7


Desde el momento en que nos conocimos
Supe que conectaríamos
Tus ojos me habían dicho que compartíamos una historia
Sin miedo me arriesgué
No podía dejar pasar el momento
Me parecía que el destino había jugado una baza
Y te había traído hasta mí
Pero la felicidad puede ser breve
Y el dolor te puede hundir
< estribillo > No creo
Que consiga olvidarte
No sé
Si puedo superar
Mis días más oscuros sin tenerte en mi vida
Y no creo
Que pueda enfrentarme al dolor
Nunca volveré a ver tu cara
Cierro los ojos y me pregunto cuándo acabará todo esto
Teníamos la mayor intimidad posible
Me parecía que podías verme hasta el alma
Me leías la mente, conocías mi vida
Eras parte de mí
Di por supuesto un tiempo precioso
Creía que estaba de nuestra parte
Por un cruel capricho del destino
Tuve que ver cómo te desvanecías
< estribillo > No creo
Que consiga olvidarte
No sé
Si puedo superar
Mis días más oscuros sin tenerte en mi vida
Y no creo
Que pueda enfrentarme al dolor
Nunca volveré a ver tu cara
Cierro los ojos y me pregunto cuándo acabará todo esto
—Over You
, escrito por Gabrielle/Jonathan Shorten


24


ahora

Unas formas tenues y cristalinas avanzaban despacio por un parabrisas helado. Bellas y frágiles arquitecturas de nieve, acariciadas por el viento frío que todavía agitaba la nieve, arremolinándola sobre el coche aparcado.

Hacía frío. La figura alta sentada en el coche se estremeció un poco y se ciñó mejor el abrigo. Sus ojos claros contemplaban la casa al otro lado de la calle.

Vieron cómo se encendía la luz en la cocina, así como arriba, en el dormitorio.

Observaron la sombra oscura de una figura pequeña.

Tenía la piel de la cara tirante por las lágrimas que se habían secado hacía poco. El mero hecho de ver a Liv la había desgarrado por dentro. La había dejado llena de dolor. Todas las cosas que quería decir... hacer...

Sólo quería tomarla entre sus brazos...

Y hacer que todo volviera a estar bien. Todo lo que había ido mal hacía dos años.

Su aliento formó una nube ondeante delante de ella, empañando por un momento la vista de los cristales de hielo sobre el cristal.

—...todas las cosas que debería haber hecho hace dos años...

Pero que no había hecho.

Recordaba esos momentos de silencio oscuro y opresivo entre ellas. Todas las palabras que habían estado ahí pero no se habían dicho.

Recordaba la expresión de esos ojos verdes.

Y el leve sonido de la puerta al cerrarse tras ella.

A veces pasas por una puerta y la cierras deliberadamente. Y a veces la puerta se cierra por mucho que te empeñes en mantenerla abierta.

O se cierra porque nadie intenta mantenerla abierta.

Las dos estaban en un campo abierto y las dos empujaban una puerta que había en medio del campo.

En cierto modo, era lo único que les quedaba.

Porque no estaban preparadas para dejarse. Todavía no.

Tal vez nunca.

Pero necesitaban tiempo. Tiempo para descubrir una manera de rodear la puerta. Tiempo para dejar que el dolor que llevaban dentro se curara.

La nieve suspiró sorprendida cuando la alta figura salió del coche y se quedó a su lado como una sombra oscura y perdida, apretando los músculos de la mandíbula de esos rasgos marcados, pasándose los largos dedos por los mechones electrizados de pelo oscuro.

Pero tal vez lo único que necesitaban era librarse de la puerta. O del dolor que llevaban dentro...

Rayne avanzó. Despacio. Vacilante.

Y supo que necesitaba a Liv para librarse de ese dolor. Necesitaba sentir el calor de su cuerpo. Necesitaba mirar esos ojos para saber que podía hacer eso.

Que podía librarse de ello.

Por fin...

Se le pasó por la mente un verso de una canción. Algo sobre dar marcha atrás al tiempo. Los ojos claros siguieron el contorno de la silueta silenciosa de la casa. Tal vez no se trataba de dar marcha atrás al tiempo... sino de hacerlo bien esta vez.

Estaba tan cerca que el cálido resplandor amarillo de la luz iluminaba su alta figura, creando fuertes contrastes en sus facciones, destacando las sombras que tenía debajo de los ojos, la expresión cansada de su rostro.

El anhelo de los claros ojos azules.

Estaba cansada de huir.

Sólo quería volver a casa.



25


entonces

Las gaviotas flotaban en un viento fuerte que azotaba la playa. Sus gritos estridentes resonaban por la hierba verde de los prados. Las olas se estrellaban contra los acantilados de la costa, haciendo estallar su cuerpo líquido en espuma.

Hacía frío.

El rebaño de ovejas que pastaba en lo alto de los acantilados estaba bien apiñado. Había estado lloviendo tres días y la hierba estaba empapada. Con cada paso que daban las ovejas se oía un fuerte chapoteo.

Pero la lluvia había parado por la mañana temprano y ahora el muro gris que cubría el cielo se estaba disolviendo muy despacio.

De vez en cuando, se veían bandas de azul pálido.

Hasta el sol asomaba de vez en cuando, acariciando los charcos de agua, para volver a esconderse tras las nubes que aún quedaban.

Y creaba sombras que se movían como locas por encima de la casita situada cerca de la costa. Era vieja, pero no parecía en mal estado, sólo desgastada por el viento, la sal del aire y el tiempo. Un lado estaba protegido por unos grandes robles cuyas ramas colgaban por encima del tejado. Las paredes de la casa, en tiempos blancas, estaban cubiertas de vides salvajes.

El jardín trasero estaba bien cuidado, con unos manzanos cuidadosamente podados a un lado cuyas ramas desnudas se balanceaban al son del viento.

En un rincón había un banco hecho a mano y tres sillas alrededor de una mesa desgastada. La mesa misma estaba hecha con el inmenso tronco de un roble.

El jardín estaba en paz. Ni siquiera conseguía alterarlo el fuerte viento que agitaba juguetón los postigos de las ventanas, cuya vieja madera gemía irritada.

Rose suspiró.

Éste no era el tiempo que había deseado para Navidad. Otro breve retazo de sol. Bueno... podría ser peor.

A su espalda, la cocina estaba inundada del aroma abrumador de una comida recién hecha. Patatas. Carne. Verduras.

Todo ello mezclado con el delicado aroma a chocolate caliente.

En sus labios bailó una ligera sonrisa. Rose sabía que a Liv le encantaba el chocolate caliente... y para cuando las dos llegaran del aeropuerto, estarían más que deseosas de algo caliente.

Una risa suave. Bueno, de algo caliente para beber.

Rose sacudió la cabeza, sin poder creer que realmente hubiera pensado tal cosa. Recogiéndose el pelo, en otra época oscuro pero ahora con una curiosa mezcla de canas, en un moño flojo, se puso a preparar la masa para una tarta que había planeado hacerles a sus niñas.

Se puso a silbar suavemente, sin dejar de sonreír un segundo.

Sus niñas.

Qué gusto le daba eso. Poder decir que eran sus niñas. Qué gusto le daba ver a Rayne así de feliz. Así de apacible.

Su hija siempre había sido un espíritu libre. En realidad nunca había encajado con los demás niños de Flamborough, un pueblecito de la costa este de Inglaterra. Tenía amigos... pocos, pero íntimos y, sin embargo, siempre había sido una especie de solitaria.

Se pasaba tardes enteras sentada en la playa viendo los barcos pasar.

O contemplando lo que pudieran estar viendo esos ojos claros, perdidos en la distancia...

Tenía los ojos de su padre. Rose dejó de trabajar un momento para apartarse un mechón suelto. La misma mirada intensa. El mismo azul claro y extraño.

Se parecían en muchas cosas, y no sólo en el aspecto físico. Rayne era alta como su padre y sus rasgos eran un pasmosa copia de los de él. Pero también se parecían por dentro. Muchas características que tenía Wayne las veía también en su hija.

El silencio... el carácter reflexivo... la sonrisa... la forma en que se entregaban por completo cuando amaban.

Y aunque estaban cerca el uno del otro... era una cercanía extraña. Se podían pasar días enteros en el mar, donde no había nada salvo ellos dos, unas cuantas gaviotas y peces.

Y no cruzaban una sola palabra.

El simple hecho de estar juntos les bastaba.

Recordó el nacimiento de Rayne. Cómo él se quedó junto a su cama mirando al diminuto ser que ella tenía en los brazos. Le tocó la cabeza con un dedo, revolviendo delicadamente el pelo suave que la cubría.

Nunca lo había visto llorar... hasta ese día.

Y cuánto quería a su niña. Qué orgulloso estaba de ella. Pero no podía cambiar su forma de ser... y la forma en que había sido educado. De modo que cuando Rayne les dijo que era lesbiana... fue difícil para él. Lo intentó... quería decirle tantas cosas... y al final no tuvo la oportunidad de decírselas.

Rose se enderezó un poco, pues le dolían los riñones. Pero estaba segura de que Liv le habría encantado. De que se habría alegrado muchísimo por su niña.

Tragó y parpadeó para contener las lágrimas.

Éste no era en absoluto el momento de ponerse sentimental.

Los postigos volvieron a estremecerse y se acercó un poco más a la ventana, mirando el jardín delantero, contemplando el suave balanceo de los árboles. El muro de nubes grises no había desaparecido como había esperado y mientras miraba empezó a caer una tenue llovizna.

Rayne lo iba a detestar. Sobre todo la lluvia, porque Liv había tenido una gripe muy seria hacía dos semanas.

Rose se lavó las manos y se trasladó al cuarto de estar. Se sentó en la butaca grande y blanda que había cerca de la chimenea, dedicando un tiempo a examinar el árbol de Navidad alegremente decorado que estaba en el rincón opuesto.

Recordó la llamada teléfonica que había tenido la semana pasada.

Rayne parecía muy preocupada. Su voz sonaba casi desesperada cuando le contó que Liv había tenido que pasar dos días en el hospital de tanto que le había subido la fiebre.

Rose dudaba de que su hija hubiera dormido en esos dos días. No quería ni imaginarse lo que habría pasado si...

¡No! No, no servía de nada pensar algo así. El escalofrío que sentía en la espalda tardó un momento en desaparecer.

Pero Liv se había recuperado. Todavía estaba un poco débil y seguía de baja en el trabajo. Por eso habían decidido pasar la Navidad aquí.

Cosa por la que Rose estaba más que agradecida.

Sus ojos castaños se volvieron hacia el reloj que había encima de la chimenea. Llegarían en cualquier momento. La mujer mayor ya sentía el cosquilleo de felicidad en el vientre.


—Rayne, estoy bien. —La voz suave no sonaba molesta, sólo cansada.

—Ya. Por eso estás tosiendo así. —La voz más grave tenía un tono de irritación, pero más de preocupación.

Rose suspiró.

El taxi que había traído a las dos mujeres y su equipaje tocó una vez la bocina y luego regresó al pueblo.

Había oído las voces antes incluso de abrir la puerta y al hacerlo vio unos ojos verdes que se volvían hacia ella... y hacían un gesto que no necesitaba palabras.

Mordiéndose el labio inferior para disimular una sonrisa, abrazó a Liv.

—Hola, cariño. —Apenas logró contenerse para no preguntarle a Liv qué tal estaba.

—Ah, genial... y a mí ni me saludas.

El tono de Rayne era guasón al pasar junto a las dos mujeres más menudas y dejar sus cosas en el suelo. Estiró su alto cuerpo para aflojar los músculos entumecidos.

Rose soltó a la pequeña rubia que ahora sonreía y se volvió hacia su hija. Poniéndose en jarras, tomó aliento con fuerza.

Pero no logró decir una palabra, pues Rayne le dio un suave beso en la mejilla y dijo:

—Yo también te quiero, mamá... ¿eso que huelo es la cena?

Y con eso Rayne desapareció en la cocina.

Oyó la risa delicada a su espalda. Meneando la cabeza, se volvió hacia Liv y le frotó ligeramente los brazos.

—Lo sé, lo sé... no debería preguntar... ¿cómo estás?

Liv sonrió y esos asombrosos ojos verdes chispearon llenos de risa afectuosa.

—Mejor. Todavía me canso muy deprisa, pero la fiebre por fin ha desaparecido. Sigo con tos, pero mi médico ha dicho que debería mejorar dentro de una semana o así.

Se quedaron mirándose en silencio un momento. Hasta ellas llegaron los ruidos apagados de un movimiento de cacharros en la cocina, junto con una exclamación de placer.

—Sigue sin dormir bien. La otra noche me desperté y me la encontré sentada al lado de la cama mirándome.

A Rose ni siquiera le había hecho falta preguntarlo. Liv estaba más que dispuesta a decirle cómo se encontraba Rayne.

—Creo que se ha asustado muchísimo. —Un leve susurro.

—Sí. Sí, eso me temo... —Rose soltó aliento despacio—. Ten paciencia.

Una alegre sonrisa y Liv volvió a abrazarla.

—La tendré.

Se volvieron y se encontraron con una figura alta de pie en la puerta de la cocina.

—¿Venís? Tengo hambre.

—Jovencita... esperarás a que todo el mundo esté listo.

Rayne la miró ceñuda y luego su labio inferior se alargó en un puchero, que rápidamente se transformó en una dulce sonrisa cuando el pequeño cuerpo de Liv se acopló a su costado, acariciándole la tripa con suavidad.

Rose sonrió y entró en la cocina.

Ah, sí... iba a ser una Navidad estupenda.


El fuego crepitaba suavemente. Unas chispas saltaron por el aire cuando uno de los leños cedió por fin a las llamas hambrientas. La madera estaba de un resplandeciente y profundo color rojo.

Unos claros ojos azules contemplaban el baile despreocupado de las llamas, que acariciaban los leños de una forma casi sensual. Despacio. Provocativamente...

Una ligera risa. Sólo sé pensar en una cosa, ¿verdad? La cabeza morena se movió. Los ojos claros miraron unos rasgos delicados, relajados al dormir. Una mano pequeña le tocaba el muslo. Una cabeza rubia descansaba sobre su regazo. Sí, ya lo creo.

Liv se movió un poco y se arrebujó más en la manta. Una tos breve le tensó el cuerpo y sus cejas claras se fruncieron.

Gesto que imitaron unas cejas oscuras.

Rayne alargó la mano y acarició el ceño con delicadeza, recreándose en la piel cálida, comprobando inconscientemente si tenía fiebre.

Soltó un suspiro lento e inmediatamente sus pensamientos fueron en otra dirección, resistiéndose a la imagen de la cara pálida de Liv... el brillo febril de esos ojos verdes... su mano apartando el flequillo húmedo... el pequeño cuerpo tenso de dolor con cada tos...

Entonces unos tenues pasos la avisaron de que venía su madre.

—Toma, cariño... tu té. —Su madre le ofreció la taza humeante y se sentó en la butaca al lado del sofá. Sonrió dulcemente cuando sus ojos se posaron en la pequeña figura acurrucada junto al cuerpo de su hija.

Luego levantó la mirada y no por primera vez advirtió la expresión torturada de Rayne.

Metió las piernas por debajo del cuerpo y se echó un poco hacia delante, tocando el brazo de Rayne.

—¿Cómo estás?

Esos ojos azules no se encontraron con su mirada.

—Estoy bien.

Rose se quedó callada. Podía esperar lo que hiciera falta hasta que su hija diera el primer paso. Había aprendido esa lección hacía mucho tiempo. Otra cosa que tenía en común con su padre.

No servía de nada obligarlos a hablar. Eso sólo hacía que se cerraran aún más.

De modo que se quedó sentada en silencio, contemplando el fuego, oyendo la profunda respiración de Liv y detectando su ligera aspereza.

Fuera la oscuridad había descendido sobre la costa, dejando tan sólo los ruidos del mar en su lucha eterna... Y en alguna parte el grito solitario de un búho resonó a través del silencio.

Entonces se oyó la voz grave, que hablaba suavemente.

—Estoy bien... ahora. Pero ha faltado muy poco, mamá. —Los ojos claros la miraron y en sus profundidades relucían lágrimas silenciosas.

A Rose le hacía daño ver así a su hija, esforzándose por mantener la serenidad, por ser fuerte.

—No pasa nada, cariño...

Una débil sonrisa. Unas manos grandes que acariciaban el pelo rubio con asombrosa delicadeza. Vio que Rayne tragaba con dificultad. La cabeza morena asintió despacio.

—Ya lo sé... pero me ha dado un buen susto.

Las dos se volvieron para mirar a Liv.

Entonces Rose se rió un poco. Ante la mirada sorprendida e interrogante de Rayne, dijo:

—¿Sabes cómo la habría llamado tu padre?

Rayne sonrió.

—Bella señorita —dijeron a la vez. Rayne logró incluso imitar la voz grave y ronca de su padre.

Las dos se rieron por lo bajo, logrando disipar la pesadumbre que se había apoderado de ellas.

Rose alargó la mano y le frotó el brazo a su hija.

—¿Por qué no os vais a la cama, eh? Yo voy a echar los postigos y a cerrar la puerta.

Estaba a punto de proponer que despertaran a Liv, pero se calló al ver que Rayne se levantaba y simplemente cogía en brazos a la pequeña figura.

Liv se agitó un instante. Farfulló algo y luego se volvió hacia el pecho de Rayne, soltando un ligero suspiro de felicidad.

Los claros ojos azules miraron risueños a Rose.

—¿A que es una monada?

La mujer de más edad meneó la cabeza y dio un manotazo en broma a su hija. Y luego le hizo un gesto para que fuera a la parte de atrás de la casa donde estaba la vieja habitación de Rayne.

Se quedó mirando mientras salía del cuarto de estar, regodeándose un momento en la calidez que le invadía el pecho.


Rayne depositó a Liv en la cama despacio y delicadamente, con cuidado de no despertarla. Mirándola, sonrió. Luego empezó a quitarle los calcetines y no pudo resistirse a la tentación de hacerle cosquillas en los deditos de los pies.

Al levantar la mirada vio unos adormilados ojos verdes que la miraban parpadeando.

—...hola...

Liv soltó un ruido incoherente, sin estar despierta del todo pero bien consciente de la cercanía de Rayne.

...kyss...

La mujer más alta se rió por lo bajo. Pero obedeció y depositó un delicado beso en los labios rosas, despacio para disfrutar de su suavidad.

—Tengo que desnudarte, ¿vale? No puedes dormir en vaqueros.

Cualquier respuesta que pudiera haberle dado Liv se quedó en el tintero cuando sintió unas manos cálidas que le desabrochaban los pantalones y unos dedos juguetones que le acariciaban el vientre.

Se movió un poco al sentir un cosquilleo de calor y deseo que le atravesaba el cuerpo, acabando con cualquier resto de sueño que le pudiera quedar.

Un leve gemido cuando sus vaqueros desaparecieron y unas manos suaves le acariciaron los muslos, subiendo para tirar juguetonamente de la cinturilla de sus bragas.

—¿Estás bien?

Los profundos ojos verdes se abrieron y Liv se limitó a asentir con la cabeza. Pero advirtió la preocupación de esos ojos azules. Incorporándose un poco, acarició con la mano los rasgos marcados, alisando la cejas oscuras.

—Estoy bien, Rayne...

—Ya lo sé, es que... —Un leve suspiro. Y entonces quedó atrapada por esos intensos ojos azules—. No puedo perderte.

—No me vas a perder.

Rayne se había movido y ahora estaba sentada al lado de Liv, con los hombros caídos en un gesto extraño de derrota.

—Tengo miedo.

La pequeña rubia soltó aliento despacio. Ésta era la primera vez que Rayne expresaba su miedo, que le dejaba ver esta parte de sí misma que había estado muerta de miedo mientras ella pasaba dos días en la clínica.

Se había sentido preocupada. Rayne tendía a guardárselo todo dentro, sobre todo las cosas que le hacían daño, y no quería hablar de ello con nadie. Aunque una sola mirada de esos ojos tan expresivos decía más que mil palabras.

—No pasa nada por tener miedo.

—Tal vez... —La cabeza morena se movió y los claros ojos azules la miraron, siguiendo sus facciones como para grabarse su imagen en la mente—. Me habría matado.

—Rayne...

Una mano cálida en su mejilla.

—Lo sé, lo sé... no debería pensar esas cosas... pero... —Un hondo suspiro—. Me dio miedo.

La respuesta fue un dulce beso. Suave. Tranquilizador.

—Estoy aquí... estoy bien... y te aseguro que no me voy a ir a ninguna parte.

La expresión de Rayne era una curiosa mezcla de diversión, anhelo y miedo. Liv sonrió y se acercó más. Sus cuerpos se tocaron. Ladeando la cabeza, le guiñó un ojo a su amante.

Tänker du slutföra det här?

Rayne se rió por lo bajo.

—No sabía que había empezado algo. —Pero mientras lo decía sus manos tiraron del jersey que llevaba Liv, buscando piel cálida y suave.

Se desprendió de sus temores al ver que Liv cerraba los ojos y que la pequeña figura se pegaba a su cuerpo en el momento en que sus labios rodearon la carne suave. Su aliento cálido dejó un rastro de piel de gallina.

—Por otro lado...


El cielo era una alfombra despejada de terciopelo negro. Unos puntos de luz parpadeante contemplaban el mundo envuelto en el frío. La helada cubría los árboles y la hierba de una reluciente capa blanca.

Rose aspiró profundamente el aire gélido y soltó el aliento despacio.

Era casi medianoche y no se oía gran cosa, salvo el mar que estallaba contra las rocas que se adentraban en el agua. Al otro lado de las colinas que rodeaban su propiedad se veía el leve resplandor que era Flamborough.

Se volvió, encendió la luz del porche y luego cerró la puerta tras ella. Echando el cerrojo, apagó la luz del cuarto de estar, dejando que sólo el brillo dorado y trémulo del árbol de Navidad iluminara la habitación.

El fuego se había consumido hasta convertirse en unas pocas brasas relucientes que crepitaban de vez en cuando, disparando brumas de chispas que se desvanecían en la nada.

Contemplándolas un momento, Rose sonrió. Ya había puesto los regalos para las chicas debajo del árbol y sentía bastante curiosidad por saber qué le iban a regalar a ella. Habían insinuado que era algo especial... con los ojos risueños. Eso le había hecho preguntarse...

Bueno, no tardaría en descubrirlo.

Dirigiéndose a su propio dormitorio, se detuvo al oír un ruido extraño que flotó hasta ella. Al principio no supo de dónde venía, pero luego volvió a oírlo.

Era un leve susurro. Un gemido entrecortado que se transformó en una palabra igualmente entrecortada:

—...Rayne...

Oyó roce de ropa y de nuevo la voz suave:

Jag ber dig...

A continuación la risa grave e inconfundible de su hija.

Rose notó que se le ponían las orejas coloradas y se apresuró a entrar en su habitación, sin poder creer que se estuviera sonrojando de verdad. No era que no supiera que las dos... pues eso... pero una cosa era saberlo y otra oírlo.

Entonces esbozó despacio una sonrisa burlona. Claro, que iba a ser muy divertido tomarles el pelo al respecto por la mañana. Mmm...

La sonrisa no desapareció cuando apagó la lamparilla de su mesilla de noche.


Había nevado.

Los ojos claros contemplaron un paisaje cubierto de esponjosa blancura, intentando recordar su última Navidad blanca... Aunque eso no importaba. La Navidad siempre quería decir que su padre iba a estar en casa y que podrían pasar mucho tiempo juntos. Tal vez hacer muñecos de nieve. Utilizar a su madre como blanco de taimados ataques con bolas de nieve...

En los labios rojos se dibujo una melancólica sonrisa burlona.

Bebiendo otro sorbo de café, observó el humo que se rizaba delante de ella. El fuerte aroma llenaba la cocina donde se encontraba.

Todavía era temprano.

Se había levantado con cuidado, sabiendo que Liv todavía necesitaba descansar. De pie al lado de la cama, se quedó mirándola mientras dormía.

Era increíble lo bonito que podía parecer el futuro cuando se tenía a alguien amado con quier compartirlo. Su futuro...

Era increíble el gusto que daba.

La sonrisa burlona se transformó en una sonrisa dulce.

—¿Me vas a decir por qué sonríes?

Rayne no se volvió al oír la voz de su madre. Pero la sonrisa burlona apareció de nuevo mientras decía:

—Lo sabrás bien pronto.

La risa divertida de su madre le hizo cosquillas en la espalda y se volvió un poco para mirarla.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días, cariño... —Esta vez le tocó a su madre sonreír con sorna. Rose observó divertida cuando las cejas oscuras se fruncieron en un gesto desconcertado—. ¿Habéis dormido bien?

—Mm... sí. Sí, muy bien. —Rayne no sabía lo que quería decir su madre. Pero los ojos oscuros la miraron fijamente y luego su madre meneó las cejas.

Tardó un instante, pero luego los ojos claros se llenaron de comprensión.

—Oh, Dios mío... —gimió Rayne, tapándose los ojos con una mano—. Dime que no has hecho tal cosa...

Su madre se echó a reír y luego alzó las manos con gesto de inocencia.

—No lo he hecho... en serio... fue un accidente. Me dirigía a mi habitación y... ya sabes. La casa es vieja y las paredes son delgadas...

Rayne sacudió la cabeza, intentando controlar el rubor que notaba que le iba subiendo por el cuello.

—No te preocupes, cariño... soy una mujer adulta. Conozco el tema del... —Rose carraspeó—. Ya sabes... del sexo.

Esta vez Rayne se echó a reír y volvió a sacudir la cabeza. Pero luego frunció los labios. Bueno, ella también podía jugar.

—Bueno, es que sabes... —Se acercó a la encimera para dejar su taza, dando la espalda a su madre deliberadamente—. Tenemos que practicar para tu regalo de Navidad.

Silencio.

Luego una tos de sorpresa.

—¿Cómo dices?

Rayne se mordió el labio para que no se le escapara la risa. Pero antes de que pudiera seguir con su pequeña venganza, se oyó una voz suave y adormilada desde la puerta.

—...Buenos días...

La pequeña figura que estaba en la puerta iba envuelta en un albornoz blanco que parecía tragársela. Sus pies desnudos apenas hicieron ruido cuando entró en la cocina.

Rose todavía intentaba desentrañar lo que había dicho su hija cuando Liv se acercó a su amante y se acurrucó contra su pecho, notando de inmediato un par de brazos cálidos que la estrechaban en un delicado abrazo.

Rayne besó suavemente el revuelto pelo rubio y sonrió a su madre con sorna, acunando sin darse cuenta a la pequeña figura que tenía entre los brazos.

—Disculpad si interrumpo esta tierna escena, pero... ¿qué quieres decir exactamente con eso de practicar para mi regalo de Navidad?

Un sonido apagado... y Rayne notó realmente el sonrojo de Liv a través del grueso jersey que llevaba.

—No le habrás... —Un susurró algo avergonzado.

—Oye... que ha empezado ella. —La mujer más alta consiguió parecer indignada, aunque la sonrisa no despareció de sus ojos.

Liv no se movió mucho... estaba demasiado cómoda en su cálido nido de amor y en el olor que era Rayne. Sólo lo suficiente para mirar con sus soñolientos ojos verdes a Rose, que ahora daba golpecitos impacientes con el pie.

—Lo que Rayne quiere decir... es que se supone que vas a ser mormor para la próxima Navidad, así que, sí... en cierto modo... sí que necesitamos practicar. —Esto último lo dijo con una sonrisa encantadora en los labios rosas.

Los ojos oscuros miraron parpadeantes a la pareja abrazada y apoyada en la encimera de la cocina. Luego se entornaron pensativos.

—¿Mor... qué?

Rayne hizo un visaje con irritación fingida.

—Abuela, mamá.

La expresión desconfiada no desapareció de la cara de Rose, hasta que la palabra "abuela" caló por fin y entonces un chillido agudo resonó por la cocina.

Rayne y Liv se miraron. Los ojos azules hicieron un guiño a los sonrientes ojos verdes.

—Parece que era el regalo acertado, ¿eh?



26


ahora

El roce de la ropa al caer quedó ahogado por el estruendo del agua caliente al derramarse en la bañera. El vapor ya subía por el aire, empañando el espejo, desdibujando la imagen de la figura desnuda que se metía despacio en la bañera, dudando un momento para quitarse un delicado collar. Los dedos temblorosos acariciaron la pequeña imagen de un pájaro que colgaba de él.

Se detuvo un momento para que su cuerpo pudiera acostumbrarse al calor del agua.

Los ojos verdes se cerraron cuando la pequeña figura se hundió en el agua aromática. Un suave suspiro agitó el vapor... No había podido dormirse y había decidido darse un baño. Normalmente eso la tranquilizaba.

Se movió un poco. Recordar aquella Navidad tampoco la había ayudado. Esos ojos azules habían estado tan llenos de alegría y... Una mano apartó el flequillo mojado y acabó posándose sobre su estómago. Su mente se llenó de repente del recuerdo de una noche pocas semanas después de que regresaran a Lübeck.

Había sido un día muy largo en la clínica. Había sido una semana muy larga, en realidad. Las dos habían estado muy ocupadas, puesto que el bar estaba a punto de ser redecorado y pintado. Rayne había pasado allí más tiempo del habitual. No se habían visto mucho y las dos estaban cansadas y un poco irritables... ansiosas de pasar un tiempo en paz la una con la otra.

Y esa noche, cuando una vez más llegó tarde a casa, Rayne la estaba esperando. No dijo una palabra. Un beso provocativo se apoderó de sus labios mientras unas manos expertas la desnudaban con delicadeza y la llevaban al cuarto de baño. El delicado aroma a pino flotaba densamente en el aire. Se metieron en la bañera y ella apoyó la espalda en el pecho de Rayne, al tiempo que unos brazos seguros le rodeaban la cintura.

Era la felicidad absoluta. Flotó en las emociones que sentía que emanaban de Rayne. El roce delicado de unos dedos inquietos sobre sus caderas. La voz grave que le susurraba al oído. El aliento cálido que le acariciaba el cuello.

Hasta este momento no se había dado cuenta de lo mucho que se podía echar de menos un simple roce. De lo mucho que había echado de menos que Rayne la tocara. El cosquilleo de su pelo sobre su vientre mientras una lengua cálida bajaba por su cuerpo...

Y entonces sintió unas manos cálidas y curiosas que subían por su cuerpo, cogiéndole los pechos con delicadeza, pero sin recrearse en ellos, mientras unos labios suaves le mordisqueaban el cuello y una mano seguía adelante, acariciándole la tripa por un instante... para desaparecer debajo del agua.

Ladeó la cabeza para que Rayne llegara mejor y su cuerpo estalló en llamas bajo la mano que le acariciaba la parte interna del muslo. Entonces un susurro grave le rozó el lóbulo... en el momento en que la mano cambiaba ligeramente de dirección.

—Te echaba de menos...

En ese momento ella ya no podía responder —al menos verbalmente— y su cuerpo se arqueó pegándose a la figura alta que tenía detrás. Los ojos verdes desaparecieron tras los párpados cerrados. Unos suaves gemidos agitaban el aire a su alrededor...

Liv abrió los ojos.

Le dolía el cuerpo entero sólo de recordar las caricias de Rayne. Las sonrisas... sus ojos. Esa voz grave que siempre le llegaba hasta dentro, acariciándole el alma como un suave cosquilleo.

El agua salpicó a la pequeña figura cuando se movió. Pegando las rodillas al pecho, no hizo caso del aire frío que le rozaba la espalda.

No hizo caso de las lágrimas saladas que le rozaban las mejillas... para disolverse en la nada al ser recibidas por el agua humeante.

...Jag saknar dig... —Un leve susurro que apenas agitó el aire.



27


entonces

—Se va a poner histérico. —La voz parecía preocupada. Unas manos nerviosas se movieron por un pelo que ya estaba despeinado.

—No, qué va... y deja de moverte. —Un par de manos grandes cubrió las manos pequeñas, sujetándolas con delicadeza. Unos claros ojos azules se clavaron en unos ojos verdes—. Todo va a ir bien.

—¿Y tú cómo lo sabes? —El comentario fue un poco más mordaz de lo que Liv pretendía y cerró los ojos—. Lo siento...

Rayne le levantó las manos y rozó los nudillos con labios suaves.

—No lo sientas... lo comprendo. Y lo conozco... no se va a poner histérico. Es nuestro amigo.

—¿A cuántos amigos se les pide que sean padres de un niño?

Una lenta sonrisa sardónica al tiempo que unas cejas oscuras se meneaban burlonas.

—No a muchos, ¿eh? Jo, cómo se le va a hinchar el ego.

A su pesar, Liv se echó a reír y se inclinó hacia delante, apoyando la mejilla en el hombro cálido que tenía al lado.

A su alrededor el bar se iba llenando despacio. Era la noche del viernes y Matthias había conseguido contratar a una nueva banda para esta noche, de modo que no sólo habían aparecido los clientes habituales, sino que también había gente nueva que sentía curiosidad por el grupo (o por el bar).

Los ojos claros observaron a un grupo de jóvenes que acababa de entrar. Se estaban riendo y miraban a su alrededor con franca curiosidad. Uno de ellos llamó la atención de los demás cuando dos hombres pasaron a su lado cogidos del brazo. El primero dijo algo que provocó más risas. Luego se dirigieron a la barra.

Rayne frunció el ceño y tomó nota mental para advertir a Ahmed de que los tuviera vigilados.

Una mano provocativa le hizo cosquillas en el costado. Sofocando a duras penas un chillido de sorpresa, miró ceñuda a los risueños ojos verdes.

—¡Oye!

Liv sonrió y se irguió un poco, acercándose lo suficiente para que sus labios se tocaran... ligeramente... nada más que un breve roce de piel.

—¿Sí?

Tuvo que aplicar toda su fuerza de voluntad para impedir que se le notara la sonrisa que le tiraba de la comisura de los labios.

—¿Por qué has hecho eso? —Y consiguió mantener el ceño, aunque no sabía hasta qué punto resultaba convincente.

La punta de una lengua le hizo cosquillas en el labio inferior. Los ojos verdes parpadearon inocentes.

—¿Porque puedo?

Se quedó callada un momento y luego capturó los labios suaves con un beso. Durante una breve eternidad todo lo que las rodeaba desapareció y sólo quedaron ellas dos... el calor... y la extraña sensación de hierba acariciando la piel desnuda.

—Sólo de miraros se me derrite el corazón.

La voz burlona intervino a su lado y Rayne rompió despacio su beso. Miró con una ceja oscura enarcada al alto hombre rubio que estaba de pie junto a su mesa. Liv se echó a reír y se acurrucó a su lado, agitando los dedos para saludar a Matthias, que tenía una amplia sonrisa en la cara.

Alargó la mano y le revolvió el pelo a Rayne juguetonamente y luego se sentó, haciendo caso omiso del grave gruñido dirigido contra él.

—Hola, pequeñina... ¿cómo te va?

Liv sonrió y se encogió de hombros.

—Me va estupendamente. Gracias.

—Eso seguro. —La miró meneando las cejas—. ¿Y cómo le va a la larguirucha?

—A mí también me va muy bien... gracias por interesarte. ¡¿Y ahora quieres dejar de dar la lata?!

Matthias se echó a reír y se relajó en su silla, intercambiando sonrisas maliciosas con Liv.

Rayne sacudió la cabeza y se levantó.

—Voy a buscar algo de beber.

Su amigo la miró mientras se iba y se le puso cara de preocupación al volverse de nuevo a la rubia sentada frente a él que seguía sonriendo. Bueno, eso era buena señal... ¿no? Tragó y señaló por encima del hombro con el pulgar.

—¿Crees que me he pasado?

Al advertir un destello muy familiar en esos ojos verdes, evitó que respondiera alzando una mano.

—¡No digas nada! Eres tan mala como ella.

Liv se echó a reír.

—Eso me lo tomo como un cumplido... y no, no está enfadada. Creo que ha ido a hablar con Ahmed de esos tipos de ahí.

Matthias se volvió un poco.

—Ah, sí... ya los había visto. Parece que pueden dar problemas, ¿verdad? —Vio la alta figura de Rayne que desaparecía en dirección a su oficina—. Bueno, ya se encarga Ray.

Volviéndose, apoyó la barbilla en la mano y sonrió a Liv.

—Bueno, ¿de qué queríais hablar conmigo? —Se quedó sorprendido al ver un vivo rubor que le iba subiendo por el cuello—. ¿Liv?

—Mm... —La pequeña rubia se pasó una mano por la cara como si intentara quitarse así el rubor—. Pues... verás... —Respiró hondo y sus ojos verdes miraron a su alrededor buscando desesperados a cierta figura de un metro ochenta de estatura.

Liv suspiró. La idea había parecido genial cuando se les ocurrió. Pero una cosa bien distinta era sentarse delante de la persona a la que estabas a punto de pedirle que... Hundió la cara entre las manos.

Matthias frunció el ceño, sin saber cómo tomarse la reacción de Liv.

—¿Os puedo ayudar en algo?

Eso la hizo reír. Levantando la mirada, imitó la postura de él y apoyó la barbilla en la mano, sin dejar de sonreír.

—Pues la verdad es que... sí, nos puedes ayudar en algo.

Pero antes de que pudiera continuar, una sombra alta cayó sobre la mesa e instantes después Rayne volvió a sentarse, colocando una bebida delante de cada uno de ellos. Recibió un suave beso por el esfuerzo y se volvió para sonreír con aire suficiente a su amigo, que se limitó a encogerse de hombros y devolverle la sonrisa burlona.

—¿Se lo has preguntado ya? —Se echó hacia atrás, pasó un brazo por el respaldo de la silla de Liv y sus dedos jugaron sin darse cuenta con el corto pelo rubio.

Matthias levantó las manos.

—¡¿De qué demonios hablas?! ¿Qué me tiene que preguntar?

—¿Quieres ser el padre de nuestro hijo?

Liv suspiró y meneó la cabeza. Sus ojos verdes hicieron un visaje al mirar a los interrogantes ojos azules.

—¿Qué?

—Podrías haber sido más sutil.

Las cejas oscuras se fruncieron y luego Rayne se encogió de hombros, volviéndose hacia Matthias... o al menos hacia la silla donde había estado sentado.

—¿Pero qué...? —Se inclinó hacia un lado y vio la alta figura de su amigo tirada en el suelo. Se había desmayado.

Suspiró y miró a Liv.

—Ya te dije que no se iba a poner histérico.



28


ahora

Su habitación quedó a oscuras cuando Matthias apagó la luz. Las cortinas filtraban delgados rayos de luz procedentes de la calle. El techo quedaba resaltado por bandas en movimiento que pintaban los coches al pasar.

Corinna se recostó. Sus ojos oscuros contemplaron parpadeantes la oscuridad.

Oía la respiración de Matthias a su lado... demasiado tranquila y regular. Lo había oído en su voz... el leve temblor mientras seguía contándole lo que había sucedido entre Rayne y Liv.

Tenía la garganta seca y tragó saliva.

—Un bebé. —No era una pregunta. Tampoco era una acusación. Tan sólo un suave susurro.

Él se movió... pero no intentó tocarla.

Ella volvió la cabeza, apenas capaz de distinguir sus rasgos en la oscuridad que había entre los dos... Tantas preguntas. Se le acumulaban en la cabeza y le costaba concentrarse, recordarse a sí misma que esto había ocurrido mucho antes de que lo conociera.

El aire estaba frío y respiró hondo. Colocándose de lado, sus dedos le tocaron la mano. Suavemente... vacilando. Sintió una cálida oleada de alivio cuando él no se apartó.

—¿Por qué no me lo dijiste?

De nuevo notó que se movía. El roce de la almohada mientras la colocaba como respaldo contra el cabecero de la cama. Su cara y su cuerpo formaban una silueta marcada contra la luz que entraba por la ventana. Vio que su pecho se movía con un profundo suspiro.

Pero no le soltó la mano. Se la apretaba con una intensidad casi desesperada...

Pasó otro largo momento hasta que se volvió hacia ella.

—¿Por qué no te lo dije? —Era una pregunta, pero se fundió en un largo suspiro—. Sabes, cuando por fin recuperé el conocimiento... —Una risa triste—. A Rayne le encantó. Se pasó meses riéndose de mí. Y yo no hice más que aumentar mi vergüenza porque tardé un rato en darme cuenta de que querían que fuera el donante, no que me... —Se quedó callado.

La luz difusa dejó ver la suave sonrisa que se formó en sus labios.

—Eran tan felices. ¿Sabes lo que es mirar a los ojos de tus mejores amigas y ver hasta el fondo de su alma? ¿Quedarte cegado por la luz que ves allí?

Ella no le veía los ojos, pero su voz... en todos estos años desde que lo conocía, lo había visto triste en muy contadas ocasiones. Simplemente era un hombre alegre. Siempre estaba sonriendo y riendo, gastando bromas. Pero ahora lo notaba en su voz.

El llanto que no veía en sus ojos.

—¿Tú crees que Dios está muy ocupado?

La suave pregunta fue tan inesperada que tardó un momento en seguir el hilo de sus ideas. Sus ojos oscuros parpadearon sorprendidos.

—Mm... no lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—Yo creo que sí. —En voz baja. Con certeza.

Ella sintió su mano que le tocaba la cara... estaba fría, pero dibujó delicadamente la curva de su mejilla.

—Yo creo que sí —repitió, y luego la mano desapareció—. Sé que debía de estar ocupadísimo... aquel día...


entonces

El rocío acariciaba las verdes briznas de hierba y se deslizaba por los pétalos aún cerrados que poco a poco —despertados por el suave roce— se iban enderezando, abriéndose y estallando en una alegre mezcla de colores, volviendo la cara hacia los primeros indicios del sol.

Los últimos restos de niebla flotaban en el aire, atrapados en las hojas dormidas que poco a poco los iban soltando para desvanecerse en un gris pálido que se iba transformando despacio en azul, bañados aún de un delicado rosa y tragados por fin por el calor que se iba apoderando del día.

El lago estaba en calma. Apenas se oía el chapoteo de las olas al acariciar perezosas las orillas, apoderándose de granos de arena y piedrecitas para llevárselas a una curiosa profundidad verde. El suave murmullo del lago se mezclaba con el chapoteo de los patos y los cisnes que saludaban el nuevo día con voces alegres.

Entonces un ruido profundo y resonante flotó por el aire y el contorno brumoso del ferry que transportaba pasajeros por el Plöner See apareció en el horizonte, para desaparecer tras una línea de pinos inmensos, dejando atrás el eco del zumbido de su motor.

De alguna parte una mariposa se coló revoloteando por el hueco de una valla. Sus alas eran un remolino de colores mientras se dirigía a las flores que bordeaban un lado de un jardín pulcramente cuidado. Ascendió jugando... y se quedó flotando ante una ventana abierta, con las antenitas temblorosas, y luego desapareció.

Seguida por unos risueños ojos claros.

Llevaba ya un rato despierta, pero todavía no estaba dispuesta a abandonar su cómodo nido lleno del aroma cálido de Liv.

Su cuerpo alto estaba pegado a su espalda y tenía la nariz hundida en el corto pelo rubio que olía a una curiosa mezcla de albaricoques y sol...

Los labios rojos esbozaron una dulce sonrisa.

Era temprano. El sol aún no era más que una línea amarilla sobre un fondo rosa, en el que se disolvían unos pálidos rayos azules.

Se movió un poco. Su cabeza morena se apoyó en la palma de su mano derecha. Los claros ojos azules contemplaron las delicadas facciones completamente relajadas al dormir.

Su sonrisa aumentó cuando sus dedos curiosos bailaron por la piel suave y cálida, capaces apenas de notar la delicada curva del vientre de Liv.

Su mente todavía intentaba comprender lo que su corazón y su alma ya habían aceptado. Que allí se estaba formando una vida diminuta.

Su hijo...

Apretando los labios contra un omóplato que se movía delicadamente, Rayne cerró los ojos, escuchando la profunda respiración tan característica de Liv al dormir. Por un momento se dejó llevar por una oleada de emociones que la atravesó. ¿Era posible ser tan feliz?

Durante una breve eternidad no hubo nada más que la pequeña figura que tenía en sus brazos y el calor que compartían. Nada más tenía importancia...

Entonces en sus labios bailó una sonrisa traviesa. Mordisqueando la piel suave, la lamió juguetonamente y esperó un momento para ver la respuesta.

Que fue un ruidito monísimo que indicaba claramente la irritación de Liv con su cálido respaldo. Luego la pequeña figura pegada a su pecho se movió y se puso boca arriba. Todavía profundamente dormida.

Rayne sonrió.

La mano que tenía sobre la tripa de Liv bajo una camisa de dormir abotonada tiró con cuidado de un botón, soltándolo del ojal.

Tras desabrochar el tercer botón, se detuvo y apoyó la cabeza, sabiendo que no había la menor posibilidad de que oyera nada, pero intentándolo de todas formas. Sus dedos tiernos acariciaron la delicada curva.

—...nuestro hijo... —Su aliento cálido rozó la piel suave, agitando los pelillos diminutos.

Y notó una manita que le apartaba el flequillo oscuro.

Besó la tripa sobre la que estaba tumbada, pero no se movió, disfrutando simplemente de la suave caricia.

Hur länge har du varit vaken? —Una voz suave, ronca de sueño.

Rayne sonrió y volvió un poco la cabeza, ahogándose en unos adormilados ojos verdes. Se encogió de hombros.

—No mucho.

—Mmm. —Un leve sonido, acompañado de unos dedos juguetones que le hicieron cosquillas a Rayne en la nariz—. ¿Alguna razón concreta para que estés usando mi tripa de almohada? —Liv ladeó un poco la cabeza, mirando sonriente a los relucientes ojos azules y obteniendo una risa grave como respuesta.

Y sintió unos labios suaves que iban subiendo por su cuerpo... hasta encontrarse con los suyos en un dulce beso.

—¿Porque puedo? —Un susurro grave y guasón que le hizo cosquillas en la oreja.

Se sonrieron, perdiéndose la una en los ojos de la otra.

Liv levantó la mano y dibujó un par de labios sonrientes.

—...buenos días... —Y se echó a reír cuando Rayne le atrapó los dedos con los dientes.

Soltándolos, se apoderó de los labios de Liv con otro beso suave, que saboreó durante una breve eternidad.

—He comentado lo feliz que soy, ¿verdad?

Liv sonrió.

—Creo que lo has mencionado una o dos veces... o cada dos minutos.

Rayne se rió y se colocó de lado.

—Quería asegurarme.

Liv se movió con ella y simplemente hizo rodar a la mujer más alta hasta ponerla boca arriba, tras lo cual se colocó cómodamente encima de ella, mirando sonriente a los ojos azules.

—¿Vas a alguna parte?

Los labios rojos sonrieron con igual alegría y los ojos claros observaron la posición en la que se encontraban. Rodeando con los brazos a la pequeña figura que se había apoderado de su cuerpo, hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Me parece que no.

Lo cual le valió un suave beso que no tardó en transformarse en algo más profundo. Y sin planteárselo siquiera, se rindió a la dulce seducción. Sus claros ojos azules desaparecieron tras los párpados cerrados cuando sintió unos dedos aventureros que bailaban por su cuerpo, acariciándole el alma con el amor que había en ellos...


—No sé, Ray...

—Es... bonito.

—Mmm.

Silencio. Crujido de papel.

—Como... alegre.

—Sí, como eso...

Dos figuras altas ante una mesa de madera. Rollos de papel pintado encima de la mesa. La habitación misma cubierta de papel viejo. Junto a la mesa había brochas y pintura.

Un suspiro y el hombre rubio levantó otro papel pintado. Sus ojos azules estudiaron el diseño un momento. Sus cejas claras se fruncieron pensativas.

—Éste me gusta.

La cabeza morena que estaba a su lado se movió. Mordiéndose el labio, Rayne se lo quitó y lo colocó contra una pared. Los brillantes rayos del sol iluminaron unos graciosos personajillos que bailaban por el papel.

Luego se oyó una risa grave y la mujer alta se volvió hacia su amigo.

—Por ahora es el mejor.

Matthias se echó a reír y le clavó un dedo en el costado.

—Que no te oiga Liv. —Recuperando el papel pintado, suspiró y la miró interrogante—. ¿Éste o qué?

Rayne se lo pensó un momento. Las otras posibilidades no acababan de convencerla. No tenía la menor intención de decorar la habitación de rosa. Sobre todo porque no tenían ni idea de si iba a ser niño o niña... aunque su madre estaba empeñada en que el bebé iba a ser niña. Por suerte, ése era un tema en el que Liv y ella estaban de acuerdo. Una vez más, los claros ojos azules contemplaron el último rollo de papel pintado. Azul pálido adornado con nubes esponjosas y corderitos de grandes ojos oscuros.

Era una monada. Y a Liv le encantaría. Suspiró en silencio. ¿Quién habría pensado que decorar un cuarto para niños iba a ser tan difícil? Frotándose la cara con una mano, asintió.

—Sí, nos quedamos con éste.

Matthias se echó a reír.

—Deberías verte la cara, Ray.

Ella lo miró ceñuda. Pero a su amigo no le causó gran impresión. Le sonrió con sorna y quitó el resto del papel pintado de la mesa para preparar la cola.

—Vamos a ello, ¿eh? Liv me ha prometido Kapusta para cenar y quiero estar listo para entonces. —Le estaba dando la espalda a Rayne y por eso no vio su expresión de profundo afecto.

—Gracias.

Él se rió por lo bajo.

—Oye... hago prácticamente lo que sea por un buen plato de Kapusta.

—No me refería a eso. —La voz grave sonaba apagada, y él se volvió, mirando a su amiga sorprendido.

—¿Eh?

—Lo que has hecho por nosotras significa muchísimo para Liv y para mí. —Tragó e hizo un gesto señalando la habitación—. Esto... nos... —Tomando aliento, avanzó un paso y lo abrazó—. Es... Gracias. —Un susurro bajo, agradecido.

Lo pilló por sorpresa. Carraspeando, se pasó algo cohibido una mano por los ojos.

—Oye... no te me pongas sentimental, ¿vale? —Pero sonrió al decirlo. Mirándola con la cabeza ladeada, de repente se puso serio—. Veros a las dos tan felices es el único agradecimiento que necesito, Ray.

Se quedaron mirándose largo rato en silencio.

—¿Recuerdas aquella noche en la playa? ¿Cuando estuvimos hablando del amor?

Las cejas oscuras se fruncieron pensativas, pero luego Rayne asintió.

—Yo siempre he querido que seas feliz, Ray. Porque si hay alguien que merezca ser feliz, ésa eres tú.

¿Qué se dice ante eso? No tenía ni idea, de modo que lo abrazó de nuevo.

—Gracias, Matthias.

—De nada... ponedle mi nombre al bebé. —Su voz ligeramente temblorosa era burlona, lo mismo que sus ojos cuando le hizo un guiño.

Rayne se echó a reír.

—Lo pondré en la lista.

—Vale... ahora basta de sentimentalismos. A trabajar.

Ella sonrió, pero asintió y alcanzó la brocha que le tendía él.

Fuera, el sol acababa de llegar a su cénit. Sus rayos curiosos se arrastraron por el suelo para hacer cosquillas en unos sonrientes labios rosas, iluminando unos relucientes ojos verdes cuando Liv se dio la vuelta y bajó a la cocina con el mayor sigilo posible, sin dejar de sonreír dulcemente.



29


Ring

Una maldición entre dientes. Roce de ropa.

Ring

Esta vez un gemido ronco resonó por la habitación a oscuras y un brazo largo intentó acabar con lo que hacía ese ruido. Pero lo detuvo una mano pequeña. Unos labios suaves acariciaron una mejilla caliente.

—No pasa nada... vuelve a dormirte.

Un susurro ininteligible cuando Rayne se volvió un poco y se acurrucó contra el cuerpo más pequeño que estaba a su lado, oyendo sin comprender con quién hablaba Liv. Pasó un brazo alrededor de una tripa claramente protuberante... e incluso medio dormida, en su cara se formó una pequeña sonrisa de felicidad.

Un leve chasquido anunció que Liv había colgado el teléfono.

Rayne frunció el ceño al notar que se movía. Abriendo con dificultad los soñolientos ojos azules, intentó distinguir las familiares facciones en la oscuridad.

—¿Qué ocurre?

Y notó unos labios suaves que tocaban los suyos en un dulce beso. Mmm. Qué agradable. Sonrió.

—La clínica... tengo que ir. ¿Te acuerdas de la pequeña de la que te hablé ayer? Ha empeorado y necesitan mi ayuda.

Encendiendo la luz, Liv tuvo que reprimir la risa al ver los labios rojos que hacían un puchero. Por un momento, se quedó mirando a Rayne, recorriendo esos bellos rasgos... Era bella... pero sobre todo en momentos como éste, cuando se estaba despertando, era una auténtica ricura, con el pelo oscuro todo despeinado y esa expresión casi de niña.

Rayne frunció el ceño.

—¿Qué?

Levantando una mano, acarició suavemente los labios malhumorados.

—Te amo. —Un suave susurro.

Y notó que los labios suaves se movían en una sonrisa.

Jag älskar dig.

Se sonrieron. Durante una breve eternidad, todo lo que las rodeaba desapareció... y sólo quedó la calidez y unos relucientes ojos verdes y azules.

—Intentaré volver lo antes posible.

Rayne suspiró y se echó hacia delante, apoyando la cabeza en la curva que era su hijo, siguiendo el contorno con un dedo.

—Más te vale. —Besó la piel suave y luego se levantó también—. Voy a preparar el desayuno.

Liv se rió entre dientes y abrazó a la alta figura.

—Gruñona. —Sintió unos brazos largos que la estrechaban en un cálido abrazo.

—No es cierto... ve a ducharte.

Los sonrientes ojos verdes siguieron a la alta figura mientras Rayne se dirigía al piso de abajo, rascándose la espalda y sin dejar de refunfuñar malhumorada. Intentó imaginarse lo que sería no tener a Rayne en su vida.

Incluso la mera idea le causaba dolor.

Respiró hondo... abrumada por un momento por las emociones provocadas por esa idea. Sin darse cuenta, sus manos cubrieron su vientre. Bajando la mirada, se lo frotó con ternura.

—Qué ganas tengo de que te conozca tu mamma.

Abajo oyó la radio y una voz grave que se unía a la música, mezclada con los ligeros ruidos del movimiento de cacharros. Y sólo con oír estos ruidos familiares, desapareció la sensación lúgubre que se había apoderado de ella por un instante. Uniéndose al suave canturreo que se oía abajo, fue al cuarto de baño.


Los claros ojos azules se quedaron mirando mientras el pequeño coche salía del camino de entrada. La alta figura se fundía con la oscuridad que tenía aferrado al mundo que la rodeaba. Se quedó allí hasta que dejó de ver las luces. Hasta que la noche se tragó el leve ronroneo del motor.

Respiró hondo. El aire gélido le hizo cosquillas en la garganta.

Sonriendo, echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo. Los ojos claros divisaron puntos de luz titilante. Y había una luz... pequeña, apenas visible, que le hacía alegres guiños. La había descubierto la noche en que Liv le dijo que estaba embarazada. Por algún motivo había levantado la mirada y allí estaba.

Haciéndole guiños tan alegres como ahora.

Sonrió. Sentimentalona. Una risa grave agitó el aire.

La cabeza morena se movió y se dio la vuelta para regresar a la casa. El ligero crujido de sus botas se mezclaba con el maullido desesperado de un gato que producía ecos sobrenaturales por el lago.

Cuando estaba a punto de entrar en la casa, volvió a mirar hacia arriba. Y frunció las cejas oscuras.

Había desaparecido.

Soltando la puerta, salió de nuevo. Sintió un escalofrío por la espalda que no tenía nada que ver con el aire helado. Sintió una pesadumbre que se posaba sobre ella.

Dentro de ella...

Un amago de oscuridad que le resultaba dolorosamente familiar.

Le costaba respirar al avanzar unos pasos por el camino de entrada. Sus ojos claros estaban clavados en la oscuridad que la rodeaba. Y lo supo...

Sus llaves hicieron un ruido metálico sobre el asfalto al caérsele de la mano. Su cuerpo se quedó paralizado en el sitio... con la mente en blanco al tiempo que un susurro desesperado agitaba el aire.

—...Liv...


Silencio.

Un silencio extraño que parecía haberse aposentado en su interior, dejándole la mente en blanco. Lo único que se oía era el rápido latido de su corazón.

¿Estaba flotando?

Tenía una sensación increíble de caminar sobre las nubes. Así de ligera se sentía... Ligera...

¿Luz?

Recordó la luz. Deslumbrante. Cegadora... le hacía daño en los ojos. Seguida del agudo chirrido de los frenos de un coche. El crujido del metal bajo una presión inmensa. El ruido de cristales rotos.

Y con eso, la devoró el dolor.

¿Ese grito ronco era suyo?

No tenía ni idea de si se estaba moviendo, pero le daba la impresión de que todo su cuerpo estaba en llamas. El dolor se coló en su interior, posándose en su estómago...

Oh, Dios...

...por favor... no... no...

Otro grito ronco.

Por favor, no...

Intentó mover las manos. Intentó sentir. Por favor... Sintió que su mente empezaba a dar vueltas y le costaba pensar. Le dolía respirar.

Rayne.

La oscuridad se apoderó de su cabeza, tentándola con la promesa de la paz... Intentó luchar contra ella. Intentó escapar.

Rayne.

Ojos azules que le sonreían. El cosquilleo de su piel bajo las tiernas caricias... su alma envuelta en calor. Y se rindió a la voz grave que le susurraba. No había dolor. No había oscuridad. Sólo...

...Rayne.


La luz plateada de la luna se arrastraba despacio por los campos abiertos y despejados, iluminando las siluetas oscuras del ganado, los contornos brumosos de casas e iglesias, acariciando un paisaje que seguía profundamente dormido, ajeno a la vida que continuaba a su alrededor...

En el horizonte la luz plateada se mezclaba con destellos azules y rojos.

Débiles sonidos de sirenas. Motores de coche. Gritos.

La luz de los focos que resultaba casi cegadora por su intensidad bañaba de un blanco descarnado parte de la carretera que llevaba a Lübeck. Un montón de gente corría en un caos organizado mientras los bomberos intentaban llegar a un pequeño coche oscuro medio sepultado debajo de un camión inmenso.

La parte delantera no era más que una ruina de metal estrujado.

La hierba, ahora verde grisácea, estaba salpicada de hilos rojos que resbalaban despacio por las briznas húmedas. Un líquido espeso y rojo...

—...¡cuidado!... ¡Está viva! Calma... calma... —Voces angustiadas cuando por fin llegaron al asiento del conductor.

La carretera estaba cortada por coches de policía, aunque casi no había tráfico. Los agentes vestidos de verde y caqui estaban plantados junto a los restos.

—¿Cómo ha ocurrido? —En voz baja.

—Se quedó dormido... perdió el control del camión... la pobre estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. —En un tono igual de bajo.

—¿Alguna identificación?

—Habrá que esperar a ver qué encontramos.

De repente las voces de los encargados de la ambulancia subieron de tono. Ruidos de estática de la radio.

—Está embarazada... ¡tenemos que sacarla de ahí lo antes posible!

Más ruido. Movimiento frenético.

Luego un destello de pelo rubio cuando trasladaron una figura tendida a una camilla. Rasgos delicados manchados de rojo oscuro... que resbalaba despacio por la suave curva de sus pómulos. Piel suave oscurecida por las magulladuras.

—¡Vamos!

Sirenas estridentes cuyo eco espeluznante reverberaba en la noche. Destellos azules que desaparecieron en la oscuridad, dejando atrás un silencio hueco, luz blanca y deslumbrante, figuras oscuras que se movían para asegurar la zona.

A su alrededor el viento había aumentado y acariciaba los árboles que bordeaban la carretera, agitando las hojas dormidas, llevándose consigo los últimos sonidos de la ambulancia que acababa de desaparecer, empujando capas de gris pálido por el terciopelo oscuro que tapaban débiles puntos de luz...


PARTE 8


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