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Presente, Los Ángeles, California, EE.UU., casa de los Cohen, 4:35 de la mañana

Ring.

Ring. Ring.

—¿Diga?

¿Lilla?

—¿Bran?

Una voz apagada se alzó desde debajo de una manta.

—Lilla, ¿quién demonios es el estúpido que llama a... —un rápido vistazo al dial iluminado de la radio despertador cercana—, ...las 4:35 de la mañana?

Lilla Isolde Morrison-Cohen suspiró. Se sentó, apartó la manta de la figura tumbada y alargó la mano para encender la lámpara que había cerca de la cama.

—Es Bran, Josh.

—Esa hermana tuya...

Oye, ¿es Josh? Déjame hablar con él.

Lilla le pasó el teléfono a su marido mientras éste se frotaba los ojos, se sentaba y bostezaba.

—Bran Flakes, son las 4:30 de la mañana...

¡Oh, lo siento, Josh! Creía que ahí eran por lo menos las siete.

—Son las siete en Nueva York. Para tu información, tu hermana y yo vivimos en Los Ángeles. —Un suspiro quejoso—. ¿Y tú qué tal? ¿Qué tal Francia?

Una voz excitada resonó por la línea.

¡Es genial! Y tengo noticias... por eso he llamado. Tengo que preguntarte... Oye, ¿he despertado a Sarah?

Josh parpadeó y se quedó mirando el teléfono.

—¡¿¡Has llamado para preguntar si has despertado a Sarah!?!

No, idiota... Pensé que a lo mejor la llamada...

—Probablemente sigue dormida, como cualquier persona normal a esta hora. El último terremoto lo pasó durmiendo.

Un golpe en la puerta.

—¿Mamá? ¿Papá?

Una cabeza rubia y despeinada asomó por la puerta del dormitorio, que ahora estaba abierta. Los ojos de Sarah, que tenía cuatro años, brillaron de alegría al ver a su padre al teléfono. Con una risotada, corrió desde la puerta y saltó a la cama, aterrizando entre sus padres.

Josh soltó un fuerte "uuf" y Lilla le dio a su hija un azote de broma en el trasero.

—¿Qué te tengo dicho sobre lo de saltar en nuestra cama?

La niña sonrió y se sentó.

—Lo siento, mamá. ¿Es la tía Bran? ¿Puedría...?

—¿Podría...?

—¿Podría hablar con ella?

El teléfono volvió a resonar.

¿Es Sarah? Déjame hablar con ella, Josh.

Él suspiró, pasándole el teléfono a su hijita. Sarah se arrebujó entre sus padres y los adultos se sonrieron mientras su hija charlaba animadamente por teléfono.

—¿Tía Bran? ¿Vas a venir a casa pronto? Tengo el regalo de cumpleaños que me mandaste. ¿Vas a volver para Hanukkah? El señor Bobo te echa de menos. Yo también te echo de menos.

Hubo risas al otro lado de la línea.

Sí, cariño, soy yo. Te echo de menos y al señor Bobo también. No, no estaré de vuelta antes de Hanukkah, pero te prometo que te llevaré muchos regalos para compensar, ¿vale?

Sarah asintió con fuerza.

—¿En Francia terremota?

Por ahora no, cariño.

—Aquí terremotó. Papá dice... —La niña miró a su padre. Josh sonrió y le revolvió el pelo—. Papá dice que me lo pasé durmiendo.

¿Y es cierto?

—Sí.

¿Y el señor Bobo también se lo pasó durmiendo?

Sarah se echó a reír.

—Se escondió debajo de las sábanas. Es un miedica.

¿Pero tú eres mi valiente Sarah y lo protegiste?

La niña volvió a asentir.

Ésa es mi niña. Oye, cariño, déjame hablar con papá. Dale un beso a mamá de mi parte, ¿vale?

—Vale.

Sarah le devolvió el teléfono a su padre, se subió al regazo de su madre y depositó un beso mojado en la mejilla de Lilla.

Lilla se echó a reír.

—¿Y eso, cariño?

—La tía ha dicho que te dé un beso.

Lilla sonrió con indulgencia.

—Dale un beso a papá también y le dejaremos que hable con la tía, ¿vale?

—Vale. —Sarah se volvió y depositó un beso igual de mojado en la mejilla de su padre.

Lilla levantó a la niña en brazos y se volvió hacia la puerta.

—Bueno, jovencita, vamos otra vez a la cama.

—Pero no tengo sueño.

—No importa...

—¿Puedría...?

—¿Podría...?

—¿Podría comer galletas?

Eh, Josh...

La línea telefónica resonó y Josh se puso el teléfono en la oreja.

—Sí, Oat Bran, más vale que esto merezca la pena.

Te doy un beso si me contestas a unas preguntas.

—No hace falta que me amenaces. Bueno, ¿por qué diablos me has llamado tan temprano? ¿No podías haberme mandado un correo electrónico o algo?

La verdad es que pensé que sería mejor si te lo decía directamente.

Josh se echó a reír.

—Bueno, ¿qué demonios pasa, Bran? ¿De repente te ha dado por la religión y has decidido meterte a monja? O mejor aún, ¿has seducido a una de las hermanitas para que se una al bando bollero?

Una pausa.

¿Es que el último terremoto te ha revuelto lo poco que te queda de cerebro, Joshua?

—Je je. Vale, vale. Ahora en serio, ¿qué pasa?

Un ruido de papeles.

Vale... necesito saber todo lo que me puedas contar sobre la época que pasaste en Columbia, en el Instituto Covington-Pappas.

—¿Covington-Pappas? ¿Te refieres al Instituto Covington-Pappas de Estudios sobre Xena?

Sí.

—¿Qué tiene eso que ver con...? ¿Has encontrado algo en Francia? ¿Un pergamino o...? —Joshua se rió nervioso—. No me digas que las has encontrado enterradas en una abadía francesa.

¿Sabes si hay alguna historia de que alguna vez viajaran a la Galia?

—Así a bote pronto no, pero algunos relatos contemporáneos mencionan a una mujer guerrera y a su compañera que viajaron fuera de los confines de lo que era la antigua Grecia. Escucha, Bran Muffin, los estudios de Xena son muy problemáticos. Me refiero a que eran prácticamente un chiste antes de que la doctora Covington encontrara esos pergaminos en los años 40. Qué diablos, todavía hoy son problemáticos. ¿Es que no recuerdas nada de primero de Arqueología?

Para eso te tengo a ti, Josh. Tienes que reconocer que no está nada mal tener a un arqueólogo como cuñado.

—Mmm. Bueno, ¿recuerdas al menos a Schliemann?

Descubrió Troya, ¿no?

—Así es. Era un empresario alemán, un arqueólogo aficionado que estaba obsesionado con Troya. Dicen que usó la Iliada y la Odisea de Homero para descubrir Troya. En su época, la gente creía que estaba loco... la Iliada y la Odisea eran obras de ficción, literatura imaginativa. Pero usó de verdad esos textos como base, como un mapa, si lo prefieres, para encontrar Troya. Antes de eso, todo el mundo creía que Troya sólo era un mito.

Así que lo que dices es que la doctora Covington...

—Bueno, su padre, Harry, y el traductor de éste, Melvin Pappas, ya se dedicaron a las leyendas de Xena antes que Janice. Su padre estaba obsesionado. Se pensaba que Xena era una leyenda. Historias inventadas por nómadas matriarcales y cosas así. En cualquier caso, el legado de Harry para la arqueología fue, mm, pintoresco.

¿Y su hija?

—Pues ella también era todo un personaje, pero era una arqueóloga brillante. Dio legitimidad al campo de los estudios de Xena con sus descubrimientos. Fue prácticamente la fundadora, junto con su traductora, Melinda Pappas.

Y esos pergaminos, ¿cuándo has dicho que los descubrieron?

—En 1940. En Macedonia. El instituto de Columbia se fundó después de la guerra... hacia 1948-49...


Presente, Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc, (Mediodía Pirineos) Francia

—...Y por lo que sabe Joshua, nunca ha habido mención alguna a Xena y Gabrielle tras el reinado del emperador romano Adriano en el año 138. Fue como si desaparecieran de los registros culturales escritos. Dijo que ciertas regiones mantuvieron una tradición oral... mitos, cuentos populares, leyendas. Pero nada tangible que se pueda relacionar con ningún tipo de documento histórico escrito. Hasta los años 40, cuando realmente encontraron los pergaminos y unos cuantos artefactos, no hubo pruebas de que se tratara de algo más que leyendas, de que eran personas reales. Supongo que sería como encontrar Avalón y la tumba de Arturo o la cueva de cristal de Merlín.

—¿Y las páginas que usted ha descubierto aquí mencionan a estas dos mujeres?

—Sí, sor Agustín. Aquí mismo...

La monja se inclinó hacia delante, recorriendo con los ojos la página hasta llegar al punto que indicaba la medievalista.

—Me quedé pasmada al descubrir ese documento legal sobre el convento y una catedral aquí en Ormarc, pero decidí ver si podía descubrir algo más. No había más documentos que hicieran referencia a la catedral o al convento. Sin embargo, descubrí estas páginas. Si se fija en la encuadernación del texto, estas últimas páginas parecen haber sido cosidas al libro después de que lo hubieran encuadernado. La escritura, la caligrafía es distinta del resto del libro.

Gwen sonrió y se reclinó en la silla de madera mientras sor Agustín repasaba el texto. La rubia meneó la cabeza y se rió suavemente.

—Estas páginas no sólo mencionan a Xena y Gabrielle, sino que además cuentan una historia sobre ellas. —Se levantó y se puso a pasear por la pequeña sala.

El dedo enguantado de sor Agustín se movía despacio por la página.

—¿Es frecuente que las leyendas griegas se mencionen en textos medievales?

La medievalista se detuvo junto a las estanterías, sonriendo dulcemente mientras sus ojos se posaban en la alta figura que repasaba el libro manuscrito.

—Más frecuente de lo que piensa la mayoría de la gente. Aunque es cierto que el Renacimiento trajo consigo un redescubrimiento de los textos griegos y romanos en Occidente, la verdad es que para empezar nunca se "perdieron" de verdad. Lo que hizo el Renacimiento fue volver a introducir estos textos en el conjunto de la cultura occidental, devolviéndolos al conocimiento general y a la imaginación popular. Pero los monjes, las monjas y otros eruditos estudiaron estos mismos textos durante toda la Edad Media. Ese conocimiento nunca se "perdió" de verdad; simplemente quedó "oculto", a falta de un término más adecuado. Hubo otros "Renacimientos" a lo largo de la época medieval. Períodos en los que el conocimiento y el aprendizaje florecieron y prosperaron.

La monja se irguió, se volvió y observó mientras la otra mujer seguía paseando por la sala. Sonrió delicadamente, con los ojos brillantes, mientras escuchaba en silencio a la medievalista.

—Contrariamente a lo que se suele creer, los "Siglos Oscuros" no fueron tan oscuros. Se citaba a Ovidio con frecuencia, lo mismo que a Aristóteles y a Platón, y la leyenda de Orfeo se contaba sin parar. Varias dinastías medievales aseguraban remontarse a Troya, Atenas y otras ciudades-estado griegas y el mismísimo imperio romano. Carlomagno se consideraba heredero directo del antiguo imperio romano. A fin de cuentas, los conceptos modernos de universidades y naciones estado tuvieron su origen en la Edad Media. La era de la exploración y el Renacimiento se construyeron y fueron posibles gracias a los cimientos establecidos durante la época medieval... —Gwen suspiró—. Lo-lo siento, hermana. No-no quería soltar una conferencia. Es... es que es un tema que me molesta. No se imagina lo triste que resulta ver las ideas populares sobre la Edad Media, cómo la retratan siempre como la hija adoptiva y retrasada de... —Gwen sacudió la cabeza y se rió entre dientes con cierta melancolía—. Ya estoy otra vez.

Sor Agustín se dirigió despacio a una ventana pequeña cerca de la mesa de trabajo, posando los ojos en la vista del pueblo a lo lejos.

—No hace falta que se disculpe, Gwen. Me alegra saber que está tan entregada a su trabajo, que siente tanta pasión por él.

La medievalista sonrió.

—Algunos dirían que es más una obsesión... su-supongo. —Se quitó los guantes de los dedos y se pasó una mano por el pelo corto, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Al menos así no me meto en problemas. Es decir, no es posible que me meta en problemas en un convento, ¿verdad?

Te estás pasando mucho, ¿verdad, Morrison? ¿¡¿En qué demonios estás pensando?!?

La cabeza velada se volvió hacia las estanterías, tapándose la boca con las manos con un gesto que se había hecho ya muy familiar para la rubia medievalista.

—A menos que decida asaltar la cocina de la abadía, emborracharse con el vino de los sacramentos y correr desnuda por ahí cantando Climb Every Mountain, pues no.

La medievalista se quedó sumida en un silencio petrificado, boquiabierta por el pasmo. ¿Ha dicho lo que creo que ha...?

Risa. Una carcajada profunda, rica, llena de alegría brotó de la monja y resonó por la pequeña biblioteca. La cabeza velada se movió ligeramente, con una sonrisa descarada en la boca, al tiempo que la figura oscura se volvía para mirar a la medievalista. Con un gesto que las sorprendió a ambas, sor Agustín cruzó el espacio que las separaba y colocó un dedo delicado en la barbilla de la rubia.

—Le van a entrar moscas.

Asintiendo, Gwen habló suavemente.

—Yo... yo... gracias... sí, hermana.

Tiene una boca absolutamente increíble. Sólo tengo que mover la cara un par de centímetros y casi podría... ¿En qué estoy pensando? Se le pusieron los ojos muy redondos. Ya me parece estar oyendo a Josh... Ya ves, Lilla, te dije que arrastraría a una pobre e indefensa monja a abandonar sus votos...

La mano de la monja tardó en retirarse mínimamente antes de que se volviera bruscamente hacia la mesa de trabajo.

—¿Existe una conexión entre el documento legal que descubrió hace varias semanas y las páginas sobre Xena y...?

—¿Y Gabrielle? —Gwen parpadeó cuando el súbito cambio hizo que sus pensamientos se frenaran en seco—. Yo... eeeh... es posible. Yo... por eso necesito... reunirme con la señora d'Ormarc.

—¿Doña Thisbe?

—Sí. Dado que los registros parroquiales están incompletos, necesito entrevistar a doña Thisbe y preguntarle sobre sus antepasados. Puede que tenga alguna información que me resulte útil.

La rubia se dirigió a la mesa de trabajo, señalando el libro abierto. Se detuvo junto a la monja, se puso un guante blanco en la mano desnuda y volvió con cuidado las páginas del manuscrito.

—Al principio no estaba segura, pero al leer más el texto, me di cuenta de que este nombre... —Gwen señaló un pequeño párrafo del documento—. Éste de aquí, no se refería a la compañera de Xena.

La monja miró la elaborada caligrafía, arrugando la frente con expresión confusa bajo el griñón.

—Discúlpeme, pero parece que también dice "Gabrielle". ¿Cómo sabe que habla de otra persona?

La rubia asintió.

—Sí, eso es lo que yo también pensé al principio, pero este trozo, traducido, dice más o menos: Y de buen grado yo, Gabrielle, contaré las hazañas de una, hábil en la guerra y en el arte, hija doblemente bendita de Potedaia, amiga y compañera de la mujer guerrera, Xena, nacida en Anfípolis.

—¿Pero qué conexión hay entre eso y la solicitud de...?

—¿En Chrétien?

—Sí.

—Bueno, el texto continúa aquí. —Gwen señaló otra parte del manuscrito—. Y por lo que veo, parece hacer referencia a que el señor de Ormarc ha solicitado la obra, encargándole a esta Gabrielle que componga este relato. Dice: Porque En Chrétien así lo desea, lo emprenderé de muy buena voluntad. No estoy segura de que se refiera al mismo Chrétien, pero los nombres tienden a repetirse dentro de las familias. Estoy bastante segura de que este Chrétien puede estar relacionado con el mismo hombre que pidió permiso al obispo de Toulouse para construir una catedral en Ormarc.

La cabeza velada miró más atentamente el texto.

—¿Y a quién se refiere este nombre? ¿Es uno de los personajes de la historia? —Un dedo esbelto rozó levemente el documento.

—Eeeh, pues... —La medievalista meneó la cabeza—. Todavía estoy... o sea... todavía estoy traduciéndolo en su mayor parte y lo que he... todavía es un esbozo. —Gwen suspiró—. Bueno, francamente, dice: Desde la primera vez que os vi, Dompna, he estado a vuestra merced. Porque el mérito y la belleza existen en vos sin pretensiones, con gran alegría, N'Alexandra, para vos son mis estrofas, pues en vos se halla mi corazón. —Gwen se apartó de la mesa de trabajo, esquivando la mirada de sor Agustín—. Es... es todavía bastante tosco, como... como puede ver.

El silencio se apoderó de la pequeña biblioteca y Gwen deambuló hasta las estanterías del fondo mientras la monja seguía mirando el manuscrito.

La medievalista se detuvo en medio de la sala y volvió a hablar.

—Yo... yo supongo que esta Alexandra era una... una noble... posiblemente... o tal vez esta Gabrielle estaba alabando a su patrona. Era frecuente que los trovadores... dedicaran alabanzas exageradas a sus patrones, los nobles de la corte.

¿Y tú te lo crees de verdad, Gwen? No hay duda de lo que quiere decir esa estrofa y tú lo sabes. Va a ser difícil que alguien pueda defender que se trata sólo de una alabanza a la Virgen María. ¿Te imaginas lo que pasaría si sacaras esto en una conferencia en K'Zoo? Te creías que las discusiones sobre el poema de Bieiris de Romans eran un cachondeo, pues espera a que esto salga a la luz.

La monja alzó una ceja tras el velo al tiempo que su mirada se posaba en la rubia.

—¿También es posible deducir que esta noble era la amada de la trovadora?

Gwen se volvió, clavando los ojos en los de la monja, y habló en apenas un susurro.

—Sí, es totalmente posible.


PARTE 4


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