Lo correcto

SX Meagher




Título original: The Right Thing. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


1



—No recuerdo haberte preguntado si querías ir al campamento, Townsend. Pareces creer erróneamente que tu opinión cuenta en un tema como éste. —El refinado acento de clase alta bostoniana que salía de los labios de la mujer elegante e impecablemente arreglada sonaba más abrupto que de costumbre, única señal evidente de su creciente irritación.

La mujer echó una rápida mirada a su hija, que estaba acurrucada y pegada a la otra puerta de la parte trasera de la limusina, mirando por la ventana como si estuviera petrificada.

—No me gusta que me ignoren, Townsend. Ahora, te he pedido tu palabra y me gustaría oír una respuesta.

Volviendo la cabeza despacio, con el pelo rubio acariciándole los hombros, la insolente joven se quedó mirando ferozmente a su madre durante un minuto entero. Como siempre, la mujer de más edad no parpadeó ni apartó la mirada: su espíritu era tan indomable al menos como el de su hija. Con un mohín de desprecio, Townsend dijo:

—No te fías de mí ni de lejos. ¿Por qué es tan importante que te dé mi palabra?

Enarcando una elegante ceja, Miranda Jameson Bartley inclinó la cabeza y sonrió a su hija con tristeza.

—Supongo que en eso tienes razón. Es evidente que tu palabra no significa nada para ti, lo mismo que el buen nombre de nuestra familia. Ojalá pudiera comprender qué es lo que te importa, Townsend, pero supongo que eso es sólo una fantasía.

La mujer más joven volvió de nuevo la cabeza, decidiendo no enzarzarse con su madre en una de sus interminables e infructuosas discusiones.

—¿Dónde vas después de depositarme? —preguntó a la ventana.

—Después de acompañarte al campamento —corrigió la mujer—, voy a Charleston para una firma de libros. Luego me voy a Europa. Mi agente publicitario me ha programado casi cuarenta ciudades en poco más de dos meses. Me va a hacer falta un mes por lo menos para descansar después de esa pesadilla.

—Qué vida tan dura la tuya —dijo Townsend, con el tono más aburrido posible.

—Creo que a las dos nos vendrán bien unas vacaciones... lejos la una de la otra —dijo Miranda con desdén.

—Sí. Los tres meses que te has pasado en casa este año han sido todo un exceso. Por supuesto, yo he estado en el colegio todo el tiempo que has estado en casa... así que, ¿cuánto hemos estado juntas este año, dos, tres semanas?

—Me encantaría que fueras al colegio en Boston, Townsend. Sin embargo, no hay un solo colegio privado en todo el estado dispuesto a admitirte. De no ser por mi reputación, ni siquiera se te permitiría asistir a este campamento. Al menos me alegro de que no sepan nada de ti en Carolina del Sur.

—Oh, no te preocupes, queridísima mamá, para cuando me expulsen tu nombre habrá quedado bien mancillado. Por cierto, ¿dónde tengo que ir cuando me den la patada en mi culo de bollera?

—¿Por qué te empeñas en usar esa palabra tan desagradable? Tu psiquiatra te ha dicho mil veces que eres demasiado joven para tener definida ya tu sexualidad. Podrías descubrir que eres tan heterosexual como yo.

—Pues me mataría —murmuró Townsend, lo bastante alto para que su madre la oyera.

—Querida, sé que el objetivo principal de tu vida es herirme mortalmente, pero no va a funcionar. Preferiría que al menos fueras cortés conmigo, pero es evidente que eso no va a pasar. Mi opinión personal es que deberías dedicar tu energía a algo más productivo. —Se volvió hacia su hija y cerró los ojos un momento, preguntándose cómo se habían puesto tan mal las cosas entre ellas.

—No me has contestado —dijo la chica, que seguía negándose a mirar a su madre—. ¿Dónde deben enviar mi jaula cuando me echen? ¿A Boston o al Vineyard?

La mujer de más edad suspiró profundamente.

—Tu padre no puede vigilarte mientras trabaja y no estoy dispuesta a dejarte suelta por el Vineyard. Todavía hay algunas personas en la isla que no se ríen de mí a mi espalda.

—No estés tan segura —murmuró Townsend, riéndose con disimulo con su propio chiste.

—Si te las arreglas para que tu estancia sea más breve de lo previsto, supongo que tendré que contratar a alguien para que te vigile. Llamaré a los alguaciles federales para ver si alguien se anima.

La chica se rió por lo bajo, asintiendo.

—Eso hasta ha tenido gracia. Se te debe de estar pegando algo de mí.

—Me encantaría que las dos pudiéramos influirnos un poco la una a la otra —dijo Miranda con tristeza.

La hosca joven se pegó aún más a la puerta.

—Pues eres la única.


—¿Hennessey? ¿Estás lista, cariño?

—Sí, papá. Ya estoy. —La morena alta y delgada se puso la bolsa al hombro y bajó las escaleras del primer piso. Entró en la cocina y abrazó a una mujer que había sido igual de alta, pero que ahora era un poco más baja. La mujer era de edad indeterminada, pero todavía tenía el pelo casi todo negro y la piel lisa y sin arrugas. Llevaba un viejísimo camisón rosa que la tapaba hasta las rodillas y Hennessey pensó que era el único que le había visto puesto toda la vida—. Adiós, abuela. Intentaré venir a veros por lo menos una vez.

—Bueno, tú no te preocupes por eso, niña. Tu abuelo y yo sólo queremos que te diviertas. Ni pienses en nosotros.

—Pensaré en vosotros todos los días y lo sabes. —Hennessey besó a su abuela con cariño—. Dile al abuelo que le quiero.

—Se lo diré, junquito. Tú cuídate y haz que la abuela se sienta orgullosa.

La joven se sonrojó con modestia y asintió.

—Adiós, abuela. Nos vemos en agosto.

—¿Estás ya, Hennessey? Vamos a llegar tarde.

—Ya voy, papá. —La joven salió corriendo por la puerta de entrada, con la bolsa dándole golpes en la cadera.

Padre e hija se montaron en la maltrecha y vieja camioneta y los dos aguantaron la respiración, esperando que el caprichoso motor se dignara a cooperar. Con un gruñido estentóreo, la camioneta se puso en marcha a duras penas y Dawayne Boudreaux se acomodó y tomó aliento. Su hija contuvo la respiración todo lo posible, pues siempre necesitaba un momento para acostumbrarse a la mal oliente camioneta. Había puesto a propósito la bolsa en la parte abierta de atrás de la camioneta, con la vana esperanza de que la amplia gama de malos olores no la impregnara a ella ni a su bolsa.

Dawayne inclinó la cabeza señalando la parte de atrás.

—¿Eso es todo lo que te llevas?

—Sí. Todas llevamos uniforme, así que no necesito gran cosa.

—Bueno, supongo que ya te conoces el percal. ¿Éste es el cuarto año que vas?

—Mm-mm. Pero es el primero como supervisora de casa.

—¿Cuánto crees que te van a dar?

—No mucho. —Se encogió de hombros—. Ya sabes cómo es, papá. Nunca pagan mucho a las chicas. —En realidad iba a ganar mil dólares a la semana, pero no estaba dispuesta a revelárselo a su padre. Dawayne era un hombre muy orgulloso y el hecho de que su hija de diecisiete años fuera a ganar bastante más que él durante el verano no era el tipo de cosa que le apeteciera comunicarle.

Continuaron el viaje en silencio, o al menos en el silencio que permitía una camioneta con trescientos treinta y seis mil kilómetros y un silenciador agujereado.


—Ya hemos llegado, Townsend. Townsend. Townsend.

—¿Qué?

—Ya estamos en el campamento. No tengo mucho tiempo, pero quiero saludar a la directora antes de marcharme.

—Pues ve. —La chica no movió ni un músculo y se limitó a mirar impasible por la ventana.

—Muy bien. —Miranda cogió el bolso y abrió la puerta—. Voy a saludar a la directora y luego vuelvo a la limusina. Si sigues aquí cuando vuelva, te vienes a Europa conmigo. —Salió, cerró la puerta con firmeza y echó a andar por el camino con su habitual seguridad y elegancia.

—Zorra de mierda. —La chica miró al espejo retrovisor y captó la mirada del conductor, que la miraba con clara desaprobación—. Cómemelo —gruñó, y abrió la puerta de golpe y se apartó malhumorada de la limusina, sabiendo que alguien se ocuparía de su equipaje.


—Gracias por traerme, papá —dijo Hennessey cuando se detuvieron en el camino—. Nos vemos en agosto, si no antes.

—Cuídate, niña —dijo él, con un raro gesto de cariño: un brusco apretón en el hombro.

—Lo haré, papá. Buena suerte este verano. Redes llenas, cerveza fría y gumbo caliente, ¿eh?

—Eso es, cariño. —Le sonrió con aire tímido y adolescente y ella se lo quedó mirando todo el tiempo que le permitió la cortesía, intentando memorizar su expresión para guardársela en el corazón.


En el momento en que Hennessey llegó a su bungalow, se quitó la ropa y luego la metió toda en la lavadora, junto con todo lo que traía en la bolsa, y a continuación añadió la bolsa de nailon. Se metió en la ducha, frotándose enérgicamente, para intentar quitarse el olor a pescado del cuerpo y el pelo. Para cuando terminó y se puso el uniforme, en la zona de estar había cinco caras moderadamente preocupadas.

—Hola —dijo, sonriendo ampliamente—. Soy Hennessey Boudreaux, supervisora de la Casa Andarríos. —Mirando a las jóvenes, dijo—: Parece que nos falta alguien, así que me ahorraré el discurso para cuando estemos todas. Vamos a tener una reunión de todo el campamento a las cinco en el bungalow de recreo, así que vamos a presentarnos todas y luego podéis dar una vuelta hasta entonces. —Volviéndose hacia la chica situada más a la izquierda, dijo—: ¿Qué tal si nos dices cómo te llamas, de dónde eres y cuántos años tienes?

Una morena de aspecto tímido y grandes ojos marrones empezó las presentaciones.

—Me llamo Missy Blaine. Soy de Winston-Salem, Carolina del Norte, y tengo quince años... casi.

La chica que estaba a su lado dijo:

—Yo soy Tamara Goodley. Soy de Nueva York y tengo casi dieciséis años. —Tamara parecía sorprendentemente segura de sí misma para no tener aún dieciséis años, pero Hennessey sabía que a veces las primeras impresiones eran engañosas.

A continuación habló la joven pelirroja que estaba al lado de Tamara.

—Yo soy Devlin Cook. Soy de Chicago y tengo quince años. —Hennessey no sabía qué era lo que le hacía sospecharlo, pero tuvo la impresión de que iba a tener que vigilar de cerca a Devlin. Sabía que la administración ponía por lo menos a una chica problemática en cada bungalow y ésta tenía algo en la cara que indicaba que podía serlo.

Una chica tan tímida que parecía estar a punto de desmayarse dudó antes de decir tartamudeando:

—Yo... soy... Hailey B... B... Brooks. Soy d... d... de Hattiesburg, Misisipí, y tengo quince años. —Al terminar, soltó un inmenso suspiro y Hennessey le sonrió afectuosamente.

La última chica carraspeó y dijo:

—Soy Ali Monroe, de Palm Beach, Florida. También tengo quince años.

—Estupendo, estupendo. Me alegro de conoceros a todas. Creo que este verano lo vamos a pasar estupendamente y que todas aprenderemos mucho.

—Tú no has dicho de dónde eres ni cuántos años tienes —le recordó Devlin con un ligero tono desafiante.

—Ah. Pues soy de aquí cerca. De Beaufort, Carolina del Sur, para ser exactos, y cumplo dieciocho años en octubre. Acabo de terminar el instituto.

—Pues no eres tan mayor como para estar a cargo de nosotras. Yo tengo hermanos mayores que tú y son unos inútiles. —Devlin la miraba de nuevo con intención y Hennessey puso mentalmente los ojos en blanco.

—Éste es el cuarto año que estoy en la academia y creo que he demostrado mi valía ante la administración. Me conocen... y confían en mí. Con el tiempo, creo que vosotras también lo haréis. —Paseó la mirada por la estancia, ladeó la cabeza y preguntó—: ¿Alguna otra pregunta? ¿No? Pues sois libres de explorar un poco. Pero quiero que todas estéis en el bungalow de recreo a las cinco. ¿Lleváis todas reloj?

Cinco cabezas asintieron y ella las despidió y fue a su cuarto para repasar la lista. Frunciendo el ceño, llamó al bungalow de administración y le preguntó a la secretaria que contestó:

—Hola, Dorothy, soy Hennessey. Me falta una chica... Townsend Bartley. ¿Sabes algo de ella?

—Pues su madre ha estado aquí minutos antes de que llegaras, Hennessey. Seguro que está en el centro.

—Estupendo. Se habrá perdido. Voy a mirar y a ver si doy con ella. Intentaré llegar a tiempo, pero si no lo consigo, ¿le explicas tú a MaryAnn por qué llego tarde?

—Ya se imaginará que tienes un buen motivo, Hennessey —dijo la secretaria—. Sabe que no tiene que preocuparse por ti.

—Gracias, Dorothy. Muy amable.

—Hasta luego, Hennessey, y no te preocupes, ya aparecerá la Bartley. A lo mejor echa de menos su casa.


Tardó más de media hora, pero Hennessey por fin encontró a la chica de la que era responsable: una joven rubia y muy mona de estatura media que estaba sentada al borde de una plataforma de pesca al otro lado del centro. Estaba apoyada en un brazo, fumando un cigarrillo y escuchando lo que Hennessey supuso que era un reproductor de MP3.

Caminando a largas zancadas hasta el extremo de la plataforma, Hennessey se quedó de pie junto a la joven y se cruzó de brazos.

—¿Tú eres Townsend Bartley? —preguntó, evidenciando su enfado.

La cabeza rubia no se movió, de modo que la supervisora de casa se inclinó y le quitó los cascos de las orejas.

—¿Tú eres Townsend?

—Mm-mm. ¿Y tú quién eres?

—Soy Hennessey Boudreaux, supervisora de la casa donde te vas a alojar. ¿No has recibido el mensaje en el que se te decía que tenías que presentarte en la casa?

La mujer más joven se encogió de hombros, luego se volvió ligeramente y miró a la mujer que le estaba hablando.

Era alta y delgada, pero en su figura larguirucha se percibía una fuerza considerable. Tenía la piel sorprendentemente morena: era evidente que la joven se había pasado demasiado tiempo en una cabina de bronceado. Pero al cabo de un momento, Townsend decidió que ese color cobrizo le sentaba bien, al destacar sus brillantes ojos azules y sus dientes blancos y regulares. Su pelo negro y largo relucía al sol, un pelo tan oscuro que hasta los reflejos eran azulados. Tenía una cara probablemente muy bonita cuando no lucía un ceño de enfado, como ahora, y por un momento Townsend lamentó el hecho de que probablemente nunca llegaría a ver sonreír a esta mujer.

Llevaba una camiseta azul celeste de manga corta con una especie de insignia en el pecho y pantalones cortos de color gris, pulcramente ceñidos con un cinturón de tela de color azul claro. Ambas prendas le quedaban un poco grandes y Townsend supuso que tenía que llevar una talla mayor de lo que exigía su peso a causa de su estatura. Deberían arreglarle la ropa. Seguro que tiene un cuerpo de morirse debajo de todo eso.

Una vez completo su estudio, Townsend suspiró, decidiendo que empezara el espectáculo.

—No me he leído todas esas chorradas. Pensé que ya me lo contaría alguien si había algo importante.

Hennessey se sentó al lado de la campista, de cara al océano, con expresión pensativa.

—Es todo importante. Mucha gente ha dedicado mucho tiempo a preparar ese material. Te convendría leerlo... todo.

—Me parece que voy a esperar a que salga la versión abreviada. —Tiró el cigarrillo apagado al mar y se echó hacia atrás apoyada en las dos manos—. ¿Algo más?

—Sí. Vamos a tener una reunión de todo el campamento a las cinco en punto en el bungalow de recreo. Debes asistir.

La joven meneó la cabeza, luego sacó los cigarrillos y encendió uno con mano experta. Tras dar una larga calada, echó el humo en una serie de anillos perfectos.

—Mira... Hennessey, ¿no? —Cuando la otra asintió, continuó—: No me van los grupos. No soy participativa. Tú deja que vaya a lo mío y no tendremos problemas.

—Eso no va a ser así, Townsend. —Hennessey parecía lamentarlo mucho—. Eres responsabilidad mía y yo me tomo mis responsabilidades muy en serio.

—¿Sabes? Ese sentimiento tan encantador tendría mucho más impacto si a mí me interesara lo más mínimo estar aquí. No tienes poder sobre mí, jefa. Nada me gustaría más que estar en el primer avión que saliera de aquí.

El marcado acento de la mujer alta y su voz de contralto lenta y suave creaban la impresión de que se movía a cámara lenta. Townsend estaba acostumbrada al habla casi frenética de su Boston natal y sintió una punzada de compasión por la lenta sureña a la que se estaba enfrentando. Sería más divertido si estuviéramos al mismo nivel. ¿Cómo voy a combatir a base de ingenio con una mujer desarmada?

Mientras Townsend meditaba sobre su propia superioridad, Hennessey alargó la mano y sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la pechera de la chica, estrujándolo en la mano.

—Bueno, eres mía hasta que estés en ese avión y por lo que sé, el próximo avión no sale hasta mañana. Vámonos. —Agarró a la campista por el cuello de la camisa y tiró con firmeza y Townsend tuvo que levantarse con ella para sobrevivir.

—¡No puedes zarandearme como si fuera una muñeca de trapo! ¡Y no me puedes quitar los cigarrillos! ¡Tengo mis derechos! —Se debatía ferozmente, pero no conseguía zafarse de la mujer más alta que todavía la sujetaba por la camisa.

—Está prohibido fumar en el centro. Punto. —Echó a andar, tirando de Townsend para que la siguiera—. Y, para que conste, no tienes derechos. Tus padres te han puesto en nuestras manos durante el verano. Puedes considerarme tu madre temporal.

—¡Que te follen, mamá! ¡Suéltame!

—¿Vas a venir conmigo a la reunión?

—¡Joder! —Intentó soltarse una vez más, pero no tuvo el menor éxito—. ¡Sí, maldita sea!

Hennessey la soltó y se llevó una sorpresa cuando la chica más joven no salió corriendo ni le pegó un puñetazo. Echó a andar a su lado, mirando a la supervisora de casa con una mezcla de aborrecimiento y curiosidad.

—¿Te pagan por cada una de nosotras a la que consigues echarle el lazo?

—No. —Hennessey se rió con indolencia—. Ganaría lo mismo tanto si tuviera seis como si tuviera una. Mi vida sería mucho más fácil con una sólo, por cierto.

—¿Entonces qué más te da? ¿A ti qué te importa si fumo o me salto una estúpida reunión? Acabaré haciendo algo para que mañana me echen de aquí. Cuantas más normas conozca, más normas incumpliré. Créeme, es mejor que no sepa nada.

—Entonces tendremos que ocuparnos de eso mañana, ¿no? —Habían llegado al gran bungalow de recreo y Hennessey sujetó la puerta para que la joven pasara—. Ya hemos llegado —dijo—. ¡Que te diviertas!


En cuanto terminó la reunión general, Hennessey fue en busca de la directora de la academia, MaryAnn Teasdale.

—¡MaryAnn!

—Ya me daba a mí que ibas a venir a verme, Hennessey. Acompáñame a casa.

Salieron juntas del edificio y recorrieron la corta distancia que había hasta un bungalow pequeño, pero bien amueblado. Al entrar, MaryAnn preguntó:

—¿Quieres algo de beber? Tengo té frío.

—Sí. Eso está bien. —Hennessey se sentó en una de las butacas de mimbre con almohadillas y esperó a que la mujer de más edad regresara con dos vasos.

Cuando MaryAnn se sentó, dijo:

—No soy adivina, pero me da la sensación de que has venido para hablar de Townsend Bartley.

—Ya veo que su fama la precede —dijo Hennessey con humor y tomó un trago de la bebida fría y dulce—. Quiere irse a casa, y dado cómo se ha comportado hoy, me da la impresión de que va a conseguir lo que desea.

MaryAnn la miró un momento y luego dijo:

—Espero que no te importe que la haya puesto en tu cabaña, Hennessey. Ya sé que espero mucho de ti, pero Townsend es un pequeño proyecto de recuperación del que me encantaría que te ocuparas... si quieres, claro está.

—¿Es que te he hecho algo? —preguntó la joven, al tiempo que su boca esbozaba una sonrisa.

—Claro que no. Townsend es... bueno, es una chica con muchos problemas, Hennessey, y me encantaría poder ayudarla a encauzar su vida. Su madre ha dejado claro que no nos culpará de nada si tenemos que devolverla a Boston, pero ha dicho que tendría que contratar a un desconocido para vigilarla si lo hacemos: va a estar todo el verano en Europa en una gira literaria. La señora Bartley ya era conocida, pero ahora que han hecho esa película basada en una de sus novelas de éxito, su popularidad se ha disparado.

—¿Su madre es Miranda Bartley? —exclamó la joven—. No... ¡no tenía ni idea!

—Pues es ella. Y si conseguimos quedarnos todo el verano con el diablillo, Miranda nos ha prometido una serie de conferencias para el año que viene, como agradecimiento.

—¡Caray! A mí no me gusta mucho lo que escribe, pero vaya si es famosa. Eso sí que llamaría la atención.

—Así es, pero tú sabes que yo no funciono así, Hennessey. Me preocupa más la chica que la promesa de su madre. Estoy convencida de que podría sacar algo positivo de pasar aquí todo el verano y si te tiene a ti como modelo, podría darle algo a lo que aspirar.

—Creo que nos valoras demasiado a las dos, MaryAnn. Ella parece totalmente decidida a salir de aquí y yo no creo que pueda hacerle cambiar de opinión.

—¿Lo vas a intentar, Hennessey? Puedes adaptar las normas como te haga falta... descubre lo que le gusta y recompénsala cuando haga algo bien. Haz lo que sea, pero no dejes que ese diablillo vuelva a salirse con la suya. Me temo que si esta vez lo consigue, podría acabar destruyéndose.

—¿Por qué estás tan preocupada por ella, MaryAnn? No es más que otra niña malcriada a la que volverán a malcriar en cuando se marche de aquí.

—Estuvo a punto de morir hace unos meses, Hennessey —dijo MaryAnn con tono apagado—. Bebió tanto que entró en coma. Ella asegura que fue un accidente, pero después de hablar con el director de su internado, yo no lo tengo tan claro. Creo que está sola y asustada, no que sea simplemente una mala chica. —MaryAnn alargó la mano y le dio unas palmaditas a la joven en la pierna—. Sé que has pasado muchas horas en las reuniones de Alcohólicos Anónimos, Hennessey, y he pensado que de todo el mundo, tú podrías tener alguna idea de cómo tratarla.

Sonriendo con sorna, Hennessey dijo:

—Me he pasado muchos años intentando dejar de ser codependiente con los alcohólicos de mi familia. ¿Y ahora quieres que me ocupe de otra?

—No si te va a costar demasiado, cielo —dijo MaryAnn dulcemente, mirando atentamente a la joven a los ojos.

—Qué va. Puedo mantener los límites con ella. No será divertido, pero tengo un sueldo más que suficiente para aguantar malos rollos. Haré todo lo que pueda.

—Siempre lo haces, Hennessey. Eso es algo con lo que siempre cuento.


Cuando Hennessey volvió al bungalow, asomó la cabeza a la habitación que compartían Townsend y Hailey. Hailey estaba sentada al borde de la cama, viendo cómo la chica de más edad deshacía el equipaje. La rubia sacó dos cartones de cigarrillos, una botella de cuarto de vodka y otra de ginebra y puso el contrabando en la mesilla de noche.

—Como digas algo, te corto la lengua —gruñó, sin molestarse siquiera en volverse para ver si la chica más joven la estaba mirando.

Hennessey estaba en el umbral observando la escena y a Hailey se le pusieron los ojos como platos cuando la supervisora de casa entró como una exhalación en el cuarto y recogió todo el tesoro escondido de Townsend en sus largos brazos.

—Gracias por ponérmelo tan fácil —dijo alegremente. Cogió una almohada de la cama, la sacudió hasta que cayó la almohada y usó la funda para meter el botín ilícito, notando un par de ojos verdes que le lanzaba puñales—. A ver, ¿qué más tenemos aquí? —Le arrebató la bolsa a Townsend y sacó el reproductor de MP3 y el de CD. A continuación salieron todos sus CD y su agenda electrónica—. Qué chulada —dijo. El último objeto era un ordenador portátil diminuto que Townsend no tenía la menor intención de perder. Intentó quitárselo a Hennessey de las manos, pero no lo consiguió.

—¡No me puedes quitar el puto ordenador! ¿Cómo me voy a comunicar con la gente?

—Nosotras también somos gente, ¿verdad, Hailey? —Hennessey sonrió a la chica que estaba paralizada en el sitio—. Townsend puede hablar con nosotras, ¿verdad?

Asintió con la cabeza, pero estaba claro que temía por su vida.

—Podrás recuperar algunas de estas cosas, cuando yo decida que te las mereces. Por supuesto, el alcohol no lo vas a volver a ver. Permíteme que te dé las gracias, de antemano, en nombre de la directora. Le gusta tomarse un buen gin-tonic de vez en cuando. —Echándose la funda de la almohada al hombro, Hennessey se dispuso a salir de la habitación, mientras Townsend, furiosa, la miraba con odio—. Ahora mismo vuelvo, chicas. Tengo que ir a ver a la directora. Hay que reabastecer el bar.


Esa noche más tarde, Hennessey se asomó a cada una de las habitaciones dobles, comprobando la situación de cada pareja de chicas. Cuando llegó al cuarto de Hailey y Townsend, miró a la hosca y joven rubia, que estaba sentada en la cama totalmente vestida. Hennessey se acercó a ella y le entregó el reproductor de CD.

—He visto que has llegado a la cena a la hora y que has vuelto al bungalow a las diez. Creo que eso se merece por lo menos un CD. —Le ofreció un montón de discos, pero Townsend hizo un gesto displicente.

—No me hagas favores.

—Vale. —Hennessey se volvió y salió de la habitación sin decir palabra, y la joven se quedó de nuevo mirándola furiosa y llena de impotencia.


—Arriba, chicas. La primera clase es a las nueve. Más vale que os pongáis en marcha si queréis desayunar.

—Anda y que te follen —gruñó Townsend, tapándose la cabeza con las sábanas.

—Yo también me alegro de verte, alegría de la huerta. —Hennessey cerró la puerta, riéndose por lo bajo. Te estás divirtiendo demasiado, chica.

Cuando se cerró la puerta, Hailey salió del cuarto de baño.

—Te toca, Townsend. —La malhumorada joven se levantó tambaleándose, más necesitada del retrete que del desayuno. Tratando de romper el hielo con su excéntrica compañera de cuarto, Hailey tuvo el valor de preguntar—: Oye, ¿tú que vas a hacer? ¿Música, literatura, pintura?

—No tengo ni idea —rezongó la otra.

—¿Eh? Esto es un campamento de humanidades. ¿Cómo es que no sabes a qué has venido?

—He venido para evitar la cárcel. ¡Ahora vístete y lárgate!


Sólo porque fue al edificio de aulas y comprobó las listas de clase, Townsend consiguió llegar a tiempo a su clase de escritura creativa. Se dejó caer en una silla, mirando con apatía a las otras alumnas. A las nueve en punto, entró Hennessey y se sentó en el borde de la mesa que había en la parte de delante del aula.

—Hola, soy Hennessey Boudreaux. Bienvenidas a "Encontrando tu voz".

—¡Yo ya he encontrado mi puñetera voz! —Townsend se levantó, iracunda—. ¿Por qué demonios me va a enseñar una cría cómo tengo que escribir? ¿Tú sabes quién es mi madre?

Hennessey hizo un gesto con el dedo a la furiosa joven, indicándole que saliera con ella al pasillo.

La campista seguía farfullando.

—¡Esas crías no deben de pasar de los catorce o quince años! ¡Yo voy a cumplir diecisiete dentro de una semana!

—Townsend, estás en esta clase por tu ejercicio de redacción. Hemos estudiado cuidadosamente cada uno de los ejercicios que nos han enviado y hemos intentado agrupar a las alumnas para que estuvieran con otras de nivel parecido, no sólo por edad. La mayoría de las chicas que hay aquí tienen mucho talento en su campo, pero también tenemos cursos de introducción para las chicas que quieren explorar la pintura o la música o la escritura creativa por primera vez. Lamento ser así de franca, pero tu ejercicio no demostraba ni mucha habilidad ni mucha promesa. Escribes más como las chicas que acaban de entrar en el instituto que como una que está a punto de terminar.

—¡No sabía que tenía que hacerlo bien!

—Townsend —dijo Hennessey, con una sonrisa lenta—, siempre deberías hacerlo bien. ¿Es que nunca te lo ha dicho nadie?

La rubia volvió al aula hecha una furia, dispuesta a estar en un avión antes de que terminara el día.


—Vale, creo que por hoy basta. Seguramente nos atendremos a este horario a menos que veamos que no nos funciona. Tendremos clase los lunes, miércoles y viernes desde las nueve hasta mediodía y luego tendréis las primeras horas de la tarde para trabajar en vuestras tareas. Os veré individualmente los martes y jueves para poder atenderos de forma especial. Esas reuniones durarán una hora más o menos. Así que tendréis tiempo de sobra para escribir y reflexionar. Os damos mucho tiempo durante el día para trabajar, ya que queremos que esto os resulte entretenido. Las tardes son para socializar, no para trabajar. Mañana no tenemos nada concreto que tratar, así que sois libres de quedar conmigo si queréis hablar de algo. Aparte de eso, os veré a todas el miércoles por la mañana. ¿Tenéis claro el ejercicio?

Una chica llamada Marissa levantó la mano.

—¿Podemos escribir sobre lo que queramos?

—Sí, cualquier cosa que te haya afectado emocionalmente, Marissa. Quiero que cada una de vosotras piense a fondo en algo que os haya ocurrido en el último año que os haya conmovido o afectado de alguna manera. Podría ser la muerte de una mascota, la noche que fuisteis a un concierto de vuestro grupo preferido, la noche que os quedasteis sin dormir para ver salir el sol... lo que sea, con tal de que escribáis con el corazón. —Volvió a mirar a su alrededor, diciendo—: Vale. Nos vemos el miércoles.

Las seis jóvenes salieron del aula, con Townsend a la cola del grupo.

—Hasta luego, alegría de la huerta.

—Bésame el culo.

Creo que le empiezo a caer bien.


Esa noche más tarde, al volver a su bungalow después de ver una película con algunas de sus chicas, Hennessey vio el resplandor anaranjado de un cigarrillo no muy lejos del extremo del edificio. Meneando la cabeza, entró y registró la habitación de Townsend y por fin quitó el colchón del somier de muelles para descubrir un estupendo cartón nuevo de cigarrillos, del que era evidente que faltaba un paquete. Volvió a colocar el colchón y las sábanas como era debido y se echó en la cama, descansando cómodamente hasta que Townsend volvió a entrar en la habitación.

—Hola.

La joven se sobresaltó un momento, al no esperarse a la supervisora de casa.

—¿Qué quieres?

—Quiero saber a quién has obligado a comprarte cigarrillos. Es evidente que ha sido alguien que trabaja aquí, puesto que nadie más tiene coche para ir a la ciudad y estoy segura de que tú no has ido caminando.

Townsend se acercó a la mesilla de noche, una vez recuperada por completo la seguridad en sí misma. Hennessey captó el olor a tabaco en su ropa cuando pasó a su lado y dejó el paquete en la mesilla.

—No cuesta nada convencer a uno de estos desgraciados mal pagados para que te haga un favor. Sólo hacen falta unos pavos.

—Pues entonces creo que tengo que quitarte los pavos. —Incorporándose, la supervisora de casa abrió el cajón superior de la mesilla de noche y sacó la cartera que encontró allí. Sacó todos los billetes y tarjetas de crédito, contó el dinero, luego se sentó ante el escritorio de Townsend y escribió un recibo detallado.

—Aquí tienes. No creas que lo vas a recuperar hasta agosto.

Cuando salió de la habitación, con las manos llenas de dinero, tarjetas de crédito y cigarrillos, algo estrepitoso y pesado se estrelló en la puerta en el momento en que la cerraba tras ella. Parece que hay alguien de mal humor. Será la nicotina.


Al día siguiente las cosas estuvieron muy tranquilas, tan tranquilas que Hennessey se puso un poco nerviosa. Townsend trabajó en su ejercicio, se presentó a todas las comidas y, después de usar el ordenador del bungalow de recreo durante un par de horas, se levantó y se estiró a las nueve en punto, anunciando que se iba a la cama... una hora antes de tener obligación de hacerlo. Algo me huele mal, se dijo Hennessey al ver que la rubia salía del bungalow de recreo. La siguió sigilosamente hasta la cabaña, esperando fuera hasta que la chica hubo entrado. Dándole unos minutos para acomodarse, entró y se quedó junto a la puerta de la habitación de Townsend un momento, olisqueando para ver si percibía olor a tabaco. Al ver que todo parecía en orden, decidió que la joven debía de estar cansada y ella misma se fue a la cama.


A la mañana siguiente, Hennessey cumplió con su deber de llamar a la puerta de cada dormitorio y luego fue a preparar sus cosas de clase. Fue al comedor, desayunó tranquilamente y se dirigió a su aula con tiempo. En el momento en que la aguja de los segundos pasaba las doce, entró corriendo Townsend, que evidentemente se acababa de levantar. Tenía el pelo revuelto, la camisa mal abrochada y los ojos tan rojos que parecía como si tuviera una grave reacción alérgica.

—¿Estás bien? —preguntó Hennessey, algo preocupada.

—Sí —gruñó la otra, dejándose caer sin gracia en una silla.

—¡Vale! —Hennessey dio una fuerte palmada y notó que Townsend se encogía como si la hubiera alcanzado un rayo—. He pensado que vamos a dedicar un tiempo a que cada una lea su historia. Sé que esto puede dar un poco de miedo, pero es el mejor modo de adquirir seguridad al escribir. Si os ponéis nerviosas, recordad que estamos aquí para que encontréis vuestra voz. En esta clase nunca se os criticará. Bueno, ¿quién quiere empezar? —Miró a las seis caras inexpresivas, señaló a una chica que intentaba hundirse en su mesa y dijo—. Sí, Alison. Gracias por ofrecerte voluntaria.

Con los ojos que casi se le salían de las órbitas, la chica de catorce años se levantó y empezó a leer, con vocecita temblorosa. Consiguió llegar hasta el final, pero era evidente que había estado a punto de hiperventilar durante todo el suplicio.

—¡Excelente! —retumbó la voz de Hennessey—. ¡Muy bien, Alison! Bueno, ¿alguien quiere hacer algún comentario?

Una joven levantó la mano y dijo:

—A mí también me encanta Dave Matthews. ¡Su último CD era la bomba!

—Bueno, en eso estamos todas de acuerdo —dijo Hennessey, sonriendo alentadoramente—. ¿Pero y la redacción? ¿Alguien quiere decir algo? —Volvió a mirar a su alrededor y seis pares de ojos se clavaron en el suelo—. Está bien. No hay ninguna obligación de hacer comentarios, pero os puede servir de mucho oír la opinión de vuestras compañeras. Comentarios míos vais a oír un montón, pero aprenderéis más de las otras si os atrevéis a ello. Bueno, vamos a seguir. ¿Townsend?

La rubia la miró un momento y luego dijo:

—Prefiero entregar el mío.

—Eso lo entiendo. Da un poco de miedo leer tus pensamientos en voz alta. Pero es una de las formas que tenemos de aprender.

La chica le clavó una mirada mortífera y luego dijo:

—No, no es eso. No vas a querer que lea esto.

—Sí que quiero —insistió la otra—. Estamos aquí para aprender las unas de las otras.

—Pues podrías habernos dicho que querías que lo leyéramos en voz alta.

—No quería que os pusierais nerviosas. Venga, inténtalo, Townsend. No será tan malo.

—Tú misma —dijo la chica, poniéndose en pie. Carraspeó, miró al grupo de jóvenes, hizo una mueca y empezó a leer:

El día que se estremeció el mundo, de Townsend Jameson Bartley.

No sabía su nombre. Lo único que sabía era que estaba buena, buenísima.

Cinco pares de ojos se abrieron de par en par y las chicas más jóvenes se enderezaron en sus asientos.

Me ligó en cuanto entró en el bar. Me invitó a una copa, pero eso sólo era para perder el tiempo. Vivía cerca y fuimos a su piso. Para cuando llegamos a su dormitorio, ya me había quitado la ropa y me tenía boca arriba: mi postura preferida, dijo, riendo por lo bajo.

No sé cuántos años tenía: probablemente tendría que haber estado en la universidad, pero no era el tipo universitario. Olía un poco a gasolina y tenía grasa incrustada en la piel alrededor de las uñas. Tenía las manos callosas y ásperas y también era áspera conmigo. Ni flores, ni bombones, ni conversación. A los pocos minutos ya me tenía boca arriba y abierta de piernas.

En el aula había tal silencio que el ruido de un alfiler al caer habría sonado como una bomba. Todas salvo Hennessey estaban absolutamente petrificadas, pero la mujer de más edad estaba sentada en el borde de su mesa —como siempre— prestando total y absoluta atención, con la cara serena, la expresión alerta.

Dedicó un tiempo a prepararme, pero no todo el que a mí me habría gustado. Jugó con mis tetas y luego se pasó un minuto trabajándome el clítoris. Nada demasiado excitante. Estuve a punto de levantarme y largarme, pensando que podría volver al bar y conseguir a alguien mejor si me daba prisa, pero sacó un inmenso bote de vaselina y empezó a untarse bien los dedos. Eso me provocó interés suficiente para darle otra oportunidad, de modo que esperé hasta que me metió un dedo. Juro que no sé qué hizo, pero esta mujer sabía cómo follar con los dedos.

Una de las chicas soltó una exclamación sofocada y Townsend miró a Hennessey como diciéndole "Te lo advertí", pero la mujer de más edad se limitó a mirarla sin expresión y luego le sonrió de medio lado, animándola a continuar.

Mientras me metía y sacaba el dedo, empecé a ponerme en situación y entonces me metió otro. Eso me dio aún más gusto y ni se me ocurrió detenerla cuando metió el tercero a la fuerza. Estaba un poco apretado, pero acabé relajándome y cuando me metió el meñique, no me pareció pequeño para nada.

Se rió con sorna, echando un vistazo para encontrarse a sus compañeras de clase mirándola como si hablara en lenguas. Pero, ante la desilusión de Townsend, Hennessey no se había movido ni cambiado de expresión.

Se puso un pegote de vaselina en la mano y se me quedó la boca seca, pues ya sospechaba lo que iba a hacer.

—¿Qué iba a hacer? —preguntó una voz tímida, pero fascinada.

—A eso voy —dijo Townsend con desdén—. Todo quedará aclarado. —Carraspeó y continuó.

Estaba segura de que no podría con ello, pero me dio la impresión de que no tenía opción, de modo que apreté los dientes y cerré los ojos. De repente, la mujer habló. "¡No te cierres, zorra! Respira hondo y trata de expulsarme, así te abrirás bien".

Hice lo que decía, tratando de expulsarla de mi interior. Sorprendentemente, me abrí como la concha de una ostra y ella dobló el pulgar contra la palma de la mano y se deslizó dentro. Grité, pero creo que fue más por el susto que de dolor. En realidad, no dolía gran cosa, lo cual me sorprendió mucho. Lo máximo que me habían metido eran tres dedos, así que esto era algo muy especial.

Cuando estaba ahí tumbada, sintiéndome parte de su brazo, empezó a moverse dentro de mí. ¡Demonios! Era genial sentir esa manaza áspera dentro de mí, pero cuando empezó a moverse, ¡creí morir! Era como si me estuviera follando el cuerpo entero, no sólo el coño. Me eché a temblar y cuando me quise dar cuenta, me corrí como nunca en mi vida.

Me dolió un montón cuando intentó sacar la mano, pero después de esperar a que se me pasaran los espasmos, la sacó sin desgarrarme nada. Nunca he tenido un hijo, pero parir ese puño me bastó para tachar esa idea de mi lista por completo.

Nunca hasta entonces me habían follado con tanta fuerza y tampoco desde entonces, pero esa noche, esa mujer de dedos sucios y olor a gasolina consiguió estremecer mi mundo.

Sonrió a Hennessey empalagosamente y luego dijo:

—Fin. —Y se sentó en su silla.

—Puuf, qué potente, Townsend. Gracias por compartirlo con nosotras. Sé lo mucho que cuesta compartir cosas tan personales como ésa... estoy muy contenta de que hayas corrido ese riesgo. —Mirando los rostros atónitos, preguntó—: ¿Algún comentario? Seguro que Townsend los agradece. ¿Nadie? Vale. Pues vamos a seguir. ¿Tiffany?

Townsend se hundió aún más en la silla, intentando horadar con la mirada a su imperturbable profesora/supervisora de casa.


Esperó a que terminara el día, tras pasarse horas dando vueltas a la situación en su cabeza.

—Hola, MaryAnn —dijo bastante cortada cuando llamó a la puerta de la directora después de cenar—. Tengo un problema con el que no sé si voy a poder.

—Bueno, para eso estoy aquí, Hennessey. Pasa y vamos a hablar de ello.

La mujer más joven entró en la casa y se sentó, en una postura que reflejaba su incomodidad.

—Me parece que te he defraudado, MaryAnn —dijo con tono apagado—. Es que no creo que pueda con Townsend.

—¿Qué ocurre, Hennessey?

En lugar de contarle el incidente, Hennessey le pasó la redacción que había escrito su alumna. La mujer de más edad la leyó, alzando una ceja de vez en cuando, pero sin ninguna otra expresión en la cara. Cuando terminó, se la devolvió y soltó un suspiro.

—¿Qué era el ejercicio? ¿Contarnos vuestra experiencia más desagradable?

—No, tenían que escribir sobre un acontecimiento reciente que las hubiera afectado emocionalmente.

—Pues aparte de estar mal escrito, aquí no hay emoción por ningún lado. Más bien parece estar pidiendo ayuda a gritos.

—Eso creo yo también. —Hennessey tenía el ceño fruncido y sacudió la cabeza—. Creo que tiene demasiados problemas para estar siquiera en la academia, MaryAnn. Tengo miedo de que siga haciendo cosas como ésta y eche a perder el campamento a las otras chicas. Eso no me parece justo.

MaryAnn se levantó y fue al bar.

—No te importa si me pongo una copa, ¿verdad, cielo?

—No, para nada. Sólo me opongo a que la gente se tenga que beber la botella entera —dijo con una leve sonrisa, pero en sus ojos había una tristeza imposible de ignorar.

MaryAnn se sirvió la copa, un gin-tonic bien cargado, y volvió a sentarse. Bebió un buen trago, se lamió los labios y miró el vaso con curiosidad.

—Le he puesto ginebra a esto, ¿verdad?

—Sí. Y una buena dosis. —La joven se encogió de hombros y dijo—: Una vieja costumbre. Siempre vigilo para ver cuánto tarda en acabarse la botella.

MaryAnn fue al bar, abrió la botella y olió el contenido.

—Pues Hennessey, o Townsend se ha traído un cuarto de agua al campamento o alguien ha conseguido sacar la ginebra y sustituirla por agua. ¿Se te ocurre quién puede ser el culpable?

Hennessey dejó caer la cabeza en las manos.

—¡Genial! No sólo está dispuesta a volverme loca, encima es una ladrona.

—Yo tenía la puerta cerrada con llave —asintió MaryAnn—. Vale, no son las mejores cerraduras del mundo, pero haría falta cierta experiencia para entrar sin que se notara.

—¿Qué hacemos, MaryAnn? No podemos consentir que robe a la gente.

—Escucha, Hennessey, no quiero ponerte en una situación que no te ves capaz de controlar, pero no se me ocurre nadie en este campamento mejor preparado para intentar hacer ver a esta niña lo que puede ocurrirle con este abuso del alcohol. Yo todavía no estoy dispuesta a rendirme y espero que quieras intentar hacerle mella de nuevo.

—Eso es justo lo que me gustaría hacer —rezongó la joven—. Con un hacha.

—Me doy cuenta de lo frustrada que estás, en serio, lo veo. Pero parte de mi misión es llegar a las niñas que más necesitan nuestra ayuda.

Hennessey asintió.

—Es lo que hicisteis por mí.

—Eso espero, Hennessey. Ahora bien, no te estoy pidiendo que me devuelvas el favor, sólo te estoy pidiendo que lo intentes otra vez.

—Pero ¿y la clase? No puedo permitir que exponga a las chicas más pequeñas a este tipo de guarrerías.

—Pues concreta más los temas. Dales un tema con el que no puedan salirse tanto por la tangente. No dejes que esta bribona se vuelva a salir con la suya, Hennessey. Eres más lista que ella, tienes más recursos y eres más comprensiva. Tengo total confianza en ti.

—No me gusta nada cuando intentas hacerme sentir mejor de lo que soy en realidad —refunfuñó la joven, incapaz de disimular una sonrisa.

—Nunca lo he hecho, Hennessey. Eres en todo la mujer que creo que eres.


Dio un largo paseo por el centro, intentando decidir cómo hacerle saber a Townsend que estaba al tanto de su última jugarreta. Eran casi las nueve cuando se encontró de vuelta en el bungalow, sin saber aún qué iba a hacer. En la habitación de Townsend había luz y tras llamar levemente, Hennessey entró.

La mujer más joven estaba sentada en la cama, dibujando en un gran cuaderno. Hennessey se sentó en el borde de la cama y miró por la parte de arriba del cuaderno.

—No sabía que sabías dibujar.

—No sé. Sólo me entretengo. —Para variar, Townsend estaba relajada y descuidada, sin el menor indicio de su caparazón protector. Echó un trago de su botella de litro de agua y Hennessey inclinó la cabeza señalando la botella.

—Acabo de dar un paseo muy largo y estoy seca. ¿Me das un sorbito?

—Mmm... no, no, estoooo... creo que me estoy pillando un catarro. Te saco una botella nueva de la nevera.

Alargando la mano rápidamente, Hennessey dijo:

—Tengo unas defensas muy buenas. Me arriesgaré. —Se llevó la botella a los labios y dejó pasar unas gotas. Devolviéndole la botella, preguntó—: ¿Ni siquiera lo mezclas, Townsend?

Mirándola con expresión de aburrimiento, la rubia dijo:

—¿Hago las maletas ahora o espero a mañana?

—Eso depende. Como vas a tener que ir andando donde sea que quieras ir, a lo mejor te conviene no llevar mucho peso.

—¡Venga ya! ¡Me tenéis que expulsar! ¡Me he colado en casa de la directora!

—Mm-mm, ya lo creo. Tendrías que haberle visto la cara cuando se preparó un estupendo gin-tonic. —La sonrisa de Hennessey era amable y afectuosa, lo cual dejó totalmente confusa a la mujer más joven.

—¿Mi madre os paga de más para que me tengáis aquí? ¿Qué coño está pasando?

—Hemos acordado enseñarte unas cuantas cosas este verano, Townsend. Tenemos toda la intención de hacerlo. Te irás a casa... en agosto, con todas las demás.

—¿Por qué me torturas? ¡No quiero estar aquí!

—Corrígeme si me equivoco, pero pareces el tipo de mujer que no quiere estar en ningún sitio. Me recuerdas un poco a mi madre.

—Pues qué suerte tienes.

—La verdad es que no —dijo—. Es doloroso ver a alguien de tu edad que parece tan confusa. Al menos mi madre tiene treinta y dos años.

La chica hizo los cálculos y miró a Hennessey con incredulidad.

—Querrás decir cuarenta y dos, ¿no?

—No. Tiene treinta y dos. Acababa de cumplir los quince cuando me tuvo.

—Joder —murmuró Townsend—. ¿Por qué no abortó?

—Gracias —dijo Hennessey con humor—. Me alegro de saber que tanto te gusta mi presencia en el planeta.

—Oh, no me refería a eso. No sé mucho sobre ti, pero en mi tierra nadie dejaría que una hija de quince años tuviera un bebé.

—Bueno, eso es lo que pensó el estado cuando le quitaron la patria potestad —asintió Hennessey—. Claro, que tenían un buen motivo. La casa estaba en llamas y ella estaba sin sentido, totalmente borracha, en el sofá. Se le había caído el cigarrillo encendido al suelo y prendió fuego. Menos mal que la alfombra estaba desgastadísima. No prendió tan rápido como lo habría hecho si hubiera estado entera. Por suerte, el bombero volvió a entrar corriendo en la casa cuando los vecinos le dijeron que allí había un bebé.

—¡Dios, joder! ¿Qué edad tenías tú?

—Mmm... creo que tenía un mes, tal vez un poco menos.

—¡Dios, Hennessey! ¿Dónde estaban sus padres?

—En su casa, supongo. Mis padres se casaron cuando nací yo. Tenían una casita en la parte mala de la parte mala de la ciudad. Por supuesto, ésa es la que se quemó. Así que cuando todo se calmó, mi padre y yo nos trasladamos a casa de sus padres. Me criaron mis abuelos.

—Mierda —murmuró la mujer más joven—. ¿Es que aquí no hay una edad mínima para casarse?

—Sí, Townsend, incluso aquí hay una edad de consentimiento. Pero se puede a los catorce años con el consentimiento de los padres. En mi tierra, tener un hijo ilegítimo sigue siendo una vergüenza.

La rubia pareció realmente contrita por un momento y luego murmuró:

—Lo siento. ¿Sigues viendo a tu madre?

—Ah, claro. Justo antes de venir aquí, vino a verme para despedirse. Claro, que intentó sacarme diez pavos. Dijo que era para comida, como siempre, pero la única comida que se compra es la de ochenta grados. Me sorprendería que pesara más de cuarenta kilos y es por lo menos tan alta como tú.

—La leche... debes de odiarla.

Hennessey abrió los ojos de par en par.

—¡Por supuesto que no! Es mi madre y siempre la querré. Sólo que no puedo salvarla de sí misma.

—¿Pero cómo puedes querer a alguien que te trata de esa forma? ¡Dios, si casi te mata!

—Está enferma, Townsend. Su enfermedad está tan avanzada que estoy convencida de que la acabará matando... probablemente antes de que cumpla los cuarenta. ¿Pero cómo puedes odiar a alguien que ya se odia tanto a sí misma? Sí, me rompe el corazón; sí, daría lo que fuera por haber tenido una madre de verdad cuando era pequeña; sí, ojalá no hubiera venido a mi escuela elemental, borracha perdida, para pedirme el dinero de la merienda delante de los demás niños; sí, ha habido veces que he deseado que no hubiera nacido nunca. Pero nació, y yo también, y simplemente tenemos que sacarle el mejor partido posible. Te juro que la echaré de menos cuando no esté.

Townsend se quedó callada un rato, mirando a todas partes menos a los ojos de Hennessey.

—¿Por qué te recuerdo a ella?

Alargando la mano con delicadeza, Hennessey le tocó la barbilla a Townsend y se la levantó hasta que se miraron a la cara.

—Porque tienes la edad que tenía ella cuando la tuvieron que hospitalizar por haber bebido hasta entrar en coma, y me imagino que de algún modo a ti también te atormenta el mismo tipo de dolor. —Vio que la joven se encogía ante esta revelación, recordando evidentemente su propia y reciente hospitalización. Hennessey se levantó y cogió el litro de ginebra—. Aún no es tarde, Townsend. Estás en la cúspide de la adicción. Es muchísimo más fácil dejarlo ahora que más adelante. No sigas por ese camino. —Cerró los ojos un momento y luego añadió tan sólo dos palabras, con voz ronca—. Por favor.


PARTE 2


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