2


Aquí estoy con las alas rotas
Pensamientos callados sueños inexpresados
Aquí estoy sola de nuevo
La necesito ahora
Para que me coja la mano
< estribillo > Ella es todo
Ella es todo lo que tenía
Es el aire que respiro
Ella es todo
Ella es todo lo que tenía
Es cómo hace que me sienta
Es lo único real
Es cómo me comprende
Es mi amante es mi amiga
Cuando la miro a los ojos
Es cómo me siento por dentro
Como la mujer que quiero ser
Ella es todo lo que necesito
Tanto tiempo tanto dolor
Y sólo queda una cosa
La forma en que me quería
El amor que nos teníamos
Y a través de todo ella siempre ha estado ahí
< estribillo > Ella es todo
Ella es todo lo que tenía
En un mundo tan frío tan vacío
Ella es todo
Ella es todo lo que tenía
Es cómo hace que me sienta
Es lo único real
Es cómo me comprende
Es mi amante es mi amiga
Cuando la miro a los ojos
Es cómo me siento por dentro
Como la mujer que quiero ser
Ella es todo lo que necesito
—She's All I Ever Had
, escrito por Robi Rosa, George Noriega, Jon Secada, Luis Gómez Escolar


4


ahora

Unos claros ojos verdes observaban una habitación llena de alegres adornos. Llena de amigos que reían, hablaban, bailaban.

Era un ambiente feliz. El calor de la luz y de la pequeña chimenea formaba un eficaz escudo contra el frío que sabía que aún hacía fuera.

Volvió de nuevo la cabeza hacia la ventana. Los claros ojos verdes observaron los árboles nevados, las vallas y los céspedes. Los coches estaban enterrados bajo una gruesa capa blanca. Era un inmenso contraste con el alegre calor y el ambiente que había en la habitación.

Y sin embargo tenía algo muy reconfortante.

Le traía recuerdos de una presencia fuerte y cálida a su espalda... que estrechaba su pequeño cuerpo entre sus largos brazos mientras contemplaban cómo caían los esponjosos copos.

Recordaba una figura que se movía y temblaba de risa en silencio mientras ella intentaba atrapar los copos con la lengua.

Recordaba sin problemas ese grave murmullo.

Alzó una mano pequeña y con dedos ligeramente temblorosos tocó el delicado collar que llevaba al cuello. Se lo había puesto sin pensárselo siquiera. Bien consciente del significado más profundo que tenía el pajarillo. Para ella y...

Un suave suspiro empañó la ventana por un momento.

Liv se volvió y cogió el abrigo. Salió al jardín de atrás y la nieve crujió bajo sus zapatos, con un ruido extraordinariamente fuerte en medio del silencio que la noche había dejado a su alrededor.

Se abrazó a sí misma y echó la cabeza hacia atrás, contemplando un cielo oscuro y despejado reluciente de estrellas que le hacían guiños.

Y si cerraba los ojos casi podía oír risas que flotaban en la oscuridad por encima de ella.

Las risas alegres de unos niños.

Abrió los ojos. Su aliento formaba un vapor delicado delante de ella. Y entonces un leve susurro rompió el silencio que la rodeaba.

...parece un conejo...

—¿Liv?

La voz grave la sobresaltó tanto que apenas consiguió sofocar un ligero grito.

Porque por un momento le sonó como...

Se volvió y se encontró con la cara preocupada de Matthias.

—...Hola...

Se miraron largo rato en silencio, intercambiando recuerdos. Tácitos como siempre. Y como siempre no les importó el silencio.

Hur har du det?

La menuda rubia sonrió ante el uso del sueco por parte de Matthias. Lo había dicho bien, pero tenía mucho acento.

—Estoy bien, Matti... es que necesitaba estar un ratito a solas.

Él la miró, observando sus rasgos... esa sonrisa ligera y dulce que le bailaba en los labios.

La tristeza que había en sus ojos.

La cabeza rubia se volvió de nuevo, arrebujándose más en el grueso abrigo. Señaló algo que tenía delante.

—Es bonito, ¿verdad?

Matthias avanzó un paso y se colocó al lado de Liv. No le veía la cara, pero estaba seguro de saber en qué estaba pensando. De modo que no le sorprendió cuando la suave voz se dirigió a él.

—¿Qué tal estaba?

Matthias soltó aliento despacio.

—Cansada.

Y Ray le había parecido de verdad cansada. Y extrañamente perdida.

De nuevo se hizo el silencio entre los dos. Hasta que él se dio cuenta de que a ella le temblaban los hombros. Sin decir palabra, se puso delante de ella y la estrechó en un cálido abrazo. Notó que la pequeña figura se estremecía en un llanto silencioso.

—Ssshh... todo va ir bien... —Meció a la pequeña figura, susurrando dulces palabras de consuelo, sabiendo que no era su consuelo lo que ella necesitaba.

O quería.

Encima de ellos el cielo empezaba a nublarse lentamente, ocultando los puntos de luz parpadeante tras un pálido gris. De alguna parte los ruidos de los coches se colaban en el jardín de atrás, acompañados de la mezcla de voces y música que salía de la casa.

Una alfombra de ruido suave que se posaba apaciblemente a su alrededor.



5

entonces

El agua caliente rodeaba a la alta figura de un vapor delicado, empañando el cristal de la ducha. El agua caía a plena potencia sobre el cuerpo inclinado hacia delante, con los brazos estirados, las manos apoyadas en los azulejos.

Una larga melena oscura, empapada, se pegaba a los anchos hombros y la espalda, rizándose en las puntas.

Sobre la piel relucían pequeñas perlas de agua, que se deslizaban despacio por el largo cuerpo.

Un suave suspiro, apenas audible por el ruido que hacía el agua.

Qué día...

Rayne cerró los ojos, dejando caer la cabeza entre los hombros para que el agua le diera en el cuello, rígido tras pasarse horas agachándose para recoger la basura de la fiesta.

No sabía cuánto tiempo llevaba en la ducha y no le importaba. Lo único en lo que podía pensar era en...

Liv.

Jamás se había imaginado que la pequeña rubia fuera a verla allí, como tampoco esperaba que Liv bajara a hablar con ella.

Aunque no se habían dicho gran cosa.

Sus labios esbozaron una ligera sonrisa, derramando pequeñas gotas de agua. Se habían quedado allí paradas, mirándose la una a la otra. Sonriendo.

Sintiendo...

Se podría haber quedado allí para siempre mirando esos delicados rasgos... esos ojos verdes... esa sonrisita tímida.

Le había hecho falta toda su fuerza de voluntad para no echarse hacia delante y besar esos labios. Labios que sabía que eran suaves como la seda. Y esta sensación era casi tan real como un recuerdo...

Sabía prácticamente desde su primer encuentro que se sentía atraída por la pequeña rubia. Lo cual no era ninguna sorpresa porque Liv era...

La sonrisa se hizo más grande.

Y por un momento pensó que hasta podría tener una oportunidad. Pero anoche ese sueño se rompió en mil pedazos, cuando Liv apareció con un joven guapo que era evidentemente más que un buen amigo.

Dios, cómo le había dolido.

Y sin embargo...

Esta mañana había sido casi demoledora por sus nuevas posibilidades. Todavía le hormigueaba el brazo en el punto donde Liv la había tocado antes de marcharse.

La alta figura se enderezó y terminó de lavarse. Cerró el agua y salió al baño lleno de vapor. Se secó el cuerpo y el pelo antes de encaminarse a la cama.

Sus claros ojos azules se dirigieron un momento a la ventana, observando el despejado cielo azul, escuchando los sonidos suaves del exterior.

Se acomodó en la cama, tumbada boca arriba, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La sonrisa seguía bailando en sus labios.

Tenía la mente llena de los recuerdos del amanecer y de las posibilidades que podría traer la noche. Liv y ella habían quedado en Zum Zölln, un popular punto de encuentro para los estudiantes de medicina que querían divertirse. Pero los domingos estaba generalmente mucho más tranquilo que entre semana.

Los claros ojos azules se cerraron. Y con otro suspiro Rayne se quedó dormida.

La sonrisa no desapareció de su rostro.


El pasillo de la planta estaba extrañamente silencioso. Por el aire resonaban unos pasos suaves, anunciando que se acercaba alguien.

Pasaban unos minutos de la una de la tarde y la planta de pediatría estaba inmersa en un merecido descanso. Los niños habían comido hacía media hora y ahora estaban echando una siesta, lo cual permitía a los enfermeros ponerse al día con su papeleo y comer ellos mismos.

Una cabeza rubia se movió de un lado a otro, observando los alegres dibujos y los animales de peluche olvidados en las sillas alineadas a lo largo de las paredes.

Los claros ojos verdes se posaron más tiempo en algunos dibujos evidentemente realizados por un niño que mostraban a una enfermera y un médico.

Los labios rojos esbozaron una dulce sonrisa. Una sonrisa que no podía evitar desde por la mañana. No había conseguido disimular del todo sus ganas de que llegara la noche... por suerte, Torben lo había confundido con la emoción que siempre sentía antes de ir al hospital donde, todos los domingos, leía cuentos a los niños.

Llevaba un par de libros bajo el brazo y había dejado su mochila y los zapatos de calle en su taquilla del sótano.

Disfrutaba inmensamente con estas tardes. Contar cuentos tocaba algo muy profundo en su interior.

Acercándose a la puerta que llevaba a la sala de enfermeros, atisbó por la esquina y vio una cabeza morena. En la oscura melena sólo se veían unas pocas canas.

Era Magda, la enfermera jefa de la planta de pediatría. Tenía cuarenta y pico de años y la actitud perfecta para bandearse con niños enfermos y médicos gruñones, además de padres recalcitrantes.

Liv sonrió aún más.

Magda le caía muy bien. La mujer de más edad había sido una fuente de fuerza incombustible durante algunas de sus experiencias más duras, y siempre lograba animarla cuando pensaba que no iba a poder con ello.

Dejando los libros en una mesa cercana, se acercó a la enfermera por detrás, despacio y tratando de hacer el menor ruido posible, apenas capaz de contener la risa.

—Ni se te ocurra, junges Fräulein.

Cualquier comentario que pudiera haber hecho se le quedó atravesado en la garganta y tosió por la sorpresa, mirando directamente a la cara sonriente de su amiga de más edad.

—¿Cómo haces eso? —Liv meneó la cabeza con indignación fingida.

—Cariño, no serías capaz de sorprender ni a una persona ciega y sorda, ¿sabes?

Liv se quedó mirando a Magda en silencio un momento y luego su labio inferior se echó hacia delante, formando un puchero de primera categoría.

La mujer de más edad se echó a reír y frotó los brazos de Liv. La joven sueca le caía maravillosamente. Ladeó un poco la cabeza, observando la sonrisa dulce de Liv y el brillo más vivaz que de costumbre de esos extraordinarios ojos verdes.

Tenía la cara algo sonrojada, y Magda no pudo evitar sonreír a su vez. Y no pudo evitar notar que su joven amiga tenía el aspecto de una persona enamorada.

—Bueno, ¿cómo te va?

El ligero sonrojo se transformó en un rubor encantador y Liv bajó la mirada, jugueteando con su camisa.

—Bien... Ya sabes... como siempre.

Magda se echó a reír.

—Ya. —Movió la cabeza un poco para poder mirar a Liv a los ojos. Pero antes de que pudiera indagar más, una de las luces de la consola de enfermeros que tenía al lado se encendió, parpadeando rápidamente.

Liv volvió la cabeza y su sonrisa desapareció.

—Ésa es la habitación de Ralf.


La primavera estaba ya en pleno apogeo. El verdor nuevo brotaba de cada árbol que había a lo largo de la calle principal del barrio antiguo de Lübeck, atrayendo a los primero pájaros e insectos y dando una sensación de vida nueva a la ciudad.

El sol había estado brillando todo el día, arrastrando a gente de toda la ciudad y de los pueblos vecinos al parque de la ciudad, que seguía el río que rodeaba la parte interna de la ciudad.

Otros se habían dirigido a la playa para disfrutar del Mar Báltico y dar un paseo por la arena, probablemente comiendo su primer helado del año.

Unos claros ojos azules observaban con silenciosa diversión a la gente que pasaba, tomando nota de sus interacciones, sus risas.

El sol se estaba poniendo despacio por detrás de las siluetas de los edificios e iglesias del siglo XVIII. Los inmensos árboles contaban antiguos secretos cada vez que la suave brisa del atardecer pasaba a través de sus hojas recién despertadas.

Eran cerca de las siete de la tarde y la cabeza morena seguía mirando a su alrededor, buscando una familiar cabeza rubia.

Había elegido una mesa fuera del pequeño bar y había pedido un vaso de agua para pasar el rato hasta que apareciera Liv. Desde que se había sentado, había rechazado varias invitaciones a una copa.

Había dormido varias horas y se sentía muy descansada y como si pudiera hacer frente al resto del mundo. Cierto par de ojos verdes no dejaba de rondarle por la mente.

Pasaron dos autobuses seguidos de coches y varias bicicletas. Los ciclistas no hacían ni caso de los semáforos para peatones situados a lo largo de la calle principal.

Ya eran las siete y media y la alta figura se levantó despacio. Tragó y se mordió el labio inferior un momento. Ya estaba oscureciendo y las farolas se encendieron a su alrededor, seguidas de las brillantes luces que había en los árboles delante del bar.

Las miró un momento.

Advirtió que aparecían las primeras estrellas en el cielo que se iba poniendo oscuro. Sin darse cuenta, buscó formas en ellas.

—...Un conejo... —Un leve susurro arrebatado por la brisa que iba en aumento a medida que se acercaba la noche.


Eran casi las once de la noche cuando Rayne aparcó delante de su apartamento. El cielo ya se había vuelto de un negro profundo y su terciopelo oscuro estaba iluminado por innumerables estrellas.

Salió del coche y lo cerró, con movimientos lentos y extrañamente derrotados.

Había una pequeña luz encendida en el portal del edificio de apartamentos, iluminando a una figura pequeña y encogida que estaba sentada en los escalones.

Los claros ojos azules se estrecharon cuando Rayne se acercó. Frunció las cejas, preparándose para un ataque. Pero, antes de llegar siquiera a la figura, su expresión pasó de la alarma a la sorpresa y la confusión.

—¿Liv?

La figura oscura se movió y la luz iluminó una cabeza rubia y unos ojos verdes y llorosos.


El ruido apagado de una ducha abierta flotaba por el apartamento. El olor relajante de una infusión flotaba suavemente sobre una mesilla junto a un sofá de color oscuro.

Las cortinas de las ventanas estaban echadas, dejando la habitación iluminada por una cálida luz amarilla que procedía de una lámpara situada junto al sofá.

Unos claros ojos azules miraron a su alrededor. Un leve suspiro agitó el aire por un instante. Rayne se reclinó, cerrando los ojos.

Liv había estado esperándola en la puerta durante casi una hora. Había vuelto de su trabajo como voluntaria en el hospital... después de que uno de los pequeños —Ralf— sufriera un ataque y muriera. Los llorosos ojos verdes la habían mirado mientras la joven sueca le contaba lo que había ocurrido con la voz temblorosa mientras hablaba.

Le habló del niño a la mujer morena. Lo conocía desde que había empezado a leer cuentos en el hospital hacía dos años. Se había encariñado mucho con él... sonrió al recordar algunos momentos divertidos que habían compartido.

—Tenía la sonrisa más alegre que te puedas imaginar. No se podía evitar quererlo —dijo, con la cara llena de lágrimas.

Rayne tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para evitar que su mano secara las lágrimas, pues no sabía si la caricia sería bien recibida.

Pero sus temores se evaporaron cuando Liv se volvió hacia ella y sin decir palabra el pequeño cuerpo se acurrucó contra ella, llorando, agarrándose a ella con una fuerza casi desesperada.

Lo único que pudo hacer fue rodearla con los brazos, acunándola suavemente y susurrándole palabras de consuelo.

Pero era muy consciente del calor que emanaba del cuerpo de Liv, del aroma que tenía su pelo, del olor de su perfume... de la forma en que el pequeño cuerpo encajaba entre sus brazos.

Los claros ojos azules se abrieron.

Qué gusto le había dado abrazar a Liv.

El ruido de la ducha se detuvo, seguido de los ruidos de una persona que se vestía, y luego la puerta del baño se abrió y salió Liv.

Rayne no pudo reprimir una ligera sonrisa. Dios, qué cosa tan mona.

Liv estaba en el umbral, con unos pantalones de chándal y una camiseta de Rayne, ambos demasiado grandes para ella, hasta el punto de tragarse a la pequeña rubia.

Una mano pequeña pasó los dedos por el corto flequillo mojado, intentando alisar el pelo desordenado. Una ligera sonrisa cohibida bailaba en sus labios.

—...Hola...

Rayne se levantó y cogió la taza de té.

—Toma, he pensado que te vendría bien.

La cabeza rubia se inclinó hacia un lado y los ojos verdes la miraron un momento en silencio, despertando un calor en su vientre que poco a poco se extendió por todo su cuerpo.

—Gracias.

Se quedaron allí de pie, mirándose, las dos con una ligera sonrisa en la cara. El delicado aroma de la infusión flotaba por el aire. La habitación estaba pintada de luz cálida que creaba sombras en las paredes.

El ruido apagado de los coches y el ladrido de un perro se colaban por las cortinas echadas. Y por un momento se alzaron unas voces y unas risas, seguidas de los ruidos de las puertas de unos coches al cerrarse y unos motores que se ponían en marcha.

Pero fue un tenue rugido lo que las sacó del pequeño momento de silencio que compartían.

Frunciendo las cejas oscuras, Rayne intentó dilucidar de dónde salía ese ruido, y entonces advirtió el rubor que teñía la cara de Liv.

La joven rubia carraspeó, mirando a todas partes menos a los interrogantes ojos azules.

—Llevo sin comer nada desde mediodía... Mi cuerpo tiene... mm... una forma de recordármelo.

Sus ojos se volvieron a encontrar y se echaron a reír, relajando el ambiente que las había rodeado desde que Liv le contó lo del niño.

Se sentaron en el sofá, donde Liv metió las piernas por debajo de su cuerpo y envolvió la taza de té con las manos, bebiendo un sorbo del líquido que humeaba ligeramente.

Sus ojos observaron las facciones sonrientes de la alta británica sentada a su lado y se asombró de lo azules que eran realmente los ojos de Rayne.

—¿Cómo te sientes?

La voz grave, como siempre, despertó algo en su interior que le resultaba tan familiar...

Bebió otro sorbo y tragó despacio.

—Me siento mejor. Yo... es que... era tan joven y le había prometido este cuento en concreto desde hacía dos semanas. Él... —Se calló, mordiéndose el labio inferior para evitar que temblara.

Y notó una mano cálida en la rodilla.

—Eh...

—Estoy bien. En serio... pero lo voy a echar de menos.

La cabeza morena se inclinó un poco y Liv no pudo evitar preguntarse cómo sería sentir esos labios. Notó que se le calentaba la cabeza con el rubor que le subía por el cuello y no pudo creer que hubiera pensado eso de verdad.

Y sin embargo...

Esos ojos azules la miraban interrogantes y meneó la cabeza.

—Estoy bien... sólo... sólo estoy pensando.

Rayne no indagó más, aunque le habría gustado saber qué era lo que había provocado el ligero rubor que cubría esos delicados rasgos.

—¿Qué tal si encargo una pizza? Yo misma empiezo a tener hambre.

—Oh, sí... eso sería estupendo. No has comido... —Liv no terminó, al recordar que habían quedado en cenar juntas esta noche. Sintió dolor sólo de pensar en Rayne esperándola—. Lo siento.

Esos ojos azules se suavizaron y la alta figura se inclinó hacia ella, con una leve sonrisa bailándole en los labios, cosa que a Liv le resultó absolutamente encantadora.

—Pues digamos que ahora me debes una cita.

Y lo único que a ella se le ocurrió decir fue:

—Vale...

Lo cual le valió una alegre sonrisa, y de nuevo en su mente se preguntó cómo era posible que unos ojos pudieran ser tan azules... para darse cuenta a continuación de lo bella que era Rayne realmente.


Rayne meneó la cabeza ante la pantalla de televisión y los títulos de crédito de la película que Liv y ella habían estado viendo después de encargar la pizza.

La joven rubia se había quedado dormida a media película.

Su profunda respiración era algo que a la alta británica le resultaba absolutamente encantador. La pequeña figura se había acurrucado contra ella a los pocos minutos de quedarse dormida.

Con una mano de dedos largos cogió el mando, apagó la televisión y luego se reclinó. Se preguntó qué hacer a continuación. Podría despertar a Liv.

Claro que podría.

Los claros ojos azules se volvieron hacia las ventanas. La luz tenue apenas era visible a través de las cortinas. Pasaban unos minutos de las dos de la mañana y no estaba dispuesta en absoluto a dejar que la pequeña rubia se fuera a casa sola.

Una parte de ella no quería que Liv se marchara en absoluto.

Quería tomarla entre sus brazos y estrecharla, sabiendo que entonces todo iría bien, que la oscuridad y el vacío de su interior desaparecerían, que la sensación de estar perdida que había llevado consigo durante tantos años se desvanecería.

Suspirando levemente, se levantó. Cogió en brazos con cuidado el cuerpo dormido de Liv y la llevó al fondo de su apartamento donde estaba la cama, situada tres escalones por encima del suelo y rodeada de una pequeña barandilla que separaba ese rincón del resto de la habitación.

Depositó con cuidado a la pequeña rubia en la cama, apartándole sin darse cuenta unos mechones rubios y despeinados.

Se maravilló por la suavidad de la piel que estaba tocando.

Liv ni se enteró. Se dio la vuelta y se acurrucó en las sábanas.

Rayne sonrió y se sentó en el suelo al lado de la cama, apoyando la espalda en las barras de la barandilla. Sus ojos claros no se apartaban de la figura dormida.

Observó los delicados rasgos tan increíblemente juveniles al dormir, la nariz ligeramente respingona, las pálidas cejas... la suave curva de los pómulos.

La única luz que había en el apartamento procedía de una pequeña lámpara junto al sofá que lanzaba sombras contra las paredes. El único ruido era el de dos respiraciones que poco a poco se fundieron en una sola...



6


Es ist dein Lächeln
An dem ich mich
Nicht satt sehen kann—
Dein Lächeln,
Mit dem du den Augenblick
So kostbar machen kannst,
Dass ich zu atmen vergesse.
Es ist dein Lächeln,
Das unsagbar Schönes sagt—
Mit einer Anmut,
Die mich sprachlos macht.
(Es tu sonrisa
de lo que no me sacio—
tu sonrisa,
que convierte un momento
en algo tan precioso
que se me olvida respirar
Es tu sonrisa
que habla de una belleza inefable—
Con una gracia
Que me deja sin habla)

Unos claros ojos verdes siguieron las palabras que había en el trozo de papel y una mano pequeña acarició las líneas de palabras.

Un lápiz se alzó y unos dientes blancos empezaron a mordisquear la madera.

Liv soltó aliento despacio.

Hacía muchísimo tiempo que no escribía un poema, y mucho menos uno con tanto significado. Se le había ocurrido de repente, al recordar esta mañana.

Se despertó en el apartamento de Rayne, acurrucada en la cama de la mujer alta, y en lugar de sentirse cortada, se había sentido...

En casa.

Sonrió al recordar cómo se había encontrado a la mujer de más edad dormida al lado de la cama.

En una postura incomodísima, Liv estaba segura de ello, apoyada en la barandilla de madera.

Eso le había dado la oportunidad de estudiar los rasgos de Rayne, y se maravilló por esos pómulos elevados y se descubrió alargando la mano, acariciando ligerísimamente con un dedo una de sus mejillas.

Y se quedó mirando directamente a un par de adormilados ojos azules...

Un codazo en el costado la sacó de su ensimismamiento y volvió la cabeza. Evelyn la miraba con una ceja enarcada.

—¿Qué?

Su amiga se limitó a menear la cabeza y señaló hacia la parte de delante del aula donde estaban sentadas.

Su profesor estaba en ese momento muy atareado escribiendo y señalando la pizarra negra.

—Me ha parecido que querrías apuntar eso... ¿pero dónde estabas?

Liv sonrió y bajó la mirada. Tapó el poema con una nueva hoja de papel y se puso a anotar lo que el profesor Braun escribía en la pizarra.

Eph frunció el ceño y ladeó la cabeza, observando a su amiga con más atención. Sabía que Liv no había pasado la noche en casa, pero al preguntarle, la joven rubia había farfullado que necesitaba pasar un tiempo a solas.

Se había enterado de lo de Ralf, y la verdad era que había esperado que Liv acudiera a ella para hablar, pero...

—¿Seguro que estás bien?

Esos ojos verdes se encontraron con los suyos, haciendo que la pelirroja tragara saliva, y luego una mano pequeña y cálida se posó en su brazo, apretándolo suavemente.

—Estoy bien, Eph. De verdad.

Evelyn carraspeó y asintió.

—Bien... mm... yo... mm... vale.

Volvió a mirar hacia delante, sin poder dar crédito al hecho de que se estuviera poniendo colorada.

Liv, mientras, ya se había puesto a pensar de nuevo en cierta mujer alta y morena.

Estaba deseando ir al trabajo esta noche incluso más que de costumbre, pero también sabía que Torben y ella iban a tener que hablar tarde o temprano.

Porque fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo entre Rayne y ella... y Dios, vaya si estaba ocurriendo algo entre ellas... quería ser sincera y justa al respecto. Con Torben y con Rayne.

Sonrió de nuevo y apoyó la barbilla en la mano, volviendo a prestar atención al profesor que hablaba de física con entusiasmo y de lo importante y bella que era realmente esta ciencia...


Si había una forma de saber de qué humor estaba Rayne era observando cómo reaccionaba con la gente que intentaba mantener una conversación con ella.

Los gruñidos breves y las respuestas monosilábicas siempre querían decir: ¡Atrás! Y normalmente así era como se comportaba cuando había mucha gente, pues nunca se sentía cómoda con grandes grupos.

Pero esta noche...

Matthias estaba sentado destrás de la barra mirando sin dar crédito a su mejor amiga mientras ésta charlaba amablemente con uno de sus clientes y bromeaba con los empleados.

Había llegado hacía dos horas para quitarse de encima una serie de papeleos y para ayudarlo a preparar los pedidos para la semana siguiente.

Cuando entró en el bar, iba canturreando.

Y lo saludó con una sonrisa.

Meneó la cabeza, deseando conocer a la persona responsable de este cambio tan evidente en su amiga. Aunque sospechaba qué... o mejor dicho, quién era responsable de ello.

Justo en ese momento la puerta que tenía detrás (la entrada y salida de los empleados del bar) se abrió y asomó una cabeza rubia muy familiar, sonriéndole.

—Hola, Liv... ¿cómo te va?

—Bien, Matthias. ¿Y tú qué tal?

Dejó una pequeña bolsa a su lado y cogió unos cuantos vasos vacíos y sucios que estaban en la barra.

—Ah... no podría ir mejor —sonrió él, acariciándole la espalda y haciendo un gesto para señalar a la masa de gente que tenían delante—. Es una noche de locos.

Ella se echó a reír.

—Seguro que estás encantado.

Él se echó a reír también.

—Sí, lo confieso.

Detrás de él se oyó un gruñido grave, pero no le hacía falta oír el ruido para saber quién estaba ahí detrás. La forma en que esos ojos verdes que tenía delante se iluminaron de repente y la amplia sonrisa ya habían anunciado la presencia de Rayne.

Se volvió justo a tiempo de ver una expresión parecida en la cara de la alta británica. Caray, qué fuerte te ha dado.

—Hola, Liv.

—Hola, Rayne.

Las dos mujeres se sonrieron y Matthias puso los ojos en blanco. Mascullando una excusa que sabía que ninguna de ellas oía, salió de detrás de la barra y se dirigió hacia unos amigos que había visto al fondo del bar.

—¿Conseguiste llegar a la universidad sin problemas?

—Ah, sí... muy bien... mm... ¿qué tal la espalda?

—Oh. —Sin darse cuenta, Rayne se tocó los riñones—. Mejor. Me di una ducha bien larga e hice un poco de ejercicio.

—Esto está bien... tú... —Alguien que pedía ser atendido interrumpió lo que iba a decir la pequeña rubia. Suspiró, pero Rayne sonrió y le tocó el hombro, dejando ahí la mano unos segundos más de lo necesario.

El calor de su piel atravesó fácilmente la camisa que llevaba Liv.

—Atiende. Estaré aquí más tarde.

Casi... casi... le preguntó si era una promesa. Pero no lo hizo, y con una última sonrisa para Rayne, se dirigió al hombre que la había llamado.

Seguida por unos ojos claros y alerta que observaban el pequeño cuerpo en movimiento, advirtiendo el leve contoneo de esas caderas.

Rayne sonrió y se dio la vuelta, intentando que se le calmara el corazón repentinamente acelerado.



7


La alta figura estaba sentada en el sofá de cuero oscuro y sus manos grandes sujetaban una camiseta, pasándosela entre los dedos.

Un leve suspiro.

Y luego la cabeza morena se hundió en la tela, detectando un olor muy familiar, que provocó una gran sonrisa en los rasgos marcados.

Los ojos claros se cerraron.

Saboreó ese olor suave durante una pequeña eternidad.

Se lo grabó en la mente, justo al lado de los recuerdos de lo suave que era la piel de Liv y del color de esos ojos verdes.

Los ojos azules se abrieron.

Se posaron en el alegre folleto que estaba encima de la mesa y que anunciaba una exhibición especial en el Jardín Botánico de Hamburgo.

Ya le había preguntado a Liv si le apetecería ir con ella y la respuesta fue una brillante sonrisa y unos chispeantes ojos verdes.

Otro leve suspiro. Los ojos claros adoptaron una expresión soñadora al recordar los rasgos de Liv. La pequeña rubia profundamente dormida... la cara tan apacible...

Un fuerte timbrazo la sacó de su ensueño. Tardó un momento en darse cuenta de que alguien llamaba a su puerta.

Se levantó y abrió la puerta.

—Hola, Ray.

Un suspiro y la alta figura se apartó de la puerta, dejando pasar a su amigo.

—¿Qué quieres, Matthias? —dijo con más brusquedad de la que pretendía.

Pero el alto alemán conocía a su amiga, y se limitó a sonreír, dándole una palmada a Rayne en la espalda al pasar a su lado.

—Oye... que sólo he venido a hacerle una visita a una amiga.

Los ojos claros se entrecerraron y una ceja oscura se arqueó.

—Está bien... a lo mejor ésa no es la única razón de que esté aquí. —Se quedó un momento mirando el apartamento y vio una camiseta y unos pantalones de chándal en el respaldo del sofá, y también advirtió que la cama de Ray tampoco estaba hecha.

Cosa que resultaba bastante rara, porque Ray insistía mucho en la limpieza y el orden de su habitación. Él había aprendido la lección durante el tiempo que compartieron un piso cuando estaban en la universidad.

Mmm... interesante... En sus labios bailó una ligera sonrisa al sentarse, mientras observaba a la alta figura, que estaba cogiendo algo de beber para los dos.

Su mirada se posó en la mesilla y alzó las claras cejas al ver el folleto que anunciaba la exhibición de aves exóticas en Hamburgo.

Se apoyó en el respaldo del sofá y cruzó las piernas... con una expresión bastante soberbia. Pero sus ojos soltaban destellos de risa amable.

—Bueno... ¿algún plan para el fin de semana?

Los claros ojos azules lo miraron entrecerrados, pero él alzó las cejas, intentando parecer inocente y fracasando miserablemente.

—Sí. —Un murmullo grave.

—Mmm.

Los dos pares de ojos azules se miraron fijamente hasta que por fin él se rindió y se echó a reír, absolutamente feliz por su amiga. No se acordaba de cuándo era la última vez que Rayne había salido con alguien, pero recordaba una conversación que habían tenido hacía años.

Habían tomado unas copas y estaban sentados en la playa en una noche de verano muy calurosa, observando el cielo, escuchando música y simplemente disfrutando de su mutua compañía. No recordaba por qué lo había preguntado, pero se volvió hacia ella y bebiendo otro trago de cerveza, le preguntó a su amiga:

—¿Tú crees en la posibilidad de encontrar a tu auténtico amor?

No sabía qué era lo que había esperado. Una carcajada... un suave codazo en el costado por hacer una pregunta tan estúpida, pero en cambio la cabeza morena se volvió hacia él.

Esos ojos azules se lo quedaron mirando un rato en silencio. La pálida luz de la luna en lo alto hacía que casi brillaran con luz propia.

Y entonces Ray suspiró.

—A veces siento que ya sé lo que es encontrar a esa persona especial. Ya sabes... a alguien que sabes que encaja. Justo aquí...

Se dio unos golpecitos en el pecho y se volvió de nuevo hacia el mar, observando las olas que se estrellaban en las rocas que se adentraban en el agua y la espuma blanca que se mecía suavemente en la cresta de las olas.

—Y que también sé lo que significa perderla. El dolor y la pena que eso conlleva.

Él escudriñó la oscuridad para verle la cara, pero sólo distinguía su perfil, que parecía distante... perdido...

—Y no sé si quiero volver a pasar por eso.

De nuevo se hizo el silencio entre ellos. Él intentó desentrañar sus palabras. Ray sólo miraba la oscuridad y su alta figura casi se fundía con ella, como si formara parte de ella...

Sintió un escalofrío por la espalda. Por un instante sintió algo parecido al miedo hacia su amiga. Se le pasó tan rápido como había venido, pero lo dejó confuso. Después le echó la culpa a la cerveza. Pero hasta el día de hoy no había conseguido olvidar la expresión de su amiga.

Y siempre se había preguntado cómo era posible que un alma pudiera albergar tanto dolor...

Y ahora, al mirar esa cara y ver su sonrisa auténtica y esos ojos azules que destelleaban de alegría y felicidad, le dieron ganas de abrazarla y decir: Por fin, Ray. Por fin has encontrado a alguien que puede terminar con el dolor.

Su risa se aplacó por fin y bebió un trago de su vaso de zumo de naranja, mientras sus ojos observaban a Rayne atentamente.

—Bueno, ¿y vas a ir sola? —Señaló el folleto, y casi creyó ver algo parecido a un rubor que subía por esas facciones marcadas.

—No. —Otro murmullo grave. Pero la expresión de sus ojos se estaba ablandando, y él vio la sonrisa que le bailaba en los labios y que Rayne no era capaz de contener del todo.

—Mmm... ¿alquien que yo conozca?

—Liv. —Un leve susurro, y la sonrisa por fin se liberó, asombrándolo por la ternura que había en ella.

Se echó hacia delante y le dio unos golpecitos en la rodilla, esperando a que esos ojos azules lo miraran. La cabeza morena se ladeó con aire interrogante.

—Me alegro por ti.

Esta vez el sonrojo fue más evidente y carraspeó, evidentemente incómoda por el giro que había dado la conversación.

—Es una amiga... Le apetece ver la exhibición, y como a mí me sobraba una entrada... ha sido... eso es todo...

—Ya.

Él le sostuvo la mirada, sabiendo que si ella le confiaba sus sentimientos, esto iba muy en serio. Se había dado cuenta de cómo miraba a la joven rubia cada vez que creía que nadie observaba. Había visto la expresión de sus ojos.

Y también se había dado cuenta de que era evidente que Liv sentía lo mismo por la alta británica. Su sonrisa siempre se hacía más radiante cuando la morena estaba cerca.

—Vale... me gusta... mucho... yo... —Suspiró irritada y se levantó, acercándose a la ventana. Sus ojos siguieron el tráfico que pasaba y las aceras atestadas de compradores del final de la tarde. Me estoy enamorando y estoy muerta de miedo porque encaja. Así de sencillo. Encaja.

Una pareja de palomas pasó volando, aleteando locamente cuando se posaron en el alféizar de su ventana. Los pájaros se pusieron a arrullar con evidente contento.

—Esta vez quiero hacerlo bien. —Sus palabras eran apenas un susurro, pero Matthias las oyó, sin saber a qué se refería. Pero tenían un sentido que iba mucho más allá de lo que habían estado hablando ahora.

Algo casi antiguo...

Se levantó y se colocó a su lado, observando su perfil y advirtiendo la sonrisa leve y triste que tenía en la cara, pero también la determinación de sus ojos claros.

—Va a salir bien. Ya lo verás.

La cabeza morena se volvió hacia él y su mirada se suavizó.

—Gracias.

Se volvió de nuevo hacia la ventana, conformándose con mirar fuera... disfrutando del sol que se iba poniendo despacio, pintando los edificios que bordeaban la calle de un delicado tono anaranjado.


—¿Así sin más?

—Torben... por favor...

Liv le cogió la mano, impidiendo que se levantara de un salto. Era evidente que el alto hombre rubio no se esperaba oír a su novia diciéndole que habían terminado.

—Pero Liv... si es por algo que he dicho o hecho... yo... yo...

Una mano pequeña se alzó y apartó los cortos mechones rubios mientras Liv intentaba encontrar la forma adecuada de explicar lo que le estaba pasando, los sentimientos que incluso la más leve mirada de aquellos ojos azules despertaba en su interior.

—No es nada que hayas hecho, Torben. Yo... ¿Es que no has notado que las cosas ya no están igual entre nosotros?

El joven se la quedó mirando un largo momento en silencio. Repasó mentalmente las últimas semanas y lo distante que se había puesto Liv. Había empezado a evitar sus atenciones físicas. Llevaban casi un mes sin hacer el amor... y sí, se había dado cuenta de que algo había cambiado.

Había visto la figura oscura junto a un coche en la calle una mañana y a Liv acercándose a ella despacio. Las había visto hablar. La sonrisa que tenía Liv en la cara.

Hacía mucho tiempo que no le sonreía así a él.

Sus hombros se fueron hundiendo despacio en un gesto casi de derrota.

—Así que has conocido a otra persona.

—Sí.

La miró a los ojos verdes. La amaba. Nunca había tenido la menor duda. Desde la primera vez que se vieron en casa de sus padres, que eran buenos amigos de los de ella, y por eso había resultado casi natural que empezaran a salir juntos. Sus padres estaban muy contentos.

Y había parecido perfecto. Y sin embargo...

Había veces en que la pillaba mirando al vacío... y en sus ojos había una expresión... parecía casi perdida.

Y sí... hacía un tiempo que faltaba algo. No conseguía definir esta sensación, pero en las últimas semanas había empezado a notarlo más.

Y al ver a Liv con la alta británica dueña del bar donde trabajaba Liv... parecía feliz. Tenía la cara resplandeciente y los ojos... tragó saliva... esos ojos casi soltaban destellos de algo tan profundo...

Soltó aliento despacio.

—Así que es eso, ¿eh?

—Torben... —Un ruego delicado.

Él sacudió la cabeza rubia y alzó las manos con gesto de disculpa.

—Lo sé... es que... es que no me lo esperaba, creo. —Le cogió la mano y se la apretó—. No quiero que te hagan daño.

Ella sonrió. Alzó una mano pequeña para acariciarle la mejilla y su pulgar tocó su piel con enorme suavidad.

—No me van a hacer daño. Ella nunca lo permitiría.

Liv no sabía de dónde se había sacado esta certeza, pero sabía que Rayne nunca le haría daño.

Torben tragó y asintió. Se rió sin fuerzas.

—Pero no esperes que me caiga bien, ¿vale?

La mano pequeña y cálida que tenía en la mejilla siguió acariciándolo dulcemente.

Él volvió la cara y le dio un ligero beso en la palma, alargándolo un momento.

—Prométeme que vas a ser feliz, Liv.

Otra sonrisa.

—Voy a ser feliz, Torben.

Él suspiró y carraspeó. Le dolía, pero sabía que jamás podría hacer nada que pudiera hacerle daño a ella. Y dejarla ir era probablemente lo más difícil que había hecho en su vida. Pero algo en su interior le decía que era lo que debía hacer.

La miró con una expresión casi tímida, que le daba aspecto de niño.

—¿Me das un abrazo?

Liv no contestó a la pregunta sino que se acercó más y lo rodeó con los brazos.

Notó que le devolvía el abrazo y se aferró a él durante largo rato en silencio. Cuando por fin se soltaron, él tenía los ojos llenos de lágrimas y se las secó con un gesto avergonzado. Se levantó y soltó otro suspiro lento.

—Si alguna vez necesitas un hombro para desahogarte... ya sabes dónde vivo. —Una ligera sonrisa y Liv asintió—. Mas le vale no hacerte daño, Liv.

Dicho esto, se fue, observado por unos claros ojos verdes.



8


La niebla flotaba entre los árboles, acariciando los primeros rayos de sol que surgían despacio por detrás de las siluetas de la ciudad, difuminando los contornos de edificios y árboles y transformando a la gente y los coches en sombras místicas en movimiento cargadas de antiguos secretos.

La niebla se arremolinaba por las paredes, dispersada poco a poco por el sol.

Hacía frío.

Una figura alta bien arrebujada en una chaqueta ligera se metió de nuevo en la marquesina de la parada del autobús, al tiempo que una mano sacaba del cuello largos mechones oscuros y los dedos agitaban la espesa melena para ahuecarla un poco, notando la humedad de la niebla en el pelo.

Rayne soltó aliento despacio y vio el ligerísimo vaho que se formaba delante de ella.

Sólo había otras dos personas a su lado en la parada del autobús. Un joven arrebujado en su gruesa sudadera estaba sentado en uno de los bancos. Tenía el pelo revuelto y en su cara aún se veía la somnolencia de alguien que se acababa de despertar. Se le cerraban los ojos cada dos por tres y se le caía la cabeza hacia el pecho, y cada vez que eso ocurría, se erguía sobresaltado, mirando a su alrededor con una ligera sonrisa cohibida.

A su lado estaba sentada una anciana que llevaba un perrito en el bolso. Asomaba la cabecita peluda, observándolo todo con sus grandes ojos oscuros.

Rayne sonrió y volvió los claros ojos azules hacia donde se suponía que debía venir el autobús, que iba haciendo paradas en los pueblos de alrededor antes de emprender su recorrido por Lübeck.

La niebla dificultaba ver nada, pero transmitía sonidos a increíbles distancias. Se podían oír incluso los ruidos del pequeño aeropuerto que tenía la ciudad.

Sorbió, hundiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

Se aseguró de que sus llaves seguían allí, así como algo de cambio que necesitaría para pagar el billete del autobús.

Liv y ella habían decidido que no iban a ir en coche a Hamburgo. Era el fin de semana y todo el mundo estaría en la gran ciudad. Moverse en coche y conseguir aparcar sería desquiciante.

Cerró un momento los ojos claros.

Esa noche no había dormido mucho. Tenía el estómago atenazado de nervios. Se había quedado sentada en el sofá de su apartamento a oscuras observando las sombras de las paredes, creadas por los coches al pasar y las farolas de la calle.

Era curioso cómo cada una de esas sombras se transformaba en una imagen de los rasgos delicados de Liv...

Abrió los ojos claros.

Justo a tiempo de ver que llegaba el autobús. Las puertas se abrieron con un suave siseo. Iba casi vacío, puesto que aún era muy temprano. Pagó el billete y se sentó junto a la ventana, apoyando el codo en el estrecho marco y la barbilla en la mano.

Sus ojos azules observaron distraídos el panorama que pasaba ante ella. Edificios... árboles... coches... gente...

El autobús se fue llenando poco a poco a medida que se acercaban a la estación de ferrocarril. Casi todos los pasajeros parecían muy cansados... algunos acababan de levantarse para ir a trabajar. Otros salían de trabajar y por fin se dirigían a casa.

Minutos después llegaron a la estación de autobuses situada al lado de la Bahnhof.

Rayne estiró el largo cuerpo y se dirigió despacio al estrecho pasadizo que comunicaba con la estación de trenes. Como siempre, había dos jóvenes allí sentados, pidiendo limosna. Su perro dormía cerca de ellos sobre un cartón para protegerse del frío matutino.

Dejó unas monedas en la cajita que tenían delante y luego se encaminó hacia el edificio principal donde estaban el despacho de billetes, unas cuantas tiendas y los bares.


Tendría que haberme puesto un jersey más abrigoso. Ésta fue la idea que se le pasó a Liv por la mente por enésima vez desde que había salido de su piso rumbo a la estación de ferrocarril.

Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho para intentar entrar un poco en calor.

Habían pasado dos días desde que Rayne la invitó a la exhibición que había en el Jardín Botánico de la Universidad de Hamburgo. Por ella, podrían haberse dedicado a ver los coches pasar... siempre y cuando estuviera con Rayne, nada más tenía importancia.

Era una sensación extraña...

Sus cejas claras se fruncieron con gesto pensativo.

Una sensación de estar a gusto. De estar a salvo.

Los ojos verdes miraron a su alrededor al tiempo que Liv soltaba un lento suspiro. Sí, se sentía a salvo con la mujer más alta. Era una fuerte sensación de saber que no le iba a pasar nada mientras estuviera con Rayne.

No sabía de dónde se sacaba esa certeza... pero con sólo mirar a esos claros ojos azules, se sentía como si hubiera llegado a casa.

Como si por fin... por fin estuviera en casa.

Y al pensar en esto, en su cara se fue formando una sonrisa inconsciente e increíblemente dulce.

Y cualquiera que la hubiera mirado se habría quedado asombrado por la forma en que se le iluminó la cara y la forma en que esos ojos verdes destelleaban con un fulgor interno...

Hizo que unos claros ojos azules se quedaran clavados en el sitio cuando Rayne entró en el vestíbulo.


Localizó a la pequeña figura de inmediato.

Estaba al lado de una tienda de revistas, vestida con un jersey verde bosque y vaqueros azules. Las luces del techo iluminaban la cabeza rubia de tal forma que destacaban sus ligeros tonos rojizos.

Vio la sonrisa dulce que bailaba en esos labios.

Y Rayne sintió que el mundo se detenía por un instante breve y eterno.

Y durante este breve instante sólo existieron Liv y ella. A su alrededor no pasaba la gente, no se oían voces indistintas por los altavoces reverberando por el edificio.

Sólo estaban ellas.

Y una suave brisa. Y el olor a hierba fresca. Y, curiosamente, los trinos de los pájaros.

Duró apenas un momento. Pero fue lo suficiente como para que reconociera lo que sentía por dentro. Ese calor que le inundaba el cuerpo con sólo mirar a la pequeña rubia.

Supo que estaba total y absolutamente enamorada de la pequeña rubia.

Y por algún motivo, esta revelación no le dio tanto miedo como podría haber pensado. En realidad... la cabeza morena se ladeó y los ojos claros recorrieron la esbelta figura.

En realidad, le quitaba un gran peso del alma del que ni siquiera había sido consciente, abriéndola a nuevas posibilidades.

Y con eso, en sus rasgos marcados se formó una alegre sonrisa, reflejada en los rasgos delicados que tenía delante.



9


El tren traqueteaba suavemente debajo de ellas. Un ruido continuo y extrañamente reconfortante. Árboles, edificios, gente... todo ello pasaba ante la ventanilla como sombras borrosas.

Habían decidido tomar una de las rutas más antiguas. Harían parada en todos los pueblecitos hasta Hamburgo y tardarían más que con el IC, pero no les importaba.

En realidad...

Unos ojos claros se volvieron hacia la ventanilla.

A Rayne le encantaba. Tenía algo de romántico, eso de estar sentada en un tren con la persona a la que amabas... En sus labios se dibujó una suave sonrisa.

En estos momentos, estaban sentadas en uno de los compartimentos donde cabían hasta seis personas, pero por suerte, estaban solas y podían disfrutar de su mutua compañía.

Los ojos claros se apartaron de la ventanilla y del panorama que se veía por ella. Anchos campos verdes... ganado... pueblecitos que aparecían y desaparecían a toda velocidad.

Liv se había sentado enfrente de la alta figura y estaba arrebujada en su jersey, apaciblemente dormida.

Los ojos azules se iluminaron de risa afectuosa, disfrutando inmensamente del espectáculo.

La joven rubia se había quedado dormida casi nada más instalarse en el tren. Había resistido cinco minutos, cosa que a Rayne le resultó absolutamente encantadora.

De modo que ahora estaba en silencio, salvo por el suave ritmo del tren en movimiento y la respiración acompasada y profunda procedente de la pequeña rubia. Le habría encantado hablar con Liv... oír la voz suave de la pequeña rubia adornada por un ligero acento cuando hablaba en inglés.

Los labios rojos se curvaron en una sonrisa afectuosa. Sí.

Se abrió la puerta del compartimento y entró el Schaffner, que les pidió los billetes. Liv siguió durmiendo apaciblemente durante la breve interrupción.

El joven se fue y Rayne se acomodó en su asiento.

Sus ojos claros volvieron a mirar por la ventanilla, pero no dejaban de regresar a la pequeña figura dormida, observando sus delicados rasgos.

Casi... casi alargó la mano para tocarlos, para apartar algunos mechones revueltos de pelo rubio.

Casi...


—¡No puedo creer que hayas hecho eso!

Una risa ligera y grave.

—¡¿Cómo has podido dejar que me quedara dormida?!

Una cabeza rubia se agachó llena de vergüenza, pero su ligero sonrojo era muy evidente y fue subiendo despacio por un par de bonitas orejas, coloreándoles las puntas.

Rayne tuvo que morderse el labio inferior para no echarse a reír. Liv era una absoluta monada cuando se indignaba.

—Estabas cansada... no pasa nada. No me ha importado. —Y se mordió el labio por un motivo totalmente distinto.

De repente se encontró cara a cara con unos curiosos ojos verdes.

—¿Ah, sí?

En esos labios bailaba una ligera sonrisa burlona y la cabeza rubia estaba ladeada. Le costó un poco, pero Rayne consiguió evitar que se le notara el sonrojo.

Carraspeó y señaló hacia delante, tratando desesperadamente de cambiar de tema. Sorteando grácilmente a un par de señoras mayores, dijo:

—El metro está por aquí. Son sólo unos minutos y luego podemos hacer el resto a pie.

Oyó la risa suave a su lado.

Y notó el calor de la mano de Liv que le frotaba la espalda con una caricia breve pero cariñosa, lo cual le hizo tragar saliva para humedecerse la garganta, repentinamente seca.


El aire estaba húmedo.

Eso fue lo primero que notó. Estaba cargado de un olor extraño que parecía flotar por la gran sala.

El follaje era denso, de un profundo verde fresco. Los sonidos del agua al gotear atravesaban la quietud que las rodeaba. Y en algún lugar, ocultos entre las hojas y las flores de hermosos colores, se oían ruidos de alas y delicados trinos.

Unos ojos verdes se movían constantemente, intentando localizar a esos pequeños animales.

Habían hecho una cola de casi quince minutos para entrar en el Jardín. Liv se alegraba de que hubieran encontrado un lugar bastante aislado en una de las inmensas zonas. No había tardado en darse cuenta de que Rayne parecía muy incómoda al estar tan cerca de tanta gente.

Habían recorrido el Jardín Japonés en agradable silencio, observando lo que las rodeaba y viendo las innumerables mariposas que revoloteaban alrededor de las flores expuestas.

Respiró hondo, saboreando el aire cargado y húmedo al fondo de la garganta.

Cerró los ojos y empezó a volverse despacio, absorbiendo los ruidos y el ambiente que la rodeaban.

Muy consciente de la figura silenciosa que tenía al lado.

Captó un leve indicio del perfume de Rayne.

—Es precioso, ¿verdad?

La voz grave atravesó como un susurro el silencio que las envolvía y alcanzó de lleno una parte de su alma, acariciándola al reconocerla.

Con los ojos cerrados, la pequeña rubia sonrió y asintió. Notó un ligerísimo toque en la cara, una caricia delicadísima en la cara.

Tragó y abrió los ojos.

Y se topó de lleno con unos profundos ojos azules.

Rayne no pudo resistir más, al ver a Liv allí, con esa dulce sonrisa en la cara, con los ojos cerrados.

Alargó la mano y le tocó la cara, acariciando su piel. Suavemente...

Movió los dedos por la suave mejilla y se detuvo en aquellos labios durante una pequeña eternidad. Tragando, levantó la mirada.

E interrogó en silencio a unos ojos verdes.

Se le aceleró el pulso cuando notó que Liv se apretaba contra su caricia. Volvió a cerrar esos ojos verdes como respuesta igualmente silenciosa.

Se echó hacia delante. Despacio. Vacilando...

Se le aceleró la respiración. Tenía la cara a meros centímetros de la de Liv.

El delicado aroma que siempre envolvía a la pequeña rubia era casi palpable, intensificado por el aire cargado, y se mezclaba con los olores que las rodeaban.

El primer contacto fueron sólo sus labios al encontrarse por un leve instante.

Rayne levantó una mano y la puso en la mejilla de Liv. Volvió a posar sus labios en los de ella y notó su ligero temblor. Despacio... muy despacio, profundizó el beso.

Notó que la pequeña figura se arrimaba más a su propio cuerpo.

Unas manos pequeñas se alzaron para tocarla y se posaron en su tripa, aferrándose a su camisa con una fuerza casi desesperada.

Los labios de Liv se entreabrieron y sus lenguas se tocaron.

Las entrañas le estallaron de calor con un estremecimiento.

Pareció pasar una eternidad hasta que por fin tuvieron que tomar aire. Los ojos claros se abrieron y tragó al ver esos rasgos delicados.

El ligero rubor era muy evidente. Esos ojos verdes seguían cerrados y había una sonrisa dulce bailando en esos labios tan... tan suaves.

Se quedaron mirándose.

Sin decir una palabra. Sonriendo simplemente y sin embargo diciéndose más de lo que las palabras podrían expresar nunca.

Y de repente, surgiendo de entre las hojas y las flores, aparecieron colibríes, que revolotearon zumbando a su alrededor, con un destello de alegres plumas al pasar ante ellas.

Rayne respiró hondo y se limitó a observar a Liv cuando ésta soltó una exclamación de profundo placer cuando las pequeñas aves flotaron suspendidas ante su cara, con los cuerpecillos inmóviles en el aire y las alas batiendo sin cesar.

—¡Mira!

La voz de Liv vibraba de alegría, y se volvió para seguir el vuelo de los pájaros.

—Estoy mirando. —Un murmullo grave.

La cabeza rubia se volvió para mirarla. Las mejillas de Liv se tiñeron de un suave rubor, y estaba a punto de agachar la cabeza cuando una mano grande le tocó la mejilla.

Sus miradas se encontraron.

—Y nunca he visto nada tan bello. —Con tranquilidad. Con certeza.

Liv tragó y, cerrando los ojos, se apretó contra la suave caricia, deseando que este momento no terminara nunca.

El corazón le dio un vuelco cuando un par de brazos fuertes la estrechó, y de repente en su oído resonaron unos latidos firmes y rítmicos, latidos que se aceleraron cuando ella se acomodó en el delicado abrazo.

Perdiéndose...

Una suave caricia en la cabeza y el mundo que la rodeaba desapareció.

Nada importaba salvo el cálido cuerpo en el que estaba apoyada. Hundió la cara en el pecho de Rayne y aspiró hondo, llenándose del olor de la mujer más alta, sabiendo que no había lugar más seguro que éste.

De pie en medio de plantas y flores exóticas. Rodeada de innumerables pajaritos de colores, notando la caricia de sus alas al pasar.

Soltó el aliento, sabiendo que Rayne notaría el calor de su respiración a través de la camisa... y no pudo contener las lágrimas que le brotaron de repente.

Rayne notó que el pequeño cuerpo se fundía con el suyo y cerró los ojos. Apoyando la cara en la cabeza rubia, empezó a mecer a la esbelta figura entre sus brazos.

Supo que por fin... por fin había encontrado su destino.

Y que jamás lo volvería a dejar marchar.

Unos ojillos oscuros las miraban, mientras unos cuerpecitos pasaban zumbando alrededor de las figuras altas que estaban abrazadas tan estrechamente que ni una brisa podría haber pasado entre ellas.

Los pajaritos se perseguían alrededor de las humanas.

De vez en cuando las tocaban y sin embargo era muy evidente que no las molestaban. Y por un instante, parecieron sonreír ante lo que veían...


PARTE 3


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades