8


No sé por qué hice lo que hice
No sé por qué dije lo que dije
El orgullo es como un cuchillo, puede cortar profundamente
Las palabras son como armas y a veces pueden hacer daño
No quería hacerte daño
No quería verte marchar
Sé que te hice llorar
Pero cariño
< estribillo > Si pudiera dar marcha atrás al tiempo
Si pudiera encontrar una forma
Retiraría esas palabras que te hicieron daño
Y tú te quedarías
Si pudiera alcanzar las estrellas
Te las daría todas a ti
Entonces me amarías
Me amarías como antes
Si pudiera dar marcha atrás al tiempo
Mi mundo está destrozado
Me quedé hecha trizas
Como si alguien hubiera cogido un cuchillo
Y me lo hubiera hundido en el corazón
Cuando saliste por esa puerta
Juré que no me importaba
Pero lo perdí todo, mi amor, en ese preciso instante
Demasiado fuerte para decirte que lo sentía
Demasiado orgullosa para decirte que no tenía razón
Sé que estaba ciega
Y mi amor
< estribillo > Si pudiera dar marcha atrás al tiempo
Si pudiera encontrar una forma
Retiraría esas palabras que te hicieron daño
Y tú te quedarías
Si pudiera alcanzar las estrellas
Te las daría todas a ti
Entonces me amarías
Me amarías como antes
Si pudiera dar marcha atrás al tiempo
No quería hacerte daño
No quería verte marchar
Sé que te hice llorar
Pero ah, si pudiera dar marcha atrás al tiempo
—If I Could Turn Back Time
, escrito por Diane Warren


30


entonces

El sonido hueco de unos pasos sobre el linóleo gastado.

Paredes carentes de adornos y de un soñoliento color hueso iluminado por una luz difusa desde arriba, tan suave que reducía la sombra de una figura alta a un pálido gris.

El aire estaba cargado de un olor intenso a antisépticos y desinfectantes. Y un levísimo aroma a café. En alguna parte unas voces creaban un tapiz de sonido que flotaba por el largo y ancho pasillo, mezclado con el ruido de platos y risas.

Otras personas pasaban ante la figura que estaba de pie junto a una ventana. A su lado pasaban flotando retazos de conversaciones mientras los ojos claros miraban sin ver la parte de atrás del hospital.

Daba la espalda a una puerta señalada como Habitación 9.

Una mano temblorosa apartó el largo pelo oscuro y frotó unos ojos doloridos. Las lágrimas humedecieron la punta de los dedos.

Un suspiro trémulo empañó la ventana por un instante y Rayne estiró su alta figura. Le dolían los riñones. Llevaba diez horas sentada junto a la cama de Liv y sus músculos protestaban por el mal trato. Pero le daba igual.

Porque no se podía comparar con el dolor que sentía por dentro.

Que había roto su alma en un millón de pedacitos... atravesándole el corazón cada vez que respiraba.

Cada vez que miraba a los ojos verdes llenos de dolor.

Cada vez que miraba los oscuros moratones y los pequeños cortes. Cada vez que miraba la pequeña figura de su amante hecha un ovillo tenso, con los brazos alrededor del estómago...

Unas manos grandes se aferraron al marco de la ventana.

Su mente seguía repitiendo las palabras del médico que se había acercado a ella cuando llegó a la clínica. Al principio no sabía cómo decírselo... lo notó por la forma en que evitaba mirarla.

Pero luego sus ojos grises se clavaron en ella

"Hemos podido estabilizarla. Ha perdido mucha sangre... y..." Ella quiso decir algo, hacer la pregunta, pero tenía la garganta penosamente seca y su mente todavía se negaba a aceptar lo que había pasado. "No hemos podido salvar al bebé. Lo siento".

¿Cómo se puede venir el mundo abajo en una sola noche?

Los claros ojos azules se cerraron y Rayne respiró hondo. Le dolía el pecho de las lágrimas que no había derramado.

Liv no estaba despierta cuando llegó. Eso le daba tiempo para serenarse, una vez más. Para reprimir el dolor que sentía por dentro.

La alta figura se volvió despacio. Por un momento miró distraída a la gente que pasaba ante ella. Enfermeros. Pacientes en bata. Visitantes.

Luego los ojos claros se posaron en la puerta de la habitación donde dormía Liv.

Enderezándose, dio unos pasos hacia ella. Sus dedos aferraron el picaporte con una fuerza casi dolorosa. Abriéndola despacio, entró.

Y se encontró con unos ojos verdes llenos de dolor.


Le dolía todo.

El cuerpo.

La mente.

El alma.

La pequeña figura que estaba en la cama estrecha se movió. Tenía los ojos cerrados y por un momento se limitó a escuchar. Por la ventana entraban los ruidos apagados del tráfico. Sonido lejano de voces. Pájaros en los árboles que sabía que había delante de la ventana.

Un suspiro vacilante.

Entonces los ojos verdes se abrieron parpadeando. Por un instante la luz la cegó... y luego se adaptó. Observó la habitación. Era pequeña, sólo había dos camas más, por el momento vacías, contra la pared de enfrente. Una mesa y cuatro sillas en un rincón debajo de la ventana. Una silla al lado de cada cama.

La que le correspondía a ella se había movido. En su respaldo aún había un jersey doblado.

Recordó el leve roce de las patas sobre el linóleo. Recordó el rastro de un olor conocido que le había invadido los sentidos, diciéndole que estaba a salvo. Llena de dolor, pero a salvo.

Y que no estaba sola...

El contacto vacilante de unas manos cálidas sobre las suyas. Una voz grave y trémula que le hablaba.

Rayne.

Era lo único que le había hecho resistir, luchar contra la oscuridad que le acariciaba la mente, que la tentaba con las promesas de la ausencia de dolor.

No podía dejarse ir. No podía dejar a Rayne.

Habían perdido ya tanto que no podían perderse la una a la otra.

En contra de su voluntad, sus manos se posaron sobre su vientre y tocaron vacilantes los últimos vestigios de... Se volvió y hundió la cara en la almohada. Los sollozos silenciosos sacudían su cuerpo, pero le daba igual. Al menos el dolor físico ahogaba el dolor interno.

El suave crujido de la puerta. Pasos y el reconocimiento instantáneo de Rayne al entrar. Tragó y se volvió un poco, despacio para evitar más dolor... dudando porque no sabía lo que iba a ver...

Temerosa de lo que pudiera ver.

Silencio.

Rayne parecía cansada. Ojeras oscuras bajo los ojos... que se encontraron con los suyos un momento para volver a mirar al suelo. Tardó otro instante, pero luego Rayne se movió y se sentó junto a su cama.

Y le cogió la mano, tocándole los dedos con una caricia casi inconsciente. Luego la cabeza morena se alzó y se ahogó en unas claras profundidades azules.

Los labios rojos intentaron formar palabras, moviéndose en silencio por un instante. Luego:

—...no sé qué hacer... —Un mero susurro que apenas movió el aire. Casi no lo oyó... y no sabía si iba dirigido a ella.

Alzando la mano, acarició la piel suave y vio que los ojos claros se cerraban.

...stanna hos mig... —No era una pregunta y sin embargo en el tono se percibía cierta duda...

Fuera hubo un repentino estallido de sirenas que atravesaron el silencio. Voces preocupadas. Puertas que se cerraban. Gritos.

Rayne volvió la cabeza y vio unas esponjosas nubes blancas que flotaban perezosas por un cielo casi tan claro como sus ojos.

Estar aquí por mí.

Siempre, contestó su corazón. ¿Lo has hecho?, preguntó su mente. Volviéndose de nuevo hacia Liv, se inclinó en silencio hacia delante y apoyó la cabeza en la cálida curva de la cadera de Liv, sintiendo unos dedos tiernos que le acariciaban el pelo.

Y de nuevo se hizo el silencio entre ellas.

Y por primera vez desde que se conocían, fue incómodo...



31


El sol iluminó el parabrisas por un instante, cegándolo al apagar el motor. La animada voz de un reportero se cortó a media frase.

El hombre rubio cerró los ojos y tomó aliento profundamente.

—Bueno... vamos allá. —Matthias salió del coche y cerró con llave. El día había empezado con una bonita mañana y parecía que todo el día iba a ser bonito. El cielo estaba azul brillante con apenas unas capas de nubes translúcidas. El sol era un alegre foco de luz que ya le calentaba la espalda mientras se quedaba parado en medio del aparcamiento mirando lo que lo rodeaba.

El aparcamiento estaba situado al final mismo del campus... detrás estaban los edificios de la biblioteca, la Mensa y las aulas de primero. La clínica estaba situada en medio del campus y allí era donde se dirigía. Sonrió al ver a los estudiantes tirados en los céspedes... leyendo, hablando o simplemente disfrutando del sol. Dormidos, probablemente.

Al subir por el estrecho sendero que llevaba a la entrada principal, las vio de inmediato. Se detuvo para mirarlas un momento.

A veces se preguntaba si tenían idea de hasta qué punto estaban sintonizadas la una con la otra.

Se notaba en la forma en que se movían juntas... en que siempre parecían saber lo que la otra estaba a punto de decir. No llegaban a terminar las frases de la otra, pero a veces daba la impresión de que podrían hacerlo...

Ladeó la cabeza rubia.

Había sido así prácticamente desde el principio.

Recordó el fin de semana anterior a la fiesta de inauguración del bar, cuando pidieron a todo el personal que los ayudara a preparar la sala principal. Incluso entonces había habido algo entre Rayne y Liv. Habían trabajado codo con codo... sin molestarse la una a la otra y sin embargo, parecía... No tenía palabras para describirlo. Le había asombrado entonces... y le asombraba ahora.

Pero ahora... al verlas ahí delante de la clínica...

Se lo notaba en la cara.

Faltaba algo.

Aunque estaban cerca... probablemente tocándose incluso... no lo sabía seguro desde donde estaba... parecía que hubiera algo con ellas. Un abismo que resultaba evidente incluso para él.

Se preguntó qué se sentiría al estar a uno de los lados de ese abismo.

Tragó con dificultad.

Su mente recordó la noche en que Rayne lo llamó. Al principio creyó que era un chiflado que llamaba en medio de la noche, porque no contestó nadie cuando cogió el teléfono.

Luego oyó un suspiro tembloroso.

Y luego la voz de Rayne.

No había dicho gran cosa... Liv está en la clínica... un accidente... le dijo lo del bebé cuando llegó a la clínica.

El bebé.

Eso le había dolido. Mucho. Más de lo que se esperaba... y sin embargo, no podía ni imaginarse siquiera lo que debía de haber sido para Rayne y Liv. Habían deseado tanto ese bebé.

Alzó una mano y se la pasó por el corto pelo rubio.

Tenía que calmarse... no les sería de ninguna ayuda si ahora se venía abajo.

Irguió su alta figura. Le costó un poco, pero incluso logró sonreír ligeramente para cuando llegó ante ellas.

Rayne lo miró ladeando la cabeza... Liv se acercó y lo abrazó con fuerza un momento. La había visitado todos los días en la clínica, y aunque no habían hablado mucho, sabía que ella había agradecido su presencia.

Soltándola, señaló la bolsa que estaba junto a Rayne.

—¿Eso es todo?

Otro gesto de asentimiento en silencio.

—Pues muy bien... vamos a llevaros a casa, ¿eh?


Sus ojos azules se posaron en el espejo retrovisor.

Liv estaba acurrucada en un rincón del asiento de atrás, con la cabeza apoyada en el respaldo. Sus ojos observaban cualquier cosa que viera fuera.

Tenía dudas de que realmente se estuviera percatando de nada de lo que veía.

Rayne iba sentada a su lado, igual de callada. Sus manos estaban unidas y entrelazadas en medio del asiento trasero.

Volvió a mirar hacia delante, mordisqueándose el labio... tentado, por primera vez desde que las conocía, de llenar el silencio con algo... lo que fuera.

No habían intercambiado palabra desde que habían salido del aparcamiento y el trayecto de treinta minutos hasta Plön parecía estar durando una eternidad. Eso le preocupaba, pues era muy poco habitual en ellas, y aunque Rayne no era muy habladora, Liv y ella siempre tenían algo de que hablar. Aunque sólo se estuvieran tomando el pelo.

El sol ya estaba en lo más alto y notaba el calor que se desplomaba sobre su coche. Poniendo el aire acondicionado, suspiró cuando a los pocos segundos el aire fresco le acarició la piel.

—Así está mejor, ¿eh?

—Mmm. —La voz grave de Rayne.

Al volver a mirar en el espejo se encontró con unos ojos verdes que atraparon los suyos por un instante y en los labios rosas se dibujó una leve sonrisa.

—Gracias, Matti. —Un susurro suave y cansado.

Él le devolvió la sonrisa, aunque no sabía hasta qué punto resultaba convincente.

Liv volvió a mirar por la ventana, moviéndose un poco... e inconscientemente la mano grande que sujetaba la suya se la estrechó. La cabeza rubia se volvió y se miraron.

Es increíble lo lejos que puede estar una persona... sentada a tu lado.

Matthias suspiró de nuevo, y para llenar el coche silencioso con algún tipo de ruido, puso la radio.

Pasaron diez minutos más y por fin apagó el motor tras entrar en el camino de entrada de la casita. Se quedaron sentados en el coche en silencio.

—Voy a sacar la bolsa.

Reprimiendo apenas las ganas de salir de un salto del coche, Matthias lo rodeó y sacó la pequeña bolsa del maletero. Oyó el leve sonido de las puertas al cerrarse y luego el lento crujido de unos pasos.

Le pasó la bolsa a Rayne. Luego se quedaron plantados el uno frente al otro en un silencio incómodo. Él no sabía qué se había estado esperando... tal vez que lo invitaran a pasar. O algo.

—Estupendo... vale... pues... —Movió las manos—. Creo que me voy a ir. Cuidaos.

Liv le dio otro abrazo y esta vez incluso consiguió sonreírle de verdad al tiempo que le revolvía el pelo con un gesto juguetón.

Al volverse hacia su amiga, ésta se quedó mirándolo un buen rato y luego lo abrazó también. Su voz era un susurro bajo que le acarició la oreja.

—Gracias por apoyarnos.

Él tragó, sin saber qué decir. Las miró mientras se volvían para dirigirse hacia la casa y no pudo contener la pregunta que lo tenía preocupado.

—¿Vais a estar bien?

Se volvieron a la vez. Los claros ojos azules y los ojos verdes lo miraron un momento en silencio.

—Sí... —dijeron a la vez.

Habría resultado divertido de no haber sido tan doloroso de ver. Dos semanas atrás se habrían echado a reír juntas... hoy evitaban mirarse...

Una imagen de la clínica acudió a su mente... había entrado en la habitación, sigilosamente, porque no sabía si Liv estaría despierta.

No lo estaba. Estaba acurrucada de lado... incluso dormida en su cara se notaba la angustia. Y Rayne estaba sentada al lado de la cama. Con las manos alrededor de la mano mucho más pequeña de Liv, estaba allí sentada... simplemente mirando a la pequeña figura. No lo había oído entrar y por eso no había muros, no había máscaras para ocultarse... sólo un dolor que le resultaba tan evidente que mirarla le hacía daño.

Y ahora, al mirarlas...

Quería preguntar si podía quedarse un poco, sólo para asegurarse de que estaban bien, pero dudó. Luego respiró hondo, agitó la mano de nuevo y volvió a meterse en el coche.

Y cuando estaba doblando la esquina al final de la calle, vio que todavía no se habían movido.



32


El leve crujido de electricidad. Una voz conocida que sonaba extrañamente metálica por teléfono.

—...¿y cómo vas? —La preocupación era evidente en la cálida voz.

Un leve silencio. Un suspiro... que resonó como una ola de roces eléctricos a través de la línea.

—Mejor.

—Mmm. —Duda. Preguntas tácitas.

—En serio, Rose... ha sido... difícil, sí... pero voy mejorando.

—¿Y Rayne?

Otro silencio. Más largo esta vez. Luego:

—...no lo sé... —En voz baja. Vacilante. El llanto evidente en el ligero temblor.

—Liv...

—No quiere hablar conmigo de... —un suspiro trémulo—, ...del bebé... y de lo que siente... no... no consigo llegar a ella...

—Sí, puede ser muy terca... dale tiempo.

—¿Tiempo? —En realidad no era una pregunta. Sólo un susurro sin aliento.

—A ese respecto es como su padre. Él siempre lamentó no haberle dicho nunca cuánto la quería... lo orgulloso que estaba de ella. Pero lo sentía... lo llevaba dentro... sólo que necesitaba tiempo para expresarlo.

Silencio.

Luego la voz de Rose adquirió un tono insistente.

—¡No te rindas, cariño!

Más silencio. Suspiros temblorosos. Luego:

—Estoy llena de dolor... y sé que ella siente el mismo dolor... pero no acude a mí... y yo... cada vez que intento acudir a ella, se aparta. Es como... —Liv no terminó la frase. Por un momento sólo se oyó el ruido de su respiración—. Me temo que me echa la culpa. —Apenas un susurro.

—¡Liv! ¡No digas eso!... ¡¡Ni se te ocurra pensar eso!! ¡La conoces demasiado bien para pensar eso siquiera!

Llanto. Hipos entrecortados.

—Lo sé... es que... me... duele. No... no me ha tocado desde... —Su voz se apagó en un susurro.

—Cariño... sshh... vamos, ssh... llora, estoy aquí... —Un largo rato de llanto y suaves palabras de consuelo—. ¿Quieres que vaya y me quede un tiempo allí con vosotras?

Un profundo suspiro.

—Me encantaría tenerte aquí, pero... esto es algo que tenemos... que tenemos que solucionar nosotras. —Suavemente, agotada.

—Pero ya sabes dónde encontrarme si necesitáis ayuda. No es demasiado mayor para que su madre le inculque un poco de sentido común. —La sonrisa era más que evidente en la cálida voz.

—Lo sé, svärmor. —Una risa dulce cuando Rose reconoció el apelativo que Liv empleaba con ella.

Otra vez silencio.

—Vale... tengo que marcharme dentro de nada... pero Liv, por favor... ¡no te rindas!

—No lo haré. La quiero.

—¡Y ella a ti, cariño!

—...lo sé... —Un leve susurro.

Despedidas seguidas del clic hueco del teléfono al colgar. Una figura inmóvil sentada en una habitación devorada poco a poco por la oscuridad a medida que el sol se ponía por detrás de las siluetas oscuras de la ciudad.


El sol poniente bañaba el jardín de un profundo resplandor naranja. Unas sombras de color ocre reptaban perezosas por la áspera corteza de los árboles que bordeaban la valla del jardín trasero, haciendo cosquillas a las hojas adormecidas... agitándolas por un instante.

Entonces las gaviotas interrumpieron la quietud del atardecer. Sus gritos estridentes creaban ecos sobrenaturales que flotaban por el aire cálido.

Unos ojos claros las observaron un momento. Una alta figura oscura estaba apoyada en el marco de una puerta, extrañamente perdida en la oscuridad creciente... y sin embargo, se fundía con ella y apenas se distinguía de los contornos oscuros de la casa.

Un leve suspiro.

Luego la forma oscura se movió y cerró despacio la puerta que daba al jardín. Volviéndose, se quedó escuchando un momento.

Oyó la voz de Liv en el cuarto de estar.

Cuando estaba a punto de dirigirse hacia allí, se detuvo de nuevo, debatiéndose entre la necesidad de acurrucarse en el regazo de su amante para esconderse para siempre, arropada en el calor y el amor que sabía que la esperaban allí... y la necesidad de huir lo más deprisa posible.

Había una parte dentro de ella que necesitaba ayuda desesperadamente, que no necesitaba nada salvo a esa pequeña figura a la que agarrarse. Nada salvo esos hermosos ojos verdes en los que ahogarse.

Y la otra parte que no paraba de decirle que había fracasado. Que había fracasado a la hora de mantener a Liv a salvo. Que había fracasado a la hora de hacerlo bien esta vez...

Los claros ojos azules se cerraron.

—...Liv... —Un susurro que apenas movió el aire que la rodeaba.

Se volvió hacia las escaleras y subió a su dormitorio, sin molestarse en enceder la luz al entrar. Se quedó de pie en la oscuridad largo rato, perdida en sus pensamientos y en el dolor que la atravesaba...

Un leve suspiro al empezar a desabrocharse la camisa. Se le cayó de los hombros con un suave roce. El aire frío atacó su torso...

...y de repente fue sustituido por un cuerpo cálido que se apoyó en su espalda. Su piel se animó de inmediato con una sensación de hormigueo.

Notó unas manos pequeñas que se apoyaban en sus riñones. No se movían, pero despacio, vacilantes, le tocaban la piel con una ligera caricia. Los dedos bailaron por su espalda y por un momento subieron para dibujar el pequeño tatuaje que tenía en el omóplato.

Se quedaron allí durante una breve eternidad.

Luego la frente de Liv se apoyó justo entre sus hombros.

Y un cálido suspiro le bajó por la espalda.

Tragó.

Quería volverse... quería decir algo... lo que fuera... lo adecuado... pero entonces notó unos labios temblorosos en su espalda que le tocaron la piel por un instante y el calor desapareció. Unos pasos suaves anunciaron que Liv se había metido en el cuarto de baño. Sin decir una palabra.

Los ojos claros se cerraron.

La carne de gallina que le cubría la piel no era a causa del frío que se estaba apoderando de la habitación, sino del frío que se estaba apoderando de su interior...


El cielo era de un negro aterciopelado cubierto de finas capas de gris que se movían despacio, sin prisa, envolviendo el brillante círculo blanco que asomaba por ellas, de vez en cuando.

La luz plateada iluminó una ventana y bailó por ella provocando alegres destellos... hasta entrar en la habitación oscura. Un delgado rayo de luz se arrastró por la alfombra hasta una cama, acariciando dos figuras que descansaban en ella.

Estaban tumbadas de lado cara a cara... prácticamente pegadas la una a la otra.

Entonces una de las figuras se movió. Sus cejas claras se fruncieron al tiempo que sus labios rosas formaban palabras en silencio. Un cuerpo pequeño empezó a agitarse inquieto. Unos leves sonidos de angustia agitaban el aire silencioso.

Luz.

Destellos. Le dolían los ojos.

Gritos estridentes, un ruido espeluznante que parecía retumbar a través de su mente. ¿Era su voz?

Y entonces llegó el dolor...

Oleadas de dolor lacerante que le atravesaban hasta la última fibra de su cuerpo. Intentó moverse... protegerse. El bebé...

El bebé.

De nuevo los gritos. Roncos esta vez. ¿Su voz? Sus dedos tocaban un calor líquido. Sus manos se alzaron a cámara lenta y sus ojos vieron el color rojo oscuro que resbalaba por sus dedos. Bajó los ojos...

No le quedaba voz cuando se miró la tripa... abierta. Una masa de sangre y carne y desde dentro unas manitas que intentaban alcanzarla...

...Liv se despertó con un sobresalto... apenas capaz de contener un grito. Jadeando, miró a su alrededor frenéticamente... intentando orientarse.

Entonces se oyó una voz grave.

—¿Liv?

Se encendió una lamparilla de la mesilla de noche y su dormitorio quedó bañado en una luz cálida y amarilla, que daba a los preocupados ojos claros una curiosa profundidad de un intenso azul.

Estaba temblando... por el frío de la habitación y por el recuerdo del sueño. Vio que Rayne se movía para abrazarla.

Pero se detuvo.

Por un momento se quedaron mirándose.

Lo bastante cerca como para tocarse... lo bastante cerca como para sentir el aliento de la otra como una caricia cosquilleante... y sin embargo, tan lejos la una de la otra...

Quería moverse. No había nada que quisiera más que hundirse en el abrazo de Rayne, ahogarse en el calor, donde sólo había un latido lento y rítmico, una respiración profunda y ese olor que formaba tanta parte de Rayne. Pero algo se lo impidió.

Era lo mismo que había impedido a Rayne abrazarla.

Lo mismo que causaba el silencio opresivo y oscuro entre las dos...

Respiró hondo y se levantó despacio, temblando.

—Estoy bien... sólo necesito beber algo. —Sus pasos sonaron apagados sobre la alfombra.

Unos heridos ojos azules siguieron sus movimientos.

—Liv... yo...

Se detuvo y se volvió. Los ojos verdes siguieron los contornos de la figura oscura e inmóvil que estaba en la cama. Sus ojos claros eran unos puntos de luz en una hermosa cara oculta entre sombras. Y aún sentía este impulso...

Esta increíble necesidad de estar cerca de Rayne.

Había existido desde el momento en que se conocieron. Ese sábado por la mañana, hacía una vida... Tal vez había existido incluso antes de ese día.

Sin ser consciente de ello, volvió al borde de la cama y se sentó, despacio, vacilante. Y alargó una mano, echando a un lado el flequillo oscuro y despeinado, dibujando las cejas oscuras.

—...yo... —Los ojos verdes desaparecieron tras los párpados cerrados. Un suspiro tembloroso—. Estoy bien, Rayne... vuelve a dormirte. —En voz baja, apenas un susurro. Con eso se levantó y salió de su habitación.

Abajo se acurrucó en una de las butacas del cuarto de estar, sin molestarse en tapar su cuerpo estremecido, pues no era el aire frío lo que le causaba los temblores, sino el intento de mantener en silencio sus sollozos.

Se quedó dormida sin saber cuánto tiempo había pasado.

Sin ver a la figura alta que estaba en la puerta. Perdida y llena de dolor...



33


—Karo... noch einen!

La voz grave pronunciaba difusamente el alemán con más acento que de costumbre y unos ojos marrones llenos de dudas miraron a la alta figura sentada ante la barra, encorvada sobre un vaso de cerveza.

Karoline se mordió el labio y buscó a Matthias con la mirada.

Rayne había aparecido tres horas antes y llevaba bebiendo desde entonces. La joven camarera no sabía qué debía hacer. Todo intento de convencer a su jefa para que se tomara una taza de café... incluso el ofrecimiento de llamar a un taxi, habían sido recibidos con una gélida mirada azul y una voz áspera que le decía que se metiera en sus propios asuntos.

Incluso había intentado llamar a Liv, pero nadie había cogido el teléfono.

Suspirando, recogió el vaso ahora vacío y cogiendo uno limpio, lo colocó junto con otra botella de cerveza delante de su jefa.

—Mm... a lo mejor... ¿no crees que ya es suficiente? —Aunque quería sonar segura, la voz le tembló un poco cuando los claros ojos azules se alzaron para encontrarse con los suyos.

—¿Suficiente? —La voz grave sonaba ronca... como si Rayne se hubiera pasado largo rato gritando...—. No. Todavía siento el dolor, así que no es suficiente. —Sus ojos claros se volvieron hacia un lugar muy lejos del bar—. Nunca es suficiente... —Un susurro ronco.

Karoline tragó, sin saber qué decir o si había siquiera algo que decir. Al ver que Rayne bebía un buen trago, se volvió y se dirigió a la oficina, con la esperanza de encontrar allí a Matthias.

Y por eso no vio a una morena que se acercó a la figura alta.

—Hola, Ray.


Matthias miró ceñudo la pantalla del ordenador que tenía en la mesa y suspiró. Llevaba un buen rato peleándose con la carta y no conseguía que le quedara bien. Normalmente era Liv la que se ocupaba de este tipo de cosas, pero no había querido molestarla con esto.

Habían pasado cuatro meses desde el accidente, y aunque parecía que las cosas estaban volviendo poco a poco a la normalidad... seguía preocupado por ella.

Por ellas.

Las dos se habían apartado de él. De todos sus amigos. Había hablado con Lorenz hacía unos días y éste le había dicho que Liv lo había llamado una sola vez desde el accidente y ni siquiera entonces quiso hablar de cómo se sentía.

Sus ojos azules se volvieron hacia la ventana, observando cómo el viento perseguía nubes esponjosas por el cielo. La llamada repentina a la puerta le dio un susto y trasladó su ceño a la figura que entraba insegura.

—¿Qué?

Karoline se mordió el labio y se adentró un poco más en la pequeña estancia.

—Es... mm... se trata de Rayne.

Matthias se levantó al instante.

—¿Qué le pasa?

La joven parecía muy incómoda y suspiró.

—Lleva ya un buen rato bebiendo y creo que debería irse a casa, pero...

El hombre alto asintió. Esto era lo que llevaba haciendo Ray desde hacía ya casi dos semanas. Se presentaba en el bar, sólo para emborracharse. Aunque nunca se emborrachaba demasiado. De algún modo, siempre sabía cuándo parar, pero ya había notado que cada vez le resultaba más difícil.

La primera noche él llamó a Liv.

No sabía qué esperar. Tal vez que se pusiera a gritarle... o algo... pero entró en silencio, se detuvo al lado de Ray... y simplemente se quedó mirándola.

Simplemente se quedó mirándola...

Él siempre había sabido que Liv no necesitaba hablar. Cualquier cosa que uno quisiera saber, se veía en sus ojos. En esa curiosa mezcla de verde y azul que con la luz adecuada mostraba matices de gris. Uno se podía enamorar de ella con sólo mirarla a los ojos.

Se marcharon en silencio. No se dijeron ni una palabra.

Pero tampoco se tocaron...

—¿Matthias?

La voz de Karoline lo sacó de sus reflexiones y frunció un poco el ceño, intentando quitarse la imagen de la cabeza.

—Vale... voy a hablar con ella.

—Mm... —La joven se mordió el labio—. ¿Llamo a...?

El rubio soltó aliento despacio. Mientras salía de la oficina, meneó la cabeza.

—No... no, si hace falta, ya la llevo yo a casa.

Entraron en la sala principal del bar.

Había muchos clientes. Todas las mesas que había a lo largo de las paredes estaban ocupadas por grupos de cuatro o por parejas. El pequeño espacio reservado para bailar estaba atestado de cuerpos que se movían al ritmo de la música que salía a todo volumen de los altavoces. Era miércoles. La banda sólo tocaba los martes y los jueves.

El aire estaba cargado de risas y con una capa grave de ruido creado por muchas voces distintas. El olor a humo y velas mezclado con numerosos perfumes flotó hacia ellos cuando entraron.

—Pero qué zorra.

Matthias parpadeó y se volvió hacia Karoline, que indicó la barra. Él se volvió hacia allí y su mirada se volvió fría.

Susie estaba al lado de Ray. Estaba pegada a su amiga. Muy pegada. Vestida con una camiseta de tirantes y unos vaqueros ceñidos que no dejaban nada a la imaginación. Alzó una mano para posarla en el hombro de Ray, jugueteando con un mechón de pelo oscuro.

No oía lo que le decía... pero no le gustó la expresión de Ray.


—¿Estás sola esta noche, Ray?

Susie se acercó aún más y sonrió dulcemente a los claros ojos azules que parecían un poco desenfocados.

Rayne parpadeó. Captó unas bocanadas de un perfume abrumadoramente dulce que le hacía cosquillas en la nariz. No le gustaba.

Le gustaba el que usaba Liv. Siempre le recordaba a un día caluroso de verano, corriendo por un campo de trigo. En sus labios se dibujó una ligera sonrisa, que Susie interpretó mal y apoyó la mano en el hombro de Rayne, tirando de un mechón oscuro.

Señalando el vaso de cerveza, dijo:

—No parece muy divertido. —Con un dedo siguió lentamente la curva de un ancho hombro hasta rozarle la mandíbula—. Conozco un lugar donde podemos divertirnos mucho más.

La cabeza morena se echó hacia un lado. Por primera vez los ojos claros se fijaron en la alta figura que tenía tan cerca. ¿Alta? Eso no estaba bien. Liv no era tan alta. Liv era del tamaño perfecto para encajar.

En sus brazos.

En su corazón.

En su alma.

Dentro...

Las cejas oscuras se fruncieron. Tenía la cabeza atontada. Otra bocanada de perfume y tuvo que apartarse un poco.

—Es lo único que quiero, Ray... un poco de diversión. ¿Mmm? ¿Qué dices? Nadie tiene por qué saberlo. —La voz sonaba extrañamente lejana al tiempo que notaba unos dedos que le subían por el muslo.

Los claros ojos azules se alzaron de nuevo y no vieron nada más que unos rasgos delicados, sonrojados. Unos profundos ojos verdes. Un aliento trémulo que le acariciaba los labios...

Susie tragó al ver cómo se oscurecían los ojos claros. Cuando estaba a punto de besar a Rayne sintió que le ponían una mano en el hombro.

—No te conviene hacer eso.

Soltándose de la mano firme, Susie se volvió y se topó con otro par de ojos azules. Sólo que estos parecían furiosos. Muy furiosos. Sonrió burlona y se apartó.

—No ha pasado nada, Matthias.

Él apretó la mandíbula y se acercó a ella.

—Lárgate de aquí. Ahora. —Hablaba en voz baja pero forzada. Como si intentara con todos sus fuerzas no ponerse a gritar.

La alta morena se encogió de hombros. Volviendo a sonreír falsamente, le guiñó el ojo a Rayne y se fue.

Karoline había tomado la sabia decisión de marcharse también y estaba desapareciendo detrás de la barra cuando Matthias le quitó el vaso a Rayne.

—Ya has bebido suficiente.

Su amiga se quedó inmóvil y luego se volvió hacia él.

—Yo decido cuándo he bebido suficiente —dijo en voz baja y fría. Pero claramente borracha.

—¿Cuándo es suficiente, Ray?

Los desenfocados ojos azules lo miraron como si intentara buscar una respuesta. Luego bajó aún más la voz, hablando apenas en un susurro.

—Nunca me llama Ray. ¿Lo sabías? Nunca Ray...

Como hablar en alemán parecía resultarle difícil, se había puesto a hablar en inglés, y él tardó un momento en descifrar lo que había dicho.

—Ray... vamos. Te llevo a casa. —Ella quiso negarse. Lo notó por la forma en que se endureció su cara, pero luego se levantó despacio, sujetándose a la barra un momento.

—Puedo conducir.

Él no pudo evitar echarse a reír al oír esto.

—Ya. Pero no lo vas a hacer.

Lograron salir del bar y llegar a su coche sin más incidentes y ella jugó con sus llaves. El suave tintineo resonaba por la calle silenciosa.

—Estoy bien.

—No lo estás, Ray.

Apartándose de él, se apoyó en el coche, con expresión furiosa.

—No me digas cómo estoy o dejo de estar... ¡he dicho que estoy bien!

—Estás borracha.

—¿Y?

Ahora él mismo se estaba enfadando, y por primera vez desde que se conocían le dieron ganas de pegarle. En parte era por la frustración de no poder llegar a ella. No había conseguido llegar a ella desde el accidente.

—¿Es que quieres matarte? ¿Es eso? —Se acercó más a ella—. ¿Es eso lo que quieres? ¡Eres una cobarde, Ray!

Ella avanzó hacia él tambaleándose, con los ojos todavía desenfocados, pero fríos y furiosos.

—No tienes ni idea de cómo me siento... no te atrevas a...

—¿A qué, Ray? ¡Tienes que controlarte! ¡Deja de sentir lástima de ti misma! Estás viva... Liv está viva... ¡no eches a perder lo mejor que te ha pasado en tu vida!

Ni siquiera lo vio venir, pero estuvo a punto de tumbarlo. Sintió un escozor en el lado de la cara donde lo había alcanzado el puño.

Ella se quedó mirándolo parpadeando en silencio.

Se oían los ruidos de los barcos amarrados a las paredes del canal. El suave crujido de las cuerdas. El débil ruido del tráfico. Risas y música que salía de alguna parte.

Y de repente pareció encogerse. Hundió los hombros y pasándose las manos temblorosas por el pelo oscuro y despeinado, tragó con dificultad.

—Fue culpa mía. —Un susurro bajo, lleno de dolor.

—¿Qué?

—Tendría que... no tendría que... haber dejado que fuera sola esa noche... yo...

—Ray... no fue culpa tuya. —Intentó abrazarla, pero ella se apartó.

Tirándole las llaves, se apoyó de nuevo en el coche.

—Llámame a un taxi. —Derrotada. Cansada.

—Yo te llevo... sube.

—No... Llámame a un taxi.

Se planteó discutir con ella, pero luego se encogió de hombros. En este estado no tenía ningún sentido discutir con ella. Fuera cual fuese la locura que se le había metido en la cabeza... hablar de ello mientras estuviera borracha no serviría de nada.

Sacando el teléfono móvil, llamó a un taxi, observando a Rayne, que cerró los ojos y se abrazó a sí misma con fuerza.


La miró ladeando la cabeza.

Las orejas eran demasiado grandes para la cabecita que se movía hacia delante y hacia atrás. La punta de la cola se agitaba nerviosa. Un paso vacilante. Luego otro.

Casi tan cerca que podía tocarlo.

Casi podía sentir el leve cosquilleo de sus bigotes. Pero entonces el gato se quedó paralizado. Las orejas se movieron de nuevo y se echó hacia un lado. Y luego salió corriendo.

Los claros ojos verdes se quedaron mirándolo mientras la pequeña silueta oscura desaparecía por debajo de una valla.

Despacio, volvió a levantarse. La parte inferior de la espalda todavía le daba problemas si se quedaba en la misma postura mucho tiempo.

Echando la cabeza hacia atrás, contempló el despejado terciopelo negro que tenía encima. Unos puntos de luz parpadeante le sonreían.

—...un conejo... —Un susurro triste.

Ya pasaban de las dos de la madrugada, pero no podía dormir. No podría dormir hasta que oyera el ruido de la puerta diciéndole que Rayne había vuelto a casa. Por fin.

Un profundo suspiro.

Las cosas habían ido a peor en las dos últimas semanas. Ya casi no hablaban... entre ellas se había creado una dolorosa incomodidad, y ella se sentía tan llena de dolor de no poder simplemente acercarse a Rayne y abrazarla... no saber si sería bien recibida era aún peor.

Anoche se había despertado y se había encontrado a Rayne sentada al lado de la cama. Mirándola. Y durante ese breve instante entre la vigilia y el sueño fue como hacía una vida, cuando todo iba bien entre ellas.

Y sonrió.

Hasta que vio las lágrimas.

Nunca hasta entonces había visto llorar a Rayne. Y se sintió absolutamente desvalida.

—Rayne... por favor... háblame...

La cabeza morena se agachó y dos manos, tan frías, cogieron una de las suyas, agarrándola con una fuerza casi desesperada. Y entonces se ahogó en unos ojos claros.

—¿Por qué sigues conmigo? —Voz ronca, apenas audible.

Al principio no tenía ni idea de a qué se refería Rayne. Realmente tardó un momento en comprenderlo y luego sacudió la cabeza.

—Dios, Rayne... te amo. —Se incorporó, acercándose más a la figura temblorosa que tenía tan cerca... pero tan lejos—. No quiero perderte.

Más lágrimas. Silencio. Vio que Rayne tragaba y de nuevo esos ojos azules bajaron la mirada. Los dedos fríos le acariciaban la mano sin darse cuenta, siguiendo una fina cicatriz. Los labios rojos se movían pronunciando palabras silenciosas.

Y entonces Rayne le soltó la mano y se marchó de la habitación.

Una brisa gélida la rozó y Liv sintió un escalofrío por la espalda. Abrazándose a sí misma, cerró los ojos. No se movió, ni siquiera cuando oyó un coche que subía hasta la casa.


Moverse era un dolor.

Rayne salió despacio del taxi y buscó las llaves en sus bolsillos. Gimió al recordar que se las había dado a Matthias. Frunció las cejas oscuras. ¿Le había pegado?

Pensar también era un dolor.

Se quedó delante de la casa, tambaleándose con mal equilibrio hasta que advirtió que se encendía una luz en el cuarto de estar. Un rayo de luz amarilla cuando se abrió la puerta. Y una figura oscura de pie en el interior. Tragó.

¿Por qué hacía esto Liv? Debería haberse ido hacía mucho tiempo. Se merecía mucho más que... Un fuerte suspiro. Mucho más que lo que ella podría darle jamás.

Pasando ante la figura silenciosa, no miró a Liv a los ojos, sabiendo que olía a cerveza y humo, asqueada de sí misma.

—¿Quieres... te apetece una taza de café? —La voz era suave, pero distante, sin la calidez que normalmente había en ella. Cansada, en cierto modo.

Rayne intentó decir algo, pero tenía la garganta seca y hasta tragar le hacía daño. Levantó la mirada y se encontró con los claros ojos verdes. Ojeras oscuras debajo... y a la derecha, rozando casi la sien derecha, una leve cicatriz. Otro recuerdo del accidente.

Los ojos claros se cerraron. Esto empezaba a ser demasiado.

—¿Rayne?

De repente sus sentidos cobraron vida al percibir el olor que era Liv. Sintió el calor de la figura más pequeña que estaba a su lado.

Se sintió morir cuando una manita le tocó la cara.

—¿Rayne?... Por favor...

Se apartó, tropezando con la pared... intentando huir aunque cada parte de su cuerpo, de su corazón... de su alma le decía que se detuviera. Pero no podía. Porque... porque...

¿Por qué?

Liv había sufrido por su causa. Habían perdido al bebé por su causa... si... si ella hubiera... debería haber...

Vivir era un dolor.

Se acurrucó todo lo que pudo en lo más profundo de su interior y se irguió todo lo posible sin perder el equilibrio. Volviendo sus ojos claros hacia Liv, su voz sonó ronca e inestable al decir:

—¿De verdad deseabas el bebé? —farfullaba un poco, pero se le entendía.

Una exclamación sofocada. La pequeña figura que tenía delante se la quedó mirando horrorizada. Los labios rosas intentaron formar palabras.

Haciéndose fuerte para resistir el dolor que sabía que le estaba causando a Liv, fingió una despreocupación que ciertamente no sentía. Metiéndose las manos en los bolsillos, se apoyó en la pared.

—¿Has visto a Torben últimamente? —Hasta consiguió sonreír con picardía.

Fue como si le pegara un puñetazo. Lo vio por la forma en que esos ojos verdes se abrieron de par en par. Y la luz de su interior se hizo añicos. Lo vio por la forma en que Liv retrocedió un paso alejándose de ella.

...går inte så här... —Un susurro lleno de dolor.

Rayne se dio la vuelta, incapaz de soportar la expresión de esos ojos. Incapaz de... Se dirigió despacio hacia la puerta. Su mente era un caos. Sabía que esto estaba mal... sabía que estaba haciendo aún más daño a Liv, pero...

Si Liv la odiaba, le sería más fácil volver a empezar. Volver a ser feliz. ¿No?

¿No?

El picaporte de la puerta estaba frío al entrar en contacto con la piel de su mano. Tenía frío por dentro... su alma estaba tan helada como su mente.

...snälla, gå inte... —Un suspiro tembloroso—. ...Rayne...

Ni siquiera se dio la vuelta. Y el tenue chasquido cuando la puerta se cerró tras ella pareció reverberar atronadoramente en medio de la noche. Seguido inmediatamente del ruido de su alma al caer hecha pedazos...



34


ahora

—¿Se marchó sin más?

Corinna se incorporó y encendió la luz. Tuvo que cerrar un momento los ojos para protegerse de la luz brillante. Los abrió de nuevo y se quedó mirando a Matthias, que estaba sentado inmóvil y en silencio a su lado.

—¿Sin más?

Un suspiro silencioso agitó su pecho y se volvió un poco para mirarla, con los ojos azules cansados.

—No es tan sencillo. Ella...

—¿Ella qué? —Corinna sacudió la cabeza—. ¡Con lo mucho que la necesitaba Liv y ella simplemente se marchó! No puedo creer que hiciera eso... ¿es que no comprendía que...?

Él le apretó la mano, interrumpiéndola, y ella se calló. Sus dedos jugaron con los de ella, haciéndole cosquillas en la piel donde la tocaba. La luz iluminaba su corto pelo rubio, alborotado por pasarse las manos por él sin parar mientras hablaba. Un suspiro lento y sus ojos azules la miraron parpadeando.

—Se sentía culpable.

Las cejas oscuras se fruncieron en un ceño. Eso no tenía sentido.

—¿De qué?

—Ray creía que si ella hubiera conducido el coche esa noche, podría haber evitado el accidente. Se culpaba a sí misma de la muerte del bebé y... eso la mató. No quería hablar de ello con nadie... ni conmigo ni con Liv. Sobre todo con Liv. Creo que esperaba que la odiara... que le gritara... que la dejara. No comprendía cómo Liv podía seguir queriéndola.

Los ojos castaños claros lo miraron. Se dio cuenta de que a Corinna le costaba entenderlo. No se lo podía echar en cara. No había tenido mucho sentido dos años antes... ¿por qué iba a ser más fácil ahora?

—Pero... —Un suspiro irritado mientras Corinna intentaba comprender todo lo que le había contado—. ¿Por qué se fue? ¿No podían intentar solucionarlo? Era evidente que Liv aún la quería. Estaba muy claro que no la culpaba de nada. ¿No?

La cabeza rubia se echó hacia un lado, frunciendo las cejas claras mientras pensaba.

—No. No, no la culpaba. Al principio creí que eso era lo que les había pasado. Ver cómo se iban distanciando... —Tomó aliento con fuerza—. Fue horrible... pero no, Liv no la culpaba. Creo que... —Se quedó callado cuando algo pareció aclararse dentro de su cabeza. Enderezándose un poco, se mordió el labio—. Ray no quería permitirse ser amada por Liv.

La expresión de Corinna era casi cómica por su grado de confusión y él no pudo evitar sonreír. Alzó la mano para acariciarle la mejilla.

—¿No lo ves? Se le había metido la idea en la cabeza de que todo había sido culpa suya... y para ella lo mejor que podía hacer era marcharse. Para que Liv tuviera la posibilidad de empezar de nuevo. No quería permitirse creer en una segunda oportunidad.

—¿Sin importarle lo que sintiera Liv?

—Creo que pensó que era lo mejor para Liv.

Corinna suspiró y se apartó unos mechones sueltos.

—Pero no han podido dejarse, ¿verdad? O sea, aquí siguen. Ray le ha hecho un regalo que es evidente que significa mucho para ellas. Vi la cara de Liv cuando vio el colgante.

—Claro que no han podido dejarse. ¡Se aman! Y yo intenté hablar con Ray una y otra vez. Intenté meterle un poco de sentido común en esa cabeza tan dura que tiene, pero no quiso escucharme... Estaba realmente convencida de que era lo mejor. Pero... —Se volvió hacia la ventana. La oscuridad de la noche se iba disolviendo despacio, muy despacio, en un pálido gris—. No siempre se tiene una segunda oportunidad. Y Liv está realmente decidida a marcharse de Alemania. Ésta podría ser la última oportunidad de Ray para dar el primer paso.

—¿Se va a marchar de verdad?

Matthias bajó la cabeza, mirando la mano pequeña que descansaba sobre su pecho, tocándole la piel con una ligera caricia. Recordó la expresión de esos ojos verdes cuando Liv le dijo que había firmado un contrato para empezar a trabajar en un hospital de Suecia. Sí, se iba a marchar de verdad... aunque sólo fuera para escapar del dolor que todavía sentía.

Pero él también sabía que eso las destruiría.

Una vez más, se volvió hacia la ventana. Notó que Corinna se pegaba a él y sin pensarlo la rodeó con los brazos.

Fuera el gris pálido de un nuevo día quedaba roto aquí y allá por finos rayos rosáceos, que anunciaban el sol que se iba abriendo paso despacio a través de lo que quedaba de oscuridad, tiñendo la nieve que cubría la ciudad de una inocente capa sonrosada.


entonces

De algún modo acabó en la playa.

Donde no se oía nada salvo las olas chocando contra la orilla y en algún lugar lejano el grito ronco de un barco. Y una brisa juguetona le revolvía el largo pelo oscuro.

Sus ojos claros miraron a su alrededor en silencio y luego advirtió el estrecho sendero que subía hasta un pequeño claro que daba a la playa y al mar. Sabía que desde allí podría ver el faro.

Y se dirigió hacia allí, sin pensarlo mientras sus pies la llevaban hacia las siluetas de unos árboles viejos e inmensos.

Aquí arriba todo parecía tan insignificante. Sólo se oía el susurro del mar, el suspiro de las ramas, el leve crujido de sus pies al pisar piedrecillas y palitos.

Abrazándose a sí misma, Rayne aspiró profundamente el aire salobre, gélido, que le quemaba la garganta.

Liv le había enseñado este sitio.

Un día la había recogido en el bar y le dijo que cerrara los ojos. Aceptando con una sonrisa divertida, se reclinó en el coche y dejó que Liv la llevara donde quisiera. Tardaron una media hora y luego saboreó la sal en los labios y oyó el característico ruido del mar y los sonidos de una playa llena de gente. Risas alegres de niños. Chapoteo de agua. Música. El olor a Bratwurst asadas.

Oyó la risa dulce cuando Liv vio el ceño inconsciente de sus cejas. Bueno, no se esperaba pasar un día en una playa atestada... mmm, pero si eso quería decir que podía ver a cierta rubia en biquini...

—Deja de sonreír así —Un susurro burlón que le hizo cosquillas en la oreja.

Se encogió de hombros y se dejó llevar lejos del coche. Oyó que Liv sacaba algo del maletero y luego subieron por un sendero pedregoso, dejando atrás casi todo el ruido de la playa cuando llegaron a un sitio sorprendentemente tranquilo.

Y notó unos dedos suaves que le tocaban los párpados. Abriéndolos, se quedó mirando los sonrientes ojos verdes, las delicadas facciones bronceadas por el sol, aunque no tan morenas como su propia piel, más bien de un ligero tono tostado dorado.

Todo eso dejó de tener importancia en cuanto sintió unos labios suaves que acariciaban los suyos en un beso lento.

—Feliz cumpleaños. —El movimiento de esos labios al tocar los suyos le hizo cosquillas y sonrió. Sonrisa que se hizo burlona cuando vio que Liv se acercaba a un tronco viejo.

—Bueno... ¿y dónde está mi regalo?

Las cejas claras se enarcaron.

—¿Qué te hace pensar que vas a tener un regalo? —En broma, con los encantados ojos verdes llenos de risa.

—Mmm. —Avanzó los pocos pasos que la separaban de la pequeña figura cómodamente sentada en el árbol caído. Liv apenas podía contener una alegre sonrisa. Arrodillándose delante de su amante, la miró parpadeando con inocentes ojos azules—. ¿Y si te lo pido con mucha amabilidad? —Dejó que sus manos acariciaran la piel suave, puesto que Liv sólo llevaba unos pantalones cortos. Advirtió que los ojos verdes se hacían un tono más oscuros.

Y entonces Liv metió la mano en la mochila que llevaba y le entregó un sobre.

Mirándolo un poco sorprendida, tardó un momento en reconocer el nombre del médico de Liv escrito en la parte superior.

Y a su alrededor el mundo se quedó en silencio.

No había nada salvo su respiración y los latidos de su corazón. Y un par de relucientes ojos verdes en los que se estaba hundiendo, ahogándose para ser salvada por manos tiernas...

No tenía ni idea de cómo consiguió abrir la carta sin destrozarla, de lo mucho que le temblaban las manos. Las líneas impresas se convirtieron en un borrón tras las dos primeras frases. Tragó varias veces e intentó decir algo. Cosa que acabó siendo un graznido ronco.

Y unas manos cálidas le tocaron la cara, bajando por sus mejillas para acariciarle los labios.

—...feliz cumpleaños... —Un susurro entrecortado.

Los ojos claros se abrieron despacio cuando el grito solitario de un búho resonó por el claro y el roce de una sombra pasó a su lado.

El terciopelo oscuro del cielo salpicado de luces titilantes estaba siendo invadido poco a poco por una espesa capa gris a medida que llegaban nubes desde el mar. El aire estaba cargado de un fuerte olor a lluvia al tiempo que el viento iba cobrando fuerza.

Rayne soltó un suspiro tembloroso. Le dolía el cuerpo entero por el recuerdo de aquel día. Le dolía por lo que acababa de hacer...

—...lo siento... —Un susurro que murió en la brisa que soplaba a su alrededor, acariciándole la piel con las primeras gotas de lluvia. Y entonces se fue ahogando en la lluvia cada vez más fuerte. Echando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos.

Ahogándose...

Su mente...

Su corazón...

Su alma llenos de unos bondadosos ojos verdes. Y unos sonrientes labios rosas...

Lo siento.


ahora

Eres una cobarde.

¿No era eso lo que le había dicho Matthias?

Rayne hundió las manos en los bolsillos de su abrigo, intentando que entraran un poco en calor. El frío de la noche se estaba apoderando sin prisa pero sin pausa de todo su cuerpo. Su aliento era una nube de vapor que flotaba delante de ella.

La nieve suspiraba suavemente con cada paso que daba. Cubría las ramas desnudas como una gruesa manta y su blancura estaba teñida de un delicado resplandor amarillo en los puntos donde la acariciaba la luz de la calle.

Los ojos claros parpadearon cuando unos copos de nieve le hicieron cosquillas en la cara, derritiéndose en su piel, dejando rastros húmedos como lágrimas de hielo...

—...cobarde... —Una nube de aliento. Le pesaban los pies al subir los dos escalones que la llevaron hasta la puerta.

Estaba cansada de huir. Llevaba dos años huyendo. Había estado huyendo de lo único que le había importado en la vida. Porque había tenido miedo y se había dejado cegar por la culpa que sentía.

¿Cómo había podido hacerle tanto daño a Liv?

¿Y creer de verdad que eso era lo mejor?

Cuando ocurrió el accidente y Liv perdió al bebé...

La alta figura se detuvo. La cabeza morena se agachó un momento. Perder al bebé la había matado. Sólo una semana antes del accidente habían conseguido la primera fotografía del bebé donde se veía su cara... los deditos de las manos y los pies... y una nariz que ella habría jurado que se parecía tanto a la de Liv...

La nieve del suelo le soltaba destellos, y le dio una patada, esparciéndola como niebla blanca por el aire frío hasta que volvió a posarse en el suelo.

Dejar a Liv...

Realmente había creído que no había otro camino. No podía entender por qué Liv no la odiaba. Por qué no la culpaba.

Aunque eso no importaba, puesto que ella ya se culpaba a sí misma suficiente por las dos.

Los ojos claros se cerraron.

Dios, verla en la clínica. Pálida y magullada. Esos ojos verdes que le preguntaban... rogándole que le dijera algo. Lo que fuera.

Y ella no lo hizo.

No pudo.

Sabía que era culpa suya... que se hubieran distanciado. Si acaso, esto era donde de verdad había fallado. Al dejar a Liv fuera y enterrarse a sí misma en la culpa que sentía, las había destruido.

Todas esas veces que Liv intentó acercarse a ella. Que intentó hablar con ella.

Y ella la rechazó.

¿Entonces por qué estás aquí?

Rayne miró la casa ahora a oscuras. La oscuridad de la noche se estaba debilitando y un pálido gris se iba colando despacio por los bordes, trayendo consigo los primeros indicios de rosa.

¿Por qué lo intentas ahora cuando ya has perdido dos años?

¿Y si ahora ella te rechaza a ti?

¿Por qué le va a importar?

Un suspiro tembloroso. No tenía las respuestas a todas esas preguntas, pero sí sabía que amaba a Liv. Y que ya no podía seguir lejos. Y aunque sólo fuera, podía al menos pedirle disculpas. Había cometido el mayor error de su vida al marcharse hacía dos años.

Y si había algo en esta vida por lo que mereciera la pena luchar... eso era Liv.

Y su amor.

Unos pasos lentos la acercaron más a la puerta.

Era demasiado tarde para dar explicaciones, eso lo sabía. Y tal vez Liv ya no quería volver a verla. Tal vez sí que la odiaba... por decirle las cosas que le dijo aquella noche de hacía dos años.

Pero...

Pero tal vez, tal vez tenía una posibilidad. De hablar. Por fin. De decir por fin todo lo que había querido decir dos años antes.

No esperaba que Liv la perdonara.

Pero tal vez...

Una extraña sensación de déją vu cuando su mano aferró el picaporte de la puerta. No hubo el menor ruido cuando se rindió a la ligera presión de sus manos y se abrió.


—Que sí.

—Que no.

Ruido de papel. Una risotada divertida.

—Vaya que sí.

Un suspiro en broma y luego un par de brazos pequeños envolvieron unos hombros anchos. Unos labios suaves mordisquearon una oreja cercana.

—Que no.

—Mira... ¿ves cómo es un poquito respingona? ¿Ahí? Ésa es tu nariz.

—Mmm... —Las cejas claras se fruncieron ligeramente—. Sí que se parece un poco a la mía, ¿no?

—¡Te lo he dicho! —Una sonrisa satisfecha que se volvió tierna cuando los labios rosas hicieron un puchero. Se tomó su tiempo para explorarlos, notando la presión de su bebé contra su tripa...—. Te amo. —Una voz grave le hizo cosquillas en la piel, al tiempo que unas manos cálidas se colaban por debajo de su camisa...

La pequeña figura acurrucada en una esquina del sofá se movió de nuevo. Incluso dormida, un ceño dominaba esos rasgos delicados.

Un leve ruido mientras Liv luchaba por salir del sueño. Supo que seguía dormida y soñando cuando abrió los ojos...

...para ahogarse en el azul claro de otros ojos.


La casa estaba en silencio.

No se oía nada salvo sus pisadas sobre la alfombra. Los leves suspiros de las tablas del suelo no eran más que un ruido apagado mientras avanzaba por el pequeño pasillo hacia el cuarto de estar.

Daba miedo lo bien que se sentía estando aquí.

Donde todo le recordaba el tiempo que habían estado juntas. Hasta el aire tenía el delicado aroma que formaba tanta parte de Liv que lo habría reconocido en cualquier parte.

Rayne se detuvo al pie de las escaleras. Sus ojos las siguieron hacia arriba, apenas capaz de distinguir los contornos de las puertas del piso superior, borrosas por la penumbra que había dentro.

Un leve suspiro.

Se le hizo un nudo en el estómago al darse la vuelta y encaminarse al cuarto de estar. Su mano aferró el marco de la puerta cuando la vio.

Acurrucada con una gruesa manta. La cabeza rubia apenas visible.

Rayne tragó. Le temblaba el cuerpo entero de la pura intensidad de volver a ver a Liv. Pareció tardar una vida, pero consiguió avanzar los pocos pasos que la separaban del sofá. Pero entonces le fallaron las piernas y tuvo que sentarse. La mesita que había delante del sofá se quejó cuando su alta figura se posó encima de ella.

El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que le sorprendía que no se oyera por la silenciosa estancia. Entrelazando las manos con fuerza para evitar que le temblaran, aspiró una trémula y profunda bocanada de aire.

Se quedó paralizada cuando Liv empezó a moverse, volviéndose hacia ella, con las cejas claras fruncidas en un ceño inconsciente. Y entonces un suave susurro, que apenas agitó el aire, flotó hasta ella.

—...Rayne...

Los claros ojos azules se cerraron por el dolor que la atrevesó. Dios, qué dolor.

Al oír esa voz suave. Y su nombre... nadie decía su nombre como Liv. Era como una tierna caricia. Cada letra recibía el beso de esos labios suaves y hasta cuando discutían jamás perdía esa dulzura.

Incluso durante aquellas últimas semanas antes de que ella se marchara...

Nunca había dudado de que Liv la amara. Pero después del accidente no entendía por qué. Ella se odiaba a sí misma... ¿cómo podía seguir amándola Liv?

La alta figura se echó hacia delante. Los ojos claros contemplaron esos rasgos delicados... la lamparilla que estaba al lado del sofá los bañaba en suaves sombras.

La pequeña figura se movió de nuevo. Los labios rosas formaron palabras silenciosas y estuvo a punto... a punto de alargar la mano para tocarla.

A punto...

—...te amo... —Un susurro desesperado que apenas movió el aire.

Fuera, el primer pájaro se acicaló las plumas. El animalito infló el pecho y sus ojos oscuros contemplaron parpadeantes el amanecer. La ciudad seguía en silencio. Sólo el débil ruido del tráfico matinal flotaba por el aire frío. Las casas y el lago seguían enterrados bajo una suave capa de nieve.

Bajó de un salto de la rama donde estaba posado y voló hacia el alféizar de una ventana. Sus patitas dejaron unas tenues huellas en la nieve. Ladeó la cabeza, mirando a las dos figuras que había dentro. Una sentada en una mesa con los anchos hombros hundidos en una postura derrotada. La otra dormida en el sofá de cuero oscuro.

El pajarito se acercó a saltos a un cuenco lleno de alpiste y grano, sin hacer el menor caso ya de las dos figuras que había estado mirando.

Y no vio una mano pequeña que salía de debajo de la manta para apartar el alborotado pelo rubio y frotar unos soñolientos ojos verdes que miraban confusos a la alta figura sentada frente al sofá y que no era más que un contorno oscuro contra la ventana donde el cielo era de un gris pálido que poco a poco se iba transformando en un azul claro, mientras las estrellas se iban desvaneciendo en la nada.

Liv parpadeó de nuevo.

Se le cortó la respiración cuando su mente por fin aceptó el hecho de que Rayne estaba sentada ante ella, de que realmente estaba mirando esos pozos de un claro azul...

Se incorporó y se apoyó en el respaldo del sofá.

Vio que Rayne tragaba y luego agachaba la cabeza morena al tiempo que respiraba hondo. Tenía las manos entrelazadas con fuerza, pero eso no parecía servirle para intentar ocultar su temblor.

Entonces los ojos claros la miraron de nuevo.

Oh, Dios. Liv apenas consiguió controlar el sollozo que tenía atravesado en la garganta al mirar esas profundidades azules que se había pasado dos años anhelando ver. El largo pelo oscuro humedecido por la nieve... rizado en las puntas. Los rasgos marcados enrojecidos por el frío de fuera. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Por su mente se cruzaba un millón de preguntas, haciendo un ruido ensordecedor... y sin embargo lo único que consiguió decir fue un ronco:

—...hola...

Si el alivio fuera audible, habría oído un estrépito. En realidad, lo único que vio fue cómo los hombros de Rayne se hundían. Todo su cuerpo pareció relajarse. Ligeramente.

Esos ojos azules la miraron parpadeando.

—...hola tú... —Igual de ronco.

Silencio.

Respiración. Roce de ropa. El débil tictac de un reloj. Suaves suspiros de la madera.

Los ojos claros la miraron cuando Liv se abrazó a sí misma en un gesto inconsciente para protegerse de lo que pudiera pasar a continuación. El movimiento hizo que el jersey que llevaba se ahuecara en el cuello. Un delicado colgante atrapó la escasa luz de la lámpara con destellos relucientes...

Rayne carraspeó, con un áspero graznido. Ladeando la cabeza, miró a los inseguros ojos verdes.

—...feliz cumpleaños...

Los ojos verdes parpadearon.

—...gracias...

De nuevo el silencio.

Ensordecedor por todas las palabras sin decir que flotaban entre ellas.

Liv fue la primera en moverse. Incapaz de quedarse quieta, se levantó y se puso detrás del sofá. Sus manos aferraron el respaldo, con los nudillos blancos de la presión.

—¿Por qué has venido? —No había rabia en su voz, ni indignación, ni asco. Sólo...

Tristeza.

Rayne tragó y se levantó también, dando un paso vacilante hacia la pequeña figura.

—Yo... —Se pasó los largos dedos por la melena oscura. Luego—: No quería marcharme.

Liv se quedó paralizada. Los ojos verdes se la quedaron mirando un rato dolorosamente largo. La cabeza rubia se ladeó ligeramente.

—Pero lo hiciste, Rayne.

Agachó la cabeza y tomó aliento temblorosamente. En este momento se sentía horriblemente vulnerable con los recuerdos de su sueño todavía muy presentes en su cabeza. Tampoco le ayudaba el hecho de haberse pasado toda la noche pensando en Rayne.

Un leve suspiro. Ruido sutil de movimiento.

Y entonces sintió una presencia cálida a su espalda.

—...no... —Se apartó un paso de la alta figura. Por mucho que quisiera hundirse en el abrazo de Rayne, había... Dios... Uno habría pensado que después de dos años no dolería tanto—. ¿Por qué, Rayne? ¿Por qué estás aquí? —Desesperada. Casi suplicante.

Silencio.

Luego un hondo suspiro y el suave ruido de Rayne al acercarse. No se apartó... pero tampoco se dio la vuelta al notar una mano cálida en el hombro.

Los ojos verdes se cerraron al sentir que su alma parecía repararse sólo por ese simple contacto.

—Si quieres que me vaya, lo haré.

Una risa triste, más un quejido de dolor que una risa.

—No necesitaste mi permiso hace dos años.

La mano desapareció.

—No quiero hacerte daño.

Esta vez se volvió. No se acercó, pero sí atrapó los ojos claros, que no se apartaron sino que se encontraron con su mirada.

—¿Más del que ya me has hecho? Ahora no podrías hacer nada que pudiera hacerme tanto daño como aquella noche... Te necesitaba, Rayne... —Un suspiro trémulo—. Y tú te marchaste.

La voz de Liv era suave, sin rabia. Sólo una voz suave y cansada. Y unos ojos verdes llenos de dolor.

Y un alma que todavía buscaba a su otra mitad...

El cuarto de estar estaba lleno de rayos rosáceos del sol naciente que las bañaban en un halo de luz delicada. Entre los rayos bailaban motas de polvo. Desde el lago el zumbido grave del ferry llegaba flotando hasta ellas, acompañado de las alegres voces de los pájaros. El débil ruido del tráfico. Un leve goteo donde el calor del sol derretía la nieve que cubría las ramas y plantas.

—Lo siento. —La voz grave sonaba extrañamente fuerte en la quietud que las rodeaba.

Las cejas claras se fruncieron al tiempo que unas lágrimas silenciosas resbalaban por los delicados rasgos.

—¿Lo sientes? ¿El qué? ¿Haberte marchado o haber venido aquí esta noche?

—Haberte hecho daño... nunca quise hacerte daño. Pero esa noche... me odiaba a mí misma y no conseguía entender por qué tú no. El bebé... el accidente...

Los ojos verdes la miraron parpadeando. Las lágrimas reflejaban destellos de luz.

—¿Odiarte? —Sin pensarlo, Liv avanzó un paso. Estaba cerca, pero no lo bastante para tocarse—. ¿Odiarte? Dios, Rayne... yo te amo. Me enamoré de ti en el momento en que nos conocimos... ¿cómo podría odiarte?

Latidos.

Latidos y dos respiraciones.

Eso era lo único de lo que era consciente.

Y de un par de ojos verdes que desaparecieron cuando Liv agachó la cabeza, al darse cuenta de lo que había dicho. Los ojos claros la observaron cuando se abrazó a sí misma.

Yo te amo.

Le costó respirar cuando las palabras chocaron con su mente. Tanto que por un momento llegó a sentirse mareada.

—No hablabas conmigo. Siempre decías que estabas bien... que necesitabas tiempo... y yo lo comprendía. Me costaba, pero Rayne... —La voz de Liv era apenas un susurro y todavía no había levantado la mirada. Unos mechones rubios le rozaban las cejas—. No sabía qué te pasaba por dentro... hubo un momento en que pensé que me culpabas por... —Se calló, ahogada por un sollozo. La pequeña figura se estremeció por el llanto que ya no podía contener.

Rayne se movió y abrazó a Liv, que se resistió al principio, pero luego simplemente se entregó al calor que la rodeaba.

Hundió la cara en el pecho de Rayne, ahogándose en oleadas de ese olor tan familiar.

—...perdóname... perdóname... —El susurro le acariciaba los oídos una y otra vez, ronco y cargado de todo el dolor que sentía por dentro.

Agarrándose al jersey que llevaba Rayne, simplemente se sujetó. Cerró los ojos con fuerza y simplemente...

Se sujetó.

Los fuertes brazos la estrechaban casi dolorosamente, pero le daba igual. Esto era lo que había faltado desde el accidente. Que Rayne la necesitara tanto como ella necesitaba a Rayne.

Su frente tocó la piel cálida al pegarse aún más a ella. Si hubiera podido meterse dentro de esa piel suave, lo habría hecho.

...jag älskar dig... —Oyó las palabras en voz baja tanto como las sintió reverberar contra su sien.

Unos labios temblorosos le tocaron la cara suavemente, vacilando, rozándole apenas la piel. Una caricia fugaz.

No quería moverse. Si moverse suponía el fin de este momento, no se movería durante el resto de su vida. Oía el corazón de Rayne. Notaba su respiración como olas de leve movimiento contra su pecho.

—...no me dejes, nunca más... —Ni siquiera sabía si se oía lo que decía. Tenía la garganta ronca y dolorida. Pero le daba igual porque esos brazos que la rodeaban la apretaron más. Y entonces se encontró cara a cara con unos relucientes ojos azules claros.

Y volvió a caer.

Se hundió totalmente en las profundidades azules...

Para ser recogida por unos labios temblorosos que tocaron los suyos con una delicada caricia, que duró una pequeña eternidad.

Una vida entera...

—...no...nunca más... —El aliento cálido le hacía cosquillas en la piel—. ...nunca más...

Los ojos claros se cerraron cuando dos manitas se aferraron a su jersey y por un momento sintió como si la pequeña figura se hubiera metido dentro de ella, colándose debajo de su piel.

Y por bien que se sintiera... sabía que eso sólo era el principio. Había tantas cosas de las que tenían que hablar... de las que ella tenía que hablar. Pero...

La pequeña figura se movió un poco entre sus brazos.

Pero esto era un primer paso.

Un primer paso para volver a juntar los fragmentos de unas almas destrozadas, para que formaran de nuevo una sola...

Fuera, el sol atravesó las últimas capas de oscuridad, bañándolo todo en un cálido resplandor dorado, acariciando la nieve soñolienta que se disponía a descansar por el día. El cielo era de un azul brillante que anunciaba una nueva y hermosa mañana.

Un nuevo comienzo...



...a salvo en estos brazos
ahí es donde quiero estar
a salvo del dolor, en estos brazos
ahí es donde quiero estar
tómame en tus brazos y estréchame
tómame en tus brazos y estréchame
di que nunca me dejarás...


FIN


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