Townsend con resignación—. No creen que se deban tener relaciones sexuales antes del matrimonio, de modo que tienden a casarse muy jóvenes. Si Jenna se va ahora a la misión, tendrá veintidós años cuando vuelva. Piensan que luego debe pedir un traslado a la BYU, para que pueda encontrar marido.

—Oh, Dios. —Hennessey se frotó los ojos cansados y preguntó—: ¿Y qué va a hacer?

Townsend se sentó en una silla y se puso los zapatos.

—Tengo que comer algo. ¿Llamo al servicio de habitaciones?

—Sí. No me apetece salir.

Sacando el menú de un cajón, Townsend dijo:

—Échale un vistazo mientras hago pis, ¿quieres?

—Muy bien. —Cuando Townsend volvió, Hennessey ya había decidido y llamaron para pedir la comida—. ¿Te importa si todavía no me visto? Creo que voy a acabar echándome otra siesta.

—No, me parece bien. —Townsend se sentó en la butaca tapizada y puso los pies en la cama—. Qué va a hacer Jenna... Ésa es la cuestión, ¿no?

—¿Crees que lo sabes?

—Sí, lo sé. Al principio no estaba segura, pero a medida que han ido pasando los meses, he acabado teniéndolo claro, aunque a ella no le parezca tan claro. —Suspiró—. Su religión y su familia van a conseguir que vuelva.

Alarmada, Hennessey preguntó:

—¿Estás segura?

—Sí. Estoy segura. Como he dicho, todavía está debatiéndose, pero sé que no puede romper los lazos. Lo perdería todo menos a mí... y yo no soy suficiente para ella.

—Oh, Townsend, ¿estás segura de que su familia la abandonaría? Con lo segura que estabas de que la querían.

—Y la quieren, Hennessey, pero su fe forma una parte tan importante de su vida que las cosas nunca volverían a arreglarse. Ahora lo sé.

—Mierda. —Hennessey sacudió la cabeza al tiempo que miraba a su amiga.

—Sí, me enamoro de alguien que no está hecha una mierda y ella quiere a Jesús más que a mí. Jo, Hennessey, tendría que haberlo visto venir cuando no paraba de hablar de la misión. Siempre ha dejado muy claro que iba a hacerlo.

—¿Cómo ha conciliado vuestra relación con su fe? —preguntó Hennessey—. ¿Se da cuenta de que está siendo un poco incongruente?

—No sé muy bien cómo se las compone dentro de su cabeza, para serte sincera. Tiene una capacidad de negación muy fuerte. Creo que su idea era que podía ser una mormona buenísima y que de algún modo eso compensaría el hecho de que se acuesta con una mujer. —Townsend se encogió de hombros y dijo—: Para mí tampoco tiene sentido, pero no se me ocurre otra cosa.

—Te va a partir el corazón si se marcha, ¿verdad? —dijo Hennessey suavemente.

—Sí. Absolutamente. La quiero, Hennessey. Es tan fácil quererla. —Sonrió despacio y dijo—: Llevamos casi todo el año durmiendo en una cama doble. Así sí que llegas a sentirte cerca de una mujer.

—Supongo —asintió Hennessey, sonriendo a su vez a su amiga.

—Ella duerme en la parte de fuera y casi todas las mañanas, acabo con la cara pegada a la pared —dijo Townsend, riendo por lo bajo—. Pero ella me aparta el pelo y me despierta dándome besitos en el cuello. —Mirando a su amiga con los ojos llenos de lágrimas, preguntó—: ¿Cómo es posible no querer a una mujer que hace eso? —Alguien llamó enérgicamente a la puerta antes de que Hennessey pudiera contestar—. Tápate esas piernas largas —dijo Townsend, sorbiendo y secándose los ojos—. El del servicio de habitaciones no es de piedra.


Estuvieron bastante calladas mientras comían, ya que las dos estaban hambrientas. Cuando Hennessey recogió los platos vacíos y quitó todas las migas de la cama, preguntó:

—¿Lista para oír mi historia?

—Hace mucho rato que estoy lista, colega.

—La verdad es que no sé por dónde empezar, Townsend. ¿Cuánto quieres saber?

Townsend bebió un sorbo de su Coca-Cola Light, reflexionando seriamente sobre la pregunta.

—Quiero saberlo todo. Quiero saber cómo os conocisteis, cómo llegasteis a intimar, cómo son las cosas entre vosotras. Sé que me va a costar oírlo... pero necesito saberlo, Hennessey, en serio.

Hennessey asintió y luego dijo:

—Te lo contaré todo, pero si es demasiado, por favor, dímelo. Haría lo que fuera por no hacerte daño.

—Ya lo sé —dijo Townsend—. Eso es algo sobre lo que nunca jamás ha habido duda alguna.

—Vale, pues vamos allá. —Hennessey estaba echada en la cama y se puso un poco más cómoda a base de almohadas para sujetarse el cuerpo—. Nos conocimos el primer día que llegamos a París. Los encargados del programa eran muy metódicos y nos organizaron por orden alfabético. Se apellida Brill y se sentaba justo detrás de mí.

—¿Es judía?

—Mm-mm. Bueno, su padre lo es. Su madre es católica no practicante y han educado a sus hijos en la fe judía.

—Ah, es la amiga cuyos padres fueron a Francia en Navidad, ¿no?

—Ésa es —asintió Hennessey—. Su madre nació allí.

—Mm... ¿cómo es de religiosa? —preguntó Townsend—. Es que me preocupa que quiera trasladarse a Israel o algo así... no quiero que salgas escaldada como yo.

Hennessey se rió suavemente y dijo:

—Acude al templo en los días más señalados, pero eso es todo. Se ha criado en un ambiente muy liberal, así que no creo que tenga que preocuparme por ese tema.

—¿Sus padres saben que es lesbiana?

—Ah, sí. Lo saben desde que empezó a cuestionarse su orientación sexual. Son muy abiertos unos con otros. A Kate la apoyan de mala manera. Tuvo la salida del armario menos traumática de la historia.

—¡Vaya, qué bien! ¿Y de dónde es?

—De Chicago. Su padre es médico y su madre enseña francés en la Universidad de Chicago. Son una gente estupenda. Su madre nació en Cannes y tiene el acento más encantador que te puedas imaginar. Cuando los conocí en Navidad, no pudieron ser más agradables.

Frunciendo el ceño, Townsend preguntó:

—¿Ya estabais juntas en Navidad?

—No, no, ni muchísimo menos. —Hennessey sonrió a su amiga y dijo—: Podría contártelo en orden cronológico, pero no paras de hacer preguntas.

—Lo siento. Sigue. Os acabáis de conocer.

—Sí, nos acabamos de conocer. —Hennessey hizo una pausa para pensar un momento y luego dijo—: Nos caímos bien inmediatamente. Ella no es tan cándida como yo, pero es tan seria, estudiosa y centrada en sus metas como yo.

—Pero a ti también te gusta divertirte —le recordó Townsend.

—Sí, me gusta, y a Kate también. Trabaja mucho y se divierte mucho... y eso es algo que me gustaría hacer más. Me ha ayudado a relajarme un poco... a no anteponer siempre mis obligaciones. Me ha enseñado que divertirse es una recompensa por trabajar mucho y que es algo que me merezco.

—Ya me cae bien —dijo Townsend, sonriendo ligeramente a su amiga.

—Sí, te caería bien —dijo Hennessey—. Es buena persona. Bueno, a lo que voy, es dos años mayor que yo y en otoño empieza a estudiar medicina.

—¿Por qué estaba en París? No sabía que se podía pasar el último año de universidad en el extranjero.

—No se puede. Se graduó el año pasado. Esto lo hacía para divertirse. Creo que como una pequeña concesión a su madre, a decir verdad. A su madre le parece bien que estudie medicina, pero sabe el esfuerzo que eso supone. Quería que Kate tuviera un año para relajarse y aprender algo por pura diversión.

—No es mala idea —asintió Townsend.

—Sí, creo que le ha venido muy bien. Trabajaba tanto como yo y ni siquiera la calificaban. Como he dicho, es muy esforzada.

—Vale, creo que eso ya lo he captado —dijo Townsend, sonriendo—. ¿Y entonces qué?

—Pues que nos hicimos amigas. Me dijo casi inmediatamente que era lesbiana y yo le dije que yo también iba por esos derroteros, pero que estaba muy confusa.

—Y... ¿te ayudó a aclarar las cosas? —preguntó Townsend con un tono aparentemente neutro, pero Hennessey captó la insinuación.

—No fue así, Townsend. Para nada.

La rubia se levantó y volvió a quitarse los pantalones y luego se metió en la cama al lado de Hennessey.

—¿Te importa si estamos cerca mientras hablamos? A lo mejor no me pongo tan impertinente.

Hennessey hizo una pausa antes de contestar y cuando Townsend se dio cuenta de lo mucho que se estaba pensando la respuesta, dijo:

—Da igual. Ya sé que estás incómoda...

—No, no estoy incómoda —dijo Hennessey. Frunció los labios y dijo—: Sé que Kate sí lo estaría. —Miró a Townsend y dijo—: No me parece bien dejar de tratarte como siempre sólo porque sé que a ella no le gustaría. —Townsend no dijo nada: se limitó a esperar a que el monólogo interior de Hennessey llegara a su conclusión. La morena asintió para sí misma y luego dijo—: Siempre seré fiel a Kate, pero tengo que ser yo misma. Ahora mismo me encantaría abrazarte, Townsend, así que ven aquí si todavía lo deseas.

—Sí —reconoció Townsend—, pero no quiero hacer nada que dañe tu relación, colega.

—No te preocupes por eso. Mientras mi conducta sea inocente, no debería preocuparme por lo que Kate pudiera pensar si estuviera aquí.

Townsend se encogió de hombros y se tumbó junto a su amiga. Hennessey rodeó a la rubia con el brazo y se la arrimó más.

—¿Estás a gusto?

—Mucho. Cuando estoy cerca de ti, me siento capaz de controlar mi lengua viperina.

—No es tan viperina —dijo Hennessey, riendo por lo bajo cuando Townsend le sacó la lengua—. Vale, vamos con el resto de la historia. —Tomó aliento y puso en orden sus ideas, diciendo—: Con el tiempo, Kate sí que me ayudó a dilucidar que soy lesbiana. Hablamos y hablamos y hablamos y por fin me di cuenta de que simplemente estaba asustada. Llegué a la conclusión de que había tenido miedo del poder de mi sexualidad y de lo que liberarla podía suponer para mis planes.

—¿Tus planes?

—Sí. Me sentía tan potente cuando tú y yo nos besábamos, Townsend. Perdía el control con enorme facilidad. Sentía que tenía que mantener las distancias o ceder y dejar que eso dominara mi vida. Sé que suena raro, pero creo que eso era lo que tenía en la cabeza.

—¿Y Kate te ayudó a darte cuenta de eso?

—Sí. Me dijo que probablemente mi sexualidad era así de potente porque nunca la había liberado. Me aseguró que cuando me enamorara de alguien e hiciera el amor con ella, se convertiría en una parte más de mi vida... que no tendría por qué ser la parte dominante.

—¿En serio estabas preocupada por eso? —preguntó Townsend, sorprendidísima.

—Yo no lo sabía —explicó Hennessey—, pero Kate sabe cómo llegar al núcleo de un problema. Es muy perspicaz... sabe cómo llegar hasta el fondo.

—Vale, así que te diste cuenta de que tenías miedo de tu instinto sexual. ¿Y entonces qué?

—Pasamos mucho tiempo juntas durante las vacaciones de Navidad. Era tan agradable verla con sus padres... da mucho gusto estar con ellos. También vino su hermano pequeño y aunque es de mi edad y es monísimo, me di cuenta de que tenía que ser lesbiana porque el único miembro de la familia Brill que me interesaba era Kate.

—Ya —dijo Townsend en voz baja—. ¿Qué hiciste al descubrir eso?

—Nada. Bueno, al principio nada. —Moviéndose ligeramente, Hennessey alargó la mano y levantó la cabeza de Townsend para poder mirarla a los ojos—. ¿Estás segura de que quieres saber todo esto? ¿Cómo te va a ayudar?

—No, no quiero saberlo, Hennessey, pero necesito saberlo. Necesito saber que eres feliz. Necesito saber que es buena para ti. A lo mejor... a lo mejor así puedo dejarte ir un poco.

Sonriendo dulcemente, Hennessey acarició con el dedo la arruga que se había formado en la frente de su amiga.

—¿Es que no confías en que yo sepa si soy feliz?

—No. Ojalá pudiera, pero esto es algo que nunca has hecho. Yo he cometido todos los errores posibles y podría ayudarte a evitar que cometas algunos de ellos.

—No estoy cometiendo un error, Townsend. Sé que esto es bueno para mí.

Con un ligero mohín, Townsend asintió.

—Vale. Vamos a dejarlo.

Hennessey se inclinó y besó a su amiga en la cabeza.

—Te lo contaré todo, si estás segura de que quieres oírlo.

—Sí. Quiero oírlo —murmuró Townsend.

—Está bien, cariño. Te lo cuento todo. —Suspiró y dijo—: Parte de lo que me atraía es que Kate es más madura que yo. —Miró a Townsend con tristeza y dijo—: He tenido que ser adulta toda mi vida. Soy como una madre para mis padres... y la verdad es que estoy harta. Por una vez quiero comportarme de acuerdo con la edad que tengo, y eso lo puedo hacer con Kate. —Townsend apoyó la cabeza en el pecho de Hennessey y asintió. Ninguna de ellas mencionó el hecho de que durante mucho tiempo, Hennessey también había sido la adulta en su relación... no hacía falta—. Me cuida, Townsend, y hasta ahora eso sólo lo habían hecho mis abuelos. No me me organiza la vida ni nada por el estilo... simplemente me ayuda a darme cuenta de las cosas, me guía.

—Eso debe de ser maravilloso para ti —dijo Townsend en voz baja.

—Sí, sí que lo es.

—¿Y entonces te guió a la cama? —preguntó Townsend, intentando hablar sin rencor.

—No, ella no es así —dijo Hennessey con un tono algo brusco, y Townsend se recordó a sí misma que debía controlarse—. Estábamos en Semana Santa y yo le estaba hablando de las búsquedas de huevos de Pascua que organizábamos en casa y recordando el chocolate que nos comíamos. De repente, se levantó y me cogió de la mano y fuimos a una tiendecita donde hacían el mejor chocolate que he probado en mi vida. Compró tal cantidad que estoy segura de que le tuvo que costar una fortuna, pero estaba feliz por hacer eso por mí. —Sonrió y aunque Townsend no le veía la cara, supo que estaba sonriendo—. Volvimos a su habitación y nos pusimos a comer este chocolate fabuloso, pero era tan denso que sólo me pude comer unos trocitos. Las dos nos desplomamos en su cama y nos quedamos ahí tumbadas un rato. Nunca había estado tan cerca de ella físicamente y empecé a... desearla.

Se quedó callada tanto rato que por fin Townsend dijo:

—Sigue, por favor.

—Vale... era evidente que ella sentía lo mismo, porque se volvió y me tocó la mejilla... volviéndome la cara hacia ella. Yo estaba sin aliento de estar tumbada tan cerca de ella. Es tan bella, Townsend. Es... es bella por dentro y por fuera.

—Así que hicisteis el amor —dijo Townsend, queriendo saltar por encima de lo inevitable.

—No, no lo hicimos. Dijo que llevaba queriendo hacer una cosa desde el día en que nos conocimos y que ya no podía aguantar más. —Hennessey abrazó a su amiga y dijo—: Nos besamos. Suavemente... despacio. Mucho tiempo. Muchísimo tiempo. Fue... fue maravilloso.

—¿Por qué no hicisteis el amor? —preguntó Townsend en voz muy baja.

—Porque en cuanto me di cuenta de lo que estaba pasando, me eché a llorar —dijo Hennessey, riéndose suavemente de sí misma.

—¿¡¿Qué?!?

—Lo que oyes. Me eché a llorar y le dije que no podía estar con ella... por ti.

—¡Oh, Hennessey, no!

—Sí. Como te he dicho, es muy comprensiva. Nos levantamos y salimos a tomar el té... a ella también le gusta el té... y le conté todo sobre ti. Bueno, no los problemas que has tenido, sino lo que sentía por ti.

—Hennessey, no me importa que hables con la gente de mi pasado. Eso la ayudaría a entenderte mejor.

—No. Eso es algo que nunca haré, Townsend. Tus secretos siempre estarán a salvo conmigo. Te lo he prometido y es una promesa que voy a cumplir.

Estrujándola un poco, Townsend dijo:

—Te lo agradezco. Pero si necesitas contárselo, tienes mi permiso.

—Vale. No será necesario, pero gracias.

Dándole unos golpecitos a su amiga en la cabeza, Townsend dijo:

—Cabezota.

—Sí. Eso es más o menos lo que me dijo Kate cuando le dije que llevabas casi un año con una relación.

—Me lo imagino —dijo Townsend, riendo suavemente.

—Le conté lo que tú me habías dicho de que era posible que las dos necesitáramos experimentar un poco.

—¿Y ella dijo...?

—No dijo nada. Se limitó a enarcar una de esas preciosas cejas rubias que tiene y se me quedó mirando. Se me quedó mirando como si pudiera ver a través de mi ropa. Casi me desmayo —dijo Hennessey, riéndose de sí misma.

—Parece una chica lista —dijo Townsend.

—Es lista... tan lista que sabía que no debía presionarme. La decisión tenía que ser mía y le dije que creía que debíamos pensarlo hasta el día siguiente. Quería que comprendiera lo que significabas para mí... no quería que nos dominara la libido.

—¡Dios, Hennessey, tienes que dejarte llevar! Tienes que dejarte dominar por la libido de vez en cuando.

—Ya lo sé —dijo la joven de más edad—. He tardado mucho más de lo que debía, pero ahora ya lo sé.

—Bueno, ¿y cuándo te dejaste dominar por la libido?

—Al día siguiente. Era Domingo de Pascua y se presentó en mi habitación por la mañana temprano con un ramo de flores. —Hennessey sonrió—. Me dio la impresión de que había decidido seguir adelante a pesar de mi ineptitud. Me sacó a desayunar... el té y la tostada con mermelada de costumbre... pero me supo mejor que nunca. Tenía los sentidos de punta.

—Estabas preparada para abrirte —dijo Townsend.

—Sí, es cierto. Pero estaba nerviosa y no hacía falta ser médium para darse cuenta. Kate me llevó a un parquecito precioso y nos quedamos mirando a los cisnes nadar en el estanque. No había nadie, porque todavía era muy temprano, y empezamos a besarnos de nuevo. En seguida se me pasaron los nervios... y si yo no hubiera sido una chica tan decente, lo habríamos hecho allí mismo.

—Cuando te pones en marcha, menuda marcha llevas —dijo Townsend, recordando la pasión que acechaba bajo la superficie de la conducta tranquila de su amiga.

—Sí, más o menos. Fuimos a mi habitación, porque mi compañera de cuarto se había ido a pasar el fin de semana fuera, y entonces... hicimos el amor. No fue sexo sin más, ni fue una simple experimentación, y lo supe en cuento empezamos. Estaba enamorada de ella y desde hacía mucho tiempo... sólo que no me había permitido a mí misma saberlo.

—¿Sentiste que ella también te quería?

—Sí —sonrió Hennessey—. No se toca a alguien como me tocaba Kate si lo único que se quiere es sexo. Me tocó con tanto amor, con tanta delicadeza. Fue una primera vez maravillosa, Townsend, en serio.

—¿Y la segunda vez y la tercera?

—Bueno, ésas fueron todas el mismo día, pero por si tienes dudas... nos entendemos muy, pero que muy bien. Me ha enseñado que se puede ser amorosa y apasionada y un poco salvaje todo al mismo tiempo. Es una amante muy buena y yo... estoy progresando —dijo Hennessey, sonrojándose.

Townsend se estiró un poco y luego se levantó. Fue al minibar y sacó una Coca-Cola Light. Despacio, se acercó a la ventana y se quedó mirando el tráfico de Nueva York.

—¿Por qué has podido dejarte ir con ella y no conmigo?

Hennessey salió de la cama y se acercó a Townsend, pero se sintió incómoda vestida sólo con la camiseta, de modo que se puso los pantalones. Acercándose a su amiga, la rodeó con los brazos y la abrazó tiernamente.

—Lo he estado pensando más de lo que probablemente me conviene —dijo—. También lo he hablado mucho con Kate. Creo que por fin lo entiendo.

Volviéndose para mirarla, Townsend alzó la barbilla lo suficiente para poder mirar a Hennessey directamente a los ojos.

—Dímelo.

Townsend tenía el aire de un perro a punto de ser apaleado y Hennessey intentó reconfortarla. Abrazándola más estrechamente, dijo:

—No es una cuestión de deseo. Me he sentido enormemente atraída por ti desde la primera vez que te vi.

Townsend le sonrió con tristeza y asintió.

—Ya lo sé. Me... me temo que vas a decir que no podías confiar en mí y eso me va a romper el corazón.

Hennessey le sonrió, con una sonrisa cálida y llena de cariño.

—Nada más lejos de la verdad. Te confiaría mi vida, Townsend. No confiaba en ti hace tres años, pero ahora sí. No tenía nada que ver con eso.

—¿Entonces cuál es la razón?

La morena parpadeó despacio, tratando de asegurarse de que se explicaba adecuadamente.

—La primera vez que Kate me besó, lo hizo como si besara una pompa de jabón. —Se echó a reír por la descripción y continuó—. En serio, no veas qué delicadeza y qué cuidado tuvo conmigo, Townsend. Después de cada beso, se apartaba para mirarme a los ojos, asegurándose de que estaba bien. Era justo lo que yo necesitaba. Era perfecto.

—Sigue. Sé que hay más.

—Vale. Iba muy despacio, pero en ningún momento dudaba ni vacilaba. Parecía controlarlo todo y eso me hizo sentirme a salvo.

Meneando la cabeza, Townsend dijo:

—En eso consiste la confianza, Hennessey.

—No, no, no es cierto. Yo confío en ti, Townsend. Créeme... confío en ti. Pero Kate hizo que me sintiera... como si yo tuviera el control. De algún modo, bastó con eso.

Frunciendo el ceño, Townsend dijo:

—Creía que habías dicho que la que tenía el control era ella.

—De eso se trata —dijo Hennessey—. Las dos teníamos el control. Iba tan despacio y con tanto cuidado que yo supe que podía dejarme ir un poco. Pero con el ritmo que llevábamos, sabía que podía recuperar el control si lo necesitaba. En ningún momento me sentí abrumada.

—¿En ningún momento? —Townsend enarcó una ceja.

—La primera vez que hicimos el amor, no —dijo Hennessey—. Fue amoroso, dulce y tierno, pero no abrumador. Cuando terminamos, sentí que alguien que me quería me había abrazado y mimado, no devorado.

Townsend parpadeó, y antes de que Hennessey pudiera decir nada más, se echó a llorar.

—Oye, oye —dijo Hennessey suavemente—. No te lo tomes mal, cariño. Lo único que digo es que cada vez que tú y yo empezábamos a meternos en terreno sexual, yo perdía el control y me daba la sensación de que no podía recuperarlo. Me sentía como si me estuviera cayendo por un precipicio y eso me daba demasiado miedo. Tú no hacías nada malo y yo tampoco, cielo... era sólo que yo no sabía cómo comunicar mis necesidades.

—¿Y cómo se las comunicaste a Kate? —preguntó Townsend, sin dejar de sorber.

—No lo hice. Ella simplemente lo supo.

Townsend puso los ojos en blanco y dijo:

—¿Así que estoy siendo castigada porque no tengo la intuición suficiente para saber lo que deseas?

—No estás siendo castigada —dijo Hennessey—. Y tienes intuición. Cuando describes cómo lo hiciste con Jenna, eso suena igual que lo hizo Kate conmigo. ¿Cómo supiste que tenías que ir con cuidado y despacio con ella?

—Porque parecía que tenía miedo —dijo Townsend—. Yo quería que se sintiera a salvo y protegida.

—Eso es lo mismo que hizo Kate —dijo Hennessey.

—Pero tú nunca parecías tener miedo —dijo Townsend—. Siempre te lanzabas y empezabas a empujarme... ¡pero si parecía que eras tú la que tenía experiencia!

—¡Lo sé, lo sé! —dijo Hennessey, muy animada—. Pero Kate me escuchó cuando le conté cómo habían sido las cosas entre tú y yo y se dio cuenta de que tenía que hacerme ir más despacio. Esa primera noche, yo no paraba de intentar pegarla a mi cuerpo o de empujarla para tumbarla, pero ella no me dejó. Me obligó a ir despacio, Townsend. No sé cómo lo sabía, pero ésa fue la clave. Me obligó a ir despacio.

—Hay que joderse —dijo Townsend—. Te he perdido porque no he sido capaz de darme cuenta de eso.

—No, no, por favor, no pienses eso. Tú no tienes la culpa, cariño. Simplemente las cosas han funcionado entre Kate y yo, y nadie puede saber si habrían funcionado aunque tú hubieras hecho lo mismo. Son cosas que pasan.

Townsend asintió, luego fue a la butaca tapizada y se sentó.

—¿Y ahora qué? ¿Cuándo la vas a volver a ver?

—Mm... pronto. Va a venir a Carolina del Sur a pasar una semana antes de que empiece el campamento.

—¿Se lo vas a decir a tu familia?

—No tengo intención de decírselo... al menos por ahora. Mis abuelos son buena gente, pero van a tardar un poco en acostumbrarse al hecho de que sea amiga de una judía... así que no digamos si se enteran de que es mi novia.

—Oh, guau, ¿te estás quedando conmigo?

—No. No creo que mis abuelos conozcan a ningún judío. Les va a costar. Todavía desconfían de ti por ser episcopaliana.

—Increíble —dijo Townsend.

—Sí, va a ser difícil. Pero se lo acabaré diciendo. No puedo amar a Kate y ocultárselo a las personas que más quiero. Eso no es justo para nadie.

—¿Y qué pasa el año que viene?

—Bueno —dijo Hennessey—, a Kate la han admitido en tres universidades: la de Chicago, la de Pensilvania y Duke. Le he hablado tanto del sur que al final ha optado por Duke.

—Y además, habrá pensado que estaría acostándose contigo para cuando llegara allí —dijo Townsend.

—Eso no lo sé. Puede que lo haya planeado todo, pero prefiero pensar que es que soy una estupenda relaciones públicas para el sur.

—Eso probablemente es cierto —asintió Townsend—. Así que vas a estar bastante sola este año, ¿eh?

—Sí, un poco. Pero te voy a tener cerca y tú nunca has sido un premio de consolación. Es muy probable que éste sea el último año que vivamos en la misma ciudad, Townsend, a menos que consiga atraerte a ti también al sur. Así que vamos a aprovecharlo al máximo.

—Ya te digo, nena. Si Jenna y yo rompemos, podemos fundar nuestro propio club de corazones solitarios.

—Me da a mí que tú no vas a estar soltera mucho tiempo —dijo Hennessey, sonriendo.

—No sé cómo voy a llevarlo. Nunca me han roto el corazón... salvo tú —dijo Townsend. Se echó a llorar de nuevo, sollozando con tal fuerza que Hennessey se arrodilló ante ella y le pasó los brazos por los hombros. Townsend apretó la cara contra el pecho de Hennessey y siguió llorando, con el cuerpo estremecido. Hennessey se unió a ella y las lágrimas le resbalaron por la cara y cayeron en el pelo dorado de Townsend.



De: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
Fecha: 30 de julio, 1997
Para: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
cc:
Asunto:

Hola, colega

Bueno, Jenna por fin se ha decidido. En septiembre se va al Centro de Formación para Misioneros de Provo. No sabe dónde la van a mandar, podría ser a cualquier lugar del mundo, pero le han dicho que será en un clima cálido. Supongo que eso está bien, pero probablemente será un clima subtropical. La lista de ropa no incluía un jersey ni un abrigo. Durante todo ese tiempo, no le permiten llevar pantalones, ni vaqueros, ni polos, ni camisetas. Su misión dura ocho meses, pero tiene que quedarse en el centro de formación de Provo hasta que decidan que está preparada.

Me ha enviado el programa del centro de formación y es brutal. Estudian y rezan hasta doce horas diarias. Sólo va a tener una hora de tiempo libre y no va poder pasarla hablando conmigo. Quieren que se acostumbre a estar lejos de casa, de modo que desaconsejan las llamadas por teléfono.

No sé si te lo he comentado, pero probablemente sabes que los mormones tienen unas normas muy estrictas sobre las relaciones sexuales antes del matrimonio. También ven la homosexualidad de una forma muy negativa. Una de las formas que emplean para "ayudar" a la gente a llevar una vida pura es haciendo que todo el mundo vigile a todo el mundo. Me ha enseñado un largo documento que le han dado sobre cómo evitar la tentación de la masturbación. Una de las sugerencias es asegurarte de que no estás nunca a solas cuando sientes la tentación. Me da la sensación de que Jenna se va a pasar muchísimo tiempo sin poder estar a solas.

No tengo ni idea de cuánto tiempo va a estar en el centro de formación, pero Jenna va a tener que aprender español o tagalo o portugués, y como los idiomas no se le dan bien, puede que tenga que quedarse allí bastante tiempo :-)

No sé cómo consigo sonreír en este mensaje. Me siento como si tuviera el corazón partido. Ella asegura que me quiere tanto como siempre, pero que esto es algo que tiene que hacer. También dice que pensará en una manera de que estemos juntas cuando termine, pero yo no veo cómo va a ser posible. Le van a estar inculcando mormonismo doce horas al día y cuando esté en su misión, se va a pasar dieciocho meses predicándolo todo el día. ¿Cómo puedes dar la espalda a casi dos años de mensajes negativos sobre las relaciones entre personas del mismo sexo para volver a meterte en una?

Jenna es muy especial, Hennessey, pero no es la clase de chica que anteponga sus necesidades. Sé que ahora se siente desgarrada por dentro y sé que está convencida de que vamos a volver a estar juntas, pero yo no. No sé cómo lo ha conseguido, pero ha convencido a sus padres para que le permitan pasar cuatro días conmigo en Aspen la semana que viene. Estoy segura de que van a ser los últimos días que vamos a pasar juntas y sólo de pensarlo me echo a llorar. No sé cómo voy a dejarla ir, Hennessey. Es tan importante para mí. He querido a dos mujeres y las he perdido a las dos. El problema no parece residir en las mujeres... así que debo de ser yo. ¿Qué es, Hennessey? ¿Me quieres lo suficiente para decirme qué estoy haciendo mal?

Townsend



De: Hennessey Boudreaux < hboudreaux@freemail.com >
Fecha: 1 de agosto, 1997
Para: Townsend Bartley < myrealname@teaparty.com >
cc:
Asunto:

Hola, tesoro,

Tu correo casi me parte el corazón. No sabes lo triste que me siento al saber que Jenna no va a estar este año contigo. Sé cuánto la quieres, y espero fervientemente que pueda cumplir su promesa de que volverá a ti.

Las clases empiezan dentro de poco y no he desayunado, así que no tengo mucho tiempo. Pero sí que me da tiempo de decirte una cosa muy importante. A ti no te pasa nada malo, Townsend. Y estoy segura de que Jenna estaría de acuerdo conmigo. Las dos te queremos... es sólo que las circunstancias nos han impedido a las dos estar contigo. Para ti y para mí ha sido una falta de coincidencia en el tiempo, y Jenna simplemente está siguiendo el camino que le ha sido marcado desde que nació. Hay posibilidades de que consiga elegir su propio camino, Townsend, pero aunque no lo consiga, eso no quiere decir que no te quiera, sólo quiere decir que no ha podido arriesgarse. Dale tiempo, cariño. Deja que vea cómo se siente con la separación. Sus sentimientos por ti podrían incluso hacerse más fuertes por la distancia. Eso no lo sabrás hasta que veas qué ocurre. No te rindas aún, Townsend. Tú nunca te rajas, siempre vas a por todas.

Con todo mi cariño,
Hennessey


PARTE 12


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