3


Aquí en estos brazos
Empezó nuestra historia
Antes de que estuvieras
Mi corazón tenía sed
Mira mis labios, verás
Que he bebido del río
Que corre hacia el mar
Del amor verdadero
< estribillo > A salvo en estos brazos,
Ahí es donde quiero estar
A salvo del dolor, en estos brazos
Ahí es donde quiero estar
Si muero
Que sea aquí contigo
Pues aquí contigo
Sin duda estaré a salvo
A salvo del odio, de las mentiras
De los buitres de Cristo
No necesito dioses
No tengo temores, te tengo a ti
< estribillo >
No me dejes nunca, no me dejes nunca
Di que nunca me dejarás
Tómame en tus brazos
Y di que nunca me dejarás
Tómame en tus brazos y estréchame
Di que nunca me dejarás
—Safe in These Arms
, escrito por Gary Butcher y Jimmy Somerville


10


entonces

La puerta se cerró con un leve chasquido que resonó misteriosamente por el apartamento oscuro y silencioso. Por las ventanas de la cocina y la sala de estar entraban rayos de luces que se arrastraban por la alfombra clara, destacando los muebles y los marcos de la pared con fuertes contrastes.

De la calle y de los apartamentos de debajo llegaban sonidos apagados que flotaban por el silencio, y luego un leve suspiro estremeció el aire.

Una mano pequeña echó a un lado el pelo rubio despeinado por el viento y dejó caer una bolsa pequeña junto a la puerta de la cocina.

Una figura esbelta —apenas una sombra en la oscuridad— entró en la sala de estar.

Se dejó caer en la butaca, iluminada por un rayo de luz que destacó la sonrisa de sus labios rojos, aumentando la suave chispa de los claros ojos verdes.

Liv cerró los ojos y alzó la mano derecha para tocarse los labios, que aún sentían el hormigueo del beso de despedida de Rayne.

La mujer más alta la había traído a su apartamento. Aquellos ojos azules la miraron simplemente... tantas emociones, expresadas e inexpresadas, que brillaban en las profundidades azules.

Después del beso en el Jardín Botánico se habían quedado allí, abrazadas la una a la otra con una necesidad casi desesperada, hasta que otros visitantes entraron en esta parte del jardín y las miraron confusos, divertidos... indignados.

Aunque ninguno dijo nada al toparse con una gélida mirada azul.

La sonrisa que Liv tenía en la cara se hizo más amplia. Mi protectora. Este pensamiento algo cursi se coló en su mente y se echó a reír. Pero ¡Dios, qué sensación tan increíble!

Nada en su vida le había hecho sentirse nunca tan bien.

El beso había sido tan delicado, tan suave. Sin exigencias, y sin embargo, prometía una pasión y un amor imposibles de comparar con nada de lo que hubiera experimentado jamás.

Amor...

Los ojos verdes se abrieron y se mordió el labio inferior. Las cejas claras se fruncieron al pensar. Había creído que amaba a Torben. Pero la sensación de perderse en el abrazo de Rayne... el calor de ese cuerpo fuerte... su olor... Caray, no tenía ni idea de lo que es estar enamorada.

Pero sabía que se estaba enamorando.

Y se estaba enamorando muchísimo. De Rayne.

Al recordar su primer encuentro... la sonrisa apareció de nuevo... había habido algo entre ellas desde el momento en que Rayne abrió de golpe la puerta de su coche.

Sus ojos se encontraron y fue...

No tenía palabras para describir lo que había sentido, pero había sido una sensación asombrosa de conocer a la alta desconocida plantada allí junto a su puerta, intentando decir algo, con unos claros ojos azules que la miraban atónitos.

Y hoy...

Un suspiro, y la pequeña figura se reclinó en la butaca, estirando las piernas cansadas y sacándose la camisa de la cinturilla de los vaqueros.

No había tenido ni idea de lo que iba a pasar.

Estar con Rayne era lo único que había querido. Habían hablado, reído... guardado silencio mutuamente. Un silencio muy cómodo que no habían necesitado rellenar con palabras.

Y entonces...

Dios, no se esperaba que Rayne fuera a besarla.

Pero, oohh, cómo agradecía que la mujer de más edad hubiera decidido dar ese paso. La leve sonrisa se hizo más grande. Los dientes blancos relucieron en la oscuridad. Y esos labios habían sido tan suaves y tiernos como sabía que lo serían.

La caricia de Rayne delicada y extrañamente familiar...

Habían terminado su visita al jardín, pero ni Rayne ni ella prestaban en realidad atención a lo que las rodeaba.

Las dos habían pillado a la otra mirando. Se habían echado a reír.

Se habían llenado de felicidad.

Tomaron un café en un pequeño bar cerca de la universidad y luego decidieron regresar a Lübeck. Rayne sabía que ella tenía clase por la mañana.

Se quedaron largo rato delante de su edificio de apartamentos, despidiéndose una y otra vez... pero sin moverse.

Esos ojos azules chispeaban con una risa amable.

Alzó la mano para tocar la cara de Rayne. Le tocó la mejilla con una caricia vacilante pero tierna. Le dio un vuelco el corazón al ver que esos ojos azules se cerraban y la cabeza morena se apretaba contra la caricia.

Tardaron un momento en volver a abrirse.

Incluso ahora, recordando ese momento, sentía un hormigueo en el estómago. Un hormigueo de algo tan intenso que soltó un leve gemido.

Se acurrucó en la butaca y volvió a cerrar los ojos.

Apoyando la cabeza en la mano que había tocado la cara de Rayne, soltó un lento suspiro. Tenía la mente llena de imágenes de esa hermosa cara.

La voz grave.

La risa amable.

La caricia suave.


El agua chapoteaba perezosamente en la orilla, llevándose piedrecitas y palitos, dejando sólo un lienzo vacío listo para volver a ser utilizado, esperando nuevas huellas que llevarse al mundo, a orillas desconocidas llenas de sueños...

La arena se había enfriado considerablemente al caer la noche, pero a la alta figura sentada en la playa no le importaba.

A lo lejos oyó el sonido de la sirena de un barco que anunciaba su presencia.

Los ojos claros escudriñaron la oscuridad, pero no consiguió distinguir el contorno del barco. Probablemente un pesquero de arrastre.

Sus ojos siguieron la línea que separaba el mar del cielo, apenas visible en la oscuridad difuminada que compartían.

No había conseguido calmarse después de que Liv entrara en su apartamento. Tenía que hacer algo. De modo que decidió ir a la playa, con la esperanza de que se le calmaran el corazón y el cuerpo.

Respiró hondo, notando el aire salobre en la garganta, saboreándolo un momento al recordar las noches largas y apacibles que había pasado de niña en el barco de su padre, cuando lo acompañaba a pescar.

Como siempre, los recuerdos trajeron consigo los últimos restos de la pena. Su padre había muerto en un accidente hacía casi diez años. Ella ya estaba entonces en la universidad en Alemania.

Bajó la cabeza morena hacia el pecho y la sonrisa pequeña y triste que le había bailado en los labios cambió.

Porque captó un ligerísimo rastro de un olor bien conocido en su camisa.

Dejándose caer hacia atrás en la arena blanda, alzó los ojos al cielo y contempló las estrellas que relucían en lo alto por entre las que se movían despacio pálidas nubes grises que jugaban al escondite con los puntos de luz.

Y sin embargo... su mirada fue más allá del cielo.

Fue más allá... buscando un alma que sabía que la estaba esperando. Un alma que siempre había sabido que algún día encontraría. Era una certeza que llevaba en el corazón y que nunca había puesto en duda. Había salido con otras antes. Pero nunca había tenido el deseo de convertirlo en algo más serio o profundo.

Ninguna de ellas había conseguido llegar nunca a su interior. A su interior de verdad.

Donde aún vivía el recuerdo apagado e intocable del dolor...

Los claros ojos azules siguieron el paso de un avión por el cielo oscuro. Sus luces parpadeantes parecían extrañamente fuera de lugar en medio de la antigua frialdad que representaban las estrellas que había a su lado.

Y entonces se había encontrado con el par de ojos verdes más bello que había visto en su vida y cayó.

Se hundió en algo nuevo y, sí, que le daba miedo.

Pero esta pequeña parte de su interior que siempre había estado buscando sonrió y suspiró de alivio...

Los largos brazos se alzaron y se doblaron detrás de la cabeza morena. El viento empezaba a arreciar y agitaba los mechones oscuros, tirando de ellos... tentándolos... acariciando los pómulos elevados y los labios rojos.

Rayne sonrió más.

Lo que había pasado hoy... se tocó los labios... no habría podido evitarlo, como no podía evitar respirar.

Cerrar los brazos alrededor del cuerpo ligeramente tembloroso de Liv. Estrecharla.

Besarla...

Volvió a respirar hondo, apenas capaz de contener la carcajada de felicidad, de vértigo casi, que le acariciaba los labios. La felicidad que sentía por dentro era tan intensa que sentía el pecho a punto de estallar.

Al oír un zumbido muy leve se volvió y miró hacia atrás. Los contornos oscuros de las dunas eran visibles en la oscuridad que la rodeaba.

Y vio luciérnagas.

Destellos de luz que bailaban entre las delgadas hojas de hierba que crecían en las dunas.

Ladeando un poco la cabeza, Rayne se quedó allí sentada observando a los diminutos insectos.


La puerta se cerró tras él y Lorenz bostezó. Rascándose la cabeza rapada, dirigió sus pasos de inmediato hacia la cocina, sabiendo que seguramente encontraría algunas sobras de comida.

Pasó ante la puerta de la sala de estar y se detuvo.

Volviéndose de nuevo, se apoyó en el marco de la puerta, con una sonrisa cariñosa bailando en sus labios. El piercing que tenía en el labio inferior se movió hacia un lado.

En la butaca había una figura acurrucada. Tenía la cabeza rubia apoyada en un brazo y una pequeña sonrisa en los labios.

Se acercó y se acuclilló delante de su amiga dormida.

—Eh, Kleines... —Al no recibir respuesta... y no la esperaba, pues conocía bien la capacidad de Liv para quedarse dormida en cualquier sitio y hacer caso omiso del mundo mientras dormía... la sacudió del hombro con mucha delicadeza.

La respuesta fue un leve quejido.

—Liv, vamos, que mañana vas a estar fatal de la espalda.

La cabeza rubia empezó a moverse y luego unos ojos verdes y adormilados lo miraron parpadeando. Tardaron un momento en reconocer quién era, pero entonces lo saludó con una sonrisa amable.

Liv bostezó y se incorporó. Estiró su pequeño cuerpo y se quejó al notar el dolor sordo de los músculos entumecidos en los riñones.

—Caray... me has salvado la vida, Lorenz.

Se levantó despacio de la butaca, mordisqueándose el labio inferior. Lorenz se echó a reír suavemente y enderezó su propio cuerpo menudo. La camiseta ceñida que llevaba destacaba sin embargo un cuerpo muy musculoso.

—Sí, lo sé. ¡Por eso me quiere la gente, tú incluida! —Sus amables ojos marrones la miraron risueños y los dos se trasladaron a la cocina.

El joven se puso a hurgar en la nevera y de su garganta brotó un ruidito de felicidad al encontrar algo de pizza al fondo.

La menuda rubia se había sentado a la mesa pequeña que habían comprado para la cocina y estaba acariciando el borde con los dedos. Seguía con la mente llena de los acontecimientos de hoy... sus ojos se posaron en el reloj de la pared y sacudió la cabeza. De ayer, puesto que eran las dos de la mañana.

Una vez más, un leve suspiro de felicidad agitó el aire a su alrededor.

Volvió la cabeza y se encontró con la mirada interrogante de Lorenz. El joven masticaba feliz el trozo frío de pizza.

Liv se echó a reír y se estremeció en broma. La respuesta fue un inocente encogimiento de hombros.

Se mordió el labio inferior. Sus ojos verdes contemplaron a su amigo un momento en silencio. Luego respiró hondo y le hizo un gesto para se sentara a la mesa.

Él se sentó frente a ella, apoyó los codos en la superficie y la miró parpadeando con devoción.

—¿Sí, mi reina?

Ella le dio un manotazo en el brazo, pero luego se puso seria y ladeó un poco la cabeza rubia.

—¿Cómo supiste que eras gay?

Habían encendido la pequeña luz de la cocina que colgaba justo encima de la mesa y dejaba parte de la estancia a oscuras. Los únicos ruidos que se oían en el piso eran el tictac del reloj y el leve crujido de sus sillas.

Los amables ojos marrones de Lorenz la miraron sorprendidos.

—Mmm... buena pregunta. —Le sonrió—. Me enamoré.

—¿Así de sencillo?

Él se echó a reír y se acomodó en la silla.

—No... no, no fue tan sencillo. —Su voz se puso seria de repente—. Estaba muerto de miedo por lo que de repente estaba sintiendo por uno de mis amigos. Es que... por aquel entonces tenía quince años y todos mis amigos no paraban de hablar de chicas y de la "experiencia" que tenían. Y yo... yo me pasaba el día pensando en... —Soltó aliento despacio—. Se llamaba Kirsten. Tenía una sonrisa preciosa y yo... se me encogía el estómago cada vez que lo veía o me hablaba. Al principio no sabía lo que estaba pasando, pero al final... bueno, acabé dándome cuenta y... te lo aseguro, me dio miedo.

Miró a los bondadosos ojos verdes que tenía delante y sonrió cuando Liv le acarició la mano.

—No podía hablar con nadie. Al menos, eso es lo que me decía a mí mismo. No había forma de que se lo fuera a decir a mis padres, así que opté por ignorar lo que me estaba pasando por dentro y me dediqué a seguir el juego. Salía con chicas. Me jactaba con los chicos de lo "lejos" que había llegado con algunas... pero por dentro me sentía fatal porque me... no me gustaba nada besar a una chica. No quería tener a una mujer entre mis brazos, sino sentir la fuerza de un cuerpo masculino junto al mío. Bueno, en aquella época leía mucho. Porque quería entender lo que sentía. Por qué era distinto de mis amigos... Pocos meses después de descubrir que era gay... —Su mirada se trasladó a la ventana. La oscuridad de medianoche se iba transformando despacio en el gris pálido de un nuevo día—. Habían perseguido y dado una paliza a una pareja gay de la ciudad donde yo vivía. Los dos tuvieron que pasar varias semanas en el hospital. Me entró el pánico. Y para disimular, empecé a meterme en un montón de problemas... ya sabes, "cosas de chicos"... —Lorenz resopló—. Me metía en un montón de peleas. Pero me gané fama de ser un tío muy duro... ya...

Se quedó en silencio un momento, con los ojos marrones perdidos.

—Cuando terminé el colegio, empecé a estudiar en Berlín... Dios, qué mundo tan distinto. De repente, lo que sentía no era algo "malo"... algo que había que ocultar. Iba a bares de ambiente y por primera vez en años me sentía libre y vivo. Y entonces conocí a Klaus... —Ahora una alegre sonrisa iluminó sus bellos rasgos, reflejada en las dulces facciones de la cara que tenía delante, pues Liv sabía cuánto quería a Klaus—. Bueno, fue entonces cuando decidí decírselo a mis padres. No quería vivir una mentira y la cosa entre Klaus y yo iba muy en serio. Así que un fin de semana, cuando llegué a casa, me dije: "Ahora o nunca". Estábamos una noche sentados delante de la tele... no tenía ni idea de lo que estábamos viendo... estaba desesperado tratando de encontrar las palabras adecuadas. Fue mi padre el que me preguntó si me encontraba bien. Y yo solté: Soy gay.

Se echó a reír de nuevo. Miró a su amiga con los ojos chispeantes.

—Me miraron como si acabara de anunciar que era el Mesías. No sabía qué esperar. Gritos... insultos... acusaciones... algo... cualquier cosa. Sobre todo tenía miedo de la reacción de mi padre. Estaba muerto de miedo de que me fuera a dar una paliza. No sé por qué... nunca me había puesto la mano encima... pero eso es lo que le pasó a Klaus. Su padre se lo dijo a sus hermanos y le dieron una paliza horrible. —Sus ojos marrones se nublaron un momento—. Mi madre se echó a llorar al cabo de un rato. Mi padre... se me quedó mirando... creo que el silencio fue lo peor. Y luego mi padre dijo: "Bueno, entonces supongo que eso quiere decir que no te vas a alistar en el ejército". Me quedé absolutamente de piedra. Mi madre lo miró con los ojos desorbitados... Ella todavía no puede con ello. En realidad no. Pero mi padre... me sorprendió. Quiero decir... nunca hemos tenido una relación muy estrecha ni nada, pero su aprobación siempre me ha importado. Y ahí estaba, sonriéndome... De todas las situaciones que me había esperado y para las que me había preparado, ésta era la única que no me había imaginado...

Hubo silencio por un momento. La nevera cobró vida con un suave ronroneo y el ruido de un coche subió hasta ellos flotando desde la calle.

El joven estiró el tronco, levantando los brazos por encima de la cabeza. Respiró hondo y dirigió su atención a su amiga. Liv se había quedado pensativa mientras hablaba, con los ojos verdes iluminados por algo que no conseguía entender del todo...

Eran amigos desde hacía ya casi cinco años, pues habían empezado a estudiar juntos en la universidad. Cuando Evelyn y ella buscaban un tercer inquilino, él dijo: "Claro, por qué no".

La pequeña sueca le gustaba mucho. Siempre decía que de no haber sido gay, le habría pedido salir con ella. Y lo decía sólo medio en broma.

Tenía algo... un halo de bondad que parecía afectar a todo el que la conocía. Esos ojos verdes y su sonrisa te cautivaban al instante.

Y habían pasado muchas noches de esta forma, hablando de todo lo divino y lo humano. De sus relaciones... de política... de libros... de sus estudios...

Apoyó el codo derecho en la superficie de la mesa y la barbilla en la mano, mirándola con ojos curiosos.

—¿Por qué lo has preguntado?

Liv respiró hondo, mientras sus dedos jugaban con un trozo de papel que había encontrado en la mesa.

—Torben y yo hemos roto.

Lorenz alzó los ojos sorprendido. Luego su mirada marrón se llenó de una expresión traviesa. Se echó hacia delante y la luz iluminó su cabeza rapada, haciendo relucir la piel lisa.

—¿Es que es gay?

A su pesar, Liv se echó a reír.

—No... no. No lo es. —Se volvió a quedar callada. Su amigo le dio todo el tiempo necesario para poner en orden sus ideas. Estaba casi seguro de lo que ocurría, pero guardó silencio.

Sabía que Liv había pasado el día con Rayne Wilson, la dueña del bar Die Blaue Rose.

—Yo... mm... —Los ojos verdes se encontraron con su mirada—. Rayne y yo... nos hemos besado hoy.

Su voz se convirtió en un murmullo suave y maravillado.

—Mmm.

—Y me ha gustado. —En sus labios bailaba una sonrisa inconsciente que hacía relucir sus ojos—. Me ha gustado mucho.

—Mmm. —Ahora Lorenz apenas podía contener la sonrisa.

—Y... creo que a ella también le ha gustado.

—¿Ah, sí?

—Sí...

Los ojos verdes lo miraron soñadores... y fueron mucho más allá de su mirada.

Recordando lo bien que se había sentido en brazos de Rayne. La sensación de su cuerpo... la delicada curva de los pechos de Rayne... Lorenz se mordió los labios al ver el leve sonrojo que subía por la cara de Liv a causa de lo que fuera que estuviera pensando.

—¿Así que piensas que eres gay?

Su voz suave la sacó de los recuerdos de una piel suave y unas caricias delicadas...

Frunció el ceño pensativa. A ella le daba igual si era gay o no. Sabía que lo que sentía por Rayne era nuevo para ella. Nuevo y hermoso... y no estaba dispuesta a poner una etiqueta a estos sentimientos.

—Sé que la q... que me gusta mucho.

Los ojos marrones la miraron risueños.

—¿Que "te gusta mucho"?

El rubor aumentó. Pero Liv le sostuvo la mirada.

—Sí...

Se sonrieron y luego Lorenz se levantó. Dejándose caer sobre una rodilla delante de la silla de ella, cogió una de sus manos entre las suyas.

—Lo único que importa, Kleines, es que seas feliz.

Ella sonrió y lo abrazó.

—Lo soy, Lorenz... lo soy.

En alguna parte del edificio una puerta se cerró con gran estruendo y resonó por la casa todavía dormida. Unos pasos en las escaleras anunciaron que alguien se marchaba al trabajo... o a casa.

El reloj de la cocina les dijo que ya pasaban de las cuatro.

Lorenz bostezó y Liv le frotó la cabeza en broma.

—Vamos, Grosser, tú también necesitas dormir un poco.

Los dos salieron de la cocina y se dirigieron a sus cuartos. Y el apartamento no tardó en sumirse de nuevo en el silencio. La pálida oscuridad se calmó de nuevo. Por las ventanas una luz suave se deslizaba despacio a través de las sombras, anunciando el despertar de un nuevo día...



11


—¿Qué tal sabe?

—Delicioso.

Hubo un suave murmullo de aprecio, seguido de una risa grave entre dientes.

—Así que parece que te gusta el helado, ¿no? —La voz grave tenía un delicado tono divertido y los risueños ojos azules se encontraron con otros verdes igualmente sonrientes.

—Lo dirás en broma, ¿verdad? Que si me gusta el helado, pregunta... —Una cabeza rubia se agitó fingiendo indignación—. Para tu información, señorita Wilson... me encanta el helado.

Rayne se echó a reír y se apoyó en el árbol junto al que estaban sentadas. Habían elegido un lugar en el laguito situado a las afueras de la ciudad antigua de Lübeck.

Habían decidido disfrutar del cálido día de finales de primavera. El sol ya calentaba lo suficiente para que algunas personas se hubieran arriesgado a ponerse pantalones cortos, tratando de conseguir el primer bronceado del año.

La mujer alta alzó la mano y se pasó los dedos por el pelo, ahuecándoselo para darse un poco de aire en el cuello.

El movimiento fue seguido de cerca por unos claros ojos verdes que se recrearon en sus rasgos marcados y observaron la figura que descansaba cómodamente.

Liv carraspeó al notar un calor que le atravesaba el cuerpo y que no se debía al sol.

—¿Cómo es que estás tan morena?

Los ojos azules se volvieron sorprendidos hacia ella.

—Mm... —Rayne se incorporó—. Antes salía mucho al mar con mi padre. Supongo que pillaba mucho sol en esas ocasiones. Y se me ha quedado... evidentemente... —Una sonrisa.

Liv respondió con una alegre sonrisa propia y se echó hacia delante, tocando la mejilla de Rayne con una mano vacilante, incapaz de reprimir un leve temblor.

—Pero tienes la piel suave.

Rayne se perdió en los ojos verdes y carraspeó apartándose un poco, pero sin perder el contacto con la mano de Liv.

Pero intentó encontrar algo que decir.

—Mm... sí... bueno, yo... mm... —Fue incapaz de formar una frase coherente. Se le llenó la mente de imágenes de lo que sentiría si esos dedos le acariciaran el cuerpo.

La cabeza rubia que tenía al lado se ladeó interrogante cuando Liv advirtió el ligero rubor que teñía la cara de Rayne.

La menuda rubia apartó la mano y se volvió hacia el lago, siguiendo con los ojos a los patos y cisnes que flotaban por el agua y a los niños y ancianos que les echaban migas de pan.

Ante ellas pasaban personas en bicicleta... seguidas de perros que las perseguían, con la lengua larga y rosa colgando por un lado de la boca.

Otros paseaban por el sendero, disfrutando simplemente de una tarde tranquila.

Rayne y ella habían elegido un sitio a la sombra en el césped y se habían traído algo de beber y comer.

Era martes y Liv había vuelto de la universidad y se había encontrado un mensaje en el contestador. Una voz grave le preguntaba si estaría interesada en una merienda y una película más tarde.

Se quedó al lado de la mesilla donde estaba el contestador, suspirando llena de felicidad y comentando en el piso vacío:

—Pues... si te empeñas...

Ahora, sentada aquí con Rayne a su lado... caray, era increíble.

La mujer más alta la había recogido... saludándola con un suave beso, cosa que Liv agradeció mucho porque no sabía si debía saludarla con un beso o no. Se quedaron delante del Mazda oscuro de Rayne... mirándose. Y ella estuvo a punto de proponer que se olvidaran de la merienda y de la película.

No quería compartir a Rayne con nadie.

Lo único que quería en realidad era encontrar un sitio tranquilo donde poder pegarse a la alta figura, sabiendo que no había lugar más seguro que los brazos de Rayne.

Pero... aquí estaban. Y tenía que reconocer que era precioso.

Rayne le había contado unas cuantas anécdotas graciosas de su infancia. Travesuras que había hecho en el pueblecito donde había crecido en la costa este de Inglaterra.

A cambio, la pequeña rubia le había contado recuerdos de su infancia. Su narración fue seguida por unos serios ojos azules que se perdieron en la suave voz, escuchando el ligero acento que caracterizaba el inglés de Liv.

Ahora Rayne estaba muy callada. Sus ojos seguían a un gorrioncillo que se peleaba con una paloma por un trozo de pan. El pajarito inflaba el pecho para impresionar al ave más grande, piando con furia a su adversaria, que no parecía muy impresionada.

—...hola...

La voz suave la sacó de su ensimismamiento y se volvió un poco.

—...hola tú...

Liv le sonrió... pero esos ojos verdes parecían preocupados.

Rayne soltó aliento despacio. Había una cosa que quería... que necesitaba preguntarle a la pequeña rubia, pero no sabía cómo sacar el tema.

—¿Estás bien?

—Sí... ¿puedo...? —La cabeza morena se volvió y se enfrentó a unos confusos ojos verdes—. Me gustaría hacerte una pregunta.

Liv sintió un hormigueo de nervios en el estómago.

—Adelante.

Rayne se mordió un momento el labio inferior, una costumbre que según había descubierto Liv, solía querer decir que la mujer alta estaba nerviosa.

—¿Has... has hablado ya con Torben?

Ya está, lo he dicho. Pero no tuvo el valor de mirar a Liv a los ojos. No sabía muy bien cuál iba a ser su reacción.

Y entonces una mano pequeña tocó su mano, que tenía apoyada junto a la rodilla. Sus dedos se entrelazaron... un pulgar le acarició la piel con delicadeza.

La menuda sueca esperó a que los ojos azules se alzaran y entonces sonrió.

—Sí. Hablé con él antes de que fuéramos a Hamburgo.

Rayne soltó el aliento que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.

Apretó la mano que tenía en la suya, asombrada de lo pequeña que era realmente. Sin pensarlo, le dio la vuelta y sus dedos acariciaron la palma.

Liv tragó saliva. La piel le hacía cosquillas donde la tocaba Rayne, y tomó aire temblorosamente.

De repente, los profundos ojos azules levantaron la mirada, siguiendo los delicados rasgos... los labios suaves... la suave curva de las mejillas... la pelusilla tenue y fina que las cubría. Te amo. Las palabras brotaron repentinamente en su mente. Y casi... casi las dijo en voz alta.

La pequeña rubia le sonrió alegremente.

Casi...


Matthias suspiró y cerró el cuaderno en el que había estado escribiendo. Bueno, este mes ha ido bien. Sonrió por dentro y se levantó. Metiendo el cuaderno en uno de los cajones de su escritorio, se irguió y salió de la oficina que compartía con Rayne.

Mmm. Hablando del rey de Roma... ¿dónde se había metido? Esta noche no tenía que venir, pero de todas formas solía aparecer durante una hora o dos. Pero por ahora no había ni rastro de ella.

Frunció los labios y entró en el bullicioso bar.

Había un grupo tocando al fondo del bar. Una buena cantidad de gente rodeaba el pequeño escenario, jaleando y aplaudiendo.

Volvió a sonreír, muy satisfecho del éxito que había tenido su bar en tan poco tiempo.

Una morena alta se abrió paso a través de la gente y se detuvo ante él, apartándose el pelo de la cara con un gesto lento y sonriéndole alegremente.

—¿Has visto a Ray?

El rubio reprimió el comentario seco de que sólo los amigos usaban esa abreviatura del nombre de Rayne... y ésta no era una amiga en absoluto.

Se llamaba Susie y se había convertido en una especie de acosadora de su alta amiga, echándole los tejos constantemente.

—Está ocupada.

Los ojos oscuros se estrecharon un momento, pero la sonrisa demasiado alegre siguió en su sitio.

—¿Ah, sí? ¿Pero va a venir esta noche?

Matthias suspiró.

—No lo sé. No ha llamado, así que supongo que no. Disculpa, si no te importa, pero tengo que hablar con alguien.

Con eso, la dejó allí plantada, se apartó y no tardó en perderse entre la multitud.

Jo, ¿pero qué le pasa? Sacudió la cabeza y luego tuvo que reprimir una risita al imaginarse a Liv diciéndole cuatro cosas a la molesta morena, pues sabía que la pequeña rubia tenía mucho genio.

Casi había llegado al grupo de gente al que se dirigía cuando de repente unos gritos en la entrada le llamaron la atención.

Uno de sus porteros, un turco alto e inmenso, entró y soltó un resoplido.

—¡Problemas, jefe!


El cielo estaba poblado de estrellas que titilaban suavemente. Unas nubes pálidas se movían despacio por la oscura superficie.

Hacía un frío agradable y Liv aspiró profundamente el aire fresco.

Cerró los ojos para disfrutar del momento.

A su lado oyó el leve roce de la ropa cuando Rayne se cerró la chaqueta ligera que llevaba y jugueteó con sus llaves mientras se alejaban caminando del cine del que acababan de salir.

—Me ha gustado mucho la película.

—Mmm.

Liv sonrió y se volvió hacia la mujer más alta.

—¿A ti no?

Los claros ojos azules, casi grises en la oscuridad, la miraron y luego Rayne suspiró. Metiéndose las manos en los bolsillos, se encogió de hombros.

—No ha estado mal.

Liv se mordió el labio inferior para disimular la sonrisa.

—¿Tampoco has visto nunca la serie de televisión?

—No.

—Ah.

Siguieron caminando en silencio por la Königsstrasse hacia el viejo Rathaus. Las calles estaban casi desiertas. Sólo la gente que salía tarde del cine y algunos adolescentes se movían por ellas. Un perro callejero pasó a su lado y sus ojos oscuros y tristes las miraron un momento antes de desaparecer por uno de los pequeños callejones tan típicos de Lübeck.

—Siempre me ha gustado esa forma que tenían de insinuar que eran más que amigos, ¿sabes? Eso de "¿son o no son?"

Los ojos azules, ahora interesados y ligeramente divertidos, se encontraron con su mirada y ella se echó a reír, dándole un manotazo en el brazo que tenía más cerca.

—En el fondo soy una romanticona, ¿vale?

Rayne dejó de caminar, con la cara repentinamente seria.

—A mí me parece muy bien.

Liv tragó y notó que se le calentaba la cara con un leve rubor cuando la mujer más alta se acercó más a ella. Una mano grande y sorprendentemente cálida le tocó la cara, acariciándole la mejilla con suavidad.

—Me gustas tal cual eres.

—...gracias... —fue lo único que se le ocurrió a la pequeña rubia, que de repente se ahogó en esos ojos azules que estaban tan cerca de su cara. La cabeza morena se ladeó un poco y luego bajó muy despacio.

Rayne vio que los ojos verdes se cerraban y con una leve sonrisa acarició los labios de Liv con los suyos, maravillándose de nuevo por lo suaves que eran.

Fue un beso delicado y breve.

Pero los ojos verdes tardaron un momento en abrirse de nuevo. Rayne suspiró despacio y esperó a que los ojos, ahora de un verde intenso, se encontraran de nuevo con su mirada.

—Así que ni se te ocurra cambiar, ¿me oyes?

Liv se rió suavemente e hizo un gesto negativo con la cabeza. Suspiró en silencio cuando Rayne le cogió la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

Siguieron caminando en silencio hasta el apartamento de la mujer más alta. Se detuvieron al lado de su coche.

Ninguna de las dos quería despedirse aún.

—¿Te apetece beber algo? —Por dentro Rayne se dio de tortas por la estupidez de la pregunta, pero su preocupación se desvaneció cuando la cabeza rubia se puso a asentir antes incluso de que hubiera terminado de hacerla.


—¿Y por qué quieres ser pediatra?

Estaban sentadas en el sofá oscuro, Rayne un poco de lado, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá y el tronco girado hacia la pequeña figura que estaba a su lado.

Liv se mordió el labio inferior y se colocó unos mechones cortos detrás de la oreja. Habló con tono tranquilo al contestar.

—Siempre he querido ayudar a la gente. No sé... desde que era niña he querido mejorar la vida de las personas. Estar a su lado si puedo... aliviar el dolor que sienten. Cuando tenía diez años, mi hermana pequeña murió de cáncer. Fue una época horrible para mí y creo que fue entonces cuando decidí hacerme pediatra.

Rayne acarició la manita que sostenía con un gesto cariñoso. Liv se volvió hacia ella con una ligera sonrisa bailándole en los labios. Soltó un suspiro lento y algo tembloroso.

—¿Cuándo acabarás tus estudios?

—El año que viene. —Los grandes ojos verdes se posaron en los bellos rasgos y en ellos vieron una sonrisa dulce pero seria.

—Sé que vas a ser una médico estupenda.

Rayne sonrió y apretó la manita que sostenía al ver el ligero rubor que ascendía por el cuello de Liv.

—¿Y tú?

La mujer más alta se encogió de hombros.

—Mi padre siempre quiso que me alistara en la Armada Real. Tuvo que retirarse después de sufrir un accidente y volvió a su vida de pescador. Es decir, estaba contento, pero siempre quiso que yo tuviera las mejores oportunidades.

Rayne se quedó en silencio y posó la mirada en la televisión. El sonido estaba apagado y en ese momento había un anuncio de una gran compañía de telecomunicaciones alemana.

—¿Y te alistaste en la Armada?

—No. Me... hacerme soldado no me convencía. No sabía cómo explicarlo, pero... bueno, él se quedó decepcionado, pero aceptó mi decisión. Así que me trasladé a Berlín y estudié ciencias económicas.

Las cejas claras se enarcaron con gesto de sorpresa.

—Sí... me hicieron unas ofertas muy buenas. Me puse a trabajar en una de las compañías británicas más importantes y todo el mundo me decía que tenía una carrera estupenda por delante. —La alta figura volvió a encogerse de hombros—. Entonces mi padre murió durante una tormenta en alta mar... Durante un tiempo me quedé sin rumbo. Entonces volví a encontrarme con Matthias, que no paraba de hablar de tener su propio negocio. Me pidió que me asociara con él... y bueno, así es como he acabado aquí.

Se miraron la una a la otra un momento en silencio y luego dijeron a la vez:

—Me alegro de que estés aquí.

Se echaron a reír, rompiendo la tensión que había empezado a acumularse. Y entonces Liv cobró clara conciencia de la mano grande que se había trasladado de su mano a su pierna y le acariciaba el muslo suavemente.

Miró a los profundos ojos azules y carraspeó.

Rayne ladeó la cabeza.

—Tranquila, ¿vale? No tenemos que hacer las cosas deprisa. Quiero que estés a gusto.

—Lo estoy. Es que... —Se sonrojó de nuevo—. Es que... nunca he... ya sabes... con una mujer.

—Mmm... —Rayne observó los delicados rasgos—. ¿Tienes miedo?

—¡No! —La cabeza rubia hizo un gesto tajante—. Pero nervios sí. O sea... —El rubor se hizo más intenso—. He leído... cosas... pero no sé si sabré qué hacer... ya sabes...

La figura alta se echó un poco hacia delante.

—Créeme... lo sabrás. —Al ver que Liv se estaba poniendo incómoda, intentó relajar el ambiente—. ¿Y qué son esas cosas que has estado leyendo?

Era evidente que le estaba tomando el pelo, y la menuda rubia se echó a reír. Acercándose más a la mujer más alta, susurró:

—Como que te lo voy a decir...

Estaban tan cerca que Rayne veía las motas doradas que salpicaban el verde de los ojos de Liv. Tan cerca que olía su perfume y el aroma que era simplemente Liv.

Tragó. Cruzando la distancia que las separaba, posó los labios sobre los que tenía tan cerca, vacilando al principio, pero luego sintió la respuesta de Liv y notó que el pequeño cuerpo se pegaba más al suyo.

Unas manos pequeñas se alargaron hacia ella al tiempo que las suyas se empezaban a mover...

Ring. El timbre del teléfono las sobresaltó a las dos, y los claros ojos azules se clavaron con enfado en el molesto aparato.

Sonó de nuevo y oyó que Liv tomaba aliento temblorosamente. Oyó un leve susurro:

—...caray...

Sin poder reprimir del todo la sonrisa, alcanzó el teléfono.

Ja?

La sonrisa desapareció de su cara al reconocer la voz alterada de Matthias, que hablaba en un alemán acelerado que le resultaba casi incoherente al caer en su fuerte dialecto del norte.

—Eh... calma... más despacio. ¿Qué pasa?

Lo escuchó... y Liv vio que se le ponía la cara impasible y los ojos claros se volvían fríos, con una expresión que le produjo escalofríos en la espalda.

Al cabo de un momento, Rayne colgó y alcanzó el jersey que estaba en la butaca.

—Tengo que irme. ¿Te quieres quedar o prefieres irte a casa? No sé cuándo voy a volver.

Las cejas claras se fruncieron. Estaba desconcertada por la frialdad de la voz grave de Rayne, tan opuesta a la dulce calidez con que hablaba normalmente.

—¿Qué ocurre?

Rayne se metió las llaves en un bolsillo.

—Problemas en el bar. Unos idiotas... —No terminó, pero apretó los puños.

—Voy contigo.

Unos atónitos ojos azules se clavaron en unos serios ojos verdes.

—¡¿Qué?!... No, Liv, escucha... esto...

—¡No, escucha tú! ¿De verdad crees que voy a dejar que te metas sola en una situación probablemente peligrosa? ¿Que me voy a quedar aquí sentada... poniéndome mala de preocupación? ¡No me vas a dejar aquí para nada!

Lo primero que se le ocurrió a Rayne fue que la rubita se ponía monísima cuando se enfadaba... y luego que esta "discusión" le resultaba de lo más familiar. De hecho... frunció las cejas oscuras. Se habría sentido decepcionada si Liv no hubiera intentado ir con ella. Qué raro...

De modo que tomó aliento con fuerza y lo soltó despacio.

—Está bien... pero por favor... —Se acercó a la pequeña figura—. No te metas en líos.

Una manita le tocó la mejilla, acariciándole despacio la piel, y luego un dedo le dibujó un momento los labios.

—Te lo prometo.

Rayne tragó, cerró los ojos para disfrutar de la caricia durante una pequeña eternidad y luego se irguió.

Salieron del apartamento, dejándolo en el silencio y la oscuridad.


La luz de las farolas pintaba la calzada de un resplandor amarillo, devorando cualquier color. Por las aceras se deslizaban sombras oscuras mientras pasaban con el coche ante edificios a oscuras. A lo largo del Untertrave se veían los contornos oscuros de las barcas.

Todavía no habían llegado al bar, pero allí delante Rayne vio algo que parecía un grupo de personas.

Aparcó el coche a pocos metros de distancia de la entrada y llevó a su compañera a la puerta trasera del bar.

Pero sí que oyeron las palabras que estaban gritando. Voces ásperas... risotadas vulgares... Liv tragó y se pegó más a la alta figura que estaba a su lado.

Al mirar a Rayne a la cara se dio cuenta de que la británica estaba claramente furiosa. Apretaba la mandíbula con un movimiento rápido.

Las recibió Matthias, cuyos ojos azules reflejaban su nerviosismo.

—Dios, cómo me alegro de que hayas venido.

Rayne se limitó a asentir y recorrió el bar con la mirada, haciéndose idea de cuántas personas seguían allí.

Matthias se dio cuenta y se encogió de hombros.

—Algunos se han ido por la puerta de atrás, pero no he querido que todo el mundo se marche por ahí. Me daba miedo que les llamara la atención... Ya he llamado a la policía y han dicho que llegarán lo más rápido posible.

Un resoplido grave.

—Ya.

Ahmed, uno de sus porteros, se acercó y saludó a Rayne con una leve inclinación de cabeza, sonriendo a Liv.

—Están borrachos, jefe. Me temo que hablar con ellos no va a servir de nada... —Se quedó callado un momento—. Algunos llevan bates.

Había un silencio sobrecogedor en el bar, teniendo en cuenta que todavía quedaban cerca de cincuenta personas. Todas las miradas estaban posadas en la alta figura que estaba junto a la barra, con una expresión intensa en los ojos claros.

—Está bien.

Echó a andar hacia la entrada principal y notó un tirón en la camisa. Se dio la vuelta y se encontró con unos preocupados ojos verdes.

—¿Te importa decirme qué es exactamente lo que quieres hacer?

A pesar de la situación, Rayne no pudo evitar sonreír, al advertir la ligera arruga que tenía Liv en el caballete de la nariz. Se le ponía sólo cuando sonreía o cuando estaba preocupada... y enfadada.

—Voy a salir y voy a tener una... charla... con esos cabrones.

—Rayne...

Los fríos ojos azules se encontraron con los verdes y Liv tragó. Dando un paso atrás, soltó la camisa de Rayne y se dio la vuelta mientras la mujer de más edad se encaminaba a la entrada, seguida de Ahmed y Matthias.


Eran ocho. Jóvenes... en su mayoría no pasarían de los dieciséis o diecisiete años. Estaban al lado de un VW Golf de color gris, riendo y bebiendo latas de cerveza que tenían con ellos.

Casi todos llevaban el pelo muy corto y algunos tenían la cabeza rapada, y la piel lisa soltaba destellos a la luz baja de las farolas de la calle.

Las botas pesadas con cordones blancos que llevaban en los pies identificaban el ambiente al que pertenecían, y tres de ellos tenían bates de béisbol en las manos.

Rayne ni siquiera aminoró la marcha al acercarse a ellos. La piel le hormigueaba de energía. A su pesar, recordó por qué no había querido hacerse soldado como había deseado su padre.

En lo más profundo de su interior había una parte de ella que siempre le había dado miedo. Una parte que sabía que disfrutaría matando. Le daba miedo.

Le daba miedo lo que había ocurrido en las raras ocasiones en que se había enzarzado en una pelea.

Conocía la sonrisa que había aparecido en su cara. El sutil olor de la sangre que había acariciado un punto muy oscuro de su interior...

Sacudiendo la cabeza ligeramente para quitarse esos recuerdos de la mente, sus ojos claros se posaron de nuevo en los jóvenes que estaban allí.

Uno de ellos advirtió su presencia y alertó a sus amigos. Las caras jóvenes se volvieron hacia ellos. Su odio y su asco eran dolorosamente evidentes.

Hoho, schaut mal an was da kommt. Ein Haufen Perverser! —gritó uno de ellos. Tiró la lata y alcanzó su bate, dando un paso hacia ellos, seguido del resto de sus amigos—. Hey, Schatz... brauchst du mal 'ne richtigen Kerl, der's dir besorgt? Wie wär's?

Se echaron a reír de nuevo, claramente divertidos. Y entonces uno de ellos lanzó su lata de cerveza contra una ventana del bar. El cristal estalló con un fuerte estampido y algunos trozos salieron volando por la calle, aunque la mayoría cayó al interior del bar.

Rayne oyó gritos apagados de sobresalto y miedo.

Despacio... despacio, se volvió hacia el grupo de jóvenes.

La cabeza morena se echó hacia un lado.

Was ist los, Schlampe? —El joven, evidentemente el líder del grupo, la miró con desprecio.

Matthias agarró a su amiga, que avanzaba hacia el grupo, con la cara firme y fría. Sólo la había visto así una vez, y en esa ocasión, el tipo que la había provocado había pasado una temporada en el hospital.

—Venga, Ray... déjalos. La policía llegará dentro de nada. No merecen la pena.

No pareció oírlo. Sus ojos claros seguían clavados en los jóvenes.

Y entonces una voz suave desde la puerta los distrajo a todos.

—¿Rayne...?

Unos ojos azules sobresaltados se volvieron y encontraron a Liv en la puerta, con la cara pálida y un ligero reguero de sangre roja que le resbalaba despacio por la sien izquierda.

La mujer alta tardó un segundo en darse cuenta de que Liv estaba herida, y al segundo siguiente el joven que había tirado la lata se encontró con la espalda encima del coche en el que había estado apoyado.

Dos grandes manos le aferraban la camisa.

—¡Hijo de puta!

Hey....was läuft denn bei dir schief?? Lass mich los, du Schlampe! Leute, kann mir mal einer helfen?

Pero en ese momento un puño entró en contacto con su cara. Un suave crujido, seguido de un torrente rojo que le chorreó desde la nariz, por los labios, hasta la camisa.

Detrás de ella oyó una leve exclamación, pero no hizo caso.

El joven intentaba soltarse, pero Rayne lo tenía agarrado con fuerza y antes de que sus amigos pudieran intervenir, se oyó el ruido de un coche de policía.

El joven siguió debatiéndose.

Lass mich los!! —Su cara se llenó de miedo al ver que sus amigos salían corriendo. Los ruidos de sus botas se fueron perdiendo por la calle desierta.

El coche de policía dobló la esquina y se detuvo al lado de Rayne y del chico al que seguía sujetando.

Un agente salió del coche y asimiló la situación con expresión sorprendida. Se rascó la barba y se volvió a su compañero, encogiéndose de hombros.

In Ordnung. Was genau ist hier passiert?



12


Un leve chapoteo. Eso era lo único de lo que era consciente. Un leve chapoteo. Olas que golpeaban la madera. El sonido apagado del metal chocando con la madera. Los crujidos de las cuerdas al moverse en sus tirantes.

Qué nombres tan raros ponía la gente a sus barcas.

Ariane... Adler1... Störtebeker... Wellenbrecher...

El agua era de un gris oscuro. En su superficie se veían luces y reflejos que bailaban de un lado a otro.

La alta figura se echó hacia delante con un movimiento extrañamente derrotado. Un profundo suspiro agitó el aire.

Estaba amaneciendo. El cielo empezaba a transformarse en un pálido azul. Las nubes cargadas todavía se cernían sobre la ciudad dormida. Una suave llovizna acariciaba los rasgos marcados.

Rayne respiró hondo y apoyó los codos en las rodillas. Los ojos claros se posaron en el suelo. Dio una patada con el pie a una piedrecilla que encontró allí.

La policía se había ido hacía poco. Le habían pedido que acudiera más tarde a comisaría para hacer una declaración completa de lo que había ocurrido. Se habían llevado al joven. Pero como era menor de edad, lo único que harían sería llevarlo a casa con sus padres.

Sabía que Matthias se había llevado a Liv dentro para curarle el corte que se había hecho con el cristal que había entrado disparado en el bar. Ella ni siquiera había podido mirar esos ojos verdes.

Hacía mucho tiempo que no perdía los estribos de esa manera.

El tipo no paraba de meterse con ella, insultándola y provocándola. Ella ya llevaba unas cuantas cervezas encima y en un momento dado... él la empujó, intentando que se peleara con él.

Cerró los ojos claros.

Y se peleó con él.

Aún recordaba la sensación de su puño al estamparse en la cara del tipo. Lo que había sentido al oír el crujido de los huesos... al ver la sangre... el miedo que tenía él en los ojos.

Fue Matthias quien la apartó del tipo cuando éste se desmayó. Ella había seguido pegándole... perdida en la oscuridad.

Y esta noche...

Al ver la sangre en la cara de Liv se había asustado. Se había asustado profundamente. La mera idea de que Liv estuviera herida... le había traído el recuerdo de unos sueños que tenía en otra época. De violencia y dolor. Dolor al perder su alma. Dolor al sujetar un cuerpo frío e inerte entre sus brazos...

Los ojos claros se entrecerraron.

Cerró los puños con fuerza. Hacía mucho tiempo que había aceptado esa parte de sí misma. Pero no quería que Liv la viera nunca así.

Así no...

Bueno, Wilson... ahora sí que la has cagado. La cabeza morena se alzó y los ojos claros se posaron en el cielo, notando las delicadas gotas de lluvia que le caían en la cara.

Consciente de unos ligeros pasos que venían hacia ella.


Liv dudó.

Sus ojos no se apartaban de la figura oscura sentada en un banco junto al canal, de la postura derrotada de esos anchos hombros.

El corte que tenía en un lado de la cabeza le dolía y sentía un leve escozor donde Matthias le había aplicado antiséptico.

Suspiró. Su pequeño cuerpo se estremeció un poco cuando la lluvia empezó a arreciar, perdiendo su suavidad... haciéndose más cruda. Las gotas explotaban con un leve chasquido en cualquier superficie.

Los ojos verdes volvieron a contemplar a Rayne. La mujer alta ni se había movido.

—Dale un poco de tiempo.

Oyó la voz de Matthias detrás de ella y se volvió hacia él. Acababa de echar el cierre y se había despedido de Ahmed y de sus últimos clientes.

—Yo...

El alto alemán se acercó a ella y le acarició el brazo con gesto cariñoso.

—Créeme. La conozco. Necesita un poco de tiempo para calmarse. Estará bien.

Los claros ojos verdes regresaron a la figura solitaria y oscura. Todos sus instintos le decían que no se fuera, que se quedara allí con Rayne.

Matthias suspiró y se arrebujó en la chaqueta.

—¿Quieres que te lleve?

La cabeza rubia hizo un gesto negativo, salpicando de lluvia su pequeña figura.

—No.

La cabeza rubia se ladeó un poco y entonces Matthias sonrió, interpretando correctamente la expresión de esos ojos verdes. Vaya, Ray... ésta sí que merece la pena.

—Está bien. Hasta mañana.

Con eso, se metió en el coche y se marchó, mirando a Liv por última vez, con una ligera sonrisa en la cara.

Los truenos resonaban por el cielo, reverberando en el tranquilo amanecer.

Una mano pequeña se alzó y se apartó el flequillo mojado. Cruzando la calle, Liv se detuvo detrás de la figura encorvada.

—¿Rayne...?

No hubo respuesta, y Liv respiró hondo. Avanzando otro paso, se colocó lo bastante cerca como para tocarla.

Notó el ligero estremecimiento cuando su mano se posó en la espalda de Rayne.

Oyó que la mujer más alta tomaba aire profundamente.

—Vámonos a casa, ¿eh?

La lluvia arreció aún más. Ahora ya era un torrente... un muro transparente de agua que golpeaba el suelo, creando círculos en la superficie del agua que se cruzaban unos con otros... abrazándose y muriendo... El ruido ahogaba cualquier otra cosa salvo el latido constante de dos corazones y dos respiraciones distintas. Dos almas que se buscaban...

Unos claros ojos azules se encontraron con unos bondadosos ojos verdes.

Se posaron en la mano que se alargaba hacia ella.

Se encontró por fin en casa al coger esa manita con la suya, y el calor de sus manos unidas le causó un hormigueo por todo el cuerpo.

Se levantó y miró a la pequeña figura y esos delicados rasgos que le sonreían.

—Sí... vámonos a casa.


Las gruesas gotas de lluvia golpeaban las ventanas con un ritmo constante. Una espesa capa de agua resbalaba por el cristal, haciendo borrosas todas las imágenes de fuera.

Unos ojos claros se posaron en la escena del amanecer y luego volvieron a la figura acurrucada en el sofá, envuelta en un albornoz grueso y suave que se tragaba las delicadas curvas ocultas en su interior.

Esto se está convirtiendo en una costumbre, ¿verdad? Una sonrisa afectuosa bailaba en los labios rojos. Pero desapareció al ver la fina venda que rodeaba la frente de Liv. Las dos se habían dado una ducha, pero al no poder dormirse inmediatamente, se habían sentado en el sofá y se quedaron charlando.

La pequeña rubia se había quedado dormida por fin.

La cabeza morena se volvió de nuevo hacia la ventana.

Liv había visto su peor faceta esta noche y sin embargo... aquí estaba. Profundamente dormida en su sofá, con una ligera sonrisa en los labios.

Rayne levantó la mano y se tocó sus propios labios, en los que aún sentía el cosquilleo de los delicados besos que se habían dado.

Un suave suspiro.

La alta figura, vestida con pantalones de pijama y una camiseta vieja, se echó hacia delante.

—...eh...

La pequeña figura se movió. Un leve sonido, pero Liv no se despertó. Rayne sonrió y la sacudió por el hombro con mucha delicadeza.

Nada.

—Eh... dormilona... venga, vamos a ponerte cómoda.

Otro ruido, que sonaba sospechosamente parecido a un gruñido.

—Mmm...

Y entonces unos adormilados ojos verdes miraron parpadeando a la mujer más alta y Rayne tuvo que reprimir una sonrisa cuando la nariz de Liv se arrugó al fruncir el ceño. Jo, qué preciosa es.

Liv se incorporó despacio y se pasó las manos por el pelo, intentando acicalárselo un poco.

—Ya lo has hecho otra vez. —Una dulce sonrisa quitó a las palabras cualquier idea de mal humor que pudieran haber transmitido.

Una alegre sonrisa y la cabeza morena asintió.

—Sí.

Se sonrieron la una a la otra, disfrutando de su cercanía.

—¿Quieres ir a la cama?

—No lo preguntarás en serio, ¿verdad? —Liv sonrió y se levantó.

Se acurrucaron juntas en la cama de Rayne, sin intercambiar palabra. Liv se puso de lado y colocó la cabeza en un hombro oportunamente cercano. Levantó despacio la mano para tocar la tripa de Rayne, en un gesto que se transformó en una suave caricia.

Los ojos verdes se alzaron y se encontraron con unos sonrientes ojos azules.

La pequeña mano se movió de nuevo, esta vez tocando la sonrisa de los labios de Rayne. La pequeña figura se inclinó hacia delante y sustituyó los dedos por unos labios suaves y temblorosos.

Los ojos claros se cerraron y Rayne casi no oyó las palabras que subieron flotando hasta ella en un leve susurro.

Jag älskar dig.

Movió la cabeza un poco para mirar a Liv.

—¿Qué significa eso?

Unos tranquilos ojos verdes la miraron. Luego la cabeza rubia hizo un ligero gesto.

—Significa buenas noches.

La cabeza morena se ladeó ligeramente.

—Ah, vale... Buenas noches, Liv.

El silencio se posó a su alrededor y Rayne aprovechó un momento para disfrutar del calor del cuerpo de Liv pegado al suyo.

Del aroma de su champú.

Del aroma que era Liv.

Un brazo largo alargó la mano y apagó la luz, dejándolas a oscuras. Los únicos ruidos eran el tictac del reloj, los suaves suspiros de la madera... y el lento despertar de la ciudad allí fuera.


PARTE 4


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