Fragmentos

Grit Jahning



Descargos: Bueno, con esto no tengo que hacer ninguna. Son mis personajes, mi historia. Puede haber cierto parecido con dos señoras que algunos podréis reconocer, pero... podría ser pura coincidencia... :-)
Subtexto: Sí, en toda la historia... si os molesta o sois demasiado jóvenes, no leáis esta historia.
Violencia: No, la verdad. Algunos puñetazos tal vez.
Idioma: No uso el inglés en mi vida cotidiana, así que pido disculpas por cualquier error ortográfico o gramatical. Pero sois libres de señalármelos :-) Ah... y uso la ortografía británica... debo advertir.
Ambientación: No hay muchas historias que ocurran en Europa, así que se me ha ocurrido hacer algo al respecto. (Con eso de que yo soy de Europa y tal y cual... :-)). Ocurre en el norte de Alemania. En una ciudad llamada Lübeck. Todos los sitios, calles y bares son reales. Y es una ciudad pequeña y muy bonita... He intentado usar un mínimo de alemán, sólo algunas expresiones de vez en cuando...
Nota final: Para todos los que hayáis leído Falling... esto va a tener un final feliz. Lo he tenido que prometer... :-)
Se agradecen comentarios: gritjahning@hotmail.com

Título original: Fragments. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1


No sé qué está pasando
Te vuelves y me tocas el corazón
Un momento de silencio dice la verdad
Ha ocurrido algo de repente
Me debería haber asustado con antelación
Pero me estaba hundiendo en esos ojos tuyos
Y por eso
El miedo desapareció
Sabía que no había otra cosa que pudiera desear jamás
< estribillo > Te conozco
No eres de aquí
He esperado a que aparezcas
Para dejarme sin aliento
Y hacerme llorar
No eres de aquí
No de este aquí y ahora
Sólo una caricia tuya
Y echo a volar... y echo a volar... y echo a volar
No consigo acostumbrarme a echarte de menos
Si así es como tiene que ser
Necesito un ángel que vele por mí
Nadie puede sujetar las manos del tiempo
Pero puedo sujetarte en mi mente
Una y otra vez como una melodía
Por ahora
Me quedaré inmóvil
Por ahora
Me llenaré del recuerdo de tu piel
Te conozco
No eres de aquí
No perteneces a las mentiras y las lágrimas
La grandeza de tu alma
Me hace llorar
No eres de aquí
No de este aquí y ahora
Sólo una caricia tuya
Y echo a volar... y echo a volar... y echo a volar
—You're Not from Here
, de Lara Fabian, John Bettis, Walter Afanasieff, Rick Allison


Prólogo


Había nevado por la noche. Todo estaba cubierto de un blanco reluciente. Todo estaba enterrado bajo una capa de inocencia intocable.

Hasta que saliera el sol y el hombre aplastara la pequeña maravilla de la naturaleza.

Pero por el momento todavía reinaba la oscuridad. Todavía dominaba un mundo que dormía apaciblemente. El suave rugido de las olas al chocar con la orilla flotaba por el aire gélido. Ruidos de barcas golpeándose entre sí. El ladrido apagado de un perro. Desde algún lugar lejano, el ruido de un coche.

Y el sonido de la nieve crujiendo bajo unos pies al caminar.

Aliento silencioso que formaba un delicado vapor.

Un suave suspiro.

Unos ojos claros recorrían la playa nevada, siguiendo las pequeñas huellas de los gatos que habían pasado antes por allí, las huellas aún más pequeñas de los pájaros.

Una figura alta se estremeció un poco y se arrebujó más en un grueso abrigo. Una cara medio tapada por una bufanda. Copos de nieve atrapados en una larga melena oscura, relucientes a la luz de una farola cercana.

El paseo marítimo estaba desierto. No era sorprendente, puesto que era plena noche. Sólo dos de los bares y restaurantes que había a lo largo de la playa seguían abiertos pero en silencio, indicando que esta noche tampoco había muchos clientes.

La figura silenciosa pasó ante las ventanas pobremente iluminadas y subió por un estrecho sendero que llevaba a un pequeño claro que daba a la playa y al mar, rodeado de altos pinos y árboles de hoja caduca, todos bien cubiertos de nieve y con las ramas agitadas suavemente por una brisa ligera que también revolvía la melena oscura.

En el mar las luces de los barcos parpadeaban rítmicamente. Faros para cualquier alma a la búsqueda...

Los claros ojos azules miraron hacia la derecha. Apenas distinguieron el faro situado en una pequeña península que se adentraba en el mar. El rayo de luz resultó cegador por un momento.

Unas manos largas se hundieron en el grueso abrigo y salieron con una rosa. Blanca como la nieve que rodeaba a la alta figura. Delicada. Las espinas habían sido eliminadas y el tallo era suave y liso. Los largos dedos lo acariciaron y luego otro suspiro agitó el aire.

Unos labios pálidos, debido al frío, tocaron la flor blanca y la mano que sujetaba la rosa se movió rápidamente y lanzó la flor por el acantilado. Los claros ojos azules observaron su descenso. Observaron cuando tocó el agua revuelta que había debajo.

Observaron cuando se la tragaron las olas oscuras que se chocaban contra la roca.

Silencio.

En lo alto, las estrellas asomaban por entre las nubes, parpadeando con despreocupado abandono.

La alta figura se volvió y emprendió su lento regreso a la playa, dejando tan sólo un rastro de huellas y unas cuantas manchas blancas que flotaban en el agua de debajo.



1


Matthias Berger cerró la ventana con un ligero suspiro. Colocándose de nuevo ante el espejo, dijo:

—Está nevando, otra vez.

El débil sonido de la ropa al caer indicaba que había alguien con él en el pequeño apartamento.

Se ajustó la corbata alrededor del cuello y se colocó bien el cuello de la chaqueta azul marina. Pasando las manos por la tela oscura, carraspeó un poco.

—Vaya, vaya... pero qué...

—Cuidado...

—Guapo. —Una risa suave y luego un par de manos le rodeó la cintura y notó una figura pequeña que se apoyaba en su espalda. Cerró los ojos y disfrutó del momento de quietud. Luego se volvió y miró a la menuda morena que tenía delante.

Unos ojos oscuros lo miraron chispeantes y ella se dio la vuelta con los brazos estirados.

—¿Qué te parece?

La miró de arriba abajo y sonrió.

—Preciosa. —La besó ligeramente.

Corinna estaba realmente preciosa con su vestido negro. Comedido pero elegante. Ceñía su cuerpo esbelto de una forma muy... sonrió aún más... muy atractiva.

Ella le dio un manotazo y luego miró hacia la ventana.

—Así que nieva, ¿eh? Eso quiere decir que tenemos que irnos un poco antes, ¿no?

Él asintió y cogió su cartera.

—Sí... creo que veinte minutos como poco. Seguramente todavía no han limpiado la carretera de Plön... —Un vistazo al reloj—. Pero tenemos que esperar a Ray.

Iban a la fiesta de cumpleaños de una amiga común. Liv Forsberg, una pequeña sueca rubia que trabajaba en el bar de Matthias.

Corinna ladeó un poco la cabeza y se sentó en el brazo del sofá del cuarto de estar.

—¿No va a ir a la fiesta?

Una mirada rápida de sus ojos azules claros.

—Eeeh... no. Es... —un pequeño suspiro—, ...difícil.

Corinna frunció un poco el ceño. Las cosas entre Ray y Liv siempre eran "difíciles". Y Matthias siempre evitaba el tema, diciendo que en realidad no era asunto suyo.

Había conocido a Rayne Wilson el año anterior, al mismo tiempo que conoció a Matthias. Estaban en un pequeño bar del centro antiguo de Lübeck llamado Hieronymus. En realidad, la alta británica fue la primera de los dos que le llamó la atención. Parecía fuera de lugar en la pequeña sala atiborrada de estudiantes y artistas. Alta, de por lo menos un metro ochenta, y de piel muy bronceada y demasiado natural para ser falsa. Pelo largo y negro como el azabache y facciones marcadas que casi gritaban "clásicas". Pero lo más llamativo de ella eran sus ojos. De un azul claro, vibrantes y extrañamente vivos.

Matthias también tenía los ojos azules, pero en los ojos de Ray había algo que era... no conseguía describir la sensación que se apoderaba de ella cada vez que tenía que mirarlos.

Y normalmente había en ellos una pena y un dolor... sólo de pensar en lo que podía haberlos causado se estremecía.

—¿Corinna?

Salió sobresaltada de sus reflexiones.

—Oh... disculpa, estaba pensando... ¿Y por qué va a venir aquí?

Matthias volvió a suspirar y alcanzó un vaso de agua que había en la mesa.

—Tiene un regalo que quiere que le dé a Liv. —Se encogió de hombros ligeramente.

—¿Y no se lo puede dar ella en persona?

Él se quedó mirándola en silencio.

—No... es...

Ella agitó las manos.

—Sí, sí... ya lo sé. Es difícil.

Eran cerca de las cinco y media cuando sonó el timbre de la puerta y la mujer alta entró en su apartamento, sacudiéndose copos de nieve del pelo oscuro y echándose el flequillo mojado a un lado. Saludó a Matthias con un gesto de la cabeza y estrechó la mano de Corinna.

Guten Abend. —Su voz grave hizo resonar las palabras con un ligero acento. Se sentó en una de las butacas de cuero. Se pasó una mano morena por la melena oscura para ahuecársela un poco—. No me voy a quedar mucho... sólo... —Levantó la mano.

Se quedaron mirándose un momento en silencio hasta que Matthias carraspeó y señaló el paquetito que ella tenía en la mano.

—¿Es eso?

Los ojos claros se alzaron y lo miraron un momento en silencio. Luego la cabeza morena asintió.

—Sí.

—¿No lleva tarjeta?

—No.

Matthias suspiró, bien consciente de los ojos marrones claros que los observaban.

—Escucha, Ray... de todas formas, va a saber de quién es... ¿Por qué...? ¿No es éste el momento perfecto para... para hablar de... las cosas? ¿Sabes?

Una ligera sonrisa de derrota y la alta figura se levantó.

—Debería haber hablado con ella hace dos años, Matthias.

El hombre rubio la observó mientras se dirigía a la puerta y se debatió un momento consigo mismo. Pero luego decidió decírselo de todas formas.

—Sabes que se va a volver a Suecia, ¿verdad?

Rayne se quedó petrificada. Se dio la vuelta muy despacio. Su rostro reflejaba una sorpresa incrédula y algo mucho más profundo...

—¿Qué?... ¿Cuándo...?

—Mm... el mes que viene, creo.

Corinna vio cómo se movía la garganta de Rayne. Vio cómo aquellos increíbles ojos azules se nublaban con... Sintió un escalofrío que le recorría la espalda al imaginarse lo que había provocado esa mirada.

Un suspiro silencioso y luego los anchos hombros se encogieron.

—Bueno, tal vez eso sea lo mejor... Tschüss. —Y sin decir nada más, se marchó.

Dejando detrás un leve aire de pena y dolor.

Corinna se volvió hacia su novio, con una ceja oscura alzada.

—¡¿Qué... ha sido todo eso?!

El rubio no contestó de inmediato. Miró el pequeño regalo que tenía en las manos. Lo sopesó un poco y luego miró a Corinna.

—Te lo contaré de camino a casa de Liv... Es una larga historia.


Rayne Wilson salió a la oscuridad de la noche. Sus ojos claros no veían en realidad nada de lo que la rodeaba.

Hacía frío.

El final del otoño prometía un invierno aún más frío. La nieve temprana era una clara prueba de ello y había sorprendido a mucha gente que por fin tuvo que preparar su coche para el invierno.

Los ojos azules recorrieron la calle casi vacía. Sólo había unas pocas personas fuera a esta hora del día. Suspiró suavemente. Su aliento se transformó en roscas de vapor delante de ella.

Volvió a su coche y simplemente se reclinó en el asiento de cuero. Cerró los ojos y se dejó inundar por las emociones y los recuerdos.


entonces: hace 5 años

—¡¡Será perfecto!!

El emocionado joven sonreía de oreja a oreja, agitando una hoja de papel que tenía en la mano. Unos ojos claros y risueños lo miraban y luego una cabeza morena hizo un ligero gesto negativo.

—No sé, Matthias...

—No, no, no... ¡no te atrevas a negarte, Ray! Vamos...

La alta británica suspiró, contemplando el gran almacén en el que estaban. Bueno, con un poco de pintura y algunos arreglos aquí y allá... sí, podía quedar muy bien. La ubicación era estupenda. Cerca del Untertrave en el canal occidental que rodeaba la ciudad antigua de Lübeck, transformándola en una isla a la que sólo se podía acceder por puentes. Estaba cerca del centro de la ciudad, al alcance de compradores rezagados y turistas. Y a la vista del Holstentor, la antigua puerta de la ciudad y ahora atracción turística.

—Reconozco que no tiene mala pinta.

Matthias resopló con indignación fingida, pero en su atractiva cara había una gran sonrisa.

—Te lo digo otra vez, es perfecto. Tenemos el dinero, tenemos el lugar... Sólo tienes que aceptar.

Rayne sonrió y se adentró un poco más en la inmensa estancia. Sus ojos recorrieron las sucias tablas del suelo y las paredes, las ventanas polvorientas y los picaportes metálicos oxidados.

—Va a hacer falta mucho trabajo.

Matthias sonrió. Por el tono de la voz grave de Ray, sabía que a ella también le gustaba.

—Sí, probablemente.

Los claros ojos azules se volvieron hacia él y sacudió la cabeza, rindiéndose en broma.

—Bueno, pues vamos a ello, ¿no?

Él soltó un grito y casi, casi la abrazó. Pero contuvo ese deseo al ver que la cabeza morena se ladeaba un poco y recibir una de esas miradas.

—Genial. Vale, mañana hablaré con Manfred y... guau, Ray... ¡¡todo esto será nuestro!!

Ella volvió a mirar a su alrededor, resoplando suavemente.

—Sí... eso parece.


Desde la calle subían flotando los ruidos apagados del tráfico. Pitidos de bocinas, frenos... gritos y el delicado campanilleo de timbres de bicicletas.

Las palomas arrullaban satisfechas en un alféizar. Y los cálidos rayos del sol se alargaban desde la ventana, cruzando el suelo hasta una cama, acariciando unos pies desnudos que se agitaron con cierta sensación de molestia.

Luego un leve quejido movió el aire y apareció una cabeza morena. Una mano grande frotó unos ojos claros y enrojecidos. Parpadearon mirando un cielo despejado y se volvieron a cerrar.

—Dios, recuérdame que estrangule a Matthias, ¿vale? —dijo, sin dirigirse a nadie en concreto.

Habían estado trabajando en el bar hasta la madrugada. Por fin habían conseguido fijar la barra al suelo y arreglar las luces. Y hoy era sábado, de modo que no tenía motivo para levantarse... pero a ese maldito reloj interno que tenía no le importaba.

La cabeza morena se volvió. Sí, pasaban pocos minutos de las siete.

Fuera oyó el ruido delicado de unas alas que se agitaban y se volvió de nuevo hacia la ventana. Entrecerró los ojos al ver a las palomas allí posadas.

—Y cuando haya estrangulado a ese tío... —se levantó y las señaló con el dedo—, ...os toca a vosotras.

Tal vez las palomas la vieron acercarse o el viento las incomodó, pero arrullaron con más fuerza y alzaron el vuelo.

—Qué suerte habéis tenido.

Otro quejido y luego la alta figura se estiró. La fina camiseta negra se tensó sobre su cuerpo delgado y musculoso. Se rascó el estómago y luego se dirigió al cuarto de baño. Ya que estaba, podía empezar el día, ¿no?

Un ligero resoplido.

—Ya.


La taza de café humeaba ligeramente y Rayne bebió otro trago. Sus ojos examinaron el periódico de la mañana que había comprado junto con dos bollos en la panadería. Sonrió al recordar al señor Jaap, el dueño. No conseguía pronunciar bien su nombre. Siempre hacía que sonara como René.

Alzó la cabeza y contempló su apartamento. Era un apartamento de una sola habitación, una de cuyas paredes estaba ocupada por un enorme ventanal. En un rincón había una pequeña cocina y al fondo, a cierta altura del suelo, estaba su "rincón de dormir". El resto de la habitación estaba ocupado por un cómodo sofá oscuro y una butaca, una mesa pequeña y una televisión. Y contra otra pared estaba su pequeña "oficina": una mesa de ordenador y una silla muy cómoda.

No era grande, pero era suficiente para ella, y tenía una bonita vista del pequeño lago que había detrás del edificio de apartamentos.

Estaba a punto de empezar con su segundo bollo cuando sonó el teléfono.

—No hay nadie en casa.

Pero el aparato evidentemente no entendía inglés y siguió sonando. Soltó un suspiro y se levantó.

—Wilson.

Una voz alegre se coló por el teléfono y ella volvió a suspirar.

—Matthias... sólo he dormido cinco horas... no pienso aparecer hoy por el bar. —Pero a la voz del otro lado tampoco parecía importarle—. ...Escucha, ¿qué tal si los entrevistas tú y luego me dices quién te parece mejor, eh?... Confío totalmente en tu capacidad para elegir al personal adecuado.

Se sentó en el brazo del sofá y sacudió la cabeza.

—Matthias... —No pudo terminar la frase porque él la interrumpió. Su alemán acabó sonándole como un galimatías atropellado—. Vale... vale... vale... Estaré ahí dentro de quince minutos. —Otro sonido alegre, pero ella se limitó a colgar—. Bueno —reflexionó mientras alcanzaba un par de vaqueros y una camisa—. Si lo veo, puedo estrangularlo... A lo mejor eso me salva el día.


Era la segunda vez que daba la vuelta a la manzana. Estaba a punto de perder los estribos. Sábado por la mañana y, por supuesto, era casi imposible encontrar sitio para aparcar. Los largos dedos agarraron el volante con más fuerza y volvió a mirar a su alrededor. Ah, ahí...

Paró el coche y echó marcha atrás despacio y...

En ese momento un VW Escarabajo azul se coló en el espacio libre.

Por un momento sus ojos claros se quedaron mirando el pequeño coche con estupor y luego se estrecharon de rabia.

—Ah, amigo... eso es justo lo que me faltaba hoy. —Salió del coche y se acercó al coche más pequeño. Agarró la manilla y lo abrió de golpe, agachando la cabeza—. Escuche, amigo... yo he visto...

Y se quedó callada cuando la miraron unos sorprendidos ojos verdes.

—...Yo... —Se le quedó la mente en blanco e intentó pensar en algo que decir. El par de ojos verdes pertenecía a una cara de rasgos increíblemente delicados enmarcados por un pelo corto y rubio que una mano pequeña apartó a un lado. Y entonces vio chispas de rabia en aquellos pozos verdes.

—¿Le importa decirme qué está haciendo?

Parpadeó como una tonta y luego se miró la mano.

—Oh... —Soltó la manilla y se echó hacia atrás.

La mujer del coche pequeño salió y cerró la puerta. Se dio la vuelta y ladeó un poco la cabeza... sin poder ocultar del todo una ligera sonrisa de sorpresa. Llevaba un polo blanco y vaqueros azules y ajustados que ceñían una esbelta cintura.

Rayne tragó y retrocedió un poco más.

Y salió de su trance por los pitidos furiosos de un coche detrás de ella, que le recordaron que su propio coche estaba en medio de la calle.

—Mm... —farfulló. Y luego sacudió la cabeza y regresó a su coche.

Seguida por unos ojos verdes llenos de diversión.

Liv soltó un leve bufido y meneó la rubia cabeza. Y luego observó la manzana, intentando localizar el bar donde tenía una entrevista. Metió la mano en el bolsillo y la sacó con un pequeño recorte de papel. Die Blaue Rose. Mmm. Se volvió un poco y descubrió un pequeño letrero luminoso a pocas puertas de distancia.

Se puso el bolso al hombro y se dirigió hacia allá, tomando aliento para prepararse para la entrevista.


Rayne encontró por fin un hueco al otro extremo de la calle. Maldijo durante todo el trayecto de vuelta al bar, sin conseguir borrar de su mente esos ojos verdes.

Eso no le había pasado nunca.

Estaba a punto de hacer pedazos a una persona y al segundo siguiente... se encontró trabucándose con sus propias palabras.

—Como una maldita adolescente. —Volvió a sacudir la cabeza, decidida a dejar el bar lo antes posible. Así recuperaría sueño... haría un poco de ejercicio. Tal vez iría a la playa. Era mediados de primavera, pero hacía calor suficiente para ponerse una camiseta, y un paseo por la playa solía tranquilizarla. Sí... y a lo mejor me llevo un libro también.

Una vez tomada la decisión, se irguió y entró en el almacén. Sus ojos necesitaron un momento para acostumbrarse a la escasa luz de la entrada.

Miró a su alrededor y distinguió la cabeza rubia de Matthias. Oh, amigo... tú y yo tenemos que hablar. Dejando la chaqueta en una de las sillas cercanas, avanzó hacia su amigo.


Liv se tiró nerviosa de la oreja, mirando a su alrededor. Sus ojos verdes se posaron en otros siete hombres y mujeres jóvenes que se habían presentado para solicitar el trabajo.

Observó el interior del bar. Era evidente que todavía estaba en proceso de reforma. De repente, las claras cejas se fruncieron al ver a una figura alta que se dirigía hacia el joven que los había recibido hacía unos minutos. Miró con más atención... y soltó aliento suavemente.

Era la mujer alta que había estado junto a su coche antes. Se pusieron a hablar. El hombre se echó a reír y golpeó a la mujer en el brazo.

Liv suspiró. Estupendo... se conocen... seguro que es una de las jefas de aquí. Y ya está cabreada conmigo por quitarle el sitio para aparcar... Qué suerte la mía.

Volvió a suspirar y retrocedió unos pasos. Se apoyó en la pared, con la esperanza de ocultarse detrás del resto de las personas, que eran todas más altas que ella.

No podía quitar los ojos de encima de la mujer alta que estaba al otro lado de la estancia, advirtiendo la forma en que se movían los músculos de sus antebrazos al gesticular con las manos.

Liv frunció el ceño y apartó la mirada, algo nerviosa por lo que sentía por dentro.

Recuerda que necesitas el trabajo. Tomó aliento e intentó calmarse cuando el hombre —Matthias— se acercó a su grupo. Les sonrió y agitó un cuaderno que llevaba en la mano.

—Bueno... éste es el plan... estamos buscando dos camareros y tres camareras. Si tenéis experiencia previa con este tipo de trabajo, genial, pero no es necesaria. Buscamos gente de mentalidad abierta porque... como ya dije antes, este bar va a ser frecuentado sobre todo por un público gay y quien tenga problemas con eso, ¡ya se puede ir!

La gente que rodeaba a Liv se movió un poco y luego vio a una joven que cogía su chaqueta y se marchaba.

El rubio que tenían delante esperó otro minuto y luego sonrió de nuevo.

—Vale... mm... bueno... —Los miró—. Así es bastante fácil, porque aquí sólo hay dos hombres... ¿os parece bien lo que he dicho?

Rayne estaba al fondo mirando al grupo. Sus ojos iban examinando con cuidado a cada uno de ellos. Sonrió irónicamente. Bueno, la verdad era que no hacía falta tener un radar gay con los dos chicos, que evidentemente eran amigos, pero las chicas... Ladeó un poco la cabeza.

Y sintió que se le quedaba la boca seca.

Vio una mano pequeña que se colocaba unos mechones rubios detrás de una pequeña oreja y quedó atrapada por unos ojos verdes parpadeantes.

Era la rubita del VW Escarabajo. Sus ojos volvieron a recorrer el esbelto cuerpo. Sooo... ¡¡pero qué estoy haciendo!! ¡¡A ver si te calmas!!

Vio un ligero rubor que subía por el cuello de la joven y tragó con fuerza muy a su pesar. Matthias seguía hablando con el grupo y entonces vio a otra joven que se marchaba. El rubio hizo un gesto con las manos para que esperaran un momento y volvió con ella.

—Oye... Ray... ¿qué te parecen?

—¿Las condiciones les parecen bien?

—Sí.

Ella se encogió de hombros... sin poder evitar que sus ojos volvieran a la menuda rubia.

—¿Tienes sus curriculum?

Matthias asintió y le pasó unas cuantas hojas de papel.

Las fue pasando hasta que vio la cara que esperaba. Liv Forsberg... Liv... Decidiendo que le gustaba el nombre, miró a su amigo.

—Vale... pues prepara el papeleo. Diles que pueden empezar el mes que viene.

Matthias asintió y volvió al grupo que esperaba.

Liv Forsberg... Levantó la mirada de nuevo y vio que la rubita sonreía ampliamente por algo que había dicho Matthias. Sintió que algo dentro de ella se agitaba con una cálida familiaridad que le resultaba un poco enervante.


—Eh... ¡ya he vuelto!

Liv cerró la puerta tras ella y dejó la mochila en el suelo. Sus llaves aterrizaron en una mesilla cerca del espejo.

Una cabeza pelirroja y despeinada asomó por una puerta.

—Hola... cielo... ¿y? ¿Has conseguido el trabajo?

Sonrió.

—Sí.

—¡¡Así se hace, chica!! —La pelirroja se acercó a ella y la abrazó—. Ya te dije que saldría bien... ¿Cuándo empiezas?

Pasaron al cuarto de estar. Liv se acomodó en una butaca gastada pero cómoda mientras que su amiga se sentaba en el suelo a su lado. Evelyn todavía tenía aspecto de acabar de levantarse, aunque eran cerca de las tres de la tarde. Compartían el apartamento con otro estudiante y se habían hecho amigas casi de inmediato. La pelirroja era una persona alocada y algo inestable, en total contraste con la sueca, que era más tranquila y reservada.

Se habían conocido durante su primera semana en la Universidad de Lübeck y se habían hecho amigas casi al instante, decidiendo alquilar un piso al cabo de seis meses. Lorenz, un buen amigo de las dos, decidió mudarse con ellas también.

—Terminan el interior en las próximas semanas y nuestro contrato empieza el mes que viene. Así que... se acabó esa preocupación... —Liv se quedó callada. En su mente apareció de pronto una imagen de una mujer alta y morena. Frunció el ceño y meneó la cabeza ligeramente.

Una mano cálida en la rodilla la sacó de su ensueño y bajó la mirada para encontrarse con unos ojos azules y preocupados.

—¿Estás bien?

Los ojos verdes parpadearon en silencio un momento, pero luego sonrió.

—Sí... claro... estoy bien. Mmm... ¿ha llamado ya Torben?

Evelyn observó a su amiga, no muy satisfecha con la respuesta obtenida, pero decidió dejar el tema.

—No. Todavía no ha llamado. ¿Es que esperabas que lo hiciera? —El novio de Liv se había tomado una semana libre en la universidad para ir a ver a su madre en Suecia—. Quiero decir, es que llamó ayer...

Liv se apartó unos cortos mechones rubios de los ojos y se encogió de hombros.

—Yo... mm... es que pensaba... que tal vez...

La pelirroja que tenía delante se echó hacia un lado y enarcó una ceja. Ella sonrió y meneó la cabeza, posando su mano más pequeña encima de la que todavía estaba en su rodilla.

—Estoy bien, Eph... Sólo un poco cansada. —Se levantó, pero evitó los ojos de su amiga—. ¿Queda comida?

La otra mujer suspiró en silencio, reconociendo las señales de que Liv estaba decidida a cambiar de tema.

—Eso creo... sí... Lorenz todavía no ha tenido oportunidad de asaltar la nevera, así que debería quedar algo.

Riendo ligeramente, se encaminaron a la cocina.



2


Con un leve siseo, la farola de debajo de su ventana se encendió y la débil luz amarilla se fue transformando despacio en un blanco cegador.

La figura alta estaba de pie en silencio ante la ventana, mirando a la calle. Los ojos claros observaban el paso de los coches y los autobuses. Los destellos de las luces bailaban sobre su cara impasible.

Detrás de ella, en el apartamento a oscuras, una música delicada flotaba por el aire, una alfombra apagada de sonidos relajantes.

Así que hoy era el gran día. La inauguración del bar.

Matthias estaba tan emocionado que la había llamado cinco veces en una hora para asegurarse de que sabía que tenían que encontrarse a las siete delante del bar.

Una ligera sonrisa bailó en los labios rojos y la cabeza morena se agitó un poco.

A lo largo de las últimas tres semanas habían tenido ocasión de conocer un poco mejor a las personas que iban a trabajar para ellos. Y había descubierto que era incapaz de quitarse a Liv de la cabeza.

Era algo que le resultaba muy inquietante.

Cerró los ojos y apoyó la frente en el cristal frío de la ventana, intentando calmar el torbellino que sentía por dentro.

—...Liv... —Un leve susurro... Su aliento como vapor sobre el cristal... Nublando por unos instantes la vista del exterior.

Un suspiro y se apartó de la ventana, volviéndose hacia el interior del apartamento a oscuras. Ya había decidido lo que se iba a poner, y un rápido vistazo al reloj le dijo que eran las seis y media. Necesitaría por lo menos quince minutos para llegar al bar... Otro suspiro. Bueno, más vale que me ponga en marcha, ¿no?

Como si oyera la pregunta y quisiera contestarla... un coche pitó desde el final de la calle.


—¿Has terminado?

La voz del joven sonaba impaciente mientras paseaba delante del cuarto de baño. Unos ojos azules lo observaban y Evelyn tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para reprimir un comentario cáustico. Lo cierto era que Torben no le gustaba. Había algo en él...

Era guapo. De eso no cabía duda. Y realmente quería a su menuda amiga, pero tendía a tratarla con condescendencia. De vez en cuando le hablaba como podría hablar a una niña que no tuviera ni idea de lo que estaba haciendo. Y eso la enfurecía, porque Liv simplemente...

Evelyn suspiró y volvió a la cocina. Se sentó a la mesa y se encontró con la cara sonriente de Lorenz.

—¡No digas nada!

El joven se echó a reír.

—Está bien. No digo nada. —La miró ladeando la cabeza afeitada y meneó las cejas perforadas, burlándose en silencio.

Intentó seguir molesta, pero las payasadas de Lorenz se lo impidieron.

—¡Eres un monstruito! —Pero sonrió.

El joven se echó a reír y se levantó para coger la leche de la nevera.

—Eso dice Klaus. —Se sentó de nuevo y sirvió un vaso de leche para cada uno—. Y mis padres... y mis profesores también lo decían. —Suspiró con dolor fingido—. ¿Así que por qué no tú también?

Se rieron.

En ese momento Torben se reunió con ellos, sentándose al lado de Evelyn.

—Saldrá dentro de diez minutos.

La pelirroja miró el reloj que había en la pared que tenía enfrente. Eran las seis. Tendrían que darse prisa para llegar a tiempo.


Los ojos verdes contemplaban el espejo parpadeando, observando la imagen que aparecía en él. Las cejas rubias se arrugaron confusas a medida que la imagen se fue transformando despacio en unos cincelados rasgos sonrientes. Una larga melena oscura enmarcaba el hermoso rostro.

Liv cerró los ojos. Un suave suspiro empañó el espejo.

Sentía que le estaba pasando algo. Algo tan nuevo que no tenía palabras para describirlo y sin embargo le resultaba tan extrañamente familiar...

Las últimas tres semanas habían sido... Abrió los ojos. Emocionantes. Interesantes. Desconcertantes.

Pero sobre todo habían estado llenas de Rayne.

La presencia tranquila pero vibrante de la alta británica. Su risa. Esa voz grave... Esos ojos... Soñaba con su nueva jefa. Y lo que la confundía más que nada... y sí, la asustaba un poco, era que no le importaba sentir todas esas cosas nuevas por dentro. Ardía en deseos de ir al bar... sólo para ver a Rayne. Las veces en que la mujer más alta no había estado allí, se había sentido decepcionada.

Le había dolido. Casi se había sentido dada de lado.

Las cejas rubias se fruncieron aún más y se miró meneando la cabeza. Irguió su pequeña figura y, echándose un último vistazo, se volvió, decidida a controlar sus emociones. Bien consciente de que Torben la iba a acompañar a la fiesta de inauguración.

E igual de consciente de que no le apetecía pasar la velada con él.


Matthias contempló el bar, con una amplia sonrisa en la cara. El gran espacio estaba atestado de gente. Mujeres... Hombres... Casi todos amigos suyos o de Rayne. El resto amigos de sus empleados.

Habían contratado a una banda para la fiesta y estaba planteándose seriamente ampliarles el contrato a por lo menos dos días por semana. Tenía que hablar de eso con Ray. Miró a su alrededor, tratando de localizar a la alta británica.

Había estado muy callada al llegar esta noche... casi al mismo tiempo que Liv y sus amigos. Sus ojos claros estaban inusitadamente apagados. Todo intento de conversar con ella había fracasado miserablemente.

Suspiró. Necesita a alguien.

Sus propios ojos azules miraron a las personas que tenía al lado y por fin localizaron a su alta amiga en un pequeño banco al fondo de la sala. Como siempre, parecía bastante sola y casi perdida en una habitación llena de gente.

Suspiró de nuevo y empezó a abrirse paso hacia la alta figura.

Seguido por unos ojos claros que habían notado su avance casi de inmediato. No esperaba nada menos de su amigo, a quien se le había metido la idea en la cabeza de que tenía que cuidar de ella.

En sus labios se dibujó una ligera sonrisa afectuosa.

Que se desvaneció cuando un destello rubio pasó a su lado. Sus ojos claros siguieron a la cabeza rubia que ahora le era tan familiar... y se estrecharon cuando vio dónde se dirigía Liv. Observó al hombre alto y rubio que estaba de pie al lado de una pelirroja y de un joven calvo cuyos piercings relucían alegremente bajo las luces multicolores que soltaban destellos en lo alto.

Movió la mandíbula en silencio... ¿qué? ¿Celos?... Apartó la mirada, molesta consigo misma por permitirse siquiera estos sentimientos, y se topó de lleno con la mirada interrogante de Matthias.

—Oye, Ray... ¿estás bien?

Tardó un momento en controlar la sensación de revoltijo interno... hasta llegar a un punto en el que pudiera confiar en su voz... pero lo consiguió y hasta sonrió. Aunque estaba segura de que su sonrisa parecía tan falsa como la sentía.

—Sí... estoy bien. En serio... —Se levantó—. Es que... mm... necesito un poco de aire... Ahora mismo vuelvo...

Se marchó sin mirar atrás. Seguida esta vez por los ojos preocupados de su amigo.

Y un par de ojos verdes que miraron hacia abajo con un suspiro silencioso.


Ya era pasada la medianoche... había caído un frío casi relajante y Rayne respiró hondo. Se alegraba de haber dejado el bar abarrotado y lleno de humo.

¡Tendrías que haber sabido que tiene novio! ¡Estúpida!, se dijo, sacudiendo la cabeza.

Levantando la cabeza, sus ojos claros contemplaron los miles de estrellas, trazando dibujos parpadeantes con un aire casi melancólico.

—Parece un conejo, ¿verdad? —La voz con un ligero acento sonó detrás de ella. Y casi... casi dio un respingo de sorpresa. Pero no lo hizo.

Porque el delicado aroma que siempre rodeaba a Liv ya le había anunciado la presencia de la menuda rubia.

—¿Un conejo?... Tal vez.

Liv se puso al lado de la alta figura. La voz grave, como siempre, había tocado algo muy hondo dentro de ella.

Se quedaron en silencio la una al lado de la otra, contemplando las estrellas del cielo, sintiéndose extrañamente en paz y...

Liv frunció ligeramente el ceño. Casi como en casa.

Se volvió hacia la mujer más alta, pero antes de poder decir algo, se abrió la puerta detrás de ellas y Torben la llamó.

—Liv... ¿vienes? —Sonrió a Rayne y ofreció la mano a la menuda rubia.

Los ojos claros lo miraron con una expresión inescrutable. Observaron mientras volvían a entrar en el bar y aquellos ojos verdes se encontraron con los suyos por un instante... y luego la puerta se cerró de nuevo. Dejándola de pie en medio de una fría noche de primavera, con las estrellas en lo alto. Música suave que salía del bar. Los ruidos del escaso tráfico nocturno. Ladridos de perros. Maullidos agudos de gatos.

Y en su interior sintió una pérdida y un dolor tan antiguos que casi se sintió mareada por su intensidad.



3


ahora

Ahora ya nevaba mucho. El parabrisas estaba cubierto por una espesa capa de blanco. Una cabeza morena estaba ligeramente ladeada... sin advertir la nieve ni el tiempo que ya había pasado.

Los ojos claros miraban sin ver los indicadores que había detrás del volante.

Una mano grande se alzó y movió la larga melena oscura, agitándola y apartándola del cuello.

Un leve suspiro.

Los ojos azules parpadearon y de repente fueron conscientes de lo que los rodeaba.

—...Liv...

Un susurro que se desvaneció despacio en el pequeño interior del coche. Los ojos claros se volvieron a un lado para mirar por la ventanilla, siguiendo los blandos copos blancos. Recordando una cara risueña que intentaba capturarlos con una lengua cálida.

Otro suspiro. Y puso en marcha el coche, sin saber muy bien dónde quería ir. Sabía que la fiesta no empezaría antes de las seis. Y con tanta nieve casi todos los invitados llegarían tarde de todas formas. Todavía podía llegar.

Lo único que tenía que hacer era girar a la derecha en lugar de a la izquierda en el siguiente semáforo.

Dos años.

Volvería a ver aquel rostro delicado... después de dos años. Volvería a oír la voz de Liv. Su cuerpo... y su alma ansiaban volver a sentir a la pequeña figura. Sólo tenía que cerrar los ojos para ver aquellos ojos verdes, aquella sonrisa... ¿Cómo había ido todo tan mal?

Se detuvo ante el semáforo en rojo. Los ojos claros contemplaron el cartel que indicaba Plön.

Sabía exactamente qué era lo que había ido mal. Los recuerdos y el dolor que le producían seguían tan vivos como cuando...

Detrás de ella otro conductor anunció su fastidio porque no se había movido aunque el semáforo se había puesto en verde.

Tragó. Con las manos ligeramente temblorosas, empezó a girar el volante.


Corinna se arrebujó más en su abrigo mientras esperaba junto al coche de Matthias a que éste lo cerrara. Por fin había dejado de nevar, pero ahora estaba bajando la temperatura... la nieve que cubría el pavimento crujía con fuerza con cada pisada.

Las farolas hacían que la nieve congelada soltara vivos destellos.

—Vale... vamos.

Notó el brazo de Matthias alrededor de la cintura mientras avanzaban con cuidado hacia la pequeña casa que había cerca de la carretera. Los inmensos abetos de delante estaban cubiertos de nieve.

A través de las ventanas una luz cálida y amarilla y unas siluetas oscuras en movimiento indicaban que la fiesta ya había empezado.

Matthias sonrió a su novia y luego llamó al timbre. Corinna se pasó una mano por el pelo para ahuecárselo un poco y sacudirse algunos copos de nieve.

La puerta se abrió y los sonidos de risas, música suave y voces salieron flotando a la oscuridad. Luego apareció una cara sonriente y sin decir palabra, Matthias estrechó entre sus brazos a la rubia menuda que había abierto la puerta. Notó unos brazos más pequeños que lo rodeaban en un cálido abrazo.

—Feliz cumpleaños, pequeñina —susurró.

—Gracias, Matti.

La soltó y ladeó un poco la cabeza.

—Estás preciosa.

Consiguió el esperado y ligero sonrojo de Liv... y un suave empujón de Corinna. Las mujeres se echaron a reír y luego se abrazaron también.

—Pasad... ¡os tenéis que estar congelando!

Liv cerró la puerta tras ellos y les indicó un sitio donde la pareja podía colgar sus abrigos. Sus ojos verdes observaron divertidos mientras Matthias ayudaba a Corinna a quitarse el abrigo. En su cara se dibujó una sonrisa dulce. Quién habría pensado que ibas a estar tan colado, Matti. Pero se alegraba por él. El alto alemán era casi como un hermano mayor para ella... y lo quería muchísimo.

—Bueno, cumpleañera... —Ella puso los ojos en blanco—. Ni siquiera te voy a preguntar cuántos cumples. —Obtuvo una rubia ceja enarcada y una verde mirada asesina—. Vamos, vamos...

Se echó a reír y le entregó dos paquetes.

—Feliz cumpleaños.

Ella sonrió y aceptó los regalos. Los puso encima de una mesa cercana para poder mirarlos. Abrió primero el más grande, levantó la tapa de la caja y soltó una exclamación.

—Dios... ¡Matti, no deberías haber hecho esto! —Los atónitos ojos verdes miraban fijamente una primera edición de las obras completas de Albert Strindberg.

Una expresión satisfecha se apoderó de la cara del joven... era evidente que estaba muy contento de sí mismo.

—Corinna me ha ayudado... un poco. —Lo cual le valió otro empujón. Él se echó a reír y le robó un beso—. Además está firmado.

Liv abrió el libro que tenía en las manos con cuidado... y se quedó mirando en silencio lo que había escrito allí. Luego levantó la mirada, con los ojos verdes relucientes de lágrimas. Volvió a abrazar a Matthias, estrechándolo con fuerza.

—Muchísimas gracias... —Un leve susurro.

Unas manos grandes le acariciaron la mano con ternura.

—De nada, pequeñina.

Liv sorbió y se frotó los ojos con una mano. Y luego se volvió hacia el otro paquete que seguía encima de la mesilla. Sus dedos tocaron el delicado envoltorio... su cuerpo se quedó inmóvil. Miró a su amigo.

—Mm... es... yo... nosotros... —farfulló él.

Liv tragó y abrió muy despacio la cajita. Cogió en sus manos el collar que encontró en ella. Con un dedo tocó el pequeño colibrí hecho de oro de las Colinas Negras que relucía suavemente con delicados tonos de verde y rojo. Y que le traía tantos recuerdos...

—...Rayne...


entonces

El cielo ya estaba pasando despacio de un negro oscuro a un gris pálido cuando volvieron a casa. Evelyn gimió y se apoyó en la puerta del cuarto de estar.

—Estoy muerta. Mátame. —Liv se echó a reír y meneó la cabeza. Pero antes de que pudiera responder, los ojos azules le clavaron una mirada—. ¡No digas nada!

La menuda rubia alzó las manos como si se rindiera y se volvió hacia la cocina. Necesitaba algo de beber y todavía no estaba lista para acostarse... sabiendo que Torben se iba a quedar a pasar la noche.

Seguía sin poder quitarse la cara de Rayne de la cabeza. La alta británica había parecido tan perdida, allí fuera del bar. Contemplando las estrellas. Y lo único que ella había querido hacer en ese instante era estrecharla entre sus brazos y quedarse allí. Quedarse allí y olvidarse del resto del mundo.

Liv suspiró y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa de la cocina.

Estaba confusa.

Los sentimientos que tenía por su jefa eran muy nuevos para ella. Y sin embargo, le resultaban tan correctos que parecía casi sobrenatural. La necesidad de estar cerca de Rayne... de ver esa sonrisa... de oír esa voz... a veces esos sentimientos eran tan fuertes que llegaba a sentir dolor.

—¿Liv?

Notó la mano de Torben que se posaba en su hombro y cerró los ojos. Su caricia no era lo que deseaba sentir en su cuerpo.

—Estoy bien... —Se volvió y le sonrió, con la esperanza de resultar lo suficientemente convincente porque por dentro no le apetecía sonreír en absoluto. Le apetecía salir corriendo del pequeño piso que compartía con Eph y Lorenz, quien había decidido pasar la noche en casa de su novio. Lo que de verdad quería era volver al bar, encontrar a Rayne... y olvidarse del mundo. Perderse en esos increíbles ojos azules. Y en la calidez del abrazo de Rayne.

Tragó y apagó la luz de la cocina. Torben y ella se quedaron en una débil penumbra. La luz de las farolas de la calle entraba por la persiana medio bajada, formando bandas brillantes en las paredes y en sus caras.

Notó que el brazo de Torben le estrechaba los hombros mientras la llevaba a su pequeño cuarto.


Suspirando, Matthias retiró del suelo otro trozo de cristal roto. A lo mejor usar vasos y platos de plástico no habría sido tan mala idea después de todo. Lo tiró a la bolsa de basura que tenía al lado y se enderezó. Miró el bar, muy contento por cómo había salido la fiesta de inauguración. Sus profundos ojos azules soltaron destellos y se balanceó sobre los talones.

Una expresiva maldición en inglés procedente del fondo del bar lo sacó de sus reflexiones y se dio la vuelta. Vio a Rayne mirando con mala cara algo que no conseguía distinguir desde donde estaba.

Su alta amiga llevaba de este humor desde que había vuelto de su breve salida durante la fiesta. Y podía imaginarse lo que lo había provocado.

—Eh, Ray... ¿estás bien?

Los ojos claros se volvieron hacia él y se dio cuenta de que tardaba un momento en controlar un comentario cáustico.

—Sí... estoy bien. —Una mano de dedos largos aplastó una servilleta y luego la tiró a un cubo de basura. Por el aire flotó un sonido hueco cuando aterrizó en el fondo metálico.

Matthias suspiró de nuevo y se acercó un poco, sabiendo que no le convenía seguir preguntándole si de verdad estaba bien.

—Ha estado muy bien, ¿no crees?

La alta figura se apoyó en la barra. Los ojos claros recorrieron la estancia. Basta, Ray. ¡No es necesario que lo pagues con él!

Haciendo un esfuerzo, le sonrió.

—Sí, muy bien.

Por la forma en que su cuerpo pareció relajarse, vio que había logrado calmar sus preocupaciones, agradeciendo que siempre estuviera pendiente de ella.

Durante las dos horas siguientes trabajaron sobre todo en silencio, limpiando los peores estropicios, y decidieron ocuparse del resto cuando los dos hubieran dormido un poco.

Matthias la acompañó al coche. Se la quedó mirando en silencio un momento.

—¿Estás segura de que estás bien? —Su voz sonaba seria y extrañamente apagada, lo cual solía indicar que estaba preocupado de verdad.

Ella volvió a sonreír. Esta vez de forma auténtica.

—Estoy cansada. Y hay algo en lo que tengo que pensar muy en serio. Eso es todo.

Él le devolvió la sonrisa.

—Liv.

No era una pregunta. Una simple afirmación que demostraba que la conocía mejor de lo que a veces ella deseaba.

Montándose en el coche y bajando la ventanilla, tomó aliento.

Ja, Liv.

El cielo ya se había puesto gris pálido y un cálido resplandor amarillo y naranja hacia el este prometía el amanecer de un nuevo día. Pero la ciudad misma seguía dormida. Sólo de vez en cuando veía algún otro coche en la calle. Las palomas estaban agrupadas en torno a los cubos de basura. Un perro callejero cruzó la calle, y vio que se apagaban las farolas. A su alrededor todo adquirió un aire inocente de gris y azul claro.

La niebla subía del canal que tenía al lado y las barcas atadas a los muros hacían ruidos suaves en la quietud del amanecer.

No supo cómo acabó delante del edificio donde sabía que vivía Liv. Durante largo rato se quedó sentada en el coche, contemplando las ventanas oscuras, con la mente llena de imágenes de Liv. Esos ojos verdes... esa nariz tan mona... el pelo suave... y el olor que siempre parecía rodearla. Una mezcla de melocotones y vainilla. Algo que le resultaba casi misteriosamente reconfortante.

Suspirando y meneando la cabeza ante sus propias ideas, salió del coche. Cerró la puerta y se apoyó en la chapa ligeramente húmeda. Sus ojos claros contemplaron el edificio.

Sintió más que vio que el sol empezaba a salir. Los primeros rayos cálidos le acariciaron la cara y cubrieron de bandas amarillas la calle y las paredes de las casas ante las que se encontraba.


Con un ligero suspiro, los ojos verdes se abrieron. Las cejas claras se arrugaron por la suave luz que entraba por la ventana.

La pequeña figura se apartó del cuerpo cálido que tenía al lado. Incorporándose despacio, alcanzó una camiseta y unos pantalones de pijama. Igual de despacio y cautelosamente se levantó para no despertar a Torben, que seguía profundamente dormido.

Liv se acercó a las ventanas y, levantando un poco las cortinas, miró fuera. Vio los primeros rayos de luz que jugaban en las hojas de los árboles delante de la casa. Los claros ojos verdes siguieron la pelea de un par de palomas. Y entonces se posaron en una figura alta y oscura apoyada en un coche igualmente oscuro.

Y por un momento se olvidó de respirar.

—...Rayne...

Su aliento empañó la ventana y emborronó la imagen de la figura silenciosa que estaba en la calle.

Atravesó de puntillas el pasillo del piso. Lo único que oía era el tictac del reloj de la cocina y la respiración suave y profunda del sueño.

Con el mayor sigilo posible, cerró la puerta del piso y bajó las escaleras casi corriendo. Salió a la acera y casi de inmediato se topó con la intensa mirada de un azul claro.

Que la miraba con sorpresa y deleite... y algo que no conseguía identificar.

Cruzó la calle, sin importarle si había tráfico, y se detuvo ante la alta figura. Apenas consiguió contenerse para no apartar unos mechones oscuros y revueltos.

—...hola...

Esa sonrisa y la cabeza morena se ladeó un poco.

—...hola tú...

Y a su alrededor la luz suave iba cobrando fuerza, así como los ruidos de los coches y de la gente que se preparaba para comenzar el día. Y desde algún lugar el sonido delicado de una música flotaba a través de esta nueva mañana.


PARTE 2


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