4



1226 d. C., quinta semana del asedio (Ormarc/Languedoc)

Los ciudadanos se habían unido para luchar contra el ejército que los sitiaba. Cuando se abrió brecha en la muralla de la ciudad, pareció que todo estaba perdido. Pero de algún modo, los ciudadanos y los caballeros que luchaban por don Chrétien consiguieron imponerse. Echaron de la ciudad a los soldados de a pie y a los mercenarios. Hombres, mujeres e incluso niños de toda clase y condición arrimaron el hombro y reconstruyeron la brecha de la muralla. Una extraña sensación de normalidad se apoderó de la ciudad: para alguien que viniera de fuera, la única sensación de que la ciudad se encontraba bajo la amenaza constante de una invasión y destrucción inminentes eran las diversas catapultas grandes de madera que se alzaban cerca de las murallas. Se había formado una brigada para transportar piedras y rocas hasta las "catas". Tanto hombres como mujeres hacían turnos para hacer funcionar la maquinaria en un intento de mantener a raya al ejército francés.

Cruzó por el mercado central, con el cuerpo envuelto en el oscuro manto gris, cuya capucha ocultaba su cara a los transeúntes. Sabía que era inútil, pues los que no estaban ocupados en sus tareas no dejaban de advertir su presencia cuando pasaba a su lado y le hacían una reverencia o se inclinaban saludándola. Apretó los dientes y caminó más deprisa, maldiciendo su estatura y las antorchas que rodeaban el mercado. Casi había llegado a la puerta principal del castillo cuando oyó su nombre.

—Mi señora... ¡N'Alexandra!

Reconoció la voz, se detuvo y se volvió para ver al herrero de la ciudad que caminaba apresurado hacia ella. El musculoso hombre se paró ante ella y se inclinó.

—Luc.

—Señora, os he visto en las puertas de la ciudad. Quería hablar con vos, pero camináis muy deprisa. —El herrero sonrió—. Sé que tenéis asuntos que atender en el castillo, pero si me permitís...

N'Alexandra asintió.

—Sí, por supuesto, Luc. ¿Hay suficientes suministros en las puertas del oeste? ¿Necesitamos más hombres?

—Por el momento estamos bien, señora, pero...

La mujer alzó la mano, haciéndolo callar un momento.

—Luc, antes de que sigas, quería darte las gracias. Estas últimas semanas han sido un caos y no he tenido ocasión de darte las gracias por haber salvado a Na Gabrielle... por ayudarla a volver al castillo. Y por salvarme la vida. Tengo una gran deuda contigo. Si hay algo...

—No, señora. Vuestro agradecimiento es suficiente recompensa.

N'Alexandra señaló la puerta principal y echaron a andar hacia el castillo.

—Mi señora, ¿hay noticias de Aviñón? ¿Han tomado los franceses la ciudad?

—Todavía no se sabe nada, pero nuestras fuentes creen que, como nosotros, Aviñón sigue sitiada.

—¿Tiene planes don Chrétien para romper el asedio? ¿Hacer frente al ejército?

—No, no creo. Lo mejor para nosotros es esperar a que se agoten. La guerra de asedio es un juego de paciencia, Luc. Si intentamos atacarlos, tendrán otra oportunidad para penetrar las murallas. Debemos esperar, intentar anticiparnos a lo que puedan hacer a continuación y evitarlo si podemos.

El herrero asintió en silencio y siguió a la alta mujer que se dirigía a las puertas del castillo. Cuando entraron en el castillo y se encaminaron a la Gran Sala, Luc volvió a hablar.

—¿Os vais a reunir con En Chrétien esta noche, señora? Me gustaría ofrecerme voluntario... para entrar en su campamento o intentar obtener información de Aviñón.

N'Alexandra arqueó una ceja detrás de la capucha que le tapaba la cara. Asintió ligeramente y alzó la voz por encima del ruido que los recibió al entrar en la Gran Sala.

—Sí, lo veré esta noche y le haré saber tu ofrecimiento. —Hizo un gesto señalando a la multitud reunida—. Pero por ahora, entra en calor, come algo y descansa, Luc. Él hablará contigo esta noche.


1226 d. C., séptima semana del asedio (Ormarc/Languedoc)

Se apoyó en las paredes de piedra mientras escuchaba la voz de Na Gabrielle que resonaba por la Gran Sala. Dejó que recorriera su cuerpo, perdiendo por un momento el significado de las palabras al reconfortarse con la entonación y la modulación, las suaves subidas y bajadas de sonido. Cerró los ojos e intentó memorizar la dulce cadencia, almacenándola en su memoria como había hecho en las últimas semanas. Suspiró, abrió los ojos y se quedó contemplando el fuego que había en el centro de la sala. Nobles y plebeyos atestaban la estancia por igual, escuchando en silencio mientras la dama terminaba su relato. Sonrió al reconocer la historia.

—Al entablar combate, Xena intentó por todos los medios evitar la espada mientras ella y los suyos luchaban contra los señores de la guerra. Con habilidad y valor, la guerrera dejaba inconscientes a sus enemigos, ayudando a sus aliados sin matar a sus adversarios. Su hermano, al ver su táctica, le gritó desesperado: "¡Coge un arma, hermana! ¡No luches contra el destino!" Al oírlo, Xena se volvió y vio a su amiga clavándole un cuchillo a su antiguo amo. La mujer guerrera recordó la advertencia de las Parcas: si derramaba una sola gota de sangre llevada por la rabia, todo quedaría deshecho. Su mente regresó a todo lo que había visto: la cara llena de alegría de su hermano, la tumba donde yacía su madre, la presencia de señores de la guerra a quienes había derrotado en otra vida y la cara de su amiga retorcida por el odio y la amargura. Despidiéndose de su hermano con un susurro, la mujer guerrera agarró una espada y la hundió en su enemigo más próximo. De repente, se encontró de vuelta en el combate junto al Templo de las Parcas. Se volvió y vio al muchacho que se abalanzaba contra ella. En lugar de matarlo, lo agarró de la mano que sujetaba la espada y lo tiró al suelo. Sorprendido, el muchacho miró a Xena a la cara. La guerrera dijo: "Vete, tienes una segunda oportunidad de vivir. Jura que no la malgastarás matando". Con eso, el muchacho se marchó y Xena se volvió y vio a su amiga. Llena de alegría, la mujer guerrera estrechó a la bardo contra ella y ambas se alejaron del Templo para continuar sus viajes.

Hubo aplausos y Na Gabrielle se inclinó agradeciéndolos. Al alejarse del círculo cercano al fuego, sus ojos recorrieron la Gran Sala, deteniéndose sólo cuando divisó a una figura cerca de la entrada de la sala. La mujer alta se ajustó la capucha del manto y echó una rápida mirada a la dama que se dirigía hacia ella. Na Gabrielle se detuvo ante la guerrera, alargando los dedos hacia la capucha.

N'Alexandra hizo un gesto negativo con la cabeza, apartando del borde de la capucha la mano de la mujer. Movió la espada con la mano izquierda, apoyando la hoja contra su pierna. Habló suavemente.

—No... asustaré a los niños.

Los ojos de la noble se llenaron de lágrimas y la mano que tenía libre tiró de la capucha del manto. Sus dedos acariciaron suavemente el lado izquierdo del rostro de la guerrera.

—Alexandra...

La guerrera cerró los ojos al oír la voz de Na Gabrielle.

—Amor mío... Por favor, no ocultéis vuestro rostro ante mí. Lo único que me da miedo es la idea de que no regreséis...

—Gabrielle, es lo que soy, lo que hago. —La guerrera abrió los ojos—. Soy guerrera. Soldado. Gabrielle, no puedo asegurar que...

Na Gabrielle colocó los dedos sobre los labios de N'Alexandra.

—Lo sé, amor. Sé que soy una egoísta por desear... por desear envejecer a vuestro lado.

La guerrera besó delicadamente las puntas de los dedos de Na Gabrielle.

—No hay nada que yo desee más que envejecer a vuestro lado. Pero las personas que se dedican a lo mismo que yo rara vez pueden permitirse ese lujo. —Suspiró y apoyó la frente en la de la dama—. Me... me esforzaré por intentarlo y... y cumplir ese deseo... de regresar y envejecer junto a vos.

Las lágrimas se derramaron de los ojos de Na Gabrielle cuando sus labios se juntaron en un suave beso.

La guerrera terminó el beso y sus dedos acariciaron la mejilla de la dama al tiempo que cerraba los ojos. Habló en voz baja.

—He escrito algo. Yo... es... es... no es muy bueno, pero...

Na Gabrielle sonrió y besó con delicadeza los párpados cerrados de la guerrera.

—Susurradlo, para que resuene con fuerza en mi corazón, amor mío.

N'Alexandra tomó aliento suavemente y susurró al oído de la otra mujer.

—"Llega el alba. El centinela llama. Mi corazón se rompe pues debo abandonar vuestros brazos. La alondra canta y pronto..." —Soltó un ligero suspiró de frustración y abrió los ojos—. Yo... esto se me da fatal. Nunca sería una buena trovadora.

Na Gabrielle se rió suavemente.

—Es un buen comienzo, teniendo en cuenta que nunca hasta ahora habéis compuesto un alba. —Sus dedos acariciaron con delicadeza la cara marcada de la guerrera—. Y elegís un momento como éste para dedicaros por fin a la poesía.

—Cuando hayamos dejado todo esto atrás, compondré mil albas dedicadas a vos. Incluso puede que cante algunas.

La dama sonrió dulcemente al tiempo que se apartaba de los brazos de la guerrera.

—Aseguraos de que volvéis a mí, N'Alexandra d'Ormarc, aunque sólo sea para que pueda mejorar vuestra habilidad poética. Será una más de las muchas que ya poseéis.

Echó una vistazo a la Gran Sala. Había un pequeño grupo reunido en torno a la gran hoguera del centro de la sala, mientras que otros transportaban mantas y alimentos de los almacenes cercanos a otras zonas del castillo.

—¿Estáis de guardia esta noche?

La mujer de pelo oscuro hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Al parecer, alguien ha convencido a En Chrétien de que necesito unos días de descanso antes de intentar enfrentarme sola al ejército francés. —Sonrió con dulzura—. He intentado convencerlo de lo contrario, pero...

Na Gabrielle colocó un delicado dedo sobre los labios de la guerrera y se volvió para mirarla.

—Bueno, si padre os ha sugerido que descanséis, insisto en que sigáis su consejo. Venid... —Tomó la mano de N'Alexandra en la suya y las dos salieron despacio por la gran puerta—. Al menos dejadme que os lleve a una habitación más tranquila y a una cama como es debido.


—Nunca me habéis dicho por qué...

—¿Mmm?

—Esa historia... la de Xena cuando se le muestra otro camino, otra vida...

Na Gabrielle levantó la cabeza del hombro de la guerrera. Apoyó la cabeza en su propio brazo mientras la otra mano jugaba con la clavícula de la otra mujer, acariciando ligeramente con los dedos la piel desnuda.

—¿Qué pasa con esa historia?

—¿Por qué? ¿Por qué Xena decidió regresar... para volver a ser guerrera? Sin duda habría logrado más... habría hecho más servicio al bien supremo... —N'Alexandra resopló disgustada, abrió los ojos y contempló las sombras que se movían por el techo.

Na Gabrielle se cubrió el cuerpo desnudo con una manta y se sentó. Se pasó una mano por el cabello rubio rojizo y se volvió para mirar a la figura tumbada a su lado.

—Tal vez Xena se dio cuenta de que aunque la vida que llevaba como guerrera había causado pena y sufrimiento, también tenía un propósito. Había una razón por la que las Parcas la premiaron con la visión de lo que habría sido el mundo si ella no hubiera tomado la espada. Las dos vidas tenían su parte de dolor y tristeza, pero... Tal vez Xena se dio cuenta de que serviría mejor al bien supremo si era guerrera, en lugar de...

El silencio se adueñó de la habitación mientras Na Gabrielle contemplaba a la otra mujer sumida en un sueño profundo y sin pesadillas.


El cielo estaba oscuro cuando Na Gabrielle se despertó. La cama estaba vacía. Levantó la mirada y descubrió a la guerrera —con el pelo desparramado sobre los hombros, vestida con una larga camisa blanca y calzones de cuero— de pie junto a la ventana. La mujer contemplaba la vista del valle circundante, las hogueras del ejército enemigo que titilaban como un campo de estrellas en la noche negra. La dama se levantó de la cama, se acercó a la guerrera, rodeó la cintura de la mujer con los brazos y hundió la cara en la camisa de algodón.

—Todavía está oscuro, amor mío. —Depositó un suave beso en el hombro de la otra mujer—. Volved a la cama.

La mujer siguió mirando por la ventana.

—Pronto amanecerá. El ejército se pondrá en marcha. Las dos sabemos que dentro de unos días me iré con Pedro y Luc. Intentad dormir un poco, Gabrielle. Ambas tenemos obligaciones que atender al llegar el día. En Ezra y los demás necesitarán vuestra ayuda. Por mucho que yo... —Se volvió para mirar a la dama y se sobresaltó—. ¡Gabrielle! Estáis... estáis...

La dama se apartó de la mujer, con una sonrisa en la cara al ver la expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro de la guerrera.

—¿Estoy cómo, amor mío?

Una ceja se alzó hacia el cielo.

—Estáis muerta de frío. —La guerrera se apartó de la ventana, agarró una manta de la cama y cubrió con ella la figura desnuda de la otra mujer—. Así, mucho mejor.

Una sonrisa irónica cruzó la cara de Na Gabrielle al tiempo que se ceñía la manta al cuerpo.

—Eso es sólo cuestión de opiniones, Alexandra. —Suspiró suavemente cuando la otra mujer la abrazó. Sintió un delicado beso en el pelo. Habló en el hombro de N'Alexandra—. ¿Hay alguna posibilidad de que os pueda convencer para que volváis a la cama conmigo?

—Mmm. —La guerrera puso la mano en la barbilla de la dama, levantándola con cuidado para poder mirarla a los ojos—. ¿Y qué clase de incentivo me ofrecerá mi señora?

Na Gabrielle se rió suavemente y atrajo la cara de la otra mujer hacia la suya. Pasaron unos minutos y se apartó del abrazo de N'Alexandra.

—¿Y bien?

Una sonrisa de picardía se dibujó en el rostro de la guerrera. Antes de poder contestar, Na Gabrielle habló con un ligero tono de risa.

—No oséis burlaros de mí, Alexandra. Sabéis muy bien que puedo ordenaros...

—Ordenarme, ¿eh?

La mujer más alta le quitó la manta a Na Gabrielle, levantó en brazos a la mujer que no dejaba de agitarse, cruzó la habitación y depositó a la dama sin gran ceremonia en la cama. Se quedó de pie junto a la cama e hizo una florida reverencia a la mujer desnuda que yacía tirada en la cama. Le guiñó un ojo y se cuadró ante ella.

—Estoy a vuestra disposición, mi señora —dijo medio en broma—. ¿Vuestras órdenes?

Riendo con ganas, Na Gabrielle agarró la pechera de la larga camisa de la guerrera y tiró de ella hasta tumbarla en la cama.


Pasó el día y las dos mujeres se encontraron delante de la catedral. Sus grandes torres se elevaban hacia el cielo nocturno imitando los empinados riscos de las montañas cercanas. Estaba vacía, y cruzaron las inmensas puertas adentrándose en el recinto sagrado. Unas antorchas iluminaban el interior de la iglesia y mientras caminaban en silencio, proyectando grandes sombras contra las paredes de piedra, sus pasos levantaban ecos en el edificio. Se detuvieron ante la nave central.

—El bisabuelo de padre construyó esta catedral, Alexandra. Fue para conmemorar el nacimiento de su hijo. El abuelo celebró aquí su boda y el bautizo de su propio hijo. Mi padre se casó aquí y celebró el bautizo de Erec y también el mío. —Se dio la vuelta, contemplando con tristeza el pasillo, con los ojos llenos de lágrimas—. Erec se casó aquí y el pequeño Chrétien fue bautizado aquí. El entierro de madre, el entierro de Ghislane, el de Erec...

N'Alexandra abrazó a Na Gabrielle con ternura.

—Lo recuerdo. Él estaría orgulloso de vos, Gabrielle. Ghislane también. Estarían orgullosos... al saber que estáis criando a su hijo con tanto amor. Vuestra madre estaría orgullosa por la habilidad con que dirigís la casa de vuestro padre... por la forma en que los honráis a todos en vuestra memoria.

—¿Creéis que sobreviviremos a esto, Alexandra? ¿Que algún día veremos a mi sobrino celebrando aquí su propia boda?

La guerrera besó delicadamente el pelo de la mujer más baja mientras contemplaba las columnas de piedra.

—Eso espero, Gabrielle. Os prometo que haré todo lo que pueda para hacer que ocurra.


PARTE 5


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades