5


Ya me he enterado
Pasaba de lo más alto a lo más bajo y todo lo que hay en medio
Era malvada y salvaje, cariño, tú sabes a qué me refiero
Hasta que apareciste tú, sí, tú
Algo fue mal
Hice un pacto con el diablo por un pagaré vacío
He ido al infierno y he vuelto pero un ángel me protegía
Eras tú, sí, tú
Es todo por ti
Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días
Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón
En medio de la noche
Me calmo porque te adoro
Quiero dejarte de piedra
Voy a dejarlo
Se acabó ir corriendo por ahí girando mi propio volante
Tú saliste de mi sueño y lo hiciste realidad
Sé lo que siento
Eres tú
Es todo por ti
Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días
Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón
En medio de la noche
Me calmo porque te deseo
Quiero tocarte
Quiero dejarte de piedra
Tú eres la razón, cariño
Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días
Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón
—The Reason
, escrito por Carole King, Mark Hudson, Greg Wells


16


entonces

—¿Cómo es posible?

—¿Cómo es posible el qué?

Una cabeza clara se apoyó en un pecho cálido y desnudo. Una mano pequeña dibujó las clavículas que encontró allí.

Los claros ojos verdes se cerraron con evidente placer cuando una mano igualmente osada le frotó la espalda con una caricia suave.

—Que estemos tan cómodas la una con la otra.

—Mmm. —A la voz grave no pareció importarle esta clase de comodidad cuando unos labios suaves rozaron los suyos. Los ojos verdes estaban muy cerca.

—Quiero decir... —Una manita colocó unos mechones rubios tras una pequeña oreja. Las cejas rubias se fruncieron pensativas—. Quiero decir...

Una cabeza oscura se echó hacia un lado.

—¿Te molesta?

Liv parpadeó mirando sorprendida a Rayne con sus ojos verdes y sacudió la cabeza con vehemencia.

—¡No! ¡Por supuesto que no! Es que... lo que quiero decir es que casi parece que nos conocemos desde hace mucho más que unos pocos meses.

Alargó la mano y tocó con dedos tiernos los labios sonrientes.

—...es increíble...

Besando los dedos que le tocaban los labios, Rayne guiñó un ojo a su amante. Pero habló con seriedad.

—Lo es, ¿verdad?

Casi como si estuviéramos destinadas a conocernos. No expresó este pensamiento en voz alta, pero dio las gracias con todo su corazón a quienquiera que hubiera sido responsable de que se conocieran aquel sábado.

Los claros ojos azules y verdes se quedaron mirándose en agradable silencio.

Hacía tiempo que había salido el sol, pero ninguna de las dos tenía prisa por empezar el día. Estaban perfectamente contentas de quedarse ahí tumbadas, la una en brazos de la otra. El mundo podía prescindir de ellas durante un tiempo. El hecho de que Rayne hubiera desconectado el teléfono la noche antes era sin duda un motivo de que la mañana transcurriera sin interrupciones.

Entonces los ojos verdes se pusieron pensativos, estudiando las facciones angulosas que tan cerca tenían. Mordisqueándose el labio inferior, Liv parpadeó de repente y miró con tímidos ojos verdes a Rayne.

—¿Puedo... puedo preguntarte una cosa?

—Mm... claro. —Rayne la miró confusa mientras Liv se ponía como un tomate y farfullaba algo.

Tardó un momento en descifrar lo que decía la pequeña rubia y entonces tuvo que reprimir una sonrisa de adoración.

La cabeza rubia se había hundido en su pecho y oyó un leve susurro que sonaba sospechosamente a:

—...qué vergüenza...

Rayne esperó pacientemente a que esos ojos verdes volvieran a mirarla.

—¿Me acabas de preguntar si anoche lo hiciste bien?

El rubor se hizo más intenso y la cabeza rubia volvió a agacharse.

—...sí...

—Mírame.

Liv suspiró y atisbó a través del alborotado flequillo rubio, mirando directamente a los serios ojos azules, focos de un alma tan familiar que tuvo que tomar aliento profundamente para contener la avalancha de emociones que estalló en su interior.

—¡Lo has hecho mejor que bien! ¡Créeme!... Eso no me había pasado nunca.

Los ojos verdes la miraron con curiosidad.

—¿El qué?

—Pues... cuando me acuesto con alguien por primera vez, normalmente nunca me... —Las manos grandes hicieron unos gestos—. Ya sabes...

Pasó un momento hasta que la comprensión iluminó los ojos verdes y para entonces el sonrojo que casi había desaparecido regresó plenamente.

—Ah... oh, Dios...

La cabeza rubia quedó oculta bajo la manta y Rayne se rió entre dientes.

—Y yo que creía que los escandinavos erais tan abiertos de mente.

Notó un dedo que se clavaba en su estómago.

—Uff...

Pasó un momento, pero por fin Liv volvió a aparecer y ladeó un poco la cabeza.

—¿De verdad que nunca...?

La cabeza morena hizo un gesto negativo. Una mano grande acarició la suave curva de una mejilla.

—No... tú eres la primera.

Los ojos verdes se cerraron y Rayne notó que Liv se apoyaba en la caricia.

—Te amo.

Notó que esos labios suaves le rozaban la palma.

—Yo también te amo.



17


Los rayos de la alegre luz del sol entraban por la vidriera, pintando el suelo de madera de mosaicos de colores, persiguiendo motas de polvo por la gran estancia tranquila y apacible.

Por el aire flotaba un levísimo olor a alcohol y perfume, así como a cera de vela.

Entonces unos alegres silbidos interrumpieron la quietud y la puerta del bar se abrió. Dos figuras altas entraron con una ráfaga de viento que arrastraba polvo y trocitos de papel.

—Déjalo. —Un tono grave y molesto que no impresionó en absoluto a quien estaba silbando.

Por la sala resonó el ruido de sillas al apartarse de las mesas, arrastradas por la madera.

—Ooh... venga ya, Ray. Se te nota en los ojos, sabes.

Matthias apoyó los brazos en el respaldo de la silla y sonrió con cariño a su amiga. Tenía el corto pelo rubio despeinado y en sus atractivos rasgos aún quedaban rastros de sueño. Bostezó y se rascó el costado.

—Bueno, ¿algún motivo especial para que me hayas arrastrado hasta aquí, prácticamente en medio de la noche?

Una risa grave y una mujer alta se sentó frente a él. Llevaba el largo pelo oscuro recogido en una coleta floja que le caía por la ancha espalda.

—¿Cómo es que no te he matado todavía?

Los ojos claros lo miraban con irritación, pero en la voz grave de Rayne se percibía un tono de guasa.

Su amigo sonrió e irguió su propio cuerpo alto.

—Porque me quieres —dijo con tono práctico, con expresión suficiente.

—Ah. —La cabeza morena asintió—. Será por eso.

Se echaron a reír. Matthias se levantó para coger una botella de agua.

—¿Quieres?

Rayne dijo que no con la cabeza y respiró hondo.

—No voy a estar aquí las dos próximas semanas.

Matthias no se dio la vuelta, pero en su cara se formó una amplia sonrisa y se rió por dentro. Ray, Ray, Ray... ¿qué es eso que dicen: cuanto más grandes son, más dura es la caída? Se mordió el labio inferior para contener la risa y se volvió.

—¿Y eso?

—Sí... mm... voy a ir a ver a mi madre y... —Se calló, con una sonrisa en los labios y la mirada perdida en la distancia.

Matthias suspiró y chasqueó los dedos.

—¿Y?

Los claros ojos azules lo miraron parpadeando.

—Y... mm... Liv me ha invitado para que conozca a sus padres. —Carraspeó.

—¿Nerviosa? —Sus propios ojos azules la miraron chispeantes y Rayne se encogió de hombros.

—Pues... sí, un poco. O sea, nunca... ya sabes... me han presentado a los padres de alguien, así que...

El alto alemán sofocó un grito de ofensa en broma.

—¡A mis padres sí que los has conocido! —dijo con altivez.

Rayne puso los ojos en blanco y suspiró.

—¡Bobo! Ya sabes a qué me refiero.

Matthias se puso serio.

—Así que esto va muy en serio, ¿eh? —Era algo que sabía prácticamente desde el principio, pero quería estar seguro.

Los ojos claros se volvieron hacia las ventanas, posándose en los alegres colores. ¿En serio? Dios... Despedirse de Liv esta mañana le había costado tanto que estuvo a punto de preguntarle si podía ir con ella. Sólo para estar cerca de ella.

En serio...

—Nunca me he tomado nada tan en serio en toda mi vida. —Un susurro apagado.


La Mensa, la cafetería de la universidad, estaba atestada como siempre, llena de decenas de estudiantes hambrientos que hacían cola delante del mostrador de comida, sin importarles la calidad de dicha comida, sino el hecho de que era barata, aunque normalmente no se sabía a qué se suponía que tenía que saber.

Por la gran sala flotaban voces alegres, enfadadas y soñolientas, acompañadas del ruido de cubiertos y platos al moverse por las mesas gastadas.

De vez en cuando se oía una carcajada. En algunos rincones había estudiantes leyendo libros o escribiendo algo. Una mesa cerca de uno de los ventanales estaba ocupada por un grupo con una guitarra y de vez en cuando se oía la melodía apagada de una canción.

Lorenz suspiró y miró a su alrededor, intentando sujetar el plato y la mochila y al mismo tiempo encontrar un sitio donde sentarse.

Entonces divisó una cabeza pelirroja hundida en un libro y se dirigió hacia allí.

—Hola...

Evelyn levantó la mirada y le sonrió.

—Hola, Grosser.

Se sentó y colocó la mochila debajo de la silla.

—Ah... ya veo que has elegido lo más seguro, ¿eh?

La joven miró a un lado, donde estaba su plato a medio terminar de espagueti con salsa de tomate. Se rió entre dientes.

—Sí...

Lorenz frunció el ceño y ladeó un poco la cabeza rapada. Eph llevaba ya un tiempo de un humor raro. Su carácter normalmente hiperactivo parecía extrañamente apagado.

—¿Va todo bien, Eph?

Los ojos azules se encontraron con su mirada y se encogió de hombros.

—Estoy bien. Creo que necesito dormir más. —Se echó a reír—. Gracias a Dios que tenemos vacaciones dentro de dos días. Qué falta me hace.

Tragándose un bocado de ensalada de patatas, Lorenz asintió.

—Y a mí. Klaus y yo probablemente vamos a ir a Amsterdam. —Meneó las cejas y sus piercings bailaron con el movimiento—. Va a ser divertido.

Evelyn se echó a reír. Esta vez fue de verdad y miró a su amigo con una sonrisa afectuosa.

—Espero que sepa lo afortunado que es de tenerte.

Lorenz se sonrojó un poco.

—Yo soy igual de afortunado.

La pelirroja sonrió con tristeza.

—Sí... Liv también se va a ir. Va a visitar a sus padres.

—Sí, ya me lo ha dicho. Y luego Rayne y ella van a pasar unos días en Inglaterra. Vaya, vaya, conociendo ya a los padres. Te lo digo yo: esto va en serio. —Tenía los ojos en su plato y no captó la expresión mal disimulada de dolor que tenía Evelyn.

—¿Va a ir con Rayne?

Los ojos oscuros se alzaron y Lorenz tragó a toda prisa.

—¿No lo sabías?

La pelirroja hizo un gesto negativo. Luego se volvió para mirar por la ventana. El cielo se había nublado a lo largo del día y las primeras gotas de lluvia golpeaban el cristal.

No, no lo sabía. Pero lo había sospechado. En las dos últimas semanas Liv había pasado un total de tres noches en su piso, normalmente cuando tenía un examen al día siguiente o si Rayne estaba trabajando hasta tarde en el bar y el horario de trabajo de Liv no era el mismo.

Pero... Evelyn suspiró en silencio. Había algo en esos ojos verdes... no era solamente el amor que las dos sentían de forma evidente la una por la otra (cualquiera, ya fuera sordo o ciego, podría darse cuenta de eso) ni la felicidad que se veía en cada sonrisa y que se veía cada vez que sus ojos se encontraban...

Liv parecía contenta. Las cejas rojas se fruncieron. Pero ésa tampoco era la palabra adecuada para describir lo que veía cuando miraba esos rasgos delicados.

En una ocasión estaban sentadas en su sala de estar. Era tarde y fuera una tormenta doblaba los árboles. Sus furiosos aullidos eran un ruido espeluznante que de vez en cuando interrumpía su conversación. Habían bebido vino y estaban disfrutando de su mutua compañía, hablando de todo y de nada, y en un momento dado Liv la miró y tras dudar un momento, le preguntó si creía en el destino.

—Pues... no, la verdad —dijo ella, sin saber muy bien cómo interpretar la pregunta, pero Liv ya había apartado la mirada y contemplaba la copa de vino que tenía en la mano. El líquido rojo intenso se movía levemente con cada gesto.

—Yo creo que a veces las personas están destinadas a conocerse. Ya sabes... que saben que ahí fuera hay alguien que las está buscando con la misma desesperación que ellas. Es como... —Hablaba suavemente, en apenas un susurro. Sus ojos no se encontraban con su propia mirada desconcertada—. Es como si dentro faltara algo. Una pieza que complete tu alma. Alguien que encaje.

Y entonces esos ojos levantaron la vista y se encontró con un dolor y una soledad antiguos como el tiempo que la miraban. Tragó saliva, incapaz de decir nada.

—...que encaje aquí... —Liv se tocó el pecho y en su voz se oyó el dolor que había visto en los claros ojos verdes.

Evelyn respiró hondo, agradecida de que Lorenz se estuviera concentrando en la comida y en un libro que estaba leyendo.

Liv y ella no hablaban así desde hacía mucho tiempo. Desde Rayne...

Y en el fondo de su corazón, Eph reconoció que Liv había encontrado a esa persona.

Que encajaba.

Dentro.

Que complete tu alma...

Otro suspiro silencioso. Pero reconocerlo le dolía, y levantó la mirada. Sus ojos azules se posaron en los marrones.

—¿No crees que esto va muy deprisa? O sea, lo de Liv y Rayne.

Lorenz se encogió de hombros. Cruzando los brazos encima de la mesa, se echó hacia delante.

—¿Deprisa?... Mmm. ¿Sabes que lo creo?... Creo que son perfectas la una para la otra. O sea, míralas. Tienen una química estupenda cuando están juntas. Klaus también lo ha dicho. Sólo las ha visto una vez, en la fiesta, y me preguntó si había algo entre ellas. —Se rascó la mejilla, recordando, una vez más, que tenía que afeitarse—. Y Liv es feliz de verdad. Y eso es lo que cuenta.

Sus ojos oscuros observaban a Evelyn con seriedad y ésta sonrió.

—Lo sé. —Volviéndose de nuevo hacia la ventana, soltó aliento despacio—. Lo sé...



18


Los muros que rodeaban el puerto estaban plagados de gaviotas y otras aves a la espera de que regresaran los pesqueros de arrastre, con la esperanza de conseguir restos de pescado.

Sus profundos ojos oscuros estudiaban el agua, esperando pacientemente cualquier señal de movimiento, preparados para salir volando y caer sobre cualquier pez lo bastante incauto como para nadar demasiado cerca de la superficie.

El hondo sonido de la sirena de un barco se dejó oír por encima del ruido y las filas de coches que esperaban para subir al ferry empezaron a moverse. Voces impacientes y risas de niños. Música de varias radios.

El aire estaba cargado de un fuerte olor a sal y carburante, pintura y asfalto caliente. El cielo era un muro gris de nubes y un fuerte viento rozaba las carrocerías inmóviles de los coches que hacían cola.

—¿Nerviosa? —Una voz suave.

—Qué va... ya he estado en un barco. —Un tono grave y guasón.

Una carcajada suave y luego una cabeza rubia se apoyó en un hombro ancho.

—No me refiero a eso y lo sabes.

Rayne se rió por lo bajo y volvió la cabeza, depositando un delicado beso en el pelo rubio.

—Lo sé... y sí, estoy nerviosa. ¿Y tú?

Un leve suspiro le calentó la piel a través de la camisa que llevaba.

—Un poco. Quiero que les caigas bien. Y... y me da un poco de miedo cómo vayan a reaccionar, así que...

—Mmm. —Rayne mantuvo los ojos al frente y metió la marcha cuando la cola en la que estaban empezó a moverse hacia la boca abierta de par en par del ferry. La tripulación estaba al lado dando instrucciones o gritando de vez en cuando a las personas que no se movían todo lo deprisa que debían—. ¿Has hablado con tus padres?

Liv se estiró un poco, intentanto relajar los músculos tensos.

—Sí. Ayer llamé a mi madre. Le dije que Torben y yo hemos roto, así que ya sabe que no va a venir conmigo.

Los ojos claros la miraron, con las cejas oscuras fruncidas en un ceño inconsciente. Liv sonrió y alargó la mano, alisándoselas con una caricia suave que bajó por los rasgos marcados.

—Pero les dije que me traigo a una amiga.

—Ya sabes que no tienes por qué decírselo. Es decir... puedes esperar un tiempo.

La cabeza rubia apoyada en su hombro hizo un gesto negativo.

—No, no quiero eso. Quiero ser sincera con ellos... ¡y no quiero ocultar lo que siento por ti! Te amo... ¡y quiero que lo sepan!

Rayne no consiguió reprimir del todo la sonrisita de felicidad que le bailaba en los labios, ni ignorar la sensación de intenso alivio que la atravesó.

—Vale —dijo, volviendo la cabeza un momento para mirar a los sonrientes ojos verdes—. Me parece bien.

Liv se echó a reír y se arrimó un poco más, mordisqueando un lóbulo que era demasiado tentador para no hacerle caso.

La mujer más alta dio un respingo y estuvo a punto de salirse de la rampa que llevaba al segundo nivel de la zona de embarque del ferry. Oyó los gritos iracundos de varios tripulantes.

Miró ceñuda a una cara que la miraba a su vez con inocentes ojos verdes.

—Tienes suerte de que te quiera.

Liv suspiró devotamente y asintió.

—No creas que no lo sé.

Se echaron a reír y Rayne sacudió la cabeza morena, rindiéndose con felicidad. Sí... este viaje podría acabar siendo muy divertido después de todo...


El viaje desde Sassnitz, una ciudad portuaria del Mar Báltico, hasta Trelleborg, una de las ciudades situadas más al sur de Suecia, duraría cinco horas. Si hacía buen tiempo, la cubierta solía llenarse de turistas que disfrutaban del sol o del mar en calma.

Las cosas se ponían algo espinosas si el mar y el viento decidían divertirse con el gran barco que cruzaba el agua oscura.

Efectivamente, el barco se agitaba de un lado a otro en las aguas turbulentas y más de un pasajero avanzaba por los pasillos buscando desesperadamente un cuarto de baño.

La tripulación intentaba convencerlos de que comer algo y mantenerse ocupados los ayudaría a vencer el mareo, pero no tenía mucho éxito. Ni siquiera un camarero joven y muy alegre que ofrecía galletas y bocadillos cada cinco minutos obtenía la reacción que probablemente esperaba.

—Me voy a morir.

El lastimero quejido procedía de un asiento junto a una ventana donde una pequeña figura estaba acurrucada pegada a una figura alta y morena.

—No, no te vas a morir.

—Oh, sí... ¡me voy a morir!

Otro estremecimiento sacudió al barco y por un momento la pequeña figura se quedó rígida. Pero entonces una mano grande y caliente se posó en su tripa y empezó a acariciársela en círculos lentos y suaves.

—Tranquila... ¿Por qué no me dijiste que te mareas?

Unos cohibidos ojos verdes miraron los bellos rasgos que estaban por encima de ella.

—Es que no suelo. Pero cuando hace un tiempo como el de hoy... Es el movimiento, en realidad. Estoy bien cuando el mar está en calma.

Esos ojos azules se acercaron mucho de repente y por un momento Liv tuvo la extraña sensación de estar en el claro de un bosque, con una suave brisa que se movía alrededor y los pájaros cantando en lo alto. Hasta olía el aroma de las flores.

La sensación se pasó cuando unos labios suaves tocaron los suyos.

—Pues entonces creo que tenemos que encontrar un modo de distraerte, ¿verdad? —La voz grave resonó muy cerca de su oído y notó un agradable cosquilleo que le recorría la piel.

Cerrando los ojos, se rindió a la delicada caricia que seguía apaciguándole el estómago.

—...mmmm...

Rayne se rió suavemente y colocó el cuerpo más pequeño de Liv en una postura más cómoda apoyado en su pecho. Tomando aliento, se puso a canturrear. Un sonido profundo que Liv sintió más que oyó, y de algún modo...

Inclinando la cabeza, Rayne escuchó. En sus labios se formó una sonrisa cariñosa al oír los delicados ruidos que indicaban que Liv estaba dormida.

Depositando un suave beso en la frente de la pequeña rubia, volvió su atención hacia la ventana, sintiéndose extrañamente en paz y contenta...


—Tienes que encender los faros.

—Todavía es de día.

Liv se echó a reír.

—Ya lo sé, pero es una norma. En Escandinavia hay que conducir con las luces encendidas de día y de noche.

Rayne masculló algo, pero encendió los faros.

Liv se acercó.

—Gruñona.

Una lengua rosa que asomó entre dos labios rojos fue su respuesta y se echó a reír, un sonido alegre que tocó algo muy profundo en el interior del alma de la mujer más alta, despertando algo que llevaba mucho tiempo dormido...

—Vale, tenemos que tomar la autopista 9 y luego cambiar a la E22 en Kristianstad y luego dirigirnos hacia Karlskrona. Mis padres viven en un pueblo al norte de ahí.

Pasaron en agradable silencio ante campos amplios y despejados, por carreteras desde las que se veía el mar, a través de pueblecitos.

Los claros ojos azules miraban a su alrededor con interés.

—Es bonito.

Liv suspiró.

—Sí... a mí me encanta. Sobre todo en invierno. Aquí abajo no nieva mucho, pero cuando nieva es como en esos cuentos de hadas que nos contaba mi madre cuando éramos pequeñas.

El tono de la pequeña rubia era apagado y Rayne volvió la cabeza para mirarla un momento.

—Echas de menos a tu hermana, ¿eh?

Los ojos verdes se volvieron hacia ella y Liv sonrió. Apartándose el flequillo rubio, asintió.

—Sí, la echo de menos. Es decir, yo sólo tenía diez años y Birte tenía seis, pero... —Un leve suspiro—. A veces me pregunto cómo sería tenerla conmigo. Ya sabes... —Se calló y apartó la mirada.

Y notó una caricia cálida y delicada en el muslo. Sonrió y cogió los dedos que tenía sobre la pierna.

—...gracias...

—De nada.

—¿Te importa si paramos un momento?

La cabeza morena que tenía al lado hizo un gesto negativo, y a los pocos minutos Rayne encontró una zona de aparcamiento donde podían parar. Un pequeño banco daba al mar y la zona estaba rodeada de altos abetos que se agitaban ligeramente con la brisa que revolvía los cabellos rubios y morenos.

Liv respiró hondo y cerró los ojos, disfrutando simplemente del momento de quietud y de la alta figura que le tocaba la espalda, así como del par de brazos que le rodeaba la cintura.

Rayne sonrió por dentro. ¿Cómo podía estar tan cómoda con alguien? ¿Sentirse tan segura?

Notó que la pequeña figura que tenía entre los brazos se daba la vuelta y se pegaba más a ella. La cabeza rubia de Liv se hundió en su pecho. Su respiración le calentó la piel.

El ruido de las gaviotas llegaba flotando hasta ellas de alguna parte, así como el estruendo lejano de las olas al chocarse con las rocas.

Atardecía y la temperatura empezaba a bajar. Ya se notaba una ligera helada, pero no conseguía penetrar el calor en el que estaban envueltas esas dos figuras, de pie en un aparcamiento vacío.


—¿Han llegado ya?

Henrik Forsberg suspiró y se volvió hacia su mujer. Poniendo los ojos en blanco, dijo:

—Cariño, el ferry llega a las tres y van a tardar unas tres horas en llegar aquí. —Mirando el reloj de la pared, se volvió de nuevo a la ventana—. Todavía les quedan veinte minutos.

Mette se puso en jarras.

—¿Y?

Sin apartar la vista del camino de entrada, él añadió:

—Que no seas tan impaciente.

Su mujer se echó a reír y le clavó un dedo en el costado.

—Ya.

Él sonrió también y la miró con más atención. Era casi dos cabezas más baja que él y llevaba el espeso pelo rubio, casi blanco, en una melena ondulada que le pasaba de los hombros. Tenía profundos ojos azules, mientras que él los tenía verdes, y cada vez que la miraba...

—Dios, ¿tú sabes cuánto se parece Liv a ti?

Mette lo miró confusa.

—¿Y eso?

Él se encogió de hombros y se pasó una mano por el corto pelo castaño.

—No sé... me acaba de entrar en la cabeza.

Su mujer se acercó más y entrecerró los ojos pensativa. Alargando la mano, le golpeó la frente con los nudillos.

—¿Así?

—¡Oye!.. —La miró ceñudo, pero no pudo evitar reírse con ella al cabo de un momento. Robándole un beso cariñoso, se volvió de nuevo hacia la ventana—. ¿Te dijo Liv por qué han roto Torben y ella?... —Ladeando la cabeza, se le ocurrió otra cosa—. ¿Y quién es esta amiga que se trae?

Mette se sentó en una de las butacas que había en la sala. Buena pregunta. Había habido algo en la voz de Liv al mencionar a esa amiga... Mmm.

Al oír el ruido de ruedas en el camino de entrada, los dos se levantaron de un salto y corrieron a la puerta.

—Me parece que lo vamos a averiguar ahora mismo.


Habían pasado por Lyckeby, por Karlskrona y ahora se dirigían a Lyckeåborg, un pueblecito situado no muy lejos de las dos ciudades. Los padres de Liv trabajaban en Karlskrona —una ciudad situada en una bahía que llegaba al Mar Báltico— pero habían comprado una vieja casa solariega en el pueblecito hacía unos años.

Su padre dedicaba los fines de semana a restaurarla, y a los dos les encantaba la quietud y la paz del campo. Su madre hasta se estaba planteando conseguir gallinas y vacas.

Liv sonrió al contárselo a Rayne.

La carretera por la que conducían estaba bordeada de árboles inmensos, detrás de los cuales había una interminable extensión de campos verdes que llegaban hasta el horizonte.

El sol había iniciado su lento descenso y el cielo empezaba a oscurecerse por los bordes. Largas sombras cruzaban la carretera, cortándola en trozos de luz y oscuridad.

Liv se había quedado muy callada. Con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, miraba fijamente por la ventanilla, con los brazos cruzados como si tuviera frío.

Los ojos claros la miraron en silencio y Rayne no pudo contener del todo una sensación de aprensión.

—¿Estás bien?

Un leve suspiro. Un sutil movimiento. Una manita que apartó los cortos mechones rubios.

—Sí.

Silencio.

El suave rugido del motor.

Dos respiraciones.

—No. Estoy... —Un suspiro lento—. Estoy asustada. Un poco...

Rayne no contestó inmediatamente sino que volvió a concentrarse en la carretera. Estaba casi desierta, y pasaron ante otra manada de vacas cuyos grandes ojos marrones las miraron con apenas un leve indicio de interés. Los cuerpos inmensos se movían despacio, con calma.

Pero antes de que pudiera contestar, Liv se inclinó hacia ella, sin llegar a tocarla, pero notó que esos ojos verdes la miraban.

—¿Cómo reaccionaron tus padres?

La cabeza morena se volvió un instante. Un ancho hombro se encogió.

—A mi madre no le pareció mal. Es decir, al principio no supo muy bien qué pensar, pero luego... —Una leve sonrisa—. Sintió curiosidad, más que nada. Ya sabes... sobre las "cosas". —Entonces Rayne se echó a reír, una carcajada profunda y sonora que inundó el pequeño coche por un momento—. Teníamos unas conversaciones tronchantes.

Liv sonrió y se movió de nuevo, esta vez apoyando el hombro en el de Rayne. Notó una mano cálida que le acariciaba el muslo un momento.

—¿Y tu padre?

La sonrisa desapareció y en su cara se formó una expresión pensativa.

—No lo entendía. Cuando se lo dije... se pasó dos meses sin hablarme, evitándome, y cuando yo intentaba hablar de ello con él, se enfadaba. —Una manita le cubrió la suya y sonrió—. No me malinterpretes. No me gritaba ni me insultaba... me miraba y yo lo veía en sus ojos. No sé... decepción, rabia... asco... Para entonces, yo ya estaba lista para marcharme a Alemania y en cierto modo me alegraba de irme. Mi madre me dijo que tenía que tener paciencia, que ya se le pasaría, pero... yo no me lo creía.

Delante de ellas se había parado otro coche y Rayne tuvo que frenar, lo cual le dio un momento para mirar a los cálidos ojos verdes. Sin pensarlo, se echó hacia delante y besó los suaves labios. Vio cómo los ojos verdes se cerraban.

—Fue durante la última noche que pasé en casa de mis padres —continuó al cabo de un momento—. Mi padre había pasado el día entero en el mar y con sus amigos. Para cuando decidí irme a la cama, todavía no había vuelto. Ya había aceptado que me iba a marchar sin despedirme de mi padre. Cuando me desperté... ya casi amanecía... estaba sentado en mi cama. Mirándome. No sé cuánto tiempo llevaba sentado allí. Pasó un largo rato sin que ninguno de los dos dijera una palabra, pero por fin él suspiró... y alargó la mano y me acarició el pelo, revolviéndomelo un momento. Eso era algo que hacía desde que yo era niña. "¿Eres feliz?" me preguntó y yo asentí. Bajó la cabeza y respiró hondo. Cuando volvió a levantar la mirada, sonrió. "Pues eso es lo único que importa". Y con eso, me dio beso en la cabeza y salió de mi habitación. Las cosas nunca volvieron a ser lo mismo entre los dos, pero... —Se encogió de hombros un instante. Se le había puesto la voz algo ronca y Rayne carraspeó.

Liv tragó y se enjugó unas lágrimas de la mejilla.

—Te quiero.

Los ojos azules se volvieron de nuevo hacia ella. Y se ahogó en una oleada de calor.

—Yo también te quiero.

Se sonrieron un momento la una a la otra. Luego, señalando hacia delante, Liv dijo:

—En el siguiente cruce a la derecha, es la casa que está al final de la calle.

Rayne asintió y comprobó que no venía tráfico hacia ellas.

—Por cierto... ¿tus padres hablan inglés?

Liv se rió y asintió.

—Sí... y alemán también... por si acaso.

Rayne suspiró con alivio exagerado, lo cual le valió un ligero pellizco en el costado.

—Ay.

Giró el volante y entró en un camino que llevaba a una casa de típico estilo escandinavo, con la madera pintada de un relajante tono pardo, rodeada de enormes abetos. Para entonces ya se estaba poniendo el sol, que lo pintaba todo de un profundo tono naranja con levísimos matices de rosa.

Cuando aún no había apagado el motor, vio a dos figuras que salían de la casa saludándolas.

Liv respiró hondo y le apretó la mano. Y con una última mirada, salieron del coche.


La madera suspiraba melancólicamente, acariciada por una fría brisa nocturna. La casa estaba a oscuras salvo por una suave y delicada luz que iluminaba la sala de estar. Una alfombra de puntos luminosos titilaba sobre el telón de terciopelo que cubría el cielo.

En alguna parte maulló un gato y el sonido se oyó por todo el pueblo, produciendo extraños ecos y despertando a los perros, que se pusieron a aullar, creando una extraña armonía con sus ásperas voces.

Una cabeza morena se volvió cuando otra rama rozó la parte de fuera de la pared. La madera volvió a suspirar.

Tras la cálida bienvenida de los padres de Liv, se instalaron en la sala de estar. Saludaron a Liv en sueco y hablaron un rato con ella, mientras Rayne sacaba su equipaje del coche.

Liv no tenía muchas oportunidades de hablar en sueco cuando estaba en Lübeck, y Rayne disfrutó del sonido de su voz al emitir ese idioma extrañamente arcaico. Sonaba duro y, sin embargo, tenía una tonalidad suave y delicada.

La pequeña rubia tendía a susurrar en sueco cuando hacían el amor. Y después, acariciándole la cara, a veces le susurraba en su idioma materno. No siempre sabía lo que le decía, pero los sentimientos que había tras las palabras eran más que evidentes...

Oírla hablar en su idioma materno le daba un aire casi sensual.

Rayne carraspeó un poco y volvió a centrarse en las tres personas con las que estaba sentada en la sala de estar. La habitación estaba decorada con muebles de madera clara. Haya o pino probablemente.

Unas alfombras de colores tejidas a mano, típicas de Suecia y Noruega, cubrían el suelo de madera pulida.

Como era la costumbre en Escandinavia, en las ventanas no había cortinas ni visillos. La alta figura se reclinó un poco y consiguió ver las estrellas que titilaban en lo alto.

En ese momento, Liv y sus padres hablaban de un primo o algún otro pariente que se había metido en algún tipo de lío.

Rayne sonrió. En ningún momento le habían hecho sentirse como una intrusa. Mette, la madre de Liv, no paraba de hacerle preguntas sobre su trabajo, de dónde era originalmente, sobre su familia... su opinión sobre el tema del que estuvieran hablando.

Pero había una expresión extraña en sus ojos cada vez que la miraba...

Al mirar a la mujer de más edad, no le cupo duda de que Liv había sacado su belleza de ella. Aunque tenía profundos ojos azules, mientras que Liv los tenía verdes, y sus facciones tenían un aspecto mucho más maduro, estaba claro que Liv era hija de su madre. La misma sonrisa. Y los mismos ojos dulces y cálidos.

Rayne estaba sentada al lado de la pequeña rubia y vio que Liv bostezaba por segunda vez en otros tantos minutos. Apenas consiguió evitar rodear con el brazo el cuerpo más menudo para que Liv pudiera apoyar la cabeza en su hombro.

Pero era evidente que su madre también lo había notado, porque dejó su taza de té y se echó un poco hacia delante.

—Cariño... qué cansada debes de estar. —Un vistazo al reloj que colgaba de la pared enfrente de ella—. Dios, si casi es medianoche.

Se levantó, seguida de su marido, que se estiró y les sonrió.

—Hemos preparado la habitación de invitados para tu amiga... y esperemos que te acuerdes de dónde está tu habitación, ¿eh? —Su tono era de guasa, pero frunció un poco el ceño al no obtener la respuesta que esperaba.

Los ojos verdes se encontraron con los azules claros.

Henrik observó el silencioso intercambio y sacó la conclusión equivocada.

—Señorita Wilson... no estaría usted pensando en marcharse, ¿verdad? Para eso tenemos la habitación de invitados. Puede quedarse sin el menor problema. —Les sonrió como para tranquilizarla.

Rayne estaba a punto de decir algo cuando intervino la voz de Mette.

Había observado a su hija y su amiga desde que habían llegado. Y casi desde la primera mirada que dirigió a la cara de su hija, había sospechado algo.

Era por la forma en que siempre se las arreglaban para estar cerca la una de la otra. Aunque no se tocaran. Simplemente una necesidad inconsciente de estar cerca. Era por la forma en que esos llamativos ojos azules de Rayne se suavizaban en el momento en que se posaban en Liv. Hasta la voz le cambiaba y el zumbido grave adquiría un tono cariñoso y cálido. Era por esos pequeños gestos que apenas parecía capaz de controlar... Liv también lo hacía, aunque tocaba a Rayne de vez en cuando con una familiaridad que sólo...

Dando un paso al frente, miró a su hija. Ladeando la cabeza, preguntó:

Hon är din älkare. —Sólo que no era una pregunta.

Liv soltó un suspiro lento.

Henrik tardó un momento en asimilar las palabras y entonces abrió mucho los ojos verdes.

Vad?!

Rayne los observó atentamente y se acercó más, protegiendo a Liv con su alta figura. Y como si ésta fuera la seguridad que necesitaba, Liv se irguió.

Ja.

—Espera, espera, espera... ¡¿me estás diciendo que sois amantes?! —Henrik parecía algo conmocionado y tenía la voz extrañamente áspera.

Pappa...

—¡No! —Esta vez la voz sonaba fría y retrocedió un paso—. ¡Quiero una respuesta!

Como no estaba dispuesta a quedarse a un lado y dejar que Liv cargara con toda la rabia, Rayne colocó las manos sobre los hombros ligeramente temblorosos que tenía delante y notó que Liv se apoyaba en su propio cuerpo. Sólo podía suponer lo que se había dicho, pero...

Clavando en Henrik su mirada más fría, dijo:

—Si lo que ha preguntado es si su hija y yo nos amamos, la respuesta es que sí.

Lo dijo en un tono bajo y tranquilo, pero él lo percibió en sus ojos. Esos ojos claros que le decían que se apartara.

Se erizó ante el desafío y volvió a dar un paso al frente.

—¡Fuera de mi casa!

—¡Henrik! —Fue la voz de Mette la que le gritó, parando cualquier otra cosa que pudiera haber dicho... y lamentado por la mañana. Poniéndole una mano en el brazo, intentó tranquilizarlo. Vio la expresión de Liv y supo que su hija estaba a punto de echarse a llorar.

También vio el evidente apoyo que buscaba con el íntimo contacto con Rayne.

—No nos pasemos, Henrik. Es tarde. Todos estamos cansados. Vamos a hablar de esto por la mañana... con calma. —El último comentario era para su marido. Pero éste la miró furibundo, se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.

Liv tragó. Tomó aliento temblorosamente y se volvió, buscando casi con desesperación el cálido abrazo que la rodeó de inmediato.

Mette observó la interacción con una sonrisa tensa y soltó aliento despacio.

—Lo siento, cariño. No sé qué mosca le ha picado.

—...da igual... —Un murmullo apagado, puesto que Liv ni se había apartado de los brazos de Rayne.

—No, no... no da igual, pero... hablamos mañana, ¿de acuerdo?

La cabeza rubia asintió.

—Vale... ¿qué tal si os retiráis? ¿Sabes cómo llegar a tu habitación? —Era un pobre intento de bromear, pero consiguió hacer sonreír un poco a Liv y a Rayne.

Mette se apoyó en el marco de la puerta de la sala de estar, observando mientras Rayne cogía su equipaje y seguía a Liv escaleras arriba. Y tomando aliento de nuevo, entró en la cocina.


Rayne dejó el equipaje en el suelo y se volvió hacia Liv.

La pequeña rubia estaba en medio de la habitación, con una expresión perdida en la cara. Volvió a tomar aliento temblorosamente y se mordió el labio inferior, esforzándose desesperadamente por contener las lágrimas que amenazaban con derramarse en cualquier momento.

Sabía que Rayne la estaba mirando.

Dios... después de todo lo que le habían contado Rayne y Lorenz, lo cierto era que no se había esperado que reaccionaran con gran alegría, pero con todo, la reacción de su padre le dolía. La expresión de sus ojos le dolía...

Notó una mano delicada en la barbilla y alzó la cabeza. Al mirar a los comprensivos ojos azules, todas sus intenciones se vinieron abajo y se echó a llorar con fuerza.

Acogida en un refugio de calor y seguridad, siguió llorando.

No notó que Rayne se había trasladado con ella a la cama y se había sentado, colocándola en una postura más cómoda. Pero sí que oyó el canturreo de la voz grave.

—...no sé... no sé qué haría sin... sin ti...

Una mano cálida le frotó la espalda y notó la caricia delicada en la sien donde Rayne la besó.

Por fin se calmó. Respirando hondo, se frotó la cara con la mano e intentó sonreír sin fuerzas.

Y obtuvo un dulce beso.

—Todo va a ir bien... sólo tiene que asimilarlo. Seguro que mañana se disculpa.

—¿Y si...?

Otro beso acalló cualquier protesta.

—Todo va a ir bien.

Miró a aquellos ojos azules... y lo creyó. Sólo el hecho de tener a Rayne aquí significaba que todo iba a ir bien. Alzó la mano y tocó esos rasgos marcados, acariciándolos con delicadeza, perdiéndose en las profundidades azules.

—Te amo.

Jag älskar dig.

Se sonrieron hasta que Rayne se echó un poco hacia delante y apoyó la frente en la de Liv.

—¿Estás bien?

La cabeza rubia asintió y Liv se apartó, dejando que Rayne se levantara. Observó mientras la figura alta se movía por la habitación y volvía con sus pijamas.

Rayne se quitó la camiseta por encima de la cabeza y de inmediato sintió que Liv se pegaba a su espalda, acariciándole suavemente la piel de una forma que la alteraba mucho.

Notó un largo suspiro que le calentaba el hombro al tiempo que unos dedos tiernos acariciaban la pequeña imagen que encontraron en él.

—¿Cuándo te hiciste esto? —Un leve susurro.

Sabía que Liv intentaba hacerse la fuerte, no dejar que la reacción de su padre la afectara demasiado, pero también comprendía lo difícil que era.

Ver a alguien a quien quieres reaccionar de esa manera ante ti siempre dolía. Y dolería siempre.

Cerrando los ojos, respiró hondo, sin dejar de disfrutar de las delicadas caricias que le recorrían la espalda y de los sentimientos que creaban.

—Mmm... hace unos años. Una de esas locuras que hacía cuando era más joven —Puso a propósito tono de autocompasión y obtuvo la reacción que esperaba. El resoplido de una carcajada contenida subió flotando hasta ella.

Luego unos labios suaves acariciaron el pájaro.

—¿Por qué un colibrí?

Se dio la vuelta. Cogiendo la delicada cara con una mano, se encogió de hombros.

—La verdad es que no lo sé. Vi el dibujo y... simplemente... —Su pulgar acarició la piel suave y sedosa—. Me pareció bien. Por algún motivo...

—Encajaba.

Sonrió y se sentó en la cama.

—Encajaba.

Liv se colocó entre sus piernas, notó las manos de Rayne apoyadas en sus caderas y se estremeció al sentir los labios suaves rozándole la tripa.

Pasó los dedos por la melena oscura y luego frunció pensativa las cejas claras.

—¿Pero cuántos años tienes?

La risa grave le hizo cosquillas en la piel y se echó a reír, risa que se transformó rápidamente en un suave gemido cuando Rayne le levantó la camisa y una lengua cálida le acarició el ombligo.

—Treinta y dos este año.

—Eres mayor que yo. —Un suave susurro con la respiración entrecortada.

Miró a los divertidos ojos claros cuando las cejas oscuras se alzaron interrogantes. Liv le guiñó un ojo y se agachó para robarle un beso.

—Mi mujer mayor.

Eso hizo reír de verdad a Rayne, que hizo cosquillas a la pequeña figura que tenía en sus brazos, haciendo que Liv se debatiera en un débil intento de escapar.

—¡No bromees con eso! Voy a tener canas mucho antes que tú.

Lo dijo en broma, pero se quedó paralizada al darse cuenta de cómo sonaba. De lo que suponía...

No es que no fuera cierto. Porque ya sabía que quería que su relación fuera seria. Que durara.

Para siempre...

Los inseguros ojos azules miraron a Liv parpadeando. Pero eso no quería decir que Liv quisiera lo mismo.

La pequeña rubia tragó. Ésta era en realidad la primera vez que Rayne decía algo que indicara lo que quería de su relación. Y por un momento Liv no supo si reír o llorar. Sus emociones seguían revueltas tras la escena con su padre.

Vio que los ojos azules la miraban con una expresión atormentada. Notó la rigidez de la alta figura. Está asustada. Cayó en ello de repente.

Tomando aliento con fuerza, apoyó la frente en la de Rayne, con los ojos muy cerca, y luego sonrió, sintiendo cómo Rayne poco a poco, muy despacio, se iba relajando.

Echó a un lado la melena oscura, un movimiento que se convirtió en una suave caricia cuando sus dedos bajaron por la mejilla de Rayne. Cerrando los ojos, volvió a besar esos labios suaves. Sintió los fuertes brazos que la estrechaban mientras las dos se perdían en su propio mundo durante una breve eternidad.

Sin romper el contacto de sus labios, susurró:

—Qué ganas tengo de verlo.

Y entonces su espalda dio en la blandura del colchón y no hubo nada más salvo las delicadas caricias de Rayne y el fuego que iba creciendo en su interior.

De la alta figura que tocaba la suya cuan larga era no emanaba más que calor y amor, arrebatándolas a las dos en una oleada de emociones y sensaciones que parecían tan nuevas y, sin embargo, tan familiares que se dejó ir sin planteárselo siquiera. Confiando plenamente...

Sabiendo que Rayne la cogería en sus brazos.

A salvo.



19


El viento venía del mar y traía consigo un levísimo olor a sal y arena mientras pasaba por entre las casas dormidas y los árboles que se despertaban despacio, haciendo cosquillas a las hojas recién nacidas, cuyo roce sonaba como risa alegre.

El sol todavía no había salido, pero la oscuridad de la noche ya se empezaba a retirar como una manta que se apartara para revelar pálidas capas de gris en el cielo.

Los pájaros parpadeaban adormilados ante el nuevo día que amanecía. El calor de sus nidos soltaba vapor en el frío matinal.

El rocío estaba atrapado en las delgadas briznas de hierba, acariciándolas con delicadeza al moverse... despertándolas. En alguna parte se oía el chirrido de una bicicleta seguido de golpes suaves cuando el periódico caía sobre una entrada.

Y entonces, poco a poco, vacilando, los rayos del sol atravesaron la bruma matinal, haciendo que las gotas de rocío relucieran alegremente.

Se arrastraron por la pared de una casa, asomando curiosos por las ventanas que encontraban... riendo ante lo que veían.

Su luz se posó en una cama que estaba debajo de la ventana. Sus bandas largas entraron en la habitación. Encima de la cama una figura pequeña yacía boca abajo, con el corto pelo rubio alborotado, los delicados rasgos relajados en el sueño, los últimos vestigios de una sonrisa aún visibles.

Cubriendo en parte a la pequeña figura había otra más alta y ancha. Un halo de pelo oscuro se extendía por una almohada. Tenían las manos unidas con delicadeza en el punto donde sus dedos se encontraban fuera de las mantas.

Unos claros ojos azules se contentaban con observar las delicadas facciones que tan cerca tenían. No quería moverse, pues no deseaba despertar a Liv. Su aliento acariciaba un omóplato que se movía despacio y cambió ligeramente la postura de su cabeza, rozando la piel suave con los labios de la forma más ligera posible.

Obtuvo un leve sonido y Liv se arrimó aún más a su largo cuerpo.

Sonrió.

—...te quiero... —El susurro apenas agitó el aire y sin embargo, la sonrisa de la cara dormida se hizo más amplia.

Volviendo los ojos hacia la ventana, reflexionó sobre los últimos días que habían pasado aquí. Tal y como había supuesto, el padre de Liv les pidió disculpas a las dos al día siguiente. Y en esos ojos verdes vio lo importante que eso había sido para Liv. Los siguientes días habían sido muy divertidos. Los padres de Liv estaban decididos a contarle todas las historias embarazosas de la infancia de Liv que se les ocurrían.

Una noche estaban sentados en el porche que daba al jardín trasero y Mette le enseñó fotografías de Liv desde que era un bebé hasta su graduación en el instituto. Había sido una niña monísima y sobre todo las últimas fotos anunciaban la belleza que ahora era tan evidente para sus claros ojos azules llenos de admiración.

Aunque... eso le recordaba que tenía que distraer a su madre durante su visita el tiempo suficiente para que no se le ocurriera siquiera sacar las viejas fotos. Pero algo en esos sonrientes ojos verdes le decía que iba a ser en vano.

La madre de Liv había sido muy agradable durante esos días, pero Henrik, el padre de Liv, todavía parecía guardar las distancias con ella. Bromeaba con Liv... le tomaba el pelo. Su amor por su hija era muy evidente, pero nunca sabía de qué hablar con Rayne cuando se quedaban solos unos momentos.

Un leve suspiro y un ligero movimiento la sacaron de sus reflexiones. Los claros ojos azules se enternecieron. Sabía que Liv tardaría aún unas horas en despertarse, de modo que despacio, muy despacio, soltó sus dedos entrelazados y apartó su propio cuerpo del calor en el que había estado flotando.

Esta vez las cejas claras se fruncieron, pues Liv sintió la pérdida del contacto con Rayne incluso en sueños.

—Sshh... no pasa nada. Vuelvo dentro de un momento... —El leve susurro pareció tranquilizar a la pequeña rubia quien, no obstante, se dio la vuelta y hundió la cara en la almohada donde había dormido Rayne.

La mujer más alta alargó la mano y acarició el ceño que todavía tenía. Al cabo de un rato de mirar a Liv dormir, se puso unos pantalones de chándal y una camiseta y salió de la habitación.

La casa estaba en silencio.

Las tablas de madera que tenía debajo suspiraban suavemente mientras bajaba por las escaleras hasta la sala de estar.

Los rayos de luz cruzaban el suelo y las motas de polvo bailaban al son de su música silenciosa.

Rayne se cruzó de brazos para protegerse del ligero frío que todavía quedaba en la habitación tras la noche. Luego sus ojos se posaron en las fotografías que había en una pared.

Dudando un momento, se acercó a ellas.

En sus labios bailó una sonrisa al ver las fotos de Liv de cuando era bebé. De cuando tenía dos años. Con otro bebé. Y luego una en que las dos niñas ya tenían más edad.

Birte. Lo sabía. La hermana de Liv que había muerto a los seis años. Mientras que Liv tenía el pelo rubio, su hermana lo tenía castaño como su padre, pero tenía los mismos ojos que Liv. De un verde brillante. Las dos sonreían a la cámara. Sonrisas amplias y felices.

—La echa mucho de menos.

La voz baja casi le hizo dar un respingo. Casi... de no haber oído las suaves pisadas un momento antes.

—Lo sé. —En un tono igual de bajo.

Se volvió y miró a Henrik, que estaba en la puerta, vestido con vaqueros y una sudadera y con el pelo todavía algo revuelto.

Pareció quedarse pensando una cosa y luego suspiró. Entrando en la habitación, se detuvo a pocos pasos de ella. Eran casi de la misma estatura y la miró a los ojos.

En los últimos días se había dado cuenta sin el menor asomo de duda de que las dos se amaban. Dios, era tan evidente a veces sólo por cómo se miraban que había sentido que se estaba inmiscuyendo en algo tan profundo e íntimo...

Otro suspiro.

¡Pero se trataba de su niña! Se preocupaba por ella, pero también comprendía que la decisión no le correspondía a él. Liv tenía edad suficiente para tomar sus propias decisiones... pero eso no quería decir que a él tuvieran que gustarle.

Pero quería que su niña fuera feliz... y era evidente que Rayne la hacía feliz.

Respiró hondo y se quedó mirando a la mujer alta y silenciosa que tenía delante. Esos rasgos angulosos y luego esos ojos... Parecían llegarte hasta dentro. Con un fuego propio.

Se apartó y se sentó en una de las butacas, haciéndole un gesto a Rayne para que se sentara también.

Mordiéndose el labio —un hábito que ella había descubierto que solía indicar que estaba nervioso— tomó aliento con fuerza.

Sus ojos verdes se encontraron con su mirada.

—¿Alguna vez has oído el dicho del pájaro y el pez?

La cabeza morena se echó hacia un lado pensando un momento, pero luego Rayne asintió.

—Bueno... —Él se enderezó un poco—. Supongo que ella ha encontrado a su pez, ¿no? —La risa grave lo sorprendió, pero al menos no se lo había tomado mal.

Pero luego sus ojos se pusieron serios.

—No le hagas daño jamás a mi niña. —No había amenaza alguna en su tono. Ninguna advertencia... tan sólo el ruego tranquilo de un padre preocupado.

Rayne se echó un poco hacia delante.

—Quiero a Liv. Con todo mi corazón... ¡jamás le haría daño!

Se quedaron sentados en silencio, sin apartar la mirada, y luego Henrik sonrió y se levantó. Alargando la mano, esperó hasta que Rayne la aceptó, con evidente confusión en sus ojos claros.

—Bienvenida a la familia, Rayne.

En la puerta, Mette tragó y se enjugó las lágrimas, con una sonrisa de felicidad en la cara. Volviéndose en silencio, regresó a su dormitorio.

Ellos no se habían percatado de su presencia y seguían allí de pie, mirándose el uno al otro hasta que Henrik sonrió. Ladeando la cabeza, se echó un poco hacia delante.

—¿Te gusta pescar?

Una risa grave fue la única respuesta.

Fuera el sol atravesó las nubes, bañándolo todo de luz y calor. Los últimos restos de bruma desaparecieron en la nada... y en algún lugar un pájaro se puso a cantar.

Iba a hacer un día precioso.


ahora

Matthias giró la llave y abrió la puerta. Una bocanada de calor los recibió al entrar en su apartamento. Los dos estaban cansados de la fiesta, aunque lo habían pasado bien, Matthias doblemente porque no tenía tantas oportunidades de visitar a Liv como hacía unos años.

Corinna suspiró y se quitó el abrigo.

Gott... estoy helada.

El alto rubio que estaba a su lado sonrió y la abrazó, no sólo para calentarla, sino también para recordarse a sí mismo que ella seguía allí. Casi como para tranquilizarse...

Corinna frunció el ceño y se apartó un poco, intentando mirarlo a la cara.

—¿Estás bien?

Él asintió en silencio y la soltó.

Pero ella no se quedó satisfecha con la respuesta y él lo percibió en sus ojos. Le acarició la mejilla con delicadeza, tocándole la piel con el pulgar.

—Sólo un montón de viejos recuerdos.

—Ya lo creo... —Ya estaba sentada en su cama, pues se habían trasladado al dormitorio. Lo que le había contado durante el regreso a casa... No conseguía entenderlo del todo.

Continuando la conversación, dijo:

—Vale... así que a los padres de Liv les parecía bien su relación. Tardaron un poco, pero la aceptaron, ¿no?

—Mmm... —La voz de Matthias sonaba apagada, pues se estaba lavando los dientes en el cuarto de baño adyacente.

Las cejas oscuras se fruncieron con aire confuso.

—¿Y la madre de Rayne?

Él asomó la cabeza rubia por la puerta. Sonrió, pero con extraña tristeza.

—¡Rose adora a Liv! A los cinco minutos de conocerla, Liv se apoderó de su corazón. —Su tono se puso serio y se sentó al lado de ella—. Siempre había tenido la esperanza de que algún día Ray encontrara a la persona adecuada. Siempre había parecido tan... —frunció el ceño—, ...perdida, en cierto modo... Y al conocer a Liv... Rose supo que ésta era la persona adecuada.

Mientras hablaba, Corinna había ido al cuarto de baño y había terminado de prepararse para acostarse. Tras ponerse un sencillo camisón, se detuvo delante de él. Él le puso las manos en las caderas y apoyó la frente en su tripa.

Unas manos tiernas le acariciaron el pelo y Corinna notó un suspiro lento que le calentaba la piel a través de la tela.

Al meterse en la cama a su lado, envuelta en un cálido abrazo, seguía dándole vueltas a la historia de Rayne y Liv.

—Bueno... los padres de ambas estaban contentos por ellas. Por lo que me has dicho, era evidente que se querían más que a nada en el mundo.

—...estaban hechas la una para la otra... —dijo él en un susurro grave.

—Y por lo que he visto hoy... es evidente que todavía se quieren... ¿Pero por qué ya no están juntas? ¿Qué es lo que salió mal?

Él movió su largo cuerpo y apagó la luz.

Se quedaron tumbados en silencio largo rato. Tanto que ella pensó que no iba a contestar, pero entonces su voz flotó por la oscuridad. Un susurro bajo, triste.

—...todo...


PARTE 6


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