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1226 d. C., novena semana del asedio (Ormarc/Languedoc)

—¡Dínoslo! ¡Dinos lo que necesitamos saber sobre las defensas de Chrétien en la ciudad y el castillo o te romperemos algo más que los dedos, perro asqueroso!

Una risa hueca resonó por el pequeño claro. La figura atada a un poste improvisado en forma de T levantó la rubia cabeza para mirar el círculo de hombres y caballos antes de escupir con fuerza en el suelo.

—¡Que os folle una cabra!

Un guante de malla golpeó al hombre atado en la cara, partiéndole el labio y haciéndole una raja cerca de la ceja.

—¡Maldito seas, hijo de puta! No podéis derrotarnos, ¿lo sabes? El Papa en persona ha autorizado esta cruzada y los nobles de Francia gobernarán esta tierra tanto si lo queréis como si no. Coopera. Dinos lo que queremos saber. Somos gente misericordiosa.

Un caballo cercano relinchó nervioso. La figura atada guardó silencio incluso cuando el guante se disponía a asestarle otro golpe.


Si don Chrétien no hubiera insistido en que necesitaba ayuda para realizar esta misión, esto nunca habría pasado. La vida de Pedro está en mis manos. No puedo dejar que muera... no dejaré que muera.

N'Alexandra estaba acurrucada detrás de un grupo de árboles junto al borde del bosque cercano al campamento francés. El sol ya se había puesto y desde donde estaba oculta, veía el brillo del fuego cerca del poste al que habían atado al rubio carpintero. Iba vestida con una camisa de campesino, un justillo de cuero, polainas y botas. Un gorro de cuero le tapaba el pelo oscuro. Llevaba un arco en las manos, una aljaba con varias flechas sujeta a la espalda y una daga al costado. Tenía el aspecto de muchos de los vulgares soldados franceses que se agrupaban en torno a las numerosas hogueras que había dentro del campamento.

Apenas he conseguido evitar que Luc entrara en el campamento francés como Hércules asaltando el Hades y llevándose al can Cerbero del mundo subterráneo. La boca de la mujer morena esbozó una sonrisa triste mientras atisbaba desde su escondrijo. A Gabrielle le gustaría ese símil... Gabrielle... La vida habría sido más fácil para las dos si yo fuera una dama más de la corte de vuestro padre. Pero mi padre me educó como a un muchacho, empeñado en que sólo porque fuera una chica, eso no quería decir que no pudiera hacer todo lo que hacían los muchachos de la corte. Se sintió tan orgulloso cuando vuestro padre me nombró su escudera... ¿Os acordáis, Gabrielle, de cuando éramos niñas? Yo jugaba a la guerra y vos me vendabais todos los cortes y golpes. Creo... supongo que seguimos haciéndolo. Sólo que ahora ya no es un juego. Enderezó los hombros y volvió a mirar a su alrededor, asegurándose de que nadie la veía salir del bosque. Esto va a funcionar. Tiene que funcionar... Espero que Luc esté listo cuando vea mi señal. Se dirigió al sitio donde los franceses tenían los caballos.


Estaba alucinando. Eso sí que lo sabía. Pero lo que lo desconcertaba era que en este estado de medio ensoñación, su viejo amigo Luc se empeñaba en llamarlo "Iolaus". Pensó que el herrero debía de haber aspirado demasiados humos horribles de esos que salían de su herrería cuando fundía hierro. No le resultó alarmante en realidad, esto de que lo llamara con ese nombre tan raro. Lo que lo alarmó fue ver a Na Gabrielle en un estado de práctica desnudez ante él... con la piel morena, los pechos que casi se le salían de una... una especie de sostén de cuero, una corta falda de cuero... y el pelo rubio rojizo corto, como el de un muchacho. Tenía la esperanza de que no se diera cuenta de que se estaba excitando bastante. Una voz conocida lo llamaba; se volvió hacia ella y vio a N'Alexandra, con un vestido de combate negro... ¡un vestido! Parecía más una... una camisa de dormir, y ahora estaba totalmente excitado. Se sintió muy avergonzado. Sabía que Na Gabrielle y N'Alexandra estaban prometidas, que estaban constantemente la una al lado de la otra, que estaban destinadas a estar juntas, pero... no podía evitar sentirse... un poco celoso. Sentía envidia del amor que veía en sus ojos. En el fondo de su corazón se alegraba por ellas y daría su vida gustoso por protegerlas a ellas y a su hogar. Lo único que deseaba era que N'Alexandra dejara de llamarlo "Iolaus". Se llamaba Pedro. Ella debería saberlo. Se conocían desde que eran niños. Pedro. Pedro el Carpintero. Me llamo Pedro. Pedro. Pedro. Pedro...

—¡Pedro! ¡Pedro! —susurró N'Alexandra con urgencia al hombre rubio atado al poste—. Soy Alexandra. Pedro, ¿me oyes, me entiendes?

—¿Xena?

N'Alexandra frunció el ceño, confusa.

—No, Pedro. Soy Alexandra. He venido a ayudarte, a liberarte.

Levantó la mirada para ver la figura borrosa de N'Alexandra —¿vestida como un soldado común?— ante él. Esto no tenía sentido. ¿Por qué no veía bien? ¿Por qué estaba tan oscuro? ¿Por qué estaba ella aquí? ¿Para liberarlo? ¿Qué quería decir la señora con que lo iba a liberar? ¿Y por qué sentía tanto dolor? No conseguía concentrarse, pero sabía que tenía que hacerlo... que la insistente voz de la señora le estaba diciendo algo, intentando explicarle algo... Pero no conseguía concentrarse. Le dolía demasiado. Me duele tanto.


La distracción había funcionado y consiguieron escapar. N'Alexandra se volvió para mirar el campamento francés en el que los hombres corrían para apagar los incendios que Luc había provocado dentro del campamento, mientras otros salían en pos de los caballos que galopaban entre las tiendas improvisadas y por los campos. Le flaqueaban las piernas mientras el herrero y ella luchaban por llevarse al carpintero inconsciente lejos del campamento. Tenía las manos cubiertas de sangre e intentó apartar las imágenes de sus manos tapándole la boca a un centinela que se debatía mientras ella le cortaba el cuello con la daga y los ojos saltones del hombre antes de que su cuerpo se desplomara entre sus brazos.

Hizo señas a Luc para dirigirse a un río cercano, con la esperanza de poder despistar en el agua a los hombres que sin duda los seguirían. Deseó desesperadamente tirarse al agua... para lavar las visiones que ahora plagaban su mente. Oh, Dios, Gabrielle, por favor, perdonadme por esto. Necesito que lo comprendáis, que me perdonéis. No sé si yo podré perdonarme algún día. No sé si podré olvidar algún día...

—Deprisa, Luc. Tenemos que regresar a Ormarc, al castillo. Enviarán a otros a buscarnos en cuanto descubran que Pedro ha desaparecido. Tenemos que correr. Las heridas de Pedro son graves. Puede morir si no lo llevamos con don Ezra a tiempo.


Tres días después, 1226 d. C., a mitad de la décima semana del asedio (Ormarc/Languedoc)

—Vivirá.

Una sensación de alivio inundó al pequeño y cansado grupo que esperaba junto a la entrada de la enfermería.

Ezra Ben Jonah señaló una cama situada en el rincón más alejado de la atestada sala y se volvió hacia el alto herrero, con los ojos tristes.

—Luc, lamento decir que perderá parte del brazo izquierdo. Estaba demasiado dañado para poder salvarlo... ya había empezado la gangrena. Habría muerto de la infección si no le hubiera cortado la parte enferma. No parece sufrir graves daños por el golpe en el ojo. Tenía las dos piernas rotas, pero se curarán y caminará como antes.

Los hombros del herrero se estremecieron ligeramente mientras miraba hacia la cama donde yacía su amigo.

—Gracias, En Ben Jonah. Gracias por salvarle la vida.

El médico asintió solemnemente.

—Ahora está dormido, pero podéis quedaros a su lado. —Don Ezra se inclinó y volvió a la enfermería.

Luc se volvió a mirar a los demás componentes del pequeño grupo.

—Con vuestro permiso, En Chrétien, Na Gabrielle, N'Alexandra...

Don Chrétien asintió.

—Me sentaré contigo un rato, Luc. —Saludó a las dos mujeres con la cabeza—. Hija... Alexandra.

Cuando los dos hombres entraron en la enfermería, doña Gabrielle se volvió a su compañera más alta, posando suavemente la mano en el brazo de la guerrera cubierto de cota de malla.

—¿Alexandra?

La mujer de pelo oscuro sacudió la cabeza, conteniendo las lágrimas que estaban a punto de derramarse. Su voz sonaba amarga y dura.

—Debería haber llegado allí antes, Gabrielle. No debería haber sufrido de esta forma... Yo debería haberlo salvado de...

—Alexandra... —La pelirroja agarró suavemente a N'Alexandra por la barbilla—. Amor mío, sí que lo salvasteis. Está vivo. Vivirá. Gracias a vos.

Doña Alexandra apartó la cara de la mano de la dama.

—Seguro que me lo agradece cuando se despierte y descubra que ahora es manco, tuerto y tullido. —Se alejó de Na Gabrielle y de la enfermería.

Na Gabrielle agarró a la caballero del brazo, intentando impedir que N'Alexandra se marchara.

—Alexandra, por favor, escuchad...

La mujer se volvió, con los ojos oscuros, la voz fría, casi muerta.

—Gabrielle, dejadme marchar. Yo... necesito estar donde no haya gente.

Asintiendo suavemente, la dama soltó a la caballero y miró en silencio mientras la mujer morena se alejaba rápidamente por el pasillo.


Sus ojos observaban el horizonte mientras su mente volvía a las últimas diez semanas del asedio. Una visión de pesadilla tras otra llenaban su imaginación y con cada una de ellas, su furia crecía... un odio descontrolado, devorador y asesino que la asustaba y la reconfortaba al mismo tiempo. Cerró los ojos, dejando que la sensación la embargara, dejando que se fuera diluyendo a través de ella para poder hacer frente con la mente clara y despejada a lo que sabía que estaba por venir. Y vendría... eso lo sabía con certeza: había contado los minutos y las horas después de haber soltado del poste las extremidades atadas y rotas del rubio carpintero. Las fuerzas francesas vendrían, y esperaba que todos pudieran sobrevivir a lo que sin duda sucedería a continuación.


Pasó un día y cayó la muralla este de la ciudad.

Los franceses se colaron por la brecha como la sangre brotando a borbotones de una herida mortal: en abundancia, con rapidez y anunciando la muerte inminente. Pues para la pequeña ciudad montañesa de Ormarc se trataba de una especie de muerte. Hombres, mujeres, niños, nobles y plebeyos por igual luchaban fanática y cansinamente, mientras el asedio les robaba gran parte de su energía. Luchaban contra unos invasores con la desesperación de los moribundos.


1226 d. C., último día del asedio (Ormarc/Languedoc)

Los hombres y mujeres de Ormarc habían librado una batalla perdida contra el ejército invasor del norte con horcas, porras, piedras... cualquier cosa que pudiera detener a las oleadas aparentemente interminables de soldados que entraban por la brecha de la muralla este. Era una tarea lenta y tediosa: se ganaba y perdía terreno por meros centímetros. N'Alexandra había luchado, junto con innumerables conciudadanos, en la muralla este: era uno de los pocos nobles de Chrétien que todavía quedaba a caballo. El convento había sido destruido y la gente se refugió en la catedral; muchos, incluida una docena de nobles, plantaron cara al enemigo en la iglesia, dispuestos a impedir que cayera el santuario de piedra.

Mientras los ciudadanos y los nobles intentaban establecer una línea de defensa delante de la iglesia, N'Alexandra corría a la catedral misma, buscando desesperadamente al señor de Ormarc.

—¡En Chrétien! ¡Mi señor!

Lo encontró cerca del extremo nordeste de la catedral, a pie, pues su caballo hacía tiempo que había muerto, luchando contra un pequeño grupo de soldados que se habían separado del ejército principal apostado en la parte este del santuario de piedra. Tenía una terrible herida roja en el costado y el pelo y la cara pringados de sangre. Ella no tardó en despachar a los tres soldados que acosaban al herido señor de Ormarc, bajó de un salto de su caballo y corrió al lado de En Chrétien.

—¡Mi señor! —Se le llenaron los ojos de lágrimas al verlo de cerca, pues había sido como un segundo padre para ella desde la muerte de su propio padre en un accidente de caza cuando ella sólo tenía trece años—. Señor, debemos regresar al castillo...

—Alexandra...

Fuera lo que fuese lo que iba a decir el señor de Ormarc a la caballero, se vio interrumpido por el ruido de explosiones y una lluvia de flechas que caía por el aire.

—¡Catapultas!

—¡Flechas!

—¡A cubierto!

Intentó arrastrar al herido señor hacia la plaza principal, llamando a su caballo con un silbido, mientras una oleada de flechas aterrizaba a pocos centímetros de donde estaba. Cayó hacia delante cuando el señor de Ormarc la empujó al suelo y se tiró encima de ella. Pasaron varios minutos y N'Alexandra salió a rastras de debajo de su señor, mirando hacia atrás para ver la mayor parte de la ciudad y la catedral envueltas en llamas.

¡Que Dios se apiade de nosotros!

En Chrétien soltó un débil gemido y la caballero se volvió y lo vio tumbado de lado, con una flecha en la pierna derecha y otra clavada en los riñones.

—¡Mi señor! —Corrió hasta él—. Señor, el castillo no está lejos... por favor... oh, mi señor...

Le caían las lágrimas de los ojos al tiempo que se esforzaba por subir al herido a su caballo. Agarró las riendas y corrió junto al caballo mientras llevaban a En Chrétien d'Ormarc de vuelta a su castillo.


—¡Gabrielle! ¡En Ezra!

N'Alexandra tumbó al herido en el suelo del patio interior, con la cabeza apoyada en su regazo cubierto de cota de malla. Levantó la vista y se encontró con los agotados ojos verdes de su amada y los cansados ojos castaños del médico de la corte.

—Oh, Dios, no. ¡PADRE! —Na Gabrielle cayó de rodillas; sus manos aferraron las manos que le tendía su padre.

—Hija...

—Gabrielle. —N'Alexandra habló suavemente—. Me ha salvado la vida. Se tiró encima de mí cuando caían las flechas. —La guerrera sacudió la cabeza—. ¿Por qué... por qué ha...?

—Gabrielle, Alexandra... —Las dos mujeres miraron a los ojos serios de don Ezra—. Debemos meterlo en el castillo...

—N-n-o-no... —jadeó don Chrétien lleno de dolor—. Es tarde, es tarde... Gabrielle, Alexandra...

En Chrétien agarró las manos temblorosas de las dos mujeres, al tiempo que su propio cuerpo se estremecía y su mirada se iba apagando.

—Alex... como el hijo que perdí, como una hija de mi corazón... hijo e hija a la vez. Gabrielle... mi alegría, mi orgullo, tan parecida a tu madre... —El moribundo señor de Ormarc tosió dolorosamente, derramando sangre por la boca—. S-alvad... salvad Ormarc... por vosotras, por mi gente, por mi nieto... de cualquier forma que se os ocurra. No permitáis que acabemos aquí... el... el futuro...

En Chrétien colocó la mano enguantada de N'Alexandra sobre la mano de su hija.

—Mi última voluntad... ya no eres N'Alexandra, sino En Alexander, señor de Ormarc, esposo de mi hija, pa... padre de mi nieto.

El señor de Ormarc tosió violentamente y luego sus manos se separaron de las figuras arrodilladas al exhalar su último suspiro.


1226 d. C., Ormarc (Languedoc/Occitania)

La ciudad yacía en ruinas.

Estaba en lo alto de la muralla occidental contemplando los tejados quemados, mientras el sol de poniente teñía el aire lleno de humo de una mezcla de rojo y morado. Por un momento, todo se desvaneció. El tiempo se detuvo y casi pudo olvidar todo lo que había visto. En el fondo de su corazón, sabía que no podía. Los hechos de las últimas semanas la habían cambiado, la habían marcado de una forma que iba más allá de la raja irregular que le recorría la cara desde el nacimiento del pelo hasta la mandíbula.

El sol bajaba por el horizonte, hundiéndose despacio, borrando el paisaje con un velo de oscuridad. Se preguntó si, para sus ojos, su luz contendría alguna vez la promesa de la alegría, de la vida. Se preguntó si la luz contendría alguna vez algo que no fuera el profundo morado de la desolación y la destrucción.

Contempló la luz moribunda mientras el mundo que conocía se desmoronaba a su alrededor.

Una mano tiró de la ornamentada túnica que llevaba encima de la cota de malla y bajó la mirada para ver los suaves rizos rubios rojizos de un niño, de poco más de un año de edad. El niño se chupaba el pulgar. Sonrió alegremente y alargó los brazos hacia la guerrera.

—Xa... Xa...

N'Alexandra sonrió dulcemente al coger al niño en brazos.

—¡Maese Chrétien! ¿Quién os ha dejado salir?

El niño se rió lleno de alegría y agarró el paño que cubría el hombro de la caballero.

—¡Xa! ¡Xa! ¡Xa!

—Amor mío...

Se volvió y vio a Na Gabrielle apoyada en la puerta. Sonrió, haciendo un gesto a la pelirroja para que se uniera a ella. El niño se acurrucó aún más en los brazos de la caballero, con el pulgar en la boca, y alargó la otra mano para coger un mechón de pelo de Na Gabrielle.

La dama se apoyó en el hombro cubierto de cota de malla.

—No tenemos elección, amada mía.

N'Alexandra asintió.

—Lo... lo sé. Pero ojalá hubiera otra posibilidad, otra manera. ¿Conoce nuestra gente las consecuencias de una rendición? Vamos... vamos a perder nuestra libertad, seremos un pueblo conquistado, serviremos a un rey lejano.

Na Gabrielle depositó un dulce beso en la boca de la guerrera.

—Hay muchas clases de libertad, Alexandra. Viviremos, sobreviviremos. Nuestra gente saldrá adelante.

—Así y todo, Gabrielle. Yo... yo... ¿Está todo el mundo preparado? ¿Saben lo que hay que hacer? ¿Lo que debemos... lo que yo... debo hacer? ¿En lo que tengo que convertirme? ¿Lo que todos debemos hacer?

—Sí. Saben lo que hay que hacer, lo que vos y yo debemos hacer para sobrevivir a esto. Lo hacen porque querían a mi padre y lo hacen porque os respetan y os honran a vos. Aman Ormarc y morirían por él y vivirán por él. Nadie, salvo nuestra gente que estará en la Gran Sala, conocerá jamás la verdad. Los franceses jamás lo sospecharán, amor mío. Jamás lo sabrán.


Las enormes puertas de la Gran Sala se abrieron para revelar a los ciudadanos que quedaban de Ormarc, los pocos que habían sobrevivido a la última batalla. Al fondo estaban los representantes del rey de Francia. N'Alexandra, con el niño Chrétien aún en brazos y con Na Gabrielle a su lado, se quedó en la entrada junto a las puertas abiertas.

—¡Alto! —resonó la voz de un guardia por la gran estancia—. ¿Quién va? ¿Sois amigo o enemigo de Francia? ¡Declarad quién sois y cuáles son vuestras intenciones ante mis clementes señores aquí presentes!

N'Alexandra tomó aliento con fuerza y contestó en voz alta para que la multitud reunida pudiera oír.

—Soy En Alexander d'Ormarc, señor de estas tierras, esposo de Gabrielle, antes tío, ahora padre del joven Chrétien. Lo que hago, lo hago por el bien de mi pueblo... Me presento como amigo de Francia, de su rey y de sus señores. ¿Puedo acercarme?

—¡Acercaos y poned vuestra vida a merced de los señores de Francia!

Las tres figuras caminaron hacia los nobles franceses reunidos al otro extremo de la Gran Sala y una vez ante los enviados franceses, Na Gabrielle cogió al niño de brazos de N'Alexandra y se apartó a un lado. La caballero se tumbó en el suelo, con los brazos extendidos en cruz y la cara de lado.

Uno de los señores franceses sacó una espada, tocó la cabeza, los hombros y las manos de N'Alexandra con la parte plana de la hoja y habló.

—Alexander de Ormarc, ¿prometéis fidelidad y lealtad a Su Majestad el rey de Francia? Juradlo libremente y sin reservas en vuestro corazón.

—Yo, Alexander de Ormarc, juro lealtad y fidelidad a Su Majestad el rey de Francia. Lo hago libremente y sin reservas en mi corazón.

—Arrodillaos pues y besad la punta de mi espada.

N'Alexandra se puso de rodillas y besó la punta de la espada que le ofrecía el enviado.

El enviado tocó entonces la frente y los hombros de N'Alexandra con la parte plana de la espada.

—Ahora, alzaos ante nosotros, Alexander de Ormarc, enterrad vuestro odio junto con vuestros muertos y vivid en paz como noble de Francia.


PARTE 7


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