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Presente, un pequeño café del pueblo de Ormarc (Mediodía Pirineos), Francia

Extracto del diario de Gwenhwyfar Morrison:

No sé si tener sueños sobre la investigación para tu tesis doctoral se considera normal. Sé que la mayoría de las personas tienden a ponerse un poco obsesivas con su investigación; tal vez yo me estoy obsesionando demasiado con Na Gabrielle d'Ormarc y esta catedral "desaparecida". Estoy casi totalmente convencida de que Na Gabrielle y N'Alexandra estaban íntimamente relacionadas, que esto era algo más que fin'amors, algo más que las convenciones literarias de la poesía de amor cortés... la declaración parece demasiado directa, demasiado personal.

La transcripción terminó hace unos meses y casi he acabado de traducir la historia en forma de edición inglesa. Al principio pasé casi dos meses registrando la biblioteca de la abadía con ayuda de S.A. El resto del tiempo lo he pasado transcribiendo, traduciendo y persiguiendo pistas sobre lo que ocurrió aquí hace tanto tiempo. No me puedo creer que el año casi haya acabado y que dentro de menos de dos meses, estaré de vuelta en Estados Unidos.

He adaptado el mismo título con que la autora llamó a la historia en el prólogo: "Alexandra". El "Alexandra" es una obra extraña: interesante y, creo, única por su contenido: la historia de un caballero mujer, y dentro de ella, una historia sobre Xena y Gabrielle.

Un caballero mujer que defiende su reino de los invasores del norte. Lo más cercano en contenido que he leído (es decir, la presencia de un caballero mujer) es el Silencio de Heldris de Cornualles, y la heroína activa recuerda vagamente a Aucaussin y Nicolette, entre otras. El aspecto marcial de la protagonista es bastante inusual, una rareza en la literatura medieval. Es un valioso miembro de la corte, a pesar de que los demás saben claramente que es una mujer. Los demás personajes lo aceptan: es un caballero y es una mujer. Incluso tiene una amante, ¡nada menos que la hija del rey! ¿Y no pasa nada? Ni la menor señal de sarcasmo ni de parodia. ¿Esto se leía o representaba en la corte? ¿O fue un encargo personal, una colección para la biblioteca privada de Chrétien d'Ormarc? ¡Dios, no me puedo creer que haya dado con esto! ¡Es el hallazgo de una vida!

Y no sólo eso, sino que además aparecen dos antiguas leyendas griegas y, por lo que sé, nunca hasta entonces aparecen mencionadas en ningún texto medieval... Casi parece que no guarda relación con el resto del texto, como una especie de aparte extraño tan característico de tantos otros textos de aventuras medievales de tipo artúrico. ¿Será esto parte del ciclo artúrico? ¿O una especie de chanson de geste?

La inclusión del "Aparte de Xena" lo complica todo, y no pretendo saber para qué sirve exactamente. La mujer guerrera Xena y su compañera bardo Gabrielle defienden uno de los templos de las Parcas y la guerrera es transportada a algún tipo de vida alternativa. Parece que aquí hay algo más. Fuera quien fuese Gabrielle d'Ormarc, parecía lista, inteligente... puso esa historia ahí por alguna razón. Debe de haber un motivo por el que la historia de Xena esté ahí, y no conozco lo suficiente las leyendas de Xena para comprobar si este tipo de historia es típico. Debo hablar con Josh en cuanto vuelva a LA para confirmarlo. ¿Hay alguna conexión entre las dos historias? ¿Tal vez un comentario sobre el conflicto que siente la mujer caballero con su propia vida? ¿Como una especie de exégesis/metacomentario secular, tal vez?

Siento que estoy tan cerca de descubrir algo... Sé que ahí hay algo, que este pequeño pueblo guarda alguna historia oculta y que de algún modo, Gabrielle d'Ormarc y esta tal Alexandra están relacionadas con ella. ¿Es una coincidencia que los nombres de las protagonistas del texto sean los mismos que los de la inscripción, Alexandra y Gabrielle? ¿Qué es lo que intentas decirme, Gabrielle d'Ormarc? ¿Se trata de algo más que un simple relato?

Creo que debería haber sido arqueóloga... no paro de pensar que tengo lo que estoy buscando justo delante de los ojos, pero que no lo reconozco como tal... El castillo/hotel tiene la clave de todo... estoy segura. Debe de haber una especie de cripta o marcador en algún lugar de las entrañas de ese viejo caserón. Antes, creía que el convento era la clave, que ahí también hay algo. Sigo convencida de ello, de que hay algo allí. Creo que tengo que pedirle a la madre superiora que me deje registrar a fondo los terrenos para ver si se trata de algo más que una corazonada.

He llamado a doña Thisbe y le he pedido que se vuelva a reunir conmigo: permiso para merodear por el interior del castillo. Supongo que más me vale volver al convento mañana por la mañana. Tal vez pueda convencer a S.A. para que me acompañe cuando vuelva a ver a doña Thisbe.

Me ha resultado a la vez emocionante e inquietante que fuera la cara de S.A. la que vi, que la no menos misteriosa N'Alexandra tuviera su cara en mi sueño y que yo fuera Na Gabrielle de Ormarc. S.A.... ni siquiera puedo escribir su nombre en un diario personal. Dios, ¿cómo se puede estar tan mal de la olla? Mi lado cínico no deja de pensar que esto no es más que un tonteo ridículo y de lo más unilateral por mi parte, que no es más que una locura, una distracción del trabajo. Mi mente no para de volver a eso que dicen en la nueva versión de "El bazar de las sorpresas" que Lilla me arrastró a ver. ¿Qué era lo que decía el personaje de Meg Ryan? ¿"La gente hace cosas muy estúpidas en el extranjero", o algo así? Esto puede ser una de esas cosas increíblemente estúpidas.

Pero... cuanto más tiempo paso con ella, más me doy cuenta de que estoy total y absolutamente enamorada de ella. Qué ironía... yo, enamorada de una monja. Lo único que he tenido que ver en toda mi vida con ese catolicismo que mi propia familia rara vez ha reconocido, salvo en Navidad y Semana Santa, ha sido el hecho de ser medievalista. Y ahora... tengo fantasías en las que devoro a una monja en una mesa de trabajo de la biblioteca de la abadía y luego le pido que se vuelva a LA conmigo para que podamos vivir felices y comer perdices con el sueldo de una profesora adjunta, o algo tal vez más demencial y desesperado: tomar los hábitos para poder estar cerca de ella. Al paso que voy, seguro que acabo en el infierno...


Presente, aproximadamente una hora antes de prima (6 de la mañana), Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc, Francia

Estaba soñando, recordando. En algún lugar, en el fondo de su mente, sabía que sólo estaba soñando. Creía que por fin había salido adelante, que por fin había superado esto, que por fin había dejado de soñar con ello. Era el mismo sueño que tuvo durante sus dos primeros años como novicia. Era el mismo sueño que tuvo durante más de un año después de profesar. El sueño, la voz terrible y furiosa, por fin cesó y desapareció tres años después de trasladarse de la filial de la orden en Los Ángeles a la casa madre en Francia. Creyó que por fin se había terminado, que por fin estaba en paz. Pero aquí estaba de nuevo, y sintió que se estremecía con un escalofrío. Su yo onírico gritaba, suplicaba. No, Dios, no, por favor, otra vez no. No quiero volver a ver esto...

Fue una semana después de terminar el instituto. Tenía planeado matricularse a tiempo parcial en la escuela superior comunitaria local. Se trasladaría a una universidad cuando hubiera ahorrado suficiente dinero. Podría escapar. Recordaba que el sol le parecía tan brillante aquel día, una luz casi cegadora, aunque eran casi las siete de la tarde. Llegó a casa después de trabajar en la tienda de ultramarinos. Le daba pavor volver a casa, le daba pavor la escena que sabía que se produciría. Su madre, sentada en el sofá, bebiendo, tal vez ya borracha. E inevitablemente, la mujer se pondría a gritar, a chillar, hasta que por fin el alcohol pudiera con ella y se sumiera en un estupor ebrio. Se llevaría a su madre en brazos desde el cuarto de estar y la metería en la cama. Siempre era así, había sido así desde que tenía memoria.

¿Por qué no te marchaste? Te podrías haber marchado, así que ¿por qué no lo hiciste? No podía. No podía marcharme. Era mi madre. Tenía... tenía que quedarme, a pesar de todo.

Y entonces, un día, ese brillante día de verano una semana después de haber terminado el instituto, algo cambió. Llegó a casa una hora tarde: se había pasado por la escuela superior comunitaria local para recoger los papeles de la matrícula y una copia de los cursos que se ofrecían para el verano y que empezaban en julio. Pensaba matricularse en unos cuantos cursos nocturnos. Cruzó la puerta, con los papeles en la mano, ensimismada con la idea de la universidad y la huida. No vio a la mujer que esperaba junto a la puerta, con los ojos llenos de rabia ebria.

—¿DÓNDE ESTABAS, PUTA, ZORRA? ¡LLEGAS TARDE!

Un puño le golpeó el pecho y se tambaleó hacia atrás, con los pulmones momentáneamente vacíos de aire. Agarró la puerta y trató de recuperar el equilibrio mientras la mujer bramaba de furia y descargaba golpes sobre sus brazos y su torso. Intentó apartar a su madre borracha de un empujón, pero sentía los brazos y las piernas como si fueran de goma, de modo que intentó protegerse la cara lo mejor posible y rezó para que su madre se cansara, para que parara de una vez. La idea de dominar a su madre borracha ni se le pasó por la cabeza. Podría haberlo hecho fácilmente, pero un sentimiento de protección hacia su madre, incluso mientras la mujer seguía machacándola a golpes, superó a cualquier instinto de propia conservación.

Le pareció una eternidad, pero por fin su madre paró. Al cabo de una hora, se atrevió a levantar la cabeza desde donde estaba junto a la puerta, ahora cerrada. Su madre se había sumido en un estupor alcohólico y yacía tranquila en el sofá. Se levantó despacio, cogió a la borracha en brazos y la metió en la cama.

Se pasó la siguiente hora curándose los moratones y los cortes que le cubrían los brazos y el torso. Pasó la noche en vela sentada en una silla junto a la puerta de entrada, rezando para que su madre durmiera toda la noche.

Por la mañana temprano, se deslizó por la puerta y usó un teléfono de una gasolinera cercana para llamar al trabajo diciendo que estaba enferma. Luego echó a andar. Era mediodía cuando por fin se detuvo, demasiado cansada para dar un paso más. Su mirada se posó en las puertas talladas de la catedral de Santa Bibiana. Subió las escaleras, abrió una de las puertas laterales y entró en una de las capillas laterales más pequeñas.

Estuvo allí sentada durante horas mirando fijamente la imagen de la Virgen María, la Santa Madre. Siempre lo había hecho. Había venido a esta capilla para mirar la pintura desvaída de la imagen, para rezar en silencio pidiendo fuerzas, para refugiarse de las iras borrachas de su madre. Sólo aquí, se dio entonces cuenta, era donde se sentía... a salvo, querida.

No recordaba cómo le comunicó a su madre su decisión. Sólo recordaba lo que había dicho su madre, cómo había reaccionado su madre ante su decisión de meterse a monja.

—¿Te crees que esas malditas putas se van a ocupar de ti? ¿Te crees que al hijoputa de tu Dios le importa un bledo que vayas a pasarte el resto de tu puta vida de inútil es un jodido convento? ¡Pues vete, maldita seas! ¡Y no vuelvas jamás! ¿Me oyes, zorra inútil? ¡No vuelvas jamás!

En su mente resonó una voz cínica. Dios no te salvó. Fue tu manera de no sentir nada. Fue tu manera de huir de tu vida. No podías soportarlo porque la única persona que había en tu vida no era capaz de corresponder tu cariño. No te hiciste monja porque tuvieras vocación. Te hiciste monja porque eras una cobarde, porque estabas huyendo de tu vida.

Estaba en la biblioteca de la abadía, pero había algo raro. Se sentía como más ligera, como si todo lo que le había pasado en la vida le resultara más fácil de soportar. Se sentía extrañamente feliz. Se sentía libre.

—Xena...

Se dio cuenta de que ya no estaba en la biblioteca de la abadía, sino en la pequeña cabaña donde la medievalista y ella se habían refugiado varias semanas antes. Xena... pensó de repente. ¿Xena? ¿Esa mujer guerrera del manuscrito que estaba descifrando Gwen? ¿Quién la llamaba Xena? ¿Y por qué le sonaba... correcto... de algún modo?

—Xena, siéntate. Me estás poniendo nerviosa.

Se volvió y se acercó a la rubia, cuya pierna estaba apoyada en una caja de madera, cuando se dio cuenta de que su ropa le resultaba... rara. Miró hacia abajo y vio que llevaba una especie de armadura de bronce encima de un corto vestido de cuero. Se sonrojó de repente. Oh, cielos, pensó su yo onírico.

—¿Xena?

Levantó la mirada y se sonrojó aún más cuando sus ojos examinaron a su compañera sentada en una pequeña silla. La mujer, que llevaba una suave falda de tela y cuero y una especie de sostén marrón, le sonrió... una sonrisa dulce y cariñosa que hizo que el corazón le latiera más deprisa. Carraspeó.

—Gabrielle, ¿cómo... cómo tienes la pierna?

Gabrielle. ¿Se llama así? ¿Cómo lo he sabido? ¿Y por qué se parece a Gwen?

Gabrielle se rió suavemente.

—Viviré. Gracias a ti.

Sonrió y se arrodilló junto a la silla donde estaba sentada la otra mujer.

—Me alegro.

La rubia se echó hacia delante y le acarició la cabeza con la mano. Ella cerró los ojos al sentir los dedos de la mujer que exploraban los rasgos de su cara.

—¿Alex?

Miró a su alrededor... sí, seguía en el mismo cobertizo pequeño donde se había refugiado con la medievalista. Bajó la mirada y descubrió que sólo llevaba su camisón y el jersey azul marino de Gwen. Levantó la mano y se topó con sus cabellos suaves y húmedos. Volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con la mirada de la rubia al tiempo que sentía unos dedos delicados que le acariciaban la boca suavemente. Habló en voz baja, con un deje de confusión en la voz.

—¿Gwen?

La mujer se acercó más y tenían la cara a pocos centímetros de distancia. El corazón le latía desbocado en el pecho a medida que la boca de Gwen se acercaba más a la suya y los dedos de la medievalista se enredaban delicadamente en la oscura y húmeda masa de su pelo.

—Alexandra, yo...

El sonido de sus propios latidos empezó a resonar con fuerza en sus oídos, con tanta fuerza que parecía estar oyéndolo fuera de sí misma.

—Alex, es la puerta. Creo que deberías contestar a la puerta.

Se despertó con el ruido de unos golpecitos en la puerta de su celda y la voz de sor Mateo que la despertaba a ella y a las demás hermanas suavemente para rezar.

—Loado sea su santo nombre.

Se incorporó y se abrazó las rodillas contra el pecho, con el corazón desbocado mientras su mente revivía la imagen de la boca de la rubia acercándose a la suya. Se estremeció cuando sor Mateo llamó suavemente a la puerta de la celda. Carraspeó y contestó con voz temblorosa.

—Sea por siempre alabado.


Presente, Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc (Mediodía Pirineos), Francia

—¿Hermana? Eeeh, estoo, ¿cuántos... cuántos años tenía cuando entró en el convento?

Sus ojos no se apartaron de la fotografía granulosa que tenía en la mano. Parecía tranquila, aunque tenía el estómago encogido de nervios que no quería reconocer. Seguro que no me contesta, pero tengo que probar. Apenas me ha dicho nada desde que nos quedamos atrapadas en esa tormenta.

—Diecisiete. —La monja se volvió, clavando los ojos en la mujer sentada a la gran mesa de trabajo—. Tenía diecisiete cuando me hice novicia. Profesé justo antes de cumplir los veinte.

—Caray. Eso es... ¿tenía sólo diecisiete años? ¿Y estaba tan segura de su vocación de monja? Es... es decir, cuando yo tenía diecisiete años, las únicas decisiones vitales que estaba intentando tomar eran decidir en qué me iba a licenciar cuando fuera a la universidad en otoño. —La medievalista sacudió la cabeza—. No me lo puedo imaginar. Caray.

Sor Agustín se volvió hacia las estanterías, encogiéndose de hombros con indiferencia.

—Muchas personas adoptan la vida religiosa más o menos a la misma edad, y algunos mucho más tarde. Es... es sólo cuestión de escuchar por fin lo que te dice Dios y atender su llamada.

—¿Y nunca dudó de su vocación? ¿Estaba absolutamente segura? ¿Ninguna duda? ¿Ninguna vacilación? —Gwen sacudió la cabeza—. Estar segura de lo que iba a ser cuando era tan joven. Me... supongo que me cuesta entenderlo.

La monja se apartó de las estanterías y se acercó a la mesa de trabajo donde estaba sentada la medievalista.

—Yo era muy joven cuando decidí entrar en el convento, pero era algo que tenía que hacer. Reconozco que... que tuve mis dudas sobre mi vocación incluso cuando era novicia. Dudé de mi decisión durante casi dos años después de profesar. Pero, en última instancia, era lo que Dios quería... era... era lo que yo quería.

La monja dio una palmadita tranquilizadora a la medievalista en el brazo antes de meterse las manos en las amplias mangas negras de su hábito. Se volvió de nuevo hacia las estanterías del fondo de la sala.

Gwen clavó los ojos en la figura oscura que cruzaba la sala.

—¿Todavía tiene dudas? ¿O está segura de que esto es lo suyo... su camino? ¿De que esto es lo que debía ser en la vida?

La monja se volvió para mirar a Gwen y contestó en voz baja, casi titubeante.

—Creo... creo que es normal que todo el mundo tenga dudas... que se cuestione por qué ha elegido una cosa en lugar de otra. Una de las monjas mayores decía siempre que Dios, en su infinita sabiduría, siempre te dirá lo que desea de ti. Sólo tienes que ser... tienes que tener valor suficiente para escucharlo.

Se miraron a los ojos y pasaron varios segundos antes de que la religiosa se inclinara rápidamente ante la medievalista.

—Por favor, discúlpeme, Gwen. Tengo... tengo que acudir al oficio de las tres. Que Dios... que Dios la acompañe.

La monja se dirigió a la parte delantera de la pequeña biblioteca y se giró apresuradamente para inclinarse ante la rubia antes de desaparecer por el pasillo. Gwen dejó su mano donde la monja le había tocado el brazo, con la mirada fija en la puerta donde la mujer había estado segundos antes. ¿Esto... esto está ocurriendo de verdad? ¿Me estoy volviendo loca? ¿De verdad acabo de ver eso en sus ojos? ¿O es que lo deseaba tanto que veo algo que en realidad no existe? ¿Es... es posible que sientas algo por mí? ¿Y qué se supone que debo hacer yo al respecto, si es que debo hacer algo?


Esa misma noche, más tarde, Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc, Francia

Esa noche no pudo dormir y se quedó mirando las sombras que bailaban por el techo de la celda, con un torbellino de preguntas y dudas en la cabeza. Se sentó y se acercó las rodillas al pecho. Sus manos acariciaron los lazos que tenía debajo de la barbilla; recorrió despacio el cordón de tela hasta llegar al ceñido gorro de dormir que le cubría la cabeza y sus dedos se toparon con algunos mechones de pelo corto y oscuro que se escapaban por debajo del paño blanco. Se volvió y miró fijamente el crucifijo que colgaba en la pared encima de su cama.

Una sorda punzada de dolor —la presión de lágrimas no derramadas, de la duda y la confusión— le atravesó el pecho. Era como si alguien le hubiera clavado una lanza: esa curiosa mezcla de calidez y frío que le salía del corazón, esa extraña presión que le recorría los dedos y la cabeza. Cerró los ojos, queriendo que el dolor cesara. Quería gritar, maldecir su propia debilidad, denostar a Dios y bloquear e ignorar la creciente duda que le invadía la mente. Sabía que tenía que hacerle frente, fueran cuales fuesen las consecuencias. Pero se sentía furiosa e insegura... aterrorizada de poder perder todo lo que le importaba.

La voz de Gwen resonó en su cabeza: "Y... ¿todavía tiene dudas? ¿O está segura de que esto es lo suyo... su camino? ¿De que esto es lo que debía ser en la vida?" Su propia voz contestó como una burla: "Creo... creo que es normal que todo el mundo tenga dudas... que se cuestione por qué ha elegido una cosa en lugar de otra... Una de las monjas mayores decía siempre que Dios, en su infinita sabiduría, siempre te dirá lo que desea de ti. Sólo tienes que ser... tienes que tener valor suficiente para escucharlo".

Abrió los ojos, fijando la mirada en la cruz de madera. ¿Por qué? ¿POR QUÉ? Te he entregado mi vida. Te he entregado mi alma, he llevado todas las cargas sin vacilar y lo he soportado todo por ti... La... la... la AMO. ¿Es eso lo que deseas de mí? ¿Es eso lo que quieres oír? Tú dijiste: Quis vult post me sequi deneget se ipsum et tollat crucem suam et sequatur me. ¿Es esto una prueba? ¿Y si me equivoco? La perdería a ella y te perdería a ti. Y no sé si puedo soportar ninguna de las dos cosas...


Varios días después, Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc, Francia

La medievalista se paró en seco y se volvió para mirar a la mujer alta que iba detrás de ella. La monja sujetaba un farol en la mano izquierda que iluminaba sus rasgos con una luz tenue, mientras que el resto de su figura se fundía con el oscuro almacén.

—Patos —dijo en voz baja al avanzar en la oscuridad. Apretó con más fuerza la linterna que llevaba en la mano sin dejar de mirar hacia delante, preguntándose cómo habían acabado hablando de esto.

—¿Patos? —repitió la monja en voz baja.

—Y conejos —dijo la rubia apagadamente.

La monja sonrió.

—¿Sólo conejos y patos o tiene otras fobias que debería conocer?

Gwen suspiró y meneó la cabeza.

—Y yo que creía que las monjas eran la encarnación de la dulzura y la luz.

Sor Agustín se echó a reír.

—Evidentemente, no fue usted a un colegio católico cuando era pequeña, ¿verdad, Gwen?

La medievalista se rió entre dientes y siguió avanzando hasta el otro extremo de la habitación. Se detuvieron ante una gran puerta de madera y la monja sacó un juego de llaves de las profundidades de su negro hábito. La medievalista cerró los ojos cuando el paño del hábito de sor Agustín le rozó los brazos al echarse hacia atrás para dejarle sitio a la monja para que abriera los sótanos de la abadía. Abrió los ojos cuando oyó un leve chasquido y la puerta se abrió chirriando; alzó los ojos para encontrarse con la mirada tranquila y reposada de sor Agustín.

La cabeza velada se inclinó hacia la puerta abierta al tiempo que la monja alargaba la mano indicando la negra oscuridad que había al otro lado del umbral de madera.

—Por aquí.


Habían pasado varias horas desde que entraron en los sótanos de la abadía. La excursión había transcurrido sin incidentes: fueron entrando en una cámara de almacenaje tras otra y no encontraron nada más que unas cuantas estancias en las que había varios barriles de roble llenos de vino o raíces. Gwen estaba a punto de darse totalmente por vencida y se dirigía hacia las dependencias superiores de la abadía cuando advirtió una antigua puerta en una de las estancias vacías. No tenía cerrojo, pero las dos tuvieron que unir sus esfuerzos para lograr que la gran puerta de madera y hierro reforzado se abriera.

Ahora estaba en el umbral del pasadizo, con la linterna en una mano mientras miraba el interior del túnel.

—Parece excavado en la roca. Supongo que no sabrá a dónde conduce, ¿verdad, hermana? —Se volvió cuando la monja alargó la mano para tocar la áspera superficie del pasadizo.

Se miraron a los ojos cuando la monja hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Dudo de que haya venido alguien por aquí desde hace mucho tiempo. Estoy casi segura de que nadie de la abadía sabe siquiera que existe este túnel. —Metió el farol en la oscuridad, apartando los ojos de la cara alzada de la medievalista para mirar el túnel—. ¿Desea seguir adelante? ¿Ver a dónde conduce?

Gwen se apoyó en la puerta de madera y sonrió.

—Eso es como preguntarle a Hitler si deseaba invadir Polonia.

La monja se rió suavemente al tiempo que se daba la vuelta para mirar el almacén vacío.

—Pues creo que será mejor que busquemos algo para mantener la puerta abierta mientras exploramos el túnel.

La medievalista asintió ligeramente.

—Buena idea. Creo que he visto unas cajas en una de las otras habitaciones.


El túnel se alargaba ante ella y el rayo blanco de su vieja linterna servía de poco contra la oscuridad que había más allá del círculo de luz que les proporcionaba el farol de sor Agustín. Llevaban recorridos, creía, unos dos kilómetros, tal vez tres, por el pequeño túnel, que tenía unos dos metros de alto y en el que cabía cómodamente una persona. Gwen miró rápidamente hacia atrás, vislumbrando el hábito de sor Agustín, a pocos pasos detrás de ella, con un viejo farol en la mano izquierda.

—¿Está usted bien, hermana?

La monja asintió.

—Sí, estoy bien. ¿Ve algo ahí delante?

La medievalista volvió la vista al túnel al tiempo que movía el rayo de la linterna en un semiarco.

—No... creo... ¡un momento! Creo que veo algo que brilla a pocos metros de aquí.

Las dos mujeres avanzaron despacio hasta el final del pasadizo.

—Otra puerta. —Gwen palpó con las manos la puerta de madera y hierro reforzado—. No me parece que esté cerrada con llave, sólo atascada como la otra. —Miró hacia atrás y vio que la monja colocaba el farol en el suelo como a medio metro de donde estaban—. Está bien —dijo en voz baja, metiéndose la linterna en un bolsillo del pantalón.

—¿Podemos agarrar algo para empujarla y abrirla?

—Sí, creo que es igual que la otra puerta.

Varios minutos después, la puerta de madera fue cediendo despacio y Gwen se apresuró a sacarse la linterna del bolsillo.

—Espere, déjeme.

Gwen sintió una ligera caricia en el hombro cuando sor Agustín la echó amablemente a un lado. El farol colgaba de los dedos de la monja y su llama creaba sombras en el suelo de la estancia.

—Es una especie de cámara. —La voz de Gwen reverberó en la oscuridad del otro lado al tiempo que encendía la linterna. La luz tocó una lisa pared de piedra. La estancia tenía unos cuatro metros y medio de lado a lado, era semicircular y estaba bordeada de columnas talladas. Un altar de piedra, de unos sesenta centímetros de fondo, se alzaba pegado a la pared del fondo de la cámara—. Busque cualquier tipo de marca en las paredes, hermana. Yo comprobaré el altar.

La monja asintió y se puso a recorrer la cámara, mientras Gwen inspeccionaba la mesa de piedra.

—No he encontrado ninguna marca. —Sor Agustín se acercó a Gwen junto al altar—. No parece haber otra forma de entrar o salir de esta estancia salvo por el túnel por el que hemos venido. ¿Para qué cree que se usaba esta sala? ¿Por qué...? —La monja enarcó una ceja detrás del griñón cuando Gwen extendió los brazos sobre el altar—. ¿Qué hace?

La medievalista meneó la cabeza con cansancio.

—Pensé que había algo escrito en la superficie del mismo altar, pero... Esto debe de ser lo que sintió Geraldo Rivera cuando abrió la cámara acorazada de Al Capone. Al menos yo no salgo en directo por televisión ante un público de millones de personas. —Paseó la mirada por la cámara vacía—. Supongo que esta estancia no está muy dispuesta a revelar ningún secreto.

La monja arqueó una ceja tras el hábito, sin comprender la referencia. Estuvo a punto de preguntarle a la medievalista qué tenía que ver un gángster de la era de la Depresión con el descubrimiento de la estancia subterránea, pero decidió que probablemente la rubia tardaría demasiado en explicárselo. Decidió no hacer caso del comentario y echó una larga mirada a las paredes de piedra.

—Es un sitio poco común para poner un altar, ¿no cree? —La monja rodeó la gran mesa de piedra. Sus manos tocaban ligeramente la piedra de color rosáceo—. Es una obra preciosa.

Sor Agustín se quedó delante de la columna que sostenía la superficie plana del altar.

Gwen se puso a dar vueltas por la cámara. Al mirar la estancia vacía, se echó a reír suavemente. Se encontró con la mirada curiosa de la monja.

—¿Sabe, hermana? Me sentía tan defraudada por no haber encontrado ninguna pista importante sobre la trovadora Na Gabrielle que no me había dado cuenta de lo que sí hemos encontrado. —La medievalista estiró los brazos, como si intentara abrazar la cámara de piedra—. ¡Mire lo que hemos encontrado! Es un trozo importantísimo de nada, ¿verdad?

La religiosa guardó silencio. Sus ojos siguieron a la medievalista mientras ésta se dirigía a la entrada de la cámara. Gwen volvió donde estaba la monja. En la mano, llevaba un gran sobre marrón que había sacado de su mochila. Se sentó al lado de la monja y sacó varios papeles cuidadosamente doblados y un montón de fotografías.

—Éstas son copias de planos de Ormarc —dijo, desplegando varios papeles y colocándolos en el suelo—. Éste es un plano moderno, ésta es una copia de uno que encontré en el Registro y que data de aproximadamente el 1700 y ésta última es una copia de un plano de Ormarc que tenía doña Thisbe y que es de aproximadamente el 1300. —Gwen señaló el montoncito de fotografías—. Después de sacar esas fotos de Ormarc hace unas semanas, empecé a dibujar mi propio plano a grandes rasgos. Supongo que se podría decir que estoy intentando imaginar dónde habría estado situada nuestra misteriosa catedral.

La medievalista se puso de rodillas y empezó a organizar las fotografías.

—Habría sido mucho mejor si hubiéramos sacado fotos aéreas de la zona, pero sí que me he hecho una idea de dónde habría estado la catedral. —Señaló los planos extendidos en el suelo de la cámara—. Aquí es donde se encuentra la abadía y, como puede ver, el plano del Registro situaba los terrenos del convento más o menos en la misma zona... está prácticamente en el centro y a un lado está el pueblo, mientras que al otro lado están el castillo y las montañas.

La medievalista señaló otro dibujo.

—Sin embargo, si mira el plano de doña Thisbe —dijo, moviéndose para que la monja pudiera ver la hoja iluminada—, parece haber otro edificio donde debería estar la abadía. —Los dedos de Gwen se movieron por el dibujo—. Esto —dijo indicando un grupo de cuadrados—, esta zona de aquí a la derecha está señalada en este plano como los terrenos de la catedral. —Levantó los ojos y se encontró con la mirada de la monja.

—¿Así que piensa que esta cámara podría ser lo único que queda de nuestra misteriosa catedral? ¿Que fue destruida y Santa María se construyó sobre los restos? —preguntó sor Agustín, arrodillándose para mirar los planos más de cerca.

La medievalista asintió.

—No estoy muy segura, pero es posible... He estado repasando las historias sobre las inquisiciones que hubo en Occitania, en Languedoc, hacia 1300. Por lo que he leído, en Ormarc había poca o ninguna actividad cátara... tal vez una o dos familias, pero nada a gran escala. Nada que hubiera justificado una invasión de los franceses, por lo que mi razonamiento de que la catedral fue destruida por un ejército invasor puede que no sean más que conjeturas y fantasías por mi parte. Lo más probable es que Ormarc quedara absorbido en el sistema francés con poca o ninguna violencia cuando ciudades más importantes como Toulouse quedaron por fin sometidas y dominadas por las fuerzas del norte.

Gwen se puso a recoger los materiales esparcidos por el suelo de la estancia.

—Pero aquí hubo un asedio —respondió la monja—. Está en las historias locales. Todos los niños que han nacido aquí se saben la historia. La gente de este pueblo luchó con uñas y dientes contra los barones del norte, pero el pueblo acabó sometido. Fueron derrotados y se rindieron a las tropas francesas. Dicen que murieron cientos, tal vez miles de personas. Ormarc casi desapareció del mapa.

Gwen soltó un suspiro.

—Ojalá tuviéramos algún tipo de registro escrito, que no sea el texto de Alexandra, sobre lo que ocurrió aquí. —Se encogió de hombros indecisa—. Supongo que no sería muy descabellado especular que la Guerra de los Cien Años pudo haber causado la destrucción de la catedral, pero... no se menciona en ningún sitio. Se podría pensar que algún escriba curioso en alguna parte advertiría la desaparición de un edificio tan prominente. Pues no. Nada. Ni una triste palabra. Y encima está esto. —La medievalista levantó las manos hacia el techo de la cámara—. Sea lo que sea, además de ese documento legal en el que se pide permiso al obispado de Toulouse para construir una catedral en Ormarc. —Gwen se puso de pie y se dirigió hacia su mochila, con una sonrisa en la cara—. ¿Me echaría en cara que pensara que aquí hay algo más?

Sor Agustín negó con la cabeza y se volvió para contemplar el altar que tenía delante. Sus dedos acariciaron la piedra.

—No, no le echaría en cara su curiosidad. De hecho, yo... —Los rasgos de la monja se llenaron de confusión y se acercó más a la columna de piedra que sostenía el altar—. Gwen, páseme su linterna. Creo que hay algo tallado en este pedestal. —La monja se arrodilló ante el altar. Movió la mano por la columna central.

Gwen se arrodilló junto a la monja, con la linterna en la mano.

—¿Dónde? Yo no veo nada.

Sor Agustín agarró la mano libre de la medievalista y la llevó al punto donde su propia mano tocaba la piedra.

—Aquí. ¿Lo nota?

Los dedos de Gwen se entrelazaron un instante con los de la monja al entrar en contacto con la superficie tallada de la columna. Tragó saliva audiblemente, con el pulso desbocado cuando las yemas de sus dedos acariciaron suavemente la piel de sor Agustín.

—Sí... ¿Letras, tal vez?

Pasaron unos minutos en silencio mientras los dedos de Gwen recorrían la superficie grabada. Frunció el ceño pensativa.

—Tome, sujete la linterna. Voy a coger una cosa de mi mochila.

La rubia se puso de pie, agarró el farol de la monja y se dirigió a la mochila que había dejado junto a la entrada de la cámara. Momentos después, regresó con un viejo cuaderno de notas negro, un lápiz y una cámara. Sor Agustín echó una mirada de curiosidad a la medievalista mientras ésta abría el diario y sacaba una hoja doblada del color del papel de cera. Gwen se arrodilló junto a la monja. Cogió la mano de ésta y la volvió a colocar en la base del altar.

—Creo que tenía usted razón, hermana. Sea lo que sea, sobresale del resto de la columna, como una especie de escultura en bajorrelieve. Parece cubrir toda la columna desde donde sostiene la piedra del altar hasta el suelo y ahí termina.

Gwen abrió el cuaderno negro una vez más y se puso a garabatear a toda prisa.

—Estoy dibujando la posición del altar con respecto a la puerta y luego haré fotografías de la zona y del altar —explicó—. Y voy a usar ese papel, —la medievalista señaló el papel de calco tan bien doblado que tenía delante—, para hacer un calco de la inscripción o lo que sea —comentó señalando la columna tallada que sostenía el altar.

La monja observó la columna mientras Gwen terminaba de dibujar un boceto de la cámara.

—No me parece que sean letras. Parece más un... un dibujo. —Se volvió para mirar a la medievalista, que estaba sentada en el suelo delante del altar—. ¿Una escultura en bajorrelieve, como dijo usted antes?

Gwen se acercó. Alargó los dedos y rozó la superficie de la piedra.

—Si es algún tipo de imagen, parece un sitio muy raro para ponerla. La talla parece escondida deliberadamente... si no se mira desde el ángulo correcto, ni se ve. Sé que cuesta darse cuenta con esta luz, pero estoy segura de que si tuviéramos la iluminación adecuada, esto sería imposible de ver. Hay que saber que está ahí. —Suspiró suavemente y cogió la cámara—. Espero que la fotografía y el calco nos ayuden a ver los detalles un poco mejor.


Varios días después, Posada L'Occitan, Ormarc, Francia

Contempló la fotografía que tenía en el pequeño escritorio, recorriendo con los ojos las formas espectrales de dos figuras de pie ante un gran árbol, con un grupo de hombres y mujeres detrás y un castillo que dominaba el fondo. Era una escena pastoral, como tantas que había visto en innumerables tapices y manuscritos iluminados que había estudiado a lo largo de los años. Las dos figuras principales eran un hombre y una mujer (suponía, por lo que conseguía distinguir en la fotografía) ataviados con trajes ricos y ornamentados. Estaban cogidos de la mano. Su vista pasó al calco de esa misma escena y por fin se detuvo en su propio dibujo de la talla que sor Agustín y ella habían descubierto debajo de los terrenos de la abadía pocos días antes. Casi había terminado el dibujo. Había pasado varias horas en los cuatro últimos días haciendo un meticuloso dibujo de la talla. La mañana ya estaba muy avanzada y se había saltado el desayuno que ofrecían los amables dueños de la pequeña posada, optando por terminar su trabajo. Iba a recoger a sor Agustín dentro de unas horas y las dos irían al castillo para reunirse con doña Thisbe.

Sacó otra fotografía que estaba metida en su diario. Era la foto de sor Agustín. Los dedos de Gwen acariciaron la imagen, siguiendo la línea de la cara y el pelo de la mujer. Suspiró. ¿Qué estoy haciendo? Unos golpes en la puerta la sobresaltaron y guardó a toda prisa la fotografía en un cajón de la cómoda cercana.

Se esperaba recibir en la puerta la cara alegre y agradablemente rellena de la dueña de la pequeña posada, Madame Jehannot, haciéndole saber que si había cambiado de opinión sobre el desayuno, habría queso, manzanas y pan (con el olor a las aromáticas hierbas que crecían en las colinas cercanas) en las cocinas. En cambio, se encontró cara a cara con sor Agustín, que traía una bandeja llena de los mencionados artículos, además de café, leche, agua, un buen pedazo de mantequilla amarilla y un pequeño recipiente de mermelada de albaricoque. Se quedó allí, con la puerta de su habitación entreabierta y una expresión de sorpresa y confusión en la cara.

—Hola —dijo aturdida, apoyándose en el marco de la puerta, con el estómago repentinamente encogido de nervios (o hambre, no sabía muy bien cuál de las dos cosas).

Sor Agustín sonrió alegremente.

—Hola. Espero no molestarla. —La monja señaló con la cabeza velada la bandeja que tenía en las manos—. Hoy he acompañado a algunas hermanas al mercado y se me ocurrió pasarme a verla antes de que vayamos al castillo esta tarde. Madame Jehannot se ha empeñado en que me suba una bandeja. Dijo que no ha comido.

Gwen salió de su estado de estupor y cogió la bandeja de comida.

—Oh, claro. Gracias, hermana. Por favor, pase. Deje... deje que coja esto por usted.

Se dirigió al pequeño escritorio, dándose cuenta demasiado tarde de que no había sitio para poner la bandeja entre la pila de libros, papeles sueltos, planos y el portátil.

La monja se rió suavemente.

—Espere, deje —dijo al tiempo que se ponía a ordenar el escritorio.

Gwen puso la bandeja en la mesa, haciendo un gesto a sor Agustín para que tomara asiento en la cama cercana. Ella se sentó en la única silla que había en la pequeña habitación.

—¿Quiere compartir la comida conmigo? —preguntó Gwen mirando la bandeja—. Es demasiado para una persona sola.

La cabeza velada asintió, pero segundos después hizo un gesto negativo.

—Por favor, hermana. Me... me siento algo tonta comiendo sola con usted ahí sentada. ¿Tomará al menos una taza de café? —Sonrió, intentando con todas sus fuerzas que la monja aceptara compartir una comida con ella.

—Bueno, está bien.

—¡Estupendo! —Gwen preparó un plato pequeño junto con el café. Le pasó las cosas a la monja con una ligera sonrisa—. Bueno, ya que va a tomar café, he creído que le gustaría tomar algo más.

Sor Agustín aceptó sin protestar el plato rebosante de fruta, queso y un generoso pedazo de pan, y la cara de la medievalista se iluminó con una amplia sonrisa. Pasaron unos minutos en agradable silencio mientras las dos mujeres comían.

—Bueno, ¿y siempre acompaña usted a las demás al pueblo en día de mercado?

Gwen miró el pequeño plato de comida que estaba en el escritorio cerca de la monja. No lo había tocado, salvo por un trozo de manzana que la monja había mordisqueado mientras la medievalista atacaba su propia comida.

La monja hizo un gesto negativo con la cabeza, apartándose la taza de los labios.

—Sólo cuando necesitan que alguien cargue con las cestas más pesadas de fruta y verdura. —Sonrió—. En realidad, hay otra razón por la que he decidido pasarme a verla. Esta mañana ha llegado la información de la Universidad de Toulouse-Le Mirail y he pensado que le gustaría verla lo antes posible.

Sor Agustín se metió la mano en un bolsillo de su voluminoso hábito, sacó un sobre y se lo entregó a la rubia.

—Caramba, qué deprisa. Cuando dijo usted que tenía contactos en la universidad, lo decía en serio.

—Estudié allí unos años y trabajé en la biblioteca mientras estudiaba.

Gwen asintió.

—Recuerdo que la abadesa me dijo que usted se había hecho cargo de la administración de la biblioteca de la abadía poco después de terminar sus estudios.

En la cara de la medievalista se dibujó una sonrisa pícara mientras observaba a la monja desde detrás del muro de papel que tenía en las manos.

La monja arqueó una ceja por debajo de la capucha de su hábito.

—¿Qué?

Gwen sacudió la cabeza.

—Nada, mi imaginación calenturienta.

—¿Y no me va a dar la oportunidad de negarlo o incluso de confirmarlo si lo que imagina es correcto?

La medievalista se echó a reír, mirando a la mujer sentada al pie de su cama. La monja parecía relajada y totalmente a gusto entre las paredes de la pequeña posada, a pesar de la extraña yuxtaposición de su figura cubierta por el hábito en el entorno bastante vulgar pero mundano de la habitación de Gwen.

—De repente me estoy imaginando a la sor Imelda de Edna O'Brien... La protagonista que se pregunta si la hermana tuvo un efímero romance con alguien en la universidad antes de profesar.

La monja le devolvió la sonrisa.

—Yo profesé antes de ir a Le Mirail.

—¿Y el efímero romance que la perseguiría durante el resto de sus días?

Del mismo modo que tú me perseguirás durante el resto de mis días, sor Agustín de Ormarc... con romance o sin él.

La monja tomó aliento con fuerza, súbitamente envalentonada por la idea de que nunca volvería a estar a solas con Gwen de esta manera. Tenía el corazón desbocado y sintió que los próximos minutos iban a cambiar el curso de su vida.

—La verdad es que nunca lo pensé demasiado. El amor romántico era una de las cosas a las que tenías que renunciar, abandonar... Nunca... nunca me lo he planteado, nunca lo he pensado demasiado hasta... hasta que... —Sor Agustín sacudió la cabeza, se levantó y miró por la pequeña ventana de la habitación de Gwen.

Gwen se levantó también y se acercó despacio a la religiosa. Puso una mano con delicadeza en el centro de la espalda de la monja.

—Hermana, lo siento. No quería tomarle el pelo, de verdad. Si le sirve de consuelo, siempre puede hacer lo que hacía Lilla...

La monja se volvió para mirar a la rubia. La cara de sor Agustín estaba llena de curiosidad y habló con voz suave.

—¿Y qué hacía?

—Me daba un capón y me decía que era una idiota.

En el rostro de la monja se dibujó una dulce sonrisa mientras alargaba una mano temblorosa hacia la cara de la rubia. Los dedos de la monja rozaron la boca de Gwen y su cara se acercó a la de la medievalista. Sus ojos se clavaron en los de la rubia y su voz apenas era un susurro.

—Brangein Gwenhwyfar Morrison... —Su aliento revoloteó sobre los labios de la mujer más baja—. Eres una idiota —murmuró en voz baja antes de que su boca se posara sobre la de Gwen.


No sabía qué era lo que la había poseído, qué era lo que le había dado valor —ya fuera la sensación de posibilidad ilimitada, de libertad, que la habitación de la posada parecía encarnar o la amable burla de Gwen y todo lo que implicaba— pero ahora que estaba sentada en el asiento del pasajero del coche de la medievalista mientras avanzaba hacia el inmenso castillo, se sentía nerviosa e insegura de sí misma. Fuera lo que fuese lo que la había impulsado a la osada acción de besar a la mujer que ahora estaba sentada a su lado, había huido de su cuerpo en cuanto dejaron los confines de la habitación de Gwen. Sus sentimientos por la medievalista seguían siendo los mismos. De hecho, se reconoció a sí misma mientras miraba de reojo a la rubia, habían adquirido una nueva dimensión. Jamás en su vida pensó que un simple beso pudiera afectarla como lo había hecho... la extraña intensidad, la curiosa mezcla de lánguida calidez y consciencia total que se apoderó de su cuerpo al sentir la suavidad de la boca de Gwen apretada contra la suya. Se dio cuenta con deleite y desesperación de que podría vivir literalmente a base de esa sensación, recrearse en ese momento durante el resto de su vida, y que sería suficiente. Tendrá que ser suficiente, pensó con tristeza. Otra idea, una regla, una advertencia a los novicios, tanto sacerdotes como monjas, se cernía sobre su mente: Reprime las amistades particulares y huye de ellas como de una plaga mortal. Un efímero romance, había dicho Gwen. Sor Agustín, sentada en silencio en el coche de la medievalista mientras éste corría por los campos franceses, se dio cuenta ahora de lo proféticas que iban a ser esas palabras de broma que había dicho la medievalista antes de su beso.

También Gwen sentía esa misma sensación de incomodidad y tenía la cabeza atestada de ideas contradictorias sobre lo que iba a pasar ahora que había ocurrido esto entre ellas. Por detrás de su vena romántica, en el fondo era muy pragmática, y el sobresalto salvaje, increíble, maravilloso de la boca de la monja moviéndose sobre la suya fue dando paso despacio a la pregunta de ¿qué va a pasar ahora que sabemos que sentimos esto la una por la otra? No lo sabía y se concentró en conducir el coche por las curvas de la pequeña carretera que atravesaba los campos llenos de flores de lavanda, herbes de Provence y ovejas. Sus pensamientos regresaron al momento después del beso.

Apartó la cabeza de la religiosa, segura de que su cara reflejaba la sorpresa, el sobresalto y el deleite que veía en el rostro de sor Agustín. Sonrió.

—Esto es mucho más eficaz que lo que hace Lilla.

La monja se echó a reír y el momento extraño y tenso que se había producido segundos después de que sus labios se separaran, se disolvió.

—Tienes un sentido del humor rarísimo.

Sintió los dedos de sor Agustín que dibujaban suavemente su boca; la religiosa tenía una expresión en la cara de maravilla, turbación y cierto pesar.

—No... no sé qué me ha llevado a besarte, Gwen. Yo...

Ella sacudió la cabeza.

—Por favor, hermana. —Sonrió dulcemente—. Eres mucho más valiente de lo que yo sería jamás. —Se echó a reír de repente, sintiendo un calor vertiginoso que se extendía por su cuerpo—. ¿Te das cuenta de que ni siquiera sé cómo te llamas de verdad?

La cabeza velada se acercó.

—Me llamo Alexandra —susurró la monja antes de que su boca volviera juntarse con la de la medievalista.

Los ojos de Gwen reflejaron su sorpresa. Alexandra. No puede ser una coincidencia, ¿verdad? El nombre se apoderó de su cerebro, intrigando a su intelecto y haciendo que pusiera en duda su propia cordura, al tiempo que sus sentidos se veían bombardeados por la abrumadora presencia de la otra mujer: el tacto del áspero hábito de lana entre sus dedos, el persistente olor a lavanda que envolvía a la religiosa y el aroma a café de achicoria y manzanas que seguía en la boca de sor Agustín mezclado con el sabor único de la monja le producían cierta sensación de delirio.

La alarma que Gwen había puesto para recordarle su cita con doña Thisbe sonó momentos después de su segundo beso, haciendo que las dos se dieran cuenta con un estremecimiento de que había un mundo fuera de la pequeña habitación. Se apartaron la una de los brazos de la otra con una mezcla de pesar y alivio.

A pesar de que Gwen se había dado cuenta de lo que sentía por la enigmática monja hacía ya varios meses, sabía que no eran más que ensoñaciones románticas, teóricas, una vaga fantasía. La realidad de la situación, el reconocimiento de la misma por parte de las dos, parecía algo más escurridizo, más delicado, más complicado de lo que había imaginado. No es que yo sea una novata en materia de relaciones, pero con esto me siento desbordada. Me pregunto cómo lo está llevando ella. Los ojos de la medievalista se posaron en la mujer sentada a su lado. Una cosa es suspirar por tu dama, colocarla en un pedestal inalcanzable, pero otra muy distinta es tenerla a tu lado en el suelo y enfrentarte al mundo, ¿verdad, Morrison? El coche se detuvo delante del castillo transformado en hotel. Y menudo mundo al que tienes que hacer frente.


Doña Thisbe recibió a las dos mujeres en la recepción del edificio del hotel con sincera amabilidad. La noble había conseguido los planos del castillo-hotel renovado y empezó a indicar la disposición del castillo a la monja y la medievalista. Gwen sacó un gran sobre marrón de la mochila que llevaba y colocó las fotografías y el dibujo delante de la mujer mayor.

—¿Le resulta esto conocido, doña Thisbe?

Las elegantes cejas castaño rojizas se fruncieron pensativas mientras la noble examinaba los objetos que la medievalista había colocado en la pequeña mesa en torno a la cual estaban agrupadas. Gwen se puso a explicar cómo y dónde habían descubierto la talla. Doña Thisbe guardó silencio, asintiendo de vez en cuando mientras la rubia seguía hablando.

—Debo decir que todo lo que me ha contado me sorprende mucho. La historia antigua de este valle y de mi familia se ha perdido por completo a lo largo de los siglos. Tenemos un nombre de lugar aquí, un pariente allá, pero poca cosa más.

La medievalista asintió.

—Pues no puedo prometerle más de lo que ya le he dicho, doña Thisbe. Al registrar este castillo puede que demos con más preguntas que respuestas. Agradezco su generosidad y su buena disposición al permitirme escarbar en su árbol genealógico. No... no mucha gente está dispuesta a algo así.

—Le aseguro, doctora Morrison, que es un absoluto placer. Y me alegro de que sor Agustín se haya ofrecido a ayudarla también con su investigación. —Doña Thisbe se volvió a la silenciosa monja—. Y me gustaría recordarle, hermana, que la oferta sigue en pie y seguirá en el futuro.

Gwen alzó las cejas con curiosidad al tiempo que se volvía para mirar a sor Agustín.

—¿Oferta?

La monja asintió.

—Sí. Se está construyendo un centro para albergar los libros, pergaminos y demás objetos que se encuentran en la biblioteca de la abadía, así como en las colecciones privadas de doña Thisbe. Me ha ofrecido la posibilidad de ayudar a dirigir la biblioteca.

La noble sonrió.

—Como siempre, sor Agustín se muestra muy modesta, doctora. El puesto que le he ofrecido es el de conservadora principal de las colecciones de manuscritos. El puesto sigue siendo suyo, hermana, si lo desea.

Sor Agustín inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.

—Gracias, doña Thisbe. Lo tendré presente.

La noble miró el dibujo de Gwen. Un dedo elegante siguió los trazos de la fotografía que había al lado. Dio unos golpecitos en la foto con un esbelto dedo, frunciendo las cejas.

—Esto me resulta familiar.

—¿Familiar?

—Sí, doctora. No la talla en sí, sino su dibujo. —Doña Thisbe cogió el dibujo de Gwen, mirándolo más de cerca—. Cuando era niña, mi hermano y yo explorábamos todos los rincones y recovecos de este castillo. Este dibujo me recuerda algo que creo que vi hace ya tantos años. —La mujer mayor sacudió la cabeza—. No sé muy bien dónde estaba... un tapiz o una talla en una pared o una ilustración en un manuscrito, pero esta escena me resulta conocida.

Mientras la noble meditaba sobre el dibujo que tenía delante, la mirada de la medievalista se posó en la monja. Gwen se estremeció al darse cuenta de que casi podía leer los pensamientos que se le pasaban a la monja por la cabeza con su breve mirada.

—Doña Thisbe —dijo la rubia en voz baja, apartando los ojos de la mirada fija de la monja—, se lo iba a pedir de todas formas, pero teniendo en cuenta lo que nos acaba de decir, ¿le gustaría acompañarnos mientras exploramos el castillo? Tal vez así le vendrá el recuerdo de dónde vio esa escena concreta.


—¿Por qué siempre acabo explorando sótanos oscuros? Es como una especie de cliché extraño de una novela de misterio barata —se preguntó Gwen en voz alta, de pie ante una larga escalera de piedra que llevaba a los niveles inferiores del castillo.

Las dos mujeres que acompañaban a Gwen se echaron a reír. Doña Thisbe, que estaba detrás de la monja, observó las profundidades inferiores.

—La verdad es que éstos no son los sótanos, doctora. Las zonas de los sótanos están debajo de estas habitaciones.

Llegaron a los últimos escalones y entraron en una gran estancia llena de cajas de embalaje. La noble señaló las docenas de cajas de madera que llenaban la pared del fondo de la habitación.

—Poco antes de la guerra, se guardaron varias cosas: tapices, libros y otros objetos. Casi todo, si no todo ello, está en esta habitación. Antes de que el castillo se transformara en hotel, se añadieron más cajas a las que ya estaban aquí. Estas cajas se tienen que catalogar para el Centro. El edificio mismo debería estar terminado dentro de un año y también para entonces se debería haber organizado la primera parte de las muestras y colecciones.

Gwen se quedó mirando las filas y filas de cajas de madera. Suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Así que lo que está diciendo es que las respuestas están en esta habitación, en estas cajas. Es decir, ¿misterio resuelto?

—Sí y no.

La medievalista miró desconcertada a la noble de pelo castaño rojizo mientras ésta se acercaba a un estante próximo lleno de carpetas. Pasaron varios minutos mientras doña Thisbe repasaba numerosos archivos. Sacó varias carpetas y las puso encima de una mesa cercana.

—Cada una de estas cajas está numerada y hay una carpeta en la que se detalla el contenido de cada caja.

Una amplia sonrisa inundó la cara de Gwen al mirar las enormes cajas que cubrían las paredes de la habitación.

—¿Entonces sólo se trata de buscar la carpeta correcta y casarla con la caja correspondiente?

Sor Agustín abrió una de las polvorientas carpetas y miró la página.

—Puede que sea más complicado, Gwen. Mira esto. —La monja señaló varias entradas mientras la medievalista miraba por encima de su hombro—. Algunas de estas entradas no describen muy bien el contenido de las cajas mismas. Ésta, por ejemplo: alfombras - 5, retratos - 3, lámpara - 1. —La monja miró las demás páginas de la carpeta—. De hecho, parece que la mayoría de estas páginas no contienen más que una lista de objetos. No hay descripciones concretas... sólo lo que es y cuánto hay en esa caja en particular.

—¿Así que lo que dices es que es muy posible que las respuestas estén ahí, pero que puede que tardemos toda la vida en encontrarlas?

—Sí, es una clara posibilidad.

Gwen suspiró suavemente, al tiempo que la embargaba una sensación de profunda decepción al contemplar las grandes cajas.

—Sin embargo.

—Sin embargo —repitió Gwen.

—Hay cosas en las habitaciones de arriba, las habitaciones privadas. Esas habitaciones no se han renovado, llevan años sin tocarse... Estoy segura de que se encuentran en el mismo estado en el que estaban cuando yo era pequeña.


Las tres mujeres subieron trabajosamente por las escaleras que conducían a las habitaciones superiores del complejo del castillo, con doña Thisbe a la cabeza. Al final de una escalera de caracol, entraron en un gran recibidor que llevaba a varias habitaciones más.

Gwen se peleó con su linterna mientras doña Thisbe abría la puerta de una de las habitaciones.

—Debería haber un interruptor en algún sitio —dijo la noble, moviendo la mano por el marco de la puerta—. En los años 20 se puso instalación eléctrica en todo el castillo.

Segundos después, la oscuridad se llenó de la luz artificial de una lámpara que colgaba en el centro de la habitación y se reflejaba en los muebles envueltos en sábanas blancas y cubiertos por una ligera capa de polvo y telarañas. Las mujeres avanzaron y emprendieron una titubeante exploración del contenido.

Doña Thisbe levantó la sábana de una mesilla.

—Casi todos los muebles, creo, son del siglo XVII, aunque sospecho que puede haber también objetos más antiguos. —Dirigió la mirada hacia la rubia—. Las habitaciones mismas son mucho más antiguas, por supuesto. Algunas se ocuparon y se usaron hasta los años 30. Sin embargo, sé que estas habitaciones no se han usado desde hace por lo menos cincuenta años.

Gwen asintió y se detuvo para mirar la repisa que había encima de una antigua chimenea.

—¿La chimenea se ha renovado en algo?

—No, pero lleva mucho tiempo sin usarse. —La noble quitó otra sábana polvorienta de un gran escritorio de madera—. Sólo una pequeña parte del castillo está equipada con aire acondicionado y calefacción central. Casi todas las antiguas chimeneas se siguen usando en algunas de las salas y las cocinas más antiguas. —Se quedó mirando la mesa—. Doctora, sor Agustín, deberían echar un vistazo a esto.

La superficie del escritorio estaba cubierta de pequeñas y elaboradas tallas de taracea. Una de ellas contenía la misma escena que Gwen había descubierto en la estancia subterránea.

—Sí. De esto recuerdo su talla, doctora —dijo doña Thisbe, pasando la mano por la superficie del escritorio.

—¿Sabe de cuándo es este escritorio?

Gwen observó las figuras que cubrían la mesa. Varios paneles cubrían la superficie de la madera. Cada panel contenía una escena en miniatura.

La noble negó con la cabeza.

—Puedo hacer que lo daten para determinar la edad. Pero se tardaría varias semanas, doctora. Sé que usted se marcha a Estados Unidos dentro de dos días.

Sor Agustín pasó las manos por la superficie oscura de la mesa.

—Es muy posible que estos paneles de encima sean más antiguos que el resto del escritorio.

Gwen asintió.

—O que las tallas de taracea hayan sido copiadas de otro medio y convertidas en esta mesa de escritorio. En cualquier caso, las escenas mismas parecen estar relacionadas. —La medievalista señaló una parte del gran escritorio—. En este panel vemos a un caballero montado a caballo. Al fondo se eleva una ciudad amurallada. Y miren aquí. —La rubia señaló una parte de los paneles—. Parece que hay una brecha en la muralla y otros soldados están entrando en la ciudad.

Sor Agustín señaló otra talla.

—Y esto parece una especie de cortejo fúnebre.

Gwen asintió.

—Quien sea que estén enterrando, debe de haber sido importante. Los que están en primer plano son claramente nobles y por detrás parece que ondean banderas reales.

La noble señaló la escena central de la mesa de madera.

—¿Y esto? Una escena extraña, ¿no les parece? Parece casi fuera de lugar. ¿Cómo la interpreta usted, doctora?

Gwen miró atentamente la extraña escena. Hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No... no lo sé. Esta figura de aquí es claramente una noble, por cómo va vestida. Lleva algo que parecen tijeras. La otra figura va vestida como un caballero y parece que la noble le está cortando el pelo. —La medievalista levantó la mirada y vio la expresión desconcertada de sus acompañantes—. No tengo ni idea de por qué una imagen tan incongruente se presenta como el motivo central de todo este panel tallado, ni de qué puede querer decir.


Varias horas después

Estaban sentadas al borde del pequeño bosquecillo que había en uno de los campos de los terrenos de la abadía. Gwen había desplegado una manta que había llevado en su mochila. Las dos mujeres estaban sentadas contemplando el cielo, que iba pasando del naranja apagado del atardecer al azul oscuro del ocaso. Se quedaron en silencio cuando las estrellas empezaron a salpicar el cielo.

Gwen suspiró de repente y se tumbó en la manta, cerrando los ojos cuando el cansancio de las actividades del día se apoderó por fin de ella.

Sor Agustín estaba apoyada en el árbol junto al que habían instalado su campamento improvisado. Sus ojos se posaron en la medievalista.

—Eso debe de ser incomodísimo.

—No está mal, la verdad, especialmente si no te importa tener piedrecitas de almohada. —Una ligera sonrisa cubrió los tranquilos rasgos de la rubia—. No me molesta.

La monja se estiró y se dio una ligeras palmaditas en un muslo cubierto de negro.

—Pues al verte ahí tumbada, me siento yo incómoda. Preferiría que usaras mis piernas como almohada.

La medievalista abrió los ojos y miró a la mujer sentada a un metro de distancia de ella.

—¿Estás segura? Lo de las piedrecitas era broma.

La monja asintió imperceptiblemente.

—Considéralo mi buena acción del día. Es decir, a menos que te parezca inapropiado...

Gwen se sentó, dudando un momento antes de apoyar la cabeza en la pierna de la monja.

—Gracias, Alexandra.

—De nada.

Gwen contempló el cielo nocturno. Frunció el ceño.

—¿Por qué he esperado hasta dos días antes de volver a casa para hacer esto? —Observó la cara de la monja mientras ésta miraba los campos—. No hay una regla que prohiba dormir al raso, ¿verdad? ¿Algo como "No estarás cómoda mientras yaces en un campo de flores a la luz de la luna"? Si la hay, a lo mejor podemos enviar una solicitud para que suspendan esa regla por hoy. Escribir a lo mejor un informe y mandarlo por paloma mensajera. Teniendo en cuenta el día que hemos pasado, creo que nos lo merecemos, ¿no te parece? —La rubia sonrió mientras sus ojos recorrían el perfil erguido de la monja. Cerró los ojos—. Supongo que el día... el año... no ha sido una total pérdida de tiempo. Hemos conseguido sacar del olvido el poema épico perdido de Gabrielle d'Ormarc. Aunque no hayamos descubierto la verdad de lo que ocurrió con la catedral, hemos obtenido una cantidad increíble de información valiosa. Hemos recuperado una voz del pasado.

—¿Y eso compensa el no haber resuelto el misterio?

Gwen asintió.

—Sí. A la larga, creo que sí, curiosamente. Es suficiente.

La monja miró hacia abajo y contempló los relajados rasgos de la medievalista. ¿Y ahora qué pasa? ¿Te vuelves a Los Ángeles? ¿Tú de vuelta a tu vida y yo a la mía? ¿Es eso lo que vamos a ser la una para la otra? ¿Un momento fugaz? ¿Una voz del pasado? ¿Tu recuerdo tendrá que ser suficiente para mí? Sor Agustín alargó una mano y la posó delicadamente sobre el pelo de Gwen, entrelazando los dedos con los cortos mechones dorados. ¿Por qué cuando te miro, siento que me he equivocado en todas las decisiones que he tomado en mi vida?

La medievalista abrió los ojos de golpe. Había un sutil cambio que se dejaba sentir en la figura velada que tenía delante. Sor Agustín temblaba como si mil diminutos terremotos le rompieran la piel. Gwen levantó la cabeza del regazo de la monja.

—¿Alexandra? ¿Te ocurre algo?

La mano de la monja se movió por la barbilla de la medievalista, siguiendo despacio con los dedos los rasgos de la mujer.

—Gwen, por favor, escúchame. Desde que nos quedamos atrapadas en esa tormenta, me di cuenta de que tu amistad significaba mucho para mí... más que... —La monja suspiró suavemente—. Quiero darte las gracias.

La medievalista cerró los ojos cuando una sensación de temor le inundó el pecho. En su mente volvió a ver el beso que se habían dado en su habitación.

—¿Darme las gracias por qué?

Los dedos de sor Agustín delinearon los labios de Gwen.

—Quiero darte las gracias... por ser mi efímero romance.

Gwen negó ligeramente con la cabeza y en su voz se dejó oír la confusión.

—Alexandra, ¿qué es lo que intentas decir...?

La monja atrajo la cara de la rubia hacia la suya; su labios se estrellaron contra los de la otra mujer en un beso duro y desesperado. La cabeza velada se apartó de repente y sus ojos buscaron los de la medievalista.

—Te amo —dijo en un susurro apresurado. Los dedos de sor Agustín se movieron por la cara de Gwen como si la religiosa intentara memorizar al tacto los rasgos de la medievalista.

Gwen agarró la mano de la monja y se llevó los nudillos de la mujer a los labios.

—Me amas —dijo con tono maravillado. Los dedos de la medievalista se entrelazaron con los de la monja. En la cara de la rubia se dibujó una sonrisa triste mientras miraba los largos y delicados dedos unidos a los suyos—. Pero no puedes volver a Los Ángeles conmigo.

Sor Agustín buscó los ojos melancólicos de Gwen con los suyos.

—No, y las dos conocemos las razones. —La monja meneó ligeramente la cabeza—. Soy monja. He hecho voto de servir a Dios y no es una carga que me tome a la ligera. Te amo, pero no puedo apartarme sin más de lo que Dios ha elegido para mí. Por favor, intenta comprenderlo, Gwen.

Gwen contempló los campos. Las estrellas titilaban en lo alto mientras salía la luna y las bañaba en una red de luz plateada. Una suave brisa agitaba la hierba seca y rozaba las hojas de los árboles que rodeaban la abadía. Los ojos de la medievalista volvieron a la mujer que tenía delante. Respiró hondo.

—Creo que siempre lo he sabido, pero tenía la esperanza de que tal vez... —Se le quebró la voz mientras su propia mano seguía los rasgos de la monja—. No te olvidaré. —Volvió a contemplar la hierba iluminada por la luna—. ¿Te quedarás conmigo esta noche, en este campo? Sólo quiero...

Sin decir palabra, sor Agustín se reclinó contra el árbol y abrió los brazos para recibir a la medievalista. Gwen se apoyó en la religiosa y el paño ondeante que cubría los brazos de la monja envolvió su cuerpo. Notó que la barbilla de sor Agustín se apoyaba en su hombro y el velo oscuro rozaba su corto cabello. Los brazos de la monja rodearon la cintura de Gwen y sus manos entrelazadas se posaron en el regazo de la medievalista.


Presente, aproximadamente un año y medio después, Los Ángeles, California, EE.UU.

El sol ya había se había alzado por encima de los enormes edificios del centro de Los Ángeles mientras conducía por Grand Avenue. Tras superar atascos de tráfico y obras, aceleró calle abajo pasando ante solares vacíos y las viejas y en tiempos atractivas fachadas de edificios de oficinas ahora medio vacíos. Su coche se detuvo en la esquina de Jefferson con Grand. Observó la calle y torció a la derecha por Jefferson. Pasó por debajo del paso superior de la autopista y divisó el gigantesco cartel de neón del viejo gato de dibujos animados que se alzaba por encima del concesionario de coches Felix en la esquina de Figueroa con Jefferson. Buenos días, Félix. Dobló a la izquierda para meterse en el recinto de la Universidad de Southern Cal.

Después de dejar el coche en el Aparcamiento P, se dirigió a pie hacia Taper Hall. Todavía no eran las 8:00 de la mañana. Su primera clase empezaría a las 9:00. Subió corriendo hasta el cuarto piso y entró en la sala de registro del Departamento de Literatura Inglesa.

—Hola, Gwen.

Levantó la mirada y vio a Minya Hower, la secretaria del departamento, que llevaba un montón de papeles en la mano.

—Hola, Min. Has llegado temprano.

Minya sonrió y meneó su suave y ensortijada melena castaña.

—Podría decir lo mismo de ti. Toma. —La alta y rolliza mujer entregó a la rubia una hoja de papel—. Recién salido del horno, por así decir. Se ha cancelado la reunión de esta tarde. Supongo que así podrás empezar antes el fin de semana. —La secretaria se volvió y se dirigió a la sala de fotocopiadoras—. Hasta luego, cielo. Tengo una cita con un cartucho de toner.

Minutos después, Gwen abrió la puerta de su despacho y se acercó al teléfono que estaba junto a la mesa. Posó la mano en el aparato al tiempo que un impulso esperanzado le atravesaba la mente. Se detuvo ante la mesa, con los ojos clavados en el teléfono como si intentara obligar al aparato a sonar. Ha pasado casi un año desde la última vez que la viste. Cerró los ojos con fuerza. Supéralo, Morrison. Por si no quedó dolorosamente claro aquella última noche en Ormarc, debería haber quedado claro la última vez que la viste. La medievalista abrió los ojos y contempló el teléfono. No puedes competir con Dios.


Unos ocho meses antes, Los Ángeles, California, EE.UU.

Había sido un día largo. La reunión de departamento había durado diez minutos más de lo previsto y Gwen abrió cansada la puerta de su despacho. Armario, dulce armario. Contempló el pequeño espacio. Lo que daría por una ventana. Sacudió la cabeza al tiempo que empezaba a guardar montones de papeles en una cartera de cuero. Empieza el fin de semana y ¿qué cosa emocionante tienes planeada para esta noche, Morrison? Te vas a quedar sentada delante de la tele durante una hora, vas a terminar de corregir esos finales que te quedan y para cenar te vas a comer una doble hamburguesa con queso. Yujuu. Así es la emocionante vida de una profesora adjunta de literatura inglesa de la vieja Southern Cal. Sacó una pequeña foto del cajón de su mesa y se quedó mirando la imagen. Sus dedos acariciaron los rasgos del rostro de la mujer. Suspiró al recordar otro momento y otro lugar donde había hecho lo mismo. ¿Cuánto hace desde que la viste por última vez, Morrison? ¿Casi ocho meses? Dios, parece que fue hace una vida.

Dio un respingo al oír que llamaban a la puerta y guardó rápidamente la foto en la cartera de cuero que tenía en la mesa. Una ceja clara se arqueó en su frente mientras rodeaba la mesa y se quedó ante la puerta cerrada de su despacho. ¿Es que tenía una cita que se me ha olvidado? Comprobó la hora. 4:50. Mmm.

Abrió la puerta a una cara conocida. Se quedó boquiabierta. Déjà vu, le comunicó su mente.

—¿A-Alexandra?

La religiosa asintió tímidamente.

—Doctora Morrison. Espero no molestarla.

Gwen negó con la cabeza, sin confiar en su voz. El corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Claro que no. ¿Cómo... cómo has sabido dónde...?

Sor Agustín retrocedió un paso y sus dedos tocaron dos pequeñas placas que había junto a la puerta del despacho. La medievalista asomó la cabeza por la puerta del despacho y se volvió para ver el pequeño cartel que había junto a ella. Sus ojos recorrieron rápidamente las letras negras contra el fondo marrón oscuro de las placas. B. Gwenhwyfar Morrison. Profesora Adjunta, Literatura Inglesa y Comparada. Horas de despacho para los semestres de otoño y primavera: LX 8-9, 1:30-2:30, M 4-5, V 1-2:30, 4:30-5 y con cita previa. Teléfono: (213) 555-6547.

—Oh —dijo al tiempo que sus ojos se encontraban con los de la monja. Se irguió, abrió la puerta del todo e hizo un gesto a la mujer alta para que entrara en su despacho—. Por favor, Alexandra, pasa.

A Gwen le temblaban las manos cuando cerró la puerta tras ella. Se volvió para mirar a su visitante. De repente, se apoyó en la puerta cuando sintió que las piernas le flaqueaban al encontrarse con la mirada de la monja.

—¿Y-y q-qué te trae a Los Ángeles? —dijo en voz baja. Sor Agustín se acercó a la rubia. La monja alzó la mano izquierda y acarició el brazo de la medievalista con los nudillos. Sin decir palabra, Gwen tiró de la mujer más alta y la abrazó.

La monja soltó un suspiro tembloroso y depositó un suave beso en la frente de Gwen.

—Te he echado tanto de menos, Gwen. —Se separó de la rubia y le puso la mano en la cara. Sus dedos acariciaron suavemente la mejilla de la medievalista—. Sigues siendo tan bella —susurró.

Gwen cerró los ojos al tiempo que sus dedos se entrelazaban con los de la monja.

—¿Cuánto tiempo vas a estar en Los Ángeles?

—Mi avión sale el sábado por la tarde temprano para Francia.

La rubia suspiró. Abrió los ojos, se volvió, cogió la cartera de cuero de la mesa y tiró de la mano de la monja hasta que se entrelazó con la suya.

—Vámonos de aquí.


El tráfico en el centro de Los Ángeles había sido denso y para cuando Gwen y sor Agustín llegaron al modesto apartamento de la medievalista en Pasadena, eran casi las seis de la tarde. Mientras iban caminando de su despacho al aparcamiento, Gwen había propuesto que fueran a la 3ª con Fairfax para cenar algo rápido en uno de los restaurantes de Farmer's Market. Sor Agustín rechazó cortésmente la propuesta de la rubia. La medievalista preguntó en broma si la monja prefería ir a su piso. Una sonrisa tímida iluminó las facciones de la mujer al tiempo que la cabeza oscura asentía dando su aprobación.

Ahora estaban sentadas en la postura inversa a como habían estado en el campo cerca de la abadía casi ocho meses antes: Gwen estaba reclinada en el sofá, acunando el largo cuerpo de sor Agustín contra ella. Tenían las manos entrelazadas y apoyadas en el regazo de la monja mientras la voz de sor Agustín sonaba apaciblemente en la habitación silenciosa. La medievalista acariciaba con la cara el paño que cubría la cabeza de la monja y escuchaba atentamente.

—Mi madre murió hace casi un mes y obtuve permiso para regresar a Estados Unidos para ocuparme de su entierro y de sus efectos personales. —La monja se detuvo un momento al sentir que los brazos de la rubia la estrechaban más.

—Alexandra, cuánto lo siento. No lo sabía. Debería haber estado allí...

La monja negó con la cabeza ligeramente.

—No, Gwen. No pasa nada... Ya... ya llevo unas semanas en Los Ángeles. Sé que debería haberme puesto en contacto contigo antes, pero estas últimas semanas se han pasado tan deprisa y había tantas cosas de las que tenía que ocuparme. Yo...

Gwen la tranquilizó con un murmullo suave y besó delicadamente la sien de la monja.

Sor Agustín soltó un profundo suspiro antes de continuar.

—Mi relación con mi madre siempre fue... tensa. Creo que me quedé conmocionada al recibir la carta en la que se me informaba de que había muerto. Nunca aprobó mi vocación y nunca hubo el menor contacto entre nosotras desde el día en que me hice novicia. Yo le escribía cartas y le enviaba postales, pero siempre me las devolvían sin contestar, sin abrir. En las últimas semanas, me he sentido tan aturdida, como si estuviera caminando a través de una niebla. Pero...

—Pero —la instó la rubia delicadamente.

—Pero la niebla se levantó cuando abriste la puerta de tu despacho esta tarde. —La monja se volvió para mirar a la medievalista—. Quiero darte las gracias por eso... por volver a aceptarme en tu vida sin dudarlo. Para mí es muy importante saber que siempre tendré tu amistad, que siempre seré bien recibida en tu vida.

Los dedos de Gwen trazaron las facciones de la monja.

—Siempre, Alexandra. Pase lo que pase, siempre estaré aquí para ti. Te lo prometo.


Pasaron el resto de la velada hablando tranquilamente, rellenando los huecos que sólo habían entrevisto e insinuado durante el año que habían compartido en Ormarc. Por fin, una capa de mutua comprensión las cubrió a las dos y se sumieron en un sueño ligero. Gwen fue la primera en despertarse. Los dedos de la medievalista acariciaron suavemente el áspero paño de la cabeza velada de la monja. Sor Agustín se movió y por fin se despertó.

—Eh.

Una sonrisa dulce y adormilada iluminó la cara levantada de sor Agustín.

—Hola.

—Parece que te vas a quedar a pasar la noche, ¿mmm?

Los ojos de la monja parpadearon.

—Pues no lo tenía pensado. ¿Qué hora es?

—Poco más de medianoche. —La cara de Gwen reflejó la sonrisa cohibida que inundaba ahora el rostro de la monja—. Creo que sería mejor buscarte un lugar más cómodo que éste.

Sor Agustín se apartó de los brazos de Gwen. La medievalista se puso en pie rápidamente, tiró de la monja hasta ponerla de pie y llevó a la mujer más alta por el pasillo.

—Ocupa mi habitación y yo me quedaré en el sofá —dijo la rubia al abrir la puerta. Soltó la mano de la monja y empezó a preparar la habitación.

—Gwen, por favor, no tienes que molestarte tanto. Yo puedo ocupar el sofá. No quiero echarte de tu propia cama.

La medievalista meneó la cabeza y se echó a reír al tiempo que terminaba de hacer la cama con las sábanas y mantas limpias. Recogió las sábanas usadas del suelo y fue a un cesto cercano donde depositó la ropa de cama.

—No seas tonta, yo estaré más que cómoda en el sofá. —Se paró ante la monja, acercó la cara de la mujer a la suya y depositó un suave beso en la frente de sor Agustín—. Deja de protestar —dijo en voz baja—. Las monjas no protestan.

Sor Agustín se echó a reír al tiempo que tomaba la cara de la medievalista entre sus manos.

—Gracias —dijo la monja suavemente.

Las dos mujeres se quedaron frente a frente, sin querer interrumpir el tenso silencio que de repente se había apoderado del dormitorio.

Un momento después, la monja rompió el silencio.

—Supongo que debería darte un beso de buenas noches.

La cara de la medievalista se iluminó con una sonrisa boba. Gwen supuso que sor Agustín le iba a dar un ligero beso en la mejilla antes de echarla de la habitación, pero se llevó una inesperada sorpresa cuando la boca de la monja bajó hasta posarse sobre la suya. El sencillo beso duró minutos y las dos mujeres respiraban con dificultad cuando por fin se separaron.

Un ligero rubor tiñó las mejillas de Gwen. Le tembló la voz cuando intentó apartarse del abrazo de la monja.

—Se-será mejor que me vaya antes de que las dos lamentemos...

Sor Agustín colocó un dedo delicado sobre la boca de la medievalista, haciendo callar a la mujer.

—Gwen —dijo la monja en un suspiro—, por favor, quédate conmigo.

La medievalista abrió los ojos de par en par.

—Alexandra, no sabes lo que estás pid...

Los dedos de la monja rozaron la boca de Gwen con una suave caricia que provocó escalofríos en la espalda de la medievalista. Sor Agustín apoyó la frente en la de la rubia y cerró los ojos mientras sus dedos seguían delineando la boca de Gwen.

—Sé exactamente lo que estoy pidiendo. Por favor, Gwen. Quiero que seas tú. He soñado que serías tú.

Un suspiro tembloroso se escapó de los labios de la medievalista al tiempo que su mirada se encontraba con la de la monja. Pronunció un suave "sí" antes de que sor Agustín se apoderara de su boca en un largo y acalorado beso.


El sol se filtraba dentro de la habitación mientras sor Agustín contemplaba la figura que yacía dormida en la cama. Las sábanas estaban desordenadas y retorcidas sobre las piernas de Gwen. Una manta rodeaba la cintura de la medievalista y la luz bailaba siguiendo la curva desnuda de brazos y pechos. Gwen se movió en la cama y sus dedos se extendieron sobre el colchón. Sor Agustín reprimió el impulso de arrodillarse junto a la cama, resistió el repentino deseo de trazar las líneas de las suaves manos y dedos de la medievalista con los suyos, tan callosos. Un estremecimiento de placer recorrió la espalda de la monja al recordar cómo sus propios dedos, duros y ásperos por los años de trabajo en los campos de la abadía, habían acariciado la piel de la medievalista, cómo su boca había seguido las curvas del cuerpo de Gwen a la luz de la luna lo mismo que sus ojos ahora recorrían la figura dorada a la temprana luz de la mañana. Las mejillas de la monja se sonrojaron al recordar cómo la rubia había mimado el placer de su cuerpo, cómo los dedos de Gwen la habían penetrado ante su desesperada insistencia. Te quiero entera, Gwen. Por favor. Se estremeció al recordar cómo se había agitado la compacta figura encima de su propio cuerpo desgarbado, cómo había gemido Gwen su nombre llena de deseo.

La monja se quedó junto a la ventana y se ciñó los pliegues del hábito al cuerpo. Incluso después de haberte amado con mi cuerpo, no puedo... Cerró los ojos. Perdóname, Gwen. Sabía que si no se iba ahora, su resolución se tambalearía. Sor Agustín se apartó en silencio de la mujer dormida y se acercó a la puerta.

—Alexandra.

La mano de la monja apretó con fuerza el pomo de la puerta al tiempo que un dolor sordo y frío le atravesaba el pecho. Se volvió para mirar a la medievalista. Unos ojos del color de la hierba del final del verano se encontraron con los suyos.

El tono de Gwen era ligero, pero matizado de dolor.

—No ibas a marcharte sin despedirte, ¿verdad?

La religiosa vaciló y luego se acercó a la cama. Sor Agustín se sentó en el borde del colchón mientras la medievalista se sentaba y se cubría el cuerpo desnudo con las sábanas.

La monja miró la sábana arrugada que había junto a su muslo vestido de negro.

—¿Qué ocurre ahora?

La medievalista dobló las piernas hacia el pecho y se acercó más a la monja. Alargó los dedos y levantó la cara de sor Agustín para que la mirara.

—¿Qué quieres que ocurra?

A la monja le temblaba la voz.

—No... no sé. Nunca he...

—¿Nunca has estado con una mujer hasta ahora? —terminó Gwen dulcemente, aunque sentía el corazón atravesado de dolor.

—Nunca he estado con nadie hasta ahora, Gwen. No conozco las reglas. Yo...

—No hay reglas, Alexandra. —La medievalista acarició la cara de sor Agustín—. Seguimos adelante juntas como buenamente podamos y vamos solucionando las cosas a medida que lleguen. —Gwen acarició suavemente la mejilla de sor Agustín.

Hicieron el amor una vez más. Fue una unión frenética, casi desesperada. No intercambiaron palabra mientras yacían agotadas entre las sábanas. Mientras Gwen estrechaba a la cansada mujer que tenía entre sus brazos, supo en el fondo de su corazón que jamás volvería a ver a la monja.


Presente, Los Ángeles, California, EE.UU.

Los dedos de Gwen pendían encima del teléfono de su mesa. Sacudió la cabeza cuando los recuerdos de su última noche con sor Agustín volvieron a su memoria. No puedo seguir así. Necesito superarlo. No puedo vivir mi vida con lo que debería haber sido. Sus dedos pulsaron de memoria las teclas del teléfono al tiempo que sacaba un montón de papeles de la cartera de cuero que tenía en la mesa. Mientras oía la llamada del teléfono en la otra línea, miró el reloj y se dio cuenta de que lo más probable sería que le saliera el buzón de voz de su hermana.

—Hola, Lilla, soy yo. Se ha cancelado la reunión de la tarde. Parece que al final sí que voy a poder quedar hoy con Sarah y contigo en el museo. Os veré allí en el lugar de siempre. Adiós.


Varias horas después, Museo de Historia Natural de Los Ángeles

Apartó la mirada del diorama de ardillas de tierra y coyotes y observó a su pequeña sobrina corretear por la sala de exposición hasta una ventana de cristal blindado que protegía una escena de bisontes caminando por una pradera de hierba, donde las luces de color blanco amarillento que se reflejaban en los ojos de cristal de los animales disecados hacían que, de algún modo, parecieran vivos. La niña se detuvo ante la muestra y sus rizos dorados se agitaron mientras asimilaba el espectáculo de las masas marrones: las cabezas gachas, las bocas abiertas, briznas de hierba entre los dientes.

—¿Y esa chica que te presenté la semana pasada? Parecía bastante agradable. Y era muy guapa.

Gwen volvió la cabeza hacia donde estaba su hermana. Lilla tenía los ojos clavados en su hijita, que ahora estaba inmóvil al otro lado de la sala.

—¿Mmm?

La hermana mayor de Gwen sacudió la cabeza y echó una rápida mirada a la mujer que estaba a su lado.

—Ya me has oído, Bran. Vamos, ¿qué tenía ella de malo?

La rubia se encogió de hombros.

—Nada, la verdad. Es que... —Es que aunque hayan pasado casi ocho meses desde que viste a Alexandra, todavía no puedes superarlo. O no quieres—. Es que ahora mismo no me apetece salir con nadie, Lilla. No es un crimen, ¿sabes? —Olvídala, Morrison. Estás colada por una monja y eso, querida mía, es peor que patético... es preocupante y en última instancia inútil.

Lilla suspiró.

—Te conozco y sé que no es eso, pero no te voy a presionar cuando quieres que te deje en paz. —Dio un ligero beso en la mejilla a la medievalista—. No sé qué te pasa exactamente, pero hoy pareces... Sabes que puedes contar con nosotros, ¿verdad? Si necesitas hablar...

Gwen asintió.

—Sí, lo sé. Gracias, Lilla.

Miró a su sobrina, que regresaba dando saltos y se agarró la mano que le ofrecía su madre.

—Ahora vamos a ver la exposición de aves. ¿Te vienes?

—Creo que voy a dar una vuelta por aquí. Me reuniré con vosotras dentro de una hora en el sitio de siempre, ¿vale? —Vio cómo Sarah tiraba de la mano de su madre.

—Vale. Dentro de una hora. Hasta luego, hermanita.


Se quedó contemplando el cráneo del Tiranosaurio Rex mientras un niño de diez años se ponía a explicarle a su madre y a todo el que estuviera a tiro los intrincados detalles de la caza y la alimentación del dinosaurio. ¿Qué pasa con los niños y los dinosaurios? A Sarah ya le está dando por ahí también y sólo tiene cinco años. Frunció el ceño pensativa al imaginarse a una Sarah adulta vagando por el desierto del Gobi a la búsqueda de fósiles. Sintió un golpecito en el hombro.

—¿Ya ha pasado una hora, Lilla? Te juro que han sido sólo veinte... —Gwen se detuvo a media frase cuando sus ojos se posaron en un fantasma de su pasado.

Unos familiares ojos azules la miraban resplandecientes bajo una masa de pelo oscuro que era más largo de lo que recordaba. La mujer más alta llevaba un polo negro y vaqueros negros.

—Disculpe, señorita, ¿sabe dónde puedo encontrar el mastodonte? Parece que me he perdido.

Gwen se quedó paralizada por la sorpresa y antes de poder contestar, intervino el joven conferenciante.

—Está por allí, cerca de la Sala de Mamíferos, pero hay más fósiles de mamut y mastodonte en el Museo Page de las Pozas de Brea. Aquí sólo tienen un esqueleto de mastodonte.

La electrificante mirada se apartó un momento de Gwen para posarse en el niño.

—Gracias, joven.

Gwen sintió que unos dedos largos y elegantes le cogían la mano.

—No te vas a escapar hasta que te pueda dar una explicación —dijo la visión mientras Gwen sentía que se la llevaba hacia la Sala de Mamíferos. Se detuvieron ante el mastodonte.

Gwen apartó la mano de la de la otra mujer y soltó un suave suspiro. Una parte de ella se sentía aturdida por la alegría de volver a ver a la monja, pero en su corazón rondaba una sensación de temor de que, una vez más, la enigmática monja fuera a marcharse para no volver jamás.

—¿Por qué no has intentado ponerte en contacto conmigo? ¿Escribirme una carta? ¿Llamar? ¿Lo que fuera? —dijo en un susurro temeroso.

Alexandra intentó agarrar la mano de la medievalista.

—Gwen, no... no podía.

Gwen levantó la cabeza para mirar los tiernos ojos azules que la miraban con tanto anhelo, esperanza y miedo.

—¿Qué quieres decir con que no podías?

—Cuando te dejé aquella mañana, me sentía tan confusa, tan perdida. Regresé a Francia, a la abadía, y entré en retiro. La madre superiora lo permitió al principio porque pensó que me daría tiempo para llorar a mi madre.

La morena cerró los ojos.

—Sí que lloré, no sólo por mi madre, sino por ti. Cuando volví a la abadía aquella primera noche, me di cuenta de que había cometido el peor error de mi vida al dejarte y volver a mi vida de monja. No podía respirar, no podía pensar. No sabía qué hacer.

Gwen levantó la mano y acarició la mejilla de la mujer.

—Alexandra.

Alexandra estrechó la mano de la rubia en la suya.

—Me quedé en mi celda más de un mes, sin salir jamás salvo para el oficio divino. En aquel momento, sólo quería que me dejaran en paz. Entonces, como siete semanas más tarde, tuve una visita. Era doña Thisbe. Me preguntó si me sería posible colaborar en el traslado de los textos de la abadía al Centro y acepté ayudar. Pocas semanas después, estábamos solas en las salas de lectura del Centro y me vino a decir que dejara de malgastar mi vida, que dejara de pasar por alto lo que había en mi corazón.

Una ceja clara se alzó con gesto inquisitivo.

—No comprendo. ¿Quieres decir que doña Thisbe sabía que...?

—¿Que estaba enamorada de ti? —La cabeza morena asintió—. Dijo que había visto cómo estabamos juntas aquel día en que registramos el castillo. Dijo que estaba más claro que el agua que nos queríamos. —Alexandra entrelazó sus dedos con los de Gwen, apoyándose en la barandilla de la muestra del mastodonte—. También me dijo que era estúpida por creer que Dios querría que llevara una vida desdichada. Una monja entrega su vida a Dios por amor y con alegría. El convento no era un lugar de sufrimiento, no era un lugar para huir y esconderse de la vida. Dijo que era una cobarde por no ver lo que me había enviado Dios, por no escuchar lo que quería que hiciera con mi vida. Al día siguiente, pedí a la madre superiora que me liberara de mis votos.

La medievalista meneó la cabeza.

—Pero no entiendo por qué no intentaste ponerte en contacto conmigo, incluso cuando te diste cuenta de que ibas a dejar el convento.

Alexandra suspiró.

—Tenía miedo, Gwen. Tenía miedo de que no volvieras a quererme en tu vida, después de haberte dejado una segunda vez.

La mano libre de Gwen acarició el contorno de la cara de la mujer.

—Hace mucho tiempo te dije, Alexandra, que siempre estaría aquí para ti, pasara lo que pasase. Lo decía en serio. Te amo. Te he estado esperando toda mi vida. Y habría seguido esperándote, Alex. Lo he hecho.

La ex monja se inclinó y besó delicadamente la boca de la rubia, ajena a las miradas divertidas de los que pasaban por allí.

—El papeleo tardó casi siete meses en superar la burocracia del Vaticano, pero hace unos días, recibí una carta que me liberaba de mis votos. Antes de marcharme de Ormarc, visité a doña Thisbe. Me ofreció un trabajo como coordinadora del Centro con las universidades del sur de California incluso antes de que pudiera decirle que volvía a Los Ángeles. Lo acepté.

Alexandra sonrió dulcemente al sentir que la rubia se acurrucaba contra su hombro. Señaló el inmenso esqueleto del antiguo animal similar a un elefante.

—Cuando me contaste esa historia de cuando tu hermana conoció a su futuro marido, creo que te saltaste el detalle del pequeño guía de museo que intervenía en la conversación, ¿verdad?

La risa brotó de la boca de la medievalista mientras su mirada seguía el grácil movimiento de aquellos dedos largos y finos extendidos ligeramente para tocar, al menos a ojos de Gwenhwyfar Morrison, la inmensa bóveda de los cielos.


FIN


[Apéndice: Los primeros 24 versos de la traducción de Gwen del Alexandra con dos extractos de las notas introductorias del texto.]

Gabrielle d'Ormarc, autora de este romance del siglo XIII, es un caso único, incluso entre las mujeres trovadoras (o trobairitz, como se las llamaba en su época) de la Provenza/Occitania medieval. Es el único romance que se ha encontrado escrito por una trovadora de la región de Languedoc/Occitania. Jamás se había descubierto otro extenso texto poético escrito por una trobairitz hasta que se encontró este manuscrito en la biblioteca de la abadía de Santa María de las Colinas, en Ormarc, Francia. Se considera también una obra singular por su contenido poco habitual. Sabemos muy poco acerca de Gabrielle aparte de su nombre y su obra. Pudo haber sido la hija (o posiblemente la madre) de Chrétien d'Ormarc, quien a su vez era un poeta trovador por derecho propio. El Alexandra se compuso entre 1220 y 1274.

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La única copia existente del Alexandra está dentro del manuscrito S.M.O 103 que actualmente se encuentra en la abadía de Santa María de las Colinas en Ormarc, Francia. Quisiera dar las gracias a la condesa Thisbe d'Ormarc, a sor Agustín de la abadía de Santa María por su inestimable y valiosa ayuda, a las hermanas de la abadía de Santa María y a los habitantes de Ormarc, Francia, por su amabilidad y generosidad durante el año que pasé allí estudiando y traduciendo el manuscrito. También quisiera agradecer la ayuda del personal de la Bibliothèque Nationale de París, así como la del personal de la Universidad de Toulouse-Le Mirail que me mostraron gran cortesía cuando examiné varios manuscritos que no guardaban relación con este tema.

B. Gwenhwyfar Morrison


Alexandra
Romance occitano del siglo XIII

Gabrielle d'Ormarc
Trad. y ed. por Brangein Gwenhwyfar Morrison

Porque En Chrétien desea
que emprenda la creación de un romance,
la emprenderé de muy buena voluntad.
Como pide, contaré una historia de días antiguos,
cantaré las canciones de Gabrielle, bardo, guerrera, caminante. [5]
Y de buen grado yo, Gabrielle,
contaré las hazañas de una, hábil en la guerra y en el arte,
hija doblemente bendita de Potedaia,
amiga y compañera de la mujer guerrera,
Xena, nacida en Anfípolis. [10]
Mi señor me ofrece el asunto
y yo me esforzaré por dar forma a la obra.
Para agradar a mi señora, el romance será también una historia
de valor, honor y amor,
de caballeros, damas y grandes batallas. [15]
Pues desde la primera vez que os vi, señora,
he estado a vuestra merced.
Porque el mérito y la belleza existen
en vos sin pretensiones,
con gran alegría, N'Alexandra, [20]
para vos son mis estrofas,
pues en vos se halla mi corazón.
Y así, Gabrielle dará comienzo a la historia de Alexandra,
para placer y alegría de su señor y su señora.

[fin del extracto]


Notas finales:

(1) Me gustaría dar las gracias a mi paciente y brillante correctora, Vivian Darkbloom, cuyas valiosas observaciones han domado al monstruo en que se ha convertido este fanfic uber. Su agudo ingenio, sus sabios consejos sobre el arte de escribir y su sentido del humor han conseguido controlar a la bestia salvaje y totalmente ilegible que caracteriza a mis fanfics y la han apaciguado hasta convertirla en algo que consigue acercarse a los términos "legible" y "coherente".

(2) Cuando empecé a dar vueltas a la idea de este uber, tenía la grandiosa intención de incorporar los acontecimientos de las cruzadas albigenses a la historia del período medieval. Esta idea no llegó a cuajar del todo y por conveniencia, sólo he hecho ligeras alusiones a esos acontecimientos. Para los que deseéis saber más sobre las cruzadas albigenses, los cátaros y las trovadoras, os recomiendo que corráis a la biblioteca más cercana y saquéis The Albigensian Crusades (Las cruzadas albigenses) de Joseph R. Strayer y The Women Troubadours (Las trovadoras) de Meg Bogin. Ambos libros ofrecen un excelente panorama de esa fascinante y turbulenta época de la historia de Europa occidental.

Para saber más sobre la idea del fin amors (o, como se suele llamar, "amor cortés") recomiendo el estudio clásico de C. S. Lewis titulado The Allegory of Love: A Study in Medieval Tradition (La alegoría del amor: un estudio de la tradición medieval) así como Courtly Love: A New Interpretation (Amor cortés: una nueva interpretación) de Meg Bogin, que se incluye en su excelente libro The Women Troubadours.

(3) En y Na corresponden a "don" y "doña" en occitano medieval. La forma N' de Na se usa cuando un nombre femenino empieza por vocal, del mismo modo que la palabra de (que significa "de") se abrevia a la forma D' o d' cuando se usa antes de un nombre de lugar que empieza por vocal, de ahí: N'Alexandra, Na Gabrielle, d'Ormarc, d'Orange o de Ventadorn.

(4) Los extractos de oraciones que reza sor Agustín en la choza de los pastores están sacados de una oración auténtica al aspecto de la Virgen María como la Madre del Perpetuo Socorro.

(5) Las horas tradicionales del oficio divino (las horas canónicas en que los religiosos rezan) son las siguientes:

PRIMA= 6 am; TERCIA= 9 am; SEXTA= mediodía; NONA= 3 pm; VÍSPERAS= 6 pm; COMPLETAS= 9 pm; MAITINES= medianoche; LAUDES= 3 am

No todas las órdenes se adhieren estrictamente a las horas tradicionales del oficio divino. La vida de los religiosos católicos ha cambiado mucho desde la Edad Media y las costumbres varían de una región a otra y de una orden a otra. Las horas aquí indicadas son aproximadas. Los oficios más comunes realizados por muchos religiosos son: prima, sexta, nona, vísperas y completas.

(6) El latín que cita sor Agustín es de la vulgata latina de la Biblia traducida por San Jerónimo (http://www.fourmilab.ch/etexts/www/Vulgate/). El pasaje mismo es de Marcos 8:34 (aquí sacado de la versión de la New American Standard Bible [NASB] que se usa en la misa católica [americana]): "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". [Nota de Atalía: traducción sacada de la Nueva Biblia de Jerusalén]

La referencia a "reprime las amistades particulares" está sacada de una "Regla"/"Instrucción" real que se encontró en el texto escrito en inglés antiguo llamado Ancren Riwle (o "Regla para anacoretas" o "Regla de las monjas"). Por lo que tengo entendido, todavía hoy día se utiliza la "advertencia sobre amistades particulares" en las "reglas" de monjas y novicias. Mmm. Muuuy interesante, ¿no os parece? :-)

Para ver el impacto que el Concilio Vaticano II ha tenido en la vida de monjas, sacerdotes y otros religiosos, consultad: Encíclica sobre la adaptación y renovación de la vida religiosa Perfectae Caritatis proclamada por el Papa Pablo VI el 28 de octubre de 1965. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651028_perfectae-caritatis_en.html

(7) No me he dado cuenta y he puesto al mastodonte en el museo equivocado y no sé si hay un mastodonte en el Museo de Historia Natural de Exposition Park. El mastodonte no se ha quejado y parece gustarle su nuevo hogar, así que he decidido dejar allí al animalito por el bien de este uber. Lo mejor es que hagáis caso al conferenciante de diez años y vayáis a las pozas de brea de La Brea en Wilshire Boulevard si queréis ver fósiles de mastodontes. :-)

(8) Y por último, me gustaría dar las gracias a todas las personas que me han escrito a medida que se iba publicando este relato en el período de noviembre 2000 - junio 2001. Vuestros comentarios, observaciones y amables palabras han sido muy apreciados. ¡Sois estupendos! Gracias por leerlo.


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