4


He pedido un deseo
Puedo soñar
Puedo ser lo que quiera ser
Sin miedo
De vivir la vida
Y hacer realidad mis fantasías
He aprendido muchos trucos para ayudarme a vivir mi vida
Tú me has ayudado a encontrar mi paraíso
Cuando llegaste fuiste como
< estribillo > un rayo de sol por mi ventana
eso es lo que eres, mi estrella brillante
un rayo de sol
que hace que me sienta en la cumbre del mundo
que me dice que llegaré lejos
Tratando de alcanzar nuevas cimas
Tú me has inspirado para que lo intente
He sentido la magia por dentro
Y he sentido que puedo volar
Miro el mundo con optimismo
Tú me has hecho apreciar mi vida
Porque cuando llegaste fuiste como
< estribillo >
Tú eres la calma cuando yo soy la tormenta
Tú eres la brisa que me empuja a seguir
Cuando voy a la deriva, tú me das un ancla
Estás ahí por mí
< estribillo >
—Sunshine
, escrito por Gabrielle, Jonathan Shorten


13


ahora

La oscuridad se había posado sobre la pequeña ciudad como una manta suave. Las estrellas relucían a través de las nubes lentas apenas visibles en el terciopelo negro.

Era casi medianoche y la ciudad se preparaba para dormir. Los restaurantes estaban cerrando y las barcas que ofrecían travesías por el lago de Plön ya habían atracado por esa noche. Sus cascos golpeaban los postes a los que estaban amarrados, produciendo extraños ecos en el silencio que iba cayendo.

Los ruidos de los coches flotaban por las calles iluminadas por las farolas situadas en las aceras que lo bañaban todo de un cálido tono amarillo.

Algunos paseantes nocturnos, envueltos en gruesos abrigos, seguían caminando por la ciudad rumbo a los pequeños bares que seguirían abiertos. La gente que pasaba las vacaciones en la pequeña ciudad situada cerca del lago y a tan sólo una hora de distancia del Mar Báltico se recreaba en las luces que bailaban sobre el agua. Suaves susurros flotaban por el aire, transportados en la leve brisa que se había levantado y que acariciaba la nieve, creando remolinos en la noche fría.

El ruido de puertas de coches al cerrarse. Risas. Voces alegres. Motores de coches.

Unos claros ojos verdes sonreían a la docena de personas que se preparaban para volver a casa, riendo... bromeando... Había sido una noche estupenda. Se había divertido mucho. Y sin embargo...

Saludó con la mano a Evelyn y a su amiga, que avanzaban marcha atrás por el camino de entrada para regresar a Lübeck, con la ayuda de las bromas de los demás invitados. Lorenz se había tenido que ir antes porque su turno empezaba a las once.

Liv sonrió.

Pasó casi media hora hasta que casi todos los coches se fueron del pequeño jardín delantero de la casa. El único coche que quedaba era el de Matthias, que estaba ayudando a Corinna a entrar en él.

Unos ojos marrones claros le sonreían y él le robó un beso, meneando las cejas descaradamente. Luego se irguió y miró a la pequeña figura que estaba de pie en los escalones de la casita, envuelta en una sudadera enorme que él sabía que era de otra persona.

Vio el vaho que se formó cuando Liv suspiró.

—Espera un minuto —le dijo a Corinna, y volvió con su amiga.

Los claros ojos verdes lo miraron con apacible cariño.

—¿Te olvidas algo, Matti?

Él negó con la cabeza y carraspeó. Sabía que la pequeña rubia había tenido la esperanza de que Ray apareciera esta noche. En realidad, él mismo lo había esperado, pero...

—¿Vas a estar bien?

Una dulce sonrisa y Liv le apretó el brazo.

—Estoy bien, Matti. De verdad. La fiesta ha sido estupenda... Sólo estoy... cansada, eso es todo.

Vio en sus ojos que no la creía. Junto con... Rayne... era el único que conseguía entenderla con tanta claridad.

La cabeza rubia se ladeó con una mirada cálida y comprensiva en los ojos azules. Ella sabía que, en cierto modo, él la comprendía de verdad. Respiró hondo, pero no dijo nada.

Saboreó la humedad de la nieve en la garganta.

Entonces Matthias suspiró y volvió a abrazarla. Quiería decir muchas cosas, pero sabía que esto era algo entre Ray y Liv. Y tenían que solucionarlo. Pero le hacía daño ver el mismo dolor y sufrimiento en los ojos de ambas...

—Cuídate, ¿me oyes?

Liv se echó a reír y asintió.

—Lo haré. Conduce con cuidado, ¿vale? Seguro que la carretera es un horror.

—Sí... —Matthias volvió la cabeza hacia la calle—. Vamos a tardar una vida en llegar a Lübeck. Bueno, no es que tuviéramos planes ni nada por el estilo... —Hizo una mueca burlona y esta vez la pequeña rubia le dirigió una sonrisa auténtica y alegre.

Eso le recordó lo poco frecuente que era ya. Cómo la personalidad alegre y abierta de Liv llevaba casi dos años oculta bajo una sombra...

Se puso serio.

—Eso está mejor.

Esos ojos verdes lo miraron confusos, pero luego se llenaron de comprensión y Liv bajó la cabeza un momento, colocándose un mechón rubio detrás de la oreja.

—Vale... nos largamos. ¡Que seas buena!

Una sonrisa afectuosa y un gesto de asentimiento fueron la respuesta y se dio la vuelta y se dirigió al coche. Y a los pocos minutos se hizo el silencio de nuevo.

Un escalofrío estremeció a la pequeña figura que estaba de pie en el frío, y Liv respiró hondo, disfrutando del frío que le acariciaba la cara y le quemaba la piel.

Retrocedió un paso y cerró la puerta tras ella. El calor de la casa le resultó raro por un momento. Echando un vistazo al caos del salón y la cocina, se encogió de hombros y subió las escaleras.

La casa no era grande. Abajo, una cocina y un salón, además de un baño y un despacho pequeños; arriba, dos dormitorios y un baño más grande. No era mucho, pero había sido... de ellas.

Liv se detuvo en lo alto de las escaleras. Cerrando los ojos, se apoyó en la pared, recordando el orgullo de aquellos claros ojos azules...

Ray había tardado casi cuatro meses en dejar el sótano como lo quería.

La pequeña rubia tomó aire temblorosamente y luego los ojos verdes se posaron en la puerta del final del pasillo. En contra de su voluntad, dio unos pasos hacia la pequeña habitación y abrió la puerta.

Al encender la luz, notó que le empezaban a temblar las manos. Hacía casi tres meses que no entraba en esta habitación... La recibieron unos vivos colores. La habitación era alegre y llena de vida.

—Oh, Dios... —Fue un susurro desesperado al tiempo que le fallaban las piernas y se desplomaba en el suelo, hecha un ovillo sollozante. La pequeña figura se estremecía por las lágrimas... todo su cuerpo estaba contraído por la fuerza del llanto—. Oh, Dios... por favor, Rayne, te necesito...

Fuera se empezaban a acumular las nubes, formando un muro sólido de gris pálido, y a los pocos minutos caían delicados copos flotando a través de la noche.

Posándose en cualquier superficie, cubriéndola de una capa de inocencia... pero incapaces de enterrar los recuerdos. O el dolor...


No había mucho tráfico en la pequeña carretera que llevaba a Plön. La máquina quitanieves había pasado por esta carretera hacía unas cuantas horas, pero todavía se podía circular por ella.

Por el momento no había nada salvo silencio. El bosque que bordeaba la carretera estaba inmóvil y apacible. Se podría pensar que la nieve se había tragado todo el ruido y sólo había dejado silencio.

El viento frío que soplaba y acariciaba las ramas de los árboles desnudos era gélido y estaba congelando la nieve que cubría los árboles y el suelo y que relucía alegremente cuando le daba alguna luz.

De repente, la quietud quedó interrumpida por el ruido de un coche al detenerse. Luego la puerta del coche se cerró, con un sonoro eco a través de la noche, seguido del crujido de unas pisadas que avanzaban por la nieve helada.

Un vaho caliente flotaba en la oscuridad. Un suspiro.

Y unos ojos claros que miraban a través del claro que había delante, hacia la insinuación de luz en el horizonte que era Plön.

Rayne se abrazó a sí misma. El frío penetraba fácilmente la gruesa camisa que llevaba. Se había dejado el abrigo en el coche. Pero le daba igual.

De todas formas, no temblaba de frío.

Estaba asustada.

Muerta de miedo.

¿Cuántas veces había estado en esta carretera en los dos últimos años? Y siempre se había detenido al llegar a este punto. Se había quedado aquí durante horas mirando hacia Plön a través del claro del bosque.

Y todas las veces había dado la vuelta y había regresado a Lübeck.

Incapaz de dar el último paso. O el primero, en realidad...

No sabía si sería capaz de mirar esos ojos verdes y no ver... Un suspiro tembloroso. No ver el calor y el amor que siempre había visto en ellos. La expresión delicadamente divertida y la risa suave. Esa voz dulce que le llegaba al alma.

De algún modo había sido más fácil mantenerse lejos.

Pero también le había hecho mucho más daño.

Detrás de ella pasaba otro coche. El silencio aumentaba el ruido.

La alta figura se estremeció y Rayne aspiró hondo el aire frío, notando cómo le quemaba la garganta.

Recordar la primera vez que durmieron juntas en la misma cama tampoco la había ayudado esta noche. Dios... había sido casi mágico. La sensación del cuerpo pequeño y cálido entre sus brazos. Para ella había sido tan natural como respirar.

Y despertarse aquella mañana...

A su pesar, Rayne notó que se le formaba una leve sonrisa en los labios.

Echó la cabeza hacia atrás. El viento bailó a través de su melena negra, echándole mechones sueltos por la cara. Los ojos claros contemplaban los puntos de luz que centelleaban en lo alto.

Despertarse aquella mañana había sido igual de mágico...



14


entonces

El pequeño gorrión sacudió el cuerpecillo. Desplegando las alas, alzó el vuelo y flotó en la fuerte brisa por encima de la ciudad. Sus ojillos oscuros observaban las siluetas de los edificios de debajo.

Las torres de las iglesias se alzaban por encima de la ciudad. Sus tejados relucían bajo la luz que las acariciaba, junto al antiguo Rathaus y el mercado que ahora seguía vacío y en silencio, pero que dentro de unas horas estaría ajetreado y lleno de gente.

En estas primeras horas de la mañana no se oían ruidos fuertes y sólo algún que otro coche. Ladridos de perros. De algún lugar lejano el suave sonido de una música.

El pajarillo se posó en el alféizar de una ventana y volvió el pecho hacia el sol, capturando los primeros rayos de luz que besaban los tejados de la ciudad dándole los buenos días.

Volvió la cabeza y sus ojos oscuros atisbaron por las ventanas junto a las que estaba posado.

Los rayos de luz avanzaban por la alfombra... acercándose despacio al fondo de la estancia, tocando un montón de ropa de cama y unos cuerpos cálidos, haciendo cosquillas en los dedos de unos pies destapados.

Una bola de sábanas y cuerpo se movió ligeramente, con delicadeza.

Unos ojos claros miraron hacia la ventana, parpadeando adormilados. Una ligera sonrisa se dibujó en los labios rojos al ver al pajarito que se estaba inflando. Una bola suave de plumas y ojillos oscuros.

Rayne soltó el aliento despacio. Sin dejar de sonreír, volvió la cabeza hacia el pequeño cuerpo totalmente pegado al suyo más alto.

Liv apenas se había movido en toda la noche. Un brazo seguía rodeándole la cintura con gesto posesivo y la cabeza rubia descansaba cómodamente sobre su hombro.

Unos cuantos mechones rubios le caían sobre la cara, acariciando los delicados rasgos.

Una mano larga se acercó y Rayne los volvió a colocar en su sitio, maravillándose por la suavidad del pelo.

Un suave suspiro.

Dios. Era increíble lo bien que se sentía al tener a Liv en sus brazos. Rayne respiró hondo y aspiró el aroma del cuerpo caliente por el sueño. Sintió un cosquilleo cálido que le subía por todo el cuerpo.

Colocó los brazos en una postura más cómoda alrededor del pequeño cuerpo, depositando un beso en la cabeza rubia.

Cerrando los ojos, se dejó flotar en la sensación que se estaba apoderando de ella.

—...te amo... —No fue más que un susurro. Un suspiro ahogado por el roce de las sábanas.

Rayne no sabía cuánto tiempo llevaba allí echada, en un punto entre el sueño y la vigilia, disfrutando simplemente de la quietud de la mañana y la sensación del cuerpo de Liv en sus brazos.

Por la ventana los suaves tañidos de las campanas de las iglesias se colaban en la habitación. Empezó una y luego las demás iglesias de la ciudad se unieron a los pocos segundos. Un coro de campanas profundas y reverberantes.

El pálido azul del cielo se transformó poco a poco en un azul claro por el que se movían nubes esponjosas.

Fue la clara sensación de estar a salvo lo que acabó despertándola. Y el sueño de encontrarse en un abrazo fuerte y delicado se hizo realidad al notar el movimiento de los brazos de Rayne a su alrededor.

Liv estuvo un buen rato sin moverse. Todavía no quería romper el hechizo en el que se había despertado. El olor de Rayne la rodeaba y lo aspiró profundamente. En sus labios se formó una sonrisa.

Un corazón fuerte y firme latía bajo su oreja y volvió la cara ligerísimamente para hundirla en el cuerpo suave y cálido al que estaba pegada. Soltó un lento suspiro.

—...Dios, me encanta despertarme así...

Fue sólo un leve susurro, pero oyó que el corazón que tenía tan cerca se paraba un instante y volvía a latir al doble de velocidad, y se dio cuenta de que Rayne ya estaba despierta.

Por un momento ninguna de las dos se movió, pero por fin ella levantó la cabeza.

Y se quedó mirando unos atónitos ojos azules claros. Unos ojos que relucían con tantas emociones que por un momento se quedó sin respiración.

—...hola...

Las bellas facciones sonrieron dulcemente.

—...hola tú...

Durante una pequeña eternidad no hubo nada salvo ellas dos. Y el mundo era sólo el espacio que compartían sus cuerpos...

Rayne alzó la mano y acarició los mechones rubios, tragando al ver que esos ojos verdes se cerraban y al notar que Liv se pegaba más a la caricia.

—Eres preciosa.

Los ojos verdes se abrieron parpadeando y la miraron sorprendidos. Y entonces un ligero rubor se extendió por esas bellas facciones.

—Gracias. —Un leve susurro y Liv bajó la mirada.

Pero la mano delicada que le acariciaba la cara volvió a subirle la cabeza para que mirara a unos ojos repentinamente serios.

—Lo eres.

Sonrió y sintió que el cuerpo que tenía debajo se relajaba. Y también se dio cuenta de lo pegadas que estaban. De la respiración acompasada de Rayne. De la forma en que esos ojos claros se oscurecían de repente...

Se encontraron a medio camino. Sus labios se tocaron con una suave caricia que poco a poco... muy despacio, se hizo más profunda.

Rayne sintió que todo su cuerpo cobraba vida al notar que Liv se pegaba aún más a ella, y sus manos emprendieron una exploración por su cuenta, moviéndose por debajo de la camiseta que llevaba Liv, acariciando su piel cálida y suave.

Moviendo los dedos por la espalda de Liv, Rayne empezó a moverse. Sin interrumpir el beso, rodó delicadamente hasta colocar a Liv boca arriba.

Sus manos se movieron y terminó el beso despacio. Las dos respiraban con dificultad, y apoyó la frente en la de Liv, sin poderse creer del todo que esto fuera real.

Quedó convencida de lo contrario al notar unas manos cálidas que se deslizaban por debajo de su propia camiseta y subían despacio por sus costados, quemándole la piel.

Soltó un profundo suspiro y volvió a besar los suaves labios, sintiendo su leve temblor. Dio un respingo cuando esos dedos le tocaron un punto muy sensible.

—Mmmm. —Unos ojos verdes amablemente burlones la miraban parpadeando.

Enarcó una ceja oscura y desafió a la pequeña rubia a que repitiera el gesto. No pudo reprimir un ligero chillido cuando Liv hizo exactamente eso.

Se movió y capturó esos dedos traicioneros. Entrelazándolos con los suyos, levantó las manos por encima de la cabeza rubia y sonrió.

Al ver esos ojos verdes que la miraban con confianza absoluta, tragó y despacio, con mucha delicadeza bajó su cuerpo más alto, juntando sus cuerpos totalmente.

Se besaron de nuevo y se perdieron en su propio mundo...

Rayne soltó los dedos de Liv y los colocó sobre su esbelta cintura. Apoyando el peso en sus manos se quedó mirando aquellos ojos verdes.

Y entonces sonó el teléfono.

El timbrazo atravesó con fuerza el silencio que compartían.

Rayne suspiró y volvió un ojo claro hacia el molesto aparato. Al advertir la sonrisa divertida en los labios suaves, dirigió de nuevo su atención a la pequeña figura que tenía debajo. Enarcando una ceja, preguntó:

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia?

Una mano pequeña se alzó y le tocó la mejilla, con una caricia suave e increíblemente tierna.

—Nada. —Un susurro.

Volvió la cara hacia la mano. Cerrando los ojos, besó la piel suave que tenía tan cerca.

Liv notó que se le aceleraba el corazón al ver que esos ojos claros se cerraban. Las facciones angulosas de Rayne reflejaban un ensueño que le llegaba al alma, despertando una necesidad en su interior de la que ni siquiera había sido consciente.

El teléfono volvió a sonar. El pequeño aparato se estremecía con cada timbrazo.

—A lo mejor es importante.

Vio que los claros ojos azules se abrían despacio y se estrechaban con aire pensativo. Luego se oscurecieron hasta volverse de un azul casi profundo y la alta figura se enderezó, se movió y se echó a su lado. La mano que descansaba en la tripa de Liv se deslizó por debajo de su camiseta.

Las cosquillas se transformaron despacio en una suave caricia. Los sensibles dedos rozaron la piel cálida y la carne suave.

La cabeza morena se movió de nuevo y tocó los labios que seguían temblando. Rayne se tomó su tiempo. El beso fue lento. Delicado.

Pero lleno de una profunda pasión que apenas consiguió controlar al ver que la piel de Liv se ponía de un delicado tono sonrosado. Sintió un cosquilleo en el estómago que fue bajando rápidamente...

Sin interrumpir el contacto de sus labios, preguntó:

—¿Qué podría ser más importante?

Los ojos verdes se habían oscurecido un poco y vio que Liv tragaba. Su voz sonó repentinamente ronca.

—...nada...

Pero era evidente que al teléfono y a quienquiera que estuviera al otro lado no les importaba la intensidad que se había apoderado del apartamento. El aire vibraba de emociones y el teléfono sonó otra vez. Y otra.

Un profundo gruñido resonó en el pecho de Rayne, haciendo que Liv se echara a reír suavemente. La mujer más alta suspiró y robó otro beso.

—No te vayas, ¿vale?

Se levantó y fue a la mesita situada junto al sofá donde estaba el teléfono que la estaba incordiando de mala manera. Pero oyó el suave susurro que la siguió.

—...nunca...

Por un momento se olvidó de enfadarse con quienquiera que estuviera llamando, pero lo recordó bien deprisa al oír la voz de Matthias al otro lado.

Hola, Ray... ¿qué tal? —Su voz grave sonaba alegre, y casi oyó su sonrisa. Echó un vistazo al reloj y meneó la cabeza.

—Son las siete y media. ¿Te importa decirme para qué me llamas tan temprano?

La respuesta fue una alegre carcajada.

Venga... normalmente ya estás levantada a estas horas... y además, sólo quería comprobar que Liv está bien. ¿Cómo tiene el corte?

Rayne sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco.

—¿Qué te hace pensar que está aquí conmigo?

Detrás de ella oyó el leve roce de las sábanas al moverse y luego unos pasos ligeros. Y entonces un cuerpo pequeño se apoyó en su espalda y notó que la cabeza de Liv se colocaba entre sus omóplatos y un par de brazos le rodeaba la cintura.

Tragó. De repente se le puso la garganta seca mientras intentaba comprender lo que le decía Matthias.

Digamos que es una intuición. Bueno, ¿cómo está?

—Está bien. —Rayne suspiró por lo bajo al oír el tono ronco de su propia voz, y al otro lado se hizo un silencio significativo.

¡Genial! Eso es lo único que quería saber. —La voz del alemán rubio sonaba despreocupada y sin embargo, en ella se advertía un extraño tono de felicidad que no conseguía entender del todo.

—Sí... luego hablamos. —Colgó y cerró los ojos, disfrutando simplemente del calor en el que se recreaban su cuerpo y su alma, mientras la mano de Liv le acariciaba la tripa despacio.

—¿Matthias? —Un suave susurro, algo apagado porque Liv tenía la cabeza hundida en la espalda de Rayne, ahogándose en su olor...

—Mmm.

—¿Está bien?

—Mmm.

Una risa suave. Seguida de un leve rugido.

Los ojos verdes se encontraron de repente cara a cara con unos sorprendidos ojos azules y Liv se sonrojó. Colocándose unos mechones rubios detrás de las orejas, atisbó tímidamente a través del flequillo rubio.

—¿Qué tal si desayunamos?

Las facciones marcadas sonrieron alegre y cariñosamente. Tras robar otro beso... que duró una pequeña eternidad y poco a poco se transformó en algo más profundo, Rayne carraspeó y se volvió hacia la zona de la cocina.

—Estupendo.


El vapor flotaba en espirales por el baño, empañando el espejo y cubriendo los azulejos de una fina capa de agua que resbalaba por la superficie lisa.

Apenas se oía un leve canturreo por encima del ruido de la ducha y una figura alta se movía despacio al ritmo de una música silenciosa.

Los ojos claros se cerraron y Rayne soltó un suspiro de felicidad, disfrutando con la ola de calor que le golpeaba el cuerpo. Volvió la cara hacia el chorro para ahogarse un poco en la sensación de felicidad que se estaba apoderando despacio de su cuerpo. Y de su alma...

Detuvo todo movimiento cuando una caricia de aire frío le rozó la espalda y cobró conciencia de otra presencia.

Su corazón tardó un momento en volver a latir y captó un leve susurro.

—...respira...

Haciendo lo que le decía, respiró hondo y sintió que se le estremecía el cuerpo por la absoluta intensidad que se había aposentado en el pequeño cubículo de la ducha.

Ninguna de las dos se movió durante largo rato.

Rayne no sabía si debía volverse y, sin embargo, al mismo tiempo, estaba desesperada por volverse. Por ver... Pero también comprendía que ahora mismo Liv era quien establecía las reglas y que irían tan deprisa o tan despacio como necesitara la menuda rubia.

Con lo difícil que ya le resultaba respirar, le costó aún más al notar de repente un par de manos pequeñas y cálidas que se posaban en su espalda. También notó su ligero temblor.

—¿Te... te importa si te lavo la espalda?

El tono era bajo. Y sin embargo, tenía una fuerza que sorprendió a Rayne. La cabeza morena asintió, pues la mujer más alta no creía que su voz fuera capaz de dar una respuesta coherente.

No tardó en sentir las manos de Liv que se deslizaban suavemente por su espalda, enjabonándole la piel con un gel que olía levemente a albaricoque. Sonrió.

Qué agradable.

Las manos le acariciaron los omóplatos, los hombros, por debajo de los brazos, subieron por su espalda. Notó que se le aceleraba la respiración y que un cosquilleo familiar le recorría el cuerpo, directo hacia abajo.

Liv soltó un suspiro lento y tembloroso.

Se había quedado un rato ante la puerta del cuarto de baño hasta que decidió entrar.

Despertarse esta mañana...

Había sido increíble. Tierno. Cálido. Seguro. Y de no haber sido por la llamada de Matthias...

Había anhelado las caricias de Rayne casi con desesperación. Era una necesidad muy profunda que se había apoderado de ella desde el primer beso.

Al apartar el largo pelo mojado que se rizaba en la punta, se quedó quieta. Los ojos verdes contemplaron un tatuaje pequeño pero delicado. Tocándolo con dedos suaves, Liv soltó aliento despacio.

Era un colibrí. Pequeño, pero con todos los detalles visibles. Era de un intenso color verde que se iba transformando en azul. Sus ojos oscuros parecían observarla con una leve sonrisa.

No pudo evitar echarse hacia delante y depositar un beso tierno en la pequeña imagen, saboreando la sensación de la piel suave que estaba tocando.

Rayne tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no volverse y tomar a la pequeña rubia entre sus brazos. La sensación de esos labios suaves tocándole la piel casi acabó con ella.

Entonces sintió que las manos pequeñas se posaban en sus caderas y la menuda figura se acercaba a su propio cuerpo más alto.

Tocándolo casi...

Entonces Liv se movió de nuevo y de repente se encontró cara a cara con unos ojos verdes tímidos, pero decididos. No pudo evitar que sus propios ojos recorrieran la pequeña figura.

—...preciosa...

Se dio cuenta de que había dicho la palabra en voz alta al ver que todo el cuerpo de Liv se cubría de un delicado color rosa. Y sintió que aumentaba el cosquilleo que tenía en el vientre.

Tragando con dificultad, carraspeó. Levantó la mano y la puso en la mejilla de Liv. Se miraron a los ojos. Ninguna de las dos hacía caso del agua que seguía cayendo sobre ellas, ni del ruido que llenaba el pequeño espacio. Les daba igual el mundo que seguía adelante allí fuera...

Aquí y ahora no había nada salvo ellas. Nada salvo unos corazones temblorosos...

Sus labios se juntaron en un beso delicado y Rayne se acercó más a Liv. Sus propias manos tocaron vacilantes la piel cálida y mojada.

Las apartó al oír un chillidito de sorpresa.

Antes de poder disculparse vio que Liv se apartaba de los azulejos de la ducha, con toda la piel de gallina.

—Están fríos. —En su voz se advertía un leve tono de indignación, y Rayne no pudo evitar echarse a reír. La risa de Liv no tardó en unirse a la suya.

La intensidad que había entre ellas se rompió. Cuando dejaron de reírse se quedaron mirándose. Dudando un momento, Liv decidió seguir adelante y se acercó. Rodeó a la figura más alta con los brazos y cerró los ojos, maravillada de lo bien que se sentía así de cerca de Rayne.

De lo bien que se sentía al sentir a Rayne de esta manera.

La propia Rayne no conseguía poner en palabras las sensaciones que la atravesaban. El contacto de la piel de sus cuerpos por primera vez era...

Dios... los ojos claros se cerraron.

La curva de los pechos de Liv tocándole el estómago... su cara hundida en su pecho... Apoyó la cabeza encima del pelo claro que tan cerca tenía. No, no había palabras para describir esto. Bueno...

Los ojos claros se volvieron a abrir.

A lo mejor sí que las había.

Al ver que Liv estaba a todas luces muy dispuesta a quedarse donde estaba, cerró los ojos de nuevo y empezó a mecerse suavemente. Ya llegaría el momento de decir esas palabras.

Se quedaron así durante lo que pareció una eternidad, mientras el chorro caliente de la ducha seguía acariciándolas.

Rayne agachó la cabeza morena y observó las delicadas facciones que tenía tan cerca. Miró directamente a unos vivaces ojos verdes en los que se veían unas emociones tan evidentes que tuvo que tragar. Una manita le acarició la cara, siguiendo la forma de su oreja, bajando despacio por su mandíbula... rozándole la clavícula...

Capturó los labios suaves en un profundo beso y luego apoyó la frente en la de Liv.

—Eres muy especial. —Un susurro grave.

Recibió una alegre sonrisa y un beso en el esternón. Y las manos pequeñas le acariciaron la espalda.

—Pero creo que deberíamos parar.

Esos ojos verdes la miraron parpadeando confusos. Confusión que poco a poco se transformó en sorpresa y luego dolor. Y sintió que el pequeño cuerpo se apartaba de ella.

—No, no, no... —Agarró a la menuda rubia del brazo y volvió a estrecharla, esperando hasta que los ojos verdes se encontraron con su mirada—. No tienes ni idea de cuánto deseo hacer el amor contigo. —Un suave rubor subió por esas orejitas tan monas y Rayne sonrió. Acarició la mejilla de Liv y se puso seria—. Pero quiero que nuestra primera vez sea especial... especial de verdad... y aunque hacer el amor en la ducha se puede considerar especial... no es así como quiero que sea.

La cabeza rubia se ladeó y Liv la miró en silencio durante largos y dolorosos instantes.

Para acabar calmando sus temores con una dulce sonrisa.

—Tú también eres muy especial.

Rayne rió aliviada por lo bajo y luego miró sus cuerpos con atención.

—Nos estamos arrugando.

Liv siguió su mirada y se echó a reír. Un sonido de deleite que a la mujer más alta le llegó al alma, llenándola de calor y capturándola en unas manos delicadas que prometían no soltarla jamás...

Cortando el agua, salieron de la ducha y terminaron de secarse. Cada una pilló a la otra mirando y cada vez que sus ojos se encontraban, las dos pensaban lo mismo.

Te amo.

Liv se puso delante del espejo, intentando colocarse bien el pelo. Levantó la vista y se encontró con unos intensos ojos azules. Sintió unos brazos largos que le rodeaban la cintura y tiraban de su cuerpo para apretarlo contra el cuerpo fuerte que tenía detrás.

—El motivo de que me lo cortara fue para evitar todo el follón de las mañanas... pero ¿sabes qué? Ahora es incluso peor.

Rayne sonrió y le dio un beso en la cabeza.

—A mí me gusta. —Revolvió el corto pelo rubio—. Yo siempre he pensado en cortármelo también. —Se encogió de hombros y se pasó la mano por la melena oscura.

Y se encontró con unos ojos verdes llenos de espanto.

—¡Ni se te ocurra!... Me parece... —Liv se volvió entre sus brazos—. Eres tan guapa. No te lo cortes. ¿Por favor?

La cabeza morena se agachó y Rayne la besó. Despacio. Sensualmente.

—No te preocupes. —Un susurro ronco.

Que de nuevo le provocó un intenso hormigueo en el vientre. Los labios rojos hicieron un puchero, cosa que a Rayne le pareció una monada absoluta. Apoyó un dedo en esos morritos y ladeó la cabeza.

—¿Tienes planes para esta noche?

—Mm... —Liv frunció el ceño, tratando de recordar el día que era—. Nooo... —dijo alargando la palabra. Cruzándose de brazos, preguntó—: ¿Por qué? ¿Tenías algo pensado? —Su tono era burlón, al ver las chispas traviesas en esos ojos azules.

—Tal vez. —Rayne imitó la postura de Liv. Los ojos verdes y azules se miraron, sonriendo.

—Bueno... —Liv se acercó un poco más y agravó la voz. Ella también podía jugar—. Mientras tenga algo que ver contigo, estoy dispuesta a lo que sea.

Rayne tuvo que toser para aclararse la garganta repentinamente seca.

—Vale —dijo, soltando un gallo.

Volvieron a echarse a reír y salieron del baño, dejando atrás el vapor que se iba posando, el calor y la energía que restallaba en el aire...



15


—¿Se puede saber dónde te has metido, jovencita?

Evelyn estaba en medio del pasillo con los brazos en jarras, una ceja bajo el flequillo y dando golpecitos impacientes con el pie.

Liv pasó a su lado y suspiró soñadoramente.

—...en el cielo...

Lorenz, que estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación, soltó una risotada y meneó la cabeza.

—Ya... eso dicen todas. —Sonrió con aire burlón y volvió a meterse en su cuarto.

Evelyn se echó a reír también y siguió a Liv hasta la cocina.

—¿Me vas a decir dónde has estado?

La menuda rubia se había sentado a la pequeña mesa, con los ojos verdes perdidos en la distancia.

—Con Rayne.

—Ah. —Evelyn se sentó, advirtiendo por primera vez la tirita que llevaba su amiga en la frente—. ¿Qué te ha pasado? —preguntó alarmada.

Liv tardó un momento en comprender de qué hablaba Eph. Se tocó la tirita y se encogió de hombros.

—Hubo problemas en el bar.

—¿¡Qué!?

—Eh... —Liv le puso a Eph la mano en el brazo, impidiendo que se levantara de un salto—. No es nada, en serio. Y Rayne se ocupó de todo. De verdad... estoy bien.

Los ojos azules la miraron sin mucho convencimiento, pero la pelirroja volvió a sentarse, echando una larga mirada a su amiga y notando el brillo que había en sus ojos, más alegres incluso que de costumbre, y el leve sonrojo de sus delicadas facciones.

Apoyando la barbilla en la mano, suspiró en silencio.

—La quieres, ¿verdad?

Liv miró sorprendida a su amiga. No iba a negarlo... porque, sí. Sí, estaba enamorada de la alta británica. Dios... vaya si lo estaba. En sus labios bailó una leve sonrisa. Y esta mañana en la ducha...

Evelyn enarcó las cejas rojas al ver el rubor de la cara de Liv.

Sí, estaba enamorada de Rayne, pero le sorprendía que...

—¿Tanto se me nota?

Al oír eso, Evelyn se echó a reír.

—Liv... notarse no es la palabra adecuada... —La cabeza pelirroja se echó hacia un lado, mirándola exageradamente de arriba abajo—. Prácticamente reluces. —En su tono había algo casi melancólico, y Liv frunció el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí... sí, claro. —Eph se levantó y se dio la vuelta. Cogiendo un vaso del armario, continuó—: Ah... casi se me olvida... han llamado tus padres.

—Jo... tenía que llamarlos ayer. Se me pasó por completo. Mm... —Los ojos verdes miraron el reloj de la pared. Eran las 9:30. Tenía que estar en la clínica dentro de dos horas y luego tenían clase en el laboratorio.

Bueno, su madre todavía estaría en casa.

—Voy a llamar a mi madre ahora. ¿Han dicho algo?

Evelyn se volvió de nuevo.

—No... sólo que no sabían por qué no habías llamado.

—Vale. —Sonrió a su amiga y se miró a sí misma—. Así que prácticamente reluzco, ¿eh?

Su amiga asintió y sonrió divertida cuando la pequeña rubia se encogió de hombros y se irguió un poco más.

—Bien.

Evelyn miró a su amiga mientras ésta salía de la cocina. Su sonrisa se fue entristeciendo poco a poco.

—...sí, reluces... —Un susurro apagado y triste.


Oyó el teléfono sonar tres veces hasta que contestó una voz amable y cálida.

El tono cálido de la voz de su madre siempre le traía innumerables recuerdos de su niñez. De días llenos de música y risas, de juegos y cuentos. Su madre siempre había sido su roca en los momentos difíciles.

Sonrió inconscientemente.

Hej.

Hubo un breve silencio al otro lado y luego le contestó una exclamación de deleite.

Hej! Hur mår du?

Mycket bra, mamma! Och du?

—Bien, älskling... estoy bien. Estábamos un poco preocupados porque ayer no llamaste.

Mmm. Qué decir.

—Sí... estaba con una amiga. Se me hizo muy tarde, así que... —Bueno, era cierto.

—Ah. —Una leve pausa—. Escucha, älskling... tienes las vacaciones de primavera dentro de dos semanas, ¿no? Tu padre se preguntaba si las vas a pasar con nosotros. ¿O tenías otros planes con Torben?

—Mm... no, no... Torben y yo... no tenemos planes. Yo... —Liv tomó aliento—. Todavía no lo sé. ¿Qué tal si os llamo este fin de semana y os lo digo seguro?

Naturligtvis! Lo siento, cariño... tengo que irme dentro de nada. ¡Hablamos dentro de unos días! Adjö!

Adjö, mamma!

Liv colgó el teléfono y soltó aliento despacio. Vale. Ahora tenía que hablar con Rayne. Normalmente habría pasado las vacaciones con su familia, pero ahora... la mera idea de pasar dos semanas sin ver a Rayne...

Mm... Los ojos verdes se pusieron pensativos. A lo mejor...


Rayne cerró la puerta del coche y se volvió para mirar el bar atentamente. Los ojos claros se estrecharon al ver el remiendo con cinta adhesiva de la ventana que se había roto ayer.

Meneó la cabeza. Cabrones.

Acababa de volver del Polizeipräsidium de hacer su declaración. Le habían dicho que el chico no iba a denunciarla por romperle la nariz. Lo más seguro era que sus padres tuvieran que pagar la ventana rota... y eso era todo.

Se había cabreado muchísimo, por lo que estaba de pésimo humor al entrar en el bar y recibir el alegre saludo de Matthias.

—Vaya, dichosos los ojos.

—¿Has llamado a alguien para que arregle la ventana?

Su amigo la miró sorprendido.

—Claro. Llegará dentro de media hora para arreglarla. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Estás bien?

Ella suspiró.

—Sí... vengo de la policía. Estoy cabreada. Disculpa.

Matthias se encogió de hombros.

—Eh... no pasa nada. —Se dirigieron a la pequeña oficina situada en la parte de atrás del bar. Había hojas de papel desordenadas encima de un pesado escritorio de madera. Se oía una suave música de fondo.

Rayne cogió un vaso de una pequeña barra y lo llenó de agua. Tras beber un buen trago, soltó aliento despacio.

—¿Qué te parece... dejamos el bar cerrado esta noche?

Los ojos claros examinaron pensativos un cartel que había en la pared. Anunciaba el concierto de un grupo alemán muy popular.

—Mmm... buena pregunta. Pero no quiero que esos cabrones se crean que nos han asustado.

El rubio se mordisqueó el labio inferior y se sentó encima del escritorio.

—En eso tienes razón.

—Escucha... dile a Ahmed que esta noche traiga a tres hombres más. Por si acaso. No creo que vayan a volver, pero conviene que estemos preparados.

Matthias ya estaba anotando cosas y luego miró a su amiga asintiendo.

—Vale. Eso haremos... —Dejando el bolígrafo, se volvió con una sonrisa descarada en los labios—. Buenoooo... ¿y qué tal el resto de la noche?

Una ceja oscura se enarcó y unas facciones angulosas e impasibles le devolvieron la mirada.

—Ah, venga... ¿eh? Soy tu mejor amigo, Ray. Si no me cuentas nada a mí... ¿a quién se lo vas a contar? —Su tono era de broma y captó la ligera chispa de esos ojos claros.

Pero la mujer alta no respondió.

—Vale... mira. Yo no tengo un amor, por no hablar de vida sexual, así que lo único que me queda es lo tuyo.

Eso hizo que la alta británica soltara una profunda carcajada y sacudiera la cabeza. Echándose la melena oscura hacia atrás, sonrió.

—Liv me mataría.

Matthias se encogió de hombros.

—Tal vez, pero al menos me habría enterado... —Meneó una ceja rubia con gesto provocador.

—Payaso.

—Sí, señora.

Se rieron. Pero luego el alto alemán se puso serio.

—Sé que ya te lo he dicho, pero estoy contentísimo por ti... —Unos afectuosos ojos azules le devolvieron la mirada—. Creo que es buena para ti.

Buena para mí. Rayne dio vueltas a las palabras en su cabeza. Luego sus serios ojos claros se encontraron con los de Matthias.

—Creo que es lo mejor que me ha pasado en la vida.

La cabeza rubia que tenía delante se echó hacia un lado.

—La quieres.

Rayne decidió ignorar el leve rubor que le subía por el cuello y asintió.

—Sí.

—Bueno. —Matthias se levantó del escritorio y se acercó a ella, sonriendo de oreja a oreja con cierta suficiencia—. No te olvides de mandarme una invitación para la boda, ¿vale?

Y apenas esquivó la mano que pretendía agarrarlo. Se echó a reír y agitó un dedo delante de su amiga.

—Oye... no puedes echarme en cara que quiera estar preparado.

Los ojos claros se estrecharon y él retrocedió prudentemente, reconociendo la expresión de los ojos de Rayne.

—No irás a hacerle daño a tu mejor amigo, ¿verdad?

La respuesta fue una bola de papel que pasó rozándole la sien, y se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta de atrás, oyendo la risa entre dientes de Rayne, que salió detrás de él.


Todavía algo jadeante, Rayne se sentó detrás del escritorio de su oficina, meneando la cabeza. Pero había sido divertido. Lo había atrapado en el servicio de hombres, del que salió empapado de agua fría...

Una sonrisa satisfecha y feliz bailó en los labios rojos y los ojos claros se cerraron mientras la alta figura se reclinaba en la silla, disfrutando del silencio.

Intentó recordar la última vez que se había sentido así de exuberante. Mmm... Parecía que había sido hacía siglos.

Los ojos claros se abrieron. Sí... estaba claro que Liv era buena para ella.

La luz del sol entraba a franjas amarillas en la pequeña oficina, con un ligero matiz verdoso al abrirse paso a través de las copas de los árboles densamente pobladas de hojas.

Ladeó la cabeza morena y luego se levantó, parándose junto a la ventana. Los ojos claros observaron el panorama que se veía fuera.

El patio trasero estaba flanqueado por otros tres edificios y formaba un inmenso cuadrado. Parte del espacio estaba ocupado por tres altas y viejas hayas. Los viejos árboles estaban rodeados de bancos y unas cuantas mesas. Cuando hiciera más calor habían planeado usar aquello como extensión del bar.

Había unos cuantos gorriones posados en el suelo que se peleaban por medio bollo de pan, piando con fuerza y agitación.

Rayne sonrió y se apoyó en el marco de la ventana. Una extraña paz se asentó en su interior.

Un leve suspiro y luego volvió al trabajo.

Los ojos claros se posaron en el calendario y lo hojeó distraída. Se detuvo al encontrar una hoja marcada con lápiz negro.

Otro suspiro. Pero éste era diferente. Casi triste.

Cerró el calendario y dejó las manos en la superficie de la mesa. En ese momento se abrió la puerta y asomó una cabeza rubia.

—Oye, Ray... ¿tienes un...? ¿Estás bien? —Matthias advirtió la expresión perdida de Rayne y se acercó.

—¿Ray?

Los ojos claros se levantaron hacia él, con una expresión inescrutable.

—Estoy bien. ¿Qué pasa?

Su amigo se debatió consigo mismo, pero decidió dejarlo pasar. Rayne era una persona muy privada y él no quería presionarla con algo de lo que era evidente que no quería hablar. Hacía tiempo que había aprendido esa lección.

—Mm... sólo quería decirte que he hablado con los chicos y ya está todo arreglado para esta noche.

—Bien.

Se hizo un silencio incómodo y Matthias carraspeó.

—Vale... entonces... mm... me voy. Creo que volveré hacia las siete. Hasta luego.

—Sí...

Vacilando, cerró la puerta de la oficina preguntándose qué podía haber causado ese súbito cambio en Rayne.


El sol iba desapareciendo muy despacio por detrás de los árboles y los edificios, pintando el cielo con una paleta de colores: un delicado rosa que se disolvía en un profundo azul que poco a poco iba siendo dominado por el negro.

La luz se reflejaba en el agua tranquila del pequeño lago de las afueras de la ciudad antigua de Lübeck. Unos patos y algunos cisnes daban vueltas con despreocupado abandono, acariciándose las plumas con el pico y alcanzando trozos de pan que los paseantes habían echado al agua, ajenos al par de ojos claros que los observaban.

Una figura alta estaba sentada encorvada en uno de los bancos que bordeaban el lago. Su larga melena oscura estaba recogida en una coleta floja. Una brisa ligera agitaba alegremente algunos mechones sueltos.

Escuchaba el ruido de las olas al rozar la orilla que le recordaba todos esos días y noches que había pasado en el pequeño pesquero de arrastre de su padre. De niña se escondía allí. Aún recordaba el olor a aceite viejo, diesel, sal y océano. Libertad...

Dios, le encantaba salir al mar con su padre. El traqueteo grave del motor los sacaba del pequeño puerto. Los gritos agudos de las gaviotas los acompañaban por el camino.

La voz áspera de su padre gritando. Riendo.

Su rostro ajado y marcado por el sol y la sal. Sus ojos sonrientes casi tan claros como los de ella. La barba desaliñada que siempre enmarcaba sus facciones.

Una ligera sonrisa bailó en los labios rojos. Había sido la mejor época de su vida.

Él amaba el mar. Casi tanto como lo odiaba.

Y al final, lo había matado...

La sonrisa desapareció y la alta figura se irguió, avisando de su presencia a unos cuantos pájaros. Los ojos claros los observaron cuando se dispersaron.

Un suspiro. Descubrir el recordatorio en su calendario de que dentro de un par de semanas sería el aniversario de su muerte había sido... había ensombrecido la sensación de felicidad que se había asentado en su interior.

Le había prometido a su madre que iría a verla. Que tal vez pasaría un fin de semana en Inglaterra.

El sol había desaparecido por completo por detrás de los perfiles de la ciudad. Sólo una línea de un intenso color naranja indicaba su presencia.

Rayne respiró hondo, saboreando el polvo y el aire frío. Los ruidos de coches y bicicletas que pasaban por detrás flotaron hasta sus oídos. Una capa continua de sonido a la que ya se había acostumbrado.

Los ojos claros se cerraron.

Notó la caricia del viento fresco en la cara. Oyó el leve zumbido de una mosca. El graznido de los patos. Los suspiros de las ramas por encima de ella.

El suave crujido de unos pasos.

Y entonces el viento le trajó un olor muy familiar...

—...hola...

La cabeza morena se volvió y contempló a la pequeña rubia que estaba a pocos pasos de distancia con un alivio casi desesperado.

—...hola...

Liv sonrió y avanzó dos pasos más, pero seguía demasiado lejos para poder tocarla. Al darse cuenta de eso, Rayne alargó la mano y sonrió. Necesitaba sentir cerca ese pequeño cuerpo.

La respuesta fue una alegre sonrisa y sintió que una mano caliente se deslizaba en la suya.

Liv se sentó a su lado. Sin que la instara a hacerlo, se pegó de inmediato a la alta figura. Se quedaron sentadas en silencio, disfrutando de su mutua compañía y de los últimos vestigios de la puesta del sol.

Con un leve siseo una farola cercana se encendió. Los pájaros echaron a volar en silencio y los patos se acurrucaron juntos en los arbustos cercanos, ocultando la cara entre las plumas.

Rayne pensó que era raro lo segura que se sentía aquí sentada con Liv. Y entonces empezó a hablar. De su padre. De lo importante que había sido para ella y de lo mucho que lo echaba de menos todavía. De cómo su muerte las había dejado conmocionadas a su madre y a ella.

De que intentaba estar en casa hacia la fecha de su muerte. Para estar con su madre.

Liv escuchó en silencio, con una mano entrelazada con la mano mucho más grande de Rayne, notando el leve temblor. Cuando la mujer más alta terminó, volvieron a quedarse en silencio.

La cabeza rubia se ladeó y luego miró los claros ojos azules, tratando de encontrar una forma de abordar el tema.

—¿Entonces eso quiere decir que dentro de unas semanas te vas a ir a Inglaterra?

—Bueno. —Rayne se encogió de hombros y sin pensarlo apartó unos mechones rubios sueltos de la cara de Liv—. Sí... eso quiero. Pero...

La respuesta fue una sonrisa y las cejas oscuras se arrugaron confusas.

—Eso es genial. —La pequeña figura sentada a su lado se movió un poco para mirarla más de frente—. Porque... porque yo también voy a pasar unos días con mis padres.

—Ah. —Rayne no sabía cómo interpretar esto y esperó, sintiendo que se le iba haciendo un nudo incómodo en el estómago.

Que se disolvió en una bola de calor cuando unos labios suaves acariciaron los suyos.

—Y quiero que te conozcan.


La gran habitación estaba iluminada únicamente por dos pequeñas lámparas situadas al lado de un sofá de cuero de aspecto muy cómodo. En uno de sus brazos había una gruesa manta de color azul oscuro. Había revistas y libros en una mesita delante del sofá. A su lado dos tazas. En el aire todavía se percibía el aroma a café.

En una esquina estaba encendido un aparato de televisión. Estaba en un canal de música en el que ahora sonaba música suave que flotaba por el silencio, tejiendo una alfombra de sonidos.

Una estrecha rodaja de luna asomaba por unos grandes ventanales y su pálida luz se arrastraba curiosa por el suelo, por encima de dos pares de zapatos. Calcetines. Pantalones. Camisetas.

Acariciaba unos cuerpos que se movían despacio. El roce suave de las sábanas. Leves susurros. Gemidos.

Había empezado con un beso.

Y ninguna de las dos había podido parar.

Ninguna de las dos había querido parar.

Cada una ansiaba las caricias de la otra.

Rayne movió las manos por debajo de la camiseta fina que llevaba Liv. Se regodeó en la piel cálida, en la carne suave que descubrió. La pequeña figura se arqueó cuando le quitó la camiseta, seguida del sujetador. Tragó ante lo que veía.

Despojándose de su propia ropa, colocó despacio su cuerpo más alto encima del de Liv, ahogándose en unos profundos ojos verdes.

Cerró sus propios ojos al sentir unas manos tiernas que le acariciaban la cara y dibujaban la forma de sus mejillas, los contornos de sus orejas.

Bajaron por su cuello, acariciándole el pecho y dejando la piel de gallina a su paso. Oyó el suave susurro que subió flotando hasta ella.

—¿Yo he hecho eso?

Abrió los ojos y volvió a quedarse atónita ante la belleza del rostro de Liv. Se puso de lado y cogió una de las pequeñas manos, poniéndosela encima del corazón, sabiendo que la menuda rubia notaría lo rápido que latía.

—Sí, tú has hecho eso... —Besó los suaves labios—. Y mucho más.

Liv estaba maravillada por la piel bronceada y suave que estaba tocando. La acarició, siguiendo una cicatriz desvaída que encontró en ella.

Y acabó cerrando los ojos al notar unos dedos curiosos que investigaban su cuerpo, incapaz de contener un gemido al sentir unos labios suaves que bajaban por su pecho. Se pegó al cuerpo más alto cuando unos escalofríos le estremecieron el cuerpo, provocados por una lengua suave que le acariciaba el esternón.

...herregud...

Oyó la risa grave mientras Rayne se tomaba su tiempo explorando el tesoro que tenía delante, deseosa de grabarse en la mente hasta el último centímetro.

Deseosa de que este momento durara para siempre.

No había habido una cena a la luz de las velas, ni violines tocando suavemente, ni el susurro de palabras que expresaran un compromiso.

Y sin embargo... al escuchar los suaves sonidos que emanaban de Liv... al sentir su cuerpo tembloroso, decidió que no podía haber habido un momento más perfecto que éste.


—Oh, Dios...

Tardó un momento en bajar de la ola que la había arrastrado sin peligro. Parpadeando al abrir los ojos azules que se habían oscurecido hasta hacerse de un azul intenso, miró a unos sonrientes ojos verdes.

Notó esas manos suaves que le tocaban la cara.

—Qué bella eres. —Unas palabras que le hicieron cosquillas en los labios mientras Liv la besaba.

Había tantas cosas que quería decir. Tantas palabras a la espera de ser dichas. Pero lo único que pudo hacer fue rodear con los brazos el pequeño cuerpo cuando Liv se acurrucó junto a ella.

Tomó aire dos veces y luego se movió un poco, queriendo mirar esos increíbles ojos verdes.

Era asombroso cómo pasaban del azul al verde, con un ligerísimo matiz de gris. La delicada curva de esos rasgos. Los pelillos suaves que cubrían las mejillas sonrientes.

Levantando una mano aún temblorosa, alisó las cejas rubias.

Jag älskar dig. —Palabras coloreadas por un fuerte acento.

Pasó un momento antes de que el esperado rubor se apoderara de la cara de Liv. Y entonces la cabeza rubia se hundió en su pecho. Liv sintió y oyó el murmullo grave de la risa amable de Rayne.

—No creías que lo fuera a buscar, ¿eh? —Un tono burlón en la voz grave.

Fuera cual fuese la respuesta de la pequeña rubia, apenas se oyó, puesto que Liv no se había movido de su "escondrijo".

—¿Es que no es cierto?

Eso hizo que la cabeza rubia se alzara y que unos serios ojos verdes la miraran.

—¡¡Es cierto!! Dios... —Los ojos verdes bajaron la mirada. Unos dedos acariciaron la piel húmeda de sudor—. No sabes cuánto...

Rayne sonrió y agachó la cabeza para captar la mirada de Liv.

—Creo que sé a qué te refieres.

Se miraron en agradable silencio. Dos corazones y dos almas unidos en un antiguo baile de emociones...

Y entonces dijeron a la vez:

—Te amo.

Y allí fuera, oculta poco a poco por pálidas bandas de nubes, la luna se fue a dormir, riendo suavemente...


PARTE 5


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