6


...Al mirarte a los ojos esta noche
Veo todo lo que necesito
Abrazando tu corazón junto al mío
Sintiéndote, respirándote
Nos fundimos, dos se hacen uno
La noche arde más que el sol
Cuando estoy contigo
Cuando estoy contigo
Podría ahogarme en tus ojos
Morir en tus brazos
Vivir por estos momentos aquí en la oscuridad
No sé dónde termino
No sé dónde empiezas
Cuando estamos cuerpo con cuerpo, corazón con corazón
Respirando cada aliento contigo
A tu lado es donde necesito estar
Parte de cada parte tuya
Sintiéndote, sintiéndome
Nos fundimos en un tierno beso
Ninguna noche ha sido nunca como ésta
Cuando estoy contigo
Cuando estoy contigo
Podría ahogarme en tus ojos
Morir en tus brazos
Vivir por estos momentos aquí en la oscuridad
No sé dónde termino
No sé dónde empiezas
Cuando estamos cuerpo con cuerpo, corazón con corazón
—Body to Body, Heart to Heart
, escrito por Diane Warren


20


entonces

Hacía calor.

Esto era lo primero que se notaba al salir. La humedad del aire denso y cargado. El olor a cuerpos calientes, lociones para la piel, perfume y helado que flotaba pesadamente en el aire. El suave zumbido de las abejas y las avispas era una constante alfombra de ruido que rodeaba los bancos y las mesas colocados bajo unos árboles antiguos e inmensos en un patio trasero.

Las pobladas copas de los árboles daban sombra suficiente para mantener el patio fresco y agradable.

Ya era tarde y la oscuridad empezaba a caer despacio, perezosamente sobre la ciudad. El bar seguía ajetreado: casi todos los clientes estaban sentados fuera para disfrutar al menos de la ligera brisa que se había levantado al ponerse el sol.

Se oía música, que añadía un agradable sonido a las conversaciones interrumpidas de vez en cuando por una carcajada alegre o una exclamación.

Matthias sonrió y se reclinó en su silla. Llevaba pantalones cortos y una camiseta suelta. Intentaba moverse lo menos posible.

—Hola, du müder Knochen...

La voz grave sonó a su lado y levantó la mirada, para encontrarse con un par de ojos azules que le sonreían.

—Hola, Ray... ¿vienes a recogerme con una bayeta? —La miró parpadeando lastimeramente y recibió una carcajada afectuosa.

La mujer alta paseó la mirada por el patio y se estiró para quitarse una contractura de la espalda. Ya era casi medianoche y estaba comprobando cómo iba todo antes de irse a casa.

Volviéndose de nuevo hacia su amigo, se sentó en la silla que había a su lado.

—He hablado con el tipo ése de lo del aire acondicionado. El precio me parece bien... creo que deberíamos pensarlo. De todas formas tenemos que sustituir el antiguo.

—Mmm. —Matthias se irguió un poco—. Sí, ya lo sé... si el precio te parece bien, lo llamaré mañana.

—Estupendo.

Sonrió. Sus ojos se posaron de nuevo en los clientes sentados alrededor de las mesas. El bar llevaba ya abierto casi un año y medio y las cosas iban bien. Habían tenido unos meses bajos, pero habían superado el bache con pérdidas razonables. Desde que Liv había dejado de trabajar en el bar, no habían tenido que despedir a nadie más del personal.

Matthias ladeó la cabeza. Llevaba el pelo muy corto para el verano, y ahora se frotó la nuca, estudiando a su amiga.

Ray tenía una ligera sonrisa en los labios, las facciones claramente relajadas y satisfechas y la expresión de los ojos perdida en la distancia.

Suspiró en silencio. Daba gusto verla así de feliz. En este último año en sus ojos había habido una luz que hasta ahora nunca había visto. La había visto contenta, por supuesto, pero nada comparable a lo que veía ahora cada vez que sonreía.

Sonrió con sorna y meneó la cabeza ligeramente. Quién lo habría pensado...

Carraspeando, dijo:

—Por cierto... la fábrica de cerveza también nos ha hecho una oferta muy buena. A lo mejor quieres echarle un vistazo. Te la he dejado en tu mesa.

Tardó un momento, pero por fin la cabeza morena se volvió hacia él.

—¿Mmm?... Ah, sí... claro.

Él se echó a reír y le dio un manotazo en el brazo.

—Ah, Ray, Ray, Ray... ¿dónde tienes la cabeza?

De no ser porque no le parecía posible, habría dicho que se estaba sonrojando.

—Estaba pensando.

Sonrió burlón y meneó las cejas.

—¿No me digas?

Ella se rió entre dientes y se pasó los dedos por la melena oscura, levantándosela del cuello para que le diera un poco de aire.

—¿Por qué no te lo cortas? Así no te molestaría tanto.

Rayne soltó una risotada y volvió a colocarse bien la melena.

—Porque Liv me mataría.

Uniéndose a su risa por lo bajo, la observó y vio que recuperaba esa ligera sonrisa. Llevaba toda la semana de un humor estupendo y él sabía que eso sólo podía querer decir una cosa.

—¿Lo has conseguido?

Los ojos claros se volvieron hacia él. En sus labios había una gran sonrisa.

—Sí, ya lo creo.

—¡Eso es genial! Te lo dije, ¿o no?

—Sí, me lo dijiste... Matti... —Su voz grave sonaba burlona al utilizar el mote que le había puesto Liv.

Él se encogió de hombros y sonrió aún más.

—¿Cuándo se lo vas a decir?

—Quiero enseñársela hoy. Tiene el día libre en la clínica, así que... ¿puedes ocuparte de las cosas que te pedí?

—Claro, no hay problema. Pero me debes una buena. —Arrastró las dos últimas palabras y le sonrió. La única respuesta fueron dos cejas oscuras enarcadas. Sacudiendo la cabeza rubia, volvió a reclinarse—. Ray... te estás domesticando. —Esto le valió una auténtica carcajada por parte de su amiga.

—Lo sé... y no podría gustarme más.

Él sonrió y la miró mientras ella se levantaba y saludaba a alguien a quien conocía.

—Por cierto... ¿te importa echarle un vistazo a la oferta de la fábrica de cerveza?

—No... está en la oficina, ¿no?

—Sí.

—Vale. —Encaminándose a la entrada de atrás, le revolvió el pelo corto—. Hasta mañana.

El bar estaba tranquilo, ya que todos los clientes estaban sentados fuera. La música y las voces eran sólo un ligero sonido que se colaba por las ventanas.

Oyó el sordo traqueteo del aire acondicionado y se alegró de que fueran a tener un sistema nuevo. Saludó a dos de sus camareros que estaban cogiendo bebidas de la barra y se dirigió a la parte trasera del bar.

Aquí estaban situados los baños para los clientes y el personal y una pequeña cocina. Y la pequeña estancia que Matthias y ella usaban como oficina. Cuando estaba a punto de entrar oyó una voz suave.

—Buenas noches, Ray...

Irguiéndose, se volvió y se encontró con Susie. La alta morena llevaba un vestido que en realidad no hacía honor al calificativo de ceñido, pues le quedaba mucho más que ceñido. Apartándose el largo pelo ondulado de los hombros, se acercó más, con una sonrisa dulce en los labios.

—¿Trabajando hasta tarde?

Rayne suspiró.

—Susie, ésta es una zona reservada al personal... por favor, vete.

Los brillantes labios rojos hicieron un mohín y la mujer se acercó aún más. Su perfume era un aroma denso que flotó hacia Rayne en espesas oleadas.

—Ah, vamos, Ray... sólo quiero hablar contigo.

—Me llamo Rayne.

Susie advirtió que la alta figura se había puesto rígida y que esos ojos claros se habían estrechado con evidente impaciencia y enfado. Pero todavía no estaba dispuesta a ceder. Estaba disfrutando demasiado con todo esto. Además... los ojos oscuros recorrieron el cuerpo alto y musculoso. Lo único que quería era un poco de diversión y estaba segura de que podían divertirse mucho juntas.

Si no fuera por esa pequeña y molesta... rubia...

Se acercó más.

—¿Dónde está tu amiguita?

Esta vez en esas bellas facciones se formó un profundo ceño y Rayne avanzó el último paso que las separaba. Sus cuerpos casi se tocaban. Los claros ojos azules se clavaron en los ojos oscuros.

—Mi compañera está en casa. Dormida... y yo estaba a punto de ir a casa con ella... y si te vuelvo a encontrar aquí otra vez, haré que se te prohíba entrar en el bar. ¿Me he expresado con claridad? —Hablaba con un tono tranquilo y bajo. Pero sus ojos estaban fríos. Y furiosos.

Susie se mordió el labio inferior. Pensó en responder con aspereza, pero se aguantó. Rayne era un desafío para ella.

Y a ella le gustaban los desafíos...

—Te oigo alto y claro, Ray. —Dándose la vuelta, saludó a la alta figura agitando la mano—. Nos vemos.

Rayne meneó la cabeza y entró en su oficina. Tardó sólo un momento en encontrar la nota que le había dejado Matthias. Metiéndosela en el bolsillo, cerró la puerta con llave y se marchó del bar por la puerta principal.

Para entonces tenía más que ganas de ir a casa y ponerse al mimo con Liv. No la había visto en todo el día, pues se había tenido que ir al bar poco antes de que Liv volviera del trabajo.

Llegó al coche y se quedó un momento ahí parada. Cerrando los ojos, echó la cabeza hacia atrás y disfrutó de la suave brisa que le acariciaba la cara.

Los claros ojos azules se abrieron parpadeando y contempló las estrellas que había en lo alto. Distinguió un avión cuyas luces eran puntos titilantes de colores en movimiento.

Muchos de los barcos que solían estar amarrados a las paredes del canal habían salido de la ciudad para hacerse a la mar. Sus dueños aprovechaban el buen tiempo para hacer un viaje por la costa. Eso le recordó todos esos días que había pasado con su padre en el mar.

Tenía pensado comprarse un barco, pero tendría que esperar unos años más.

Y el motivo volvió a dibujarle una ligera sonrisa en los labios. Ah, qué ganas tenía de ver la cara de Liv cuando se lo dijera.

Silbando, se metió en el coche y se dirigió a su apartamento.

Las calles estaban vacías. De vez en cuando pasaban los autobuses que estaban de servicio por la noche. Algunos paseantes nocturnos disfrutaban de la noche que por fin había refrescado un poco el ambiente.

Bajó la ventanilla y respiró hondo. De algún lugar llegaba música flotando y sonrió. Pero luego sus cejas oscuras se fruncieron en un leve ceño.

—Mmm... ¿cómo se lo digo?... Liv, quiero enseñarte una cosa.

Qué va, eso sonaba demasiado sospechoso. Mmm... bueno, ya se le ocurriría algo.

Y como ya tenía una sorpresa preparada...

¿Y si no le gusta? Rayne se mordió el labio inferior. A fin de cuentas, no habían hablado de ello. El hecho de que Liv se fuera a vivir con ella había parecido lo natural, dado que pasaba la mayor parte del tiempo allí. Y porque ninguna de las dos conseguía superar el día si no se veían por lo menos una vez.

Y pasar la noche sin Liv había sido... Rayne soltó aliento despacio. En esas ocasiones había vuelto a tener esos sueños. Se despertaba y por un momento no sabía dónde estaba. Perdida. Llena de dolor.

Sola.

No poder darse la vuelta y sentir el cuerpo cálido de Liv, ni ver su cara...

Le había dado miedo, en cierto modo.

Había tenido que adaptarse, por supuesto... en realidad nunca se había considerado capaz de vivir con alguien. Sus años de universidad, durante los que había compartido un apartamento con Matthias, se lo habían enseñado.

Se llevaban bien, pero ella tenía algunas manías que a él generalmente le hacían gracia, pero que aceptaba. No obstante, compartir su espacio privado con alguien, por muy buen amigo que fuera, le había resultado difícil.

Pero con Liv...

Compartir con ella... un apartamento... su vida... era lo que quería.

Lo que necesitaba.

Pero éste era un gran paso. No por el dinero. Había conseguido la casa a buen precio, puesto que había muchas cosas que tenía que hacer en ella. Cosas que había que arreglar... pero era un gran paso, con todo.

Sin dejar de pensar en ello, salió del coche, lo cerró y luego se dirigió al edificio de apartamentos. Vio que todavía había luz en el salón y frunció el ceño por una razón totalmente distinta. Una mirada al reloj le dijo que eran casi las dos de la mañana.

El recibidor estaba silencioso. Sólo el suspiro de los escalones mientras subía las escaleras interrumpía el silencio... y el sonido lejano de voces y música. El roce apagado de pasos sobre una alfombra.

Su piso estaba igual de silencioso.

La pequeña lámpara del cuarto de estar que seguía encendida iluminaba la gran estancia. Dejando la chaqueta en una de las butacas, se encaminó en silencio hacia el fondo de la habitación, con una sonrisa en los labios al ver la figura acurrucada en el sofá, bien arropada en una manta ligera y suave... de la que sólo asomaban unos mechones rubios y despeinados.

Y no había más sonido que la respiración apacible y profunda que indicaba que Liv estaba dormida.

Rayne suspiró y se sentó en la mesita delante del sofá, mirando a la pequeña figura.

Había algo inexplicablemente apacible en el hecho de quedarse mirando a Liv mientras dormía. Tal vez era la forma en que su rostro parecía iluminado de fuerza y gracia, incluso dormida.

O tal vez era esa sonrisita que le bailaba en los labios.

O la forma en que algunos mechones rubios siempre conseguían alborotarse y acariciarle las cejas claras.

Tal vez era el olor que envolvía a Liv cuando dormía. Una mezcla de calor y algo que Rayne no conseguía definir.

Tal vez era la forma en que su pequeño cuerpo se volvía hacia ella. Daba igual donde estuviera, Liv siempre lo sabía y por lo general se despertaba apenas un momento después de que ella saliera de la cama para ir al baño o a la cocina. Esos adormilados ojos verdes la miraban parpadeando y cuando ella volvía a la cama, Liv se acurrucaba envolviendo su cuerpo más alto.

O era la forma en que sus mejillas siempre tenían un ligero tono sonrosado.

Pasándose las manos por el pelo oscuro, apoyó los brazos en las rodillas y se echó hacia delante. Sus ojos claros estaban cargados de emociones tan profundas que avivaban el azul de sus ojos.

—...o tal vez es simplemente porque te quiero... —el leve susurro rompió la quietud del apartamento—, ...y no puedo imaginar la vida sin ti...

Un año.

Liv llevaba un año en su vida y todavía no comprendía cómo había sobrevivido sin ella. Tal vez porque antes de Liv se había limitado a existir. Y sólo la extraña sensación que tenía por dentro y que siempre le decía que había alguien esperándola la había impulsado a seguir adelante.

Y aquí estaba.

No... aquí estaban.

Alargó una mano y con delicadeza, con enorme delicadeza, apartó los mechones rubios, posándose en la piel suave y cálida que encontró.

La alta figura se inclinó hacia delante y rozó con labios suaves una mejilla igual de suave.

—...eh, dormilona...

Primero no hubo la menor reacción, pero luego esa preciosa bola de manta y cabeza rubia se movió y susurró algo, antes de quedarse dormida de nuevo.

Rayne sonrió. Sabía que Liv estaría llena de dolores si la dejaba durmiendo en el sofá. Y además, era demasiado pequeño para las dos... Mmm...

Levantándose, se puso unos pantalones cortos y una camiseta vieja y luego regresó. Con cuidado, levantó a Liv del sofá, tragando cuando la mujer más menuda se volvió de inmediato hacia su cuerpo más alto y se acurrucó contra su pecho.

Por un momento se quedó así. En una habitación a oscuras con los leves sonidos de la nevera y su respiración flotando a través de la noche. Sabiendo que no podía haber un lugar mejor que éste. Casa.

Fue al fondo de la habitación y depositó a Liv en la cama. Pegándose a su espalda, rodeó con los brazos la esbelta cintura y cerró los ojos.

—...te amo...

Un leve sonido.

Liv se movió y notó unas manos pequeñas encima de las suyas. Entrelazó los dedos sin pensarlo. Apenas distinguió la ligera sonrisa en los labios de Liv. Y luego sintió que el pequeño cuerpo que tenía en sus brazos se daba la vuelta y se encontró mirando directamente a unos soñolientos ojos verdes, apenas abiertos.

—...hola... —Un susurro, ronco de sueño.

Los dedos de Rayne dibujaron la dulce sonrisa de esos labios rosas... sustituyéndolos con sus propios labios.

—...hola...

—Mmm.

Sin darse cuenta, su mano empezó a acariciar la tripa de Liv y se deslizó por debajo de la ligera camiseta, tocando piel cálida y suave. Eso siempre le ocurría cuando estaba cerca de la pequeña rubia. Esta necesidad casi abrumadora de tocarla. De sentirla.

De convertirse en parte de Liv...

Los ojos verdes se abrieron de nuevo.

—No tienes nada de sueño, ¿verdad? —Incluso apenas despierta, Liv conseguía tomarle el pelo.

Rayne se rió por lo bajo.

—Estoy bien... vuelve a dormirte.

Liv se movió de nuevo para ver mejor los rasgos marcados apenas visibles en la oscuridad del apartamente. Con dedos tiernos, acarició los familiares contornos.

—Te quiero.

Sintió unos labios suaves en la frente.

—Yo también te quiero.

Se pusieron cómodas, envueltas en el calor, a salvo en su propio mundo.

Fuera una brisa fresca agitaba las cortinas y traía ruidos apagados de coches y de hojas que susurraban entre sí, cuyas delicadas voces eran como una manta fina que arropaba a la noche.



21


Había llovido por la noche. Una lluvia abundante y cálida que, en lugar de refrescar el ambiente, había creado un bochorno. La humedad era una nube vaporosa que flotaba sobre la hierba y los tejados de las iglesias de la ciudad.

En lo alto de las farolas había pájaros posados cuyos ojos oscuros contemplaban el lento despertar de la ciudad que los rodeaba. Poco a poco, los coches y las personas empezaban a poblar las calles que se habían limpiado de polvo durante la noche.

El sol se deslizaba con pereza por las siluetas de la ciudad, iluminando tejados relucientes y brillantes hojas verdes. En el aire flotaba un denso aroma a flores y loción para la piel.

Unos ojos verdes se volvieron parpadeantes hacia la ventana.

Estaba ligeramente entornada para dejar pasar aire limpio y un poco de brisa fresca que ayudara a refrescar el apartamento. Tendrían que dejar las persianas echadas durante el día porque a partir de mediodía el sol daba directamente en la parte de atrás del viejo edificio, calentándolo considerablemente.

No se había movido desde que se había despertado.

Estaba demasiado a gusto en su nido de brazos cálidos y seguros y cuerpo alto.

No solía despertarse antes que Rayne, pero disfrutaba de estas raras ocasiones porque le daban la oportunidad de observar a su amante en su momento más relajado, de recrearse en la belleza de sus facciones claramente definidas.

Sus labios suaves... el pelo oscuro y espeso, que era demasiado tentador para no enrollarse con delicadeza los largos mechones entre los dedos.

Le daban la oportunidad de simplemente ver a Rayne respirar. Una respiración profunda y regular. Por alguna razón, eso le hacía sentirse segura.

De disfrutar de la forma en que encajaban sus cuerpos. Dos piezas de un rompecabezas que por fin se habían juntado...

De sentir unas manos grandes que le acariciaban la espalda por una necesidad inconsciente de tocarla.

De escuchar los latidos fuertes y rítmicos junto a su oído.

De aspirar el olor que era Rayne.

No podía imaginarse siquiera la vida sin Rayne. No sabía cómo se las había arreglado todos esos años sin ella. Los amigos siempre le habían dicho que era una romántica sin remedio, convencida de que su auténtico amor estaba ahí fuera. En alguna parte. Esperando. Buscando...

Ella se había reído con ellos... y había dejado de hablar de esa parte de sí misma que tenía, junto con la esperanza, una extraña y sorda sensación de dolor.

Y entonces, una mañana se despertó, dispuesta a acudir a una entrevista para un trabajo a media jornada... y se topó con su destino.

Una ligera sonrisa en unos labios rosas.

Una mano pequeña acarició la mandíbula de Rayne. Una caricia ligera y tierna, regodeándose en la sensación de la piel cálida, los pelillos diminutos y suaves.

Con un ligero suspiro, Liv apoyó la barbilla en el ancho hombro. ¿Cómo se puede estar tan perdidamente enamorado de alguien?

Poco a poco, el ritmo de los latidos que escuchaba fue cambiando. La caricia de una mano sobre su espalda se trasladó hacia su cabeza. Unos dedos delicados se entrelazaron con su pelo, rascándole el cuero cabelludo.

Levantando la mirada, vio unos claros ojos azules que le sonreían.

—Buenos días.

Rayne sonrió y carraspeó.

—Buenos días.

Se quedaron mirándose durante una pequeña eternidad, sin necesidad de palabras... simplemente sintiendo que cada una decía todo lo que había que decir.

Y luego se besaron.

Una lenta exploración de dos almas que no necesitaban nada salvo la una a la otra. Y luego su beso se hizo más profundo y sus manos emprendieron su propia exploración.

Liv movió un poco su cuerpo más pequeño y levantó la camiseta que llevaba Rayne, besando el vientre liso y ligeramente musculoso que encontró.

...len... —Un susurro sin aliento. Su lengua acarició el ombligo, trazando un cálido dibujo a su alrededor... insinuando un camino hacia zonas inferiores...—. ...varm...

Rayne cerró los ojos de nuevo, incapaz de contener un leve gemido.

...tålamod... —Risa cariñosa. Bocanadas de aliento cálido sobre sus pechos. Dedos curiosos que hacían cosquillas en muslos temblorosos.

Sus camisetas desaparecieron, seguidas de otra prenda de ropa que obstaculizaba el acceso a la piel cálida y suave.

Y saludaron la mañana con una lenta unión de cuerpo, corazón... y alma.


—¿Qué te parece si conseguimos un piso más grande?

Liv apartó la vista de su bollo, con expresión sorprendida. Tragando, frunció pensativa las cejas claras.

—¿Y eso?

Rayne se rascó la mandíbula. Buena pregunta. Probablemente ésta no era la mejor manera de entrar en el tema, pero...

—Llevo un tiempo pensándolo. Ya sabes... podría estar bien buscar algo que nos guste a las dos...

—Mmm... —Liv se inclinó por encima de la mesa, con una sonrisita encantadora en los labios—. A mí me gusta éste. En serio. Claro que... tú estás en él, así queee... —Alargando la última palabra, ladeó la cabeza y le guiñó un ojo a Rayne.

La mujer más alta no pudo evitar reírse. Frotándose la cara con la mano, se recostó en la silla y se cruzó de brazos, sin dejar de sonreír con aire burlón.

—Sólo era una pregunta.

—Ya... —Liv se había levantado y rodeó la mesa, arrastrando consigo el delicado aroma a bollos recién hechos y fresas—. Bueno... Lorenz me ha preguntado si quiero mis muebles y como de todas formas aquí no entrarían... —se encogió de hombros—, ...seguro que será divertido.

Y entonces, recordando algo de repente, dio una palmada.

—Oooh... me encantan esos pisos viejos de la ciudad antigua.

Rayne meneó la cabeza y alargó un brazo, rodeando la cintura de Liv y acercándola a ella. Sin pensarlo, apoyó la cabeza en la cadera de la pequeña rubia y notó unos dedos cariñosos que le acariciaban el pelo.

Se quedaron así un rato.

Las dos tenían los ojos cerrados y flotaban en las oleadas de emoción que sentían brotar la una de la otra.

Fuera se oían las risas de unos niños que jugaban. Alguien había puesto música y el alegre sonido se transmitía claramente por el aire, haciendo la competencia a los pájaros que cantaban en los árboles cubiertos de hojas de un verde intenso.

—Bueno... —Un suave murmullo—. ¿Te apetece ir a Plön?

Rayne seguía con los ojos cerrados, contenta por la reacción de Liv a su pregunta. Tal vez no había sido la forma más inteligente de sacar el tema, pero al menos ahora sabía que a Liv no le importaba la idea.

—¿A Plön?

—Mmm... la playa va a estar de bote en bote. Has tenido una semana de mucho trabajo y he pensado que a lo mejor te apetece una excursión tranquila por el lago... solas tú y yo y una barquita.

Y de repente los vivaces ojos verdes se clavaron en los suyos. Las pestañas claras parpadearon... una caricia suave sobre sus labios.

—...te quiero...

Rayne se regodeó en la suave caricia. Liv era una amante muy atenta. Siempre se tomaba su tiempo explorando su cuerpo, susurrando suaves palabras que le acariciaban la piel sensible... despertando su cuerpo como nadie había podido hacerlo nunca, haciendo que se sintiera a salvo de una forma imposiblemente profunda.

Se entregó al beso lento que se dieron.

—¿Eso quiere decir que sí?

Recibió un pellizco por eso. Y otro beso breve.

—Sí.

—Genial. —Se levantó y estiró su largo cuerpo, bien consciente de los apreciativos ojos verdes que la miraban—. Pues vamos.

Pasó al lado de la pequeña rubia y se detuvo un momento para inclinarse hacia ella. Bajando la voz una octava o dos, susurró:

—Yo también te quiero.

Sus dedos rozaron la tripa de Liv, percibiendo el leve temblor. Sonriendo, siguió hacia el cuarto de baño... deteniéndose en la puerta... para echarse a un lado a los pocos segundos y dejar pasar a Liv.


El verano en Alemania tiene dos posibilidades.

O un calor achicharrante... o lluvia y frío.

El verano de este año era caluroso. Un calor húmedo con el que sólo de pensar en moverse se empezaba a sudar.

Era el tiempo perfecto para pasar el día en el jardín sin hacer nada más que vaguear y disfrutar de la escasa brisa que de vez en cuando acariciaba los cuerpos recalentados.

Era el tiempo perfecto para pasar el día en la playa.

Y por tanto, para atestar cada centímetro de arena de la costa del Mar del Norte y el Mar Báltico.

A Rayne le encantaba nadar... pero detestaba las muchedumbres. Y no tenía la menor intención de pelearse por un pedacito de arena caliente para quemarse la piel y ponerse roja como un cangrejo.

Además... tenía cosas mejores que hacer que mirar a la gente pasearse desnuda (o medio desnuda) por la playa.

En realidad, sólo había una persona a la que quisiera ver pasearse desnuda. Pero, desde luego, no en una playa atestada.

Una sonrisa bailó en los labios rojos. Los claros ojos azules contemplaron el cuerpo en cuestión, recreándose en el ligero contoneo de esas caderas. Canturreando por lo bajo, cerró el coche y alcanzó a Liv, que estaba mirando a su alrededor.

Llevaba pantalones cortos azules y una camiseta blanca. Su piel había adquirido un profundo bronceado a lo largo de las últimas semanas. Rayne sabía que estaba embobada, pero no podía importarle menos.

—Deja de babear. —La voz de Liv era suave y burlona. Se echó a reír cuando Rayne la miró meneando las cejas oscuras—. Bueno... ¿dónde vamos?

—Primero tienes que cerrar los ojos.

Los ojos verdes miraron parpadeantes a la mujer más alta un momento. Y luego se cerraron despacio. Liv no se lo pensó dos veces: confiaba en Rayne por completo. Pero sentía curiosidad:

—¿Por qué tengo que cerrar los ojos?

Liv notó que le daban la vuelta. Unas manos cálidas sobre los hombros y una presencia alta a la espalda. Sintió más que oyó la risa grave.

—Porque yo te lo pido... y porque es una sorpresa.

Liv lo pensó y luego se encogió de hombros.

—Pues deberías haberme vendado los ojos.

Sintió un aliento cálido estremecedoramente cerca del oído.

—No me tientes.

Soltó aliento despacio, gozando de la oleada de calor que le atrevesó el cuerpo, una reacción que la voz de Rayne siempre provocaba en su interior, despertando necesidades y deseos de los que nunca había sido consciente.

Había algo que no podía explicar sobre sus reacciones físicas hacia Rayne. Le gustaba el sexo. El sexo con Torben le había gustado, pero...

Con Rayne era diferente. Cada caricia, cada beso, era algo nuevo... y sin embargo, parecía formar parte de sus recuerdos. Familiar.

Bello.

En sus labios se formó una ligera sonrisa y soltó un lento suspiro, echándose hacia atrás para entrar en contacto con el cuerpo alto que tenía detrás.

Sentía el sol que caía sobre ellas... la temperatura ya rondaba los 35C aunque sólo eran las diez de la mañana. Olía el ligero perfume que se había puesto Rayne... mezclado con el olor de su piel cálida.

Oía coches que pasaban por ahí cerca. Retazos de conversaciones. Risas. Y el levísimo ruido de las olas. El zumbido grave del ferry que transportaba pasajeros a través del Plöner See.

De nuevo la voz grave cerca de ella.

—¿Te estás quedando dormida?

Se rió entre dientes e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Sólo disfruto del momento...

Hubo un momento de silencio y luego sintió la suave caricia de unos labios en su cabeza.

—Bien... no abras los ojos.

—No. —Tocó la mano que tenía en el hombro—. Me fío de ti.

La mano le apretó los dedos y luego la guió con cuidado hasta un lugar desconocido. Pero el sonido del lago se hizo más fuerte. Ruidos alegres de patos... pájaros... en algún sitio oyó ladrar a un perro y luego el chapoteo del agua.

—Cuidado ahora... esto se mueve.

Sus pies tocaron una superficie bamboleante y se encontró rodeada del olor fuerte y metálico del agua. Sentándose, ladeó la cabeza, escuchando los movimientos de Rayne, oyendo el roce de la madera con la madera y de nuevo las olas que acariciaban una superficie de madera.

—¿Puedo abrir ya los ojos?

Una risa grave.

—No.

Suspirando, palpó a su alrededor con las manos y tocó las piernas de Rayne. Moviéndose, se sentó en el fondo de la barca de remos en la que sabía que estaban y apoyó la cabeza en un muslo cálido, acariciando distraída con los dedos la piel caliente.

Ni se dio cuenta cuando poco a poco se fue quedando dormida.


La islita no era en realidad más que una parcela de tierra situada en medio del lago con unos cuantos árboles y hierba. En un lado una familia de patos tenía su hogar. Los leves graznidos flotaban por el aire.

Los árboles eran viejos y altos y su espeso follaje daba buena sombra. Debajo de ellos una extensión de hierba estaba cubierta con una suave manta, de un vivo color azul que hacía un bonito contraste con el verde de la hierba.

Encima de la manta había una cesta, con un trozo de papel sujeto en la parte de arriba que se agitaba ligeramente al tocarlo el viento.

Rayne sonrió al verlo. Le había pedido a Matthias que trajera la merienda hasta aquí y había rezado para que llegara a tiempo.

—Oooh. —La exclamación de evidente deleite procedía de Liv, que se había despertado pocos minutos antes. Volvió la cabeza rubia y sus alegres ojos verdes la miraron parpadeando—. A ver si lo adivino... ¿Matti?

—Sí.

Rayne llevó el bote remando hasta la pequeña banda de arena y desembarcó de un salto, remolcándolo hasta un poste viejo y carcomido que estaba cubierto de algas, cuyas delgadas frondas se mecían suavemente con cada ola.

Ofreciéndole la mano a Liv, la ayudó a salir del bote y la llevó hasta la manta.

La pequeña rubia entrelazó sus dedos con los de Rayne y su pulgar acarició la piel despacio y con ternura. Se detuvieron y Liv meneó la cabeza. Volviéndose, rodeó con los brazos el cuerpo más alto de Rayne, hundiendo la cara en su pecho.

Soltó un gran suspiro, incapaz de contener las lágrimas que le ardían en los ojos.

Rayne tragó y la abrazó, meciendo el cuerpo tembloroso, sabiendo que Liv había tenido una semana muy dura. No hablaba mucho de su trabajo... pero no le hacía falta. Esos ojos verdes decían más de lo que podrían comunicar jamás las palabras.

Un susurro tembloroso.

—Lo intenté... lo intenté con todas mis fuerzas, pero...

—Ssh... tranquila, amor. —Cerró los ojos claros, deseando poder quitarle todo el dolor que llevaba dentro.

Se sentaron. Liv se frotó la cara con manos cansadas, esquivando esos ojos azules que sabía que la estaban mirando atentamente. Entonces una mano vacilante le tocó la cara, suavemente, rozándole apenas la piel y, sin embargo, protegiendo su alma con manos seguras.

Volvió la cabeza, parpadeando a través del despeinado flequillo rubio.

Cerró los ojos al notar el dedo de Rayne que se lo apartaba a un lado. La caricia se alargó para dibujarle la oreja y bajar por su mejilla.

—Me tienes aquí. —Un murmullo grave, tranquilizador.

Con los ojos todavía cerrados, se imaginó la expresión de Rayne. El azul de sus ojos. El levísimo ceño de sus cejas. La cabeza ligeramente ladeada. La forma en que se mordía el labio inferior.

Abrió los ojos, para cubrir la imagen con la realidad. Volvió la cabeza hacia la mano grande que seguía cubriéndole la mejilla. Besó la palma. Se encontró con esos ojos claros, ahogándose.

Cayendo...

Una y otra vez.

—Lo sé.

En lo alto los pájaros salieron volando a través de las copas de los árboles, invadiendo el claro azul del cielo, piando con alegre frenesí. Sus cuerpecillos flotaban en las corrientes del viento que les agitaba las plumas.

No eran conscientes de unos ojos verdes y azules que los miraban.

No eran conscientes de dos sonrisas idénticas.


ahora

La casa estaba a oscuras. Una sombra más en una hilera de siluetas grises. La luz plateada de la luna le acariciaba los costados. Una brisa helada rozaba su superficie como un beso de amante.

No parecía haber nadie en casa, pero entonces algo se movió. Sólo un instante, pero lo suficiente para que la luz de la luna iluminara una figura esbelta de pie ante una ventana.

Unos claros ojos verdes contemplaban los reflejos de la luna al bailar en el jardín nevado. Destellos de luz gélida.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie. Hacía frío. Lo notaba por el temblor de su cuerpo, por los pelillos erizados de sus brazos. Daba la espalda a la habitación... como si intentara negar su existencia, su significado...

Dios, qué cariño sentía por esta casa.

La quería por todos los recuerdos que había en ella.

Hacía un día precioso cuando Rayne la trajo aquí para pasar el día sin hacer nada más que disfrutar la una de la otra. La merienda en la islita. El paseo por el lago.

Esa sonrisa taimada cuando se pusieron a hablar de lo estupendo que debía de ser tener una casa cerca del lago. Rayne la llevó por una calle estrecha que iba subiendo colina arriba hacia una hilera de casas pequeñas que daban al lago.

Recordó cómo se había quedado mirando una casa en concreto.

No era gran cosa. La parte externa necesitaba serias reparaciones, lo mismo que el jardín de delante, lo cual le hacía suponer cómo debía de estar por dentro. Y sin embargo...

A la suave luz del atardecer, con la presencia tranquila de Rayne a su espalda, con el recuerdo de la apacible tarde que habían pasado juntas en la isla todavía cálido y entrañable en su mente... para ella no parecía existir un lugar más perfecto.

Se quedaron un rato delante de la casa. En un momento dado, Rayne le puso la barbilla en el hombro, rodeándola del aroma cálido de su piel.

—Bonita, ¿eh? —preguntó.

Ella se limitó a asentir, sin saber cómo sacar el tema de que tal vez podrían comprar una casa. Buscar un nuevo apartamento sería una cosa, pero... cuando estaba a punto de moverse, esa voz grave habló de nuevo.

Y la dejó clavada en el sitio.

—¿Cuándo quieres mudarte?

Al principio creyó que era una broma. Se echó a reír y le clavó un dedo a Rayne en la tripa. Sin darse cuenta transformó el contacto en una suave caricia, sin importarle la gente que pasaba a su lado.

Pero esos ojos azules la miraban con seriedad y tardó unos instantes en sumar dos y dos... y hallar la respuesta correcta.

El flequillo claro se apoyó en la fría superficie de la ventana. En los labios rosas había una sonrisa delicada y triste. Recordó la expresión tan graciosa de suficiencia que se apoderó de las bellas facciones de Rayne.

Habían tardado bastante en arreglar la casa.

Pasaban allí cada fin de semana libre que tenían y Rayne solía trabajar en ella incluso durante la semana. Matti las ayudaba cuando no tenía trabajo en el bar. Lorenz y Klaus les echaban una mano siempre que podían.

Un suspiro lento contra el cristal frío que lo empañó en unos segundos. Luego la pequeña figura se volvió y Liv contempló la habitación. Alargando la mano, cogió un animal de peluche que estaba encima de una cómoda.

Se lo había regalado Rayne. La sorprendió con él un día, colocándoselo encima de la ligera curva de su tripa y haciéndole cosquillas con el suave peluche.

Se suponía que era un pájaro, pero tenía las alas demasiado pequeñas y un cuerpo grande y blando. El pico sólo era un trozo de tela. Pero tenía ojos grandes y oscuros, que relucían cuando les daba la luz. Era una monada. Y sin embargo...

En cierto modo casi parecía triste.

Tal vez porque no podía volar...

Un leve suspiro. Manos temblorosas. Dejando la habitación, cerró la puerta despacio, con cuidado. Como si temiera interrumpir la triste quietud que había en ella.

A lo largo de las paredes del pasillo había varias cajas, llenas con la mayoría de sus pertenencias. Acarició con una mano la tapa de una caja.

No quería marcharse. No había querido que Rayne se marchara.

Pero lo había hecho.

En cierto sentido, las dos se habían marchado. Hacía dos años.

Y cada una se había llevado consigo parte del alma de la otra...



22


entonces

Evelyn observó en silencio cuando la mujer alta levantó el último mueble y, haciéndole un guiño cariñoso a Liv, lo bajó al camión que esperaba en la calle.

Observó la sonrisa que había en los labios de Liv mientras sus ojos seguían a Rayne. El brillo alegre de esos ojos verdes. El leve rubor que le subía por el cuello.

Tragó y se dio la vuelta.

Se entregó a la tarea de encender la aspiradora, meneando un poco la cabeza y dándose de tortas por sentir lo que sentía.

El sonoro zumbido de la aspiradora tapaba cualquier otro ruido, y por el momento consiguió incluso ensordecer a la vocecita que tenía dentro de la cabeza, regalándole un momento de silencio.

No sabía muy bien qué era lo que le molestaba de Rayne y Liv. Era evidente que estaban perdidamente enamoradas la una de la otra. Qué diablos, se acababan de comprar una casa... así que estaban seguras de lo que sentían. ¿No?

Haciendo una pausa, se apartó unos mechones rojos de los ojos y miró a su amiga.

Liv estaba metiendo sus últimas pertenencias en una caja, sin dejar de sonreír. Se había vuelto a dejar crecer un poco el pelo, pero seguía siendo lo bastante corto como para darle ese aire despeinado tan gracioso estilo "Me acabo de levantar".

Llevaba unos cómodos vaqueros desteñidos y una camiseta que le quedaba un poco grande. Las cejas rojas se fruncieron un momento, al recordar que había visto a Rayne con esa misma camiseta hacía poco. Parecía más relajada de lo que la había visto Eph desde que la conocía.

Liv era una persona muy abierta y simpática. Siempre sonreía y estaba dispuesta a escuchar cuando alguien necesitaba hablar, ladeando un poquito la cabeza rubia, mientras esos ojos verdes te penetraban hasta el fondo.

Y sin embargo, siempre había habido una parte de ella que ninguno de ellos había conseguido alcanzar, tocar...

Y entonces apareció Rayne, que entró directamente en ese sitio y cerró la puerta por dentro.

Evelyn suspiró y apagó la aspiradora.

En cierto modo, estaba celosa. No del amor que sentían Rayne y Liv. De eso no. Se alegraba por su amiga. Había visto con demasiada frecuencia esa expresión triste y perdida de sus ojos. Se alegraba de que Liv hubiera encontrado por fin lo que había estado buscando.

Pero sí que le dolía verla marchar para emprender una nueva etapa de su vida.

Eran amigas desde hacía casi seis años. Habían reído juntas, llorado juntas. Se habían peleado.

Habían tenido una intimidad...

Se distrajo de sus reflexiones al oír la risa suave de Liv. Dándose la vuelta, la vio de pie inclinada sobre la caja, con una foto en la mano.

—Eph... —La pequeña rubia hizo un gesto a su amiga para que se acercara y le mostró la foto que había encontrado. Era de ellas dos, vestidas de piratas, con expresión amenazadora.

—La fiesta de Fasching de hace tres años.

Liv se rió entre dientes.

—Sí... qué risas. ¿Lorenz no se emborrachó tanto que tuvimos que cargar con él hasta aquí porque no venía ningún autobús?

Al recordar aquella noche, Evelyn se echó a reír.

—¡Oh, Dios, sí! Y no paraba de cantar esa canción tan horrible... —Se le puso tono melancólico—. Lo pasamos muy bien.

Los ojos verdes se alzaron y la miraron pensativos.

—Sí, así es. —La cabeza rubia se ladeó y una mano pequeña y cálida se posó en su brazo—. Todavía lo pasamos bien.

La pelirroja se mordió el labio inferior y luego soltó un profundo suspiro, esquivando los ojos interrogantes de Liv.

—¿No?

Esperando que su sonrisa resultara lo bastante sincera, Eph asintió.

—Pues claro. —Por la expresión de Liv, supo que su amiga no la creía.

Suspiró de nuevo y se sentó en el suelo de la habitación vacía en la que Liv había vivido hasta ahora.

—Es que...

—¿Es que qué?

Evelyn se pasó las manos por el pelo y se encogió de hombros.

—No sé... es que... —Hizo un gesto señalando la habitación—. Esto quiere decir que se ha acabado de verdad. Ya sabes, la época que hemos vivido los tres. Nos hemos pasado seis años viviendo juntos... estudiando juntos. Y ahora, todos vamos a empezar una nueva vida... creo...

—Pero ya sabías que eso iba a pasar, tarde o temprano.

—Por supuesto. —Eph cogió un trocito de fibra de la alfombra—. O sea, a fin de cuentas, yo he aceptado la oferta de Heidelberg. Yo también me iré dentro de dos meses.

—Mmm.

La suave respuesta la hizo sonreír. Conocía demasiado bien ese tono. Sabía que Liv sabía que había algo más y que estaba dispuesta a darle todo el tiempo que necesitara para hablar de ello.

Pero no sabía si quería hablar de ello.

Se quedaron sentadas un rato en silencio. Por la ventana entraba el ruido apagado del tráfico. A lo lejos, risas. Eph distinguió la voz grave de Rayne y la risa ronca de Lorenz.

—¿Te sienta mal que esté con Rayne?

La pregunta la pilló desprevenida y volvió los sorprendidos ojos azules hacia Liv, que no la estaba mirando a ella, sino hacia la ventana, buscando con los ojos algo que estaba mucho más allá.

—¡No! Por Dios, claro que no.

Liv siguió con la cara apartada, pero luego bajó la cabeza despacio. Tomando aliento con fuerza, sus intensos ojos verdes se clavaron en ella.

—Pero has cambiado desde que Rayne y yo estamos juntas.

—Yo... —Quería decir no he hecho tal cosa, pero cerró la boca, pues sabía muy bien que sí había cambiado. Se había ido apartando cada vez más de Liv, rechazando sus invitaciones para ir al cine o simplemente para salir a tomar una copa. De repente, se dio cuenta de lo que le debía de haber parecido a su amiga—. No me sienta mal que estés con Rayne... es que... —Se movió un poco—. Lo que ha pasado es que... estaba... ¡me alegro por ti, Liv! Pero de repente las cosas cambiaron... incluso con Torben todo era distinto. Cuando Rayne y tú empezasteis a salir, casi no se te veía por aquí. Te fuiste a vivir con ella a los seis meses... tenías un resplandor... —Lo último lo dijo en apenas un susurro.

—Te sentiste dada de lado. —No era una pregunta.

Evelyn sonrió cortada.

—Sí... en cierto modo, sí. Es decir, por un lado me decía, ¡Vamos! Alégrate por ella. ¡Esto es lo que ha querido siempre!... Pero por otro estaba esa... vocecita infantil y estúpida...

Se sintió algo más aliviada al oír la risa suave de Liv.

Le cogió la mano.

—Eres mi mejor amiga. Y por un tiempo creí haber perdido a esa amiga especial.

—Oh, Eph. —Liv se acercó y se abrazaron, estrechándose largo rato en silencio—. ¡Te voy a echar muchísimo de menos! —dijo Liv, con la voz un poco ronca—. ¿Me prometes que me llamarás?

—Oye... tu teléfono va a sonar tan a menudo que vas a tener que desconectarlo.

Se echaron a reír, notando cómo desaparecía esa extraña pesadumbre que había habido entre las dos durante casi un año. Eph alargó la otra mano y echó a un lado unos mechones sueltos de pelo rubio.

—Que seas feliz, Liv.

La respuesta fue una sonrisa resplandeciente.

—Lo soy.



23


Los truenos estallaban en lo alto, persiguiendo a los relámpagos deslubrantes y cegadores que por un instante inundaban la noche de una sobrenatural luz blanca.

La lluvia golpeaba las ventanas. Gotas gruesas y pesadas que estallaban contra el cristal, sin dejar nada a su paso más que restos evanescentes sobre su superficie que hacía borrosa la vista desde dentro.

Un fuerte viento corría arremolinado por las calles, estremeciendo los tejados, azotando los árboles para despojarlos de sus últimas hojas, cuyos restos de colores caían al suelo silenciosamente rendidos mientras las ramas suspirantes observaban su descenso.

En algún lugar el eco de la madera al quebrarse resonó por el aire.

Otro relámpago. Sobrenatural luz blanca. Trueno.

—Genial. —La voz suave y soñolienta rompió el silencio de una habitación. La escasa luz de una lamparilla iluminaba apenas lo suficiente para distinguir una pequeña figura de pie cerca de la ventana, envuelta en un albornoz enorme.

Una mano pequeña apartó unos cortos mechones rubios y despeinados.

Liv suspiró y se dio la vuelta, sonriendo al ver a su amante moviéndose por la cocina con la camiseta y los pantalones cortos de dormir y la larga melena oscura recogida en una coleta floja.

Avanzó los pocos pasos que la separaban de Rayne y se apoyó en la ancha espalda. Rodeándole la cintura con los brazos, canturreó suavemente y notó la suave risa entre dientes.

—¿Te importa que hoy me lleve el coche? —La pregunta sonó algo apagada contra la suave tela de la camiseta.

—Mmm... ¿y qué me gano con ese favor? —La voz grave, que sentía vibrando a través de Rayne por el contacto que tenía con su espalda, sonaba guasona.

Sonriendo, se echó a un lado y se apoyó en la encimera. Enarcando una ceja, se encogió de hombros.

—No sé... ¿hay algo que quieras? —Alargó la mano para trazar una línea sobre el pecho de Rayne.

Y de repente se encontró pegada a unos profundos ojos azules y la presencia cálida y sensual que era Rayne.

—Bueno, si me lo preguntas así...

Unos labios suaves acariciaron los suyos en una exploración lenta y provocativa. Unas manos delicadas le soltaron el cinturón del albornoz, a la búsqueda de piel cálida y suave.

Liv cerró los ojos, esperando el contacto.

Los ojos verdes parpadearon sorprendidos cuando no se produjo. Echó una mirada aviesa a su sonriente amante.

—Qué suerte tienes de que te quiera.

Rayne dejó de sonreír y su cara se puso repentinamente seria.

—Lo sé.

Se quedaron mirándose durante una pequeña eternidad, sonriéndose con ternura la una a la otra.

Luego Liv respiró hondo y acarició la mejilla de Rayne. Poniéndose de puntillas, la besó. Una caricia lenta y delicada de labios suaves. Sin romper el contacto de sus labios, murmuró:

—¿Vienes a lavarme la espalda?

Una risa grave y de repente se encontró en el aire cuando Rayne la levantó en brazos y la trasladó hasta el cuarto de baño.


La tormenta había cedido para cuando llegó a Lübeck. El tráfico había sido sorprendentemente ligero y no había perdido tanto tiempo como se temía.

Ya veía la clínica allí delante y tras mirar por última vez a la derecha, entró en el aparcamiento, buscando un hueco.

No fue difícil, pues eran las 5:30 de la mañana y el aparcamiento aún no estaba atestado de visitantes.

Eso cambiaría dentro de unas horas.

Tras cerrar el coche, entró en el edificio. La saludó el habitual silencio de la mañana, mezclado con el típico olor que siempre flotaba en el aire. Antisépticos. Linóleo. Café y bollos recién hechos... eso procedente de la cafetería situada en la parte de atrás del edificio.

Liv se dirigió a las escaleras para subir al piso donde se encontraba la sección de pediatría.

Le encantaba su trabajo. Disfrutaba trabajando con niños. A pesar del dolor que eso a veces le producía. Todavía le costaba hacer frente a la muerte de un niño durante una operación o a causa de la enfermedad. Una paradoja de su trabajo... traer vida al mundo... y verla desaparecer.

A veces en el mismo segundo.

Era difícil y le pesaba más de lo que debería. Pasaba muchas noches llorando en brazos de Rayne, sobre todo durante los primeros meses.

Pero ver los ojos relucientes de un recién nacido... la sonrisa de un niño. Su risa alegre. Los gorjeos agudos.

Saber que había conseguido mejorar sus vidas...

Nada podía quitarle eso.

Se puso la ropa de trabajo y recorrió los pasillos silenciosos. Las luces seguían bajas y la extraña penumbra creaba sombras pálidas en el suelo.

No había nadie en la sala de enfermeros y frunció el ceño.

Sabía que Magda tenía turno de noche. Mmm. Girando a la derecha, fue a la sección de recién nacidos, entrando en silencio en la sala donde dormían los bebés.

De inmediato la rodeó el delicado olor a bebé y la profunda respiración de los niños.

Sonrió, mirando sus caritas.

Ladeando la cabeza, soltó aliento despacio, con una extraña sensación de calor en el vientre que le produjo un cosquilleo en la piel.

Justo en ese momento, uno de los bebés se despertó y sus gritos de pánico resonaron por el silencio.

—Ssh. —Levantando al bebé en brazos, empezó a acunarlo—. Det är bra... ssh, liten —canturreó suavemente, notando que el bebé empezaba a calmarse y su cuerpecito dejaba de debatirse. Con la cabecita apoyada en su cuello, soltó un hipo, aferrándole la camisa con una mano.

Se dio la vuelta y se encontró con la cara sonriente de Magda.

La mujer de más edad llevaba un rato en la puerta, observando la escena con sus bondadosos ojos oscuros.

—Hola, doctora.

Liv le sonrió a su vez. Devolviendo con cuidado el bebé a su cuna, se quedó mirándolo un momento.

Magda se acercó. Se moría por hacer una pregunta, pero se mordió el labio para evitar que se le escapara.

—Una ricura, ¿verdad?

—Mmm. —Liv acarició ligerísimamente con un dedo la mejilla del bebé, sintiendo una piel imposiblemente suave.

La vieja enfermera suspiró en silencio y cedió a su curiosidad.

—¿Rayne y tú habéis hecho planes ya para tener un bebé?

La pregunta pilló desprevenida a Liv, que volvió sus sorprendidos ojos verdes hacia su amiga, moviendo los labios sin conseguir decir nada.

Carraspeó un poco, sin saber qué contestar.

Porque no, Rayne y ella nunca habían hablado de bebés. Ni siquiera sabía si Rayne querría un bebé.

Los ojos verdes regresaron al bebé que una vez más dormía apaciblemente. Su pequeño pecho se movía al respirar.

De repente, en su mente surgió la pregunta de qué aspecto tendría un bebé de Rayne y ella. Pasó otro minuto antes de que se diera cuenta de que la imagen que se había formado en su cabeza era una imposibilidad.

Aunque se quedó con la idea de tener un bebé.

Se volvió hacia Magda, con una sonrisa no tan alegre como antes.

—No. No hemos hecho ningún plan.

La enfermera estuvo a punto de comentar algo... pero se quedó callada al ver la expresión de esos ojos verdes.

Salieron de la sección en silencio. Magda se iba dando de tortas por haber preguntado... Liv iba pensando en muchas cosas que hasta entonces no se le habían pasado por la mente.

La imagen de un bebé de rasgos delicados... y con ojos de una curiosa mezcla de verde y azul seguía viva en su mente.


La alta figura esquivó a otro grupo de estudiantes mientras avanzaba hacia la entrada principal de la clínica, sonriendo divertida al oír retazos de su conversación. Algo sobre que un profesor era un auténtico hueso.

Se acordó de cuando Liv y Lorenz hablaban de cosas parecidas al aproximarse su examen final. También recordó las largas noches que Liv había pasado estudiando. Y su sonrisa de orgullo al aprobar el examen.

Todavía sonreía al doblar una esquina y chocarse con una figurita.

Apenas consiguió agarrar al niño del brazo para evitar que se cayera.

—Eh... vorsichtig, kleiner Mann...

Unos grandes ojos grises la miraron y luego una sonrisita cortada iluminó su cara, que estaba pálida y tenía grandes ojeras. Su cuerpecito iba ataviado con un pijama de alegres colores.

—Soy un piloto. —La sonrisa se hizo más grande al hinchar el pequeño pecho.

Rayne se rió por lo bajo.

—Ya.

Sus ojos grises la miraron pensativos durante un momento. Luego carraspeó y se acercó más a ella.

—¿Me coges en brazos?

La mujer alta no pudo evitar sonreír antes su inocente desparpajo. Mirando un momento a su alrededor, se encogió de hombros y lo levantó en brazos, sentándolo sobre sus hombros y agarrándolo de las piernas para sujetarlo bien.

Él se echó a reír, un sonido alegre que resonó un momento por el largo pasillo.

—Hazme volar.

—Vale.

Escuchando los ruidos que hacía el niño para imitar el motor de un avión, echó a correr despacio por el pasillo, mientras él gritaba órdenes y hablaba con su tripulación invisible.

Al doblar otra esquina, se quedó callado de repente. Rayne, que había estado mirando el suelo para evitar tropezar, levantó la mirada.

Y sintió un lento rubor que le subía por la cara. Carraspeó, pero no esquivó los divertidos ojos verdes que estaban clavados en ella y en el pequeño piloto que llevaba a hombros.

Por encima de ella, oyó un tímido saludo:

—Hola, doctora Liv.

—Hola, Florian... te está buscando todo el mundo.

El niño parecía estar buscando una respuesta, pero no se le ocurría ninguna. Rayne suspiró por dentro y se irguió un poco.

—Teníamos que ocuparnos de un vuelo muy importante... doctora Liv.

Esta vez su amante tuvo que morderse el labio para contener la sonrisa.

—Ya... bueno, pues si no te importa aterrizar y que el capitán Florian vuelva a su habitación...

Florian soltó una risita y Rayne lo cogió en brazos y lo depositó en el suelo con cuidado, recibiendo un tímido beso en la mejilla. Luego el niño se echó a reír de nuevo y corrió por el pasillo hasta desaparecer por una puerta.

Las dos se quedaron solas... siguiendo al niño con la mirada.

Cuando se volvieron y se miraron, no dijeron una palabra. Pero no obstante, entre ellas hubo un entendimiento.

Algo que no necesitaba expresarse en voz alta.

Aún no, al menos...


PARTE 7


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