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1226 d. C., Ormarc (Languedoc/Occitania)

La ciudad yacía en ruinas.

Estaba en lo alto de la muralla occidental contemplando los tejados quemados, mientras el sol de poniente teñía el aire lleno de humo de una mezcla de rojo y morado. Por un momento, todo se desvaneció. El tiempo se detuvo y casi pudo olvidar todo lo que había visto. En el fondo de su corazón, sabía que no podía. Los hechos de las últimas semanas la habían cambiado, la habían marcado de una forma que iba más allá de la raja irregular que le recorría la cara desde el nacimiento del pelo hasta la mandíbula.

El sol bajaba por el horizonte, hundiéndose despacio, borrando el paisaje con un velo de oscuridad. Se preguntó si, para sus ojos, su luz contendría alguna vez la promesa de la alegría, de la vida. Se preguntó si la luz contendría alguna vez algo que no fuera el profundo morado de la desolación y la destrucción.

Contempló la luz moribunda mientras el mundo que conocía se desmoronaba a su alrededor.



1226 d. C., Ormarc (Languedoc/Occitania), diez semanas antes

Humedad.

Sintió una humedad en la cara, una humedad pegajosa que le dificultaba la visión. Empujó contra el frío suelo de piedra haciendo un intento desesperado de levantarse. Volvió la cabeza y sintió un punzante dolor que le atravesó el cuerpo. Se le revolvió el estómago y expulsó la poca comida que le quedaba en él.

Seguía viva.

La estocada debería haberla matado, pero de algún modo, había sobrevivido.

¡Levanta! ¡Levanta!

La invadió una oleada de vértigo. Sacudió la cabeza, intentando desesperadamente aclarar su borrosa visión. Se llevó la mano a la cara y su palma extendió la humedad por su frente al empujar la capucha protectora que le cubría la cabeza, revolviéndose el pelo con los dedos.

Estás herida, pero sigues viva. Ahora levanta antes de que ese soldado se dé cuenta también y vuelva para matarte.

De repente, oyó un ruido metálico y un par de botas de cuero putrefactas y cubiertas de sangre se adentró en su borroso campo visual. Movió los ojos hacia el punto donde yacía su espada abandonada. Levantó la vista y descubrió al que la quería matar observándola con una mirada que le habría hecho vomitar si no lo hubiera hecho ya antes.

—¡Eres una mujer! ¡Los herejes cátaros sois peores que los sarracenos! ¡Monstruos antinaturales! Ja. —Los ojos del soldado relucían mientras se desabrochaba el justillo sucio y salpicado de sangre—. Te voy a enseñar el error de tus costumbres. —Bajó la mano, agarrándose la entrepierna para dejar clara su intención a la figura que yacía vestida de cuero y cota de malla—. Seguro que nunca has tenido a un hombre...

Ella luchó por levantarse, con la mirada apagada, mientras sus dedos intentaban alcanzar el cuchillo que llevaba en la bota.

No puedo desmayarme. Tengo... tengo que alcanzar...

El soldado se acercó más, mientras sus dedos desabrochaban rápidamente sus calzones y la palma de su mano frotaba distraída el creciente bulto que había debajo.

—¿Saben ellos lo que estás fingiendo? Ja. Seguro que los tenías engañados, pero yo sé lo que eres. Y te voy a enseñar lo que un hombre de verdad...

El soldado jadeó bruscamente, abriendo los ojos como platos. Bajó la mirada y en su cara se dibujó una expresión de incredulidad al ver el mango del cuchillo que tenía clavado en el pecho.

Cayó con un golpe sordo al tiempo que la mujer se desplomaba de nuevo en el suelo.


Parpadeó y levantó la mirada para descubrir unos febriles ojos verdes que la miraban con miedo, al tiempo que su cuerpo era estrechado de repente entre unos brazos cubiertos de terciopelo y brocado. Levantó la mano para tocar una mejilla manchada de hollín, echando a un lado el cabello rubio rojizo.

—Na Gabrielle... —Tosió bruscamente, salpicando de sangre su malla y el vestido de la mujer.

—Silencio. No habléis. Guardad las fuerzas.

Ella sacudió la cabeza.

—Ayudadme a levantarme. Tenemos que llegar a los otros, ayudarlos a llegar al castillo de vuestro padre, mi señora.

Na Gabrielle se esforzó por ayudar a la mujer vestida con cota de malla mientras el caos rugía a su alrededor. El fuego arrasaba el mercado central y el humo inundaba el aire tapando la luz del sol de poniente. La gente huía de la catedral: algunos se dirigían a las puertas de la ciudad en un esfuerzo por defenderla de los soldados y los mercenarios del norte, mientras que otros corrían hacia el castillo y las montañas cercanas. Pasaron varios minutos y la dama consiguió ayudar a la guerrera a llegar a una pared de piedra que había cerca.

Acarició suavemente la mejilla de la dama mientras se apoyaba en la pared para sostenerse. ¿Esto es real? No sé si... ¿Es...?

—¿Sois vos de verdad o me lo estoy imaginando mientras me muero?

—Estoy aquí. —Na Gabrielle alzó la voz al ver la gravedad de las heridas que sufría la guerrera—. ¡Estáis sangrando!

La guerrera se rió suavemente, acercando la cara a la de la dama.

—Y vos estáis bella.

Sus bocas se juntaron delicadamente.

—Debemos darnos prisa, señora. Debemos buscar a otros supervivientes y llegar al castillo lo antes posible.


—¡Padre!

Un hombre recio de barba canosa se volvió apartándose de un grupo de granjeros de aspecto desastrado. Se le pusieron los ojos como platos al ver a su hija y al herrero de la ciudad sujetando a una débil figura entre los dos. Corrió hasta ellos y agarró el brazo de la guerrera, haciendo que su hija lo soltara.

—Ya la tengo, Gabrielle. Corre, hija. Ve a buscar al médico. Corre.

Na Gabrielle, que ya corría hacia el patio interior del castillo, se volvió para mirar preocupada a la mujer apoyada con todo su peso en el costado de su padre. Haciéndole un gesto de asentimiento a su padre, desapareció entre el creciente número de personas que corrían al interior de las murallas del castillo.

—Luc. —El hombre señaló los establos que estaban dentro de las murallas—. Vamos a llevarla allí por ahora.

El herrero asintió, cargando el peso de la mujer sobre sí mismo.

—Si me permitís, mi señor... —El herrero levantó a la mujer en brazos y se encaminó deprisa hasta un pequeño montón de heno—. Na Gabrielle se empeñó en ayudarme a traer a N'Alexandra, pero...

Con un gruñido, Luc depositó con cuidado a la mujer inconsciente sobre el montón de heno. El anciano se inclinó sobre la guerrera, apartándole de la cara con las manos el pelo cubierto de sangre.

—¿Qué ha ocurrido, Luc? ¿Cómo las has encontrado?

El enorme herrero se pasó una mano por el pelo castaño que le llegaba a los hombros. Sus ojos azules examinaron los establos llenos de gente apretujada en busca de calor.

—Estaba ayudando a Pedro el Carpintero a evacuar la catedral cuando nos encontramos con vuestra hija y N'Alexandra. Casi pensé que estaba muerta, En Chrétien. Yo ayudé a Na Gabrielle a llegar hasta aquí, mientras Pedro se dirigía a la abadía para asegurarse de que las hermanas también se habían marchado. Mi señor, los franceses no se atreverían a atacar esos lugares sagrados, ¿verdad?

En Chrétien sacudió la cabeza.

—Poco importa, muchacho. Así es la guerra.

—Pero estos cátaros parecen inofensivos. ¿Por qué...?

—¡Mi señor!

Un hombre de larga barba gris corrió hasta el noble, con Na Gabrielle pegada a sus talones.

—Ezra, deprisa. Es Alexandra.

El médico se arrodilló junto a la mujer postrada. El noble se puso en pie mientras Na Gabrielle le daba al herrero un vaso de agua. El hombretón vació el vaso y se inclinó ante el hombre y su hija.

—Gracias, señora. Mi señor, si me disculpáis, debo encontrar a Pedro. —Se dio la vuelta para marcharse.

—¡Espera! ¡Luc! —Ezra Ben Jonah se puso de pie rápidamente y posó la mano en el musculoso brazo de Luc para detenerlo—. Debemos meter a N'Alexandra en el castillo. Ha perdido mucha sangre. Tengo que cauterizar la herida de la cara y el costado.

El herrero asintió y levantó a la mujer en brazos.

—¡Luc!

Todas las miradas se volvieron para ver a un hombre bajito de pelo rubio rizado que corría hasta ellos. Se inclinó rápidamente ante el señor del castillo.

—Mi señor, mi señora. El convento ha sido evacuado. La mayoría de los ciudadanos están aquí o han huido a las montañas, señor. Los franceses... el ejército principal... están a varias leguas de la ciudad, pero hay algunos soldados dentro de la ciudad, saqueando, quemando edificios, matando a nuestra gente.

Don Chrétien asintió mientras Luc y Na Gabrielle seguían al médico hacia el patio interior del castillo.

—Mi señor, si puedo preguntar...

—Sí, ven conmigo, Pedro.

—Sí, mi señor.

Ambos hombres se volvieron hacia la puerta principal.

—¿Qué estabas diciendo, Pedro?

—Mi señor, sin duda después de lo que ha ocurrido en Toulouse, los franceses...

—¿Sabes lo que ocurrió en Toulouse?

—Sí, mi señor. Tengo un primo, Enrique, que vive en la ciudad. Me envió noticias una vez terminado el asedio. Sin duda, después de la derrota de Simón de Monfort a manos del conde Raimundo, los franceses se darán cuenta de que no pueden tomar...

—Los barones del norte quieren esta tierra, Pedro. Los cátaros han sido una mera excusa para la invasión. Después de la masacre de Béziers, hubo negociaciones, acuerdos... concesiones al Papa y a la Isla de Francia con respecto al crecimiento de los cátaros. Pero las cosas no acabaron ahí. Cuando el conde Raimundo recuperó Toulouse de manos francesas, yo también tuve la esperanza de que esta cruzada contra nuestras tierras y nuestra gente terminara. Me equivoqué. Hay noticias de que los franceses están intentando tomar Aviñón.

—¡Santo Dios, no!

—Sí. Debemos intentar impedir que tomen también Ormarc. Diles a los guardias de la puerta que dejen pasar a todos los que puedan. Luego cerraremos la entrada.

Pedro se inclinó y corrió apresuradamente a la puerta principal.

—¡Espera!

El carpintero se detuvo a media zancada y se volvió hacia el señor.

—Trae a todos los hombres en condiciones que puedas encontrar al patio interior. Necesitaremos muchos para sobrevivir al asedio que se avecina.


Se despertó presa del pánico, agitando los brazos violentamente al tiempo que se incorporaba, con la voz ronca.

—¡Ga-Gabrielle!

Tosió violentamente. Unos brazos la rodearon de repente y se debatió contra ellos.

—Ssshh, amor. Estoy aquí.

Se calmó al instante y los brazos que rodeaban su cuerpo la estrecharon con más fuerza.

—¿Gabrielle?

Una voz llena de lágrimas contenidas le susurró al oído.

—Aquí estoy. Pe-pensé que os había perdido.

Intentó moverse, para ver la cara de la mujer.

—No os mováis, Alexandra. Por favor. Todavía estáis herida.

La dama llamó con un gesto al hombre barbudo que estaba en la esquina más alejada de la sala. Éste llevó una jarra hasta la cama.

—Tomad, hija, bebed esto. —Sujetó una copa delante de la guerrera—. No mucho. —Asintió levemente mientras la mujer bebía de la copa.

La guerrera miró al hombre que estaba de pie junto a la cama. Apartó la copa débilmente.

—Don Ezra. ¿Cuánto... cuánto tiempo...?

—Seis días, hija. Vuestra fiebre cedió por fin ayer. —El médico le puso una mano ajada en la frente y sonrió amablemente—. Podréis levantaros del lecho dentro de dos días. Ahora descansad. —Puso la copa en una mesa cercana—. Aseguraos de que bebe lo que queda en esa copa. Y os recomiendo que vos también descanséis un poco, mi señora. Si me disculpáis, necesito atender a otros. —Se inclinó y se encaminó a otras camas situadas al otro lado de la sala.

N'Alexandra volvió a alargar la mano hacia la mujer sentada detrás de ella. Unos dedos suaves rodearon los suyos.

—¿Habéis estado aquí todo el tiempo? —Notó un gesto de asentimiento en los hombros—. ¿Habéis dormido? ¿Comido? —No hubo respuesta—. Mi señora, tenéis que ocuparos de...

—Estoy bien y necesitaba estar aquí, con vos.

—Pero debéis conservar vuestras fuerzas.

Oyó un suspiro de exasperación.

—Incluso a las puertas de la muerte, Alexandra...

—No estoy a las puertas de la muerte, señora. El mismo don Ezra Ben Jonah ha dicho...

—Que sois una mula demasiado terca para morir tan fácilmente.

La guerrera se rió suavemente entre dientes.

—¿Entonces por qué me aguantáis?

Sintió un beso suave en el pelo.

—Porque os amo, idiota. Ahora tenéis que beber lo que queda en la copa.

—Gabrielle, sabe a meados de caballo.

La dama volvió a suspirar.

—Debéis de encontraros mejor. Ciertamente, vuestra lengua se ha recuperado bien deprisa.

—Mmf.

Na Gabrielle sonrió con indulgencia.

—¿Os cuento una historia para que los meados de caballo sepan mejor?


—¿Está despierta?

—Sí, padre. Todavía está débil, pero insiste en que está bien. Dice que no se va a quedar un minuto más en la enfermería. Don Ezra ha amenazado con atarla a la cama.

En Chrétien sonrió. Se pasó la mano por la cabeza canosa e hizo un gesto a su hija para que se uniera a él. Una mesa, llena de papeles y mapas, ocupaba el lado opuesto de la gran estancia.

—¿Le ha quitado a Alexandra las vendas de la cara?

—Todavía no, padre. En Ezra dice que le quedará una cicatriz.

—Eso me temía. Vi la herida...

Na Gabrielle sacudió la cabeza.

—No sé cómo pudo sobrevivir. Había tanta sangre, padre. Cuando por fin la encontré cerca de los terrenos de la catedral, estaba tan pálida. Era como si la muerte ya se hubiera apoderado de ella. Sólo conseguí llevarla unos pocos pasos hacia el extremo occidental de la catedral cuando se desplomó en mis brazos.

En Chrétien rodeó los hombros de su hija con el brazo.

—Deliraba. Me preguntó si era una visión que se le había concedido antes de morir. De... de no haber sido por Luc y Pedro...

—No deberíais haber estado allí.

Ambos pares de ojos se volvieron hacia la entrada de la estancia. N'Alexandra estaba apoyada en el marco de la puerta. Tenía el lado izquierdo de la cara cubierto de vendas; llevaba el largo pelo oscuro recogido en un moño suelto. Un manto gris oscuro cubría su cota de malla y su armadura de cuero.

—¡Alexandra! ¿Qué...?

—Os pido perdón, mi señor, por interrumpir. Mi señora, soy de mucha más ayuda aquí que en la enfermería. Estoy bien. —N'Alexandra se detuvo delante del noble y su hija y se inclinó—. En Ezra me ha soltado. —Se señaló las vendas—. Y me quitará esto esta noche. Mi señor, ¿qué hay de las defensas de la ciudad?

En Chrétien señaló un mapa que había en la mesa.

—Han conseguido abrir brecha en la muralla nordeste de la puerta. Así es como consiguieron entrar en la ciudad sus mercenarios y soldados de a pie. Conseguimos rechazarlos, pero muchos de los nuestros murieron en el esfuerzo. Hemos trasladado la mayor parte de las provisiones de la ciudad al castillo. Algunos de nuestros hombres se quedarán en las puertas de la ciudad y dentro de la ciudad misma, pero nuestras fuerzas principales estarán dentro y alrededor del castillo.

—Deberíamos colocar arqueros en las murallas que dan al glacis. Y apostar otros arqueros cerca de los degolladeros por si la puerta exterior cae y tenemos que bajar el rastrillo.

—Sí. Eso mismo pensaba yo.

—Alexandra...

—Lo sé, mi señora...

Na Gabrielle estrechó a la mujer alta en un abrazo que le cortó la respiración.

—Prometedme que descansaréis, aunque sólo sea un poco. —Se volvió hacia su padre—. Mi señor, si me disculpáis, iré a la despensa a comprobar las provisiones del castillo.

La guerrera y el noble se volvieron y miraron a la joven mientras ésta se marchaba de la habitación.


PARTE 3


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